Capítulo 1

1

Brick Callan ignoraba que se encontraba a un pasillo de supermercado de su peor pesadilla.

Si se hubiera molestado en enderezar su gigantesco cuerpo de metro noventa y levantar la mirada de las latas de conservas, se habría fijado en el revelador fogonazo rojo, del color de los incendios forestales y de las tentaciones del infierno, pero estaba concentrado intentando decidirse entre el tomate triturado con o sin pimientos verdes mientras Bill House, el cajero, no paraba de quejarse.

—Tal y como te lo cuento, Brick. El hijo de los Rathbun se ha pasado media tarde corriendo como un loco con la moto de nieve por Market Street —gruñó Bill, cruzando sus brazos flacuchos sobre el pecho. Brick metió el tomate con pimientos en el carro, junto con una bolsa de cebollas amarillas, dos cartones de caldo de ternera y un paquete de pilas—. Ayer, durante el reparto, les dio un susto de muerte a los caballos —siguió diciendo Bill—. Y la semana pasada estuvo a puntito de empotrarse contra la Arctic Cat nueva de Mulvaney. Ya solo nos faltaba tener que aguantarlo a él también.

Brick contuvo un suspiro. Estaría bien poder hacer la compra sin que le dieran la turra, por una vez en la vida.

—Hablaré con él —prometió. Sabía, perfectamente y de primera mano, las tonterías que eran capaces de hacer los idiotas de los chavales para impresionar a las chicas.

Bill suspiró y se caló el gorro de Doud’s Market que usaba para mantener la calva caliente de noviembre a abril.

—Te lo agradezco, Brick.

El equilibrio de la pequeña comunidad isleña era delicado y el trabajo de Brick consistía en ayudar a mantener dicho equilibrio incluso durante el crudo invierno de Michigan, cuando solo los habitantes más duros se quedaban en Mackinac. Esa era también la razón por la que le había prometido a la señora Sopp cambiar las pilas de los detectores de humo de la casa que tenía en alquiler cuando lo había llamado desde los últimos nueve hoyos de un campo de golf de Florida.

La puerta de Doud’s se abrió y se oyó el tintineo de la campanilla.

Mira Rathbun —madre del susodicho «hijo de los Rathbun»— entró en la tienda acompañada por una ráfaga de viento helado del lago. Bill se calló de repente, como si le hubiera comido la lengua el gato. Aquel hombre no tenía ningún reparo en chismorrear sobre sus vecinos con policías fuera de servicio, pero prefería hacerlo a sus espaldas.

—¡Cerrad la puñetera puerta! —gritaron el cajero y los dos clientes que estaban más cerca de la entrada.

Cuando el último barco lleno de turistas abandonaba la isla Mackinac en octubre, se llevaba también la amabilidad y los buenos modales propios de un lugar de veraneo. Entonces, los cerca de quinientos habitantes que vivían en el pueblo durante todo el año se atrincheraban para pasar otra gélida temporada baja en medio del lago Hurón con una hosquedad entrañable.

—Vale, vale, perdón —dijo Mira, sacudiéndose con ímpetu la nieve recién caída del mono naranja fosforito. Aquella mujer era como un torbellino que siempre iba a mil por hora, lo cual estresaba a Brick. Para desgracia de los vecinos, había sido ella la que había enseñado a Travis a conducir su moto de nieve de tercera mano.

Aquel era el decimocuarto invierno de Brick en la isla. Curiosamente, él esperaba con impaciencia la llegada del frío polar y el cierre temporal de la mayoría de los negocios. El invierno era tranquilo. Sosegado. Previsible.

Bill echó un vistazo al carrito de Brick y levantó las cejas hasta el borde del gorro.

—¿Otra vez estofado de ternera? ¿Es que no conoces más recetas? Seguro que hay más de una soltera en la isla dispuesta a prepararte un buen pastel.

—Me gusta el estofado de ternera. —Y también le gustaba el hecho de no verse obligado a socializar mientras se lo zampaba.

Brick preparaba estofado de ternera todas las semanas y lo comía durante cuatro o cinco días seguidos porque era fácil y cómodo. En cuanto a la parte social, la soledad que le ofrecía el invierno era algo que se ganaba a pulso y no le apetecía poner un segundo plato en la mesa.

—¿Os habéis enterado? —dijo Mira, acercándose a toda prisa e interrumpiendo la conversación.

Brick la miró con escepticismo. En Mackinac nunca pasaba nada relevante en invierno, lo que significaba que iba contarles algún cotilleo. Algo que él prefería evitar, a pesar de que sus dos trabajos lo convertían constantemente en el receptor estrella.

—¿Tiene que ver con el avión que llegó anoche a última hora? —le preguntó Bill, olvidando temporalmente su problema con el hijo de Mira y la palanca del acelerador.

A ella se le iluminó el rostro de la emoción, algo poco habitual en una época en la que todos los días se parecían demasiado entre sí. De repente, Brick sintió la necesidad de salir a la calle helada para evitar la bomba que Mira estaba a punto de soltar. El instinto le decía que algo malo iba a suceder y se había dejado la pistola en casa.

—Pero no se lo contéis a nadie, porque al parecer su familia aún no lo sabe —susurró Mira, acercándose más.

Brick tenía un mal presentimiento.

—¿La familia de quién? —preguntó Bill, desconcertado—. No entiendo nada.

—Por Dios, solo intento darle un poco de emoción. Esta es la conversación más larga que he tenido en tres meses con alguien con quien no estoy casada o a quien no he parido. Déjame disfrutarlo —le espetó ella. Brick empujó un poco el carro, con la esperanza de poder ahorrarse las novedades, pero Mira lo agarró con firmeza, impidiéndole avanzar—. ¡Remi Ford! —anunció.

Brick apretó con fuerza el asa del carrito.

«Remington Honeysuckle Ford».

«Remi Honey» para los amigos. Para él, un peligro. «Mierda».

—¡Qué me dices! —exclamó Bill—. ¿Por qué habrá vuelto en pleno invierno y sin avisar a sus padres?

Sus voces ahogadas se fundieron con el zumbido que Brick había empezado a notar en los oídos. Hizo todo lo posible por fingir que no pasaba nada mientras explotaba por dentro. La puerta estaba a solo seis metros, pero tenía los pies clavados en el suelo y las piernas paralizadas. Con el latido ensordecedor de su corazón de fondo, se quedó mirando fijamente la boca de Mira mientras esta seguía chismorreando.

No podía presentarse allí así como así. Y menos sin avisar.

Brick había tardado semanas en prepararse mentalmente, en armarse de valor solo para poder saludarla en la mesa.

—¡Pst! —El cajero, que era sobrino de Bill, agitó los brazos detrás de la caja registradora y señaló en silencio el pasillo de al lado.

A Brick le dio un vuelco el corazón.

No. Eso no podía estar pasando, de ninguna manera.

Mira y Bill salieron disparados hacia el pasillo de los cereales. Brick corrió en dirección opuesta, hacia la caja, decidiendo que ese era tan buen momento como otro cualquiera para escapar antes de que…

De repente, su carrito chocó con otro que estaba doblando una esquina. Con la fuerza del impacto, los carros golpearon una torre de cajas de avena y la derribaron.

«Joder». Supo quién era antes de levantar la vista de la masacre de gachas de almendra con vainilla y de beicon con sirope de arce que se había liado en el suelo.

Efectivamente, allí estaba. Un hada malvada de metro y medio de estatura. Llevaba el cabello pelirrojo recogido en una trenza larga y floja sobre un hombro, por encima de la parka fucsia. Unos auriculares asomaban bajo el gorro de lana amarillo que llevaba encasquetado en la cabeza. Sus ojos eran verdes como los cristales desgastados que coleccionaba su abuela. Tenía la boca grande y los labios carnosos y, cuando sonreía, no podías evitar quedarte un poco embobado…, al menos hasta que la conocías. Las pecas que le salpicaban la nariz y las mejillas destacaban sobre su piel de marfil.

Se la veía diferente. Pálida, cansada, incluso frágil. La energía que solía irradiar y que caía crepitando como una lluvia de chispas sobre sus incautas víctimas no era más que un murmullo apagado. Brick, que se había pasado media vida analizando a Remi, se dio cuenta de que algo iba mal.

Se miraron fijamente durante un largo instante. Él no sabía si saludarla o salir corriendo para ponerse a salvo. Antes de que le diera tiempo a decidirse, Remi dejó el carrito y fue directamente hacia él.

Brick le dio un abrazo por puro instinto, aunque era lo último que quería hacer. Ella deslizó las manos bajo su abrigo y se pegó a él. Su olor seguía alterándolo. Siempre le recordaba a un prado… justo después de ser alcanzado por un rayo. Sin pensarlo, apoyó la barbilla en su cabeza, rozando con la barba el tejido suave del gorro. Notó que algo se le clavaba en el costado, pero antes de que pudiera identificarlo, Remi exhaló un suspiro largo y lento que lo distrajo. Era como si se sintiera aliviada. Aquella no era la mujer que él conocía, la que habría tenido la desfachatez de plantarle un beso en todos los morros para cabrearlo antes de volver a largarse y seguir sembrando el caos.

Brick la hizo retroceder, agarrándola por los brazos.

—¿Qué te pasa? —le preguntó en voz baja.

—¡Pero si es la pequeña Remi Ford! —exclamó Bill, deteniéndose en seco delante de ella con Mira a la zaga.

—¿Qué estás haciendo por aquí en febrero? —le preguntó esta.

Remi se zafó del agarre de Brick y se quitó los auriculares de los oídos. La sonrisa que les dedicó tenía menos voltaje del habitual, pero él fue el único que se dio cuenta.

—¡No he podido resistirme! Echaba de menos los inviernos de la isla —respondió alegremente.

Aquella voz ronca se le hizo tan familiar, aun después de tanto tiempo, que casi le resultó insoportable.

—¡Esa sí que es buena! —dijo Bill, riéndose.

Mira se abalanzó rápidamente sobre la hija pródiga para darle un abrazo.

—¿Querías sorprender a tus padres? —preguntó—. Sé que este año te han echado de menos en Navidad.

Remi evitó mirar directamente a Brick al responder.

—Me sentía mal por no haber estado durante las fiestas con ellos y se me ha ocurrido compensárselo pasando aquí una temporada.

Mentía. Brick estaba seguro. Aquellas ojeras no eran fruto de la culpabilidad por haberse perdido las navidades.

—Qué buena hija eres. ¿Qué tal la vida en la gran ciudad? —siguió indagando Mira. Aquella mujer sería capaz de sonsacarle hasta el más mínimo detalle como Remi se lo permitiera. Y luego se los serviría en bandeja alegremente al resto de los isleños mientras recogía a su hijo en el colegio o hacía algún recado.

—Bueno…, bien —respondió Remi.

Aquel titubeo hizo que Brick la mirara con recelo.

—¡Rápido! ¿De qué color tengo hoy el aura? —le preguntó Bill.

Remi se ruborizó.

—De un verde chillón precioso, como siempre —contestó.

Había muchas cosas que hacían que Remi fuera diferente al resto de las chicas. La sinestesia era una de ellas.

Decían que, de pequeña, Remi Ford había causado un gran revuelo en la guardería al pedir una cera de color rosa para escribir la letra e, porque todo el mundo sabía que las es eran rosas. Les costó varios años, pero sus padres al fin encontraron a un especialista que les dio la respuesta: el cerebro de su hija creaba conexiones adicionales que relacionaban los colores con cosas como letras, palabras y personas.

Sin embargo, lo que más le fascinaba a Brick era el hecho de que Remi pudiera ver la música. Antiguamente, antes de que las cosas se complicaran, le gustaba preguntarle los colores que veía en las canciones.

—¿Sigues en el museo? —le preguntó Mira.

—En realidad, ahora me dedico exclusivamente a pintar —respondió Remi.

Aquello sí que era una novedad. Le sorprendió que sus padres no lo hubieran mencionado.

