Índice

Índice

1 Tanactofobia

2 Mobilfilia

3 Nomofobia compartida

4 Alektorofobia

5 Internet, Best Friend

6 Mensajes subliminales

7 Otro reporte más

8 Tecnofobia vs. nomofobia

9 Editiovultafobia

10 Un secuestrador de gallinas

11 Celulares defectuosos

12 Primera lección: nuestra comunicación

13 ¿Libro en papel o libro electrónico?

14 Segunda lección: aceptar

15 Alergia al wifi

16 Mi biblioteca eres tú

17 Máquinas de escribir

18 Sin conexión, totalmente perdida

19 La última canción y me voy

20 Astronautas

21 A kilómetros de distancia

22 Filofobia

23 Pero mínimo unos besos, ¿no?

24 Un caldito de gallina

25 Batería al 100%

26 Amor a primera lectura

27 Como un libro de Wattpad

28 Lección de emojis

29 Como un personaje de Wattpad

30 Fonógrafo

31 Contigo, ¿sin internet?

32 Ventajas y desventajas de la tecnología

33 La abeja y el murciélago

34 Hora de la verdad

35 Promesas que se desvanecen

36 Desvirtualizando

37 Amigas hasta la muerte

38 El fin de la comunicación

39 Nunca te enamores de un Blackelee

40 Datos agotados

41 Doppelgänger

42 Una llamada entrante

43 Una mariposa para despedirse

44 Un teléfono para recordar

45 Un hospital para seguir

Epílogo

Sobre este libro

Sobre la autora

Créditos

Para aquellos que encuentran refugio
en los libros, o en internet.

Era su cumpleaños número dieciocho y, como todos los días, prefirió ir a estudiar antes que quedarse a descansar. Se dirigió al ­salón de clases decidido a tomar su lugar de siempre, el primer asiento de la segunda fila, junto al escritorio del profesor. Notó que en el pupitre donde él solía sentarse tenía una caja envuelta en papel fantasía y un moño con una nota adicional que podía distinguirse desde la entrada.

El chico miró de reojo a su alrededor, aún no estaba seguro de que el regalo le perteneciera, no tenía amigos. No obstante, se emocionó al pensar que quizás alguien sabía de su gran día. No ­había muchos alumnos dentro del aula, a Zachary le gustaba llegar temprano. Se encaminó para echarle un vistazo al regalo. Tomó la nota pegada con cinta adhesiva.

¡Feliz cumpleaños, Zach! Te deseo lo mejor de todo corazón, probablemente no me conozcas, y yo tampoco lo suficiente a ti, pero algo me dice que no eres extraño como todos piensan. En fin, no sé mucho de ti, así que me costó pensar qué regalarte, y por esa razón te observé de lejos y me di cuenta que no tienes esto… Espero disfrutes tu nuevo celular.

Zac sin dudarlo un segundo más, soltó de sus manos la primera carta que recibía, sintió un nudo dentro de su garganta al leer la última palabra: “celular”.

Le dio escalofríos, se erizó su piel y la respiración se le entrecortó.

No puedes hacer una escena de tecnófobo en medio de la es­cuela, recuerda lo que pasó la última vez en clase de computación, evocaba en su mente una y otra vez para evitar entrar en pánico, sería el hazmerreír si no llegaba a dominarse por el miedo al teléfono celular.

Aspiró profundamente, enderezó los hombros, tensó la mandíbula y volvió a tomar la nota para hacerla bolita; la arrugó con tal fuerza que llegó a clavarse los dedos en su piel a través de la hoja de papel.

Oh, chica, seas quien seas, así nunca conquistarás a Zachary Blackelee.

1
Tanactofobia

El estómago de Zachary gruñía con inquietud, como si se hubiese comido un teléfono celular que vibraba cada cinco segundos recibiendo una nueva notificación. No había almorzado debido al susto que se llevó al verificar que no se trataba de una broma de mal gusto. Tampoco tenía idea de qué hacer con el celular que le regalaron. Planeaba regresárselo a la chica, pero ¿cómo lo haría si no la conocía? Y sería descortés tirarlo a la basura… Al menos ahí, en la escuela.

Al terminar las clases se dirigió a la biblioteca de la escuela, aguardaba la esperanza de encontrar libros que lo asesoraran. Imaginaba hallar títulos como Di NO a las tecnologías, Manual de un tecnófobo o ¿Cómo destruir un celular en 10 pasos? Sin embargo, no obtuvo los resultados esperados. ¿Por qué no existían libros para tecnófobos, si existen todo tipo de libros? Hasta le dieron ganas de escribir uno y ganarse un premio Nobel.

Se entretuvo con el libro Destroza este diario, lo hojeaba con diversión, quizá no se trataba de un teléfono, pero le estaba dando muy buenas opciones para llevar a cabo su propósito. Miró su reloj de bolsillo y, como el conejo blanco de Alicia en el país de las maravillas, regresó a la realidad: era ya muy tarde.

En momentos amaba perder la noción del tiempo entre páginas, en ocasiones lo detestaba porque lo desviaban de su motivo principal. Él solía ir a las librerías con la mentalidad de comprar solo el libro que en la visita anterior no le alcanzó, hallar el libro de Álgebra de Baldor o algún otro pendiente de la escuela; no obstante, siempre terminaba viendo libros nuevos y olvidándose de la razón por la que se encontraba allí en primer lugar: un libro escolar. En el peor de los casos, no compraba nada por falta de dinero y, por ende, leía constantemente el mismo libro.

Tomó sus pertenencias, le guiñó un ojo a la anciana bibliotecaria y acto seguido se marchó. Al menos ya tenía en mente lo que haría con el celular: sopesó miles de opciones que no dañaran el ambiente y sonrió al dar con la alternativa perfecta.

Exhausto y con el apetito conjunto de cinco rinocerontes y ocho elefantes, llegó a casa. Lamió sus labios resecos e introdujo la llave en el cerrojo. Su hogar siempre se había caracterizado por el silencio. En aquella ocasión se acompañaba además de luces apagadas y cortinas cerradas, lo cual evitaba a toda costa el cobijo de alguna luz. La gente común hubiera pensado que se trataba de una fiesta sorpresa. Sin embargo, la familia Blackelee no era propensa a esas ordinarias costumbres. Y Zachary lo sabía a la perfección. No era una buena señal lo que se aproximaba. Lentamente, sus padres bajaron las escaleras con sus trajes típicos de rituales aztecas. Descalzos, con pulseras gruesas en sus tobillos, y con ostentosos penachos de plumas de pavo real. El apetito de Zachary se esfumó. Estaba casi seguro de que sería sacrificado como ofrenda de cumpleaños. Sí, seguro iba a ser eso.

Entonces unas manos le rodearon sus ojos. Y una voz en proceso de tránsito de niño a adolescente gritó en su oído:

—¡Felices pascuas!

—¿Pascuas? —apartó con un movimiento brusco las manos de su hermano menor—. Es mi cumpleaños, gracias.

—Ahhhh —soltó Dean. Era complicado diferenciar celebraciones con una familia tan extraña como aquella.

Zachary bufó y accidentalmente aspiró el aroma a incienso que su madre quemaba en un copón ceremonial, mientras su padre tocaba la flauta.

—Mamá, papá… —Zac intentó hacerlos parar. Ellos le sonrieron, y haciendo caso omiso empezaron a bailar a su alrededor—. Gracias, es… un lindo gesto.

Pero no fue suficiente. El show continuó. Y lo más prudente era cerrar los ojos para olvidar aquel estrago en su vida.

No vas a leer qué sucedió después, porque fueron las dos horas más ridículas del mundo. Seguro lo imaginarás. O tal vez no…

El joven cumpleañero talló su rostro con agua y jabón en el ­lavabo del baño. Se miró en el espejo, aunque más que verse a sí mismo, intentaba ver su interior. No había una pizca de felicidad en él. Trató de formar una sonrisa, en verdad que lo intentó. Y solo encontró maquillaje al borde de sus dientes, accidentalmente entró a su boca cuando quiso limpiar la pintura a base de frutos rojos.

