Cuando todo ha pasado, continúa allí de pie, atrapada tras un muro de cristal, sacudida por un horror mudo, sísmico.
Fuera, el amanecer apenas ribetea el horizonte de dorado; el cielo sobre el Hudson es un morado incipiente, la epidermis de pizarra se vuelve plata líquida mientras la niebla retrae los dedos. El mundo permanece en una calma lechosa, ajeno aún a la carnicería del interior. Sin embargo, ella lo sabe: nada volverá a ser igual.
Aturdida, recorre con la mirada su vestido, moteado de rojo oscuro. Las manos inocentes, no sabe cómo, pegajosas por la sangre. Hay tanta por todas partes, es tan vívida…
Se le revuelve el estómago. Debe pensar en otra cosa.
Contempla los restos que quedan de la asolada habitación: el trabajo encuadernado en negro, el cuadro apocalíptico, la máscara dorada de ojos vacíos. La navaja. Al otro lado del cristal, las nubes se mueven y la hoja lanza un destello cegador.
No quiere mirar el cuerpo desplomado que hay en el suelo, el charco que sigue extendiéndose. El malestar interior aumenta. No, tiene que ponerle fin de una vez por todas.
Él está girado hacia el balcón, recortado contra los cúmulos del horizonte, con un pie adelantado en una postura de corredor. Como si se tratara de una mañana cualquiera, como si fuera a salir a hacer deporte para volver con un café humeante al relente de las primeras horas.
A lo lejos, una a una, las luces verdes de la otra orilla empiezan a parpadear.
Tiene que actuar deprisa. Se le acaba el tiempo y ella aún se encuentra en peligro de muerte.
Se tapa las orejas con las manos, se obliga a concentrarse en el rumor de ese torbellino interno y balsámico. Se encierra en sí misma; el tañido sosegador de una cuerda vibrante. Respira.
Abre los ojos, desbloquea el móvil y entonces hace la llamada.
—Ayúdenme, por favor —susurra mientras las lágrimas empiezan a correr por sus mejillas—. Han apuñalado a alguien. Está… Dios mío, creo que está muerto.
NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
Paciente: L. Crayne
Fecha/Hora: 10 de junio, 10.30 a. m.
Sesión: 1
Hoy hay savia nueva. La famosa actriz Lila Crayne.
Casi no la acepto. Ya hace cerca de un año que no tengo hueco para más pacientes y no conozco el trabajo de L. Sin embargo, cuando me enteré del proyecto en el que está embarcada en la actualidad y de que nuestra andadura tenía visos de ser corta, me asaltó la curiosidad.
Primera sesión. L. entra en la consulta ilusionada, me tiende la mano. Por un momento no sé qué pensar; esperaba a una estrella contenida y sofisticada. Por su actitud abierta y cándida, jamás habría dicho que es un icono estadounidense.
Le ofrezco té; acepta. Menciona que viene por recomendación expresa de Brielle, una buena amiga suya. Enseguida impone su presencia en el espacio: se quita los zapatos y se acurruca en un extremo del sofá. Parece relajada, segura de sí misma; casi como si no fuera consciente del entorno terapéutico.
Mientras preparo la tetera, L. comenta que se ha fijado en los diplomas del vestíbulo; ella también estudió en Princeton. Dado que le saco tres años, hemos calculado que debimos de coincidir un curso, aunque no nos conocemos. Comento que me sorprende no haber sabido que había una actriz famosa entre el alumnado, pero dice que no se dedicó a su carrera de manera profesional hasta después de la universidad. Parece importante para ella establecer lazos respecto a nuestro pasado común, clubes, etcétera. Pregunto si se siente cómoda trabajando conmigo a pesar de las coincidencias: sí.
Su nuevo proyecto cinematográfico: adaptación feminista de Suave es la noche, dirigida por Kurt Royall (a él sí lo conocía), su pareja desde hace años. Además de ser productora, interpretará el papel principal: Nicole Diver.
Confieso interés personal: Fitzgerald no solo fue a Princeton, como ella y yo, también es mi autor preferido (señalo una estantería dedicada a su obra) y L. se anima al saberlo. Cuento que Fitzgerald escribió una adaptación cinematográfica de Suave es la noche, pero su versión no se tuvo en cuenta.
—Parece que lo sabes todo acerca de él. Me avergüenza reconocer que yo sigo siendo una neófita. Antes de esto, solo había leído El gran Gatsby.
Digo que, a pesar del exceso de atención que se le ha dado, sigue siendo mi favorito. Lo leo cada año.
—Esto sí que es tener suerte. Qué bien, así podré consultarte mientras profundizo en su obra.
Me interesa su reacción sobre mis conocimientos sobre Fitzgerald. ¿Necesita que sea una figura de autoridad para sentirse segura? ¿Cómo reaccionará cuando la decepcione o me equivoque?
Desde una perspectiva relacional, L. tiene algo que desarma; revelo más datos personales de lo habitual. Me ha hecho pensar en su sutil carencia de conciencia de límites. ¿Una estrategia de afrontamiento adaptativa? ¿Sentido de legitimidad o necesidad de control? ¿O solo una buena sintonía inicial y señal de una relación terapéutica sólida?
Curiosidad por saber qué la atrajo de la adaptación; en concreto, qué resonancia personal tiene Suave es la noche para ella. (Conversación transcrita directamente de la grabación, con autorización previa, de la sesión):
—Creo que mi respuesta se encuentra en la tesis de nuestra película, en lo que diferencia nuestra adaptación de la novela —contesta pensándolo con calma—. Como sabrás, suele interpretarse como la trágica caída en desgracia de Dick Diver, de la que su paciente, Nicole, es culpable en buena parte. Se la considera una vampiresa; en los primeros borradores de Fitzgerald, ¡su esquizofrenia incluso la llevaba a asesinar hombres! El análisis habitual gira en torno a que el doctor Diver, víctima de su síndrome del salvador, sacrifica sus propias necesidades cuando se casa con Nicole y asume todos los problemas de ella como propios. Ella continúa parasitándolo y, con el tiempo, se hace más fuerte y lo consume poco a poco. Al final, Nicole se recupera y abandona a su marido, un hombre roto y desquiciado.
