Prólogo
Cavar una tumba es una dura tarea.
Me duele todo el cuerpo. Hay músculos que ni siquiera sabía que tenía que aúllan ahora de dolor. Cada vez que levanto la pala y recojo un poco más de tierra, es como si un cuchillo se me estuviera clavando en un músculo por detrás del omoplato. Creía que ahí solo había hueso, pero obviamente me equivocaba. Tengo una aguda conciencia de cada fibra de mi cuerpo, y todas me duelen. Muchísimo.
Hago una pausa y tiro la pala para darles un respiro a las ampollas que están saliéndome en la palma de las manos. Me seco el sudor de la frente con el dorso del antebrazo. Ahora que se ha puesto el sol, la temperatura ha descendido por debajo de cero, a juzgar por la escarcha que hay en el suelo. Pero he dejado de notar el frío después de la primera media hora. De hecho, me he quitado el abrigo hace casi una hora.
Cuanto más ahondo, más fácil resultar cavar. La primera capa de tierra era casi imposible de atravesar, aunque entonces tenía a alguien que me ayudaba. Ahora solo quedo yo.
Bueno, yo y el cuerpo. Pero este no me será de mucha ayuda.
Miro guiñando los ojos la negrura del hoyo. Parece un abismo, pero en realidad no tendrá mucho más de sesenta centímetros de hondo. ¿A qué profundidad debo llegar? Suelen decir que «a dos metros bajo tierra», pero supongo que eso será para las tumbas oficiales, no para una tumba sin ningún distintivo en mitad del bosque. Aunque como nadie debe descubrir lo que está enterrado aquí, sería mejor cavar más hondo.
Me pregunto a qué profundidad debe estar enterrado un cuerpo para que los animales no puedan olerlo.
Me estremezco cuando una ráfaga de viento enfría la capa de sudor de mi piel. A cada minuto que pasa, la temperatura desciende más. Tengo que continuar. Cavaré un poco más hondo, solo para asegurarme.
Recojo la pala una vez más, y automáticamente todas las zonas doloridas de mi cuerpo compiten para convertirse en el centro de atención. Ahora mismo, la palma de las manos son claramente las ganadoras: me duelen más que ninguna otra cosa. ¡Qué no daría por un par de guantes de cuero! Pero lo único que tengo son esos grandes guantes acolchados con los que resulta difícil sujetar la pala. Por eso debo arreglármelas con las manos desnudas, con ampollas y todo.
Cuando el hoyo era menos profundo, podía cavar sin meterme dentro. Pero ahora la única manera de continuar es desde el interior de la tumba. Estar de pie dentro de una tumba parece de mal agüero. Todos acabamos finalmente en un hoyo como este, pero tampoco hay que tentar al destino. Desgraciadamente, ahora resulta inevitable.
Mientras vuelvo a hundir la hoja de la pala en la tierra dura y seca, mis oídos captan algo. Aparte del viento, hay mucho silencio aquí en el bosque, pero he oído algo, no me cabe duda.
Crac.
Otra vez… Suena casi como una rama al partirse por la mitad, aunque no sabría decir si ha sonado detrás o delante mí. Vuelvo a erguirme y escruto la oscuridad. ¿Hay alguien ahí?
En ese caso, estoy en un terrible aprieto.
—¿Hola? —digo con un ronco susurro.
Nadie responde.
Sujeto firmemente la pala con la mano derecha, aguzando todo lo posible el oído. Contengo la respiración, para acallar el sonido del aire al entrar y salir de mis pulmones.
Crac.
Otra rama partiéndose en dos. Esta vez no hay ninguna duda. Y no solo eso: ahora ha sonado más cerca que la otra vez.
Incluso oigo un crujido de hojas.
Se me encoge el estómago. Es imposible salir de este embrollo tirando de labia. Es imposible fingir que todo esto no es más que un gran malentendido. Si alguien me ve, se acabó todo. No tengo escapatoria. Unas esposas en las muñecas, un coche de policía con la sirena aullando y una condena de por vida sin posibilidad de obtener la condicional: el paquete completo.
Pero entonces, a la luz de la luna, vislumbro una ardilla que entra corriendo en el claro. Justo cuando pasa disparada junto a mí, una ramita se rompe bajo el peso de su cuerpo. Luego desaparece rápidamente entre la maleza y el bosque vuelve a sumirse en un silencio mortal.
Al final, no era una persona. Solo una criatura silvestre. Esos ruidos que parecían pisadas procedían simplemente de unas patitas correteando.
Suelto un suspiro. El peligro más inminente ha pasado, pero esto no ha terminado aún. Ni mucho menos. Y no tengo tiempo para tomarme un respiro. Debo seguir cavando.
A fin de cuentas, he de enterrar este cuerpo antes de que salga el sol.
PRIMERA PARTE
1
EVE
Tres meses antes
La gente siempre está diciéndome que soy muy afortunada.
Me dicen que tengo una casa preciosa y una profesión gratificante, y constantemente recibo elogios por mis zapatos. Pero yo no me engaño a mí misma. Cuando me dicen que soy afortunada, no se refieren a mi casa o mi profesión; ni siquiera a mis zapatos. Se refieren a mi marido. Hablan de Nate.
Nate está tarareando para sí mientras se cepilla los dientes. Necesité casi un año lavándome los dientes a su lado por las mañanas para darme cuenta de que es siempre la misma canción: «All Shook Up», de Elvis Presley. Cuando le pregunté el motivo, se echó a reír y me dijo que su madre le enseñó que esa canción dura exactamente dos minutos, que es el tiempo que supuestamente debes dedicar a cepillarte los dientes.
He empezado a odiar la canción con todas las fibras de mi ser.
La misma maldita canción todos los días durante ocho años de matrimonio. Seguramente podría solventar el problema si no nos laváramos los dientes a la vez cada mañana, pero lo hacemos siempre. A esa hora, intentamos aprovechar al máximo nuestro cuarto de baño, dado que salimos al mismo tiempo y vamos al mismo sitio.
Nate escupe el dentífrico en la pila y luego se enjuaga la boca. Yo ya he terminado de cepillarme, pero me demoro allí unos momentos. Él coge el elixir bucal y hace unos gargarismos con ese cáustico líquido azul.
—No entiendo cómo soportas ese mejunje —comento—. A mí me sabe a ácido corrosivo.
Él lo escupe en la pila y me sonríe. Sus dientes son perfectos. Rectos y blancos, aunque no tan blancos como para que tengas que apartar la mirada.
—Es refrescante. El aseo corporal viene antes del espiritual, ya sabes.
