En el mundo hay casi ocho mil millones de personas y hay una hipótesis que sostiene que conoceremos a cinco mil de ellas a lo largo de nuestra vida, pero solo ciento cincuenta causarán un impacto importante en nosotros. Así que, cuando Brice y Lexi se cruzan por primera vez, es imposible determinar en cuál de las dos categorías estará uno en la vida del otro. Sin embargo, lo que sí puedo asegurar es que su encuentro tiene lugar en la Universidad de Weston y, si nos ponemos precisos, en el campus de la facultad de Química.

Es la sesión de bienvenida para los nuevos alumnos de este curso. La decana ha decidido reunirlos a todos en el hall del edificio para darles la oportunidad de que establezcan sus primeros vínculos, ya sea con sus futuros compañeros, amigos, parejas o… ¿Por qué no? Enemigos.

No olvidemos que pueden pasar muchas muchas cosas durante estos cuatro años de carrera.

Pero centrémonos en lo que hemos venido.

Por la puerta principal aparece Lexi, con sus rasgos asiáticos y su melena negra en un recogido igual de impecable que su vestimenta. Tanto que, conociéndola, seguro que la ha elegido meticulosamente.

La confusión tiñe su rostro al percatarse del poco movimiento en la sala y es cuestión de segundos para que deshaga sus pasos hasta el cartel de la entrada, cuyo mensaje es claro: PRESENTACIÓN + TOUR PARA LOS ALUMNOS DEL PRIMER AÑO. Y justo abajo hay una flecha que señala el interior y la hora de inicio.

—Quizá es demasiado temprano —murmura para sí misma, comprobando la hora en su móvil.

Tras una respiración profunda entra de nuevo al hall. Esta vez, recorre el perímetro de la estancia mirando los folletos informativos de los diferentes clubes y actividades extrauniversitarias hasta sentarse en un banco.

Le disgusta la idea de tener que esperar y su postura delata sus nervios. Mientras tanto, su mente da vueltas y vueltas a sus preocupaciones.

Quiere causar una buena impresión a todos y cada uno de los profesores con los que se cruzará durante el día. Es su primer año, lo que en su diccionario significa ser una don nadie, una hoja en blanco lista para ser rellenada y siente la presión de tener que demostrar a todos su valía.

Por su parte, la entrada de Brice es un poco más caótica. Un torbellino que irrumpe en el orden de la sala. Claro, no llega tarde, pero sí justo. Todo porque decidió que hoy era un buen día para desviarse y probar un nuevo camino para llegar a la universidad. Como veis, es de esos que toman decisiones sin meditarlas demasiado y rara vez se arrepiente de ellas.

Varias personas giran la cabeza hacia él cuando se abre camino entre la multitud. Se choca con varios hombros, pero la gran sonrisa en su rostro y el «perdón» que lanza de sus labios hace que nadie pueda enfadarse con él. Brice domina el arte de caerles bien a todos.

Cuando encuentra su grupo, se coloca detrás de sus compañeros con total despreocupación. Se lleva las manos a los bolsillos mientras escucha el discurso de su profesora asignada. Todo él transmite alegría porque se ha asegurado de que así sea y ha enterrado sus problemas tres metros bajo tierra. Ya pensará en ellos en otro momento. O quizá los olvidará.

Sea como sea, su atención está puesta en el presente, en lo  que significa un nuevo comienzo para él. Aire fresco. Y puede que en algo más, mejor dicho, alguien.

—En esta vitrina tenemos un ejemplar de la primera edición de The Sceptical Chymist, de Robert Boyle. ¿Alguien me puede decir la importancia de esta obra para la historia de la química? —pregunta Margot, quien se ha presentado como la coordinadora de una asignatura que no van a cursar hasta tercero de carrera—. Vamos, podéis hablar. No muerdo.

Brice mira por encima del silencio que se ha formado entre sus compañeros y levanta la mano con la intención de responder. Sin embargo, termina por colocarla detrás del cuello porque alguien se le adelanta.

—Boyle sentó las bases de la química moderna y en esa obra negó la teoría de que la materia estaba formaba por los cuatros elementos que defendía la alquimia.

—Así es. —La mujer sonríe satisfecha—. Y usted se llama…

—Alexa Wang.

—Un placer, señorita Wang. Y, ya que estamos, ¿sabe cuáles eran los cuatro elementos?

—Tierra, fuego, aire y agua.

La pequeña intervención hace que Lexi capte todas las miradas, pero, cuando Margot retoma su explicación, recupera la atención de los alumnos. De todos los alumnos, excepto de uno, Brice. Él camina a su lado mientras avanzan por los pasillos y la observa con curiosidad.

—¿Estás apuntando cada palabra que sale de su boca? —rompe el hielo Brice. Lexi lo ignora, a pesar de saber perfectamente que se está dirigiendo a ella. Es la única del grupo con una libreta y un bolígrafo en la mano. Ante la falta de respuesta, él añade—: Vaya, sí lo estás haciendo.

