Estaba (y estoy) insegura en cuanto a mi relación con mi antiguo yo, o conmigo misma de año en año. El perfil hormonal de una persona determina en gran parte su personalidad externa. Si se te desequilibra el sistema endocrino, pierdes el camino hacia ti mismo. Si el patrón endocrino cambia, afecta a tus pensamientos y sentimientos. Un cambio en la pauta suele desencadenar otro.
HILARY MANTEL,
Los fantasmas de una vida[1]
Estas palabras de Hilary Mantel sobre su enfermedad hormonal, la endometriosis, subraya cómo los cambios hormonales afectan también a la imagen que las personas tienen de sí mismas. Por eso me gusta tanto mi profesión de médico. En la consulta se vislumbra la intimidad de la vida de una persona y de qué modo la enfermedad afecta a su carácter.
Me hice médico porque muchos miembros de mi familia trabajaban en el sector sanitario, y aunque en el instituto me había interesado más hacer carrera diplomática o ser historiador, el destino (y el sistema de sorteo con el que se elige la matrícula en algunas facultades de los Países Bajos) tenía otros planes y acabé estudiando Medicina en Utrecht, como hicieron mis familiares antes que yo.
En la facultad, además de disfrutar muchísimo de la vida de estudiante, hice amistades que todavía me duran y encontré al amor de mi vida. Y la carrera que escogí resultó ser la adecuada, porque, contrariamente a lo que me había figurado, la profesión implica mucho más que recetar pastillas u operar a la gente. Aprendí a hacer pruebas de laboratorio y ver lo útiles que éstas son para los médicos me supuso una fuente de inspiración. Esas pruebas ayudan a entender mejor las enfermedades que no son evidentes y los síntomas que provocan y que traen a la gente a nuestras consultas.
La Facultad de Medicina de Utrecht ofrecía algo más que formación en biomedicina. Guardo un grato recuerdo de las clases del profesor Sijmen Duursma sobre medicina y arte, en las que analizaba cuadros famosos que representaban a enfermos.
Al final de mi formación me decanté por la medicina interna, pues me atraía la interacción con los pacientes y la intimidad de la consulta. También me interesaba la ciencia, en concreto todo lo que quedaba por descubrir en el campo de las hormonas y las bacterias intestinales. Impulsado por el hecho de que en mi familia casi todo el mundo padece algún tipo de enfermedad hormonal (de diabetes a trastornos tiroideos, pasando por tumores suprarrenales), decidí especializarme en endocrinología, el estudio de las hormonas.
Cuando llevaba ya casi veinte años en la profesión, alentado por las preguntas que me hacían mis pacientes, y para las que no siempre tenía respuesta, concebí el plan de escribir este libro. No sólo para hacer más accesible el fascinante sistema endocrino a cualquier persona interesada en él, sino también para aclarar de qué son capaces las hormonas.
El título de este libro, El poder desconocido de las hormonas, hace referencia al hecho de que las hormonas dirigen nuestro cuerpo. Y el título original neerlandés, Wij zijn onze hormonen («Somos nuestras hormonas») es un guiño al fantástico libro que escribió mi colega Dick Swaab, Somos nuestro cerebro. Mientras que nuestro cerebro es importante en todas las decisiones que tomamos y las elecciones que hacemos, las hormonas influyen en el funcionamiento del cerebro. (Recuerdo, por ejemplo, a una paciente que perdió toda inhibición sexual porque la glándula tiroides le funcionaba demasiado rápido, y se metía en la cama con todos los pacientes varones. No volvió a ser la que era hasta que se le extirpó la glándula quirúrgicamente.) El desequilibrio hormonal puede alterar nuestra personalidad y nuestra manera de actuar en la vida diaria.
He escrito este libro por la mañana y por las noches, porque mi jornada laboral está completamente ocupada con la atención a los pacientes, la investigación y la gestión. También he tenido que dedicar tiempo a la vida privada: una familia con niños pequeños y una esposa que trabaja a tiempo completo como comadrona. Sin embargo, escribir resultó ser una fantástica y muy necesaria fuente de energía durante la pandemia del COVID-19, en la que traté a pacientes ingresados, y también vi morir a algunos.
