La cola

La cola

1

En los últimos días del último zar vivía en una pequeña aldea a ciento sesenta kilómetros de Moscú un campesino llamado Pushkin. Aunque Pushkin y su mujer, Irina, no habían recibido la bendición de los hijos, sí habían recibido la bendición de una acogedora casita de dos habitaciones y unas pocas hectáreas de terreno que cultivaban con la paciencia y tenacidad propias de su condición. Surco a surco, labraban sus parcelas, sembraban sus semillas y recogían sus cosechas, yendo y viniendo por el terreno como una lanzadera por el telar. Y al terminar la jornada, volvían a casa y cenaban sopa de col sentados a su mesita de madera, para luego rendirse al bendito sueño del campo.

El campesino Pushkin no compartía la facilidad de palabra de su tocayo pero tenía alma de poeta, y viendo brotar las hojas de los abedules, arreciar las tormentas veraniegas o brillar los tonos dorados del otoño sentía una inmensa satisfacción. Tanto es así que si hubiera encontrado una vieja lámpara de bronce mientras labraba los campos y liberado de su interior a un viejo genio dispuesto a concederle tres deseos, Pushkin no habría sabido qué pedirle.

Y todos sabemos perfectamente adónde conduce ese tipo de felicidad.

2

Como muchos campesinos rusos, Pushkin y su mujer pertenecían a un mir, una cooperativa que arrendaba las tierras, repartía las parcelas y compartía los gastos del molino. En ocasiones, los miembros del mir se reunían para debatir algún asunto de interés común. En la primavera de 1916, en una de esas reuniones, un joven recién llegado de Moscú subió a la tarima para hablarles de la injusticia que imperaba en un país donde el diez por ciento de la población poseía el noventa por ciento de las tierras. Describió con cierto detalle los métodos con los que el capital había endulzado su propio té y cubierto de plumas su propio nido. En definitiva, animó a todos los reunidos a despertar de su sopor y unirse a él en la marcha hacia la inevitable victoria del proletariado internacional sobre las fuerzas de la represión.

Pushkin no era un hombre interesado por la política, ni siquiera un hombre que hubiese recibido mucha educación. Así que no alcanzaba a comprender la importancia de todo lo que aquel moscovita les estaba contando. Pero el visitante hablaba con tanto entusiasmo y empleaba expresiones tan pintorescas que Pushkin se distrajo observando cómo las palabras del joven se alejaban flotando, como quien contempla las banderas de una procesión del día de Pascua.

Esa noche Pushkin y su mujer caminaban en silencio de regreso a casa. A él eso le parecía lo apropiado, dada la hora, la delicada brisa y el coro de grillos que cantaba entre la hierba. Pero el silencio de Irina recordaba a una sartén caliente segundos antes de echar la grasa. Mientras que Pushkin se había divertido observando cómo las palabras de aquel joven se alejaban flotando, la conciencia de Irina se había cerrado como las fauces de un cepo sobre ellas. Las había atrapado con un fuerte chasquido y no tenía intención de soltarlas. Es más, apretaba tan fuerte los argumentos del joven que si él hubiese querido recuperarlos habría tenido que roer sus propias frases como un lobo atrapado en un cepo roería su tobillo.

3

La sabiduría del campesino se basa en un único axioma: las guerras vienen y van, los gobernantes ascienden y caen, las creencias populares se instauran y menguan, pero un surco siempre será un surco. Así pues, Pushkin fue testigo de los años de guerra, de la caída de la monarquía y del ascenso del bolchevismo con la juiciosa perspectiva de Matusalén. Y cuando finalmente la hoz y el martillo ondearon sobre la Madre Rusia, él estaba preparado para coger su arado y seguir trabajando como había hecho toda su vida. Por eso lo pilló desprevenido la noticia que le dio su mujer en mayo de 1918: se iban a vivir a Moscú.

—¿A Moscú? —dijo Pushkin—. Pero ¿por qué demonios tendríamos que irnos a vivir Moscú?

—¿Que por qué? —preguntó Irina, y dio un pisotón—. ¿Por qué? ¡Pues porque ha llegado la hora!

En las páginas de las novelas del siglo XIX no era inusual que las jóvenes adorables que se habían criado en el campo anhelaran la vida de la capital. Al fin y al cabo, sólo allí podían vestirse a la última moda, aprenderse los últimos pasos de baile y hablar sotto voce de las últimas intrigas románticas. De forma parecida, Irina anhelaba irse a vivir a Moscú porque allí era donde los obreros de las fábricas golpeaban con sus martillos al unísono y donde podían oírse las canciones del proletariado desde la puerta de todas las cocinas.

—Nadie tira a un monarca por un precipicio para celebrar cómo eran antes las cosas —proclamó Irina— . ¡Por fin ha llegado la hora de que los rusos sienten las bases del futuro, hombro con hombro y piedra a piedra!

Irina le expuso su postura a su marido, empleando todas esas palabras y muchas más, pero ¿se lo discutió Pushkin? ¿Dio voz a las primeras dudas que lo asaltaron? No. En lugar de eso, haciendo gala de un gran cuidado y delicadeza, formuló una refutación.

Curiosamente, cuando la postura de Pushkin empezó a tomar consistencia, Pushkin recurrió a las mismas palabras que había empleado Irina: «Ha llegado la hora.» Porque esa frase no le resultaba extraña. De hecho, podría considerarse su pariente más cercano. Desde que era un niño, lo había despertado por la mañana y lo había arropado por la noche. «Ha llegado la hora de sembrar», se decía en primavera mientras levantaba las persianas para que entrase la luz. «Ha llegado la hora de segar», se decía en otoño al encender el fuego de la estufa. Ha llegado la hora de ordeñar las vacas, de embalar el heno o de apagar las velas. Esto es, ha llegado la hora de hacer —no de una vez por todas, sino una vez más— lo que uno ha hecho siempre a imagen y semejanza del sol, la luna y las estrellas.

Ésa fue la refutación que Pushkin empezó a formular aquella primera noche cuando se metió en la cama. Siguió formulándola a la mañana siguiente mientras andaba con su mujer por la hierba perlada de rocío de camino a los campos. Y todavía seguía formulándola en otoño de aquel año cuando cargaron todas sus posesiones en su carreta y partieron hacia Moscú.

4

El 8 de octubre la pareja llegó a la capital tras cinco días en la carretera. No hace falta insistir en cada una de sus primeras impresiones mientras traqueteaban por las calles: en el primer tranvía, las primeras farolas o el primer edificio de seis plantas que vieron; en las multitudes bulliciosas, las enormes tiendas y los monumentos legendarios, como el Bolshói y el Kremlin. No hace falta que insistamos en nada de eso. Bastará con decir que las impresiones que les causaron esas imágenes fueron diametralmente opuestas. A Irina le suscitaron resolución, urgencia y entusiasmo, mientras que a Pushkin sólo le suscitaron abatimiento.

Al llegar al centro de la ciudad, Irina no perdió ni un minuto en recuperarse del viaje. Le dijo a Pushkin que se quedara donde estaba, se orientó rápidamente y desapareció entre la muchedumbre. Al final del primer día ya había conseguido un piso de una habitación en el Arbat, donde, en lugar de un retrato del zar, colgó una fotografía de Vladímir Ilich Lenin con un flamante marco. Al final del segundo día ya había deshecho el equipaje y había vendido la carreta y el caballo. Y al final del tercero ya había conseguido empleo para los dos en la cooperativa de galletas Estrella Roja.

La cooperativa, que anteriormente había sido propiedad de la empresa Crawford’s & Co. de Edimburgo (pasteleros de la reina desde 1813), ocupaba unas instalaciones de cinco mil metros cuadrados y daba trabajo a quinientos empleados. Tras sus verjas exhibía dos silos de grano y su propio molino de harina. Tenía salas de mezcla con mezcladoras gigantescas, salas de horneado con hornos gigantescos y salas de embalaje con cintas transportadoras que llevaban las cajas de galletas hasta la parte trasera de camiones que esperaban con el motor al ralentí.

Al principio a Irina la colocaron de ayudante de uno de los pasteleros. Pero un día se aflojó la puerta de un horno e Irina demostró ser tan experta con la llave inglesa que la transfirieron de inmediato al equipo de mecánicos. En cuestión de días, todos supieron que Irina era capaz de apretar los tornillos de las cintas transportadoras mientras éstas seguían funcionando sin interrupción.

Entretanto destinaron a Pushkin a la sala de mezcla, donde la masa de las galletas se mezclaba en unos inmensos recipientes con unas palas que hacían un fuerte ruido metálico al chocar contra las paredes. El trabajo de Pushkin consistía en añadir la vainilla a cada tanda de galletas cuando se encendía una luz verde. Pero tras haber dispensado con cuidado la vainilla en la taza medidora correspondiente, el ruido de la maquinaria era tan ensordecedor y el movimiento de las palas tan hipnótico que Pushkin simplemente se olvidaba de añadir el aromatizante.

A las cuatro en punto, cuando el catador oficial llegó a hacer su trabajo, ni siquiera necesitó probar una muestra para saber que algo fallaba. Lo supo por el aroma. «¿Qué gracia tiene una galleta de vainilla que no sabe vainilla?», le preguntó a Pushkin retóricamente, y a continuación tiró la producción de todo un día a la basura. En cuanto a Pushkin, lo destinaron a la cuadrilla de barrenderos.

