Capítulo 1

1

Al ritmo de una música a todo volumen, cincuenta modelos despampanantes caminaban con paso resuelto sobre el satén blanco, cuidadosamente extendido entre las sillas, colocadas en primorosas filas. Las imágenes de las modelos y de los asistentes se reflejaban en los espejos. Las modelos se entrecruzaban en una estudiada coreografía en el desfile de prêt-à-porter que Chanel había organizado para la Semana de la Moda de París en marzo de 2016. Las imágenes de las chicas caminando con brío se intercalaban con las del público y el pelotón de fotógrafos captó cada instante, cada chica, cada rostro de entre los asistentes, mostrando la colección de otoño.

Véronique Vincent fue la primera modelo en salir. Abrió el desfile con un abrigo de color carmesí y lo cerró con un sugerente vestido de terciopelo negro que le arrastraba por detrás y dejaba al descubierto algo más que un mero atisbo de sus pechos. Era alta y delgada, pero no tan lánguida como otras. Muchas de las chicas, con expresión adusta, maquillaje impecable y el cabello esculpido, lucían una delgadez extrema. Se respiraba un ambiente vibrante, en consonancia con la música. Véronique esbozó una tenue sonrisa al pasar con garbo junto a los fotógrafos. La conocían bien: desde hacía cuatro años era la estrella de cada desfile en el que participaba.

Había comenzado su singladura a los dieciocho años. Su color natural de pelo era castaño, pero dejaba que los directores de casting lo tiñeran del tono que se les antojara. Era conocida por lo sencillo que resultaba trabajar con ella, y, a sus veintidós años, era una consumada profesional. Algunas de las chicas apenas superaban los quince años; la mayoría se hallaban en la adolescencia tardía, como ella en sus inicios. Véronique tenía unos grandes ojos verdes, y una sonrisa en los labios cuando no estaba trabajando. El mismísimo Karl Lagerfeld, el famoso diseñador de Chanel, caminó con ella para hacer la reverencia del cierre, agarrados del brazo. Véronique figuraba entre sus favoritas, y a ella el desfile de Chanel siempre era el que más le gustaba. Era perfecto, lo mismo que ella.

Salía en dos o tres desfiles al día durante la Semana de la Moda, y llevaba cuatro semanas corriendo de uno a otro. La Semana de la Moda comenzaba en Nueva York, con los diseñadores estadounidenses, y continuaba unos cuantos días en Londres para mostrar el trabajo de los diseñadores británicos. Después de Londres se trasladaba a Milán, y la última se celebraba en París, a lo largo de casi diez días, con un intenso programa para las modelos más importantes. La agenda de Véronique era igual de extenuante en septiembre, fecha en la que los diseñadores de los cuatro países mostraban sus colecciones de primavera. Los creadores menos conocidos presentaban también sus diseños, pero se prescindía del desfile. Las pasarelas eran grandes producciones que costaban millones, y la puesta en escena resultaba casi tan cara e impresionante como la ropa. Chanel era conocido por los decorados más elaborados, diseñados por Peter Marino, que se sentaba entre el público a observar el desarrollo vestido de cuero negro de la cabeza a los pies.

Los desfiles eran un espectáculo de principio a fin. El público se componía de directores de revistas, responsables de compras, famosas estrellas de cine de todo el mundo, esposas de jefes de Estado y personalidades de la industria de la moda. Véronique también era la estrella de los desfiles de alta costura, aún más elitistas, que se organizaban en enero y julio. Desde hacía cuatro años, su presencia se había convertido en habitual en la portada de las revistas de moda. No se trataba de un trabajo fácil, pues requería aguante y una gran dedicación. Las pruebas que se efectuaban la víspera de los desfiles, donde los exigentes diseñadores se encargaban de que cada prenda le sentara como un guante a cada modelo, a menudo se alargaban hasta las dos de la madrugada. En todos los desfiles había un gran bullicio entre bastidores mientras los directores de escena de las firmas supervisaban cada detalle y, en algunos casos, los ayudantes desvestían a una modelo y volvían a vestirla en cuestión de segundos, junto con un nuevo repertorio de joyas y complementos a juego. Solo conservaban el mismo peinado y maquillaje.