—Es horrible —digo, estremeciéndome—. Ni se te ocurra besarme después de hacer gárgaras con eso.
Nate se ríe, y supongo que resulta gracioso porque él raramente me besa, de todos modos. Un besito indiferente cuando nos separamos por la mañana, otro cuando nos saludamos por la noche y otro antes de acostarnos. Tres besos al día. Nuestra vida sexual está igualmente reglamentada: el primer sábado de cada mes. Antes era cada sábado, luego cada dos, y ahora, desde hace dos años, hemos adoptado este ritmo. Siento la tentación de programarlo en nuestro calendario iPhone compartido, como si fuera una cita regular.
Cojo el secador para eliminar la humedad residual de mi pelo, mientras Nate se pasa la mano por sus cortos mechones castaños y luego empieza a rasurarse la cara con una cuchilla. Al observarnos en el espejo, resulta difícil negar el hecho puro y simple de que Nate es con diferencia el más atractivo de los dos. Sin la menor discusión.
Mi marido es increíblemente guapo. Si hicieran una película sobre su vida, sondearían a los actores más sexis de Hollywood para interpretar el papel. Pelo corto pero tupido de intenso color castaño, rasgos cincelados, una adorable sonrisa ladeada y, ahora que se ha comprado un juego de pesas para hacer ejercicio en el sótano, unos pectorales cada vez más musculosos.
Yo, por mi parte, soy decididamente normal y corriente. He tenido treinta años para aceptarlo y he asumido totalmente que mis ojos, de un turbio tono castaño, nunca poseerán el brillo juguetón de los suyos, que mi soso pelo marrón nunca hará otra cosa que reposar lánguidamente sobre mi cuero cabelludo y que ninguno de mis rasgos es del tamaño adecuado para la forma de mi cara. Soy demasiado delgada: un montón de ángulos peligrosamente agudos y ninguna curva reseñable. Si tuvieran que hacer una película sobre mi vida… Bueno, no vale la pena hablar de ello siquiera, porque es algo totalmente imposible. Nadie hace películas sobre mujeres como yo.
Cuando la gente dice que soy afortunada, lo que quiere decir es que Nate está muy por encima de mi nivel. Pero yo soy un poco más joven, así que al menos tengo eso a mi favor.
Salgo del baño para terminar de vestirme y Nate me sigue para hacer otro tanto. Escojo una blusa blanca almidonada, me la abrocho hasta arriba y la complemento con una falda de color tostado, porque en Nueva Inglaterra solo tienes tres meses para llevar falda; cuatro, con suerte. Después de ponerme unos pantis, me calzo un par de zapatos Jimmy Choo negros de tacón de aguja. Solamente cuando los tengo puestos noto que Nate me está observando, todavía con su corbata marrón colgada flojamente del cuello.
—Eve —dice.
Ya sé lo que va a decirme, y estoy deseando que no lo haga.
—¿Hum?
—¿Esos zapatos son nuevos?
—¿Estos? —digo sin alzar la mirada—. No, son viejos. De hecho, creo que los llevé el primer día de clase del año pasado.
—Ah. Vale…
No me cree, pero baja la vista a sus propios zapatos —un par de mocasines de cuero marrón que sí son viejos realmente— y no dice ni una palabra más. Nunca grita cuando está disgustado. A veces me riñe por cosas que no debería haber hecho, pero ahora ya casi nunca lo hace. Mi marido es admirablemente apacible. En ese sentido, supongo que soy afortunada.
Mientras se abrocha los botones de los puños de la camisa, mira su reloj.
—¿Lista? ¿O quieres llevarte algo de desayuno?
Nate y yo trabajamos en el instituto de secundaria Caseham, y hoy es el primer día de clase. Yo doy Matemáticas; él, Literatura. Seguramente es el profesor más popular del instituto, sobre todo ahora que Art Tuttle ya no está. Mi amiga y compañera Shelby me contó que Nate encabezaba la lista que hicieron las chicas de último curso de los cinco profesores más despampanantes de secundaria. Ganó de forma aplastante.
Raramente compartimos coche por las mañanas para ir al trabajo. Puede parecer decadente que vayamos al mismo sitio y utilicemos dos coches, pero él siempre se queda hasta más tarde en el instituto y yo no quiero verme allí atrapada. Hoy, sin embargo, como es el primer día del curso, iremos juntos.
—Vamos —digo—. Ya me agenciaré un café allí.
Nate asiente. Él nunca desayuna; dice que le sienta mal al estómago.
Mis zapatos Jimmy Choo resuenan agradablemente en el suelo mientras me dirijo a la puerta principal de nuestra casa de dos pisos. Es una casa pequeña —no podíamos aspirar a más con dos sueldos de profesor—, pero es nueva, y en muchos sentidos es la casa de mis sueños. Tenemos tres dormitorios, y Nate habla de llenar de niños los otros dos en un futuro próximo, aunque, por mi parte, no estoy segura de que vayamos a lograrlo con nuestro programa actual de relaciones íntimas. Dejé los anticonceptivos hace un año, en plan «a ver qué pasa», pero hasta ahora la respuesta es «nada de nada».
Nate se sienta ante el volante de su Honda Accord. Cuando vamos a cualquier sitio juntos, cogemos siempre su coche y conduce siempre él. Es una parte más de nuestra rutina. Tres besos al día, sexo una vez al mes y siempre conduce él.
Soy muy afortunada. Tengo una casa preciosa, una profesión gratificante y un marido amable, apacible e increíblemente guapo. Mientras Nate saca el coche a la calle y empieza a conducir hacia el instituto, lo único que pienso para mis adentros es que espero que un camión se salte un stop, se lleve el Honda por delante y nos mate a los dos en el acto.
2
ADDIE
Daría cualquier cosa para no tener que bajarme de este coche.
Me cortaría el pelo al rape. Leería Guerra y paz. Qué demonios, me prendería fuego a mí misma con tal de no tener que cruzar las puertas del Instituto Caseham. No puedo repetirlo lo bastante. «No quiero ir a ese instituto».
—¡Ya estamos aquí! —dice mi madre alegremente. Y de forma totalmente innecesaria, porque ya veo que hemos aparcado justo delante del instituto. No soy tan idiota, pese a todo lo que ocurrió el año pasado.
Supongo que mi madre me ha traído esta mañana con su Mazda gris porque sabía que, si hubiese cogido la bicicleta para venir, tal como he hecho durante los dos últimos años, no habría habido la menor posibilidad de que acabara llegando aquí. Así pues, se ha tomado el día libre en el hospital, donde trabaja como enfermera, y me está haciendo de niñera para asegurarse de que asisto al primer día de clase.
