Nota de la autora

NOTA DE LA AUTORA

Esta historia trata de un embarazo accidental tras un polvo de una noche. Por favor, ten en cuenta que: aunque se ha hecho todo lo posible por garantizar la exactitud y la sensibilidad, no todas las experiencias de embarazo o parto son iguales, así que es posible que algunos detalles no se ajusten a tu propia vivencia. Lo mismo puede decirse de la experiencia de Cassidy con el SOP/tiroiditis de Hashimoto. Eso sí, no me critiquéis por lo de las referencias del tamaño del bebé: están sacadas de aplicaciones o sitios web, y cualquier persona embarazada que haya consultado semanalmente las referencias basadas en el tamaño de las frutas dará fe de que nunca tienen sentido.

Si leer sobre los detalles de un embarazo no es lo tuyo, puedes saltarte este libro sin problema y continuar leyendo las siguientes novelas de la serie El Rancho Wells sin perderte ninguna información fundamental. Como siempre, cuídate.

Ten paciencia con Cass. Está embarazada y poseída por las hormonas durante la mayor parte del libro.

¡Ah! No se me puede olvidar mencionar que la autora no se hace responsable de ningún embarazo no planificado que se produzca como resultado de la lectura de este libro. Usad doble anticonceptivo, amigas.

Advertencias sobre contenido sensible y posibles desencadenantes:

• Embarazo inesperado (tropo principal del libro). Incluye descripciones de vómitos matutinos y de procedimientos médicos básicos relacionados con el embarazo

• Aborto (mención breve)

• Parto (explícito)

• Enfermedades crónicas: tiroiditis de Hashimoto y síndrome de ovario poliquístico (explícitas)

• Problemas de imagen corporal (explícitos)

• Violencia física (explícita)

• Padre alcohólico/alcoholismo (comentado)

• Consumo de alcohol (explícito)

• Enfermedad/muerte de los padres (comentada, no mostrada)

• Enfermedad de Alzheimer (comentada, no mostrada)

• Abandono parental (comentado, no mostrado)

• Violencia doméstica (comentada, no mostrada)

• Maltrato infantil en el pasado (comentado en detalle)

• Relación problemática progenitor-hijo adulto (comentada)

• Consumo de marihuana (mención breve)

• Actividades ganaderas: parición (comentada)

• Escenas de sexo explícito que incluyen juegos con semen, empleo de juguetes sexuales, degradación, fetiche de embarazo, manos en el cuello (sin juego de respiración/asfixia)

1

Cassidy

Si hay algo que tienen los hombres es una cara dura de cojones. Traer a la chica con la que me puso los cuernos al rodeo de mi pueblo natal es pasarse de frenada mil veces. La intensidad con la que estampo el botellín de cerveza contra la mesa de pícnic pegajosa es tal que me parece increíble que no se rompa. Aunque, si se rompiera, ya tendría con qué cortarle a mi exnovio esa cara de chulo que tiene. Y el caso es que la idea no me suena nada mal.

—¡Voy a por otra! —le grito a una de mis mejores amigas, Shelby, para que me oiga por encima de las versiones de Brooks & Dunn que toca la banda—. Me voy a poner de mala leche si tengo que verlos enrollarse durante un solo segundo más.

—A mí tampoco me vendría mal otra. —Shelby asiente y se bebe de un trago lo que le quedaba de cerveza—. Deja de mirarlos; se supone que tus días de rayarte por eso han terminado, tía. Que le den. Un clavo saca otro clavo: búscate a un hombre para esta noche.

—Hay un pequeño inconveniente, Shelb: no me interesa ni uno de los que hay por aquí.

No suelo tener muchas citas. No porque sea una mojigata, aunque parece que mucha gente del pueblo cree que sí. Es solo que tengo unas reglas muy estrictas. Al igual que el noventa y nueve por ciento de los dos mil habitantes de Wells Canyon, llevo viviendo aquí desde que era una cría. Lo único que quiero es a alguien que no me conozca desde que llevaba pañales, que no se pase todos los viernes por la noche en el bar de mi padre y que no se haya acostado con ninguna de mis mejores amigas. Mi puñetero listón para los hombres está tan bajo que bien podría considerarse que está en el infierno y, sin embargo, ninguno de los solteros que hay en este baile cumple los tres requisitos.

Como no vi las enormes banderas rojas que agitaba en el aire, acepté la fatídica primera cita con Derek hace más de un año solo porque cumplía esas tres condiciones. Luego, todo se fue a la mierda. Mis mejores amigas lo ven como una señal de que debería rendirme y salir con alguien del pueblo. Discrepo vehementemente.

—Bueno, hemos venido para quitarte el bajón, y que te pases la noche dándole vueltas a lo de Derek no va a ayudarnos. Pasa de él.

—Ya, es más fácil decirlo que hacerlo. Aquí solo hay unas cien personas y él es muy alto, así que se me hace un poquito imposible pasar de él.

En las dos semanas que han transcurrido desde que rompí con Derek he tenido altibajos. Durante los últimos cinco días he tocado fondo, sin duda. Me los he pasado vestida con el mismo pijama a todas horas, no solo por la noche, ¡todo el día!, comiendo cereales de una ensaladera y bebiendo sangría a temperatura ambiente —muchas veces al mismo tiempo—. Básicamente he mutado y me he transformado en un universitario que vive en una fraternidad y que está atrapado en una espiral de depresión porque no le han dejado irse a Florida a pasar las vacaciones de primavera. Puede que incluso haya caído en una madriguera de conejo hecha de vídeos de Girls Gone Wild en YouTube. Si todo eso no es tocar el fondo más profundo de todos los fondos, ya me dirás.

Desesperada por una noche de juerga loca —por algo que hiciera que volviera a sentirme yo misma—, me moría de ganas de que llegase este rodeo. Pero, entonces, va el cabrón de mi exnovio y se presenta aquí para cortarme todo el rollo.

Cuando me acerco a la barra, pierdo toda la atención de Shelby en cuanto localiza a su capricho del mes: Denver Wells, uno de los rancheros del Rancho Wells, el imperio ganadero local. Es bastante guapo, tiene el pelo corto y castaño, hoyuelos y un cuerpo esbelto y musculoso. Además, participa en los concursos de monta de caballo bronco con silla y, por lo que se ve, eso impresiona a la mayoría de las chicas de por aquí. Lo cierto es que Denny es un tío bastante majo, pero, de nuevo, tengo reglas por algo.

Como es típico de ella, Shelby pide dos botellines de cerveza y desaparece entre la multitud sin decir una sola palabra. Lo único que veo desde mi mediocre metro sesenta y siete de estatura es la parte de arriba de su sombrero vaquero de estrás mientras se balancea entre la gente de la parte delantera del escenario para abrirse paso hacia la mesa de pícnic de Denny, en el extremo derecho. Desde que la conozco, Shelby siempre ha perdido el culo por los chicos y, aunque no lo entiendo del todo, me encanta que sea así.

Cojo las bebidas y me hago a un lado para contemplar la zona de cervecerías del rodeo y respirar un poco de aire fresco y primaveral. Es un trozo cuadrado de cemento, rodeado por todas partes de verjas para el ganado y de esas rejillas de plástico naranja neón que se utilizan en las pistas de esquí. Así mantienen el caos controlado, como si fuéramos un rebaño de vacas revoltosas. Un solo camino de entrada y de salida, custodiado por el único policía del pueblo y su equipo de porteros voluntarios. Huele más a mierda de caballo de lo que suele gustarme, pero prefiero ese olor al que desprendería este conjunto de vaqueros sucios y borrachos y de mujeres empapadas en perfume si no estuviéramos al aire libre.

Escudriño la multitud, pero no encuentro a nadie con quien me apetezca charlar. Supongo que Denver y los peones de su rancho no son el peor grupo con el que socializar esta noche. Al menos no hacen comentarios lascivos ni intentan tocarme el culo cuando les sirvo en el bar, y algunos son bastante agradables para la vista. En general son unos tíos bastante majos, así que sigo los pasos del putón de mi mejor amiga.

