Capítulo 1

1

Primeros años de la guerra civil siria

Después de ocho horas en la ruta de detección de vigilancia (RDV), a Sam ya no le latía tan deprisa el corazón ni aferraba el volante con la misma fuerza. Había ejecutado los cambios de sentido estipulados mirando bien los retrovisores para cerciorarse de que nadie lo siguiera y parado tres veces en Damasco y sus alrededores perdiendo el tiempo a propósito para que fuera el otro bando el que se delatase. Le dolía la espalda y se notaba los hombros encorvados sin remedio. El sol recalentaba el parabrisas poniendo a prueba el aire acondicionado. Encontró tráfico y se quedó parado en un cruce donde por suerte daban sombra unas palmeras y unos pinos. Mientras esperaba a que cambiara la luz del semáforo, volvió a mirar los retrovisores procurando comparar cada coche con los que había visto a lo largo del día, pero un agente de la Mujabarat (la Dirección de Inteligencia Militar siria) vestido con chaqueta de cuero apareció en el camino y le hizo señas al primer coche de la fila de que no se moviera. Pese a las protestas de alguien que tocó el claxon, otro agente arrastró por la calzada un caballete adornado con pegatinas del presidente Bashar al-Ásad y le indicó al primer conductor que se adelantara. Alguien gritó que se trataba de un control.

Para él era el sexto del día, pero igualmente se le aceleró el pulso: si lo detenían, no habría inmunidad diplomática que valiera, ni lo intercambiarían por nadie: simplemente desaparecería en una celda subterránea. Sólo un sociópata se quedaría tranquilo conduciendo sin garantías por un país hostil.

Se sacó el pasaporte del bolsillo del pecho y lo puso sobre el salpicadero. Era un documento canadiense de color azul oscuro (es decir, de turista) a nombre de un tal James Hansen, pero la foto era de Sam, lo mismo que la fecha de nacimiento. El Servicio de Inteligencia y Seguridad de Canadá se lo había entregado en Ottawa uno de esos días primaverales en que la nieve se derrite, tras visitar la sede de Orion Real Estate Investments, compañía de reciente creación, pero inexistente, pese a lo cual contaba con gente de verdad que contestaría el teléfono y el correo electrónico para que pudiera seguir funcionando como tapadera: los canadienses estaban encantados de participar siempre que, a cambio, se los invitara a la reunión informativa una vez que KOMODO estuviera sano y salvo en Langley, Virginia, la sede central de la CIA. Porque ni siquiera los servicios de inteligencia de países amigos comparten nada, sino que intercambian favores.

KOMODO era uno de los activos más provechosos de la Estación Damasco; un personaje de mediana edad, solitario y algo excéntrico, según los partes de operaciones, científico de nivel medio en el Centro de Investigación y Estudios Científicos de Siria, el SSRC, la institución responsable de las armas químicas de Al-Ásad. La Agencia de Seguridad Nacional estadounidense (NSA) creía que los sirios habían penetrado el sistema secreto de comunicaciones de KOMODO, y por eso la CIA, a lo largo de un solo día frenético, había montado un plan de exfiltración consistente en que Sam fuera a Siria en coche con una tapadera comercial y lo sacara del país junto con Val Owens, su agente de enlace. Sam y Val habían coincidido en Irak durante la tercera misión de él y la primera de ella en el país, y desde entonces eran como hermanos. Sólo pensar en que la operación en la que estaba involucrado tenía que ver con su amiga y con un activo cuya vida corría peligro hizo que se le acelerara otra vez el pulso. Justo entonces un soldado le hizo señas de que se pusiera en marcha.

Otro se acercó a la ventanilla: un joven de mirada dura y pelusilla en el labio que le pidió la documentación. Tras un respetuoso contacto visual que duró un segundo, Sam le entregó el pasaporte (abierto por la página del visado para noventa días) y se puso a mirar el camino. El soldado hojeó el pasaporte, observó a su alrededor como si se plantease avisar a un superior y finalmente clavó en Sam una mirada recelosa.

—¿Por qué en Siria? —dijo en un inglés con mucho acento.

—Negocios —contestó él en árabe.

El soldado le hizo una señal con la cabeza a un compañero que se acercaba y ambos contemplaron nerviosamente los coches aparcados y los edificios. Esa parte de la ciudad estaba controlada por el régimen, pero a veces los rebeldes y los yihadistas atacaban los controles. Los atentados suicidas con bomba, los lanzagranadas y las tácticas de tiroteo en movimiento como las que él mismo había visto durante sus misiones en Bagdad eran cada vez más habituales en Damasco. El soldado apretó la mandíbula y se dio golpecitos con el pasaporte en la palma de la mano.

—Abra el maletero —le dijo.

Él lo hizo apretando un botón y otro soldado caminó hasta la parte trasera del monovolumen, sacó la maleta de Sam y la dejó caer en el asfalto.

—¿Está cerrada con llave? —preguntó.

—No —repuso él.

Oyó la cremallera y un rumor de ropa arrojada al maletero.

—¿Por qué no hay nada doblado? —preguntó el otro soldado.

—Porque hoy ya me han revisado varias veces —contestó él.

—¿Alquiler? —dijo el primer soldado golpeando la puerta del coche con la culata de su AK-47.

Sam asintió con la cabeza.

—Papeles.

Él abrió la guantera y le dio unos papeles que indicaban que el coche pertenecía a Rainbow Rentals, de Amán, Jordania. Mientras el soldado los miraba, él procuró quitarse de la cabeza la imagen de un mecánico de la Estación Amán mostrándole, con un maniquí de la misma estatura y peso que KOMODO (1,67 m, 66 kg), cómo se podía encajar a una persona en el compartimento especial del maletero.

El soldado le devolvió los papeles.

—¿Qué negocios, señor Hansen?

—Inversiones inmobiliarias: unas cuantas villas y puede que algunas viviendas en la Ciudad Vieja.

—Villas están baratas ahora.

—Sí, es verdad —respondió él sonriendo.

—Todo normal en la maleta —confirmó el de detrás del coche.

El soldado le devolvió el pasaporte.

—Siga —gruñó.

Superado el control, se metió por la autovía M1 en dirección a la Ciudad Vieja de Damasco mientras los almuédanos de las mezquitas entonaban el maghrib, la llamada vespertina a la oración. A esas horas había poco tráfico: ya hacía un tiempo que los sirios se habían acostumbrado a refugiarse bajo techo al caer la noche para evitar los bombardeos cruzados entre el régimen y los rebeldes.

Cuando el sol se escondió en el horizonte a sus espaldas, su cuerpo llegó a la misma conclusión a la que ya había llegado su mente: que estaba «negro», es decir, libre de vigilancia. Al principio fue un alivio, pero luego empezó el cuestionamiento, convertido en ritual para cualquier agente de la CIA desde los primeros días de instrucción. Lo más jodido de cada operación era eso: que nunca se podía estar seguro y que siempre era más fácil abortar la misión que llevarla a cabo a sabiendas de que se podía estar equivocado.

En consecuencia, dejó vía libre a las preguntas.

¿Lo habría identificado aquel Lexus negro con abolladuras en la puerta derecha que había visto en Yafour? El polvoso taxi amarillo que tenía detrás, ¿no era el mismo que había visto justo después de la segunda parada, en aquella villa chabacana con una piscina en forma de reloj de arena? Lo que se reflejaba en la ventana del bloque de pisos cuando los agentes lo hicieron parar por segunda vez, ¿era un puesto de control fijo?

Se metió en la boca un chicle de hierbabuena y masticó despacio, sin apartar la vista del desvencijado parabrisas, mientras se iba acercando a Damasco. Las RDV sobre ruedas hacían muy difícil detectar repeticiones. Le daban ganas de bajar del coche, pero no tenía motivos para hacerlo: las afueras de Damasco se habían convertido en zona de guerra, y él era James Hansen, inversor inmobiliario. Hansen no se habría parado en una zona de guerra sólo porque sí: habría procurado llegar cuanto antes a su casa de alquiler en la Ciudad Vieja para dormir bien antes de regresar a Amán.

Frenó a dos manzanas de la casa de seguridad, salió del Land Cruiser, abrió sobre el techo un atlas amarillento y fingió escrutar las callejuelas en busca de su destino. Era la última oportunidad de cancelar la operación. Respiró hondo y sintió el fresco de la noche en la piel. No se le erizaron los pelos de la nuca: no se sentía vigilado. En un último intento de detectar si alguien lo seguía, miró a su alrededor mientras pasaba de un mapa a otro como un turista imbécil, pero finalmente comprobó el camino correcto y arrojó el atlas al asiento del copiloto.

Se detuvo delante de una casa muy cerca de Bab Tuma. Los canadienses habían elegido una ubicación perfecta en los aledaños de la Ciudad Vieja: desde la casa de seguridad arquímedes se tenía fácil acceso a los tortuosos pasajes y las estrechas calles del centro (ideales para detectar vigilancia), pero también a las vías más anchas que lo circundaban, lo cual permitía acceder en coche. Era un palacio de tres plantas de la época otomana que debía de ocupar media manzana por lo menos. Eso sí, que en Damasco, una ciudad donde de buen principio había pocos garajes, se hubiese dotado de uno, implacablemente, a un edificio tan noble se habría considerado de mal gusto. De modo que, para respetar la estética sin renunciar a la practicidad, el propietario, un canadiense que actuaba como activo de apoyo, había hecho montar una elaborada puerta que se camuflaba como uno de los muros que daban a la calle.