Miro por la ventanilla del copiloto el edificio de ladrillo rojo de cuatro pisos que se ha convertido en una parte tan importante de mi vida durante los dos últimos años. Me restriego los ojos, agotada porque me he levantado a una hora estúpidamente temprana para llegar puntual. Recuerdo lo excitada que estaba cuando empezaron las clases en mi primer año en el Instituto Caseham. Y me gustaba este instituto: no era superpopular y mis notas eran decididamente mediocres, pero en conjunto no estaba nada mal.
Hasta que empezó a estarlo.
Me he pasado el verano entero trabajando de niñera con los hijos de mis vecinos y también haciendo campaña para no volver al instituto en otoño. Solo hay un instituto público de secundaria en Caseham, sin embargo, y las escuelas privadas están totalmente fuera de nuestro alcance. Podría haber intentado estudiar en un centro de otra ciudad, pero me habría quedado demasiado lejos para llegar en bicicleta y el autobús escolar no habría pasado a recogerme. Mi madre me explicó todo esto con menguante paciencia cada vez que le supliqué que reconsiderase la cuestión.
—Quizá —digo esperanzada— podría educarme en casa…
—Vamos, Addie —responde ella con un suspiro.
—Tú no lo comprendes. —Abrazo la mochila sobre mi pecho sin hacer ademán de desabrocharme el cinturón—. Todos me odiarán.
—No te odiarán. Nadie va a recordarlo siquiera.
Suelto un bufido. ¿Acaso mi madre no ha conocido a un alumno de secundaria en toda su vida?
—Hablo en serio. —Mamá apaga el motor, aunque estamos aparcadas en una zona donde no puedes dejar el coche y donde seguramente alguien va a gritarnos en cualquier momento que nos movamos—. Los adolescentes solo están interesados en sí mismos. Nadie va a recordar lo que ocurrió el año pasado. A nadie le importa.
Está equivocada. Completamente equivocada.
Y, en efecto, alguien empieza a pitarnos. Primero, una sola vez; luego con una serie de bocinazos cortos; finalmente, parece como si el conductor se hubiera sentado sin querer sobre la bocina y no pensara levantarse.
—Puedo aparcar en otro sitio —me propone mamá con impotencia mientras vuelve a arrancar.
¿Qué sentido tiene? Si volvemos a aparcar, me va a soltar un discursito para animarme. Yo no necesito discursos. Necesito un nuevo instituto. Y, si eso no es posible, todo lo demás no sirve de nada.
—Da igual —mascullo.
Ella me llama mientras me bajo del coche, pero no me detengo ni me vuelvo. Mi madre no me sirve de nada. Dice todas las cosas correctas, pero al final no es ella la que tiene que lidiar con esto. No tiene que lidiar con las consecuencias de lo que sucedió el año pasado. De lo que hice.
En cuanto me bajo del Mazda, siento que todos los ojos están fijos en mí. Hay muchas chicas en secundaria que se visten para llamar la atención, pero yo nunca he sido así. Siempre he preferido fundirme en la multitud. Hoy voy con unos anodinos tejanos de pernera recta y una camiseta gris combinada con una sudadera con capucha aún más gris. Hay una norma en el instituto según la cual no puedes llevar ningún rótulo en el trasero (una norma que indigna a muchas chicas), pero no solo mi trasero está libre de letras relucientes, sino que me he asegurado de que no llevo ningún rótulo en ninguna parte. Nada que pueda atraer la atención hacia mí.
Y, sin embargo, todo el mundo está mirándome.
Lo único positivo es que mi madre se ha visto obligada a alejarse; así no tiene que presenciar las miradas y cuchicheos que me acompañan mientras camino hacia las puertas metálicas de la entrada, con la mochila colgada de un hombro. Ya sabía que esto iba a suceder, maldita sea. «Nadie va a recordar lo que ocurrió el año pasado». Sí, seguro. ¿En qué planeta vive mi madre?
Ya sé lo que están diciendo, así que no me detengo a escuchar. Mantengo la cabeza gacha y los hombros caídos mientras camino lo más aprisa posible, evitando las miradas. Pero, aun así, los oigo murmurar.
«Es ella. Addie Severson. Sabes lo que hizo, ¿no? Es la que…».
Uf, esto es demasiado horrible. No tengo palabras.
Estoy a punto de llegar. A punto de entrar sin que se produzca ningún incidente. La pintura roja desconchada de la puerta ya está a la vista y nadie me ha dicho algo desagradable a la cara. Entonces la veo a ella.
Ella es Kenzie Montgomery. Probablemente la chica más popular de nuestra clase de tercero. Indiscutiblemente la más guapa. Delegada de curso, jefa de animadoras: ese tipo de chica. Está sentada en los peldaños de la entrada, con una falda que estoy prácticamente segura de que infringe la norma según la cual tu falda o tus shorts no pueden llegar más arriba que la yema de tus dedos cuando tienes los brazos pegados al cuerpo. A otras chicas las han mandado a casa por este tipo de infracciones, pero a Kenzie no van a expulsarla. Lo doy por descontado.
Está sentada ahí con su pequeña pandilla de amigos. Las chicas que la rodean vienen a ser el quién es quién de las alumnas más populares del instituto. Y hay una nueva incorporación que no estaba a su lado el año pasado: Hudson Jankowski, el quarterback que se ha convertido en la nueva estrella del equipo de fútbol.
Kenzie y sus amigos están casi bloqueando el paso, aunque hay todavía un pequeño espacio libre. Pero, justo cuando voy a deslizarme por el hueco de treinta centímetros que hay entre ellos y la barandilla, Kenzie me mira a los ojos durante una fracción de segundo y luego tira su mochila ahí en medio para cerrarme el paso.
Argh.
Ha dejado expresamente unos diez centímetros para que pueda deslizarme pegada a la barandilla. También podría pasar por el otro lado, pero eso supondría volver a bajar todos los escalones que acabo de subir y entrar por el otro tramo de peldaños, lo cual parece un poco ridículo teniendo en cuenta que ya estoy casi arriba. Y no es que haya una persona sentada ahí. Es solo una jodida mochila. Así pues, mientras Kenzie habla con sus amigos, intento deslizarme junto a ese bolso de cuero.
—Eh, ¡qué haces!
La voz de Kenzie me deja paralizada a medio peldaño. Levanta la vista hacia mí y me mira con sus ojos azules provistos de largas y oscuras pestañas. Conocí a Kenzie en secundaria básica, cuando ella estaba en mi clase de Historia, y no pude por menos que pensar que era el ser humano más perfecto que había visto en la vida real. O sea, ya había visto a chicas guapas, pero Kenzie está totalmente en otro nivel. Es alta y tiene una figura esbelta y una larga y sedosa melena dorada. Todos sus rasgos, uno a uno, son más atractivos que los míos. Kenzie es la prueba viviente de que la vida no es justa.