Mientras zigzagueo entre gente que baila country borracha, solo me paran cinco personas para charlar. Impresionante, teniendo en cuenta que me sé el nombre de casi todos los presentes en este rodeo. Aunque siento la mirada de lástima de cada par de ojos, los cotilleos susurrados sobre el fracaso de mi relación. Otro flagrante recordatorio de por qué no salgo con gente del pueblo.

Por fin llego a mi destino y me encuentro a Shelby sentada a horcajadas sobre Denny en el extremo de una mesa de pícnic…, con la lengua ya metida el uno en la garganta del otro.

«Madre mía, es que no pierde ni un segundo».

Una vez más, me encanta que sea así, pero yo soy incapaz de imaginarme enrollándome con un tío en un sitio así. En Wells Canyon, las noticias viajan más rápido que los piojos, y los rumores son igual de irritantes que esos parásitos. Todo el mundo, desde mi padre hasta mi profesora del jardín de infancia, pasando por mi peluquera, lo sabría en cuestión de minutos. Una lección que aprendí por las malas después de liarme con Steven Gregoire en la puerta de la tienda de ultramarinos cuando estaba en el instituto y de verme obligada a mantener una inquietante conversación sobre sexo con mi padre en cuanto entré por la puerta de casa. Jamás volví a cometer el mismo error, y supongo que sea esa la razón por la que la mayoría de la gente de por aquí piense que soy una mojigata y una estrecha.

Mi par de botellines de color ámbar repiquetean contra la desvencijada mesa de madera cuando me siento frente a Red, uno de los vaqueros del Rancho Wells y, posiblemente, el que peor me cae de todos. Si me dieran un dólar por cada vez que he tenido que echarlo del bar por pelearse, podría pagarme, como mínimo, las cervezas de esta noche. Y, si me dieran otro dólar por cada vez que me ha tocado las narices desde que íbamos a primaria, podría jubilarme y mudarme al Caribe.

—Sabes que no hace falta que me traigas cervezas cuando no estás trabajando, ¿verdad, Cass? Pero gracias, estoy muy emocionado.

Red hace el gesto de ir a coger una de las bebidas y, por instinto, le doy un manotazo en el antebrazo, musculoso y tatuado.

—Tócala y te rajo.

Se echa a reír y se ajusta el desgastado sombrero Stetson que le cubre su pelo color caoba. No puedo decir que su apodo sea el más creativo que he oído en mi vida, y cuando era pequeño, y tenía el pelo tan rojo que parecía un miembro de la familia Weasley, resultaba aún más obvio. Ahora tiene un tono más castaño, pero, en las pocas ocasiones en las que lo he visto con vello facial, me ha quedado claro que es un pelirrojo de pura cepa.

—Qué maleducada eres cuando no estás de servicio —me dice con una sonrisa burlona.

—Sí, bueno, aquí no vas a darme propina, ¿verdad? Entonces no hay necesidad de fingir amabilidad.

Durante un buen rato permanecemos sentados en silencio, fingiendo con incomodidad que nuestros respectivos mejores amigos no se están enrollando a menos de medio metro de distancia y escuchando al grupo de versiones cutres de Brooks & Dunn tocar Play Something Country por cuarta vez esta noche. A juzgar por la forma en la que todas las chicas borrachas dan botes delante del escenario, cualquiera diría que estamos en un concierto de verdad. No me cabe la menor duda de que, antes de que acabe la velada, una de ellas se levantará la camiseta y le enseñará las tetas a la banda. Si Shelby no estuviera pegada por succión a Denver, me apostaría lo que fuera a que sería ella quien lo hiciese.

—¿Ese no es tu novio?

Red señala con la cabeza hacia donde deben de estar Derek… y Alyssa. No me atrevo a seguir su mirada, el estómago se me contrae a modo de advertencia para que no mire a menos que quiera volver a sentir ganas de matar. Aquejada de un repentino síndrome de las piernas inquietas, muevo la rodilla arriba y abajo y mantengo la vista clavada en Red, que se aprieta la lengua contra la mejilla mientras los mira con los ojos entornados.

—Ex —lo corrijo—. Rompimos hace un par de semanas.

—¿Quieres que le dé un puñetazo?

—No, Red. No quiero.

Me encantaría decir que sí —me entusiasmaría ver a Derek recibir un pedacito de lo que se merece—, pero lo que vendría después del golpe inicial no vale la pena.

—¿Quieres vengarte? ¿Ponerlo celoso? Podemos enrollarnos justo a su lado.

—Mira, que te den. Solo estoy intentando escuchar música y beber en paz, ¿vale? ¿Por qué no te vas a sacar a bailar a una chica o a meterte en una pelea? O a hacer literalmente cualquier cosa que no sea incordiarme.

—Bueno, para empezar: yo no bailo, la única persona con la que me apetece pelearme es con tu ex, y eso ya me lo has fastidiado, y, por último, yo estaba sentado aquí primero.

Dejo caer el codo sobre la mesa y me tapo la cara con la mano para no tener que verlo. Y, de paso, para no tener que ver a Derek. Dos pájaros capullos de un tiro. Un instante después, la mesa se mueve cuando Red por fin capta la indirecta y se marcha.

No ha pasado el tiempo suficiente ni por asomo cuando aparece de nuevo. Al menos esta vez viene con regalos y me pasa un chupito de tequila y otra cerveza. Y yo no soy de las que rechazan bebidas gratis, aunque no me caiga bien el tío que me invita a ellas.

Red levanta su vaso de chupito con un guiño y dice:

—Un brindis por que ya no estés saliendo con ese puto friqui.

«Por Dios. Pero, por otro lado, ¡salud!».

Me bebo el chupito de golpe, seguido de varios tragos de cerveza. Soy más que consciente de la mirada de Red, que me quema por dentro más que el tequila. Deja la botella vacía sobre la mesa y la hace girar perezosamente con un movimiento de la muñeca. Una y otra vez.

Golpe, tintineo, traqueteo, traqueteo, golpe, tintineo, traqueteo.

Hasta que el ruido del cristal sobre la superficie de madera áspera parece convertirse en un acompañamiento de la banda, a la que me empeño en no dejar de mirar. Desesperada por clavar la vista en cualquier sitio que no sea en el vaquero que tengo sentado enfrente o en el exnovio que ronda entre la multitud. Con la esperanza de que, si me esfuerzo lo bastante en fingir que me gustan esta mierda de versiones, podré dejarme llevar por el ambiente y, con un poco de suerte, salvar la noche.

—Oye, Cass…

La voz áspera de Red perfora el aire justo cuando estaba a punto de olvidarme de que estaba sentado frente a mí.

Vuelvo la cabeza con una exhalación irritada.

—¿Qué quieres ahora, Red?

—Fíjate en esto. Parece que me has tocado tú en el juego de la botella. Más vale que me beses y pongas celoso a tu ex. No para de mirar hacia aquí.

—Eres idiota —le digo con un resoplido.

—¿No eres fan del juego de la botella? Ah, claro. Ahora que lo recuerdo, tú eres más de siete minutos en el paraíso, ¿no?

Este puñetero pueblo. Una sola vez, una única puta vez, cuando acababa de empezar el instituto, se me ocurrió proponer que jugáramos a eso de encerrar a una pareja en un armario durante siete minutos en una fiesta de cumpleaños. Y, casi dos décadas más tarde, todavía me lo sacan a relucir.

—¿Tienes trece años?

Me planteo dejar allí abandonada la cerveza pagada a precio de oro y volver a casa a ponerme el pijama. Toda esta noche está siendo una pérdida de tiempo. Odio saber que me he esforzado en arreglarme para sentarme a una mesa de pícnic con Chase «Red» Thompson, un tipo que me cae mal desde el colegio, y para estar obligada a ver a mi exnovio enrollándose con la preciosa mujer de pelo negro azabache con la que estuvo acostándose durante al menos la mitad de nuestro año de relación.

