Este libro está dedicado a Pat y Jan Harkin, que pasaron incontables horas en la Hemeroteca Británica de Boston Spa, Yorkshire, para investigar las fechas en que se publicaron realmente los episodios del relato «La épica búsqueda de las llaves». Como Rob Wilkins y yo no sabíamos en un principio cuándo aparecieron, Pat y Jan tuvieron que repasar millares de números del Western Daily Press y, al hacerlo, descubrieron unos cuentos escritos por Terry bajo el pseudónimo de Patrick Kearns, que se republican aquí por primera vez.

 

Y también a Chris Lawrence, que a los quince años de edad quedó tan impresionado por el relato de Terry «La épica búsqueda de las llaves» que arrancó las páginas del Western Daily Press en las que había aparecido y las conservó durante cuarenta años, antes de recortar las columnas y eliminar las fechas, con felices consecuencias. Si no lo hubiera hecho, los Harkin no habrían emprendido la búsqueda ni, por tanto, sacado a la luz el resto de los relatos contenidos en este libro.

 

Estamos muy en deuda con ellos.

 

COLIN SMYTHE

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Prólogo de Neil Gaiman

 

 

Ahora que Terry Pratchett lleva ocho años muerto, he sido testigo directo de cómo la persona viva a la que conocí se ha convertido en una suerte de leyenda. A ojos del gran público Terry es, por lo que percibo, un espíritu jovial, bondadoso y sabio, de ojillos brillantes y semblante noble, un anciano sensato y reconfortante al que pueden reivindicar personas con las creencias más dispares porque, por supuesto, su Terry habría estado de acuerdo con ellas, que tanto aman sus libros, ¿no? Y no puedo evitar sentir que ese Terry semimítico, como Merlín pero armado de agudezas en vez de varita y con la barba un poco más corta, existe en el imaginario colectivo como podría existir cualquier otro Terry Pratchett.

Es más alegre que el Terry que yo recuerdo, considerablemente menos irascible y mucho menos propenso a sostener opiniones de las que discrepas (quienquiera que seas el que lee estas líneas, cualesquiera que sean tus creencias, te prometo que el auténtico Terry sostenía por lo menos una opinión que te pondría los pelos de punta y te haría decir: «¡Venga ya, eso no lo piensas de verdad!»); es sensato y siempre entrañable. El verdadero Terry Pratchett era entrañable, desde luego, pero no siempre. Tenía sus días, como él mismo hubiera sido el primero en reconocer. Incluso yo, que todavía echo de menos a la persona real que recuerdo, agradezco de vez en cuando la existencia del nuevo, revisado y semilegendario Terry Pratchett: él y yo rara vez discrepamos sobre lo que pasa cuando estoy trabajando en Buenos presagios, por ejemplo, y ese Terry por lo general me autoriza a hacer lo que considere adecuado. (Dicho eso, a veces sí que discrepamos, o por lo menos hay ocasiones en las que el Terry de mi cabeza se muestra muy claro sobre lo que deberíamos hacer, que no es lo que yo habría querido. Y entonces suspiro y hago lo que estoy bastante convencido de que Terry preferiría, en lugar de lo que yo probablemente habría hecho).

A veces, cuando pienso en Terry, añoro los fragmentos de historias que me contaba —o incluso me enseñaba— y que jamás se publicaron. Debían de estar, casi con toda seguridad, en el disco duro que aplastó una apisonadora de vapor tras su muerte. El fragmento de la historia sobre la madre de Rincewind, por ejemplo. O el pasaje sobre el zambullero de la novela Imágenes en acción. Hubo un tiempo en el que existieron, pero ahora han desaparecido, hechos añicos: fragmentos de información reducidos a pedazos de metal, silicio y cristal.

Cuando Rob Wilkins, el representante de Terry en la Tierra, me llamó para contarme que unos brillantes e incansables zahoríes habían desenterrado, rebuscando en la hemeroteca, un tesoro formado por relatos de Terry Pratchett, no supe muy bien qué pensar.

Y entonces leí los relatos. Y sonreí.

Mientras los leía, sin embargo, me pregunté qué opinaría Terry de que se descubrieran y se presentaran al mundo esas historias. Y entonces comprendí que, dado que las personas son complicadas incluso cuando no son semilegendarias, probablemente dependería de a qué Terry estuviéramos refiriéndonos, y en qué momento de su carrera.

El joven Terry Pratchett que las escribió debía de estar orgulloso de ellas, de eso no cabe duda. Salta a la vista que les ha dedicado mucho trabajo. Una vez me contó que un periodista debía pensar como un alunicero: romper el escaparate, agarrar lo que se pueda y desaparecer en la noche. Y estos son relatos de alunicero: dispone de una cantidad limitada de espacio en la página del periódico, lo que conlleva un número limitado de palabras para llenarlo, ni menos ni más, y él va a empezar, construir y terminar su historia ateniéndose al recuento de palabras. Va a enganchar al lector lo antes posible para no soltarlo hasta el final.