—Perdona —musito—. Estaba intentando pasar.
Sus largas pestañas aletean.
—¿Crees que podrías hacerlo sin pisar mi mochila?
Sus amigos observan la conversación entre risitas. Kenzie podría apartar la mochila o levantarla del todo para dejarme paso. Pero no va a hacerlo y, por alguna razón, eso les parece a todos divertidísimo. Por un segundo, mi mirada se encuentra con la de Hudson, que inmediatamente baja la vista a sus mugrientas zapatillas. Se ha pasado los últimos seis meses haciendo eso. Evitándome. Fingiendo que no era mi amigo íntimo desde que íbamos a primaria.
Durante un segundo, fantaseo con un universo en el que pudiera enfrentarme a una chica como Kenzie Montgomery. En el que pudiera pisotear su estúpida mochila, con esa pequeña borla rosa afelpada que cuelga de ella, y soltarle: «Y tú ¿qué piensas hacer, eh?».
Nadie se enfrenta con Kenzie. Nunca. Yo podría hacerlo, de hecho; no es que tenga nada que perder.
Pero, en vez de eso, musito una disculpa y bajo los peldaños para subir por el otro lado. Como todos, me rindo ante Kenzie. Porque la verdad es que, por mal que estén las cosas, todavía podrían estar peor.
3
EVE
No me había dado cuenta de que me dolía tanto la cabeza hasta que doy el primer sorbo de café.
Me quedan unos diez minutos antes de tener que ir a mi clase, y aprovecho ese tiempo en la sala de profesores para sentarme con mi mejor amiga, Shelby, y descomprimir un poco. Nate ya se ha ido a su clase. Se ha llevado su café y me ha dado el primero de mis tres besitos en la mejilla.
—Bueno, ¿qué tal tu verano? —me pregunta Shelby, como si no hubiéramos estado mandándonos mensajes sin parar desde el Cuatro de Julio.
—No ha estado mal. —Me he pasado la mayor parte dando clases en la escuela de verano. Creía que cuando fuera profesora sería estupendo tener los veranos libres, pero las cosas no han ido así—. ¿Y el tuyo?
—Fantástico. —Shelby suspira y cruza las piernas. Lleva los mismos zapatos grises Nine West de tacón que el último día de clase. Ya sé que ha pasado la mayor parte del verano en Cape Cod con el genio tecnológico de su marido y su hijo de tres años. Su piel perfectamente bronceada es un claro indicativo—. Me da mucha pena tener que volver aquí. Connor no paraba de llorar cuando lo he dejado esta mañana en la guardería.
—Es bueno para él —digo. Aunque ¿qué sabré yo?
Shelby da un largo trago a su café, dejando una marca de pintalabios rojo en el vaso de poliestireno.
—Nate tiene buen aspecto. ¿Se ha pasado todo el verano haciendo ejercicio o algo así?
—Probablemente. —Este verano, Nate ha estado dando un curso de Teatro para los chicos de secundaria. No tiene un título de Arte Dramático, pero tomó clases en la facultad y, además, tiene un don innato. En otra vida, podría haber sido el nuevo Brad Pitt. Los días que no trabajaba, sin embargo, bajaba al sótano a levantar pesas. Supongo que no quiere que nada le impida ser el profesor más despampanante del Instituto Caseham por segundo año consecutivo—. Le gusta mucho el ejercicio físico.
—Ojalá le pasara lo mismo a Justin —dice ella, riendo—. ¡Solo tiene treinta y seis y ya empieza a echar barriga!
Me pregunto cuántas veces al día besa Justin a Shelby. Si tienen sexo más de una vez al mes. Me pregunto si ella yace a su lado en la cama por las noches, deseando estar casada con cualquier otro o incluso con nadie. Ojalá pudiera preguntárselo. Solo he estado casada con Nate; quizá estos sentimientos forman parte de todo matrimonio. Quizá sea algo normal.
En lugar de hacerle esa pregunta, digo:
—¿Has visto a Art?
La sonrisa desaparece de su rostro.
—No. Presentó su dimisión, obviamente. Y me han dicho que no ha conseguido encontrar otro trabajo en la enseñanza.
Hasta esta primavera, Arthur Tuttle era profesor de Matemáticas del Instituto Caseham y uno de los docentes más queridos de la escuela. Cuando empecé a trabajar aquí, recién salida de la facultad, me tomó bajo su protección. Era el tipo de cosas que hacía Art. Verdaderamente era la persona más amable que había conocido, siempre dispuesto a reconfortarte con unas palabras o uno de los famosos brownies de su mujer. Y cada año, en la fiesta navideña del personal, Art se vestía de Papá Noel, porque, a decir verdad, incluso sin el traje rojo, era su viva imagen.
Y ahora está hundido.
—Me pregunto cómo se encontrarán él y Marsha —murmuro.
—Y los chicos —añade Shelby—. Dos están en la universidad, ¿no?
Hago una mueca, pensando en los hijos de Art. Una parte de mí desearía ayudarle con algo de dinero, pero él jamás lo aceptaría y, de todos modos, no nos sobra mucho después hacer el abultado pago de nuestra hipoteca. Además, Nate quiere ahorrar para el bebé que nunca tendremos.
—Es muy injusto —murmuro—. Él no hizo nada malo y ella…
Shelby alza bruscamente sus finas cejas.
—Eso no lo sabemos a ciencia cierta.
Intento ocultar mi irritación dando otro sorbo de café. No servirá de nada discutir con Shelby, sobre todo a estas horas de la mañana. En todo caso, ese es el motivo de que Art tuviera que dimitir. No importa si aquello sucedió o no. Lo único que importa es que los padres empezaron a llamar a la directora y a decirle que no les inspiraba confianza que «ese hombre» estuviera cerca de sus hijos. Art —la persona más amable del mundo, alguien sin una pizca de maldad— ya no era de fiar.
—Ella está en mi clase, ¿sabes? —le digo a Shelby.
—Ah, ¿sí?
—Sí, es de tercero. En la sexta hora.
Solo he visto a esa chica en una foto de la lista de alumnos, y era una instantánea tomada hace cosa de un año para el anuario del curso. Nunca la he visto en persona, pero en esa fotografía parecía tremendamente vulgar. Anodina. No muy diferente de mí a esa edad.
—Ve con cuidado. —Hay una sonrisa bailando en los labios de Shelby y, al mismo tiempo, una expresión de advertencia en sus ojos—. Esa chica es evidentemente muy problemática.
