1

Se está bien aquí. Por fin. Las alturas tienen eso: cien metros de vidrio vertical. El aire es aire en un estado superior de pureza, y por eso, además, parece más duro, por momentos casi compacto. Se cierne cierto olor a ferretería. La capa de ruido pesa como hollín y se mantiene latente, allí abajo, como un ojo de petróleo finísimo, crujiente, una suerte de regalo negro y brillante. No pasa ni un pájaro. En realidad, ellos también tienen su propio estado, entre nosotros y nuestros, llamémosles, dioses. Un vacío habitable entre las líneas más elevadas del pentagrama. Ahora mismo soy y no soy. Quizá solo me muestre, me manifieste como una mácula discretamente molesta en una gafa, una sombra ina­decuada en esta zona chill out. Tomo aire, lo obligo a ser de mi propiedad a lo largo de mis conductos animados. Viva aún desprendo cierto calor, me imagino blandísima por dentro. Por fuera lo soy más de lo que creo, casi un producto de pastelería, un objeto de cera tibia barnizado, atractivo como una primera línea. Cada célula se reproduce, ajena a mí, y a la vez me reproduce, me convierte en una entidad debida. Si todas esas partes microscópicas dejasen de trabajar, aunque fuera un segundo… Las entidades indivisibles también merecen un descanso, como yo, como todos los genios del país. Trabajar con ellos me fuerza a asimilarme a ellos, a ser como ellos dentro de esta preciosa cerca de vidrio, un pececito rojo impersonal. Afablemente decorativo. Algunos restaurantes colocan en cada mesa uno de esos peces en una minúscula pecera. Son decorativos, sí. Relajantes. Están bien vivos, y sin embargo los hay quienes utilizan sus habitáculos como cenicero. Los pobres animalillos mueren intoxicados por la química biocida de las colillas. Pero no son sino eso, ¿verdad? Objetos decorativos. Vidas vanas.

¡Qué aire más puro! Hay poca humedad y eso está bien. La humedad tiene la manía de introducirse en las partes más vulnerables del cuerpo. No la tolero. No puedo convivir con ella, no sé hacerlo, penetra hasta rincones insospechados de mi interior, como una lava untuosa y helada, y ocupa espacios ignotos que al hacérseme presentes me inco­modan. Hay partes del cuerpo, como muebles demasiado grandes, que una no sabe encarar. No parecen desmontables y extraerlas sería demasiado peligroso. Seguro que tienen su función, alguien debe de habérmelas incrustado, pero no puedo con ellas y la única manera de escapar a su influencia es ignorarlas. Recorrer el pasillo con los ojos cerrados y no toparme con su masiva exuberancia. Avanzar con los ojos cerrados, ¡menuda gracia! No había pensado en los ojos. Los pájaros vuelan con los ojos abiertos y, si se dejan llevar, es en sólidas corrientes de aire. Sostenidos y a un tiempo articulados, como marionetas. Pueden permitirse mirar. Pero si un objeto cae… si por ejemplo el pajarito cae del nido, ¿cae con los ojos abiertos? ¿Tienen párpados los pájaros? ¿O lagrimales de abuela frágil que gotean sin cesar? Bien mirado, no son párpados humanos. Quizá se asemejen más a los paneles japoneses o a las cortinas abatibles de las ventanillas de los aviones y sean capaces de articularlas tan o más rápido que nosotros, como relámpagos. Ahora me pregunto si abriré los ojos. O si se me abrirán. Mi caso no es el de una caída cualquiera. Me refiero a que no será accidental, habrá una intención, mi intencionada voluntad, una orden ya escrita. Llegado el momento será solo cuestión de ejecutarla. Los ojos son anticipatorios, exploradores del mundo, el cuerpo les sigue solo. ¿Qué sentido tiene preparar el cuerpo para la muerte segundos antes de que sobrevenga? La muerte atrapa al cuerpo como el amor. Que lo pille desprevenido, pues.

trescuerpos-5

2

«Cuando seas mayor lo entenderás», repetía sin descanso mamá. No debo de haber crecido lo suficiente. Y eso que me esforzaba por beberme los vasos de leche, unos vasos altos y anchos que parecían bocas animales, grandes como mi rostro, y que me dejaban la frente marcada con una diadema roja en el lugar donde la reclinaba contra la ceja de vidrio. Cabía en ellos tanta leche que mamá siempre tenía que abrir otra botella para terminar de llenarlos hasta arriba, hasta la ceja. «Bebe, bebe como un gatito —decía—. Haz como un gatito, saca la lengüecita y lame la lechecita.» Tantísimos litros de leche y yo toda blanca por dentro, llena de telas de leche pegadas a mí como grasientas y mojadas sábanas, adheridas a mis paredes, al reverso de mi piel. Los tanques de leche de mamá me anulaban, me hacían menos persona, menos niña aún. Era como ser mitad niña mitad tanque de leche, una especie de depósito saturado. Cuando terminaba de beber no me atrevía ni a moverme, sentía el baile de la leche en el estómago. No, no el baile, su peligroso traqueteo, como agua en un balde sometido a un breve y precipitado trayecto. Después bajaba como el agua por la tubería del váter del vecino. Igualita, pero dentro de mí. Notaba cómo la leche arrastraba los restos de la cena y lo dejaba todo recién pintado, limpio pero pegajoso. Esa visión era tan potente que me obligaba a permanecer quieta, inmóvil, con una respiración cada vez más superficial. Solo podía hacer una cosa para pasar aquel rato: leer. Me sentaba en la única silla de mi habitación. El escritorio era de madera de pino y tenía una cubierta blanca a prueba de niñas. «Es para hacer los deberes —recalcó mamá en cuanto el carpintero la hubo montado—. Ni pintar ni recortar ni pensamientos de utilizar el cúter. Por cierto, ¿dónde está el cúter? ¿No debería estar aquí? ¿En el bote? ¿Con las tijeras? Busca el cúter y déjalo en su sitio.» Con las tijeras. No lo entiendo, y sigo sin entenderlo, no hay motivo.

