Boí, valle de Boí,
noviembre de 2015
En las noches sin luna el único rey del valle es el silencio. Hoy el cielo es una sábana negra y flota en el aire una neblina turbia que oculta parte de la torre de la iglesia, siempre iluminada, como un faro de montaña. Desde la ventana del comedor, Marta tiene la impresión de que la parte superior del campanario está suspendida en el aire y siente el frío que desprende el vidrio al apoyar la mano en él. Un helor recio le sube por el brazo, hasta llegar al tatuaje del hombro en el que ella prefiere no pensar. Se anunciaban nevadas para los próximos días, pero de momento solo se aprecia una tenue capa blanca en las cumbres que circundan el valle. Ahora que está a punto de partir, Marta se dice que la nieve, por hermosa que sea, supondría un obstáculo añadido. «Y eso es lo último que necesitamos», piensa. Los nervios, que la han mantenido alerta durante todo el día, están dando paso al cansancio y a una desazón con la que lleva años conviviendo. Algo que a veces le provoca un vacío en el estómago, que en ocasiones incluso la marea y que solo logra apaciguar asegurándose de que su hijo está a salvo.
Sube deprisa la escalera hasta el cuarto de Daniel, donde el niño duerme completamente vestido, pese a sus protestas de que quería esperar despierto. Ella prefiere dejar que descanse mientras pueda. Verlo así le serena el ánimo. Se acuesta a su lado, para sentir su cercanía, su olor. Los niños parecen dormir con la misma entrega con la que juegan, abandonándose al momento. Recuerda que cuando Daniel era solo un bebé, ver su cuerpecillo absolutamente inmóvil había llegado a asustarla. Luego se acostumbró: Daniel caía fulminado de repente, en mitad de un cuento o en cuanto rozaba la almohada. Siempre ha pedido acostarse con la luz de la mesilla encendida y ella nunca se lo ha impedido; por eso ahora ve la mochila llena de las cosas que él solo ha metido en ella, y el juguete que ha escogido para llevarse consigo.
«Solo uno, mi amor. Lo siento mucho», le ha dicho hace unas horas, cuando le informó de sus repentinos planes. Lo vio dudar durante un buen rato entre el flamante robot con luces, el regalo estrella de su último cumpleaños, y el viejo ciervo de peluche, antaño suave pero ahora tuerto y áspero, que le acompañaba desde que apenas tenía un año. Eso le ha entretenido las últimas horas y ha evitado el aluvión de preguntas que seguro que pasaron por la cabeza de su hijo a lo largo de esta tarde. Cuestiones para las que ella no tenía una respuesta fácil, aunque sí contundente. Debían irse. En algún momento de esta noche. Amanecerían en otro lugar y volverían a empezar de cero. Dirían adiós al valle, al colegio y al parque. Debían dejar atrás muchas cosas, entre ellas los juguetes que Daniel había ido atesorando durante los últimos cuatro años. No está segura de por cuál se ha decantado al final: el robot está de pie junto a la mochila y el niño duerme abrazado al peluche. Quizá sea su manera de despedirse antes de abandonarlo allí.
Marta mira el reloj que hay sobre la mesilla, en el que Mickey Mouse sonríe a todas horas, y ve que son las doce y veinte. No sabe a qué hora los recogerán; solo que deben estar preparados para salir en cuanto llegue el coche. Es lo menos que puede hacer, sobre todo teniendo en cuenta lo inesperada que ha sido esa mano amiga que los llevará a un sitio seguro. Ella habría podido mentir al niño y decirle que se iban de viaje o lo que fuera, pero estaba harta de cuentos. A sus casi ocho años, Daniel no tiene edad para saber la verdad, pero su madre tampoco ayuda al intentar alejar el peligro con una maraña de embustes.
Ignora si algún día Daniel podrá saber cuál es su verdadero apellido —Folguera, como el suyo—, quién es su padre o por qué huyeron de esa casita de piedra donde habían vivido en paz desde que se instalaron en Boí. Su hijo es demasiado pequeño para acordarse de las mudanzas anteriores, de las huidas febriles que tuvieron lugar durante la primera etapa de su vida, en cambio en este pueblecito del Pirineo ha echado raíces. Tiene amigos. Y, pese a todas sus reservas, ella también.
Incapaz de estarse quieta, Marta se levanta. Sale del cuarto dejando la puerta entornada y baja hacia la cocina. Es grande para lo que son las dimensiones totales de la vivienda y está provista de una mesa de madera maciza. En ella han hecho deberes y dibujos, han batido huevos para preparar bizcochos; ahí es donde Daniel aprendió a leer. Ahora la superficie está despejada y Marta vuelve a pasar un trapo, como si quisiera eliminar así cualquier rastro de su existencia.
Se pregunta qué dirán los otros padres a la mañana siguiente, cuando se reúnan junto a la iglesia a la espera de los taxis que llevan a sus niños al colegio. Pensarán que se les han pegado las sábanas, la llamarán para avisarla. Es posible que alguien se acerque hasta aquí cuando se den cuenta de que nadie contesta al teléfono. Se encontrarán con una casa vacía y una ausencia inexplicable. Con un misterio que ocupará las conversaciones del valle durante medio invierno, cuando la nieve cerque los pueblos. «Marta siempre fue rara», dirán. «No se relacionaba mucho, nunca supimos casi nada de ella; ni de dónde venía, ni qué había hecho en la vida. Y nunca recibían visitas, ¿no os había extrañado eso?». «Un buen día se instalaron aquí, ella y el niño, y tal y como vinieron, se esfumaron sin despedirse, como si fueran delincuentes o fugitivos…». Espera que alguien los eche de menos, aunque sea solo un poco. ¿Cómo le explicarán a Quim que Daniel, su amigo del alma, se había marchado sin tan siquiera decirle adiós? ¿Qué dirá Eric de que se hayan ido sin más? Hizo bien en cortar con él, piensa ahora. Hay historias que ella no puede permitirse.
Es absurdo preocuparse por esas nimiedades cuando lo que está en juego es mucho más importante. Aun así, no logra evitar el zarpazo de la nostalgia anticipada. Desde que nació Daniel, este ha sido el único lugar que ha sentido como su casa. Entra en la cocina, vuelve a acercarse a la ventana y la abre solo un poco. Junto a ella su hijo descubrió la nieve: la vio caer en forma de plumas blancas, estupefacto, sin atreverse a salir a la calle para no estropear aquel manto impoluto. Ahora, el frío penetra por la rendija, le acaricia la mejilla y Marta nota que las lágrimas le anegan los ojos.
Respira hondo, como si quisiera tragarse todo el aire del valle, y siente unas inmensas ganas de gritar. De proferir un aullido que despierte al pueblo entero, que sobresalte a las aves nocturnas, que se cuele en las casas ajenas y horripile a sus habitantes. No lo hace. El grito se le deshace en la garganta dejándole una intensa sensación de vacío.
Está de camino al comedor cuando oye por fin un rumor que altera la paz nocturna y, al entreabrir la puerta principal, distingue el coche: avanza despacio con los faros apagados, tal y como habían acordado. Ha llegado el momento. Marta corre hacia la escalera para ir a despertar a Daniel.
De haberse quedado allí durante unos segundos más, habría visto que del vehículo no bajaba una sola persona, sino dos, y tal vez ese detalle la habría puesto en guardia. Pero lo que hizo fue dar media vuelta y dejar la puerta abierta.
A veces el futuro se decide en unos segundos de descuido.
Daniel se ha despertado cuando su madre ha salido del cuarto y ha permanecido unos minutos remoloneando en la cama, sin saber muy bien por qué estaba vestido. Luego lo ha recordado todo de repente.
Tiene en brazos al bambi tuerto, porque antes de que le venciera el sueño decidió llevárselo escondido en el bolsillo del anorak y meter el robot en la mochila. No quería renunciar a ninguno de los dos, pero intuía que no era un buen momento para discutir con su madre. Así que se levanta de un salto y estruja el peluche hasta convertirlo en una bola informe para poder guardarlo sin que se note.
Con el anorak puesto, se concentra en vaciar la mochila para que quepa el robot. No es una tarea fácil, es demasiado rígido y solo consigue doblarle un poco las piernas para que ocupe menos. Se le ocurre una idea: saca el jersey que ocupaba media mochila y envuelve al robot como si estuviera vistiendo a una muñeca. Lo que ya no puede es cerrar la cremallera porque choca con la cabeza del robot. Tras unos minutos de forcejeo, se harta y tira la mochila contra la cama. Está enfadado, sí. Por una vez siente que tiene todo el derecho del mundo a estarlo. Incluso a decir palabrotas y a dar puntapiés. ¿Por qué tienen que irse? ¿Por qué no puede seguir durmiendo, ir al colegio al día siguiente y luego quedarse a jugar en casa de Quim hasta que su madre vaya a recogerlo como siempre? JO-DER.
