El Volvo S90 de color negro circula lentamente por la avenida de Andalucía, procurando no llamar la atención. Se detiene en un semáforo en rojo y a su lado para un zeta de la Policía Nacional. El agente que viaja en el asiento del copiloto mira a los cinco ocupantes del Volvo, de entre veinticinco y treinta y siete años, pero ninguno mueve un músculo. Quizá hace algunos años, cuando se esforzaba por hacer su trabajo lo mejor posible, su instinto de policía le habría avisado de que si varios hombres se paralizan al sentirse observados es por algún motivo, y generalmente malo. Se fija en los tatuajes que asoman por el cuello de las camisetas y en el pelo cortado con un degradado que deja las sienes y la nuca al descubierto; el mismo corte de pelo que llevan todos los jóvenes, incluidos sus dos hijos adolescentes. Si los estudiase con más detalle, se daría cuenta de que algunos de esos tatuajes son carcelarios o de pertenencia a alguna banda criminal. Pero él está convencido de que vienen de juerga y han bebido más de la cuenta, de ahí que miren al frente sin cruzar una palabra. Por un momento, se le pasa por la cabeza darles un susto; sin embargo, antes de poder comentarlo con su compañero, reciben un aviso sobre una agresión con arma blanca en una zona de copas cercana.
La sirena sobresalta a los del Volvo, aunque respiran aliviados cuando ven que el zeta se salta el semáforo y se pierde a toda velocidad por una callejuela.
—Casi… —dice Mauro, uno de los tres que van en el asiento trasero, con cara de estar todavía recuperándose del último chute.
—Pinches hijueputas —dice a su vez Juárez mientras enseña el dedo anular, en el que tiene tatuada la bandera de México.
—Métete por ahí —ordena Tony Garza, el que está al mando, sentado en el asiento del copiloto.
—Igual deberíamos dejarlo estar, Tony —responde con cautela Ángel, conductor habitual en todo tipo de fechorías desde que cumplió doce años—. El susto ya lo llevan en el cuerpo.
—Los sustos a estos mierdas se la sudan.
—Al viejo no le va a hacer gracia.
Tony se gira y fulmina con la mirada al último que ha hablado. Omar lleva buscándose la vida en la calle desde que llegó en una patera y no suele temerle a nada; aun así, Tony le intimida. Se ha cruzado con muchos malparidos, empezando por los que le vendieron el billete para viajar desde Argelia, aunque ninguno tan impredecible como él.
—¿Tú ves a mi padre por algún lado, Omar?
—No.
—Entonces cierra la puta boca. Aquí el que manda soy yo. Y ya os he dicho lo que hay que hacer, ¿está claro?
Ninguno se atreve a decir nada.
—Pues, si ya no queda ninguna duda —se vuelve hacia el conductor—, tira hacia el puente de una vez.
Al llegar a una calle cortada por obras, Mauro se baja y retira una valla. A mediados de julio, la temperatura de la noche madrileña es asfixiante, pero se ha puesto una gorra y una bufanda del Real Madrid que le cubre la nariz y la boca. Cuando el coche pasa, devuelve la valla a su sitio y regresa al interior. Recorren unos metros y se detienen sobre un puente que atraviesa la M-30. Bajo sus pies, los coches circulan a toda velocidad por la autopista.
Todos los chicos salvo Tony se apean del vehículo con la cara cubierta. Ángel y Omar atan sendas sogas a la barandilla del puente, mientras Juárez y Mauro aguardan junto al maletero, vigilando que nadie los vea.
—Daos prisa —dice Mauro—. Aquí podría vernos cualquiera.
—Esto ya está —responde Omar mientras comprueba que las dos sogas han quedado bien sujetas.
Abren el maletero y dentro hay dos hombres de unos cuarenta años, amordazados y atados de pies y manos. Basta con ver sus caras deformadas por los golpes y las manchas de sangre de las camisetas para comprender que sus últimas horas no han sido fáciles. Los sacan mientras ellos protestan, ruegan y patalean, pero ignoran sus súplicas y les ponen las sogas al cuello.
—Esto os pasa por pendejos —dice Juárez.
Cuando los van a lanzar por el puente, Tony sale del coche, ahora también con la cara cubierta.
—Esperad.
Se acerca a las víctimas y, sin mediar palabra, saca un bisturí, les levanta las camisetas y les hace un profundo corte en el vientre, de costado a costado.
Las tres chicas vuelven de fiesta cantando a voz en grito un antiguo éxito de Karol G, que suena a todo volumen en la radio del descapotable. La que conduce se calla de repente y apaga la radio.
—¿Qué están haciendo esos?
Sus amigas se fijan en el puente justo en el momento en que dos hombres caen desde lo alto. En cuanto las sogas que tienen alrededor del cuello se tensan con un golpe seco, las tripas salen despedidas de sus cuerpos por la incisión del vientre y las de uno de ellos van a parar al interior del deportivo, bañando a las tres jóvenes en vísceras y sangre.
El volantazo hace que el coche rebote violentamente contra la mediana y se precipite al río Manzanares.
Ser gitano cierra muchas puertas en el mundo payo, y, si además eres policía, las puertas se cierran también en tu propia comunidad. Jotadé Cortés no se avergüenza de ser ni una cosa ni la otra, aunque, eliminando una de ellas de la ecuación, su vida sería mucho más sencilla. Desde que se licenció en la Academia de Ávila, ha tenido que demostrar cada día que es un buen poli, pero hasta él sabe que dista mucho de serlo; ha encubierto más de un asesinato por amor a los suyos, incumple sistemáticamente las reglas, se escaquea siempre que puede del papeleo y no sería la primera vez que falta al trabajo fingiendo estar enfermo cuando la realidad es que está resacoso. Entre sus compañeros tampoco sentó demasiado bien que fuese prácticamente elegido a dedo para ascender a subinspector. Méritos no le faltan —tiene en su haber el mayor número de detenciones de su comisaría—, pero muchos consideran que había otros más preparados y que a él solo lo premiaron por pertenecer a una etnia poco menos que inexistente en el cuerpo. Cuando dos de los compañeros perjudicados se lo echaron en cara después de una sesión en el gimnasio, Jotadé tiró de su habitual diplomacia:
—Me podéis comer los huevos por detrás.
Pero si hay algo que le pesa es precisamente haber hecho las cosas bien cuando, hace casi tres años, detuvo a su compañera y mejor amiga, la agente Lucía Navarro, por doble homicidio. Aquella fue una época movida, con demasiados cambios en su equipo; a la marcha de Lucía también se sumaron la de Indira Ramos, Iván Moreno, que se mudó a Villafranca de los Barros para vivir su particular vía crucis tras el caso Walter Vargas, y María Ortega, que pidió el traslado a su Santander natal. A cambio de tantas ausencias, se incorporó el inspector Pedro Osborne, a quien Jotadé apoda el Bertín. Es un hombre comprensivo con sus subordinados, atento y respetado por toda la comisaría, pero, si Jotadé supiera lo que significa, diría que es un pusilánime. Por suerte para ambos, no tienen que verse mucho, ya que uno se pasa el día en la calle y el otro haciendo política en los despachos de la central. Cortés tiene más trato con la oficial Verónica Arganza: después de tanto tiempo trabajando juntos, se entienden de maravilla, aunque ella, al contrario que su compañero, es ordenada en todos los ámbitos de su vida. También congenia con el agente Lucas Melero, que sigue teniendo aspecto de adolescente enganchado a Instagram, a pesar de acercarse a la treintena.