El primer día en su nueva ocupación lo enviaron con su escoba a un cavernoso almacén donde los sacos de harina se amontonaban formando torres altísimas. Pushkin no había visto tanta harina en su vida. Los campesinos sueñan con que haya una cosecha abundante y suficiente grano para todo el invierno, e incluso un poco de reserva para estar cubiertos en caso de sequía, pero los sacos de harina de aquel almacén eran tan grandes y formaban unas pilas tan altas que Pushkin se sentía como en la cocina de aquel cuento donde un gigante mete a los humanos dentro de sus tartas.

Aunque el espacio resultaba abrumador, el trabajo de Pushkin era bastante sencillo. Tenía que barrer la harina que se esparcía por el suelo cuando llevaban los sacos en carretillas a la sala de mezcla.

Tal vez fuesen los nervios que sentía desde que había llegado a la ciudad; el recuerdo del manejo de la hoz, un movimiento que Pushkin había aprendido de muy joven y practicado de buen grado; o un trastorno muscular congénito todavía por diagnosticar... ¿Quién sabe? Pero cada vez que intentaba barrer la harina que se había caído al suelo, en lugar de empujarla hacia el recogedor, la lanzaba por los aires. La harina ascendía formando una gran nube blanca que se posaba como una fina capa de nieve sobre sus hombros y su pelo.

—¡No, no! —insistía el capataz quitándole la escoba de las manos—. ¡Así!

Y con un par de rápidos golpes de escoba, el encargado limpiaba dos metros cuadrados de suelo sin levantar una sola mota de harina.

Pushkin, que era un hombre deseoso de complacer, observaba la técnica del capataz con la atención de un aprendiz de cirujano. Pero, en cuanto el capataz se daba la vuelta y su escoba se ponía en movimiento, empezaba a volar la harina. Después de tres días de servicio con los barrenderos, despidieron a Pushkin de la cooperativa de galletas Estrella Roja.

—¡¿Despedido?! —gritó Irina esa noche en su pisito—. ¡Pero ¿cómo te van a despedir en un país comunista?!

En los días siguientes, Irina tal vez intentase contestar esa pregunta, pero había mecanismos que ajustar y tornillos que apretar. Es más, ya la habían elegido para el comité de trabajadores de la fábrica, donde rápidamente se hizo famosa por subir la moral de sus camaradas citando el Manifiesto comunista a la mínima oportunidad. Dicho de otro modo, era una bolchevique de pies a cabeza.

5

Con la ratificación de la nueva Constitución en 1918, llegó el amanecer de la era proletaria. También fue el periodo de las detenciones masivas de enemigos del pueblo, de la obtención forzosa de producción agrícola, de la prohibición del comercio privado y del racionamiento de los productos esenciales. Pero bueno, ¿qué esperabais? ¿Un pastel glaseado y una criada que os ahuecara las almohadas?

Entre el turno de doce horas en la fábrica y sus obligaciones en el comité de trabajadores, Irina no tenía ni un minuto libre. Así que una mañana, antes de irse a trabajar, le dio las cartillas de racionamiento del pan, la leche y el azúcar a su ocioso marido y le dijo sin ambages que cuando regresara esa noche a las diez quería ver los armarios llenos. Luego salió dando un portazo tan fuerte que Vladímir Ilich osciló en el clavo donde estaba colgado.

Nuestro héroe se quedó allí plantado mirando la puerta con los ojos como platos mientras oía las pisadas de Irina escaleras abajo. Sin moverse, la oyó salir del edificio e ir caminando hasta el trolebús. Escuchó el traqueteo del trolebús por la ciudad y el sonido del silbato cuando Irina entró por la verja de la cooperativa. Hasta que no oyó el ruido de las cintas transportadoras que empezaban a rodar, a Pushkin no se le ocurrió pronunciar la frase: «Sí, querida.» Entonces, con las cartillas de racionamiento en la mano, se caló la gorra y se lanzó a las calles muy decidido.

Pushkin caminaba pensando en su tarea con cierto temor. Se imaginaba una tienda abarrotada de moscovitas que señalaban, gritaban y empujaban. Visualizaba una pared de estantes llenos de cajas de vivos colores y a un dependiente que le preguntaba qué quería, le decía que se diera prisa y ponía el artículo equivocado sobre el mostrador dando un golpazo antes de gritar: «¡Siguiente!»

Figuraos su sorpresa cuando llegó a la panadería de la calle Acorazado Potemkin —la primera parada que tenía programada— y encontró la tienda más tranquila que un portal de Belén. En lugar de dedos que señalaban, gritos y empujones había una cola. Una cola ordenada y compuesta casi en su totalidad por mujeres de edades comprendidas entre los treinta y los ochenta años que se extendía grácilmente desde la puerta y doblaba la esquina con educación.

—¿Es ésta la cola de la panadería? —le preguntó a una mujer mayor.

Antes de que ella pudiese contestar, otra que estaba cerca hizo un brusco ademán con el pulgar y dijo:

—El final de la cola está al final de la cola, camarada. Al final del final.

Pushkin le dio las gracias, dobló la esquina y fue siguiendo la cola a lo largo de tres manzanas hasta llegar al final del final. Tras ocupar obedientemente su lugar, Pushkin se enteró, gracias a las dos mujeres que tenía delante, de que la panadería sólo ofrecía un artículo a cada cliente: una hogaza de pan negro. Las mujeres le dieron esa información con enfado, pero a Pushkin lo animó. Si sólo se dispensaba una hogaza de pan negro por cliente, no habría necesidad de examinar, seleccionar ni dar golpetazos con los artículos. Pushkin esperaría en la cola, recibiría su hogaza y se la llevaría a casa, tal como le habían ordenado.

En eso pensaba cuando una joven apareció a su lado.

—¿Acaba aquí la cola? —preguntó.

—¡Sí! —exclamó Pushkin con una sonrisa, contento de poder ayudar.

Dos horas después Pushkin había avanzado dos manzanas.

A algunos de nosotros, quizá a la mayoría, el tictac de esos minutos nos habría sonado como el goteo de un grifo en plena noche. Pero no a Pushkin. Ese rato que pasó en la cola no se puso más nervioso que cuando esperaba a que brotara un plantón o a que el heno cambiara su color. Además, mientras esperaba, tuvo ocasión de entablar una de sus conversaciones favoritas con las cuatro mujeres de su alrededor.

—¿Verdad que hace un día precioso? —les dijo—. El sol no podría brillar más y el cielo no puede estar más azul. Aunque sospecho que esta tarde podríamos tener un poco de lluvia...

¡¿El tiempo?!, os oigo exclamar con exasperación, ¡¿ésa es una de sus conversaciones favoritas?!

Sí, sí, ya lo sé. Cuando Dios Padre sonríe a una nación, cuando aumenta la media de los ingresos, abunda la comida y los soldados pasan el rato jugando a las cartas en sus barracones, no hay nada más digno de desdén que una charla sobre el tiempo. En las cenas y las meriendas, quienes recurren por rutina a ese tema se consideran aburridos, incluso insufribles. La posibilidad de que haya una tormenta sólo les parece válida como tema de conversación a quienes carecen de imaginación o inteligencia para hablar de las últimas obras literarias, las últimas películas y la situación internacional (o, dicho de otro modo, de la actualidad). Sin embargo, cuando una sociedad atraviesa un periodo de agitación, hablar del tiempo no parece tan inapropiado...

—Es verdad —coincidió una de las mujeres, y sonrió—. Hace un día precioso.

—Aunque es cierto que, por las nubes que asoman por detrás de la catedral, creo que tiene usted razón en lo de la lluvia —observó otra.

Y, curiosamente, les dio la impresión de que el tiempo pasaba un poco más deprisa.

A la una de la tarde —con su hogaza de pan bajo el abrigo—, Pushkin se dirigió a la calle Maksim Gorki, donde le habían ordenado que consiguiera el azúcar. Una vez más lo invadió la ansiedad cuando se acercaba a la tienda, aunque esta vez contrarrestada por una pizca de esperanza. ¿Y qué encontró al llegar a su destino? ¡Por la gracia de Dios, otra cola!

Lógicamente, como ya era tarde, la cola de la tienda de comestibles era más larga que la de la panadería. Pero la breve lluvia que había caído sobre Moscú entre las 12.15 h y las 12.45 h había enfriado las calles y refrescado el ambiente. Y al acercarse, dos mujeres a las que había conocido en la cola del pan lo saludaron con la mano y le sonrieron. Así que Pushkin ocupó su lugar con cierta sensación de bienestar.

En la acera de enfrente, a la altura de donde se encontraba Pushkin, se alzaba el Conservatorio Chaikovski, el mejor ejemplo de arquitectura neoclásica que existía en toda Rusia.

—Qué edificio tan precioso —le dijo Pushkin a la anciana que se había puesto detrás de él en la cola—. Mire todas esas volutas en lo alto de las columnas y las estatuillas de debajo de los aleros.

La mujer, que vivía en aquel barrio desde hacía más de cuarenta años y había pasado por delante del edificio mil veces sin prestarle atención, lo miró y tuvo que admitir, ahora que se fijaba, que era, desde luego, un edificio precioso.

Y así, en la cola de la tienda de alimentación el tiempo también empezó a pasar un poco más deprisa. De hecho, pasó tan rápido que la tarde le pasó volando...

Esa noche, cuando Irina regresó a casa, Pushkin estaba de pie junto a la puerta en tal estado de agitación que ella dio un suspiro de exasperación nada más verlo.

—¿Y ahora qué ha ocurrido? —preguntó.