—¿Algún problema con que lo haga? —contesta cortante, sin levantar la cabeza del papel. El gesto no consigue que Brice la deje tranquila, más bien provoca todo lo contrario. Ahora ha aumentado su necesidad de querer caerle bien.

—No. Ninguno. Aunque, aquí… —Brice repasa con el dedo la última frase que ha escrito con una sonrisa—, se te ha pasado apuntar la respiración profunda que acaba de hacer.

Lexi baja la libreta de golpe y se gira hacia él con una mirada de pocos amigos que deja bastante claro que su comentario no le ha divertido en lo más mínimo.

En un primer momento, no puede evitar fijarse en el atractivo del chico y pasa un microsegundo, no, un nanosegundo, admirándolo. Luego, agita la cabeza para recuperar la concentración.

—No ha sonado tan gracioso como crees.

—Pues en mi cabeza ha sonado genial —dice Brice, manteniendo su sonrisa radiante—. Tal vez el problema no soy yo…

—¿Qué insinúas?

—Nada. —Se encoge de hombros, inocente.

—Venga, dilo.

—Puede que el sentido del humor de alguien no funcione demasiado bien.

La expresión de Lexi se endurece; el comentario le ha molestado. Y Brice acaba de pasar a forma parte de su lista de personas no gratas.

Aunque yo estoy de acuerdo con Brice. Y Lexi también lo estaría si no se lo tomara todo tan en serio. Para ella, el primer día es importante y no deja espacio a bromas de un graciosillo que no ha hecho más que irritarla.

—Mi sentido del humor está en perfecto estado.

—He dicho alguien. No me estaba refiriendo a ti.

—Claro que no —murmura Lexi, poniendo los ojos en blanco. Ella retoma su labor de tomar notas cuando ve que Brice no tiene intención de alejarse—. ¿Tienes algo más que añadir?

—Ahora que lo dices… ¿No crees que es un poco inútil estar tomando notas? Ni que fueran a evaluarnos de esto. Además, te estás perdiendo de los detalles del tour.

—Que nadie tome nota no significa que no sea importante. ¿Y quién te dice que no me estoy fijando en los detalles? —Levanta la mano para señalar la estancia. Trata de ocultar la sorpresa al darse cuenta de que están en otra sala diferente.

—Ni siquiera te paraste para mirar el ejemplar de The Sceptical Chymist.

Lexi abre la boca para replicar, pero no se le ocurre nada porque Brice está en lo cierto. Ha estado tan centrada escribiendo que no ha prestado atención a muchas cosas, aunque se niega a admitirlo.

—Estoy segura de que tendré tiempo de sobra para fijarme en los detalles durante los cuatro años que voy a pasar aquí.

—También lo podrías hacer ahora y evitar que tu único recuerdo del primer día de universidad sea estar escribiendo en una libreta. Algo muy deprimente si me permites opinar.

—Suerte que no te esté pidiendo opinión. Pero para mi desgracia tendré que añadir a ese recuerdo a alguien que por algún motivo quiso molestarme.

Brice dibuja una sonrisa torcida mientras Lexi frunce el ceño, cuestionándose qué le ha resultado tan gracioso de sus palabras. No le da más vueltas y retoma sus notas de nuevo. Él suelta un par de comentarios más que hacen que ella quiera ponerle un esparadrapo en la boca.

Pero, cuando llega al final de la sesión de bienvenida, también llegamos al final de su pequeña coincidencia y de ellos. O quizá no del todo, porque un pajarito me ha asegurado que uno de los dos volvió a casa pensando en el otro. Así que aún hay esperanzas de que sea uno de esos finales que dan cabida a segundas partes.

Solo el destino lo decidirá. O yo.

Firmado (os quiere):

NO SOY CUPIDO

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1

Un año después

Queda una semana aún para que comiencen las clases oficialmente, pero aquí estoy yo, caminando en círculos delante de la universidad.

Son las once, quedan veinte minutos para que sea mi turno. El corazón me va a mil y me tiembla el pulso. Repaso por milésima vez las tarjetas para comprobar que me sé el discurso a la perfección. Tomo una respiración profunda y entro de una vez por todas al edificio.

A principios de año, publicaron la convocatoria de unas prácticas voluntarias para los estudiantes de segundo año de Química. A simple vista parecían otras de las típicas prácticas del montón que ofrece la universidad para obtener créditos extra, pero estas eran más que eso: entre todos los alumnos aceptados, elegirían el perfil más apto para ofrecerle una beca de colaboración de diez meses en AT Labs, uno de los mejores laboratorios del país; conocido por su desarrollo de tecnologías capaces de mejorar los sistemas analíticos actuales. Solo para daros un ejemplo, crean métodos automáticos usados en el ámbito clínico para descartar patologías de manera rápida y con un coste muy bajo. También, tienen una línea de investigación abierta sobre los métodos de screening basados en sensores bioquímicos que me llama especialmente la atención.

