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Introducción

Soy cada persona que he encontrado, cada lugar que he conocido, cada momento que he vivido.

Yo soy un pasado del que aprendo y un futuro incierto.

María se despierta una lluviosa mañana de septiembre. Con paso lento se dirige al baño, se mira al espejo, y una sensación de tristeza se apodera de ella. ¡Otro día más en ese trabajo horrible! Después de ducharse con agua templada, se hace un café. Mientras se lo toma, mira su móvil sin prestar atención, de forma automática. Empieza a pasar las stories de Instagram esperando encontrar algo que la entretenga. Influencers con una vida perfecta, mujeres sin celulitis comiendo supersano… Y, de repente una punzada de ansiedad en el pecho: Víctor, el chico con el que estuvo saliendo durante casi un año y que rompió con ella hace apenas dos meses sin darle ninguna explicación, ya tiene otra novia. Y se les ve muy felices… «¿Ya me ha sustituido?», piensa. Esto la hace sentirse inferior a la nueva chica de Víctor. Esa misma sensación la ha acompañado, sin ser consciente de ello, desde que era niña, cuando su madre la comparaba con su hermana mayor, o cuando las niñas del cole se reían de ella y nunca la incluían en el grupo «de las guais», o cuando en el instituto los chicos prestaban atención a todas sus amigas menos a ella . ¿O quizá apareció a consecuencia de todas las veces que le habían roto el corazón? «No sé —se dijo—; solo sé que de nuevo alguien es mejor que yo». Y tras esto, los ojos se le llenaron de lágrimas.

A dos calles de allí, Inés llora desesperada en el baño. Su marido, Juan, se ha marchado de casa después de una discusión, y ella tiembla porque cree que la va a abandonar. Todo empezó por una tontería que ya ni recuerda. No sabe muy bien cómo, pero ella acabó perdiendo los estribos, persiguiéndole y suplicándole que hablaran otra vez del tema, mientras él le pedía espacio y la amenazaba con irse (algo que siempre terminaba sucediendo) si no se calmaba.

En ese mismo edificio donde Inés llora, hay una cafetería. En ella Esther mira por la ventana y se pregunta por qué todas las chicas de su trabajo parecen estar siempre tan ocupadas con su vida perfecta, sin tiempo para tomarse siquiera un café con ella. Esther no tiene el típico grupo de amigas, ni de toda la vida ni reciente, y se siente muy sola. Entablar amistades en la edad adulta es un auténtico quebradero de cabeza. «¿Por qué nadie quiere ser mi amiga? ¿Tan poco interesante soy?», piensa mientras come un bollo de chocolate y experimenta una culpa terrible por hacerlo: «Debería cuidarme. Con este cuerpo, ¿cómo va a querer alguien ser mi amiga? Seguro que si fuera como Laura, tan guapa y exitosa…». Esther se siente sola, y, por qué no decirlo, gorda. Exactamente igual que en el colegio, cuando le hacían bullying por su sobrepeso. Unos minutos después, sube en el ascensor hacia el trabajo. Llega a la oficina con una amplia sonrisa para esconder su dolor tras una máscara de felicidad. Ha comprado cafés y bollos para todos. Sin darse cuenta, intenta que la acepten mostrándose extremadamente complaciente. Sus colegas se acercan para recoger las bebidas aún humeantes y ella les habla con excesiva amabilidad. Solo intenta encajar, pero los demás perciben que es falsa, demasiado servicial e incluso sumisa, por lo que cogen el café y se alejan con un simple «gracias».

En otra habitación, Laura, la compañera que parece exitosa y a la que Esther envidia, llega al despacho para comenzar su jornada laboral. Al entrar en la oficina, su jefa le dice que se van a reunir con un cliente importante. «Nos jugamos mucho», añade. Automáticamente todo su cuerpo se pone en tensión. Va a por un vaso de agua, tiene la boca seca. Todo el mundo considera que Laura es una mujer segura de sí misma, y en algunas ocasiones ella también consigue sentirse así. Pero es una sensación efímera, pues, en cuanto alguien le señala algún error, o cuando tiene que mostrar sus capacidades ante otros, el convencimiento de que no es suficiente la arrasa como un torbellino. En realidad, cada paso que da está marcado por el temor al juicio, a ser percibida como alguien poco competente o poco válida. Por ello intenta parecer segura y perfecta. Sin embargo, una voz cruel suena en su cabeza: «Soy una inepta; nunca hago nada bien». Nadie lo sabe pero Laura se pasa la vida juzgándose, pasando de un extremo a otro: de trabajar en exceso y ser «la líder» y la mujer «intachable» a procrastinar y dejar que las cosas se le acumulen mientras se tumba en el sofá durante horas para ver Netflix y se repite una y otra vez lo inútil que es. «¿Qué me pasa? ¿Por qué no puedo sentirme valiosa?», se pregunta.

Estas son algunas de las historias reales[1] que me he encontrado, tanto en mi consulta como en círculos y retiros, a lo largo de los más de diez años que llevo acompañando a mujeres que desean sanar sus heridas y conectar con su poder interior. A través del psicoanálisis, conseguimos que sus preguntas sobre por qué les ocurren cosas similares a las que he contado no sean meras quejas, sino puertas de entrada a su inconsciente y sus heridas. Desde la curiosidad y el respeto, nos tomamos el tiempo necesario para indagar en su presente y su pasado. Gracias a esto, descubrimos las razones por las que se repiten una y otra vez las mismas situaciones que las hacen sufrir, y trabajamos su poder personal y su plenitud vital.