Pushkin tuvo la sensatez de no mencionar el buen tiempo, la arquitectura del conservatorio ni a las simpáticas mujeres que había conocido. Le explicó que la cola del pan y la del azúcar eran tan largas que no había tenido tiempo de hacer la cola de la leche.

Pushkin le tendió el pan y el azúcar como prueba de sus buenas intenciones, pero vio que su mujer apretaba la mandíbula, bajaba las cejas y cerraba los puños. Ya estaba preparándose para lo peor cuando se fijó en que sus globos oculares habían empezado a temblar. De pronto Irina se debatía entre censurar la incapacidad de su marido para realizar tres sencillas tareas o los defectos implícitos del comunismo. Si le expresaba su enfado a Pushkin, ¿no sugeriría eso, de algún modo, que reconocía lo inaceptable de tener que hacer cola para comprar el pan, el azúcar y la leche? Si le daba un coscorrón, ¿no estaría, hasta cierto punto, dándole un coscorrón a la Revolución? A veces, uno más uno no suman fácilmente dos.

—Muy bien, marido —dijo por fin—. Ya irás mañana a por la leche.

Y en ese momento a Pushkin lo invadió una gran sensación de gozo. Servir a nuestros seres queridos y recibir a cambio su aprobación... ¿qué más se le puede pedir a la vida?

6

Los ciudadanos de Moscú no tardaron en comprender que, ya que no tenían más remedio que hacer cola, lo mejor que podía pasarles era que Pushkin estuviera a su lado. Era muy amable, nunca se mostraba grosero ni prepotente, no trataba de imponer sus opiniones y tampoco se daba aires de importancia. Tras comentar el buen tiempo que hacía o fijarse en la belleza de un edificio, lo más probable era que preguntara a sus camaradas por sus hijos. Su interés era tan sincero que los ojos le brillaban de satisfacción en cuanto compartían con él el más modesto éxito, y las lágrimas los empañaban si lo que le contaban era algún contratiempo.

Pushkin, por su parte, se estaba adaptando a la vida de la ciudad y cada vez se sentía más satisfecho. Por la mañana, cuando se despertaba, echaba un vistazo al calendario y pensaba: «Ah, hoy es martes. Ha llegado la hora de hacer la cola del pan.» O: «Pero ¿ya estamos a veintiocho? Una vez más, ha llegado la hora de ir a la calle Yakuski a hacer la cola del té.» Y así, los meses se habrían convertido en años y los años en décadas sin que hubiese nada que destacar, de no ser por un suceso imprevisto que tuvo lugar durante el invierno de 1921.

La tarde en cuestión, tras haber esperado tres horas para comprar una col, Pushkin se disponía a encaminarse hacia una tiendecita de la calle Tverskaia y hacer cola para comprar unos carretes de hilo cuando una conocida lo llamó desde el final de la cola de la col. Era una mujer de treinta años, madre de cuatro hijos, y saltaba a la vista que estaba muy afligida.

—¡Nadezhda! —dijo nuestro héroe—. ¿Qué ocurre?

—Es mi hijo pequeño —contestó ella—. Está a treinta y nueve de fiebre. Y aunque necesito una col para la sopa de mi familia, no puedo dejar de pensar que debería estar haciendo cola en la farmacia.

El semblante de Pushkin reflejó toda la angustia del corazón de aquella pobre mujer. Miró al cielo y, por la posición del sol, que estaba ocultándose detrás de los tejados, comprendió que Nadezhda tendría tiempo de hacer una cola, pero no las dos. Sin pensárselo dos veces, Pushkin miró a las ocho mujeres que Nadezhda tenía detrás (y que habían estirado el cuello para escuchar su conversación).

—A lo mejor a estas bondadosas damas no les importaría que yo le guardase la tanda mientras usted va a la farmacia. Como es martes, allí la cola no debería ser demasiado larga. Y en cuanto obtuviera el medicamento para Sasha, podría usted volver corriendo y ocupar de nuevo su lugar.

A ver, si cualquiera de nosotros hubiera hecho esa sencilla sugerencia seguramente habríamos recibido miradas de desdén y el recordatorio de que ¡una cola es una cola, no un carrusel al que puedes subirte y del que puedes bajarte hasta que te canses! Pero todas esas mujeres habían coincidido con Pushkin en alguna cola y habían conocido la bondad de su espíritu. Así que, sin rechistar, le hicieron sitio mientras la joven madre se marchaba a toda prisa.

Tal como Pushkin había previsto, en la cola de la farmacia sólo había treinta personas. Así que, cuando Nadezhda llegó a la caja con el medicamento en la mano, se dejó llevar por un fuerte impulso de bondad y compró una bolsa de barritas de caramelo de vivos colores. Cuando volvió a ocupar su lugar en la cola de la col, hizo caso omiso de los reparos de Pushkin e insistió en que aceptara un puñado de caramelos como muestra de gratitud.

7

En tiempos revueltos, los huérfanos saltan como chispas que salen despedidas formando arcos resplandecientes allá donde la afiladora muerde el metal; luego rebotan en el suelo y desaparecen o se posan en el heno y arden. Una mañana de 1923, uno de esos desechos —un niño llamado Petia— estaba sentado en los fríos escalones de piedra de una iglesia decomisada, con los codos en las rodillas y la barbilla en la palma de las manos, observando distraído la cola del pan de la acera de enfrente.

Para los no iniciados, una cola del pan podría parecer un sitio prometedor para un golfillo. Al fin y al cabo, la mayoría de los que esperaban eran mujeres que también habían tenido hijos y que por tanto deberían sentir compasión hacia un crío que había perdido a su madre. Bueno, es posible. Sin embargo, como Petia habría podido explicaros, según su experiencia lo que recibían los chicos que se acercaban a las mujeres de la cola del pan con la mano extendida era un tirón de orejas.

Esa mañana en particular, mientras Petia observaba el avance de las mujeres con la atenta resignación de un perro bien enseñado, pasó algo extraordinario que llamó su atención. Casi al principio de la cola, un hombre estaba charlando amigablemente con las mujeres que tenía al lado cuando una joven con un pañuelo de cabeza amarillo apareció por la esquina con una bolsa en los brazos. Se acercó al hombre y éste se quitó la gorra, la saludó cariñosamente y salió de la cola para ofrecerle su sitio.

Si las madres de la cola del pan les daban tirones de orejas a los huérfanos, lo lógico habría sido que a una mujer que intentara colarse le dieran un rapapolvo de los que no se olvidan, ¿verdad? Pero aquellas mujeres no gritaron ni agitaron los puños: se apartaron y dejaron pasar a la recién llegada. Entonces el hombre de la gorra se despidió de todas, y la joven que acababa de llegar metió una mano en su bolsa y le ofreció una ristra de longaniza. El hombre le aseguró que el gesto era innecesario. Pero la joven le insistía (¡le insistía, imaginaos!) y él acabó aceptando la longaniza, le dio las gracias humildemente y volvió a quitarse la gorra.

Petia, que seguía sentado pero se había enderezado, vio que otra mujer que estaba más atrás en la cola llamaba al hombre de la gorra. Ella señalaba aquí y allá mientras él escuchaba con evidente interés. Entonces, tras asentir el hombre con la cabeza, la mujer se marchó a toda prisa y él ocupó su lugar sin que se produjera ningún incidente.

Petia se pasó el resto del día en los escalones de la iglesia. En esas horas vio que el hombre de la gorra hacía cola tres veces sustituyendo a tres mujeres diferentes, ¡y recibía por ello una ristra de longaniza, una lata de judías y dos tarros de azúcar!

Cuando el panadero cerró por fin la puerta y el hombre echó a andar hacia su casa, Petia se apresuró a seguirlo.

—Eh, amigo —lo llamó.

Pushkin se dio la vuelta sorprendido y miró al niño.

—¿Es a mí, jovencito?

—Sí, a usted. Escúcheme. Llevo toda la vida en esta ciudad. Y he oído todo tipo de artimañas ingeniosas. Pero ¿en qué consiste su truco?

—¿Mi truco? —preguntó Pushkin.

Petia, entornando los ojos con aire suspicaz, se disponía a insistir en su idea cuando un apparátchik se les acercó jadeando. Por cómo la barriga le tensaba el chaleco, te dabas cuenta de que aquel hombre se comía el pan con mantequilla a dos carrillos. Sin embargo, se dirigió al tipo de la gorra con una actitud claramente respetuosa.

—¡Pushkin! ¡Menos mal! ¡Temía no encontrarte!

Al ver a Petia, el señor Pan con Mantequilla le puso un brazo sobre los hombros a Pushkin, lo hizo girar noventa grados y siguió hablando con él en voz baja.

—Sé de buena tinta, amigo mío, que un cargamento de lámparas eléctricas llegará al departamento de iluminación de GUM mañana por la tarde. No hace falta que te diga que voy a estar casi todo el día reunido. ¿Crees que tendrás tiempo de guardarme el sitio hasta que yo llegue?

Petia, poniéndose de puntillas e inclinándose hacia la derecha, vio que al tal Pushkin, que escuchaba muy atentamente, de pronto lo abrumaba un gran pesar.

—Camarada Krakovitz, me temo que ya le he prometido a Maria Borevna que le guardaré sitio en la cola de la carnicería mientras ella va a buscar higos al Gastronome número cuatro para celebrar el santo de su marido.