Véronique se tomaba todo con calma; nada era nuevo para ella después de años con la misma rutina. Durante el resto del año realizaba sin cesar sesiones fotográficas por todo el mundo, y había trabajado con los fotógrafos más importantes. Siempre estaba muy solicitada y se había entregado a su carrera en cuerpo y alma, sabiendo que el hecho de estar en el candelero no duraría demasiado y que algún día se acabaría. Ganaba mucho dinero y se lo entregaba a su madre, que tenía buen ojo para los negocios y lo invertía con acierto. Véronique confiaba plenamente en ella. Marie-Hélène Vincent era abogada y llamaba la atención lo unida que estaba a su hija. Muchas jóvenes procedentes de países del Este de Europa ponían rumbo a París desprotegidas para hacer fortuna como modelos durante el máximo tiempo posible, con la esperanza de encontrar a un hombre para casarse o que las mantuviera. Los hombres que perseguían a las supermodelos eran de una raza especial, adictos a la belleza que deseaban lucirse con una chica joven del brazo. Algunos se mostraban sumamente generosos, otros no tanto. Utilizaban a las chicas como floreros para realzar su propia imagen. Muchas de ellas caían en las drogas una vez que entraban en la vorágine, pero Véronique era una excepción.

A los trece años ya deslumbraba con su belleza. Los hombres se quedaban mirándola por la calle; algunos la acosaban. Su madre, que había insistido en que antepusiera su formación a su carrera como modelo, le había proporcionado una buena protección y cultura. Véronique compaginó los dos primeros años de profesión con los estudios a tiempo parcial en la Sorbona, en la especialidad de Historia del Arte y Literatura Francesa. Se encontraba en el ecuador de una titulación de Magisterio de la que no tenía intención de sacar provecho hasta que fuera mucho más mayor y no le quedara otra salida. Mientras tanto había sido la modelo principal de una compañía aérea durante un año, la imagen de un perfume y, recientemente, la de una línea de cosméticos muy conocida. Las firmas de joyería la reclamaban para contar con ella en sus anuncios. Jamás le faltaban encargos; tenía que hacer malabares para compaginarlos. Formaba parte de una industria en la que ella era el producto que estaba vendiendo.

Para su madre resultaba un alivio que, a pesar de la mucha atención que generaba, hasta la fecha nada de esto se le hubiera subido a la cabeza. Véronique se tomaba su trabajo en serio y jamás se permitía distraerse, como era el caso de muchas otras chicas, las cuales sucumbían ante su propia belleza. Su madre siempre le recordaba que la belleza exterior era efímera y que la verdadera belleza residía en el interior. Ahora formaba parte de ella, como una mano o una pierna. Su preciosa cara era simplemente una parte más de su cuerpo, de la que sacaba un gran partido. No le obsesionaba su apariencia, y su concepto de sí misma difería con respecto al de las demás. Le pagaban bien por lo que hacía, como un regalo recibido sin merecerlo. Consideraba su belleza como un capricho del destino, como una hermosa voz para el canto o el don para la pintura. Su extraordinario físico le había propiciado una lucrativa carrera.

De jovencita no le había prestado atención en absoluto, y lo asumía como un trabajo como otro cualquiera. El modelaje le había abierto puertas, y era muy consciente de que no podía considerar como algo serio a los hombres que la perseguían. A su edad no entraba en sus planes mantener una relación estable; lo pasaba bien con los hombres con los que salía, pero sus relaciones no duraban más de unos cuantos meses. Las firmas para las que trabajaba la invitaban a navegar en yates y a viajes de empresa. A veces le pagaban por asistir a fiestas con fines publicitarios, y nunca le faltaban acompañantes. Su «ligue» actual era lord Cyril Buxton, un apuesto joven de veintisiete años procedente de una excelente familia británica. Se suponía que trabajaba para su padre en un banco en Londres, pero pasaba mucho más tiempo divirtiéndose en París, y con ella, y para gran disgusto de sus padres, los evitaba en la medida de lo posible. Véronique los había conocido en Londres, cuando realizó una sesión fotográfica para la edición británica de Vogue. Ellos agradecían que su hijo no saliera con otra codiciosa modelo rusa cazafortunas, pero no se mostraron cariñosos con ella. Querían que su hijo pasara rápido esa etapa de su vida, que madurara y se tomara en serio su trabajo. Él no tenía interés en sentar la cabeza, renunciar a las diversiones de su vida o salir con las mujeres que, según ellos, le convenían. Anhelaban emparejarlo con una aristócrata británica de su misma clase.