No hace falta que me lo diga. En cuanto vi el nombre de Adeline Severson en mi listado de alumnos, sentí una opresión en la boca del estómago. En mis casi diez años enseñando, ni una sola vez he pedido que quitaran de mi clase a un alumno, pero en esta ocasión estuve a punto de hacerlo.
Tengo un terrible presentimiento respecto a esa chica.
4
ADDIE
El instituto está bien hasta la hora del almuerzo.
O sea, no va estupendamente ni nada por el estilo. No es que este día sea el más maravilloso de mi vida. Pero está bien. Mucha gente se relaciona socialmente durante la jornada escolar, pero tampoco es que estés obligada a hablar con los demás. Tú entras en un aula, pones el culo en una silla y escuchas al profesor durante cuarenta minutos. Y luego te vas a la clase siguiente.
O sea que no importa que nadie me hable.
Pero el almuerzo es diferente. Porque todo el mundo se sienta en grupo y charla entre sí, y, si no estás con más gente, eres una pringada con quien nadie quiere relacionarse. Y esa soy yo durante todo el día.
No es que antes tuviera muchos amigos. Durante la mayor parte de mi trayectoria escolar, éramos simplemente Hudson y yo. Siempre nos organizábamos para tener el almuerzo a la misma hora y poder sentarnos juntos, porque él tenía tantas ganas de estar solo como yo. Es curioso, porque, en primaria, Hudson estaba mucho más marginado que yo. Él tenía un grave problema de piojos. Yo era una chica callada a la que le costaba hablar con desconocidos, nada más; en cambio, la mayoría de los alumnos atormentaba activamente a Hudson. Le hacían la vida imposible.
Hoy, mientras camino entre las hileras de bancos pringosos sujetando mi bandeja, que contiene un perrito caliente, unas patatas fritas onduladas, unos paquetes de kétchup y un cartón de batido de chocolate, no sé literalmente dónde voy a sentarme. Cruzo la mirada con algunos que antes tenían buen rollo conmigo y veo que se apresuran a mirar para otro lado.
Hudson está ahí, desde luego. Pero se ha instalado en la mesa de Kenzie y, con la cabeza ladeada y el pelo claro y desaliñado sobre la cara, está enfrascado en una conversación con ella. Hudson es realmente el último juguete de Kenzie. Él se ha convertido en una estrella, pero no me ha llevado consigo. No puedo culparle.
Ojalá volviera a dirigirme la palabra, de todos modos.
—¡Addie! ¡Addie, aquí!
Giro la cabeza y veo quién está llamándome. Es Ella Curtis, a la que solo conozco porque es la chica más delgaducha de la clase de tercero, con una diferencia de al menos cinco kilos. Ella y yo apenas hemos intercambiado una docena de palabras en los dos últimos años, pero ahora está en uno de los bancos agitando el brazo hacia mí. No es el tipo de persona con la que normalmente me sentaría a comer, pero su invitación me provoca en este momento una felicidad delirante. Me instalo enfrente y suelto la bandeja sobre la mesa mientras esbozo mi primera sonrisa auténtica de todo el día.
—Hola —digo—. Gracias.
—De nada. —Ella coge una patata frita con un dedo esquelético y lame el kétchup de encima, pero no la muerde—. Me sentía mal por ti, al verte ahí perdida porque nadie quiere sentarse contigo.
No sé cómo responder. Tiene razón, pero me resulta incómodo reconocerlo. En todo caso, me alegra que todavía haya gente dispuesta a hablar conmigo. Quizá mi madre esté en lo cierto. Quizá todos acabarán olvidando el asunto y dejará de ser algo tan importante.
Ella se echa sobre el hombro su largo y grasiento pelo castaño al volverse hacia la mesa de Kenzie. Yo también me giro hacia allí justo a tiempo para ver cómo Kenzie apoya su cabeza rubia sobre el hombro de Hudson.
—¿Tú crees que están saliendo? —me pregunta.
—No lo sé —murmuro. Doy un mordisco a mi perrito caliente, que tiene un gusto a carne procesada excesivo incluso para un perrito caliente. Parece de goma, básicamente.
—Hudson está muy bueno. —Ella ha terminado de lamer la primera patata frita y la deja en el plato. Luego coge otra y empieza a lamerla—. Hacen buena pareja.
Me limito a gruñir. No soporto tener que reconocer que estoy de acuerdo. Lucen bien juntos. Incluso el pelo dorado de Kenzie se complementa con el de Hudson, que es de un rubio casi blanco.
—¿Tú no salías con él el año pasado? —me pregunta.
Niego con la cabeza.
—No.
Nunca hubo nada de eso entre nosotros. Hudson y yo nos hicimos amigos en primaria porque ambos teníamos padres de los que nos avergonzábamos. Su situación era peor, sin embargo; al menos exteriormente. Mi padre ya se ha muerto, pero en esa época solía desmayarse borracho en la sala de estar sobre el charco de su propio vómito. Pero, bueno, al menos nadie más lo veía. El padre de Hudson, por su parte, era el conserje de nuestro colegio de primaria. Con frecuencia lo veías empujando un cubo y una fregona por los pasillos y maldiciendo airadamente a los alumnos en polaco.
Los dos nos hicimos amigos, y, cuando pasamos a una escuela de secundaria básica, aunque el padre de Hudson ya no estaba ahí dando el espectáculo, seguimos siendo íntimos. Incluso después, cuando entramos en el instituto y Hudson empezó a ser el tipo de chico que las chicas se vuelven a mirar y, además, se hizo famoso como jugador fútbol, él se mantuvo leal a nuestra amistad. Hasta que un día…
En fin, no quiero pensar en ello.
Ella está lamiendo su tercera patata frita. A mí eso me tiene fascinada. Es como si solo almorzara kétchup y las patatas fueran un mero vehículo de la verdadera comida. Para ser justa, debo decir que yo hacía lo mismo cuando mi madre preparaba apio con mantequilla de cacahuete. ¿Qué persona de mi edad quiere comer apio? ¡Pero las patatas fritas son otra cosa!
—Odio a muerte el primer día de clase —dice Ella—. En realidad, el instituto en general. Es un rollo que tengamos que venir aquí cada día y vernos obligadas a aprender idioteces que nunca volverán a tener importancia.
—Supongo. —En realidad, a mí lo de aprender cosas no me importa. No es por eso por lo que no quería venir hoy.
—Como la Trigonometría. —Frunce su nariz pecosa—. O sea, tía, ¿cuándo nos servirá eso en la vida real? En serio, es una tremenda pérdida de tiempo. ¿A quién tienes en Trigo?