Así que Daniel se sienta en el suelo decidido a no moverse de allí. Se dice que puede irse a vivir con Quim y sus padres y que mamá venga a verlo cuando quiera, aunque en el fondo es consciente de que su propuesta es ridícula y… ¿cómo era la palabra que habían aprendido en la clase de lengua esa semana? In-vi-a-ble. Le gusta la maestra que tienen este año, le gustan sus cuentos y su sonrisa y su pelo, muy rizado. «En-sor-ti-ja-do», les dijo ella. A Daniel le encantan las palabras, disfruta repitiéndolas sílaba a sílaba y las anota en un cuaderno que le compró su madre. «El Diccionario de Daniel», escribió él en la tapa. Y entonces cae en la cuenta de que esa libreta sigue guardada en la cartera del colegio. Los libros le dan igual, pero no piensa separarse de sus palabras. Así que se levanta del suelo, abre la puerta de su habitación y sale al pasillo, con el anorak puesto y el peluche en el bolsillo. Antes de llegar a la barandilla de la escalera que conduce al salón, oye un golpe y un gemido ahogado.
Tarda unos instantes en procesar lo que ve. Su madre está en el suelo, tirada sobre la alfombra a los pies de la escalera, y encima de ella hay una figura vestida de negro que recuerda a una fiera.
Un lobo voraz.
Daniel está a punto de gritar cuando el instinto más primario de supervivencia le quiebra la voz. Abajo, Marta se revuelve, sus piernas intentan moverse a pesar de la figura que las aplasta. Daniel no consigue apartar la mirada, y contempla inmóvil cómo el cuerpo de su madre va languideciendo. Está tan horrorizado por esa alimaña que no se percata de que en la casa hay alguien más. Otra silueta oscura que profiere un rugido y avanza a toda prisa hacia la escalera. En dirección a él.
Entonces Daniel recuerda lo que su madre le ha dicho mil veces: «Si alguna vez nos atacan, tú huye. Vete sin mirar atrás; toma cualquiera de los senderos que salen del parque y se internan en la montaña y corre. Corre. ¡Corre tan rápido como puedas!».
Y eso hace: huye sin mirar atrás. Entra en su cuarto y cierra la puerta, como si fuera un muro que pudiera protegerlo del peligro. Luego mira a su alrededor y se detiene en la ventana, consciente de que es la única salida a la calle. Su madre jamás le habría permitido saltar desde el segundo piso. «Pero mamá ya no está», piensa con un aplomo poco infantil. Los pasos a su espalda se vuelven más firmes, están más próximos y él comprende que el miedo o la indecisión pueden ser errores fatales.
«Es un riesgo i-ne-vi-ta-ble», se dice. Y, con los ojos cerrados, armado con el valor que le confiere esa palabra, respira hondo y salta hacia la noche.
Bienvenidos a la hora del lobo, ese lapso de tiempo que separa la noche de la aurora, cuando la mayoría de la gente muere, cuando el sueño es más profundo y las pesadillas son más reales, cuando los insomnes se ven acosados por sus mayores temores, cuando los fantasmas y los demonios son más poderosos. La hora en que, engañados por la falta de luz, confundimos a un perro con un lobo.
[Entra sintonía]
Una noche más, poco después de las diez, cuando ya reina la oscuridad, recibimos de nuevo a nuestros oyentes en nuestra Hora del lobo, el programa nocturno que nos acerca a los misterios, las leyendas y las tradiciones artísticas de nuestro valle y de sus alrededores. Desde Barruera, hoy con la historiadora del arte Maite Padilla y quien os habla, Miquel Soler, periodista jubilado, apasionado por los temas ocultos y escritor sin fecha de jubilación. Hoy en Radio Pirineos, en el último jueves de agosto de 2022, nos preparamos para oír aullar a los lobos.
[Efecto sonoro]
—Buenas noches, Maite, ¿cómo estás?
—Encantada de estar aquí contigo y con nuestros oyentes. ¿Y tú?
—Feliz de recibirte en nuestro espacio. El mes pasado te echamos de menos. ¿Ya estás recuperada?
—En plena forma. Fue solo un resfriado, pero me dejó fuera de combate.
—Esas gripes de verano, ¡qué malas son! Pero bueno, resulta un placer tenerte con nosotros de nuevo. Y dime, ¿qué nos trae hoy la experta en arte románico?
—Pues en unos minutos viajaremos a Francia, así, sin movernos de casa, concretamente a un pueblecito llamado Moissac, situado a unos setenta kilómetros al noroeste de Toulouse. ¿Lo conocías, Miquel?
—La verdad es que no. Y, dime, ¿qué hay en Moissac? ¿Por qué nos propones este viaje?
—Por algo que sé que a ti y a nuestros oyentes os gusta mucho. [Pausa]. Una abadía. La abadía de Moissac es uno de los monumentos arquitectónicos más importantes del románico francés.
—¡Nos fascinan las abadías! Con un buen claustro, supongo.
—Uno maravilloso, con setenta y seis capiteles profusamente decorados con escenas de la Biblia. Pero también consta de una iglesia dedicada a san Pedro que cuenta con un pórtico espléndido con una talla en el tímpano del Apocalipsis según san Juan.
—Espera, espera. Recordemos a nuestros oyentes que en la web del programa podrán encontrar un enlace con fotografías de este monumento del que hablaremos en profundidad con Maite dentro de unos minutos. Pero, antes de adentrarnos en el tema principal del programa, de acercarnos a este misterioso espacio (¿por qué todas las abadías tienen esa aura enigmática? ¿Será porque siempre nos hacen pensar en El nombre de la rosa?), me gustaría dedicar unos minutos a las llamadas de nuestros oyentes. ¿Te parece bien, Maite?
—Por supuesto.
—¡Ha llegado vuestro momento, lobeznos! Ya sabéis nuestros teléfonos. Queremos oír vuestros aullidos. ¿Tenéis algo que preguntarle a Maite? ¿Alguna duda que yo os pueda resolver? Os recuerdo que el programa de la semana pasada, en el que contamos con Ricard Janer, nuestro guía de montaña favorito y fundador de la empresa de deportes de aventura más importante del valle, estuvo dedicado a los rincones secretos de nuestros senderos más recónditos, esos que solo conocen los auténticos exploradores de la zona. Si tenéis alguna pregunta, si queréis sugerirnos algún tema para otros programas o simplemente saludar a Maite después de dos meses sin oírla, este es el momento. Aquí, en La hora del lobo. ¡Aullad, malditos!
[Efecto sonoro]
[Sintonía dos]
Maite se quita un momento los cascos y bebe un poco de agua. Oye cómo su compañero atiende un par de llamadas de los oyentes habituales. Siempre son los mismos, al menos los que participan por teléfono, sin embargo nunca deja de sorprenderle la repercusión del programa en las redes sociales, sobre todo cuando abordan temas más populares. Duda que la abadía de Moissac despierte un gran fervor, pero era fácil de preparar y últimamente no dispone de demasiado tiempo libre. De repente, nota que Miquel frunce el ceño y que luego sus labios dibujan una sonrisa sarcástica. Cuando sonríe, parece mucho más joven. A sus casi setenta años, Miquel Soler tiene un aspecto envidiable al que contribuye su atuendo, primorosamente planchado por una esposa que jamás lo dejaría salir con una arruga en la camisa o sin la raya del pantalón. Cuando lo ve llevarse el dedo índice a la sien y negar ligeramente con la cabeza, siente curiosidad y vuelve a ponerse los cascos para escuchar al oyente. Llega un segundo tarde, porque ya es Miquel quien está hablando.
—… no sé si le he entendido bien, señor. ¿Lo que plantea es una pregunta o se trata de un relato que quiere compartir con nosotros? La última semana de cada mes tenemos el concurso de microrrelatos, en el que puede participar siguiendo las instrucciones que encontrará en la web.
Silencio. Alguien carraspea. Maite le pregunta con la mirada a Miquel y este pone los ojos en blanco. Moviendo los labios, dice: «Está como un cencerro».
—¿Señor…?
—Creo que me he explicado con claridad. Esto no es ningún relato, ni tampoco un juego. En el valle tienen algo que no es suyo, algo que no les pertenece, desde hace años. Y creo que ya es hora de que lo devuelvan.
—¿Podría explicarse? Me temo que no le entiendo…
—[Risa breve] Como ustedes quieran. No saben lo que están haciendo. No saben a lo que se enfrentan.
