Capítulo 1

1

NORMAL: Común, usual, frecuente. Todo aquello que se muestra en su estado natural y que se ajusta a las normas fijadas de antemano.

—¿De dónde has sacado esos pantalones, Jenkins? ¿No te cansas de hacer el ridículo? ¿Tanto esfuerzo te cuesta ser normal?

Blue dejó atrás las burlas de sus compañeras y se perdió en los pasillos de la biblioteca.

«Normal».

La palabra rebotó en su cabeza. La dividió en sílabas. Analizó sus letras. La masticó hasta que notó un sabor agrio en la garganta y quiso escupirla, pero ya la tenía dentro; se le había enquistado junto a todos los demás horribles comentarios que le dedicaban a menudo.

Se sentó frente a un diccionario y leyó su definición con la esperanza de encontrar algo con lo que sentirse identificada, pero llegó a la conclusión de que no era una persona normal. Resultaba poco frecuente cruzarse con chicas como ella, capaz de recitar de memoria pasajes de sus libros favoritos al mismo tiempo que no podía hablar con desconocidos sin sentir que se abría un agujero bajo sus pies. Tampoco seguía las normas de ninguno de los grupos que la rodeaban; no cuadraba con los deportistas, ni con los artistas, ni siquiera con los empollones, por mucho que le gustasen las clases de Literatura, y aún menos con el grupo de los populares.

Blue no encajaba.

Blue se sentía un cero a la izquierda.

Blue no era nadie que destacase por nada.

Así que dejó el diccionario en la balda correspondiente y regresó a su rincón preferido de la biblioteca, ese que tenía más polvo que estantes y que se encontraba en un pasillo que nadie frecuentaba; solo lo hacía la señora Johnson cuando tocaba pasar el plumero a aquellos ejemplares que nunca eran consultados. Solía sentarse allí, como aquella tarde otoñal en la que las hojas de los árboles llenaban el patio y el cielo gris plomizo la miraba con el desafío de echarse a llorar en cualquier momento. Apoyaba la espalda en la pared, cruzaba las piernas y se evadía; un escondite en el que desaparecer. Se dejaba llevar a mundos ficticios en los que todo era mejor. Algunas veces, escribía en una de sus libretas e inventaba historias. Otras, se abrazaba las rodillas e imaginaba. Eso le gustaba mucho a Blue. A menudo fantaseaba que era otra persona; una que formaba parte del grupo de teatro o quizá la que tenía la mejor marca en el club de atletismo, capaz de recorrer los cien metros lisos sin necesidad de que los pies tocaran el suelo, solo flotando. Volando. Blue pensaba que volar sería algo fantástico, casi como pasar por el mundo de puntillas. O que era una chica con mechas doradas por el sol y sonrisa de anuncio de zumo en polvo, como Mia Garret. La misma Mia que había criticado esa mañana sus pantalones.

Sí…, Blue cerró los ojos y se imaginó siendo otra, una chica llamada Green, que sonaba menos triste que su nombre y mucho más esperanzador, con agujeros en las orejas y una mejor amiga llamada Pearl.

Una chica que sonreía cada tres minutos y que era feliz.

Una chica que no se escondía en un pasillo polvoriento de la biblioteca.

Una chica que hacía ruido al pasar.

Una chica normal.

Blue

Kaden se ríe. Parece un animal enloquecido. Su sonido me provoca náuseas y cosquillas al mismo tiempo. A su lado, Mia Garret lo observa como si fuese una supernova, algo de belleza cósmica, algo de trascendencia casi vital.

Suspiro.

Solo es un chico. Un chico con hoyuelos y una camiseta ceñida. Un chico que sé que huele a caramelo líquido. Pero un chico. Nada más que eso.

Mia es una chica. Una de rostro angelical y curvas poco propias en una adolescente de quince años, pero una chica. Intuyo que tiene que oler bien, a flores silvestres o a alguna fruta tropical, pese a que a mi pituitaria no le interesa lo más mínimo.

Yo también soy una chica, aunque nadie me ve. Además, no creo que Mia y yo podamos compartir una misma categoría. Somos agua y aceite. Blanco y negro. Hielo y fuego. Yo soy la opción negativa de esos opuestos, aunque no siempre tengo claro cuál de ellos es el bueno y cuál no. Solo sé que, si Mia y yo tuviéramos que compartir una balanza, mi lado tocaría fondo sin remedio.

Mia Garret y Kaden Fisher: el sumun de la perfección estudiantil dentro de la selva que supone sobrevivir en un instituto estadounidense. En lo más alto de la pirámide alimenticia. Con ellos cerca, yo soy ese pequeño musgo que crece en los barrizales.

Sonrío ante la metáfora y me digo que tengo que apuntarla para no olvidarla. A veces hago eso, recojo todas las palabras que me encuentro para atraparlas y darles un sentido diferente. Juego con ellas. Las enlazo y formo nuevos significados. Escribir es crear una infinidad de realidades alternativas con las letras. Escribir es echar agua a raíces escondidas.