Pulsó un botón escondido detrás de una farola de gas y la puerta se abrió emitiendo un leve chirrido. Subió al coche y lo metió en el garaje dando marcha atrás. Pese a las dimensiones de la casa, el pasillo del fondo era muy estrecho. Tenía suelo de mármol, e iba a parar a una doble puerta de casi cinco metros de alto con una celosía de hierro dividida en decenas de recuadros con frases del Corán forjadas. La abrió. Al otro lado había un patio interior en cuyo centro borboteaba una fuente rodeada de unos cuantos naranjos y limoneros. Unos grajos lo recibieron con graznidos de advertencia, pero no logró distinguirlos. Oyó una explosión de mortero al este y, tras encogerse por instinto, regresó al pasillo y cerró las puertas.

Gracias al plano de la casa que los canadienses habían incluido en la información de enlace, no tuvo ningún problema para orientarse por el laberinto de pasillos y llegar a la cocina. En un armario mohoso encontró lo que buscaba: un paquete de barritas de cereales altas en calorías, una bolsa de plástico con diez pastillas de Xanax de diez miligramos, un concentrador de oxígeno portátil, un pack de hidratación CamelBak y pañales para adultos. Llenó el CamelBak con agua y sacó un pañal del paquete, luego lo metió todo en una bolsa negra y cerró la cremallera.

De vuelta en el garaje, abrió el maletero del Land Cruiser y, tras levantar el asiento trasero, deslizó la puertecilla que daba acceso a un compartimento secreto. Luego se puso a girar una serie de diales ocultos y acarició el fino forro del compartimento: silicona negra trasladada hasta Amán desde un sótano de Langley por valija diplomática y diseñada para absorber el calor y evitar que los sensores de infrarrojos detectaran los objetos calientes de debajo. Mientras dejaba allí el bolso se le ocurrió que la CIA bien podría incluir pastillas de cianuro en esos kits de viaje, como hacían los rusos para sus activos. A un activo de la CIA capturado en Siria le esperaban meses de interrogatorios y torturas, así que, de hallarse en el lugar de KOMODO, él habría preferido tragarse una de esas pastillas.

Hizo media hora de flexiones y sentadillas para eliminar el estrés y luego se duchó con agua bien caliente. Sabía que Val llevaba un cuarto de hora de retraso sin necesidad de mirar ningún reloj: su formación en la Granja (como llamaban al centro de instrucción de la CIA) lo hacía superfluo.

Se puso una camisa blanca limpia y un traje gris claro, y volvió a la cocina en busca de café. Encontró una vieja cafetera de émbolo cubierta de polvo, un hervidor eléctrico de agua y un bote de café molido cuya fecha de caducidad no miró porque le daba igual: necesitaba cafeína.

Coló el café, lo dejó enfriar un momento en una taza y se lo tomó en tres tragos. Se preparó otro contemplando el vapor y luego marcó un número de memoria y preguntó cómo iba la compra en Dubái. Su interlocutor, un activo de apoyo sirio que desconocía el auténtico significado de los códigos preestablecidos, le respondió que estaba parada y él le pidió que se lo confirmase.

—Está parada, señor Hansen.

Se acabó en dos tragos el segundo café y arrojó al suelo la taza vacía rompiéndola en mil pedazos.

La inminencia del arresto de KOMODO y el deterioro de la situación en Siria obligaba a la CIA a saltarse el protocolo habitual para las exfiltraciones: tener al activo escondido en distintos lugares seguros durante varias semanas y, una vez calmados los ánimos, trasladarlo en secreto al otro lado de la frontera. A KOMODO llevaban semanas vigilándolo, así que se lo llevaría de allí, junto con Val, directo desde la casa de seguridad.

Se echó en la cama sin quitarse el traje, con el corazón a mil por hora por la cafeína y la adrenalina: si la Mujabarat ya tenía en sus garras a KOMODO, irían a por Val, pero a él no le quedaba otra que esperarla: su misión consistía sobre todo en eso, esperar. Lo malo era que los nervios lo hacían desear tomarse media botella de whisky de las grandes o dos pastillas de Xanax de las de KOMODO, y él sabía que a los agentes que caían en la trampa del alcohol, las drogas o las mujeres, los esperaba la expulsión o algo peor. Sin ir más lejos, a uno de sus compañeros de la Granja, un agente sin cobertura oficial (NOC) que operaba en Bielorrusia, lo habían encontrado colgado de una viga en su apartamento de Minsk con pastillas, jeringuillas y botellas de vodka vacías esparcidas por el suelo.

A veces, la misión podía contigo.

Eran casi las dos de la madrugada. Oyó crujir una puerta en algún sitio de la casa y luego pisadas en el pasillo.

Encontró a Val en la cocina, dando taconazos en el suelo mientras ponía café en la cafetera de émbolo. Temblaba tanto que se le cayó una cucharada. Dio un manotazo en la encimera.

—¡Mierda, mierda y mierda! —gritó—. ¡Ha desaprovechado tres ventanas de recogida! ¡Tres!

Val respiró hondo para serenarse y su cuerpo musculoso se ensanchó. Encendió el hervidor y se deslizó hasta quedar sentada en el suelo con la espalda contra los armarios. Él se sentó a su lado. Ninguno de los dos abrió la boca mientras el agua rompía a hervir. Val estaba como él la recordaba de Bagdad: nervuda, sin un gramo de grasa, pero se había dejado crecer una media melena rubia. Él la abrazó y ella apoyó la cabeza en su hombro.

Después de unos minutos, Sam se levantó y fue a buscar una cartera roja en el compartimento del Land Cruiser. Volvió a la cocina y se la lanzó a Val. Dentro había un pasaporte canadiense como el de él: con un nombre falso y una foto auténtica, aunque con un disfraz que incluía peluca oscura, lentillas y barriga de espuma, con el que parecía que pesara diez kilos más. Ella observó un momento la imagen y exclamó:

—¡Tío, pero qué mal quedo morena y con sobrepeso!

—Ya, por eso elegí esa pinta.

Ella sonrió, pero enseguida volvió a ponerse seria.

—Tenemos que darle unas horas más de margen para activar la señal de emergencia, pero si sigue sin aparecer nos vamos.

Se quedaron sentados en el suelo de la cocina, esperando alguna señal de que KOMODO hubiera reaparecido, de que amaneciera o de que la Mujabarat estuviera echando la puerta abajo. Se iban turnando para descansar, pero ninguno de los dos logró dormir en toda la noche. Frotándose los ojos enrojecidos, oyeron un chirrido metálico en la calle.

—Selmiyeh, selmiyeh! —vociferaba por megáfono un manifestante: «Pacíficamente, pacíficamente.»

El rumor de la multitud reverberaba dentro de la casa.

—Ya empiezan las manifestaciones de los viernes —dijo Sam.

—La plaza de Abasiyin está a pocas manzanas hacia el norte —contestó ella, adormilada—. Los principales comités de la oposición y varias cuentas de Facebook han convocado una protesta para hoy. Quieren acampar en la calle hasta que caiga el régimen. Pero han empezado muy temprano hoy; deberíamos irnos pronto.

Asomado a una ventana, Sam vio desfilar una gran multitud por la calle de abajo.

—Va a ser la manifestación más multitudinaria que se haya hecho hasta ahora en Damasco —señaló Val—. Puede que corra sangre. —Volvió a sentarse con los brazos cruzados en la mesa—. Yo creo que KOMODO ha huido ya.

—Es probable —contestó Sam levantándose—, pero mejor ni hablar de esta operación fallida. Tenemos que irnos.

Justo cuando Val iba a responder graznaron los grajos y a Sam se le erizaron los pelos de la nuca. Val cerró la boca. Viendo lo abiertos que tenía los ojos, Sam supo que tenía la misma sensación de que algo no iba bien.

—Selmiyeh, selmiyeh.

Se levantaron a la vez en medio de un silencio tenso. Las patas de la silla de Sam rascaron el suelo.

—Selmiyeh, selmiyeh.

La vieja puerta de la casa crujió al saltar de sus goznes.

2

Sólo de muy pequeña Mariam había visto multitudes tan grandes en Siria. Se acercó a la plaza de Abasiyin apretujada entre los manifestantes que gritaban consignas sosteniendo en alto las pancartas que habían hecho en casa. Muchos llevaban la cara pintada; otros, neveras portátiles, como para irse de pícnic. A su izquierda había un hombre corpulento que cargaba con una silla plegable y levantaba su bandera verde, blanca y negra (el símbolo de la rebelión) cada vez que alguno de los líderes hablaba por el megáfono; a su derecha, una mujer llevaba cogida de la mano a una niña con una camisetita en la que se leía libertad. Quiso salir de allí y, antes de alejarse, vio que la niña le hacía el símbolo de la victoria con dos deditos. La plaza palpitaba de energía; ella, en cambio, estaba cada vez más asustada: como funcionaria del Palacio sabía que el gobierno no se quedaría cruzado de brazos mucho tiempo. Pero, de momento, ella tenía cosas que hacer.

—Selmiyeh, selmiyeh! —gritó un megáfono.

