21El abuelo Manolo heredó el oficio de su padre e hizo crecer el negocio de la fontanería. Y fue poeta aficionado. A él le oyó la escri-tora los primeros versos de su vida. Pero, sobre todo, aquel hombre hacía algo que Almudena supuso que hacían todos los abuelos y que, sin embargo, después descubrió que era excepcional: la escuchaba.Como los abuelos paternos vivían muy cerca de su casa, en el 92 dela calle Fuencarral, en un edificio que decía la escritora que podía confundirse con el escenario de las novelas madrileñas de Galdós, tenían mucha relación con ellos, y Almudena y Manolo daban largos paseos por la ciudad, pero también por la sierra, por Becerril, donde la familia tenía una casa de verano y convivían todos juntos. Recuerda Almudena que su abuelo le hacía preguntas: «¿Qué pien-sas de Hernán Cortés, Almudena?», «¿Qué te parece que se talen los pinos?». Y ella respondía. Y el abuelo escuchaba y repreguntaba. Conversaban. Y el hombre se tomaba en serio a la niña. La debilidad que sentían el uno por el otro era recíproca. Almudena fue la primera nieta, la primera sobrina, la primera hijade sus padres. Y era una niña brillante, simpática y graciosa. Dice su tía Lola, hermana de su padre, catorce años mayor que ella y de la quesiempre sería muy amiga, que era una niña entrañable: «Para comér-sela». Los fines de semana, mientras las mujeres se sentaban alrededor de la mesa camilla de la casa de Fuencarral a charlar en susurros y los hombres veían el partido, a los niños de los Grandes los mandabana dibujar a otra habitación. Sus hermanos pintaban casas y cercas, nubes y niños montando a caballo. Pero a Almudena, que intentaba imitarlos, se le daba mal el dibujo y se aburría. Así que una de las mujeres de la familia, su madre, su abuela o su tía abuela Charo, le dijo: «¿Y por qué no escribes, si te gusta tanto leer?». La niña aceptó la sugerencia y comenzó a escribir un cuento que duraba los noventa minutos que duraba el partido, y que nunca terminaría porque lo re-tomaba cada fin de semana, una y otra vez, corrigiéndolo, reescribién-dolo, empezando de nuevo. «Ya era una novelista insoportablemente neurótica», confesó en una ocasión. Almudena decía que el fútbol la hizo escritora, que fue una niña afanada y sola en la redacción, que así comenzó a ajustar cuentas con el mundo y el destino.