Música

La música es una constante en mi vida y ha sido una fuente de inspiración para esta historia, así que aquí os dejo la playlist.

Quizá sí quiero

Grace

«I Can See You» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«When Emma Falls in Love» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«New Romantics» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«Dreams» — The Cranberries

«Kiss Me» — Sixpence None the Richer

«What Was I Made For?» — Billie Eilish

Zac

«Gold on the Celing» — The Black Keys

«Tell Me a Lie» — The Fratellis

«Do I Wanna Know?» — Arctic Monkeys

«Battle Lines» — Bob Moses

«Howlin’ For You» — The Black Keys

«West Coast» — Imagine Dragons

«Burning Love» — Elvis Presley

«Suspicious Minds» — Elvis Presley

«A Little Less Conversation» — Elvis Presley

Los dos

«Enchanted» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«Music for a Sushi Restaurant» — Harry Styles

«Can’t Help Falling in Love» — Elvis Presley

«Build Me Up Buttercup» — The Foundations

«Chasing Cars» — Tommee Profitt, Fleurie

«Those Eyes» — New West

«You Belong With Me» (Taylor’s version) — Taylor Swift

«Paper Rings» — Taylor Swift

Otras canciones que aparecen en el libro:

«Demons» — Imagine Dragons

CREÍDO:

(adj.)

1. Dicho de una persona que está encantada de conocerse a sí misma.

2. Hombre que consigue todo con una sonrisa.

3. Zac Anderson, el protagonista de esta historia.

1

JEFA (n.): Persona que, después de haberse comido suficientes marrones, cree que por fin vivirá tranquila.

La mayoría de la gente se espera a cumplir los treinta para tener su primera crisis existencial. Yo siempre me había adelantado a mi tiempo y estaba teniendo la famosa «crisis de los treinta» a los veintinueve.

Hace unos meses estuve a punto de morir por culpa de mi alergia a las nueces. En aquel instante pensaba que en mi cabeza se proyectaría un resumen de los mejores momentos de mi vida, pero no fue así. En su lugar, sentí mucho miedo y la mente se me quedó en blanco. Cuando el pánico pasó y estuve fuera de peligro, fui consciente de lo rápido que podía haber acabado todo para mí.

Estaba todavía tumbada en la camilla cuando empecé a replanteármelo todo. Me hice un millón de veces las mismas preguntas:

«¿Realmente llevo la vida que quiero?».

«¿Qué necesito para sentirme realizada?».

«Si muriese ahora…, ¿habría hecho algo distinto?».

Pasé los días siguientes intentando responder a esas preguntas y, al final, entré en esta crisis.

Las respuestas llegaron solas una semana más tarde. Mientras revisionaba Casper con mis mejores amigas y suspiraba de amor por Devon Sawa, me di cuenta de que había un millón de cosas que quería hacer antes de morir. También llegué a la conclusión de que, si quería que mi vida fuese una película romántica, tenía que dejar el rol de secundaria graciosa a la que solo le ocurrían desgracias y atreverme a asumir el papel protagonista.

—¡No quiero ser la madre de Kat! —exclamé cuando acabó la película.

—Grace, ¿qué dices? —me preguntó Suzu, extrañada.

—¿Ya te ha subido la limonada? —se rio Raquel.

Observé a mis compañeras de piso unos segundos. Ellas habían sido testigos de mi «casi muerte» y llevaban un par de días escuchando todas mis preguntas retóricas y mis dudas existenciales.

—Cuando muera, no quiero quedarme en la Tierra como un fantasma con asuntos pendientes —expliqué—. Creo que llevo demasiado tiempo sentada y que ya es hora de levantarme y hacer todo lo que me apetezca.

Para ilustrar mis palabras, me puse de pie.

—Voy a hacer una lista de todo lo que quiero hacer antes de morir —anuncié mientras abandonaba la estancia.

Aparté la silla y me senté frente al escritorio de mi habitación. Quería hacer un millón de cosas antes de morir. Tantas que, si empezaba en ese momento a escribir la lista, terminaría cuando fuese una anciana de pelo blanco en lugar de rubio. Después de reflexionar un rato, decidí anotar las cosas que quería hacer ese año, antes de cumplir los treinta. Con la determinación renovada, cogí papel y boli y comencé a redactar:

PROPÓSITOS QUE CUMPLIR ANTES DE LOS 30

cuadrado Convertirme en editora jefa.

cuadrado Improvisar un viaje.

cuadrado Hacerme un tatuaje.

cuadrado Ver el amanecer en el Gran Cañón.

cuadrado Bañarme desnuda en el mar.

cuadrado Tener un multiorgasmo.

cuadrado Acostarme con un escocés.

cuadrado Aprender otro idioma.

cuadrado Colarme en algún sitio.

cuadrado Participar en una competición de baile.

cuadrado Dormir bajo las estrellas.

cuadrado Pedir un deseo en la Fontana di Trevi como Lizzy McGuire.

cuadrado Ver una pedida de mano en Central Park.

Motivo decorativo de unas llaves

Aquella mañana calurosa de junio llegué al trabajo con una sonrisa de oreja a oreja. Habían pasado dos meses desde que redacté la lista y estaba a punto de tachar el primer propósito.

Llevaba siete años trabajando en Evermore Publishers, una de las editoriales más importantes de Estados Unidos. A los veintitrés entré como asistente editorial para cubrir una baja de maternidad mientras terminaba el máster en Edición. Doce meses después me ofrecieron el puesto de editora adjunta, y dos años más tarde ascendí a editora sénior, cargo que había desempeñado durante los tres últimos años. Era el primer día que cruzaba la puerta como editora jefa y un gusanillo de emoción me recorría el estómago. Estaba nerviosa y entusiasmada por empezar una nueva etapa.

Técnicamente llevaba dos semanas en el cargo. Las mismas que me había pasado pegada a Linda, mi jefa, quien me había dado la formación que me faltaba para asumir el puesto. Aquel era mi primer día en solitario y sin su supervisión, por lo que, a efectos prácticos, podía decirse que era «mi primer día» oficial.

Por inercia me dirigí a mi antigua mesa, la del fondo a la izquierda, dentro del Departamento de Edición. Cuando estaba a mitad de camino, me detuvo la voz alegre de Ava:

—Grace, por ahí no se va a tu despacho.

Me di un golpecito en la frente y sonreí a mi nueva asistente.

—La costumbre —contesté.

Ella me respondió con una sonrisa amable.

—He actualizado tu agenda. La reunión que tenías a las tres se ha aplazado a mañana —me dijo mientras caminábamos hacia su sitio.

—Vale, gracias, ahora acepto la convocatoria.

Cuando se sentó frente a su mesa, que estaba delante de mi puerta, me despedí de ella. Al ver la entrada a mi nuevo despacho, ahogué una exclamación.

—¿Qué pasa? —preguntó Ava a mis espaldas.

—¿Has visto esto? —Señalé con la mano el letrero dorado y reluciente que adornaba la puerta, y en el que podía leerse:

GRACE HARRIS

EDITORA JEFA

—Sí —respondió ella—. Lo pusieron ayer cuando estabas reunida con Linda.

—¡Es lo más bonito que he visto nunca! —comenté visiblemente emocionada. Estiré el brazo y acaricié con las yemas de los dedos las cuatro letras que componían la última palabra—. Soy editora jefa —murmuré para mí misma—. Y tengo mi propio despacho… No me lo puedo creer.

No sé cómo conseguí controlar las lágrimas que amenazaban con desbordarse.

—Por cierto, Grace, tienes que decirme qué café sueles tomar para que pueda traértelo.

Parpadeé confundida y me volví para encararla. Ella, al ver que no respondía, añadió:

—A David se lo traía todas las mañanas.

David, nuestro exjefe, era la definición andante de «tirano». En su reinado del terror no solo se había agenciado el mérito del trabajo de las editoras, sino que, además, a su asistente la trataba como si fuese su criada. Por fortuna, lo habían despedido hacía unas semanas. El resultado de eso era que yo había ocupado su puesto.

—Ava, te lo agradezco, pero no hace falta que me traigas el café —respondí con suavidad—. Puedo comprármelo yo. Entiendo cómo trabajabas con David, pero conmigo esa no será una de tus funciones.

—De acuerdo. —Asintió con una sonrisa.

Se la devolví y le pedí que me sacase una foto al lado del rótulo adornado con mi nombre. Acto seguido, abrí la puerta dispuesta a tener el mejor primer día de la historia.

Mi despacho era enorme y demasiado impersonal. Las paredes estaban pintadas de un blanco cegador y el suelo recubierto de una moqueta gris azulada. Había un escritorio blanco que tenía pinta de costar una fortuna, una silla azul que parecía mullida y una cajonera contra la pared izquierda. Mi parte favorita era el ventanal de suelo a techo que estaba detrás de la mesa. Desde el piso veintitrés, podía admirar los rascacielos de Manhattan, que brillaban bajo el sol abrasador de verano.