Brick echó un vistazo a su carrito y vio tres cajas de cereales con nubes, café, leche condensada y un paquete de bollitos de miel. Ni rastro de ninguna proteína o verdura. Estaba comiendo por ansiedad.

—¿Casas o cuadros? —bromeó Bill.

—Principalmente, cuadros, pero a ti no me importaría pintarte la casa, Bill —dijo ella, guiñándole un ojo.

El hombre se puso rojo como un tomate, algo que Brick no había visto nunca. Así de potente era el encanto de Remi.

Esta se colocó un mechón de pelo suelto detrás de la oreja —un tic nervioso típico de ella— y Brick se fijó en un esparadrapo de color naranja clarito que tenía entre los dedos pulgar e índice. Llevaba el brazo derecho escayolado.

El corazón le dio un vuelco mientras las preguntas se arremolinaban en su mente.

Aquello no era asunto suyo. Y sabía lo que pasaría si se dejaba llevar por la curiosidad.

Lo que le ocurriera a Remi Ford ya no le incumbía.

—¿Estás saliendo con alguien? —le preguntó Mira—. ¿Te has traído a algún novio para San Valentín?

Brick apretó los dientes.

—Perdón, tengo que irme —dijo, agarrando con fuerza el asa del carro—. Bienvenida a casa, Remi.

—Gracias. Me alegro de verte, Brick —respondió ella, esbozando una sonrisa débil y triste.

Él asintió bruscamente con la cabeza. Haciendo un esfuerzo monumental, fue andando hacia la caja en lugar de corriendo mientras dejaba atrás a Remi, el resto de productos que le quedaban en la lista de la compra y un montón de preguntas sin respuesta.

2

«A ver, tampoco ha ido tan mal», pensó Remi mientras se colgaba las bolsas en el brazo bueno y volvía a salir a la calle bajo el frío atroz de la mañana.

Tras una larga noche en vela, había sobrevivido a un encuentro inesperado con Brick, aunque no había podido evitar aferrarse a él como una damisela en apuros. Pero al menos había conseguido que Bill, Mira y el resto de gente que había en la tienda le prometieran guardar el secreto para que pudiera darles una sorpresa a sus padres.

Eso le concedía, más o menos, una hora antes de que alguien llamara a su madre para soltárselo. Una hora para inventarse una versión oficial de la historia y disimular el cansancio de su cara. Una hora para intentar llamar de nuevo al hospital.

Caminó lo suficiente como para dejar atrás los escaparates del supermercado antes de apoyar las bolsas sobre la acera. Luego se quitó el guante con los dientes y volvió a marcar.

—Hospital Northwestern Memorial, ¿con quién quiere hablar?

—Hola, llamo para informarme sobre el estado de una paciente —dijo Remi.

—¿Cómo se llama? —A juzgar por su voz, a la persona que estaba al otro lado de la línea le gustaría estar haciendo muchas otras cosas en lugar de responder llamadas, pero al menos era una operadora diferente a la del día anterior.

—Camille Vorhees.

—¿Y u s t e d?

Remi vaciló.

—Soy… su hermana.

—¿Nombre?

«Me cago en todo».

—¿Alessandra?

—No está en la lista.

—Es que soy la oveja negra de la familia —replicó, probando suerte.

—No está en la lista. Según las normas…

—Ya, gracias. Lo entiendo. —Remi colgó y le dio una patada a la columna que sostenía el tejado del porche del edificio de al lado—. Mierda —murmuró.

—Remi.

Casi se muere del susto al oír su voz. Aquella puñetera voz áspera, grave y ronca con la que aún seguía soñando.

—¡Joder, Brick!

Estaba cruzando la calle y avanzaba hacia ella como un tsunami. Implacable. Directo.

Le molestaba seguir sintiendo mariposas en el estómago cada vez que lo veía. Aunque no era de extrañar, teniendo en cuenta que Brick Callan era un pedazo de tío. Obviamente, lo primero que le había llamado la atención habían sido aquellos hombros anchísimos y aquel pecho gigantesco. Aunque no había tardado mucho en darse cuenta de que sus ojos azules y serios, ahora ribeteados por unas pequeñas patas de gallo, tenían unos superpoderes hipnóticos que hacían que se le cayeran las bragas.

El sombrero de vaquero que se empeñaba en llevar, a pesar de que existían alternativas mucho más cálidas para cubrirse la cabeza, aumentaba su rudo atractivo. Sobre todo en combinación con el abrigo grueso de invierno y los tejanos, que resaltaban su trasero musculoso.

Lo de la barba era una grata novedad. Lo de la intensidad venía de lejos y seguía resultándole igual de incómodo. Lo rodeaba una vibrante aura azul oscuro. «Estable. Fiable. Fuerte».

Hacía doce años, Brick le había partido el corazón en dos. Siete años después, se lo había hecho pedazos. Remi aún no le había perdonado ninguna de las dos cosas, pero eso no significaba que no pudiera alegrarse la vista con aquel monumento a la testosterona.

Se agachó para recoger las bolsas, pero él se le adelantó y las añadió a las que ya llevaba. Olía a cuero, a serrín y a caballos.

—No hace falta. Soy perfectamente capaz de llevarlas.

—¿Qué te ha pasado en el brazo? —le preguntó él bruscamente, como si le molestara necesitar una respuesta.

Cómo no, se había dado cuenta. A Brick Callan no se le escapaba un puñetero detalle…, salvo el más obvio de todos.

—No es nada, solo una pequeña fractura —dijo ella, extendiendo la mano para que le diera las bolsas. Él las levantó por encima de la cabeza en lo que Remi consideró una demostración de fuerza innecesaria. Y muy atractiva.

—¿Cómo te lo has hecho? —El tono familiar y áspero de su voz anidó en su vientre como un charquito de miel tibia.

Se preocupaba por ella. A lo mejor no tanto como en su día le habría gustado a una adolescente enamorada, pero sí lo suficiente como para consolar a una treintañera herida.

—En un accidente de coche —respondió—. En serio, dame la compra.

—¿Dónde fue? ¿Conducías tú? ¿Hubo más heridos?

Remi se encaró con él en la acera mientras el viento del lago intentaba meterle mano bajo la ropa con sus dedos gélidos.

—Sin ánimo de ofender, pero Chicago está fuera de su jurisdicción, sargento. Y, por si se te ha olvidado, mi vida no es asunto tuyo.

Brick le dirigió una de esas miradas largas y melancólicas cuyo significado ella nunca había conseguido descifrar.

Algo le vibró en el bolsillo, sobresaltándola. Remi se olvidó del armario empotrado que tenía delante y se puso a buscar el teléfono como una loca.

«Qué coñazo de tío».

«Mierda». La esperanza que había florecido en su pecho se esfumó. Ignoró aquella llamada, como había hecho las últimas cuatro veces, y volvió a guardar el móvil.

Brick la estaba mirando con el ceño fruncido. Al menos había cosas que nunca cambiaban.

—¿Dónde te quedas? —le preguntó él, finalmente—. Te acompaño.

No era un ofrecimiento. Brick era demasiado caballeroso como para dejarla renquear durante varias manzanas como una mula coja con aquel tiempo de hipotermia y ella sabía que, por muy terca que se pusiera, él iba a insistir.

—En Red Gate —contestó.

Brick bajó la vista y luego miró hacia el horizonte, donde el cielo se fundía con el agua. Suspiró.

—Venga ya, no te pongas en plan vaquero atormentado —le dijo ella, poniendo los ojos en blanco—. Tampoco vamos a vernos tanto.

Red Gate Cottage estaba en el extremo sur de la isla, a orillas del lago. Y, casualmente, justo enfrente de la casa de Brick. Remi aún no tenía muy claro si aquello había influido en su elección.

—¿Tú eres la culpable de que la señora Sopp quiera que cambie las pilas de los detectores de humo?

—No hace falta ser tan borde. Dámelas y ya lo hago yo.

—Ah, ¿sí? ¿Para que te caigas de una silla y te rompas el otro brazo? —Brick echó a andar por la acera sacudiendo la cabeza y farfullando.

Remi corrió para alcanzarlo mientras él iba dejando atrás los hostales y las tiendas de recuerdos, que en invierno estaban cerrados.

—¿Así convences a las chicas de que se bajen las bragas térmicas? ¿Con este rollo de vaquero gruñón?

—No me toques las narices, Remi.

Algo más animada por haber conseguido provocarlo, se puso a su lado y se guardó las manos en los bolsillos. Era una mañana soleada, de las de diez grados bajo cero. Sobre la fina capa de nieve que cubría la carretera había marcas de las motos de nieve, el principal medio de transporte en la isla durante el invierno. Eso, los caballos y los pies eran las únicas opciones de los residentes para atravesar los seis kilómetros de colinas y bosques.

Para algunas personas, Mackinac era un sitio raro. ¿Una isla sin un solo coche? ¿Una comunidad con una vida útil de unos cuatro meses antes de la llegada del crudo e interminable invierno? Pero, para Remi, era su hogar. Y volver al hogar significaba sanar heridas.

Recorrieron el resto del camino en silencio. Ella se adelantó para abrir la puerta del jardín, pintada de color rojo pasión. Unos setos altos protegían la casita de ladrillo blanco de las miradas indiscretas desde la acera, pero desde el edificio victoriano de dos plantas que había al otro lado de la calle se podía ver por encima de ellos.

—La has pintado —comentó Remi mientras Brick pasaba por delante de ella con la compra.

La vivienda había pertenecido a sus abuelos, que habían acogido en su casa a sus dos nietos en un momento en el que lo estaban pasando mal. Entonces era toda blanca. Ahora, tanto las tejas de cedro como el recubrimiento de madera eran de color azul marino oscuro y el amplio porche delantero se extendía a ambos lados de una puerta roja, una combinación de colores a la que Remi daba su aprobación. La valla baja que había al lado de la acera seguía siendo de un tono blanco perla.

Con el jardín delantero nevado y los setos de hoja perenne, era una imagen de postal.

Brick gruñó —porque tenía una asignación diaria de unas cincuenta palabras— y rodeó la casita por un lateral para ir hacia la puerta delantera. En lugar de porche, Red Gate tenía una tarima baja de cedro. En verano ponían una mesa con sillas y una sombrilla para poder sentarse y disfrutar de las vistas, que eran espectaculares. En invierno, en la tarima había varios montoncitos de leña perfectamente ordenados para la pequeña chimenea del dormitorio.

Remi abrió la puerta y estuvo a punto de poner los ojos en blanco cuando aquel hombre descomunal insistió en dejarla pasar primero. Aquella combinación de caballerosidad y mal humor no tenía demasiado encanto, la verdad.

No como la casita, que lo derrochaba a raudales.

Agnes Sopp —la mayor propietaria inmobiliaria de Mackinac— la había reformado con suelos de pino y paredes de estuco color crema. En el salón, delante de la chimenea de gas, había un sofá de un tono blanco roto con cojines mullidos. La cocina era diminuta, con armarios blancos y encimeras de madera barnizada, pero una pequeña isla de acero inoxidable con ruedas añadía espacio de almacenamiento extra y más superficie de trabajo. Habían cambiado todas las ventanas de la fachada para sacar el máximo provecho a las vistas.

Y menudas vistas.

Las oscuras aguas del lago Hurón se extendían hasta el infinito frente a la vivienda, fieles e imperturbables… Como el hombre que rondaba por la casa de Remi.

Brick entró bruscamente en la cocina, invadiendo todo el espacio con sus hombros de vaquero y su mala leche.

Y, mientras se quitaba las botas y el abrigo, Remi se dio cuenta de que esa era la razón por la que había vuelto. Para estar lo suficientemente cerca de él como para sentirse segura de nuevo. Por más que se quejara, Brick Callan se preocupaba por ella. No sabía por qué, pero él necesitaba que todas las personas que le importaban estuvieran a salvo. Se lo imaginaba corriendo como un perro pastor detrás de los habitantes de Mackinac, protegiéndolos a todos del peligro.