—Mire, si es una broma, no termino de verle la gracia, francamente…
—Recuerde mis palabras. Devuelvan lo que esconden. [Pausa] Miren, ya sé que no lo hacen por maldad. Les prometo que lo protegeremos. Él estará a salvo.
—¿Quién estará a salvo?
—[Suspiro, voz más baja] El chico. Daniel Folguera…
Miquel está a punto de cortar la comunicación. Lo que al principio le había hecho gracia ahora le parece un delirio y las palabras del individuo que hay al otro lado de la línea de golpe le han irritado. La paciencia no era su fuerte cuando era joven, pero a estas alturas de su vida es un hilo frágil que se parte con facilidad. No obstante, se detiene antes de estallar. Frente a él, ve que Maite Padilla se ha puesto repentinamente pálida. Intenta interrogarla con la mirada, aunque ella no parece darse cuenta y la voz le tiembla cuando susurra algo que el locutor no logra discernir.
La mujer que la mira desde el espejo se burla de ella. De todo lo que ha dicho en los últimos tiempos. Del falso aplomo que ha demostrado. De sus protestas ante las insinuaciones de que, tal vez, aún no había llegado el momento de volver a vivir sola.
Lena intenta responder a esa mirada burlona con una expresión de odio, algo que no es difícil a las cinco de la madrugada, después de otra noche de sueño interrumpido. Pero para eso también hacen falta fuerzas y ella está agotada, así que se rinde enseguida.
Hacía muchos años que no sufría terrores nocturnos. Los había dejado atrás, como había sucedido después con la vergüenza a hablar en público o el acné, sin tan siquiera saber cómo. Un buen día, alrededor de los once o doce años, cesaron las noches de insomnio, el pánico a las sombras, la percepción amplificada de ruidos inocuos que se transformaban, por obra y gracia de su mente infantil, en amenazas sutiles, y Lena ya no tuvo que volver a preocuparse de ellos. La niña asustadiza que se atiborraba de chocolate para superar las noches en la casa de su abuela creció y se convirtió en una mujer adulta, capaz de vivir y de dormir sola. Hasta ahora. Y el hecho de que esto haya sido algo previsible, incluso lógico, le provoca una profunda irritación consigo misma.
Le habían aconsejado que postergara el regreso a su piso y ella hizo caso durante un tiempo. Se había refugiado en casa de Jarque, se había dejado cuidar y atender durante meses por aquel hombre fuerte y sólido, el subinspector de los mossos con quien había empezado a salir poco antes del ataque, el mismo que la había rescatado de la silla del Verdugo cuando estaba convencida de que iba a morir. Curiosamente, es así como recuerda ahora aquella experiencia aterradora: no piensa en el cuchillo, ni en la voz de su secuestrador, ni en el sótano donde la encerró. En los momentos de pánico se imagina atada a una silla, incapaz de moverse, a merced de cualquier cosa.
En las primeras pesadillas su mente borraba al Verdugo, el hombre que la secuestró en la puerta de este piso y la llevó hasta el sótano de su casa. Lo que persistía era la sensación de impotencia que la invadió al verse atada a aquella silla, completamente indefensa. En una de las pesadillas más desagradables, la atacaba una horda furiosa de cucarachas que ascendían por sus piernas y se le colaban bajo la ropa; eran centenares, negras y asquerosas, y aunque conseguía pisotear alguna, no tenía manera de zafarse. Aquel ejército salvaje le subía por las piernas; las notaba entre los muslos y sentía el cosquilleo de sus patas avanzando en dirección a la garganta. Lo único que podía hacer era cerrar los ojos y la boca, pero aun así seguía percibiendo aquel roce asqueroso en los párpados, las mejillas, en las comisuras de los labios. Mientras, a unos pasos de distancia, una silueta sin rostro presenciaba la escena en silencio. No se cebaba, no la torturaba con sus palabras. Tampoco hacía nada por ayudarla, se limitaba a observar su sufrimiento.
Las pesadillas continuaron durante las semanas posteriores al ataque. Eran vívidas y cambiantes. Las malditas cucarachas cedieron el paso a las ratas y luego llegaron los pájaros salvajes que la atacaban con sus picos afilados. No eran tan repulsivos como las anteriores, pero sí más terribles, porque podían salir de cualquier lado y porque sus alas emitían un rumor sordo y atronador que se le metía en el cerebro y que seguía zumbándole en los oídos incluso cuando estaba despierta.
El hecho de que Lena, psicóloga y especialista en criminología, sepa al dedillo todo lo que concierne al estrés postraumático no le está sirviendo de ninguna ayuda. Quizá sea esto lo más frustrante: ella, que ha aconsejado a víctimas y estudiado a asesinos, no consigue llevar las riendas de su propia mente. Aunque es verdad que los sueños horribles se han espaciado (entre otras cosas porque han sido reemplazados por un insomnio pertinaz), recientemente ha empezado a sufrir episodios de claustrofobia, despierta y a plena luz del día. No se lo ha confesado a nadie, simplemente se limita a rehuir los espacios cerrados; hace pocos días tuvo que salir de un ascensor porque se angustió al pensar que debía permanecer en aquel cubículo pequeño después de que se cerraran las puertas. E, incluso en la cama, en su habitación de siempre, ha sufrido esa angustia paralizante. Siente como si las sábanas se convirtieran en sogas, como si la almohada fuera un imán pegado a su cabeza.
Al final es mejor levantarse, deambular por el piso, convertirse en un fantasma. A veces se ve así: el espectro de la mujer que fue en el pasado, un doble de Lena sacado de una película de ciencia ficción: alguien que ha ocupado su cuerpo, que la está suplantando y que ha logrado engañar a todo el mundo; una copia casi idéntica de la original que nueve meses atrás se quedó en aquel sótano horrible.
«Una copia ojerosa y ajada», se dice ahora al mirarse al espejo del cuarto de baño. En realidad, se lo dice esa mujer del espejo que es ella y a la vez es otra. No puede presentarse con esa cara delante de la prensa, dentro de… cuatro horas. Las entrevistas empiezan a las nueve y media, en la terraza del hotel Alma. Lucas Soldevila, su editor, está exultante: la popularidad de Lena ha disparado las ventas de su último libro, Jóvenes asesinos. Incluso aceptó de buen grado los cambios que ella realizó a última hora, que básicamente consistían en eliminar del libro el caso de Cruz Alvar. «Ser la víctima del asesino en serie más célebre de Barcelona tiene sus ventajas», piensa ella, y se sonríe a sí misma sarcástica. El libro, siete casos de true crime ficcionados, se publicó a principios de septiembre, coincidiendo con la rentrée literaria, y ella es consciente de que las entrevistas de promoción también se desviarán a otro tema: su papel de víctima y su rol en el descubrimiento de la identidad del Verdugo.
De pie en el baño, todavía en pijama, Lena siente que le flaquean las fuerzas. Jarque tenía razón: es demasiado pronto para exponerse al escrutinio público. A periodistas amables, pero curiosos; a una presentación que se prevé abarrotada, a un programa televisivo de máxima audiencia que la jefa de prensa de la editorial había cerrado para dentro de un par de semanas y a un sinfín de entrevistas. Todo en quince días. Con esta cara de muerta y el ánimo por los suelos.
El zumbido del móvil la sobresalta por la hora intempestiva, aunque por no sentirse tan sola acude a cogerlo. Es un whatsapp de Jarque.
«¿Todo bien? ¿Estás dormida?». Esas dos preguntas consiguen dibujarle una sonrisa. Solo David Jarque es capaz de enviar un mensaje de madrugada como si fuera lo más natural del mundo. Lo imagina solo, en el dormitorio que han compartido en los últimos meses. Ojalá no se hubiera obstinado en recuperar tan pronto lo que ella llama su vida normal. También era cierto que en algunos momentos había tenido la sensación de ser una intrusa en su casa, sobre todo de cara a los hijos de él. Eran buenos chicos, tan simpáticos como pueden serlo un par de adolescentes que se habían encontrado de repente a una extraña conviviendo con su padre. Por suerte, vivían la mayor parte del tiempo con la ex de Jarque; Lena, que no había tenido exactamente una infancia convencional, no se creía capaz de integrarse en una vida familiar al uso.
Ahora, con el móvil en la mano, siente unas repentinas ganas de verlo y le responde enseguida: «Ya estoy despierta. ¿No te apetecerá un café?».
La réplica de Jarque no se hace esperar: «¿Me estás invitando a desayunar a las cinco y cuarto? Ese es un plan que no puedo rechazar… ¡Voy para allá!».