Me he situado en un límite, vivo en ese límite, espero el momento de abandonar el límite, mi casa provisional. De hecho, provisional como todas las casas o como un cuerpo. No me tomo la medicación, la química es una brida que retiene, que permite avanzar a paso inofensivo. Supone una redención anticipada, aleja del pecado o quizá solo enseña a denominar pecado el ejercicio de nuestra libertad lograda en un estado de paz, previa a la muerte, claro. Mamá se medica, papá se medica, mi hermana al principio no, pero después ya sí, se hizo mayor y lo entendió. Medicarse es una constante solución provisional, igual que la bombilla de pocos vatios colgada del techo del recibidor. Veinte años de recibidor oscuro ¡y qué poco cuesta acostumbrarse a ver tan poco! «Hicimos colocar halógenas en todo el piso ¡y olvidamos el recibidor!» Risas. «¡Pero lo mejor de todo es que no nos dimos cuenta hasta ayer!» Habían pasado veinte años, veinte años de pintarse los labios tres veces al día a medio centímetro del espejo, veinte años de buscar las llaves con los dedos ateridos. Yo pensaba que aquello era normal, cuando eres pequeño la normalidad se circunscribe a tu casa. Esa es la normalidad que te conforma. Creces al abrigo de sus patrones, tomas su cuerpo, y lo mismo pasa con el cerebro, ávido y plástico como la arcilla. Luego tardas años, la ceguera se craquela tras muchos martillazos, cuando ya estás atrapado en ese núcleo compacto que te ha costado el noventa por ciento de todo lo bueno que tenías para perforar. ¡Sal de aquí dentro ahora si puedes! Y de paso sé feliz como todo el mundo. Medicación: qué remedio. Pero no el mío, mejor avanzar, salvaje, hasta el límite y decidir. Al cabo de un tiempo terminas por descubrir que el límite se deja vivir, vertical como nunca, rozando la nada, y que no solo es posible vivir en él, sino que también se puede crecer en él de diversas maneras. Si de lo que se trata es de sobrevivir, puede que la resistencia sea la única forma de vivir con intensidad. Es ahora, en ese límite, cuando me siento viva, viva como nunca.

trescuerpos-6

3

Medidas de seguridad en todas partes. Más que personas. Más que ratas. Medidas reproducidas sin ton ni son. Medidas de seguridad concretadas en barandillas, cristales dobles antibalas, señales de prohibido el paso, cinturones, barreras, cascos, botones. Medidas activas o pasivas, da lo mismo. Pueden ser rodilleras, suelos de gomaespuma, cremalleras, condones, antidisturbios, fútbol. También medicación, subsidios por desempleo. Medidas evidentes o sutiles. Frenos electromagnéticos, cárceles, banderolas, programas de integración social, andamios, válvulas, revestimientos ignífugos, arneses y mosquetones. Y otra vez medicación, gorras anti-golpes, acompañantes, productos descremados. Medicación, medicación y medicación. Un suicida con éxito es hoy un héroe. El mundo está lleno de desaprensivos titulados en primeros auxilios, se hallan por doquier, discretos y grises como palomas, agresivos como madres. Desafían la muerte ajena con masajes cardíacos y precisas maniobras de Heim­lich. Son una cuadrilla de ladrones, una ya no puede ni endilgarse un hueso de aceituna por el tubo equivocado, te forzarán a escupirlo aunque tengan que partirte las costillas y perforarte un pulmón, toda tú hecha un vómito de dry martini y el hueso de aceituna proyectado hacia un rincón como un trofeo. Morir en un rincón estaría bien, deberían poderse alquilar rincones donde bien morir, sin interfe­rencias, sin bombonas de oxígeno autopropulsadas descol­gándose por sorpresa encima de ti justo en el último momento, donde las medidas de seguridad te garantizasen, te asegurasen una muerte como es debido.

