1. Caroline

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CAROLINE

—¡Caroline!

Me despierto de golpe y estoy a punto de caerme de la cama. La voz de mi hermana Riley me fuerza a recuperar la consciencia con mucha más efectividad que las doce alarmas que he parado esta mañana.

Eso me pasa por quedarme despierta hasta las tres de la madrugada toqueteando mi porfolio para enviarlo a la Universidad de Columbia. Añadí un artículo que acababa de terminar sobre la receta supersecreta de galletas de Navidad de la panadería local, que se remonta a cinco generaciones atrás. Al parecer, una tía abuela incluso mató a un hombre para protegerla, lo que ha convertido este artículo en una apuesta bastante más arriesgada que el resto de mis reportajes sobre nuestro pueblecito obsesionado con la Navidad…

Sin embargo, si las miradas matasen, Riley se podría haber encargado del trabajo tranquilamente. Se aparta de mi difunto tímpano izquierdo y se cruza de brazos, enfundada en su sudadera gastada de color verde bosque del equipo de fútbol de Barnwich.

—¿Podemos no llegar tarde por una vez, por favor?

Gruño y gimo un «no» mientras ruedo para enterrarme otra vez debajo de mi edredón calentito.

—Es martes de tortitas —añade. Ruedo en el sentido contrario de inmediato—. Lo que imaginaba —suelta, y me deja sola para que me enfrente a mi frenética rutina mañanera de martes. Me pongo unos vaqueros y una rebeca extragrande y me cepillo los dientes al mismo tiempo que preparo la mochila. Luego me pongo un poco de máscara de pestañas y el número de anillos necesario para que a la gente le quede claro que me gustan las mujeres.

Mientras bajo las escaleras en dirección a la cocina y a las tortitas, que son lo único que habría sido capaz de sacarme de la cama hoy, Blue, mi border collie blanco y negro, me sigue al trote, repiqueteando con las uñas sobre el parqué. Se me escapa una sonrisa cuando doblamos la esquina y veo a Riley echarse una cantidad de nata montada que desafía la gravedad directamente en la boca y a mis dos hermanos mayores, Levi y Miles, zampándose cada uno un montón de tortitas como si les fuera la vida en ello. Ambos están ya en la veintena, pero los martes de tortitas se presentan en casa religiosamente.

—¿Vosotros dos no tenéis casa propia? —pregunto mientras me sirvo una taza de café. Me vuelvo justo a tiempo para que una tortita se me estampe en toda la cara. Me la despego y le doy un mordisco mientras Riley se ríe.

Papá, que está friendo el beicon de pavo, deja de canturrear y se da la vuelta con el delantal ondeando al viento para señalarnos a los cuatro con la espátula.

—¡Si alguien vuelve a lanzar otra tortita os quedáis sin martes de tortitas durante un año entero!

—Eso no se lo cree nadie, viejo —replica Levi con desdén negando con la cabeza.

—Tú ponme a prueba, chaval —replica mi padre con una sonrisa desafiante. En ese momento, mi madre interrumpe el enfrentamiento entrando en la cocina como si nada. Papá mira de reojo el reloj de inmediato. Incluso después de veinticinco años sigue preocupándose por que llegue…

—Tarde. Voy a llegar tarde —masculla ella. Me quita la taza de café de las manos y le da un trago.

Mamá viaja de Barnwich a Pittsburgh cada mañana para trabajar en el bufete de abogados que fundó con su mejor amiga de la universidad, y casi siempre va con unos minutos de retraso. Una vez, mi padre adelantó los relojes cinco minutos, pero no supuso ningún cambio. Fue como si, en su fuero interno, ella supiera que no marcaban la hora correcta. Menos mal que desde la estación de Barnwich salen trenes hacia Pittsburgh cada diecisiete minutos, si no, nunca llegaría al trabajo antes de la reunión matinal que ella misma programa.

Supongo que en eso he salido a ella, porque cuando miro el reloj, yo también me doy cuenta de que no me queda más que un minuto y medio para meterme el resto de esta tortita que tanto necesito en la boca y salir pitando.

—Bueno, el caso es que necesitamos sustento —dice Miles, retomando la conversación—. Mañana tendremos una noche ajetreada en el bar y tenemos que prepararnos. Hace dos semanas compramos una máquina de karaoke y los miércoles de karaoke han marcado un antes y un después. —Echa un vistazo al calendario organizado por colores de su móvil, pasando por los amarillos, los rosas y los verdes a toda velocidad.

Levi y él ahorraron casi cada centavo que caía en sus manos desde los primeros años de instituto para abrir el Her­manos Beckett, un bar en la esquina entre la calle Mayor y la calle del Pino, resultado de la obsesión de mi padre por el programa Pesadilla en el bar y su deseo de encontrar su propio nicho en este pueblecito de Pensilvania que gira en torno a la Navidad. Hace dos Navidades, renovaron con mucho mimo el local después de alquilárselo con un buen descuento al propietario, el señor Burton, que también es nuestro vecino. Luego nos reclutaron a Riley y a mí para ayudarles a pintar y a comprar cosas a través del Marketplace de Facebook. Nos pagaron con helado en verano y con chocolate caliente en invierno. Este ha sido el primer año entero que han estado abiertos y lo han dado todo para seguir a flote y sacar beneficios: noche de trivial, citas exprés, música en directo y ahora, al parecer, karaoke. Hacen todo lo que está en su mano para mantener el bar en funcionamiento, pero ha sido difícil verlos sufrir, como les ha pasado a la mayoría de los negocios del pueblo durante los últimos años.