Lena sabe que lo hará, él no conoce la pereza. Llegará en cuestión de minutos, la abrazará y le hablará en ese tono reposado, no exento de humor, que en ocasiones le resulta un poco condescendiente. Y seguramente luego se tumbarán juntos en el sofá y ella podrá dormir un poco entre sus brazos. Solo una hora de sueño profundo y tranquilo. No pide más.
Vuelve al cuarto de baño para arreglarse un poco. La mujer del espejo ya ha dejado de mirarla con malvada ironía, pero Lena sabe que esta es solo una victoria menor en una larga guerra.
Cuarenta minutos después, cuando está a punto de recostar la cabeza en el pecho del subinspector y de entregarse a un rato de descanso, él le pregunta:
—¿Preparada para todo el sarao de mañana? Bueno, ¡de hoy!
—Más o menos —susurra ella, somnolienta—. Es decir, preparada para hablar de mi libro, sin duda. Aunque me temo que no será el único tema.
—Ya.
Algo en su tono la espabila un poco, percibe que él está buscando las palabras antes de seguir hablando.
—¿Pasa algo? —Lena se está poniendo en guardia—. Ya hemos hablado de esto: el caso sigue bajo secreto de sumario y sé perfectamente que hay muchas cosas que no puedo difundir.
Él parece incómodo y Lena termina incorporándose para verle bien la cara. Jarque sigue abrazándola, aunque no la mira directamente.
—Y muchas que aún desconocemos, las cosas como son. Pero estoy seguro de que la prensa intentará sonsacarte. Es su trabajo al fin y al cabo.
Lena asiente despacio. De hecho, era algo que había pensado estos días, porque era obvio que la inusitada expectación que había despertado Jóvenes asesinos tenía una razón de fondo ajena al libro. Lena Mayoral se había convertido no solo en la víctima que sobrevivió al Verdugo, sino también en la criminóloga que había arriesgado su vida para desenmascararlo Los hechos eran de sobra conocidos por el público. Charles Bodman, bajo el nombre falso de Thomas Bronte, un ciudadano británico instalado en Barcelona desde hacía varios años, había asesinado, o mejor dicho, ejecutado, a seis personas entre mayo de 2020 y diciembre de 2021, usando un método tan siniestro como era el garrote vil, un modus operandi brutal y de espíritu justiciero que dio nombre al asesino en los medios. El Verdugo había abandonado los cuerpos en diferentes lugares de la ciudad, acompañados de una críptica nota en la que afirmaba: «Alguien tiene que hacerlo». Habían sido meses de desconcierto para la policía, a los que siguió el pánico general cuando la noticia salió a la luz. Lena había colaborado con la investigación a partir del hallazgo de la tercera víctima, en enero de 2021. En aquella escena del crimen había conocido al hombre que tenía ahora al lado, piensa, apretándose contra él de nuevo. El caso había estado a punto de cerrarse en falso y fue Lena, convencida de que el perfil del sospechoso al que habían acusado de esos crímenes no encajaba con el del psicópata asesino, la que se obstinó en continuar investigando. Ni siquiera Jarque le había hecho caso, quizá porque las ganas de ver el tema zanjado nublaron entonces su juicio.
Pero el subinspector acaba de meter el dedo en la llaga. Sigue habiendo muchos puntos sin esclarecer en el caso. Lena no tiene muchas dudas sobre el criterio de selección de sus víctimas (personas que, según el código moral del psicópata, merecían morir), pero su falsa identidad es un cabo suelto. ¿Por qué Charles Bodman se había presentado en Barcelona con el nombre de quien había sido su antiguo vecino y amigo de la infancia, Tommy Bronte? Y, lo más importante, ¿qué había sido del auténtico Thomas? A estas alturas, nueve meses después de su detención, siguen sin dar con él. Basándose en sus conocimientos sobre los asesinos en serie, Lena puede esbozar muchas conjeturas, aunque también es consciente de que las hipótesis no son pruebas. Y ahora, con el juicio previsto para finales de este año, la justicia no necesita teorías sino hechos comprobables y tangibles.
—Bueno, su trabajo también tiene límites. Y ellos lo saben. Además, está claro de qué lado estoy, ¿no? —replica ella en un tono ligeramente cariñoso. Luego se incorpora del todo y continúa, con voz más seria—: De hecho, de momento preferiría no hablar de él. Mi editor sigue insistiendo en que escriba un libro sobre Charles Bodman después del juicio.
—¿Y te apetece hacerlo?
—Es un perfil muy interesante, sin ninguna duda —responde ella sin comprometerse.
—También es un tipo que intentó matarte.
—No me digas. ¿Pensabas que se me había olvidado?
—No. Lo que pienso es que estás convencida de que puedes con todo. Te estás exigiendo demasiado y alguien tiene que decírtelo.
Lena niega con la cabeza. No es la primera vez que surge esta conversación y no tiene especiales ganas de repetirla a las seis y pico de la mañana. Él le acaricia la cara con delicadeza, como si así suavizara sus palabras.
—A ver, subinspector Jarque —dice ella—, ¿está decidiendo cuáles deben ser mis futuros proyectos profesionales?
—Dios me libre. Solo te estoy dando un consejo. Y como amigo, no como policía.
—¿Solo como amigo?
Él le da un beso rápido.
—Eres la única amiga a la que visito a estas horas intempestivas.
—¡Más te vale! —Ella vuelve a acomodarse en sus brazos. Le gusta el olor de su ropa y de su cuerpo. Y tras un instante no puede evitar añadir algo más—: A veces, hay que saber aprovechar las oportunidades cuando se presentan. Un libro sobre el Verdugo puede ser un gran éxito y yo soy la persona más adecuada para escribirlo. Eso no me lo negarás, ¿no?
Jarque la escucha. Es una de las cosas que más le gustan de él: la escucha de veras antes de hablar.
—En lo segundo estamos de acuerdo. Pero date tiempo, ¿vale? Hazlo cuando te sientas emocionalmente fuerte para afrontar ese desafío. Y cuando dispongamos de toda la información sobre Charles Bodman.
—Te lo prometo. Y ahora, ¿crees que podríamos dormir un poco? —pregunta ella cerrando los ojos.
Él asiente con la cabeza y luego permanece inmóvil, para no molestarla. Tampoco quiere insistir más, se conforma con disfrutar de este rato de compañía, en el sofá, como dos adolescentes. Lena se duerme enseguida, lo cual no le sorprende: es obvio que no descansa, se le nota en la piel, en esos momentos de sueño profundo, casi instantáneo, en los que el cuerpo trata de recuperar las fuerzas. Él ya ha comprendido que su papel consiste en ser una especie de refugio. Admira su fortaleza, su empeño en no mostrar vulnerabilidad. Solo se pregunta hasta cuándo puede durar, en qué momento fallarán las fuerzas y piensa que, pase lo que pase, él quiere estar ahí para sostenerla.
Es lo que más detesta de los criminales como el Verdugo. El rastro que dejan a su paso. Siempre que lee teorías sobre las infancias destrozadas de los psicópatas, siempre que discute de eso con Lena, siente una rebelión interior. Todos parecen olvidarse de las víctimas, del dolor causado, de las secuelas imborrables de sus actos. Hace poco habló con las madres adoptivas de Óscar Santana, la última víctima mortal del Verdugo, y algo que una de ellas dijo le hizo reafirmarse en su posición. «No me queda espacio para la comprensión, ni para la piedad. Ni siquiera para la rabia o la venganza —le confesó antes de irse—. El dolor lo ocupa todo. Te invade entera; como si toda tú, en cuerpo y mente, estuvieras llena de tierra negra».
«Por suerte, en el mundo queda espacio para la justicia», piensa. Y por eso está decidido a asegurarse de que Charles Bodman reciba la peor condena posible.
La cárcel es como un gran bazar. En ella, puedes conseguir de todo, y también pueden robártelo en cualquier momento. Solo necesitas saber a quién acudir, de quién protegerte y, sobre todo, a quién no debes molestar. Yo he tardado unos meses en descubrirlo, pero ahora creo que tengo el espacio controlado. De todos modos, la cárcel es un bazar de miserias. A veces me planteo qué hago aquí. ¿De verdad piensan que voy a aprender algo bueno, algo que me haga mejor persona? Come on, guys. Si uno está hundido en un lodazal lo único que puede hacer es cerrar la boca y sacar la cabeza para respirar. Lo malo es que eso es lo que intentamos hacer todos. Y, en la superficie, el oxígeno escasea.