—A la señora Bennett.
Ella suelta un gemido.
—Es una zorra integral. Te pone, o sea, una tonelada de deberes, y sus exámenes son superdifíciles. Es lo que me han dicho, vaya.
Fantástico. Y las mates siempre han sido mi asignatura más floja. Este curso está empezando de maravilla.
—Tengo al señor Bennett en Literatura.
Eso le arranca una risita.
—Vale, entonces lo uno va por lo otro. El señor Bennett está muy bueno, tía. Hay una seria discrepancia entre esos dos en cuestión de atractivo. O sea, ¿cómo acabó él casándose con ella?
No sé qué responder. Solo conozco vagamente el aspecto que tienen esos dos profesores.
—Aunque quizá él no sea tu tipo. —Ella me hace un guiño—. A lo mejor preferirías a alguien parecido al señor Tuttle.
Se me encoge el estómago. Esto es lo último de lo que quiero hablar.
—No, la verdad.
—En serio. —Ella deja la patata frita que estaba lamiendo y se inclina sobre la mesa, con los ojos muy abiertos—. ¿Cómo fue lo de estar con el señor Tuttle? Suena superasqueroso.
Bajo los ojos, evitando su ávida mirada.
—No pasó nada con el señor Tuttle —musito—. Yo no dije que hubiera pasado nada.
—Ajá. —Su voz rezuma sarcasmo—. ¿Y entonces por qué lo despidieron?
—No lo sé.
Se me hace un nudo en la garganta. No quiero hablar de eso. Concentro la mirada en el cartón de batido de chocolate. Hay un chiste impreso en la parte de detrás. «¿Cuál es el colmo de una azafata?».
—Venga ya. —Me hace un guiño—. Puedes reconocerlo. Todo el mundo lo sabe, al fin y al cabo.
Levanto el cartón para mirar la respuesta del acertijo. «Enamorarse del piloto automático».
—Él es viejísimo —continúa Ella, con una voz aguda que atraviesa el runrún de la cafetería—. Debe de tener, o sea, cincuenta o más. ¡Se parece a Papá Noel! No puedo creer que lo hicieras con él. En serio, ¿cómo fue?
Ahora caigo. Ella no quiere ser amiga mía. Solo quiere cotillear para poder contarle a todo el mundo lo repugnante que fue mi asunto con el señor Tuttle y explicar que conoce todos los detalles. Ya sabía yo que había algún motivo por el que nunca he querido ser amiga suya.
—Disculpa —digo.
Me levanto de la mesa y cojo mi bandeja. Apenas he comido nada, pero tampoco tengo tanta hambre. Y no pienso quedarme aquí sentada mientras Ella me saca información sobre algo que nunca sucedió.
Tiro el contenido de la bandeja al cubo de basura, dejando en la mesa a Ella, que ni siquiera intenta que me quede. Oigo su risita mientras me alejo.
Al caminar hacia la salida de la cafetería, paso junto a la mesa de Kenzie. Charla con sus amigos, pero me doy cuenta de que Hudson ha estado observando mi conversación con Ella. Sus ojos de tono azul claro se encuentran con los míos durante una fracción de segundo; luego mira para otro lado, tal como suele hacer ahora. Ha decidido oficialmente que no volvamos a hablar. De no haber sido por eso, quizá no habría sucedido toda esa mierda con el señor Tuttle. Quizá yo no sería la mayor paria del instituto.
En todo caso, salgo furiosa de la cafetería, voy a sentarme sola a una mesa de la biblioteca y espero en silencio a que empiece la sexta hora.
5
EVE
Mi marido está con otra mujer.
Ambos nos encontramos en la cafetería del personal, pero en distintas mesas, como siempre. Cuando empecé a trabajar aquí, solíamos comer juntos todos los días, pero Nate hizo una broma diciendo que acabaríamos hartos el uno del otro si pasábamos tanto tiempo sin separarnos y yo capté la indirecta. Así pues, hoy estoy sentada con Shelby, escuchándola a medias mientras me habla más de su maravilloso verano en Cape Cod. Nate, por su parte, está dos mesas más allá, sentado con Ed Rice, el profesor de Educación física, y con una nueva profesora que debe de haber empezado hoy.
Es evidente que la nueva profesora acaba de salir de la facultad. Su tez tiene esa frescura que a mí me han arrebatado estos ocho años dando Matemáticas de secundaria. Es mona de un modo juvenil y vivaz. Si se pusiera unos tejanos y una camiseta, podría pasar fácilmente por una de mis alumnas, pero lleva una blusa rosa y una falda marrón, combinadas con unos zapatos de tacón que vi la semana pasada en Target por veinticinco dólares.
Le doy un codazo a Shelby, que está a media frase, explayándose sobre un restaurante que servía los mejores camarones rellenos que ha comido en su vida.
—¿Quién es esa?
Shelby mira a la joven que está intimando con mi marido.
—Creo que se llama Hailey. Es la nueva… profesora de Francés, creo.
Profesora de Francés. Parece casi un cliché.
Shelby me mira con los ojos entornados.
—No estarás preocupada, ¿no? Vamos. Nate es un buen tipo.
Quisiera creerlo. Quisiera creer que esas noches en las que llegaba tarde a casa el año pasado se debían solo a que se quedaba a corregir exámenes o supervisar actividades extraescolares. Quisiera creer que nuestra reglamentada noche mensual de sexo se debe solamente a que tiene baja la libido.
—Sí —digo al fin—. Seguro que tienes razón.
Y ahora Hailey, esa chica mona que enseña Francés, tiene su mano en el antebrazo de Nate. Me entran ganas de arrancarle los ojos. Lo único que salva la situación es que Ed Rice, un soltero empedernido, parece estar tirándole los tejos a Hailey abiertamente. Pero es evidente a quién escogería ella entre ambos. Ed le lleva veinte años y está quedándose calvo.
Por suerte, suena el timbre de la siguiente hora antes de que se me ocurra hacer algo que luego lamentaría.
Normalmente, después del almuerzo Nate y yo salimos disparados de la cafetería y nos alejamos en direcciones distintas. Pero esta vez aprieto expresamente el paso tras él, con un redoble de tacones sobre las baldosas del suelo, y lo sujeto del brazo por el mismo lugar por el que Hailey estaba tocándole hace solo unos momentos.
—Ey —digo—, ¿qué tal tu primer día?
Nate me mira parpadeando, sorprendido por el hecho de que lo aborde dentro del instituto. Pero enseguida sonríe.
—De maravilla. ¿Y tú, querida?
—Hasta ahora, todo bien.
—Fantástico.