Cuando llegó al límite sur, comprobó que la plaza (rotonda, mejor dicho) había desaparecido bajo la muchedumbre. En vez de calles y calzadas se veía una masa de cabezas, hombros, banderas y pancartas. Ella había ido hasta allí para proteger a su adorada prima Razan, siempre tan despreocupada, tan confiada, tan fácil de seguir. Envuelta en la bandera de la rebelión, y seguramente un poco colocada, Razan desfilaba hacia la plaza al pie de varias pancartas de cartón que exigían libertad, la derogación de la ley de emergencia y nuevas elecciones: todo muy razonable... y judicialmente sancionable como traición. Mariam, que lo sabía muy bien, siguió adelante aguantándose las ganas de pedirle a gritos a su prima que volvieran a casa y fueran a emborracharse lejos de la manifestación como en los viejos tiempos. Pero Razan, como en los viejos tiempos, seguía avanzando hacia el centro de la plaza, donde se alzaba una tribuna construida con madera cogida de aquí y de allá y muebles de casas de simpatizantes de la oposición. Atenta por si veía a agentes de la Mujabarat, Mariam se mantuvo bastante lejos para poder alegar que era inocente y sólo pasaba por ahí. «He salido a comprar pastas y me he quedado mirando cómo se manifiestan los traidores, señor policía», practicó en silencio, avergonzada. Razan le había recomendado muchas veces que siempre tuviera lista una excusa «para los cretinos de la Mujabarat».

Se paró en una tienda de dulces a la entrada de la plaza. El coro de voces se había vuelto ensordecedor: un jolgorio que ella no había presenciado jamás en Siria, donde las únicas reuniones multitudinarias permitidas eran las manifestaciones obligatorias que organizaba el antiguo presidente, padre del actual, en el estadio de al lado. En una de ellas, de niña, se había sumado a una multitud que coreaba alabanzas al «primer farmacéutico del país». «¡Defensor de Siria!», los exhortaban a corear los funcionarios. «¡León de Damasco!» Le había preguntado a su padre si era verdad lo de que el presidente era buen farmacéutico y él, acariciándole el pelo a esa niña que, para entonces, ya debería haber sabido que esas preguntas sólo se hacían en privado, si acaso, se había limitado a sonreír y, tras mirar incómodo hacia todas partes, le había susurrado al oído: «Un buen mentiroso, eso es lo que es, habibti.»

Dos chicos guapos y delgados subieron a la tribuna y se ganaron una ovación al exigir que el presidente dimitiera. Ella identificó a un agente de la Mujabarat con chaqueta de cuero filmando a la gente. Seguro que había cientos más. Al principio le había supuesto un alivio que hubiera tantos manifestantes, pero empezaba a darle miedo. Le lanzó una mirada a su prima, que ya estaba al pie del templete. Un manifestante anónimo le entregó un megáfono: había llegado el momento de bajar de la tarima a esa bint mbarih, a esa zorra ingenua, antes de que la mataran. Decidió moverse.

Pero justo cuando daba el primer paso una sombra apareció en el suelo como si el polvo se hubiera manchado de tinta.

Se paró y, al levantar la vista, vio a un hombre vestido de negro en el techo de la tienda de dulces. Tenía la nariz y la boca tapadas con una bufanda, y un arma de fuego de grandes dimensiones. El hombre se llevó la mano a la oreja como si escuchase por un auricular y luego miró hacia otra azotea, al lado contrario de la calle, donde un hombre vestido igual que él estaba montando un fusil sobre un trípode. Un joven pidió a gritos por megáfono que el presidente Al-Ásad (técnicamente el jefe de Mariam) legalizara los nuevos partidos políticos. Ella se quedó cerca de la tienda de dulces. Vio

pasar una pancarta: LA LIBERTAD EMPIEZA AL NACER, PERO EN SIRIA EMPIEZA AL MORIR, vio a una pareja de jóvenes besarse en medio de la multitud y a una mujer rechoncha, de pechos inverosímilmente grandes bailando ante otra pancarta que ponía: DESPIERTA, AL-ÁSAD, QUE SE TE HA ACABADO EL TIEMPO.

Volvió la cara hacia la tribuna, donde su prima Razan había subido con un megáfono en la mano y recibía una ovación, y de nuevo hacia las azoteas, pero ya no logró ver a ninguno de los dos hombres. Razan llevaba unos vaqueros ceñidos y una camiseta con la bandera de las tres estrellas. Levantó una mano en gesto de desafío y exigió libertad, declarando que el pueblo deseaba la caída del régimen.

—Selmiyeh, selmiyeh —agregó.

Los manifestantes corearon la consigna.

—¡Al-Ásad es un carnicero y un tirano! —se desgañitaba Razan—. ¡Tiene que apartarse, dimitir!

Mariam sintió como si todos sus músculos la empujaran hacia delante, pero no consiguió despegarse de la tienda de dulces. Entonces percibió el viento que levantaba la infantería de la Mujabarat, que pasaba ante ella a gran velocidad, y comprendió el tamaño de la insensatez de Razan. Como si estuviera fuera de sí misma, se oyó gritar una retahíla de ordinarieces contra la estúpida de su prima, contra la valiente de su prima.

Vio a otro agente de la Mujabarat hablando en voz baja con una radio entre la muchedumbre, y después oyó un disparo seguido por dos más. Uno de los chicos delgados de la tribuna se derrumbó entre nubecillas rojas y rosadas. Ella se arrimó a la pared, que estaba caliente, pero sintió frío en la espalda. Parecía que el aire hubiera enmudecido. Las pancartas caían a medida que la multitud salía huyendo.

La artillería de la Mujabarat empezó a acribillar a los manifestantes con disparos esporádicos, dubitativos, que fueron volviéndose más rítmicos conforme los tiradores hacían acopio de valor. Una joven con un hiyab blanco levantó las manos para protegerse de una porra mientras otro agente golpeaba a un hombre hasta abrirle una brecha en la cabeza. El hombre trató de mantenerse en pie, pero se le doblaron las rodillas y cayó al suelo. El agente de la Mujabarat siguió golpeándolo.

—¡Muévete, muévete, muévete! —chilló Mariam dirigiéndose a su prima, pero ésta no la oyó o simplemente no le hizo caso.

—¡Libertad! —gritaba con fuerza—. ¡Libertad! ¡Libertad!

En ese momento empezaron a sonar las potentes armas de las azoteas, destrozando cuerpos, pancartas y banderas. Ella sintió algo líquido en la cara. Bajó la vista parpadeando y se limpió los ojos mientras por dentro insultaba a su prima. Era sangre; lo que no sabía era de dónde venía. Se palpó la cabeza, las piernas y el pecho: todo intacto. La gente huía en estampida entre el ruido de las detonaciones, pero Razan seguía desafiante sobre la tribuna, aferrada a su megáfono, rodeada por lo que parecía una estampida de ñus.

Un agente de la Mujabarat, todo músculo, saltó a la tribuna con la porra en alto.

—¡Libertad! —volvió a gritar Razan por el megáfono—. ¡Queremos libertad!

Lo dejó en el suelo cuando vio que el hombre se acercaba. Luego alzó la vista al cielo, en dirección el monte Qasiun, y cerró los ojos antes de que éste descargara la porra en su cabeza.

3

—No quepo, Sam —le dijo Val en voz baja—. Que no, tío, que no quepo: KOMODO es un retaco y yo paso del metro ochenta, joder.

La empujó por las caderas intentando hacerla entrar en el compartimento secreto del Land Cruiser; trató de reacomodarle las piernas como si estuviera haciendo origami, ignorando sus insultos y muecas de dolor. Oyó gritos y pasos dentro de la casa: se estaban acercando. Gritaban el nombre de Val: venían a por ella.

Ella rió y él reconoció esa risa: era la misma de Bagdad. Decía: «Se ha ido todo a la mierda.» Val salió del escondite. Asaltado por un mal presentimiento, él volvió a preguntarle si quería jugársela:

—¿Y si sencillamente te sientas delante?

Pero sabía de antemano la respuesta:

—Que no, tío, ya has oído lo que gritan. Llevo pasaporte diplomático, tengo inmunidad. No me pasará nada. El que la cagará si lo pillan eres tú.

Sam asintió. No podía no ofrecérselo, pero los dos eran profesionales y sabían lo que había que hacer. Le dio un beso en la mejilla y Val esbozó una sonrisa y pulsó el botón de la pared. La puerta del garaje se abrió despacio, rechinando.

Val entró de nuevo en la casa diciendo que en pocas semanas saldrían juntos de copas.

(Voces ininteligibles y ruido de papeles.)

—¿Está en marcha? (Respuesta inaudible, ruidos.)

—¿Mejor? Vale. Ésta es la segunda entrevista conjunta de Contrainteligencia y Seguridad Nacional con Samuel Joseph, operativo del gs-12, desde que ha vuelto de Damasco. Nos encontramos en la Estación Amán.

Hoy es 26 de marzo, la una del mediodía hora local.

Remito al cable 2345 para la primera mitad de la declaración del señor Joseph, en la que describe la operación de exfiltración en Siria.

Lo entrevistan los agentes Tim McManus, de Contrainteligencia, y Lloyd... (Toses.)

—¿Me pasas el...? Gracias. (Ruidos.)

Lloyd Craig, de Seguridad. Procedemos a hacer algunas preguntas con base en la idea que tenemos de la operación.

—Diga su nombre, por favor.

—Samuel Joseph.

—¿Le dijo Valerie Owens que el activo KOMODO había desaprovechado tres ventanas de oportunidad?

—Ya lo hemos hablado, Tim. Sí: dijo que no había aprovechado ninguna de las tres.

—¿Y la RDV era de un solo sentido? ¿La intención de Val era salir de Siria con usted?

—No me parece que estemos avanzando mucho, Tim.

(Ruido de papeles y conversación inaudible.)

—Al llegar a la casa de seguridad, ¿Val no le dijo nada sobre la RDV?

—No.

—¿Era normal?

—Si tenía éxito, sí: de haber creído que la vigilaban no habría completado la RDV, la habría cancelado y se habría ido a casa.