»Sin embargo, nuestra adaptación redefine la historia como la liberación de Nicole. —Pausa—. A ver si sé explicarlo. Desde el principio, ella no tiene la culpa de nada, ¿o acaso no es así? Su esquizofrenia es resultado de un trauma espantoso: tras la muerte de su madre, su padre la violaba con frecuencia. Por lo tanto, su enfermedad es reaccionaria: desconfía de todos los hombres y se siente atrapada, y por eso quiere escapar de esa sensación, desesperadamente. Su padre la abandona, pero la reputación de él permanece intacta. Luego ella conoce a su médico, Dick, y se enamora.
—Un caso de transferencia de libro —añado—. Nicole transfiere sus sentimientos de dependencia a Dick de inmediato ya que lo considera tanto un amante como un protector, una mezcla de la pareja sentimental y el cuidador paternal que había encontrado en su padre.
—Y, en contra de los consejos de los demás médicos, Dick decide casarse con ella.
—Su relación empieza con una base inestable —apunto—. Desde el principio, el equilibrio de poder es desigual y Nicole depende de Dick para su propia estabilidad mental.
—De manera que, al considerarse capaz de ser su amante y su médico al mismo tiempo, el propio Dick es responsable de crear la relación tóxica de la que se culpa a Nicole en última instancia. Y, en lugar de ayudarla a superar su trauma, se niega a abordar la cuestión de su pasado. La silencia.
—Y luego está Rosemary, claro.
—¡Exacto, Rosemary! —exclama—. El donjuanismo incorregible de Dick, la búsqueda de mujeres jóvenes y vulnerables, resulta irresistible para Nicole, dado su pasado con su padre. Al principio, Rosemary es una menor, una actriz impresionable con un complejo bagaje paternal. E, igual que Nicole, se enamora de Dick, un hombre mucho mayor que ella. De nuevo, en lugar de actuar de manera responsable, Dick sucumbe al deseo de Rosemary de que este adopte el papel tanto de amante como de padre. Cuando Nicole descubre que mantienen una relación y sufre un episodio esquizofrénico, en ese momento, su héroe se convierte en el mayor de los traidores.
Nos miramos fijamente.
—Veo que lo captas —dice L.—. Nuestra versión de Suave es la noche no es una nueva tragedia sobre un hombre blanco torturado. Es una historia feminista de curación, de desagravio. En ningún momento se culpa a Nicole de su enfermedad mental, sino al trauma que sufrió a manos de su padre y del propio Dick. Al final de la historia, ella solo tiene veintinueve años, pero aun así ha conseguido hacer pie en la realidad, con firmeza, y por fin logra valerse por sí misma. Dick se vuelve inestable y autodestructivo, y se dirige hacia su propia muerte, pero Nicole supera su trauma y se reivindica. Es libre.
Lo reconozco: tesis impresionante. Bien hecha, la adaptación puede ser sensacional.
Pregunto por qué acude a terapia ahora, a punto de rodar Suave es la noche.
Se ruboriza y explica que tiene fama de ser una actriz camaleónica, de meterse tanto en el papel que apenas se la reconoce. Además, dado el trasfondo del personaje, cree importante trabajar su propio trauma de la infancia. Me ha buscado a mí en concreto por mi especialización en traumas relacionados con violencia doméstica.
Pregunto si ha ido antes a terapia. Contesta que es la primera vez, siempre ha llevado una vida muy ajetreada, no lo había considerado una prioridad.
—Lo que seguramente quería decir que no estaba preparada para mirar a mis traumas a la cara. Pero ahora sí.
—Muy valiente por tu parte.
—¿Sí? Yo no lo veo así. Es necesario.
Muestra un nivel alto de autoconciencia. Es inteligente, sincera y sabe expresarse. En todo este rato no ha dejado de mirarme ni un solo momento; parece centrada en trabajar y tratar de ser buena paciente.
Pido que me hable sobre su trauma infantil. Curiosidad por saber cómo Suave es la noche podría ayudarla a relatar lo que ella entiende por su propia experiencia.
Cuenta que su padre murió en un accidente de coche hace unos veinticinco años, cuando ella tenía ocho.
—Iba borracho. Aunque era algo habitual en papá. Apenas lo recuerdo sobrio.
—¿Conducía él?
Asiente.
—¿Puedes decirme qué ocurrió esa noche?
—No lo recuerdo.
Espero.
—No recuerdo nada de esa noche —explica—. Y estaba allí.
—¿En el coche?
—Mi madre y yo, las dos. —Sopla el té y se recompone—. O sea, sé lo que ocurrió. Sé lo que dice el informe. Era tarde y había poco tráfico. Papá iba haciendo eses por la carretera y, por lo visto, invadió el carril contrario y chocó contra un camión. Mi madre se rompió un brazo y varias costillas. Yo perdí un diente y tuvieron que darme un millón de puntos en la frente, la mejilla y la barbilla. Todavía tengo una cicatriz, ¿ves? Las dos tuvimos conmoción cerebral. Pero papá perdió mucha sangre mientras llegaba la ambulancia. No pudieron reanimarlo.
—¿Y no recuerdas nada de todo eso?
Niega con la cabeza.
—Quizá fuera la conmoción cerebral, pero no recuerdo absolutamente nada de esa noche.
Llegamos al acontecimiento central de un trauma infantil severo. Liberar recuerdos reprimidos sobre la muerte de su padre podría ser crucial para su curación. Espero poder ayudar a L. a reconstruir su memoria durante nuestras sesiones, sacarla a la luz.
Antes de acabar, vuelvo de nuevo a la expresión que ha utilizado: mirar el trauma a la cara. Pregunto qué significa.
L. dirige los ojos hacia mí un momento. Al final, contesta, en voz baja.
—Quiero conocer tu opinión sincera: cuando alguien te ha hecho algo horrible, ¿es posible llegar a recuperarse de verdad? ¿O llevas esa cicatriz para siempre? ¿Hay alguna forma de eliminarla… y, más importante aún, de eliminar el poder que tiene esa persona de volver a hacer daño?
—¿Tú qué piensas?
L. sonríe a medias.
—No lo sé. Por eso he acudido a ti.
—Bueno, creo firmemente en la curación. No me dedicaría a esto si no fuera así.
No parece convencida.
—Las cicatrices desaparecen de manera gradual, Lila. Cada vez son menos visibles y, con el tiempo, incluso olvidas que las tienes. Forman parte de ti; al final, ni siquiera eres capaz de recordar qué aspecto tenías sin ellas.