En la seguridad de mi despacho, estas mujeres se fueron dando cuenta de cómo las escenas dolorosas de su infancia, así como los roles y las alianzas que forjaron con sus familias y otras personas significativas, les afectan en su presente. Y, querida lectora, déjame decirte que a ti también te pasa lo mismo. Tus fracasos amorosos y la forma en que te relacionas con los demás, la manera en que te limitas a la hora de tener éxito, el estilo de vida que tienes, el quererte o no quererte… Todo ello está influenciado por las experiencias importantes que viviste en tu infancia. Y esto es así porque durante este periodo es cuando se conforman las bases de tu identidad, tu personalidad, tu mente y tu cerebro. Es decir, es el pilar sobre el que se asentarán todas las vivencias posteriores de tu vida.

A lo que te ocurrió en la infancia y constituye tu mundo interior los psicoanalistas lo llamamos «partes internas» o «instancias psíquicas». A lo largo de estas páginas veremos que algunas de estas partes son más infantiles —son las que yo llamo «niñas interiores»— y que hay otras que, pese a no serlo, también se conformaron en tu pasado. Si estás leyendo este libro, estoy convencida de que has conectado con estas partes y sabes que muchas de ellas te limitan y te hacen sufrir profundamente. Sin embargo, también estoy segura de que has sentido dentro de ti una fuerza que a lo mejor aún no puedas explicar. Una especie de susurro o quizá un grito, una energía, que te pide hacer cambios, sanar. Esa fuerza, esa llamada interna, ese rugido, es tu Mujer Salvaje; tu parte más ancestral, que es capaz de transformar el dolor en poder.

Y, querida mujer, si te encuentras leyendo esto, es porque estás preparada para transformarte en una alquimista y convertir el dolor en oro. Estás lista para ser la mujer que mereces ser y llevar un estilo de vida con el que te sientas plena. Ya es hora de liberarte de tu injusto pasado* y de desplegar tus alas y volar. Es el momento de decirle al mundo: «Aquí estoy yo, voy a vivir con todo mi ser, porque soy poderosa, salvaje, auténtica». Si estás frente a este libro, es porque sientes la llamada de tu renacer.

Muchas personas te dirán que eres quien eres gracias a tus traumas y experiencias dolorosas. Yo no lo creo así. Para mí, eres quien eres a pesar de lo que viviste, pero no merecías vivirlo. Creo que de la primera forma se romantiza el maltrato y el abuso, sin embargo, con el enfoque que propongo, se da énfasis a tu poder personal, a que tuviste que sobrevivir a algo que nunca tuvo que ocurrirte. No les damos las gracias a las personas que nos hicieron daño, nada hay que agradecerles. Tienes que darte las gracias a ti misma, por mucho sufrimiento que guardes dentro de ti, y también a aquellos que te trataron bien. Porque al final fuiste tú la que seguiste adelante y fueron esas personas las que te sirvieron de sostén. Por el contrario, los que te hicieron daño solo generaron dolor y defensas para que este no te sobrepasara, pero que te limitan en tu presente, como veremos en este libro.

Y a esto, hermana, se le llama recorrer el camino que va de la niña herida a la Mujer Salvaje. Un recorrido que debes hacer descalza, con humildad, sin prisa. La travesía no va a ser fácil, encontrarás piedras y montañas y a veces sufrirás, pero será profundamente transformadora. A lo largo de este viaje, pasarás de ser una niña asustada a ser una mujer que sabe cuidar de su lado vulnerable y camina con paso firme y la cabeza alta, siendo la líder de su vida. Una mujer que vive como desea, sin ponerse excusas. Y este libro te guiará para conseguirlo.

Para ayudarte a avanzar por este sendero, he creado la brújula de la sanación que será nuestro timón a partir de ahora, y se divide en cuatro tiempos, cuatro esferas y cuatro bases.

Los cuatro tiempos son:

• El pasado

• El presente

• El futuro

• La presencia

Estos guiarán los capítulos del libro. Mi recomendación es que empieces por el pasado, pero en ocasiones este remueve tanto que algunas mujeres necesitan ir antes al presente, al futuro o incluso a la presencia. Confía en tu intuición.

Las cuatro esferas son:

• La mente, asociada al elemento aire

• El cuerpo y el inconsciente, asociados al elemento agua

• Las relaciones y el estilo de vida o entorno, asociados al elemento tierra

• La espiritualidad, cuyo elemento es el fuego

En ella focalizaremos nuestro trabajo juntas.

Por último, las cuatro bases son:

• El autoconocimiento

• El autocuidado

• La tribu

• La conexión con el sentido vital

A lo largo de las siguientes páginas, te indicaré cómo potenciar cada una de ellas, aunque la mayor parte del texto se centrará en el autoconocimiento, pues considero que es la parte más importante. Solo a través del autoconocimiento alcanzarás la libertad de elegir, o incluso crear, aquello que necesitas para sentir que tu vida merece la pena, en lugar de vivir como otros creen que debes hacerlo. Y es que eso es lo que hacemos las mujeres salvajes: conectar con nuestra autenticidad, sin miedo ni culpa, aunque nadie lo entienda.

Esquema que representa los 4 tiempos, las 4 esferas y las 4 bases

Para conseguir todo esto, en el primer capítulo trabajaremos el pasado, que es el primer tiempo de la brújula, y veremos cómo te afecta en la edad adulta. Te explicaré de forma resumida cómo condiciona tu mente y por qué la infancia es tan importante. Esta parte, aunque más técnica y científica, es fundamental para entender por qué te ocurren ciertas cosas que te hacen sufrir.