Suspiró. No tenía sentido fantasear con alguien inalcanzable. Además, tenía problemas mucho mayores y más peligrosos entre manos.

Brick sacó un paquete de pilas de una de las bolsas. Ella observó cómo retiraba con eficiencia la tapa del primer detector de humo sin necesidad de silla ni escalera y deseó poder acurrucarse en el sofá y dormir un poco mientras él estaba allí. Mientras estaba a salvo.

Remi se sentó en uno de los sillones giratorios de terciopelo azul que había frente a la ventana. Se puso de espaldas al lago, recogió las rodillas hasta poder apoyar la barbilla y lo miró mientras él se ocupaba de cuidar de ella a regañadientes.

Brick volvió a colocar las tapas en su sitio y tiró el embalaje y las pilas viejas a la papelera que había bajo el fregadero.

—¿Haces mucho de manitas para Agnes? —le preguntó Remi.

Él se giró para mirarla y, mientras avanzaba hacia ella con aquellas piernas tan largas, esta retrocedió en la silla. No sabía exactamente qué esperaba que hiciera, pero cogerla suavemente de la mano derecha y subirle la manga del jersey enorme que llevaba puesto no era una de las posibilidades que se le pasaron por la cabeza.

A lo largo de los años, Remi lo había abrazado, besado, manoseado y rozado unas mil veces. Cada vez que se tocaban sentía algo especial, saltaban chispas. Aquello le fascinaba. Le hacía sentirse bien. La confundía. Sin embargo, lo que le atraía de Brick era lo que parecía alejarlo de ella. Podía contar con los dedos de una mano las veces que aquel hombre la había tocado primero por iniciativa propia.

—¿Cómo coño te has hecho esto? —le preguntó. Su voz sonaba autoritaria, pero la forma en la que le estaba sujetando la mano para examinar el yeso era casi tierna.

—No fue culpa mía —replicó Remi, aunque no tenía muy claro que fuera cierto.

—¿Te duele?

—No, me da gustito. Pues claro que me duele. Es un brazo roto.

—¿Cómo te lo has hecho? —dijo Brick, muy serio.

Remi se tensó, incapaz de controlar la reacción visceral que le provocaba recordarlo. Las luces cegadoras. El metal retorciéndose. La caída al abismo.

—Ya te lo he dicho, en un accidente de coche —insistió ella, intentando apartar el brazo. Pero él siguió agarrándola con cuidado y firmeza mientras exploraba con los dedos la venda color mandarina de la escayola.

La atravesó con sus ojos azules, intentando descifrarla.

—¿Cómo fue? —volvió a preguntar. Su voz era áspera y grave, pero su tacto era cálido. Era como si el vibrante halo azul que lo rodeaba la envolviera a ella también. Remi se horrorizó al darse cuenta de que se le estaban llenando los ojos de lágrimas.

Por fin fue capaz de soltarse y se giró hacia las ventanas y el lago.

—No quiero hablar del tema.

—Pero si tú siempre quieres hablar de todo.

—Pues ya no —murmuró Remi.

—¿Te duele mucho? —le preguntó él bruscamente, como si él también lo estuviera sufriendo.

Ella apoyó la mejilla en la rodilla y se secó las lágrimas.

—Cada vez menos.

—Recuerda que sé cuándo mientes —dijo él, dándole la vuelta a la silla para obligarla a encararlo.

Su mirada se había oscurecido. En ese momento, sus ojos parecían más grises que azules. Remi se preguntó qué vería él en los suyos. ¿Sería capaz de ver más allá de su fanfarronería e intuir lo que ocultaba bajo la superficie? ¿Podría descubrir aquello que antes no existía? ¿Aquello que lo había cambiado todo?

—Eso era antes —le recordó ella en voz baja—. Ahora somos personas distintas.

Brick se levantó, estirando aquellas piernas kilométricas, y volvió a la cocina.

—Deberías hacer acopio de provisiones básicas —comentó Brick, cogiendo sus bolsas.

Se marchaba. Remi se sintió aliviada y triste a la vez. Por más que le molestara, su presencia ahuyentaba las sombras. Y eso la cabreaba.

—Sí, debería ponerme con ello —respondió, secándose rápidamente una lágrima cuando él no la veía.

Brick se detuvo con las bolsas en la mano y volvió a mirarla.

—Pareces agotada. Te vendría bien descansar.

—Adiós, Brick —dijo Remi, fulminándolo con la mirada. Él fue hacia la puerta y la abrió—. ¡Me gusta tu barba! —gritó ella mientras lo veía salir.

Él apretó la mandíbula, le echó un último vistazo abrasador y desapareció.

3

—¿Remi Honey?

No había muchas cosas que sorprendieran a la comisaria Darlene. Nacida y criada en Mackinac, hacía casi treinta años que era policía en la isla. Sin embargo, encontrarse en el porche de casa a su hija menor, que se suponía que estaba trabajando y viviendo en Chicago, logró sobresaltarla.

—¡Sorpresa! —Remi abrazó a su madre efusivamente, aferrándose a ella con todas sus fuerzas.

La insignia con su nombre que Darlene llevaba sujeta con un imperdible en la parte delantera de la sudadera del uniforme de invierno se le clavó en el hombro. Puede que hubiera heredado los ojos verdes de su progenitora, pero no su considerable estatura.

—¡Por el amor de Dios! —farfulló Darlene, estrechándola con fuerza—. ¿Por qué no me has llamado para decirme que venías? Podría haberte preparado la habitación. ¿Qué tal te encuentras? ¿Te estás tomando la medicación? ¿Ha pasado algo? ¿Cómo va la pintura? ¿Has vendido algún cuadro?

Remi la soltó, riéndose del interrogatorio maternal.

—Quería daros una sorpresa a papá y a ti. No necesito la habitación porque he convencido a Agnes Sopp para que me alquile una casa. Y todo lo demás está bien.

—¡Pues me hace muchísima ilusión! —Todavía agarrándola por los hombros, Darlene miró hacia atrás y pegó un grito—. ¡Gil, baja un momento!

—¿Qué pasa? ¡Hace demasiado frío para que haya arañas! —vociferó Gilbert Ford desde el piso de arriba.

—¡No es una araña! —respondió Darlene, a voz en grito.

Darlene Ford no le tenía miedo a nada… salvo a las arañas. Era el único caso en el que permitía que su sosegado marido, profesor de inglés, acudiera a rescatarla sin rechistar.

—Venga, pasa antes de que calentemos a todo el barrio. —Darlene hizo entrar a Remi en la casa de la que tantas veces esta se había escapado durante la adolescencia.

Habían cambiado algunos detalles. La alfombra que estaba pisando era nueva. Había un escritorio de madera maciza en el estudio abarrotado que se encontraba a su izquierda. El antiguo, que en realidad era una mesa de cartas destartalada, se había venido abajo el año anterior bajo el peso de las redacciones del instituto y las tazas de café medio vacías. Y al otro lado del pasillo, en el salón, había una televisión nueva más grande.

Pero seguía oliendo a su casa. Es decir, a café y a cera para muebles. El paisaje que Remi había pintado de la costa de Mackinac, uno de sus primeros cuadros, seguía colgado en el pasillo que conducía a la luminosa cocina y al comedor. Y sus padres seguían gritándose de una habitación a otra.

—¡Remi Honey!

Gilbert Ford era un par de centímetros más alto que su mujer y un poco menos atlético. Siempre llevaba el pelo, de color pelirrojo oscuro, ligeramente despeinado y la ropa un poco mal combinada, pero se le daba tan bien escuchar a la gente que su aspecto desaliñado pasaba a un segundo plano. Estaba tan emocionado que se saltó el último escalón y estuvo a punto de tirarlas a ambas al pie de la escalera. Esbozó una sonrisa tímida antes de darle a su hija un fuerte abrazo.

Ella cerró los ojos y se dejó querer.

—Hola, papá.

—Qué sorpresa tan maravillosa —dijo él, balanceándose con ella de lado a lado. Gilbert era un experto abrazador y la medicina perfecta para el mal que aquejaba a su hija en aquel momento.

Remi se preguntó cómo era posible sentir nostalgia estando en la casa de su infancia, envuelta en los brazos del primer hombre que la había querido.

—¿No lo sabías? —le preguntó Darlene a su marido, mirándolo con desconfianza.

Él negó con la cabeza mientras la soltaba.

—No tenía ni idea —aseguró, estrechando las manos de su hija—. ¿Tú tampoco?

Sus padres estaban muy ocupados y muchas veces olvidaban transmitirse mensajes de diversa importancia.

—No le he dicho a nadie que venía. Quería daros una sorpresa —les aseguró Remi.

La sonrisa de Gilbert se apagó un poco mientras este entornaba los ojos tras las gafas de carey que llevaba desde hacía veinte años.

—¿Qué es esto? —preguntó, apretando suavemente la muñeca de Remi.

—Ah, una escayola —respondió ella.

—¿Una escayola? ¿Es que te has roto el brazo? —chilló Darlene.

—He tenido un pequeño accidente. Solo es una fracturilla de nada. Poca cosa.

Su padre frunció el ceño.

—¿Y puedes pintar con el yeso, cielo?

—La verdad es que todavía no lo he intentado.

Ya había soltado un montón de mentirijillas y ni siquiera había pasado del vestíbulo. Menudo récord.

—Venga, vamos. Puedes contárnoslo todo mientras nos tomamos un café —le propuso Darlene—. ¿Cuánto tiempo vas a estar por aquí?

—Pensaba quedarme un par de semanas y tomarme unas pequeñas vacaciones —respondió Remi, siguiendo a su madre hasta la cocina.

Era su estancia favorita de la casa. Después de haberse pasado dos semanas enteras discutiendo por culpa de unas manchas, sus padres se habían venido arriba y habían pintado los armarios en un tono verde botella. Las encimeras eran de azulejos brillantes de color azul. También había una isla de forma rara entre la zona de trabajo y el rincón para desayunar, compuesto por un par de bancos con respaldo y cojines y una mesa de arce macizo encajada en el mirador.

—¿Te han despedido? —le preguntó Darlene.

Remi resopló mientras abría el armario de las tazas que estaba encima de la cafetera y rebuscó entre el contenido hasta encontrar su favorita: una enorme de color amarillo pollito que ponía No te preocupes, sé feliz.

—No, mamá. No me han despedido. Ahora me dedico exclusivamente a pintar.

—Ah, ¿sí? Caray, eso sí que… ¡Ay, la leche! ¿Ya es tan tarde? —exclamó Gilbert, mirando el reloj del microondas—. ¡Tengo que irme al instituto!

—Mierda, yo esta mañana tengo una reunión que no me puedo perder —dijo Darlene, siguiendo la dirección de la mirada de su marido.

Remi se apartó de un salto mientras sus padres se abalanzaban sobre la cafetera para llenar los termos.

—Cena familiar en honor a la artista muerta de hambre —decidió su madre, enroscando el tapón del termo.

Lo de «muerta de hambre» era algo que Remi no había conseguido eliminar de la ecuación hasta hacía poco, pero no podía darles la buena noticia sin contarles también la mala.

—¿Esta noche? —Gilbert devolvió la jarra vacía a la cafetera frunciendo el ceño—. ¿Tengo yo algo, o lo tienes tú?

—Doble marrón —se lamentó Darlene—. Esta noche tú tienes el partido de baloncesto para recaudar fondos y yo, una junta del ayuntamiento.

—No pasa nada —dijo Remi—. Voy a estar por aquí mucho tiempo.

—Mañana por la noche —propuso Gilbert, señalándola con ambos dedos índices—. Avisaré a tu hermana.

Darlene cogió el paquete de café en grano y se lo pasó a Remi.

—Prepara otra cafetera para ti y saca carne para asar del congelador, o algo. Ah, y ya que estás aquí, ¿te importaría meter la colada en la secadora?