—No sé yo si es verdad eso de que han marcado un antes y un después… Todavía me sangran los oídos de la semana pasada —gruñe Levi con la boca llena.

Y a mí también, la verdad. Me mandó un vídeo de una chica que estaba intentando emular a Celine Dion a voz en grito pero que parecía un gallo con dolor de garganta.

—Pero vendréis a la fiesta de Janucá, ¿no? —pregunta mamá, tamborileando con los dedos sobre la que hace unos instantes era mi taza de café, preocupada por llegar tarde, como siempre, pero sin hacer nada para ir más rápido—. Le dije a la abuela que vendríais los dos.

—Pues claro —responde Miles con un resoplido mientras selecciona un día subrayado en su detallado calendario para demostrarlo—. Perderse su brisket sería un crimen.

Como mamá es judía y papá católico, esta época del año es una mezcla de villancicos, latkes, calcetines nuevos y… esa desconexión que tan familiar me resulta: existir en ese espacio liminar entre las dos religiones. Ese espacio consiste en no ir a la iglesia ni a la sinagoga, pero tener una cesta de Pascua y que te manden al campamento judío al norte de Nueva York al que fue toda la familia de mi madre. Significa tener árbol de Navidad y regalarnos jerséis espantosos, pero reducir al máximo el número de regalos que te deja Papá Noel.

Sin embargo, lo principal es que no te sientes ni lo bastante cristiano ni lo bastante judío, sobre todo si vives en un pueblo en el que la Navidad es una institución.

Aunque nunca me ha dado la impresión de que Levi y Miles hayan tenido que lidiar con ese sentimiento. Se las han arreglado para encontrar su sitio en Barnwich enseguida, y supongo que yo todavía no, a pesar de los artículos que escribo.

—¿Estás lista? —me pregunta Riley mientras se mete un último trozo de beicon de pavo en la boca antes de correr a por su mochila.

Asiento, le lanzo el último bocado a Blue y le robo la taza de café a mamá para darle un último trago. Luego voy al recibidor a abrigarme bien.

—¡Hasta luego! —grito antes de encasquetarle un gorrito a Riley en la cabeza. Abro la puerta principal y las dos bajamos los escalones resbalando entre risas antes de dirigirnos hacia Bertha, el viejo Toyota Camry plateado con el que trajeron a Miles del hospital, antes de que fuera pasando de Beckett en Beckett hasta tocarme a mí. Riley sube al asiento del copiloto y lo enciende mientras yo quito la cantidad indispensable de hielo del parabrisas.

—¿En serio, Caroline? ¡Yo no veo nada! —protesta Riley mientras me pongo al volante.

—Pensaba que no querías llegar tarde —contesto mientras tiro la rasqueta al asiento de atrás.

—No, claro, pero también me gustaría llegar viva —replica mientras se pone el cinturón de seguridad—. Tendrían que haber suspendido las clases por la nieve —masculla frotándose las manos.

—¿Suspender las clases por la nieve? ¿En Barnwich? Por favor… —Nuestras casi constantes tormentas y nevadas por efecto lago son uno de los factores principales que hacen que vivir en Barnwich sea como vivir dentro de una de esas típicas bolas de nieve.

Giro la llave para arrancarlo y Bertha se despierta refunfuñando. Lucha desesperadamente para hacer tracción con las ruedas hasta que, por fin, empezamos a desplazarnos poco a poco por la calle.

—¿Tienes algún examen esta semana? —le pregunto. Riley hace un ruidito afirmativo. Tiene un guante colgando de la boca: ha decidido arriesgarse a perder un dedo por congelación para escribirle un mensaje a su grupito—. ¿Necesitas ayuda para estudiar? —Hace otro ruidito afirmativo mientras escribe.

Aunque vamos tarde, conduzco despacio, curioseando por la calle Mayor, para darle tiempo a las ventanas a que se descongelen un poco más. Contemplo las coloridas fachadas y los escaparates de las tiendas, las lucecitas que recorren la calle en zigzag por encima de nosotras y los lazos rojos y las coronas de Navidad verdes de las farolas encendidas. El espíritu navideño, tan acogedor y cálido, es más imposible de evitar que nunca. No me sorprende que este sitio haya sido uno de los principales destinos turísticos navideños durante décadas. Cada diciembre, la gente se acerca a nuestro pueblecito a beber chocolate caliente, montar en trineo, comprar regalos hechos a mano y hacerse fotos con el señor Green, nuestro fontanero reconvertido en Papá Noel. Por no hablar de nuestro árbol de Navidad, con su correspondiente ceremonia de encendido, que sigue siendo el cuarto más grande del país.

Sin embargo, desde que yo era niña, la cantidad de gente que viene ha disminuido bastante. Mucho. Y aunque, en esta época del año, Barnwich sigue siendo mágico, no se puede negar que todo el mundo debe esforzarse más para atraer a los visitantes y mantener a flote los pequeños negocios familiares de la calle Mayor. Parece que no quede otro remedio que exacerbar nuestras tradiciones, añadiendo pirotecnia al encendido de las luces, aumentando los premios de nuestros concursos de chocolate caliente y casitas de jengibre, disfrazando de elfo a los conductores de los trineos tirados por renos que recorren la calle Mayor… Es… es demasiado; y, aun así, la sensación de que falta algo perdura.

Cuando lo pienso, me asalta de nuevo esa melancolía que no puedo evitar que acompañe a la emoción que provoca esta época del año.

—Anoche hicieron unas fotos a Arden saliendo de una discoteca. Iba hecha mierda —dice Riley mirando su teléfono. Me aferro al volante con más fuerza; cualquier rastro de espíritu navideño que me quedara se esfuma de repente con la mención de mi ex mejor amiga, dejándome a solas con la melancolía.