—Pues hay un problema…
—¿Qué coño de problema va a haber? —Jotadé asoma la cabeza por la ventanilla de su reluciente Cadillac Eldorado del 89.
—El test indica que la concentración de monóxido de carbono se sale de los parámetros —responde el mecánico.
—A mí háblame en cristiano, payo.
—Los gases, que están disparados. Va a tener que llevarlo al taller y que le miren qué falla, porque algo falla.
—¿Me vas a tirar la ITV? —pregunta mosqueado.
—Veo que lo ha entendido.
—Que sepas que yo cuido este coche mejor que tú a tu madre, mierdaseca.
—Dispone de dos meses para volver a traer el vehículo, caballero. Circule, por favor.
Jotadé está a punto de salir del coche y hacerle tragar la carpeta en la que anota la incidencia, pero al mecánico lo salva una llamada de Verónica.
El Cadillac llega con la sirena ululando sobre el capó y se detiene en el arcén de la M-30. Un policía de tráfico se acerca a Jotadé cuando se está bajando del coche.
—Hemos habilitado un aparcamiento un poco más adelante, subinspector. Métalo ahí.
—¿Te crees que esto es un Corsa? No me toques tú también las pelotas que vengo calentito y no pienso meterlo en un descampado lleno de baches.
Va al encuentro de Verónica mientras se cuelga la identificación del cuello. La oficial Arganza, de treinta y un años, es una policía recta y respetuosa con las normas, pero investigar mano a mano con Jotadé le ha hecho tener que mirar hacia otro lado en más de una ocasión. Se esfuerza por cuidarse y resulta atractiva para muchos de sus compañeros, aunque suele ser bastante cortante con quien se le acerca con esa clase de intenciones, ya que está felizmente casada con una comandante de línea aérea.
—Esos dos han amanecido malamente —dice Jotadé mirando hacia el puente del que han ahorcado a dos hombres—. Un ajuste de cuentas, me supongo.
—Eso parece. Les han rajado el vientre antes de tirarlos y, al tensarse las sogas, se han vaciado por dentro.
—Les han sacado las tripas. Esa es una amenaza muy gitana.
—Qué majos los tuyos…
—Somos creativos para todo. ¿Y eso? —Hace un gesto de barbilla hacia un deportivo que hay volcado en mitad del río mientras un grupo de policías recorre los márgenes, buscando algo.
—Tres chicas volvían de fiesta y las han bañado con los órganos de una de las víctimas.
—Se les habrá pasado el pedo de golpe. ¿Están bien?
—Dos sufren un ataque de ansiedad y se las han llevado al hospital. A la otra todavía no la han encontrado. Y, por el tiempo transcurrido, pinta mal.
—¿Alguien ha avisado al Bertín?
—Ya sabes lo malo que se pone cuando ve un cadáver. Dice que nos ocupemos nosotros y después le pasemos el informe.
—Ole sus cojones…
Jotadé y Verónica llegan a lo alto del puente, desde donde el equipo del forense dirige el izado de los cuerpos. Cuando se asoman a la carretera, ven el amasijo de órganos sobre el asfalto. Detrás, un atasco kilométrico.
—Menudo estropicio.
Según los van subiendo, los policías comprueban que a uno de ellos no se le han terminado de desprender las vísceras y arrastra varios metros de intestinos.
—Qué horror. —La oficial Arganza vuelve la cara—. Espero que estuvieran muertos antes de tirarlos.
—Estaban vivos. —El forense les muestra los regueros de sangre en el suelo y en la barandilla—. Los trajeron hasta aquí, les pusieron la soga al cuello y, antes de lanzarlos, les realizaron la incisión en el vientre.
—¿La firma de alguna banda?
—Este tipo de cosas es bastante habitual entre los narcos colombianos y mexicanos. Aquí es la primera vez que lo veo.
—¿Hay cámaras cerca? —pregunta Jotadé.
—Allí hay una —Verónica la señala—, allí atrás otra y en aquella pasarela dos más. Ya he mandado a Lucas a hablar con los de la DGT.
—Mal se tiene que dar para que no hayan cogido algo…
Jotadé y Verónica se fijan en los policías que hacían la búsqueda en el río, que se han reunido en un punto concreto.
—Me da que ya han localizado a la chica.
Al bajar al lugar del accidente, ambos se dan cuenta de que lo que sea que hayan encontrado impresiona a sus compañeros aún más que la evisceración de dos hombres desde un puente sobre la autopista.
—¿Qué? —pregunta Jotadé.
—Será mejor que veáis esto…
Al abrirse paso entre los policías, descubren el cadáver empapado de una chica de unos veinte años. Para Jotadé, no es más que una víctima inocente de un ajuste de cuentas entre dos bandas de narcos, pero Verónica se queda tan pálida como el resto.
—No me jodas…
—¿Se puede saber qué pasa?
—¿No la reconoces?
—¿Debería?
—Es Noemí, la hija pequeña del comisario.
Aunque ya han pasado más de dos años desde que condenaron por doble homicidio a la agente Lucía Navarro, muchos de los funcionarios, abogados o familiares de otras presas con los que se cruza siguen mirándola de arriba abajo mientras esbozan media sonrisa, bien enterados de todo lo que se dijo durante los tres meses que duró el proceso. Aparte de que la media docena de amantes citados por el fiscal aireó y confirmó las atrevidas prácticas sexuales que condujeron al primero de sus crímenes, alguien filtró en internet las fotografías halladas en el ordenador de la víctima, en las que Lucía aparecía desnuda y exhibiendo sus genitales sin pudor. En algunos programas de televisión encontraron un filón comentando lo que acostumbraba a hacer en la cama, y, durante el juicio, se habló más de los disfraces, esposas o juguetes que utilizaba con sus amantes que de los motivos que habían transformado a una magnífica policía en una asesina.
En contra de la recomendación de sus abogados, y a pesar de la vergüenza que sentía al hablar de ello frente a toda España, Lucía decidió decir la verdad sin matices y fue encontrada culpable y condenada a un total de dieciocho años de prisión.
Los primeros meses en la cárcel de Alcalá Meco fueron extremadamente difíciles para ella; a ser el centro de atención por policía y pervertida, tuvo que sumarle que la mayoría de sus conocidos y familiares le dieron la espalda, entre ellos su padre y su único hermano. De sus compañeros, solo Jotadé se mantuvo fiel a su promesa de cuidarla allí dentro.