Sus padres la abrazaron y le dieron unos besos rápidos y ruidosos en las mejillas antes de salir pitando. Remi oyó en la calle el ruido de la vieja moto de nieve Yamaha y, al mirar por la ventana delantera, vio a su padre subiéndose detrás de su madre. Normalmente, la comisaria Ford dejaba a su marido en el instituto antes de volver al centro del pueblo para empezar la jornada en la comisaría de Market Street.

A Remi le molestó un pelín que no tuvieran tiempo para tomarse un café con ella, pero eso le pasaba por aparecer un jueves sin avisar. La cocina se quedó demasiado en silencio, así que decidió encender la vieja radio por la que su padre escuchaba los partidos de los Wolverines.

Empezó a sonar un clásico relajante y unas nubes de color amarillo claro y dorado aparecieron flotando en la habitación, haciéndole compañía. ¿Quién iba a pensar que la niña de las heridas en las rodillas y las «e» de color rosa acabaría dedicándose a pintar cosas que solo ella podía ver?

—Primero el café —decidió Remi.

Preparó una cafetera nueva y entró en el lavadero diminuto que había entre la cocina y el comedor. Estaba casi igual, salvo por el orden. Como allí ya no vivían dos adolescentes, el espacio estaba más organizado. La cuerdita para tender que iba de pared a pared ya no se encontraba llena de sujetadores. Ahora, en ella había colgados calcetines desparejados sujetos con pinzas de madera.

Remi abrió la lavadora y empezó a meter la ropa húmeda en la secadora. Todo le llevaba el doble de tiempo, con un solo brazo. No le apetecía nada tirarse entre cuatro y seis semanas sin poder usar la mano derecha.

Una cosa roja de encaje le llamó la atención. La desenterró y sacó con cuidado un sofisticado tanga.

—Por favor. Pero ¿qué es esto?

Cogió el móvil y le sacó una foto.

KIMBER

Dime que esto es de mamá y no de papá.

Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron. Su hermana tardó cinco minutos en contestar.

Qué haces hurgando en la ropa interior de

nuestros padres, pervertida?

He venido a daros una sorpresa

Por cierto, sorpresa!

Mamá y papá me han dejado

aquí tirada con

una lista de tareas.

Hay cosas que nunca cambian

Excepto la ropa interior de mamá, por lo visto

Estás en casa? Te apetece quedar?

Como su hermana no respondía, Remi acabó de llenar la secadora y pulsó el botón de encendido. Una vibración metálica sobre la máquina anunció un mensaje entrante.

MAMÁ

No te olvides de limpiar el filtro de las pelusas!

Podrían causar un incendio

Ya lo sé, mamá. No tengo diez años

Sintiéndose culpable, Remi paró la secadora y vació el filtro de las pelusas antes de volver a ponerla en marcha. Luego, por diversión, colgó el tanga en el tendedero, donde sus padres lo verían sí o sí.

Con la secadora en marcha, el incendio evitado y la taza llena de café recién hecho, Remi se dirigió al sótano.

Los escalones de madera estaban desgastados por décadas de subidas y bajadas. Las salpicaduras de pintura en los peldaños contaban la historia de sus primeros pasos como artista.

El sótano de los Ford no era el estudio ideal, con sus techos bajos y la ausencia de luz natural. Pero si cubría el arcón congelador con una lona antes de empezar a pintar «arbolitos felices» con Bob Ross, a nadie le importaba un pimiento que ensuciara el suelo de hormigón y las paredes de bloques.

Remi levantó la tapa del congelador, que se abrió con un chirrido de casa encantada, para asomarse a sus profundidades heladas.

PAPÁ

Papá, hay una tonelada de carne para asar en

el congelador

Cuál descongelo?

Es una ocasión especial, saca la pechuga de

pavo!

Así volvemos a celebrar Acción de Gracias!

Venga, voy a tocarles las narices a mis

alumnos con un examen sorpresa!

Remi esbozó una sonrisa sincera por primera vez en una eternidad. Le gustaba volver a estar en casa.

Se llevó la pechuga de pavo al piso de arriba y la sumergió en agua fría en el fregadero.

Después de servirse otro café, decidió dar una vuelta de reconocimiento por la casa y subió las escaleras. El dormitorio de sus padres estaba en la parte de atrás. La puerta estaba cerrada para que no se escapara el calor, como cualquier otro invierno. La vida en Mackinac era cara, y los inviernos, fríos. La mayoría de la gente tenía más de un trabajo y sacrificaba una temperatura interior agradable para reducir la factura de la calefacción cuando era posible.

De niñas, Kimber y Remi tenían sus cuartos en la parte delantera de la casa.

Remi empujó la puerta de su habitación y suspiró. Allí sí que habían hecho cambios. La pintura morada y los pósteres de Usher, Alicia Keys y Zac Efron habían desaparecido. Sin embargo, habían conservado algunas de las reproducciones de cuadros que coleccionaba. Aquellas obras coloridas resaltaban sobre las paredes beige.

La cama era la misma, con el cabecero de hierro forjado, pero faltaba el caleidoscopio de pañuelos que había tejido entre los barrotes. La colcha de color marfil hacía que la habitación tuviera un aspecto sereno en lugar de lúgubre.

Remi no pudo evitar preguntarse si sus padres habrían preferido que ella fuera así. Tranquila y calmada, en lugar de «un huracán de color y caos».

No sería de extrañar. Sabía perfectamente que aguantar a Remington Honeysuckle Ford tenía tela.

Alessandra Ballard, en cambio, era excéntrica e interesante. O al menos esa era la idea. Pero ahora, al volver a su antigua habitación, Remi se preguntaba de qué le había servido dejar atrás el pasado y cargarse su futuro.

Aunque tampoco podía permitirse pensar en eso todavía. Tenía asuntos más urgentes que resolver.

Cogió el móvil y abrió el correo electrónico. Ignoró la bandeja de entrada desbordada y empezó a escribir un mensaje nuevo de forma lenta y dolorosa, porque no podía mover bien el pulgar derecho.

C:

Espero que estés bien. Por favor, dime que sí.

No quieren contarme nada.

Por favor, dime que te encuentras bien.

R.

Remi observó la parte superior de la bandeja de entrada durante varios minutos, con la esperanza de que apareciera una respuesta. Al no recibirla, se tumbó en la cama mirando al techo, dejando aflorar los pensamientos y los recuerdos.

Estaba en casa. Estar en casa era seguro. Siempre y cuando nadie de su otra vida descubriera dónde encontrarla. Allí exorcizaría unos cuantos demonios, curaría unos cuantos huesos rotos e idearía un plan para solucionarlo todo antes de que fuera demasiado tarde.

Y, por favor, ojalá ya no fuera demasiado tarde.

4

—Venga, Brick. Solo me estaba divirtiendo un poco.

Puede que fuera por los escasos treinta minutos que había conseguido dormir la noche anterior, o tal vez por la voz quejumbrosa de Duncan Firth mientras contemplaban el chasis destrozado de la Polaris, que había empotrado contra una valla y una señal de stop; fuera cual fuera la causa, en ese momento no estaba para diversiones.

—«Sargento Callan». Llevo puesto el uniforme —replicó, entregándole la multa—. Y la próxima vez que se te ocurra subirte a ese trasto, intenta mantenerlo alejado de las vallas y las señales de tráfico.

—Sí, señor —dijo Duncan, guardándose el papelito en el bolsillo del mono de esquí.

Aquel tío tenía sesenta y pocos años y tres nietos y era un poco temerario. Todos los años era el primer isleño en probar el puente de hielo que unía la isla con el continente. Cuanto más se alargaba el invierno, más estúpidas eran sus decisiones.

—¡Abuelo! ¡Abuelo! ¿Has visto el vídeo? —El nieto de siete años de Duncan se acercó corriendo, levantando el móvil en el aire.

—Déjame echar un vistazo —dijo Duncan, sacando unas gafas para ver de cerca.

Brick negó con la cabeza y decidió que era mejor largarse antes de que tuviera que añadir más cargos a la sanción. Conociendo a Duncan, seguramente habría un pack de seis cervezas enterrado por allí cerca, bajo la nieve.

Su caballo, uno de los pocos que quedaban en la isla en invierno, golpeó impaciente la valla con una pezuña. Al igual que su dueño, Cleetus era pacífico, noble y más grande de lo normal. Medía un metro sesenta de altura y, ese viernes, su pelaje oscuro brillaba bajo el sol matutino. Brick guardó el equipo en la alforja y le dio al caballo una palmada en la grupa antes de subirse a la silla.

—Muy bien. Vamos a desayunar, amigo.

El enorme caballo negro asintió con la cabeza y juntos fueron hacia el pueblo.

Era una mañana espectacular. El sol se reflejaba en la nieve arrancándole miles de destellos de diamante de un brillo cegador, pero el viento del lago se colaba bajo la ropa, recordándole a cualquiera que se atreviera a salir bajo aquel sol radiante que todavía estaban en febrero y que aún faltaba mucho para las temperaturas primaverales de mayo.

A Brick le gustaba la belleza agreste del invierno. Las noches largas y oscuras. El silencio. El trabajo era más pausado, más fácil. Pasaba de controlar a miles de turistas a simplemente tener que echar un ojo a los pocos cientos de personas que vivían en Mackinac durante todo el año. Era una tarea tranquila.

O al menos lo había sido hasta el día anterior.

Las luces de Red Gate habían permanecido encendidas toda la noche. Lo sabía porque había estado yendo más o menos cada hora a su antigua habitación, que estaba en la parte delantera de la casa, para ver la casita del otro lado de la calle.

Remi siempre había sido un criatura nocturna, además de un poco despistada. Nunca había tenido que enfrentarse a las consecuencias de sus actos, porque siempre había tenido a alguien que fuera detrás de ella apagando las luces.

Sin embargo, a Brick el instinto le decía que esa vez el problema no era solo que Remi estuviera demasiado concentrada en sus cuadros y en sus aventuras como para prestar atención. Algo iba mal. Ella no estaba bien. Lo sabía por sus ojeras y por cómo se había sobresaltado cuando la había sorprendido al salir del supermercado.

La carretera nevada se extendía ante él, con el bosque a la derecha y algún atisbo de agua entre los árboles a la izquierda. El pequeño centro del pueblo, donde había transcurrido la mayor parte de su vida adulta, estaba más adelante. Brick había convertido ese lugar en su hogar. Se había hecho un hueco.

No pensaba alterar el equilibrio acercándose demasiado a ella. No volvería a hacerlo. Entre otras razones, porque Remington Ford había nacido con alas en vez de con raíces.

Era mejor y más sencillo que siguieran estando solo Cleetus, Magnus (el gato callejero) y él. Tenía una casa. Un trabajo que le gustaba. Buenos amigos y un lugar en la mesa de aquella familia a la que tantas veces había deseado pertenecer. Querer más sería pura avaricia. Y sabía, por experiencia, que la avaricia rompía el saco.

Cleetus aceleró el paso cuando los establos blancos quedaron a la vista. Los pocos centímetros de nieve que había en Market Street amortiguaban el sonido de sus pesados cascos.

Brick hizo lo que mejor se le daba: centrarse en las tareas que tenía entre manos y olvidarse de lo que podría haber sido. Después de alimentar a su montura y guardar los arreos, se echó al hombro las alforjas —su versión personal de un maletín— y echó a andar calle arriba. Entró en la cafetería que estaba oportunamente situada a medio camino entre los establos y la comisaría y compró lo de siempre: una caja de bollería variada.

La conversación entre los camareros y los otros dos clientes le recordó que, fuera al lugar de la isla que fuera, no iba a poder evitar que le mencionaran a la pelirroja conflictiva.

Sí, se había enterado de que Remi Ford había vuelto.

No, no sabía cuánto tiempo se iba a quedar.

Sí, estaba tan guapa como la última vez que la habían visto.

Mientras Brick había tenido que hacerse un sitio en la isla, Remi había nacido con él. Todo el mundo esperaba con impaciencia sus visitas porque todo era un poco más alegre y divertido cuando Remington andaba cerca. Era de esas chicas que, cuando le ponían un apodo a un tío, todo el pueblo lo seguía usando más de una década después.