La caja de cartón que contenía mis pertenencias estaba encima de la mesa. Esperaba que, al colocarlas, el lugar me resultase más acogedor. Dejé mi tote bag en la silla y el portátil en la mesa. Después, saqué mis cosas de la caja. Coloqué la taza de Forks que usaba para guardar los bolígrafos y una torre de pósits de distintos tonos pastel al lado del teléfono fijo. Abrí el calendario rosa y dorado por el mes de junio y lo dejé en una esquina de la mesa. Para no sobrecargar el espacio, guardé el resto de mis cosas en los cajones. Luego, me saqué el móvil del bolsillo de la americana malva y les grabé un audio a mis amigas:

—¡Chicas, han puesto un cartelito monísimo con mi nombre en la puerta del «despacho de los horrores»! —exclamé emocionada—. Ahora que lo pienso, tenemos que dejar de llamarlo así. —Solté una risita y, entonces, me embargó una nostalgia repentina—. Os echo mucho de menos. Si siguieseis trabajando aquí, podríamos desayunar y cotillear en mi despacho… Bueno, espero que vuestro día haya empezado tan bien como el mío. ¡Qué ganas de veros luego en la presentación! ¡Os quiero infinito!

Después de mandarles el audio, subí la foto que me había hecho Ava a mis historias de Instagram acompañada del texto: «¡A por mi primer día como editora jefa emoticono de un corazón!», y añadí la canción «Best Day of My Life».

No había terminado de guardarme el móvil en el bolsillo cuando sonó el teléfono fijo. Alargué el brazo y descolgué:

—¿Diga?

—Grace, tengo a Linda en la línea tres —me contestó Ava.

—¡Genial, gracias! —Pulsé el botón y pregunté—: ¿Linda?

—Buenos días, Grace. ¿Qué tal?

—Bien, ya estoy pensando cómo decorar el despacho —comenté risueña—. Creo que compraré alguna planta para darle algo de vida.

—Seguro que quedará estupendo. En realidad, solo te llamaba para preguntarte si sabes algo de William Anderson. ¿Te ha dicho ya su agente si se ha replanteado trabajar con nosotros?

William Anderson era uno de los escritores más exitosos del panorama fantástico. Sus libros habían dado la vuelta al mundo y una productora de Hollywood acababa de adquirir los derechos para llevar su saga a la gran pantalla. Por culpa de mi exjefe, Will estaba pensando si cambiarse a otra editorial o continuar publicando con nosotros.

Su agente literaria era Suzu, quien, además de ser una de mis mejores amigas, también era una de mis compañeras de piso.

—Suzu… Quiero decir, su agente —me corregí— no me ha dicho nada todavía, pero ahora mismo le pregunto. Lo último que sé es que iba a reunirse hoy con Red Books, llevan un tiempo intentando ficharle. Te digo algo en cuanto tenga respuesta.

—Perfecto, gracias. —Linda hizo una pausa y suspiró—. Grace, sé que lo sabes, pero no podemos dejar escapar a William.

En cuanto colgué, me dejé caer en la silla y le escribí un correo a Suzu para preguntarle si William había tomado alguna decisión.

Lo siguiente que hice fue dibujar un tic encima del primer propósito de mi lista.

cuadrado Convertirme en editora jefa.

Con una sonrisa en la cara, me guardé el papel en el bolsillo y me concentré en trabajar.

La respuesta de Suzu tardó un par de horas en llegar y, cuando lo hizo, me cayó como un jarro de agua helada.

De: suzu@neweraliteraryagency.com

Para: gharris@evermorepublishers.com

Fecha: 8 de junio 12.35

Asunto: Re: William Anderson

Buenos días, Grace:

Acabo de salir de la reunión con Red Books. Las condiciones de la oferta para el nuevo libro de Will son tan buenas que es casi imposible decirles que no, pero tengo que verlo con él antes de confirmarte nada.

Estamos en contacto.

Un saludo,

S.

Tragué saliva al leer su mensaje y le respondí con un audio:

—Suzu, sea la oferta que sea, seguro que podemos mejorarla —aseguré con firmeza—. Dile a Will que yo sería su editora, y eso es un plus buenísimo para tener en cuenta.

Aunque terminé el audio con una risita, me quedé bastante intranquila. Conseguir en mi primera semana como editora jefa que un autor tan importante como Will se quedase con nosotros sería un bombazo.

Tuve la mañana llena de reuniones y me fue imposible parar para comer hasta las tres de la tarde. Con las prisas, me había olvidado en casa el táper con la comida. Para mi absoluta desgracia, lo único que quedaba en la cocina de la editorial eran sándwiches de queso con nueces y barritas energéticas que también llevaban nueces. No me daba tiempo a bajar a la calle antes de la siguiente reunión, por lo que tuve que contentarme con el último plátano que quedaba en la cesta de la fruta.

A última hora de la tarde, mi día terminó de irse a la mierda gracias a otra llamada. En esa ocasión, de Caroline, la jefa de audiolibros.

—Theo Huddleston nos ha dejado tirados con la grabación del audiolibro —me dijo de golpe.

—¿Cómo? —pregunté, incapaz de reaccionar.

Theo Huddleston era un actor famoso por hacer de villano de Marvel. Su voz grave le ponía los pelos de punta a cualquiera, y por eso era el candidato perfecto para grabar el audiolibro de la novela erótica más esperada del otoño. Las editoras nunca formábamos parte de los procesos de audio, pero insistí tanto que hicieron una excepción. Lo de Theo había sido una apuesta enorme de la casa, y lo del Departamento de Audiolibros también lo había sido conmigo.

—Lo que oyes —siguió Caroline—. Su mujer podría ponerse de parto en cualquier momento y quiere quedarse con ella.

—¿Y qué vamos a hacer? —pregunté inquieta.

—Voy a contactar con el actor de doblaje que teníamos como segunda opción para ver si está disponible y, si no, tendremos que valorar retrasar la grabación.

Entendía los motivos, pero me daba pena no contar con él. Había peleado mucho por ese proyecto. De hecho, yo misma me había encargado de perseguirlo por Instagram hasta que había aceptado la propuesta.

Suspiré y contesté con voz apagada:

—Si necesitas ayuda con algo, avísame.

—No te preocupes, yo me encargo.

Al colgar, me quité las gafas que usaba cuando tenía la vista cansada y me froté los ojos. Con un suspiro, apoyé los codos sobre la mesa y escondí la cara entre las manos.

Llevaba todo el día hablando por teléfono, haciendo cálculos y viendo todos los marrones abiertos que había dejado David. Estaba agotada y no quería amargar más mi humor antes de la presentación que tenía más tarde. Era un evento importante para mí. Me lo había pasado genial editando esa novela de regencia y estaba ilusionada por el baile de máscaras. Siendo sincera, después del día que llevaba necesitaba que al menos eso saliese perfecto.

Cogí el móvil para despejar la mente cinco minutos. Entre mis notificaciones de Instagram, hubo una que me hizo resoplar.

A zac_anderson le gustó tu historia

Observé ese nombre unos segundos y apreté los labios.

Zac Anderson, también conocido como «el médico buenorro que parecía parte del elenco de Anatomía de Grey», había empezado a seguirme en Instagram unas semanas atrás, días antes de que su hermano y mi amiga Raquel se reconciliasen.

Yo no le había seguido a él y no tenía intención de hacerlo.

Hasta el momento, se había limitado a ponerme corazoncitos en las historias.

Me parecía una estrategia de ligue espantosa, pero estaba convencida de que el noventa y nueve por ciento de las mujeres caían rendidas a sus pies. Conmigo no iba a funcionarle esa táctica de primero de «hombre básico».

Solo habíamos coincidido en persona una vez. La noche que nos conocimos estuvo a punto de conquistarme con su labia y sus halagos. Que fuese atractivo y gracioso ya era un riesgo para corazones enamoradizos como el mío, pero es que además tenía una seguridad aplastante que me resultaba irresistible.

«Vaya, una chica guapísima, divertida y que escucha Imagine Dragons, ¿es mi día de suerte?», me había dicho en medio de la cocina.

Y yo, en lugar de contestar como una persona normal, me puse tan nerviosa que me tragué el pastelito que me ofrecía sin preguntar si llevaba nueces. Después de un rato de coqueteo, empecé a encontrarme mal y justo cuando se inclinó para besarme, caí redonda, como en una película romántica de bajo presupuesto. De no haber acabado con él pinchándome epinefrina en la pierna, es probable que hubiésemos terminado en la cama.

Sin embargo, ahora había varios motivos por los que jamás me liaría con Zac: aparte de ser un playboy que me rompería el corazón, era el hermano de William Anderson, el autor que tenía que conseguir que se quedase trabajando conmigo.