¿Sabes?, no debería ocurrir, pero sucede. La vida es así. La mía lo ha sido desde siempre. Voy ensimismada, pensando en tonterías para intentar comprender el mundo que me rodea y analizando la risa melódica de Mia, sus agudos dulces, su forma de parecer casi canción en comparación con la mía oxidada, cuando me tropiezo con el asa de una mochila y me desconcentro. Justo al pasar por delante de su mesa, el almuerzo y la libreta se me escurren de las manos con torpeza. Automáticamente oigo sus bufidos. Son risas estúpidas y fuertes que me hacen débil. Más torpe de lo que ya soy. Más pequeña.

Visible.

—Jenkins, ¡mira por dónde vas!

Mia se levanta y recoge mi libreta del suelo antes de poder hacerlo yo. Ojalá fuera la de matemáticas y estuviera repleta de números y fórmulas, pero no lo es. Es algo peor. Es algo muy mío. Soy yo en forma de palabras atrapadas entre sus páginas.

—«Propiedad de Blue Jenkins». —Su sonrisa es maliciosa e igualita a la del gato Cheshire—. Vaya…, ¿qué nos encontramos aquí? ¿Una especie de diario? ¿Qué tienes, nueve años?

Se ríen. Siento que a mi alrededor la gente deja de comer y nos observa. Apostaría a que hasta el aire ha dejado de soplar en el exterior. Esa sensación paralizante nos envuelve.

—Vamos, Mia. Devuélveselo. —Las palabras de Kaden me provocan un escalofrío.

Él ni me mira. Parece hastiado. Lo que no sé es si de mí, de ella, del instituto, de la comida de la cafetería o de la vida en general.

—¿Por qué debería hacerlo?

Cuando mira a su novio, alzo la mano para arrebatársela, pero se da cuenta y estira el brazo por encima de mi cabeza. Es más alta que yo y, aunque no lo fuera, ahora mismo es como si midiera dos metros y yo fuese una hormiga pidiendo auxilio.

—Quizá porque parece estar a punto de llorar —responde una de sus amigas entre ridículos hipidos causados por la risa.

Entonces Mia comparte una larga mirada conmigo. Sonríe y lanza mi libreta entre las mesas del comedor, que se desliza como si la superficie estuviera hecha de hielo, hasta que choca con una pared.

—Si la quieres, ve a por ella. Vamos, perrito. Sé obediente.

Es humillante, pero lo peor no es que me trate como si yo fuera menos que nada, sino que consigue lo que sabe que odio por encima de todas las cosas: llamar la atención. De repente, tengo un foco iluminándome y todos son espectadores de una escena que no deseo protagonizar. La capa de invisibilidad que me protege desaparece y ahí estoy: Blue Jenkins en medio del comedor siendo el objeto de burla de los demás. El centro de todo. Un punto diminuto y brillante y el eje sobre el que gira un universo oscuro.

No respiro.

No oigo.

No siento.

No soy.

Me convierto en un montón de partículas de polvo azul que caen al suelo.

En una gran nube azul que no deja apenas rastro.

Solo cenizas que el aire se lleva hasta que ya no queda nada.

Pero es mentira.

Eso nunca sucede.

Sigo respirando.

Sigo escuchándolos.

Sigo sintiéndome tan mal como siempre.

Sigo siendo yo.

Esa fantasía que jamás se cumple se esfuma y las risas se quedan, y las miradas de lástima y de rechazo y de incomprensión envuelta en desprecio.

Solo soy una chica en medio de un universo que no entiende y que no la entiende a ella. Como una manzana en una cesta de cacahuetes. No, en tal caso, como un cacahuete espachurrado en una cesta de relucientes manzanas.

Eso soy yo.

Parpadeo, dos lágrimas caen por mis mejillas y vuelvo a ser esa chica rara que sueña con ser una fruta mientras sobrevive siendo invisible la mayor parte del tiempo.

Eso quiero ser, una manzana.

Camino con indecisión y percibo el temblor de mi cuerpo. Me agacho y recojo mi preciosa libreta sin mirarlos. Una capa aguada cubre mis ojos y apenas puedo atisbar la sombra de mis preciadas páginas llenas de versos e ideas que ahora me parecen estúpidas y carentes de sentido.

¿Qué chica de quince años prefiere vivir entre letras antes que en la realidad? Está claro que una no muy normal.

La guardo en mi mochila y salgo de allí.

Me mezclo con el resto en los pasillos llenos de gente.

No obstante, nunca me he sentido tan sola.

Jake

Quiero conocerla. Necesito saber quién es.

El señor Turner está enfermo, así que nos han dejado la última hora libre para estudiar por nuestra cuenta. Se supone que estoy repasando nomenclatura química, pero no puedo evitar pasar mis dedos sobre la superficie de la mesa una y otra vez.