Brick encorvó los hombros para protegerse de las ráfagas de viento que se colaban entre los edificios y apuró los últimos cientos de metros hasta su destino. A él, aquel edificio blanco de dos plantas de Market Street siempre le había recordado a una iglesia. Sin embargo, en lugar de sermones dominicales, este albergaba la comisaría de policía de la isla Mackinac, el ayuntamiento y el juzgado municipal.

Se coló por la puerta lateral, se quitó el sombrero y el abrigo y los colgó en sus perchas correspondientes. Aquella mañana solo había otra parka en el perchero. En temporada alta, el personal de la pequeña comisaría aumentaba y decenas de policías patrullaban las calles de Mackinac a pie, en bicicleta y a caballo. Pero en temporada baja solo se quedaban unos cuantos para atender a los habitantes permanentes de la isla.

Llevó la bollería a la sala de personal, donde encontró a la comisaria sirviéndose un café recién hecho en una taza que ponía: Se llama «nieve», vete acostumbrando.

—Buenos días, Brick.

La comisaria Darlene Ford era una mujer excepcional. Había pasado toda la vida en la isla y la sensación térmica de quince grados bajo cero ni la inmutaba. Casi nada lo hacía. Era alta y de constitución atlética. Llevaba el pelo castaño canoso recogido en una práctica coleta corta, como era habitual. Tenía los ojos de un verde frío y penetrante. Su cuerpo fibroso era fruto de un estricto entrenamiento diario con pesas. Podía hacer más flexiones del tirón que la mayoría de los miembros del reducido cuerpo policial.

Excluyendo a Brick, claro, que se esforzaba por hacer su trabajo, conducir y disparar mejor que cualquier otro agente.

—Buenos días, jefa —respondió él, sirviéndose una taza de café.

—¿Qué ha hecho Duncan esta vez? —le preguntó Darlene, analizando detenidamente el surtido de bollería.

Eligió una garra de oso con beicon y le tendió la caja. Él negó con la cabeza y fue hacia la nevera, donde le esperaba el batido de proteínas.

—Estrellar la Polaris nueva contra una valla y cargarse la señal de stop de Huron Road.

—Un día de estos, ese idiota se va a partir la crisma.

—¿Alguna novedad desde ayer? —preguntó él antes de beber un sorbo de café.

—Remi ha vuelto a casa —respondió ella, sin molestarse en disimular un escalofrío mientras observaba su batido de proteínas.

—Ya me he enterado. ¿Está bien?

Darlene lo miró fijamente con sus ojos verdes.

—Eso parece. Se presentó ayer por la mañana. Se ha roto un brazo en un accidente. Parece cansada, pero ¿quién no lo está a estas alturas del invierno? —dijo ella. Brick gruñó, tragándose todas las preguntas que tenía—. Eso me recuerda que esta noche tenemos cena familiar. A las siete. No nos falles. —Darlene fue hacia la puerta—. Y no pierdas el tiempo diciéndome que estás muy ocupado o que no quieres molestar.

Mierda. Adiós a sus dos mejores excusas.

—Allí estaré —respondió.

—Bien. Trae bourbon, a Gil le ha dado por los manhattans —dijo Darlene, girando la cabeza hacia atrás—. Y cómete un puñetero bollo para bajar ese batido. Tanta disciplina no puede ser buena.

Brick se sentó detrás de su mesa, un viejo mamotreto de metal verde abollado al que le había acabado cogiendo cariño con los años. Mientras el ordenador se encendía, se bebió la mitad del batido y le envió un mensaje a Darius, aunque sabía perfectamente que su socio del bar aún tardaría varias horas en despertarse.

No cuentes conmigo esta noche.

No es que le tocara trabajar, pero le gustaba pasarse por allí. Cuanto más pendiente estaba del bar, menos sorpresas había.

Negándose a pensar en que por la noche iba a tener que compartir mesa con Remi, se puso manos a la obra. Miró con desagrado el recuadro correspondiente a las diez de la mañana de la agenda del departamento, registró el accidente de Duncan y, a continuación, echó un vistazo al programa de bienestar social de la tarde. En aquel pueblo, la policía dedicaba más tiempo a «llevar a los ancianos a la iglesia los domingos» que a perseguir delincuentes.

A Brick le gustaba la adrenalina de la temporada alta, con todos los retos que un millón de turistas traían consigo, pero prefería los inviernos porque era cuando tenía la sensación de estar aportando algo. No solo garantizaba la seguridad de la isla, sino que además se aseguraba de que todo el mundo tuviera lo que necesitaba.

Trazó una ruta para las visitas del programa de bienestar social y echó un vistazo a la bandeja de entrada del correo electrónico. No había nada urgente. Para cuando acabó el batido, ya se había quedado sin fuerza de voluntad.

Sin perder de vista el despacho de la comisaria, introdujo en la base de datos aquel nombre que llevaba toda su vida adulta intentando olvidar y se recostó en la silla mientras el motor de búsqueda le proporcionaba los resultados.

Remington Ford tenía cinco multas de tráfico. Menuda sorpresa.

Además, contaba con dos detenciones. Él estaba al tanto de la primera. De hecho, la había detenido él.

La segunda era más reciente. Hojeó el informe. Había sido en una manifestación en Filadelfia, hacía tres años. Se habían retirado los cargos, lo cual tampoco le sorprendía.

Lo que sí le sorprendió fue que no hubiera constancia de ningún accidente de tráfico. Siempre que había un accidente con heridos se redactaba un informe en el que se incluía el nombre de la víctima.

Volvió a mirar hacia el despacho de la comisaria. Darlene estaba al teléfono con los pies encima de la mesa, participando en una videollamada con unos cuantos miembros de la Cámara de Comercio.

Ya que estaba en ello y que la jefa seguía ocupada, decidió indagar un poco más. Amplió la búsqueda y echó un vistazo al resto de los resultados.

«Bingo».

Hacía cuatro días, Remington Honeysuckle Ford, de treinta años, había sido trasladada desde un piso de Chicago al servicio de Urgencias del hospital St. Luke por un «ataque de asma agudo». Brick se acercó un poco más a la pantalla y le dio un codazo a la botella vacía de batido, que se cayó al suelo. Miró avergonzado a Darlene mientras la recogía y volvió a concentrarse en el monitor.

El informe de urgencias no aportaba más datos. Sin una orden judicial, no le serviría de nada hablar con el departamento de Admisiones del hospital.

¿Se habría desmayado por el ataque de asma y se había roto el brazo al caer? De ser así, ¿quién estaba con ella para llamar a la ambulancia? ¿Y por qué había mentido diciendo que había tenido un accidente de coche?

La puerta lateral se abrió de golpe y Brick hizo que la botella volviera a salir volando.

Joder. Aquella mujer no llevaba ni dos días en la isla y él ya estaba con los nervios a flor de piel.

—Qué día tan bonito —canturreó Carlos Turk con los brazos en jarras, entrando en la comisaría.

Aquel agente estaba siempre tan contento que daba asco. Para él, todos los días eran maravillosos. Todos los turnos eran divertidos. Todas las hamburguesas eran las mejores del mundo. Era difícil odiar a un hombre por ser feliz todo el rato, pero Brick lo intentaba igualmente.

—Estamos a diez grados bajo cero —replicó.

—Qué maravilla. —Carlos se detuvo y le dio un repaso a Brick—. Estás hecho una mierda, tío.

—¿Una mierda guapa?

—No te pases. ¿Qué tal una mierda moderadamente atractiva?

—Me vale. Hay bollos en la sala de personal —dijo Brick, cerrando la pantalla de búsqueda. Ya se preocuparía por ese problema más tarde.

—¿Te has chutado suficiente cafeína esta mañana? —le preguntó Carlos, frotándose las palmas de las manos—. Creo que te toca hacer de malo.

Una cría le arreó en el muslo con un bate de poliestireno mientras pedía ayuda a gritos.

—Así se hace, Becky. ¡Dale otra vez! —la animó Carlos con energía, desde una esquina.

Brick ahogó un suspiro mientras caminaba como si fuera un monstruo hacia la pequeña de coletas torcidas. Ella chilló, cogió impulso y le atizó con el bate en todo el estómago.

Debería haberse comido aquella garra de oso.

—¡Mirad, chicos! ¡Se está cayendo! —exclamó Carlos, guiñándole un ojo a la risueña profesora de preescolar. Siguiendo las instrucciones, Brick se puso de rodillas y se desplomó en el suelo, gruñendo y gimiendo dramáticamente. Su compañero tocó el silbato mientras una docena de alumnos de preescolar y primero de primaria estallaban en vítores—. ¿Y ahora qué hacemos? —gritó Carlos por encima del griterío.

—¡Huir e ir a buscar ayuda! —berrearon como locos los niños.

—Muy bien, chicos —dijo la profesora—. Ahora que todos sabemos qué hacer cuando nos sentimos amenazados por un desconocido, ¿quién quiere picar algo?

Se produjo una pequeña pero pavorosa estampida hacia el fondo de la sala, donde esperaban las galletas y el zumo.

Carlos ayudó a Brick a levantarse.

—Esa muerte no ha estado nada mal. Has mejorado mucho.

—Gracias —replicó él con frialdad.

Becky se acercó a él y le ofreció una galletita envuelta en una servilleta.

—Gracias por dejarme pegarle tan fuerte, señor Brick —dijo la niña mientras se le formaban unos hoyuelos en sus rechonchas mejillas.

Él aceptó la galleta.

—Ha sido un placer —respondió—. Gracias por la galleta.

—¡De nada! —chilló la niña, sonriéndole antes de volver corriendo a donde estaban los tentempiés.

Brick decidió que se había ganado un poco de azúcar y le dio un mordisco a la galleta. El móvil le sonó en el bolsillo. Lo cogió y, al ver la pantalla, casi se le cayeron ambas cosas de la mano.

«Remi Ford».

—¿Sí? —respondió con brusquedad.

—Brick, soy Remi.

—Ya lo sé —replicó él, en un tono más hosco del pretendido—. ¿Qué quieres?

—Buenos días a ti también, alegría de la huerta —bromeó ella—. Quería saber si usabas para algo la habitación que tienes en la parte de atrás de la casa.

Antes era un espacio accesible para su abuelo, que estaba en silla de ruedas, pero ahora Brick lo utilizaba para guardar el equipo de pesca y las cosas de los caballos.

—Pues no, la verdad —respondió.

—¿Podría alquilártela, si no la estás usando? —Las palabras le salieron a borbotones, como las burbujas de una copa de champán. Aquella cadencia le resultaba tan familiar que Brick sintió una punzada de dolor en el medio del pecho.

—Ah.

Remi quería alquilarle un cuarto. ¿Cómo coño iba a mantenerse alejado de ella si estaban bajo el mismo techo?

—Necesito un espacio para lanzarle un poco de pintura a un lienzo y la casita es un poco pequeña. Además, está demasiado limpia.

Brick se la imaginó con un pincel en la mano y otro entre los dientes, la música a todo volumen y salpicando óleo y aguarrás por todas partes. El desastre estaba garantizado.

Debería decir que no. Era la única respuesta que tenía sentido.

—Vale. No hay problema —mintió. Había un problema enorme. Uno gigante. Lo último que necesitaba era tenerla en su propia casa. Distrayéndolo. Molestándolo. Preocupándolo.

—¿En serio? —preguntó ella con una voz más aguda de lo normal, como siempre que estaba emocionada—. Brick, eres mi héroe. Mi héroe particular. Gracias. Avísame cuando pueda ir a verla y hablamos del alquiler.

—No quiero dinero, Remi.

—Bueno, dinero o lo que sea. Haremos un trato que no te moleste —le prometió Remi alegremente.

Brick miró el reloj.

—De acuerdo. Nos vemos allí en una hora.

5

—La habitación no está en alquiler —dijo Brick—. La habitación no está en alquiler. La habitación no está en alquiler.