Y ahí estaba él, queriendo ser un chico normal por segunda vez en el día. La primera fue al recibir el celular, el cual ocuparía de saber usarlo, y si no estuviera prohibida toda tecnología en su ­familia. Sus padres parecían de otra época. Se creían parte de la prehistoria, no adoptaban las nuevas costumbres, y creo que eso ya quedó muy en claro.

La familia Blackelee era residente de Obless, pero son estadounidenses de nacimiento y amantes de la cultura mexica. En serio, Arnold Blackelee era profesor de Historia, y al presentar su tesis de grado había dicho que la vida sería más sencilla si se viviese como un antiguo mexica, entonces al graduarse se comprometió a vivir así de cinco a diez años, y cumplió con lo prometido. Entonces se acostumbró a tal punto que le fue natural continuar. Todo comenzó como un amor a esa cultura, y terminó por atraparlo al punto de no sentirse él mismo si no la practicaba.

Stella Blackelee solo le hizo segunda. Se habían enamorado en la universidad, y para ella demostrarle amor era apoyarlo en cada momento. Vaya que fue muy literal para despojarse de todo.

Zachary era producto de aquel bello amor. Pero también, fue un experimento de familia, porque él no tuvo que adaptarse a una nueva vida; Zac conoció la vida como sus padres se la mostraron, era lo único que conocía. Gracias a eso, generó miedos y rechazos a ciertas cosas que a la gente le parecían de lo más común aceptar.

Suspiró, al menos a su hermano menor no le tocaba cargar con dicho dilema, Dean era más accesible a las tecnologías, era curioso pese a que estaba prohibido tener contacto con el mundo moderno. Era divergente o, como Zachary lo nombraba: Deanvergente.

Tal vez, solo tal vez, podría regalarle el celular. Pero eso sería hasta su cumpleaños para así no tener que comprarle algo más con su dinero. Total, tampoco Dean le había dado nada de regalo ese año.

Así que, por ahora, iba a esconder el celular.

—Regreso en tres horas —avisó tomando su abrigo del perchero.

—No, no irás a la biblioteca en tu cumpleaños —cruzó los brazos su madre.

El rostro de Zachary se tornó rígido.

—¿Para qué ir a la biblioteca si puedes ir a la librería a comprar los libros que quieres leer? —le sonrió con complicidad—. Ve, es tu regalo.

Bien, si Zachary no había muerto de miedo hace unas horas, ahora moriría de felicidad.

—¡Eres la mejor, mamá! —de pronto, todos los estragos del día pasaron a segundo plano.

—Pero ¿qué? —intervino el señor Arnold—. Dijimos que íbamos a ahorrar para comprarle una cabra.

—Ya será para los dieciocho de Dean… —se encogió de hombros Stella.

—Y faltan tres años —agregó Zac para convencerlos de que tenían tiempo de sobra.

Dean no había escuchado, de lo contrario ya hubiese comenzado a festejar desde ahorita. Le fascinaban los animales.

—Bien, ahora va mi regalo, viejo Zac —habló Dean, entusiasmado de colocar en el piso una caja grande y movediza.

Alerta, algo le decía a Zac que saldría de ahí una cosa viva y peluda.

—Se llama Europa —Dean presentó a la cachorra cocker que traía dos moños en sus orejas.

—Ah, es mía pero ya tiene nombre… Interesante —frotó su barbilla Zac.

—La rescaté de la calle y se volvió mi todo, mi mundo, mi continente, bueno, no vivimos en Europa, pero es a donde quisiera viajar. Por eso podré engañar a mis amigos y decir: “Iré a pasear a Europa” y ellos se quedarán anonadados, ¡y además no estaré mintiendo!, ¿no es fantástica mi idea?

—Me sorprende tu ingenio, aunque ¿cuáles amigos?, si no tienes.

—Déjame soñar, tú tampoco tienes amigos —Dean le sacó la lengua.

—Pero tengo libros —chasqueó los dedos Zachary, señalando el estante de la sala.

—Y yo a Europa —respondió victorioso Dean—. ¿Lo notas? Sonó como si todo el continente estuviera en mi poder.

Zac giró los ojos dándole unas palmaditas en la espalda.

—Los libros son mejores, te permiten viajar a otros mundos.

—Los animales son mejores, ellos sí existen —Dean no se quería quedar atrás.

De no haber sido por su madre, que los separó, la conversación hubiese terminado en una pelea de hermanos, como lo eran. Al final, Zachary decidió dirigirse a la librería del centro comercial y no al lugar donde planeaba esconder el celular.

Por supuesto que le aterraba la idea de llevar consigo un celular, le temblaban las piernas de pensar el peso que ejercía dicho artefacto en sus bolsillos, es más, le daba más miedo que encontrar a un ladrón en la calle. En todo caso, hubiese preferido que le robaran el celular para deshacerse de él de una vez por todas y no ser culpable del trabajo sucio.

Pero lo ideal sería que nadie se acercara, llevaba una buena cantidad de dinero para libros y no deseaba perderlo. Todo el tiempo estuvo alerta de la gente que caminaba en dirección a él.

Entonces la vio. Ella estaba en el centro comercial, sentada en la zona de comida, con un frappé de fresa en la mano y dirigiendo una brillante mirada a la pantalla del teléfono celular, parecía que escribía con entusiasmo, no dejaba de digitar letras como si su vida dependiera de ello, como si le estuviese escribiendo a alguien.

Zachary se tomó unos instantes para apreciarla. Era hermosa, se sentía terriblemente atraído por su rostro; aunque nunca hubiera intercambiado palabras con ella, ni supiera a ciencia cierta por qué le llama la atención, algo dentro de él se emocionaba cuando se la encontraba en lugares donde no esperaba verla. Una corriente eléctrica le atravesaba el cuerpo cuando su hombro rozaba ligeramente con el de ella en el pasillo escolar. Aunque siempre caminaban en direcciones opuestas y no tenían la oportunidad de cruzar miradas. Su presencia era capaz de dejarlo sin aliento y acelerarle el corazón. Pero todo aquello se calmaba cuando la veía sostener el teléfono celular, no podría gustarle una chica así.

Hizo una mueca y retrocedió. Y sintió que, por tercera vez en el día, estaba muriendo. Cada una de sus muertes eran por motivos diferentes: miedo, alegría y, el más importante para su edad, desamor. Al menos no sufría de tanatofobia, la fobia a morir. O filo­fobia, el miedo a enamorarse.

A Zachary le gustaba asociar cada momento de su día con una fobia o filia, englobaba algo tan poderoso para la mente en una so­­la palabra que causaba efectos internos y a veces externos. Entonces, ese día que era su cumpleaños, decidió modificar el nombre de tanatofobia por tanactofobia, el miedo irracional a morir el día de tu cumpleaños. Solo había agregado una “c” (inicial de la palabra “cumpleaños”) a la palabra existente de la fobia. De modo que inventó una nueva palabra, su definición y el terror que invadía en su vida.

2
Mobilfilia

Número desconocido: Hola Zach, soy la chica que te obsequió tu nuevo celular :)

Enviado el 9 de agosto a las 5:48 pm.

Número desconocido: Espero no te moleste que haya agregado tu número a mis listas de contactos, cuando lo compré me lo aprendí de memoria :D

Enviado el 9 de agosto a las 5:48 pm.

Número desconocido: Además, te tengo una propuesta ¿para qué enviar notas en papel como admiradora si puedo enviar mensajes instantáneos por aquí? Hasta puedo adjuntar enlaces para así dedicarte canciones de amor 7u7

Enviado el 9 de agosto a las 5:50 pm.