—Los de la universidad han llegado…
Lucía recoge los libros y apuntes que ha estado repasando toda la noche y sigue a la funcionaria, ignorando las miradas de desprecio y los insultos de las presas, que, a pesar del tiempo transcurrido, no le perdonan su pasado como policía. Al llegar a un lugar desangelado con demasiadas baldas vacías al que allí llaman biblioteca, coincide con tres compañeras que también cursan estudios a distancia.
—Lucía Navarro, ¿verdad? —pregunta la profesora y ella asiente—. Si no tienes ninguna duda, siéntate y empezamos.
Una hora después sale al patio y camina pegada a la valla que rodea el recinto. Cuando pasa por la zona ocupada por las gitanas, una mujer de setenta años va a su encuentro. Se trata de Rosario, una prima segunda de la madre de Jotadé que cumple condena junto con dos de sus hijas por tráfico de drogas y pertenencia a banda criminal. Cuando Lucía llegó, Rosario recibió el encargo de cuidarla y de que no le faltase nada, y, aunque la expolicía se lo agradece, procura no deberle ningún favor.
—¿Ya eres loquera, niña?
—Para eso aún me queda aprobar un par de exámenes, Rosario.
—Ya sabes que yo por unos billetes muevo mis hilos y te consigo las preguntas algunos días antes.
—Se lo agradezco —responde con una sonrisa—, pero soy rarita y a mí lo que me divierte es estudiar.
—De vez en cuando deberías levantar la cabeza del libro y ver lo que pasa a tu alrededor…
—¿Qué quiere decir?
Rosario señala con un gesto hacia una esquina del patio, desde donde una mujer de unos treinta años las observa mientras fuma apoyada en la pared. No tiene aspecto de delincuente, pero se puede palpar el odio que transmite su mirada.
—¿La conoces? —pregunta la gitana.
—Ahora mismo no caigo.
Al sentirse descubierta, la mujer apaga el cigarrillo y se apresura hacia los vestuarios que hay junto a una cancha de baloncesto que nadie utiliza.
—Ándate con ojo. Según mi hija, se pasa el día buscando un pincho.
—Quizá no sea para mí.
—Dice que es para cobrarse una deuda con la pestañí, y, que yo sepa, eres la única aquí dentro.
—Iré con cuidado entonces.
—Hazlo, no quiero tener que darle explicaciones a Jotadé sobre por qué he dejado que salgas con los pies por delante. Ya sabes cómo se las gasta.
Dos de las gitanas más jóvenes se arrancan a cantar música latina y a perrear. Al verlas, Rosario tuerce el gesto, como si aquello fuese un sacrilegio.
—La madre que las parió…
Cuando la gitana se marcha para abroncar a las suyas, Lucía continúa con su paseo, más preocupada por la amenaza de aquella desconocida de lo que le gustaría.
La vida del inspector Iván Moreno es muy diferente a la que llevaba cuando vivía en Madrid; antes lo que más le costaba era madrugar y ahora sale a correr cada día a las siete de la mañana por los alrededores de Villafranca de los Barros acompañado de Gremlin, el perro que le regaló a su hija Alba durante los buenos tiempos. Los primeros meses tras su llegada al pueblo no encontró fuerzas para hacer nada más que respirar y alimentarse. Mientras él se marchitaba, dejó en manos de la abuela Carmen la educación de Alba y de James, el chico colombiano que habían adoptado por petición de Indira.
Cierta tarde, al regresar a casa después de uno de sus interminables paseos por la vereda del río Cagancha, Carmen le estaba esperando.
—Siéntate, Iván. Tú y yo tenemos que hablar muy seriamente.
—¿Hablar de qué?
—¿Tú qué crees?
La abuela le hizo ver que ya era hora de que empezase a reaccionar. Aunque Iván se resistió a seguir adelante como si nada, una semana más tarde se enteró del hallazgo de un cadáver con signos de violencia en un pantano próximo y colaboró con los guardias civiles encargados del caso. Al principio lo recibieron con muchas reservas, pero su dilatada experiencia enseguida salió a relucir y, gracias a él, detuvieron a un hermano de la víctima. Durante aquella investigación hubo ratos en los que logró ver luz al final del túnel y dejar de torturarse con la injusticia que le había tocado vivir, así que, desde entonces, aparte de ocuparse con todo tipo de trabajos esporádicos, empezó a colaborar de manera extraoficial con cualquier investigación que se le complicase tanto a la Policía Local como a la Nacional o a la Guardia Civil.
—¿Alcalde? —le preguntó sorprendido Iván a la abuela Carmen una noche, después de acostar a los niños.
—¿Por qué no? —preguntó ella a su vez mientras le tendía una infusión—. No estaría mal que llegase alguien con una perspectiva más moderna que la de don Manuel, que lleva en el ayuntamiento desde el Pleistoceno.
—Yo no tengo ni idea de política, Carmen.
—En un pueblo como este, ser alcalde no tiene nada que ver con la política, sino con el sentido común. Además, algo tendrás que hacer para ganarte la vida.
—Ya hago cosas.
—Me refiero a algo más que arreglar tuberías, cambiar enchufes, llevar a borrachos a sus casas o mediar en problemas de lindes.
Iván solo le prometió que se lo pensaría para que dejase de insistir, pero empezó a interesarse por la política municipal y se dio cuenta de que podría hacer mucho por el pueblo que tan bien le había acogido.
La abuela Carmen prepara la merienda para Alba y para James. A pesar de que la diferencia de edad entre los niños es evidente —la hija de Iván e Indira acaba de cumplir seis años y el chico tiene trece—, la discapacidad de James hace que los lazos entre ellos cada día sean más fuertes.
—No entiendo por qué el próximo curso no podemos ir a la misma clase, yaya —dice Alba.
—Porque James va a otro colegio, Albita —responde paciente—. Ya te lo he dicho trescientas veces.
—¿Y si me cambio yo a su cole?
—No puedes —interviene James—. Mi cole es especial para subnormales.
Carmen deja de pelar una manzana para mirar al niño con seriedad.
—¿A ti quién te ha dicho esa tontería, James? Tú no eres ningún subnormal, ¿te has enterado? Eres diferente.
—¿Y por qué soy diferente?
—Eso solo lo sabe Dios.
—Es porque tiene un cromo de menos —explica Alba, enterada—. Una vez lo miramos en internet.
—En internet no escriben más que tonterías. A mí un día se me ocurrió mirar por qué me dolía un tobillo y salí convencida de que me quedaba un mes de vida.
—¿Se puede tener cáncer de tobillo, yaya?
—Ay, hija, qué preguntas más raras haces. Cerrad el pico y a merendar.
—Si cerramos el pico, no podemos comer.
Los dos chicos se parten de risa cuando Iván entra en casa. Da las buenas tardes y besa tanto a los niños como a la abuela.