—¿Es eso lo que te pone? Porque es la hostia de chungo, Cass. —Suelta una carcajada y se endereza el sombrero—. A lo mejor tengo que denunciarte.

—Me refería a que esos dos juegos son de críos, idiota.

Le doy un trago a mi cerveza. Y otro. Y otro.

—Solo digo que parece que aquí se está enrollando todo el mundo menos nosotros. Y eso lo cabrearía de verdad. Pero, si un simple beso es demasiado infantil para ti, podríamos hacer muchas otras cosas de adultos. —Arquea una ceja, desafiante.

—¿A ti qué cojones te pasa?

Me estiro sobre la mesa, le doy un manotazo al sombrero de vaquero y se lo quito de la cabeza. Suelta una sonora carcajada, se agacha para recogerlo del suelo y se sacude la cabellera espesa. El alboroto hace que Shelby y Denny, que hasta el momento han tenido los labios como pegados con Loctite, se separen.

—Oye, Shelb, me voy andando a casa —le digo ahora que por fin me dedica una pizca de atención.

Cuando paso una pierna por encima del banco y me pongo en pie, el alcohol me invade el torrente sanguíneo. El mundo está un poco borroso, las luces del escenario están más atenuadas que nítidas y me siento como si tuviera las piernas envueltas en un lodo espeso. Puede que beberme la cerveza a toda velocidad para marcharme más rápido no haya sido la mejor idea del mundo.

—¡No, no te vayas! —protesta mi amiga, que se aparta de Denny para agarrarme del codo—. Se suponía que esta noche ibas a encontrar a un tío que te ayudara a superar lo de Derek.

—Ya te he dicho que aquí hay cero posibilidades de eso.

Shelby desvía la mirada desde mí hacia Red y luego vuelve a centrarla en mí con un encogimiento de hombros.

—A ver…, no son «cero» posibilidades.

—A la mierda con este baile. Y, desde luego, a la mierda con lo que acabas de decir. Me voy a casa. Buenas noches, chicos.

—Buenas noches, Cass. Te quiero —dice Denny a mi espalda.

El chillido juguetón de Shelby retumba cuando, supongo, Denny vuelve a agarrarla para atraerla hacia otro beso arrebatador.

Me tambaleo entre los numerosos borrachos e intento mantenerme en pie mientras me doy cuenta de lo pedo que estoy en realidad. Ese es el problema de beber cuando estás sentada tan a gusto. En cuanto te levantas, la Tierra se inclina sobre su eje y resulta que te cuesta mantenerte erguida.

Por desgracia para mí, los rodeos de los pueblos pequeños se parecen demasiado a una reunión familiar como para per­mitirme una huida rápida. La gente que conozco tira de mí en todas direcciones. Desde Jerry, el cliente habitual entrado en años que siempre me suplica que me marque un baile country con él, hasta el director de mi antiguo instituto. Debbie, la de la oficina de correos, me acorrala para preguntarme si puedo cuidar de su gato mientras se va de viaje a Las Vegas y… ¿quién soy yo para negarme cuando me enseña el gorrito con visera que le ha hecho al pequeñín atigrado? A este baile ha venido todo Dios, así que siempre hay alguna persona que me bloquea inoportunamente la única ruta que existe para salir de este infierno.

Después de escapar a duras penas de las garras de un grupo de chicas con las que me gradué en el instituto, estoy casi libre para irme a casa. Echaría a correr si pensara que mi coordinación es lo bastante buena para aguantarlo. Mientras paso arrastrando los pies por delante de los baños portátiles, sin apartar la mirada de la puerta de salida que tengo a unos pocos metros, una voz desagradable hace que un escalofrío me recorra la espalda.

—Cass… Hola.

Se me hunden los hombros y cierro los ojos…, pero solo durante medio segundo, porque enseguida siento que el mundo se pone a dar vueltas sin control.

—Hola, Derek.

Me vuelvo para mirarlo. Por suerte, no va con su amante.

—¿Cómo estás?

Me estudia el cuerpo con una ceja arqueada. Todas las palabras que no está diciendo se reproducen sin parar en mi cabeza. Sí, he engordado un par de kilos desde que rompimos, pero la pelea que he tenido con mi minifalda vaquera para poder subirme la cremallera ya ha sido suficiente palo para mi ego por un día. No necesito que me haga sentir aún peor y sé que está teniendo que hacer un esfuerzo casi insoportable para abstenerse de hacer comentarios sobre mi apariencia física. Le saca de sus casillas que a mí no me moleste mucho vivir en un cuerpo de la talla 42. Y, ahora que no estaré escuchando sus opiniones negativas todo el tiempo, seguro que me sentiré aún más satisfecha con mi talla.

—Bien. Genial, de hecho. Estoy de putísima madre —digo en tono sarcástico—. ¿Te lo estás pasando bien esta noche?

Lo que en realidad significa eso es: «¿Por qué coño estás en un rodeo de mi pueblo semanas después de hacerme sentir como la tía más idiota del planeta?».

—Sí. Alyssa nunca había estado en un rodeo, así que…

Gracias a mis años de camarera en el bar de mi padre, mi voz de atención al cliente es impecable y no se ve afectada en absoluto por mi consumo de alcohol.

—Eso es… genial. Estupendo. Me alegro mucho de que, eh…, la hayas traído. Me voy ya, así que… es genial verte.

—Espero que no te estés yendo pronto a casa porque estoy aquí.

—No. Qué va. No me voy a casa. Voy al baño. —No sé por qué le estoy mintiendo ni por qué sigo soltando estas mierdas por la boca—. La verdad es que yo también he venido con alguien. Lo estamos pasando genial.

«¿Por qué no paro de decir genial?». A lo mejor el alcohol sí me está afectando al habla, a pesar de lo que creía.

—¿Sí? Te he visto hablando con Red. No me digas que estás con ese… Madre mía, Cass, ¿te estás rebajando a la altura de los vaqueros del pueblo? Uf, eso es patético hasta para ti.

«¿Hasta para mí?».

Mi cerebro y mi boca ya no están coordinados, así que las palabras me salen a borbollones antes de que me dé tiempo a pensármelas.

—¿Sabes qué? No es ni de lejos tan patético como traer a este rodeo a la chica con la que me engañaste.

—Cass, solo digo que…

—No me digas ni una sola palabra más, porque al vaquero con el que «me estoy rebajando» le encantaría tener una excusa para pegarte una paliza. Que tengas una noche genial.

En lugar de continuar con mi camino de regreso a casa, vuelvo la cabeza por encima del hombro para mirar a Derek y regreso a la mesa de pícnic haciendo caso omiso de las campanas de alarma y de las alertas rojas que se me encienden en el cerebro. Sé que la idea que está tomando forma en mi mente ebria es terrible. También sé que, después de un año aguantando a ese gilipollas, me da igual. Necesito hacer algo para expulsar la rabia que me corre por las venas.

Me ha humillado de una manera que me ha hecho sentir como una imbécil. Me pasé meses sin darme cuenta de que Derek tenía una novia nueva y de que yo había quedado relegada a ser «la otra». Pero ni grité ni lloré, ni tiré su ropa por la ventana ni le rajé las ruedas del coche. No hice ninguna de las cosas que mis canciones country favoritas dicen que se merece. No, rompí con él de manera civilizada y le devolví todas sus pertenencias con una sonrisa en los labios apretados mientras ella lo veía todo desde el asiento del copiloto del coche de Derek.

Ya no quiero ser la persona más noble, madura y emocionalmente inteligente de los dos. Esta noche no. Me merezco tomar una o dos malas decisiones por una vez en mi puñetera vida.