—Esa boca —murmuro, sin saber muy bien si me refiero a que mi hermana de doce años haya dicho una palabrota o a que haya nombrado a la persona que para mí es más sinónimo de Barnwich que la Navidad misma.

Hace ya cuatro años que se fue de Barnwich para hacerse un nombre en Hollywood y me dejó atrás, pero en cierto modo es como si nunca se hubiera ido. Su presencia, o mejor dicho, el fantasma irreconocible de la misma, sigue acechándome en cada esquina. Desde los periódicos sensacionalistas que venden junto a la caja del supermercado a los tuits virales, pasando por los tiktoks cuidadosamente editados por sus seguidores, que la adoran.

Arden James, Arden James, Arden James.

Y Riley no me ayuda en nada. Insiste en tenerme al corriente sobre cualquier avistamiento de Arden que consiga pasarme desapercibido, informes que adereza con todo lujo de detalles aunque yo no quiera tener absolutamente nada que ver con ella.

Sin embargo, cuando paro en el aparcamiento del colegio de mi hermana, no puedo evitar echarle un vistazo rápido a la foto que Riley me ha puesto en los morros. La larga melena oscura y los ojos castaños de Arden todavía me resultan familiares, si bien los veo muy distintos al mismo tiempo. Y no es solo por esa mirada vidriosa y desorientada, producto de lo que sea que se haya tomado.

—Hoy tendrás que volver a casa en autobús —le digo mientras la pantalla se pone en negro y el rostro de Arden desaparece. Aparco el coche y Riley se quita el cinturón—. He cogido un turno en donde Edie.

El Comedor de Edie, el adorado restaurante local y otra de las razones por las que soy incapaz de olvidarme de Arden por mucho que lo intente. La propietaria es su abuela, famosa por sus increíbles tortitas, que tengo que reconocer que son mejores que las de mi padre, y por un café que despertaría a un muerto.

No puedo negar que el dinero me viene bien, pero el verdadero motivo por el que trabajo allí es Edie. Como Arden ya no vive aquí y sus padres andan trotando por el mundo, me gusta echarle un vistazo, en especial ahora que todo empieza a costarle un poco más. Es más dura que una piedra, pero a veces incluso las piedras necesitan que las cuiden, igual que ella nos cuidó a nosotras durante años. Nos preparaba batidos y tortillas rellenas y nos dejaba jugar en la cocina del restaurante.

Una razón más para guardarle rencor a Arden. Por haber dejado atrás también a su abuela.

—Vale, pero solo si me traes una galleta blanca y negra.

—Trato hecho.

Riley se despide y corre escaleras arriba para encontrarse con sus amigas del fútbol, mientras yo sigo un poco más abajo hacia el instituto, que está en esta misma calle. Aparco en uno de los pocos sitios que quedan y suelto un gemido al darme cuenta de que, aunque Riley ha llegado justo a tiempo, yo voy tarde, como siempre.

Cojo la mochila y me dirijo resbalando por el pavimento congelado hacia el instituto de Barnwich, para luego patinar por el pasillo lleno de taquillas verdes en dirección al aula que me toca. La campana suena justo cuando planto el culo en mi silla, en la esquina del fondo.

—Buenos días —me saluda Austin Becker casi cantando mientras me pone delante un café con leche y caramelo que necesito tanto como respirar. Ventajas de tener un amigo que trabaja en el turno de mañana del Barnwich Café.

—Buenos días —contesto agradecida, cogiendo el café de sus manos color marrón dorado, con los largos dedos llenos de anillos de plata. Mientras tanto, el señor Fisher pasa lista antes de anunciar el orden del día.

Cuando empecé el instituto, el otoño después de que Arden se marchara, cruzar las puertas de entrada sin mi mejor amiga me resultó muy intimidante. Pero, por suerte, Becker venía justo antes de Beckett en la lista y Austin era nuevo en Barnwich, así que pude hacer borrón y cuenta nueva con alguien a quien le gustaban los libros y Phoebe Bridgers tanto como a mí. Este chico de pelo negro y rizado, que toca la guitarra y es demasiado guay para el colegio pero aun así fue elegido rey del baile antes que su novio, que es el capitán del equipo de fútbol americano, ha sido mi ángel salvador y abastecedor de café desde ese primer día.

Abro la tapa antes de darle un trago y, por supuesto, hay una obra de arte hecha con espuma encima: un perro casi idéntico a Blue. Suelto un silbido y a él se le ilumina la cara con una sonrisa cuando hago varias fotos de su obra.

Cuando vuelvo a poner la tapa, Maya, la última pieza de nuestro trío, se da la vuelta desde su asiento y apoya los codos en mi mesa.

—¿Qué tal vas con la solicitud para Columbia? ¿La has enviado ya? —pregunta. Suelto un gemido. Ella desvía los ojos azules para encontrarse con los de Austin, que son color avellana, y cruzan una mirada cómplice—. ¿Tan bien?

—Es que me siento como si… —Niego con la cabeza—. Como si no tuviera nada en el porfolio que destaque de verdad, ¿sabéis?

Austin se echa a reír, negando también con la cabeza.

—Eres la editora jefe del periódico del instituto desde segundo, tus notas son ridículamente buenas y ganaste un concurso de escritura estatal por el reportaje que escribiste sobre la reconstrucción del Barnwich Café después del incendio.