—Quita, zalamero. ¿Te sirvo un café?
—Gracias, Carmen. ¿De qué temas trascendentales se está hablando hoy en esta casa?
—Mejor no preguntes, hijo. ¿Te pensaste ya lo del ayuntamiento? Que sepas que he empezado a hacer campaña en el mercado y, si te decides, tienes el voto de todas mis amigas.
—¿Es verdad que vas a ser el alcalde? —pregunta James.
—Quizá me presente a las elecciones —responde Iván—, pero de ahí a que salga elegido va un trecho.
—Seguro que ganas. Yo, quitando a la abuela Carmen, a mis profesores, al cartero, a Paco el del bar, a la doctora López y a unas cuantas personas más, nunca he conocido a nadie más listo que tú.
—No sé si darte las gracias o un capón, James.
Suena su móvil y, al mirar la pantalla, se le ensombrece el semblante; una llamada de su pasado rara vez trae buenas noticias.
—¿Quién es? —pregunta Carmen al notarlo.
—De la comisaría.
Iván se levanta y sale de la cocina para contestar.
En el entierro de la hija pequeña del comisario se dan cita políticos, representantes de todo el escalafón policial, compañeros de facultad de Noemí, familiares, amigos y periodistas que han convertido el fatal accidente en noticia nacional por los detalles tan escabrosos que se han filtrado y por las fotografías explícitas que corren como la pólvora en redes sociales.
Jotadé, Verónica Arganza, Lucas Melero y el inspector Pedro Osborne, el jefe de todos ellos, aguardan para dar el pésame al comisario, que, aunque intenta aparentar entereza, está destrozado por dentro. Es difícil combatir las temperaturas de julio en Madrid, y más cuando la alargada sombra de los cipreses está monopolizada por los medios de comunicación, pero entre los allegados a la familia nadie parece sentir el calor y hacen fila bajo un sol de justicia.
—Le acompaño en el sentimiento, comisario —dice Osborne, sinceramente afectado por la pérdida de su jefe.
—Gracias. ¿Hay algún avance en la investigación?
Osborne cede la palabra a Jotadé. El subinspector Cortés no se siente cómodo hablando de ese asunto en aquel lugar, y menos frente a la esposa del comisario, que pasa por el peor momento de su vida y mira al vacío, a punto de desvanecerse. Pero sus dos jefes le interrogan con la mirada, esperando a que conteste.
—Lo poco que sabemos apunta a un ajuste de cuentas —responde consternado—. Estamos esperando la identificación de las víctimas y las grabaciones de las cámaras de la M-30.
—Sal a la calle y tráeme a esos hijos de puta —dice el comisario, dejando traslucir por primera vez sus ansias de venganza—. Tienes a tu disposición todos los recursos necesarios.
—Haré lo que pueda. —Jotadé siente la presión sobre sus hombros—. Pero ahora no piense en eso y despídase de su hija como corresponde.
Saca de la chaqueta una estampita de María Santísima de las Angustias Coronada, la Virgen de los Gitanos, y se la tiende a la esposa del comisario.
—Si me permite, señora. Quizá esto le ayude a pasar el duelo.
La señora la coge y se lo agradece con un gesto. El último en darles el pésame es Iván Moreno, que ha salido de Villafranca de los Barros a primera hora de la mañana para estar junto a su antiguo jefe en estos momentos tan duros.
—¿Has venido para ayudarme a atrapar a los que provocaron el accidente que mató a mi hija, Moreno?
Iván mira al comisario con compasión. Sabe que, si le faltaran Alba o incluso James, ya nada tendría sentido.
—He venido a darle el pésame y a ponerme a su disposición para lo que necesite, pero debo volver a casa.
—Haces bien —responde resignado—. Aquí solo hay mierda y miseria.
Sus excompañeros reciben a Iván con los brazos abiertos cuando entra en la cafetería que hay cerca del cementerio. Allí se reúnen muchos de los asistentes a los diferentes entierros de aquella mañana, lo que confiere al lugar una animación muy embarazosa. Algunos, después de tomar un par de cañas, se olvidan de dónde están y se ríen sin tapujos de algún comentario de amigos o familiares a los que solo ven en bodas, bautizos, comuniones y entierros, concentrando sobre ellos las miradas reprobadoras del resto.
—Has engordado, Moreno —le dice la oficial Verónica Arganza.
—La buena vida y las perrunillas de mi suegra.
—¿Cómo está la abuela Carmen?
—Esa mujer es incombustible. Ahora se ha empeñado en que me presente a alcalde del pueblo.
—Cuando te elijan, llévame como jefa de la Policía Local.
—A eso me apunto yo también —dice el agente Lucas Melero.
—Allí os moriríais del aburrimiento, os lo aseguro.
Jotadé y la subinspectora María Ortega —que, como Iván, ha vuelto a Madrid solo para acompañar al comisario— llegan con una jarra de cerveza, unos vasos, una ración de patatas bravas, otra de alitas de pollo y unas croquetas con un aspecto mejorable.
—¿Y mi Coca-Cola Zero? —pregunta Lucas.
—No seas parguela y tómate una birra, Melero —replica Jotadé—. Por los muertos hay que brindar como Dios manda, que si no se quedan en el purgatorio, entre medias de arriba y abajo.
—¿Eso es una creencia gitana?
—Sí, claro. Y las alitas de pollo son para que suban volando al cielo, no te jode.
Jotadé llena los vasos de cerveza, los reparte y levanta el suyo.
—Yo no conocí a esa cría, pero brindo por ella. Era demasiado joven.
Todos brindan y beben.
—¿Tenéis algo? —pregunta María Ortega.
—Estamos esperando las grabaciones de las cámaras de tráfico —responde el agente Melero—, pero no creo que saquemos demasiado de ahí. Como es habitual, la mitad estarán estropeadas.
—¿Quiénes son los ahorcados?
—No llevaban documentación encima ni ninguna marca por la que se les pueda identificar, así que habrá que esperar al informe del forense.
—Además —añade la oficial Arganza—, los habían machacado a golpes y tenían la cara hecha un cristo.
Todos miran hacia el exterior del bar cuando el comisario sale del cementerio acompañado de su esposa y de la hija que les queda viva y se dirigen hacia un coche. El inspector Osborne los acompaña, compungido.
—¿Qué tal Osborne? —pregunta Iván.
—Un sinsangre —responde Jotadé.
—No es mal tío —dice Verónica, indulgente.
—Yo no digo que lo sea; de hecho, a veces me dan ganas hasta de presentarle a mi hermana, pero lo único que sabe hacer bien el Bertín es lamer culos. Y, cuanto más arriba esté, más mete la lengua.
Verónica mira con asco a su compañero antes de dirigirse a su antiguo jefe.
—¿No te has planteado volver, Iván? Con María y contigo al mando, seríamos otra vez un equipo de la leche.
—Me lo planteo cada día, pero tengo a dos niños a mi cargo y en el pueblo están mejor atendidos. De momento, me quedo allí.