Sin duda, se trataba de una oportunidad única para mejorar mi currículum académico que no podía dejar escapar, pero, sobre todo, era una oportunidad para conseguir que mis padres estén orgullosos de mí. Envié la solicitud sin pensármelo dos veces y hace dos semanas recibí un correo informándome que era una de las candidatas para la última fase de selección.

Así que sí, la entrevista de hoy es decisiva y necesito superarla para entrar a la verdadera competición.

Compruebo dónde está el despacho del doctor Smith en el correo y me acerco a los carteles para buscar el departamento de Química Analítica.

Planta 2, ala C, número 202.

Subo las escaleras que dan a la segunda planta y me quedo parada sin saber hacia qué pasillo ir. En serio que deberían modernizar estas señales tan confusas porque me parece increíble que me siga perdiendo, estando en mi segundo año de carrera. Pero, después de equivocarme un par de veces y preguntar a una profesora que me encuentro por el camino, entro por unas puertas con un cartel que indica: PROHIBIDA LA ENTRADA DEL ALUMNADO.

Hay varios despachos y el 202 no está muy lejos. Me siento en uno de los bancos pegados al ventanal de cristal.

Diez minutos más.

Saco las tarjetas de nuevo y las releo otra vez…

Me las sé como la palma de mi mano, pero, si me quedo esperando sin hacer nada, me pondré más nerviosa de lo que estoy.

Por fin, la puerta por la que he entrado hace unos segundos se abre y levanto la vista.

Acaba de entrar un chico rubio, con un aspecto bastante desaliñado, como si hubiera salido de casa corriendo con prisa.

El ligero movimiento de cejas delata que no esperaba mi presencia aquí. Pero se recompone rápido porque al segundo dibuja una sonrisa medio torcida en su rostro, haciendo que aparezca un hoyuelo en el lado izquierdo de su mejilla. No puedo evitar que me moleste un poco la asimetría. Aunque lo que realmente capta mi atención es su forma de mirarme, como si me conociera de algo, y eso me desconcierta porque yo no lo recuerdo. ¿Quizá nos hemos cruzados alguna vez en los pasillos de la facultad?

—Hola —saluda alegre y se sienta a mi lado.

No contesto, mi mirada sigue fija en él mientras estudio su rostro en busca de algo que me resulte familiar. Sin embargo, lo único que consigo es que sus ojos marrones claros me miren con perplejidad.

—Hola —carraspeo y vuelvo a centrarme en mis tarjetas. Sea quien sea, no importa en estos momentos. Lo que debo hacer es aprovechar los minutos que quedan para dar un último repaso a mi discurso. Nada puede salir mal.

Paso las tarjetas de una en una. Pronto noto su mirada clavada en mí y me remuevo en mi sitio algo incómoda. Espero que desvíe su atención, sin embargo, pasan los minutos y parece que se ha acercado incluso más. Me giro hacia su dirección y nuestras miradas se encuentran, delatándole. Se incorpora de golpe.

—¿Puedes dejar de mirarme? ¿O al menos disimular un poco más?

—Oh, lo siento. —Se lleva una mano al cuello, avergonzado—. No quería incomodarte, solo tenía curiosidad por saber qué estabas leyendo—. Señala mis tarjetas con un movimiento de barbilla. Inconscientemente, las pongo boca abajo—. No sabía que una sola persona podía acumular tantas matrículas de honor —comenta divertido.

Obviamente las ha leído. Hago un esfuerzo por no poner los ojos en blanco. Pero está claro que me ha molestado su gesto y la sonrisa que hay en su rostro solo lo empeora más. Es como si le encontrara algo gracioso a mis logros. ¿Acaso tiene mejor expediente que el mío?

—Supongo —digo cortante mientras le doy la espalda para continuar con mi repaso. Cualquiera entendería que es una indirecta muy directa de que la otra persona no quiere seguir hablando contigo, pero a él no debe parecérselo porque abre la boca de nuevo.

—Y estás aquí también por las prácticas, ¿no?

Vaya pregunta más estúpida. Literalmente no hay ni un alma en estos momentos en la universidad a excepción de las personas que ha convocado el doctor Smith.

—Ajá…

—Quizá terminemos siendo compañeros de laboratorio. Aunque no sé si al doctor Smith le gustará tanto mi discurso improvisado después de oír el tuyo—. Hace una pausa. Siento que espera a que me ría, pero no lo hago. Así que prosigue—: Por cierto, no me he presentado antes, soy Brice. Y tú…

En ese momento, el sonido de la puerta al abrirse lo interrumpe. Los dos nos giramos para mirar a la chica que sale del despacho. A punto de echarse a llorar.