Número desconocido: ¿No te parece una idea innovadora? ¡Ahora con las nuevas tecnologías puedes hacer lo que hace siglos no se podía! Ya no será tan aburrido el romanticismo, yehii.

Enviado el 9 de agosto a las 5:51 pm.

Número desconocido: Serán tipo cartas anónimas, te enviaré un mensaje por día, puedes contestarme o no, la verdad es que también sería divertido que no lo hicieras, solo que tomaras captura de pantalla de todos mis mensajes y el día que nos conozcamos (porque no sabes quién soy y no lo revelaré hasta el final) las lleves impresas, entonces nos miraremos directo a los ojos y nos besaremos <3

Enviado el 9 de agosto a las 5:54 pm.

Número desconocido: Y esa será la mejor historia Tecno-Romántica jamás vista *-*

Enviado el 9 de agosto a las 5:55 pm.

Número desconocido: Oki, creo que estoy yendo demasiado rápido, pero sabes que me gustas, ¿verdad? Y quería acercarme, por eso ingenié ese plan malévolamente amoroso y moderno /u\

Enviado el 9 de agosto a las 5:57 pm.

Número desconocido: Muy en el fondo sé que ya me amas, porque te regalé lo que todo adolescente del siglo xxi quiere…

A menos que seas un gamer y hayas preferido una consola de videojuegos D’: No pensé en eso.

Enviado el 9 de agosto a las 5:59 pm.

Número desconocido: Pero nop, no tienes cara de que necesites eso, tienes cara de guapo chico intelectual que quiere un celular para tomarle fotos estéticas a las frases de sus libros :3

Enviado el 9 de agosto a las 6:00 pm.

Número desconocido: En fin, ¿no es increíble cómo las tecnologías nos facilitan las cosas? Adiós a las anticuadas generaciones, te siento más cerca entre las teclas que tocan mis pulgares y te leo entre mensajes inmediatos. De verdad quiero ver tu cara en el preciso momento que estés leyendo esto.

Enviado el 9 de agosto a las 6:01 pm.

Número desconocido: Por eso instalé una app para verte desde mi celular gracias a tu cámara frontal 7u7

Enviado el 9 de agosto a las 6:02 pm.

Número desconocido: Nah mentira, xdddd no me atrevería a hacer eso, ni siquiera sé si existe. Solo estoy bromeando, tú me haces feliz con tu existencia, y hoy que rememoramos tu nacimiento me hace brincar de alegría y escribir tonterías porque me vuelves loca /u\

Enviado el 9 de agosto a las 6:05 pm.

Número desconocido: Ya contestaaaaa, anda, quiero saber qué piensas de todo esto.

Enviado el 9 de agosto a las 6:05 pm.

Número desconocido: Bueno, es justificable. De seguro estás ocupado festejando con tu familia. Me despido, espero que grabes el atardecer de tu cumpleaños con el celular que te di y pienses que es posible hacerlo por mí. Ten una bonita noche, te escribo mañana <3

Atentamente: la chica que te regaló un celular (Espero lo cuides como tu tesoro más preciado, no lo dejes caer tanto como yo al mío x’D).

Enviado el 9 de agosto a las 6:17 pm.

La mobifilia era la filia conocida por la excesiva afición o simpatía al teléfono convertida en una adicción obsesiva-compulsiva a estar mirando continuamente el teléfono o a otro dispositivo conectado a internet por si se tiene alguna llamada o mensaje. Y ella sufrió mobifilia por él, anhelaba que sus mensajes fueran respondidos y, por supuesto, que su amor fuera correspondido.

3
Nomofobia compartida

—Estás castigada.

Hallie hizo una mueca de disgusto al escuchar aquellas pa­labras.

—Pero, mamá… —pensó que, si usaba dicho término afectivo, el castigo disminuiría.

—No, señorita, ¡es que no es posible! —interrumpió la mujer enfadada—. Lo olvidaste y ya ni porque tienes el celular a lado lo pudiste solucionar, qué te costaba poner una alarma, serviría de algo ese estúpido artefacto, pero no. La señorita no escucha las indicaciones por estar sumergida en esa tontería.

Hallie bajó la mirada a sus zapatos mientras escondía las ­manos en las rodillas.

Diez minutos antes yacía en ese mismo sillón y en otra posición, con los pies arriba, recargando la cabeza encima de tres cojines para permanecer acostada pero lo suficientemente cómoda para seguir enviando mensajes instantáneos.

Le habían encargado el pastel de carne del horno y arroz integral en la estufa. Su tía había salido al centro comercial a comprar vasijas y bebidas para la ocasión.

Y Hallie solo había asentido sin siquiera escuchar, o tal vez sí lo hizo, pero al estar mirando el celular mientras recibía la indicación no prestó mucha atención. Era de esas veces que bajaba de su vista un momento el smartphone y se preguntaba “¿qué me pidió que hiciera?”. Y al no recordar, siguió navegando en las redes sociales.

Hasta que su nariz le avisó que algo se estaba quemando. Se paró de golpe y notó que el humo disfrazaba la estufa, y un recuerdo la envolvió de pesar, comenzó a hiperventilar, ansiosa, con ­taquicardia.

Le tomó dos segundos más reaccionar y apagó la estufa. Pero el miedo iba más allá de solo arruinar la comida de su tío.

—No me queda más que decomisarte el teléfono.

Hallie abrió con exageración los ojos.

—No —rápidamente pensó en que ya no podría enviarle mensajes a Zachary. Ya no existiría su plan de enamoramiento si ­dejaba de mostrar interés por internet—. Todo menos eso, no sé, puedes quitarme los permisos de salir, me quedaría aquí en casa después de clases.

—Claro —la mujer resopló—. Como si no supiera que tú prefieres mil veces encerrarte en tu cuarto y navegar en internet, antes de salir a la calle y socializar. Más que un castigo, suena a un premio. Y no, señorita, ya basta de tu actitud holgazana y ociosa.

Hallie suspiró aceptando su destino. Luego frunció el ceño cuando su tía googleó en internet cómo arreglar la comida, como si todo lo que estuviera escrito en la red fuera cierto y la única solución. Qué ironía, ¿no? Pensar que se encuentra todo en internet.

Cuando la chica entró a su recámara sintió un vacío, y tuvo que prender su laptop para escuchar música de YouTube y relajarse un poco en medio del drama. Se tiró a la cama para llorar, ­hasta que la invadió un silencio. Levantó la cara y encontró un dinosaurio a baja resolución en la pantalla de su laptop.

—¡Ay, por favor! —se quejó Hallie en un grito—. ¡No desconectes el internet!

—Te dije que no te ibas a salir con la tuya. Ahora ven y ayúdame a preparar otra vez la comida, antes de que Nicolás llegue a su fiesta sorpresa.

No fue tan malo después de todo comer pizza para celebrar el nuevo puesto de su tío en la empresa. De hecho, Nicolás llevó regalos costosos para su esposa y para Hallie. Las sonrisas reinaban en la habitación, excepto en el rostro de la joven que sentía que solo intentaban comprar su amor con obsequios.

El timbre sonó y Hallie se levantó para abrir la puerta y despejarse un poco.

—¡Adivina! —la sorprendió la voz extasiada de su vecina—. Tu nombre está en el sorteo.

—¿De qué hablas, Sam? —Hallie cerró la puerta luego de avanzar un paso hacia afuera. No quería que sus tíos escucharan la conversación con su amiga, a veces decía locuras. Bueno, más que las que decía ella.

—Estaba robando de tu internet, como de costumbre, pero luego se fue la señal y entonces vine aquí a tu casa para saber lo que sucedió, antes de tocar me encontré con tu correo postal y me tomé la libertad de abrirlo. ¡Entraste a la rifa del nuevo teléfono Z!

—¿Qué? —Hallie rio incrédula, ese celular costaba más de lo que ella podría ganar en toda su vida si estudiaba una carrera en artes.