El poder desconocido de las hormonas combina historia y medicina en su sentido más amplio. No me propuse escribir un libro de texto, pero sí he intentado desmentir afirmaciones pseudocientíficas sobre el uso de hormonas como respuesta a dolencias comunes. Desde luego, no pretendo afirmar que somos esclavos de nuestras hormonas (ni de nuestro cerebro): en todo momento existe una interacción entre el entorno, el cuerpo y la mente. Las hormonas pueden enturbiar nuestra capacidad para tomar decisiones, pero no nos eximen de la responsabilidad sobre nuestros actos.
Escribir este libro me ha servido para respetar todavía más nuestro magnífico sistema endocrino. Como médicos, no debemos intentar manipularlo demasiado, pero, sobre todo, no debemos quedarnos cruzados de brazos. Además, deberíamos seguir esforzándonos por comprender cada vez mejor estas fascinantes sustancias de nuestro cuerpo, y no dejar de buscar mejores tratamientos, porque como ya dijo el brillante terapeuta Salvador Minuchin: «La certidumbre es enemiga del cambio.»
Ámsterdam, agosto de 2022
En 2001 yo trabajaba en un hospital rural de Pretoria, Sudáfrica. Las mujeres embarazadas llegaban con contracciones al humilde hospital de maternidad desde los townships, suburbios que aún se remontan a la época del apartheid. Tumbadas sobre cajas de cartón sobre la hierba frente a la clínica, controlaban sus contracciones hasta que pasaban a una cama dura detrás de una cortina en el hospital y empezaba el parto. Solía atender a una media de veinte mujeres. Cada noche nacían varios niños, yo corría de sala en sala. Al cabo de un tiempo volví a ver en el ambulatorio a uno de esos recién nacidos, una niña llamada Muna, debido a un retraso en el crecimiento. Apenas respondía a los estímulos, tenía la cara un poco hinchada y los reflejos lentos. Tenía un contenido bajísimo de hormona tiroidea en la sangre, por lo que decidí administrársela inmediatamente en comprimidos para compensar la deficiencia.
Años más tarde asistí a un congreso en Sudáfrica y volví a visitar esa misma maternidad, y una enfermera me contó que Muna tiene una discapacidad grave y que la cuidaba su abuela. Aquellos primeros meses de vida sin tratamiento le habían pasado factura. Nunca podrá llevar una vida independiente y tiene un mayor riesgo de sufrir escaras o morir prematuramente de neumonía.
La historia de Muna demuestra lo importantes que son las hormonas para nuestro desarrollo. Sencillamente, necesitamos estas sustancias que el cuerpo fabrica por sí mismo y que viajan a través del torrente sanguíneo para controlar órganos y tejidos y regular todo tipo de funciones corporales. Al principio, el feto depende de las hormonas de la madre. No desarrolla las células y órganos necesarios para que la producción hormonal funcione correctamente hasta pasados tres meses de desarrollo. La glándula tiroides se forma en el primer trimestre del embarazo, lo que ilustra la importancia de este órgano para nuestra vida: de hecho, interviene en muchos procesos del organismo.
Debido a un trastorno en la primera etapa del embarazo, Muna no desarrolló la glándula tiroides, y por tanto sufría una deficiencia congénita de hormona tiroidea, también conocida como «hipotiroidismo congénito» (HC). En los Países Bajos nacen unos ochenta niños al año con esta enfermedad. No es fácil establecer este diagnóstico en recién nacidos, y como demuestra la historia de Muna, si se descubre relativamente tarde, tiene consecuencias graves. Sabiéndolo, Hans Galjaard, catedrático emérito de Genética Humana de la Universidad Erasmus de Róterdam, decidió incluir en la agenda política la posibilidad de hacer una prueba a todos los bebés para detectar trastornos congénitos en los Países Bajos. Gracias a sus esfuerzos, desde 1974 se extrae sangre a los recién nacidos pinchándoles en el talón. En parte porque su hermano murió de niño por las consecuencias de una enfermedad congénita,[1]Galjaard, después de una agotadora labor de presión política, empezó a hacer la «prueba del talón», con la que actualmente se analiza la presencia de treinta y dos enfermedades congénitas. Como dijo Galjaard: «Más vale prevenir que curar.»