—Yo estoy bien donde estoy —dice la subinspectora Ortega cuando las miradas se desplazan hacia ella—. Después de lo de Indira y Lucía, no me sentiría a gusto aquí.
—¿Qué tal está Lucía? —pregunta Iván.
—Como Dios —responde Jotadé—. Se pasa el día estudiando. Cuando salga del trullo, fijo que gana el Pasapalabra.
A pesar de la situación que los ha reunido allí, el comentario arranca las risas del resto. El teléfono de Verónica vibra en el bolsillo de su chaqueta. Tras intercambiar unas palabras con su interlocutor, mira a sus compañeros.
—Ya tenemos las grabaciones del puente.
En las imágenes de las cámaras de seguridad enviadas por Tráfico se ve un Volvo S90 negro que se detiene sobre el puente de la M-30. A continuación, se bajan cuatro de sus ocupantes, todos con la cara cubierta con bufandas y gorras. Dos de ellos atan sendas sogas a la barandilla y otros dos aguardan vigilantes junto al maletero del coche. Al cabo de unos segundos, sacan a un par de hombres atados y amordazados, les colocan las sogas al cuello y se disponen a lanzarlos por el puente, pero un quinto ocupante sale del vehículo y les raja el vientre a las víctimas. Acto seguido, los tiran a la carretera y el vídeo se detiene.
—Qué mala follá… —comenta Jotadé, tan impresionado como el resto.
—¿No hay nada más con lo que identificarlos? —pregunta el inspector Osborne con el estómago revuelto.
—Eso es todo. —Verónica niega con la cabeza—. Había otra cámara un poquito más cerca, pero enfocaba hacia el otro lado.
—Y aunque los sacase en primer plano… —señala el agente Lucas Melero—. Ya habéis visto que se han tapado para que sea imposible reconocerlos. Y por los tatuajes que llevan, tampoco. La definición de las cámaras es una mierda y no se distingue nada.
—¿Y el coche?
—Denunciaron su robo dos días antes en Segovia. A estas alturas, o lo han desmontado y vendido por piezas o le han prendido fuego.
Un policía de uniforme llega a la sala de reuniones de la comisaría con una carpeta en la mano.
—Envían esto de la oficina del forense.
—Las identidades de los muertos —señala Jotadé.
Coge la carpeta, la abre sobre la mesa y todos se asoman intrigados. Hay varias instantáneas de los cadáveres junto a la autopsia preliminar y, al final, fotografías de los dos hombres con vida. El primero no les llama la atención.
—Juan Carlos Tapia —Jotadé lee la ficha—, empresario de treinta y nueve tacos. Ni idea.
—¿Y el otro?
Al pasar la página y verle la cara al segundo, Jotadé y Lucas se quedan de piedra.
—¡Ahí va la hostia! —exclama Cortés.
—¿Es? —pregunta Lucas impresionado.
—Coño que si es. Esa cara de bobochorra no hay madre que la repita.
—¿Lo compartís con nosotros? —pregunta Verónica Arganza.
—Se llamaba Sergio Perera. Decían que era el heredero de Iniesta, pero, después de un par de temporadas jugando en el Real Madrid, cayó en picado hasta que se retiró cuando no había cumplido ni treinta años.
—Y, por lo que parece, después no tomó muy buenas decisiones —apunta el inspector Osborne—. Id a hablar con su familia y averiguad de qué conocía a la otra víctima, por favor.
Cuando estaba en la cima, Sergio Perera se compró un chalé en La Finca, en Pozuelo de Alarcón, una de las urbanizaciones más lujosas y caras de España, aunque tras su caída a los infiernos tuvo que cambiarlo por un piso de tres habitaciones en la glorieta de Quevedo. Para cualquier mortal sería un privilegio vivir ahí, pero no para alguien que lo había tenido todo y que no supo sobreponerse a los malos tiempos.
Jotadé y Verónica entran en el piso acompañados por la hermana del fallecido, el único familiar que vive en Madrid; su madre y otros dos hermanos siguen en Valladolid. La casa combina muebles caros —reciclados de su anterior vivienda— con otros comprados cuando la economía no era tan boyante.
—¿A qué se dedicaba su hermano desde que se retiró del fútbol? —pregunta Verónica.
—A nada, ese es el problema —responde la hermana apesadumbrada—. Iba dando tumbos de un lado a otro, gastándose los ahorros.
—¿En qué?
—En juergas, en ropa que le hiciera aparentar que conservaba su estatus y, desde que se separó de Rocío, en mujeres.
—¿La tal Rocío vive por aquí?
—No. Volvió a casarse y se mudó a Granada hace un par de años. Por suerte para todos, mi hermano y ella no tuvieron hijos.
—¿Le suena que conociera a un empresario llamado Juan Carlos Tapia?
—Juanqui. —Frunce el ceño—. Fue uno de los que lo exprimieron. Montó con él un bar de copas en la calle Ponzano.
El bar de copas de Ponzano es en realidad un restaurante con licencia para cerrar a las tres de la mañana. Cuando llega la pareja de policías, está actuando un grupo flamenco. A su alrededor bailan con diferente arte hombres y mujeres de cuarenta años en adelante, entre los que hay varias señoras que ya no cumplen los setenta.
—Me acojona encontrarme aquí a mi abuela… —dice Jotadé.
Al llegar a la barra, se acerca a ellos un camarero.
—¿Qué va a ser? —pregunta, y al momento resopla al ver las placas de policía—. Otra vez nos ha denunciado la vecina de arriba, ¿no?
—Debería —responde Jotadé—, porque si Camarón levantase la cabeza, volvía a quedarse en el sitio. Pero solo preguntamos por el dueño.
—Juanqui lleva sin venir tres días. Le he llamado unas cuantas veces, pero no me lo ha cogido.
—Ni te lo cogerá —interviene Verónica—. Él y su socio aparecieron hace dos noches colgando de un puente sobre la M-30.
Al camarero se le cae un vaso al suelo, sobrecogido. En las últimas horas no se habla de otra cosa detrás de la barra, e incluso él ha mostrado su preocupación por que se cometan ese tipo de crímenes en España, pero no se le había pasado por la cabeza que las víctimas fuesen tan cercanas a él. Los policías le piden hablar en un lugar más discreto y el chico los lleva al almacén.
—¿En qué lío andaba metido tu jefe?
—No lo sé —responde él nervioso.
—Si nos mientes, el que se va a meter en un lío eres tú. —Jotadé le presiona—. ¿Era camello?
—De verdad que no sé nada. O sea, sí sé que venía a verle mogollón de gente y se encerraba aquí con ellos. No hay que ser muy listo para imaginarse lo que hacían, pero yo nunca hablé con él de eso ni vi nada.
—¿Y el otro, el socio futbolista?
—Ese no sé si traficaba, pero se ponía fino. Juanqui y él tuvieron una movida hace unas semanas porque no se cortaba un pelo con la farlopa. Llegó a ponerse un tiro sobre la barra con el local lleno.