—Alexa Wang, cuando quiera, puede usted pasar —llama el doctor Smith.

Me pongo de pie de golpe y cierro la puerta de madera en la cara del cotilla de ojos castaños, quien me sonríe de nuevo. Es como si no pudiera evitarlo y a mí me empieza a parecer irritante.

Tras una respiración profunda dejo de pensar en él y me alejo de la puerta con cierta inseguridad. Que ella haya salido llorando no significa que vaya a hacerlo yo también. No hay de qué alarmarse, me repito a mí misma.

La estancia es pequeña y los muebles antiguos. Hay estanterías de un tono marrón bastante desagradable a ambos lados de la pared; están repletos de libros y algún que otro material de laboratorio, pero de esos antiguos que se nota que solo están de decoración. También hay una cafetera medio llena en una de las esquinas. El escritorio del doctor está justo al fondo y sobre este hay un ordenador gigante de última generación. Un contraste de lo más curioso. Está claro que el intento de modernización de la universidad que se hizo hace años no llegó a todas partes.

El doctor Smith, un señor de mediana edad con pelo gris y largo, pero no el suficiente como para disimular su creciente calva, me sonríe detrás de sus gafas y hace un gesto con la mano para que me siente en uno de los sillones delante de su escritorio.

Inicia la entrevista contándome el funcionamiento de las prácticas y explicándome el proceso de avaluación, cosas que ya sé, así que me dedico a asentir y a devolverle una sonrisa.

Es de esos profesores enrollados y que parecen que están felices siempre. En contra de mi voluntad, la cara sonriente de ese chico aparece en mi mente. Sacudo la cabeza para hacer desaparecer esa imagen.

—¿Está bien, señorita Wang? —Le miro perpleja.

—¿Disculpe?

—Ha puesto usted mala cara. ¿He dicho algo que…?

—Una mosca —le interrumpo de golpe. Agito la mano frenéticamente delante de mi cara—. Que se me ha metido una mosca en el ojo.

¿Una mosca? ¿En serio, Lexi? ¿No se te ha ocurrido nada mejor?

El doctor Smith asiente dubitativo y continúa con su monólogo.

Finalmente, me pide que le hable de mí.

Sonrío satisfecha. El momento para el que me he estado preparando estos últimos días. Así que le comienzo a contar desde el principio, de mi etapa de secundaria, de mi primer año en la carrera, de mis impresiones, de mis matrículas de honor y, por último, nombro a algunos profesores que me han felicitado por mi gran trabajo en su asignatura. Cuando me dice que sabe quiénes son, mi yo interior da un salto de alegría. Pienso que todo va sobre ruedas hasta que el doctor Smith abre la boca al terminar mi discurso.

—Todo lo que me ha contado está muy bien, me parece usted una joven entusiasta con un currículum sorprendentemente completo para su edad.

Me pongo tensa. Sé que va a poner un pero antes de que lo diga siquiera. Siempre que alguien comienza alabando tus cualidades es porque va a añadir algo negativo. Es como si intentaran evitar que te sientas tan mal.

—Pero… —lo que decía— ya estoy al corriente de todo lo comentado; me he leído su expediente académico antes de convocarla a esta reunión. Lo que verdaderamente me gustaría saber es cuál es el motivo detrás de su interés por llevar a cabo estas prácticas.

Me tomo unos segundos para elaborar mi respuesta.

—Como le escribí en la solicitud, creo firmemente que estas prácticas son una gran oportunidad para formarme como futura profesional del ámbito y…

—Efectivamente —me interrumpe—, eso mismo dijo usted también en la solicitud. Me temo que no me he expresado bien, así pues, le reformularé mi pregunta: ¿qué le impulsa a querer esta oportunidad? ¿Por qué cree que debería elegirla a usted y no al otro joven que espera enfrente de mi despacho?

Otra vez él.

—Mmm…

Mi mente se queda en blanco. Pasa un segundo. Dos. Tres. El doctor Smith me mira expectante a la espera de una contestación, pero estoy sin palabras. Entonces, junta las manos sobre la mesa y niega con la cabeza. En definitiva, no es una buena señal.

—Bueno, señorita Wang, daré por finalizada nuestra entrevista. Déjeme acompañarla a la salida —estira el brazo, invitándome a ponerme de pie.

No. No. No.

Rodeo con más fuerza el reposabrazos del sillón.

Esto no puede terminar así. Necesito arreglarlo. Sé que puedo hacerlo. Tengo que inventarme algo que dé la vuelta a la situación. Entreabro mis labios.

—Pero… —lo intento de nuevo—. Yo…

La puerta del despacho se abre y Brice se pone de pie. Cruzamos miradas. Me obligo a soltar la silla y ponerme de pie.

—Señor Evans, es su turno.