A Cyril le interesaba tan poco el matrimonio como a Véronique, que no estaba segura de si algún día se casaría. A ella le parecía un enorme compromiso. Sus padres no se habían casado, cosa que jamás le había importado. Su padre, estadounidense, también ejerció la abogacía. Su madre lo conoció en un congreso de juristas en Nueva York. Mantuvieron una aventura apasionada durante dos años, hasta que Marie-Hélène se quedó embarazada con cuarenta y un años y fue consciente de que tal vez jamás se le presentaría otra oportunidad. Con el consentimiento de Bill, decidió llevar a término el embarazo. Cuando dio a luz a Véronique tenía cuarenta y dos años, y Bill Smith, sesenta y uno. Él murió en un accidente de coche cuando Véronique tenía seis meses. Marie-Hélène era reacia a hablar acerca de ello, y jamás le contó a su hija los detalles de su muerte, tan solo que había fallecido en el acto en un accidente de tráfico cerca de Nueva York, cuando un camión chocó contra su deportivo una noche lluviosa. De modo que Véronique no llegó a conocer a su padre, solo sabía que sus padres se querían con locura. Véronique, que había tenido una infancia feliz con su madre, siempre decía que era imposible añorar lo que no se conocía. Las únicas referencias de su padre eran las fotografías que había en casa, varias de ellas en su cuarto, y las historias que su madre le relató sobre él y sobre lo enamorados que estuvieron. Véronique no lo ponía en duda, ya que, después de él, su madre jamás había vuelto a mantener una relación seria con un hombre, y, a juzgar por las fotografías, fue un hombre apuesto. Alguna que otra vez, a lo largo de su niñez, se preguntó cómo sería tener un padre, cuando veía a sus amigas disfrutando de un momento especial con los suyos, pero la mayor parte del tiempo se contentaba con su madre y con pasar ratos con los padres de sus amigas ocasionalmente. Habían atravesado una mala racha durante la adolescencia de Véronique, pero fue una etapa pasajera, y ambas mujeres reconocían sin tapujos que eran sus mejores amigas. Se enorgullecían de lo unidas que estaban y se respetaban la una a la otra.

Véronique siempre pedía consejo a su madre y confiaba en su buen juicio, salvo en lo tocante a los hombres. Marie-Hélène aún veía con malos ojos el tipo de hombres malcriados y autocomplacientes con los que salía Véronique. Siempre iban detrás de ella por interés, por su fama como supermodelo, no por quien era en realidad. Pero a Véronique le daba igual; lo pasaba bien con ellos, cosa que de momento le bastaba. Tenía su propio apartamento en la rue de l’Université, en el moderno distrito VII parisino de la orilla izquierda del Sena, que su madre le había permitido comprar a los veintiún años realizando una buena inversión. Era pequeño y le resultaba práctico disponer de su propio espacio, pero los fines de semana que no tenía planes a menudo se quedaba con su madre en el tranquilo y selecto distrito XVII, donde se había criado. Se trataba de un barrio residencial de familias burguesas de clase media-alta. Marie-Hélène trabajaba mucho ejerciendo de abogada, y también afrontaba largas jornadas. Ambas eran muy trabajadoras, con una ética del trabajo fuera de lo común.

En la vida de su madre, que ahora tenía sesenta y cuatro años, no había habido un hombre desde hacía doce años, ni nadie a quien hubiera amado como a Bill. Con Véronique y la abogacía, decía que no tenía tiempo ni ganas. De pequeña, Véronique preguntaba por su padre, pero Marie-Hélène se mostraba renuente a hablar de él. Según decía, su prematura muerte la apenaba demasiado, así que Véronique aprendió a no presionarla; tampoco quería disgustarla. Ni siquiera ahora que era adulta deseaba incomodar a su madre, y sabía cuanto debía saber acerca de su padre: que fue un abogado estadounidense y que tenía sesenta y un años cuando ella nació. Nunca le había preguntado a su madre por qué no se habían casado. Durante su infancia, el hecho de que los padres de varias de sus amigas no estuvieran casados no se consideraba extraño ni chocante, de modo que le daba igual.

