Incierto el futuro que nos depara este mundo polarizado en el que cada vez estamos más desconectados de todo lo que realmente importa. Los países divididos en diferentes grupos sociales que, como si de rebaños de ovejas se tratase, son manipulados a través del odio, el miedo y el rencor. Observamos al extraño con miradas de incomprensión y desaprobación, solo por ser de otra cultura, otra religión u otro color. ¿De verdad somos tan diferentes?
Si algo he aprendido en mis viajes por el mundo es que, independientemente de cuál sea nuestro dios o la forma de nuestros ojos, todos somos personas. Parece obvio, pero se nos olvida. Desde las comunidades amazónicas que conviven horrorizadas viendo como las quieren expulsar de la selva, como si de un desahucio se tratara, hasta el joven africano que busca una novia para dejar la casa de los padres y formar una familia. En eso, en los objetivos y metas básicas de nuestra existencia, todos nos parecemos.
Hoy presento estos veinte relatos, historias que sus protagonistas me contaron por el mundo, para acercaros realidades tan diferentes a vosotros, los lectores. Estos relatos están acompañados por fotografías tomadas durante estos mismos viajes, y además cada historia va precedida por una introducción en la que explico el interesante contexto en el que conocí al protagonista, información sobre el país, mis memorias o mis emociones plasmadas en el papel. Algunos de estos individuos os sonarán de mis pequeños documentales, pero incluso en estos casos descubriréis detalles que nunca pudieron verse en la pantalla. Tras cada relato encontraréis un código QR que os llevará al reportaje que estaba grabando mientras conocí a estas personas.
Me gustaría que disfrutarais de estas aventuras con la mente abierta y la predisposición adecuada para poder viajar de un rincón a otro de este planeta a través de ellas. De este modo, ahora vosotros también sois parte de mi camino.

© Luis Piñero
Nagaland (India)
Cierro los ojos y veo a mi yo adolescente. Estoy en casa de mis padres y mi futuro es incierto. Había abandonado mis estudios reglados porque tenía otras inquietudes, entre ellas, pasarme los días investigando y buscando nuevas ideas para mi canal de YouTube.
Entre semana, experimentos de ciencia y armas caseras; los fines de semana, fiestas interminables. Curiosa combinación.
Si bien es cierto que me apasionaba el proyecto y apostaba por él, con el paso de los años mis gustos evolucionaron al ritmo de mis objetivos. No me bastaba con hacer vídeos o buscar información desde la comodidad del hogar: quería viajar y ver con mis propios ojos las cosas increíbles que había en el mundo.
Y eso hice.
Pero no tan rápido… ¿Cómo empieza uno a vivir de forma nómada con diecinueve o veinte años? Tenía mil metas en la cabeza, quería comenzar a crear y volar alto, pero ¿quién iba a pagar las facturas? ¿Cómo iba a sufragar aquel estilo de vida?
Invertí horas y horas en investigar los diferentes destinos, haciendo cálculos, contactando con distintas empresas. Por aquel entonces tenía unos trescientos mil seguidores en el canal y algo de dinero ahorrado. No era mucho, pero era el momento. Si me echaba para atrás, nunca lo haría.
Finalmente, opté por empezar por la India… y eso me marcó para siempre. Wow. ¿Dónde estaba? El caos era absoluto. Las calles eran tan bulliciosas que era incapaz de centrarme en una sola cosa. Vendedores ambulantes, vacas y perros, cientos de coches y motos…, demasiados estímulos. Al ruido ensordecedor lo acompañan los olores, fuertes y diversos.
Los ciudadanos parecían totalmente habituados a aquel ecosistema. De hecho, la nota discordante era yo; por eso, de vez en cuando, alguien me pedía si podía tomarme una foto. Como si yo fuera una criatura exótica.
De repente, acabé en un sucio local, comiendo un thali con la mano. El thali es uno de los platos más típicos de la gastronomía india, básicamente arroz con diferentes salsas y vegetales y normalmente picante.
