INTRODUCCIÓN
El sueño californiano
¿De qué manera una visión da origen a un plan que se materializa en una nueva realidad triunfante?
Permítame el lector que le cuente una historia. Es posible que haya oído hablar de ella, sobre todo si vive en California. Si es así, está pagando por ella.
En 2008 se pidió a los votantes del Estado Dorado que se imaginaran en la Union Station del centro de Los Ángeles a bordo de un lustroso tren plateado. El tren sale de la estación y se desliza silenciosamente a través de la dispersión urbana y los interminables atascos de tráfico y acelera al entrar en los espacios abiertos del Valle Central hasta atravesar el campo a toda velocidad. Se sirve el desayuno. Para cuando los empleados recogen las tazas de café y los platos, el tren aminora la marcha y se desliza hacia otra estación. Es el centro de San Francisco. Todo el viaje ha durado dos horas y media, no mucho más de lo que tardaría un angelino medio en conducir hasta el aeropuerto, pasar el control de seguridad y subir a un avión que hará cola en la pista esperando la salida. El coste del billete de tren era de 86 dólares.
El proyecto se llamaba Tren de Alta Velocidad de California. Conectaría dos de las grandes ciudades del mundo junto con Silicon Valley, la capital mundial de la alta tecnología. Palabras como «visionario» se utilizan con demasiada largueza, pero esto sí que era visionario. Y con un coste total de 33.000 millones de dólares estaría en marcha en 2020.[1] Los californianos lo aprobaron en un referéndum estatal. Y comenzaron las obras.
Mientras escribo esto, ya han transcurrido catorce años. Gran parte del proyecto sigue siendo incierto, pero podemos estar seguros de que el resultado final no será el prometido.
Después aprobar los votantes el proyecto, se iniciaron las obras en varios puntos del trazado, pero el proyecto sufrió constantes retrasos. Los planes cambiaron repetidamente. Las estimaciones de los costes se dispararon hasta 43.000 millones, 68.000 millones, 77.000 millones y casi 83.000 millones de dólares. Mientras escribo esto, la estimación actual más alta es de 100.000 millones de dólares.[2] Pero lo cierto es que nadie sabe cuál será el coste final.
En 2019, el gobernador de California anunció que el estado completaría solo una parte del trazado: el tramo de 171 millas (275 km) entre las ciudades de Merced y Bakersfield, en el Valle Central de California, con un coste estimado de 23.000 millones de dólares. Pero cuando se complete ese tramo interior, el proyecto se detendrá. Dependerá de algún futuro gobernador decidir si se vuelve a lanzar el proyecto y, en caso afirmativo, averiguar cómo conseguir los aproximadamente 80.000 millones de dólares —o las cifras que sean por entonces— para ampliar las vías y conectar finalmente Los Ángeles y San Francisco.[3]
Para hacernos una idea, consideremos que el coste de la línea entre solo Merced y Bakersfield es igual o superior al producto interior bruto anual de Honduras, Islandia y unos cien países más. Y con ese dinero se construirá la línea ferroviaria más sofisticada de Norteamérica entre dos ciudades de las que la mayoría de la gente de fuera de California nunca ha oído hablar. Será —como dicen los críticos— el «tren bala a ninguna parte».
¿Cómo se traducen las visiones en planes que dan lugar a proyectos de éxito? No como se ha hecho en California. Una visión ambiciosa es algo magnífico. California fue audaz. Soñó a lo grande. Pero, aun con dinero en abundancia, una visión no es suficiente.
Permítame el lector contar otra historia. Esta es desconocida, pero creo que nos acerca a las respuestas que necesitamos.
A comienzos de la década de 1990, unos funcionarios daneses tuvieron una idea. Dinamarca es un país pequeño con una población inferior a la de Nueva York, pero es rico, dona mucho dinero en ayuda exterior y quiere que se emplee bien. Pocas cosas hacen tan bien como la educación. Los funcionarios daneses se reunieron con colegas de otros gobiernos y acordaron financiar un sistema escolar para la nación himalaya de Nepal. Se construirían veinte mil escuelas y aulas, la mayoría en las regiones más pobres y remotas. Las obras comenzarían en 1992 y durarían veinte años.[4]
La historia de la ayuda exterior está plagada de despilfarros, y el proyecto podría haber terminado fácilmente en un caos. Sin embargo, se concluyó conforme al presupuesto en 2004, ocho años antes de lo previsto. En los años siguientes, los niveles educativos aumentaron en todo el país, con una larga lista de resultados positivos, en particular un incremento del número de niñas en las aulas. Las escuelas incluso salvaron vidas: cuando un gran terremoto sacudió Nepal en 2015, murieron casi nueve mil personas, muchas de ellas aplastadas por el derrumbe de edificios. Pero las escuelas habían sido diseñadas desde el principio a prueba de terremotos y se mantuvieron en pie. Hoy, la Fundación Bill y Melinda Gates utiliza el proyecto como ejemplo de cómo mejorar la salud aumentando la matriculación en las escuelas, sobre todo de las niñas.[5]
Yo era el planificador de ese proyecto.[6] En aquel entonces estaba satisfecho de cómo había salido todo, pero no pensé mucho en ello. Era mi primer gran proyecto y, al fin y al cabo, solo hicimos lo que habíamos dicho que haríamos: traducir una visión en un plan que se llevó a cabo según lo prometido.
Sin embargo, además de planificador, soy académico, y cuanto más estudiaba cómo se llevan a cabo —o fracasan— grandes proyectos, tanto más comprendía que mi experiencia en Nepal no fue normal. De hecho, no fue ni remotamente normal. Como veremos, los datos demuestran que los grandes proyectos que cumplen lo prometido son raros. Lo normal se parece mucho más al tren de alta velocidad de California. La práctica usual es un desastre, y la mejor práctica un caso atípico, como señalaría más tarde en mis descubrimientos sobre la gestión de megaproyectos.[7]
¿Por qué es tan malo el historial de los grandes proyectos? Y lo que es aún más importante, ¿qué ocurre en las raras y tentadoras excepciones? ¿Por qué alcanzan el éxito donde tantos otros fracasan? ¿Tuvimos suerte con las escuelas en Nepal? ¿Podríamos volver a hacerlo? Como profesor de planificación y gestión, he pasado muchos años respondiendo a esas preguntas. Como consultor, he pasado muchos años poniendo en práctica mis respuestas. En este libro las pongo por escrito.
Mi trabajo se centra en los megaproyectos —proyectos muy grandes— y muchas cosas de esa categoría son especiales. Navegar por la política nacional y los mercados mundiales de bonos, por ejemplo, no es algo con lo que tenga que lidiar el remodelador medio de viviendas. Pero esas cosas son para otro libro. Lo que aquí me interesa son los propulsores del fracaso y del éxito en los proyectos, que son universales. Esto explica el título: Cómo hacer grandes cosas, que es una alusión a mi experiencia en megaproyectos, proyectos que son grandes para los estándares de cualquiera. Pero «grande» es relativo. Para los propietarios medios de viviendas, la remodelación de una casa puede ser fácilmente uno de los proyectos más caros, complejos y desafiantes que afronten en su vida. Hacerlo bien significa para ellos tanto o más como el destino de los megaproyectos para las empresas y los gobiernos. Es de todo punto una «gran cosa».