No hay rastro ni de Shelby ni de Denny por ninguna parte, aunque no me cuesta deducir adónde deben de haber ido. Pero Red sigue sentado a la mesa de pícnic, bebiendo cerveza y viendo tocar a la banda cutre. A decir verdad, desde donde estoy ahora, no tiene tan mal aspecto. Si no supiera nada de su personalidad, tal vez me resultara atractivo. Incluso follable. Con el alborotado pelo castaño rojizo metido bajo el sombrero de vaquero, los tatuajes que le cubren los dos brazos, los músculos abultados ganados a base de mucho trabajo en el rancho, los pantalones vaqueros desgastados estirados sobre unos muslos poderosos y los juguetones ojos de color azul cobalto… Una pena que exista todo lo demás.

Golpeo la mesa con las dos manos y le hago dar un respingo. No tengo del todo claro cuál es mi plan de juego, solo sé que se alimenta de alcohol y odio. Y que Red es justo el tipo de chico que estará dispuesto a seguirme la corriente.

—¿Sigue en pie la oferta de cabrear a mi ex?

—¿Por qué? ¿Ves algo que te guste, Cass?

Enarca las cejas y una sonrisa arrogante le ilumina la cara de idiota.

—La respuesta podría haber sido que sí, pero luego has abierto la boca. Ahora estoy llena de remordimientos. ¿Dónde está Colt? O, más bien, cualquier tío soltero, atractivo y menos tocapelotas que tú. —Este plan era una estupidez. Que a Derek no le caiga bien Red y que piense que me estoy «rebajando» por pasar el rato con los vaqueros del Rancho Wells no quiere decir que tenga que enrollarme con uno de ellos para vengarme de él. ¿Qué estaría demostrando al hacer algo así? Lo reconozco, me falla la lógica—. ¿Sabes qué? Da igual…

—No sé dónde está Colt. Pero yo estoy disponible para ayudarte y se me ocurre una buena manera de que me cierres la boca.

Me masajeo las sienes y paseo la mirada por la cervecería al aire libre. Como si Dios se estuviera burlando personalmente de mí, la luz de la única farola que ilumina la pista de baile en penumbra cae de lleno sobre Derek y Alyssa. Le arranco el botellín de la mano a Red y le doy un buen trago. Me entra como el agua, y ya no me importa una puta mierda si mi plan tiene sentido o no.

—Tira eso. —Señalo el bulto que tiene en el labio inferior—. Me niego a besar a nadie que tenga tabaco de mascar en la boca.

Antes de que me dé tiempo a terminar la frase, se pasa el dedo por debajo del labio y tira la masa de tabaco marrón oscuro al suelo.

—¿Algo más?

—Dos reglas: no dices ni una sola tontería y no volvemos a hablar de esto jamás. ¿Trato hecho?

Apura el último trago de cerveza y se levanta.

—Trato hecho, encanto.

Suspiro.

—Mejor tres reglas: no me llames «encanto».

2

Cassidy

Con la gruesa tela de la camiseta de Red atrapada en el puño, tiró de él hasta que nos colocamos lo bastante cerca de Derek como para asegurarme de que nos vea, pero lo bastante lejos como para que parezca involuntario. Me planto más cerca de Red que nunca en mi vida, le acaricio la barba áspera con las manos y lo beso. Un ligero roce de labios. No es un buen beso, ni mucho menos. Puede que ni siquiera sea un beso convincente… La sensación es desagradable e incómoda, como cuando un familiar te besa sin querer en los labios en lugar de en la mejilla. Cuando nos separamos, juro que oigo la risa de Derek.

«O sea que un beso no es suficiente».

—Vámonos.

Agarro a Red de la mano y él me sigue sin pensárselo; para mi sorpresa, resulta que es lo bastante listo como para adherirse a mi norma de no decir tonterías. Con los dedos entrelazados con los míos, no deja de obedecerme mientras salimos de la cervecería al aire libre, dejamos atrás los puestos de venta ya cerrados y atravesamos las hileras de vehículos aparcados.

—Entiendo lo de que no tengo que decir tonterías, pero empieza a preocuparme que estés a punto de matarme.

—Sé que has traído condones. ¿Dónde está tu camioneta?

Frena en seco y me mira de hito en hito.

—¿Qué cojones está pasando?

La verdad es que yo tampoco sé muy bien lo que está pasando. Solo me estoy dejando llevar por el entusiasmo, haciendo lo que mis emociones alteradas y el alcohol me dicen que haga.

—Pues… Bueno, si estás de acuerdo, iba a ver si me follabas en el capó del coche de mi ex. Por lo de la venganza y ese rollo.

Red echa la cabeza hacia atrás y suelta una carcajada que le sale de las entrañas.

—Hostia puta. No sé, Cass. Es una locura.

—Te lo he pedido porque eres el hombre más loco que conozco. Si tú no quieres hacerlo, dime dónde encontrar a alguien que sí quiera.

Me arden las mejillas; por dentro me arde el cuerpo entero. No me había planteado que pudiera rechazarme. «Mierda». Me aprieto los ojos con los dedos para contener las lágrimas de vergüenza.

—No creo que quieras hacerlo —me dice.

—No tienes ni puta idea de lo que quiero. Estás aquí porque no quería hacerlo con alguien que intentara disuadirme. Solo… —Estoy empezando a perder el ímpetu—. Me he obligado a vestirme y a maquillarme para venir porque he sido tan tonta como para pensar que pasaría una noche divertida. Y entonces va y aparece él con la chica con la que me ha estado poniendo los cuernos durante meses, Shelby me deja tirada y me toca pasar la noche contigo. Hace un rato, cuando dije que me iba, me he encontrado con Derek y me ha tratado como si fuera una pringada fea y patética. Odio que me traten así. Quiero hacer algo para vengarme de él, ni siquiera me importa si no llega a enterarse nunca. Pero, por una vez, quiero sentir que tengo algo de poder, joder. Estoy muy cansada de ser la madura, la educada, la responsable.

—Se equivocaba. Estás preciosa.

—Gracias por el falso halago. Tienes razón, pedirte que hagas esto ha sido una locura y muy poco propio de mí. Yo no hago este tipo de cosas. Me voy a casa.

Me agarra por los hombros para impedirme que me dé la vuelta y me marche.

—No te estaba haciendo la pelota. Estás preciosa de verdad. Y tampoco tienes nada de patética… Ni siquiera con la cara como un tomate y esos ojos de loca. Si vas en serio con esto… —Me estudia bajo el tenue resplandor de unos faros lejanos y clava los ojos en los míos de una forma que hace que me dé un brinco el corazón. Es como si me viera por dentro. Apenas muevo la cabeza en un gesto de asentimiento inconsciente—. A tomar por culo. Vale, lo haré. Pero vamos a dejar las pruebas que hagan falta para que se entere.

Lo único que soy capaz de hacer es volver a asentir como un muñequito en el salpicadero de un coche.

—Ah, y otra cosa, Cass: si tu padre se entera de esto, tú asumes la culpa, porque me niego a que me prohíban entrar en el único bar del pueblo.

—Por Dios. Te aseguro que es la última persona que se enterará de esto. De todos modos, me alegra ver que tienes las prioridades claras, Red.

Sonríe con suficiencia y por fin me quita las manos de los hombros.

—Mira quién fue a hablar.

—Si vamos a hacerlo, necesito que me folles como si me odiaras. No vuelvas a decirme que estoy guapa ni finjas que es algo más que un polvo rápido por venganza.

—¿Crees que tenía pensado ponerme a hacerte el amor sobre el capó del coche de tu ex? —Suelta un bufido—. Ahora vuelvo.

En el tiempo que tarda en ir a su camioneta y volver, le doy tantas vueltas a la cabeza que termino por marearme. Incluso me entran unas ligeras náuseas. Supongo que esta idea es una estupidez… Sin embargo, ¿no estaría bien devolvérsela un poco a Derek? Red tiene más alertas rojas que la mayoría de los chicos que conozco…, pero también es el único de por aquí que estaría dispuesto a hacer algo así. Mientras intento convencerme a mí misma de seguir adelante con este plan descabellado y, al mismo tiempo, de renunciar a él, localizo el odioso coche rojo de Derek y me apoyo en él con una exhalación nerviosa.