Ignorando la vocecita de mi mente, presioné sobre la notificación que llevaba su nombre y abrí su cuenta de Instagram. Lo primero en lo que me fijé fue en su foto de perfil: era un primer plano de su cara, salía sonriente y con una gorra azul colocada del revés. Debajo de su foto podía leerse:

Zac Anderson

Emoticono de un estetosocpio Residente de Medicina en Stanford

Emoticono de libros Especialidad hematología

Emoticono de una pelota de rugby Arriba 49ers!

Sin poder evitarlo, bajé por su muro. En la mayoría de las fotos salía con los que supuse que serían sus amigos. Por la cantidad de veces que se repetía la cara de su hermano mayor en las imágenes y por lo poco que los había visto interactuar, asumí que debían de estar bastante unidos.

Abrí una foto en la que Zac rodeaba con el brazo a una señora de mediana edad. Al leer el texto que acompañaba a la imagen entendí que se trataba de su madre. Me mordisqueé la uña, distraí­da, con los ojos centrados en su sonrisa encantadora. Era lo bastante atractivo como para quedarte empanada mirándolo.

Deslicé el pulgar hacia arriba para ver la siguiente imagen en grande. En mi pantalla apareció un selfie de Zac en lo que parecía ser la sala de un hospital. Sus ojos azules verdosos eran hipnóticos y me recordaban a las playas del Caribe. Tenía una sonrisa descarada por la que matarían los modelos de Calvin Klein. Llevaba el pelo marrón chocolate más corto por los lados que por arriba y peinado hacia atrás. La barba de dos días le favorecía y, pese a que parecía cansado, salía sonriente. Si no fuera por la bata y el uniforme hospitalario que asomaban, ese podría ser perfectamente el anuncio de un perfume masculino, de esos en los que un hombre seguro de sí mismo besa apasionadamente a una modelo en un ascensor.

Zac era tan alto como el Empire State, y tan guapo que podría colgar un póster suyo en la pared de los crushes, junto a los de Chris Evans y Robert Pattinson.

Me prometí que vería una foto más y que después escondería el móvil en el cajón y volvería a trabajar. Pasé a la siguiente imagen y me quedé en shock. Salía sin camiseta, sujetando un balón de fútbol americano. Lo que hacía que Zac pudiese ser modelo no era solo la altura; la espalda ancha y el torso atlético también ayudaban.

—Pero ¿cómo se puede ser tan perfecto? —susurré indignada para mí misma.

—¿Cómo dices?

La voz de Ava me sobresaltó y se me resbaló el teléfono de las manos. Fue uno de esos momentos donde ves todo pasar a cámara lenta. Con mi mala suerte, si el móvil tocaba el suelo, la pantalla estallaría en miles de pedazos. Todavía no sé cómo conseguí reaccionar con rapidez y atrapar el iPhone al vuelo.

—¡Ava, qué susto! —dije llevándome una mano al pecho en busca de calmar mis latidos.

—Perdón. He llamado a la puerta y, como estaba abierta, he pasado.

Asentí y le resté importancia con un gesto de la mano.

—Solo venía a decirte que me marcho ya. ¿Necesitas algo?

—No. —Negué con la cabeza y me acerqué a ella—. Vete tranquila, yo recojo enseguida.

Al quedarme sola, desbloqueé el móvil y volví a reencontrarme con la foto de Zac. Casi me dio un infarto al ver que debajo había un corazón rojo enorme.

—¡Mierda, mierda, mierda! —Me tapé la boca y observé la fotografía horrorizada.

Sin perder un segundo, salí de Instagram y escribí a mis amigas mientras caminaba inquieta de un lado a otro del despacho.

CHICAS, EMERGENCIA!

CÓDIGO ROJO!

Emoticono de la señal de S.O.S.Emoticono de la señal de S.O.S.Emoticono de la señal de S.O.S.

SUZU

Qué pasa?

RAQUEL

Llama si quieres

Estoy saliendo del trabajo!

No me lo pensé y pulsé el botón de videollamada. Las caras preocupadas de mis amigas aparecieron enseguida en la pantalla. Sin saludarlas siquiera empecé a escupir a toda velocidad lo que había ocurrido:

—Estaba distraída, Ava me ha dado un susto de muerte y se me ha caído el móvil…

—Grace, ¿has vuelto a romper la pantalla? —me interrumpió Suzu—. Si la cambiaste hace nada…

—No. Mi teléfono no ha sufrido daños. —Negué con la cabeza—. La cosa es que tenía Instagram abierto y sin querer le he dado me gusta a una foto de Zac —terminé mortificada.

—Zac… ¿Anderson? —se aventuró a preguntar Raquel.

—Sí, Raquel, Zac Anderson. El hermano de tu novio, el mismo que casi me mató con un pastelito.

Raquel parpadeó sorprendida. Ya habíamos hablado de él en el pasado. De hecho, fue ella quien me confirmó que su cuñado era uno de esos capullos seductores a los que solo les interesaba quitarte las bragas.

—¿Le has seguido entonces? —preguntó Suzu al instante.

—Claro que no.

—Entonces ¿cómo has acabado dándole me gusta a una foto suya? —Raquel metió baza y centró sus ojos marrones en mí.

—Porque estaba cotilleando y se me ha escapado el dedo… —confesé ruborizada—. El problema es que le he dado me gusta a una foto en la que sale sin camiseta, y va a saber que le he stalkeado el muro entero porque la subió hace un año.

—¡Ay, Dios mío, Grace! —exclamó Raquel—. ¿Tan atrás has llegado cotilleando?

—¿Estás segura de que ese tío no te gusta? —preguntó Suzu.

Noté como se me ponían las mejillas al rojo vivo.

—Segurísima —respondí.

Ellas me miraron con una cara que parecía decir: «No te lo crees ni tú».

—¿Qué hago? —pregunté, más alarmada que antes—. ¿Quito el like? No quiero que se haga ideas equivocadas —continué mientras caminaba—. Y menos darle pie a iniciar una conversación.

—Yo lo dejaba —dijo Suzu colocándose un mechón de pelo negro detrás de la oreja—. Quitarlo es darle una importancia que no tiene. Además, igual ya lo ha visto y, si lo quitas, es peor…

—Pues yo lo quitaría —apuntó Raquel—. Ya te avisé de que Zac es un mujeriego. Si lo ve, te escribirá, pero, si lo quitas rápido y no lo ha visto, creo que le desaparecerá la notificación y problema resuelto.

—Vale, sí, tienes razón —comenté un poco más esperanzada—. Es una buena solución, voy a quitarlo.

—Me parece bien —contestó Raquel—. Aun así, deberías plantearte por qué tenías abierta la foto de un chico que no te interesa… Y, por cierto, ¿no deberías haber salido ya? ¿Vas a pasar por casa o necesitas que te llevemos el vestido a la presentación?

Miré la hora en la esquina superior izquierda de la pantalla y me detuve.

—¡Mierda, es tardísimo! —exclamé.

No me había dado cuenta de la hora.

—Quito el like y salgo pitando para casa —agregué a toda prisa antes de colgar.

Abrí Instagram y el estómago me dio otro vuelco. Tenía un mensaje privado esperándome.

—Por favor, que no sea él —le pedí a nadie en particular.

Con el corazón acelerado, abrí el mensaje y se confirmaron mis peores sospechas:

Enhorabuena por el ascenso, jefa Emoji guiño

Estoy en la ciudad, cenamos?

2

SUERTE (n.): Conjunto de casualidades que favorecen mis intereses.

—¡Me lo han dado! —exclamé contento.

Mi hermano cerró el libro que estaba leyendo y se levantó del banco en el que lo había dejado hacía rato, para recibirme con un abrazo.

—¡Enhorabuena! —Will me felicitó con una palmada amistosa en la espalda—. Estoy muy orgulloso de ti, sabía que te contratarían.

No lo reconocería en voz alta, pero esas palabras significaban mucho para mí.

—Gracias, tío —contesté al separarme.

—¿Cuándo empiezas? —me preguntó.

—Después de nuestro viaje.

Dentro de unas semanas cruzaríamos el país en carretera para traer mi coche desde Palo Alto hasta Manhattan. Organicé la ruta después de pasar a la última fase del proceso de selección, porque siempre había tenido claro que esa plaza llevaba mi nombre. Me alegraba ver que no me había equivocado.

—Tienen que enviarme el contrato, pero en teoría empezaré sobre el diecisiete de julio —añadí con una sonrisa.

—Perfecto entonces.

—Menos mal que voy a cobrar bien, porque la mudanza desde California va a costarme una pasta.

—Zac, si necesitas dinero….

—Qué va, voy bien —lo interrumpí—. De verdad —agregué al ver que Will me miraba poco convencido.

Apenas había ahorrado siendo residente de Medicina en Stanford. Con el cambio al hospital del Monte Sinaí, la mejora de sueldo sería considerable y podría, entre otras cosas, alquilar un piso en Manhattan solo, sin necesidad de compartir.