No es un humorista, aún no, ni mucho menos el deslumbrante satírico en el que se convertirá. El Terry Pratchett que escribió estos relatos es un periodista que se cree, en el fondo, escritor de ciencia ficción, aunque no sea eso lo que escriba en esos momentos. (Cuando nos conocimos me dijo que era escritor de ciencia ficción. Yo le creí). Ese Terry es el hombre que ha escrito The Dark Side of the Sun y Strata, remezclando sus temas favoritos de Larry Niven e Isaac Asimov, decidido en cada libro a construir de cero su propio universo, pero sin tener muy claro todavía lo que hará con él.

Los relatos de este libro están, por otro lado y en su mayor parte, ambientados en el aquí y el ahora. O en el casi-aquí y el casi-ahora. Y son, también en su mayor parte, divertidos y fantásticos. Parecen más precursores del Mundodisco (o incluso del mundo de Buenos presagios) que cualquiera de las dos novelas tempranas de ciencia ficción de Terry.

Una de las partes más difíciles de ser escritor es eso de tener que madurar de cara al público. Terry necesitaba que lo publicasen. No tenía tiempo para perfeccionar su arte en privado. La identidad de Patrick Kearns le permitió escribir narrativa, afinar su pluma y descubrir, sospecho, qué cosas disfrutaba inventando y escribiendo. A lo largo de estos veinte cuentos prueba una serie de técnicas: «Cómo empezó todo» utiliza el Cavernícolas-Que-Son-Como-Nosotros-E-Inventan-Cosas, por ejemplo, algo que Terry se había encontrado en uno de sus libros favoritos, Por qué me comí a mi padre de Roy Lewis. Las historias de Blackbury se valen de un particular Estilo-Humorístico-Británico que yo tiendo a atribuir a Norman Hunter, creador de la serie de libros del profesor Branestawm, que es accesible y entretenida para los niños, pero contiene pequeñas pasas de ingenio metidas en la mezcla para disfrute de los adultos. Y en el transcurso de todos estos relatos presenciamos cómo el joven Terry Pratchett se convierte en Terry Pratchett. Habrá expresiones que nos resulten familiares, nombres conocidos y muchos momentos en los que atisbaremos la mente del Terry Pratchett que todavía estaba por entrar en juego.

¿Cuándo se convierte un joven autor en el escritor al que adoras? Sin duda alguna, «La épica búsqueda de las llaves» es puro proto-Pratchett de Mundodisco, aunque Morpork no hubiera encontrado todavía su Ankh, y al leerlo me sentí igual que cuando un experto en arte saca a la luz una versión previa de un cuadro famoso que conozco y aprecio. Con cambiar un par de variables, «La épica búsqueda de las llaves» podría haber sido la plantilla de El color de la magia.

Sospecho que el Terry Pratchett maduro, el que estaba construyendo el Mundodisco y perfeccionando su arte, habría sentido algo de vergüenza con el redescubrimiento de estos relatos. Las historias de Patrick Kearns le hubieran creado sentimientos encontrados.

¿Y sir Terry Pratchett, el escritor en sus últimos años? ¿Qué pensaría él del hallazgo y publicación de estos relatos?

Creo que se habría alegrado de que estuvieran ahí para alegrar a sus fans e intrigar a los expertos en Pratchett (aunque, dicho sea de paso, tampoco creo que llegara a estar cómodo nunca con la existencia de expertos en Pratchett).

Creo que habría estado orgulloso del joven periodista que los escribió y que, al releerlos, quizá hasta se habría reído, divertido o inspirado por algo que escribió aquella joven versión de sí mismo, oculta tras un pseudónimo impenetra­ble y sepultada en los polvorientos archivos del Western Dai­ly Press para, según creía con certeza el joven Terry, siempre jamás.

 

NEIL GAIMAN

Mayo de 2023

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Introducción de Colin Smythe

 

 

Siempre me había extrañado que la inspiración de Terry para escribir sus relatos breves al estilo de los publicados en el Bucks Free Press se agotara durante partes de la década de 1970.

En realidad, no se agotó: lo que pasaba era que yo no había buscado con suficiente meticulosidad. Mientras Terry escribía The Dark Side of the Sun, Strata y la primera novela de Mundodisco, El color de la magia, también estaba publicando relatos en el Western Daily Press bajo pseudónimo, y más adelante de nuevo con su propio nombre.