Esta prueba ha permitido que miles de niños se hayan librado del destino de Muna. Personas que a sus treinta y tantos años vienen a mi clínica, llenos de energía; personas a las que una píldora de hormona tiroidea al día (y la previsión de Galjaard) ha cambiado la vida radicalmente.
En 1902, Ernest Starling y William Bayliss, fisiólogos británicos que además eran cuñados, dieron por primera vez el nombre de «hormona» a una sustancia. Juntos estudiaron el funcionamiento del sistema digestivo y cómo los alimentos se descomponen y absorben gracias a ciertas sustancias presentes en el intestino.[2] [3]
Dos años más tarde, Iván Pávlov ganó el Premio Nobel de Fisiología o Medicina por sus investigaciones sobre la digestión.[4]Este médico ruso, más conocido por sus investigaciones sobre el condicionamiento, en cuyo honor se dio nombre a la famosa reacción de Pávlov (1897), demostró con sus experimentos que nuestro sistema nervioso interviene en la digestión.
Sin embargo, Bayliss y Starling observaron que animales de laboratorio con el sistema nervioso dañado también hacían la digestión; concretamente, liberando en la sangre unas sustancias especiales procedentes de las glándulas cercanas. Llamaron a una de esas sustancias «secretina» (del inglés to secrete, «secretar»), la primera de un grupo de sustancias, actualmente muy numeroso, que regulan nuestras vidas de forma invisible pero espectacular.
Bayliss y Starling también propusieron el término «hormona» (que en griego antiguo significa «empujar» o «poner en movimiento») como denominación genérica de estas sustancias. Las hormonas son sustancias mensajeras producidas por las glándulas endocrinas que viajan a través de la sangre y otros fluidos corporales hasta su destino (ciertas células u órganos), donde realizan su función, que en la mayoría de los casos es reguladora: las hormonas pueden iniciar o inhibir procesos. Además, también se influyen mutuamente.
La oficina principal de nuestro sistema endocrino se encuentra en el centro del cerebro, justo detrás de las cuencas de los ojos: son el hipotálamo y la hipófisis, del tamaño de una fresa y un guisante, respectivamente. Ambos cúmulos de células nerviosas especializadas forman parte de nuestro cerebro emocional, el sistema límbico (del cual hablaremos con más detalle en el capítulo 5). Controlan nuestros sistemas nervioso y hormonal, como generales que no pierden de vista a sus tropas.
Sin embargo, los efectos de estas importantes sustancias mensajeras ya se habían observado cincuenta años antes de que lo hicieran Starling y Bayliss. En un estudio de 1849, el científico alemán Arnold Berthold comparó gallos castrados (capones) con sus hermanos no castrados, y demostró que el primer grupo sufría cambios físicos y de comportamiento.[5]Sorprendentemente, si se reimplantaban o trasplantaban testículos a los capones, de modo que se reiniciaba la producción de la hormona testosterona (que se descubriría más adelante), los gallos volvían a poder cacarear. Estos experimentos siguen cautivando la imaginación de escritores y científicos, sobre todo porque sugieren la existencia de un «elixir de la juventud eterna».
La ópera Corazón de perro, del compositor Alexander Raskatov, es un buen ejemplo. Inspirada en una novela de Mijaíl Bulgákov de 1925,[6]la ópera narra la historia de Sharik, un perro callejero al que implantan la glándula pituitaria y los testículos de un delincuente famoso. Como resultado, el animal se convierte en un criminal sin escrúpulos llamado Sharikov, y todos sus comportamientos y decisiones se derivan de sus impulsos (controlados por las hormonas). Sólo una segunda operación puede ofrecer redención a este perro víctima de la testosterona.