El thali es una comida tradicional india que se sirve en un plato redondo y grande que recibe el mismo nombre. Este plato suele estar dividido en secciones y cada sección contiene un alimento diferente. Es una forma popular y económica de disfrutar de una variedad de platos en una sola comida y se sirve en muchos restaurantes indios. Además, en algunas regiones de este país, como Guyarat y Rajastán, el thali es un alimento tradicional que se sirve en ocasiones especiales y ceremonias religiosas.
Esta primera aventura, que transcurrió durante 2017, duró algo más de un mes. Recorrí los sureños estados de Kerala y Tamil Nadu antes de terminar en la gran Benarés.
Actualmente veo todo esto con normalidad, es mi día a día, pero por aquel entonces todo me sorprendía. Lo curioso es que a mí me cautivaba lo que al resto de las personas normalmente les espanta. La gente, cuando viaja, prefiere ir a sitios turísticos o se encierra en un resort. Yo disfrutaba mucho más sumergiéndome en la cultura local hasta fundirme con ella.
Aquel fue el comienzo de un largo camino que aún continúa. Desde entonces he regresado a la India en varias ocasiones y con diferentes acompañantes. He ido a buscar a los caníbales de Benarés y he disfrutado del fascinante festival Holi de los colores, entre muchas otras experiencias, pero ahora quiero hablaros de una de mis últimas expediciones.
El Holi es una celebración hindú de primavera, también conocida como el Festival de los Colores o el Festival del Amor. Se celebra principalmente en la India y Nepal, pero también se observa en otros países con una población hindú significativa. Durante el Holi, las personas arrojan polvos de colores brillantes y agua coloreada, bailan y cantan canciones tradicionales, y comparten dulces y golosinas.
Septiembre de 2022. Tras un loco verano me dispongo a volver a la carga con los viajes. Bajo en autobús de Bilbao a Madrid y me reúno con mi gran compañero, ese con quien he compartido tantas aventuras: Luis Piñero. Casualmente, nos habíamos conocido durante aquel primer viaje a la India en 2017, y a ese país nos dirigíamos de nuevo.
Cámara en mano (como siempre), nos enfrentamos a la mayor aventura en ese territorio. El objetivo no era otro que explorar dos de los estados indios más remotos e inhóspitos, Arunachal Pradesh y Nagaland.
Carreteras impracticables y gran riqueza natural, cultural e histórica. Allí se encuentran una gran cantidad de grupos étnicos provenientes de diferentes zonas del continente asiático.
Comenzamos por los poblados apatanis, reconocidos por sus ritos y chamanes animistas, así como por las sorprendentes dilataciones nasales de las mujeres más ancianas.
Vivimos unos días mágicos en un entorno que bien podría estar inspirado en un cuento de hadas. Pequeñas aldeas rodeadas de incontables plantaciones de arroz que hacían también de piscifactorías, acogidas a su vez por montañas de vegetación virgen.
Después de recorrer muchas horas en coche, atravesar una isla fluvial de mayoría hinduista y superar varios controles policiales, llegamos a los poblados konyaks. Estábamos en la frontera con Myanmar y la estampa era extraña: el choque cultural entre las antiguas tradiciones y los tiempos modernos era obvio.
Los jóvenes cristianos acudían a la iglesia y se sentaban a escuchar los sermones de los pastores evangélicos en las calles. Sus abuelos, en cambio, lucían sorprendentes tatuajes faciales y portaban grandes collares y sombreros a la vez que machetes y otras herramientas del campo. Estos ancianos vivían allí desde antes de la llegada del cristianismo y se referían a su infancia como un terrorífico pasado en donde la vida no valía nada. Caminaban casi desnudos por esos bosques, armados y en grupo. Estos hombres eran temidos por todas las aldeas y tribus vecinas.
Los konyaks forman parte de las casi veinte tribus nagas que habitan en el remoto nordeste de la India y Myanmar, en Nagaland.