Nate alza las cejas, preguntándose por qué me he acercado a hablar con él. No sé si Hailey está observándonos, pero, por si lo está haciendo, extiendo el brazo, lo sujeto por la corbata y lo atraigo hacia mí. Si fuera una gata, orinaría encima de él, pero, como soy humana, le planto un beso en los labios que es claramente más tórrido que nuestros tres besitos diarios habituales.
Nate parece estupefacto y, como siempre, es él quien se aparta primero. Una vez que se ha separado, se pasa el dedo índice por el labio inferior.
—Vaya —dice—. Una bonita despedida.
Ahora sonríe, pero llevo el tiempo suficiente casada con él para saber que esa no es una sonrisa de verdad. Hailey, en cambio, no lo sabe.
Mi clase está en la tercera planta, y llego con dos minutos de sobra antes de que suene el timbre. Los nuevos alumnos están entrando en el aula y sentándose donde quieren. Tendré que redistribuirlos. He aprendido por experiencia con estos adolescentes que, si no los separo de sus amigos, no conseguiré mantener su atención.
Pero, antes de que pueda entrar en el aula, una chica se planta frente a mí. Es Jasmine Owens, la reconozco porque estaba en mi clase el año pasado; le puse una matrícula de honor en ambos semestres. Para el primer día, lleva una bonita blusa, unos vaqueros y, en lugar de las zapatillas habituales, unas sandalias cerradas con un adorno de flores en la punta.
—Señora Bennett —dice—. Perdone que la moleste, pero quería hablar con usted antes de que empezara la clase.
—¿Qué sucede, Jasmine?
Me lanza una sonrisa nerviosa.
—Estoy preparando mis solicitudes de ingreso a la universidad y confiaba en que usted pudiera escribirme una carta de recomendación. —Antes de que consiga responder, añade—: Usted ha sido mi profesora preferida, o sea, de todos estos años. Quiero sacarme un título de Pedagogía y ser profesora de Matemáticas…, como usted.
Se me encienden las mejillas de satisfacción, y parte de la irritación que he sentido antes en la cafetería se desvanece. Jasmine era una alumna increíble y no me sorprende que esté preparando ya sus solicitudes para entrar en la universidad. Resulta agradable saber que he influido decisivamente en la vida de una estudiante. Algunos días tengo la sensación de que estoy enseñándoles una materia que detestan y que —seamos sinceros— no volverán a utilizar casi con toda probabilidad. Es difícil argumentar que los senos y cosenos son útiles para la vida cotidiana.
—Por supuesto —le digo—. Envíame por favor un correo y concretamos los detalles. Y avísame si hay algo más que pueda hacer para ayudarte.
Ahora las mejillas de Jasmine también se han sonrosado.
—Gracias, señora Bennett. Se lo agradezco mucho.
Saco de esta conversación una inyección de moral de la que andaba muy necesitada, y su impulso me sigue acompañando mientras los alumnos se quejan al verse redistribuidos en distintos asientos. Nate les deja sentarse donde les da la gana, aunque, para ser justa, debo añadir que en su clase están todos hipnotizados por su magnético encanto. Yo no poseo ese don, pero creo que soy una buena profesora.
Cuando voy llegando al final del listado alfabético, casi se me ha olvidado el nombre que me ha tenido inquieta desde que me pasaron la lista de la clase hace unas semanas.
—Adeline Severson —digo.
Una chica de estatura media se adelanta para ocupar el siguiente asiento libre de la hilera. Adeline Severson es realmente la chica menos destacable que he visto nunca. Pasaría completamente desapercibida en cualquier grupo. Su pelo es de ese tono marrón de las bolsas de papel, y sus rasgos, aunque simétricos, son normales y corrientes. Podría resultar mona si lo intentara, pero no está por la labor, en absoluto. Observo cómo se desliza en su pupitre y entrelaza las manos delante con actitud respetuosa. Si no se llamara Adeline Severson, no se me pasaría por la cabeza que esta chica pudiera crearme el menor problema.
—Addie —me dice.
Alzo las cejas.
Ella se mordisquea la uña del pulgar.
—Me gusta que me llamen así. Addie.
Tomo nota, aunque ya sé perfectamente que la gente la llama Addie. Es como la llamaba Art cuando me habló de ella. «Yo simplemente estaba siendo amable con Addie. La pobre chica perdió a su padre hace solo unos meses, Eve. No tenía la menor idea…».
Desde luego, yo no la quería en mi clase. Art es la mejor persona que he tenido el honor de conocer en mi vida. Un profesor entregado que se preocupaba realmente por cada uno de sus alumnos. Si él no hubiera sido así, no se habría visto metido en ningún aprieto. Y ahora, a causa de esta chica, su vida ha quedado destrozada.
Pero, si lo hubiera pensado más detenidamente, habría comprendido que no tiene ninguna importancia que Addie Severson esté en mi clase. Lo que debe preocuparme realmente es que…
Addie también está en la clase de mi marido.
6
ADDIE
El primer día de clase no suele ser tan malo. En cuestión de trabajo, quiero decir. Básicamente, los profesores te cuentan cómo va a ser el curso. Si van a poner deberes de fin de semana o no. Si te van a hacerte un montón de pruebas parciales durante el semestre o un enorme examen final.
Así que luego, al terminar el día, no tienes demasiados deberes. Quizá solo un par de tareas, tipo «Háblame un poco de ti en quinientas palabras». O sea, la clase de tareas que puedo hacer en el sofá de la sala de estar mientras miro la televisión y me atiborro de ganchitos de queso.
Mi última clase es la de Literatura. Es mi asignatura favorita también. Ya sé que da risa, pero lo que más me gustaría es convertirme en poeta, esa es la profesión de mis sueños, aunque comprendo que no es un trabajo de verdad que pueda conseguir la mayoría de la gente en este siglo, y lo más probable es que acabe siendo enfermera, como mi madre. Mi profesor este año es el señor Bennett, al que todo el mundo adora. A muchas chicas les encanta sobre todo porque les parece superatractivo, pero a mí no suelen importarme estas cosas, a pesar de lo que Ella insinuaba.
A diferencia de lo que ocurre con la señora Bennett, que nos ha colocado a todos en los pupitres asignados por orden alfabético, en la clase del señor Bennett hay barra libre. La mayoría trata de sentarse con sus amigos, pero, como según parece, yo no tengo ninguno, me instalo cerca de la ventana, en la segunda fila. Me gusta estar cerca de la ventana en la clase de Literatura. Es algo que me inspira.