—Sí, y estoy segura de que todos los demás estudiantes que piden plaza en el programa de Periodismo de Columbia tienen cosas parecidas en sus solicitudes, si no mejores. ¿Y si todo lo que yo he hecho es demasiado…? No sé. Demasiado de pueblo. No lo bastante grande. —Ahora mismo, ni siquiera el artículo sobre la panadería que acabo de añadir me parece una gran apuesta.

Ni siquiera con lo del asesinato.

Levanto la mano cuando el señor Fisher pronuncia mi nombre y cambio de tema.

—Bueno, ¿cómo está Finn?

Y como si me hubiera oído llamarlo, el novio de Austin, Finn, asoma la cabeza de pelo dorado por el aula para saludar a Austin antes de que el señor Fisher lo mande a la suya. Finn se pone colorado (oigo a sus colegas del fútbol meterse con él en el pasillo) y Austin pone los ojos en blanco y reprime una sonrisa.

—Como siempre. —Sacude la cabeza—. La semana que viene, el primer día de vacaciones, vamos a montar en trineo, por si os queréis apuntar. Finn dice que Taylor Hill, la del equipo de animadoras, ha preguntado si vendrás. Parece que le gustas.

¡¿Taylor Hill?! ¿Que yo le gusto a Taylor Hill?

—Suena divertido. —Me encojo de hombros como si nada y juego con el protector de cartón del vaso de café.

—¿Lo de montar en trineo? —pregunta Maya mientras se inclina hacia mí y enarca las cejas—. ¿O Taylor Hill?

Resoplo y niego con la cabeza. Ahora me toca a mí ponerme roja.

—Bueno… La verdad es que nunca había pensado en ella de ese modo.

A ver, me he dado cuenta de que es guapa, objetivamente. Es la cocapitana del equipo de animadoras, rubia, sonrisa perfecta… Pero la verdad es que nunca me he parado a pensar en nadie de esa forma. Al menos, no desde hace mucho tiempo. Estoy abierta a ello, pero no he sentido…

Pienso en Finn y en Austin. Las chispas que saltan entre los dos son casi visibles.

Eso.

—¿Todavía sigues pillada por Julie Shapiro, la del campamento judío? —Austin da un trago de su café y me dedica una mirada cómplice—. A no ser que…

«No».

Lo fulmino con la mirada y le doy un manotazo en el hombro, tapado por una camisa de cuadros, antes de que le dé tiempo a pronunciar su nombre, pero unos ojos castaños y vidriosos que conozco bien iluminados en la pantalla del móvil de mi hermana aparecen en mi mente de todos modos. Tan inoportunos como siempre.

Aunque Austin nunca conoció a Arden, tanto Maya como él saben que para mí fue algo más que mi mejor amiga. Que siempre estoy buscando ese sentimiento, pero que nunca lo encuentro.

Me pregunto si podría incluir en mi solicitud para Columbia que durante los últimos cuatro años no he tenido vida romántica de ningún tipo. Quizá me aceptarían por pena.

Clavo los dientes en mi labio inferior, pero, por suerte, tanto el discurso del señor Fisher como la conversación que estamos manteniendo terminan en ese preciso instante. Miro al frente y, a pesar de tener la mirada perdida, me obligo a concentrarme en lo que más importa.

Columbia.

Más que las chispas o que Taylor Hill o que Arden James.

Esta vez, seré yo la persona que deje Barnwich atrás para perseguir sus sueños. Mis sueños.

Lo deseo tanto que casi puedo saborearlo. Sin embargo, cuando miro por la ventana y veo los copos blancos que caen poco a poco, me doy cuenta de que, por mucho que a veces me sienta atrapada en esta bola de nieve navideña, nunca seré capaz de despedirme del todo. Para mí no es tan fácil dejar atrás a la gente.

Ni olvidarme de ellos.

Después de clase, cruzo el pueblo para ir a donde Edie. Las campanillas de la puerta repican cuando entro y me encuentro con el suelo de ajedrez, los bancos de cuero gastados de color verde menta y una hilera de sillas giratorias. El olor de la comida de Edie que emana de la cocina hace que me ruja el estómago, aunque no hace mucho rato que he comido, y siento que relajo los hombros por primera vez en todo el día. Aquí siempre me da la sensación de tener las ideas más claras, y aunque el estrés que me provoca la solicitud para Columbia no se esfuma del todo, se me antoja casi manejable.

—¡Hola, Edie! —la saludo mientras corro al fondo para quitarme el millón de capas que llevo puestas. Al doblar la esquina, casi me doy de bruces contra Harley, la universitaria que trabaja aquí desde hace dos años, que va vestida con su ropa alternativa y está haciendo equilibrios con los brazos llenos de platos.

—¡Cuidado! —exclama mientras me esquiva sin que se le caiga una sola patata frita.

La cabeza canosa de Edie asoma por la ventanilla de la cocina. Me saluda moviendo la espátula; se la ve mucho menos alegre que de costumbre. Para ser una abuela coreana de apenas metro y medio, su imponente presencia en el restaurante es siempre imposible de ignorar. Mientras me ato el delantal y me recojo el pelo rubio rojizo en una cola de caballo, se limita a decirme, con ese marcado acento sureño cortesía de su infancia en Georgia:

—En fin, esta vez se ha lucido, ¿eh?

Vacilo; el antiguo instinto de defenderla burbujea en mi garganta.

Pero, en lugar de hacerlo, asiento. Porque tiene razón, y yo a Arden no le debo nada. Ya no.