Brice se dispone a entrar al despacho mientras yo salgo. Cruzo la estancia en un estado de piloto automático. Mi cerebro no logra procesar lo que acaba de ocurrir. Se niega a creer que no he pasado la entrevista, que he perdido la oportunidad de la beca.

El mundo se me viene encima. Todos mis planes para este semestre se desvanecen. Todo el tiempo invertido se va por la borda.

Una vez en el pasillo, el doctor Smith añade:

—Y, señorita Wang, piense en mis palabras. —Tras eso, camina de vuelta a su silla.

Brice procede a cerrar la puerta y lo último que veo es su estúpida sonrisa. Ahora mismo me dan ganas de arrancársela de un golpe. Debe de estar contento con mi fracaso.

Me siento en el banco y apoyo la cabeza entre las manos.

No lo entiendo. Me he informado sobre estas prácticas, tengo un expediente increíble y he dicho exactamente lo que se supone que quería oír, lo que le gustaría oír a cualquier profesor en su posición.

«¿Qué le impulsa a querer esta oportunidad?».

Qué más da. Lo importante es que soy apta para ocupar una de las seis plazas. ¿Qué pretendía que respondiera? ¿Que estoy aquí porque quiero cambiar el mundo? Oh, vamos, estoy segura de que los otros seleccionados lo único que quieren también es conseguir los créditos extra y trabajar en ese dichoso laboratorio.

Estoy dolida, enfadada, triste, decepcionada.

Salgo de la universidad con la vista nublada. Llego a la parada del bus. Se me caen unas lágrimas y me las seco de inmediato. Estoy bien. Igual tampoco deseaba tanto estas prácticas si no supe responder a esa pregunta tan tonta del doctor Smith.

Mi móvil suena con una llamada entrante de mi madre. Lo silencio. No quiero hablar con nadie y lo último que necesito es que ella se entere de lo que me acaba de pasar. Estaría muy decepcionada en estos momentos. Hice bien en callarme que me inscribí a estas prácticas.

Cinco minutos más tarde.

Ocho llamadas perdidas.

Varios mensajes no leídos.

Me seco las lágrimas y me aclaro la voz antes de devolverle la llamada.

—Estoy sana y salva, mamá.

—Dios mío, Lexi, por fin me respondes. Pensé que te había pasado algo malo, que habías tenido un accidente con el avión. —Me la imagino sujetándose el pecho con la mano. Esbozo una leve sonrisa—. No vuelvas a darme estos sustos nunca más, la próxima haz el favor de llamarme nada más aterrizar.

Mierda. La llamada que habíamos acordado. Se me ha olvidado completamente.

Cogí el primer vuelo a Weston para llegar a tiempo a la entrevista y con los nervios no he pensado en nada más que en llegar a la universidad lo antes posible.

—Lo siento…, me puse a limpiar el piso y a hacer la compra y he perdido la noción del tiempo —miento.

Es una excusa terrible. Tendría que haber dicho otra cosa, es físicamente imposible que haya dedicado más de tres horas en hacer esas dos cosas.

La línea se queda en silencio. Supongo que está analizando mis palabras y está dudando si creerme o no. Deseo con todas mis fuerzas que no me insista más con el tema.

—Seguro que sí —dice dubitativa—. De verdad que no entiendo por qué te has ido ahí tan temprano cuando las clases no empiezan hasta la semana que viene.

—Ya te dije, quería venir con tiempo y hacerme a la idea de estar sin vosotros de nuevo. —La oigo carraspear al otro lado de la línea.

—¿Y cuándo me dijiste que llegaba Beth?

Elisabeth, o, como todos la llaman, Beth, es mi mejor amiga y también compañera de piso desde hace un año.

—Dentro de dos días.

—¿Dos días aún? Es que tendría que haberme ido contigo, no me tuve que haber dejado convencer por ti y por tu padre.

—Deja de preocuparte, mamá, que ya tengo diecinueve años. Estaré bien. Ya estuve un año viviendo fuera y no me ha pasado nada.

—Aún —remarca. Me abstengo de bufar. Entiendo que se preocupe por mí, pero a veces exagera demasiado—. ¿Seguro que estás bien? Te noto un poco baja de ánimos.

—Estoy bien. Solo estoy un poco triste por estar lejos de ti y de papá —miento otra vez. Me siento fatal haciéndolo, pero contarle la verdad solo la preocuparía más y es lo último que quiero ahora.

—Sabes que, si quieres, me puedo subir ahora mismo al próximo avión a Weston para estar ahí contigo hasta que llegue Beth, ¿no?

—Lo sé…, pero no será necesario. Bueno, te dejo, que ya estoy llegando al piso. Te quiero —apresuro a terminar con esta llamada antes de que comience a hacerme un montón de preguntas más.