Entonces ¿cuáles son los propulsores universales que marcan la diferencia entre el éxito y el fracaso?
Psicología y poder
Uno de los propulsores es la psicología. En cualquier gran proyecto —es decir, un proyecto que los responsables consideren grande, complejo, ambicioso y arriesgado— la gente piensa, emite juicios y toma decisiones. Y allí donde hay pensamiento, juicio y decisiones, entra en juego la psicología; por ejemplo, bajo la forma del optimismo.
Otro propulsor es el poder. En cualquier gran proyecto, las personas y las organizaciones compiten por los recursos y tratan de sacar ventaja. Donde hay competencia y pugna, hay poder; por ejemplo, el de un CEO o el de un político que fuerza a aceptar su proyecto favorito.
La psicología y el poder impulsan proyectos a todas las escalas, desde rascacielos hasta reformas de cocinas. Están presentes en proyectos ejecutados con ladrillos y cemento, bits y bytes, o cualquier otra cosa. Se encuentran siempre que a alguien le entusiasma una visión, quiere convertirla en un plan y hacer que ese plan se haga realidad: da lo mismo si la visión es colocar otra joya arquitectónica en el horizonte de Manhattan o crear un nuevo negocio, ir a Marte, inventar un nuevo producto, cambiar una organización, diseñar un programa, convocar una conferencia, escribir un libro, celebrar una boda familiar o renovar y transformar una vivienda.
Con los impulsores universales en funcionamiento, podemos esperar que haya patrones en la forma en que se desarrollan proyectos de todo tipo. Y los hay. El más común viene perfectamente ilustrado por el tren bala a ninguna parte de California.
El proyecto fue aprobado y los trabajos comenzaron en un arrebato de entusiasmo. Pero pronto proliferaron los problemas. El progreso se desaceleró. Surgieron más problemas. Las cosas se ralentizaron aún más. El proyecto se alargó y alargó. Llamo a este patrón «pensar rápido y actuar despacio» por razones que explicaré más adelante. Es un sello distintivo de los proyectos fracasados.
Los proyectos coronados por el éxito, en cambio, suelen seguir el patrón opuesto y avanzan rápidamente hasta la línea de meta. Así es como se desarrolló el proyecto de las escuelas de Nepal. También lo hizo la presa Hoover, que se terminó por debajo del presupuesto en menos de cinco años, dos antes de lo previsto.[8] Boeing tardó veintiocho meses en diseñar y construir el primero de sus icónicos 747.[9] Apple contrató al primer empleado para trabajar en lo que se convertiría en el legendario iPod a finales de enero de 2001, el proyecto se aprobó formalmente en marzo de 2001 y el primer iPod se envió a los clientes en noviembre de 2001.[10] Amazon Prime, el programa online de afiliación y envío gratuito de artículos por minoristas, de tan enorme éxito, pasó de ser una vaga idea a un anuncio público entre octubre de 2004 y febrero de 2005.[11] La primera aplicación de mensajes de texto SMS se desarrolló en solo unas semanas.
También hemos de incluir aquí el Empire State Building.
Una historia de éxito en Nueva York
La visión que dio origen al que posiblemente sea el rascacielos más legendario del mundo empezó con un lápiz. Quién sostuviera el lápiz depende de la versión de la historia en la que creamos. En una de ellas fue el arquitecto William Lamb. En otra, fue John J. Raskob, un mago de las finanzas y antiguo ejecutivo de General Motors. En cualquiera de las dos, alguien tomó un lápiz de un escritorio y lo sostuvo en vertical con la punta hacia arriba. Es lo que sería el Empire State: esbelto, recto y extendiéndose más alto hacia el cielo que cualquier otro edificio del planeta.[12]
La idea de erigir una torre la tuvo probablemente Al Smith a principios de 1929. Neoyorquino de toda la vida y exgobernador de Nueva York, Smith había sido el candidato presidencial demócrata en las elecciones de 1928. Como la mayoría de los neoyorquinos, Smith se oponía a la Ley Seca. La mayoría de los estadounidenses no estaban de acuerdo y Smith perdió frente a Herbert Hoover. Desempleado, Smith necesitaba un nuevo reto. Llevó su idea a John Jakob Raskob y ambos fundaron Empire State Inc., con Smith como presidente y rostro de la corporación y Raskob como su inversor. Decidieron una ubicación —el emplazamiento del hotel Waldorf-Astoria original, que en su día fue la cúspide del lujo en Manhattan—, establecieron los parámetros del proyecto y desarrollaron el plan financiero. Fijaron el presupuesto total, que incluía la compra y demolición del Waldorf-Astoria, en cincuenta millones de dólares (820 millones en dólares de 2021), y programaron la gran inauguración para el 1 de mayo de 1931. Contrataron al estudio de William F. Lamb. Alguien tomó un lápiz. A partir de ese momento tenían dieciocho meses para pasar del primer boceto al último remache.
Se movieron con rapidez, pues el momento era propicio. A finales de la década de 1920, Nueva York había superado a Londres como metrópoli más poblada del mundo, el jazz estaba de moda, las acciones se disparaban, la economía estaba en auge y se levantaban rascacielos —emocionante nuevo símbolo de la próspera América de la Era de la Máquina— por todo Manhattan. Los financieros buscaban nuevos proyectos que respaldar, cuanto más ambiciosos mejor. El edificio Chrysler pronto sería el más alto de los titanes, cosechando todo el prestigio y los ingresos por alquiler que acompañaban al nombre. Raskob, Smith y Lamb estaban decididos a que su lápiz los superara a todos.
En la planificación el edificio, el método de Lamb era sobremanera práctico. «Los días en que [el arquitecto] podía sentarse ante su tablero de dibujo y hacer para sí mismo bonitos bocetos de monumentos decididamente antieconómicos han pasado —escribió en enero de 1931—. Su desdén hacia las cosas “prácticas” ha sido sustituido por el propósito más serio de hacer de las necesidades prácticas el armazón sobre el que modela la forma de su idea».
Trabajando en estrecha colaboración con los constructores e ingenieros del proyecto, Lamb desarrolló diseños conformes con el emplazamiento y la necesidad de ajustarse al presupuesto y al calendario. «La adaptación del diseño a las condiciones de uso, construcción y rapidez de ejecución ha ido por delante durante todo el desarrollo de los planos del Empire State», escribió. Los diseños se probaron rigurosamente para garantizar su idoneidad. «Apenas se admitió un detalle que los constructores y sus expertos no hubieran analizado a fondo y ajustado y modificado para hacer frente a todos los retrasos previstos».[13]
En una publicación de 1931, la corporación se jactaba de que, antes de que se hubiera realizado ningún trabajo en la construcción, «los arquitectos sabían exactamente cuántas vigas y de qué longitudes, incluso cuántos remaches y pernos se necesitarían. Sabían cuántas ventanas tendría el Empire State, cuántos bloques de piedra caliza y de qué formas y tamaños, cuántas toneladas de aluminio y acero inoxidable, y cuántas de cemento y de mortero. Antes de empezar su construcción, el Empire State estaba totalmente terminado sobre el papel».[14]
La primera excavadora a vapor clavó sus garras en la tierra de Manhattan el 17 de marzo de 1930. Más de tres mil trabajadores pululaban por el lugar, y la construcción avanzó rápidamente. Se empezó levantando primero el esqueleto de acero para, a continuación, dejar terminada la primera planta. Luego la segunda, la tercera, la cuarta... Los periódicos informaban sobre el ascenso del rascacielos como si se tratara del camino por las eliminatorias de los New York Yankees.