Estamos en el segundo piso de la biblioteca, el ambiente está cargado por el calor inhumano que hace aquí dentro y mañana tenemos examen, pero soy incapaz de concentrarme en nada que no sean esas ocho palabras nuevas que he descubierto en el borde del pupitre.

Greg me mira. Se le han deslizado las gafas por la nariz. Parece un imbécil, pero es mi mejor amigo, así que no se lo digo.

—¿Qué demonios te pasa, Jake?

—¿A mí? Nada. —Niego con la cabeza y la meto de nuevo entre las páginas.

Un segundo después, mis ojos se vuelven a desviar hacia esa letra cursiva y pequeña, casi escondida, pero que se ve. Al menos, yo puedo verla. No dejo de hacerlo. La veo hasta cuando me tumbo en la cama e intento pensar en la chica del póster que cuelga detrás de la puerta de mi habitación.

Leo de nuevo, esforzándome por entender algo más de lo que me dicen esas ocho palabras que van difuminándose. Puede parecer que la pérdida de color sea por el paso del tiempo, pero yo sé que no. Yo sé que su color está degradado por algún motivo.

Desaparecer. Explotar. Ser cenizas azules. Polvo. Vacío. Nada.

Nadie puede ser nada. Siempre eres alguien. Algo. Lo que sea. La nada no existe. La nada es aire o espacio o silencio, que siendo ausencia de ruido ya es algo por sí mismo. No lo sé. Me atormenta no entender algunos conceptos.

Lo que sí que sé es que no concibo que una persona no sea.

Siempre somos.

Respiramos.

Vivimos.

Estamos.

Es fácil.

No comprendo esa nada y eso me vuelve loco.

Marco las letras con mi propio bolígrafo para que nadie las olvide, quizá para que, sea quien sea su autora, no desaparezcan, como si solo por cubrirlas de tinta pudiera evitarlo.

Greg me observa de nuevo con cara de lelo. Sus orejas de soplillo también me enfadan a veces, pero eso sí que no tiene ningún sentido. Él no tiene la culpa de tener las orejas grandes y levantadas. En tal caso, la tienen sus padres. O Mendel y sus leyes de la genética. Igual que yo tengo la punta de la nariz ligeramente hacia arriba, como mi tía Myrna.

—¿Crees que será de nuestro curso?

Él resopla y chasquea la lengua con exasperación. Siento deseos de pegarle un puñetazo.

—¿Ya estás otra vez con eso? Todo el mundo escribe en los pupitres, Jake. ¡No hay ningún misterio! Mira, yo lo hago.

Marca con el bolígrafo la madera y, cuando leo lo que ha escrito, tengo que agarrarme para no hacer real la escena de mi puño en su cara. Ha dibujado unas tetas grandes y mi número de teléfono.

—Eres idiota.

—Y tú un paranoico.

Es verdad. Me obsesiono con cosas. Siempre he tenido un carácter detectivesco, como lo describe mi madre, pero, en realidad, cualquier psicólogo estaría de acuerdo en que la culpa de toda esa ansiedad que me provoca no entender las cosas que suceden a mi alrededor la tiene mi padre.

Desde que él no está, mis dotes de detective se han activado en varias ocasiones.

El año pasado lo hicieron con mi vecina, Margaret Milles, a la que tuve que pedir perdón por insinuar que fabricaba sustancias ilegales en su garaje por las noches, cuando lo que hacía era esculturas con yeso cuando no podía dormir.

A los siete años lo hice con una leyenda que leí en un libro, según la cual en algunos países se cree que es un ratón, en vez de un hada, el que recoge los dientes cuando se te caen. Puse trampas por toda la casa y acabé con mi hermano Ryan en el hospital con una herida fea en el pie. Estuvo un mes sin hablarme.

En otra época lo hice con un restaurante chino y la sospechosa desaparición de tres perros del vecindario en un mes.

Y ahora le ha llegado el turno a la chica de los versos.

En realidad, no sé si son versos o simples pensamientos. De lo que estoy seguro es de que cada vez que los leo siento un retortijón en las tripas. Y una vez que siento esa tirantez, no puedo parar. Soy como una bomba de relojería a punto de estallar.

Además, desea desaparecer y necesito encontrarla para decirle que eso no es posible. No puede serlo. Tiene que haber algo más.

¿Y si necesita ayuda para dejar de buscar una salida? ¿Y si solo yo soy consciente de su existencia?

—Voy a tomar el aire.

Dejo a Greg insultándome entre dientes y me asomo a la ventana del pasillo. Ni siquiera he oído el timbre, pero el resto de los alumnos ya ha comenzado a salir. Veo a un par de chicas riéndose y a Matt mirándoles el trasero. Es un cerdo. Yo también lo hago a veces, pero disimulo mucho mejor.

Sentada en un banco está Hailey. Lleva un jersey de color azul, el pelo alborotado por el viento y grita a Gavin, su novio. Parece que discuten por algo que él no termina de comprender. Ojalá su voz lo golpease tan fuerte como para llevárselo muy lejos.

