La presente es una obra maestra en el sentido más literal de la expresión. Tras conseguir con ella un premio literario, situó a su autor en la senda de la fama imperecedera.
Los editores del Baltimore Saturday Visiter, Charles F. Cloud y William L. Pouder, habían anunciado el 15 de junio de 1833 un certamen literario que galardonaba al mejor relato y al mejor poema presentados con cincuenta y veinticinco dólares, respectivamente. El jurado otorgó por unanimidad el galardón de narrativa a Poe el 12 de octubre de ese mismo año, y la historia se publicó a la semana siguiente.
La publicidad obtenida por el autor gracias a este temprano éxito le permitió contactar y trabar amistad con John P. Kennedy. Este presentaría el joven talento a Thomas W. White, director del Southern Literary Messenger, con el cual Poe colaboraría y del cual se convertiría en redactor con tan solo veintiséis años.
El cuento combina y entrelaza varios temas. El primero de ellos es la idea, defendida a ultranza por el capitán John Cleves Symmes, de que la tierra es hueca, abierta por sendos polos y habitable en su interior. El segundo abraza la leyenda del Holandés errante, el buque condenado a vagar por los siete mares hasta el fin de los tiempos, sin descanso ni puerto que lo acoja. Poe habría utilizado para sus propósitos la lectura de «A Picture of the Sea», de William Gilmore Simms, publicado en la Southern Literary Gazette de diciembre de 1828.
Qui n’a plus qu’un moment à vivre, n’a plus rien à disimuler.[1]
QUINAULT, Atys
Nada tengo que decir de mi patria ni de mi familia. A ambas me hicieron extraño malos procedimientos y la acumulación de los años. Tuve el beneficio de una educación poco corriente, gracias a mi patrimonio, y la inclinación contemplativa de mi espíritu me hizo apto para clasificar, según un método, todo ese instructivo material reunido y amasado por un estudio precoz. Las obras de los filósofos alemanes me proporcionaron, sobre todo, infinitos goces, no por admiración a su locura elocuente, sino por el deleite que, gracias a mis costumbres de análisis rigurosos, experimentaba sorprendiendo sus equivocaciones. Muchas veces se me ha reprochado el genio agrio y la carencia de imaginación. Me hizo célebre el pirronismo de mis opiniones.
En realidad, me temo que una gran inclinación por la filosofía física haya llenado mi espíritu de uno de los defectos más frecuentes de este siglo, o sea la costumbre de relacionar con los principios de esta ciencia las circunstancias menos susceptibles de semejante relación. Por tanto, nadie menos expuesto que yo a dejarse arrastrar fuera de la jurisdicción severísima de la verdad por los ignes fatui de la superstición. Ante el temor de que la increíble narración que voy a efectuar se considere como el frenesí de una imaginación cruda, y no como la experiencia positiva de un espíritu para el que no existieron nunca imaginativas ensoñaciones, considero oportuno este preámbulo.
Transcurridos muchos años desaprovechados en un largo y lejano viaje, me embarqué en 18..., en Batavia, en la rica y populosa isla de Java, para pasear por el archipiélago de la Sonda. Me embarqué como simple pasajero, ya que no me impulsaba otro móvil distinto de mi nerviosa inestabilidad, siempre tentadora como un mal espíritu.
Aproximadamente, nuestro barco desplazaba las cuatrocientas toneladas. Había sido construido en Bombay y llevaba un cargamento de algodón, lana y aceite de las Laquedivas. También llevábamos algún otro cargamento distinto de este: azúcar de palma, cocos y unas cajas de opio. El navío había sido groseramente estibado, y, en consecuencia, navegaba mal lastrado.
Durante algunos días navegamos a lo largo de la costa oriental de Java, sin más incidentes que el encuentro de algunos islotes, para engañar la monotonía de nuestra ruta.
Una tarde, apoyado en la borda de la toldilla, observé una nube singularísima aislada hacia el noroeste. Se distinguía tanto por su color como por ser la primera que tuvimos ocasión de ver desde nuestra partida de Batavia. Hasta la puesta del sol la examiné atentamente. Entonces se extendió de este a oeste, dibujando en el horizonte una línea precisa de vapor que asemejaba a una especie de costa muy baja. El aspecto rojo oscuro de la luna y el extraño carácter del mar no tardaron en distraer mi atención. El mar había experimentado un cambio rápido, pareciendo el agua más transparente que de costumbre. Se distinguía el fondo con toda claridad, y, sin embargo, al arrojar la sonda, comprobamos que nos hallábamos a una altura de quince brazas. El aire se hizo intolerablemente cálido y se cargó de exhalaciones espirales parecidas a las que despide un hierro al rojo.
Cedió toda la brisa con la noche y nos envolvió una calma absoluta. Sin el menor movimiento sensible, ardía hacia atrás la llama de una vela, y un cabello sostenido entre el pulgar y el índice caía recto, sin efectuar oscilación alguna. No obstante, como dijera el capitán que no advertía síntoma alguno peligroso, y como derivábamos hacia tierra, nos tranquilizamos. Se cargaron las velas y anclamos. No se puso vigía de cuarto, y la tripulación, compuesta en su mayoría de malayos, se acostó sobre el puente. No del todo tranquilo, descendí a mi camarote. Tenía el presentimiento de que iba a ocurrir una desgracia. Todos aquellos síntomas hacían temer un simún. Pero cuando se lo dije al capitán, se encogió de hombros y me volvió la espalda sin contestarme. Comoquiera que no pudiese conciliar el sueño, subí a medianoche a cubierta.