Los padres de Marie-Hélène habían sido unos aristócratas mojigatos y chapados a la antigua con muy poco dinero. Vendieron el castillo, las obras de arte y los muebles de la familia incluso antes de que naciera Marie-Hélène. Su madre jamás había trabajado; su padre lo hizo en una respetable entidad bancaria en París. Abrigaban la esperanza de que Marie-Hélène se casara con un buen partido algún día, con alguien perteneciente a su misma clase, y se llevaron un chasco cuando su hija decidió estudiar Derecho, aunque para ella había sido lucrativo. No vivieron lo suficiente para saber que no llegó a casarse y que había tenido una hija natural, lo cual los habría escandalizado. Véronique no conoció a sus abuelos. La única familia que tenía en el mundo era su madre y le bastaba.

No vivían a todo tren, pero sí de manera holgada. El piso era elegante, sin lujos, y espacioso para las dos. Estaba decorado principalmente con las antigüedades que conservaron los padres de Marie-Hélène. Véronique no anhelaba en absoluto la vida glamurosa que su profesión podía proporcionarle y, aunque asistía a importantes eventos sociales del mundo de la moda y disponía de casa propia, disfrutaba por igual pasando un fin de semana tranquilo relajándose y viendo la televisión con su madre en el piso donde se había criado, que siempre había sido su hogar. A ella le parecía perfecto, un refugio donde se encontraba a salvo del mundo acelerado en el que trabajaba. A su madre le agradaba que el éxito de Véronique no la hubiera maleado y que siempre se alegrara de volver. Véronique nunca se había sentido como en casa en su pequeño apartamento.

Nada más salir de la pasarela, Véronique se quitó la ropa rápidamente y se abrió paso entre el gentío que había entre bastidores hasta un pequeño probador en el que había dejado su pantalón vaquero y su camiseta. Se puso unas botas para la moto y llamó a su madre antes de salir del Grand Palais, un magnífico edificio de cristal donde se organizaban numerosos desfiles de moda, además de ferias de antigüedades y eventos de arte.

Marie-Hélène respondió al primer tono de llamada, en cuanto vio el número de Véronique en la pantalla.

—¿Cómo ha ido? —preguntó, siempre contenta de tener noticias de ella. Le constaba lo ocupada que estaba su hija durante la Semana de la Moda y no esperaba que la llamara. Ella no asistía a los desfiles, que eran con invitación y reservados en exclusiva para la élite de la moda, pero veía en internet los vídeos de todos en los que salía Véronique.

—Bien, sin imprevistos. ¿Cómo estás? —En la vorágine de la Semana de la Moda llevaban dos días sin hablar, lo cual era impropio de ellas. Lo normal es que hablaran como mínimo una vez al día.

—Estoy bien, a un ritmo de locos también, aunque no tanto como tú. —Marie-Hélène sonrió. Había conocido de primera mano la locura de la Semana de la Moda cuando Véronique aún vivía con ella. Echaba de menos eso ahora que su hija se había independizado, aunque fuera a casa a verla a menudo, a comer o pasar la noche cuando no tenía nada que hacer—. Debo ir a Bruselas la semana que viene. Probablemente pase allí unos diez días. Puedes venir a verme si tienes un hueco. —Había un tren rápido que conectaba París y Bruselas en una hora y veinte minutos, y los habitantes de ambas ciudades se desplazaban de una a otra con facilidad, por trabajo o para eventos sociales. Allí residían varios clientes de Marie-Hélène, pues muchas familias adineradas se habían trasladado a Bélgica y Suiza cuando los socialistas llegaron al poder en Francia y los ricos comenzaron a marcharse para evitar el pago de elevados impuestos punitivos. De modo que viajaba a Bélgica con frecuencia para reunirse con antiguos clientes.

—Tengo la agenda a tope durante las próximas dos semanas con sesiones de fotos para revistas —explicó Véronique—. Podría ir después, si sigues allí.