En realidad, las medidas de seguridad son medidas de defensa del exterior, el Torturador Supremo. El mundo descarga su toxicidad dentro de mi médula a diario, me asimila con sus infiltraciones y no puedo permitirlo, no puedo permitirme compartir. Malograda medicación. Y eso que las cápsulas, rojas y amarillas, me atraen como flores. Son un néctar de mala vida, un sustancioso brebaje. ¿Quién soy yo para rechazarlo? Mi hermana dice que es feliz. ¡Feliz! Esa palabra ya tenía verdín cuando me parieron. Cuando dice «feliz» —«Soy muy feliz», dice— me enseña los dientes. Me miran como ojos, amarillentos como el blanco de los ojos de los viejos, y eso que dejó el café y el tabaco antes de cumplir veinte años. Pero el rooibos y el yoga también son adictivos, acidificantes y envejecedores y adictivos. Las cosas sanas matan con mucha mayor lentitud, primero te hacen creer en su amor, te obligan a su intensidad languidecida. Nos vemos obligados a la palidez durante décadas, en una de las cuales solemos reproducirnos. ¡Una jugada maestra! Imponer infancia de una forma tan irresponsable solo puede ser un efecto secundario de la medicación. Hay que ser blando como relleno para acceder a la vida y fajar cada nuevo hijo, de punta a punta, con la seda del propio miedo, madre castradora por naturaleza, cheerleader incondicional. La fuerza del miedo es la suma de cada pequeño sueño reducido a polvo. A esnifarlo, pues, al parecer es la única manera de vivirlo que nos queda. Disimular la desnudez poniéndola en una ducha y santas paces. Bendita sedación.

trescuerpos-7

4

Vía de tren en un punto no controlado. Los trenes aún atestiguan cierta metafísica de las costumbres; esta observación no tiene nada que ver con los horarios. Hay que explicarlo todo. No lo entendí hasta el día de aquella cita en un punto no controlado. Era una recta de lo más previsible, cualquier otro habría preferido una curva, pero la proximidad de una curva llama demasiado la atención, hay una sutil mengua de velocidad, un instante para bascular el peso del cuerpo de un pie a otro, quizá para tragar saliva en un inusual acto no reflejo. La recta es perfecta y yo estoy camuflada con el entorno. Aridez mediterránea salpicada de pequeños matojos, enfermos pero resistentes. Se oye una aproximación que mueve toneladas cúbicas de partículas en suspensión. Doy un paso hacia delante. Percibo la lejana balumba sonora, sus vibraciones, que podrían ser insectos, pero no lo son porque los insectos son metálicos de una forma más elegante. Las vías se cimbrean como serpientes de cascabel y doy otro paso hacia delante. Mi cuerpo es una parabólica hambrienta de peligro. El corazón, grande, se apodera del pensamiento. El tren, ahora sí, es puro mercurio ladrante, una entidad que crece, un nombre. Ya está aquí, ha llegado a mí, a su cinta roja, a su línea de meta. Pero no, hoy no es el día. Es un tren largo, demasiado largo, y propulsa mi cuerpo hacia atrás con violencia. Decido que debo resistir. Como un matojo, pienso. Las raíces profundas garantizan instantes de valentía como este. Sin embargo, el tren es larguísimo, hay demasiada ferralla durante demasiado tiempo y, después de todo, el cuerpo quizá merezca una oportunidad para hablar, aquello de la última palabra. Tal vez debería preservar mi nombre, gozar de una muerte conservadora con despojos fácilmente identificables, restos cordiales. Lo cierto es que ignoraba que detalles dominantes como este terminarían importándome. Me hallo envuelta con una asombrosa metafísica, de ser creyente creería que alguien pretende que me replantee algunas decisiones. ¿Cómo era aquello? «Gracias a Dios, soy ateo.»

trescuerpos-8

5

Son las cuatro y cuarto de la madrugada y alguien marca mi número de teléfono. No duermo, pero tengo el fijo desconectado y el móvil apagado. ¿Qué pasa? Es mi manera de ser humana. De nuevo a las siete y media, a las ocho menos diez, a las ocho menos ocho y a las ocho en punto de la mañana. Más tentativas frustradas hasta las diez; lo tengo todo grabado, mensajes de voz que borro sin escucharlos. Sin duda todo ello es culpa de plantar la medicación. Pero bueno, no tengo ningún motivo real para provocar la alarma de nadie, así que a las diez, con todos los teléfonos conectados, contesto a la llamada. Activo mi formato de voz agradable y me corta mi hermana. «¡Vuelvo a estar embarazada!» Dedico mi primer pensamiento a una montaña de ruedas de recambio abandonadas. ¡Ese podría ser el estímulo necesario para animarme a desaparecer de una maldita vez! El segundo pensamiento se dispone a analizar en círculos la entonación de mi hermana, pobre inocente sin alas obligada a correr con sus palabras descalzas a cuestas. Se llama Cristina, y no he terminado de percibir si parece feliz o angustiada. «No te oigo bien. ¿Qué dices?» Miento y pregunto, miento y pregunto, es mi estilo. Ella contesta sin pausa: «¡Que vuelvo a estar embarazada! ¡De dos meses!». Es feliz, claro, y yo soy boba. «¡Soy tan feliz! ¡Hacía tanto que lo buscábamos!» Tengo unas ganas difícilmente, muy difícilmente reprimibles de golpearme el cráneo con el teléfono, pero es una mala idea, los teléfonos prefieren matar con tumores, a distancia. «Felicidades», digo. «¿Te alegras?», pregunta. Miento afirmando con un enfático sí, mucho. «¡Volverás a ser tía!», exclama ella. Por más que me concentre no puedo detectar en mí ninguna emoción susceptible de sacudir la especie de sustrato interior relativo a la familia. «Qué bien», digo. Y luego hablo, hablo sin interrupción durante un minuto para evitar cualquier posible tentativa de profundizar en mi montoncito sentimental compostable. «Qué bien de verdad es fantástico ser tía por partida doble es como ser una tía completa es como pasar de llevar un monóculo a ponerse gafas o de ir en triciclo a ir en bicicleta ahora tengo la sensación de controlar mi vida plenamente en su faceta de tía caray es que me dejas parada tanto tiempo buscándolo y ahora resulta que ya está aquí que hay una personita que ha decidido lanzarse a la maravillosa aventura de vivir y no podía haber encontrado mejores padres con un trabajo estable y una casa preciosa con una habitación para él solo o sola porque con dos meses de embarazo aún no puedes saber si será niño o niña aunque en realidad no sé por qué hablo en futuro porque ya es un niño o una niña ya existe dentro de ti oh debe de ser maravilloso estar embarazada y sentir cómo la vida crece dentro de ti estoy segura de que tendrás un embarazo fantástico como el primero y de que todo irá muy bien qué bien que me hayas llamado para decírmelo me has alegrado la mañana noticias como esta son las que hacen que pienses que todo vale la pena además ahora cuando nos reunamos toda la familia para la comida de Navidad ya no seremos trece que dicen que trae mala suerte seremos uno o una más es fantástico.» He hecho un esfuerzo supremo que me ha dejado agotada. Realmente, ser así hace que necesites medicarte.