—¿Seguro? —preguntó vacilante.

—Seguro.

Eché un vistazo alrededor huyendo de su mirada inquisidora. No era la primera vez que visitaba Central Park, el parque era bonito y estaba enfrente del hospital. Respiré hondo y arrugué la nariz. Me costaría habituarme al aire contaminado de Manhattan. La humedad hacía que el calor de media tarde se sintiese más intenso. Aunque estábamos a la sombra, no tardaría en ponerme a sudar.

El sonido de la risa de mi hermano me hizo girar el cuello en su dirección. Will sonreía con la vista clavada en el teléfono.

—Mándale un beso a Raquel de mi parte —le dije.

—¿Cómo sabes que estoy hablando con ella? —Él levantó la cabeza para mirarme.

—Por tu sonrisa de idiota, William. Solo pones esa cara cuando hablas con ella.

Will se guardó el móvil en el bolsillo y suspiró sin llevarme la contraria.

—¿Qué? —Lo señalé con la cabeza y di un par de saltos para descargar energía—. ¿Dónde vas a llevarme para celebrar que he conseguido el curro?

—Como ya te he repetido tres veces —comenzó Will con tono cansado—, hoy no puedo celebrar nada contigo. Tengo que estar a las siete y media en la otra punta de la ciudad y antes necesito pasar a recoger el traje.

—Menudo aguafiestas estás hecho —respondí en el mismo tono cansado que él.

—No soy un aguafiestas, pero tengo que ir al evento, y ya estabas avisado.

—Sí. Ya sé que prefieres ir a la estupidez esa de evento literario antes que cenar con tu hermano… —Suspiré igual que hacía él—. ¿Qué te parece si te acompaño a recoger el traje y de camino nos tomamos algo?

—Odio llegar tarde y ya voy un poco justo —dijo mirando la hora.

—Y por esa misma razón deberíamos irnos ya. —Le eché el brazo al hombro y, sin dejarle replicar, tiré de él hacia la salida que daba a la Quinta Avenida.

Motivo decorativo de unas llaves

En cuanto mi hermano salió del probador, se me escapó una carcajada. Will llevaba unos pantalones claros, un chaleco marrón y un frac azul marino que le hacían parecer un estirado. Pese a que el parecido entre nosotros era notable, yo era más alto y fuerte, y Will tenía el pelo más claro y heterocromía parcial en el ojo derecho.

—Madre mía… Pero ¿qué coño te has puesto? —pregunté entre risas—. ¿De verdad piensas salir a la calle con ese disfraz?

—No es un disfraz —negó con la cabeza y soltó un resoplido—. Es un traje de regencia.

—Disculpe mi equivocación, lord Anderson —hice una reverencia exagerada—, pero no creo que con esos ropajes le dejen entrar en palacio.

—Que te jodan.

Will pasó por mi lado sin mirarme y yo me eché a reír otra vez. Tenía años de experiencia en tocarle los cojones y se me daba fenomenal.

—¿Adónde vas?

—A ver los pañuelos, ahora vengo —apuntó por encima del hombro.

Me saqué el móvil del bolsillo del vaquero y entré en Instagram. No me apetecía cenar solo y quería ver si Grace me había contestado.

No hubo suerte.

Pinché encima del círculo con su cara para ver la historia que había compartido. Grace salía guapísima en la foto. Llevaba el pelo rubio recogido y en su rostro resaltaban unos ojos azules y enormes y unos labios pintados de un rojo cereza que se curvaban en una sonrisa. Bajé la vista un poco más. El escote pronunciado de su vestido morado acaparó toda mi atención.

Estaba buenísima.

Me llevó unos segundos percatarme de que encima de su cabeza había escrito: «Todo listo para la presentación. Nos vemos en un rato. P. D.: No olvidéis la máscara para el baile».

Un momento… ¿Grace y Will iban al mismo evento?

Will me lo había vendido como algo tedioso a lo que asistiría por petición de su novia. Había omitido ciertos detalles, como que era un baile de máscaras al que también iría Grace. De pronto, mi interés en ese acto literario aumentó de manera considerable.

—¿Cuál te gusta más? —oí que me preguntaba Will.

Alcé la vista para encontrármelo sosteniendo dos pañuelos en alto. Uno era blanco, y el otro, azul marino. Ambos eran tan horribles que podrían provocarme pesadillas. Abrí la boca para decírselo cuando se me encendió la bombilla.

—El azul —contesté con determinación—. Ese color te queda bien. Favorece tus ojos.

Will me observó con recelo y entonces dijo:

—Zac, te conozco…, ¿qué quieres?

—Llévame al evento contigo —le pedí sin preámbulos.

A mi hermano le costó unos segundos procesar mi petición.

—¿Qué? —preguntó para cerciorarse de que me había oído bien.

—Que quiero ir al evento de la editorial.

—¿Por qué? —Will entrecerró los ojos—. ¿No decías que era una estupidez?

—He cambiado de opinión. Ha sido un día importante y no me apetece cenar solo.

En otras circunstancias, ese comentario tocaría la fibra sensible de Will, pero algo me decía que veía mis verdaderas intenciones. Inmediatamente esbocé mi mejor sonrisa. Esa en la que enseñaba todos los dientes y que usaba cada vez que quería salirme con la mía.

—Mira, solo tengo una invitación, no puedo llevarte.

—Tío, eres William Anderson. —Hice un gesto despreocupado con la mano—. Seguro que puedes llevar un más uno a la fiesta. Además, ¿ahora no tienen que hacerte la pelota para que firmes con ellos?

Mi hermano asintió, dándome la razón, antes de contestar:

—Aunque quisiera llevarte, no tienes un traje de época. —Se señaló con el dedo índice—. Cuando reservé el mío la semana pasada, me dijeron que era el último que les quedaba.

«Qué putada».

Me acaricié la barbilla con gesto pensativo. Mientras buscaba una solución, esta se materializó delante de mí.

—Perdonen que los interrumpa —nos dijo la dependienta de la tienda—. No he podido evitar oírlos y solo quería decirles que un hombre acaba de cancelar la reserva que tenía de su traje. —Centró sus ojos en mí y me regaló una miradita intensa antes de añadir—: Creo que puede quedarle bien. ¿Quiere verlo?

—Por supuesto.

Ella asintió antes de retirarse.

Con la sonrisa todavía en la cara, me volví para observar a Will.

—¿Has oído eso? —le pregunté—. Una cancelación de última hora, parece que es mi día de suerte.

Will respiró hondo, se colocó delante del espejo de su probador y se concentró en ponerse el pañuelo alrededor del cuello.

Unos minutos después, la chica regresó sujetando una bolsa de traje gris. La acepté con una sonrisa y me interné en el probador libre.

Abandoné la percha en el colgador y bajé la cremallera de la bolsa rogando que fuera un disfraz menos hortera que el de Will.

No tuve suerte.

Me deshice de la ropa a toda prisa y empecé a vestirme. La camisa era blanca y me quedaba holgada. Me dejé los dos primeros botones desabrochados para darme un aire más informal. Traté de no estremecerme al ver las puñetas que decoraban las mangas y que me hacían parecer Ron Weasley en el baile del Torneo de los Tres Magos. Al subirme los pantalones verde oscuro, solté una maldición. Eran de tiro alto y me quedaban algo justos. Por último, me puse la chaqueta a juego. Observé mi reflejo desde distintos ángulos y sonreí satisfecho. Había que reconocer que esa ropa extravagante me quedaba de muerte. Estaba convencido de que a Grace le gustaría verme con ella puesta, y esperaba que también disfrutase quitándomela.

Abrí la cortina de un tirón y salí del probador con decisión, exagerando un poco mis movimientos, como si fuera un modelo caminando por la pasarela.

—¿Qué tal estoy? —le pregunté a mi hermano cuando me detuve a su lado.

—Ridículo. —Esa vez fue él quien se rio por todo lo alto.

—Pues yo creo que a la rubia le voy a encantar —contesté pagado de satisfacción.

—¿La rubia? —Will se puso serio de golpe—. Zac, no estarás hablando de Grace, ¿verdad?

Le dediqué una sonrisa socarrona y no contesté para hacerme el enigmático. Por su parte, él añadió:

—Si estamos hablando de esa Grace, te sugiero que te cambies y te vayas a casa porque pasa de ti. Te recuerdo que me pidió que te dijera que dejases de ponerle corazones en Instagram.

Arqueé una ceja y lo miré incrédulo. De los dos, el que entendía cómo funcionaba la mente femenina era yo. Aparte de eso, estaba el detalle de que la noche que Grace y yo nos conocimos la química entre nosotros fue evidente. De hecho, era muy probable que, si no le hubiese dado una reacción alérgica, hubiésemos acabado follando en medio de su cocina. Por como era, sabía que juntos pasaríamos un buen rato.