En el capítulo 2, seguiremos explorando el pasado mediante la comprensión de tu mundo interior. Conocerás a las niñas heridas; nos centraremos en aquellas a las que más veces he encontrado en mis pacientes y te daré estrategias para poder sanar el daño que cada una de ellas porta. Asimismo, descubrirás otras partes internas que te limitan, pero que no son niñas. Entre ellas te hablaré de tu juez interior, de tu yo ideal, de tu sombra y de muchas otras cosas. También te propondré ejercicios para trabajarlas. En este capítulo, por lo tanto, las esferas de la brújula que trabajaremos con más detenimiento son la mente, el cuerpo y las relaciones, aunque estas dos últimas solo de forma secundaria. Por supuesto, el autoconocimiento será la base fundamental de nuestro trabajo.

En los capítulos 3 y 4, pasaremos al segundo tiempo de la brújula de la sanación: el presente. Identificaremos las cadenas que te atan a una vida insatisfactoria aquí y ahora, desde la sociedad híper, que te genera ansiedad, vergüenza, hiperexigencia y baja autoestima, hasta las relaciones con narcisistas, la dependencia emocional y la económica. Nos centraremos sobre todo en las relaciones personales y en el entorno, y en cómo estos te afectan. Por supuesto, te daré pautas para romper con estas cadenas.

En los capítulos 5 y 6, encontrarás tu plan de acción como Mujer Salvaje. En ellos pasamos al futuro, el tercer tiempo de nuestra brújula. Veremos cómo despertar, cultivar y potenciar tu poder interior y te daré estrategias para tener un estilo de vida slow, organizar tu tiempo y crear hábitos y rutinas que te cambiarán la vida. No te asustes, ya verás que no solo son efectivos, sino también fáciles de aplicar, sea cual sea tu situación actual. Las esferas que trabajaremos son principalmente el cuerpo, el entorno y la espiritualidad.

El capítulo 7 ofrece un gran número de ejercicios, por si necesitas más recursos que te ayuden con tu sanación y tu cambio de vida. Completaremos la brújula profundizando en su último tiempo: la presencia. Este es un capítulo dedicado a integrar todo lo que has aprendido, una especie de almanaque donde puedes ir a buscar aquello que quieras trabajar de forma concreta. Además de los que encontrarás en estas últimas páginas, en cada capítulo tendrás a tu disposición ejercicios específicos para sanar o potenciar aquello de lo que estemos hablando.

Pero, querida mujer, hay algo que debes tener en cuenta: las mujeres salvajes se manchan las manos. Con esto me refiero a que, para sanar tus heridas y cambiar tu vida, debes llevar a cabo los ejercicios propuestos, y no solo leer el libro como quien ve una película. Para ello te recomiendo tener una libreta que solo uses para tu desarrollo personal. Yo la llamo la Libreta Consciente y siempre aconsejo que sea bonita. En ella irán escritos tus recuerdos, pensamientos y sentimientos, tu vida, y mereces guardarlos en un lugar bello. No es frivolidad, es autocuidado; es lo que mereces. Recuerda: leer te hará despertar, pero pasar a la acción te dará el poder de transformar. Ahora bien, la Mujer Salvaje elige qué quiere y qué no quiere hacer. Es decir, no tienes que hacer todo lo que te propongo, sino solo aquello que sientas que necesitas trabajar.

Dicho esto, vamos a por tu transformación. ¿Estás preparada?

NOTA DE LA AUTORA: El contenido de este libro hace referencia a cientos de seminarios, cursos y másteres en los que me he formado, obras que he leído, conversaciones privadas con analistas de mucho renombre y a mi propia experiencia clínica, por lo que a veces puedo expresar planteamientos científicos o clínicos tomados de otros autores, pero otras muchas ideas se basan en mi propia vivencia, respaldadas por mi trabajo con miles de personas. Estoy segura de que gran parte de mi práctica profesional está teñida de todos mis conocimientos y también de mi historia personal, porque, por muy científicos que queramos ser, somos humanos (la objetividad no es tan sencilla en la psicología). Por ello, pido disculpas si alguna de mis conclusiones no es muy científica o si otros autores la han expuesto antes que yo. Puedo haberlos leído y no acordarme o tal vez, simplemente, ambos hemos llegado a la misma conclusión al trabajar con personas que sufren.

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El primer paso: el pasado

¿Lo que me ocurrió en la infancia me afecta en la edad adulta?

Cuando una mujer acude a mi consulta se lamenta de que en su vida no paran de repetirse situaciones que le generan mucho dolor, y no entiende por qué le sucede lo mismo una y otra vez. Yo le explico que esto se debe a dos motivos: las vivencias que tuvo en su infancia, especialmente aquellas relacionadas con su familia —en concreto, con sus padres o cuidadores—; y, por otro lado, las circunstancias que viva en su presente, que siempre están influenciadas por su pasado. Muchas mujeres me miran incrédulas: «¿Me estás diciendo que siempre acabo con hombres que me hacen daño a causa de mi pasado?». La respuesta es sí, al menos en gran medida. Y en este capítulo y en el siguiente, veremos por qué, sea cual sea tu problema, la infancia está muy relacionada con él.

El objetivo de este primer capítulo es conocer los fundamentos científicos y teóricos que sostienen lo importante que es entender tu infancia y sanarla, para así ser capaz de comprender lo que te pasa de adulta, ya sea una baja autoestima, problemas en las relaciones o incluso ser incapaz de tener éxito. Para ello te voy a explicar:

•    Cómo las relaciones con las personas significativas de tu infancia (conocidas también como «figuras de apego») conforman tu mente y cómo configuran la percepción de quién eres tú, quiénes son los otros, qué puedes esperar de ellos y lo seguro o inseguro que es el mundo que te rodea.