Lejos.

Lejos.

Lejos.

Como el efecto de un tsunami sobre su tupé de capitán del equipo de hockey.

Lo odio. Lo odio porque la besa; porque la abraza; porque ella, aunque le grite, también le quiere. Llevan dos cursos saliendo y, si ya eran perfectos por separado, juntos hacen que los demás seamos aún más mediocres. Y lo peor es que no lo odio, porque el muy cretino es gracioso como nadie que haya conocido, y una persona que te hace reír no puede generarte rechazo. Eso me lo enseñó mi abuela. Lo hizo cuando yo juraba odiar a mi hermano, pero me partía de risa cada vez que fingía ser atacado por un tiburón al pasar por delante de la ventana de nuestra cocina. Debe de ser uno de esos instintos humanos de los que nunca podremos desprendernos. Como el de saber si algo es bello o no solo con mirarlo. Como cuando ves a Hailey, que es guapa porque sí y todo el mundo lo sabe. O el de salivar ante el escaparate de una pastelería. O el de ser un idiota cuando la chica que te gusta desde tercero te habla. Como aquella vez que Hailey me pidió un bolígrafo y me dio un ataque de tos. Una reacción similar.

Cuando me canso de mirarla desde la distancia, vuelvo a la mesa con Greg y recojo mis cosas.

—¿Qué haces?

—Me marcho. —Él sacude la cabeza y me imita, aunque sé que no le hace ninguna gracia dejar sus tareas a medias—. No hace falta que vengas, pero es que no me concentro. Prefiero estudiar en casa.

Ambos sabemos que no lo haré. No soy un mal alumno, pero tampoco es lo mío. Soy de los que se deja arrastrar por el grupo y pasa desapercibido mientras cruzo los dedos por obtener un aprobado raspado. Prefiero fingir que lo hago y dedicar ese tiempo a divagar.

Él niega y se levanta. Me sigue con una media sonrisa y, minutos después, estamos saliendo del instituto.

Greg es un alumno de sobresaliente. Si saca menos puede estar días malhumorado, aunque lo niegue. Tiene los ojos pequeños, el pelo negro y es más alto que yo. Sus gafas parecen rescatadas de los años setenta y no por una cuestión de moda. También toca el oboe. Es un poco raro. Es mi mejor amigo desde donde me alcanza la memoria, a pesar de que, si me paro a pensarlo, ni siquiera entiendo por qué.

—¿Vamos el sábado a la bolera?

—Vale. ¿A las cinco?

Se crispa al momento. No soporta los números impares. Ya he dicho que es un poco raro y yo un capullo, porque lo he dicho precisamente por eso.

—Mejor a las seis.

Asiento y no hablamos más en todo el camino. Quizá por eso somos amigos, porque podemos andar juntos durante diez minutos en silencio y que parezca algo normal. No es incómodo. No es extraño. No para nosotros. O, quizá, porque nos sacamos de quicio a veces, como cuando yo descoloco algo en su cuarto hiperorganizado para molestarlo o como cuando hago eso de los números, pero después se nos olvida, porque somos así.

Al llegar a la verja blanca de su casa, se para y me dice adiós con la cabeza. Yo le respondo igual. Unos metros más adelante me paro en el siguiente jardín.

Tal vez, que hayamos vivido siempre uno al lado del otro sea razón más que suficiente para nuestra amistad. Dos chicos de la misma edad cuyas ventanas de los dormitorios están una enfrente de la otra. Era lógico, casi natural. Lo fue más en su sexto cumpleaños, cuando su hermano mayor le regaló unos viejos walkie-talkies que parecían pasar de generación en generación y que tenían algo así como un millón de años.

Una amistad forjada por la señal perfecta de una antigualla que unía su habitación a la mía y que hizo lo mismo con nuestras vidas.

¿Qué importa que sea un poco idiota? Es Greg.

Las cosas tenían que ser así.

2

DESAPARECER: Dejar de ser visible o perceptible. Dejar de existir o de estar presente en un lugar.

No tenía dudas: Blue quería desaparecer. Lo deseaba cuando el profesor de Matemáticas la miraba con suficiencia, sonreía de medio lado y la elegía para salir a la pizarra, aun siendo consciente de sus escasas aptitudes para hablar en público. También cuando llegaba a casa y su madre la ignoraba o, lo que era incluso peor, solo le hacía caso para recriminarle con indirectas lo mala hija que era por no cumplir sus expectativas. O cuando aquel chico de la heladería le sonreía y le ponía dos barquillos en su tarrina en vez de uno como a todos los demás. Quería desaparecer aún más cuando eso sucedía, porque Blue sabía que era algo bueno y ella solo pensaba en huir y no volver, aunque fuera su heladería favorita y él, un chico muy guapo.

Sin embargo, por muchas veces que aquel pensamiento apareciese en su mente, no era fácil.