—Tanto no pasará de mí cuando le ha dado me gusta a una foto en la que salgo sin camiseta y sudado, ¿no? —le pregunté a mi hermano.

—No te ofendas, pero me parece que no eres su tipo.

Abrí la boca fingiendo sorpresa y me llevé la mano al pecho, haciéndome el ofendido.

—William, yo soy el tipo de todas —contesté poco después. Mi hermano exageró un escalofrío, pero le ignoré y seguí—: Y eso debería decidirlo ella.

—Zac, acabo de volver con Raquel y no quiero líos. De ningún modo voy a llevarte a esa fiesta para que ligues con la amiga de mi novia.

—Hermanito, piensa en todas las ventajas —aseguré con una sonrisa desvergonzada—. ¿No quieres escribir el romance entre una editora preciosa y un médico sexy?

—Prefiero escribir el thriller de la editora que asesina a sangre fría al médico gilipollas.

Solté una carcajada y negué con la cabeza.

—Si estás aburrido, búscate a otra —me pidió Will.

—Llevo cinco horas en Manhattan y todavía no he abierto Tinder —contesté de manera obvia.

—¿Y quieres un premio por eso?

—Lo que quiero es mi oportunidad con la rubia. Esa chica tiene algo especial.

—No me pintes un cuadro. Solo quieres acostarte con ella. Lo último que necesito es que metas la pata y que me odie por tu culpa. Búscate a otra, por favor.

—Vaaaale —claudiqué a regañadientes—. Si me llevas a la fiesta, te prometo que no intentaré nada con ella.

Mi hermano relajó el ceño.

Por su mirada imperturbable, parecía que no tenía intención de hacerme caso. Al final, no me quedó más remedio que tirar de mi último recurso:

—Venga, tío, para una noche que quiero salir a celebrar, ¿vas a dejarme tirado? —bromeé—. Soy tu hermano pequeño, se supone que tienes que malcriarme y hacer todo lo que yo diga.

Will me observó con detenimiento. En el instante en que abrió la boca para contestar reapareció la dependienta.

—¿Qué tal? —me preguntó—. ¿Le gusta?

—La verdad es que me queda tan bien que sería una pena no llevármelo, ¿verdad, Will?

Lo oí resoplar antes de decirle a la chica:

—Nos lo quedamos, muchas gracias.

Ella sonrió conforme y se alejó en dirección al mostrador.

Me volví para encarar a mi hermano con una sonrisa enorme en la cara.

—Mira, voy a llevarte por dos motivos —me dijo, levantando un dedo en el aire—. Uno, para que te calles ya. Y dos —alzó otro dedo—, para reírme de ti cuando Grace te mande a tomar por el culo.

—Sabía que entrarías en razón —comenté en tono victorioso—. Bueno, no hay tiempo que perder, ¿vamos a por las máscaras?

Quince minutos más tarde, estábamos a punto de salir por la puerta cuando la voz de la dependienta nos retuvo:

—¡Un momento, señor Anderson!

Will y yo nos dimos la vuelta y la vimos caminar hacia nosotros, segura de sí misma. Al llegar a nuestra altura, extendió la mano en mi dirección. Acepté lo que parecía ser una tarjeta de visita de la tienda. Desvié un segundo la vista y vi que había escrito su nombre y su teléfono. Levanté la cabeza para encontrarme con la sonrisa juguetona de Vanessa.

—Si necesita algo, no dude en llamarme —me dijo con voz melosa.

—Gracias —le dije devolviéndole una sonrisa educada.

Ella me guiñó un ojo con descaro antes de volver al mostrador contoneando las caderas.

—¿Qué ha sido eso? —me preguntó Will cuando salimos.

Le enseñé la tarjeta y le dije:

—Ya te lo he dicho, hermanito. Soy el tipo de todas.

Motivo decorativo de unas llaves

Como había sospechado, hicieron la vista gorda cuando Will apareció conmigo. Nadie nos prestó atención cuando entramos al evento. La sala era bastante grande y estaba abarrotada de gente. Al fondo, en unas butacas sobre una tarima, estaban sentadas la auto­ra y Grace. En aquel instante, estaba comentando algo del libro y se la veía ilusionada. Por las risas estruendosas del público parecía estar comiéndose el escenario con su desparpajo habitual. Aunque estaba muy lejos de ella, podía apreciar que iba guapísima con su vestido morado y desprovista de la máscara. No me di cuenta de que estaba sonriendo ligeramente hasta que oí a mi hermano quejarse en voz baja.

—Joder, no hay ni un sitio libre. Si no te hubieses tirado veinte minutos eligiendo el puñetero antifaz, habríamos llegado a tiempo…

Me reí y aparté los ojos de Grace para encararlo.

—¿Vas a culparme porque me guste estar guapo? —le pregunté divertido por su mosqueo—. En un baile de estos, llevar una buena máscara es fundamental.

Mi hermano había escogido una sencilla, que era mitad negra mitad plateada. Yo había optado por una negra más original gracias a los detalles que tenía en relieve.

En aquel momento, Grace debió de decir algo gracioso porque la sala estalló en carcajadas. Dirigí la vista al escenario para verla abanicarse con los papeles que llevaba en la mano.

—Bueno, antes de dejaros con Sophie, que os firmará el libro encantada, os recuerdo que, si necesitáis algo, estaré por aquí —terminó señalando la sala—. Y animaos a bailar, ¿vale?

La multitud que allí se congregaba le regaló un aplauso cálido al que me uní sin dudar. Will y yo esperamos pegados a la pared del fondo mientras la gente formaba una cola para que la autora les firmase el libro. Le presté atención a mi hermano, pero de tanto en tanto buscaba a Grace con la mirada. Se había levantado y pude comprobar que estaba deslumbrante con el vestido morado. La parte superior se ajustaba a su cintura, marcando sus curvas, y la falda larga le llegaba hasta el suelo. Pasado un rato, se puso una máscara morada, se bajó del escenario y se perdió entre la gente.

Aunque me apetecía ir a buscarla, me obligué a mantener los pies pegados al suelo y a no separarme de mi hermano. Aquella mujer no había respondido a mi mensaje y no quería parecer un ansioso. Prefería jugar bien mis cartas y esperar el momento adecuado.

—Cómo me aprietan las mallas en los huevos —comenté fastidiado al tiempo que tiraba con disimulo de la tela que estrangulaba mi entrepierna.

—Te jodes —se rio Will—. Quien algo quiere algo le cuesta.

Ignoré su comentario.

—¿Y Raquel? —le pregunté.

—No lo sé —respondió—. Acabo de escribirle. No ha querido enseñarme su vestido. Quiere darme pistas y que la encuentre.

—Quién te ha visto y quién te ve —me burlé.

Poco después, la música empezó a sonar y unas cuantas parejas se animaron a salir a bailar.

—¿Vamos? —Señalé la pista con la cabeza y Will negó con vehemencia—. Venga, no seas aburrido —pedí al tiempo que me marcaba un bailecito en el sitio.

—Yo no bailo.

—Bueno, pues ahí te quedas —respondí—, yo voy a poner mis habilidades de baile en práctica con la rubia.

Di un paso adelante y él me retuvo del hombro.

—Zac, es posible que Grace sea mi futura editora —me explicó—. Te he traído única y exclusivamente porque has prometido no sacártela de los pantalones.

—Tranquilo. Yo no voy a sacármela —le di una palmada en el hombro y él se confió—, pero, si ella lo hace, no voy a decirle que no. Ya sabes que me cuesta mucho negarme a los encantos de una chica guapa.

Mi sonrisa de engreído salió a la pista antes que yo. Y, sin darle tiempo a replicar, me alejé dispuesto a pasar una noche memorable.

3

MÁSCARA (n.): Accesorio que se pone el sapo para hacerse pasar por príncipe.

En cuanto terminó la firma, me acerqué a la barra porque me moría de sed y de hambre. Se había servido un catering antes de la presentación, pero había estado vigilando que todo estuviese en su sitio y no había probado bocado.

Para llegar hasta el camarero tuve que bordear la pista de baile. Mientras caminaba me abaniqué con la mano, las capas del vestido me estaban dando mucho calor.

—Una botella de agua, por favor —le pedí al camarero cuando fue mi turno.

—Enseguida —me dijo.

El chico llevaba una máscara blanca que le cubría la mitad del rostro y que me recordó a la de El fantasma de la ópera.

—Aquí tiene. —Sirvió el agua en un vaso y me lo entregó.

Antes de beber, metí el dedo índice por debajo del antifaz para rascarme el pómulo. Había elegido uno del mismo tono púrpura que mi vestido. El diseño de encaje era elegante, pero me irritaba un poco la piel.

Después de vaciar el vaso de un trago, volví a inclinarme sobre la barra para llamar la atención del camarero.

—¿Ha sobrado algo de comida? —le pregunté por encima de la música—. Hoy casi no he comido y me muero de hambre.