Krakovitz dejó caer los hombros con tanto desánimo que a punto estuvo de reventar los botones del chaleco. Ya se había dado la vuelta para marcharse cuando intervino Petia:

—Camarada Pushkin —dijo—. ¡No podemos permitir que este caballero tenga que preparar sus reuniones sin el beneficio de la luz eléctrica! Tal vez yo podría sustituirlo en la cola de la carnicería mientras usted hace cola en GUM.

—¡Claro! —exclamó Krakovitz, y su cara se iluminó como la lámpara que confiaba en conseguir—. ¿Qué me dices, Pushkin?

Así que, al día siguiente, mientras Pushkin esperaba en GUM, Petia hizo lo propio en la carnicería. Y cuando Maria Borevna llegó para ocupar su puesto, le dio a Petia un puñado de higos como muestra de gratitud.

—Qué amable ha sido Maria compartiendo su fruta contigo —dijo Pushkin cuando Petia fue a GUM a presentar su informe—. No cabe duda de que te la has ganado, chico.

Pero Petia no estaba de acuerdo. Insistió en que se repartiesen los higos a partes iguales, argumentando que, si bien él había hecho el trabajo, el negocio lo había planificado Pushkin.

Y así fue como empezó todo. Al cabo de una semana, Petia hacía dos o tres colas todos los días, de modo que Pushkin podía hacer dos o tres más. Petia, que era un chico con mentalidad profesional, se esforzaba mucho por comportarse exactamente igual que Pushkin. Es decir, jamás expresaba la más mínima impaciencia, se limitaba a hacer comentarios sobre el tiempo y sobre los edificios del otro lado de la calle; les preguntaba a las mujeres por sus hijos y asentía con la cabeza en señal de aprobación, o negaba compungido si así lo exigían las circunstancias; y al marcharse siempre se quitaba la gorra. De ese modo, Petia enseguida fue aceptado como sustituto de Pushkin, y todas las mujeres que hacían cola lo recibían con el mismo cariño que a él.

8

Si hay un terreno favorable para los manzanos, al cabo de pocas generaciones habrá manzanos creciendo rama con rama por todas partes. Si hay un barrio favorable para la poesía, pronto habrá poetas garabateando codo con codo por las esquinas. Y lo mismo sucedía con las colas del Moscú soviético. A cualquier hora del día podías encontrar colas para comprar artículos de primera necesidad y colas para comprar artículos diversos por toda la ciudad. Había colas para subir al autobús y colas para comprar libros. Había colas para conseguir pisos, plazas escolares y afiliación a sindicatos. En aquellos años, si había algo que valiese la pena tener, valía la pena hacer cola para conseguirlo. Pero de entre todas las colas, las que Petia vigilaba más atentamente eran las colas que atendían a las élites.

Antes de conocer a Pushkin, Petia creía que eso no existía. Al fin y al cabo, ¿no era para eso para lo que los privilegiados se aprovechaban del trabajo de sus semejantes? ¿Para liberarse definitivamente de las colas? Quizá las élites no necesitaban hacer cola para obtener aquello que los demás sólo podían conseguir esperando turno, pero tenían sus propias razones para hacer cola. Querían pisos más grandes. Querían un coche con chófer. Querían un abrigo de piel para su amante y una dacha en las afueras de la ciudad.

No hacía falta leer un ejemplar comentado de Das Kapital para suponer que quienes querían cosas de mayor valor seguramente expresarían una gratitud mayor cuando sus deseos se hubiesen cumplido. Y como no puedes partir un trozo de dacha ni repartir un abrigo de cachemira, las élites tendían a mostrar su gratitud en forma de dinero en efectivo.

En cualquier caso, fueran como fuesen —largas o cortas, lentas o ágiles, de carne o pescado—, en Moscú había demasiadas colas para los pies que sumaban Pushkin y Petia. Así que Petia reclutó a unos cuantos amigos suyos y luego a unos cuantos más. De modo que en 1925 Pushkin tenía a diez chicos esperando en treinta colas, y todos entregaban los regalos recibidos en señal de gratitud a la cadena de mando.

9

El ser humano se distingue por su asombrosa capacidad de adaptación, y no hay nada a lo que un ser humano se adapte más deprisa que a la mejora de su nivel de vida. Así, mientras que Irina había llegado a Moscú entregada en cuerpo y alma a la inversión del orden social —es decir, a la derrota de los privilegiados y la victoria del proletariado—, con el paso del tiempo su opinión de cuál podría ser la mejor forma de conseguirla evolucionó.

La evolución comenzó, como es lógico, en 1921, con aquel puñado de barritas de caramelo. Cuando Pushkin regresó a casa con la col en una mano y los caramelos en la otra, Irina estaba preparada para regañarlo por haberse gastado un dinero ganado con mucho esfuerzo en un capricho infantil. Pero se contuvo al escuchar cómo había conseguido los caramelos. La buena disposición de su marido para guardarle el sitio en la cola a una mujer que tenía un problema parecía un sincero acto de camaradería; y como él no sabía que le iban a regalar los caramelos, nadie podía acusarlo de ser un especulador. Así pues, Irina decidió ahorrarse la reprimenda para otro día. Y esa misma semana, cuando Pushkin llegó a casa con una longaniza, Irina, tras un primer momento de vacilación, coincidió en que aquello también era perfectamente correcto. Al fin y al cabo, ¿no había predicho el mismo Lenin que el éxito de la transición al comunismo se traduciría en un poco más de longaniza para todos?

Las longanizas dieron paso a las capas y las capas al dinero en efectivo, e Irina empezó a reconocer otro de los logros del comunismo: la transformación de su marido. Porque cuando vivían en el campo, Irina siempre había considerado que Pushkin era un hombre sin energía, intención ni juicio. Pero cada vez estaba más claro que él sólo aparentaba ser así. En cuanto se había liberado gracias al bolchevismo de la cuasiservidumbre del antiguo régimen, se había revelado como un hombre con un talento considerable; y no sólo ayudaba a las jóvenes esposas y a las viudas a obtener los artículos que necesitaban, ¡sino que prácticamente había adoptado a toda una generación de huérfanos y los había convertido en ciudadanos productivos! Con una pizca de satisfacción moral, Irina guardó las longanizas en la despensa, las capas en el armario y los billetes en el último cajón del escritorio.

Entonces un día, en 1926, el camarada Krakovitz, que casualmente era subsecretario del Departamento de Alojamientos Residenciales, le preguntó a Pushkin si podía hacer cola por él para comprar una caja de champán francés. Cuando Pushkin consiguió la caja, el camarada Krakovitz no quiso expresar su agradecimiento regalándole una botella, sino que, con un golpe de pluma, le reasignó un espléndido piso de las torres Nikitski, un flamante complejo de viviendas a orillas del río Moscova.

Esa noche, cuando Pushkin llegó a casa y le explicó a Irina lo que había pasado, Irina reflexionó seriamente sobre lo sucedido. Era un error muy frecuente —o eso le revelaron sus pensamientos— creer que el comunismo garantizaba una vida idéntica para todos. En realidad, lo que el comunismo garantizaba era que el Estado, en lugar del linaje o la suerte, decidiría quién debía obtener qué en virtud del bien mayor. Partiendo de ese sencillo principio, se deducía que un camarada que desempeña un papel mayor en la obtención del bien mayor para un mayor número de personas debería disponer de mayores recursos. ¡Y si no que se lo preguntasen a Nikolái Bujarin, el editor de Pravda y defensor de los campesinos, que vivía en una suite de cuatro habitaciones del hotel Metropole!

Siguiendo el hilo de esa lógica aplastante, Irina llegó a la conclusión de que la mejora de su situación era una consecuencia natural de los acontecimientos; y ahora a menudo se refería a Pushkin como el «camarada marido».

10

El poeta que Pushkin llevaba dentro y que, en su día, había escrito odas a los brotes germinados y a la lluvia estival dedicaba ahora sus versos a las palomas que se posaban en el frontón de los edificios y a los tranvías que traqueteaban por la calle. Es decir, que una vez más su vida con Irina era tan satisfactoria que no habría sabido qué deseo pedir. Esto es, hasta el 2 de mayo de 1929.

A principios de aquella semana, el NKVD detuvo a cinco intelectuales y los condenó rápidamente por actividades contrarrevolucionarias según el artículo 58 del código penal. En cuanto esos traidores estuvieron camino de Siberia, el comisariado envió una brigada a sus pisos con la orden de confiscar sus panfletos, diarios y libros y llevarlos al horno municipal. Pues bien, cuando el camión de la basura cargado de material impreso torció a la izquierda para enfilar la calle Tverskaia a toda velocidad, la fuerza centrífuga hizo volar por los aires una revista en el preciso instante en que nuestro héroe se disponía a bajar de la acera. Dio dos vueltas en el aire y aterrizó junto a sus pies.

Como Pushkin no era un gran lector, estuvo a punto de pisar la revista y seguir su camino, pero le llamó la atención el artículo de la página por la que la revista había quedado abierta. Se agachó y la cogió del suelo. Entonces, tras mirar primero hacia la izquierda y luego hacia la derecha, arrancó la hoja y se la guardó en el abrigo.

Un cuarto de hora más tarde, cuando llegó a su casa, Pushkin llamó a Irina. Al no obtener respuesta, fue a su dormitorio y cerró la puerta. Pero, al darse cuenta de que si dejaba la puerta del dormitorio cerrada no oiría llegar a su esposa, la abrió. Luego se sentó en la cama y sacó la hoja que se había guardado en el bolsillo del abrigo.