Incluso en la literatura más antigua, como el Antiguo Testamento, encontramos referencias a la existencia de las hormonas. Aunque en aquella época no se disponía de técnicas para detectar la presencia de hormonas en la sangre, la Biblia describe su «empuje» como «la vida de la carne [que] en la sangre está» (Levítico, 17, 11). Es muy probable que algunos personajes de la Biblia padecieran trastornos hormonales congénitos, como el exceso de la hormona del crecimiento del gigante Goliat. Del mismo modo, el enanismo del dios egipcio Bes y la irritabilidad y la ingente energía de Cleopatra podrían muy bien tener su origen en un comportamiento anormal de la glándula tiroides.
Volvamos a la fascinación por la hormona masculina de la eterna juventud. En 1889, el neurólogo mauritano-francés Charles Brown-Séquard, de setenta y dos años, experimentó consigo mismo, administrándose un extracto obtenido de testículos animales.[7]
En las inyecciones que yo mismo me administraba, utilizaba un líquido acuoso con los tres extractos siguientes: en primer lugar, sangre de los vasos sanguíneos testiculares, en segundo lugar, semen, y, en tercer lugar, líquido de un testículo recién extirpado a un perro o un cerdo.
Aunque la salud del profesor era razonablemente buena para su edad, en la época anterior al experimento acababa fatigado después de un duro día de trabajo, y decía padecer acidez estomacal y dolores articulares y musculares. Esto último probablemente se debía a un desgaste por artrosis, algo habitual en las personas mayores.
En mayo y junio de ese año, Brown-Séquard llegó a administrarse diez (¡!) inyecciones diarias. Pareció que casi enseguida recuperaba la energía y la fuerza; se encontraba mejor y volvía a ser capaz de subir las escaleras corriendo, literalmente. Además, la envergadura de sus bíceps aumentó de forma considerable, no se cansaba tanto y, según se dice, recuperó la virilidad. Sin embargo, la testosterona (de la que hablaremos en los capítulos siguientes) es una hormona liposoluble y, dado que las inyecciones de Brown-Séquard eran acuosas, es muy posible que se tratara de un efecto placebo.[8]
Este y otros casos han acelerado nuestro conocimiento de las hormonas en los últimos cien años. Los avances tecnológicos permiten aislar hormonas a partir de material animal e inyectarlas para observar sus efectos en humanos y animales. El descubrimiento de las hormonas más conocidas hoy en día, el estrógeno (hormona femenina), la testosterona (hormona masculina) y la progesterona (que desempeña un papel importante en la implantación del embrión en el endometrio), galardonado con varios premios Nobel en la década de 1920, no sólo dio lugar a numerosos e importantes avances científicos, sino que también ha tenido importantes repercusiones sociales y económicas. Por ejemplo, el desarrollo de la píldora anticonceptiva en la década de 1950 supuso un enorme avance para la emancipación y la independencia de millones de mujeres jóvenes. Además, gracias al éxito de los tratamientos hormonales, la carga global de morbilidad de muchas afecciones se ha reducido mucho. Y eso, a su vez, ha supuesto enormes oportunidades para la industria farmacéutica.
Por desgracia, nuestros ayudantes hormonales también pueden tener efectos negativos sobre la salud. Desde la publicación en 1962 del libro Primavera silenciosa de la bióloga estadounidense Rachel Carson (en el que señalaba el desastroso impacto de los pesticidas agrícolas sobre el medio ambiente, la calidad de nuestros alimentos y nuestro cuerpo), sabemos hasta qué punto estas toxinas pueden alterar el equilibrio hormonal.[9]Por ejemplo, las inyecciones de hormona del crecimiento obtenida de glándulas cerebrales de cadáveres humanos tuvieron el lamentable efecto de transmitir a un buen número de pacientes la enfermedad de Creutzfeldt-Jakob, una enfermedad contagiosa y mortal más conocida como «enfermedad de las vacas locas».[10] También se descubrió que el fármaco des (dietilestilbestrol), un estrógeno artificial que se recetó a muchas mujeres embarazadas en los Países Bajos en la década de 1950 y 1960 para prevenir abortos, tenía importantes efectos en la salud de sus hijas, como un mayor riesgo de cáncer e infertilidad; de hecho, incluso podía provocar anomalías en sus nietos.[11]
Nuestra salud y la de nuestra descendencia dependen en gran medida de un equilibrio hormonal adecuado, como demuestra el caso de Muna, el bebé que sufrió discapacidad mental y física debido a un defecto en la producción de hormonas tiroideas. En este libro explicaré la influencia de las distintas hormonas y su interrelación en las distintas etapas de la vida (desde la cuna hasta la tumba), detallando las consecuencias de una deficiencia o un exceso de hormonas, así como el efecto (a veces devastador) que estas potentes sustancias corporales tienen sobre nuestro bienestar mental y físico. Espero que el maravilloso papel que desempeñan las hormonas en nuestro cuerpo y en nuestra vida os resulte tan fascinante como a mí.