trescuerpos-9

6

«¿Crees que hago bien casándome con él?» Mi tía, hace más de quince años. «Es que no lo sé, a veces, cuando voy en metro, no puedo evitar mirarles los pechos a las mujeres. Es como si me los pusiesen delante para que los mire. Y no sé si antes de casarme no debería probar…» Ya decía yo que eso de hacer de tía no acababa de ir con ella. La excuso aduciendo que me lo preguntaba porque sabía que yo era lesbiana. Mamá aún no lo sabía, pero ella sí, hacía seis meses que me había acogido en su casa, en el pisito de soltera cerca de la facultad en la que yo estudiaba. Me ahorraba tres horas diarias de desplazamientos, que dedicaba a leer y a conocer lesbianas. «No lo sé, tía», empecé. ¡Claro que no haces bien casándote con un tío cuando irías metiendo la cabeza en el escote de las tías que ves en el metro! «Quizá deberías probarlo. Para salir de dudas. ¿No?» «Sí, quizá sí. ¡Pero es que las lesbianas son todas tan feas!» Gracias, tía. No se dio ni cuenta, no hay nada más cegador que una relación de parentesco. Por supuesto decidió que lo más prudente era no salir de dudas, no quería engañar a su «futuro marido», decía. Así que se casó con él sin darse cuenta de que había hecho algo mucho peor, eso tan literario de convertir la propia vida en una gran mentira. Es curioso como a veces los crímenes más abominables son los más fáciles de perpetrar. Después de la boda se fue a vivir en una zona residencial, unos bajos con jardín comunitario y vecinos estables y contenidos como actores secundarios. Todo ello presentaba una impecable apariencia de credibilidad. ¡Ah! Y también se compró un coche familiar. «Por lo que pueda venir», dijo, como si el futuro hubiese terminado por especializarse exclusivamente en preñar mujeres. Me quedé sola en el pisito de soltera. Era un ático céntrico, ideal. Leía cada vez más. Se produjo el boom de internet, que me facilitó hasta un grado insospechado conocer más lesbianas. La mayoría no eran feas y eso propició que hubiera mucho sexo, por lo general buen sexo, aunque también sexo normalito y sexo deplorable. Pese a todo era incapaz de enamorarme, hacía amigas y la mayoría terminaban convirtiéndose en mis amantes. A veces alguna amante se enamoraba de mí y cuando eso ocurría tenía la impresión de que la vida me miraba directamente a los ojos con su peluca más espantosa. No hay nada peor que sentirte exclusividad de otra persona, tener que oír, reducida a pieza de Lego, que eres decisiva en la felicidad o infelicidad de otra persona. ¿Nos hemos vuelto locos? También tuve que soportar algunas experiencias esperpénticas, sobre todo coincidiendo con los días posteriores al final de alguna de esas relaciones. Lo curioso es que nunca recibí amenazas directas, más bien tuve que asistir a automutilaciones y eso era mucho peor. «Si de verdad quieres abrirte las venas, haz los cortes en vertical de una puta vez ¡y déjame tranquila, joder!» Para poder sobrevivir sin tener que trabajar alquilaba habitaciones a estudiantes. Solo mujeres: inglesas, americanas, brasileñas, alemanas, serbias, griegas. Era caótico y a veces divertido, pero también tuve algunos disgustos. No entenderé nunca la santa manía que tienen algunas mujeres de agujerear paredes para colgar cosas de ellas. Una chica vasca con cara de ballena quemó la campana de la cocina, y una brasileña preciosa y paticorta se marchó una noche con el aparato telefónico. Pero las conversaciones de sobremesa lo compensaban todo y había cosas que me hacían sentir muy presente, como por ejemplo que se hiciese sexo en todas las habitaciones y que el baño siempre estuviese ocupado. Hasta que un día, como si me hubiese pillado una riada, me licencié.