—¿Cómo lo sabe?

—Ya había trabajado con ella en Bagdad. Coño, Lloyd, que estamos...

—Son preguntas que hay que hacer, Sam. De hecho, hace una hora nos han llegado más de la central.

—Bueno, vale. Val era una agente excepcional. Nos sacamos juntos el certificado de operaciones en zonas de acceso prohibido. Si llegó hasta la casa es que pensaba que no la vigilaban.

—¿Se conocían bien?

—Sí, teníamos muy buena relación.

(Cuchicheos y toses.)

—Venga, Tim, pregúntalo.

—Es que... Mmm... (Toses.)

—Que lo preguntes.

—¿Tenía o había tenido alguna vez una relación sentimental con la señora Owens?

—No.

—Gracias. Y, durante su estancia en Siria, ¿no detectó usted ningún tipo de vigilancia?

—No.

(Ruido de papeles.)

—Esto es un plano de la casa de seguridad. ¿Puede indicarnos con el dedo por dónde lograron entrar quienes buscaban a la señora Owens?

—Entraron por la puerta principal, aquí. Yo diría que usaron un ariete. También rompieron al menos una de las ventanas que daban a la calle. Una de éstas. Y, por lo deprisa que llegaron al garaje, yo diría que dos de ellos bajaron al patio escalando alguna de las paredes, aun que no estoy seguro. Entraron muchos a la vez. Fuimos corriendo al coche a través de este pasillo y del patio.

Creo que entonces fue cuando oí que bajaban por las paredes. Llegamos al garaje y...

—Deme un momento porque en la central querían saber algo en concreto sobre esto. (Ruido de papeles.) Ah, sí: ¿no era más fácil que se fueran los dos juntos, con ella en el asiento de delante, y que la trajera usted de vuelta?

—Sabíamos árabe, y oímos que la brigada de la Mujabarat gritaba todo el rato lo mismo al pasar por las habitaciones: «¡Aquí no está!», en singular, llamando a Val por su nombre. La buscaban a ella, no a mí: no podíamos arriesgarnos a que nos vieran juntos.

—Y entonces, ¿probaron a usar el compartimento secreto del Land Cruiser? —Sí, pero Val no cabía.

—Y entonces, ¿qué hicieron?

—Tomamos una decisión: que ella se quedara y cargara con el muerto porque tenía inmunidad diplomática; después de hacerle algunas preguntas, la soltarían declarándola persona non grata, y podría volver.

—Mientras que si lo hubieran pillado a usted...

—Si me pillaban, desaparecería para siempre en una mazmorra siria: yo tenía pasaporte de turista. Era la mejor decisión en términos operativos. Cualquier comisión revisora lo refrendará.

—No lo ponemos en duda. Bueno, puso su maletín dentro del coche, ¿y luego?

—Val abrió la puerta del garaje y yo salí en dirección a la frontera.

—¿Y los de la Mujabarat no lo vieron?

—No debían de saber que la casa tenía garaje, ni salida por ese lado. A mi entender, ni siquiera vieron el coche.

—¿Le comentó usted al jefe de la Estación Amán que había oído algo en el momento de irse?

—Sí.

—¿Puede decirnos qué oyó?

—A Val gritando.

Sam detuvo el clip de audio en el ordenador y, dándose cuenta de que estaba tamborileando en la mesa con los dedos, cruzó las manos encima de las piernas. A continuación miró la pared y volvió a oír en su cabeza el grito de Val. A diferencia de las «paredes personales» de casi todos sus homólogos de la Dirección de Operaciones, la de Ed Bradley, jefe de la División de Oriente Medio, era muy austera. Sólo tenía una estantería con unos cuantos regalos de amigos particularmente entrañables, entre ellos uno de esos sombreros con un ala doblada típicos de los militares australianos y el AK-47 de Jalid Sheij Mohamed. Pero su mayor orgullo estaba en uno de los estantes superiores: un sistema de misiles neutralizado que le habían regalado por dirigir el Programa Stinger contra los soviéticos en Afganistán. Se rumoreaba que el lanzador no estaba bien desconectado y que una vez un visitante había apretado el gatillo y el aparato se había encendido como un árbol de Navidad. En el escritorio de Bradley, justo en la línea de fuego, estaba Procter, principal responsable de la Estación Damasco, que había vuelto a Langley para lidiar con las consecuencias de la captura de Val Owens.

De esa primera reunión, Sam saldría convencido de que Artemis Aphrodite Procter, hija de un obseso de la mitología griega, hacía más honor a su primer nombre que al segundo.

Entre sus atributos estaba el de ser baja de estatura: a duras penas pasaba del metro cincuenta, y su pelo negro, una auténtica explosión de rizos que hacía pensar que se peinaba enchufándose a la corriente, contrastaba con su piel blanca y pecosa, tensa por todas partes en razón de su musculatura. Viendo lo tonificados que parecían sus brazos a través de la blusa y la envergadura de sus hombros, Sam se acordó de lo que le había dicho uno de los subordinados de Procter en Moscú: «Es como el conejo de Duracell, pero en plan desquiciado; por algo la llaman la Proctóloga. Es muy intensa, y como te relajes se te merienda vivo.» El mismo agente le había contado que una vez había diseñado un plan operativo que Procter, en un cable, había calificado de «mierda pinchada en un palo». «Mandó un cable directo a la Casa Rusia, ¿y sabes qué? Tenía razón. He aprendido muchísimas cosas de ella.»

Procter se hurgó los dientes. Bradley le apretó un hombro a Sam, fue a buscar un termo de café a su mesa y se sentó con ellos. Bradley medía más de metro ochenta y cinco, había jugado al fútbol americano mientras estudiaba en la Universidad de Texas y, tras muchos esfuerzos para quitarse el gangoso acento de los de su tierra, finalmente había desistido. La contundencia de su físico escondía una gran perspicacia en el trato humano, junto con las tablas de quien se ha bregado en mil y una operaciones. Desde hacía un tiempo, sin embargo, su vida era un vaivén constante entre crisis en Oriente Medio, políticos impacientes y comisiones de control con ínfulas en el Congreso, y el estrés se le reflejaba en la cara.

—¿De qué clase de grito estamos hablando? —preguntó Procter rompiendo el silencio.

—De un grito de dolor: le dieron una paliza de órdago —repuso él apartando la vista de la estantería y volviéndose hacia ella—. ¿Hay alguna pista?

—Pues sí, una —repuso Procter—. Llegó ayer por la noche. Interceptamos una comunicación donde se decía que el Departamento de Seguridad, una subdivisión de la Mujabarat, arrestó hace poco a un ciudadano o ciudadana estadounidense. De momento no está confirmado, pero parece creíble.

—Lo de «Departamento de Seguridad» no lo había oído nunca —comentó él.

—La verdad es que nosotros tampoco —reconoció Procter—, pero hemos estado investigando y hemos encontrado un par de referencias en documentos sustraídos a finales del año pasado. Se ve que Al-Ásad quería que alguien lo ayudara a controlar la Mujabarat, así que puso al frente de ese departamento a Ali Hasán, un general con mucho peso dentro del Palacio. Es lo que se dice un hijo del régimen, hermano de Rustum Hasán, el comandante de la Guardia Republicana.

—Sería buena noticia que el gobierno sirio tuviera a Val —opinó Bradley—, al menos podríamos presionar diplomáticamente.

—Hemos avisado de forma extraoficial a Al-Ásad de que si le pasa algo pediremos cuentas al régimen —dijo Procter—, pero insisten en que ellos no la tienen detenida. Puede que a la Casa Blanca y a los inútiles del Capitolio les parezca bien dejar semanas en la cárcel a los nuestros, pero a mí no. Ed, hazle llegar un mensaje al tal Ali Hasán; que sepa que, si encuentro su número de teléfono, lo llamaré directamente para soltarle cuatro frescas.

—¿Y no los hemos amenazado con algo? —preguntó Sam mientras se toqueteaba la corbata y aflojaba el nudo sin querer—. Lo de que no la tienen es una trola como una catedral: la están reteniendo ilegalmente.

Bradley lo miró con cara de pocos amigos.

—El trabajo de POTUS en Siria va más allá de una de nuestros agentes, Sam. Val tiene pasaporte diplomático: pronto la tendremos otra vez por aquí.

—¿Y mientras tanto nos limitamos a avisarlos todas las veces que haga falta, aunque sin consecuencias? —preguntó Sam.

Bradley se encogió de hombros y sirvió más café de su termo.

—No, si yo lo veo como tú, pero ahora mismo la política de la Casa Blanca es ésa, o sea que toca esperar. Tarde o temprano la tendremos de vuelta, es sólo cuestión de tiempo. Si los sirios hacen algo más que meterla en una celda e interrogarla sin perder las formas es que están mal de la cabeza. Acabarán soltándola. Ah, Artemis, y si tu gente puede conseguirnos el número del general Hasán, no estaría mal que le hicieras una llamada, en eso estoy de acuerdo. —Miró el reloj de la pared—. Bueno, tengo que irme porque en unos minutos me recoge un coche; tengo por delante una larga tarde de preguntas en el Capitolio.

—¿Con el SSCI? —le preguntó Sam pronunciando como sissy: «gallina», las siglas de la Comisión del Senado sobre Inteligencia... y con razón.

—Eso es. Ni más ni menos —repuso Bradley abriendo y cerrando el puño derecho—. Quieren que los informe sobre Val.

Procter hizo ademán de marcharse y Sam se despidió de ella dándole la mano. Luego se quedó mirando el lanzador Stinger mientras Bradley preparaba el maletín para la sesión informativa en el Senado.