A medida que los trabajadores aprendían y los procesos eran más fluidos, el progreso se aceleraba. Se levantaban tres plantas en una semana. Luego cuatro, cuatro y media... En el punto culminante de la construcción, el ritmo llegó a ser de una planta al día. Y un poco más.[15] Richmond Shreve, socio de Lamb, lo recordaba así: «Cuando estábamos a pleno rendimiento erigiendo la torre principal, las cosas funcionaban con tal precisión que una vez levantamos catorce plantas y media en diez días laborables: acero, hormigón, piedra y todo».[16] Era una época en que la gente se maravillaba de la eficacia de las fábricas que producían coches en serie, y los diseñadores del Empire State se inspiraron imaginando su proceso como una cadena de montaje vertical, excepto que en este caso «la cadena de montaje se movía», explicaba Shreve, mientras que «el producto acabado permanecía en su sitio».[17]
Cuando el Empire State Building fue inaugurado oficialmente por el presidente Herbert Hoover —exactamente como estaba previsto, el 1 de mayo de 1931— ya era una celebridad local y nacional. Su altura era sobrecogedora. La eficiencia de su construcción fue legendaria. Y aunque la practicidad había sido lo primero en la mente de Lamb, el edificio era indudablemente bello. El afán de Lamb por la eficiencia había creado un diseño esbelto y elegante, y la división neoyorquina del Instituto Estadounidense de Arquitectos le concedió la Medalla de Honor de 1931.[18] Luego, en 1933, King Kong subió al edificio en la gran pantalla mientras agarraba a la glamurosa Fay Wray, y el Empire State se convirtió en una estrella mundial.
Se había estimado que el Empire State Building costaría cincuenta millones de dólares. Acabó costando cuarenta y un millones (679 millones de dólares en 2021). Esto es un 17 por ciento por debajo del presupuesto, o 141 millones de dólares en 2021. La construcción finalizó varias semanas antes de la ceremonia de inauguración.
Para el patrón seguido en el Empire State Building y otros proyectos de éxito tengo estas palabras: «Piensa despacio, actúa rápido».
Al principio me preguntaba cómo se traduce una visión en un plan que se materializa en una nueva realidad triunfante. Como veremos, la respuesta es pensar despacio y actuar con rapidez.
1
Piensa despacio, actúa rápido
El historial de los grandes proyectos es peor de lo que parece. Pero hay una solución: acelerar ralentizando.
Dinamarca es una península con islas diseminadas a lo largo de su costa oriental. Por ello, los daneses llegaron a ser, hace mucho tiempo, expertos en el manejo de transbordadores y la construcción de puentes. No fue así ninguna sorpresa que, a finales de la década de 1980, el gobierno anunciara el proyecto del Gran Cinturón. Este comprendía dos puentes, uno de los cuales sería el puente colgante más largo del mundo, para conectar dos de las islas más grandes, incluida la que incluye la ciudad de Copenhague. También habría un túnel submarino para trenes —el segundo más largo de Europa—, que construiría un contratista dirigido por daneses. Esto era de interés, porque los daneses tenían poca experiencia en la perforación de túneles. Vi el anuncio en las noticias con mi padre, que trabajaba en la construcción de puentes y túneles. «Mala idea —refunfuñó—. Si yo tuviera que abrir un agujero tan grande, contrataría a alguien que lo hubiera hecho antes».
Las cosas fueron mal desde el principio. Primero hubo un retraso de un año en la entrega de cuatro tuneladoras gigantes. Luego, en cuanto las máquinas estuvieron sobre el terreno, resultaron ser defectuosas y hubo que rediseñarlas, lo que retrasó los trabajos cinco meses más. Finalmente, las grandes máquinas empezaron a abrirse paso lentamente bajo el lecho marino.
Arriba, los constructores del puente trajeron una enorme draga oceánica para preparar la obra.[1] Para hacer su trabajo, la draga se estabilizó bajando unas gigantescas patas de apoyo al fondo marino. Una vez terminada esta labor, las patas se levantaron, dejando profundos agujeros. Accidentalmente, uno de los agujeros resultó estar en la trayectoria proyectada del túnel. Ni los constructores del puente ni los encargados del túnel vieron el peligro.
Un día, tras unas semanas de perforación, una de las cuatro máquinas se detuvo para permitir tareas de mantenimiento. Se encontraba a unos 250 metros dentro del mar y a unos 10 metros bajo el lecho marino. El agua se filtraba en la zona de mantenimiento situada frente a la máquina, y un contratista poco familiarizado con la excavación de túneles conectó una bomba para extraer el agua. Los cables de la bomba se arrastraron hasta la tuneladora a través de una boca de inspección. De repente, el agua empezó a entrar a una velocidad que indicaba una brecha en el túnel. La evacuación fue inmediata, sin tiempo para retirar la bomba y los cables y cerrar la boca. La máquina y el túnel entero se inundaron. También un túnel paralelo y la máquina perforadora que tenía dentro.
Por suerte, nadie resultó herido ni murió. Pero el agua salada del túnel fue como un ácido para el metal y los componentes electrónicos. Los ingenieros del proyecto me dijeron en aquel momento que sería más barato abandonar el túnel y empezar de nuevo que sacar las perforadoras, drenar el túnel y repararlo. Pero los políticos no les hicieron caso, porque un túnel abandonado sería demasiado bochornoso. Inevitablemente, todo el proyecto se retrasó mucho y su coste quedó muy por encima del presupuesto.
Esta historia no es tan inusual. Hay muchas más como ella en los anales de los grandes proyectos. Pero fue ese el que me movió a iniciar un gran proyecto propio: una base de datos de grandes proyectos. Sigue creciendo. De hecho, ahora es la mayor del mundo en su género.
Y tiene mucho que enseñarnos sobre lo que funciona, lo que no funciona y cómo hacer mejor las cosas.