—Sí, mira —explicó su amable vecina Sam—, al pertenecer a la compañía durante más de cinco años, contratar un plan mensual de datos móviles, y renovar cada año el celular, la empresa te ha invitado mañana a su evento del nuevo lanzamiento del teléfono.

—Pero yo ya recibí mi nuevo equipo, fue el que le regalé a Zac. ¿Recuerdas? Tenía que intercambiar mi antiguo modelo por un nuevo celular…

—Lo sé, pero no tiene nada que ver —la animó—. Allí concursas por tu derecho como cliente consumidor. Vamos, tenemos que ir, no perdemos nada.

—Estoy castigada, no creo que me dejen —Hallie se cruzó de brazos.

—Oh, vamos, me la debes —reiteró Samantha—. Yo te di la idea de darle un teléfono a Zac por su cumpleaños, ya quisiera que me dieran algo así, pero nadie está enamorado de mí para hacerlo. Necesito ese nuevo celular, si tú te niegas, con gusto me lo quedo.

Hallie le dio un golpe cariñoso en la cabeza.

—Eres tonta, obviamente yo me lo quedaría si lo gano. Me acaban de quitar el mío, es parte del castigo.

—Por eso dejaste de responderme… ¡Y con más razón necesitas uno! Ves, vayamos.

—Es imposible decirte que no —esbozó una sonrisa Hallie—.¿A qué hora nos vemos mañana?

—Opino que a las seis.

—¡Es muy temprano! —bostezó la joven rubia.

—Lo sé, parece día de escuela en domingo, pero dado que son más de quince mil usuarios los que tienen derecho a participar, y que quiero alcanzar una silla y estar hasta adelante, yo creo que es buena hora.

—Bien, suena comprometedor.

—Y estarán cadenas televisivas.

Hallie asintió. Tal vez si salía por televisión, Zachary la voltearía a ver, cosa que no hacía en la escuela. O eso creía ella.

4
Alektorofobia

Zachary deslizó los dedos por la sábana, estiró los pies y escuchó un sonido insólito al borde de su colchón, parecía un cacareo, algo completamente nuevo. Dudoso, levantó el cuello sin mover otra extremidad del cuerpo.

Y logró apreciar en el piso frente a la cama, una gran cresta rojiza en la cabeza de un ser pequeño, alzó más la vista recargando los codos en la almohada y notó un dorso cubierto por capas de plumas desde el pescuezo hasta la espalda.

—Cucurosnfnfjfofdofuuuu —cantó el gallo.

Zachary se llevó un susto cardíaco, soltó un grito agudo mientras encogía sus piernas.

—Oh, aquí estaba —su madre entró prendiendo la luz de la recámara. Y dejó a Zac deslumbrado por dos segundos.

—Pero qué es est…

—Nuestro nuevo despertador, ¿qué más? —cargó al ave delicadamente para no lastimarla.

—¿Qué hora es? —Zachary todavía lucía perdido y asustado.

—Las cuatro de la madrugada —respondió animada.

—¡Mamá! —Zac hundió su cabeza debajo de la almohada.

—Órale, es buen tiempo para dar gracias a la madre tierra por amanecer otro día.

Zachary jaló sus cobijas para permanecer calientito y de pronto dejó de escuchar las órdenes de su madre.

—Sigue así, Zachary, un día de estos un árbol te caerá encima —anunció molesta la señora de la casa, luego apagó la luz y no volvió a molestar a su primogénito.

El chico no era holgazán, pero solo había dormido media hora debido a su filia por la lectura.

Con regularidad utilizaba la pequeña mentira entre lectores: “Un capítulo más y ya”, siendo consciente de que no soltaría el libro hasta terminarlo. Justo como había ocurrido la noche an­terior.

Al menos repuso tres horas, quedó profundamente dormido, poniendo en peligro la primera clase del día. Entonces su mente reaccionó y se despertó a toda prisa.

Medio presentable, bajó las escaleras y encontró a su familia desayunando.

Todos estaban sentados, incluido el gallo, que llevaba un babero. Un gallo que tenía babero. ¡Babero de bebé!

Zachary ignoró el hecho mientras ingería de pie su licuado de fresa. Ya se le hacía tarde.

Dean y Stella mantenían una conversación sobre el gallo.

—Mamá, no le puedes dar huevo revuelto al gallo, es masoquismo.

—Canibalismo —corrigió Zac buscando una servilleta en la mesa, tenía bigote de leche.

—Ajá, a eso me refería —respondió Dean.

—No le pasa nada, ni sabe —la señora le sirvió más huevo al gallo. Y Dean, indignado, se cruzó de brazos y perdió el apetito.

El gallo parecía disfrutarlo y Zachary supo que era momento de marcharse por la imagen tan desagradable que tenía frente a sus ojos.

No contaba con tiempo ni con ganas de despedirse de su ­familia.

Su padre estaba tan sumergido leyendo un artículo del periódico que no percibió la ausencia de su hijo. Soltó el periódico, preocupado:

—Hasta donde va a llegar la obsesión de los jóvenes por la tecnología. Pobre chica.

Dean echó un vistazo a la página del periódico que mencio­naba su padre, en ella la imagen de una chica rubia le llamó la atención, según vio, era de la misma preparatoria que su hermano. Y entonces hizo una mueca, sabía lo duro que era el bullying ahí.

Al llegar a la escuela notó desde los pasillos cómo los estudiantes miraban más que de costumbre su celular, se compartían fotos y murmuraban entre sí. Zachary se sujetó de las tiras de su mochila y siguió el camino incómodo hasta el salón.

Ni aun en frente del pizarrón lograba poner atención a los profesores, ese lunes parecían insoportables sus compañeros, las ­bromas eran más pesadas de lo normal, sus voces aturdían hasta a los insectos de la basura. Sí, el bote de la basura era un desastre.

De vez en cuando Zachary volteaba levemente atrás, para mirar hacia el asiento de Hallie. Ella no estaba, pero su lugar no se hallaba vacío, había basura por todos lados.

Se preguntaba por qué no habría llegado a las primeras clases, ya era más de medio día y Hallie no se presentaba.

Agitó su lápiz en desesperación y trató de pensar que, si ella estuviese allí, no adoptaría los mismos comportamientos de sus compañeros. Anhelaba que fuera diferente. Sabía que tenía un problema con el celular, pero eso no la volvía estúpida, no debía de ser así.

Fue difícil el resto del día. Zachary iba desanimado, caminando a un costado de los casilleros y no por en medio como todos solían hacerlo. Despistado, su hombro chocó con la espalda de una chica.

—Perdón, no me di cuent… ¡Hola!

La chica, que escondía su cabello rubio bajo un gorro negro, agachó la mirada y acomodó rápidamente su abrigo oscuro. Planeaba salir corriendo en cualquier momento.

—No, espera —Zachary la tomó suavemente del brazo—, te he buscado todo el día.

—Sí, como todo el mundo —alejó bruscamente su brazo de la mano del chico y escondió los codos.

—Eh, no sé qué sucede, pero…

—Vete —anunció ella sin mirarle a la cara—, y no llames mucho la atención que no quiero que me vean, ya tuve suficiente.

—¿Puedo saber por qué no entraste a clases? ¿Estuviste en la enfermería? ¿Todavía te sientes mal? ¿Necesitas ayuda?

—Adiós. No hablo con extraños.

—Somos compañeros de clase, compartimos matemáticas, literatura, física…

—¡Basta! —por fin lo miró a los ojos y sintió ganas de llorar. Jamás había estado tan cerca del chico que le gustaba—. Si me ­hablas, serás un marginado.

—Me llamo Zachary Blackelee —prosiguió con su presentación—. Y ya soy un marginado.

—De verdad, no quiero arruinarte. Vete.

—Anda, saluda —animó Zac—. Dejar a las personas con la mano extendida es de mala educación.