El artículo parecía escrito en inglés, un idioma que Pushkin no sabía hablar ni leer, de modo que la prosa no lo intrigó en absoluto. Lo que había llamado su atención era la gran imagen en blanco y negro que acompañaba el artículo. Era la fotografía de una joven tumbada en un diván con un largo vestido blanco y una doble ristra de perlas alrededor del cuello. Tenía el pelo rubio, las cejas finas y los labios delicados y oscuros. En pocas palabras, era la mujer más bella que Pushkin había visto jamás.

Pero no estaba sola.

Con un brazo detrás de la cabeza y una sonrisa en los labios, miraba a un hombre sentado de espaldas a la cámara: un hombre vestido de esmoquin, con un vaso en la mano y un cigarrillo al lado.

Por primera vez en su vida, Pushkin sintió una punzada de envidia. No por la riqueza de la joven pareja ni por la sofisticada serenidad que parecían estar compartiendo en aquella elegante terraza que seguramente estaba ubicada en la legendaria ciudad de Nueva York. No. Lo que despertaba su envidia era la sonrisa que aquella hermosa joven le dirigía a su acompañante. Jamás en toda su vida habría imaginado que una mujer como aquélla pudiese sonreírle de esa forma.

En las semanas siguientes, al llegar a casa se sentaba en la cama con la puerta entreabierta, sacaba la fotografía de su cartera y volvía a mirarla. Muchas veces descubría algo que hasta entonces le había pasado por alto, como las rosas blancas que crecían a lo largo de la terraza, o el reluciente brazalete que llevaba la mujer en la muñeca, o los zapatos de tacón y sus pies delgados. Y por la noche, cuando no podía dormir, se imaginaba que él era el hombre sentado en aquella silla; que él era el hombre con un vaso en la mano y un cigarrillo al lado a quien sonreía la hermosa joven del vestido blanco.

11

Unos meses más tarde, mientras hacía cola para comprar un hueso para la sopa, Pushkin se encontró al lado de un caballero de unos cincuenta años llamado Serguéi Litvinov. Compartieron sus opiniones sobre la llegada del otoño y en un momento dado el caballero comentó que trabajaba en una escuela de primaria del barrio, donde era el responsable de barrer los suelos.

—¡Bendita sea mi alma! —exclamó Pushkin—. ¡Antes yo también barría suelos!

—¿Ah, sí? —replicó Litvinov con recíproco entusiasmo.

Pasaron un buen rato charlando sobre las características aerodinámicas de los trozos de papel y las motas de harina. Sin embargo, cuando Pushkin le preguntó al caballero si siempre había sido barrendero, Litvinov se puso solemne y dijo que no con la cabeza. Por lo visto, en las décadas anteriores a la guerra, Litvinov había sido un retratista de cierto renombre. De hecho, dos de sus retratos habían estado expuestos en la galería Tretiakov. Pero pintaba sobre todo a miembros de la aristocracia, y en 1920 el sindicato de pintores de Moscú lo había considerado poco honesto estéticamente y le había suspendido la licencia para pintar. Por eso, para llegar a fin de mes, había aceptado aquel empleo de barrendero.

—Al fin y al cabo, ¿acaso una escoba no es un pincel grande? —dijo Litvinov con una sonrisa en los labios.

Pushkin nunca había estado en la galería Tretiakov ni en ningún otro museo, pero en otros tiempos se había arrodillado ante muchos iconos, y siempre había admirado la capacidad de los pintores para representar el rostro humano de forma tan convincente. Poseer semejante don y que no te permitiesen desarrollarlo le parecía desgarrador, y no pudo evitar preguntarle a Litvinov si sentía rencor.

Litvinov respondió con otra sonrisa.

—Hace ya nueve años que vivo en estas circunstancias, amigo mío. Eso es mucho tiempo para vivir entregado al rencor.

Luego, tras reflexionar un momento, añadió:

—A mi abuela le gustaba decir que, sea lo que sea lo que uno decida hacer con su vida, debe cumplir con su deber. Y aunque a algunos la vida de los pintores pueda parecerles frívola, cada vez que yo descubría una obra terminada ante mi modelo y veía la expresión de su rostro, sabía que había cumplido la máxima de mi abuela. Pero verá, amigo mío, en realidad podríamos decir que sólo estaba bromeando cuando he comparado mi escoba con un pincel. Porque, para mi propia sorpresa, cada vez que veo correr a los niños por los pasillos recién barridos de la escuela vuelvo a sentir que estoy cumpliendo con mi deber.

Aunque no estaba familiarizado con la palabra «magnanimidad», Pushkin se dio cuenta de que se hallaba ante la magnanimidad en persona mientras hablaba con aquel pintor-barrendero, así que al despedirse de Litvinov le estrechó la mano con profunda admiración.

Sin embargo, cuando Pushkin volvió a encontrarse a Litvinov treinta días más tarde, le pareció que el caballero había envejecido treinta años. Por lo visto, un padre había presentado una queja ante el Comité de Enseñanza del Distrito, alegando que un pintor con amigos zaristas no debía trabajar en una escuela infantil. Al día siguiente, la policía había registrado el pisito de Litvinov, y luego lo habían llevado a la Lubianka, donde lo retuvieron tres días para interrogarlo. Aunque no se presentaron cargos contra él, cuando Litvinov regresó a la escuela el director lo recibió con una reprimenda por su absentismo; los maestros que solían charlar con él mientras vaciaba las papeleras ahora guardaban silencio; y lo peor de todo, los alumnos que antes lo saludaban con la mano en los pasillos ahora esquivaban su mirada.

—En el diecisiete, cuando mis colegas plegaron sus caballetes y huyeron a París, yo me indigné. «Nuestro deber es pintar los rostros de nuestros paisanos», dije, «con todos sus caprichos y sus preocupaciones, todas sus virtudes y sus defectos. ¿Qué más da si llevan un bigote imponente o una perilla afilada?» Eso dije entonces, pero ahora...

Litvinov se quedó un momento callado. Luego, apesadumbrado, admitió que, mientras barría los suelos de la escuela, había empezado a fantasear con que estaba en una estación de ferrocarril con una bolsa de viaje en una mano y una tarjeta amarilla en la otra. Una tarjeta amarilla con un sello rojo.

Pushkin abrió mucho los ojos.

—¿Un sello con la forma de la catedral de San Basilio?

—Sí —confirmó Litvinov ligeramente avergonzado—. El sello de la Oficina de Visados y Registros.

Veamos: de todas las colas de Moscú, la más elusiva, la más desmoralizante, la más insuperable era la que conducía a la Oficina de Visados y Registros, el departamento donde se solicitaban los visados para salir de Rusia. Sólo dar con la cola ya era un desafío considerable. Las oficinas de la agencia se encontraban en las profundidades del Kremlin, después de subir dos escaleras y bajar tres, al final de una larga serie de izquierdas y derechas, en un pasillo estrecho con cuarenta puertas que parecían todas iguales.

Si tenías la suerte de recorrer ese laberinto y localizar la oficina, una vez dentro te entregaban un lápiz y un formulario de veinte páginas y te mandaban al final de la cola. Lógicamente, el formulario te pedía tu nombre, dirección, ocupación y fecha de nacimiento, además de tu expediente académico, fe religiosa y origen social. Pero también te pedía que enumerases los nombres, patronímicos, diminutivos y otros motes de todos los miembros de tu familia, junto con su edad, sexo y profesión; tu historial de dolencias, enfermedades y tratamientos; tus antecedentes judiciales, ya fuese como demandante, demandado o testigo; tus fuentes de ingresos, el importe total de tus ahorros, etcétera. Y al final de ese exhaustivo sondeo estaban las preguntas claves: ¿A qué país quiere viajar? ¿Ha viajado antes a ese país y por qué? ¿Con qué propósito quiere viajar allí ahora? Y más concretamente, ¡¿por qué quiere salir de Rusia, si se puede saber?!

Tras esperar varios días en la cola —lo cual era una suerte, porque tardabas varios días en rellenar el formulario—, llegabas ante la ventanilla donde podías entregar tu solicitud. El funcionario, a su vez, la calificaba escrupulosamente, teniendo en cuenta tu minuciosidad, claridad y caligrafía. Si el funcionario te concedía una D o una F, felicidades: rompían tu solicitud en mil pedazos y te enviaban al final de la cola. Si te daban una B o una C, te entregaban otro lápiz junto con un papel de instrucciones sobre cómo corregir tu formulario, mientras los otros solicitantes esperaban detrás de ti. Pero si eras uno de los pocos afortunados que completaban su solicitud a la primera sin cometer ningún error, te acompañaban a un despacho donde te encontrabas con un asistente social sentado a una mesita metálica con tu solicitud en la mano.

Empezando por arriba, el asistente social volvía a hacerte todas y cada una de las preguntas, supuestamente en busca de discrepancias. En cualquier momento de la entrevista, una ceja arqueada o un carraspeo podían significar que ibas a regresar al punto de partida: el final de la cola. Pero si superabas la entrevista, te pedían que esperases mientras enviaban tu carpeta al piso de arriba para que la examinaran un número indeterminado de examinadores. Sólo si todos y cada uno de ellos firmaban tu solicitud con sus iniciales, indicando que no habían encontrado ningún motivo de preocupación, volvería el documento a la mesita del asistente social, donde recibiría aquel sello rojo que abría, por un momento, las puertas de la Unión Soviética.