Números honestos
Tras el accidente, la recuperación y la finalización de los puentes y el túnel del Gran Cinturón, todo el mundo estuvo de acuerdo en que el proyecto había rebasado mucho el presupuesto. Pero ¿en cuánto? La dirección dijo que en un 29 por ciento para todo el proyecto. Indagué en los datos, hice mi propio análisis y descubrí que su cifra era, digamos, optimista. El rebasamiento real fue del 55 por ciento, y del 120 solo para el túnel (en porcentajes reales, medidos a partir de la decisión final de inversión). Aun así, la dirección siguió repitiendo su cifra en público y yo seguí corrigiéndola, hasta que hicieron una encuesta de opinión pública que demostró que el público se ponía de mi parte. Entonces se rindieron. Más tarde, una auditoría nacional oficial confirmó mis cifras y el caso quedó cerrado.[2]
Esta experiencia me enseñó que la gestión de megaproyectos puede no ser un campo de lo que Walter Williams, profesor de Asuntos Públicos de la Universidad de Washington, llamó «números honestos».[3] Por muy sencillo que debería ser en teoría juzgar los proyectos, en la práctica es cualquier cosa menos eso. En todo gran proyecto hay avalanchas de números generados en diferentes fases por distintas partes. Encontrar los correctos —los que son válidos y fiables— requiere habilidad y trabajo. Incluso los académicos entrenados se equivocan.[4] Y no ayuda el que los grandes proyectos impliquen dinero, reputaciones y política. Los que tienen mucho que perder darán vueltas a los números para que no se pueda confiar en ellos. Esto no es fraude. O mejor dicho, no suele ser fraude; es la naturaleza humana. Y con tantos números para elegir, darles vueltas es mucho más fácil que encontrar la verdad.
Es un problema bien serio. A los proyectos se les promete que estarán terminados en un plazo determinado, con un coste determinado y con ciertos beneficios resultantes, beneficios que son cosas como ingresos, ahorros, pasajeros trasladados o megavatios de electricidad generada. Entonces ¿con qué frecuencia los proyectos cumplen lo prometido? Esa es la pregunta más directa que uno puede hacerse. Pero cuando empecé a indagar en la década de 1990, me quedé atónito al descubrir que nadie podía responderla. Sencillamente, no se habían recopilado ni analizado los datos. Eso no tenía sentido cuando se habían gastado billones de dólares en los gigantescos proyectos que cada vez más se denominan megaproyectos: proyectos con presupuestos superiores a mil millones de dólares.
Nuestra base de datos empezó con proyectos de transporte: el túnel Holland de Nueva York; el sistema BART de San Francisco; el túnel del Canal de la Mancha en Europa; puentes, túneles, autopistas y ferrocarriles construidos a lo largo del siglo XX. Tardé cinco años, pero con mi equipo conseguí introducir 258 proyectos en la base de datos, lo que la convirtió en la mayor de su clase en aquel momento.[5] Cuando por fin empezamos a publicar los números en 2002, estos causaron sensación, porque no se había hecho nada parecido con anterioridad.[6] Además, la imagen que daban no era buena.
«Las estimaciones de los proyectos realizados entre 1910 y 1998 se quedaron cortas respecto a los costes finales en una media del 28 por ciento —según The New York Times en un resumen de nuestros hallazgos—. Los mayores errores se produjeron en los proyectos ferroviarios, que se quedaron, de media, un 45 por ciento por encima de los costes estimados [en dólares ajustados a la inflación]. Los puentes y túneles estaban un 34 por ciento por encima; las carreteras, un 20 por ciento. Nueve de cada diez estimaciones eran bajas, según el estudio».[7] Los resultados en cuanto al tiempo y los beneficios fueron similarmente malos.
Y estas son lecturas conservadoras de los datos. Medidos de otro modo —desde una fecha anterior e incluyendo la inflación— los números son mucho peores.[8]
La consultoría global McKinsey se puso en contacto conmigo y me propuso que hiciéramos una investigación conjunta. Sus investigadores habían empezado a analizar importantes proyectos de tecnología de la información —el mayor de los cuales costó más de diez mil millones de dólares—, y sus números preliminares eran tan desalentadores que indicaban que haría falta una gran mejora para que los proyectos de tecnología de la información alcanzaran el nivel de horror de los proyectos de transporte. Me eché a reír. Parecía imposible que la TI pudiera ser tan mala. Pero trabajé con McKinsey y, efectivamente, descubrimos que los desastres de la TI eran incluso mayores que los del transporte. Pero, por lo demás, era una historia muy similar de sobrecostes, retrasos en los plazos y déficit de beneficios.[9]
Aquello era alarmante. Pensemos en un puente o un túnel. Y ahora imaginemos la website HealthCare.gov del gobierno estadounidense, que era un desastre cuando se abrió por primera vez como portal de inscripción en el «Obamacare». O imaginemos el sistema de información que utiliza el Servicio Nacional de Salud del Reino Unido. Estos proyectos informáticos están hechos de códigos, no de acero y hormigón. Parecerían ser diferentes de las infraestructuras de transporte en todos los aspectos posibles. Entonces ¿por qué sus resultados son estadísticamente tan similares, con sobrecostes y sobreplazos constantes y déficit de beneficios?
Dirigimos nuestra investigación hacia megaeventos como los Juegos Olímpicos y obtuvimos el mismo resultado. ¿Grandes presas? Lo mismo. ¿Cohetes? ¿Defensa? ¿Energía nuclear? Otro tanto. ¿Proyectos de petróleo y gas? ¿Minería? Lo mismo de siempre. Incluso algo tan común como la construcción de museos, salas de conciertos y rascacielos encajaba en el patrón. Me quedé estupefacto.[10]
Y el problema no se limitaba a ningún país o región; en todo el mundo encontramos el mismo patrón.[11] Los muy eficientes alemanes tienen algunos ejemplos notables de hinchazón y despilfarro, como el nuevo aeropuerto de Brandemburgo en Berlín, que sufrió años de retraso y costó miles de millones de euros por encima del presupuesto, y además estuvo al borde de la quiebra solo un año después de su inauguración en octubre de 2020.[12]
Incluso Suiza, la nación de los relojes precisos y los trenes puntuales, tiene su ración de proyectos embarazosos; por ejemplo, el túnel de base de Lötschberg, que se terminó tarde y con un sobrecoste del cien por cien.
Por encima del presupuesto y por encima del plazo una y otra vez
El patrón era tan claro que empecé a llamarlo la «ley de hierro de los megaproyectos»: Por encima del presupuesto, por encima del plazo y por debajo de los beneficios, una y otra vez.[13]
La ley de hierro no es una «ley» como en la física newtoniana, es decir, algo que produce invariablemente el mismo resultado. Estudia a las personas. En las ciencias sociales, las «leyes» son probabilísticas (también lo son en las ciencias naturales, pero Isaac Newton no prestó mucha atención a eso). Y la probabilidad de que cualquier gran proyecto reviente su presupuesto y su calendario y produzca beneficios decepcionantes es muy alta y muy esperable.
La base de datos, que empezó con 258 proyectos, contiene ahora más de 16.000 proyectos de más de 20 campos diferentes en 136 países de todos los continentes excepto la Antártida, y sigue creciendo. Hay algunas deformidades recientes e importantes en los números que comentaré más adelante, pero la historia general sigue siendo la misma: en total, solo el 8,5 por ciento de los proyectos dan en el blanco tanto en costes como en tiempo. Y un minúsculo 0,5 por ciento da en el clavo en costes, tiempo y beneficios. O, dicho de otro modo: el 91,5 por ciento de los proyectos se salen del presupuesto, del calendario o de ambos. Y el 99,5 por ciento de los proyectos exceden el presupuesto, o alargan el calendario, o reducen los beneficios o combinan las tres cosas. Hacer lo que se dijo que se haría debería ser algo rutinario, o al menos habitual. Pero casi nunca sucede.