No volvemos a hablar del tema en toda la tarde, pero sé muy bien lo que se le está pasando por la cabeza. En cierto modo, Edie siempre se ha culpado. Cuando vivían en el pueblo, al menos podía cuidar de Arden mientras sus padres se pasaban el día peleándose. Y también podía cuidarla yo, invitándola a casa con su mochila a cuestas y haciéndole sitio en mi cama para que pasara ahí la noche.

Pero Hollywood está demasiado lejos y, por lo tanto, fuera de nuestro alcance. Sobre todo cuando la persona que está allí no hace nada por acortar distancias.

Encontró la fama. Ya no nos necesita.

Mientras recojo una hamburguesa doble y unas patatas fritas para la mesa tres de la ventanilla, le dedico a Edie una sonrisa tranquilizadora, intentando aliviar un poco su culpa. Al fin y al cabo, ella siempre decía que los padres de Arden eran incapaces de estar mucho tiempo en el mismo sitio. Que Arden nos dejara tiradas era de esperar, teniendo en cuenta que era lo único que conocía.

2

ARDEN

—¡Buenos días! ¡Buenos días! ¡Sal de la cama!

Un tsunami de agua helada me cae en toda la cara. Me incorporo de inmediato, tosiendo, y me limpio los ojos hasta ver unos ojos azules y una maraña de pelo castaño rizado. Mi representante, Lillian, me devuelve la mirada mientras mastica un chicle de hierbabuena.

—¿Estás de broma? —gruño mientras me aparto los mechones de pelo mojado del rostro.

—Pues no. Llegas tarde… otra vez —añade mientras se dirige a las ventanas para abrir las persianas de bambú.

»T… —Persiana—. A… —Otra persiana—. R… —Una tercera persiana—. D… —Una cuarta—. E.

Sube la última persiana, revelando unas vistas panorámicas de la playa de Malibú, con las crestas blancas de las olas rompiendo sobre las rocas oscuras de la orilla. Pagué millones de dólares por estas vistas, pensando que así al menos podría relajarme en la playa de vez en cuando, pero hace dos años que no piso la arena.

—Sí, ya sé deletrear.

Un rayo de luz atraviesa las nubes que cubren el cielo y me tapo los ojos con la mano, intentando aliviar el dolor punzante de mi cabeza.

—Pues nadie lo diría, porque es evidente que no sabes leer tus horarios ni ninguno de los cinco recordatorios que te mandé aye… Anda, hola —dice, suavizando ligeramente el tono de voz. Miro por entre mis dedos y veo una forma que se mueve bajo las sábanas, a mi lado. Una chica con el pelo rubio platino y muy despeinado asoma la cabeza. Aunque lleva el maquillaje de anoche y tiene tanta resaca como yo, debo decir que es una de las chicas más guapas que he visto nunca. Eso es algo que nunca escasea en Los Ángeles.

—¿Arden? ¿Tienes que irte? —pregunta, apoyándose en el codo y subiendo la sábana para taparse—. Pensaba que podríamos desayunar…

Ay, Dios.

—Lo siento, eh…

«¿Miranda? ¿Jackie? Mierda. ¿Su nombre no empezaba por L? Un momento… Creo que era una A…».

Lillian, que está a los pies de la cama, interviene justo a tiempo:

—Esta tiene un rodaje de un anuncio para el que ya llega media hora tarde, así que si no te importa ir tirando, cariño, sería excelente. Puedes cogerte un zumo prensado en frío de la nevera de camino a la puerta.

Lillian me saca de la cama y yo cojo el edredón para taparme las vergüenzas antes de dedicarle a la rubia una sonrisa de disculpa.

—¿Estás intentando acabar conmigo? —masculla Lillian negando con la cabeza mientras me lleva al baño.

—No a propósito.

Suspiro.

—Pues parece que sea a propósito, Arden. Este numerito de chica mala se suponía que iba a ser un personaje de cara a la prensa, algo con lo que llamar un poco la atención. No tenía que ser tu vida real. Te acuerdas de ese detalle, ¿no?

—Ya lo sé. Ya lo sé —contesto mientras me pellizco la nariz. Lo dice como si fuera fácil. Como si fuera posible pasarse años fingiendo ser algo que no quieres ser y, de algún modo, no convertirse exactamente en eso. Como si ella no supiera lo hondo que esta ciudad puede clavarte sus garras.

—Y funcionó. Ahora te conoce todo el mundo. Te busca todo el mundo. Fuiste tú la que me dijo que quería un giro, un cambio de imagen. Si quieres que la gente te vea como a una actriz adulta y seria, tienes que comportarte como tal. Por Dios, Arden, al menos tienes que llegar puntual.

—¡Ya lo sé, Lil! Yo…

—Si lo sabes, ¿por qué lo primero que he visto esta mañana al despertarme son fotos tuyas colocada perdida, liándote con un montón de gente en una fiesta la noche antes de un rodaje?

«Porque la idea de quedarme sola toda la noche en esta casa tan grande y tan vacía era insoportable, joder».

—Lo siento. Yo no… —Me froto la cara con las manos—. No sabía que había cámaras. Se suponía que era una fiesta privada.

—Eres Arden James. El año pasado, tu nombre fue el más buscado en Estados Unidos, solo por detrás del de Taylor Swift. Siempre hay cámaras. Siempre habrá cámaras. Siempre. Y este rodaje es para la Super Bowl. Podría haber pagado mis tres divorcios con lo que vas a ganar solo por sonreír y sostener una botella delante de una cámara durante una condenada hora. Me pasé un mes al teléfono con los ejecutivos para convencerles de que eras la persona adecuada para este papel. Céntrate —me riñe mientras me empuja hacia el baño—. Dúchate. Ya te he pedido el desayuno en la cafetería de abajo. Te lo puedes comer en el coche de camino al estudio.