¿Cómo desaparecían las personas? Había meditado largo y tendido sobre ello en la soledad de su habitación. Y en su escondite de la biblioteca. Y en las horas vacías y muertas, cuando estaba más sola que nunca y pensar era lo único con lo que matar el tiempo. Siempre en su soledad, que era tan grande que a ratos lo ocupaba todo.

Algunas personas hacían un pequeño equipaje a medianoche, cogían el primer autobús y se marchaban sin más. Como si nada importara. Como si su ausencia no pudiera ser determinante para los otros. Como si fuese lo mismo que cavar un agujero en la tierra, colarse por él y no volver a ser nunca más.

Blue se imaginaba sacando esa mochila de montaña que nunca había estrenado (porque nadie la había invitado jamás a ir de acampada y su madre era más de asfalto), llenándola con las cuatro pertenencias que le importaban, como su colección de piedras, que siempre le recordaba a la abuela, aquella rara edición de Mujercitas que encontró en un mercadillo de segunda mano y una de sus libretas. Nada más. Bueno, puede que una muda y algo de aseo, solo por practicidad. Fantaseaba con salir de casa a hurtadillas, sin ni siquiera dejar una nota, caminar hasta la estación y comprar un billete para algún lugar al azar. A Milwaukee y desde allí llegaría a Chicago. O puede que se dirigiera a la frontera con Canadá. El destino no importaba, sino el hecho de salir de aquel agujero que la absorbía cada vez más y en el que se sentía tan pequeña.

Otras personas decidían ir más allá. Blue pensaba que quizá por eso se llamaba el más allá, porque tomar esa decisión pasaba un límite que pocos se atrevían a cruzar.

¿Quitarse la vida? Había leído al respecto por curiosidad y porque Blue lo leía todo. Era habitual encontrar casos en la prensa, en los noticiarios, en las novelas que devoraba y también en las películas. La muerte es un tema que obsesiona a la humanidad, más aún si es provocada por uno mismo. Incluso un chico de su instituto había dado ese paso el curso anterior dando algunos de más sobre las vías del tren.

Había descubierto muchos modos de hacerlo, tantos que parecía que había infinidad de expertos en el tema y eso daba un poco de miedo.

No, Blue no se ubicaba dentro de este grupo de personas que querían huir de la vida. Blue solo quería huir de su vida. De una que no le gustaba, pero no encontraba la manera. Una vida que le había tocado y en la que no encajaba. Con un padre que había rehecho la suya con otra familia, que solo la llamaba un par de veces al año y que le enviaba una flor de color azul por el día de su cumpleaños. Era un detalle bonito, aunque Blue habría preferido un abrazo a una flor que se secaba en apenas unos días.

Una vida con una madre que era perfecta, como esas chicas del instituto que hacían la suya imposible burlándose continuamente de ella. Y es que Johanna Jenkins, que decía que aún conservaba el apellido de su exmarido por una cuestión de dignidad, había sido una belleza sureña, capitana de las animadoras en sus tiempos y envidiada hasta la saciedad, y había acabado viviendo en una pequeña ciudad de Minnesota por amor a un empresario adinerado. El empresario se había ido, pero le había dejado la casa, el coche, una pensión bastante digna y la posición social que ella consideraba merecer.

Ah, y una hija.

Blue odiaba lo que su madre representaba, con sus vestidos de diseño, esos modelos que rozaban una imagen adolescente que ya le quedaba lejos, con su rostro de muñeca conseguido a base de caros y excéntricos tratamientos —baños de agua de lluvia y oro; crema de algas y barro— y su cuerpo escultural mantenido gracias a sesiones de gimnasio tres días a la semana.

Una madre que, a su vez, odiaba lo que representaba Blue por no ser como ella.

¿Cómo podía ser feliz viviendo bajo el mismo techo que el enemigo? Y quería a su madre, de verdad, pero no le gustaba del todo.

No pasaba nada. Blue sabía que querer y gustar no siempre van de la mano.

Por eso, mientras tanto, desaparecía del mundo del único modo que sabía.

Se encerró en su cuarto, se metió debajo de las sábanas con la vieja linterna del desván y, con su bolígrafo favorito, comenzó a escribir.

Había una chica invisible sentada en el alféizar de la ventana. Una chica en apariencia normal, pero que nadie conseguía ver del todo. Siempre estaba allí, observando a través del cristal lo que ocurría en el mundo, ese mundo que rara vez comprendía. Se llamaba...

Dudó. Pensó en todos esos nombres asociados a chicas que triunfarían en lo que se propusieran, como Mia Garret, Britney o Beverly. O Johanna Jenkins, tal vez. Nombres que las engrandecían, aunque tan solo fueran palabras vacías. No, su chica no podía tener uno de esos nombres. Su chica tenía que ser como ella. Al menos, debía serlo al principio. Ya se encargaría Blue después de darle una vida bonita y perfecta en la que esconderse ella misma también. Ya se esforzaría por crear una historia en la que las chicas como Blue triunfan y son felices.