—Hagamos eso, y luego vamos a algún sitio unos cuantos días. Nos sentaría bien a las dos.

—Me encantaría. Después tengo una sesión en Tokio para Vogue, pero en medio dispongo de un hueco. Sería divertido salir de aquí y tomar un poco el sol. No me he tomado un respiro en un mes —comentó Véronique, al tiempo que echaba un vistazo a su reloj—. Mamá, debo irme. Hay un mototaxi esperándome fuera. Tengo que estar en peluquería y maquillaje dentro de media hora para mi próximo desfile.

—Ojalá no usases esos dichosos servicios de taxis en motos. Son muy peligrosos —protestó Marie-Hélène.

—Es la única manera de poder desplazarme con una agenda tan apretada. —A su madre no le cabía ninguna duda de ello.

—Por cierto, ¿cómo está Cyril? ¿Está aquí? —le preguntó.

—Por supuesto —dijo Véronique entre risas—. Él no se perdería la Semana de la Moda. Fuimos a una fiesta que organizó Chanel hace dos días, y Dior da una esta noche. Yo solo tengo ganas de irme a casa y meterme en la cama, pero sé que se disgustará si no voy. —A él le encantaba salir en la prensa con ella. A ella no la molestaba; eran gajes del oficio e iba aparejado con quien ella era. De no ser una supermodelo, él no estaría saliendo con ella. A su madre le disgustaba, pero a Véronique la traía sin cuidado. Lo pasaban bien juntos. Él tenía una faceta desenfadada e infantil de la que ella disfrutaba muchísimo. A veces se comportaba como un crío.

—Bueno, procura encontrar ratos para descansar y comer de vez en cuando. Empezaré a pensar dónde podemos pasar unos días. Igual en Miami; hay fácil combinación, y en esta época del año hace buen tiempo. —La isla de San Bartolomé y el Caribe eran más de escaparate y a Véronique la reconocerían en todas partes, lo cual le impediría descansar. Era una cara conocida en el mundo entero.

—Te quiero, mamá —dijo Véronique apresuradamente. Se puso un plumífero y se abrió paso a toda velocidad por el backstage, que seguía atestado de gente. Al salir por una de las puertas del escenario vio que la estaba esperando el mototaxi, junto a varios más. El conductor la había llevado allí un rato antes. Todas las modelos iban con la lengua fuera para estar a tiempo en el siguiente desfile que habían firmado. Salió disparada en dirección al vehículo mientras un grupo de fotógrafos se abalanzaba sobre ella. Se puso el casco que el conductor le tendió, subió a la moto y, mientras le sacaban fotos en modo ráfaga, el chófer arrancó y lograron escapar sorteando el tráfico parisino. Llegó a su siguiente destino a los diez minutos, en tiempo récord, y vuelta a empezar la locura con otro desfile de moda.

Cyril, que asistió al segundo, se sentó en la segunda fila. Luego la ayudó a subir al Bentley con chófer que había alquilado para que los trasladara al desfile y más tarde a la fiesta de Dior, que se celebraba en una mansión privada que la firma había alquilado para la ocasión.

Cuando volvieron al apartamento después del desfile, Véronique estaba agotada. Se había pasado el día, y las últimas semanas, corriendo de un lado para otro. Se había acostado a las tres de la mañana, después de las pruebas en Chanel. Las modistas trabajaron durante toda la noche en los toques finales, y tuvo que levantarse a las seis para unas pruebas en otro sitio.

—Como me tumbe, me muero —le dijo a Cyril, cuando este le tendió una copa de champán—. Supongo que no querrías quedarte en casa esta noche —añadió esperanzada, y bebió un sorbo de champán.

—Claro que no. No digas tonterías, no podemos perdernos la fiesta de Dior. —Ella se la habría perdido de buena gana, pero no quería decepcionarlo.