Gráficamente, la ley de hierro tiene este aspecto:
LA LEY DE HIERRO DE LA GESTIÓN DE PROYECTOS:
«Por encima del presupuesto, por encima del plazo y por debajo de los beneficios, una y otra vez»

Es bien revelador que el 0,5 por ciento de los proyectos que se ajustan al presupuesto, al plazo y a los beneficios sean casi invisibles a simple vista. Es difícil exagerar lo malo que es este historial. Para cualquiera que contemple un gran proyecto, es francamente deprimente. Pero por sombrías que sean estas cifras, no cuentan toda la verdad, que es mucho peor.
Sé por experiencia que la mayoría de las personas son conscientes de que los sobrecostes y las demoras son habituales. No saben hasta qué punto son comunes —suelen sorprenderse cuando les muestro mis cifras— pero conocen perfectamente que, si dirigen un gran proyecto, deben considerar los excesos, en particular el de los costes, y protegerse contra ellos. La forma obvia de hacerlo es incorporar un colchón al presupuesto. Uno espera que no haga falta, pero estará cubierto por si acaso. ¿De qué tamaño debe ser ese colchón? Normalmente, la gente lo fija en un 10 o un 15 por ciento.
Pero supongamos que una persona inusualmente precavida está planificando la construcción de un gran edificio. Establece un colchón del 20 por ciento en el presupuesto y piensa que ya está bien protegida. Pero entonces se topa con mi investigación y descubre que el sobrecoste medio real de un importante proyecto de construcción es del 62 por ciento. Sería desalentador. También puede serlo la paralización de un proyecto. Pero supongamos que un rarísimo planificador consigue que sus financiadores cubran ese riesgo y sigue adelante con el proyecto. Ahora tiene un extraordinario colchón del 62 por ciento incorporado a su presupuesto. En el mundo real, eso casi nunca ocurre. Pero es uno de los pocos afortunados. ¿Está por fin protegido? No. De hecho, aún ha subestimado drásticamente el peligro.
Eso se debe a que ha supuesto que, si se ve afectado por un sobrecoste, este se situará en algún punto alrededor de la media, o el 62 por ciento. ¿Por qué ha supuesto eso? Porque sería cierto si los sobrecostes siguieran lo que los estadísticos llaman una «distribución normal». Es la famosa curva en campana, que parece una campana en su representación gráfica. Gran parte de la estadística se basa en las curvas en campana —muestreo, medias, desviaciones estándares, ley de los grandes números, regresión a la media, pruebas estadísticas— y estas se han filtrado en la cultura y el imaginario popular, donde encajan bien en la forma en que intuitivamente entendemos el riesgo. En una distribución normal, los resultados se agrupan abrumadoramente en el centro y hay muy pocas o ninguna observación apreciable en ninguno de los extremos, las llamadas colas de distribución. Por lo tanto, se dice que estas colas son delgadas.
La estatura se distribuye de esta forma considerada normal. Dependiendo de dónde vivan, la mayoría de los varones adultos miden alrededor de 1,75 metros, y la persona más alta del mundo solo es 1,6 veces más alta.[14]
Pero la distribución «normal» no es el único tipo de distribución que existe, ni siquiera el más común. Por tanto, no es normal en el sentido propio de la palabra. Existen otras distribuciones que se denominan de «colas gruesas» porque, en comparación con las distribuciones normales, contienen resultados mucho más extremos en sus colas.
La riqueza, por ejemplo, tiene cola gruesa. En el momento de escribir estas líneas, la persona más rica del mundo es 3.134.707 veces más rica que la persona media. Si la estatura humana siguiera la misma distribución que la riqueza humana, la persona más alta del mundo no sería 1,6 veces más alta que la persona media, sino que mediría 5.329 kilómetros, lo que significa que su cabeza estaría trece veces más lejos en el espacio exterior que la Estación Espacial Internacional.[15]
La cuestión crítica es entonces la siguiente: ¿los resultados de los proyectos se distribuyen «normalmente» o tienen colas gruesas? Mi base de datos reveló que los proyectos de tecnología de la información tienen colas gruesas. Para ilustrarlo, diré que el 18 por ciento de los proyectos de tecnología de la información tienen sobrecostes superiores al 50 por ciento en términos reales. Y para estos proyectos, ¡el sobrecoste medio es del 447 por ciento! Tal es la media en la cola, lo que significa que muchos proyectos de TI tienen en la cola sobrecostes aún mayores que esa media. La tecnología de la información tiene auténticas colas gruesas.[16] También los proyectos de almacenamiento nuclear. Y los Juegos Olímpicos. Y las centrales nucleares. Y las grandes presas hidroeléctricas. Y lo mismo los aeropuertos, los proyectos de defensa, los grandes edificios, los proyectos aeroespaciales, los túneles, los proyectos mineros, el ferrocarril de alta velocidad, el ferrocarril urbano, el ferrocarril convencional, los puentes, los proyectos petrolíferos, los proyectos gasísticos y los proyectos hídricos. (Véase el Apéndice A).
De hecho, la mayoría de los tipos de proyectos tienen colas gruesas. Cómo de «gruesas» son sus colas —cuántos proyectos caen en los extremos y cómo de extremos son esos extremos— varía. Los he citado por orden, de los de colas más gruesas a los de colas menos gruesas (pero aun así gruesas) —o, si se prefiere, del más expuesto a tremendos sobrecostes al menos expuesto (pero, aun así, muy expuesto).[17]
Con todo, hay algunos tipos de proyectos que no tienen colas gruesas. Esto es importante, y en el último capítulo explicaré por qué y cómo podemos sacar partido de este hecho.
Pero, por ahora, la lección es sencilla, clara y alarmante: la mayoría de los grandes proyectos no solo corren el riesgo de no cumplir lo prometido. Tampoco corren solo el riesgo de salir francamente mal. Corren el riesgo de salir desastrosamente mal porque su riesgo es de colas gruesas. En este contexto, es interesante observar que la literatura sobre gestión de proyectos ignora casi por completo el estudio sistemático del riesgo de las colas gruesas en los proyectos.
¿Qué aspecto tienen los resultados de colas gruesas? El «Big Dig» de Boston —la sustitución de una autopista elevada por un túnel, cuya construcción comenzó en 1991— puso a la ciudad en apuros durante dieciséis años y costó más del triple de lo que se había previsto. El telescopio espacial James Webb de la NASA, que ahora se encuentra a casi 1.600.000 kilómetros de la Tierra, se preveía que tardara doce años en terminarse, pero necesitó diecinueve, y su coste final de 8.800 millones de dólares rebasó el presupuesto en un astronómico —discúlpenme— 450 por ciento. El registro de armas de fuego de Canadá, un proyecto informático, superó el presupuesto en un 590 por ciento. Y luego tenemos el edificio del Parlamento de Escocia. Cuando se inauguró en 2004, arrastraba tres años de retraso y un 978 por ciento de sobrecoste.