Charlie cierra el cuaderno a toda prisa cuando percibe la mirada fija de su compañero. Son las dos y media de la tarde y los internos están en sus celdas hasta que empiecen las actividades de la tarde. No es que le importe mucho que lo vea, de hecho a veces incluso le lee algún párrafo, pero escribir se ha convertido en un rato de intimidad que le sirve de refugio y le ordena las ideas, y por eso le molestan las intromisiones. Su abogado se lo desaconsejó con insistencia y Charlie supone que tenía razón. Si llevara un diario como el de antes y cayera en las manos incorrectas, podría perjudicarle, así que se limita a escribir del presente, de su vida actual, sin mencionar nunca nada relativo a sus crímenes. Tampoco le hace falta reescribirlos, se conforma con revisitarlos mentalmente, aunque lamenta no haber acumulado más recuerdos. Si hubiera sido más diligente, ahora tendría más ejecuciones que evocar en las noches de insomnio… Uno siempre cree que dispone de todo el tiempo del mundo, y no es así.
—Ha habido movida en el otro módulo —le informa su compañero en voz baja—. Movida de la dura.
Charlie ha descubierto que la cárcel es, entre otras muchas cosas, una fuente inagotable de rumores, venganzas y perrerías varias. Las amenazas viajan de preso en preso, de celda en celda, atraviesan puertas blindadas y vuelan como avispas en ese espacio cerrado. Y se cumplen. Eso es lo peor. Siempre se cumplen. También sabe que no necesita preguntar, porque Sergio Blasco está ardiendo en deseos de contarle todo lo sucedido.
—Le han metido una somanta de hostias al morito nuevo. El pailán de rizos que entró la semana pasada.
—¿Y por qué?
Sergio se encoge de hombros.
—Pues la verdad es que no está claro. Que llegó en plan chulito, dicen. Que se metió con el Focas, dicen otros… Manda carallo, también hay que ser lerdo para tocarle las pelotas a ese buzaco. ¡Si te agarra del cuello con una mano y te sacude como si fueras un puto muñeco, el cabrón! El caso es que le han dado la del pulpo y ahora dicen que tres coleguitas del moro van a por el Focas y los suyos. Pero el Focas sigue tranquilo, calmo como siempre. Y cada día más groso, joder. Ni cuello tiene. Si te llega a dar a ti por matarlo cuando andabas fuera, tendrías que haberle metido el garrote en la frente, ya te lo digo.
Charlie no contesta. Hace tiempo que sospecha que, detrás de la bonhomía con acento gallego de su compañero, se esconden las ganas de averiguar cosas. Podría ser simple curiosidad, claro, pero también podría deberse a otros motivos menos personales. Lo que no puede negar es que ha sido una suerte contar con Sergio Blasco en su vida penitenciaria.
Cuando llegó al centro, a finales del pasado año, su primer destino fue la enfermería. La jueza de instrucción había ordenado que se le realizara una evaluación psiquiátrica, que, tal y como ya le advirtió su abogado, se demoró un par de meses. No había sido una mala etapa, la verdad, y además le había permitido entrar en contacto con los otros presos de manera paulatina. Eran muchos los que visitaban ese lugar, por variadas razones. Desde los obligados análisis de orina al regreso de los permisos a los programas de prevención del suicidio, en la enfermería había un goteo de presos procedentes de distintos módulos. Quizá el hecho de verlos en ese entorno aséptico y en sus momentos más vulnerables fue haciéndole perder los reparos que sentía ante la vida en la cárcel. Precisamente en la enfermería conoció a su compañero de celda, Sergio Blasco, un veterano en asuntos carcelarios que padecía diabetes y que se había convertido en su compañero de celda desde que el psiquiatra dictaminó que no padecía ningún trastorno mental, algo que él podría haberle dicho sin necesidad de tantas pruebas, y las autoridades de la cárcel lo trasladaron a un módulo relativamente tranquilo.
En los siete meses que lleva allí, Sergio le ha dicho qué guardias se enrollan y con cuáles no merece la pena ni probarlo, le ha puesto al día de los entresijos humanos del lugar; ha sido su sombra y su escolta, su amigo y tal vez también su espía. Charlie aún no lo tiene claro, pero en esto sí que ha seguido a rajatabla el consejo de su representante legal. Mantener la boca cerrada parecía la mejor opción. Al fin y al cabo, allí todos eran inocentes, ¿no? Incluso Sergio Blasco, a quien habían pillado con un alijo de cocaína en el camión que él mismo había ayudado a cargar. Le quedaban pocos meses de condena y a Charlie le iba a costar no tenerlo cerca.
Ahora Charlie se levanta y estira los brazos por encima de la cabeza.
—Pues yo del Focas me andaría con cuidado, mira lo que te digo —continúa Sergio—. No hay que fiarse de los moros. Y ese al que zoscaron podría ser alguien importante. Importante para ellos, claro. Si no, no se explica que ahora los otros vayan a por el gordo. ¡Si el morito apenas entró! Non pudo hacer tantos amigos en unos días… Eh, oye, ¿qué estás facendo?
Charlie sonríe. Acaba de apoyar ambas manos en los hombros de su compañero y ha notado un respingo.
—Estás tenso —le dice, antes de desplazar la mano derecha hacia su nuca y agarrar la parte carnosa del pescuezo.
—¡Quita! —exclama el otro, medio riéndose.
—Un masaje te descargaría la tensión. Tranquilo —añade—, ya sabes que no eres mi tipo.
—¿Tu tipo de qué? Déixame el cuello en paz, tú. Mariconadas las justas, ¿eh? Que aquí tampoco tienes mucho donde escoger, tú. Ah, y el Jaime me ha dicho que quiere hablar contigo. Que irá a verte a la biblioteca esta tarde.
Eso le sorprende más. Jaime es uno de los funcionarios. Uno de los mejores boquis. Un chaval joven, aún no demasiado curtido, que todavía cree que los internos pueden salir mejores de lugares como este.
—Gracias —le dice a Sergio mientras le da una ligera palmada en el cogote, y luego le susurra al oído—: Ah, y que sepas que me refería a que no eres mi tipo de víctima, no de hombre.
—Eso no tuvo gracia, cabrón —responde Sergio, apartándose un poco—. No, non tuvo ninguna gracia.
La biblioteca de la cárcel es un espacio rectangular en el que siempre parece que es de noche. Aparte de eso, funciona casi como cualquier otra. Los internos pueden pedir libros en préstamo y pasar tiempo allí en los horarios permitidos. Se imparten talleres e incluso existe un club de lectura, cuyos miembros se reúnen una vez al mes. Como no siempre hay ejemplares suficientes, los debates sobre el libro resultan un poco caóticos; en ellos a veces se discute más sobre la lentitud de algunos a la hora de leer y devolver el título en cuestión que sobre la novela en sí misma.
La primera vez que Charlie pisó la biblioteca tuvo la sensación de haberse trasladado, casi por arte de magia, a un lugar seguro. Después de recorrer los pasillos, las celdas, el patio, el gimnasio o el comedor, por fin se sintió en un terreno conocido. Tuvo la impresión de que entre esas cuatro paredes se encontraría a salvo. Así que decidió pasar en el interior de aquella estancia todo el tiempo posible. Por eso empezó a relacionarse con los internos que pasaban por el lugar de vez en cuando, y a ayudar a quienes seguían los cursos de formación penitenciaria.
Bastantes presos aprovechaban el encierro para retomar los estudios que, en muchos casos, habían quedado truncados por la marginalidad de sus hogares. Charlie acabó siendo oyente de las clases. Al principio se mantuvo al margen, leyendo, hasta que un día un joven marroquí le pidió consejo para hacer un ejercicio que no entendía. Charlie no era un experto en matemáticas, pero el problema era muy sencillo y se esforzó por explicárselo al joven hasta que lo entendió, en parte porque le agradó que solicitaran su ayuda, en parte porque ese chico tenía unos ojos negrísimos y un cuerpo muy deseable. Y, sobre todo, porque no tenía nada mejor que hacer. A partir de ese día corrió la voz y eran muchos los que después de las clases formales acudían a una especie de tutoría privada con aquel extranjero paciente. Las autoridades de la cárcel estaban al tanto, y, en vista de que los resultados de los alumnos mejoraban, decidieron no intervenir. Al fin y al cabo, ese refuerzo voluntario no perjudicaba a nadie y mantenía entretenido a un preso presuntamente complicado.