»Mi opinión profesional, ya que me la has pedido, es que, cuando alguien ha sufrido un trauma, lo más recomendable es trabajarlo. Hacerse preguntas. Como has dicho, mirarlo a la cara. Es el único modo de que pierda el poder que tiene sobre ti.
—Jonah. —Me observa fijamente—. ¿Crees que puedes ayudarme a hacerlo?
—Lila. —Sonrío—. Sí.
—Joder, qué guapa. Estás para comerte.
Tras pensárselo, se inclinó y le chupó el cuello.
Ella se echó a reír.
—No me digas que después de tantos años finalmente te he vuelto hetero.
Freddie sonrió.
—Si alguien pudiera, esa serías tú.
Ella se giró hacia la imagen reflejada en el espejo infinito. Un sinfín de Lilas Crayne se multiplicaban hasta donde alcanzaba la vista, desde el centro del sistema solar que ocupaba. Se movió un poco para estudiar su imagen y, en torno a ella, miles de Lilas cambiaron de postura al unísono.
Su mejor amigo la abrazó por la espalda.
—Me encanta —murmuró—. Muy Eva al desnudo.
Lila contempló el reflejo de ambos en el apagado resplandor del baño del dormitorio. A pesar de los rincones angulosos, del espejo infinito, era el espacio en el que se sentía más segura.
—Míralos —dijo, sonriendo con dulzura a sus duplicados—. Míralos bien.
Había conocido a Freddie James unos años atrás, en Los Ángeles, en el plató de la exitosa película de Kurt Royall, A su tiempo. Por entonces, Kurt ya se había hecho un nombre dentro de la industria del celuloide, mientras que Lila seguía en pañales, cinematográficamente hablando. Freddie, por su parte, contaba con un par de películas a su espalda y, por consiguiente, con un par de lecciones aprendidas.
Fue un amor a primera vista; no tardaron en hacerse inseparables e irse a vivir juntos. Lila admiraba su capacidad de adaptación, la atención con que observaba todo, el interés con que escuchaba. Creyó conocer al verdadero Freddie desde el principio. La mayoría de la gente se precipitaba a la hora de juzgarlo y atribuía cierta condescendencia y crueldad a su afilado y lacónico ingenio. Sin embargo, Lila enseguida supo ver más allá de todo eso; sabía que se trataba de alguien leal y bondadoso, cualidades casi imposibles de encontrar en el mundo en el que se movían.
Cuando A su tiempo se convirtió en un éxito de taquilla, Lila se vio lanzada al estrellato al instante y se ganó el título de novia de América. De pronto, todos cuantos la rodeaban empezaron a esforzarse en complacerla, en atraer su atención, en caerle bien. Freddie fue la única persona que no cambió ni una pizca. Con él, no había temor de que tratara de camelarla. Para él siempre sería Lila, sin más; una igual, una amiga.
Mientras la carrera de ella se afianzaba, Freddie se enamoró del dueño de la empresa de relaciones públicas más respetada del sector. Las señales de alarma eran de manual y Lila las advirtió desde el principio. Conocía demasiado bien las relaciones tóxicas e iba a hacer cuanto estuviera en su mano para sacar a Freddie de aquella. Después de tres duros años soportando el maltrato de su pareja, Freddie por fin fue capaz de admitir que ella tenía razón. De modo que —con paciencia y cuidado— Lila ideó un plan para ayudar a su amigo a escapar de esa situación.
Seis meses antes, Suave es la noche había obtenido el visto bueno y, a petición de Lila, Kurt le había ofrecido a Freddie el papel de Tommy Barban. La película pondría casi cinco mil kilómetros de por medio entre su ex y él, y (al menos así lo esperaba ella) lo ayudaría a olvidar para siempre la tortuosa relación. Freddie había hecho las maletas en Los Ángeles y había cruzado el país entero hasta Nueva York, donde Lila lo había recibido con los brazos abiertos.
—Alegra esa cara —trató de animarla con suavidad—. Sabíamos que este día llegaría. No puedo quedarme a dormir en vuestro sofá el resto de mi vida.
Ella se encogió de hombros.
—Ya sabes que Kurt te adora…
—Claro que sí. —Freddie sonrió y al momento adoptó un personaje—. Cariño, soy el prototípico amigo gay del alma. Mi sola existencia hace que Kurt se sienta muy… —enarcó una ceja— hetero.
Por mucho que Lila odiara reconocerlo, sabía que era cierto. En presencia de Kurt, Freddie siempre asumía el papel de reinona fabulosa y, ante tanta ostentación, Kurt se relajaba de manera inevitable, tranquilo ante la evidencia de que Freddie no albergaba ninguna intención oculta e ilícita.
Frotó la nariz contra el cuello de Lila.
—Anímate. Me mudo al Soho, no a Siberia. Además, el cumpleañero merece tenerte solo para él esta noche. Espero que los dos acabéis liando una buena.
Ella sonrió.
—Ya tenemos una edad.
—Quiero acrobacias. ¡Pirotecnia! Mientras tanto… —Se alisó la camisa, el pelo—. Tengo trabajo que hacer.
Lila le quitó una pelusa del cuello.
—¿Te vas ya para allá?
—Sí. Tu motivadísima ayudante ha estado enviándome mensajes como una posesa. De no ser por ti, bloquearía a esa petarda. Pero, no te preocupes, representaré mi papel. —Se dio unos retoques mirándose en el espejo—. Estaré radiante, animadísimo, y todo sin despeinarme; encantador y sarcástico a partes iguales. Me los ganaré en un santiamén, pondré a prueba su paciencia, los lubricaré bien de alcohol antes de que Kurt nos deje boquiabiertos con su desmedida y viril…
Lila intentó darle un manotazo.
—… presencia. —Sonrió—. Mira que tienes una mente sucia.
—Gracias, Freddie. —Le tocó la mejilla—. ¿Qué haría sin ti?
—Lila. —Él le tomó la mano y le besó la palma—. Te debo la vida, literalmente. Es lo mínimo que puedo hacer.
Lila apretó una de las paredes que se reflejaban y la puerta invisible se abrió para expulsarlos de su santuario al mundo que los esperaba. Conforme descendían la escalera que conducía a la amplia estancia, Lila se maravilló una vez más de su buena suerte.