Era un hombre corpulento y prefería hacer las cosas de forma lenta y metódica. Sin embargo, a solo unos minutos de la visita de una mujer que no tenía ningún problema en husmear en las cosas de los demás, se puso a vaciar la habitación a toda velocidad.

No es que fuera una persona desordenada, ni mucho menos, pero tampoco le apetecía sentirse vulnerable ante Remi. Así que metió los platos del desayuno en el lavavajillas y el montón de cartas abiertas dentro de la panera. Los pantalones de chándal que dejaba al lado de la entrada por si alguien llamaba a la puerta inesperadamente fueron a parar al armario de los abrigos. La caja de pizza de la noche anterior acabó debajo del fregadero. Y escondió una GQ de hacía seis meses, en cuya portada salía una pelirroja que le recordaba un poco a Remi, bajo un cojín del sofá.

Encendió las luces de la habitación en cuestión y suspiró. Tenía ventanas en tres de las paredes, así que había mucha luz natural. Y también un cuarto de baño. Eso también estaba bien, porque así Remi no tendría que deambular por la casa mientras él estaba allí, tratando de fingir que no existía.

Magnus, el gato, se enredó en los pies de Brick.

—Ya has desayunado —dijo este con severidad, pero aun así se agachó para coger al elegante minino callejero marrón y negro. Era un tocapelotas flacucho y estirado que había aparecido en el establo de Cleetus el invierno anterior sin un trozo de oreja y con un ojo hinchado.

El blandengue de Brick se había llevado a aquel bicho sarnoso a casa y lo había cuidado hasta que se había recuperado. La broma le había costado cuatrocientos dólares en facturas veterinarias, cinco juegos de cortinas de su abuela y media docena de arañazos enormes en el respaldo del sillón de cuero del estudio del piso de arriba.

Al final, habían firmado una tregua: Magnus salía por las noches a merodear y Brick le proporcionaba postes suficientes para arañar dentro de casa para evitar más destrozos en la propiedad.

Miró el reloj y dejó al gato sobre la encimera. Remi siempre llegaba tarde, lo que significaba que todavía tenía diez minutos más antes de que apareciera. Fue a la habitación a la que su abuela llamaba «el zaguán» y que él había transformado en una gran despensa con estanterías abiertas, un congelador vertical y un segundo frigorífico.

El abastecimiento de la isla en esa época del año estaba a merced del tiempo y las entregas. Los isleños llenaban las despensas y los congeladores de productos básicos de cara al largo invierno, algo que a Remi seguramente ni se le había pasado por la cabeza antes de subirse al avión.

Si por ella fuera, viviría a base de cereales con caramelo y nubes.

Brick se dijo a sí mismo que querer asegurarse de que estuviera bien alimentada no era extralimitarse. Metió unos cuantos kilos de pollo, carne picada y ternera al vacío para guisar en una bolsa de tela. Al levantar la vista, vio la hilera de cajas azules y amarillas de la estantería. Macarrones con queso Kraft. Cuando vivían sus abuelos los tenían siempre a mano para preparárselos a Remi cada vez que se pasaba por casa. Él había perpetuado la tradición, aunque ella no había vuelto a poner un pie allí desde el funeral de su abuela.

El timbre sonó y Magnus corrió a buscar un sitio para agazaparse. Brick también sintió el impulso de ponerse a cubierto, pero se recordó a sí mismo que era un hombre muy grande y muy fuerte. Esconderse de una pelirroja menudita no era una opción. Además, ella siempre lo encontraba. Suspirando, cogió dos cajas de pasta, las metió en la bolsa y fue a abrir la puerta.

—Hola —lo saludó Remi.

Estaba de espaldas a la luz y esta hacía que su larga melena brillara como si fuera de fuego y oro. Llevaba puesto otro gorro de lana —uno de color verde chillón que a Brick le sonaba del instituto—, unos leggins morados y unas estilosas botas con pelo sobresaliendo por la parte de arriba. Sostenía un termo entre las manos, que tenía enfundadas en unos guantes, y se las había arreglado para tener al mismo tiempo un aspecto cansado e irresistible.

—Hola —respondió él, al cabo de un buen rato.

Remi se había pintado los labios. Había elegido un tono carmín intenso. A lo mejor debería dejar de mirarle la boca. Y sin duda debería dejar de imaginarse aquellos labios rojos alrededor de su…

—¿Puedo entrar o te vas a quedar ahí, mirándome con el ceño fruncido?

No se había dado cuenta de que la estaba mirando así. ¿En qué momento había perdido el control de su cara? Ah, sí. En cuanto había oído su nombre el día anterior por la mañana.

—Adelante —dijo Brick inexpresivamente, retrocediendo más de lo necesario para dejarla pasar.

Remi entró, respiró hondo y exhaló.

—Huele diferente, pero está igual.

¿Qué coño se suponía que significaba eso? ¿Su casa olía? ¿Mejor o peor que cuando sus abuelos estaban vivos?

Magnus cruzó corriendo el pasillo por detrás de él.

—¿Eso era un gato? —preguntó ella.

—Es Magnus. Haz como si no lo hubieras visto. Se cree que es invisible —dijo Brick, recuperando por fin la voz.

Remi se encogió de hombros y se quitó la parka, quedándose con un jersey blanco ajustado de cuello alto que realzaba sus pechos. Aquella mujer iba tapada de la cabeza a los pies y aun así él seguía sintiéndose incómodamente atraído por ella.

No, no iba a tener una erección hablando con Remi, ni de coña. Aquella era una prueba de autocontrol. No tenía ningún sentido que una conversación trivial con una mujer tan abrigada le hiciera izar la bandera. Era un hombre. Un adulto. Podía controlar sus instintos más básicos, por el amor de Dios.

Ella dejó el café en la mesa de la entrada y lo agarró del brazo. Brick no se esperaba que lo tocara y estaba a punto de apartarse cuando se dio cuenta de que Remi se estaba apoyando en él para mantener el equilibrio mientras se quitaba las botas. Llevaba puestos unos calcetines peludos con cerezas rojas. «Los calcetines no son una prenda de ropa erótica».

—Bueno, lo de la habitación… —empezó a decir.

—Enséñamela —le pidió ella, levantando la vista y sonriendo con dulzura. El pelo le caía sobre los hombros como una cortina y Brick se moría por acariciarlo y agarrárselo con fuerza. Aquello lo distrajo e impidió que le comunicara que había decidido no hacerle un hueco en su casa. «Ni los calcetines ni el pelo son cosas eróticas. Concéntrate», se recordó a sí mismo—. Vale, ya voy yo —dijo Remi, rodeándolo al ver que él se quedaba allí plantado.

Brick la siguió por el pasillo, lo cual resultó ser un error. El vaivén de sus caderas enfundadas en esos dichosos pantalones morados era hipnotizador. Su polla cobró vida dentro de la bragueta, distrayéndolo aún más de su propósito mientras Remi asomaba la cabeza en cada habitación a su paso.

—Qué decepción. Esperaba encontrarme más movidas de soltero —comentó, dando media vuelta para salir de la cocina.

—¿Movidas de soltero?

—Ya sabes, pantalones por ahí tirados, cajas de pizza, revistas con mujeres semidesnudas en la portada…

—Menudo cliché. Además, ¿cómo sabes que sigo soltero?

Remi giró la cabeza para mirarlo.

—Me enteré de que tu divorcio era oficial a los diez minutos de que firmarais los papeles. En esta isla no hay secretos. Si tuvieras novia, todas las personas que han vivido en Mackinac en los últimos quince años habrían recibido un mensaje, un correo o una llamada al respecto.

Habían llegado a la puerta acristalada que daba a la habitación de atrás. Tenía que decírselo ya. No podía enseñarle la habitación y luego soltarle: «Lo siento, no está en alquiler. Coge ese culo prieto y ese pelo que me muero por agarrar y lárgate de mi casa».

—Oye… —empezó a decir.

Pero ya era demasiado tarde.

—Caray, Brick, es incluso mejor de lo que recordaba —dijo Remi, abriendo la puerta. Magnus esquivó sus pies y se coló dentro—. Mira cuánta luz.

No se fijó en todos los cachivaches para las actividades al aire libre, en el kayak que había en medio de la habitación, ni en las telarañas que colgaban de las vigas. Ella solo veía lo bueno. En tres de las paredes de la sala había ventanales que daban al patio trasero con jardín que Brick intentaba mantener como le habría gustado a su abuela. Los suelos de tablones de pino hacían juego con las vigas de madera del techo abovedado.

—No me acordaba de que habías hecho un baño —comentó ella, asomándose al aseo—. Es mejor que el estudio que tengo en Chicago. —Magnus salió de debajo de una mesa plegable llena de aparejos de pesca para olisquearle los calcetines y Remi se agachó. «Mierda»—. Hola, amiguito —dijo, dejando que el gato le olfateara los dedos.

Cómo no, aquella bestia estúpida y selectiva se había enamorado de ella. Como todo el mundo.

Brick no podía dejar de mirarle el culo. ¿Llevaba algo debajo de los leggins? Conteniendo a duras penas un gemido estrangulado, se giró y fingió estar mirando el kayak que había en el suelo.

«Contrólate, tío. Tu polla no es la que manda. Dile que no puede usar la habitación».

Respiró varias veces de forma lenta y tranquila mientras pensaba en agua fría y en cebo para peces.

Una vez recuperado el control, más o menos, se dio la vuelta y abrió la boca para decirle que no iba a dejarle aquel espacio, pero se quedó callado al verla.

Tenía los brazos cruzados sobre el pecho y los hombros encorvados, como si no fuera capaz de entrar en calor. Seguía habiendo algo que la agobiaba. En circunstancias normales, estaría hablando sin parar, diciendo lo primero que se le pasara por la cabeza. Estaría dando saltos, vueltas, o moviéndose como si bailara, en lugar de hacer algo tan aburrido como caminar. Esa versión apagada de ella era más tranquila, más contenida.

Le preocupaba.

—¿Puedes pintar? Con el brazo así, quiero decir —le preguntó, sintiendo la necesidad imperiosa de romper el silencio.

Remi abrió la boca y exhaló un pequeño suspiro.

—Aún no lo he intentado —reconoció, sin mirarlo a la cara.

Nuevamente, evitó dar más detalles. No hubo ningún anuncio entusiasta de a qué disciplina artística se entregaría hasta que pudiera volver a pintar. Ningún comentario optimista, ningún chiste gracioso.

—¿Cuánto tiempo tienes que estar con la escayola?

—Entre cuatro y seis semanas.

—A lo mejor mientras tanto puedes usar los dedos —sugirió él.

Esa vez Remi sí lo miró y Brick se sintió aliviado al ver cierto brillo en aquellos ojos verdes.

—A lo mejor —musitó ella.

—Puedo llevarme la mayoría del material deportivo para dejarte más espacio —dijo Brick al ver que volvía a quedarse callada.

Pero ¿qué coño le pasaba? Joder, cinco segundos con aquella mujer y todos los planes que había elaborado meticulosamente se derrumbaban como un castillo de naipes.

Lo mejor para los dos era que se mantuvieran lo más alejados posible. Pero él estaba preocupado por Remi y, hasta que averiguara qué le pasaba y cómo solucionarlo, tendría que hacer de tripas corazón y soportar su proximidad.

—No hace falta. Solo necesito un rinconcito con buena luz. Además, es de forma temporal, hasta que resuelva… algunas cosas.

—¿Estás bien? —El Brick con falta de sueño tenía el autocontrol de un niño de cuatro años.

Le entraron ganas de abofetearse por haber hecho aquella pregunta. Sin embargo, necesitaba seguir preguntando. Seguir presionándola hasta obtener respuestas de verdad. Algo iba mal y no le gustaba un pelo.

¿Por qué no aparecía en ningún parte de accidente? ¿Qué le había causado el ataque de asma? ¿Por qué se había presentado de repente en Mackinac? ¿Por qué dejaba las luces encendidas toda la noche? ¿Por qué mentía?