Al pisar el último escalón me aterró un rumor profundo, semejante al que produce la rápida evolución de una rueda de molino, y antes de que pudiera averiguar su causa, observé que el navío temblaba, sacudido con violencia. Un golpe de mar lo tumbó de costado, y la ola, al pasar sobre nosotros, barrió la cubierta. El mismo ímpetu del viento contribuyó a salvar el buque, aun cuando se hundió casi completamente en el agua. Comoquiera que quedasen libres sus mástiles, se levantó lentamente, vaciló un momento bajo la violenta presión de la tempestad y, por último, se quedó como había estado.
Me libré de la muerte de milagro. Aturdido por el fuerte choque del agua, al volver en mí me encontré entre el timón y el codaste. Penosamente conseguí ponerme en pie, y, al mirar a mi alrededor, supuse que nos hallábamos en una rompiente, en cuyo abismo nos encontrábamos metidos, puesto que el torbellino del mar aquel era espantoso. Oí unos momentos más tarde la voz de un viejo sueco que había embarcado unos minutos antes que el barco abandonara el puerto. A gritos le llamé y, tambaleándose, acudió a mí. No tardamos en descubrir que éramos los únicos supervivientes del siniestro. Todo lo que se hallaba sobre cubierta, a excepción de nosotros dos, había sido arrojado al mar por la borda. El capitán y los marineros perecieron durante su sueño, porque el agua inundó sus cabinas.
Nada podíamos hacer nosotros solos para salvar a la nave, ni tampoco nos dejaba en ello pensar la seguridad que teníamos de perecer de un momento a otro. Estrujados por el huracán, huíamos. El agua se precipitaba por las visibles brechas; pero, no obstante, nos dimos cuenta de que las bombas funcionaban y que el cargamento no había sufrido demasiado. Durante cinco días y cinco noches enteras, en los cuales vivimos de porciones de azúcar de palma, que conseguimos con gran dificultad en el castillo de proa, el barco continuó su huida con una rapidez incalculable ante las corrientes de aire que se sucedían espantosamente, y que, sin igualar el primer ímpetu del simún, eran, sin embargo, mucho más terribles que ninguna tempestad conocida.
Durante los cuatro primeros días nuestra ruta, excepto pequeñas variaciones, fue la de sudeste, en dirección a la costa de Nueva Holanda. Al quinto día aumentó el frío, ya que el viento procedía del norte. El sol, con un amarillento y enfermizo resplandor, ascendió unos grados en el horizonte, sin proyectar una luz franca. No se veía nube alguna, y, sin embargo, se enfriaba el viento. Se enfriaba y soplaba con violencia. Casi al mediodía despertó nuestra atención el aspecto del sol. En realidad, no despedía verdadera luz, sino una especie de sombrío y triste fulgor sin reflexión, como si estuvieran polarizados todos sus rayos. Antes de que se hundiera en el turgente mar, su fuego central desapareció súbitamente, como si una inexplicable potencia lo hubiese apagado de pronto. Cuando se sumergió en el insondable océano no era más que un disco pálido y plateado.
Esperamos inútilmente la llegada del sexto día, pero este día aún ha llegado para mí; para el sueco no llegó jamás. A partir de entonces, nos envolvieron las más espesas tinieblas. No nos era posible distinguir un objeto a veinte pasos del buque. Una noche eterna nos envolvía, y ni siquiera la aliviaba el resplandor fosforescente del mar, al que los trópicos nos habían acostumbrado. A pesar de que la tempestad continuaba, rabiosa y enfurecida, nos dimos cuenta también de que no sentíamos ninguna apariencia de resaca ni de las cabrillas blanquecinas que nos acompañaron y sacudieron días antes. En torno nuestro, el horror y la oscuridad impenetrable, y el negro desierto de ébano líquido.
Lentamente se infiltraba en el espíritu del viejo sueco un supersticioso pánico, y mi alma se hundía en muda estupefacción. Abandonamos completamente las reparaciones y cuidados del buque, y, abrazados al palo de mesana, mirábamos amargamente la oceánica inmensidad. No teníamos medio alguno para calcular el tiempo. No podíamos formar la más insignificante conjetura con respecto a nuestra situación. Pero estábamos convencidos de haber derivado mucho más al sur que ninguno de los navegantes anteriores, y nos sorprendía no hallar el natural obstáculo del hielo. Cada minuto parecía ser el último, y cada ola, la postrera que habíamos de ver. En realidad, solo por un milagro nos libramos de ser absorbidos por la marejada.
Mi compañero hablaba de la ligereza del cargamento y recordaba la excelente cualidad del navío. Pero yo, de antemano, había renunciado a la vida, y melancólicamente me preparaba para morir. Nada podía detener más tiempo de una hora a la muerte, porque a cada nuevo avance del buque, aquel mar negro y prodigioso adquiría un aspecto más lúgubre y fatal.
A veces, a una altura mayor que la del albatros, nos faltaba la respiración, y otras descendíamos vertiginosamente al fondo de un líquido infierno, donde parecía no existir ni el aire ni el sonido.
Nos encontrábamos en el fondo de uno de esos abismos, cuando un repentino grito de mi compañero hirió siniestramente la noche. «¡Vea usted! ¡Vea usted! ¡Dios Todopoderoso!», me gritó al oído. Una luz roja, de tristes y sombríos resplandores, flotaba sobre la vertiente del inmenso abismo en el que estábamos sepultados y dejaba caer sobre el buque un vacilante reflejo. Levanté la mirada y vi entonces un espectáculo que heló la sangre en mis venas. A una vertiginosa altura, precisamente sobre nosotros, y sobre la misma cresta del precipicio, navegaba un gigantesco buque, que desplazaría tal vez cuatro mil toneladas.