No somos más que dos personas a punto de mantener una relación sexual puramente transaccional: él gana la oportunidad de correrse y yo gano la oportunidad de sentir que le he dado un escarmiento a mi ex. A Red solo lo veo en los rodeos y en el bar, donde está demasiado ocupado con sus amigos y con otras mujeres como para que yo le importe una mierda. Así que las posibilidades de que las cosas se pongan raras son mínimas, ¿no?

—Vale, ¿dónde vamos a hacerlo?

Su voz me obliga a salir de esa espiral de pensamientos.

—Ah, pues… justo aquí.

Señalo el capó sobre el que estoy apoyada. Se me acelera el corazón cuando da un paso hacia delante y me pone las manos ásperas sobre las rodillas desnudas.

—Estás segura de que quieres…

—Sí. Como si me odiaras, ¿te acuerdas?

Me permito separar los muslos y dejar espacio para que se acerque aún más. La piel se me eriza al paso de sus dedos y me estremezco cuando me acaricia las piernas con las manos ásperas.

Nos estamos mirando a los ojos, y la parte blanca de los suyos brilla a la luz de la luna.

—Respira, Cass.

Cojo aire y, cuando él me hace un gesto con la cabeza, dejo escapar una exhalación larga. Sigue mirándome el alma de una manera que hace que un hilillo de calor me recorra la espina dorsal y se me instale debajo de la pelvis, como una especie de anhelo persistente. Cuando siento que me sube la mano por la pierna y la desliza bajo la tela suelta de mi falda vaquera Levi’s vintage, miro hacia abajo para asegurarme de que no me lo estoy imaginando. Vale, todo esto ha sido idea mía, pero no esperaba que mi cuerpo reaccionara como lo está haciendo. Que, de entre todos los hombres del mundo, sea Red el que me esté haciendo mojar las bragas con solo acariciarme la cara interna del muslo debería ser delito.

—Qué pulsera tan mona.

Le sonrío e intento aliviar la tensión sexual que flota entre ambos desviando la atención hacia el fino alambre de púas que le rodea la muñeca.

«Pues claro que lleva un trozo de alambre de púas en la muñeca…».

—¿Te gusta? Te he traído un collar a juego.

Me quita la mano de la pierna y, durante una milésima de segundo, ansío que vuelva a ponerla donde estaba. Cambia de postura para que el resplandor de una farola lejana lo capte, y entonces veo lo que está intentando enseñarme. Bajo el denso bosque de árboles de tinta negra que se le extiende por el antebrazo, hay un tatuaje que le recorre el dorso de la mano desde el pulgar hasta el índice.

«Alambre de púas».

Antes de que pueda preguntarle a qué se refiere, me desliza la mano alrededor del cuello como si fuera un collar.

«Un collar de alambre de púas».

—Parece que está hecho a medida para ti, Cass. Y te queda la hostia de sexy, además.

La respiración se me queda atrapada en la garganta, justo en el punto en el que me aprieta la carne con los dedos. Un gemido involuntario se me escapa de los labios entreabiertos y, aunque está oscuro, es imposible no ver cómo se le hinchan las fosas nasales.

Mientras lucho por mantener la compostura, gruño:

—¿Qué te dicho de no decir tonterías? Por favor, acabemos con esto de una vez.

—Joder, tú sí que sabes cómo poner cachondo a un tío, ¿eh? —Con un gesto teatral, pone los ojos en blanco, deja caer la mano de nuevo hacia mi muslo y hace que una oleada de calor me suba hasta la ingle—. Si no quieres que lo hagamos, solo tienes que decirlo y pararé.

—No, sí quiero. Sigue.

Me mira con los ojos vacilantes y entornados, como si no se creyera ni una sola palabra de lo que le estoy diciendo. Para demostrarle que no tengo dudas, le rodeo el cuello con los brazos y aplasto los labios contra los suyos. Los tiene sorprendentemente suaves y cálidos, y se funden con los míos. «¿Estaban así de suaves cuando se los besé antes?». El pelo de la nuca de Red tiene la longitud perfecta para enroscármelo entre los dedos. Entonces me pone una mano firme a cada lado de la cara y me devuelve el beso con un gruñido ardiente. Es húmedo, frenético y hambriento y, para mi más absoluto asombro, cojonudo. Nada que ver con el beso tenso e incómodo que compartimos antes. Me pasa las manos por el pelo y, cuando me muerde el labio inferior, me arranca otro gemido, procedente de algún rincón profundo del pecho.

En cuanto me mete la mano por debajo de la falda, echo las caderas hacia delante. Se me tensan los músculos, suplicando atención, mientras los segundos se me hacen aún más lentos que los movimientos de su mano. Odio estar deseando que me toque, pero, hostia puta, me muero de ganas.

Me recorre con el dedo la costura lateral del tanga y luego la mueve hacia un lado para que el tejido tirante me roce el clítoris sensible. Miles de corrientes eléctricas salen disparadas en todas direcciones y no puedo contener el gemido que Red atrapa con su boca. Cuando hace lo mismo con la otra costura, me deja el tanga atrapado entre los labios de la vulva. El más mínimo movimiento basta para que el algodón fino me acaricie. Sin pensar en lo que hago, muevo las caderas con suavidad sobre el capó del coche para frotarme con la tela. Para acercarme al éxtasis.

Red rompe el beso y retrocede un paso. Ni siquiera me ha tocado todavía, pero me está observando. Atentamente.

—Joder, Cass. Joder.

Oigo su voz áspera cargada de desesperación y, por alguna vergonzosa razón, eso hace que me moje todavía más. Quiero que me desee. Quiero que siga mirándome con pura lujuria. Así que abro más las piernas, aparto el tanga del todo hacia un lado y me meto dos dedos bien adentro.

Menos mal que solo iba a ser un polvo rápido de venganza, porque ahora me estoy masturbando sobre el capó del coche de mi ex mientras Red, un vaquero insufrible, me observa con una mirada carnal. Cuando recupero la cordura lo justo para darme cuenta de lo que estoy haciendo, me sonrojo y aparto la mano de golpe.

—No te he dicho que pares. Sigue. —Se agarra la polla por encima de los pantalones vaqueros, se frota el bulto despacio y sin apartar la mirada de mi cuerpo en ningún momento—. Quiero ver a la novia de Wells Canyon correrse en plena calle. Tócate, Cassidy. Juega para mí con ese coño tan bonito que tienes.

Trago saliva con dificultad. Debería decirle que no, mandarlo a la mierda. Él, precisamente él, no debería afectarme así. No debería tenerme deseando hacer todo lo que me pida.

Con los dedos empapados, me busco el clítoris y me lo acaricio con toques ligeros como una pluma y una intensidad frenética. Arqueo la espalda de manera que mi melena rubia cae en cascada sobre el metal rojo y brillante y, mientras rezo para que le deje un arañazo bien grande en la carrocería, apoyo una bota en el capó para evitar resbalarme. Red se acerca para sujetarme las piernas con firmeza y abrírmelas del todo. Lo miro mirarme.

—Eso es, fóllate la mano aquí mismo, en público. Me tenías engañado, Cass. Creía que solo te gustaba provocar, pero estás hecha una pedazo de zorra, ¿a que sí?

—No. —La palabra me sale ronca, menos que un susurro. No soy una zorra. No suelo serlo. No sé qué narices me está pasando ahora mismo—. Solo esta noche.

—Solo para mí.

—No. —«Sí. Pero no tengo ninguna intención de analizar el porqué ahora». Vete a la mierda.