Nassim Nicholas Taleb apodó con la célebre expresión de «cisnes negros» los eventos de baja probabilidad y elevadas consecuencias. Los resultados desastrosos de proyectos como los mencionados pueden acabar con carreras, hundir compañías e infligir una variedad de otros graves perjuicios. Sin duda, pueden calificarse de cisnes negros.
No hay más que ver lo que un cisne negro hizo con Kmart: en respuesta a la presión competitiva de Walmart y Target, en 2000 lanzó dos enormes proyectos de tecnología de la información. Los costes se dispararon, contribuyendo directamente a la decisión de la empresa de declararse en quiebra en 2002.[18] O considérese lo que otro reventón en tecnología de la información hizo al legendario fabricante de vaqueros Levi Strauss: previsto en un principio con un coste de 5 millones de dólares, el proyecto obligó a la empresa a asumir unas pérdidas de 200 millones y a enseñar la puerta a su CIO.[19]
Hay destinos peores para los ejecutivos. Cuando un problemático proyecto de central nuclear en Carolina del Sur se retrasó considerablemente en el plazo previsto, el CEO de la compañía encargada ocultó esa información a los reguladores «en un esfuerzo por mantener el proyecto en marcha», señalaba en 2021 un comunicado de prensa del Departamento de Justicia de Estados Unidos, que también anunciaba que el ejecutivo había sido sentenciado a dos años de prisión federal y obligado a pagar 5,2 millones de dólares en embargos y multas.[20] Los desenlaces de cisne negro tienen, en efecto, consecuencias para los proyectos y para quienes los dirigen.
Si no es ejecutivo de una empresa o funcionario del gobierno, y si el ambicioso proyecto que contempla es de una escala mucho menor que la de los mencionados gigantes, puede resultarle tentador pensar que nada de esto le sucederá. Resista esa tentación. Mis datos demuestran que los proyectos más pequeños también son propensos a las colas gruesas. Además, las distribuciones con colas gruesas, no las normales, son típicas dentro de los sistemas complejos, tanto naturales como humanos, y todos vivimos y trabajamos dentro de sistemas cada vez más complejos, lo que significa sistemas cada vez más interdependientes. Las ciudades y los pueblos son sistemas complejos. Los mercados son sistemas complejos. La producción y distribución de energía son sistemas complejos. La fabricación de productos y el transporte son sistemas complejos. Las deudas son sistemas complejos. También lo son los virus. Y el cambio climático. Y la globalización. Y la lista sigue y sigue. Si alguien tiene un proyecto ambicioso y depende de otras personas y de muchas partes, es casi seguro que su proyecto se verá inmerso en sistemas complejos.
Esto describe proyectos de todo tipo y escala; hasta las reformas de viviendas. Hace unos años, en un programa de la BBC sobre la reforma de propiedades históricas británicas, un episodio presentó a una pareja londinense que compró una casa destartalada en el campo y pidió a un constructor que estimara el coste de una reforma completa. Lo cifró en 260.000 dólares. Dieciocho meses después, el proyecto distaba mucho de estar terminado y la pareja ya había gastado 1,3 millones de dólares.[21] Es el tipo de sobrecoste que esperaríamos encontrar en una distribución de colas gruesas. Y, desde luego, no es único. Más adelante en el libro, seremos testigos de cómo la reforma de una casa en Brooklyn se descontrola salvajemente e inflige un sobrecoste igualmente devastador a los infortunados e ilusos propietarios.
Al parecer, la mencionada pareja londinense era lo suficientemente rica como para seguir financiando la reforma. Del mismo modo, las grandes empresas endeudadas por proyectos desbocados pueden mantener las cosas en marcha pidiendo prestado más y más dinero. Los gobiernos también pueden acumular deuda. O subir los impuestos. Pero la mayoría de la gente corriente y las pequeñas empresas no pueden recurrir a una gran reserva de riqueza, ni endeudarse ni subir los impuestos. Si inician un proyecto que se precipita hacia la cola gruesa de la distribución, sencillamente serán barridas, lo que les da aún más razones que a un ejecutivo de una empresa o un funcionario del gobierno para tomarse en serio el peligro.
Y eso empieza por comprender cuáles son las causas del fracaso de un proyecto.
La ventana de la perdición
Los patrones que he mencionado antes, confirmados por mis datos, son pistas claras: los proyectos que fracasan tienden a alargarse, mientras que los que tienen éxito avanzan con rapidez y terminan.
¿Por qué sucede esto? Pensemos en la duración de un proyecto como una ventana abierta. Cuanto mayor sea la duración, más abierta estará la ventana. Cuanto más abierta esté la ventana, más oportunidades hay de que algo se cuele y cause problemas, incluido un gran cisne negro.
¿Qué podría ser ese cisne negro? Casi cualquier cosa. Podría ser algo dramático, como un vuelco electoral, un colapso bursátil o una pandemia. Tras la aparición de la covid, el 19 de enero de 2020, proyectos de todo el mundo, desde los Juegos Olímpicos de Tokio de 2020 hasta el estreno de la película de James Bond Sin tiempo para morir, se retrasaron, pospusieron o abandonaron por completo. Acontecimientos como estos pueden ser extremadamente improbables un día, un mes o un año cualquiera. Pero, cuanto más tiempo transcurre desde la decisión de realizar un proyecto hasta su materialización, mayor es su probabilidad.
Fijémonos en que estos grandes y dramáticos acontecimientos, que pueden perjudicar con facilidad un proyecto hasta el punto de provocar un resultado de cisne negro, son en sí mismos de baja probabilidad y grandes consecuencias. Es decir, son cisnes negros. Así que un cisne negro que se estrelle contra la ventana de la vulnerabilidad puede provocar por sí mismo un resultado de cisne negro.
Pero el drama no es necesario para que el cambio eche abajo y entierre proyectos. Incluso un cambio en la rutina puede hacerlo. Los periodistas que escriben biografías de políticos con futuro, por ejemplo, saben que el mercado de sus obras depende de que el político continúe haciendo carrera cuando se publique el libro. Algunos acontecimientos pueden cambiar esto: un escándalo, unas elecciones perdidas, una enfermedad, un fallecimiento. Incluso algo tan simple como que el político se aburra de la política y prefiera otra ocupación arruinaría el proyecto. De nuevo, cuanto más tiempo transcurra desde la decisión hasta la realización, mayor será la probabilidad de que ocurran uno o varios de estos acontecimientos. Incluso es posible que acontecimientos insignificantes en circunstancias adversas tengan consecuencias devastadoras.
