Este hombre me va a matar.
Hay muerte en sus ojos. He visto suficiente a lo largo de mi vida como para reconocer el peligro que estoy corriendo. Este hombre no va a esperar ninguna explicación. Ni siquiera me va a conceder una décima de segundo para que recupere el aliento. Va a acabar conmigo.
No hay nadie más que nosotros en este espacio agobiante y claustrofóbico. Se ha asegurado de ello. Me ha estado acechando y ha esperado hasta el momento en que me he quedado a solas, y después ha cerrado la puerta con pestillo con los dos dentro. Y aquí nos encontramos ahora.
Puede hacerme lo que quiera. Nadie sabe que estoy aquí.
Me duele la nariz, posiblemente esté rota. Me sale sangre por las fosas nasales en cálidos regueros, goteándome sobre los labios. Tiene un sabor metálico. Darme un puñetazo en la nariz es una de las primeras cosas que me ha hecho, antes siquiera de saludar. Ha sido su modo de hacerme saber que va en serio.
—Te voy a romper cada hueso del cuerpo —me dice entre dientes.
Habla en serio. Dios santo, está claro que habla en serio.
Nunca pensé que mi día terminaría así. De haberlo sabido, si hubiese tenido idea de lo que este hombre me haría, esta mañana habría tomado decisiones muy diferentes. Creía que podría encargarme de esto, pero desde el principio me ha superado. No tenía ni idea.
Es culpa mía que yo esté aquí. He cometido un error terrible.
Y ahora es demasiado tarde.
MILLIE
Voy a cortarte el cuello, Millie Calloway.
Esas palabras no son la forma en la que te quieres despertar a primera hora de la mañana.
Pero aquí estoy, adormilada por el sueño profundo y agitado del que me ha sacado de pronto esta llamada de teléfono tan temprano. Tengo el móvil apretado en la oreja y me pregunto si esa dura amenaza susurrada que acabo de oír sigue formando parte de un sueño que estaba teniendo. Al fin y al cabo, ¿quién se despierta con alguien que te promete que te va a cortar el cuello?
Pues bueno, parece que yo.
—¿Perdón? —digo al teléfono con la voz aún áspera por el sueño.
Me giro en la cama para ponerme de lado mientras me froto los ojos para despertarme. Quizá lo haya oído mal. A lo mejor, en lugar de cortarme el cuello, el desconocido que está al otro lado de la línea lo que quiere en realidad es recortar el coste del seguro de mi coche.
—Ya me has oído —gruñe la voz de hombre con un tono grave y siniestro—. Has metido las narices donde no debías y ahora vas a pagar por ello. —Hay una breve pausa mientras yo asimilo esta nueva información, y después…—. Vas a tener una muerte lenta y dolorosa, Millie Calloway.
No, no es un sueño. No cabe ninguna duda de que es real y de que claramente va dirigido a mí, como prueba el uso repetido de mi nombre completo. No puedo fingir que se han equivocado de número o que es alguna especie de llamada de telemarketing. Pero no es la primera amenaza de muerte que he recibido. Ni será la última.
Aunque no me emociona recibirla el día de mi boda.
Dicen que si llueve el día de tu boda te dará suerte. ¿Y las amenazas de muerte en el día de tu boda? Probablemente no tanta. Aun así, sé exactamente cómo encargarme de este gilipollas.
—Vete al infierno —respondo con tono calmado y, después, clavo el pulgar en el botón rojo de la pantalla para poner fin a la llamada.
Vuelvo a lanzar el teléfono sobre la mesita, donde ha pasado la noche cargándose, al lado del protector bucal que se supone que evita que me rechinen los dientes por la noche, si me acordara alguna vez de ponérmelo antes de acostarme. Me niego a dejar que esta llamada me afecte. Tengo cierta tendencia a hacer cosas que cabrean a la gente y es de esperar que reciba alguna que otra amenaza de muerte, pero nunca han resultado ser más que palabras vacías. Es algo a lo que me he ido acostumbrando.
No pienso permitir que me estropee el día.
Giro la cabeza para mirar a mi prometido, que está revolviéndose a mi lado. Puede que Enzo se haya despertado con el timbre del teléfono, pero, gracias a Dios, no ha oído lo que ese cabrón me ha dicho. Si hubiese sospechado que alguien me estaba amenazando, se habría puesto furioso. Habría montado un escándalo —puede que incluso hubiese propuesto que fuéramos a la policía— y eso es lo último que deseo hacer hoy. Como ya he dicho, seguramente no eran más que palabras vacías.