—¿Sabes quién era el proveedor de tu jefe? —pregunta Verónica.
—Les juro que no. Yo solo vengo aquí a hacer mi trabajo.
La oficial Arganza le observa unos instantes. Desde siempre ha tenido un don para saber si la gente miente, y percibe que ese chico está siendo sincero.
—Deberías ir buscándote otra cosa, porque te has quedado sin jefes —zanja Verónica.
Jotadé habla por el móvil frente a la casa de sus padres, sin quitar ojo al Jonathan, un gitano de su quinta que revisa el motor del Cadillac con una linterna en la boca y una vieja caja de herramientas a sus pies.
—Yo me encargo, tranquila —dice al teléfono—. Pero tú, por si acaso, procura no dejarte ver. Lo digo en serio, Lucía. No salgas de tu celda hasta que te vaya a visitar yo mañana, ¿vale? Intenta descansar.
Cuelga y va hacia el mecánico.
—¿Ya sabes lo que tiene?
—Más años que el hilo negro. ¿Por qué no lo cambias de una vez, primo?
—Porque no. ¿Lo puedes arreglar o no para que me den la pegatina?
—Una de dos: o sueltas cincuenta euros para que lo lleve a una ITV donde curra un colega mío, o le metes cuatrocientos para cambiar el carburador, que falta le hace.
—Hay una tercera: que me lo cambies tú por doscientos o hablo con unos colegas para que vayan a hacer una inspección a tu taller.
—No me jodas, Jotadé, que las piezas de los Cadillac valen la hostia.
—Tú no has comprado una pieza en tu puta vida, gitano. Venga, llévatelo, que lo necesito a la de ya. De momento, me quedo con tu buga.
Jotadé extiende la mano. Jonathan, mosqueado, le entrega las llaves de un Hyundai Coupe de color verde pistacho con un alerón gigantesco que hay aparcado en la acera de enfrente.
—Cualquier día te va a castigar Dios por madero y por gualtrapa, Jotadé.
—Y tú que lo veas. Cuidadito, no me lo roces.
El mecánico se sube en el Cadillac y, para contrariedad de Jotadé, arranca y se marcha derrapando. Cuando el coche dobla la esquina, entra en la casa, donde su madre hace la cena y su padre ve un concurso en la tele. Flora se mantiene tan activa como siempre, ocupándose del hogar y del puesto en el mercadillo. Paco, en cambio, parece que envejece a cada minuto. Aunque se repite cada día delante del espejo que bien está lo que hizo, haber traspasado aquella línea después de toda la vida siendo un hombre de ley le pesa más de lo que le gustaría.
—¿Has solucionado ya lo del coche, Juan de Dios?
—En ello estamos, papa. Es que el pobre ya pasa de los cuarenta tacos.
—Tú vas de camino.
—No me lo recuerdes…
—Igual deberías comprarte uno de esos eléctricos.
—Todavía no están conseguidos. Si la batería de mi móvil no me dura ni una mañana, imagínate la de un coche. Además, ese buga es como de la familia. No lo cambio ni por un apartamento en Benidorm.
Paco cabecea para sí. Flora se acerca con una bandeja en la que hay un par de cervezas y un platito con jamón.
—Os traigo el aperitivo, para que abráis boca.
Jotadé besa a su madre y prueba la tapa.
—La Virgen —dice extasiado—. ¿De dónde ha salido esta maravilla?
—Esta mañana los hijos del Eusebio han llegado desde Guijuelo con una furgoneta llena de jamones, pero no preguntes más…
Jotadé se encoge de hombros, le da un trago a la cerveza y se hace con otro trozo de jamón. Cuando se lo va a llevar a la boca, ve que sus padres cruzan una mirada de desasosiego.
—¿Qué?
—¿Has hablado últimamente con la Lola, hijo? —pregunta su madre.
—Cuando voy a recoger a Joel, ¿por?
—Porque esa muchacha no está bien, Juan de Dios —responde Paco—. Hoy la hemos visto en el súper y tenía las ojeras hasta los pies.
—Tu hermana Lorena se barrunta que se ha peleado con el payo.
—Eso no es cosa mía. Nos separamos hace ya más de cuatro años.
—Pensaba acercarme mañana a llevarle un túper de empanadillas para el niño —dice Flora—. ¿Por qué no se lo llevas tú ya y miras a ver si necesita algo?
En cuanto Lola abre la puerta, Jotadé se da cuenta de que sus padres tienen razón. El mal aspecto de su ex es más que evidente, y a la cara de cansancio por la falta de sueño hay que sumarle una congoja que se huele a distancia.
—Joel está en el fútbol —dice ella cortante.
—Mi madre me ha dado este túper para él —responde Jotadé mientras se lo tiende.
—Yo se lo doy cuando llegue.
Lola coge el túper y se dispone a cerrar la puerta, pero Jotadé lo impide metiendo el pie.
—¿Qué tienes, Lola?
—Nada. Quita el pie.
—¿Puedo entrar?
Se cuela en la casa sin esperar a que le dé permiso y lo primero que ve es que ha retirado las fotos de Pablo que decoraban el pasillo. Aunque la pareja de su ex nunca terminó de gustarle, le daba tranquilidad saber que trataba bien tanto a Lola como a Joel.
—¿Movidas con el payo?
Lola quiere decirle que eso no es asunto suyo, pero el nudo en el estómago es tan apretado que no le salen las palabras. Jotadé comprende a su manera.
—No te habrá puesto una mano encima, ¿verdad?
—Sabe que acabaría igual que tu cuñado.
—¿Entonces?
—Se ha largado, ¿contento?
—Tú tienes más cojones que nadie, gitana. Si solo fuese eso, no estarías así.
Ella aparta la mirada y Jotadé le coge la cara para que vuelva a mirarlo.
—¿Te ha puesto los cuernos?
—Ojalá.
A pesar de que Lola había dejado de fumar cuando se quedó embarazada de Joel, va hacia su bolso, saca un cigarrillo y se lo enciende con mano temblorosa. Después se sienta en el sofá, con la mirada perdida.
—¿Qué hostias pasa, Lola? Me estás asustando.
—Nos ha dejado en la ruina, ¿vale?
—¿De qué hablas?
—Pablo iba a montar un negocio con un amigo y me pidió que rehipotecara la casa. Y, cuando lo he hecho, ha desaparecido con todo.
—No me jodas. ¿Cuánto has pedido?
—Doscientos mil euros. Y los buitres del banco ya me están llamando a la puerta.
—Y después dicen que los chorizos somos los gitanos.
—¿Qué voy a hacer, Jotadé?
—Tranquila —trata de calmarla—, que de peores hemos salido. Seguro que se pueden negociar las cosas. Hablaré con Melero, que es un cerebrito de la comisaría que sabe un huevo de números.