La prisión preventiva para el asesino en serie más famoso en España de los últimos tiempos era esperable. Nadie, ni siquiera Charlie, se planteó que pudieran dejarlo en libertad antes del juicio, menos aún cuando era sabido que disponía de dinero suficiente para huir del país. Sin embargo, su actitud como preso había supuesto una sorpresa. Nueve meses después de su primera noche en la enfermería de la cárcel, pocos lo relacionaban ya con la idea que se habían formado del Verdugo, y más de uno habría estado dispuesto a jurar que era imposible que aquel tipo amable, culto y hasta solidario fuera un asesino en serie. Lo cierto era que, a ratos, también a Charlie le parecía una etapa lejana, casi como si hubiera sucedido en otra vida. Se decía que, probablemente, la mayoría de los criminales nazis debieron de sentirse igual años después de perder la guerra, cuando la gente hablaba de los horrores cometidos en los campos de concentración. ¿De verdad ellos habían hecho eso? ¿Habían sido realmente los monstruos responsables de ese genocidio? El pasado se convertía en un recuerdo difuso que contradecía un presente pacífico, en el que muchos eran ya abuelitos cariñosos, incapaces de matar a una mosca. De cara a la galería, Charles Bodman había adoptado esa misma estrategia. Solo por las noches dejaba que la mente divagara hacia lo que había pasado en el sótano de su casa durante casi dos años. Eso era algo que no podían robarle: un bien preciado que él conservaría mientras mantuviera la lucidez.
Así pues, había puesto todo su empeño en cultivar una imagen bien distinta, la de alguien cuerdo y sensato, algo que surgía de él de manera natural. Charles Bodman podía ser buena persona, sentía que de verdad entendía a algunos de aquellos presos y consideraba que merecían la oportunidad de aprender. Podía ponerse en su lugar porque procedía de un entorno, si no marginal, sí al menos culturalmente yermo. Su padre afirmaba haber leído la Biblia, lo cual era a todas luces falso, una mentira sacra, se decía Charlie con ironía. Ni su madre ni Derek, su hermano mayor, habían demostrado el menor interés por la cultura en ninguna de sus formas, ni habían dedicado a la lectura más rato que el que les llevaba revisar el resumen de la película de turno en el teletexto. Y a veces lo dejaban a medias. Él había salido de ese páramo intelectual, y había luchado con todas sus fuerzas para alejarse de ese pueblo y de esa familia. Había odiado su nombre y sus circunstancias, que parecían condenarlo a la más absoluta mediocridad. Cuando por fin logró apartarse de todo ello, cuando el presente empezó a sonreírle y el futuro cobró la forma que él siempre había soñado, optó por elegir una identidad nueva y por construirse un pasado distinto. Uno en el que tenía unos padres cariñosos y sensibles y un hermano mayor que era a la vez su mejor amigo. Convertirse en Thomas Bronte, nutrirse de sus recuerdos, había supuesto un premio después de tanto esfuerzo académico y personal. Se había ganado la posibilidad de ser Tommy, el vecino al que siempre envidió. El que tenía todo lo que el pobre Charlie solo podía contemplar desde su lado de la tapia del jardín. Un padre artista, una madre hermosa y frágil que parecía un hada, y un hermano que era honesto y fuerte. Pobre Neil.
Era curioso: ahora que volvía a ser Charlie, el conflicto con su pasado había desaparecido. Quizá porque era plenamente consciente de que aquella miseria, moral y humana, ya no podía alcanzarlo. Todos estaban muertos. Incluso Derek, a quien había tenido el inmenso placer de partir el cuello en el otoño de 2020. Ni cien condenas ensombrecerían la felicidad de aquel momento, y si la puta sociedad fuera sincera, miraría hacia otro lado en lugar de condenarlo. Él no albergaba ninguna duda de que el mundo era un lugar mejor sin Derek Bodman. Rest in hell, brother.
Los doce presos que asisten esta tarde a clase se muestran especialmente inquietos. Aunque los observa a distancia, resulta bastante obvio que el profesor también lo nota y que ese día le está costando mantener el orden. Este tipo de problemas no son habituales, entre otras cosas porque los primeros interesados en portarse bien son los internos, pero hay días en los que la tensión que flota en el ambiente afecta a su comportamiento. El profesor levanta la voz un par de veces y el funcionario que lo acompaña interviene también, de manera puntual, para ayudarlo. Finalmente la clase termina unos minutos antes de lo previsto y el rumor entre los alumnos crece de nuevo. «Sin duda, pasa algo», piensa Charlie mientras cruza una mirada con el primer joven que le pidió ayuda. Ahora ya sabe su nombre, Shafiq Massoud, además de muchas otras cosas. Entre ellas, que se presta a encuentros intensos y fugaces cuando consiguen hallar un rincón que les garantice un poco de intimidad. No es algo que puedan hacer a menudo, pero el simple juego de miradas ya le sirve de distracción, y le espolea el deseo. Nada es gratis aquí, claro, y mucho menos alguien tan apetecible como Shafiq, pero él está en disposición de pagar por sus favores.
Podría pagar también otras cosas: conseguir que alguien le limpie la celda o se encargue de otras tareas ingratas. Sin embargo, Charlie cumple con sus obligaciones con diligencia, igual que el resto. Se conforma con compartir las Coca-Colas y las galletas que compra en el economato, con adquirir cigarrillos (que reparte con generosidad porque él no fuma), con zanjar deudas menores que penden como espadas sobre las cabezas de sus colegas. Porque aquí todo el mundo sabe que el que no paga, «cobra», y a Charlie no le gusta que sus colegas sufran. Por eso, son muchos los que quieren pertenecer a su círculo de confianza. Él los escoge con cuidado, con la ayuda de Sergio Blasco.
—Charlie, acompáñame.
La voz de Jaime, el funcionario, le distrae de sus pensamientos y de la imagen del cuerpo desnudo de Shafiq, que le revolotea en la mente y desciende en picado hacia su entrepierna cada vez que ve al joven. El encierro intensifica el deseo, o quizá lo que sucede es que los entretenimientos placenteros de cualquier índole son más bien reducidos.
Charlie lo sigue hacia uno de los largos pasillos que forman parte del laberinto intrincado de la cárcel. Es un tipo de estatura media, con el pelo muy corto y ojos afables. Casi bondadosos. Charlie lo ha visto poner orden alguna vez, cuando algún interno se desmadra, y siempre ha tenido la impresión de que lo hacía a regañadientes, aplicando la fuerza justa y necesaria, sin regodearse en su poder. Eso es algo que él distingue fácilmente: hay personas que disfrutan infligiendo dolor y otras que lo hacen solo por obligación, porque no les queda otro remedio. Jaime pertenecía sin duda al segundo grupo.
—Espera un momento, tengo que hablar con alguien ahora mismo —le dice Jaime.
Desde donde está ve que el funcionario se dirige a uno de los internos. Es un tipo rapado, con aspecto de guardaespaldas o de portero de discoteca. Los músculos de sus brazos parecen esculpidos en piedra. Charlie lo conoce y, básicamente, lo evita, a él y a su grupo. Los ciclados, los llaman: se pasan el día en el gimnasio, entrenando como una cohorte espartana.
Oye retazos de la conversación, aunque le cuesta entenderlo todo, porque quien lleva la voz cantante es el funcionario y se encuentra de espaldas a él. Escucha un nombre, Gustavo Calderón, y comprueba que el interno, que suele permanecer impasible, se sorprende un poco. Sea lo que sea lo que dice Jaime, el otro asiente con la cabeza, sin apenas pronunciar palabra. Y cuando termina la conversación, Charlie ve cómo el rapado se aleja con paso decidido. Parece un soldado al que han encomendado una misión delicada.
—Charlie. Acompáñame al despacho. Tengo unas cartas para ti.
Él sonríe para sus adentros. Es inaudita la cantidad de gente que le escribe a la cárcel, aunque la mayoría de los remitentes sean una panda de chiflados. Resulta agradable, sin embargo, que alguien, en algún lugar, te considere un ídolo: un valiente entregado a erradicar el mal en el mundo. Algunos incluso le cuentan historias sobre conocidos despreciables a los que no les iría mal una «ración de garrote», como si él fuera un superhéroe capaz de eludir el encierro y salir a impartir castigos. En cualquier caso, las cartas de sus fans, llenas de faltas de ortografía y a veces carentes de sentido, le procuran algún rato de entretenimiento.
—¿Pasa algo? —se atreve a preguntar Charlie—. Con los ciclados…
Jaime lo mira mientras sigue andando.
—No es cosa tuya. —Luego se detiene y lo observa durante un momento—. O quizá sí…
Han llegado a la puerta del despacho y Charlie espera a que el funcionario la abra para entregarle la correspondencia. Pero Jaime se ha vuelto a parar, sin llegar a entrar. Parece pensativo.
—Mira, Charlie, la verdad es que, para el poco tiempo que llevas aquí, te has labrado una reputación.
Charlie lo mira desconcertado. Los funcionarios no acostumbran a adoptar ese tono cuando hablan con ellos. Sus comunicaciones suelen ser asépticas, en forma de órdenes o de advertencias, y esto suena mucho más reflexivo.
—Espero que sea buena. La reputación.
Jaime asiente sin mirarlo directamente a los ojos.