—Creo que no, pero deme un segundo, que pregunto en la cocina.

Mientras esperaba a que regresase, observé a mi alrededor. La sala era espectacular. Las paredes estaban cubiertas de tapiz beige y tenían candelabros de atrezo. Del techo alto colgaba una lámpara dorada en forma de araña que no iluminaba mucho y que propiciaba un ambiente íntimo para bailar. El suelo brillante era de mármol ajedrezado. Sonreí al ver la cantidad de parejas que se habían animado a salir a la pista.

—Disculpe, señorita. —El camarero llamó mi atención—. Se ha terminado la comida. Lo único que queda es la tarta red velvet. —Señaló la mesa del fondo donde esta descansaba—. Pero no se servirá hasta el final del baile.

Después de ponerle ojitos para que me diese un trozo de pastel y de que él me repitiese con amabilidad que no era posible, suspiré resignada y le di la espalda.

Con el móvil en la mano, me acerqué a la mesa para hacerle una foto a la tarta. Tuve que sacar varias porque esa zona del local estaba peor iluminada aún si cabe.

La tarta de cinco pisos era preciosa. Estaba recubierta de frost­ing blanco y decorada con unos corazones rojos de azúcar diminutos que iban a juego con el bizcocho de remolacha del interior. Todo eso lo sabía porque la había elegido yo.

La boca se me hizo agua al recordar lo bien que sabía y me provocó un temblor en las tripas. Al lado de la tarta había distintas montañas de platos y cucharillas. Mirando la vajilla se me ocurrió una idea brillante y, como siempre que estaba a punto de cometer una fechoría, el corazón me latió apresurado. Sin poder contenerme, hice lo mismo que hacía de pequeña en los cumpleaños. Primero miré por encima del hombro para asegurarme de que nadie me prestaba atención. Acto seguido, clavé una cucharilla en el piso inferior, llevándome por el camino algunos de los corazones que la decoraban, y dejé al descubierto el bizcocho rojo del interior. Me metí la cuchara en la boca y mastiqué a toda prisa.

Di un paso atrás para marcharme antes de que me pillasen con las manos en la masa, con tal mala fortuna que me choqué contra una de las columnas de piedra. Chasqueé la lengua, molesta por mi torpeza, y me llevó unos segundos comprender que acababa de pisar a alguien.

Me di la vuelta despacio, con el pulso acelerado, y me topé con un hombre alto. Debía de pasar del uno noventa porque casi me partí el cuello al echarme hacia atrás para mirarlo a la cara.

Su identidad estaba oculta tras una máscara negra con detalles en relieve que le llegaba prácticamente hasta la punta de la nariz. Lo único que veía de su rostro era una mandíbula cuadrada libre de barba, tan definida que parecía que la habían cincelado en piedra. Tenía una mata de pelo oscuro considerable. Iba peinado de cualquier manera y las puntas de su cabello parecían curvarse en un par de rizos rebeldes.

Cuando nuestras miradas se encontraron, él ladeó ligeramente la cabeza y yo parpadeé confundida. No podía apreciar el color de sus ojos en la penumbra, pero había algo extrañamente familiar en ellos.

Le eché un vistazo rápido. Por cómo se tensaba la chaqueta verde alrededor de sus hombros, parecía que estaba tan fuerte como un jugador de fútbol americano.

«Más que una columna de piedra, parece una muralla», pensé divertida.

—Está claro que no hemos empezado con buen pie —me pareció entender que decía.

Por su sonrisa diría que eso había sido una… ¿broma?

—Siento el pisotón —me disculpé alzando la voz por encima de la música.

Él negó sutilmente con la cabeza en un gesto que parecía significar: «No te preocupes, princesa. Por cierto, estás preciosa y quiero ser el padre de tus hijos».

Respiré hondo. Juraría que su mirada vagó despacio hasta mi escote y, un segundo después, a la tarta que había detrás de mí. Una sonrisa ladeada asomó a su cara y me aventuré a hablar a toda prisa:

—No sé lo que crees haber visto, pero no es lo que parece.

—¿Ah, no? —Se acercó un paso a mí—. ¿No estabas zampándote la tarta a escondidas?

Me puse un poco nerviosa. No tanto porque me hubiera pillado, sino porque tenía la voz áspera y grave. No tenía un acento marcado, pero estaba casi segura de que era de la costa oeste. Hablaba sin prisas y alargaba un poco las vocales.

—Solo estaba haciendo unas fotos para Instagram —contesté haciéndome la inocente.

—¿Y qué es eso que llevas en la mano?

«Mierda…».

Para mi sorpresa, él se adelantó y me arrebató la cucharilla. Al voltearme, le vi clavarla en el extremo opuesto de la tarta al que lo había hecho yo para llevársela a la boca sin un ápice de vergüenza. Luego giró el cuello y me regaló una sonrisa descarada.

—Había que igualar el otro lado —susurró cerca de mi oído—. Ahora somos cómplices.

Tragué saliva y me tomé unos segundos para pensar bien lo que iba a decir. Siempre que me ponía nerviosa me iba de la lengua, acababa soltando la primera tontería que se me pasaba por la cabeza y luego me arrepentía.

—Genial, entonces, si ahora el camarero viene en busca de un culpable, le diré que me has obligado tú —le dije.

—No, si viene le diremos que ha sido aquel tío de allí. —Seguí el curso de su dedo para ver que señalaba a un hombre alto que parecía estar buscando a alguien—. El de la máscara negra y plateada. Tiene pinta de culpable.

—Me parece bien.

En aquel momento, la canción a violín terminó y dio paso a «Enchanted», de Taylor Swift.

—¡Me encanta esta canción! —Por alguna razón manifesté ese pensamiento en voz alta.

Él se colocó delante de mí y extendió en mi dirección la mano más grande y varonil que había visto nunca.

—¿Bailamos?

—Eh… —titubeé unos segundos—. Me encantaría, pero no.

—¿Por qué? ¿Tengo que hacerte una reverencia o algo? —me preguntó con un deje burlón en la voz—. No sé de protocolo de regencia, pero puedes explicármelo si quieres.

Me sorprendió haciendo una floritura exagerada con la mano antes de inclinar la cabeza hacia delante. Eso me confirmó que estaba bromeando.

—No tienes que hacer una reverencia —contesté riéndome.

—Entonces ¿vas a rechazarme así sin más?

—Yo…

«¿Qué le digo? Es muy atractivo y no quiero hacer el ridículo».

Terminé de ponerme nerviosa y empecé con la verborrea:

—Es que no se me da muy bien bailar. Voy a clases desde hace tiempo. Pero bailar en pareja no es lo mío —escupí mientras gesticulaba—. En el baile de la graduación pisé a Steven Jones, ¿sabes? Y en la boda de mi hermana pisé al padrino mil veces. Siempre acabo pisando a mi acompañante y al final es un desastre.

—Eso es porque nunca has bailado conmigo —contestó seguro de sí mismo.

¿Había algo más sexy que un hombre directo y decidido?

Observé su mano suspendida en el aire un segundo y entonces lo entendí.

«¡Ay, mi madre, está pasando!».

Un hombre enmascarado se me había acercado en el baile. Un hombre que estaba buenísimo, que tenía pelazo y la voz más sensual de la Tierra y, encima, ¿me sacaba a bailar?

Una de dos. O estaba soñando o claramente…

¡¡¡EMPEZABA MI NOVELA ROMÁNTICA!!!

Llevaba años soñando con vivir un momento así de mágico. Me había criado leyendo romance y viendo comedias en bucle con mi hermana. Tan era así que me sabía los diálogos de algunas de memoria.

«Por fin tengo el meet-cute que merezco», pensé emocionada.

Sin perder el tiempo, me guardé el teléfono en el bolsito plateado y, tan pronto como posé la palma sobre la suya, él cerró los dedos alrededor. Un hormigueo me subió por el brazo. Su piel era extremadamente suave y cálida. Él caminó con seguridad, esquivando a las personas que bailaban. En cuanto llegamos al centro de la pista, me dio un suave tirón para acercarme a él. Cuando colocó la mano en mi cintura, dejé de respirar unos segundos.

Por mi parte, apoyé la mano izquierda sobre su hombro y la dejé ahí plantada.

Él se movió un paso a la derecha y después otro hacia atrás, y yo intenté seguirlo, con cuidado de no pisarlo. Fracasé al segundo paso.

—No mires al suelo —me pidió.

En ese instante me percaté de que estaba tan preocupada de no aplastarle el pie que tenía la vista clavada en sus zapatos.

Levanté la cabeza y, cuando nuestros ojos tropezaron, me sonrió.

Atractiva. Encantadora. Irresistible.

Esos eran los adjetivos que podrían describir su sonrisa.

—Tranquila, tú solo déjate llevar —me dijo antes de hacerme girar sobre mí misma.