Cuando Kurt y ella se mudaron a la ciudad, Lila encontró un loft en el extremo sur del West Village, un espacio magnífico de lujosas dimensiones, con una altura gótica, una distribución alargada y un diseño resplandeciente y desnudo más propios de Tribeca que del Village. Los suelos eran de hormigón; las paredes, de un denso esmalte blanco; y las tuberías, de un rojo sangre y con cierto brillo plateado, estaban expuestas de manera artística. El apartamento se ubicaba en West Street, a dos pasos del Hudson. Kurt y ella eran dueños de la última planta del edificio, una vivienda con techos de seis metros de altura, revestida casi en su totalidad de relucientes paneles de vidrio insonorizados. Estas ventanas sobresalientes, que observaban la ciudad como enormes ojos que todo lo ven, daban la impresión de que en cualquier momento se alejarían flotando como nubes celestiales; pero, por desgracia, los ojos eran incapaces de alzar el vuelo, anclados al suelo por la verdadera joya: la impresionante terraza privada, que envolvía el edificio entero con una sonrisa satisfecha. Las entrañas de la vivienda se abrían a los muelles, que parecían encontrarse al alcance de la mano, a las aguas deslumbrantes en las que se mecían embarcaciones señaladas con boyas, a los madrugadores deportistas que pasaban trotando.
Después de despedirse de Freddie con un beso, Lila devolvió su atención al cumpleañero, que la esperaba en el balcón. Kurt estaba apoyado en la barandilla con un martini helado en la mano. Era un corredor de sangre caliente y bullente, siempre con ansias de ir a la cabeza, de ganar. Esa noche llevaba una camisa blanca y almidonada con el cuello desabrochado, unos pantalones azul marino entallados y unos mocasines de cuero color crema. Fornido, melena densa y entrecana, piel tostada.
El suave susurro de los cristales cuando Lila abrió la puerta del balcón.
—Freddie acaba de irse —anunció—. Me ha pedido que te dé las gracias de nuevo.
Él se giró, apoyó los codos en la barandilla y la miró de arriba abajo.
Lila había escogido algo que lo provocara: un vestido lencero color champán, sin espalda, que se ceñía con delicadeza a su esbelto y sinuoso cuerpo. Con transparencias, de los que obligan a mirar dos veces cuando se ven de lejos para cerciorarse de que quien lo lleva no se pasea desnuda. La viva puñalada de sus labios era el único destello de color.
—Estás impresionante, Crayne.
—Feliz cumpleaños. Cariño, no sabes lo que te tengo preparado.
—Ya lo estoy viendo —aseguró él, bebiendo un sorbo de martini.
—Luego, semental —dijo Lila, y sonrió.
—¿Cuál es la sorpresa?
Le quitó la copa.
—No sería una sorpresa si te lo contara, ¿no?
Kurt alargó los dedos hacia sus caderas.
—Paciencia, señor Royall —insistió Lila, y se metió una aceituna en la boca.
Un suave gruñido.
—Solo unos minutitos. Seré rápido.
—¿Tú? Nunca.
Kurt se echó a reír.
—Vas a volverme loco, ¿lo sabes?
Lila se inclinó hacia él.
—Ese es el plan —le susurró.
Montaron en el ascensor privado que los llevó a la calle, donde Daniel los esperaba en el coche, y recorrieron las calles arboladas del Village seguidos por el equipo de seguridad. Lila aprovechó para enviarle un mensaje a Freddie durante un momento en que Kurt estaba distraído hablando por teléfono con uno de los productores de Suave es la noche.
Llegada en menos de cinco min. Reúne a las tropas de borrachos.
Él contestó al instante.
Recibido, capitana. Alegres y entonados.
Tras doblar hacia una calle adoquinada, Daniel se detuvo delante de un restaurante encajado en los bajos de un edificio de piedra rojiza. Kurt levantó la vista del móvil.
—¿El sitio francés ese nuevo?
Ella lo besó en la mejilla.
—No me digas, Sherlock.
—¿Estás segura de que está abierto? —preguntó mientras bajaban del coche—. No veo luces.
—La inauguración oficial no es hasta la semana que viene —contestó Lila—. He hablado con el dueño. Esta noche solo nos sirven la cena a nosotros.
—Qué detalle —murmuró Kurt—. Gracias, cariño.
Ella se dio la vuelta, sonriendo. La modestia no era uno de los fuertes de Kurt Royall. Anhelaba el calor excitante de los focos, el embate turbulento de las masas.
Abrieron la puerta y entraron.
—No sé por qué está todo tan oscuro —dijo Lila, tomándolo de la mano.
—¿Hola? —llamó Kurt—. ¿Hay alguien?
Una risita ahogada y de pronto todas las luces estallaron y bañaron el lugar en un resplandor dorado. Sus amigos salieron de un salto de sus escondites y lo recibieron con gritos y sonrisas resplandecientes mientras corrían hacia él y los abrazaban a ambos.
«Feliz cumpleaños, Kurt, querido», exclamaron; y tenían razón, sería un feliz acontecimiento, ¿cómo no iba a serlo? Lila había procurado que se hiciera realidad y todo había salido a pedir de boca. Exultante, Lila miró a Freddie, que estaba apoyado en el marco de la puerta con la elegancia de una pantera que se lame las zarpas con complacencia, y este le devolvió el saludo con la cabeza y le envió un beso. Lila lo había logrado una vez más, conocía a Kurt Royall mejor que él mismo. Y aquello solo acababa de empezar.
Los camareros entraron y se movieron con agilidad entre los invitados ofreciendo burbujeantes copas de champán. Encendieron velas y el local se atenuó y danzó en las sombras de las llamas mientras las paredes de seda salvaje absorbían el resplandor. En un rincón, un grupo de músicos tejían el aire de satén acompañados de un solista de jazz que canturreaba en francés. Más allá, unas ventanas arqueadas daban a un jardín oscuro engalanado con lucecitas que parpadeaban como estrellas prendidas en la noche aterciopelada.