trescuerpos-10

7

Los verdaderos artistas no se dedican al pasado. Hacen en el sentido platónico de crear. Los pobres que como yo no sabemos más somos quienes nos dedicamos a remover el gran perol de la historia. En mi caso, Historia del Arte. En un principio me inclinaba hacia las Bellas Artes con el límpido y ciego entusiasmo de la juventud. Tenía una real inquietud por crear. Con aquella ilusión me habría bastado para salir adelante, era fresca como conchas, fertilizante en potencia. Pero padecía una gran inseguridad, espoleada por unos padres ramplones. «Si no sabes hacer ni un retrato con un seis y un cuatro», repetía mamá con aquel sincero interés con que mantenía mi amor propio en las lindes de una forma de vida vegetal. «Quizá sí», terminé admitiendo. ¡Oh! La duda, la duda es la primera grieta en el propio permafrost. «¡Claro que sí! —remachaba ella—. Haznos caso. ¿No pensamos siempre en lo mejor para ti? ¿Quién te conoce mejor que nosotros? Eres demasiado joven para saber lo que te conviene.» Desistí por agotamiento, pero también por una suerte de miedo irracional. El miedo, madre dominante. Resulta casi imposible despegarse de su pezón.

Sin duda fue como caer en un callejón sin salida de cinco años de duración. El conocimiento me perforaba como si de verdad esperase hallar algo valioso en mi interior. El día que me licencié lloré toda una tarde en el sofá del comedor, mientras la pianista serbia de la habitación del re­cibidor me hacía tragar copas de vino con ibuprofeno. Estaba de luto por todo aquel territorio contaminado. «¿Y ahora qué? ¡Cinco años perdidos! ¡Demasiado tarde para las Bellas Artes!», sollozaba. A los veintitrés crees que ya es tarde para todo. No es hasta los cuarenta cuando te percatas de que aún estás a tiempo, si no de todo, al menos de todo lo que importa. Al fin y al cabo has dedicado más de una década a aprender qué importa. La serbia y yo nos emborrachamos. Se llamaba Jovana, tenía cuarenta y siete años y era pianista profesional. Era buena, pero no se encontraba entre las diez mejores y malvivía de su talento. También era fuerte, vital y muy atractiva, una especie de femme fatale incapaz de hallar el amor. Un buen día decidió dejarlo todo y trasladarse a Barcelona. «Presiento que aquí encontraré a mi Antonio Banderas», confesó cuando me alquiló la habitación. Llevaba toda su vida doblada en tres maletas Samsonite. El vecino del sobreático le prestó un piano de pared. No podía creérmelo. Contra todo pronóstico, los vecinos parecían maravillados con los ensayos. Habían sucumbido a ella, a la rotundidad de su cuerpo, a su personalidad, imponente y encantadora como una pagoda birmana. Yo me sentía cada día más empequeñecida, reducida a una cortinita de cocina a su lado. Era demasiado mujer para desearla siquiera. Me hallaba tan desorientada como un soldado licenciado de esos que no saben readaptarse a la vida civil. Como si mi vida se hubiese quedado entretenida en espacios de ondulante vacío, debía mantenerme en constante circulación. Con frecuencia tenía náuseas y una sensación opresiva en los pulmones, una especie de angustia anticipatoria que solo se veía aliviada por el sufrimiento físico: los dolores menstruales, por ejemplo. Notar cómo mes tras mes se instauraba aquella base de plomo en los riñones, cómo crecía la necesidad de ese movimiento sincopado de los locos, cómo se manifestaba la conocida e infernal diarrea, cómo la tremenda pata de elefante me aplastaba el útero, oprimiéndolo con irrevocable decisión hacia abajo, siempre hacia abajo. Los ataques duraban entre tres y ocho horas, y todos los calmantes que me habían recetado se vieron obligados a claudicar ante el apoteósico imperio de mi cuerpo. No podía hacer nada para impedirlo. El suplicio siempre culminaba en una suerte de coma que me dejaba tirada al fondo de todo de un profundo sueño. El alivio era equiparable al final de una sesión de tortura. Vacuidad y ligereza absolutas. Milagrosamente las náuseas desaparecían mientras duraba el ataque. Los pensamientos de suicidio se concretaban como nunca, inocentes como canciones de cagatió, e igual de crueles. Podía pasar horas asomada a la barandilla de la terraza. Eran ocho pisos de altura, no estaba nada mal. Lástima que en los bajos siempre correteasen tantos gatos, la mera idea de aplastar a un gato me causaba una angustia insoportable. Las vecinas que calman sus nervios comprando tarrinas de paté y alimentando felinos merecen el circo romano. Jovana aseguraba que andaban mal folladas. «En Serbia hacíamos estofado de eso», decía. «¿De qué, de gato?» «No, tonta, de vecinas mal folladas.» «¿Y no hay vecinos mal follados en Serbia?», le preguntaba. «No, todos muertos en guerra.» ¡Ah! Las guerras, auténticas bendiciones para los gatos. Dicen que las mujeres prefieren matarse con venenos, pero ¿cuáles? Los productos de limpieza son demasiado abrasivos. Ni hablar de prepararme un cóctel de lejía. En los años cincuenta era posible engatusar al médico de cabecera para que te entregase una receta de barbitúricos, pero ahora ya no. La última vez que fui al médico me sugirió que probase las Flores de Bach. No debí ser lo bastante convincente. En cambio las vecinas mal folladas tienen botiquines dignos de un refugio nuclear. Lo sé porque mi abuela es una de ellas. Gran amante de los gatos y las palomas, tiene tres pequeños armarios del bufete del comedor rebosantes de medicamentos. Un día me fijé en ellos y había mucha sustancia para controlar el dolor. ¿Cómo cojones se lo montan? ¿Es posible que los médicos de cabecera sean sensibles a los gatos? No lo sé, pero creo que los mal follados en general se vuelven resistentes. Especie de cucarachas, escarabajos de cocina capaces de lavarse la cara con aceite al rojo vivo.