—Por mucho que sepa, lo que debo es lo que tengo que pagar. Y, entre lo que ya tenía de hipoteca y esto, no llego.
—¿No has sabido nada de ese malnacido?
—Cogió la pasta el mismo día que me la dieron y se esfumó. A ese ya no lo pillas ni aunque le eches a los galgos. Qué puntería tengo para los tíos, ¿eh?
—Yo nunca te hubiera quitado lo que es tuyo, Lola.
—Lo sé.
—¿Y Joel cómo se lo ha tomado?
—Todavía no sabe nada. Se piensa que hemos reñido y que se ha marchado unos días, pero que volverá.
—Por sus muertos que no lo haga, porque le rompo las piernas.
—¿Sabes qué es lo peor? Que ni siquiera me sale odiarlo, Jotadé. Pensaba que estaría con él para siempre.
Lola se rompe y Jotadé la abraza. Si dispusiese de ese dinero, se lo daría sin dudarlo, pero, entre lo poco que cobra y la pensión que paga todos los meses por Joel, vive prácticamente al día.
Lucía ha procurado no exponerse más de lo necesario para evitar encontrarse con la reclusa de la que la previno Rosario hasta saber de quién se trata y la razón de su animadversión. Ha pedido permiso para quedarse en la celda y, aunque no suelen concederle demasiados privilegios, en esta ocasión no le han puesto pegas. Lo malo es que, después del examen del otro día, lo último que le apetece es ponerse a estudiar. Cuando ya lleva varias horas leyendo una novela cuyo autor está empeñado en utilizar las palabras más rebuscadas del español, retoma la idea de escribir su propia historia, aunque no se detiene a pensar lo que va a contar antes de hacerlo y se atasca cuando apenas ha rellenado un par de páginas de su cuaderno. Cuando por fin llega la hora de la visita y aún no la han avisado, se pone nerviosa. Pero sabe que Jotadé no es de los que la fallan.
La sala de visitas —una estancia desangelada con mamparas de cristal que separan a las reclusas de sus familiares, con los que se tienen que comunicar a través de sucios teléfonos que distorsionan la voz— es, paradójicamente, uno de los lugares más tristes de la cárcel. Ahí las internas se encuentran cara a cara con los que continúan su vida fuera, donde constatan que han echado la suya a perder. Lucía se sienta frente al cristal de la cabina y descuelga el auricular.
—Pensé que me habías dejado colgada.
—Es que he tenido que echarle sopa a un buga que me han prestado y con tanto botoncito no sabía cómo se abría el depósito.
—¿Y el Cadillac?
—No me hables. ¿Cómo estás?
—Bien, bastante tranquila… Si no fuera por esa nueva interna de la que te he hablado. ¿Has averiguado quién es?
—Aurora Cremonte. Curraba como secretaria en un despacho de abogados hasta que, hace unos meses, tuvo un accidente en el que murió un hombre. Dio positivo en alcoholemia y cumple una condena de cuatro años.
—¿Y ya está? —pregunta desconcertada.
—Ya está. Antes de eso, no tenía ni una multa de tráfico.
—Entonces ¿por qué viene a por mí?
—Ni puñetera idea, Lucía. Lo mismo estás equivocada y solo te miraba porque le pones. Con todos mis respetos, tú tienes un viaje.
—No creo que sea eso —responde esbozando una sonrisa—. Tu tía Rosario me dijo que andaba buscando un pincho para vengarse de una policía. Y aquí, del cuerpo, solo cumplo condena yo.
—¿Quieres que hable con ella a ver si se lo saco?
—No te preocupes, ya me encargo yo. Además, tengo a la mitad de tu familia pendiente de mí.
—Por la cuenta que les trae. ¿Necesitas algo?
—Nada, ¿y tú? —Se fija en él—. No tienes buena cara, Jotadé.
Él suspira, evidenciando su preocupación.
—La Lola lo ha dejado con el payo y el muy malparido la ha desplumado.
—Pensé que estaban bien.
—Y yo, pero, en cuanto vio los doscientos mil euros que pidió mi ex al banco para montar no sé qué negocio, los trincó y no se le ha vuelto a ver. Y ahora tiene que devolver ella solita el parné con la mierda que le pagan en el súper.
—Doscientos mil euros es una pasta, pero no deja de ser eso, dinero. Seguro que encontrará la manera de devolverlos.
—Como lo trinque…
—No hagas ninguna tontería, Jotadé. Al final todo el equipo de Indira vamos a acabar entre rejas o… —Se le ensombrece el semblante antes de terminar la frase.
Él la mira, comprendiendo su repentino bajón.
—El otro día me encontré con la madre de Jimeno. Fue a la comisaría para recoger unos papeles.
—¿Cómo estaba?
—No te digo que lo haya superado porque esas cosas una madre nunca las supera, pero yo creo que ha pasado página.
Lucía le sonríe con tristeza, agradecida por que se esfuerce tanto en mentirle. Después de que Jotadé la ponga al día sobre el caso en el que están trabajando, un funcionario se acerca para decirles que se ha acabado el tiempo y que se vayan despidiendo.
—Cuídate, Jotadé. Y cuida de Lola.
—Lo mismo te digo. Si la tal Aurora te sigue dando mal fario, júntate con las gitanas.
—Seguramente me haya preocupado sin razón, tranquilo.
Jotadé conduce el Hyundai Coupe de color pistacho por un barrio aún más deprimido que el de su familia. Aunque el coche llama la atención por sí mismo, nadie se para a mirarlo, acostumbrados a verlo pasar a diario, hasta que se fijan en que quien lo conduce no es el Jonathan. El policía se estremece al ver la cantidad de yonquis que hay en los soportales, muchos de ellos quietos y doblados en posturas imposibles, como estatuas de cera rescatadas de un incendio. Son los efectos del fentanilo, una de las drogas más potentes que existen, cien veces más que la morfina y cincuenta que la heroína y, sin embargo, mucho más económica. Algunos decían que nunca llegaría a España, pero el panorama a su alrededor lo desmiente. Aparca frente a un garaje vecinal que el Jonathan tiene alquilado como taller particular y se baja del coche.
—¿Has aviado ya el Cadillac? —le pregunta al mecánico cuando este sale a recibirlo.
—No te lo mereces, gitano, pero lo tienes arreglado y con la ITV pasada.
Le entrega las llaves y Jotadé ve que, en efecto, en el parabrisas está colocada la pegatina.
—Gracias, primo. ¿Cuánto ha sido?
—A mí todo me ha costado doscientos. Lo que tú me des ya es cosa tuya.
Aparte de las llaves del Hyundai, Jotadé le entrega seis billetes de cincuenta euros. Se fija en que, al otro lado de la calle, varios payos salen de un portal. Aunque él no lo sabe, se trata de Tony Garza, Mauro, Juárez, Omar y Ángel. Se meten en un BMW X6 y se alejan calle abajo.
—¿Ahora los payos se han hecho con este barrio?
—No conviene meterse con esos. Controlan todo el mercado.