Habían dispuesto las mesas con perfectos manteles de hilo en un amplio rectángulo, un banquete digno de un rey, el mismísimo señor Royall. Y el festín era exquisito: mejillones salteados bañados en un dedo de sopa de limón, mantequilla y salvia; quesos fuertes y con cuerpo, de cortezas que apenas conseguían contener el delicioso aroma que rezumaban, desplomados sobre lechos de hojas verdes penetrantes y herbosas. Baguettes, aún calientes, que endulzaban el aire de harina y lo llenaban de los silbidos de la masa al estirarse y separarse, sobre las que se extendían generosas capas de mantequilla sin sal, dispuestas en suaves bloques. Les escargots, hirviendo a fuego lento en sus saquitos individuales, arremolinados en perejil, sal y aceite. Et le foie gras, batido pero espeso, tan ligero y untuoso que los invitados lo comían a cucharadas. En fin le solomillo, aún chisporroteando, reluciente y tan tierno que todavía rezumaba sangre. Tout était parfait.
Después de que se sirviera el plato principal, Lila se disculpó y fue al lavabo a fin de prepararse para el gran momento. Se miró en el espejo, se restregó el cuero cabelludo con vigor para que el pelo le cayera en bucles esponjosos alrededor de la cara, alzó los pezones erectos bajo la tela y se aplicó más barra de labios. Había llegado la hora.
Antes de regresar con sus invitados, se detuvo en la entrada un instante y paseó la mirada entre ellos, contemplando a aquella espléndida pandilla. Bobby y Greta Starr, los dos conjuntados de negro, como era previsible. Bobby Starr dirigía Olympus Pictures, la distribuidora vinculada provisionalmente a Suave es la noche. Lila sabía que Starr utilizaría la celebración de esa noche para engatusar a Kurt y convencerlo de que rodara la enésima película anodina de acción. Por su lado, Greta, la directora ejecutiva de Vogue, tenía sus propios planes: les había suplicado a Lila y a Kurt que posaran para la portada de agosto, y Lila había accedido a modo de favor. Greta era hilarante, sobre todo cuando iba de cocaína hasta las cejas, como a todas luces ocurría esa noche.
A la derecha de Greta: Dean, el magnate multimillonario de los fondos de alto riesgo que invertía religiosamente en las películas de Kurt (su contribución a Suave es la noche superaba cualquier cifra anterior), y su novia, Yuliana, la modelo que de vez en cuando aparecía en algún anuncio, aunque en realidad dedicaba más tiempo a disfrutar de su condición de influencer, retozando y poniendo posturitas para sus trescientos mil seguidores. Estaba a un par de copas de restregar su culo raquítico y huesudo contra Dean y Kurt y de suplicarle a Lila que se lo montara con ella. (Lila, como siempre, se negaría).
A continuación, Kaylee, la joven promesa que Kurt hubiera querido que interpretara el papel de Rosemary hasta que Lila le hizo cambiar de opinión. Estaba convencida de que se habían acostado en algún momento, y esa noche Kaylee parecía creerse muy sutil mientras le tiraba la caña a Kurt para que él se la tirara de nuevo. A modo de distracción, Lila había enviado a Freddie a fin de que la entretuviera, y —a pesar de que la inclinación sexual de Freddie nunca había sido un secreto— Kaylee ya estaba deslizando los dedos por el muslo de este con ánimo juguetón.
Zev Winters, niño prodigio del cine y mujeriego consumado, que había adornado casi todas las películas de Kurt (incluido un papel en Suave es la noche), y su reciente (tercera) esposa, Sarah, abogada y amante de todo tipo de hábitos saludables. Lila sospechaba que esa repentina predilección de Zev por los gustos ordinarios era una señal más que probable de que seguía dándole duro a la vida de crápula. En cualquier caso, Sarah era una belleza, y parecía endiabladamente lista, así que sin duda no duraría mucho a su lado. Zev tenía un encanto sin par, pero nunca había sido capaz de mantener la polla dentro de los pantalones.
Los demás eran todos iguales. Deslumbrantes, con sus vestidos de alta y delicada costura y sus cuerpos moldeados a la perfección; hasta su piel irradiaba una riqueza embriagadora. Unos más despiertos, otros más distinguidos, otros más carismáticos, pero, pese a esas ligeras anormalidades, todos ejercían un imperioso poder de atracción mientras orbitaban su mutuo esplendor magnético y alardeaban con un ronroneo de las compañías que frecuentaban, sedientos, de todas formas, por alcanzar lo más alto. Ojos vidriosos y brillantes, carcajadas, manos en llamas, sonrisas cegadoras. Desquiciados, del primero al último. Y aun así, esa noche, como siempre, Kurt y Lila quedaban a un lado, venerados, pues a los ojos del mundo pertenecían a la realeza de la pantalla grande.
Lila regresaba a su asiento cuando sintió que alguien la agarraba por la cintura y, con un grito de júbilo, acabó en el regazo de Freddie.
—Mi héroe —dijo Freddie, plantándole un beso en los labios.
Ella sonrió.
—¿Y tú mi heroína?
—¡Madre mía, Lila, esta fiesta es soberbia!
Lila miró a Kaylee, que sonreía con esfuerzo. La pobre parecía empeñada en llevarse a Freddie a casa esa noche y quedaba claro que Lila estaba aguándole la fiesta. ¿Cómo resistirse?
—¿Sabes quién es soberbio? —preguntó Lila, y volvió a besarlo, regalándose esta vez.
—¡Disculpe, señorita, la persona a la que está metiéndole mano es mi juguete sexual! —gritó Kurt desde la otra punta de la mesa.
Lila echó la cabeza hacia atrás para lanzar una carcajada ronca a la que se unieron el resto de los comensales mientras sus ojos jugaban al ping-pong entre la preciada pareja. Por fin había empezado el encuentro final.
—¿Y tendría la amabilidad de decirme en qué me convierte eso, señor Royall?
Kurt contrajo los labios en una sonrisa.
—Por favor, en mi musa, ¿en qué si no?
—¡Sí, señor! —gritó alguien con voz macerada.
—Me gustaría hacer un brindis —anunció Kurt, y empujó la silla hacia atrás para levantarse—. Lila Crayne, mi tentación, mi belleza, mi amor, mi perdición. Mi vida era muy distinta antes de conocerte, cariño mío, y gracias a ti, nunca será igual. Es el cumpleaños perfecto: una habitación llena de las personas a las que más quiero y aprecio. Como todos sabéis bien, he estado viviendo y respirando como Fitzgerald para la siguiente película…, y, en este absorbimiento actual por F. Scott, tengo la sensación de haber tropezado con mi propia fiesta a lo Gatsby. Un grupo tan deslumbrante…, con tanto estilo, fama y glamour… —Hizo una pausa y guiñó un ojo—. Y tanto alcohol corriendo a raudales…
Los orgullosos acusados lo vitorearon y aplaudieron.