Glándula pituitaria (hipófisis), directora de nuestro cuerpo; cantidad: 1, tamaño 1 x 1 cm, tiene un aspecto parecido a un guisante. Produce hormona del crecimiento, prolactina, hormona luteinizante (LH), hormona foliculoestimulante (FSH), hormona adrenocorticotrópica (ACTH) y hormona antidiurética (ADH), también conocida como vasopresina. Función: ordena a otras glándulas que produzcan hormonas.
Glándula pineal (epífisis cerebral); cantidad: 1, tamaño 0,5 x 0,5 cm, tiene un aspecto parecido a una piña de pino. Produce melatonina. Función: ritmo diurno y nocturno, calidad del sueño, inhibe la producción de hormonas sexuales hasta la pubertad.
Glándula tiroides; cantidad: 2, tamaño 5 x 3 cm, tiene un aspecto parecido a las alas de una mariposa. Produce T4 y T3 (mediante TRH y TSH de la hipófisis); regula el metabolismo, el ritmo cardiaco y la temperatura corporal.
Glándula paratiroides; cantidad: 4, tamaño 0,5 x 0,5 cm, tiene un aspecto parecido a un granito de arroz. Produce hormona paratiroidea (PTH), importante para la calidad ósea y para metabolizar el calcio.
Estómago; cantidad: 1, tamaño 30 x 10 cm, tiene un aspecto parecido a una pera cabeza abajo. Produce ghrelina (la hormona del hambre) y gastrina. Función: digestión.
Páncreas; cantidad: 1, tamaño 14 x 3 cm, tiene un aspecto parecido a una pera plana. Produce insulina y glucagón. Función: niveles de azúcar y metabolismo de los lípidos.
Tejido adiposo; presente en todo el cuerpo, especialmente en la región abdominal; tamaño variable. Aspecto: papillas de sémola. Produce leptina y estradiol (a partir de la testosterona). Función: suministro de energía, elasticidad de la piel.
Glándula suprarrenal; cantidad: 2, tamaño aprox. 1 x 1 cm, aspecto parecido a un dedal. Por influencia de la CRH (hormona liberadora de la corticotropina) del hipotálamo y la ACTH de la hipófisis, produce aldosterona, cortisol, estrógeno DHEA (deshidroepiandrosterona) y testosterona. Importante para: la tensión arterial, el equilibrio de azúcar y sal, el sistema inmunitario y la libido. La médula suprarrenal produce (nor)adrenalina, importante para la respuesta al estrés.
Duodeno; cantidad: 1, tamaño 20-25 cm; aspecto parecido a un neumático de bicicleta. Produce colecistoquinina (CCK), serotonina, péptido similar al glucagón (GLP-1). Función: digestión.
Ovarios; cantidad: 2, tamaño 5 x 3 cm, aspecto parecido a croquetas. Producen estrógeno, progesterona y testosterona bajo la influencia de la GnRH (hormona liberadora de gonadotropina), FSH y LH a través de la hipófisis. Función: ciclo menstrual, desarrollo mamario, reproducción, y masa y calidad ósea.
Testículos; cantidad: 2, tamaño entre 4 y 5 cm, aspecto parecido a huevos de Pascua en una bolsita. Producen testosterona. Importante para el esperma, la reproducción, el deseo sexual, la masa muscular, el crecimiento de la barba, y la masa y la calidad ósea.