Tiene el pecho agitado y la cara sonrojada. Sin quitarme ojo, se muerde la mejilla y deja escapar un pequeño gruñido de vez en cuando. Noto que la mano con la que me sujeta la espinilla me aprieta todavía con más fuerza, como si le estuviera costando la vida no tocarme en ningún otro sitio. Con Derek me sentiría cohibida, pero, con un par de kilos de más o sin ellos, Red está haciendo que me sienta la mujer más sexy del puto mundo.

—Uf, Dios —gimo al tiempo que una oleada de calor me recorre de arriba abajo y, mientras la tormenta da sus últimos coletazos, paso a trazarme círculos perezosos con los dedos.

Las pupilas dilatadas de Red reflejan la luz de la luna y, sin dudarlo, alarga la mano para tocar todo lo que he ensuciado. Con suavidad, me pasa un dedo por la entrada hasta llegar al clítoris hinchado, y eso hace que un escalofrío estimulante me recorra la columna vertebral.

—No me jodas. Mírate… Eso ha sido lo más excitante que he visto en mi vida.

Me introduce un dedo frío que me deja sin aliento. En lugar de embestirme con él, como parecen hacer muchos tíos, lo ondula con cuidado, como si estuviera imitando el gesto de pedirle a alguien que se acerque. Me mete otro y se le oscurecen los ojos cuando jadeo.

—Si haces esos ruidos solo con mis dedos, cuando te llene de verdad no vas a poder parar de gritar.

—Madre mía, es que no puedes ser más imbécil.

—Y me va a gustar mucho mirarte cuando te estires alrededor de mi polla.

Entonces aparta la mano y deja un vacío que estoy desesperada por que vuelva a llenar. Dedos, lengua, polla…, me vale cualquier cosa. Aunque jamás vaya a confesar esa verdad.

—¿Significa eso que por fin vas a follarme?

Me dejo caer de espaldas sobre el capó. Al principio el frío del metal me molesta; luego empieza a parecerme agradable mientras lucho por recuperar el aliento y espero a que se ponga el condón.

Cuando pillé a Derek poniéndome los cuernos, mi mejor amiga desde que era casi un bebé, Blair, me dijo que las experiencias verdaderamente originales no existen. Supongo que pensó que saber que millones de personas han pillado a sus parejas siéndoles infieles me haría sentir mejor. Contemplo el cielo estrellado e infinito a la vez que me pregunto cuántas personas más habrán echado un polvo por venganza encima del capó del coche de su ex con un tío que ni siquiera les cae bien. Yo diría que es bastante original.

—Por el amor de Dios —resuello, muy a mi pesar, cuando bajo la mirada y le veo la polla. Para ser un hombre de tamaño medio, se gasta un rabo que de tamaño medio no tiene nada. La verdad es que esperaba que lo tuviera pequeño, deforme o algo parecido, porque así podría añadirlo a las razones por las que Red figura en mi lista de «No tocar». Ahora empiezo a plantearme si el hecho de que sea un capullo al que le gustan las peleas será suficiente para que no quiera volver a repetir este rollo de una noche—. Pensaba que los tíos que se comportan como auténticos gilipollas tenían la polla pequeña.

—¿Así que la razón por la que me has elegido para ayudarte a poner celoso a tu ex es que creías que era un gilipollas con el rabo pequeño? Hay algo que no me cuadra.

—Cállate de una puta vez, Red.

Me arrastro hacia abajo por el capó y le agarro esa polla tan gruesa. Y, cuando digo gruesa, quiero decir gruesa. Con un poco de suerte, será lo bastante listo como para tomárselo como una invitación a cerrar el pico y aprovechar mejor el poco tiempo que tenemos.

—Tienes que mejorar las guarradas que dices durante el sexo, encanto.

—Creía que habíamos acordado no utilizar esa palabra.

—Mientras me estés suplicando que te la meta, te llamaré como me dé la gana.

—No te estoy… —empiezo a protestar, pero él niega con la cabeza, incrédulo, y luego baja la vista hacia donde, inconscientemente, estoy tirando de su miembro hacia mí.

Lo suelto como si fuera una patata caliente y el calor sube corriendo a instalárseme en las mejillas.

«No me puedo creer que le esté rogando a Red que me folle…».

—Jamás te suplicaría que me la metieras. Solo estaba intentando calcular si me cabe.

«No, no tendría que haber dicho eso».

Sonríe con arrogancia.

—Bueno, tal vez cueste un poco, pero estoy seguro de que podrás con ella.

Entonces se me coloca entre las piernas, me agarra el muslo con una mano y se cierra la otra alrededor de la polla. Para cuando me acerca la cabeza a la entrada, ya me cuesta respirar. Espero con ansiedad, deseando que me llene, rezando por sentir cómo me estira con esa cosa gigantesca y me la clava hasta golpearme con las pelotas.

Me pasa la erección por el coño con agresividad, mojándosela entera con mi humedad. El charco que se me ha formado entre las piernas está acabando con cualquier esperanza de ocultar mi atracción hacia él. Abro más las rodillas y me mete la punta, lo justo para que se me acumule una presión intensa entre las caderas.

Centímetro a centímetro, entra en mí con una mirada de satisfacción en la cara.

—Respira, Cass. Me falta mucho para entrar del todo. Tienes que relajarte.

«¿Que le falta mucho?».

—¿Qué?

Trago saliva y me concentro en cualquier cosa salvo en el hecho de que tengo la polla de Red tan dentro que bien podría estar tocándome los pulmones. Aunque lo de que me esté reordenando los órganos internos sería una buena explicación para mi repentina incapacidad para respirar.

—Relájate y respira —gime—. Ya casi está, encanto.

Cuando exhalo, me clava las uñas romas en el relleno extra que me rodea las caderas y me penetra hasta el fondo. El culo desnudo me resbala por el capó metálico y la falda se me sube hasta la cintura. Con una dura embestida toca fondo y me golpea la piel húmeda con los huevos, y yo le rodeo la cintura con las piernas para obligarlo a entrar más. Con cada empujón me toca en ese punto que hace que me retuerza.

Lo quiero entero, hasta el último puto centímetro. Y odio un poco lo mucho que lo deseo, pero después me incorporo apoyándome sobre los codos para ver cómo me la mete una y otra vez, y ya no lo odio en absoluto. Me está estirando y llenándome por completo, sin parar. Con cada empujón poderoso, el borde de mi tanga se le arrastra por toda la erección y luego me roza el clítoris con un impresionante estallido de fuegos artificiales. Sus movimientos son lentos, constantes y absolutamente increíbles.

—Joder, qué apretado lo tienes. ¿Cómo puedes tener el coño tan prieto, Cass? —gruñe y, cuando echa la cabeza hacia atrás, se le marcan los músculos de la garganta. Bajo la luz tenue, veo que la nuez le sube y le baja cuando vuelve a clavármela—. Dios, no creo que vaya a durar mucho.

Me deja jadeante y vacía cuando me la saca y se encorva para pasarme la lengua plana por el centro, para lamerme desde abajo hacia arriba. Se me corta la respiración y le arranco el sombrero de vaquero de la cabeza para agarrarle el pelo. Le enredo los dedos entre los mechones suaves y me aferro a ellos con todas mis putas fuerzas, como si estuviera a punto de montar un toro… Aunque soy yo la que corcovea cuando me trabaja el clítoris con la cantidad perfecta de presión y de succión. Con la mano que me tiene plantada sobre el vientre restringe mis movimientos con firmeza. Por más que me retuerza o forcejee, no conseguiré escapar de este intenso placer. Cuando me contorsiono, me aprieta la columna vertebral con más fuerza contra el capó de metal rígido.

—Red, no tienes por qué…

Me interrumpe estampándome la mano libre en la boca. Intento hablar, a pesar de la palma que me asfixia, pero es inútil.

Yo no hago estas cosas. No me corro cuando los tíos me comen el coño. Me resulta demasiado húmedo. Demasiado sucio. Demasiado.