—A mí me gustan las fiestas multitudinarias, ¿a ti no? —susurró Freddie a la oreja de Lila, quien sonrió ante la referencia—. En las pequeñas no se tiene intimidad.
—Gracias por celebrarlo conmigo esta noche —prosiguió Kurt—. Y gracias, amor, por reunirnos a todos. —Alzó la copa—. Por Lila.
—¡Por Lila! —resonó en el restaurante.
La homenajeada se levantó y le hizo un gesto con la cabeza a Freddie, quien extrajo el móvil con disimulo. Lila le quitó la copa y se volvió hacia los invitados.
—Qué típico del señor Royall brindar por alguien que no sea él mismo en su puto cumpleaños. —Todos rieron—. Pero esta noche voy a perdonárselo, y Kurt sabe que no le perdono ni una.
—¡Ya lo creo que no! —Kurt sacudió la cabeza pesaroso.
Kaylee inspiró con brusquedad al lado de Lila, quien la resarció acariciándole el pelo pardo rojizo. A su pesar, la joven sonrió.
—Kurt, amor mío, ¿no sabes que esta noche la estrella eres tú? De hecho, aún te tengo reservada otra sorpresa… Bueno, al menos de las que se pueden mostrar en público.
Una mujer gritó divertida y varios hombres lanzaron una risotada rijosa. Lila recorrió la mesa deslizando la mano por los hombros de los invitados junto a los que pasaba.
—Kurt, el mundo entero sabe que eres un genio, un prodigio, una figura revolucionaria y transcendental en el mundo del cine. Le has dado un giro a esta industria, has creado un sinfín de obras maestras y, con cada nueva película, tu trabajo crece. Eres un gran defensor de los proyectos que amas, proyectos con una importancia real, proyectos como Suave es la noche. —Miró a Starr—. Gracias de nuevo, Bobby, por dejar que esta vez Kurt te apretara un poco las tuercas.
Starr asintió con la cabeza y los invitados rieron entre dientes, comprensivos.
—Eres una persona venerada, y seguirás siendo reconocido por tus logros. Sin embargo, lo que el mundo quizá no sepa es el pedazo de hombre que eres. Y, si alguien lo sabe, soy yo.
—Ya lo creo que sí —entonó Zev arrastrando las palabras.
—Has sido muy bueno conmigo —prosiguió Lila llegando junto a Kurt y colocando su mano sobre la de él—. Me has cuidado y me has querido muchísimo, pero, como sabes, para mí no hay nada más importante que el respeto absoluto e incondicional. —Le apretó la mano—. Puedo decir con toda sinceridad que Kurt Royall es el paradigma de lo que significa ser un verdadero hombre hoy en día. Qué chica más afortunada soy que lo he cazado, ¿no?
La mesa aplaudió. Lila se llevó las manos a la nuca y se desabrochó el collar de oro que llevaba sin apartar los ojos de Kurt.
—Pero no os dejéis engañar por esta fruslería de vestido, porque esta noche quiero interpretar yo el papel de caballero.
Se quitó la larga cadena, que hasta ese momento había colgado por debajo del amplio y suelto escote en U y la dejó suspendida, reluciente, a la luz de las velas. Despacio, soltó un extremo en la palma vuelta hacia arriba, en la que apareció una fina alianza de oro.
—Cuando Fitzgerald describió lo que sentía por Zelda, dijo que era «el principio y el final de todo». He hecho grabar esa frase en el anillo, porque no hay palabras capaces de definir mejor nuestro amor. Kurt Royall. —Se quitó los zapatos de tacón de una patada y se arrodilló frente a él—. ¿Quieres casarte conmigo?
Lila lo miró con una sonrisa. En el tenue resplandor de las velas, los ojos azules de Kurt parecían negros, una negrura húmeda en la que danzaba el reflejo de las llamas.
Los súbditos guardaron silencio.
Por fin, contestó.
—Como si tuviera que pensármelo. Lila, cielo, claro que me casaré contigo.
El restaurante estalló en gritos de celebración y, al otro lado de los ventanales, el destello de los flashes de las cámaras; había llegado la prensa. Kurt la envolvió en sus brazos, y Lila sintió que el almizcle que desprendía le encendía el estómago, el vientre. Le pasó los dedos por el pelo y, cuando él se inclinó para besar aquellos labios de amplia sonrisa, Lila atrapó los suyos, carnosos y suaves, con los dientes. Sin dejar de sonreír, le mordió.
NOTAS PRIVADAS DE: J. GABRIEL
Paciente: L. Crayne
Fecha/Hora: 17 de junio, 10.30 a. m.
Sesión: 2
Inesperado desarrollo de los acontecimientos antes de la sesión de hoy. He recibido mensaje de voz de la madre de L.:
«Jonah, me llamo Karen Wolfe. Espero que no te importe que me haya tomado la libertad de ponerme en contacto contigo. Mi hija, Lila, me ha contado que empezó a ir a terapia la semana pasada y me ha dicho que sintió una fuerte conexión. Por descontado, soy consciente de que la terapia es algo privado y que lo último que necesitas es la intervención de una madre entrometida, pero no puedo evitarlo: Jonah, mi hija me preocupa. Como sabrás, su pareja es Kurt Royall, y estoy bastante convencida de que no tienen una relación sana. En fin, he hecho mis averiguaciones y sé que en cuanto a psicólogos especializados en violencia doméstica eres de los mejores. Por eso mismo espero que analicéis a fondo esa relación durante vuestras sesiones y, si tengo razón, que puedas ayudar a mi hija a salir de ahí. Claro está, te agradecería que esto quedara entre nosotros. No hace falta que me respondas, pero puedes llamarme si quieres que lo hablemos. Bueno, gracias de antemano por tu ayuda, Jonah. Adiós».
Atónito ante el tono imperioso/la violación flagrante de intimidad. He decidido no mencionárselo a L., al menos en un principio. Sin embargo, analizaré la relación con Kurt, por si las preocupaciones de Karen tuvieran fundamento.