Cada tribu naga tiene su propia cultura, origen y apariencia, pero entre todas ellas destacan los konyaks. Durante décadas, fueron conocidos por ser cazadores de cabezas humanas y por sus espectaculares tatuajes faciales, una expresión viva del arte sobre la piel.
Sin embargo, con la llegada de los misioneros cristianos en la década de 1940, estas prácticas disminuyeron lentamente hasta desaparecer. Hoy en día, solo queda como un recuerdo la tinta envejecida en los cuerpos de los ancianos.
Tenía ante mí a uno de los últimos cazadores de cabezas humanas, con el que empecé a conversar mientras cocinábamos unas ranas al fuego. No sabía qué edad tenía, como el resto de sus compañeros, pero quizá alcanzaban ya los setenta u ochenta años, tal vez más. Mientras probaba la sabrosa rana mezclada con arroz, me senté a escuchar la historia de…
Mi nombre es Penchun y soy un guerrero de la tribu konyak. Nací en el pueblo de Longwa, uno de los más grandes del distrito de Mon.
Cuando era joven, trabajaba en los cultivos, pero después de cumplir los diez años de edad ya no nos dejaban dormir en casa. Solo después de habernos casado teníamos de nuevo derecho a pernoctar en ella.
A fin de pasar de la niñez a la adultez, primero nos hacíamos un tatuaje en el pecho. A continuación, los guerreros debíamos formar una comunidad para ir a la caza de las cabezas de guerreros de otras tribus. Y, finalmente, tras superar esta última prueba, entonces nos hacíamos un tatuaje en la cara.

© Luis Piñero
Los tatuajes se clavaban a mano en la piel usando cañas de ratán afiladas y pigmento de savia de árbol. Y estaban reservados para los guerreros, para los que cazaban cabezas. El resto de la tribu no tenía este derecho porque no era guerrera.
La caza de cabezas y los tatuajes eran prácticas interconectadas en la cultura konyak. Cortar la cabeza de los enemigos era un rito de paso a la madurez. Al regresar a su aldea con una cabeza en la mano, el cazador obtenía el privilegio de un tatuaje facial, que representaba su gran coraje, valentía, orgullo y fuerza guerrera. El diseño y los patrones del tatuaje variaban según el número de cabezas cortadas, y era más complejo cuanto más enemigos se hubiesen cazado.
Antes de que nos convirtieran al cristianismo, había muchos cazadores de cabezas. Ahora apenas hay. Así que yo y unos pocos más como yo somos los únicos que quedan.
Las cosas han cambiado mucho desde entonces, y lo han hecho para mejor. Porque antes, hace años, las circunstancias eran terroríficas, incluso para nosotros. Teníamos muchos enemigos y no podíamos viajar a ningún sitio. Así que puedo decir que, gracias a los misioneros cristianos, aquí llegó la paz y ahora estamos mejor que nunca.
Naturalmente, no sé cómo será el futuro, aunque espero que todo vaya bien. A mis nietos les aconsejo que no tomen opio y que cuiden el medioambiente, porque tan importante es cuidar el cuerpo como el entorno. El opio lo trajeron los británicos. Nos lo entregaban para favorecer que estuviéramos en estado aletargado, como medio dormidos.
También enseñamos a los niños nuestra cultura, para que no desaparezca del todo y caiga en el olvido, aunque haya aspectos que espero nunca más regresen. No podemos quedarnos aislados, tenemos que adaptarnos a los tiempos cambiantes. Pero, si perdemos nuestra identidad, ¿cuál es el propósito?
No me arrepiento del pasado, porque era algo bueno para nosotros. Pero ahora creo que es mejor. No recuerdo cuántas cabezas habré cortado en toda mi vida. Solo sé que ese tiempo ya pasó.