Aunque, como es lógico, la mayoría de las solicitudes eran rechazadas, circulaban historias de familias enteras que habían llegado a París o a Londres con el beneplácito implícito del Politburó. Pero los motivos por los que a aquellos pocos afortunados se les había permitido salir seguían siendo un misterio. A un ciudadano parecían haberle concedido el visado por su impecable historial de comunista y la gran familia que tenía en Berlín; mientras que a otro se lo habían denegado precisamente por ser un comunista impecable con parientes en esa misma ciudad alemana. Podían concederte o negarte el visado por ser o no ser científico, ser o no ser un buen trabajador, ser o no ser judío. El criterio de decisión del departamento era tan imprevisible que circulaba el rumor de que, en un subsótano, existía una habitación cerrada con llave donde todas las mañanas hacían girar diez ruedas de colores como las de las ferias para determinar los diez criterios que ese día darían como resultado la concesión de un visado.

—Sí —admitió Litvinov un tanto avergonzado—. De la Oficina de Visados y Registros.

Pushkin escudriñó el rostro de su nuevo amigo.

—Si uno no puede barrer en Moscú —dijo al cabo de un momento—, debería poder pintar en París.

Litvinov sonrió en señal de agradecimiento por el apoyo de Pushkin, pero negó con la cabeza con gesto triste.

—Dicen que hacer esa cola puede llevar semanas, y el director Spitski ha dejado muy claro que cualquier nuevo caso de «absentismo» por mi parte será causa de mi despido inmediato.

—Yo podría hacer la cola por usted.

—Ay, amigo mío, es usted muy amable. Pero nadie sabe siquiera dónde está esa cola.

—Yo sí sé dónde está. Y además, ¡todos debemos cumplir con nuestro deber! —concluyó Pushkin con suma satisfacción.

12

La cola de la Oficina de Visados y Registros era la más silenciosa de todas las colas que Pushkin había hecho jamás. Quienes la formaban estaban tan nerviosos que cualquier intento de iniciar una conversación amistosa quedaba inmediatamente interrumpido por un ceño fruncido. Así pues, pasados tres días de silencio, Pushkin decidió rellenar uno de los famosos formularios de la agencia simplemente para matar el tiempo.

¡Pero qué placentero resultó el proceso!

Como no tenía ningún deseo de salir de Rusia, a Pushkin no le producía ansiedad pensar en las consecuencias que pudiesen tener sus respuestas. Es más, veía cada pregunta como una invitación a recordar algún aspecto grato de su pasado. Como su infancia en el pueblo de Gogolitski, donde su hermano mayor le había enseñado a cazar conejos con trampa y donde su madre cantaba mientras tendía la colada. Pero lo mejor fueron las preguntas sobre su experiencia laboral. Entonces Pushkin describió cómo Irina y él habían arado sus tierras y recogido sus cosechas; y cómo bajo la luz violácea habían regresado a su casa y a la mesita donde los esperaba la sopa de col. ¡Qué maravillosos habían sido aquellos años! De hecho, Pushkin tenía tantos recuerdos que valía la pena compartir que las palabras se desbordaron hacia los márgenes y dieron toda la vuelta a la hoja. Y cuando leyó la última pregunta —¿Por qué quiere salir de Rusia?—, contestó sin vacilar: No quiero salir.

Tras dieciocho días haciendo cola, Pushkin fue a ver a Litvinov para darle la buena noticia de que, según sus cálculos, llegaría a la ventanilla del funcionario al mediodía del día siguiente.

—¡Pues estaré allí a las ocho! —le aseguró Litvinov agradecido.

Pero Litvinov no estaba allí a las ocho de la mañana del día siguiente. No estaba allí a las nueve, ni a las diez, ni a las once; y tampoco a las 11.35 h, cuando el funcionario de la ventanilla hizo sonar su campanita y gritó: «¡El siguiente!»

Sin saber muy bien qué hacer, Pushkin giró la cabeza y miró hacia la puerta, pero el ciudadano que estaba detrás de él le dio un empujón e hizo que se acercara tambaleando a la ventanilla.

—Vamos, vamos —dijo el funcionario—. No tenemos todo el día. Deme su formulario.

En ese momento, si lo hubiese tenido, Pushkin le habría entregado el formulario de Litvinov al funcionario; pero el pintor-barrendero se lo había quedado el día anterior para repasar sus respuestas por la noche. Así que Pushkin no tuvo más alternativa que sacar el formulario que había contestado para matar el tiempo.

Cuando el funcionario vio que Pushkin había doblado el formulario por la mitad para que le cupiera en el bolsillo, frunció el entrecejo. Lo puso encima del mostrador, lo desplegó y lo alisó con ostentación para que el resto de los solicitantes se diera cuenta de que doblar los formularios estaba completamente fuera de lugar. Una vez alisado, cogió el lápiz y empezó a repasar las respuestas de Pushkin, listo para abalanzarse sobre la hoja al detectar el más mínimo error. Pero a medida que leía, el funcionario iba asintiendo con la cabeza muy a su pesar; y cuando llegó a la respuesta que le daba toda la vuelta a la hoja —un incumplimiento del protocolo que en otras circunstancias habría conseguido que la solicitud acabase hecha trizas— el funcionario suspiró. No era un suspiro de exasperación, sino un suspiro de tanta satisfacción sentimental —no sé si me explico— que el funcionario marcó el pasaje con una estrella. Sin embargo, cuando llegó a la penúltima página, levantó la cabeza y miró a Pushkin sorprendido.

—No ha contestado la pregunta número ciento diez.

Pushkin, tan sorprendido como el funcionario, miró el documento.

—¿La pregunta ciento diez?

—Sí. Donde se indica el lugar al que uno desea ir —dijo el funcionario.

Pushkin, que debía de haberse saltado la pregunta, no supo qué decir, porque nunca se la había planteado. Se estrujó los sesos mientras el funcionario lo observaba expectante. Creía recordar que Irina siempre había querido visitar el mar Negro, aunque eso estaba en Rusia... El hombre que iba detrás de él en la cola empezó a dar golpecitos en el suelo con el pie, con lo que sólo consiguió hacer que la tarea de Pushkin resultara aún más difícil. Entonces, de repente, Pushkin se acordó de la adorable joven cuya fotografía llevaba en la cartera.

—¿A Nueva York? —sugirió indeciso.

El funcionario no sólo no le soltó una reprimenda, sino que él mismo escribió la respuesta en el espacio asignado y luego le indicó por señas que pasara a una habitación contigua. Cerca de una hora más tarde, se abrió una puerta y lo condujeron al despacho del director del departamento en lugar de a la oficina del asistente social. El director, un tipo fornido con ojeras, le indicó por señas que se sentara. Según el procedimiento normal, tendría que haber repasado el formulario de Pushkin desde el principio en busca de omisiones o discrepancias, pero en lugar de eso fue directamente a la página catorce.

—Repítame, haga el favor, su historial de experiencia laboral.

Pushkin no se había molestado en memorizar las palabras que había utilizado en sus respuestas, pero tampoco le hacía falta, porque las llevaba grabadas en el corazón. Así pues, volvió a contarle al director cómo Irina y él labraban las tierras surco a surco. Le habló de los grillos que cantaban a la hora del crepúsculo y de los tonos dorados de la cosecha. Y el director, que se había criado entre los campos de trigo de Ucrania, se enjugó una lágrima con el nudillo menos sentimental que jamás había creado Dios. Luego retrocedió unas cuantas páginas, hasta donde Pushkin había descrito su juventud en Gogolitski. Orientó el formulario hacia Pushkin y señaló con golpecitos una de las respuestas.

—Aquí —dijo—. Lea ésta.

Entonces se recostó en la silla y cerró los ojos para poder escuchar más atentamente mientras Pushkin relataba sus recuerdos uno a uno.

¿Quién sabe qué criterios habían escogido esa mañana las diez ruedas de colores del subsótano del Kremlin tras girar y girar? Pero Pushkin se levantó de la silla y recibió un apretón de manos, un beso en cada mejilla y el sello con forma de la catedral de San Basilio.

13

Desde aquel primer día en que había conseguido el pan y el azúcar pero no la leche, Pushkin no había sentido tanta inquietud al oír los pasos de Irina por la escalera.

Nada más abrir la puerta, Irina se dio cuenta de que pasaba algo. Lo supo por el semblante de su marido, por cómo arrastraba los pies y por cómo le preguntó qué tal había ido el día, es decir, por triplicado.

—Como ya te he dicho dos veces —contestó—, ha sido un día productivo. ¿Y tú? ¿Y por qué tienes las manos detrás de la espalda?

—¿Detrás de la espalda? —preguntó Pushkin—. Ah, sí... Bueno, verás... Esta mañana, después de subir dos escaleras y bajar otras tres, tras una larga serie de izquierdas y derechas, resulta que, por causas ajenas a mi voluntad...

—¿Qué? ¿Qué?

Y Pushkin le contó la historia: le habló de su amistad con Litvinov, el pintor-barrendero, y de la importancia de cumplir con el deber; así como del inusual silencio que había en la Oficina de Visados y Registros y del formulario que había rellenado para matar el tiempo, donde mencionaba a los grillos que cantaban entre la hierba alta.

Irina, confundida, miraba fijamente a su marido. ¿Quién era ese tal Litvinov y qué era un pintor-barrendero? ¿Qué era esa oficina que había arriba y abajo, derecha e izquierda? ¿Y qué tenían que ver los grillos con todo aquello?