Había algo que no encajaba y empezaba a pensar que ella tenía problemas de verdad. Y si había algo más irresistible que la Remi alegre y provocadora, era la Remi en apuros.

Ella desvió la mirada.

—Claro que estoy bien —aseguró, encogiéndose un poco de hombros con despreocupación, antes de girarse para mirar por una de las ventanas.

Aquello era de todo menos convincente. Tal vez Remi fuera capaz de mirar a los ojos a cualquier persona del mundo y mentirle a la cara, pero eso con él no funcionaba.

—¿Si tuvieras algún problema, se lo contarías a alguien?

¿Se lo contaría a él?

Brick la observó mientras disimulaba el cansancio y la preocupación haciéndose la fuerte. Aunque su sonrisa seguía siendo como un puñetazo en el estómago, no era nada comparada con su mirada.

—¿De dónde has sacado tanta imaginación, Brick Callan? No me pasa nada. Estoy bien.

Remington Ford no había estado «bien» ni una sola vez en su vida. Había estado genial. Había estado hecha polvo. Había estado estupendamente. Había estado destrozada. Pero nunca había estado «bien» a secas. Eso era demasiado aburrido y normal para ella.

Si quería averiguar en qué lío se había metido y solucionarlo, tendría que vigilarla de cerca. O podía pasar de todo y dejar que se las arreglara sola.

«Mierda».

—Remi…

Ella lo interrumpió.

—Si al final puedo pintar —dijo, bajando la vista hacia la escayola—, que sepas que no me gusta que nadie vea mis cuadros antes de que estén terminados. Soy muy supersticiosa.

Brick estuvo a punto de prometerle que respetaría su intimidad, pero estaría mintiendo. Puede que no espiara su trabajo, pero si algo tenía claro era que pensaba averiguar lo que le estaba sucediendo. Así que se limitó a asentir.

—Puedo conseguir un par de lonas. Una para el suelo y otra para cubrir los cuadros.

—Eso sería estupendo.

—Si quieres, puedo echar la llave de la puerta que da a la casa —dijo Brick. A lo mejor, poner entre ellos una puerta cerrada le ayudaba a no volverse loco de remate.

—No digas tonterías. —Él nunca decía tonterías. De hecho, rara vez era gracioso—. Entonces, ¿eso es un sí? ¿Me alquilas la habitación? —le preguntó, juntando las palmas de las manos bajo la barbilla, como si le estuviera suplicando.

—Vale. Puedes usarla —respondió él sin demasiado entusiasmo.

Los hombros de Remi se relajaron un poco.

—Gracias, Brick. Una vez más, tienes justo lo que necesito. —Él llegó a la conclusión de que la mejor respuesta era un gruñido inexpresivo—. Ah. Otra cosa. Me gusta pintar desnuda. Espero que no te suponga ningún problema.

Brick se alejó de ella tan rápidamente que tropezó con la mesa que tenía detrás y tiró una caja de aparejos al suelo. Con un maullido de indignación, Magnus salió disparado hacia la puerta. «Joder». No había cebo de pescado suficiente en el que concentrarse para aliviar la tensión que notaba en la polla. Y, a no ser que se desabrochara la camisa del uniforme, era imposible ocultársela a Remi.

—Caray, sí que eres un público difícil. Era broma, grandullón. No pienso pasearme desnuda por tu casa —dijo ella, detrás de él.

«¡Por el amor de Dios, deja de decir “desnuda” de una vez!».

—Te daré una llave —dijo Brick mientras se concentraba en agacharse para recoger la caja de aparejos sin que se le cortara la circulación de aquella erección absurda y acuciante.

—¿Necesitas que te eche una mano? —le preguntó Remi.

«Una mano. Una boca. Un coño caliente y húmedo. Joder, joder, joder».

—No, ya está —respondió él bruscamente, poniéndose de pie y sosteniendo la caja delante de la entrepierna.

—Bueno, pues lo único que nos queda por hacer es…

Por un momento, su mente se volvió loca. Brick fantaseó con inclinarla sobre la mesa y bajarle los leggins por los muslos. Imaginó cómo se sentiría dejando la huella rosada de su mano sobre una de aquellas nalgas de marfil.

Remi lo miró expectante, como si hubiera dicho algo que requiriera una respuesta.

—Perdona, ¿qué decías?

—Que lo único que nos queda por hacer es acordar el alquiler.

—El alquiler —repitió Brick. El mero hecho de mirarla hacía que se le pusiera aún más dura.

—Sí. Sabes cómo funciona, ¿no? Tú me cedes un espacio, yo te doy dinero y esas cosas. —Su sonrisa, aunque discreta, fue un poco más cálida.

Él negó con la cabeza, canalizando parte de su irritación hacia ella.

—No pienso aceptar tu dinero.

—No seas anticuado. Pon un precio.

—Lo digo en serio —insistió Brick con firmeza mientras dejaba la caja de aparejos en el suelo y trataba de fingir que no tenía una erección que se le escapaba de los pantalones.

—Estás siendo un poquito…

Cómo no, ella miró hacia abajo. Clavó sus ojos verdes en la cremallera de Brick y sus labios rosados se entreabrieron, dibujando una o diminuta y distrayente.

—¿Un poquito qué? —preguntó Brick.

—Un poquito… ¿cascarrabias? —Remi seguía mirando y a él estaba empezando a gustarle.

—¿Me estás preguntando si estoy siendo un cascarrabias?

—¿Qué? —Ella sacudió un poco la cabeza y apartó la vista de sus pantalones—. ¡Cocinar! Puedo cocinar para ti. O más bien hacer postres. Se me dan bastante bien.

Remi miró hacia el techo con las mejillas sonrojadas y los ojos vidriosos. A Brick le entraron ganas de ordenarle que volviera a mirar hacia abajo, pero se dio cuenta de que estaba siendo un idiota masoquista.

—Vale. Postres. Te acompaño fuera.

Pensaba tocarse en cuanto Remi saliera por la puerta.

Aceleró el paso, deseando expulsarla de su casa y de su cabeza. Cuando llegaron a la entrada, vio la bolsa que estaba en el suelo y la cogió.

—Tienes cara de cansado —comentó ella—. ¿Estás bien? —preguntó, mirándole de nuevo la entrepierna. Solo que esa vez sacó la lengua y se lamió el labio inferior.

Su polla reaccionó con una sacudida. Remi ahogó un quejido.

Aquello era una tortura excesiva para él.

—Sí. Genial. Estupendamente. Toma —le dijo, dándole la bolsa.

—¿Qué es? —preguntó ella, como si estuviera hablando de su erección.

—Carne. Quédatela. En esta época del año no traen mucha. He supuesto que no te habrá dado tiempo a comprar provisiones.

Brick le tendió las asas e intentó no apartarse de un salto cuando los dedos de Remi se enredaron en los suyos. La gente normal era capaz de rozar las manos de otras personas sin empalmarse. Sin entrar en combustión espontánea con los pantalones del uniforme puestos. Necesitaba ser normal.

—¿Macarrones con queso? Te has acordado. —Remi le dedicó una sonrisa de las de verdad, alcanzándolo de lleno en el pecho.

«Mierda». Aquello era un grave error.

—A todo el mundo le gustan —alegó con aspereza.

—Eres un amor, Brick.

—Vale. Ya te haré una copia de la llave —dijo él, abriendo bruscamente la puerta—. Hasta luego.

—¿Me dejas ponerme las botas primero?

«Joder».

—Claro. Bueno, ya sabes salir tú sola. Yo tengo que… —Brick señaló hacia atrás con el pulgar—. … volver al trabajo. —Sí, eso era.

Sin decir una palabra más, dio media vuelta y fue a zancadas hacia la parte trasera de la casa, como si hubiera alguna emergencia. Cuando llegó a la puerta del baño de lo que ahora era el nuevo estudio de Remi, ya tenía la polla en la mano.

Y, antes de cerrar la puerta corredera, se la sacudió con violencia una primera vez.

Apenas le dio tiempo a apoyarse con la otra mano en el lavabo, a imaginarse a sí mismo bajándole los leggins e inclinándola hacia adelante, antes de correrse. Era una tortura constante estar tan cerca de ella y tener que acabar desahogándose con la puta mano. El primer chorro desgarrador le arrancó un gruñido gutural y eyaculó sobre la encimera, deseando que fuera el culo duro de Remi.

—Joder —jadeó mientras seguía tocándose.

A eso lo llevaba aquella mujer. Al punto de tener que hacerse una paja de emergencia en pleno día tras una simple conversación. ¿Iba a ser siempre así mientras estuviera allí?

Brick cogió la toalla de mano del colgador.

«“Toma, una bolsa de carne”. Seré gilipollas».

6

Catorce años antes

Brick se detuvo en el porche, delante de la puerta con mosquitera que daba a la cocina de sus abuelos, para sacudirse el polvo y la suciedad de los vaqueros y quitarse las botas. Era una de las nuevas rutinas de su nueva vida, a la que no estaba seguro de estar adaptándose.

Había sido un buen día de trabajo duro. Al principio conseguía algunos trabajillos esporádicos como manitas, pero hacía poco le habían ofrecido un puesto a jornada completa en uno de los establos. Poder seguir trabajando con caballos había sido lo mejor de mudarse a la isla Mackinac con su hermano pequeño a cuestas. Todo lo demás era, básicamente, una mierda. Porque, por mucho que disfrutara trabajando en los establos, seguía teniendo que volver a la casa de otra persona. Con gente desconocida para él. Con un abuelo que, cuando lo miraba, solo veía el fiel reflejo de su padre.

Pero podía soportarlo. Lo soportaría el tiempo necesario para que Spencer se sintiera cómodo allí. Entonces él podría seguir con su vida. A sus veinticuatro años, estaba convencido de que, si conseguía alejarse lo suficiente de la sombra de su padre, todavía le esperaban cosas buenas.

Se estaba agachando para quitarse una bota cuando una voz alegre llegó a sus oídos.

Remi Ford. La reconoció sin necesidad de mirar a través de la mosquitera. Aquella pelirroja rebelde que vivía a dos manzanas de distancia estaba en la cocina de sus abuelos. Se planteó entrar a hurtadillas por la puerta principal y escabullirse escaleras arriba. No sabía por qué, pero aquella chica hacía que le sudaran las manos. Lo miraba como si tuviera clarísimo lo que iba a hacer con él. Sin embargo, la oyó decir su nombre y se quedó inmóvil.

—Debe de estar muy orgulloso de Brick.

Este se aventuró a echar un vistazo dentro. Su abuelo, un anciano con poco pelo y en silla de ruedas, estaba delante de la mesa de la cocina, de espaldas a la puerta. Remi, que se encontraba sentada a su lado, cogió una cucharada de algo amarillo chillón y la acercó a los labios finos y agrietados del hombre.

Debería haberle parecido una imagen triste, incluso devastadora. Un anciano marchito, cuya vida se había visto reducida a unas cuantas habitaciones y que estaba confinado en una silla de ruedas, siendo alimentado por una adolescente llena de vida y energía. Pero Remi no era una persona corriente. Había algo casi bello en aquella escena. En ella.

—William —farfulló con voz ronca su abuelo, al que le costaba mucho hablar después de la apoplejía que había sufrido.

—Yo le llamo «Brick» —dijo Remi, cogiendo otra cucharada.

—Padre, cárcel. Mismo nombre. Misma sangre —replicó su abuelo.

Brick se alejó de la puerta y de la verdad de sus palabras. Al parecer, Mackinac no estaba lo bastante lejos como para escapar de los pecados de un padre.

—Venga ya, eso es una tontería —protestó Remi—. Brick no tiene ni un pelo de mala gente. No he conocido a nadie con un corazón más grande.

—Grande —resolló su abuelo.

—¿Puedo contarle un secreto? —continuó ella. Brick le notó en la voz que estaba sonriendo—. Todo el mundo cree que le llamo «Brick» por eso. Porque es muy grande y fuerte. Pero en realidad es porque es impenetrable. Indestructible.