Hallie acercó con temor su mano, tal vez si la unía con la de él, no sería tan mala la estadía escolar.

—¡Pero qué asco! —gritó un chico extraño—. No le des la mano, amigo, apestarás.

Hallie volvió a guardar su mano antes de juntarla con la de Zac. ¿Qué creía? Ingenua.

Aceleró el paso con ganas de desaparecer lo más pronto posible. Zac no se quedó atrás, fue tras ella.

—No sé a qué se deba ese comportamiento —respiró Zachary—, pero yo solo quiero ayudar.

—Sí, ¿cómo? —bufó la chica, dándole la espalda y escondiendo los codos bajo sus manos.

—El miércoles hay exámenes, y el profesor dijo que lo que hoy vimos será pregunta de examen, entonces me tomé el atrevimiento de hacer apuntes para ti —comenzó a sacar sus libretas de la mochila—, y también pedí tus libros y copias, todo lo que estudiamos quiero pasártelo, tal vez te sirva. Ya sabes, no debemos salir mal porque pronto haremos el examen de admisión a la universidad y son conocimientos de todas las áreas y…

Hallie sonrió, por primera vez en el día sonrió, y lo miró. De hecho, lo que menos le pasaba por la cabeza en ese momento eran los estudios. Sin embargo, Zachary había dedicado tiempo a ello, para que no se lo perdiera.

Y no tenía ni idea de por qué, si todos a su alrededor solo se la pasaban hablando de su error, sin pensar en otra cosa, excepto Zachary. ¿Por qué?

A esas alturas no creía que hubiera personas que tuvieran buenas intenciones con ella. Había incluso rogado a sus tíos que no la llevaran más a la escuela, no obstante, ellos insistieron en que era necesario para aprender la lección. Sin importar que renunciara a la vida social.

No quería volver, pero al menos Zachary le había regalado el pequeño detalle de preocuparse por ella. Eso valía tanto para calmarle el corazón.

—Gracias, Zac.

—No es nada —se encogió de hombros—, si tienes dudas, no sé, podrías ir a mi casa, voy a apuntarte mi dirección.

—Mejor pásame tu número de celular —ella fingió no tenerlo.

—¿Mi celular? ¿Mi ce-lu-lar? —tosió con nerviosismo—. No tengo.

A Hallie le desapareció la sonrisa.

—Claro, tienes razón, cómo le darías tu número a la chica que es tendencia por su estúpido teléfono. Qué astuto, de seguro eres influencer, y arruinaría tu reputación ¿no?

—¿Qué? ¿No estábamos de acuerdo en que yo era un mar­ginado?

—Tal vez solo en persona —repuso la rubia y se relamió los labios—, tal vez virtualmente eres de las personas más populares del país. Conozco a personas así, o sea, Samantha, que se suponía que era mi amiga ¿y qué hizo? Hacer mi error más viral, creyó que daría risa, que no me destruiría, ajá, tú de seguro eres igual.

—No entiendo de lo que hablas.

—Pues entra en internet y lo sabrás —respondió, furiosa.

—No tengo internet.

—Usa datos.

—No sé qué es eso.

—Dame tu celular, y te pongo la clave para que robes de la red escolar.

—Robar no es bueno.

—¡Maldita sea! Entra al salón de cómputo y velo en una máquina.

—Hoy no me toca esa materia, y si puedo evitar estar cerca de ahí, lo hago.

—Deja de hacerte el gracioso, ¿quieres? —resopló Hallie—. Solo dame tu celular.

—No tengo.

—¡Mientes!

—No, no uso esos artefactos.

—¡Zachary, por favor!

—Estoy siendo completamente sincero —su voz sonaba templada, sus ojos lucían tranquilos.

Hallie seguía furiosa, y pensó en jamás volver a confiar en él. Ella misma lo había visto sostener el regalo que le había dado de cumpleaños. Estaba segura de que nadie se lo había llevado o robado. No tenía dudas.

Cómo podía dejar que él se le acercara si acababa de comprobar lo bueno que era mintiendo. Tal vez todo lo demás fue igual de falso.

En su triste furia y desilusión, Hallie comenzó a romper todos los apuntes que Zachary le dio, justo por la mitad.

—Oh, espera —Zachary abrió los ojos, sorprendidísimos por el acto que atestiguaba—, te puedo explicar por qué piensas que sí tengo teléfono, pero no.

—No, ya déjalo —Hallie se dio la vuelta y salió de la escuela.

Entonces Zachary se sintió confundido. La peor parte, había anhelado sostener la mano de Hallie, la esperaba con tanto esmero y se había desvanecido, literalmente, aquella oportunidad entre sus dedos.

Luego recordó que a lo único que aspiraba era a que su gallo le picara la mano, y su cachorrita le lamiera la cara. Y entonces pensó, al menos no tenía alektorofobia, el miedo irracional a las gallinas. Fuera de eso, no habría más interacciones con chicas.

5
Internet, Best Friend

Una vez más, Hallie estaba bajo sus sábanas escondiendo la luz que emitía la pantalla de su laptop. Si sus tíos se enteraban de que intentaba entrar de nuevo a sus redes sociales, la regañarían quitándole el aparato, como siempre.

Pero ella era una persona muy necia y, en cierto sentido, masoquista. No dejaba de leer todos los mensajes y comentarios que le habían dejado en las redes sociales, todos eran negativos, burlones y groseros, nada se rescataba de ahí, ni siquiera los emojis, eran de caquitas, de caras de vómito y asco.

Se llevó una mano a su boca para suprimir el llanto que la podía delatar a las tres de la madrugada. No era sano ese ambiente, se sentía atacada y despreciada. Y no sabía sobrellevarlo, solo se hacía daño a sí misma revisando con detalle cada comentario y dejando que se quedaran grabados en su mente.

La mayoría de la gente era desconocida para ella, pero la reconocían por su video viral del sorteo del teléfono último modelo. Y no importaba de qué parte del mundo fuera, en internet se ­podía destruir a una persona aún sin conocerla.

Pero el motivo por el cual le afectaba tanto a Hallie esa vida cibernética era porque desde mucho tiempo atrás había pensado que era su hogar, se refugiaba en internet, en todo lo que podía aprender y conocer estando ahí. Administraba cuentas de Instagram y TikTok, le gustaba seguir artistas y ser parte de su club de fans, como la presidenta de esos grupos, claramente.

Y así formar parte de un grupo social, aunque fuera simplemente virtual. Sin embargo, había olvidado el lado malo de internet: el ciberbullying. Y cada día sentía cómo todo se propagaba, y prolongaba. Cada día el video de su amiga Samantha tenía más vistas y era compartido por más gente.

¿Debería considerarla amiga?, o ¿qué era ella?, para empezar, ¿Hallie alguna vez en su vida había tenido una amiga de verdad?

Hundió la cara en el teclado de su laptop, deprimida. Y no se percató de que estaba apretando la tecla de “Enter”.

—¡No, no! —se le escapó un poco elevar la voz. Hasta que se tranquilizó y revisó las solicitudes a las que les había dado sin querer “Aceptar”.

Le llamó la atención una en particular, su nombre era “Leila Miller” y en su foto de perfil se mostraba una chica, más o menos de su edad, que tomaba el sol en la playa.

Estaba por eliminarla de sus amigos cuando recibió un mensaje de ella.

Leila: Hola.

Visto a las 3:22 am.

Leila: He estado esperando toda la semana a que aceptaras mi solicitud de amistad.

Visto a las 3:23 am.

Leila: Es que necesito hablar contigo de algo en especial.

Visto a las 3:24 am.

Leila: Por favor.

Visto a las 3:28 am.

Leila: También estoy recibiendo bullying por tu video.

Hallie: ¿Mi video? Yo no lo subí.

Leila: Pero apareces tú.

Hallie: Ajá. ¿Y qué con eso? ¿Vienes también a dejarme mala fama?