•    Qué es una mente no integrada y todas las dificultades que esta trae a tu vida.

•    Cómo la mente se protege cuando no quiere ver algo doloroso que te concierne ti o a alguien de tu entorno. A esto lo llamamos «defensas» y el problema que conllevan es que, aunque en el pasado te protegieron, ahora se han convertido en mecanismos automáticos y te impiden llevar una vida plena.

•    Algunas consecuencias de los traumas infantiles.

•    Cómo tu infancia y las relaciones que tuviste con tus cuidadores, así como el trauma que pudiste vivir, influyen en la construcción de tu cerebro, y cómo esto te afecta en tu día a día.

Quizá ya sepas todo esto porque lo has leído en otros libros, pero es tan importante que debo abordarlo una vez más. Además, voy a incluir la perspectiva psicoanalítica, que no suele encontrarse más allá de los manuales de la propia disciplina. Este primer capítulo es fundamental porque al leerlo entenderás mucho mejor el peso que tiene tu historia en tu presente, qué ocurre dentro de tu cuerpo y tu mente para que se repitan una y otra vez las cosas que te hacen daño, en lugar de pensar que hay algo malo dentro de ti.

Si este abordaje más técnico no te interesa demasiado, puedes saltártelo e ir directamente al capítulo 2, donde encontrarás, como ya he mencionado, a las niñas interiores y otras partes internas. No obstante, considero que si haces esto, la información puede parecerte descontextualizada. Pero, como Mujer Salvaje que estás destinada a ser, tú decides.

Teorías que explican cómo te afecta la infancia en la edad adulta

Como he comentado, en las siguientes páginas sentaremos las bases —científica y teórica— que explican el modo en que las experiencias de los primeros años de vida condicionan las de la edad adulta y por qué es fundamental revisar el pasado para entender y sanar lo que te ocurre en el presente. Comencemos.

La exterogestación y el apego

Lo primero que debes saber es que los seres humanos somos la especie animal más dependiente del planeta. Esto es así por dos fenómenos: la exterogestación y el apego.

El primero hace referencia a que los bebés de nuestra especie nacen de forma prematura para poder pasar por el canal de parto, que se ha estrechado a causa del bipedismo, es decir, para que podamos caminar sobre nuestras dos patas traseras, las piernas. Lo que la exterogestación explica, en esencia, es que cuando nacemos aún deberíamos seguir dentro del vientre materno, por lo que durante los primeros meses de vida somos totalmente dependientes. Mucho más que cualquier otro animal del planeta. Esto hace que necesitemos de una figura de apego (o dos) que nos cuide y satisfaga nuestras necesidades las veinticuatro horas del día, desde la alimentación hasta el cuidado y la protección. Pero no solo por estos motivos: a través de estas personas empezaremos a descubrir cómo somos nosotros y el mundo que nos rodea, y también son ellas las que harán que nos sintamos seguras para explorar nuestro entorno. Esto es lo que se conoce como «apego», el segundo fenómeno.

La teoría del apego fue propuesta por el famoso psicoanalista John Bowlby y sus discípulos. Plantea que los seres humanos nacemos biológicamente programados para vincularnos: no es un capricho, es una necesidad. Es decir, lo que más necesitamos cuando somos recién nacidos es que nuestros adultos cuidadores, nuestras figuras de apego, nos hagan sentirnos seguras, pues sin ellos no podemos sobrevivir.

La cuestión es que las figuras de apego no siempre responden de la misma manera ante esto y, dependiendo de su forma de relacionarse con nosotras, desarrollaremos un tipo de apego u otro. Los cinco tipos de apego que se conocen son: seguro, inseguro-ambivalente, inseguro-evitativo, desorganizado e inclasificable. Cuando hablemos de las relaciones, veremos qué características concretas tiene cada uno de ellos y cómo te afectan en la edad adulta.

Debes saber que tu tipo de apego influye y crea lo que los psicoanalistas llamamos «modelos operativos internos», que son las representaciones y los esquemas de tu entorno y de ti que tienes en la mente. En ellos se encuentra «escrito» quién crees que eres; cuán exitosa consideras que mereces ser; cuánto te amas; si los individuos que te rodean son confiables o no; a qué tipo de personas escoges y a cuáles vas a descartar; cómo te vas a relacionar con tu pareja y tus hijos; en qué medida puedes alejarte de tus seres queridos para explorar el mundo, etcétera. Por ejemplo, si tienes un apego seguro, tu modelo operativo interno te dirá que eres alguien con capacidades para enfrentarse a la vida, que merece ser amada y puede confiar en los demás. Sin embargo, si tienes un apego evitativo, tu modelo operativo interno te dirá que es mejor estar sola porque los vínculos no son de fiar. Y da igual que tengas delante al ser humano más honesto del planeta, tú lo vas a percibir a través de este modelo que hay en tu mente y te alejarás. Es por esto por lo que en tu vida se repiten sucesos que te gustaría que no ocurrieran nunca más, como por ejemplo tener «mala suerte» en el amor. Ahora ya sabes que no se debe a la mala suerte, sino a las experiencias de tu infancia.

Los tipos de apego, así como sus modelos operativos internos, son estables a lo largo del tiempo, tanto que, si no te ocupas de modificarlos, no solo te condicionarán a ti durante toda tu vida, sino que pasarán de generación en generación. Esto quiere decir que si tus padres tenían, por ejemplo, un apego ansioso-ambivalente (o preocupado), es probable que lo hayas heredado y, si no haces terapia, se lo transmitas a tus hijos, con las consecuencias negativas que esto tendrá para ellos.