—Lo es. Mejor de la que preveíamos. Los otros cacos te aprecian y tú los ayudas. Incluso da la impresión de que te preocupas por ellos.
—Hago lo que puedo. Algunos son buena gente. —Sonríe—. Seguramente mejores personas que yo.
—No sé muy bien por qué lo haces, Charlie. Pero está claro que algunos te hacen caso. —Jaime estira el cuello, como si tuviera una contractura o como si lo que va a decir le exigiera una flexibilidad que no es del todo natural en un hombre de complexión recia—. El caso es que nos han traído a un caco nuevo. ¿No has notado a los chicos algo revueltos hoy? Supongo que es por eso. Ya sabes que aquí las noticias vuelan.
—¿Es alguien importante?
—Es alguien repugnante. Se llama Gustavo Calderón.
Si se supone que ese nombre tiene que decirle algo, Charlie ignora por completo el qué.
—Nos llega rebotado de otro centro donde le metieron tales palizas que acabó perdiendo un ojo. —Jaime carraspea y por fin lo suelta—: Está condenado por violar a tres niñas y asesinar a dos de ellas. La tercera logró escapar.
Charlie sabe lo que les hacen a los violadores de niñas. Lo sabía desde antes incluso de entrar en la cárcel y, aunque no ha tenido oportunidad de comprobarlo en directo, no alberga la menor duda de que los tipos con los que convive no van a ser lo que se dice amables con un pieza como ese.
—El hombre tiene más de sesenta tacos y está hecho una mierda. Este es un módulo tranquilo, no queremos malos rollos. Pero de vez en cuando a los chicos les gusta tener un cabeza de turco, alguien en quien descargar la mala leche.
Charlie entiende ahora la charla que acaba de mantener Jaime con el ciclado mayor del reino. Si busca protección para ese tipo, ha acudido sin duda al mejor. Si corre la voz de que ese grupo va a defenderlo, los demás se lo pensarán dos veces antes de tomarse la justicia por su mano.
—¿Y qué pinto yo en esto?
—Nada…, aunque tal vez puedas colaborar. Tienes amigos aquí, Charlie. La peña te respeta. Ya he hablado con Armando, y ellos le vigilarán, pero ahora se me ocurre que quizá tú puedas contribuir desde otro lado. A lo mejor puedes evitar que… Bueno, ya sabes.
Sí, Charlie sabe. Y, durante unos instantes, se siente orgulloso de esa petición, de ese reconocimiento de su estatus. Luego, cuando la burbuja empieza a deshincharse, crece en él una aprensión angustiosa. Qué habría hecho el Verdugo con un individuo como ese. La respuesta es tan rápida como visceral. Solo tiene que entrecerrar los ojos para verse en el sótano mientras ese hombre del que aún no ha visto el rostro ruega por su vida.
Un simple giro del torno habría acabado con él.
Un golpe seco, certero, perfecto. Un miserable menos y una víctima más.
Jaime parece arrepentirse de su petición y adopta de nuevo su tono más formal. Le hace esperar en la puerta y entra a por las cartas, que le entrega sin añadir nada más.
Mientras regresa a su celda, Charlie no puede dejar de pensar si el favor que acaban de pedirle no será más bien una tentación diabólica. La prueba definitiva de que Charlie no es el hombre amable que ha dado a entender que es.
La prueba de que Charlie nunca dejará de ser un verdugo.
La parafernalia de la televisión siempre impone un poco. No es la primera vez que Lena visita un plató, en el pasado había participado en varias tertulias en calidad de experta. Sin embargo, sí que debuta en el papel de invitada principal. El presentador es un experto showman televisivo que intercala ratos de humor con entrevistas más convencionales, siempre acompañado por una periodista joven que representa el rol serio de la pareja y que se ha especializado en hablar con mujeres que han saltado a la palestra pública. Al principio la entrevista iba a ser grabada, solo con ella, pero en los últimos días han cambiado el formato. Así que Lena se prepara para sus fugaces minutos de fama televisiva en directo y, cuando recibe la indicación, avanza con paso firme hacia la mesa. Los focos la intimidan lo justo. En realidad, mientras recorre la corta distancia que la separa de su lugar asignado, se siente poderosa y segura, casi una versión mejorada de sí misma.
No se debe solo al conjunto que estrena esta noche ni a la buena labor de las maquilladoras. El desánimo que la abatía justo antes de comenzar la promoción del libro se ha ido difuminando ante la acogida entusiasta de los medios y la alegría, contagiosa y desatada, de su editor. La guinda del pastel de la promoción es esta aparición, a las diez de la noche, en un programa de gran audiencia. Lena no conoce las preguntas de antemano, aunque duda que la sorprendan mucho. Después de varios días atendiendo a la prensa escrita, casi podría poner el piloto automático a la hora de responder. Los asesinos jóvenes, sus patologías, algún detalle escabroso de un caso concreto… y, al final, las preguntas sobre el Verdugo. A las que ella ha decidido no contestar, amparándose en el secreto de sumario, algo que comunicó también al programa cuando cerraron la entrevista. Aun así, Lena ha abordado el tema con algunos periodistas muy insistentes, recordando los datos de las víctimas y el macabro modus operandi del asesino, con una frialdad que la enorgullece. Se ha mostrado profesional y aséptica, como si no hubiera palpado el horror en sus carnes.
Tal y como estaba previsto, las preguntas se suceden en un tono cordial y relajado. Lena está cómoda y es capaz de explayarse sobre su pasión, la mente criminal, en un contexto informal, sin abusar de la terminología científica, pero dejando claro su condición de experta en el asunto. Percibe el interés de sus interlocutores, la curiosidad por los casos. Su libro, Jóvenes asesinos, plantea además otras cuestiones de interés social. ¿Qué lleva a un joven a cometer actos tan deleznables? ¿Es posible la reinserción? ¿Se arrepienten de verdad de sus actos? ¿La sociedad, que en muchos casos les falló antes de que se cometiera el delito, tiene la obligación de aceptarlos cuando hayan cumplido su pena?
Lena responde con soltura. Nunca le ha importado expresar opiniones contundentes si cuenta con argumentos fruto de un profundo estudio previo.
—No hay una regla común para todos —afirma con convicción—. Pero, como sociedad, debemos apostar por la posibilidad de que estos jóvenes rehagan su vida. Otra cosa son aquellos que presentan marcados rasgos psicopáticos, con crímenes que se cometen por la mera satisfacción de sus deseos más oscuros. Seamos sinceros: es muy probable que estos vuelvan a matar.
A la gente le fascinan los psicópatas criminales y el porqué es una de las preguntas que más le cuesta responder. Lo piensa mientras oye, una vez más, la misma cuestión, ahora formulada por la presentadora. ¿Por qué nos interesan tanto esos seres? ¿Por qué queremos saber más cosas de ellos?
—Supongo que porque son unos monstruos reales, de carne y hueso —responde—. Malvados que existen de verdad, no como los de los cuentos, y que matan o hacen daño para satisfacer una pulsión. Todos podemos al menos entender, que no justificar, un crimen motivado por la venganza, la codicia, incluso los celos. Sin embargo, nos cuesta mucho ponernos en la piel de alguien que mata por placer. Esa es la figura que representa la crueldad en su esencia más pura. —Se detiene un momento y luego añade—: Y, como en los cuentos infantiles, conocer a fondo sus historias tiene el valor de prepararnos, de protegernos en cierto sentido. Aprendemos de niñas a no cruzar el bosque solas porque en él hay lobos, y esa es una lección que aplicamos también en las calles vacías, donde puede acecharnos otro tipo de bestias. Reconocerlas, comprender los mecanismos de su mente, nos otorga cierta ventaja. En el plano teórico, al menos, porque, a la hora de la verdad…
Lena deja la respuesta en el aire porque se da cuenta de que, si sigue hablando, se contradecirá a sí misma. A ella le sirvió de poco todo lo que sabía. Es más, de no haber sido por la aparición de Jarque con los suyos, ahora mismo estaría muerta. Su nombre aparecería en el listado de las víctimas del Verdugo en lugar de sonar aquí, en un programa de televisión. Pero no es solo esa súbita consciencia lo que la paraliza.
Frente a ella tiene una de las cámaras y, detrás, sujetándola, aparece una silueta oscurecida por el brillo del foco que apunta directamente a ella. Por un instante eterno, Lena viaja en el tiempo y en el espacio. Ya no es la invitada especial en un estudio de televisión, sino una presa deslumbrada por la intensa luz de una bombilla, atada de pies y manos, mientras una silueta surge de la penumbra armada con un cuchillo. La hoja brilla y ella tiene que hacer un esfuerzo para no gritar.