—Creía que el mercado en esta zona lo controlaba el tío Jara.
—El tío Jara se fue por patas hace semanas, compadre. Esos han llegado pisando fuerte y arramblan con todo.
—No tendrán algo que ver con los dos que destriparon desde el puente de la M-30 el otro día, ¿no?
—Yo me dedico a lo mío —responde Jonathan con una discreción cargada de significado antes de regresar al taller.
Jotadé ve salir del mismo portal del que salieron los payos al Fali, un yonqui amigo de su hermano Rafa con pinta de terminar como él más pronto que tarde. Cruza la calle y camina a su lado.
—¿Qué pasa, Fali?
El drogadicto tiene que centrar la mirada para reconocerlo. Al hacerlo, sonríe y muestra los pocos dientes que le quedan, ya podridos.
—Cuánto tiempo, Jotadé…
—Veo que sigues tomando buenas decisiones. Si no tenías suficiente con el caballo, ahora te pasas al fentanilo.
—Es más barato.
—¿Tú nunca has oído decir que lo barato sale caro?
—Ya ves.
—Oye, ¿quiénes son los payos que os lo pasan, los que he visto salir del portal ahora mismo y largarse en un buga de la hostia?
—A mí no me metas en líos —responde evasivo.
—Solo necesito un nombre, Fali —dice tendiéndole disimuladamente un billete de veinte euros—. Por mis muertos que nadie va a saber que ha salido de la boca esa tan bonita que tienes…
Jotadé atraviesa la zona común de la comisaría, sin pararse a responder a los saludos de la oficial Arganza y del agente Melero. Estos se miran extrañados y van tras él. Al entrar en la sala de reuniones, lo encuentran sentado frente al ordenador, aporreando el teclado, impaciente.
—¿Cómo leches se enchufa este chisme?
—Está enchufado —responde Lucas Melero—, pero para entrar tienes que meter la nueva clave. La comunicaron hace lo menos dos meses.
—Vaya chuminada con las claves. —Cede el sitio a su compañero—. Mete la tuya, anda.
—¿Qué pasa, Jotadé? —pregunta Verónica.
—¿Os suena el nombre de Hilario Garza?
—¿Debería?
—Hilario Garza —Lucas lee la ficha que aparece en la pantalla tras escribir su nombre—, nacido en Madrid en 1966. A los quince años cometió su primer delito grave, aunque al ser menor no tenemos los detalles. Al salir del reformatorio encadenó condenas relacionadas con robos, agresiones y tráfico de drogas hasta 1998, cuando volvieron a detenerle por el asesinato de un camello rival.
—Menudo elemento —dice Verónica—. ¿Quién es?
—Creo que el jefe de la banda que tiró por el puente a esos dos desgraciados. Controla el mercado de medio Madrid, incluyendo un barrio cerca del de mis viejos. Y, si un tío pisotea a los gitanos, tiene que tener los huevos bien puestos. ¿Cuándo salió?
—En la cárcel protagonizó algunos incidentes —responde Lucas volviendo a consultar su ficha— y lo soltaron en el año 2018. Desde entonces, no ha vuelto a delinquir.
—Delinquir ya te digo yo que sí. Otra cosa es que le hayamos trincado. Lo que hará es esconderse detrás de gente que se coma los marrones por él. Tiene hijos, ¿no?
—Según esto, tres: dos chicos y una chica. Ellos, con una lista de la hostia de antecedentes penales, y ella, más o menos limpia. Solo constan un par de expedientes por asuntos financieros que nunca han llegado a nada.
—Lleva los asuntos legales de la familia —afirma Verónica.
—Tiene toda la pinta —asiente Jotadé.
Una policía uniformada se asoma a la sala de reuniones.
—Cortés, el comisario quiere verte.
—¿A mí por qué?
—¿Me ves cara de adivina?
Cuando llega a la zona noble, Jotadé observa al comisario a través de la ventana de su despacho. Habla con alguien a quien él no consigue ver. Solo han pasado unos días desde que murió su hija pequeña, pero el hombre ha envejecido quince años. Los trajes que suele llevar distan mucho de ser su estilo, aunque antes al menos le quedaban bien; ahora parece haber encogido varias tallas y le cuelgan por los hombros, haciéndole unas espantosas arrugas que acentúan aún más la tristeza de su rostro. La secretaria llama por teléfono a su jefe y, tras recibir las pertinentes indicaciones, cuelga y mira a Jotadé.
—Enseguida te reciben.
Jotadé pasa un par de minutos observando las fotografías antiguas que decoran las paredes hasta que la mujer le dice que puede pasar. Entra en el despacho y el comisario se acerca para recibirlo. Al tenderle la mano, al subinspector lo golpea una mezcla de olor a tabaco, alcohol y sudor.
—Gracias por venir, Jotadé.
—A mandar —responde él estrechándole la mano para enseguida mirar receloso a los dos hombres que lo observan desde el sofá, más elegantes y con una expresión mucho más fría y calculadora que la de su jefe.
—Deja que te presente a Leandro Espada —continúa el comisario—, director general de la Policía, y a Gustavo Romero, director adjunto operativo. Él es el subinspector Juan de Dios Cortés, uno de nuestros mejores agentes.
Los dos hombres se levantan para saludarlo con la típica sonrisa que pretende parecer cercana y solo genera desconfianza en Jotadé.
—Es un placer, subinspector Cortés —dice el director general—. Hemos oído hablar muy bien de ti. Hay muy pocos policías de tu comunidad.
—Normalmente a los de mi comunidad es a los que perseguimos.
Los dos hombres sonríen con contención. Jotadé mira interrogante al comisario, cuya expresión trata de ocultar su padecimiento.
—¿He hecho algo malo?
—En absoluto, Jotadé. Solo queremos que nos pongas al tanto del avance de las investigaciones sobre los asesinatos de la M-30.
—Estamos siguiendo una pista —responde discreto.
—¿Cuál?
—La de una organización dedicada, entre muchas otras cosas, al tráfico de drogas, dirigida por un tal Hilario Garza. Creemos que se trató de un simple ajuste de cuentas. En cuanto reúna las pruebas, les pondré en bandeja su cabeza.
Cuando Jotadé regresa a la sala de reuniones, Verónica y Lucas lo miran interrogantes, pero él no está dispuesto a aclarar demasiado.
—¿Qué quería el comisario? —pregunta Melero cuando lo ve sentarse sin decir una palabra.
—Achucharnos para que encontremos a los que mataron a su hija —contesta con expresión neutra—. También estaban el director general y el director adjunto operativo.
—Para que esos dos se dignen a venir por aquí, las cosas tienen que estar revueltas —apunta la oficial Arganza.
—Por lo visto les están metiendo caña desde arriba. —Jotadé mira a Melero—. ¿Has encontrado algo más de Hilario Garza?
Melero teclea y en la pantalla del ordenador se despliegan diferentes informes y sentencias judiciales…