Mordió el bolígrafo unos segundos, hasta que lo encontró.

Se llamaba Apple y, como su nombre indicaba, era una manzana en un mundo de cacahuetes.

Blue

Mamá llama a la puerta por tercera vez. Saco la cabeza de debajo de las sábanas y le digo que en unos minutos voy, porque es posible que no se canse nunca. No, lo sé. La señora Johanna Jenkins podría estar golpeando eternamente una puerta hasta que el mundo se acabe. Quizá, incluso, aunque se acabara seguiría haciéndolo si yo estoy al otro lado. Intuyo que, si existe el infierno, tiene que ser algo parecido a eso.

No me molesto en cambiarme; bajo en pijama y me la encuentro sonriente, sentada a la barra de la cocina. Lleva las uñas pintadas de color rosa chicle, a juego con sus labios y con el lazo que sujeta su coleta. Ed, a su lado, le devuelve la sonrisa. Parecen dos estorninos haciéndose arrumacos en la rama de un árbol. Son monos, tiernos y se profesan tanto amor que creo que no les sobra nada para los demás.

—Buenos días, B.

—Buenos días, J —le respondo.

Ha decidido que le encanta que nos llamemos así, como si fuéramos dos adolescentes superamigas que comparten confidencias. Aunque no lo seamos. En realidad, no sé lo que somos más allá de madre e hija por cuestiones puramente biológicas. Lo que sí sé es que ella no actúa así por mí, ni siquiera le importa si me parece bien o no, solo le gusta porque le hace parecer más joven.

A su derecha, su novio desde hace dos años, seis meses y cuatro días me mira, esperando su propio saludo. No llevo la cuenta, solo que hay un calendario en la cocina con cada día marcado con un pequeño corazón, así que es imposible escapar de su onda expansiva de edulcorado amor.

Edward Pierce tiene los ojos azules y el pelo negro tan brillante que dudo de si no usará betún para zapatos en vez de gomina. Sonríe como si quisiera venderte algo, enseñando su hilera de dientes perfectos, y siempre camina muy erguido, como si lo hiciera sobre una pasarela. Viste con camisas almidonadas y trajes elegantes, da igual que sea entre semana o festivo, y parece coleccionar corbatas de colores estridentes que a mamá le encantan. Papá solo se ponía traje para las reuniones importantes de trabajo y los funerales.

Admito que es guapo de ese modo clásico de vendedor de coches de lujo.

Ah, espera, es que lo es. Vende coches que cuestan lo mismo que algunos apartamentos.

Medito cuál va a ser mi decisión, si la de complacerlo llamándolo por su diminutivo o por su nombre completo, el mismo que odia y que solo usa su padre para dirigirse a él en los pocos momentos en los que se digna a hablarle.

Al final, gana mi parte rebelde. Esa parte que solo se asoma bajo el techo de esta casa que hace demasiado tiempo que no es para mí un hogar.

—Edward —le digo, alzando el mentón antes de sentarme frente a ellos.

Mamá tuerce sus labios recientemente siliconados y él frunce el ceño. Están tan compenetrados que casi parece que sus gestos se solapan, como si fuesen un solo ser o una pareja de cómicos de los que hacen sketches por la televisión y que a mí nunca me hacen gracia.

Me levanto a por los cereales de chocolate que ella siempre me oculta en el último estante.

—Hay tortitas de arroz.

No me inmuto ante sus palabras, aunque escondan mucho más bajo su tono dulce y su sonrisa un tanto infantil. En el lenguaje de mi madre eso significa: «No deberías comer tanto azúcar. Tienes las caderas anchas y una talla más de pantalón que yo».

Antes lo hacía. Antes, cada vez que leía entre las líneas de su voz, el estómago se me subía a la garganta. O quizá se tratase del corazón, que quería largarse y buscar unos brazos que lo acogieran. Pero ya no. Ya no soy visible. Ahora soy Blue, la que planta los cereales haciendo un ruido fuerte sobre la mesa y se echa en el tazón más de los que le apetecen solo por hacerle daño.

La otra Blue vive dormida.

—¿Tienes planes para hoy?

—No.

—Blue… —La pausa en su discurso me estremece, porque ya sé lo que viene a continuación—. ¡Tienes que salir más! Es sábado y hace un día estupendo. Ed y yo vamos a ir a comer por ahí y después al cine.

—También he reservado mesa en la brasería para cenar —aporta él—. Llegaremos a las tantas.

Asiento y casi sonrío. No me preguntan si me apetece ir con ellos. Ni siquiera lo espero. Solo me lo dicen para que sepa que estaré sola en casa, que tengo una posibilidad al alcance de comportarme como una adolescente y hacer una fiesta clandestina en su ausencia. Eso le encantaría a mamá. Se volvería loca de emoción si los vecinos alertaran a la policía porque veinte adolescentes están bebiendo cerveza y bailando sin camiseta en su salón.