No digo esto para que te sientas culpable ni para que justifiques todo lo que te pasa, sino para que entiendas de dónde proviene parte de tus problemas y, de esta manera, puedas trabajar sus causas profundas y tener una vida plena, la vida de la Mujer Salvaje. La buena noticia es que el apego se puede modificar y, en este libro, lo vamos a hacer juntas. A continuación, vamos a ver otras teorías fundamentales que también explican por qué no te amas y por qué reincides en cosas que te hacen sufrir.

Heridas en el narcisismo

Otra causa de tu sufrimiento que proviene de la infancia es tu narcisismo. En la actualidad, este término tiene muy mala fama porque el trastorno narcisista de la personalidad lo ha hecho muy popular; sin embargo, el psicoanálisis no lo considera patológico. Algunos de los autores que he estudiado sostienen que el narcisismo es una parte de la psique donde se almacenan todas las ideas que una persona tiene de sí misma sobre cuánto vale y cuánto debe amarse. Es decir, alberga la autoestima y el autoconcepto, entre otras cosas. Para que te ames, tus padres deben transmitirte no solo que te quieren, sino también que te admiran, que confían en tus capacidades; que, tal como eres, te ven como a un ser genial. Esa mirada de admiración hacia la niña que fuiste, la interiorizas y, con el paso del tiempo, determina cómo te ves. El problema es que a veces sucede lo contrario, y hay padres que quieren que seas una persona distinta, te hacen sentir mal con sus palabras o sus actos y esto te genera lo que se conoce como «heridas narcisistas». Vamos a verlo con un ejemplo:

Imagina que un día, mientras subes a un tobogán, te resbalas y caes. Puede que tus padres, aunque te calmen y te animen a continuar, te digan algo parecido a lo siguiente: «Hija, es que eres un poco torpe, pero, venga, inténtalo nuevamente». Otro día, cuando estás poniendo la mesa, se te cae un vaso de agua y, en lugar de decirte «Cariño, no pasa nada, lo limpiamos y ya está», te sueltan algo así como: «¡Ay, pero mira que eres inútil! La que has liado… Quita, que ya lo limpia mamá». O quizá, en tu caso, tus padres no te dijeron nada negativo, pero te lo dieron todo hecho y no te dieron tiempo a aprender o entrenar tus habilidades.

Por un lado, estas palabras y estas conductas mandan un mensaje claro: «Hay algo de lo que no eres capaz, de lo que no estamos orgullosos, algo de lo que tienes que avergonzarte». Y, como esto se convierte en lo que tú crees que eres, empezarás a comportarte así, por lo que se producirá una «profecía autocumplida»: te consideras torpe y, entonces, no confías en ti, por lo que se te caen las cosas o tropiezas a menudo, lo cual confirma que lo eres.

Por otro lado, si en la infancia no recibiste esas miradas de admiración de tus padres, las buscarás en otro lugar, especialmente, en dos: otras personas y el éxito. De este modo, te volverás muy dependiente de los halagos de los demás (jefes, parejas, etcétera), así como de las metas que alcances en tu vida, lo que puede hacerte sentir muy triste y poco valiosa si quienes te rodean no valoran lo que haces o muestras al mundo, o si no consigues los objetivos que te propones.

Como puedes observar, las heridas narcisistas que albergan tus niñas heridas explican muchas de las cosas que te suceden. Por ejemplo, podrías deprimirte si tu pareja te abandona o si te despiden del trabajo, no porque te dé miedo la soledad o tu situación económica, sino porque para ti significaría que no eres lo suficientemente buena. Además, cuando tus niñas heridas sufren una herida narcisista, vivirás con la constante sensación de ser tonta, mala o inútil. Pero la realidad es que no lo eres, sino que te estás viendo a través de la mirada de unas personas que en tu pasado no te supieron valorar. Todo esto, tanto lo que tiene que ver con las niñas interiores como con la Mujer Salvaje, lo iremos descubriendo y sanando a lo largo de este libro.

La escisión y la integración de tu mente

Otro concepto que explica por qué la infancia tiene tanto peso en nuestra vida, es la «integración» (o no «integración») de tu mente. Algunos psicoanalistas conocidos del siglo pasado, como Melanie Klein y Donald Winnicott, además de otros contemporáneos, han abordado este tema. Simplificando mucho, podríamos decir que cuando nacemos nuestra mente es una especie de amalgama donde todo se mezcla y se confunde; no sabemos quiénes somos, ni siquiera distinguimos si somos un individuo separado del entorno. No comprendemos ni podemos establecer si eso que nos molesta es un dolor de barriga, es decir, es algo que sucede dentro de nosotros; o si tenemos frío y es una sensación que proviene del entorno. Para que esta confusión acabe y podamos ordenar el mundo, tanto interno como externo, nuestras figuras de apego deben sintonizarse con nosotras y nuestras necesidades, y acompañarlas de miradas, caricias, tonos amables de voz y palabras que nos expliquen lo que ocurre. Mamá o papá deben poder decirnos: «Cariño, lo que estás sintiendo son cólicos y duelen mucho, es normal que llores. Estoy aquí para ayudarte, no estás sola» o «Lo que tienes es frío, pero ya verás cómo con esta mantita se te quita». De esta forma, nuestro universo se irá ordenando y podremos ponerle palabras a lo que experimentamos, así como establecer límites entre el afuera y el adentro. Sin embargo, si esto no ocurre, nos será difícil saber qué nos pasa, gestionarlo y diferenciar entre si los que nos dañan son nuestros pensamientos, otras personas o el entorno.