Le hice caso y, sin darme cuenta, estábamos bailando. En cuanto cogí un poco de confianza, sentí que conectaba con él. De pronto, me estaba divirtiendo. Era increíble cómo mis movimientos espontáneos encontraban sincronía en los suyos. Parecía que mi cuerpo y el de aquel desconocido habían encontrado la manera de comunicarse al ritmo de la música. Agradecí haberme puesto Converse en lugar de unos tacones incómodos, como Hilary Duff en Una Cenicienta moderna, porque había menos riesgo de tropezar.

—Has estado genial ahí arriba. —Señaló el escenario con la cabeza—. Se te da bien hablar en público.

Sonreí halagada.

—Si te digo la verdad, estaba muy nerviosa y lo he improvisado todo —confesé de manera atropellada—. Había escrito un discurso precioso para el final de la presentación, pero he salido corriendo de la editorial y me lo he dejado en la mesa.

—No se ha notado, Grace.

«¿Sabe mi nombre?».

Era cierto que Sophie lo había dicho varias veces en el escenario, pero eso no evitó que sonriese como una idiota.

Me encantaría saber el suyo, pero quizá saberlo rompería el hechizo, y estaba tan a gusto que no quería que sonase la última campanada a las doce ni salir de esa fantasía de golpe.

—Por cierto, estás espectacular con este vestido —apuntó con su voz sensual antes de hacerme girar por segunda vez.

El estómago me dio un vuelco. Como no le conocía y no sabía si le interesaba o si simplemente estaba siendo cordial, se lo pregunté:

—¿Estás intentando ligar conmigo? —cuestioné en cuanto lo tuve de frente otra vez.

—¿Funciona? —Volvió a colocar la mano en mi cintura y sentí un cosquilleo.

—Puede.

—Entonces es que no lo estoy haciendo tan bien como pensaba.

Sonreí ante su tono de indignación y no contesté.

—Tienes una sonrisa preciosa —me dijo.

—Ese cumplido no es muy original.

—Es que me estoy guardando los mejores para cuando te invite a cenar mañana.

Con ese comentario se me dispararon las pulsaciones.

Me iba a dar algo o tendría un orgasmo solo por oírle hablar así. Nunca había escuchado una voz tan sexy en vivo y en directo. No sabía qué responder a eso, y estaba tan agitada que solo supe mantener la calma desviando la atención hacia él.

—¿Cuántas veces te ha funcionado esa frase?

Él se rio, enseñándome todos los dientes.

—Eres la primera a la que se la digo.

—Seguro —ironicé.

—Estás guapísima y no he podido dejar de mirarte desde que he entrado.

Tragué saliva y me tomé unos segundos para contestar:

—Estás hecho todo un Romeo, ¿eh?

Su carcajada alegre y ruidosa relajó un poco la tensión sexual que parecía estar fraguándose entre nosotros.

—Va a sonar un poco cliché, pero interpreté a Romeo en el instituto y todavía recuerdo algunas líneas del libreto.

Esa vez, cuando pasé por debajo de su brazo, me pegó un poco más a él. O quizá fui yo, de manera inconsciente, la que lo hizo. Lo único que tenía claro era que ese hombre parecía interesado en mí y que su rollito seductor me gustaba tanto como el de Heath Ledger en Diez razones para odiarte.

Había algo cautivador en él. No me hacía falta verle la cara entera para saber que era atractivo. Tenía la clase de seguridad que tiene un hombre que sabe lo que se hace.

No sé cómo pasó, pero, mientras nos mecíamos de un lado a otro, fuimos reduciendo la distancia que nos separaba hasta estar prácticamente pegados, con mi cara a la altura de su cuello. Inspiré hondo y el olor de su colonia varonil me embriagó.

«Hasta su colonia huele a tío bueno».

¿Había algo en ese hombre misterioso que no fuera atrayente?

Cuando solté el aire que estaba reteniendo, la piel se le erizó.

—Grace —me susurró al oído.

Su aliento calentó mi oreja y la temperatura de la sala subió un par de grados.

—Dime —contesté cuando me hube asegurado de que no me fallaría la voz.

—¿Qué pasa si te beso ahora?

Su voz ronca me provocó un estremecimiento.

—Que me voy a desmayar —murmuré para mí misma.

—¿Cómo?

—Decía que te lo voy a devolver.

Se retiró lo justo para mirarme a la cara y el tiempo se detuvo. Ni siquiera recuerdo si la canción había terminado. Todo parecía haberse quedado en silencio. Lo único que se oía en aquella sala repleta de gente eran los latidos sordos de mi corazón. Me soltó la mano para sujetarme la barbilla y yo reposé la mía sobre su hombro.

Las piernas me temblaron cuando dijo alto y claro:

—Bien. Pues voy a besarte.

Se inclinó en mi dirección, despacio, como saboreando el momento previo a nuestro beso. Ladeó el rostro hacia su izquierda y yo hacia la mía en un movimiento perfectamente coordinado.

—¿Sabes una cosa, Romeo? —susurré sobre su boca—. Es la primera vez que voy a besar a alguien sin saber su verdadero nombre.

Estiré el cuello para cerrar la poca distancia que nos separaba y él se retiró de manera abrupta, dejándome confusa.

—¿Cómo que no sabes mi nombre? —Me quedé rígida mientras se llevaba las manos al borde de la máscara—. ¿Qué estás diciendo, rubia? Soy yo…

Ahí estaba.

La duodécima campanada.

Mi vestido no se convirtió en harapos y el carruaje que decoraba el escenario no se transformó en calabaza. Lo que sí sucedió en este cuento fue que el príncipe azul se destiñó por completo y adquirió el rostro del último sapo al que desearía besar.

4

BAILE (n.): Movimiento acompasado de dos personas que se atraen.

Cuando me quité la máscara, Grace ahogó una exclamación. Abrió la boca de manera exagerada y su cara de confusión se transformó en una de sorpresa. Se quedó rígida como un palo. Pasados unos segundos, retrocedió para salir de mi agarre, rompiendo así la burbuja íntima en la que solo parecíamos existir nosotros.

Respiré hondo mientras trataba de recomponerme. Me había excitado un poco al sentir su aliento sobre el cuello y el pantalón me apretaba la entrepierna.

—No me digas que ya te habías olvidado de mí… —le dije llevándome la mano al pecho como si me sintiese profundamente insultado—. Eso duele, Grace.

Ella tenía los labios apretados y ya no había ni rastro de la sonrisa risueña.

—Ven conmigo. —Me hizo un gesto con la cabeza para que la siguiera y se dio la vuelta.

Para tener las piernas considerablemente más cortas que yo, andaba a toda velocidad. Se tropezó con una pareja mientras abandonaba la pista de baile, pero no se detuvo hasta que llegó a la otra punta del salón, cerca del escenario donde había tenido lugar la presentación. En aquella zona, la música les daba a nuestros oídos el respiro suficiente como para poder conversar tranquilamente. Además, estaba más iluminada y podía verla mejor.

En cuanto me paré delante de ella, se quitó la máscara morada y me quedé pasmado al ver su cara al completo.

Lo que le había dicho bailando era verdad. Estaba espectacular, y desde que había llegado no había podido dejar de mirarla. No sabía si me llamaban más la atención sus ojos azules y enormes, su nariz respingona y pequeña o sus mejillas sonrosadas a juego con esos labios carnosos que me volvían loco.

—¿Qué haces aquí? —me preguntó.

Desvié la mirada de su boca a sus ojos.

—Bailar contigo —respondí.

Ella puso cara de situación.

—¿Qué pasa? —La señalé con el mentón—. ¿No te alegras de verme?

Alcé las cejas, expectante.

Estaba deseando que me dijera que sí, y esperaba que después de eso me besase con pasión y me arrastrase hasta el baño.

En lugar de cumplir mis fantasías, Grace me fulminó con la mirada.

—¿Cómo te has colado? —me preguntó en tono acusador—. Aquí no se puede entrar sin invitación.

«Ja. Esto le va a encantar…».

Con una lentitud pasmosa, metí la mano en el bolsillo interno de la chaqueta y saqué la invitación que me había dado mi hermano.

—¿De dónde la has sacado? —Su tono cambió a uno de sorpresa.

—Un mago nunca revela sus trucos —respondí guardando la invitación—. Y ahora, volvamos a lo importante. —Me incliné en su dirección—. Ibas a besarme. Adelante, no te cortes.

Grace se puso tan roja como el interior de la tarta que descansaba lejos de nosotros, sobre la mesa.

—¿Qué dices? —preguntó arrugando el ceño—. No iba a besarte porque tengo novio.

Le dediqué una mueca burlona.

Sabía que eso era mentira porque se lo había preguntado a Will esa misma tarde. Solo tenía tres reglas: nada de mujeres con pareja o que conociese en el trabajo, nada de quedarme a dormir y nada de repetir con la misma. Por suerte, con Grace no incumpliría ninguna.