No obstante, yo no soy una de esas chicas.

Yo no soy la clase de hija que ella desea tener.

Solo soy Blue.

Ellos se marchan y yo me quedo.

Me encierro en mi habitación e imagino otra vida en la que desaparecer.

La Chica Manzana miraba por la ventana cómo su madre se iba con su flamante novio de pelo de brea y ojos de cielo. Se quedaba sola una vez más, en aquella enorme casa. ¿O únicamente la percibía así porque ella cada vez se sentía más pequeña?

Jake

¿Green o Apple?

¿Acaso un nombre puede cambiar lo que llevamos dentro?

Me siento llena de palabras feas.

Me siento vacía de lo que realmente importa.

—¿Qué diablos es eso?

La voz de Greg me hace apartar la vista de esas palabras diminutas descubiertas en una de las taquillas. La número 71. Es la de Hailey y, como si está demasiado cerca no me atrevo a mirarla a ella, observo su taquilla, su carpeta olvidada sobre una mesa o su abrigo colgado de un perchero, ese tipo de cosas que demuestran lo idiota que uno puede llegar a ser a los dieciséis años. Hoy, gracias a ello, he descubierto letras escritas en una pegatina que cubre uno de sus bordes metálicos.

—Es de ella. Es de la chica de los versos.

Sé que pone los ojos en blanco, aunque me esfuerce por ignorarlo. Le he dicho mil veces que con ese gesto parece más feo de lo que ya es, pero no le importa en absoluto.

Creo que Greg es feliz siendo Greg. Supongo que eso es bueno, pero me cabrea, porque hace que meterse con él sea más complicado. También, porque provoca que me tenga que fijar más en mí. Me sorprende su seguridad en sí mismo; yo ni siquiera sé si soy feliz; mucho menos, si lo soy como Jake Clark.

—¿Cómo lo sabes?

—Es su letra. Además…, tiene que ser suyo.

Es una corazonada. Solo ella pone frases así, sin sentido, o con todo el del mundo condensado en unas pocas palabras. Los demás mensajes que te encuentras por ahí son insignificantes al lado de esos pensamientos. Y casi todos son guarradas.

—Quizá sea un tío.

—No digas tonterías.

—¿Por qué no? Igual solo quiere burlarse de pringados como tú fingiendo ser una chica que necesita ser salvada. O, quizá, sí sea una chica. Una de grandes…

Hace un gesto obsceno sobre su pecho y lo empujo. En otras circunstancias me habría reído, pero en esta no me hace ninguna gracia. Es algo serio. No sé en qué momento se convirtió en eso, pero es un tema que me importa. Ella lo hace. No la conozco, pero no siempre es necesario para que una persona te transmita sentimientos, necesidades y deseos. Y la chica de los versos me preocupa y me mantiene permanentemente inquieto. Las personas no desaparecen ni deberían desearlo. Hay algo oscuro en todo esto que me estremece.

—¡Vamos, Jake!

Sacudo la cabeza y nos alejamos. Tenemos clase de Literatura y llegamos tarde.

Al entrar, me choco con alguien. Es Gavin, que me pide disculpas levantando una mano y me sonríe. Hailey aparece tras él. Da la sensación de que baila según camina. Su pelo rubio flota. Siento que la rodea una especie de neblina o un campo electromagnético distinto al de los demás. Me imagino alargando la mano hasta tocar esa energía para, al instante, salir despedido hacia atrás; lo hago con tanta fuerza que mis huesos se rompen en pedazos contra la pared. Millones de cracs y Jake desaparece. Hailey ni se da cuenta. Y la clase de Literatura comienza sin mí; la vida sigue y yo me he muerto por querer rozar el amor.

A veces pienso esas cosas. No las digo en alto para que Greg no se burle de mí, pero pensar en ellas es inevitable. Me salen solas. Me ocupan la mente como fideos burbujeando en una olla hasta que uno sale despedido hacia el cielo. Me sucede con Hailey. Provoca un movimiento constante dentro de mi cabeza. Sinapsis cerebrales extrañas. Algún cortocircuito que acabará dejándome tonto por completo. Un puñado de fideos carbonizados contra el techo.

Ella no me mira. En realidad, no parece mirar a nadie. Solo sigue a Gavin y se sienta a su lado. Tiene la mirada perdida. Suele tenerla así hasta tercera hora, cuando ya parece una versión de Hailey excesivamente despierta. Es de esa clase de personas que se mueven de un extremo a otro con facilidad, lo que hace que resulte impredecible la mayor parte del tiempo.

Como una tormenta.

Se acomodan en su pupitre de siempre, el tercero del lado de la ventana. Nosotros nos sentamos dos por detrás de ellos. Supongo que es una metáfora perfecta para explicar cómo funciona el mundo. Unos delante. Otros detrás. Y siempre igual, no vaya a trastocarse alguna cuestión vital del planeta por alterar los factores. Yo siempre he sido de los del medio tirando hacia el final. Es mi sitio. Mi zona segura.