Es difícil pensar en algo más insignificante para la mayoría de la gente en el mundo entero como las rachas de viento en el desierto egipcio. Sin embargo, el 23 de marzo de 2021, fueron precisamente esas rachas, justo en un mal momento, las que empujaron la proa del Ever Given, un gigantesco portacontenedores, contra una orilla del canal de Suez. El barco encalló y no se pudo mover durante seis días, bloqueando el canal, deteniendo cientos de barcos, congelando un comercio estimado en diez mil millones de dólares diarios y provocando sacudidas en las cadenas de suministro mundiales.[22] Puede que las personas y los proyectos que sufrieron las consecuencias de esos problemas en la cadena de suministros nunca se enterasen, pero la causa de sus problemas fue, en última instancia, los fuertes vientos en un lejano desierto.[23]
Un teórico de los sistemas complejos podría describir lo ocurrido diciendo que las interdependencias dinámicas entre las partes del sistema —el viento, el canal, el barco y las cadenas de suministros— generaron fuertes respuestas no lineales y una amplificación. En lenguaje llano, cambios menores se combinaron de tal manera que produjeron un desastre. En los sistemas complejos, esto ocurre con tanta frecuencia que el sociólogo de Yale Charles Perrow llamó a tales sucesos «accidentes normales».[24]
La creciente complejidad e interdependencia pueden hacer que tales resultados sean más probables en el mundo actual, pero apenas son un fenómeno nuevo. Un proverbio procedente de la Edad Media y que se presenta en muchas formas nos dice: «Por falta de un clavo, se perdió la herradura. Por falta de la herradura, se perdió el caballo. Por falta del caballo, se perdió el jinete. Por falta del jinete, se perdió una batalla. Por falta de una batalla, se perdió el reino». Esta versión la publicó Benjamin Franklin en 1758 y la introdujo con la advertencia de que «una pequeña negligencia puede engendrar grandes males». La palabra clave es «puede». La mayoría de los clavos pueden perderse sin que ocurra nada malo. Algunas de esas pérdidas tendrán consecuencias, pero serán menores, como la pérdida de un caballo o un jinete. Pero a veces un clavo perdido puede causar algo verdaderamente terrible.
Desde lo dramático a lo mundano y lo insignificante, un cambio puede sacudir o arruinar un proyecto —si se produce durante la ventana de tiempo en que este está en marcha.
¿Solución? Cerrar la ventana.
Por supuesto, un proyecto no puede completarse al instante, así que no podemos cerrar la ventana por completo. Pero podemos hacer que la abertura sea radicalmente menor acelerando el proyecto y llevándolo a término más rápidamente. Este es uno de los principales medios para reducir el riesgo en cualquier proyecto.
En suma, ¡acortar el tiempo!
La necesidad de rapidez
¿Cómo conseguir que un proyecto se lleve a cabo lo más rápidamente posible? La respuesta obvia —y sin duda la más común— es fijar plazos serios, empezar enseguida y exigir que todos los implicados trabajen a un ritmo frenético. El empuje y la ambición son la clave, dice la sabiduría convencional. Si observadores experimentados creen que un proyecto llevará dos años, hay que decir que se hará en uno. Es necesario comprometerse con el proyecto en cuerpo y alma y seguir adelante. Y al dirigir a otros, ser inmisericorde. Exigir que todo se haga para ayer. Como el tambor en una galera romana que se prepara para embestir a otro barco, marcar un ritmo furioso.
Esta forma de pensar es tan equivocada como común. Hay un monumento a ella en Copenhague.
El Teatro de la Ópera de Copenhague, sede de la Ópera Real Danesa, fue una visión de Arnold Maersk Mc-Kinney Møller, CEO y presidente de Maersk, el gigante naviero danés. A finales de la década de 1990, Møller, entonces de ochenta y tantos años, decidió que quería un gran edificio situado en un lugar prominente del puerto como su legado más visible y permanente. Y quería que se diseñara y construyera rápidamente. La reina de Dinamarca asistiría a la inauguración y Møller no tenía intención de perderse su gran noche. Cuando Møller preguntó al arquitecto, Henning Larsen, cuánto tardaría, este dijo que cinco años. «¡Tendrás cuatro!», respondió secamente Møller.[25] Con mucho redoble de tambores de galera, el plazo se cumplió, y Møller y la reina inauguraron juntos la ópera el 15 de enero de 2005.
Pero el coste de aquella precipitación fue terrible, y no solo en lo referente a los sobrecostes. Larsen quedó tan consternado por el aspecto del edificio terminado, que escribió un libro entero para limpiar su reputación y explicar la confusa estructura, que él llamó «mausoleo».
La prisa estropea proyectos.
Incluso aquel coste es leve comparado con el que pueden conllevar los proyectos apresurados. En 2021, después de que un paso elevado se derrumbara sobre un tren del metro en Ciudad de México, tres investigaciones independientes concluyeron que la culpa era de un trabajo apresurado y chapucero. Una empresa noruega contratada por la ciudad para llevar a cabo una investigación concluyó que la tragedia había sido causada por «deficiencias en el proceso de construcción», al igual que un informe posterior publicado por el fiscal general de Ciudad de México.[26] The New York Times hizo su propia investigación y concluyó que la insistencia de la ciudad en que la construcción se terminara antes de que el poderoso alcalde de la ciudad dejara su cargo había sido una causa clave en el derrumbe. «La prisa condujo a un frenético proceso de construcción que comenzó antes de que se hubiera finalizado un plan maestro, y produjo desde el principio una línea de metro con defectos», concluyó el Times.[27] El derrumbe del paso elevado mató a veintiséis personas. La prisa no solo estropea proyectos, también provoca tragedias.
Apresúrate... despacio
Para entender la forma correcta de realizar un proyecto con rapidez, es útil pensar que este se divide en dos fases. Esto es una simplificación, pero funciona: primero, la planificación; segundo, la ejecución. La terminología varía según el sector —en el cine, es «desarrollo y producción»; en la arquitectura, «diseño y construcción»— pero la idea básica es la misma en todas partes: primero pensar, luego hacer.
Un proyecto comienza con una visión que en el mejor de los casos es una vaga imagen de la cosa espléndida en que se convertirá el proyecto. Planificar es llevar la visión hasta el punto en que esté lo suficientemente estudiada, analizada, probada y detallada como para que podamos confiar en que tenemos un mapa fiable del camino que hay que seguir.
La mayor parte de la planificación se realiza con ordenadores, papeles y modelos físicos, lo que significa que es relativamente barata y segura. Salvo otras presiones de tiempo, está bien que la planificación sea lenta. La ejecución es otra cuestión. La ejecución es cuando se gasta dinero en serio y el proyecto se vuelve vulnerable en consecuencia.
Imaginemos a un director de Hollywood que trabajaba en un proyecto de película de imagen real en febrero de 2020. La pandemia de la covid estaba a punto de llegar. ¿Hasta qué punto habría perjudicado al proyecto? La respuesta depende de la fase en que se encontrara este. Si el director y su equipo estaban escribiendo guiones, dibujando storyboards y programando rodajes en exteriores —si estaban planificando, en otras palabras— era un problema, pero no un desastre. Es probable que gran parte del trabajo continuara a pesar de la pandemia. Pero ¿qué habría pasado si, cuando llegó la pandemia, el director estuviera filmando en las calles de Nueva York con un equipo de doscientas personas y un puñado de estrellas de cine muy caras? ¿O qué habría sucedido si la película estaba terminada, pero aún faltaba un mes para su estreno en unos cines que estaban a punto de cerrar indefinidamente? Esto no es un problema; es un desastre.