A su llegada, L. anuncia que tiene noticias.
Cuando cierro la puerta, pregunta si la chica a la que acaba de conocer es mi novia. No se aclaraba con el código y ha tenido que llamar a la puerta.
—Me ha abierto una mujer. Pelo castaño, camiseta amarilla. ¿Maggie, creo que me ha dicho?
Contesto que Maggie es mi prometida. L. me felicita.
Ojos visiblemente enrojecidos; sarpullido en pecho/cuello. Según L., mala reacción a la prueba de maquillaje de Suave es la noche.
Adelantándose a mí, L. enciende el calentador de agua y rebusca en la caja de té: nueva imposición de su presencia.
—«Pongan agua a hervir, mucha, mucha». —Me mira—. ¿Reconoces la cita?
Sí.
—He estado estudiando a Fitzgerald. —Coge bolsita—. Diente de león. Siempre he pensado que tiene un nombre muy curioso para una infusión. —La agita y luego se pasea por las estanterías y se detiene frente a foto enmarcada—. ¿Eres tú?
Soy consciente de que se presta a confusión —foto oscura y muy borrosa—, pero sí, de hace mucho tiempo: yo en Princeton.
L. la examina en silencio y luego levanta la vista.
—Qué pequeño es el mundo, ¿verdad? Las vueltas que da la vida.
Cuando me limito a contestar con sonrisa, L. devuelve foto a estante y se ovilla en sofá.
—¿Te cuento la noticia?
Me informa de que se ha prometido. Describe fiesta sorpresa que organizó viernes por cincuenta cumpleaños de Kurt (no sabía que Kurt le sacaba dieciocho años). Y cómo, hacia el final de cena, Kurt hizo brindis romántico y L. se saltó convenciones. Momento y compañía perfectos, y por una vez habían evitado cámaras. L. propuso matrimonio.
Veo oportunidad de estudiar relación con Kurt. Interés en saber si decisión impulsiva de L. oculta algo más, tal vez preocupación o miedo más profundos. Pregunto si ya ha estado casado.
—¿Porque es mucho mayor que yo? Ha tenido unas cuantas relaciones serias, pero casi siempre ha estado soltero. Casado con su carrera.
Pregunto si el matrimonio es importante para ella.
—Bueno, sí. No es que tuviera un gran modelo de pequeña, pero ¿no es lo que suele pasar, que, cuando el matrimonio de los padres no funciona, los hijos o abominan de la institución o lo hacen bien y superan las dificultades de sus padres? ¿No son esas las dos opciones?
Contesto que las cosas no son tan blancas o negras. Creo que la relación de la persona con amor/matrimonio cubre abanico de posibilidades. Fluctúa continuamente y puede seguir cambiando a lo largo de vida.
Pregunto si eso la preocupa y dice que sí. Cuando pregunto por qué:
—Me preocupa que no sea algo fijo. Que cualquier cosa, incluso lo que alguien siente por ti, pueda cambiar o desaparecer.
—¿Tienes miedo de que ocurra eso con Kurt?
El agua ha empezado a hervir. Apago y le sirvo taza. Cuando la miro, L. fuerza sonrisa.
—Dios, supongo que soy de esas mujeres. Me da miedo que un día Kurt se dé cuenta de que no soy suficiente para él y me abandone.
Insinúo con delicadeza que el matrimonio no evita que alguien deje a su pareja.
—Lo sé, pero lo complica un poco más, ¿no? —Ríe de pronto—. No me puedo creer que esté contándote esto. Es muy humillante.
Pregunto por qué.
—¡Porque sí! No es la imagen que quiero que la gente tenga de mí. Es lo contrario de quien se supone que soy. Es decir, ¡por fin he conseguido el papel principal en una película sobre el empoderamiento de las mujeres! A lo largo de toda mi carrera, siempre me han encasillado en el de la ingenua. Habría matado por este papel, y ahora, por fin, es mío. Quiero hacerle justicia. No quiero ser la mujer indefensa que necesita que alguien la salve; eso me parece muy hipócrita. Aun así, en lo más hondo de mi ser, siempre he sentido ese extraño miedo a que los hombres, tarde o temprano, me abandonen, y a acabar sola haga lo que haga.
He querido ahondar en la raíz de esos miedos: pregunto sobre relación padres.
Recuerda a su padre como un hombre nacido para llenar puertas. Tenía dos caras: una pública y luego una privada que reservaba para L. y su madre. No soportaba que la madre y ella estuvieran unidas y lamentaba que L. no fuera niño.
Madre lo contrario de padre. Callada, dulce, cariñosa. Femenina. (Intrigado por descripción de L.; no encaja con impresión extraída de mensaje voz). Representaba papel ama de casa perfecta; si no lo hacía, consecuencias.
Padre podía ser calculador y verbalmente cruel. De vez en cuando, si L. se defendía, recurría a castigo físico. Pegaba a L. con dureza. Pero, en general, L. aprendió a esconderse.
Madre recibía mayor parte de abusos. Según él, no hacía nada bien. Siempre la menospreciaba y encontraba manera de hacerla sentir inútil, inferior. (L. se ha sonrojado en esta parte y me he preguntado si se habría reflejado en su experiencia con los hombres). Amenazas constantes de abandono por parte de padre. Pero, según L., padre siempre daba media vuelta y volvía con madre por sexo.
Pregunto qué sabe de relación sexual de padres.
Sonríe con tristeza.
—Mi madre y yo estábamos muy unidas.
Dice que la madre se lo contaba todo: obscenidades que decía, que se corría sobre ella después de comportarse como un animal. Le describía relaciones con detalle, lo egoísta que era él, lo que ella odiaba tener que acostarse con él, lo mucho que le dolía.
Comento que debió de ser traumático ser testigo de algo así. Que las relaciones sexuales forzadas sin consentimiento se definen sin ambages como violación. Pregunto con delicadeza si creía que el padre había violado a la madre.
—Por supuesto —contesta—. La obligaba a acostarse con él aunque ella no quisiera, y lo hacía casi a diario. No sé de qué otra forma podría llamarse.