En una fase posterior, nuestra mente empieza a ordenarse dividiendo todo en dos: bueno y malo, amor y odio, etcétera. Si te fijas, en las películas y los cuentos infantiles siempre queda muy claro quién es el bueno y quién el malo, y, normalmente, el primero triunfa sobre el segundo. Y es que los niños no pueden entender el mundo de otra forma; para ellos, una misma persona no puede albergar el bien y el mal. Por eso, cuando eras niña y mamá se enfadaba, era mala; pero cuando era cariñosa, era buena. Por supuesto, también te percibías a ti misma de esta manera: «Si me riñen soy mala; si me alaban, buena». A esto lo llamamos «escisión». La importancia de esta teoría radica en que puede que en el presente sigas percibiendo tanto al entorno como a ti misma de este modo. Pasarás entonces rápidamente del amor al odio, del «Te necesito» al «Ya no te quiero» o del «Soy genial» al «No valgo para nada». Si esto es así, es probable que sufras mucho, porque tu amor propio y tu autoconcepto dependen de tu estado de ánimo o de la imagen de ti misma que el mundo exterior te devuelva. Por otra parte, es probable que tengas conflictos de todo tipo en tus relaciones, y es probable que la gente acabe alejándose de tu lado sin que sepas por qué. Y, hermana, no mereces vivir sufriendo así.

Pero no te preocupes, porque tengo una buena noticia, y es que hay una etapa final que es la «integración». Cuando nuestra mente funciona de manera integrada, vemos el mundo de forma compleja y ordenada. A continuación, te pongo un ejemplo del modo en que hablarías de tus padres:

Mamá no es mala ni tampoco un ser perfecto; tiene cosas que me gustan y cosas que me hacen daño. Sé que es así debido a su pasado, a la falta de apoyo con la que se encontró en mi crianza y a la influencia de mi padre. Aun sabiendo todo esto, me sigue doliendo cómo me trató en el pasado, pero elijo disfrutar con ella ahora que soy adulta; eso sí, poniendo límites. Por su parte, mi padre se portó muy mal conmigo y no he podido perdonarlo. De hecho, no quiero tener relación con él, pues no me hace bien y necesito cuidarme. A veces me siento culpable, porque es mi padre y también tiene algunas cosas buenas, pero me lastima demasiado.

Como ves, en esta etapa puedes entender que no todo es blanco o negro, que la gente actúa en consonancia con sus propios miedos, angustias, deseos y traumas, aunque esto no justifique sus actos. También comprendes que cómo te sientes o cómo te tratan los demás no determina si eres buena o mala, y que tu historia influye en tu presente. Por último, asumes que una determinada emoción no te hace ser mala persona ni cometer un fallo te hace inútil. De este modo, empiezas a quererte a ti misma tal como eres, tu autoestima se fortalece y deja de fluctuar según lo que sientas o te suceda, y te haces responsable de las partes internas que te hieren o lastiman a otras personas, para sanarlas. Además, podrás ver a los demás de forma más completa y dejarás de sentirte agraviada por comportamientos que en realidad no son ataques, de manera que tendrás muchos menos conflictos. También podrás reconocer a quien de verdad te daña y podrás distinguirlo de alguien con quien simplemente tienes un conflicto, algo normal en las relaciones humanas. Todo esto es lo que vamos a tratar de conseguir en este libro sanando a las niñas y activando a tu Mujer Salvaje. Creo que ahora puedes entender su importancia.

Por último, déjame decirte que tener una mente integrada y comprender los motivos por los que otros actúan no significa que debas perdonarlo todo o someterte. No. Con la terapia, así como con este libro, pretendemos que alcances una buena integración para mejorar tu autoestima, tus relaciones y tu vida, y no para que seas «un ser de luz». La Mujer Salvaje es, a fin de cuentas, humana.

Las defensas

Los mecanismos de defensa son formas que tiene tu mente de protegerte de pensamientos, emociones o situaciones que te puedan resultar dolorosas. Se configuraron durante tu infancia para protegerte y permitirte que te adaptaras al ambiente en que vivías. El problema es que en la edad adulta ya no necesitas protegerte, porque ahora tienes otros recursos. La cuestión es que tus niñas heridas, a las que conocerás en el siguiente capítulo, no saben esto, por lo que las defensas que habitan dentro de ellas se activarán de manera automática, como si aún continuaras en esa etapa.

El psicoanálisis establece que tenemos muchos tipos de defensas diferentes, pero solo citaré brevemente los más genéricos para que entiendas cómo te limitan en tu camino hacia la Mujer Salvaje. Comprenderás algo que dijo Freud, padre del psicoanálisis, y es que no tenemos tanto poder sobre nuestra mente como creemos. La buena noticia es que, cuando eres consciente de tus defensas, puedes actuar sobre ellas y evitar que condicionen tu vida y tu felicidad. Por ello, el primer paso es conocerlas, el segundo es saber en qué momentos se activan y el tercero es actuar de modo diferente cuando detectas que se están activando. Tranquila, lo iremos trabajando juntas a lo largo de esta guía. Centrémonos ahora en el primero: en conocerlas.