—Yo también, pequeña. Cuídate mucho y recuerda: para cualquier cosa que necesites estoy a una llamada o un avión de distancia.

—Que sí…

Entonces cuelgo y vuelvo a la realidad.

El doctor Smith casi me ha echado de su despacho.

No he conseguido las prácticas.

Seguro que se las ha quedado el tal Brice, el fisgón caradura de sonrisa perenne.

Soy una decepción.

Llego al piso y me paso lo que queda del día con ese pensamiento. Reproduciendo los minutos que estuve en el despacho del doctor una y otra vez, repasando cada una de las palabras que salieron de mi boca.

Hacia allá de las ocho de la noche, me llega un mensaje de Beth con una captura de pantalla.

Beth

Mira lo que han subido, tía !!! Algo me dice que este semestre va a ser la bomba, que este va a ser nuestro semestre

Nos vemos en dos días, mientras tanto no me eches mucho de menos

Abro la captura y pongo los ojos en blanco. Otra vez la obsesión de Beth: @Nosoycupido.

nosoycupido El amor está a punto de volver al campus . La cuenta atrás ha comenzado #TicTacTicTac

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2

Mis padres han vivido gran parte de sus vidas en Inglaterra, pero no son de aquí. Se criaron en el sur de Jiangsu, una provincia de China, y se conocieron a través de unos amigos en común. Una historia bastante típica. Aunque sus vidas dieron un giro total cuando decidieron emigrar a un pequeño pueblo costero de Inglaterra, buscando una mejor vida y más oportunidades. Siempre admiraré la valentía que tuvieron. No dominaban el idioma del todo y aun así consiguieron abrir un pequeño restaurante de cocina asiática, después de haber estado trabajando sin descanso para ahorrar el dinero suficiente.

Entonces, me tuvieron a mí.

Recuerdo que pasé gran parte de mi infancia en ese restaurante, viendo a mis padres ir de un lado para el otro y cerrando a las tantas de la madrugada. Sus vidas se resumían en trabajo y más trabajo y, a pesar de estar tan ocupados, siempre intentaban pasar el máximo de tiempo conmigo. Sin embargo, a mi yo de entonces no le parecía suficiente. No entendía por qué no podían tomarse un descanso, llevarme de vacaciones o de camping como hacía los padres de los otros niños.

Con la edad lo fui entendiendo y también las cosas cambiaron: el negocio iba viento en popa y se permitieron contratar a más personal. Ya no era solo ellos y, por fin, podían relajarse.

Por esa misma época comencé primaria y tuve la gran suerte de conocer a una niña de cabello color miel y ojos marrones llamada Beth, que con el tiempo se convertiría en una de las personas más importantes de mi vida. Doce años después, sigue siendo mi mejor amiga. Y está a punto de descubrir que llego tarde a buscarla.

Estoy en la terminal uno del aeropuerto, corriendo como una desquiciada porque me fui a la terminal dos por equivocación. Llego a la puerta de salida sin aire en los pulmones.

Diviso a mi mejor amiga entre la multitud al lado de una columna y sentada encima de su maleta. Agito las manos para llamar su atención y, en cuanto me ve, sale disparada a mi dirección para envolverme en un caluroso abrazo.

—Te he echado tanto de menos —dice Beth.

La última vez que nos vimos fue hace dos semanas, cuando vino a cenar a casa antes de irse de crucero por el mediterráneo. Sus padres la habían obligado a ir para que pudiera pasar tiempo con sus abuelos, que habían venido desde la isla a visitarlos. La verdad es que ha sido extraño no haberla visto casi cada día durante este tiempo porque nuestras casas están a dos calles de distancia.

—Y yo también. —Deshago el abrazo—. Ese bronceado te sienta genial.

—¿A que sí? —Se mira los brazos—. Tantas horas en la tumbona ha dado sus frutos —suelta una risita.

—¿Qué tal el vuelo?

—Agotador. Esto de bajar del crucero e irme corriendo a coger un vuelo para venir aquí ha sido la peor decisión que he tomado en mucho tiempo y sabes que suelo tomar muchas malas decisiones —dice remarcando esto último—. Ahora solo necesito tumbarme en el sofá y no moverme durante un par de días.

Llamamos a un taxi para llegar antes y no tener que ir arrastrando en transporte público las dos maletas de veinte kilos que ha traído mi amiga. Estamos delante del piso en cuestión de media hora y lo primero que hace Beth al entrar es, efectivamente, desplomarse en el sofá.