Llevaba puesto un fabuloso vestido de satén rojo que le habían prestado y que le estilizaba la figura; se cepilló su larga melena castaña, que le caía por la espalda. Cuando salieron del apartamento, le dio la sensación de que caminaba sonámbula, y a punto estuvo de quedarse dormida en el Bentley. Sin embargo, se espabiló cuando llegaron a la fiesta. Se divirtió, tenía que reconocerlo. Coincidió con un montón de conocidos, a Cyril y a ella los fotografiaron sin parar mientras bailaban, y él estaba encantado. Cuando se marcharon de la fiesta a medianoche, él quiso ir a bailar a una discoteca.

—No puedo —repuso ella, estirando sus largas piernas en la parte trasera de la limusina—. Mañana tengo que volver a levantarme a las seis. —La Semana de la Moda era siempre así: una carrera contrarreloj de desfiles a lo largo del día y una interminable ronda de fiestas por la noche. Cyril no quería perderse ni un segundo.

—Trabajas demasiado —señaló él—. Mi padre me ha llamado hoy. Quería saber cuándo volveré. He estado a punto de decirle: «Nunca». Se ha enfurruñado porque estoy aquí. ¡Por Dios, si solo llevo en París una semana! —No había ido a Milán con ella, aunque sí la había acompañado a Nueva York para los desfiles que tenía programados allí—. Los chicos necesitan un pelín de diversión —añadió, y la besó suavemente en los labios. No obstante, muy a pesar de sus padres, por lo general se divertía bastante. Hasta resultaba difícil simular que tuviera un empleo. Como trabajaba para su padre, consideraba que podía hacer lo que se le antojara—. ¿Qué harás cuando acabe esta locura?

—Tengo dos semanas de sesiones fotográficas reservadas, y mi madre acaba de invitarme a irme de viaje con ella unos días. Creo que a lo mejor me voy.

—¡Ah, genial! ¿Puedo ir? Me encanta tu madre. —Era como un niño grandullón, o un perro grande y revoltoso moviendo la colita. Costaba enfadarse con él. Era vivaracho y adorable; a Véronique le gustaba mucho, aunque no estaba enamorada de él.

—No, no puedes venir —repuso ella en tono burlón—. Me tendrías toda la noche por ahí, de fiesta en fiesta y en discotecas. Me apetece pasar un par de días de relax con mi madre. Trabajo mogollón más que tú y necesito un descanso.

Parecía algo desilusionado cuando llegaron al edificio. Al entrar en el apartamento sirvió otras dos copas de champán. Véronique, sin tocar la suya, fue a cambiarse para irse a la cama mientras él disfrutaba de la vista de la torre Eiffel y apuraba su copa.

Cuando Cyril entró al dormitorio y se sentó en la cama, ella ya estaba acostada. La besó apasionadamente e intentó provocarla. Ella le sonrió adormilada.

—Qué bien lo he pasado esta noche —comentó Véronique. Disfrutaba del tiempo que pasaban juntos, y le encantaba bailar con él. Sencillamente, no podía salir de fiesta a todas horas como hacía él, ni le apetecía. Su ritmo de trabajo no le permitía salir todas las noches, un planteamiento que él era incapaz de entender. A los veintisiete años, Cyril tenía ganas de diversión a todas horas. Había ido a París para eso, no para dormir.

—Deberíamos haber seguido de fiesta yendo a bailar a algún sitio —dijo, y la besó de nuevo.

—Vas a acabar conmigo —comentó ella, y a él le hizo gracia.

—Ni mucho menos. Me lo paso pipa contigo. ¿Por qué iba a querer acabar contigo? Vuelvo en un minuto. —Se dirigió al baño. Aunque había bebido sin parar durante toda la noche, nunca perdía los papeles, ni siquiera cuando estaba borracho, y su tolerancia al alcohol era asombrosa. Con independencia de lo mucho que bebiera, se comportaba como un caballero en todo momento.

Volvió dos minutos después; se había quitado la chaqueta y la corbata y se estaba desabotonando la camisa. Ella estaba en la cama, de espaldas a él. Cyril le besó la espalda y el cuello, y le sorprendió que no se inmutara. Se inclinó sobre ella y, al besarla con creciente pasión, comprobó que estaba profundamente dormida. Había sido un día muy largo para ella, y cuatro semanas interminables.

—Vaya —dijo con una sonrisa, y volvió a la sala de estar a terminar la botella de champán. Véronique estaba roque.