—Me han dicho que está un poco loca.

—¿Quién, Procter? —contestó Bradley.

—Sí.

—Es todo un personaje. Por cierto, ¿tienes plan para cenar?

—Pues tengo un pollo asado entero y seis latas de cerveza en la nevera —contestó.

—Vale, pues la cerveza te la traes esta noche a la granja y cenas con Angela y conmigo: tengo algo para ti.

—¿Qué?

—Una distracción.

Llegar hasta la granja de los Bradley le costó a Sam dos horas de tráfico en hora punta por la 267 y la Greenway, una experiencia casi tan agotadora como circular en coche por una Damasco en guerra.

Giró por el camino de grava de la granja. Las estribaciones de la Cordillera Azul se recortaban en el horizonte con la franja anaranjada y cada vez más tenue del crepúsculo detrás. Junto al vallado de piedra pastaban tres caballos. Al bajar del coche se dio cuenta de que se le había olvidado la cerveza y se planteó ir a alguna tienda, pero en ese momento Angela Bradley abrió la puerta.

—¡Eh, Sam! —Le dio un abrazo y lo guió hasta la cocina—. Ed está en la Caja.

Era como ella llamaba a la Instalación de Información de Acceso Controlado (SCIF) que tenían en el sótano, y que le permitía a Bradley hacer llamadas de trabajo y leer cables desde su casa. Angela la odiaba. Una de las condiciones que le había puesto a su marido para permitirle que aceptara el cargo en la División de Oriente Medio era que compraran esa granja de caballos en las afueras de Washington. Para él suponía una hora más de camino, pero ella había dado una respuesta tajante a sus objeciones: «Me importa una mierda, Ed.»

Abrió una Coors Light sin preguntarle a Sam qué le apetecía beber y la empujó hacia él por el mármol de la encimera, donde procedió a sentarse como una colegiala. Enseguida se abrió otra cerveza para ella y dio inicio al interrogatorio:

—¿Qué tal la familia?

—Todos bien.

—¿Alguna novia?

—Ahora mismo no.

—Ya. Peor para ti. ¿Siguiente destino?

—Los jefazos lo están decidiendo.

—O sea, que Ed tendría que decidirse de una puñetera vez, ¿no?

—Ni más ni menos.

Terminado el interrogatorio, asintió con la cabeza sin que él tuviera la menor idea de por qué, se secó las manos con un trapo y anunció que cenarían bistecs. Cuando oyeron los pasos de Ed en la escalera la sartén de hierro colado ya estaba chisporroteando, y había dos Coors abiertas más.

Angela le tiró una a su marido mientras le daba la vuelta a la carne con las pinzas que tenía en la otra mano. Ed abrió la boca para decir algo, pero ella se lo impidió.

—A ver, chicos —dijo—; ya sabéis las reglas: tengo derecho a media hora sin que se hable del trabajo.

—A la orden —contestó Sam tratando de imitar su acento sureño.

Ella le hizo una peineta.

Al final, fueron tres cuartos de hora.

A continuación Sam y Ed quitaron la mesa, lavaron los platos y, como solían hacer, se llevaron al porche trasero seis cervezas en un enfriador de poliestireno. Alrededor de las bombillas se oía zumbar a los mosquitos.

Se tomaron en silencio media lata cada uno antes de pasar a las anécdotas de guerra en El Cairo y los «¿te acuerdas?» propios de dos viejos amigos que beben juntos.

Sam estaba acabándose otra cerveza cuando Angela entreabrió la mosquitera.

—Me voy a la cama. ¿Te quedas a dormir, Sam?

—¿No os molesto? —repuso él.

—¡Claro que no! —contestó Ed—. Así mañana nos vamos juntos.

—Me lo suponía —dijo Angela—. Puedes dormir en el cuarto de al lado de la Caja. Las sábanas y demás están en el armario bajando las escaleras. Buenas noches, cariño.

Le dio un beso en la frente a su marido y volvió a entrar en la casa.

Sam arrancó la anilla de su lata vacía de cerveza y miró hacia las montañas oscuras. Luego cogió la última ronda del enfriador y le tiró una lata a Bradley.

—Necesito que me hagas un recado —dijo finalmente—. Igual te anima un poco, después del disgusto con lo de Val.

—¿De qué se trata?

—De un intento de captación en París: pronto habrá una reunión entre una delegación del gobierno sirio y algunos exiliados de la oposición, y vale la pena que intentemos captar a alguien del Palacio, teniendo en cuenta que ya casi no salen del país. Eres el candidato perfecto: uno de los mejores reclutadores de la División de Oriente Medio, dominas el árabe y tienes experiencia en captar sirios. Viajarán varios altos cargos. Tendrás que averiguar cuál es el más indicado.

Sam ya sabía que diría que sí antes de que Bradley abriera la boca, pero, como tenía ganas de alargar la agradable sensación que se había extendido por su cuerpo, hizo varias preguntas inútiles cuyas respuestas sabía de antemano.

—¿Nadie de la Estación París está interesado?

—Estamos intentando mantener a los franceses al margen, de modo que más nos vale prescindir del talento local esta vez; de otro modo, acabarían enterándose.

—Nunca me mandas a sitios bonitos, así que... En fin, ¿puedo llevarme a los BANDITO? Conocen París, y necesitaremos contravigilancia.

BANDITO era el criptónimo de los trillizos Kasab: Elias, Yusuf y Rami, todos activos de apoyo de la CIA. Tenían doble nacionalidad siria y estadounidense, y procedían de una rica familia cristiana con concesionarios de coches por toda Siria y Líbano, aunque lo gestionaban todo desde Beirut o Estambul. Había sido en esta última ciudad donde se habían hecho amigos de Sam, que había acabado reclutándolos. Aportaban coches y casas de seguridad, y desempeñaban tareas de vigilancia básica para la Estación Beirut. Sam sabía, por los cables que leía de vez en cuando, que los tres se habían sometido al polígrafo.

—Vale, llévalos —dijo Bradley, y se estiró para matar un mosquito—. Me he tomado la libertad de reservarte la ayuda de unos cuantos analistas que te mantendrán al día sobre Siria y te ayudarán a preparar la captación. Me voy a dormir: hace seis días que volví de El Cairo y todavía tengo jet lag.

Ya de pie, y con la mano en el picaporte, se volvió hacia Sam:

—Piensa bien la operación, ¿vale? Sería fantástico tener a un funcionario del Palacio de nuestro lado: ahora mismo vamos prácticamente a ciegas en Siria.

—Descuida —repuso él—. Ah, Ed —añadió cuando el otro ya estaba a punto de cruzar la puerta—, otra cosa: tengo una propuesta para mi siguiente misión.

—¿Ah, sí? —preguntó Bladley cerrando la puerta y volviéndose de nuevo hacia él.

—¿Qué te parecería Damasco?

Bradley miró las montañas y esbozó una sonrisa.

—Necesitáis a gente capaz —siguió diciendo Sam—, y con lo complicadas que están las cosas no es buena idea enviar a nadie con familia. Yo no tengo ese problema y podría ser útil allá: podría ayudaros a Procter y a ti.

—¿De qué se trata, de una venganza? ¿Quieres que los sirios paguen de alguna manera por lo de Val?

—Dime dónde podría ser más útil. Acabas de reconocer que en Siria vamos a ciegas. Yo hablo bastante bien el árabe levantino: no hace falta que me mandéis un año a estudiar idiomas en Rosslyn. Además, si consigo a alguno de los sirios de París podré hacer un seguimiento desde Damasco.

—Procter es un hueso duro de roer —le advirtió Bradley.

—¿Y?

El otro se encogió de hombros.

—Pues que si no os llevarais bien podría ser un rollo.

—El país está en plena guerra civil —dijo Sam—. Fácil no será, con o sin Procter.

Bradley hizo una mueca burlona.

—No lo digo en broma, Ed: quiero el puesto. Además, nunca te pido nada.

—Vale, pues tuyo es. Mañana lo ponemos todo en marcha.

Bradley abrió la puerta haciéndola rechinar y se metió en la casa. Él fue a buscar otra cerveza a la nevera, la abrió en el porche y cerró los ojos. Una vez más, el grito de Val resonó en su cabeza antes de diluirse en el cálido aire de la noche.

Al día siguiente, fue caminando a las oficinas de los analistas del edificio nuevo de la central, una jaula de cristal y acero situada frente a los bloques de hormigón del edificio original. La sala de reuniones estaba presidida por una mesa de madera falsa rodeada de sillas giratorias, algunas nuevas y ergonómicas y otras cuya compra, a juzgar por cómo chirriaban y crujían, debía de remontarse a la época de Carter. En la pared había cuatro relojes con la hora de Washington, Rabat, Tel Aviv y Bagdad; es decir, aproximadamente el área a la que se circunscribía la oficina de análisis de Oriente Medio y África del Norte. La pared estaba llena de premios y placas, algunos ya un poco trasnochados («Distinción al Mérito de la Unidad, Acuerdos de Camp David», «Erin Yazgall, jefe de equipo del año») y otros insignificantes e incomprensibles para él («James Debman, Artículo del mes sobre inteligencia mundial»).

Dentro ya estaban sentados dos analistas que interrumpieron una discusión para levantarse y saludar a Sam.

Zelda Zaydan era flaca, y tenía una media melena negra y una nariz algo picuda y curva (románica). Llevaba un traje pantalón negro que le iba grande y un fular rosa.