Entonces, sin saber qué más añadir, Pushkin se quitó las manos de la espalda y mostró una tarjeta amarilla que Irina le arrancó de los dedos. Si Pushkin temía que la tarjeta hiciese enfurecer a su mujer, no se equivocaba. Cuando ella vio que en la parte superior estaban escritas a máquina con letras mayúsculas las palabras «SOLICITUD DE VISADO», se le pusieron las mejillas coloradas. Cuando vio su nombre en el apartado de solicitantes, se le pusieron las orejas coloradas. Y cuando vio que el destino solicitado era «Nueva York», la sangre que hervía en su corazón se concentró en cada una de sus extremidades. Pero al mismo tiempo que la sangre le hervía y corría por sus venas, ciertos pensamientos desfilaban por su cabeza a toda velocidad, conteniendo su impulso de aporrear a su marido.

Primero reconsideró sus virtudes. Si bien había tenido su época de holgazán sin metas ni imaginación, Pushkin había demostrado ser la personificación del ideal bolchevique: un hombre incansable, decidido y eficaz. Por tanto, como todo buen bolchevique, se merecía el beneficio de la duda. Luego estaba el arraigado respeto que Irina sentía por los sellos del Kremlin. Esos sellos no caían como las manzanas en un huerto. Aunque había pruebas que demostraban lo contrario, la presencia de uno de aquellos sellos significaba que el documento en cuestión se había revisado minuciosamente y se había considerado que estaba en perfecta sintonía con la causa bolchevique. Sin embargo, plantearse siquiera abandonar la Unión Soviética cuando la nación estaba tan cerca de la victoria, y nada menos que para ir a Nueva York... ¿Acaso no equivalía eso a ser un chaquetero?

En lugar de mirar a su marido en busca de una respuesta, Irina miró el retrato colgado en la pared. El padre de la Revolución le devolvió la mirada con sobrio afecto y le recordó que la victoria del proletariado sólo llegaría cuando todos los trabajadores del mundo se uniesen a la hermandad del socialismo. Desde el principio, la intención de los bolcheviques había sido establecerse en Rusia y, a partir de allí, expandir el movimiento por todo el planeta. Y en cuanto a Nueva York: cuando un herrero se propone darle forma a un trozo de hierro, ¿acaso lo mejor no es meterlo en el centro del horno?

—Muy bien —dijo Irina mientras la sangre se le retiraba de los puños— . Muy bien, camarada marido.

Tras haber llegado a esa conclusión gracias al más sólido de los razonamientos, Irina propuso que metiesen su ropa en una maleta, su dinero en otra y se marchasen cuanto antes. Al fin y al cabo, aunque fuese una bolchevique de pies a cabeza, no era tonta. Y como si el destino hubiera querido reconocer lo acertado de la intuición de Irina, cuando Pushkin y ella salieron de su edificio con las maletas en la mano encontraron una limusina con el motor en marcha junto al bordillo.

14

En los años previos a la guerra, cuando trabajaba de camionero en Moscú, Maksimilián Sháposhnikov miraba por encima del hombro a los chóferes de la ciudad, pues su servilismo y sus ridículas gorras negras le parecían motivo de burla. Pero, con la llegada del comunismo, rápidamente descubrió que la vida de chófer ofrecía sus ventajas. En concreto, si tenías la suerte de trabajar para un miembro del partido realmente diligente —de esos que trabajaban de sol a sol, y a veces incluso por la noche—, había muchas horas del día en las que podías utilizar el coche de tu jefe para lo que se te antojara. Y en la nueva Rusia no faltaban los estraperlistas, las prostitutas y otras personas importantes que necesitaban ir del punto A al punto B, que merecían hacerlo con estilo y que estaban dispuestas a pagar por ese privilegio. Sháposhnikov acababa de dejar a uno de esos clientes en las torres Nikitski en el preciso instante en que Pushkin e Irina salían por la puerta.

Al ver a la pareja, Sháposhnikov no se lo pensó dos veces. Se puso la ridícula gorra negra y salió del coche.

—Hola, camaradas —los saludó—. Veo que os vais de viaje. ¿Necesitáis que os lleve a algún sitio?

Irina miró a su marido.

—Contrata a este hombre para que nos lleve a la estación. Me he dejado una cosa arriba.

Mientras Irina iba a buscar el retrato de Lenin que había olvidado colgado en la pared, Pushkin le explicó a Sháposhnikov que iban a la estación a tomar un tren.

—¿El nocturno a Leningrado?

—Pues sí.

—¿Para una estancia prolongada?

—No. Vamos a Leningrado a coger un barco para ir a Bremen, donde subiremos a bordo del vapor a Nueva York.

Maksimilián Sháposhnikov tal vez fuese un ciudadano moscovita, pero también era un hombre del mundo. Que una pareja que vivía en las torres Nikitski se dirigiese a Bremen para embarcar en un vapor rumbo a Estados Unidos con dos maletas llenas sólo podía significar una cosa: que había llegado el momento de tomar una decisión.

—¡Ay, la vida en el mar! —dijo esbozando una sonrisa nostálgica, a pesar de que él nunca lo había visto—. ¿Y ya tenéis los pasajes para la travesía?

—Me temo que ni siquiera tenemos los billetes de tren.

El chófer infló el pecho y se colocó bien la gorra.

—Pues la Providencia te sonríe, buen hombre. Porque resulta que conozco a la persona idónea para conseguiros un buen vagón para el viaje en tren a Leningrado y a otra para conseguiros un buen camarote para la travesía.

¡Lo cual era cierto en gran medida! Pues, en su época de camionero, Sháposhnikov había conocido a un montón de individuos que ahora trabajaban en los muelles y en las estaciones de Rusia.

En la estación Sháposhnikov demostró ser el perfecto mayordomo. Le buscó a Irina un asiento cómodo y una taza de té. Encontró a un mozo que se ocupó de las maletas. Presentó a Pushkin al revisor —quien se encargaría de que tuviesen una litera de primera clase en el coche cama— y al jefe del tren (que se aseguraría de que contaran con una mesa de primera clase en el vagón restaurante). Es más, se puso en contacto con sus amigos de Leningrado para asegurarse de que unas personas excelentes les proporcionasen acceso a pasajes, mozos y camarotes excelentes para la travesía a Estados Unidos. Y para cada una de esas situaciones, Sháposhnikov le dio a Pushkin pequeños consejos sobre la mejor forma de mostrar su gratitud a todos aquellos que les hubiesen ofrecido sus servicios.

Así pues, cada vez más tranquilos, pues cada paso era más fácil que el anterior, el 24 de octubre de 1929 Pushkin e Irina llegaron a Bremen y recorrieron la pasarela. Una bocina dio tres grandes bocinazos, cayó una lluvia de confeti sobre el muelle, se agitaron sombreros en la barandilla y el buque de vapor se hizo a la mar... en el preciso instante en que la Bolsa de la ciudad de Nueva York iniciaba su abrupta caída.

15

Irina se conocía bien a sí misma. No sólo sabía de qué era capaz, sino que sabía qué necesitaba hacer y cuándo necesitaba hacerlo. Lo que no sabía era que en alta mar se mareaba. Con el primer embate de oleaje oceánico, sintió como si una serpiente se le hubiese colado en el estómago y no parase de dar vueltas y más vueltas. Así que se pasó la mayor parte de la travesía del Atlántico midiendo la distancia entre las almohadas de la cama y la porcelana del váter.

Pushkin se ofreció a quedarse junto a ella y refrescarla con un paño húmedo y frío. Pero Irina, consciente de que las constantes atenciones de su esposo harían el viaje interminable, lo echó de la litera e insistió en que disfrutase de las libertades que ofrecía el barco de proa a popa. Y pese a los titubeos iniciales, eso fue precisamente lo que hizo Pushkin.

Como es lógico, disfrutó de las vistas infinitas, de las comidas de cuatro platos y de la banda de jazz que tocaba en el bar. Pero lo que más le gustó fue la tripulación del transatlántico. Le daba la impresión de que por cada pasajero había dos tripulantes dispuestos a garantizar su comodidad. En las cubiertas inferiores había limpiadoras, grumetes y ayudas de cámara. En el comedor había maîtres, camareras y un tipo con un gorro alto y blanco que cortaba la carne. En las cubiertas superiores había unos jóvenes elegantes que te colocaban bien la silla y unas hermosas jóvenes que te servían el té. Y para su total deleite, Pushkin comprobó que le sobraban oportunidades para mostrarles su agradecimiento a todos y cada uno de ellos. De tal modo que cinco días más tarde, a las siete de la mañana, cuando Pushkin y su mujer desembarcaron en Nueva York no necesitaron que los ayudase ningún mozo porque una de sus maletas estaba vacía.

16

—¡Vacía! —exclamó Irina en la terminal de pasajeros de los muelles del West Side—. ¡Vacía!

Mientras Pushkin enumeraba todas las amables personas que habían tratado de ayudarlo a lo largo del viaje de Moscú a Nueva York, ella lo miraba con estupor. Con perplejidad. Con incredulidad. ¿Quién en su sano juicio repartiría una pequeña fortuna ganada con esfuerzo entre una pandilla de astutos lobos a las puertas de un país extranjero? ¿Quién?

Irina sabía la respuesta: el hombre con el que se había casado. ¡Sí, él!

Con lo bonito que había sido pensar que su marido había cambiado; que, tras décadas de falta de rumbo, se había convertido en un hombre con propósitos e imaginación, y que, después de todo, ella no se había equivocado al casarse con él. Una idea deliciosa, desde luego. Una idea dulce como un hojaldre espolvoreado de azúcar, bañado de chocolate y relleno de crema.