En cuanto suena el timbre, noto una sacudida en mi silla. Tardo un segundo en advertir que alguien ha golpeado una pata con el pie. Alzo la mirada y veo a Kenzie y a una de sus secuaces, Bella, plantadas frente a mí.
—Este es mi sitio —me dice Kenzie.
La miro parpadeando.
—Ah. Pero… hoy es el primer día y no había nadie aquí, así que…
Kenzie me taladra con sus vívidos ojos azules, enmarcados de rímel oscuro.
—Aquí es donde me siento siempre.
¿Cómo? Es el primer día clase y acabamos de llegar. ¿Cómo va a ser este el sitio donde siempre se sienta?
—Ah —vuelvo a decir—. Pero…
—¿Estás sorda? —me suelta Bella—. Kenzie te ha dicho que este es su sitio. Levanta.
Echo un vistazo alrededor. La mayoría de los mejores sitios están ocupados, aunque el de mi lado sigue vacío, puesto que ya nadie quiere sentarse conmigo. Seguramente, ahí se sentará Bella si Kenzie ocupa este asiento.
Teniendo en cuenta todo lo que está pasando conmigo, lo último que deseo es convertir a Kenzie Montgomery en mi enemiga. Así pues, cojo mi mochila y me dirijo lentamente a uno de los pocos sitios vacíos. Está en la primera fila, como quien dice en el regazo del señor Bennett. Fantástico.
El señor Bennett está sentado ante su mesa, examinando la lista. Tiene un libro sobre la mesa y atisbo el lomo: es un tomo de poesía de Edgar Allan Poe, que es sin duda mi poeta favorito de toda la historia de la literatura. Este viene a ser el único detalle del día que contribuye a levantarme el ánimo.
Una vez que ha sonado el timbre para que empiecen las clases, el señor Bennett levanta la vista de la lista. Su rostro se contrae en una sonrisa y, cuando las comisuras de sus labios se tuercen hacia arriba, doy un leve respingo. Había visto al señor Bennett un montón de veces por los pasillos, pero hasta este preciso momento, cuando le veo sonreír desde poco más de medio metro, nunca me había dado cuenta de lo absurdamente guapo que es. No podría decir exactamente por qué, pero hay algo especial en la solidez de sus rasgos y en el brillo de sus ojos.
Se me ocurren cosas peores que tener que estar en primera fila durante la clase de Literatura.
Desde luego, es superviejo. Debe de tener unos treinta y cinco, o incluso más. Y está casado, claro. Con una mujer que nos ha puesto deberes el primer día de clase, nada menos. (¡Qué mal!). Pero no puedo negar que está bueno. Esta clase no va a ser una tortura.
El señor Tuttle no era guapo. Nadie habría dicho que estaba bueno. Era incluso más viejo que el señor Bennett y tenía una abultada barriga que le colgaba por encima del cinturón. Pero con él nunca se trató de eso.
—Buenos días. —El señor Bennett se levanta de su silla, rodea la mesa y se sienta en el borde—. Bienvenidos a la clase de Literatura de undécimo curso. Si no teníais que estar en la clase de Literatura de undécimo curso, os sugiero que os apresuréis a salir antes de que nadie se dé cuenta.
Nadie se mueve de su sitio. Tengo la sensación de que, incluso si un alumno descubriera que se ha equivocado de clase, se quedaría.
—Excelente. —Tamborilea con los dedos en su muslo derecho—. Vamos allá, entonces. Este año nos centraremos sobre todo en la poesía. Vais a leer tantos poemas a lo largo del curso que rimaréis hasta en sueños.
El señor Bennett se pasa la mano por la rodilla derecha, y no puedo evitar fijarme en que tiene un poco gastada la tela de los pantalones a esa altura. Me pregunto cuánto ganará como profesor. Nada de lo que lleva puesto es nuevo o caro.
Aunque, por otro lado, la señora Bennett llevaba unos zapatos que daban la impresión de haber costado una fortuna. No es que yo entienda mucho de zapatos, pero mi madre tiene un par como esos y no deja que me los ponga porque dice que son demasiado caros y los estropearía. Seguramente tiene razón.
—Bien —dice el señor Bennett—. Voy a dar una vuelta por la clase y vosotros me diréis cuál es vuestro poema favorito. Pero solo respondedme si realmente tenéis un poema favorito. No quiero que os inventéis uno para impresionarme, porque me daré cuenta.
Se levantan algunas manos, porque es evidente que todo el mundo está deseando impresionarle. Sobre todo, las chicas de la clase. Y, cuando él les sonríe, ellas sueltan una risita.
Después de que una docena de alumnos nombren sus poemas favoritos, citando a grandes poetas como Angelou, Dickinson o Silverstein, el señor Bennett se vuelve hacia mí, a pesar de que no he levantado la mano. No lo he hecho ni una vez hoy; este año, voy a tratar de ser invisible.
—¿Adeline? —dice.
No soporto que la gente me llame por mi nombre completo, porque me hace pensar que estoy metida en un aprieto.
—Addie —le corrijo.
—Addie —asiente él—. ¿Qué me dices? ¿Cuál es tu poema favorito?
—«Annabel Lee» —digo sin vacilar. Me consta que ese poema está en el libro que tiene sobre la mesa, pero no lo he dicho por eso. Siempre me ha encantado ese poema. Es precioso, inquietante y romántico a la vez. Soy capaz de recitarlo de memoria palabra por palabra.
—¡Ah, otra amante del gran Poe! —Parece sinceramente complacido—. Mi favorito es el «El cuervo», pero «Annabel Lee» contiene algunos de sus versos más inolvidables. —Me sonríe, arrugando las finas líneas que rodean sus ojos—. «Y así permanezco tendido la noche entera junto a ella, mi amada, mi vida, mi novia sin par, en aquel sepulcro de la orilla, en su tumba resonante junto al mar».
Me recorre un escalofrío, igual que en el poema.
Él posa sus ojos castaños directamente sobre mí, como si yo fuera la única persona que hay en la clase.
—¿Sabes de qué habla el poema, Addie?
—Es sobre una chica a la que amó cuando era joven —respondo—. Una novia de su infancia que murió. He leído que nadie sabe exactamente quién le inspiró para escribirlo.
—Analizaremos el poema con más detalle este año —dice—. Así como el amor de Poe por la letra ele. Annabel Lee. Lenore. Eulalie. —Me hace un guiño—. Adeline.
En este momento, me da igual que todo el mundo me odie en el instituto. Me da igual que nadie quiera sentarse a mi lado en la cafetería. Me da igual que me hayan puesto una cantidad absurda de deberes de mates el primer día de clase. Porque mi profesor de Literatura ama a Poe tanto como yo.
Y me ha guiñado un ojo.