Aunque se hallaba encaramado en lo alto de una ola que tendría unas cien veces su altura, parecía de mucha mayor dimensión que un buque de línea o de la Compañía de las Indias. Su inmenso casco era de un negro intenso, que no aclaraba ninguno de los habituales ornamentos de un buque. Una sencilla hilera de cañones devolvía la luz de innumerables faroles de combate que se balanceaban en el aparejo, reflejada en sus superficies pulidas. Pero lo que más agudizó nuestro asombro y horror fue verlo navegar con las velas desplegadas en medio de aquel mar sobrenatural y tempestuoso. Durante un momento, momento de supremo horror, vaciló sobre el abismo. Tembló luego, se inclinó y, por fin, se deslizó por la pendiente.
No puedo comprender cómo tuve sangre fría para dominar el espanto. Retrocediendo cuanto pude, esperé impávido la catástrofe que debía aplastarnos. Nuestro barco no luchaba ya con el mar, y se hundía de proa lentamente. Así pues, el gigantesco y misterioso buque chocó con esa parte del nuestro que se hallaba ya bajo el agua, dando como inevitable resultado el brusco lanzamiento de mi cuerpo entre el cordaje de su arboladura.
Cuando caí, la nave tuvo un momento de reposo; viró luego rápidamente, y tal vez por esto, que produjo la confusión natural, hizo que mi presencia pasara inadvertida. No me costó gran trabajo escapar por la escotilla principal sin ser visto, y pude ocultarme en el rincón más apartado y oscuro de la cala. No sabría decir cómo ni por qué lo hice. Me indujo a ello un vago sentimiento de miedo que se apoderó de mi espíritu ante el aspecto de los nuevos navegantes. No recuerdo a raza ninguna que ofrezca aquellos caracteres de rareza indefinible y que pueda provocar tantos motivos de duda y de desconfianza. Apenas me hube ocultado, sentí un ruido de pasos. Un hombre pasó ante mi escondite. No pude ver su rostro, pero sí observar su aspecto general. Tenía todas las características de un ser débil y viejo. Bajo el peso de los años, se doblaban sus rodillas, y un constante temblor sacudía todo su cuerpo. Con voz débil y cascada, hablaba consigo mismo algunas palabras de un idioma incomprensible, mientras se afanaba en un rincón, revolviendo en una pila de instrumentos de extrañas formas y de cartas marinas en mal estado. Sus gestos y ademanes eran una mezcla singular de la torpeza de una segunda infancia y de la solemne dignidad de un dios. Al cabo de un momento volvió a cubierta, y ya no le vi más.
Se ha apoderado de mi alma un sentimiento que no tengo palabras para expresar, una sensación que se resiste al análisis, que no encuentra traducción posible en los léxicos pretéritos y cuya clave me temo mucho no pueda descifrarse en lo por venir. Para un espíritu como el mío es un verdadero suplicio esta consideración. Tengo el presentimiento de que nunca podré revelar la significación verdadera de mis ideas. No obstante, en cierto modo es lógico que estas ideas resulten indefinibles, puesto que brotan de fuentes totalmente inéditas. A mi alma se ha incorporado un nuevo sentimiento, una nueva entidad.
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Hace mucho tiempo que pisé por primera vez la cubierta de este buque terrible, y los rayos de mi destino, según creo, se concentran cada vez más. ¡Oh, gentes incomprensibles! Sin verme, pasan a mi lado sumidos en meditaciones cuya naturaleza no me es posible adivinar. Sería una gran locura por mi parte ocultarme a ellos porque no pueden verme. Hace un momento pasé ante el segundo de a bordo; poco antes, me aventuré hasta el camarote del capitán, en donde conseguí medios para escribir lo que antecede y seguirá a esto. Tengo la intención de continuar este diario de cuando en cuando. Es cierto que no encontraré ocasión alguna de transmitirlo al mundo, pero, por lo menos, lo intentaré. En último caso, guardaré el manuscrito en una botella y la echaré al mar.
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Un incidente me ha abierto la mente a nuevas reflexiones. ¿Son tales sucesos el resultado de probabilidades sin orden ni concierto? Me he aventurado a la cubierta y me he lanzado, sin llamar la atención, entre un montón de cabos y viejas velas, en el fondo de uno de los botes. Mientras reflexionaba sobre la singularidad de mi destino, inconscientemente pasaba un cepillo lleno de brea por las esquinas de la vela rastrera que reposaba doblada a mi lado, encima de un barril. Ahora, esa vela se contrae encima del barro, y los inconscientes restos de mis movimientos se extienden por el mundo.
Últimamente he hecho algunas observaciones sobre la estructura del barco. Aunque se encuentra muy bien armado, no creo que se trate de un buque de guerra. Tanto su arboladura como su tripulación rechazan esta idea. Sé perfectamente lo que no es, pero me es imposible explicar lo que es. Examinando la extraña y singular forma de este buque, sus colosales proporciones, su prodigiosa colección de velas, su proa severamente sencilla y su popa de un recargado estilo, creo a veces que la sensación de cosas del todo desconocidas cruza por mi espíritu como un relámpago, y se mezcla siempre a estas sombras flotantes de la memoria el inexplicable recuerdo de antiguas crónicas extranjeras y de siglos muy pretéritos.
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Cuidadosamente, he examinado todo el maderamen del buque. Está construido con materiales totalmente desconocidos para mí. Me parecen impropios para el uso al cual han sido destinados. Me refiero a su gran porosidad, considerada independientemente del natural desgaste, consecuente de una larga navegación por estos mares y de la podredumbre de la vejez. Tal vez se encuentre demasiado sutil la observación que voy a hacer; pero me parece que esta madera se parecería demasiado al roble español, si este pudiera ser dilatado por medios artificiales.
Releyendo la frase anterior, recuerdo el curioso apotegma de un viejo lobo de mar holandés. «Es positivo —decía siempre que dudaban de su veracidad—, como es positivo que hay un mar donde engorda el buque como el cuerpo viviente de un marino.»