Pensando de nuevo en el mensaje de Karen, me he preguntado si dinámica parental estaría repitiéndose con Kurt. Desvío conversación hacia experiencias de L. con los hombres. Le pido que hable de relaciones sentimentales/sexuales más importantes. L. me mira y sonríe de manera que no he sabido interpretar.
—¿Te sientes incómoda hablando de esto?
—No, no es eso.
Dice que está «tan escarmentada como puede estarse». Ha salido con muchas personas antes de Kurt, pero nada significativo/duradero. Pregunto por qué. Sensación de que L. oculta algo. Resistencia evidente, pero al final lo reconoce: hace años, un hombre la obligó a mantener relaciones sexuales con él en contra de su voluntad.
Descubrimiento significativo que —según propia definición de L.— sea víctima de violación. Será fundamental trabajarlo en nuestras sesiones.
Pregunto si buscó ayuda psicológica tras trauma.
—Quizá tendría que haberlo hecho. Pero ahora ya forma parte del pasado.
Insinúo con delicadeza que la experiencia podría tener repercusiones a largo plazo. Recuperarse de una agresión sexual puede llevar años y el trabajo terapéutico es esencial para curación. Importante contar con espacios seguros en que procesar experiencia/construir estrategias de afrontamiento con profesionales cualificados. También importante aprender autocuidados (físicos y emocionales) para salud mental. Quiero apoyar decisión de L. de trabajar conmigo, dado que mi especialización puede ayudarla a superar trauma. Pido que continúe.
Antes de Kurt, evitaba relaciones sentimentales. Centrada por completo en carrera. Y, entonces, hace cinco años, cuando ella tenía veintisiete, conoció a Kurt, y sucedió lo de A su tiempo.
Pregunto qué la atrajo de Kurt al principio.
—La energía que desprende, sobre todo. Es fuerte en todos los sentidos. Con él tienes la sensación de que, le eches lo que le eches, lo afrontará sin problemas.
—Te hace sentir segura.
—¡Exacto! Y, aunque no necesito que cuiden de mí, que de eso ya me he encargado yo, lo de tener a alguien que pueda y que esté dispuesto a hacerlo es maravilloso.
Sospecho que el trauma de la violación de L. es el catalizador del deseo resultante de protector sentimental, mayor y paternal. Pregunto cómo se manifiesta la diferencia de edad.
Se encoge de hombros.
—Kurt no se siente mayor. Solo adulto. Siempre que he salido con hombres de una edad más cercana a la mía he tenido la sensación de estar con niños. Eran tan predecibles, tan débiles… Con Kurt, por fin estaba con un hombre de verdad. —Me mira de refilón—. Sin ánimo de ofender.
—No te preocupes.
—¿Maggie es de nuestra edad?
No me sorprende el desvío. Pregunto por qué quiere saberlo.
—Es un poco más joven, ¿no? En eso te pareces a Kurt, como si quisieras cuidar a una mujer. Como si supieras cómo hacerlo.
L. flirtea claramente. Quizá para comprobar si puede confiar en mí como tercero neutral o si albergo un deseo secreto. O quizá solo para determinar si ella tiene el control, si es capaz de ponerme nervioso. Redirijo conversación a relación de L. con K. Pregunto cómo empezó.
L. se sintió atraída cuando lo conoció en una audición.
—Supuse que era terreno prohibido. Kurt siempre se ha considerado feminista, y con orgullo. Tiene una reputación intachable, no es un Weinstein, sino una especie de figura paterna en el mundo del cine. —Risa—. Seguramente piensas que tengo una especie de complejo paterno, ¿verdad?
—¿Cuándo pasó a convertirse en una relación sentimental?
Bastante pronto. El reparto de A su tiempo estaba a punto de anunciarse al público. Para celebrarlo, Kurt organizó un encuentro. Mucho alcohol/drogas en fiesta; todo el mundo desfasado. Al final, L. y K. solos. K. le dijo que había valorado si decirle algo o no, no quería que interfiriera con trabajo, pero no podía parar de pensar en ella. Se sentía atraído por ella; y L. confiesa que le gustó tener ese poder. (Es evidente que L. ha aprendido de sus padres a utilizar el sexo como moneda de cambio y considera el deseo masculino como indicador propia valía). K. le dijo que, si ella no estaba interesada, él no volvería a hablar del asunto. Pero tenía que preguntárselo.
—Te puso en una posición muy difícil.
—Quizá, si no hubiera sentido lo mismo. Pero sí que lo sentía. Nos acostamos y lo demás es historia.
Sensación de que hay más detrás de lo que ha contado, pero lo he dejado pasar de momento. No quiero que L. crea que cuestiono la credibilidad del relato.
En lugar de eso, pregunto si podemos ahondar un poco más en la violación. Claro traspié. L. se ha puesto a la defensiva y ha querido saber por qué. Explico que necesito conocer experiencia en profundidad para hacerme una idea más aproximada de relación con hombres. Fundamental liberar traumas del pasado para recuperación completa y abordar relación actual con visión clara.
—Pero ¿por qué estamos hablando de Kurt siquiera? No he venido a analizar mi relación de pareja. Suave es la noche empezará a rodarse esta semana y apenas hemos tocado mi infancia, que es lo que tiene que ver con mi trabajo en la película y de lo que quiero hablar.
—De acuerdo, aquí eres tú quien manda, pero reconoce que has acudido a esta sesión con intención de hablar de Kurt.
L. ha vacilado.
—No, para nada.
—Lila, claro que sí. Es lo primero que has dicho. Incluso me has recordado que te preguntara por las noticias que traías. Lo tenías en mente. Deseabas hablar de ello.
Se ha acabado el tiempo, pero quería que L. se fuera con la sensación de que caminaba sobre terreno seguro. Digo que en próxima sesión hablaremos exclusivamente de lo que ella quiera.
—Lo siento —se disculpa—. No tendría que haberte cuestionado. Espero que no te haya molestado.
—No te preocupes.
L. callada, debate interno. Al final, levanta la vista.
—Necesito saber que entro en un espacio seguro cada vez que venga. Que nuestra relación es sagrada.
—Aquí estás segura. Puedes confiar en mí.
De pronto, L. alarga brazo, me rodea los dedos con los suyos y mira las manos unidas.
—Lo sé —dice en voz baja.
Antes de poder contestar, retira la suya. Ha abierto la puerta.
—Lila —la he llamado.
Pero ya se había ido.