James Debman era un gordinflón con una camisa blanca de manga corta y una pajarita de un naranja chillón. Le tendió su mano pegajosa y él no tuvo más remedio que estrechársela. Después le hizo señas de que se sentara mientras Zelda le acercaba por la mesa un montón de papeles y carpetas.

—Deberías leer esto —le dijo Debman; se apoyó en el respaldo y se puso a toquetear la gastada funda de plástico de la identificación azul que llevaba al cuello—, es todo lo que nuestro equipo ha producido en los últimos seis meses.

—Sabemos que has estado muchas veces de misión por casi todo Oriente Medio, pero nunca en Siria —dijo Zelda—. ¿Qué te sería más útil que averiguásemos?

—Sólo necesito la típica información que les proporcionáis a los agentes instructores —repuso él.

Conocía bien el país, sobre todo tras su estancia en Irak, pero hasta entonces nunca les había prestado demasiada atención a los análisis de la CIA.

A Debman, los ojos le brillaron de entusiasmo. Hizo a un lado la lista de temas a tratar que tenían preparada y, en un murmullo, le dijo a Zelda algo que contenía las frases «muy rebuscado» y «algo descafeinado». Se aclaró la garganta, bebió un poco de agua de una gran botella que tenía delante e hizo crujir sus nudillos.

—Es una historia que se remonta a 1930.

Zelda miró al cielo con exasperación.

1930 era el año de nacimiento de Hafez al-Ásad, padre del actual presidente de Siria. A Sam le parecía que era retroceder demasiado y Zelda estaba de acuerdo.

—Por Dios, Debman. Siempre haces lo mismo —dijo levantando la voz—. Empecemos por la guerra, que es lo que importa. —Se apartó un rizo de la cara—. La cuestión es que, justo antes del conflicto, Siria se hallaba en un estado bastante precario. No es que no hubiera cierta estabilidad...

Debman dibujó unas comillas en el aire y Zelda volvió a lanzarle una mirada asesina, pero continuó:

—Digamos que el Estado se había vuelto cada vez más insustancial. A falta de petróleo, Al-Ásad no podía engrasar la maquinaria comprando a la población con dinero. Seguía habiendo cierto clientelismo, pero concentrado en unas pocas personas, casi todas parientes del presidente. Todas las operadoras de telecomunicaciones son de un primo suyo, por ejemplo, y ya se sabe que ese tipo de cosas cabrean bastante a la gente en tiempos de escasez. Al mismo tiempo, en el norte y el este del país se desató una sequía tan tremenda que ha terminado obligando a más de un millón de personas a emigrar hacia el oeste, a los barrios de chabolas de las grandes ciudades. Eso desestabiliza a cualquier país, pero además hay que sumar a las fuerzas de seguridad, que están literalmente en todas partes y actúan con extrema brutalidad.

—Extrema brutalidad —dijo Debman casi al mismo tiempo, pero Zelda continuó:

—Se necesita su permiso prácticamente para todo: para añadir una planta a una casa, para que una pareja pueda casarse... Para las cosas más triviales, vaya.

—Las cosas más triviales —repitió Debman.

Zelda puso cara de querer estrangularlo con la cadena de la que colgaba su identificación; él se habría conformado con utilizar la pajarita naranja.

—El caso es que todo el mundo estaba harto —añadió la agente.

En ese momento alguien abrió la puerta de la sala de reuniones, pero enseguida se retractó y volvió a cerrar.

—¿Por dónde iba? —preguntó Zelda—. Ah, sí. —Bebió un poco de agua—. Entonces sucede lo de Túnez y Egipto, y hay sirios que piensan: «¿Y nosotros por qué no? La yesca ya está ahí: sólo necesitamos una chispa», y surgen algunas manifestaciones en Damasco, pero nada. Luego se organiza otra en el sur, en un sitio cualquiera que se llama Daraa. He estado ahí y no es precisamente un lugar bonito. El caso es que la Mujabarat tortura a unos cuantos chavales y ¡bum! Hay protestas, asesinatos, funerales, más asesinatos... el cuento de nunca acabar. Las protestas se expanden a otras ciudades y de pronto ya es un fenómeno nacional con manifestaciones de las gordas. Un viernes en Hama salieron a la calle decenas de miles de personas. Las imágenes de satélite eran una locura y el régimen no tenía ni idea de qué hacer. Piénsalo, su costumbre hasta entonces había sido ir a saco, a tiro limpio, y cargarse de golpe a los manifestantes, como hizo Al-Ásad padre en Hama en el año ochenta y dos, cuando prácticamente arrasó toda la ciudad para sofocar una manifestación.

—Se supone que hubo más de diez mil muertos —comentó Debman haciendo el gesto de mal gusto de cortarse el pescuezo—, aunque la verdad es que nadie se pone de acuerdo en el número exacto.

Zelda frunció el ceño.

—Pero bueno, Debman, ¿a qué viene eso? Compórtate. La cuestión es que el régimen no reaccionó de la misma forma. Tuvieron dudas, y en un primer momento se contuvieron bastante, a pesar de que la prensa dijese lo contrario. Hicieron concesiones políticas, aunque con poca convicción, de modo que no contentaron a nadie. Empezaron a comportarse de una manera errática: a veces disparaban adrede contra los manifestantes, otras sin querer, otras permitían las manifestaciones sin más... hasta que, al final, optaron por una campaña militar de tierra quemada: «¡matadlos a todos!», pero sólo porque no les quedaba otra opción.

—Fue bastante desconcertante, la verdad —opinó Debman mientras se limpiaba las gafas con la camisa—. El régimen terminó quemando todos los puentes: «¡Venga, vayamos a la guerra, que ya no hay marcha atrás!»

Bebió más agua y se secó la boca con el dorso de la mano.

—¿Y de qué sirvió? —preguntó retóricamente Zelda.

Debman se dispuso a contestar, pero ella lo detuvo con un gesto.

—Para empezar —continuó—, fortaleció a la oposición en vez de eliminarla, sobre todo a los elementos islamistas y yihadistas más radicales. La violencia les dio argumentos para defender la necesidad de armarse contra el régimen. En segundo lugar, polarizó el país enfrentando a unas sectas contra otras, a unas etnias contra otras. La verdad sea dicha, han hecho un buen trabajo fidelizando a las minorías: cristianos, drusos, alauitas; todos ellos se han acercado al régimen, pero el precio ha sido el rechazo de la mayoría suní. Hay que tener en mente que la familia Al-Ásad es alauita y, en general, que Siria es muy diversa: los cristianos y los alauitas, por ejemplo, representan apenas el diez por ciento de la población respectivamente, pero lo cierto es que sólo han conseguido convencer a unos cuantos árabes suníes de buena posición social. De ahí que, en tercer lugar, el propio gobierno haya terminado convirtiéndose en una organización paramilitar numerosa y radicalizada.

—Con la diferencia de que, en vez de venerar a Alá, veneran a Bashar —explicó Debman.

—Entre las comunidades que apoyan a la oposición y el bando favorable al régimen hay una brecha enorme —dijo Zelda.

Debman rió entre dientes.

—Por ejemplo, el bando del régimen tiene electricidad y comida, y la oposición no —dijo.

—A los políticos les interesan en particular ciertas instituciones sirias —continuó Zelda—, empezando por el Palacio, que es a todos los efectos la oficina personal de Al-Ásad: él mismo dirige el país desde ahí, echando mano de asesores y de gente que le sirve de enlace con todos los grandes organismos gubernamentales. Hace poco, por ejemplo, creó un «Departamento de Seguridad» para supervisar las operaciones más delicadas de la Mujabarat, y puso a Ali Hasán al mando. Luego tenemos la Guardia Republicana, la principal fuerza militar de Siria, con el general Rustum Hasán, el hermano de Ali, a la cabeza. Él es la punta de lanza del poder militar, y se encarga de cumplir los designios de Al-Ásad en el SSRC, el Centro de Investigación y Estudios Científicos. Es evidente que esa consolidación y centralización del poder responde al debilitamiento del Estado. Las deserciones, los asesinatos de opositores... todo ha pasado factura.

—Y, según tú, ¿en qué acabará la guerra? —preguntó Sam.

Zelda se puso de pie y miró por la ventana con las manos en la espalda.

—El régimen no caerá porque no depende tan sólo de la familia Al-Ásad, ni de los alauitas, ni siquiera del aparato represivo: está profundamente imbricado en la nación misma y en los órganos del Estado. De hecho, ha resultado ser mucho más fuerte de lo que pensábamos.

»Cuenta con los recursos, las lealtades y la crueldad necesarios para mantenerse. En cuanto a lo que pasará... a estas alturas la esperanza que guiaba las primeras protestas ha desaparecido por completo: la han reventado a tiro limpio. Las negociaciones son pura fachada porque no existe posibilidad de acuerdo: ambos bandos están convencidos de que tienen que ganar.

—Y se ven capaces de hacerlo —intervino Debman—; tanto los yihadistas, que impulsan la rebelión sobre el terreno, como los asadistas, la milicia disfrazada de gobierno. En cuanto a los simples testigos, que intentan ir tirando sin llamar la atención, cada vez tienen menos espacio para permanecer neutrales y se ven forzados a tomar partido por unos u otros.

Otra persona asomó la cabeza a la puerta y dijo con voz aguda e insistente que ya llevaban cinco minutos de retraso y que era su turno de usar la sala.

—Es una lucha sin cuartel —señaló Zelda recogiendo las carpetas—, algo así como la jaula de las artes marciales mixtas.