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Hace cerca de una hora he tenido la audacia de deslizarme entre un grupo de individuos de la tripulación. No se han dado cuenta de mi presencia, y aunque me encuentro en medio de ellos, ninguno parece tener el menor sentido de mi estancia a su lado. Como el que por primera vez vi en la cala, todos presentaban el aspecto de hombres viejísimos. Sus rodillas temblaban, débiles; la decrepitud había encorvado sus espaldas; la rugosa piel temblaba con el viento; sus voces eran cascadas y opacas; los ojos destilaban las brillantes lágrimas seniles, y parecían huir con la tempestad sus grises cabellos. En torno suyo, por cualquier parte de la cubierta se encuentran esparcidos instrumentos matemáticos de formas antiquísimas y de empleo desusado.
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He hablado más arriba de la curvatura del ala del trinquete. En este tiempo, el barco, navegando con las velas desplegadas al viento, continuaba su terrible curso hacia el sur, sacudido y zarandeado por el más espantoso infierno líquido que haya podido concebir nunca el cerebro humano. He abandonado la cubierta porque no podía permanecer en ella. Sin embargo, la tripulación no parece sufrir lo más mínimo. Considero como un milagro de milagros que el mar no nos haya absorbido para siempre. Sin duda, estamos condenados a bordear eternamente la eternidad, sin hundirnos de forma definitiva en los abismos. Como las golondrinas marítimas, nos deslizamos sobre las olas, mil veces más altas y espantosas que ninguna de las conocidas; y otras olas colosales levantan por encima de nosotros sus crestas como demonios del abismo que no pudieran pasar de simples amenazas y a quienes les estuviera prohibido el destruirnos. He terminado por atribuir esta suerte perpetua a la única causa natural que pueda legitimar un efecto semejante. Supongo que el buque está sostenido por alguna fuerte corriente o remolino subterráneo.
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En su propio camarote, frente a frente, he visto al capitán. Pero, según esperaba, no me ha prestado la menor atención. Aunque, realmente, nada a primera vista hay en él de superior o de inferior al hombre, el asombro que sentí al verle estaba impregnado de respeto y de supersticioso terror. Poco más o menos, tiene mi estatura; es proporcionado y de robusto aspecto. Pero esta constitución no anuncia un vigor extraordinario. Lo más singular es la expresión de su rostro, la intensa, terrible y sugestiva evidencia de la vejez, tan entera, tan absoluta, que conforme le miro más, crea en mi espíritu un sentimiento inefable. Su frente, aunque poco rugosa, parece llevar la huella de un millar de años; sus cabellos grises archivan el pasado, y sus ojos, más grises aún, son como sibilas del porvenir. El suelo de su camarote está cubierto de extraños volúmenes in folio con cantoneras de hierro, instrumentos científicos fuera de uso y antiguos mapas de estilo completamente olvidado. Tiene la cabeza apoyada sobre las manos, y su mirada inquieta y ardiente devora un pergamino que lleva firma y sellos reales. Como aquel marinero que vi por primera vez en la cala, hablaba consigo mismo, murmurando en voz baja algunas sílabas en una lengua extranjera. Aunque me hallaba muy cerca de él, me parecía como si su voz llegase a mis oídos desde una milla de distancia.
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Tanto el buque como su contenido están impregnados por el espíritu de otras épocas. Los tripulantes se deslizan como sombras de siglos sepultados. En sus ojos alienta la inquietud de ardientes pensamientos. Cuando, al cruzarse conmigo, iluminan sus manos las luces lívidas de los faroles, siento algo que no sentí jamás, aunque estuvo toda mi vida llena de la locura de las antigüedades, aun cuando me bañé en la sombra de las columnas ruinosas de Balbec, Tadmor y Persépolis; tanto, que mi propia alma concluyó por ser también una ruina.
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Cuando miro en torno mío, me avergüenzo de los terrores pasados. Si la tempestad hasta ahora me hizo temblar de horror, ¿qué sensación y qué palabras para expresarla habría de necesitar ahora ante la batalla del viento y del océano, batalla para la cual los vulgares conceptos de tornado y simún no pueden darnos la menor idea? Literalmente, el buque ha quedado hundido en las tinieblas de una noche eterna, en un caos de aguas y de espumas; pero a la distancia circular de una legua, aproximadamente, podemos advertir, por intervalos y bien distintamente, grandiosos bloques de hielo que ascienden hacia el desolado cielo como murallas del universo.
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Tal como había supuesto, la nave se halla, indudablemente, sobre una corriente, si así puede llamarse a una marejada que muge y aúlla a través de las glaciales blancuras y que en la parte sur produce el estruendoso rumor mil veces más precipitado que el de una catarata que cayese verticalmente.
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No es posible concebir el horror de mis sensaciones. No obstante, la curiosidad por desvelar el misterio de esta espantosa región es más potente que el terror y me reconcilia incluso con el aspecto odioso de la muerte. Indudablemente, nos precipitamos en busca de un incomunicable secreto cuyo conocimiento no puede alcanzarse sino a costa de la vida. Acaso esta corriente nos conduce al Polo. Por extraña que parezca esta suposición, hay que rendirse a su evidencia.
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Sobre el puente, inquieta y estremecida, pasea la tripulación. Todos sus rostros tienen una expresión nueva, más parecida al calor de la esperanza que a la apatía de la desesperación.