trescuerpos-11

8

«¿Por qué no te vas un año de au pair?» No recuerdo quién lo dijo, pero seguro que no fue mamá, porque no le habría hecho caso. ¿Au pair? ¿No era aquello que hacían las chicas que no tenían suficiente cerebro para entrar en la universidad? ¡Porque yo ya era licenciada! «Sí, licenciada en pasarte el día en el sofá sin pegar sello.» Mentira. No recuerdo quién lo dijo, pero recuerdo que pensé que era mentira. Me pasaba el día en el sofá, sí, pero leyendo. Durante una época me dio por leer biografías, cuanto más densas mejor. Las grandes personalidades siempre han dado muchas páginas de sí. De Beauvoir, Rafael, Mallarmé, De Bingen, Lem­picka, Gentileschi, Kokoshka, Kahlo, Lessing, Van Gogh, Foucault, Cassatt, Claudel, Weil, Cézanne, Napoleón. Sentía un placer indescriptible en sumergir mis horas de vigilia en aquellas vidas ajenas, completas, perfectas, cada una con sus dos aniversarios que celebrar. Pasarme la vida así era lo máximo a lo que podía aspirar, lo más parecido a no terminar de ser o a no empezar a ser. Me bastaba con realquilar las tres habitaciones que me sobraban en el pisito. Pequeñas, sí, pero suficientes para una sola persona. Colchón japonés, escritorio y armarito. Sábanas coloridas, lámpa­ras originales y repulsivo terrazo cubierto de cabo a rabo por una alfombra de dieciséis milímetros de grosor. ¡Bendita Ikea! En el piso había buen ambiente y el precio era ajustado, de forma que siempre lo tenía lleno, y los tres años que duró el invento han alcanzado el grado de los mejores tres años de mi vida. Solo tenía que dejarme vivir sin oponer resistencia, como haría una ramita carcomida río abajo, sin mayor pretensión que la de deslizarse aceptando cada cambio de dirección, asumiendo el desgaste. Fue también una época de sexo en solitario. Estaba cansada de cribar entre las múltiples poblaciones de lesbianas de Barcelona, agotada de compartir la carne. Entonces, cuando más feliz parecía, sucedió: una llamada a media tarde. Las llamadas a media tarde son las peores. Los absolutos desastres de las llamadas a medianoche tienen algo pasional, atentan contra la vida despertando el corazón. Deberíamos recibir una de ellas como mínimo una vez al mes para ir viviendo con otra medida de intensidad. En cambio las llamadas a media tarde son torpederas. «¿Sí?» «Soy tu tía. Necesito el piso.» Vi muy bien cómo caía la guillotina y mi cabeza rebotaba en el suelo como una pelota peluda, rodando hasta perderse bajo el sofá. Mierda. «Ningún problema. ¿Para cuándo?» «No hay ninguna prisa. Cuando tengas dónde ir quedamos un día y me devuelves las llaves.» De modo que corría prisa. «¿Te has separado?» De ser ese el caso al menos cabría cierta esperanza para alguien. «No, queremos comprarnos una casa. Lo venderemos.» Ah. Mira por dónde, mi tía había decidido sondear con temeridad los desconocidos abismos de su mentira. «Qué bien», comenté. Llegada la noche ya se había asentado en mí un intenso sentimiento de despido improcedente. Aquella injusticia en forma de huevo de madera se me había encallado en el cuello. «¿Y ahora qué? ¿Y ahora qué?», me repetía una y otra vez. ¿Alquilaría una habitación? Tenía una titulación inútil, ninguna fuente de ingresos. Pensé en trabajar de modelo en la facultad de Bellas Artes. ¿Accederían a dibujarme desnuda en un sofá? ¿Leyendo? Era la única manera que se me ocurría de conservar mi estilo de vida. Se trataba de un pensamiento ilógico, ¡pero era tan real! Durante unos minutos fue la única solución. O eso o saltar por el balcón. Precisamente ahora que hacía tiempo que no me lo planteaba en serio. Con la suerte que tenía, seguro que aplastaba a un gato. Quien fuera que hallase el cadáver encontraría dos, con las vísceras mezcladas como un nido de serpientes. No, no podía ser.