Pero no me está dejando elección. Se me tensan todos los músculos a la vez y siento que toda la sangre se me sube a las mejillas y después vuelve a bajar de golpe cuando un orgasmo me sacude de arriba abajo. Con su mano grande y cálida, Red acalla mis gemidos y, con la lengua, prolonga mi placer hasta que empiezo a temblar debajo de él.

—Ahora ya no me sentiré tan mal cuando termine demasiado rápido. Al menos puedo decir que he hecho que te corras —dice mientras se lame el labio inferior.

Mi excitación le brilla en la barba incipiente y me está devorando con los ojos. No estoy desnuda del todo, pero su mirada basta para hacer que me sienta como si lo estuviera.

Parece que está orgulloso. Yo estoy horrorizada. Una cosa es echar un polvo con Red Thompson, otra es saber que me he corrido dentro y alrededor de su boca. Y la mirada de satisfacción que tiene en los ojos entornados casi hace que me sienta bien por haberlo hecho… Como si él también hubiera obtenido placer de ello.

Joder, tengo que estar muy mal para que me esté gustando esto. Se suponía que no iba a disfrutar follando con él. Se suponía que esto era un medio para conseguir un fin; daba por hecho que me iría a casa para compensar con un vibrador la mala experiencia. Y que, después, jamás volvería a pensar en este momento.

Gracias a Dios, me deja poco tiempo para que mi cerebro entre en barrena. Red vuelve a hundir la polla en mi interior con un gemido estrangulado y me dibuja círculos con el pulgar en el clítoris hasta que vuelvo a estar a punto de reventar. Y, esta vez, él también lo está.

—Te gusta follarme, ¿verdad? Te gusta sentirme bien dentro de tu coño prieto.

—Ni… de… coña.

Me cuesta articular las palabras entre un jadeo y otro.

—Mentirosa. ¿Te vas a correr otra vez para mí, Cass?

—Más quisieras —le digo con los dientes apretados.

—Mmm, yo creo que sí. Creo que me vas a empapar la polla como me has empapado la cara.

—Oblígame…

Lo miro fijamente a los ojos y siento una descarga cuando me aprieta el clítoris con más fuerza. «Oblígame, por favor».

Arrastro las uñas por el capó, arañando la pintura, mientras busco con desesperación algo a lo que aferrarme, cualquier cosa que me impida escaparme flotando de mi cuerpo. Mi orgasmo se le derrama alrededor de la polla al mismo tiempo que él deja caer la cabeza con un último gruñido. Tiene la cara sonrojada y el cuerpo se le estremece en una larga oleada.

—Joder —susurramos al unísono.

Al parecer, ninguno de los dos tenemos claro si hemos querido decir «Joder, ha sido increíble» o «Joder, ¿qué acabamos de hacer?».

3

Red

Denny está tan borracho que tiene que cerrar un ojo para concentrarse en lo que le digo. No entiendo el método de mi mejor amigo, pero jura que lo ayuda a oír mejor. Aunque le he contado lo de que me he tirado a Cass tres veces durante el camino de vuelta a la camioneta, todavía le cuesta entenderlo. No estoy convencido de que a la cuarta vaya la vencida.

—Tú. Tú mismo como persona… —Me traza un círculo torpe con el dedo alrededor de la cara—. ¿Te has liado con Cassidy Bowman? Bah, no me lo creo. Nunca he oído que se haya acostado con nadie. Es demasiado buena chica para liarse contigo, está claro.

Se sube a la caja de mi camioneta y le paso los dos sacos de dormir. La mayor desventaja de vivir en el rancho es que o alguien le echa valor y no bebe para encargarse de conducir, o dormimos en la parte de atrás de la camioneta. Esta noche toca lo segundo. En un pueblo tan pequeño como Wells Canyon, no disponemos de sofisticadas aplicaciones para pedir que nos recojan en coche. En teoría hay un taxi, pero a partir de las siete de la tarde el conductor está borracho como una cuba y antes de las diez de la mañana tiene demasiada resaca para conducir.

—Dame una sola razón para que te mienta sobre una cosa así.

Lo golpeo con el saco de dormir antes de desenrollarlo. En cuanto me quito las botas, me tumbo en la incomodísima cama improvisada. Esto era tolerable hace una década…, ahora soy plenamente consciente de que este viejo de treinta y tres años va a despertarse con tortícolis y un dolor de cabeza de campeonato.

—Vaaale. Entonces ¿cómo coño ha pasado? —Denny culebrea para meterse en su saco de dormir y un temblor sacude toda la caja del camión—. ¿Por qué ha pasado? Sabes que, si Dave se entera, estaremos jodidos. Nos prohibirá la entrada al bar y tendremos que conducir hasta Sheridan para beber. Te quiero, pero me pillaré un buen cabreo si eso ocurre.

—¿Por qué iba a enterarse?

—No sé. Pero Cass y él están bastante unidos.

—¿Crees que le habla a su padre de todos los tíos a los que se folla? ¿Quién hace eso? Te lo juro, tío, a veces dices unas cosas… ¿Te caíste al suelo de cabeza cuando eras bebé? ¿Te tiraron, tal vez?

—Me he caído de un buen montón de animales sin desbravar. Me he dado bastantes golpes en la cabeza… Es lo que hay. Pero, a ver, ¿por qué y cómo habéis acabado juntos?

Me paso la palma de la mano por la cara y me detengo brevemente en la barbilla para acariciarme la áspera barba de un par de días. Hace apenas unas horas, su orgasmo me mo­jaba.

—Quería vengarse del mierda de su exnovio por haberle puesto los cuernos, así que me la he follado en el capó del coche del tipo. Y se lo ha rozado a saco con las botas.

Denny se incorpora de golpe, de repente interesado en la historia. Se tambalea un poco incluso estando sentado, aunque podría ser yo el que se estuviera tambaleando. El mundo parece girar más rápido de lo normal.

—Venga ya. ¿Te has quedado para ver cómo reaccionaba el tío? —me pregunta Denny.

—Ni de coña. Las cosas se pusieron raras nada más acabar y ella se fue a casa. Yo me he tomado unas cuantas cervezas más, he jugado una ronda a la herradura y ahora estoy aquí.

—Genial, genial, genial. Ya no hay duda, estamos vetados en el bar del pueblo. Tenías que comportarte como un rarito de los cojones, y ahora Cass va a montar una barricada en la puerta.

Dejo escapar una larga exhalación, consciente de que es muy posible que tenga razón. En el mismo momento en el que a mí me explotaba el cerebro pensando en follármela una y otra vez, era obvio que ella estaba teniendo una experiencia postorgasmo completamente distinta. Cassidy tenía razón, soy gilipollas. Después de toda una vida soñando despierto con ella, estaba demasiado despistado reviviendo lo bien que se me había ajustado su coño, la manera en la que su cuerpo había reaccionado a mis caricias y el tacto de sus manos sobre mi piel, como para darme cuenta de que se estaba marchando antes de que fuera demasiado tarde para detenerla.

Una semana después llega la hora de la verdad. No he vuelto a hablar con Cass desde el rodeo porque ese era el trato. Nunca volveremos a hablar de lo que pasó entre nosotros. Ojalá pudiera encontrar la forma de dejar de pensar en ello.

Denny abre la puerta de doble hoja con un alarde teatral.

—Supongo que no la has cagado tanto.

En el fondo sabía que no nos impediría la entrada. Hacerlo significaría reconocer que pasó algo entre los dos.

Más bien, al contrario, se comporta como si no hubiera sucedido nada. Como si no se la hubiese metido hasta los huevos ni la hubiera visto poner los ojos en blanco mientras se me corría en la polla. Sé que aquella noche estaba borracho, pero conservaba la coherencia suficiente para saber que echamos un polvo increíble. No me lo imaginé todo. Moriría de un coma etílico antes de estar demasiado borracho para recordar las sensaciones que me provocó tenerla. Su olor, su sabor, sus ruidos. No hay cantidad de alcohol que pueda hacerme olvidar que se corrió en mi cara como una puta estrella del porno. Es lo más excitante que he experimentado en la vida.