Hoy no es un día para un gilipollas inseguro. Hoy es el día en que Enzo y yo nos vamos a convertir en marido y mujer.
—Millie —murmura con su voz de acento italiano espesa por el sueño—. ¿Quién llamaba al teléfono?
—Un teleoperador comercial —miento.
Hace una mueca porque odia las llamadas de los teleoperadores. Habría odiado aún más la verdadera llamada, pero nunca va a saberlo. Si vuelve a suceder, tendré que terminar contándoselo, pero hoy no.
Enzo se frota los ojos mientras trata de sentarse. Tiene su pelo negro de punta y una barba incipiente de un día en el mentón, pero a primera hora de la mañana mi prometido está en su punto álgido de sensualidad. Y eso es mucho decir, pues su nivel básico de sensualidad ya es bastante alto. Después, se caen las mantas y salen a la luz los músculos firmes de su pecho y me olvido por completo de esa estúpida llamada.
En apenas cuatro horas de nada, este hombre va a ser mi marido. Mi marido. Vamos a estar casados, con anillos y todo. A pesar de que llevamos siendo pareja desde hace mucho tiempo y lo hemos pasado muy mal juntos, nunca he creído del todo que este día terminaría llegando.
Coloco una mano suavemente sobre mi abdomen hinchado. Por mucho que lo intente, no puedo olvidarme de que es esta la razón por la que nos casamos. Cuando me hizo la gran pregunta, Enzo pronunció todo un discurso asegurando que desde el primer momento en que me conoció supo que yo era su mujer y que quería pasar toda su vida dedicado a mí, pero me propuso matrimonio una semana después de decirle que estaba embarazada. La elección del momento no dejaba lugar a dudas.
—¿Cómo te encuentras? —Ha notado que estoy tocándome el vientre y su expresión es de preocupación—. ¿Sigues con náuseas?
Enzo se comportó como un campeón durante mi terrible episodio de náuseas del primer trimestre. Me compró tres tipos de jengibre, que por desgracia solo sirvieron para confirmar tres veces que odio el jengibre. Me compró un difusor porque había leído que la aromaterapia puede venir bien, pero no fue así. Incluso se leyó un libro sobre digitopuntura y me hizo una sesión personal que terminó con un resultado muy sexy que he de reconocer que me hizo olvidarme de las náuseas durante un rato. Pero nada funcionó. Hasta hace un mes, más o menos, estuve vomitando todos los días. A veces, varias veces al día. No fue divertido.
Pero es como suele decirse: lo que no te mata te hace más fuerte. Si puedo aguantar vomitar dos veces al día, puedo aguantar a cualquier gilipollas de mierda que me amenace por teléfono.
Además, sé quién es ese tipo. Vale, puede que no sepa cómo se llama, pero a lo largo de los últimos años he ayudado a unas cuantas mujeres a huir de sus maridos maltratadores. Durante ese tiempo, me he granjeado algunos enemigos en forma de maridos rabiosos. No sé cuál de esos maridos me estaba amenazando con rebanarme el cuello, pero casi seguro que era uno de ellos.
—Estoy bien. —Consigo esbozar una sonrisa que al principio parece forzada, pero, cuando veo la que asoma a sus labios, se convierte en auténtica—. Solo estoy nerviosa por lo de hoy.
—Yo también. —Extiende la mano hacia mí, me atrae a sus brazos desnudos y me aprieta contra él—. Estoy deseando casarme contigo.
Cuando pronuncia esas palabras me siento —¿me atrevo a decirlo?— afortunada. Nunca en mi vida me he sentido afortunada. No es una palabra que habría usado jamás para describirme. Pero, en este momento, me siento la mujer más afortunada del mundo.
Vale, no hay nada en esta boda que sea convencional. No va a ser una gran ceremonia: vamos a casarnos en el ayuntamiento de Manhattan, en una capilla diminuta que, según he leído, es más bien sala de conferencias con unos cuantos adornos. Además, está todo ese asunto de que estoy embarazada. Pero ¿a quién le importa? Lo importante es que los dos vamos a pasar el resto de nuestra vida juntos y que no hay nadie más con quien yo preferiría compartir este viaje.
Y, además, hay otra cosa que va a hacer que este día sea especial.