Entonces lo vi claro. Llamé a Jovana. Ya no vivía conmigo, ahora vivía con Antonio Banderas en un principal de la ronda de Sant Pere, o eso me dijo. «Estoy cagada», le dije en cuanto descolgó. «¿Tú?» «Sí, mi tía me saca del piso, soy una refugiada familiar.» Me autocompadecía. «No sabes el favor que te hace.» Y un huevo. «Dentro de unos años se lo agradecerás. Puedes venir a casa, si quieres, tenemos espacio de sobra.» «No, gracias. Antonio Banderas siempre me ha dado un poco de miedo.» «¿No eras lesbiana?» «Sí, pero los hombres con voz de gato me dan miedo.» «¿A ti qué te pasa con los gatos?» «No lo sé, los encuentro repelentes.» «¿Por qué no te vas un año de au pair?» Ahora recuerdo que fue Jovana quien me lo dijo. Y también aquello de «licenciada en pasarte el día en el sofá sin pegar sello». «Me gusta leer, mira por dónde», aduje. «Pues vete de au pair y podrás tirarte el día leyendo.» Solo tendría que llevar a los niños a la escuela, aseguró, y pasar un poco el plumero. Además, cabía la posibilidad de que recibiera un pequeño sueldo. Quizá sí, pensé. Quizá sí. La duda, la grieta por donde se infiltra el calor del mundo, osada violación del permafrost.

trescuerpos-12

9

Cardrona, Escocia. Siempre pensé que los pueblos más pequeños del mundo se hallaban abandonados en lo alto de grandes cordilleras. Me equivocaba. Cardrona es microbiano, una discreta acumulación de casitas en un ilimitado campo de golf, como el montoncito de tierra que indica la presencia de un hormiguero en un descampado. Los lugares pequeños son aburridos, no como en las películas. Es prácticamente imposible encontrar en ellos un vecino interesante. La casa de mi familia de acogida tiene dos plantas y un jardincillo inutilizado debido a una lluvia fina y constante. Lo más significativo es que allí viven dos críos, un niño y una niña. Son blancos, regordetes y blanditos. La madre se llama Fiona, como toda buena madre escocesa, y trabaja de comercial en una empresa farmacéutica, lo que la obliga a viajar buena parte del año. El padre está ausente. La verdad es que Jovana tenía razón: solo tengo que acompañar a los niños a la escuela y quitar el escaso polvo con el plumero. El resto del día lo paso leyendo en mi habitación. Hay una cama individual con su cabezal de madera maciza y su colcha de patchwork encima, horrenda pero apropiada. Cuenta también con un pequeño escritorio sobre el que a mi llegada había un portarretratos vacío. Mirarlo me hacía pensar en mamá, por lo que ahora está en el cajón. La ventana es grande y tiene forma de U. El paisaje es increíble, es como tener vistas al mar, pero en una tonalidad distinta. Fuera, hasta donde alcanza la vista, no hay sino campos cubiertos de una especie de heno esmeralda que se mueve como un pulmón. Si me los quedo mirando un rato tengo una incómoda sensación de falta de salsedumbre. Frente a la ventana, encajado justo en el hoyo de la U, hay un asiento con un estampado de flores. Sentarme en él hace que me sienta como Scarlett O’Hara. Pero es un buen lugar contra el exceso de calefacción. Empiezo un libro nuevo cada dos días, por lo que una semana después de mi llegada ya he agotado todos los que han viajado conmigo. Y eso que la previsión inicial, bastante realista, era de un mes. La verdad es que Cardrona supera todas mis expectativas y muy pronto termino deseando que los niños no crezcan nunca. Necesito ser una au pair vitalicia y tengo pensamientos curiosos, como por ejemplo esca­timarles la comida. Los niños raquíticos son físicamente niños durante más tiempo, aunque ciertos abusos actúen como aceleradores de la maduración emocional. Por poco que funcionase, merecería la pena intentarlo. También pienso a menudo en todo tipo de accidentes provocados en la escalera, en la posible parálisis de uno de los dos hermanos. Quizá la niña. Las estadísticas aseguran que los hombres paralíticos encuentran pareja con mayor facilidad que las mujeres en la misma situación. Estoy segura de que, si la niña quedase imposibilitada, Fiona no tendría ningún inconveniente en contratar de forma indefinida a una au pair competente.

Todos estos pensamientos son lo bastante tranquilizadores como para no tener que llevarlos a cabo, así que hago caso omiso y compro por internet la Historia del Arte Universal. Diez tomos de segunda mano, pero como nuevos, por solo cuatrocientos euros. La inversión se traduce en seis meses de gozo ininterrumpido. Mucho antes de terminar la lectura tengo la delirante sensación de haber perdido el tiempo en la universidad. No puedo quitarme de la cabeza las Bellas Artes, son el alma del producto muerto en el que me he licenciado. El mero hecho de darme cuenta me causa una sintomatología muy variada: aguijonazo de punzón en el pecho, dificultad para beber o comer, otro dolor no punzante, sino resbaladizo, cuyo epicentro se halla en el útero y que se propaga hasta cada extremo del cuerpo como una especie de pena pesada y hambrienta. Se me ocurre que debe de ser un dolor parecido al que sigue a un aborto, la tristeza residual de una vida no ejercida que se aferra con garras a la vida. También experimento intensos desconsuelos nocturnos y paso las horas de vigilia recreándome de forma enfermiza en el pensamiento «Demasiado tarde para las Bellas Artes». Los estudios siempre han ejercido un gran poder de distracción sobre mí, han sido como quedarme temporalmente parada en una gasolinera. Al fin y al cabo, instantes como este son instantes de muerte perdidos en sí mismos. Después se reanuda el viaje y es la vida la que concurre en él, concentrada en aisladas cápsulas de movimiento.