Este será nuestro segundo año viviendo juntas. Debo admitir que me alegré mucho cuando Beth me dijo que iba a estudiar en la misma universidad que yo. En ese momento, el nudo que se me había formado por la idea de tener que irme a una ciudad nueva sin conocer a nadie se aflojó. Estaba tan agradecida de su decisión que por poco monto una fiesta. Y eso es mucho decir, dado que la última fiesta que hice fue en segundo curso, cuando pensé que sería una gran idea ir a los recreativos de la señora Donnie Davies, donde hice varios descubrimientos: la fobia a los payasos puede presentarse a cualquier edad, gritar a pleno pulmón en una fiesta «¡huid, insensatos, el payaso viene a por nosotros!» no da lugar a reacciones tranquilas entre niños de siete años y que, tal vez, la gestión de la ansiedad social no es mi punto fuerte. Tampoco el del payaso. Tengo entendido que ahora se dedica a la venta de seguros de coche.

Comenzamos nuestra búsqueda de piso de inmediato y tras largas noches navegando por páginas y páginas encontramos el que ahora es nuestro hogar: unos pocos metros cuadrados situados entre nuestras dos facultades. No es muy grande, pero tiene el espacio suficiente y mucha personalidad. Nada más entrar, te encuentras el salón con acceso a una cocina abierta. También hay una mesa con sillas para comer. Luego ves dos puertas que dan a nuestras habitaciones, otra que lleva al baño y, por último, la de cristal, por la que se sale a un minúsculo balcón.

Tenemos guirnaldas de luces colgadas alrededor del televisor y cojines coloridos que no combinan entre ellos tirados sobre el sofá. También tenemos una estupenda alfombra del salón, también conocida como el bolsillo de Doraemon, porque tiene manchas de cosas inimaginables

Este miniapartamento con vistas a una callejuela que compartimos con una pandilla de tres gatos medio salvajes ha sido un oasis para las dos. Solo ha pasado un año, pero los recuerdos se amontonan: Beth invadiendo mis noches de estudio para hablarme de su último ligue mientras se atiborra a galletas tumbada sobre mi cama; yo riñéndola al descubrir mis sábanas llenas de migas; concursos de baile improvisados mientras hacemos la limpieza con música de fondo, o maratones nocturnas de cine francés que, por mucho que yo insista en lo genial que es, a Beth sigue pareciéndole demasiado pretencioso y me asegura que sus k-dramas le dan mil vueltas. Al cruzar la puerta a su lado, me doy cuenta de que, sin haberla buscado ninguna de las dos, hemos creado un hogar y ahora, por fin, vuelve a estar completo.

Ruedo las maletas hasta el cuarto de Beth y me tumbo a su lado mientras me pone al día sobre el crucero. Sus observaciones sobre los complejos rituales románticos de los abuelos que van de crucero dan para un documental, o para una comedia. Y, mientras la escucho, olvido por unos momentos mi fracaso monumental de los últimos días.

Los días que nos quedan pasan volando y en un abrir y cerrar de ojos ya estamos poniendo la alarma para despertarnos al día siguiente para nuestro primer día de clase.

Son las siete de la tarde, hemos pasado todo el día encerradas en el piso. Yo he estado leyéndome los planes docentes de cada asignatura, mientras que Beth… Lo cierto es que no tengo ni idea de lo que ha estado haciendo. Lo único que sé es que se ha pasado horas sin soltar el móvil, este casi se ha convertido en una extensión más de su brazo.

—Levi me ha dicho que los de Veterinaria van a organizar una fiesta el primer jueves para celebrar el comienzo del nuevo semestre, ¿te apuntas?

Está sentada en la pequeña encimera que usamos de isla. Tiene el móvil sobre el mármol y no deja de recargar algo cada cierto tiempo.

No le hago mucho caso y sigo fregando los platos sucios que dejé del mediodía.

—Creo que voy a pasar, prefiero quedarme en el piso y así me pongo al día con las asignaturas.

—Pero qué dices… Apenas será la primera semana de clases —me mira como si estuviera loca—. Literalmente no vas a tener nada de lo que ponerte al día.

—Siempre hay algo —le aseguro—. Pero te acompañaré a la siguiente que organicen.

—Eso dijiste el año pasado y solo fuiste a una. Bueno, no sé si aparecer a los cinco minutos de empezar, beberte un agua mineral, quejarte de que podrías estar aprovechando el tiempo mucho mejor en otra parte y desaparecer a la media hora cuenta como acompañarme a una fiesta. No sé, digo yo.

—Lo importante es que fui.

—En serio, Lexi, estás obsesionada con la carrera: «Necesito más créditos», «Tengo que hacer ese trabajo voluntario», «Voy a apuntarme a esto porque estará no sé quién de no sé cuál laboratorio» —me imita—. ¡Vamos! Disfruta de la vida universitaria, relájate un poco, que ya te estresarás cuando te mueras.

—En primer lugar, ¿ya me estresaré cuando me muera? Tu nivel de absurdo está a la altura del Sombrerero Loco. Y, en segundo lugar, ya la disfruto haciendo cosas que me benefician…

—Pero que no te gustan —interrumpe.

—Y que me gustan —remarco—. Estoy bien como estoy.