Como llevamos desplegadas todas las velas, y el viento nos empuja, hay momentos en que el navío se escapa fuera del mar. De pronto, ¡horror de horrores!, el hielo que nos rodea se abre súbitamente a derecha e izquierda y damos vertiginosas vueltas en inmensos círculos concéntricos en torno a los bordes gigantescos de un grandioso anfiteatro, cuyos muros se prolongan más allá de las tinieblas y del espacio. Pero no me queda ya tiempo para soñar mi destino. Rápidamente, los círculos se estrechan. Nos hundimos en el abrazo cada vez más apretado del torbellino, y a través del horrible mugir del océano y de la tempestad, la nave tiembla, y, ¡oh Dios mío!, se hunde.[2]
[Trad. de Fernando Gutiérrez y Diego Navarro]
«Berenice» es una de las historias más populares y celebradas de Edgar Allan Poe, incluida indefectiblemente en toda antología de su obra narrativa desde su primera aparición en el Southern Literary Messenger en marzo de 1835. Su redacción data de los dos años anteriores a su publicación.
La redacción de un cuento tan repulsivo se presentaba como un auténtico reto para el autor, quien se inspiró en un escándalo acaecido en Baltimore a principios de 1833: la profanación de tumbas para la sustracción de dientes humanos, vendidos luego a dentistas. Algunos fervientes y quizá en exceso entusiastas investigadores han querido ver en este relato una muestra de la supuesta necrofilia de su autor, ya que, según algunos psicólogos, la fascinación por la dentadura es un síntoma de este trastorno sexual. Sin embargo, cabe recordar que todas las relaciones que Poe mantuvo fueron con mujeres sanas, enfermasen o no posteriormente. La fama de «Berenice» ha propiciado sin duda que se quiera ver en sus palabras más de lo que hay.
Los nombres de los personajes no son casuales. «Egeo» es el nombre del padre de Hermia en Sueño de noche de verano (1595), de William Shakespeare. A su vez, Berenice era la esposa del rey Ptolomeo III Evergetes de Egipto (282-222 a.C.). Por él, para que volviera sano y salvo de la guerra, se cortó la melena, como una suerte de ofrenda sacrificial a los dioses. Según cuenta el mito, inspiración de un sinfín de poetas, estos tomaron su pelo y lo elevaron al firmamento, donde en la actualidad se reconoce en la constelación de Coma Berenices (literalmente, «la cabellera de Berenice»).
Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquamtulum fore levatas.[3]
EBN ZAIAT
El infortunio es múltiple. La desdicha sobre la tierra, multiforme. Dominando el vasto horizonte cual el arcoíris, son sus matices tan varios como los de ese arco, tan claros también, e incluso tan íntimamente mezclados. ¡Dominando el vasto horizonte cual el arcoíris! ¿Cómo he podido obtener de la belleza un tipo de fealdad? ¿Cómo del pacto de paz, un dolor semejante? Pero lo mismo que en la ética el mal es una consecuencia del bien, así, en la realidad, de la alegría nace la pena, bien porque el recuerdo de la felicidad pasada forme la angustia de hoy, bien porque las angustias que son tengan su origen en los éxtasis que pueden haber sido.
Mi nombre de pila es Egeo; no mencionaré mi apellido familiar. Sin embargo, no hay torreones en la comarca más ilustres que los de mi triste y vetusta casa solariega. Nuestro linaje ha sido llamado raza de visionarios; y en muchos detalles notables —en el carácter de la mansión familiar, en los frescos del salón principal, en los tapices de los dormitorios, en los cincelados de algunos pilares de la armería, pero más especialmente en la galería de cuadros antiguos, en el estilo de la biblioteca, y por último, en la particularísima naturaleza del contenido de esa biblioteca— hay más que suficientes pruebas para justificar esa creencia.
El recuerdo de mis primeros años va unido a esa sala y a esos volúmenes, de los cuales no diré nada más. Allí murió mi madre. Allí nací. Pero sería ocioso decir que no he vivido antes, que el alma no tiene una existencia anterior. ¿Lo niega usted? No discutamos ese tema. Convencido yo mismo, no intento convencer. Allí hay, no obstante, un recuerdo de formas aéreas, de ojos espirituales y pensativos, de sonidos musicales, aunque tristes; un recuerdo que no quiere irse; un recuerdo parecido a una sombra, vago, invariable, indefinido, incierto, y como una sombra también, me veo en la imposibilidad de deshacerme de ella mientras exista el sol de mi razón.
En esa estancia nací. Despertando así de la larga noche que parecía ser, pero que no era, la nada, para caer enseguida en las verdaderas regiones de un país de hadas, en un palacio fantástico, en los extraños dominios del pensamiento y de la erudición monásticos, no es raro que haya mirado a mi alrededor con ojos espantados y ardientes, que haya malgastado mi infancia ante los libros y disipado mi juventud en sueños; pero lo que es singular, al pasar los años y cuando el mediodía de la virilidad me encontró aún en la casa de mis padres, lo que es maravilloso es ese estancamiento que cayó sobre las fuentes de mi vida, maravilloso ese total trastrocamiento que tuvo lugar en el carácter de mis más vulgares pensamientos. Las realidades del mundo me afectaban como visiones, y solo como visiones, mientras que las ideas desenfrenadas de la comarca soñadora llegaban a ser, en cambio, no el alimento de mi existencia diaria, sino realmente mi entera y única existencia.
Berenice y yo éramos primos, y crecimos juntos en mi casa solariega. Aun así, crecimos muy diferentes: yo, mísero de salud y sepultado en la tristeza; ella, ágil, graciosa y desbordante de energía. Para ella era el vagar por la ladera de la colina; para mí, los estudios del claustro. Yo, viviendo dentro de mi propio corazón, y entregado en cuerpo y alma a la más intensa y penosa meditación; ella, vagando despreocupada por la vida, sin pensar en las sombras de su camino o en el vuelo callado de las horas con plumaje de cuervo. ¡Berenice! Grito su nombre —¡Berenice!—, y en las ruinas vetustas de mi memoria se agitan mil recuerdos tumultuosos a ese sonido. ¡Ah, su imagen está viva ante mí ahora, como en los primeros días de su luminoso ardor y de su alegría! ¡Oh, magnífica, y con todo, fantástica belleza! ¡Oh, sílfide entre los arbustos de Arnheim! ¡Oh, náyade entre sus fuentes! Y luego, luego todo es misterio y terror, y una historia que no puede contarse. Una dolencia, una fatal dolencia cayó sobre su persona como el simún; y hasta cuando yo la contemplaba, el espíritu de transformación pesaba sobre ella, penetrando su espíritu, sus hábitos, su carácter, y de la manera más sutil y terrible, ¡perturbaba incluso la identidad de su persona! ¡Ay, el destructor venía y se iba! Y la víctima, ¿dónde está? No la conocía, o al menos, ¡no la conocía ya como Berenice!