Adelgazo sin esfuerzo. Los libros de arte terminan siendo tan dolorosos que me paso a la filosofía. Es indiscutible que los filósofos son gente ordenada. En especial los alemanes, son insuperables, complejos pero ordenados. Los franceses, en cambio, evocan la sorpresa de quien llega a casa y constata que una persona muy querida ha hecho limpieza, ha regado las plantas y se ha marchado dejando tras de sí una expansiva sensación de libertad. Ahora los libros me duran más del doble. ¡La filosofía sí que es una buena inversión! Paso un exceso de horas ejerciendo de Scarlett O’Hara en la ventana. No me extrañaría nada ver entrar en mi habitación a primera hora de la mañana a una Mammy negra y gorda con un corsé en la mano, arrastrando olor a café y tocino frito. Debe de ser una buena cosa abandonarse en las manos de una Mammy gorda, reconfortante como una alacena atiborrada a finales de otoño. Pero estoy sola, no soy sino cincuenta y dos kilos de soledad y lamentos, todo un tesoro.

Empiezo a odiar el color verde. Mirar por la ventana me causa los mismos efectos que haber viajado a la India y haber bebido agua sin embotellar: náuseas y dolor de cabeza casi constante. Pasar demasiado tiempo frente a la ventana me obliga a largas visitas a la taza del váter, pero la tipología de náusea es un poco distinta, avara de carne, expulsa mi persona y goza vaciando el cuerpo de jugos. Mientras tanto la persona padece recluida en una extraña burbuja flotante, vacua y sentimental. La tonalidad escocesa de verde es anómala, intensa y llana como un experimento fauvista. Habría sido una auténtica pesadilla para Cézanne. Cézanne no hubiera podido ser escocés. Este verde excesivo es casi insultante, me agrede visualmente como hizo en su momento la mesa roja de Matisse, pero desde luego está ausente esa sensación de paz, de calma infantil. Me jode que el amor profundo que siento por Matisse se vea comprometido por una inquietante capa de verde. Pero es así, el verde se infiltra en mi cuerpo como una inyección de caballo, asciende como una asfixiante marea, empapa mis cavidades, se apropia de las partes más fértiles del yo. Me da miedo querer poner fin a este permanente desasosiego saltando por la ventana. Es una mala idea, porque la ventana se halla a poca distancia del suelo. Morir sobre las baldosas húmedas del jardincillo no me parece muy atractivo. No puedo soportar la imagen de una babosa arrastrando al buen tuntún su miserable vida sobre mi miserable muerte, ni la de agonizar masticando fragmentos de palabras mientras restos de pensamientos chorrean por mi frente, visibles, evidentes, y mis ojos se vuelven comprensivos como los de una camarera de un bar nocturno. Una semana más tarde vuelvo a casa.

trescuerpos-13

10

Estoy en casa. En realidad «casa» es la habitación de invitados del piso de alquiler de mi hermana. La habitación es sencilla y lisa como una celda. Hay un colchón en el suelo, un perchero de plástico naranja detrás de la puerta y un armario para los trastos. Mato las horas de insomnio re­moviendo el contenido del armario. Ropa usada y toallas blancas de hotel, pero también algunos álbumes de fotos de mi hermana. Se me hace raro verla con amigos que no conozco. La vida de dos hermanas es idéntica hasta que crece una de las dos, y entonces parece que la otra aproveche para hacer cosas a escondidas. Sobre todo llenar el vacío dejado por la hermana conociendo a otras personas.

Estudio las fotografías, hay una veintena de mi hermana con un chico pálido y rubio, de un rubio dorado como de leona. En trece de ellas salen solos, y en las siete restantes, abrazados. No cabe duda que el chico pálido y rubio como una leona, que tiene el canto del ojo rosado y la naricita tensa como el culo de una gimnasta, es un producto escandinavo. Recuerdo que ella hizo el Erasmus en Dinamarca. Podría ser un ligue danés. El chico mira a mi hermana y ella mira a la cámara. Percibo un principio de indignación por el gran desconocimiento que tengo de la vida de mi hermana. Ahogo el sentimiento pensando que mi vida ha transcurrido igualita a la de ella, es decir, al margen de la familia. Me pregunto si ello tendrá un motivo. Seguro que sí. Las dos hemos sentido ese imperioso deseo de intensidad, y compartir la vida con la familia lo disipa. La familia, ¡qué magnífico disolvente! Imposible alcanzar el núcleo a su lado. Ciertos individuos solo pueden acontecer como amputaciones. Pienso ahora en nuestros padres, ellos han sido la cabeza de pulpo, y mi hermana y yo tentáculos dispersos, ternillas rosadas y lilas. Ella está enferma de verdad, es un organismo ectoparasitario y necesita acoplarse a una pareja masculina para preservar el equilibrio de su mentira. Pero ríe, mucho más que yo. Y parece presente en las fotos, ¡tan rejodidamente presente! Yo no, siempre tengo la impresión de que me han superpuesto a ellas. Como si alguien más infantil y mucho más poderoso que todos no­sotros tuviese un recortable lleno de imágenes de mí en múltiples posiciones, recortase mi contorno por la línea de punti­tos y me encolase a las fotografías de otra gente que ahora mismo diría que me conoce. Soy yo, la extraña que todos reconocen, esa que parece de mentira bajo su capa de hierba corta y consistente. Tengo un buen recubrimiento, impermeable como el de los buques, pero no es mentira, no: la dureza del hielo preserva un mundo habitable, solo que dormido.