De modo que demos la bienvenida a «Patrick Kearns» al canon de Pratchett. Nuestro razonamiento inicial fue que Patrick sonaba muy parecido a Pratchett, y Kearns era el apellido de soltera de su madre. ¿Y quién sino él habría utilizado Gritshire, Blackbury, el Páramo Llano y el Ministerio de Estorbos en sus relatos, o una institución académica cuyo nombre, el Instituto de Paparruchas Aplicadas de Blackbury, suena sospechosamente como algo sacado de la futura Universidad Invisible del Mundodisco? Sospecho que cierto código de honor entre trabajadores de prensa le impedía escribir para dos periódicos a la vez con su nombre real, ya que en aquella época estaba en plantilla del Bath and West Evening Chronicle. Sin embargo, las historias presentan el sello inconfundible de los relatos de Terry Pratchett.

De no ser por Chris Lawrence, que en su momento arrancó las correspondientes páginas del Western Daily Press, no habríamos conocido en enero de 2022 la existencia del cuento de Terry «La épica búsqueda de las llaves», escrito en 1984. Como Chris no había conservado las fechas de publicación, los ultrafans Pat y Jan Harkin empezaron a repasar, en la Hemeroteca Británica de Boston Spa, Yorkshire, los números publicados en las décadas de 1970 y 1980 hasta localizarlas, y en el proceso descubrieron también los relatos de Kearns.

En todos los años que fui editor y luego agente de Terry, nunca me proporcionó ni la menor ayuda para localizar sus escritos más breves, pero, como escribió en su dedicatoria a mí en Los dragones del castillo Ruinoso, lo que yo quería encontrar eran las historias que él «con tanto esmero había escondido y con tanta deliberación había olvidado». No me imaginaba entonces lo ciertas que eran esas palabras. Tal vez Terry las hubiera olvidado de verdad. Lo que puedo asegurar es que ni Rob Wilkins ni yo habíamos oído hablar nunca de ellas.

Es un placer inmenso poder compartir al fin con vosotros los relatos perdidos de Terry.

 

COLIN SMYTHE

 

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Cómo empezó todo

 

 

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Desde el principio mismo, varios de los cavernícolas más viejos se opusieron en redondo a la idea.

—Es antinatural —protestaban—. ¿Adónde iremos a parar?

Sin embargo, los cavernícolas más jóvenes decían:

—Es el progreso, abuelo. Pásanos otro tronco.

Aquello se llamaba «fuego» y lo había llevado a la cueva Og el inventor, que decía haberlo encontrado devorando un árbol. Había que encerrarlo en una jaulita de piedras, según él. Te mantenía «calentito», explicó, que era lo contrario de lo que uno sentía cuando llovía de noche y en la cueva había goteras.

Hal, el jefe, estaba entre perplejo y preocupado.

—¿Seguro que esta vez no fallará nada? —le preguntó—. Ya me bastó con aquel día en que me diste con uno de tus palos arrojadizos.

—Lanzas —corrigió Og—. Aquello fue un error de diseño, nada más. Esto es infalible. Si no lo alimentas con madera, se muere.

—Qué curioso —comentó Hal.

Aquella noche, los cavernícolas se sentaron alrededor del nuevo fuego y comieron mamut frío mientras fuera, en la oscura noche, sonaban los pasos y el resuello de criaturas gigantescas. Og habló largo y tendido sobre las asombrosas posibilidades de su invento. Hal se limitó a masticar su mamut con la vista puesta en las llamas.

El fuego le mordió.

—¡Ay!

—No tienes que tocarlo —se apresuró a advertirle Og—. Tiene mal genio.

—Me voy a acostar —dijo Hal enfurruñado, y se alejó arrastrando los pies y chupándose el dedo.

Encomendaron a una de las mujeres que cuidara del fuego y lo mantuviera alimentado mientras los hombres cazaban. Pronto se convirtió en un elemento fijo del estilo de vida cavernario.

Entonces, un buen día, a Og se le cayó un pedazo de jabalí en el fuego e inventó la cocina. ¡La cocina! ¡Ni siquiera Hal pudo ponerle pegas a eso! Para empezar, había veintisiete maneras de cocinar el mamut.

Luego llegaron las tortillas de huevo de dodo con salsa de serpiente, los grandes cortes de carne de jabalí asado a la miel y, por supuesto, las empanadas de amanita y la sopa de belladona, porque nadie es perfecto.

—No se puede hacer tortilla sin romper los huevos —dijo Og con desenvoltura—. Todos cometemos errores.

Después de aquello ya no hubo quien lo parara. Dibujó con carbón en las paredes de la cueva e inventó el Arte. Logró domesticar a un cachorro de lobo e inventó los Perros. Sin embargo, los problemas serios empezaron más tarde.

Og inventó… bueno, olvidó «por casualidad» unas uvas en un cuenco de agua y, cuando se acordó de ellas, habían fermentado. El vino estaba riquísimo. Cuando todos llegaron a casa de cazar, también lo cataron. Todos menos Hal, que seguía en el llano persiguiendo a una jirafa especialmente rápida.