Por la tarde, Zelda ayudó a Sam a recopilar datos sobre los sirios que viajaban a París con la delegación del Palacio, pero los resultados del responsable de hacer el seguimiento de los funcionarios en Siria llegaron bastante tarde esa noche y, como ambos tenían hambre, decidieron ir a comprar unos perritos calientes en la máquina expendedora del edificio original de la central antes de leerlos. La máquina de marras era una auténtica rareza; de hecho, él jamás había visto otra máquina expendedora de perritos calientes fuera de ese edificio, aunque había viajado por medio mundo. Siempre le daban ganas de tomarle una foto, pero las cámaras estaban prohibidas dentro de las instalaciones de la Agencia.

Se sentaron en uno de los cubículos destinados a los analistas y él leyó en voz alta uno de los documentos mientras daba mordiscos a su cena. La funcionaria se llamaba Mariam Haddad:

  • 1. RESULTADOS (1 DE 2): INFO LA CIUDADANA SIRIA REFERIDA ES ASESORA POLÍTICA DE PALACIO Y RESPONDE ANTE LA ASESORA PRESIDENCIAL BOUTHAINA NAJJAR. INFO ADICIONAL A: TIENE 32 AÑOS Y ES CRISTIANA SIRIA. INFO ADICIONAL B: TIENE CONTACTO HABITUAL CON ALTOS CARGOS DE PALACIO, INCLUIDOS EL PRESIDENTE AL-ÁSAD Y EL ASESOR YAMIL ATIYAH.

  • 2. RESULTADOS (2 DE 2): INFO ADICIONAL C: LA MADRE DE LA CIUDADANA SIRIA REFERIDA FUE DIPLOMÁTICA EN PARÍS ANTES DE JUBILARSE Y SU PADRE, EL MAYOR GENERAL GEORGES HADDAD, ESTÁ AL FRENTE DEL TERCER CUERPO DEL EJÉRCITO SIRIO, DESPLEGADO ACTUALMENTE EN ALEPO. INFO ADICIONAL D: SU TÍO PATERNO, DAOUD HADDAD, ES CORONEL EN LA RAMA 450 DEL SSRC.

  • 3. LA DIVISIÓN DE CONTRAINTELIGENCIA RESPALDA EL CONTACTO EN DESARROLLO CON LA CIUDADANA SIRIA REFERIDA EN ESPERA DE LA CONCURRENCIA DE LA DIVISIÓN DE ORIENTE MEDIO.

—Una persona bien relacionada, desde luego —opinó Sam.

—Una auténtica hija del régimen —corrigió Zelda mordisqueando un bolígrafo—. Hay que pertenecer a una familia así para trabajar en el Palacio.

Sam hizo girar su silla para verla de frente.

—Esta tal Mariam podría ser interesante —señaló—. Por lo general, los funcionarios de nivel medio tienen acceso a muchas cosas y no están tan comprometidos con el régimen. Además, la mera cercanía con su tío podría propiciar que se entere de algo sobre el programa de armas químicas. ¿Podrías localizar las fuentes en las que se basa el informe?

Zelda asintió con la cabeza y empezó a navegar por la galaxia de bases de datos de inteligencia de la CIA, entre informes que se intersectaban, incluían o excluían entre sí como los conjuntos de los diagramas de Venn. Trabajaba con la cara materialmente pegada a la pantalla del ordenador.

—He encontrado algo —declaró al cabo de unos pocos minutos.

Sam se puso detrás de ella para ver por encima de su hombro. Se trataba de un informe sustraído a la Mujabarat sobre el saldo de una manifestación en Damasco. Se fijó en la fecha: 25 de marzo, el día de la captura de Val. Según el informe, habían detenido a una joven de nombre Razan Haddad. Sam dejó de leer.

—Haddad es un apellido tan común como Smith —explicó.

—Ya lo sé, pero mira el final del informe: hay un comentario del autor.

Él leyó: «La prisionera ha sido puesta en libertad por una petición oficial de un agente de la Seguridad Política adscrito al Tercer Cuerpo.»

—La unidad del padre de Mariam.

—Que también debe de ser pariente cercano de Razan: no se me ocurre otra razón por la cual alguien que está combatiendo en Alepo iba a llamar a un destacamento de la Mujabarat en Damasco para suplicar que suelten a alguien.

—Los familiares de detenidos son de gran ayuda a la hora de reclutar —dijo Sam—; en Arabia Saudí conocí al hermano de un torturado que espió más de quince años para nosotros. Fue una venganza silenciosa. —Dio el último bocado al perrito caliente—. Ya hemos encontrado a nuestra chica.

4

Mariam se quedó mirando la foto de Fatimah Wael fijada con un clip a la carpeta amarillenta que estaba encima de la mesa. La había tomado la Mujabarat poco después del ingreso de Fatimah en la cárcel, de modo que ya estaba muy gastada. Pasó los dedos por los bordes mientras contemplaba sus ojos angustiados. En los álbumes de la Mujabarat a menudo los ojos de los presos parecían los de un muerto, pero la mirada de Fatimah hacía pensar en una mujer que no se había dejado doblegar por toda una vida de palizas. Puso a un lado la foto y repasó otra vez el contenido del dosier mientras su jefa hablaba por teléfono.

Primera página: un resumen de los arrestos de Fatimah, en su mayoría amparados en una ley de emergencia que desde hacía décadas otorgaba al Estado amplias competencias para perseguir delitos tan difusos como el de «sedición» (o sea: participar en manifestaciones pacíficas) y «traición» (o sea: reunirse a discutir cuestiones políticas con el embajador de Francia en Damasco). El expediente no tenía menos de quince centímetros de grosor e incluía todos los informes sobre Fatimah desde principios de los años noventa, cuando, a los veintidós años, había cometido la imprudencia de mandar a un periódico un artículo donde pedía la dimisión de Al-Ásad padre. Entre 2003 y 2008 había cumplido una condena de cinco años de cárcel por sedición, precisamente, y en la actualidad vivía en el exilio entre Francia e Italia. Era una siria valiente que encabezaba la oposición en el extranjero e inspiraba gran respeto entre muchos de los grupos armados que combatían en el país, una espina clavada en el corazón de Al-Ásad.

Mariam dejó el expediente sobre la mesa al ver que su jefa, Bouthaina Najjar, asesora política del presidente, terminaba de hablar por teléfono. Bouthaina la había puesto al frente de las negociaciones con los opositores radicados en el extranjero, en particular con el Consejo Nacional: la organización paraguas que aseguraba representar a los combatientes armados. Su objetivo era muy sencillo: convencerlos de que se distanciasen de los luchadores islamistas que habían pasado a encabezar la guerra civil, denunciasen al resto de los exiliados y volvieran a Siria, donde serían indultados y podrían vivir sanos y salvos a cambio de su silencio. Era su encargo más importante hasta la fecha, y prometía ser un trampolín hacia puestos de mayor responsabilidad.

Bouthaina se sentó con ella a la mesa, abrió su copia del expediente sobre Fatimah y empezó a mordisquear las patas de sus gafas Gucci, como siempre que se concentraba.

—¿Qué opinas de Fatimah, Mariam? ¿Qué enfoque crees que habría que adoptar en París?

Mariam se alisó la falda beis y sacó un informe de la carpeta.

—La inteligencia de señales iraní que vigilaba su apartamento en París y su villa en la Toscana lo ha hecho de maravilla y nos ha dejado claro que echa de menos Siria —opinó—. Vive bien en el extranjero, pero su hogar es Damasco. Yo creo que se prestará a negociar... —Dio un sorbo de café—. Aunque probablemente pida mucho a cambio. —Buscó entre los informes hasta encontrar uno que había estado leyendo en la cama la noche anterior vestida con una camiseta larga y tomando interminables tazas de café mientras preparaba la reunión con Bouthaina—. Aquí están. Mire: se trata de tres documentos provenientes de fuentes de la oposición en París, Roma y Estambul que denuncian corrupción y malversaciones en el seno del consejo. Éste tiene gracia. —Se lo tendió a su jefa, que se puso las gafas de leer—. Al parecer, el Consejo Nacional intentó que el Ministerio de Asuntos Exteriores de Francia pagara la factura de una serie de habitaciones en el hotel Bristol destinadas a una delegación de Estambul.

—Siempre lo mejor de lo mejor —comentó Bouthaina chasqueando la lengua.

—Cada habitación salía a mil doscientos euros por noche, y no parece que nadie estuviera dispuesto a compartir.

—¡Claro que no! —comentó Bouthaina con mordacidad, y le dio un mordisco a su cruasán.

—Desde luego, los franceses se negaron a pagar; o sea, que el consejo tendrá que comerse la factura. Y hay decenas de ejemplos así. Los documentos dejan ver que ese ritmo de gastos disparado está creando fisuras entre algunos de los principales líderes, incluida Fatimah, que es muy crítica con el derroche.

—¡Cómo pueden creer que lo que hacen sirve de algo! —exclamó Bouthaina—. Nosotros en guerra con terroristas y estos imbéciles de juerga por París.

Mariam le pasó un papel con una anotación que había hecho por la noche.

—Mi propuesta es que le ofrezcamos que regrese a Damasco sin riesgo alguno a cambio de calificar públicamente a los insurrectos como terroristas y, a partir de ese momento, guardar silencio.

—Al principio te dirá que no: es muy tozuda.

Mariam pensó que ella respetaba esa actitud y que, en otra vida, en un mundo inexistente, Fatimah y ella habrían sido hermanas.

—Estoy de acuerdo, pero el hecho es que Fatimah es la garante última de la unidad del consejo, y que la existencia misma de éste depende en gran parte de ella. Si no colabora, tocará recurrir a métodos mucho menos agradables.