«Pero tales transformaciones no son inauditas», se aventuró a decir una vocecilla compasiva dentro de la cabeza de Irina. «¿Acaso un hombre no puede cambiar?» A modo de respuesta, Irina le gritó a su marido:

—¡¿Les salen plumas a los peces?!

Y dicho esto salió por la puerta de la terminal.

—¡¿Les salen colmillos a las tortugas?! —La oyeron gritar mientras recorría el muelle con ritmo epifánico—. ¡¿Les sale barba a las mariposas?!

Y tan enfrascada estaba en su zoológico del sentido común que apenas se dio cuenta de que pasaba bajo las vías de un tren elevado y se adentraba en las toscas calles del Lower West Side.

—¿Y ahora qué hago? —preguntó sin dirigirse a nadie.

Se detuvo en la esquina de la Décima Avenida y la calle 16. Unos pasos más allá había una mujer en mangas de camisa, sola, apoyada en una pared y fumando un cigarrillo, mientras al otro lado de la calle una multitud se arremolinaba delante de la puerta de un muelle de carga. Irina reconoció al instante a la gente que integraba aquella multitud. La reconoció por la sencillez de su ropa y la determinación de sus rostros. La única diferencia entre aquella muchedumbre y los obreros de la fábrica de Moscú era que los primeros parecían llegados de todos los rincones del planeta. Entre ellos había africanos y asiáticos, alemanes e italianos, irlandeses y polacos. Preguntándose con qué se había topado, Irina alzó la vista y vio un cartel que mostraba un disco dorado del tamaño del sol en el tejado del edificio.

De repente, la puerta de carga se abrió con estrépito y apareció un hombre con tirantes acompañado de dos vigilantes armados. Todos los allí reunidos empezaron a gritar y agitar las manos al unísono. El capataz se quedó mirándolos un momento y luego empezó a señalar.

—Él, ella. Ella, él...

Los vigilantes hacían entrar a los elegidos —aquellos que habían sido honrados con el privilegio de una dura jornada de trabajo— mientras los demás se veían abocados a tragarse su decepción del mismo modo que se habían tragado su orgullo.

La puerta de carga se cerró con un golpazo, y la mujer en mangas de camisa ya no estaba oficiosamente apoyada en la pared. Había tirado el cigarrillo y había empezado a ponerles una hoja de papel en las manos a todos los miembros del proletariado que pasaban a su lado al tiempo que pronunciaba a toda prisa unas pocas frases. Algunos obreros echaban un vistazo al panfleto mientras se alejaban, otros se lo metían en el bolsillo, pero muchos lo dejaban caer al suelo. Cuando una ráfaga de viento recorrió la calle, uno de los panfletos salió revoloteando y fue a parar a los pies de Irina.

Irina no podía leer el panfleto, pero incrustado en medio del texto, mirándola fijamente con expresión a la vez resuelta y sensata, estaba nada menos que Vladímir Ilich Lenin, el hombre que hacía apenas una semana le había recordado que la revolución en Rusia tenía que servir de punto de partida.

Irina escudriñó aquel muestrario de ciudadanos del mundo y, por supuesto, entre ellos distinguió a dos mujeres jóvenes que llevaban el pañuelo de cabeza como en su país. Se apresuró a cruzar la calle y las llamó.

—¡Eh! ¡Hermanas! ¿Habláis ruso?

Las dos mujeres se detuvieron.

—Sí, hablamos ruso.

—Acabo de llegar a América. ¿Qué es este sitio?

—Nabisco, la fábrica nacional de galletas —contestó una mientras la otra se limitaba a señalar el tejado.

Irina sujetó el panfleto con ambas manos y se quedó mirando a las dos mujeres, que seguían a sus compañeros hacia el centro de la ciudad. Entonces volvió a mirar hacia arriba, hacia aquella galleta que se elevaba como un sol gigantesco sobre el edificio, y de repente, a pesar de que era una atea convencida, supo perfectamente por qué Dios la había llevado allí.

17

Pero ¿y nuestro amigo Pushkin?

Cuando Irina salió de la terminal, él supuso que ella, tras orientarse rápidamente, iría al centro de la ciudad, buscaría un piso y volvería a recogerlo, tal como había hecho el primer día en Moscú. Así que se quedó esperándola. Dada la cantidad de gente que iba de aquí para allá, Pushkin comprendió que lo más importante era no alejarse del sitio donde se habían separado, para que Irina pudiese encontrarlo a su regreso.

En las horas posteriores, los demás pasajeros recogieron sus equipajes y saludaron a sus familiares, hubo un ir y venir de taxis, los mozos se dispersaron y la terminal se vació, pero no había ni rastro de Irina. Hubo un momento en que a Pushkin le pareció verla en el muelle mirando a su alrededor como si no supiese dónde estaba.

—¡Irina! —la llamó corriendo hacia ella—. ¡Irina, Irina!

Pero, al ponerle la mano en el hombro y ella darse la vuelta, resultó ser una desconocida que casualmente iba vestida igual que su esposa. Decepcionado, Pushkin regresó al punto de encuentro, y allí descubrió que, donde antes había dos maletas, ya sólo quedaba una (la vacía, por supuesto).

Suponiendo que algún viajero cansado se había equivocado de maleta, Pushkin volvió a salir al muelle, donde vio a un hombre con sombrero de fieltro que se alejaba con lo que parecía su maleta en la mano.

—¡Disculpe! —gritó Pushkin mientras el hombre del sombrero cruzaba una calle muy transitada—. ¡Disculpe!

Como no parecía haberle oído, Pushkin esperó a que circularan menos vehículos y echó a correr tras él. Tras pasar los dos primeros cruces, todavía veía al hombre del sombrero con su maleta caminar delante de él, pero al llegar al tercero el hombre había desaparecido. Pushkin se detuvo y miró a izquierda y derecha justo cuando el hombre del sombrero cruzaba una avenida transversal y se metía por un callejón. Así que, tan deprisa como pudo, cruzó y lo siguió, pero de pronto se encontró en medio de Times Square, donde los anuncios luminosos destellaban, el metro retumbaba, los automóviles rugían y cientos de hombres con sombrero de fieltro iban y venían a toda prisa hacia el norte y hacia el sur. Corrió por el bulevar presa del pánico, pero luego se lo pensó mejor y dio media vuelta. Ahora no sólo no veía ni rastro de su maleta, sino que no encontraba el callejón por el que había llegado hasta allí. Dicho de otro modo, se había perdido.

Al sentir la amenaza de una lágrima, Pushkin trató de imitar el estoicismo que habría mostrado su amigo Litvinov. Luego dijo algo sobre bajar dos escaleras y subir tres y echó a andar al mismo ritmo que la muchedumbre.

A pesar de que en todas las colas de Moscú, Pushkin estaba considerado un hombre con una excelente sensibilidad arquitectónica, mientras recorría las calles de Broadway no se fijó en un solo frontón. En Herald Square no se fijó en el puente peatonal elevado que conectaba los almacenes Gimbels con su edificio anexo. En Madison Square no se fijó en la caprichosa forma del edificio Flatiron. Y cuando entró en el City Hall Park, a las cinco en punto de la tarde, ¡no se fijó en el edificio Woolworth, aunque había sido el edificio más alto del mundo hasta hacía muy poco!

En lo que sí se fijó al derrumbarse en un banco fue en lo helado y hambriento que estaba. Había tenido la previsión de llevarse un abrigo y una bufanda a Estados Unidos, pero ambos seguían en su maleta; y aunque en el barco se había comido un copioso desayuno, de eso ya debía de hacer doce horas. Como si quisiera confirmarlo, el reloj de una torre cercana empezó a tocar las seis.

Frotándose las manos y dando pisotones en las losas en un tímido intento de entrar en calor, Pushkin vio que el anciano del abrigo deshilachado sentado en el banco de enfrente le hacía señas para llamar su atención. El hombre señaló la torre del reloj y le dijo algo; luego señaló en la dirección opuesta.

—Lo siento, pero no le entiendo —dijo Pushkin con gesto compungido—. No hablo ni una sola palabra de inglés.

El anciano, que al parecer había entendido lo que Pushkin intentaba transmitirle, asintió y compuso una sonrisa comprensiva. Entonces se levantó de su banco, volvió a apuntar en la dirección opuesta a la del reloj y le hizo un ademán que claramente significaba: «Por aquí, amigo. Sígame.»

Persuadido por la sonrisa del anciano, Pushkin empezó a seguirlo por Broadway. Apenas habían recorrido una manzana cuando el anciano señaló un campanario. Pushkin dedujo que se dirigían a una iglesia para protegerse del frío asistiendo a un oficio. Pero llegaron y en lugar de entrar por las grandes puertas labradas, el anciano guió a Pushkin hasta la parte de atrás. Allí encontraron a una veintena de hombres harapientos que esperaban pacientemente junto a la puerta de la sacristía envueltos en el aroma a sopa de pollo que flotaba en el aire.

Sin vacilar, Pushkin ocupó su lugar al final de la cola, pero nada más hacerlo vio a otro hombre con un abrigo deshilachado saliendo de un callejón cercano. Pushkin atrajo la mirada del desconocido y le hizo una seña amistosa, como diciéndole: «Es aquí. Por aquí, amigo», y entonces sonrió. Porque en ese momento, de pie al final de la cola, Pushkin supo que él ya no estaría al final de la cola cuando llegara aquel caballero. Es más, ya no estaría al final de nada.