Vuelve en sí a tiempo de oír cómo el presentador desvía el tema con un comentario ingenioso y enseguida pasan a publicidad. Esos largos minutos le conceden la tregua necesaria para recobrar el aplomo, para borrar de su cabeza los recuerdos tenebrosos y proseguir con la entrevista, sin más sobresaltos. Quizá para compensar el momento de debilidad anterior, se muestra especialmente contundente al hablar de los asesinos en serie como el Verdugo.
—Como decía antes, es muy difícil, para las personas normales, entender qué es lo que obtienen esos individuos de cometer esas aberraciones. Algunos matan porque eso les excita sexualmente, otros consiguen una gratificación de índole distinta, más sutil. Pero lo cierto es que, una vez han empezado, una vez han cruzado la barrera y cometido el primer crimen, la tentación se vuelve demasiado intensa para vencerla.
—¿Eso quiere decir que seguirán matando… siempre?
—Siempre que se den los elementos que componen su fantasía, sí. Por eso no debemos bajar la guardia. Por eso deben permanecer encerrados el mayor tiempo posible. La sociedad no puede arriesgarse a soltarlos. Como los lobos de los cuentos: han olido el rastro de la sangre y no pararán hasta encontrarla de nuevo. Es triste, pero es así: no hay recuperación posible. Están condenados a matar para sentirse vivos de verdad. Y no podemos permitir que lo hagan.
Jarque está viendo la entrevista en directo en el salón de su piso con su hijo menor, Teo, que esa noche ha ido a cenar con él. Al chaval le hace gracia que «la novia de papá» salga en la tele y presta atención a sus palabras, sin por ello dejar de engullir inmensos pedazos de una pizza tan sobrecargada de ingredientes que apenas se distingue la base. A sus casi trece años, Teo es un gourmet de la pizza y solo acepta comerla si procede de uno de sus dos restaurantes favoritos. Su padre se plantea ahora la posibilidad de recordarle que podría cortar los pedazos con un cuchillo y un tenedor en lugar de sostenerlos con la mano y llevárselos a la boca como si fuera un animal hambriento. Pero en esto, como en otros muchos temas relativos a sus vástagos, Jarque ha optado por seguir las directrices de su exmujer. Al fin y al cabo los chicos viven con ella —aunque van a verlo a menudo, sin días fijos—, y Alicia parece no darles demasiada importancia a los modales en la mesa. Bastantes líos tienen últimamente con Álex y sus catastróficos resultados escolares, como para añadir broncas al pequeño por temas como ese. Aun así, no puede evitar la tentación de pasarle una servilleta de papel para que se limpie la barbilla, brillante por el queso y el tomate, justo cuando Lena deja la respuesta a medias. Se vuelve enseguida hacia la pantalla, a tiempo para ver su expresión, y se sorprende al notar la tensión que se adivina en sus ojos. Lena parece estar viendo algo, más allá del estudio, más allá de la realidad, y la cámara tiene el detalle de dejar de enfocarla para centrarse en la pareja de presentadores. Incluso Teo parece haberse dado cuenta.
—¿Le pasa algo, papá? —pregunta con la boca llena.
—A veces uno se queda en blanco —contesta él de manera automática.
—Pues parecía más bien asustada —sentencia el chico antes de beber un trago de agua.
Por suerte la emisión se interrumpe por los anuncios y, como era de esperar, Lena ya reaparece en plena forma. «O al menos disimula mejor», se dice Jarque, preocupado.
Aguarda a que se marche su hijo para llamar a Lena, y ella le responde con una voz más animada de la que él esperaba oír.
—¿Todo bien? —pregunta Jarque.
—¡Sí! ¿Me has visto? ¿He estado bien?
—Espléndida —responde él, y se calla para que ella pueda llenar el silencio. Como no es así, prosigue—: ¿Cuándo vuelves?
—Me quedan un par de entrevistas aquí, por la mañana. Cosas de radio. Tenía previsto dormir una noche más en Madrid, pero, pensándolo bien, si no estoy muy cansada, también puedo coger un AV E a última hora. Te lo confirmo a lo largo del día, ¿vale? Ahora tengo que dejarte, me está esperando el taxi para llevarme al hotel.
Jarque asiente. Le extraña que ella no diga nada de lo que ha pasado en la entrevista, pero prefiere no recordárselo. Al menos, no por teléfono. Se despiden de manera cariñosa, quizá un poco precipitada, porque él no deja de tener la sensación de que hay algo que Lena está prefiriendo pasar por alto y eso le vuelve menos ingenioso, más prudente. Cuando cuelgan, el subinspector Jarque se sirve una copa de vino tinto, que luego dejará a medias porque decidirá que no le apetece, que la pizza no le ha sentado bien.
El coche se dirige al centro de Madrid conducido por un chófer silencioso. A esas horas de la noche, el tráfico es fluido y el vehículo se desliza por las calles húmedas de la ciudad. Al parecer ha llovido mientras Lena estaba en el estudio y ahora el asfalto brilla a la luz nocturna de las farolas.
Sentada en el asiento trasero, con el cinturón de seguridad puesto, Lena está inmersa en el móvil. La tele sigue teniendo un alcance inigualable, incluso en estos tiempos, porque el alud de mensajes felicitándola por su aparición en el programa está a punto de superarla. Colegas de la universidad, conocidos en general y, por supuesto, la gente de la editorial. Ella los lee y los agradece enseguida, porque no quiere dejarse ninguno por responder aunque sea con un emoticono. Ninguno hace referencia a su lapsus momentáneo, ya sea por educación o porque no llegaron a percibirlo, pero Lena advirtió en la voz de Jarque que a él no le había pasado inadvertido. En el silencio del coche, mientras se dirige a un hotel donde seguirá estando sola, Lena se percata de lo mucho que ha cambiado en los últimos meses.
Quizá la soledad no fuera la acompañante ideal, pero sin duda se había habituado a ella y, durante años, no había echado de menos a nadie. Ahora, sin embargo, tiene que luchar contra una creciente sensación de añoranza que, si bien no le resulta desagradable, sí que la incomoda un poco. Lo está pensando cuando la pantalla del móvil se ilumina con el mensaje de un número desconocido, que ella abre de manera automática.
Buenas noches, señora Mayoral:
Me consta que no nos conocemos personalmente. Mi nombre es Luis Folguera y me dirijo a usted en primer lugar para expresarle mi admiración por su trabajo. Me gustaría, además, solicitarle una entrevista para un asunto que podría ser de su interés. Muchas gracias de antemano.
En el perfil del remitente aparece su nombre y la fotografía de un caballero ya entrado en años que a Lena le resulta vagamente familiar. El apellido tampoco le es del todo desconocido, pero no tiene ocasión de buscar más información porque en ese momento el coche se detiene delante del hotel, situado cerca de la plaza de Santa Ana. Llovizna de nuevo, y aun así, Lena se resiste a entrar enseguida en el Room Mate Alba. En su lugar, decide dar un corto paseo por la plaza para airearse un poco. Es entonces, al alejarse unos pasos del edificio, cuando cae en la cuenta de quién es Luis Folguera. El doctor Luis Folguera, para ser más precisos, se dice mientras teclea rápidamente en el móvil para confirmar su identidad.
Exactamente. La Clínica Folguera, situada en la Vía Augusta de Barcelona, es un reputado centro de medicina estética, y su fundador, ya jubilado, era uno de los más afamados cirujanos plásticos de España. Mientras se pregunta qué podría querer alguien como él de una persona como ella, Lena responde dándole las gracias por su mensaje y aceptando hablar con él dos días más tarde, cuando esté de vuelta.
La respuesta del doctor llega al instante.
No sabe cuánto se lo agradezco. Es muy importante para mí… para nosotros. Hay historias que nos absorben la vida y creo que ha llegado el momento de confiar la nuestra en alguien como usted.
Quizá sea la lluvia, que ha arreciado, o quizá el frío seco del otoño madrileño, pero Lena se estremece y decide poner fin al paseo y regresar al hotel. La calidez del vestíbulo la reconforta y, mientras camina sin pensar hacia el ascensor, tiene la inquietante sensación de que aquellos mensajes, aquella poco disimulada petición de ayuda, pueden arrastrarla a un terreno desconocido.
En cuanto se cierran las puertas, cae en la cuenta de que no ha usado la escalera, tal y como tenía previsto, y siente el impulso de salir. Se reprime y contiene la respiración, decidida a superar ese absurdo y nuevo pánico a los lugares cerrados. Cierra los ojos y va contando en voz baja —uno-dos-tres-cuatro…—, sin ser del todo consciente de que las piernas se le agarrotan y de que un sudor helado le acaricia la espalda.