Leila: No, tranquila. No quiero hacerte daño.

Hallie: ¿Entonces qué quieres?

Leila: Mmmmmm, esto no está resultando como pensaba.

Visto a las 3:37 am.

Leila: ¿Puedes revisar mi perfil? Eso es lo que quiero, por favor. Ve mis fotos.

Hallie no sabía por qué estaba perdiendo el tiempo en esto, sin embargo, decidió stalkearla como la chica pidió, ya no había nada peor, según creía.

Conforme avanzaba en las fotos, se dio cuenta del parecido que tenía con ella y que no lo había descubierto porque en su foto de perfil traía gafas de sol y no se lograba apreciar bien el rostro.

Pero en sus otras fotos de etiqueta, se notaban sus rasgos semejantes. Ojos color azul, tipo almendrados, nariz recta pero pequeña, que cuando sonreía mostrando los dientes, se alargaba a los lados justo como a ella le pasaba. Y la boca rosita caracterizada por ese labio superior bien pronunciado y definido. El cabello ­rubio, largo y quebrado, piel un poco bronceada, y el mismo cuerpo, gran atributo de pecho y no tanto de trasero, pero manteniéndose delgada y estética.

Era como mirarse en un espejo, pero Hallie sabía que no era ella, porque jamás se había tomado fotos con esas personas con las que Leila aparecía, no había visitado esos lugares y no posaría así frente a la cámara. Estaba segura de que no era Photoshop.

Hallie: Estoy impresionada, nos parecemos mucho. omg. 😱

Leila: Gracias por notarlo, me están confundiendo contigo porque te has viralizado.

Hallie: Jajaja, lo siento.

Hallie: Espera, no lo siento, porque no es mi culpa, pero lamento que cargues con esto por tener tan hermosa cara, jajaja.

El humor de Hallie comenzaba a recuperarse.

Leila: Lo único bueno que le veo es que gracias a esta tragedia conocí a mi gemela. Dicen que hay 7 personas en el mundo que se parecen a ti, y gracias a internet conocí a una.

Hallie: Y hablamos el mismo idioma y nacimos en la misma época, es una gran coincidencia. Guaaaaau. 😱😱

Leila. Ya sé, es de locos. ¿De dónde eres? ¿Estarás muy lejos de mí?

Hallie: De Obless ¿Y tú?

Leila: Blainmish.

Hallie: Vaya, sí que estás apartada del mundo, jaja.

Leila: Pero amo esta vida. ♥

Tenía razón, reflejaba una hermosa vida en sus fotos, con una familia adinerada y unida, que según Hallie, en modo de detective, tenía ambos padres que seguían juntos y dos hermanas menores a ella, pero que parecía que se llevaban bien por las fotos que siempre se tomaban y las mascarillas que se hacían y posteaban con gracia.

Hallie sonrió deseando conocer una familia así.

Hallie: Cuéntame de tu vida, seguro es más interesante que la mía.

Leila: Espera, ¿seremos amigas?

Hallie: Pues sí, ni modo que familia jajaja.

Hallie se estaba desenvolviendo más, una vez en confianza dejó la seriedad de lado. Había encontrado algo bueno en medio de este caos que vivía.

Hallie: ¿O crees que seamos como la película de Disney?

Leila: Depende, te llamas Hallie, pero ¿naciste el 11 de octubre? Jaja.

Hallie: Jajaja, adoro esas escenas del campamento.

Leila: Sí, las travesuras que se hacen son muy graciosas e inge­niosas.

Hallie: ¡Lo sé! ¿Cuál es tu favorita?

Y así iniciaron una amistad, en plena madrugada, comparando gustos de películas de Disney Channel, en algunos coincidían, en otros casos diferían. Pero lograron llevarse muy bien. La noche avanzó hasta llegar la mañana, y Hallie se encontraba más entusiasmada mirando la pantalla de su laptop, ya no se sentía triste, ahora contaba con una amiga de internet.

Alrededor de las dos de la tarde escuchó los gritos de su tía. Y como ella no quería levantarse, la mujer tuvo que despertarla alzando las cobijas.

—Ya no voy a permitir que faltes a clases. Eres una irresponsable.

Hallie hundió su cabeza debajo de la almohada. Tenía más ojeras que ojos, y estaba muy cansada por desvelarse. Prefería permanecer acostada.

—Levántate, alguien vino y dice que trae sus apuntes para ­pasarte la tarea.

Rápidamente llegó a su pensamiento el nombre del chico que le gustaba y el único que le intentaba hablar con pretextos escolares. Debía alistarse, no pensaba recibirlo en pijama.

6
Mensajes subliminales

Todo había sido un mendigo sueño.

Su subconsciente la había traicionado, había imaginado que Zachary estaba esperándola en la sala de su casa, pero en realidad no conocía su dirección, estaba casi segura de que tampoco conocía su nombre completo. ¿Cómo fue tan tonta para pensar que él sabría más de su vida? Por supuesto que no, de seguro por su mente no cruzaba un pensamiento de ella en todo el día. Y en cambio, Hallie pensaba todos los días en Zachary.

Seguía arrepintiéndose de su comportamiento con él la última vez que lo vio, romper los apuntes de clases no estuvo bien, en especial porque nadie brinda apoyo en la escuela.

La preparatoria era muy individualista, ningún sujeto tiene buenas intenciones de ayudar si no recibe algo a cambio, o adquiere un beneficio con ello. Por eso no solía creer en nadie, sin ­embargo, había notado que Zachary era de esos chicos que se sientan frente al pizarrón y toman nota de todo, además, Hallie había observado que su caligrafía era entendible, bonita y bien hecha.

Se giró en la cama y alcanzó su buró, tomó de él el pedazo de hoja arrugada que había quedado sin querer entre la suela de su zapato el día que rompió los apuntes. Solo se podían apreciar las palabras: “Examen de química inorgáni…”. Hallie rio porque no tuvo que presentar el examen.

Rio tan fuerte que se le escaparon unas lágrimas, pero ya no eran de gracia, sino de frustración. Estaba mirando un punto fijo del techo de su recámara. Y a pesar de que había posters a su alrededor, se sentía sola. Otra vez, completamente sola.

No tenía idea de la hora porque siempre lograba ver los dígitos en el celular, pero estaba casi segura que ya eran más de las tres de la tarde y ella apenas estaba despertando. Se levantó con mucho trabajo y, en vez de dirigirse a la cocina para comer algo, fue directo a la habitación de sus tíos, jaló la perilla que no tenía seguro y recogió su celular que ellos le habían decomisado la noche anterior con la intención de que ya no viera más de las redes sociales.

Ja, ilusos.

Hallie volvió a tumbarse boca arriba en su cama destendida y alzó levemente los brazos para ver la pantalla del celular y teclear al mismo tiempo.

Estaba escribiendo un mensaje de disculpa al número celular de Zachary, mas no lo envió. Se dio cuenta del error que cometería si enviaba ese texto. Descubriría que ella fue quien le ­regaló el celular.

Decidió intentar con algo mejor, y fuera del contexto que ellos ya sabían. El coraje se le esfumó, y prefirió seguir con su idea de conquistarlo por mensajes, al fin, no tenía que saber que era ella. Al menos así se podía ocultar del mundo.

Los mensajes se prolongaron durante muchos días. Hallie le escribía continuamente debido a que ella no estaba yendo a la escuela por vergüenza, y tenía más tiempo para molestarlo con sus mensajes.

Fueron mensajes lindos, a veces un poco apresurados y precipitados, en otras ocasiones depresivos, desesperados, luego felices… eran un tipo de terapia para ella, como un diario, porque no recibía respuesta de Zachary.

Número desconocido: ¿Sabes? He intentado no escribirte estos días, no veo que tengas interés en leerme, y lo peor de todo es que yo sí lo sigo teniendo, quiero hablarte, tengo tantas ganas de recibir un mensaje tuyo algún día.