Me asomo por la rendija de la puerta y le dedico una mirada de disculpa.

—Gracias, Lillian. Te debo una.

—Ya lo creo —contesta mientras escribe en el móvil con una mano y me pasa un café y un ibuprofeno con la otra. Luego levanta la vista y me dedica una sonrisilla sarcástica—. Me debes dos, en realidad. También te he ahorrado el trabajo de fingir que te acordabas del nombre de esa chica.

Una hora más tarde, Lillian me lee el horario para el resto de la semana mientras yo estoy sentada en la caravana de maquillaje y peluquería, terminándome el segundo café de la mañana.

—Hoy, cuando termine este rodaje, estás libre, pero no vuelvas a hacer locuras —me advierte clavándome la mirada mientras me tiran del pelo largo y castaño oscuro para recogérmelo y me ponen medio kilo de corrector para tapar las ojeras—. Mañana tienes la prueba con Bianchi.

«Bianchi».

—No me olvidaré —le prometo, pensando en los cientos de anotaciones que he añadido al guion, que está en mi bolso. Me he preparado tanto que las páginas están gastadas y arrugadas.

Y, de todos modos, me tiemblan las piernas solo de pensarlo.

Ni siquiera me acuerdo de la última vez que había deseado de verdad un papel, pero esta prueba lleva más de un mes quitándome el sueño. Anoche salí de fiesta porque no soportaba quedarme ni un minuto más a solas con mi cabeza.

Mi carrera ha ido de Disney a que me encasillen en comedias románticas de heteros, sobre todo después de que mi debut en Netflix hace dos años rompiera todos los récords y mandara mi nombre directo a todos los titulares.

Pero esto… Esta película es un drama sáfico sobre una chica de pueblo y de origen asiático que consigue dejar atrás su vida rota y construirse una mejor. Parece que la hayan escrito para mí y solo para mí.

Igual que Meryl Streep como Miranda Priestly o Tom Hanks como Forest Gump.

Este papel es mío.

Además, trabajaría con los mejores. Bianchi convierte en oro todo lo que dirige. Forma parte de A24. Ha recibido ovaciones de más de diez minutos en Cannes con todo el público de pie. Lo han nominado en más categorías en los Óscar que en las que no.

Es justo lo que estaba esperando, mi oportunidad de llevar mi carrera en otra dirección. Pero he de demostrarle a Bianchi que tengo más que ofrecer que lo que ha visto hasta ahora. Que sé hacer algo más que dar réplicas graciosas, ser una chica sexy frente a la cámara y hacer que un tipo cualquiera se enamore de mí de una forma que a la revista Variety le gusta definir como: «simpática pero fácilmente olvidable».

Esta es la razón por la que también quiero cambiar mi imagen.

Convertirme en la última bala perdida de Hollywood me ayudó a que todos los ojos se volvieran hacia mí, tal y como Lillian me prometió, pero se suponía que era un medio para llegar a un fin, y no la imagen por la que se me conocería durante el resto de mi vida. Estoy preparada para que me tomen en serio. Quiero que me tomen en serio. Quiero ganar un Óscar en lugar de otro Teen Choice Award.

Solo necesito una oportunidad. Y, para conseguirla, he de ofrecerle a Bianchi una actuación que recuerde más que mi reputación o que mi página de IMDb. Así que no sé por qué cuanto más se acerca el gran día más me cuesta no perder el control.

—Sé lo mucho que quieres ese papel. No te decepciones a ti misma —me dice Lillian.

Antes de que pueda siquiera responder, el director comercial irrumpe en la habitación con Marc Nicholson en per­sona, el heredero de la fortuna del agua embotellada Ni­cho­l­son.

Intento no hacer una mueca cuando la puerta se cierra con un fuerte golpe.

—Siento mucho haber llegado tarde —me disculpo con dulzura mientras me levanto a saludarle. El director me fulmina con la mirada, pero Marc Nicholson hace un gesto como quitándole importancia con una mano muy bronceada, antes de estrechar la mía.

—No hay ningún problema —dice con un fuerte acento sureño y las comisuras de los ojos azules arrugadas. El apretón de manos se alarga más de la cuenta—. Vaya, es cierto lo que dicen por ahí. La cámara engorda. —Se echa a reír y me mira de arriba abajo y luego de abajo arriba. No sé si debería reírme, darle las gracias o un bofetón, pero antes de que me decida le da un codazo al hombre larguirucho que tiene al lado—. Hazle un resumen, Richie.

«Richie», el director, se sube las gafas de pasta y hace un gesto teatral, como barriendo el aire con la mano.

—Cinco escenas diferentes a través del tiempo para mostrar la legendaria agua Nicholson en el pasado, en el presente y en el futuro. Tú, en el presente, subiéndote a un coche después de una entrega de premios y dando un trago de lo más refrescante. Tú, hace ciento cuarenta y seis años, cuando se fundó la empresa, abriendo una botella después de un largo día lavando ropa. Tú, dentro de ciento cuarenta y seis años, con una botella de agua Nicholson en la mano mientras tu vehículo cápsula conduce solo. Tú…

Echo un vistazo a la ropa colgada de un burro que hay en una esquina mientras continúa. Los vestidos van de la elegancia victoriana al sueño húmedo de George Lucas. Luego miro a Lillian, que me dice con su expresión que me reprima y no ponga los ojos en blanco.