Defensas basadas en la represión

Lo que intenta la mente con estas defensas es inhibir algo de lo que no quiere que seas consciente; algo que no puede integrar en la imagen que tienes de ti misma, de los demás o del mundo. Por ejemplo, puede que en tu casa ganar dinero se asociara a ser mala persona o un corrupto. Este mensaje quedó arraigado en tu inconsciente, y, sin saberlo, reprimes tu ambición y tu talento. En la edad adulta, no percibes que tienes la capacidad de generar muchos ingresos y vives saboteando tus esfuerzos por prosperar eligiendo trabajos mal remunerados, creyendo que no eres merecedora de algo mejor o «estropeando» proyectos porque crees que no eres competente.

Como ves, ser consciente de esta defensa es importante porque, al frenar tu ambición, tu Mujer Salvaje también está reprimida. Es decir, se encuentra en tu interior, pero silenciada y olvidada. Sin embargo, estoy segura de que oyes su llamada y de que a veces sale a la luz, sorprendiendo a tu entorno e incluso a ti misma.

Defensas basadas en la escisión

Estas son las defensas que tendrás si tu mente está escindida, algo que hemos visto en el apartado anterior. A diferencia de la represión, las defensas basadas en la escisión te protegen manteniendo separados dos conceptos opuestos que no puedes integrar, tanto si estos atañen a otras personas como a ti misma. En lugar de depositar uno de los dos conceptos en el inconsciente, ambos coexisten en tu mente, alternándose y sin aparecer nunca al mismo tiempo. Aunque en el apartado anterior ya hemos visto varios, voy a ponerte un ejemplo: imagina que cuando las cosas te van bien en el trabajo, te percibes a ti misma como una persona exitosa e imparable. No obstante, cuando alguien te critica o algo se tuerce, te consideras incompetente y torpe.

Defensas traumáticas

Aunque el psicoanálisis no contempla este tipo de defensas, las incluyo porque las considero sumamente importantes. Lo primero que debes saber es que el trauma es atemporal. Esto quiere decir que, aunque en el presente no te encuentres en una situación de peligro, tu cuerpo se defenderá tal como hacía en el pasado cuando sí lo estaba. De este modo, puedes quedarte bloqueada, volverte sumisa o agresiva dependiendo de qué defensa te resultara más efectiva en tu infancia. Existen tres defensas traumáticas:

•    La primera es pedir ayuda, esto es, activar el sistema de apego para que nuestros seres queridos u otras personas vengan a asistirnos. Si estos respondían a tu llamada cuando eras pequeña, de adulta te dejarás ayudar por otros y habrás integrado una gran variedad de recursos adaptativos. Te sentirás capaz de resolver situaciones complicadas y percibirás que el mundo es un lugar confiable y seguro, donde hay personas que te apoyan. Por el contrario, si de pequeña pedías ayuda y nadie acudía, de mayor preferirás apañártelas sola y creerás que eres muy independiente.

•    La segunda es el sistema de lucha-huida; es decir, cuando intentamos defendernos de algo o salir corriendo. Se activa cuando no se recibe la ayuda que se necesita de las figuras de apego. Si de niña usabas esta defensa, en la edad adulta pueden suceder dos cosas: o bien temerás el conflicto y lo evitarás, o bien responderás de forma impulsiva y violenta a los contratiempos. Lo ideal sería que no actuases ni de un modo ni de otro, sino que respondieras con asertividad. La asertividad es la capacidad de expresar tus opiniones, deseos y sentimientos de manera respetuosa, sin ser agresiva ni someterte a los demás, buscando soluciones. Eso es lo que quiero que consigas a través de tu Mujer Salvaje.

•    La última defensa se construyó cuando de pequeña te enfrentabas a un adulto que quería hacerte daño, porque obviamente para una niña es muy difícil protegerse de ellos. Esta defensa consiste en el congelamiento; en quedarnos detenidas, sin voluntad, paralizadas. Si en la infancia te viste obligada a utilizarla con frecuencia porque tu ambiente era peligroso o impredecible, puedes haber desarrollado una disociación traumática. Si esto es así, actualmente puedes tener amnesia disociativa y no recordar episodios e información importante, y experimentar que tu historia personal o tú misma estáis fragmentadas. También puedes sufrir síntomas de despersonalización y desrealización, entre otros, lo cual significa que te sientes desconectada de ti misma y percibes que tu entorno es irreal. Es importante trabajar tu trauma para que esta defensa no te bloquee en la edad adulta. A lo largo de este libro lo haremos, pero en estos casos también recomiendo hacer una buena terapia trauma-informada.

La neurociencia también explica lo que te pasa

A continuación, te voy a mostrar la base neurocientífica de todo lo que te he contado. Cuando nacemos, nuestro cerebro tiene un inmenso potencial. La cuestión es que, para fomentarlo, necesitamos interactuar con el mundo, sobre todo con nuestros cuidadores. Cuando el ambiente es seguro y estimulante, tu cerebro madurará de forma saludable, y esto te ayudará a tener una mente sana y desarrollar capacidades: buena memoria, concentración, control de impulsos, etcétera. Por el contrario, si tienes un trauma o la estimulación que recibiste de tu entorno fue insuficiente, tu cerebro no se desarrollará plenamente, ni tampoco sus funciones, lo que puede acarrearte problemas de memoria y de regulación emocional, entre otros. Además, al conocer el cerebro, sabrás qué necesitas para sanarlo, ya que la buena noticia es que tiene la capacidad de modificarse. ¿Y esto qué quiere decir? Vamos a ver algunos conceptos que te ayudarán a entenderlo.

«El cerebro triuno»

Esta teoría no es del todo exacta, pero es muy útil para entender lo que ocurre en tu vida. Explica que nuestro cerebro está compuesto por tres partes, que aparecen y evolucionan tanto filogenéticamente (en nuestra especie) como ontogenéticamente (en cada individuo de la especie) de forma diferente.