Y es verdad. Entrar en la carrera de Química ha sido lo que siempre he querido. El objetivo que he perseguido desde la secundaria. Y al fin lo he conseguido. ¿Cómo no me va a gustar?

Aún recuerdo las caras de orgullo de mis padres cuando les dije que me habían admitido. Soy la primera de la familia en ir a la universidad. Así que no es de extrañar que estuvieran semanas celebrándolo y gritándolo a los cuatro vientos. Todo el pueblo se enteró, creo que mi madre aún conserva por algún lado la pancarta que colgó en el restaurante.

—Si tú lo dices —suena recelosa—. Mientras tanto, tengo hasta el jueves para convencerte de que te vengas conmigo —me guiña un ojo.

Termino de secar los platos que me quedan y los guardo en el armario.

Beth sigue en el móvil y la curiosidad me puede. Rodeo la isla y me pongo detrás de ella.

—Llevas todo el día pegada al móvil. ¿Estás comprando entradas para ver a Taylor Swift?

—Ya quisiera yo.

—Déjame ver. —Me enseña la pantalla.

Es la cuenta de Instagram de Nosoycupido. ¿Cómo no? Lleva desde que empezamos la universidad hablándome de ella sin parar. Está obsesionada. Pero mucho. Aún me acuerdo del día que la descubrió: vino de la universidad emocionadísima y diciendo que me iba a enseñar algo brutal. Me hizo sentarme en el sofá y hasta abrió la página con el portátil para que pudiera apreciar mejor la joya que había encontrado. Lo sé, Beth a veces exagera mucho. Bueno, siempre exagera mucho, para ser sinceros. Luego, se tiró el mes entero hablándome de todo lo que estaban subiendo.

—Cuándo lo piensan subir… —recarga el feed de la cuenta sin parar. Lanza el móvil sobre la encimera derrotada. Se gira hacia mí—. ¿Por qué no estás tan emocionada como yo? ¿Acaso no quieres saber quiénes son las dos parejas elegidas?

La verdad es que un poco sí, y todo por culpa de su mala influencia. Aunque sigo pensando que es una estupidez. El anónimo detrás de la cuenta se llama a sí mismo «Cupido» y promete encontrar a tu alma gemela basándose en un simple formulario. Has leído bien, un formulario, como de esos de spam que te llegan al correo electrónico y nunca respondes. Pero ahí no se queda la cosa. Después de responder a ese formulario con preguntas que técnicamente le ayudarán a analizarte —y para vender tus datos a alguna empresa de mala muerte— y juntarte con alguien que sea compatible contigo al 100 por ciento, solo deciden formar dos parejas cada semestre. A partir de eso, les organizan una serie de citas para crear momentos en los cuales las parejas puedan conocerse e interactuar, teniendo en cuenta que solo existe un Nosoycupido en toda la Universidad de Weston y pueden juntar a personas de diferentes facultades. Y la guinda del pastel es que muestran a sus seguidores cada uno de los movimientos y avances de la pareja. O sea, intimidad 0. Jamás entenderé a las personas que se inscriben voluntariamente a eso.

—Aunque te diga que no, sé que me lo dirás igualmente.

—Cierto. —Va a la nevera para coger su botella de agua—. Ojalá ser una de las afortunadas —suspira.

Sí, Beth es de esas personas que se inscriben voluntariamente. De hecho, lleva varios semestres seguidos haciéndolo desde que decidimos venirnos a estudiar aquí, pero aún no ha tenido suerte.

—Ojalá, y ojalá que cuando estés dentro te des cuenta de que es mentira lo que prometen. Y entonces te soltaré un «te lo dije».

—Pues cuando encuentre al amor de mi vida gracias a Cupido te lo soltaré yo —me mira desafiante.

Niego con la cabeza y dejo que viva en su fantasía. Aunque no quiera creerlo, sigo pensando que no eligen a las parejas al azar y probablemente contraten a esa gente para montar el espectáculo.

Me dirijo al sofá, dispuesta a sumergirme en un artículo académico, pero, apenas me siento, suena el móvil de Beth con una notificación. Deja la botella de agua y se lanza a cogerlo.

Mi móvil también suena segundos después. Una notificación de Nosoycupido. Frunzo el ceño. Qué extraño, si no sigo a la cuenta.

—¡Ya están! —grita dando saltitos—. Ya lo han publicado… —Esta última parte de la frase la dice con un tono más de duda.

Vuelvo a mi móvil y abro mi notificación. Me lleva a mi cuenta de Instagram.

«Nosoycupido te ha etiquetado en una foto».

Abro el mensaje y me quedo sin palabras.

Me levanto de golpe y voy corriendo a enseñarle la pantalla a Beth. Ella hace lo mismo. Me mira conteniendo la emoción. La miro con horror.

Mi cara está en la foto.