Enviado el 16 de agosto a las 3:43 am.

Número desconocido: Zac, si mal no lo recuerdo, te he enviado 24 mensajes y sigues sin responder ¿algún día te dignaras a contestarme? ¿Sabías que a las chicas les molesta que no les respondan en días y, por ende, ellas tardan el doble en contestar? Tienes suerte de que yo no sea así, realmente me importas.

Enviado el 17 de agosto a las 2:55 pm.

Número desconocido: Además me gusta estar mucho en el celular y me da ansias ver un chat con una notificación y no darle clic, pero shhhhh xD

Enviado el 17 de agosto a las 2:56 pm.

Número desconocido: ¿Y por qué sigo de humor cuando debería estar enfadada contigo?

Enviado el 17 de agosto a las 2:56 pm.

Número desconocido: ¿Y por qué escribo mis pensamientos y los envió? ._.

Enviado el 17 de agosto a las 2:56 pm.

Número desconocido: Estoy loca.

Enviado el 17 de agosto a las 2:57 pm.

Número desconocido: ¡Me pierdes, Zac, me pierdes!

Enviado el 18 de agosto a las 12:00 am.

Número desconocido: ¿A quién engaño?, sigo aquí.

Enviado el 19 de agosto a las 2:00 am.

Número desconocido: Siempre estaré aquí.

Enviado el 19 de agosto a las 2:01 am.

Número desconocido: Siempre, para ti.

Enviado el 20 de agosto a las 6:48 am.

Número desconocido: Puedes tardarte, incluso responderme en unos años, pero yo en cuanto lea tu nombre como notificación, te contestaré al instante.

Enviado el 21 de agosto a las 9:07 pm.

Número desconocido: No me digas que vendiste el celular que te regalé para comprar más libros.

Enviado el 22 de agosto a las 11:33 am.

Número desconocido: Ya en serio, ¿qué le hiciste? ¿Se quedó sin batería? ¿No recibiste el crédito gratis por la compra? Quizá no era de la garantía, ¿se descompuso?

Enviado el 22 de agosto a las 8:19 pm.

Número desconocido: ¡Responde, Zacharyyyyyyyyyyyy! -.-

Enviado el 23 de agosto a las 07:14 am.

Número desconocido: Buena persona, ¿me podría decir dónde puedo encontrar a Zachary? Necesito saber en cuánto le vendió mi celular.

Enviado el 23 de agosto a las 11:22 pm.

Número desconocido: ¿Ah? ¿En Nunca Jamás? Okay :)

Enviado el 24 de agosto a las 04:20 am.

Número desconocido: Ya, de pérdida pásame tu Instagram.

Enviado el 24 de agosto a las 10:45 pm.

Número desconocido: No encuentro ningún resultando buscando a “Zachary Blackelee”, ¿por qué?

Enviado el 25 de agosto a las 09:23 am.

Número desconocido: ¿Te gustan los seudónimos? ¿Es por eso que no te encuentro en ninguna red social?

Enviado el 25 de agosto a las 3:33 pm.

Número desconocido: Tengo tantas ganas de stalkearte hasta que te asuste, pero después recuerdo que así descubrirás quién soy, y se me pasa.

Enviado el 26 de agosto a las 12:00 am.

Número desconocido: Aparte, ni me haces caso.

Enviado el 27 de agosto a las 11:59 am.

Número desconocido: ¿Te das cuenta que ya no te envió tantos mensajes al día? Solo son uno o dos, y en diferentes horas.

Enviado el 27 de agosto a la 1:28 pm.

Número desconocido: ¿Qué más quieres?

Enviado el 28 de agosto a las 07:14 am.

Número desconocido: No te insulto, trato de comportarme normal, no te acoso tan seguido, solo quiero saber de ti.

Enviado el 29 de agosto a las 5:55 pm.

Número desconocido: Di algo, me estoy dando por vencida.

Enviado el 30 de agosto a las 07:14 am.

Número desconocido: “Say something, I’m giving up on you”. 🎤🎤🎧

Enviado el 30 de agosto a las 10:35 am.

Número desconocido: Oh, vamos, sé que sabes la canción, canta conmigo.

Enviado el 30 de agosto a las 3:10 pm.

Número desconocido: “I’ll be the one, if you want me to… Anywhere, I would’ve followed you… Say something, I’m giving up on you”. 🎤🎤🎧

Enviado el 30 de agosto a las 5:21 pm.

Número desconocido: Me pondré sentimental :’( y todavía no me toca la regla.

Enviado el 30 de agosto a las 8:57 pm.

Número desconocido: Zac…

Enviado el 31 de agosto a las 12:00 am.

Número desconocido: No seas así, por favor.

Enviado el 31 de agosto a las 12:00 pm.

Número desconocido: No sé qué hacer con mis estúpidos sentimientos hacia ti, ya le pregunté a Siri, ya lo googleé y nada, no hay nada semejante a esta situación.

Enviado el 1 de septiembre a las 03:48 am.

Número desconocido: ¿Por qué en el corazón no existe la opción del tache rojo como en las computadoras? Así podría eliminar mis sentimientos por ti.

Enviado el 1 de septiembre a las 11:56 pm.

Número desconocido: Se está cumpliendo el mes y continúas sin aparecer…

Enviado el 2 de septiembre a la 01:29 pm.

Número desconocido: ¿Sabes qué? Iré al canal NDEI, visitaré un programa de casos de la vida real y contaré mi historia, quedarás como un desgraciado.

Enviado el 3 de septiembre a las 11:44 am.

Número desconocido: Y la verdad es que te odio, Zac, ¿oíste bien?

Enviado el 4 de septiembre a las 12:00 am.

Número desconocido: Bueno, ¿leíste bien? Te odio.

Enviado el 6 de septiembre a las 12:02 am.

Número desconocido: ¡Te odio, Zachary Blackelee! T-E O-D-I-O.

Enviado el 7 de septiembre a las 09:42 pm.

Número desconocido: Feliz cumple, mes ❤

Enviado el 9 de septiembre a las 12:00 am.

Número desconocido: Maldición, odio no odiarte :’((( pero algún día lo haré, algún día me iré y me extrañarás, lo peor es que no podrás hacer nada para tenerme a tu lado.

Enviado el 9 de septiembre a las 12:05 am.

Número desconocido: Este será el último mensaje que te envío, créeme.

Enviado el 9 de septiembre a las 12:06 am.

7
Otro reporte más

Ya casi se cumplía un mes desde que Hallie había dejado de asistir a la escuela, fingía salir de casa y caminar rumbo a la escuela, esperaba a que sus tíos se fueran a trabajar mientras ella entraba por la ventana de su vecina Samantha y se quedaba ahí hasta medio día. No la había perdonado del todo, pero al menos sabía que era necesaria la ayuda para ocultarse de sus tíos y de sus compañeros de clase, en especial porque gracias a ella se había vuelto viral el video.

Samantha no tenía problema en esconderla por unas horas en su casa, ella siempre permanecía en su habitación y regularmente no salía, estudiaba en casa desde los seis años, y se había refugiado fuertemente en la tecnología para no tener que abandonar ese estilo de vida. A su corta edad de quince años le encantaba pasar el tiempo jugando videojuegos, editar videos para su canal, iniciarse como hacker, ver series, animes y k-dramas.

Ella miró el reloj de su computadora.

—Ya son las doce —anunció a su vecina.

Hallie asintió sin poner mucha atención, llevo una palomita a su boca y continuó viendo el episodio trece de un k-drama, por fin se iban a dar un beso los protagonistas, no se lo iba a perder.

Samantha puso pausa al reproductor.

—¡Oye! —bramó Hall.

—Son las doce.

—¿Y qué? —Hallie buscó el mouse para darle clic—, todavía no acaba el capítulo.

Samantha volvió a quitar el episodio.

—Ya te tienes que ir.