•    El cerebro reptiliano es el primero en formarse. Es el responsable de la supervivencia y de otras funciones básicas. Sus respuestas son automáticas y te proporciona esas defensas de congelamiento, lucha y huida de las que te he hablado antes.

•    El cerebro límbico es el segundo en constituirse. Está más evolucionado y es responsable, entre otras cosas, de las emociones.

•    En último lugar, encontramos el neocórtex, que se ocupa de las funciones cognitivas superiores, entre ellas, el pensamiento racional, el control de los impulsos y la planificación de estrategias.

Este apartado es clave para que entiendas que, si se activa el cerebro reptiliano, el cual es automático y rápido, se anula la función del neocórtex, de modo que tendrás dificultades para valorar lo que sucede desde un enfoque racional, y actuarás impulsivamente, agresiva o controladora. La buena noticia es que tomarás decisiones rápidamente. Por otro lado, cuando se activa el sistema límbico, también se neutraliza el neocórtex, por lo que te comportarás de manera emocional y a los demás podrás parecerles una persona infantil o un poco exigente. No obstante, esto también tiene su lado positivo: serás capaz de comprender tus emociones y las de otros, tendrás la capacidad de cuidar, etcétera. Por último, el neocórtex te ayudará a ser más racional y controlar los impulsos. Obviamente esto tiene muchos beneficios, pero puede dejarte atrapada en el análisis permanente y que no pases nunca a la acción.

Lo ideal es que estos tres sistemas actúen de forma integrada. Y, cuando esto no es posible, se generan los problemas que te he detallado antes. Pero no te preocupes, a lo largo del camino que te llevará a tu Mujer Salvaje, encontrarás muchas estrategias creadas para que se coordinen entre sí, y podrás trabajar las dos memorias que te mostraré enseguida, así como el trauma acumulado en ellas.

El secuestro amigdalar

Este concepto está relacionado con lo anterior, pero es tan crucial que merece un apartado propio. La amígdala es una pequeña estructura que se encuentra en el sistema límbico de tu cerebro. Ella procesa tus emociones, especialmente el miedo y las respuestas a las amenazas. El problema es que, de vez en cuando, toma el control de tu cerebro —y, por lo tanto, de tus conductas—, y te vuelves impulsiva y agresiva. Esto puede provocar que durante una discusión con tu pareja de repente te pongas a gritar o lanzar objetos, por ejemplo. A esto se lo conoce como «secuestro amigdalar». Para que no ocurra, necesitas entrenar otra estructura: el prefrontal, que se encuentra dentro del neocórtex. Lo conseguirás a través de la meditación, la consciencia plena, la autorregulación emocional, etcétera. Estos recursos también los encontrarás en esta guía.

Memoria explícita

Es la memoria a la que puedes acceder de forma consciente, donde se ubican tanto tus recuerdos buenos como los dolorosos. En ella también se encuentra el relato de quién crees que eres y de cómo es el mundo. Lo importante es que sepas que tu memoria no es un almacén fidedigno: cada vez que traes un recuerdo al presente, este se modifica, de manera que si lo haces en un ambiente de seguridad y sostén esto resultará muy sanador, por lo que debes aprovechar esta circunstancia y utilizarla en tu favor. Por este motivo, en el camino para curar a tus niñas heridas, siempre traeremos el pasado al ahora para trabajarlo a través de poderosos ejercicios de sanación.

Memoria implícita

Esta es la memoria que usas cuando adquieres una habilidad, por ejemplo, andar en bicicleta o conducir. Cuando un aprendizaje se convierte en una conducta automática, pasa a formar parte de este tipo de memoria y se activa sin tener que ponerle atención. Lo más significativo acerca de esta memoria es que también conserva tus experiencias traumáticas, pero, a diferencia de lo que ocurre con la explícita, no sabes que están ahí. Por eso, los psicólogos hablamos de que el cuerpo recuerda el trauma. Tu postura corporal o las defensas traumáticas que he explicado en los apartados anteriores se encuentran «guardadas» de forma inconsciente en esta memoria, y se activan en el presente frente a estímulos que le recuerdan a lo sucedido en el pasado. De hecho, también almacena tus primeros años de vida, esos que tu mente consciente no puede relatar porque tu cerebro no estaba preparado para ello. Por lo tanto, aunque tú no puedas recordar esos años o tus traumas, tu cuerpo sí lo hace y, sin que te des cuenta, activará mecanismos que te limitarán en la edad adulta. Por ejemplo, puedes quedarte bloqueada cuando discutas con tu pareja o tu jefe, no porque sean malas personas o les tengas miedo, sino porque, frente al conflicto, tu cerebro «activa» el trauma pasado y responde tal como lo hizo en su día. A decir verdad, esto es tan poderoso que cualquier persona, objeto o situación pueden ser disparadores de tu trauma y sus efectos —desde un tono de voz, un olor o el color de un jersey—, sin que tú puedas entender por qué reaccionas de una determinada manera ante una situación que no detectas conscientemente como peligrosa.

Hay otras zonas y funciones del cerebro que también son fascinantes y te afectan en la edad adulta, pero por el momento no voy a profundizar más en ellas. Considero que ya tienes suficiente información para entender la importancia que tu pasado, sobre todo la infancia, tiene en lo que te ocurre actualmente.

A continuación, vamos a trabajar con tu mundo interior; no tanto para conocerlo —que también—, sino para sanarlo. ¿Estás preparada?