—¡No me puedo creer que Arden James en persona esté en mi plató! —Marc Nicholson, que tiene treinta años más que yo, me rodea arrastrando una mano por mi espalda y luego se acerca tanto a mí que noto sus labios en mi oreja—. Tengo una reserva en tu discoteca preferida para esta noche, por si te apetece celebrarlo —susurra para que nadie más lo oiga, pero, aun así, Lillian se pone rígida, preparada para intervenir.

La miro y niego con la cabeza con sutileza. Luego me aparto de Nicholson y me esfuerzo para no limpiarme la humedad de la oreja.

En lugar de eso, le dedico una mirada coqueta muy ensayada que he usado demasiadas veces y con demasiados hombres.

—Me encantaría, pero tengo que prepararme para una prueba muy importante —contesto y me vuelvo hacia Richie, que suelta otra diatriba sobre el marcaje en las escenas y su visión del rodaje.

Pero yo he dejado de escucharle, porque resulta que, en realidad, todo esto no importa. Resulta que la única razón por la que estoy aquí es para que este cabrón viejo y rico pueda invitarme a cenar. Para que intente impresionarme con una reserva que podría conseguir yo misma con los ojos cerrados. Bien podrían haber contratado a una muñeca hinchable para hacer este trabajo.

—¿Lo has entendido? —pregunta Richie, y yo asiento rezumando seguridad.

«Gánate el sueldo y luego te largas», me digo.

—Sí, entendido.

Cuando en maquillaje y peluquería ya han terminado y me he cambiado los vaqueros y la sudadera extragrande por un vestido brillante, me llevan a plató.

Y luces, cámara y acción. Hago lo que tengo que hacer.

Sorbitos de agua más dramáticos de la cuenta, sonrisas pícaras, cambios de vestuario y diálogos cutres que leo de un teleprónter.

Después de la elegancia victoriana y de los años setenta, tengo una pausa para comer. Vuelvo a la caravana con Lillian pegada a mis talones, escribiendo sin parar en su móvil.

—¿Cómo va? —me pregunta mientras me dejo caer en la silla giratoria negra que hay delante del espejo iluminado.

—Bueno, he empezado el día con alguien tirándome agua en la cara, así que…

—Podrías haberte puesto una alarma —sugiere Lillian sin levantar la vista del teléfono.

—Y tú podrías haber sido un poco más amable.

—Bueno, Arden, cuando ha pasado lo mismo quince veces, una se cansa. Mi trabajo no consiste en ser amable, cariño. Soy tu representante, no tu ma… —Se calla y levanta la mirada.

Se me ponen los pelos de punta.

«Madre». A la que no he visto en dos años, ni a ella ni a mi padre. Cuyos problemas creí que podría arreglar con mi éxito.

Y puede que lo hiciera, de algún modo. Dejaron de discutir por culpa del dinero, pero nunca más volvieron a prestarme atención, y ni aun así parecían satisfechos. Eso es lo que me hizo darme cuenta de que yo era la causa de sus problemas, y no la solución. La aguafiestas que no les permitía cumplir sus sueños de tener una vida nómada.

Recuerdo la primera vez que se fueron. Mi madre me despertó llevándome el desayuno a la cama: zumo de naranja recién exprimido, tortitas con forma de corazón y una tortilla.

—Buenos días, cielo. Tu padre y yo nos vamos a ir de viaje, pero volveremos el lunes por la mañana para llevarte a plató —me informó con una voz casi tan suave como su caricia sobre mi mejilla, dos cosas a las que yo no estaba acostumbrada. No fue hasta más tarde, al ver los paquetes en la basura, cuando me enteré de que habían pedido ese desayuno perfecto en la cafetería que había en nuestra misma calle. Igual que no me había enterado todavía de lo mucho que iban a cambiar las cosas.

Primero fueron solo unos días en Florida, o un fin de semana en Las Vegas para «reconectar». Luego necesitaron un jet privado para ir a Fiji. Un mes en un yate en Santorini. No tardé en dame cuenta de que pasaba más tiempo con la señora que habían contratado para limpiar la casa que con mis propios padres.

El día de mi decimosexto cumpleaños, recibí una llamada de mi madre desde Italia, cuando se suponía que iban a volver a casa a celebrarlo conmigo.

—Hola, mamá, ¿cómo va? —pregunté, con la esperanza de que no se les hubiera retrasado el vuelo.

—Hola, cariño. Escucha, vamos a tener que alargar el viaje unas cuantas semanas más —me informó, como si estuvieran en un viaje de negocios y no retozando por ahí y gastándose mi dinero.

—¿Hay alguna otra cosa que quieras decirme? —le pregunté con los ojos llenos de lágrimas.

—Ah, sí. A Lillian le ha llegado otro guion para no sé qué de Netflix. Se rueda en Los Ángeles de marzo a junio. Es mucho dinero, cielo. ¡Le he dado luz verde!

No fui capaz de mediar palabra. No pude hacer más que contener la respiración mientras las lágrimas rodaban por mis mejillas.

—Adiós, cariñ… —Y colgó antes de terminar siquiera de despedirse, así que ni mucho menos me dijo «feliz cumpleaños».

Aquello fue la gota que colmó el vaso. No podía permitir que siguieran utilizándome.

Así que… inicié el proceso para emanciparme legalmente. Les corté el grifo para ver qué sentían por mí, al margen de mi dinero.

Nunca volvieron.

—Lo siento —añade Lillian, esta vez con sinceridad—. Voy a buscar un poco más de café. ¿Quieres algo del cáterin?

Niego con la cabeza.

—Estoy bien, gracias.

Me da unas palmaditas en el brazo antes de irse y, cuando la puerta se cierra, exhalo un largo suspiro. Echo la cabeza hacia atrás y doy vueltas en la silla, mirando cómo los azulejos del techo las dan conmigo. Una vuelta. Dos.