La chica rubia la volteó a ver incrédula de escuchar a su vecina hablar de una forma tan directa.

—Mi crush sigue sin responderme los mensajes, me va mal en la vida, a lo único que aspiro es a ver dramas coreanos para sentirme mejor. ¿Podrías entenderme un poco? Quiero ver si aquí hay un final feliz.

—No lo hay, he visto ese k-drama miles de veces —dijo Sam sin preocuparse del spoiler.

—No oigo, no oigo, soy de palo… —Hallie tapó sus oídos mientras gritaba esa frase.

¿De verdad Hallie aparentaba la edad de diecisiete años? Se comportaba como una niña. Samantha tomó de los brazos a su vecina para evitar que siguiera apretándose las orejas.

—Basta, Hall —intentó calmarla—, mi mamá dice que pasas mucho tiempo aquí y que comes bastante.

—Oh, es lo mínimo que puedes hacer por mí. Esta situación es tu culpa y lo sabes.

—Ya te he pedido miles de veces perdón, yo no pensaba que en internet se iban a tomar a mal el video…

—Gran error —Hallie se liberó de las manos de Sam—. Soy un meme. ¡Soy un meme!

—Al menos eres famosa.

—No así, yo quería ser famosa como actriz, compartir escenario con Scarlett Johansson —Hallie se proyectó.

—Y lo lograrás si te preparas y estudias… —sonrió su vecina—. Debes ir a la escuela.

—Lo haré el próximo semestre, este ya está perdido —esperaba que fuera suficiente para dejar de recibir comentarios negativos.

Samantha estrelló su mano contra la frente.

—Podrías hablar con los profesores, pedir apuntes… No sé, hablarle a Zachary, estoy segura de que él te los pasaría.

—¿Hablar con Zac? Jamás. Ni loca.

—Pero te mueres por él…

—Es todo, ya me voy —Hallie abandonó rápidamente el sillón y caminó rumbo a la puerta—. Vengo mañana, adiós.

Samantha hizo una mueca, que se fue esfumando poco a poco cuando abrió los ojos con exageración.

La tía de Hallie venía subiendo las escaleras del edificio, y alcanzó a verlas juntas.

—Con que aquí estabas —gruñó la señora. Hallie giró la espalda al escuchar esa voz—, la directora acaba de llamarme por teléfono. Tenemos que hablar.

La chica rubia tragó saliva y esperaba refugiarse en los ojos de su amiga, quien decidió esconderse tras la puerta.

—Hola, señora, buenas tardes, lindo martes, bye —Samantha cerró la puerta con prisas y ganas de desaparecer.

Hallie le dedicó una sonrisa incómoda a su tía. Sabía que estaba en grandes problemas.

Una vez más, los tíos amonestaron a Hallie hasta quedarse sin aliento, se sentían realmente ofendidos por el engaño de Hallie al hacerles creer que asistía a la escuela, incontables veces le habían pedido que olvidara su error y siguiera con su vida normal.

Ellos no entendían que, si estabas arruinada por redes sociales, también lo estabas en la vida real. Era una regla básica de vida en este siglo.

Pero Nicolás le repetía la última oportunidad que dio la directora para que no fuera dada de baja. La joven no veía la hora de poder colgarse sus audífonos e ignorar sus palabras, eran su casco antiblah-blah-blah. Después de la charla, Hallie no hizo el intento por levantarse, solo permaneció acostada en su cama, mirando su teléfono, luego de un rato, notó que dejó de actualizarse su sección de noticias, sus tíos le habían desconectado el internet, otra vez.

—¿Ahora sí nos prestarás atención? —preguntó su tío, sentándose con ella. Hallie lo miró sin contestar—, hija, si sigues así, no nos quedará de otra…

—Hemos hecho lo mejor por cuidarte, pero… —comenzó a hablar su tía.

En ese momento, Hallie reaccionó y no dejó que terminaran la frase que tanto le aterraba escuchar, se aferró al chaleco de su tío para evitar que notaran sus lágrimas corriendo por sus mejillas.

No quería estar sola de nuevo, otra vez no en un orfanato.

—Lo siento —sollozó—, por favor, no lo hagan…Voy a cambiar, iré a la escuela, pondré de mi parte, ¿sí?

La mujer tomó la mano de Hallie igualmente entre lágrimas, y el esposo solo se dedicó a acariciar el cabello rubio de la chica.

Hallie deseó con toda su alma haber tenido a sus padres con ella.

Zachary caminaba encorvado hacia la dirección, tenía en su mano otro reporte de la clase de computación. Sin duda, los martes para él eran un martirio, odiaba esa materia que involucraba usar dispositivos electrónicos. Anhelaba que el tiempo ­pasara rápido, haría todo lo posible por reducir las horas que faltaban; primero entregaría el papel a la directora, y después iría a la enfermería para medicarse después del susto que se llevó al tocar una computadora.

Ya conocía a todo el personal de la enfermería y de la dirección, entonces platicaría con ellos para matar el tiempo. Saludó a la secretaria y luego se aproximó a la oficina de la directora, se detuvo frente al cristal de la puerta y su corazón se agitó.

Desvió la mirada creyendo que era un sueño, y sus temblorosas manos sudaron, reunió las fuerzas para frotar sus ojos y volver a checar a través del ventanal de la puerta, sus ojos confirmaron el final de su agonía.

Adentro, en la oficina, reconocía la espalda y cabellera de una chica rubia, esta estaba acompañada de dos adultos, suponía, de sus padres. Todos residían sentados y platicaban acuerdos en el escritorio.

Zachary intentaba descifrar lo que estaban hablando, Hallie no se veía del todo animada, cruzaba los brazos y bajaba la mirada, pero al menos estaba sonriendo, y eso era ganancia.

Dejó de espiar, enderezó la espalda, guardó su reporte en los bolsillos del pantalón para peinar su cabello con los dedos, removió la camisa y listo. Estaba tan enfocado en verse presentable, que olvidó que hacía ruido mientras se arreglaba, por ende, los demás habían notado su presencia.

—Los baños están por allá —señaló la directora Chloe—. ¿Necesitas algo?

El chico en su mente se estaba muriendo de la vergüenza; sin embargo, reaccionó tranquilo y sereno en la vida real.

—Disculpe la intervención, estimada directora, solo venía a entregar mi reporte.

La directora Chloe hizo un ademán para que entrara.

—Este es el tercero del mes, ¿qué voy a hacer contigo? —negó la directora, decepcionada. Zachary encogió los hombros—, Hallie, ¿podrías hacer el favor de acercarme el reporte?

Hallie giró su silla en dirección a Zac para recibir el papel, y ambos cruzaron miradas inesperadas pero llenas de sentimientos encontrados. Fue difícil articular los movimientos después de verse y sentir su tacto tan de cerca.

—Un momento —pensó la directora Chloe—. Ya sé que voy a hacer con ustedes para que las faltas y reportes no afecten su ingreso a la universidad.

—¿Qué?

—¿De qué habla?

La directora rio y acomodó las plumas de su escritorio mientras explicaba:

—Podrían presentar un proyecto de lectura juntos. Hallie urgentemente necesita ser evaluada con tareas extras, y Zachary, si quieres mantener tu promedio intacto de reportes, necesitas ser parte de esto, creo que te gusta la lectura, ¿no es así?

—Sí —respondió el chico, confuso de lo que sucedía.

—Bien, entonces ya está —Sonrió la directora Chloe—, tomará tiempo, y será a largo plazo, pero sí necesito de tu ayuda con Hallie. ¿Podrías apoyarla y ser su mano derecha? Después les daré más detalles del proyecto.

Zachary no entendía nada, pero estaba seguro de que pasaría más tiempo con Hallie, de quien había perdido la esperanza de volver a ver. Era emocionante saber en qué enrollo se había metido sin querer.

Pobre Zac, amará y sufrirá en la misma dosis.