Su abuelo se rio y abrió la boca para tomar otra cucharada. Brick negó con la cabeza. Su abuela no sabía qué hacer para que el testarudo de su marido comiera y lo único que necesitaba era una chica guapa que no le hiciera sentirse como un inválido. No era de extrañar.

—Hablando del tema, ¿qué hizo el padre de Brick y Spence para acabar en la cárcel?

Brick cerró los ojos y se apoyó en la pared, deseando que el miedo desapareciera. No debería importarle lo que ella pensara. Era una adolescente. Los ocho años que los separaban bien podrían haber sido toda una generación. Remi era la menor de una familia unida y cariñosa. Él era el mayor de un clan fragmentado y disperso que carecía de cosas como las tradiciones de las mañanas de Navidad o las comidas familiares al aire libre.

A su abuelo le estaba costando encontrar las palabras. Remi esperó con la cantidad justa de paciencia e interés, tratando de desactivar la frustración automática del anciano ante su estado.

—¡Ya sé! —Remi se iluminó como si acabara de tener la mejor idea del mundo—. ¿Por qué no lo escribe? Voy a por un papel.

Qué astuta y manipuladora era la pelirroja. La abuela le había comentado de pasada la semana anterior que no conseguían que el abuelo hiciera los ejercicios de rehabilitación, entre los que se encontraba la escritura.

—Aquí tiene. Le he traído un bolígrafo, un lápiz y un rotulador —dijo, poniendo los objetos delante de él, sobre la hoja de papel.

Brick observó divertido cómo su abuelo cogía el boli y luego lo dejaba para decantarse por el rotulador más grueso.

—Le quito la tapa —dijo Remi—. Tome.

Su abuelo cogió el rotulador y, con mano temblorosa, lo acercó al papel. Remi se inclinó sobre la mesa, con el pelo rojo cayéndole sobre la cara como una cortina de fuego.

—¡Ah! ¡Era un timador! —Al ver la indignación del abuelo, Remi puso los ojos en blanco—. Bueno, tampoco iba por ahí secuestrando y asesinando gente.

—Ya. Aun así. Vago —resolló mi abuelo.

—Bueno, sí. Quiero decir, obviamente, si se queda con el dinero de las personas en vez de ganarse el suyo propio. Pero Brick no se parece en nada a él. Mire lo feliz que es Spencer, y todo gracias a su hermano mayor. Seguro que usted sabe perfectamente que Brick no tenía por qué haber venido aquí. Es un adulto, pero siente la responsabilidad de cuidar a su hermano. Y está claro que lo ha hecho de maravilla. A mí Spencer me parece un chico feliz y con la cabeza sobre los hombros. Se lo digo yo, que he conocido a muchos adolescentes. Y eso solo podrían haberlo conseguido dos personas: su hermano mayor y su madre.

Su abuelo encorvó los hombros.

—Debería estar con ellos —murmuró lentamente. Aquellas palabras parecieron agotarlo y, por primera vez, Brick se dio cuenta de lo profundamente decepcionado que estaba su abuelo con su única hija.

Debería estar con ellos. Pero, al igual que William Callan segundo, su madre había elegido otra vida. Y, aunque su decisión no fuera ilegal o poco ética, seguía dejando el mismo regusto amargo. Ambos progenitores habían renunciado a ellos. A él. Y lo último que Brick quería era que eso fuera un lastre para Spencer.

Remi le dio una palmadita en el brazo al abuelo.

—Ya. Pero si hubiera sido así, a lo mejor ellos no estarían aquí. Usted y Dolores vivirían solos en esta casa tan grande y vieja, y Brick y Spence nunca habrían venido a nuestra islita. Les han dado lo que más necesitaban: un hogar. Un lugar donde poder echar raíces. Y gracias a ustedes encajan como si hubieran nacido aquí y llevaran toda la vida en la isla.

Definitivamente, la pelirroja era muy lista. Brick sonrió al darse cuenta de lo que estaba haciendo.

El abuelo intentó decir algo, esforzándose inútilmente por formar unas palabras que no querían salir. Cogió el rotulador y lo deslizó sobre el papel.

—«Bermudas ro…»

Remi se echó a reír.

—¡Las bermudas rosas de Spencer! ¿A que son horribles?

Para sorpresa de Brick, el testarudo de su abuelo soltó una carcajada débil. Nunca se había reído en su presencia.

—Vale, puede que no encaje tan bien como Brick. Pero ya saca mejores notas. —El anciano asintió una vez—. Vamos a hacer un trato —dijo Remi—. Si se come el resto de los macarrones con queso, prometo mancharle las bermudas rosas con algo asqueroso en cuanto tenga oportunidad.

Brick vio cómo su abuelo subía temblando la mano derecha y levantaba un pulgar trémulo.

—Trato hecho. Voy a calentar esto un poco para que no tenga que comérselo frío.

De camino al microondas, Remi echó disimuladamente otra cucharada de macarrones en el cuenco. Luego levantó la cabeza y vio a Brick en la puerta.

—¡Anda! Hola, Brick. ¿Qué tal estaban hoy los caballos?

Lo había pillado.

Él se quitó la otra bota, dejó el sombrero de vaquero en el banco del porche y entró con recelo en la cocina.

—Bien —respondió, metiendo las manos en los bolsillos de los tejanos.

—¿Quieres macarrones con queso? Hemos hecho una olla entera —dijo Remi alegremente.

Él miró a su abuelo, en busca de algún tipo de reacción. Este cogió el papel y arrastró el rotulador sobre él, trazando una forma conocida.

Brick se quedó mirando el signo de almohadilla gigante que había dibujado y el abuelo señaló la silla que ella había dejado libre.

Una invitación inesperada. Miró indeciso a Remi, que le guiñó un ojo.

—Debería ducharme antes —dijo, dudando, con la mano en el respaldo de la silla. Tenía la impresión de que al abuelo no le gustaba nada que sus nietos se acercaran a aquellos muebles tan antiguos cuando estaban sucios.

—Para disfrutar de la familia no hace falta jabón. Quédate con nosotros, ya te ducharás después. Además, me gusta el olor a caballo. ¿A ti no, abuelo?

El abuelo no contestó. En lugar de ello, dibujó una equis torcida en la parte superior derecha de la almohadilla y luego, lenta y trabajosamente, empujó el papel hacia él.

A Brick se le formó un nudo en la garganta. En aquel momento, le sobraban los motivos: los estragos del tiempo y la edad, la invitación inesperada, la absolución de los pecados de un padre, el reconocimiento de lo mucho que se había esforzado para que Spencer llevara una vida lo más normal posible… y la chica de cabello rojo intenso que iluminaba la habitación y que había hecho posible todo aquello.

Encogió los dedos de los pies dentro de los calcetines para aferrarse al suelo, pero hizo lo que le decían y se sentó.

Mientras él dibujaba con cuidado el primer círculo, Remi se inclinó y le puso delante un cuenco de macarrones de color amarillo fosforito. Olía a protector solar y a verano, y Brick tuvo claro que jamás olvidaría ese aroma. Ni el recuerdo que ella había creado para él aquel día.

Él y su abuelo iban por la tercera partida cuando Spencer irrumpió en la cocina con una camiseta de V de Vendetta y las tristemente célebres bermudas rosas. El sol de la isla le estaba aclarando el pelo. Mackinac parecía sentarle bien, para alivio de Brick.

—¡Hoy he pescado un pez enorme! —anunció.

Remi se giró desde la nevera con un bote de kétchup. Un arco rojo de salsa de tomate salió disparado ruidosamente y aterrizó sobre los pantalones del hermano de Brick.

—¡Mierda! ¡Mis bermudas! —se lamentó Spencer, bajando la vista para valorar los daños.

—¡Lo siento muchísimo! Iba a decirle al abuelo que probara los macarrones con queso y kétchup y de repente ha salido disparado —dijo Remi agobiadísima, con los ojos como platos.

—¿Quién come macarrones con queso y kétchup? ¡Eran mis favoritas! —se lamentó Spencer.

Brick cogió la bayeta del fregadero y empezó a limpiar las manchas de kétchup de los armarios y del suelo. Su abuelo soltó otra risita sibilante que disimuló con una tos. Remi se ganó otro tembloroso pulgar hacia arriba mientras Spencer se lamentaba del destino de sus pantalones.

—Me siento fatal —dijo Remi, fingiendo estar consternada—. Sube y quítatelas. Creo que las manchas de kétchup hay que dejarlas reposar unas horas antes de lavarlas. ¿Verdad, abuelo?

El abuelo asintió con entusiasmo, todavía sonriendo.

Spencer subió las escaleras cagándose en todos los condimentos a base de tomate.

—¿Se puede saber qué está pasando aquí? —preguntó desde la puerta Dolores, la abuela de Brick, con el cabello corto de color plata recién peinado—. Esto parece la escena de un crimen.

—Le prometo que no es sangre. Estamos todos de una pieza —le aseguró Remi, cogiendo el rollo de papel de cocina de la encimera para ayudar a Brick con el suelo—. Solo es kétchup.

—¿Y qué hace esparcido por toda la cocina? —preguntó la abuela.

—Ha sido un accidente —le explicó él.

Remi le sonrió con picardía.

—El abuelo y Brick estaban jugando al tres en raya mientras comíamos macarrones con queso. Les conté que a mi amiga Tammy Kim le gustaba tomarlos con kétchup y no me creyeron. Así que se me ocurrió hacer que los probaran y entonces entró Spencer y se me debió de escapar el bote …

—¿Estaban jugando al tres en raya? —preguntó la abuela, interrumpiéndola.

—Y comiendo —añadió Brick.

La abuela los miró casi con lágrimas en los ojos mientras cruzaba la cocina para posar las manos sobre los frágiles hombros de su marido. Luego recogió los cuencos, el papel y el rotulador, y le dio un beso en la calva.

—Pelo… bonito —dijo este, formando las palabras lentamente.

—Viejo zalamero —susurró la abuela.

Brick tuvo la sensación de estar entrometiéndose en un momento de intimidad y decidió dejarles espacio. Remi debió de pensar lo mismo, porque señaló con la cabeza hacia el pasillo.

—Venga, te ayudo a tirar la basura —dijo con energía.

Esperó a que él sacara la bolsa del cubo y luego fue hacia la parte de atrás de la casa. Le abrió la puerta y salieron juntos al jardín trasero.

—Nunca he visto a nadie hacer tanto bien diciendo tantas mentiras —dijo Brick, cuando ya nadie podía oírlos.

—Me lo tomaré como un cumplido —respondió ella, encantada, levantando la tapa metálica del contenedor de la basura. Él tiró la bolsa dentro—. Todos para uno y uno para todos —añadió, cerrando la tapa y limpiándose las manos en la parte de atrás de los pantalones cortos.

—Gracias por lo que has hecho ahí dentro —dijo Brick—. Por todo. La abuela estaba preocupada por él.

—Si prácticamente no he hecho nada —replicó ella—. A veces la gente solo necesita recordar que le queda mucha vida por vivir.

Él agachó la cabeza para mirar al suelo.

—Bueno, pues gracias por recordárselo.

—¿Crees que Spence me perdonará por lo de las puñeteras bermudas? —le preguntó Remi, aunque no parecía que le preocupara lo más mínimo.

—Acabará haciéndolo. Probablemente.

—Es mejor que vuelva a casa. Tengo que escribir una redacción que le dije a mi padre que había acabado el viernes.

Brick se quedó en blanco. No era la primera vez que le ocurría con ella. Remington Ford era una fuente inagotable de problemas y alegría.

—Bueno, pues ya nos veremos —dijo finalmente.

Remi cruzó el jardín trasero para ir hacia la puerta de la cerca.

—Si cerrarais completamente el porche, sería un espacio genial para el abuelo —comentó. Él resopló—. En fin, creo que vamos a vernos muy a menudo. ¡Adiós!

Brick no dijo nada, pero se quedó allí hasta que Remi rodeó la casa y salió por la puerta del jardín.