Entre la numerosa serie de enfermedades acarreadas por aquella fatal y primera, que provocaron una revolución de un género tan terrible en el ser moral y físico de mi prima, hay que mencionar la de naturaleza más penosa y tenaz: una especie de epilepsia que terminaba con frecuencia en catalepsia, una catalepsia muy parecida a la muerte real, y de la que despertaba ella en muchos casos con un brusco sobresalto. Al mismo tiempo mi propia enfermedad —pues me han dicho que no puedo llamarla de otro modo—, mi propia enfermedad aumentaba rápidamente, tomando, por último, el carácter de una monomanía, de una forma nueva y extraordinaria, cobrando a cada hora, a cada minuto mayor energía, y adquiriendo al cabo sobre mí el más incomprensible ascendiente. Esta monomanía, si he de usar este término, consistía en una irritabilidad morbosa de esas facultades del espíritu que la ciencia metafísica denomina «atentas». Es más que probable que no sea yo comprendido; pero temo de veras que no haya manera posible de dar a la mayoría de los lectores una idea adecuada de esa nerviosa intensidad de interés con la cual, en mi caso, la facultad de meditación (para no emplear términos técnicos) se ocupaba y se sumía en la contemplación de los objetos más vulgares del universo.
Meditar infatigablemente durante largas horas, con mi atención fija en algún frívolo dibujo sobre el margen o en el texto de un libro; permanecer absorto la mayor parte de un día de verano en una curiosa sombra cayendo oblicuamente sobre el tapiz o sobre el suelo; olvidarme de mí mismo durante una noche entera, espiando la firme llama de una lámpara; soñar toda una jornada con el perfume de una flor; repetir monótonamente alguna palabra vulgar, hasta que el sonido, a causa de las frecuentes repeticiones, cesara de ofrecer una idea cualquiera a la mente; perder todo sentido de movimiento o de existencia física por medio de una absoluta inmovilidad corporal, larga y persistentemente mantenida: tales eran algunas de las más comunes y de las menos perniciosas fantasías promovidas por el estado de mis facultades mentales, que no son, por supuesto, únicas, pero que desafían en verdad todo género de análisis o explicación.
A pesar de todo, no quiero ser malinterpretado. La anormal, grave y morbosa atención así excitada por objetos frívolos en su propia naturaleza no debe confundirse en el carácter con esa tendencia meditativa común a toda la humanidad, y a la que se entregan en particular las personas de imaginación ardiente. Era no solo, como de primera intención podría suponerse, un estado extremo o una exageración de tal tendencia, sino originaria y esencialmente preciso y distinto. En uno de esos casos el soñador o imaginativo, al interesarse por un objeto en general no frívolo, de modo insensible pierde de vista ese objeto en un desierto de deducciones y sugestiones que de allí surgen, hasta que al término de uno de esos sueños diarios con frecuencia henchido de voluptuosidad, encuentra el incitamentum o causa primera de sus meditaciones, por entero desvanecido y olvidado. En mi caso, el objeto primario era invariablemente frívolo, aunque revistiendo, a través del medio de mi visión perturbada, una importancia reflejada e irreal. Hacía yo pocas deducciones, si es que hacía alguna, y esas pocas volvían con obstinación al objeto principal como a un centro. Las meditaciones no eran nunca placenteras; y al final del ensueño, la causa primera, lejos de estar apartada de la vista, había alcanzado ese interés sobrenaturalmente exagerado que era el rasgo característico de mi enfermedad. En una palabra, la facultad espiritual más ejercitada con preferencia era en mí, como he dicho antes, la de la atención, y es, en el soñador diario, la especulativa.
Mis libros en aquella época, si no servían en realidad para irritar aquel trastorno, participaban, como debe comprenderse, ampliamente, por su naturaleza imaginativa e inconexa, en las cualidades características del propio mal. Recuerdo bien, entre otros, el tratado de noble italiano Coelius Secundus Curio De Amplitudine Beati Regni Dei, la gran obra de san Agustín La ciudad de Dios y el De Carne Christi, de Tertuliano, cuya paradójica sentencia: «Mortuus est Dei filius; credibile est quia ineptum est; et sepultus resurrexit; certum est quia impossibile est», absorbió íntegro mi tiempo durante muchas semanas de laboriosa e infructuosa investigación.
Parecerá así que, alterada en su equilibrio por cosas triviales, mi razón mostrara semejanza con esa roca oceánica de que habla Ptolomeo Hefestión, que resistía de firme los ataques de la violencia humana y al más fiero furor de las aguas y de los vientos, temblando únicamente al simple toque de la flor llamada «asfódelo». Y aunque a un pensador de poca fijeza le pueda parecer fuera de duda que la alteración producida por su desdichada dolencia en la condición moral de Berenice me proporcionase muchos motivos para el ejercicio de esa intensa y anormal meditación cuya naturaleza me ha costado cierto trabajo explicar, no ocurría así en ningún caso. Durante los intervalos lúcidos de mi dolencia, me causaba su desgracia una pena real, y aquella ruina total de su bella y dulce vida conmovía hondamente mi corazón, sin que dejara yo de reflexionar, muchas veces con amargura, en las maravillosas vías por las cuales había podido producirse tan de súbito una revolución tan extraña. Pero aquellas reflexiones no participaban de la idiosincrasia de mi dolencia, y eran tales como se le hubiesen ocurrido, en circunstancias semejantes, a la masa ordinaria de la humanidad. Fiel a su propio carácter, mi enfermedad se manifestaba en los menos importantes, pero más pavorosos cambios que tenían lugar en el estado físico de Berenice, en la singular y aterradora deformación de su identidad personal.