—Hola, chicos.

Nos sirve seis jarras de cerveza antes de que nos hayamos acomodado en nuestros respectivos asientos; es decir, que ha predicho exactamente a qué hora llegaríamos y qué querríamos tomar sin cometer el más mínimo error. Estamos en nuestro sitio habitual, contra la pared del fondo: a la distancia justa de la pista de baile para que las chicas borrachas y pesadas no nos pidan bailar, pero, a la vez, lo bastante cerca como para poder echarles el ojo.

—Cass, ¿te he dicho alguna vez lo mucho que agradezco que se me permita la entrada a este magnífico establecimiento?

Denny, que pronuncia con absoluta sinceridad todas y cada una de esas palabras, se agarra al antebrazo de Cassidy cuando la chica lo estira por encima de la mesa para pasarle una cerveza a Colt.

—Vale, ¿cuántas latas de cerveza te has bebido durante el camino? —le pregunta ella entre risas, pero desvía la mirada hacia mí, y sus ojos me rebanan la carne con brutalidad.

La única razón por la que no me está rebanando de manera literal es que su padre, Dave, se halla a seis metros de distancia y tendría que darle muchas explicaciones.

Se aleja, con el pelo suelto ondeándole a la espalda, y yo me quedo mirándola sin disimulo. Siempre he sabido que era preciosa, pero también que no era una opción. Cassidy Bowman está más que fuera de mi liga, pero me he torturado durante años observándola desde lejos. Ya en el instituto era guapa, tenía un grupo de amigos enorme, sacaba unas notas perfectas… Joder, era del todo intocable para alguien como yo.

Hasta la noche en que dejó de serlo.

Ver a Cass desde el otro lado del bar concurrido aplaca mi sed mejor que todas las cervezas de cuatro dólares del mundo, así que me dejo embriagar por ella. Por todo: desde las ondas doradas que le rebotan contra los hombros hasta el culo, que tiene una forma de corazón perfecta y va embutido en unos vaqueros ajustados, dignos de un sueño húmedo. Bebo de sus curvas generosas y jugosas, de las tetas apenas contenidas por el escote pronunciado de la camisa y de las caderas en las que quiero hincarle los dientes. Me gusta que no esté delgada como un palo; así es posible agarrarla, morderla y ser brusco sin preocuparme de que se rompa.

Con el cerebro atrapado en un bucle infinito de fantasías sobre ella, las horas pasan volando. Hasta que ya es más de medianoche y he perdido la cuenta de cuántas cervezas llevo. Es culpa de Cassidy. Tanto por estar tan buena que me he visto obligado a hacerla volver a la mesa una y otra vez —a pesar de que no ha hecho más que pasar de mí— como por no dejar de servirme.

Me tambaleo hacia el baño arrastrando los dedos por el papel texturizado de las paredes del pasillo. Las rodillas amenazan con fallarme cuando un estribillo estruendoso hace retumbar las viejas tablas del suelo. Ese es el problema de quedarse aquí pasada la medianoche. El country clásico da paso a esa basura de música dance más o menos a la misma hora en la que yo empiezo a estar demasiado borracho para soportar al tipo de gente a la que le gusta ese ruido. Abro de un empujón la horterada de puerta tipo salón que lleva al cuarto de baño y apoyo la palma de la mano con firmeza en la pared de encima del urinario.

Estoy atrapado entre la necesidad de respirar hondo para evitar las arcadas y la certeza de que el olor a orina y a ambientadores de baño me hará vomitar. Así que respiro estrictamente por la boca y meo lo más deprisa que me lo permite la condición humana.

—Oye, tío, nos vamos ya.

Colt tamborilea con los dedos en el marco de la puerta.

—Sí, dame un minuto —respondo, y me subo la bragueta mientras me dirijo dando tumbos hacia el lavabo tipo abrevadero para lavarme las manos.

Lavarme la cara con agua fría me ayuda a recuperarme un poco. Nunca vomito cuando bebo; hago muchas otras tonterías, pero aguanto bien el alcohol. Tras una exhalación contundente y varios parpadeos para aclararme la visión borrosa, vuelvo a salir a la pista del bar.

Doblo la esquina justo a tiempo de ver a un tonto de los cojones borracho manoseándole a Cassidy el culo rollizo. Ella se gira como si fuera a abofetearle y me muero de ganas de ver cómo le arruina la vida a ese puto imbécil. Pero me horrorizo al ver que el único golpe que recibe es el de un ceño fruncido y unas cuantas palabras que no alcanzo a distinguir.

«Eso no es suficiente para darle una lección».

Se me calienta la sangre.

Siento que me inunda una neblina de un color rojo intenso, que me esmalta los ojos y me irrita la parte reptiliana del cerebro que quiere pegar el puñetazo y preocuparse por las consecuencias más tarde. Supongo que le he pegado. Es probable que incluso varias veces. Es difícil saberlo cuando estás en un estado de absoluta desconexión. Entre los latidos del corazón que me retumban en la cabeza y la molesta música electrónica a todo volumen, no oigo a nadie a mi alrededor. El pervertido que le ha tocado el culo a Cass me devuelve el golpe y, aunque estoy seguro de que lo notaré cuando se me pase el subidón de adrenalina, ni siquiera me estremezco cuando me estampa el puño en la mandíbula. El cerebro se me desactiva y continúo lanzando puñetazos, moviéndome por inercia, hasta que vuelvo en mí cuando Denny y Colt me agarran por los hombros para apartarme de la pelea.

—Largaos a tomar por culo de aquí antes de que os vetemos a todos. —La voz de Cassidy resuena por encima del alboroto que me aturde la cabeza. Luego, es de suponer que dirigiéndose a mí, añade—: En serio, ¿a ti qué cojones te pasa?

—¿A mí? —grito—. ¿Qué cojones le pasa a ese tío?

Señalo con el dedo y fulmino con la mirada al pervertido y feo hijo de puta que se sujeta la mandíbula dolorida.

Cass nos sigue cuando salimos por la puerta delantera y deja a Dave detrás de la barra, negando con la cabeza. Ni siquiera está sorprendido. Las peleas son algo bastante habitual y no es raro que yo esté involucrado en ellas de una forma u otra. Al menos eso es un punto a mi favor. Si sospechara que estaba intentando defender a su hija por cualquier otra razón que no fuera disfrutar de una buena bronca, sería hombre muerto.

—Dejadme hablar con él —le espeta Cass al resto del grupo.

Como cabía esperar, se apartan de inmediato y se alejan para aguardar junto a la caja de una camioneta aparcada unas cuantas plazas más allá.

—¿Pretendes conseguir algo presentándote aquí y comportándote en plan celoso y posesivo? Por el amor de Dios. —Se pasa una mano por el pelo y baja la voz hasta convertirla en poco más que un susurro—. Nos enrollamos una vez y no volverá a pasar nunca. Estábamos borrachos y tomamos una decisión ridícula, nada más. Monta este numerito de caballero andante una vez más y no podrás volver a entrar en el bar.

—O sea que se supone que tengo que permitir…

Me interrumpe con una mueca de desprecio.

—Se supone que tienes que pasar de mí, como de costumbre. Tratarme como si fuera una camarera cualquiera en un bar. Dejar que yo me ocupe de los gilipollas.

Es más fácil decirlo que hacerlo, joder. Nunca he pasado de ella. Le he prestado más atención a Cassidy de la que nunca me atreveré a reconocer. Y lo he hecho desde el día en el que conocí a su impertinente versión de seis años en el patio del recreo, hace más de veinte años. Puede que haya intentado aparentar que ni siquiera la veo, pero no nos habríamos liado si por lo general pasara de ella.

Suspira y se da la vuelta para volver a entrar.

—Vete a follarte a otra y olvídate de mí, por favor.