Los misioneros llegaron aquí en la década de 1940. Se dedican a difundir una determinada religión, frecuentemente el cristianismo, entre aquellos que no la conocen o no la practican. Los misioneros pueden ser voluntarios o profesionales, y su trabajo puede implicar la enseñanza de la religión, la construcción de escuelas y hospitales y la prestación de asistencia humanitaria en áreas empobrecidas o en crisis. A menudo, los misioneros viajan a lugares remotos y poco conocidos para difundir sus creencias y valores, y algunos han sido criticados por imponer su religión y cultura a las personas que reciben su ayuda. Sin embargo, otros han sido elogiados por su trabajo humanitario y su apoyo a comunidades necesitadas.
A veces, los guerreros volvíamos con seis cabezas, otras veces con veinte o treinta. En ocasiones, sin ninguna. Solo sé que ese tiempo ya pasó. Quizá hace treinta o cuarenta años que no he vuelto a hacerlo. Recuerdo que íbamos una vez a la semana en grupos de diez o quince personas. Devastábamos aldeas enteras. Eran tiempos realmente peligrosos. A menudo perdíamos a nuestros amigos, igual que nuestros enemigos perdían a sus propios amigos.
Después transportábamos todas las cabezas al morong, las viviendas comunales, donde las cocíamos, las limpiábamos y se entregaban finalmente al rey. Los reyes tenían casas enteras llenas de calaveras, junto con otros tesoros de marfil y materiales preciosos.
Por supuesto, ahora también hay conflictos entre las distintas tribus, pero solo por tierras y ganado. Si una vaca, por ejemplo, entra en la plantación de otra tribu y se come las plantas, puede ser derribada. Si se reclama la vaca y no se retorna, puede desencadenarse el conflicto. Así que existe la violencia, pero no como antes.
Además del ambiente sanguinario, había otra cosa que era radicalmente distinta a como es ahora. En su momento, los matrimonios se acordaban entre las familias. Cuando una mujer tenía tatuajes por encima de la rodilla significaba que estaba reservada. También en las ceremonias matrimoniales se sacrificaban animales y se entregaban a la familia de la novia. Y si era el rey el que pedía matrimonio, entonces debía matar al hermano de la mujer.
Antes de la llegada del cristianismo, los konyaks eran animistas. El animismo es una fe religiosa que se encuentra en muchas culturas en todo el mundo, y se caracteriza por la creencia en que todos los seres vivos y objetos inanimados, como árboles, ríos, montañas y rocas, poseen un espíritu o alma. Los animistas creen que estos espíritus o almas pueden influir en la vida humana y que se deben respetar y honrar mediante rituales y ofrendas. Además, sostienen que los antepasados y los espíritus de los muertos también pueden influir en el mundo de los vivos.
Todo eso ya no es así gracias al cristianismo. Por eso tampoco mostramos ya las calaveras resultado de las decapitaciones y están todas escondidas. No solemos hablar demasiado de ello.
Nuestros jóvenes, de hecho, sienten vergüenza del pasado de sus abuelos. Tradicionalmente, incluso las mujeres, en los festivales, portaban unos cestos con cráneos humanos, pero ahora ya no. Ahora se han sustituido por cráneos de monos.
Aoleang es un festival que se celebra en la primera semana de abril (del 1 al 6) para dar la bienvenida a la primavera y también para invocar la bendición del Todopoderoso (Kahwang) sobre la tierra antes de la siembra de semillas. Se trata del festival más grande de los konyaks. Otro evento, el Lao Ong Mo, es el festival tradicional de la cosecha y se celebra en los meses de agosto y septiembre.
También hoy en día somos más conservadores a la hora de mostrar nuestro cuerpo desnudo y nos vestimos con ropa. Mis antepasados, al ir en cueros, eran más animales, menos civilizados, como lo son los monos. Eso es lo que la Iglesia me ha hecho creer y así lo creo.
Esta ropa también cubre gran parte de nuestros tatuajes, una biblioteca viviente. Ropa que habla del futuro y que cubre parte de nuestro pasado más terrible.