Al correr los días más brillantes de su incomparable belleza, con toda seguridad, no la había yo amado nunca. En la extraña anomalía de mi existencia, mis sentimientos no me han venido jamás del corazón, y mis pasiones han venido siempre de mi espíritu. A través del gris de las madrugadas, en las sombras entrecruzadas de la selva al mediodía, y en el silencio de mi biblioteca por la noche, voló ella ante mis ojos, y la vi, no como la Berenice de un sueño, no como un ser de la Tierra, tangible, sino como la abstracción de un ser semejante; no como una cosa que admirar, sino que analizar; no como un objeto de ensueño, sino como tema de una especulación tan abstrusa cual inconexa. Y ahora, ahora me estremecía en su presencia y palidecía cuando se acercaba; pero, aunque lamentando amargamente su decaído y triste estado, recordaba yo que me había amado largo tiempo, y en un mal momento le hablé de matrimonio.
Se acercaba por fin la época de nuestras nupcias cuando una tarde de invierno, uno de esos días intempestivamente cálidos, tranquilos y brumosos que son como la nodriza de la bella Alcione,[4] me senté (creyéndome solo) en el gabinete interior de la biblioteca. Pero al levantar los ojos vi a Berenice en pie ante mí.
¿Fue mi imaginación excitada, o la influencia brumosa de la atmósfera, o el incierto crepúsculo de la estancia, o el ropaje gris que envolvía su figura lo que hizo tan vacilante y vago su contorno? No podría decirlo con seguridad. Acaso había nacido durante su enfermedad. No habló ella una palabra; y yo por nada del mundo hubiera pronunciado una sílaba. Un estremecimiento helado recorrió mi persona; me oprimió una sensación de insufrible ansiedad; una devoradora curiosidad invadió mi alma, y echándome hacia atrás en el sillón, permanecí durante un rato sin respirar, inmóvil, con los ojos clavados en su figura. ¡Ay! Era excesiva su demacración, y ni un solo vestigio de su ser primero se escondía en ninguna línea de aquel contorno.
No era sino una sombra de lo que había sido. Por fin cayeron sobre su rostro mis ardientes miradas. Su frente era alta, muy pálida, y singularmente plácida; los cabellos en otro tiempo de un negro azabache, la recubrían en parte, tapando las sienes hundidas con innumerables rizos, ahora de un vivo dorado, y cuyo carácter fantástico desentonaba de un modo violento con la predominante melancolía de su rostro. Los ojos carecían de vida y de brillo, y, en apariencia, de pupilas; sin querer, aparté las mías de su fijeza vidriosa para contemplar sus delgados y arrugados labios. Se separaron, y en una sonrisa de un especial significado, aparecieron lentamente ante mi vista los dientes de la cambiada Berenice. ¡Pluguiera a Dios que no los hubiese contemplado nunca, o que, al verlos, hubiera muerto yo!
Me sobrecogió el ruido de una puerta que se cerraba, y al levantar los ojos vi que mi prima había salido de la estancia. Pero de la estancia agitada de mi cerebro no había salido, ¡ay!, ni siquiera salir el blanco y triste espectro de aquellos dientes. No había ni una mancha sobre su superficie, ni una sombra sobre su esmalte, ni una mella en su hilera que en aquel breve lapso de su sonrisa no se haya grabado en mi memoria. Los vi ahora más inequívocamente que los había contemplado antes. ¡Los dientes, los dientes! Estaban allí, allá y en todas partes, visibles y palpables ante mí, largos, estrechos y excesivamente blancos, con los pálidos labios arrugados enmarcándolos, como en el verdadero momento de su primero y terrible desarrollo.
Entonces sobrevino la furia plena de mi monomanía, y luché en vano contra su extraña e irresistible influencia. En los objetos multiplicados del mundo exterior no tenía yo pensamientos más que para los dientes. Sentía por ellos un deseo frenético. Todos los demás temas y todos los intereses quedaron absorbidos en su sola contemplación. Ellos, solo ellos estaban presentes a mi mirada mental, y su sola individualidad se convirtió en la esencia de mi vida espiritual. Los veía bajo todas las luces; les daba vueltas en todos sentidos; estudiaba sus características; me preocupaban sus particularidades; meditaba sobre su conformación; reflexionaba sobre la alteración de su naturaleza; me estremecía atribuyéndoles con la imaginación una facultad de sensación y de sensibilidad, e incluso, sin ayuda de los labios, una capacidad de expresión moral. Se ha dicho bien de mademoiselle Sallé que «tous ses pas étaient des sentiments», y de Berenice creía yo aún más seriamente que tous ses dents étaient des idées. Des idées![5] ¡Ah, he aquí el pensamiento idiota que me ha perdido! Des idées! ¡Ah, por eso los codiciaba yo tan locamente! Sentía que solo su posesión podía darme el sosiego y hacerme recobrar la razón.