La planificación es un puerto seguro. La ejecución es aventurarse en mares embravecidos. Esta es una de las principales razones por las que, en Pixar —el legendario estudio que creó Toy Story, Buscando a Nemo, Los Increíbles, Soul y tantas otras películas de animación que definieron una época— «se permite a los directores pasarse años en la fase de desarrollo de una película», señaló Ed Catmull, cofundador de Pixar. Hay un coste asociado a la exploración de ideas, a la escritura de guiones, a la creación de imágenes de storyboards y a hacerlo todo una y otra vez. Pero «los costes de las iteraciones son relativamente bajos».[28] Y todo ese buen trabajo produce un plan rico, detallado, probado y revisado. Cuando el proyecto pase a la fase de producción, será, como consecuencia de todo ese trabajo, relativamente fluido y rápido. Esto es esencial, señaló Catmull, porque la producción «es donde los costes estallan».
No solo es más seguro que la planificación sea lenta, sino que es bueno que lo sea, como bien saben los directores de Pixar. Al fin y al cabo, desarrollar ideas e innovaciones lleva más tiempo. Divisar las implicaciones de las distintas opciones y enfoques lleva más tiempo. Analizar problemas complejos, idear soluciones y ponerlas a prueba lleva aún más tiempo. Planificar requiere pensar, y el pensamiento creativo, crítico y cuidadoso es lento.
Se cuenta que Abraham Lincoln dijo que, si tuviera cinco minutos para talar un árbol, pasaría los tres primeros afilando el hacha.[29] Este es exactamente el enfoque correcto para los grandes proyectos: poner un enorme cuidado y esfuerzo en la planificación para garantizar que la ejecución sea fluida y rápida.
Piensa despacio, actúa rápido: tal es el secreto del éxito.
«Piensa despacio, actúa rápido» puede que no sea una idea nueva. Después de todo, ya se puso de manifiesto en 1931, cuando el Empire State Building se elevó hacia el cielo. Incluso podría decirse que la idea se remonta por lo menos al primer emperador de Roma, el poderoso césar Augusto, cuyo lema personal era «Festina lente», o «Apresúrate despacio».
Pero «piensa despacio, actúa rápido» no es el modo como suelen hacerse los grandes proyectos. «Piensa rápido, actúa despacio» sí lo es. El historial de los grandes proyectos lo demuestra inequívocamente.
Los proyectos no salen mal, empiezan mal
Fijémonos en el caso del tren de alta velocidad californiano. Cuando fue aprobado por los votantes y se inició su construcción, había una buena cantidad de documentos y cifras que podían parecerse superficialmente a un plan. Pero no había un programa cuidadosamente detallado, profundamente investigado y probado a fondo, lo que equivale a decir que no había un verdadero plan. Louis Thompson, experto en proyectos de transporte que preside el Grupo de Revisión por Pares del Tren de Alta Velocidad de California, convocado por la Asamblea Legislativa del estado de California, afirma que lo que California tenía entre manos cuando el proyecto se puso en marcha podría describirse, a lo más, como una «visión» o una «aspiración».[30] No es de extrañar que los problemas empezaran a multiplicarse y el progreso avanzase a paso de tortuga poco después de iniciarse la gran obra.
Esto es tristemente típico. En un proyecto tras otro, a una planificación apresurada y superficial le sigue un inicio rápido que hace feliz a todo el mundo porque las palas excavadoras están en movimiento. Pero, inevitablemente, el proyecto se estrella con problemas que se pasaron por alto o que no se analizaron ni trataron seriamente en la planificación. La gente corre de un lado para otro intentando arreglar las cosas. Se rompen cosas. Hay más carreras de un lado para otro. Yo llamo a esto el «ciclo romper-arreglar». Un proyecto que entra en él es como un mamut atascado en un pozo de alquitrán.
Se dice que los proyectos «salen mal», cosa que ocurre con demasiada frecuencia. Pero expresarlo así es engañoso; los proyectos no salen mal tanto como empiezan mal.
Esto plantea una pregunta urgente: Si «piensa despacio, actúa rápido» es la estrategia sabia, ¿por qué los líderes de grandes proyectos hacen tan a menudo lo contrario? Responderé a esa pregunta en el capítulo 2.
En el capítulo 3 veré cómo iniciar un proyecto sin caer en el pozo de alquitrán del «piensa rápido, actúa despacio».
La gente suele pensar que la planificación consiste en rellenar diagramas. Y con demasiada frecuencia, lo es. Pero no debería serlo. En el capítulo 4 analizaré de cerca lo que llamo «planificación Pixar»; de qué manera este estudio cinematográfico y otros utilizan la simulación y la iteración para producir un plan que sea creativo, riguroso, detallado y fiable —y tenga muchas probabilidades de hacer que su ejecución sea fluida y rápida—. Utilizaré la «planificación Pixar» como nombre y modelo para la planificación, no solo en Pixar, sino para cualquier planificación que desarrolle un plan probado y revisado; es decir, un plan digno de su nombre.
En el capítulo 5 examinaré el inestimable papel de la experiencia tanto en la planificación como en la ejecución de grandes proyectos —o mejor dicho, el inestimable papel que podría desempeñar si no se la marginara, malinterpretara o simplemente ignorara tan a menudo.
El capítulo 6 tratará de la previsión. ¿Cuánto durará el proyecto? ¿Cuánto costará? Tener unas expectativas equivocadas al principio puede abocarlo al fracaso incluso antes de haber empezado. Afortunadamente, existe una solución. Y lo que es más afortunado: es sorprendentemente fácil.
Algunas personas se opondrán a todo este énfasis en la planificación. Creen que los grandes proyectos, en particular los proyectos creativos como las películas, la arquitectura de autor o el software innovador, obtienen mejores resultados cuando se da un salto a la fe, se empieza de inmediato y se confía en el ingenio para sacarlos adelante. En el capítulo 7 examinaré este argumento en su forma más rotunda y presentaré los datos que demuestran que está totalmente equivocado.
Pero ni siquiera el mejor plan tendrá éxito si no cuenta con un equipo sólido que lo ejecute. Por eso, en el capítulo 8, me detendré en un proyecto gigantesco que logró reunir a miles de personas de cientos de organizaciones diferentes con distintos intereses y formó con ellas un equipo unido, decidido y eficaz que obtuvo los beneficios previstos a tiempo y sin salirse del presupuesto.
En el último capítulo me basaré en los temas de los capítulos anteriores para tratar de un concepto que los une a todos: la modularidad. Su potencial es enorme. No solo puede reducir costes, aumentar la calidad y acelerar las cosas en una amplia gama de proyectos, desde tartas nupciales hasta líneas de metro, sino que puede transformar la manera en que construimos infraestructuras e incluso ayudar a salvar al mundo del cambio climático.
Pero primero tenemos que responder a la pregunta acerca de la razón por la que los proyectos se inician tan a menudo de forma prematura. Permítaseme que cuente la historia de un hombre con prisas y de cómo estuvo a punto de arruinar uno de los lugares más bellos de Estados Unidos.