Antes de que me diese cuenta, ella volvió a parlotear:

—Se llama Edward… —empezó—. Mi novio. No ha podido venir porque está en Washington. Su hermana Alice estaba de bajón. Así que ha ido a jugar al béisbol con ella y con su familia para animarla.

«¿A quién coño piensa que va a colarle esa?», pensé divertido.

—Perdona, ¿me estás diciendo que tu novio es el vampiro de purpurina de Escrúpulo? —dije el nombre mal adrede.

Grace abrió los ojos de par en par.

«Tocada y hundida».

Era tan expresiva que tuve que hacer un esfuerzo terrible para no soltar una carcajada.

—Escucha, rubia, si vas a mentir, intenta ser más original —le aconsejé—, y no improvises, porque se te nota mucho.

—Supongo que lo dices porque tú eres un experto… —comentó por lo bajini.

«¿Acaba de llamarme mentiroso por la cara?».

Abrí la boca para contestar, pero se me adelantó.

—Si me disculpas, estoy trabajando.

Se dio la vuelta para marcharse, pero se detuvo y volvió a encararme.

—Y, por cierto, te agradecería que dejases de dar me gusta a todas mis historias de Instagram —me dijo con algo de acidez.

—¿Por qué debería hacerlo? —le pregunté sin un ápice de vergüenza—. Me gusta lo que veo.

Como quería asegurarme de triunfar, tiré de mi sonrisa cautivadora. Nunca fallaba con las chicas.

—¿En serio? —Grace entrecerró los ojos y me habló con escepticismo—: ¿Te gusta el último libro romántico que he leído? Y el cupcake que desayuné ayer también te gustó, ¿verdad?

—¿Sabes lo que me gustaría muchísimo? —respondí con otra pregunta—. Invitarte a desayunar un cupcake mañana, después de haber pasado la noche junt…

—¡Shhh! —Se llevó el dedo índice a la boca—. No termines esa frase porque no me interesa lo que tienes que ofrecer. Ya me han hablado de ti y paso de los hombres que son como tú.

Esa afirmación, lejos de ofenderme, me hizo sonreír. Estaba la mar de contento de haber sido objeto de sus conversaciones.

—¿Has estado preguntando por mí? —cuestioné.

Ella bufó incrédula.

—Te estoy diciendo que me han advertido sobre ti, ¿y eso es con lo que te quedas?

Asentí con una sonrisa de oreja a oreja al tiempo que ella negaba con la cabeza.

—Tanto no pasarás de mí cuando me has cotilleado las fotos del año pasado, ¿no? —respondí.

Ella soltó un gruñido y apartó la mirada. Fui testigo de cómo sus mejillas se teñían hasta adquirir un color rojo vibrante. La Grace mosqueada me ponía igual que la Grace que había bailado conmigo, derrochando encanto, minutos atrás.

—Deberías volver a ponerte la máscara, estás más guapo con la cara tapada —contestó con una mueca.

Di un paso al frente para acercarme a ella.

—Si lo que te pone es el rollito de fingir que no nos conocemos, solo tenías que decirlo —comenté de manera perversa.

Ella se envaró mientras yo hacía amago de hacer lo que me había pedido.

—A mí no me… —comenzó, pero se vio interrumpida por una voz femenina.

—¡Chicos, por fin os encontramos!

Me quedé con el antifaz suspendido a centímetros de la cara. Giré el cuello hacia la izquierda para ver aparecer a Raquel, que todavía llevaba la máscara puesta, y a Will, que sostenía la suya en la mano. Por la mirada acusadora de Grace supe que se había dado cuenta de que el tío que le había señalado antes como posible culpable de la tarta era mi hermano.

—¡Cuñadita, cuánto tiempo! —Abracé a Raquel.

—¡Enhorabuena por el trabajo nuevo! —me felicitó al apartarse poco después—. Will acaba de contármelo.

—Gracias. —Le sonreí antes de volverme hacia mi hermano.

—¿Ya te has pensado lo de la oferta? —oí que le preguntaba Grace a Will.

—Creía que Suzu ya te lo había comentado, pero queremos pensarlo.

—¿Cómo que quieres pensártelo? —Grace se hizo la ofendida—. Will, te recuerdo que estás saliendo con esa persona increíble y preciosa —apuntó a su amiga con el dedo índice— gracias a mí. Así nunca le daré el visto bueno a vuestra relación.

Will contuvo la sonrisa y Raquel intervino:

—Grace, no le hagas chantaje. No es justo.

—Él ya sabe que estoy bromeando. —Grace hizo con la mano un gesto que le restaba importancia.

Raquel se echó a reír y le preguntó:

—Oye, ¿has visto a Suzu? Will y yo queremos hablar un momento con vosotras.

En ese instante, Grace se convirtió en una explosión de energía.

—¡Madre mía! —exclamó dando saltitos—. ¿Le has pedido matrimonio? —le preguntó a Will emocionada—. ¿Vais a casaros y voy a ser la mejor dama de honor de la historia?

—Pero ¿qué dices? —le contestó Will. Ella paró de saltar en el acto—. Llevamos poquísimo juntos. Esto no es una novela victoriana, Harris.

Grace hizo un mohín y refunfuñó algo que solo debió de entender ella.

—Prométeme que, cuando vayas a pedírselo, seré la primera en enterarme.

No le dio tiempo a responder porque Raquel se adelantó, tomando las riendas de la conversación:

—Lo que Will y yo queríamos deciros es que vamos a pasar el Cuatro de Julio en Carmel y nos encantaría que vinieseis vosotros también. —Alternó la mirada de Grace a mí.

—¡Contad conmigo! —exclamó Grace al abrazar a su amiga—. Además, tengo las vacaciones pedidas para esa semana. —Después miró a Will y añadió—: Sabía que tú y yo nos llevaríamos bien. —Le dio un puñetazo cariñoso en el hombro—. Imagínate ya si trabajásemos juntos, ¿eh?

Will asintió sin verbalizar una respuesta. Sabía que estaba cogiéndole cariño a Grace.

—¡Ahí están Suzu y Jared! —señaló Raquel antes de tirar de Will—. ¡Vamos a decírselo! —nos informó—. ¡Enseguida venimos!

En cuanto Grace y yo nos quedamos solos, decidí lanzarle por última vez el balón. Si cogía el pase, estupendo, y si no… tampoco iba a morirme.

—¿Te apetece tomar algo en un sitio más tranquilo? —le pregunté a las claras.

Grace esbozó una sonrisa irónica, que no se parecía en nada a la divertida que me había regalado minutos antes.

—No voy a enrollarme contigo, si eso es lo que estás insinuando.

Aunque me encantaría enrollarme con ella ahí mismo, me apetecía invitarla a cenar, picarla un rato más y después desnudarla sobre una cama mientras me tomaba mi tiempo para besarle el cuerpo entero.

—¿Por qué no vamos a cenar? —le propuse—. Por como has dejado la tarta, yo diría que tienes hambre, ¿no?

—¿De verdad me estás pidiendo una cita?

—Eso depende de lo que vayas a responder. Si tu respuesta es sí, entonces sí, te estoy pidiendo una cita. Si he malinterpretado las señales y no te intereso, entonces te ahorraré que tengas que darme calabazas diciéndote que solo quiero cenar con una amiga, en un italiano, para celebrar su ascenso en un ambiente más íntimo y ver qué pasa después.

Las dos opciones significaban lo mismo.

Un italiano con ambiente íntimo gritaba «cita» a los cuatro vientos.

Me regaló otra sonrisa sarcástica y apartó la mirada.

La tira del bolsito plateado que llevaba colgado le atravesaba el esternón, marcando el escote de su vestido más aún.

Cuando volvió a mirarme, me quedé en vilo y no moví ni un músculo de la cara.

—No me apetece vivir un enemies to lovers —comentó con sarcasmo.

—¿Qué dices? —Arrugué las cejas—. Tú y yo no somos enemigos.

—Entonces ¿por qué intentaste envenenarme con un pastelito?

Su tono ofendido me hizo reír.

—No te rías, ¿se te ha olvidado que casi me muero por tu culpa? —me acusó.

—Yo diría más bien que fui el que te salvó la vida.

Grace soltó el aire por la nariz y no dijo nada.

Yo hice acopio de toda mi fuerza de voluntad y me obligué a dejar las bromas y las provocaciones a un lado.

—Mira, no te voy a perseguir para cenar —le dije—. Sé aceptar una negativa.

«Aunque nunca me hayan dado una», me corté de añadir.

—Pero hay una cosa que no puedes negar, y es que tú y yo tenemos muchísima química —continué tranquilo—. Yo sé lo que hay y tú, también. Cuando estés preparada para asumirlo, escríbeme. Estaré aquí hasta la semana que viene.

Sin darle tiempo a protestar, me alejé en dirección a la barra, seguro de que tarde o temprano vendría a buscarme.