Y cayó la noche así sobre mí, y entonces vinieron las tinieblas, y se detuvieron, y se disiparon, y despuntó el nuevo día, y la bruma de una segunda noche se amontonó ahora a mi alrededor, y aún seguía yo sentado, inmóvil en aquella estancia solitaria, y todavía el fantasma de los dientes mantenía su terrible ascendiente, hasta el punto de que, con la más viva y horrenda claridad, flotaba en torno, entre las luces y las sombras cambiantes de la habitación. Al cabo irrumpió en medio de mis sueños un grito de horror y de congoja, y a él, después de una pausa, sucedió un ruido de voces agitadas, mezcladas con muchos sordos gemidos de dolor o de pena. Me levanté de mi asiento, y abriendo del todo una de las puertas de la biblioteca, vi rígida en la antecámara a una doncella, deshecha en llanto, que me dijo que Berenice ¡ya no existía! Había sufrido un ataque de epilepsia en las primeras horas de la mañana; y ahora, al caer la noche, estaba la tumba dispuesta para su ocupante, y hechos todos los preparativos para el entierro.
Me encontré de nuevo sentado en la biblioteca y solo. Me parecía que acababa de despertarme de un confuso y agitado sueño. Vi que era ahora medianoche, y me di perfecta cuenta de que, al ponerse el sol, sería enterrada Berenice. Pero no he conservado de lo sucedido una comprensión real ni bien definida. Sin embargo, mi memoria estaba llena de horror, horror más terrible aún por ser vago, terror más terrible en su ambigüedad. Era una página espantosa del libro de mi vida, escrita toda con recuerdos oscuros, atroces e ininteligibles.
Me esforcé por descifrarlos, aunque en vano; de cuando en cuando, parecido al espíritu de un sonido muerto, se diría que retumbaba en mis oídos el grito agudo y penetrante de una voz de mujer. Había yo realizado un acto —¿cuál?—. Me dirigía a mí mismo la pregunta en voz alta, y los ecos de la habitación me musitaban: «¿Qué has hecho?».
Sobre la mesa, a mi lado, ardía la lámpara y cerca había una cajita. No poseía un carácter notable, y la había visto antes muchas veces, pues pertenecía al médico de la familia; pero ¿cómo había venido a parar aquí, sobre mi mesa, y por qué me estremecía al mirarla? Eran, estas, cosas de poca monta, y mis ojos al final cayeron sobre las páginas abiertas de un libro, y sobre una frase subrayada. Eran las palabras singulares, pero sencillas, del poeta Ebn Zaiat: «Dicebant mihi sodales, si sepulchrum amicae visitarem, curas meas aliquantulum fore levatas». ¿Por qué al leerlas cuidadosamente se me erizaron los cabellos y mi sangre se heló en mis venas?
Dieron un golpecito en la puerta de la biblioteca, y pálido como un habitante de la tumba, entró un criado de puntillas. Sus ojos estaban trastornados de terror, y me habló con una voz trémula, ronca y muy baja. ¿Qué me dijo? Oí algunas palabras entrecortadas. Me habló de un grito espantoso que había turbado el silencio de la noche, de una reunión de toda la servidumbre de la casa, de su búsqueda en dirección de aquel sonido; luego, el tono de su voz se hizo espeluznantemente claro cuando me habló de una tumba violada, de un cuerpo desfigurado, sin la mortaja, pero respirando y palpitando aún, ¡vivo todavía!
Señaló mis ropas; estaban manchadas de barro y de sangre coagulada. Sin hablar, me cogió con suavidad de la mano: tenía señales de uñas humanas. Dirigió mi atención hacia un objeto apoyado contra la pared. Lo miré durante unos minutos: era una azada. Lanzando un grito salté hacia la mesa, y agarré la caja que había sobre ella. Pero no tuve fuerza para abrirla, y en mi temblor se me escurrió de las manos, cayó pesadamente y se hizo pedazos. De ella, con un ruido tintineante, se escaparon algunos instrumentos de cirugía dental, mezclados con treinta y dos piececitas blancas, parecidas al marfil, que se esparcieron por el suelo aquí y allá. Eran ¡los dientes de Berenice que le había arrancado yo en su tumba!
[Trad. de Julio Gómez de la Serna]
La presente es una obra cumbre de sus primeros años como narrador. Se trata del cuento más largo escrito por el autor hasta entonces, y, con el tiempo, solo «El hundimiento de la Casa de Usher» lo superaría en extensión. El mismo Poe reconocía su importancia y excelencia: años después de su primera publicación, hasta en dos cartas, dirigidas respectivamente a Philip Pendleton Cooke y a Duyckinck, el escritor reconoce que «Ligeia» es la mejor historia de cuantas ha escrito.
El relato tiene dos inspiraciones literarias evidentes. La primera es la reelaboración del tema amoroso de la novela Ivanhoe (1819), de Walter Scott, la historia de Rebeca y Rowena y sus implicaciones con la brujería. La segunda, el «Manuscrito de un loco», se encuentra en el capítulo undécimo de Los papeles póstumos del Club Pickwick (1836-1837), de Charles Dickens. Allí emergen la incipiente locura del héroe, la ausencia de amor de la novia, el odio demoníaco del marido... Son muchas las semejanzas que comparte el escrito de Poe con ambos textos.
Después de la publicación de «Ligeia» en el American Museum de Baltimore, en septiembre de 1838, mandó el manuscrito a Philip Pendleton Cooke: quería saber si el final de la historia era comprensible. La respuesta no fue del todo satisfactoria, puesto que había algún aspecto que al colega del autor le parecía un poco oscuro. En ediciones posteriores, Poe trataría de arrojar luz en esa dirección y mejorar así su relato.
No hay duda alguna respecto a la intención del escritor de construir en «Ligeia» una narración sobre la magia. Aun así, no es raro encontrar artículos que interpretan el cuento como una historia de arrepentimiento y alucinación, en parte porque el narrador reconoce abiertamente que consume opio. Probablemente, Poe no estaría del todo en desacuerdo con tales lecturas, aunque es de suponer que, para él, magia e ilusión deben ir de la mano en este cuento.