Deslizó por la mesa otra de las anotaciones que había hecho en la cama.

—Ésta es la lista de los parientes de Fatimah que todavía están en Siria, empezando por los más allegados. Propongo que, si no acepta nuestras condiciones, empecemos a detenerlos uno a uno hasta que acceda. Yo misma le entregaré la lista en París.

Bouthaina, que siempre disfrutaba del combate, sonrió.

—Estoy de acuerdo en que, por desgracia, habrá que presionarla, así que tu propuesta me parece bien. —Se quitó las gafas y las dejó en la mesa. Luego miró la puerta para cerciorarse de que estuviera cerrada y continuó—: Antes de que nos vayamos a París conviene que sepas que una de mis fuentes en la oficina de Yamil Atiyah me ha dicho que el viejo pedófilo aún conspira contra nosotras, no quiere que el viaje salga bien.

Yamil Atiyah era otro de los asesores del presidente. Él y Bouthaina se despreciaban entre sí y se hallaban inmersos en una constante lucha por tener mayor influencia que el otro dentro del Palacio. La predilección de Atiyah por las menores de edad (que solía satisfacer durante sus viajes diplomáticos a Extremo Oriente) era de sobra conocida, pero de momento no había bastado para echarlo: Bouthaina aún no había dado con las armas burocráticas adecuadas.

—¿Qué crees tú que planea? —preguntó Mariam.

Atiyah solía cebarse en los miembros del equipo para sembrar el terror entre ellos y tratar de desquiciar a Bouthaina. Hacía no mucho, Adnan, uno de los ayudantes, había pasado tres noches en el hospital después de la visita de los matones de Atiyah.

—No sé, pero hay que tener cuidado —contestó Bouthaina—: es listo el muy hijo de puta, y un salvaje.

Si en algo creía la familia de Mariam Haddad era en las fiestas, y el largamente esperado compromiso de uno de sus primos era una magnífica excusa para organizar una, así que habían alquilado el patio interior de un lujoso restaurante situado en una antigua mansión otomana del Barrio Cristiano de Damasco para tal fin.

Las mesas se repartían por el suelo de mármol alrededor de la fuente central. Un camarero que llevaba una botella de champán en una cubitera pasó cerca de Mariam, que había elegido para la ocasión un vestido ceñido de seda negra. Sintiéndose a la vez guapa y poderosa, cruzó el patio hacia donde estaba su madre y le dio un beso en la mejilla embadurnada de maquillaje. Sin pensarlo, buscó con la vista a su padre y su hermano, que no estaban: costaba quitarse la costumbre. Eran oficiales de artillería y pronto haría seis meses que estaban en Alepo. «Siria es Stalingrado», le había dicho su hermano por teléfono. Ella cogió la copa de champán que le ofrecía otro camarero y habló de naderías con su madre: ropa, compras, la poca gracia de la prometida de su primo...

No habían reparado en gastos. Las fuentes con hojas de parra rellenas, tabulé, z a’atar y baba ghanoush aparecían una detrás de otra, y el clan lo devoraba todo a una velocidad parecida. Sirvieron dawood basa (albóndigas sirias), kibbe y kebabs de todo tipo, pescado frito cubierto de guindillas, estofados con puerro, tomate y okra y bandejas de postres de un famoso repostero del zoco de Al-Hamidiyah. Hileras de bombillas surcaban el patio y en un rincón tocaba un grupo de música.

El tío Daoud, que presidía una de las mesas más grandes, le hizo señas de que se acercara, lo que le permitió zafarse de un primo borracho que quería obligarla a bailar.

—Todos echamos de menos a tu padre y tu hermano —le dijo su tío—. Tenía que decirse y se ha dicho, no se hable más del tema. Los veremos muy pronto.

Mariam asintió con la cabeza y sonrió sin mucha convicción.

—Gracias, tío.

Daoud agitó un poco su copa de champán y la levantó para mirar las burbujas.

—¿Cómo está Razan? —preguntó.

—Mejor. No es que te ignore a posta, tío; es sólo que...

Daoud la detuvo con un gesto de la mano.

—Entiendo que no quiera que la vean en público, pero dile que llame a su padre.

—Se lo diré, tío. Simplemente está triste y avergonzada, necesita recuperarse.

—Lo que tiene es rabia, igual que yo —dijo Daoud apartando la copa de champán—. De todas formas, ojalá hubiera venido. Gracias por dejar que se quede en tu casa, Mariam. Para mí es muy importante. Te quiere mucho, y ahora que ya no está Mona... —Se interrumpió: seguía costándole hablar de la tía Mona aunque llevara más de diez años muerta—. Lo que quiero decir es que una casa vacía no es el mejor sitio para ella en este momento, y un padre hasta arriba de trabajo tampoco es la mejor compañía. Sé que le gusta estar en tu apartamento.

—Siempre nos hemos llevado bien, como si fuéramos hermanas.

—Lo sé. Para tu padre y para mí ha sido una suerte tener dos hijas que se lleven tan poquitos meses.

Mariam tenía ganas de cambiar de tema, pero el tío Daoud necesitaba hablar, así que detuvo a un camarero y le pidió un whisky. El tipo arqueó las cejas de sorpresa, pero se marchó a por la bebida.

—Dile que aún estamos buscando a ese matón de la Mujabarat que la arrestó. Tenemos pistas, aunque aún no nombres.

—Se lo diré —repuso ella—. Para Razan es muy importante que lo estéis buscando entre los dos.

Daoud asintió con la cabeza al tiempo que el camarero volvía con un vaso de whisky. Mariam cogió la flauta de champán de su tío, la vació y la llenó con el whisky. Daoud sonrió.

—Siempre has sido de los nuestros, Mariam, desde muy pequeña. —Bebió un poco—. Un miembro más de los consejos de guerra.

Levantó la vista para mirar a una pareja que se marcaba unos pasos por la pista de baile entre los gritos y silbidos de varios grupos de espectadores.

—Tu padre y yo asumimos nuestros cargos para proteger todo esto —dijo haciendo un gesto que abarcaba todo aquel patio atestado de gente—, para mantener sana y salva a una gran familia cristiana en Siria. Y mira cómo hemos acabado: tu padre desplegado en Alepo y yo...

En vez de acabar la frase, intentó sonreír.

Del trabajo de él no hablaban nunca: la Rama 450 del Centro de Investigación y Estudios Científicos; seguridad y transporte de armas químicas.

Tomó un trago de whisky y continuó:

—Como familia hemos hecho lo que nos habían pedido: a cambio de nuestra seguridad, somos leales, callados y complacientes. Somos sirios modelo, pero el régimen no ha cumplido su parte del trato. Sólo hay que ver lo que le ha pasado a Razan. Y no tenemos cómo responder, estamos atrapados.

Bebió con un brillo en los ojos, como si fuera consciente de haberse ido de la lengua, y desvió la mirada hacia el baile.

—Tu hija siempre ha sido una rebelde, tío —dijo Mariam, y enseguida se enfadó consigo misma por dar a entender que, de algún modo, su prima se merecía lo que había sucedido—. Ya entrará en razón.

Daoud señaló la pista con un ademán de la cabeza.

—¿Bailamos?

Mariam volvió a su apartamento poco antes del alba y se encontró a Razan despierta. Estaba echada en el sofá con el pijama de seda arrugado, viendo una entrevista a Fatimah Wael en Al Jazeera. Ella apagó el televisor y apartó las piernas de su prima para sentarse a su lado. En la mesa había una botella de vino blanco vacía.

—Hueles bien —le dijo Razan sin apartar el ojo izquierdo de la pantalla oscura del televisor.

El derecho aún lo llevaba vendado («parezco una pirata», había dicho en un momento en que se sentía más animada): el golpe en la cara la había dejado sin visión de ese lado, y los médicos no sabían si la recuperaría.

—Tu padre te echa de menos. Llámalo, por el amor de Dios, que no es culpa suya.

—Ya lo sé. ¿Te has divertido?

—Sí.

Le habló de la familia, del restaurante y del baile, pero el ojo de Razan la hacía sentirse culpable.

—¿Por qué te escondes de él? —preguntó.

—¿De papá?

—Sí.

—No lo sé.

—¿A mí también me odias? Trabajo en el Palacio, no soy mejor que tu padre.

Razan se hizo un ovillo y bajó la vista.

—No os odio a ninguno de los dos. —Una lágrima le brotó del ojo izquierdo y ella se la enjugó con rabia—. Al que odio es al que ha hecho todo esto: odio nuestra cárcel. —Apoyó la cabeza en el hombro de Mariam, metió dos dedos bajo la venda del ojo como si quisiera enjugarse también las lágrimas de ese lado y sorbió la nariz—. Los médicos me han dicho que procure no llorar porque retrasa la curación.

Volvió a echarse en el sofá y Mariam se dirigió a su dormitorio apagando las luces por el camino. Después de quitarse el vestido, se quedó al lado de la cama en ropa interior y respiró hondo mientras abría y cerraba los puños.

A continuación empezó a dar patadas hacia el frente cada vez más rápido, saltando para cambiar de pierna, como si quisiera sacarse la rabia de dentro con una patada y dispersarla con la siguiente. A cada movimiento hacía restallar el aire. Sudorosa, se dejó caer al suelo e hizo una serie de flexiones forzando los brazos hasta el límite del dolor, luego siguió con golpes con la mano abierta, imaginando que le aplastaba la nariz al tipo que había golpeado a su prima. «¡Más rápido, Mariam; más rápido!», le decía en París, años atrás, su profesor de krav magá. «¡No pares!»