El profesor comienza a hablar sobre los poetas más influyentes de la historia estadounidense y yo pienso en otros poetas, los que viven escondidos entre los demás y que no se atreven a alzar la voz. En los camuflados que liberan versos que solo unos pocos privilegiados encontramos. También pienso en nombres extraños, como Apple o Green. Y en una chica que no conozco.

Me muerdo una uña, mientras garabateo palabras sin sentido en los márgenes del libro y me digo una y otra vez que quiero conocerla. Me siento conectado a ella de una forma que no comprendo. Como si esas letras soltadas al viento nos unieran con un fino hilo del que cada uno sujetamos una punta.

Necesito saber quién es.

Necesito que me cuente si es verdad que se puede desaparecer del universo con solo chasquear los dedos, como hizo mi padre.

3

SOLEDAD: Circunstancia de estar solo o sin compañía. Sentimiento de tristeza o melancolía que se tiene por la falta, la ausencia o la muerte de una persona.

A Blue nunca le había importado estar sola. Ni siquiera cuando era pequeña y los niños del parque la miraban raro por apartarse del grupo para buscar piedras bonitas. A Blue le gustaban las piedras. No todas, claro. Solo las que tenían alguna forma diferente. Tal vez porque ella se sentía así, una piedra distinta a las demás. Un guijarro olvidado en el suelo. Cuando encontraba una especial, se la guardaba en el bolsillo y pasaba a formar parte de su colección.

No obstante, aquel sábado volvió a sentir ese vacío grande y denso cuando su madre se marchó con Edward y la casa se sumergió en un silencio escandaloso.

Se dirigió al piso de arriba y entró en su cuarto. La ventana estaba abierta y las cortinas se movían por la brisa. Su caja de piedras la observaba desde la estantería; se trataba de una lata de color rojo que en algún momento había almacenado pastas de té. A la abuela de Blue le encantaban las pastas de té, pero desde que había muerto ya solo quedaban las latas; no había sitio para ellas entre las galletas integrales y las barritas energéticas de muesli y avena que alimentaban a su madre.

Abrió su lata de piedras bonitas y las miró.

Allí estaban todas: Corazón… Nube de algodón… Cola de sirena… Tulipán…

Pero aquella vez fue diferente, ya que, cuando cerró la caja, sí le importó estar sola. Quiso poder enseñárselas a alguien y hablarle de la abuela Ellie y de cuánto la echaba de menos. Porque echar de menos en silencio hace que el sentimiento parezca menor de lo que en realidad es, todo el mundo lo sabe. Deseó poder recordar en voz alta cómo y cuándo había encontrado cada una de las piedras. También, que algunas eran regalos de personas que ya no estaban. Incluso de él.

Daba igual; mirase donde mirase, Blue no tenía a nadie.

Su padre se había ido y había tenido dos hijos nuevos a los que sí parecía querer, su madre y ella no conectaban, y su mejor amigo, la única persona que la había hecho sentirse especial, había dejado de serlo y había decidido que Blue ya no era una persona interesante.

Pensó en telefonear a Peyton, pero, en el fondo, no le apetecía. Ni siquiera ella era su amiga de verdad, solo era su compañera de pupitre. Se habían visto obligadas a sentarse juntas, ya que Peyton tampoco tenía amigos. Había llegado nueva ese curso, tenía un problema de sobrepeso y usaba el sarcasmo como respuesta para todo. No, no era el mejor perfil para integrarse con facilidad en el infierno del instituto.

Así que Blue colocó la lata en su sitio y lo sintió. Sintió la aguda punzada de soledad que le abrió una grieta enorme en su corazón.

Se sentía sola y entonces entendió lo que de verdad significaba esa palabra.

No, algo peor, comprendió esa diferencia entre significados.

Blue abrió los ojos a su alrededor y se dio cuenta de que no solo estaba sola, sino que se sentía también así. Y era una sensación horrible.

Por primera vez en su vida, echaba en falta algo que no estaba en su mano conseguir o solucionar. Si los demás elegían marcharse, ¿qué podía hacer ella al respecto? Puede que incluso se lo mereciera. Puede que tuvieran motivos, aunque prefería deshacerse de esos pensamientos que escocían.

Sin embargo…, ¿y si existía una posibilidad de dejar de sentirse así? Quizá aún podía hacer algo; ese algo que nunca la había abandonado y donde había encontrado a los mejores amigos del mundo. Un universo a su medida creado con letras, tildes y diéresis de colores. Los libros de otros la habían ayudado infinidad de veces y ahora le había llegado el turno a ella de crear nuevas realidades en las que perderse.

Cogió su libreta y cerró los ojos con fuerza unos segundos. Después comenzó a imaginar, porque cuando Blue escribía nunca se sentía sola. Estaban ellos y era más que suficiente.

Apple se sentía sola en el borde de su ventana…