Se detuvo cuando le llegó un olor a humo. Provenía de la cueva.

«¡! —pensó—. ¡El fuego anda suelto!».

Soltó la jirafa y echó a correr. La hierba y los árboles que rodeaban la cueva estaban en llamas. Pasó por encima de la ceniza caliente entre gruñidos y reniegos y se encontró con que, dentro, la tribu dormía apaciblemente bajo los efectos del último invento de Og.

—¡Despertaos! —gritó—. ¡Habéis dejado que el fuego se escape!

Y crecía por momentos. Había enormes llamas crepitando al devorar la hierba en kilómetros a la redonda. Los animales huían. Los pájaros salían graznando de entre el humo.

Medio cegados por la humareda y asfixiados por el aire caliente, los miembros de la tribu siguieron a Hal hasta el río. Se dejaron caer entre los juncos y se echaron a llorar.

Hal se volvió con el rostro desencajado por la cólera hacia el compungido Og.

—Vale —gruñó—. Se acabó. No lo soporto más; ya me he hartado. Todo lo que haces termina causando problemas. Soy un homínido paciente, pero esta vez te has pasado de la raya. Fuera de la tribu.

Og se alejó encorvado por entre los juncos sin mirar atrás.

—¿Crees que eso ha sido sensato? —preguntó Ug, uno de los homínidos más ancianos—. Si va solo, sucumbirá.

Hal resopló.

—¿Qué alternativa nos ha dejado, eh? No habrá nada de caza en kilómetros a la redonda. Río abajo el fuego no parece haberse extendido mucho. Vámonos. Como no nos pongamos en marcha, moriremos de hambre.

Pasaron el día siguiente entero caminando por el barro. Aún había algún que otro tramo de terreno en llamas y, donde no había fuego, quedaba solo una ceniza gris y caliente.

Al atardecer, se puso a llover. La tribu durmió como pudo en las ramas de un árbol carbonizado mientras, por debajo de ellos, merodeaban y gruñían los tigres dientes de sable.

La lluvia se prolongó durante todo el día siguiente. La tribu lo pasó casi entero apiñada en una pequeña hondonada entre las rocas.

Al cabo de un rato, alguien dijo:

—Al fuego se estaba calentito.

Y otro añadió:

—La cebra asada ha sido una de las mejores experiencias de mi vida.

Mientras el sol se hundía tras un macizo de nubarrones negros, incluso Ug dijo con nostalgia:

—A su manera, tampoco era mal tipo.

Hal se estremeció.

—Probablemente le habría pegado fuego al mundo entero si le hubiésemos dejado —masculló.

A lo lejos, aulló un lobo. Otro le respondió. Ese estaba mucho más cerca.

De repente Hal distinguió una silueta negra y sigilosa que merodeaba alrededor de la hondonada, y se le puso el pelo de punta.

—¡Las mujeres y los niños, al centro! —gritó mientras se agachaba para recoger una piedra.

Los lobos estrecharon el cerco. Los homínidos los golpearon con palos y les tiraron piedras, pero los animales estaban desesperados de hambre por culpa del incendio. Y parecía que iban llegando más y más.

En ese momento, Og entró de un salto en la hondonada, blandiendo una rama en llamas. Se la arrojó a los lobos y se puso a manosear un trozo de madera de forma extraña. Era un arco. Empezó a caer una lluvia de flechas sobre la quejumbrosa manada.

Og no dijo nada. Cuando huyó el último lobo, le indicó por señas a la tribu que lo siguiera y los condujo hasta un pequeño claro en el que varias cebras se asaban sobre un fuego. Bajo unos árboles había construido una extraña especie de cueva con ramas y helechos. Parecía calentita y acogedora.

En fin, Hal no pudo negarse a permitir que Og volviera a la tribu. Y menos teniendo en cuenta que la mayoría de los homínidos ya le estaba hincando el diente a las tajadas de cebra.

—Os he seguido. Pensé que, tarde o temprano, tal vez me necesitaríais —fue lo único que dijo Og.

Al poco, ya habían construido una pequeña aldea.

Og descubrió que las semillas crecían e inventó la Agricultura.

Inventó las trampas para animales, que eran una manera de conseguir carne mucho mejor que la caza. Después inventó las alas y, por desgracia, decidió probarlas desde lo alto de un precipicio.

Con todo, varios jóvenes y prometedores homínidos habían captado la idea e inventaron la Civilización… al cabo de un tiempo.

La aldea creció. Parte de la llanura abierta fue destinada a campos de cultivo. Los cazadores como Hal no tardaron en empezar a parecer un poco ridículos. Así empezó todo.

Hal se sentó delante de su choza, con aire caviloso y un poco inquieto.

—Me pregunto adónde iremos a parar.

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La playa de los fósiles

 

 

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