Vuelvo a mirar el espejo y contemplo la exagerada sombra de ojos azul y la melena castaña que me han rizado para conseguir unas ondas enormes. Inclino la cabeza para estudiar mi rostro antes de que lo transformen otra vez. Paso tanto tiempo fingiendo ser otra persona que a veces me cuesta reconocer a la chica que me mira desde el espejo.

Aunque tampoco es que eso sea malo. La verdad es que me encanta.

Si no, solo sería Arden.

Ya he sido ella en el pasado, y prefiero a Arden James de lejos.

Todo el mundo la prefiere a ella.

Saco el móvil y entro en Twitter. Aún no he hecho scroll ni dos veces y ya he visto una foto mía con pinta de que me haya atropellado un camión, de cuando salí anoche de la discoteca.

El titular dice: «Arden James: ¿Punto de no retorno?».

Vale, está bien, no prefiero a esa Arden James, pero en realidad esa no soy yo. Los paparazis saben cómo pillarte en tus peores momentos, porque eso es lo que vende. De todos modos, he de reconocer que últimamente ha habido más fotos de ese estilo de las necesarias para mantener las apariencias.

Pero no puedo renunciar a esa imagen antes de tener otra cosa con la que llenar el vacío que dejará atrás de forma irremediable.

Y el papel en esta película es el relleno perfecto para ese vacío.

Niego con la cabeza y abro Instagram. Le doy un me gusta a una foto de un actor mayor de mi primer papel en Blues en septiembre y luego a otra de una cantante con la que me lie una vez en una fiesta de Vanity Fair después de una entrega de premios. Solo dejo de dar doble clic cuando me encuentro con un restaurante que me resulta familiar. El Comedor de Edie. Contemplo los banquitos de cuero verde menta gastados, las botellas de cristal de Coca-Cola en la nevera de la marca, la vitrina de la barra llena de postres…

Pero eso no es lo que hace que me pare en seco.

En el centro, enfrente, con un plato a rebosar de las clásicas tortitas de mi abuela, está…

Caroline.

Hago zoom en su cara. Es la misma a la vez que distinta. Más madura. Su sonrisa parece más reservada, más suave, diferente de la sonrisa simpática que recuerdo, con aparato en los dientes. Sin embargo, sus cálidos ojos castaños son exactamente iguales, como su pelo rubio rojizo, que lleva recogido en una cola de caballo con algunos mechones sueltos.

Es natural, algo que por Los Ángeles no se ve mucho. Las chicas que forman parte de esta industria empiezan a ponerse bótox antes de tener edad para alquilar un coche. Pero yo no. No todavía. Al menos tengo algo que agradecerle a mi madre.

Dejé de preguntarle a mi abu por Caroline el año pasado, no recuerdo exactamente cuándo. No quiero enterarme por boca de otro de sus aspiraciones para la universidad, o de su grupo de amigos y la experiencia en el instituto que yo nunca tuve. Y que nunca tendré.

He dejado todo eso atrás. La he dejado atrás a ella. Y me gustaría que se quedase allí.

Pero la publicación del restaurante me lleva a darme cuenta de que no hablo con mi abu desde hace la tira… ¿Cuatro meses, quizá? Antes me llamaba a menudo, pero creo que dejé que sus llamadas fueran al buzón de voz tantas veces que se rindió. Y, siempre que cojo el teléfono para llamarla, me acuerdo de todas esas fotos mías que corren por internet y luego nunca tengo las agallas de hacerlo. Y cuanto más tiempo paso sin hablar con ella, más fácil me resulta posponerlo.

—¿Quién es esa chica?

Doy un brinco y casi tiro el móvil al otro lado de la sala al ver a Lillian mirando la pantalla por encima de mi hombro mientras remueve su café.

—Eh… —Me muevo inquieta en la silla y me aclaro la garganta—. Mi mejor amiga de cuando era pequeña. Caroline.

—Hum… —Da un trago de café—. ¿Y ya está? Estabas sonriendo como una tonta, así que pensaba que sería alguien especial. ¿No te me irás a ablandar ahora, no?

—Nunca. —Aprieto el botón lateral hasta que la pantalla se apaga y el rostro de Caroline desaparece—. Pensaba que la pausa para comer duraba solo veinte minutos —le digo. Sé exactamente lo que tengo que decirle para quitármela de encima.

Lillian echa un vistazo a su reloj y se va corriendo. Vuelve un minuto después con los dos maquilladores, que todavía están masticando los últimos bocados de su almuerzo.

Mientras estos desconocidos me frotan y me manosean en la silla giratoria, no puedo evitar pensar que, si las cosas fueran diferentes, ahora estaría sentada en uno de esos asientos verde menta en lugar de aquí. Estaría engullendo un plato de las tortitas de mi abuela con demasiada mantequilla y sirope de arce del de verdad, y estaría en la mitad de mi último año de instituto, preparándome para la famosa ceremonia de encendido de las luces del árbol de Navidad de Barnwich.

¿Seguiría haciéndolo todo con Caroline Beckett?

—¿Señorita James? ¿Está cómoda con esto? —pregunta la peluquera mientras me ajusta una peluca con el pelo liso y plateado en la cabeza.

—¿Qué? —Vuelvo a la tierra, sobresaltándome un instante al encontrarme con mi yo futurista en el reflejo—. Ah, sí. Claro.

No sé por qué estoy soñando despierta con Barnwich cuando estoy aquí, en Los Ángeles, viviendo la vida que siempre quise vivir.