cap-2

PREFACIO

El cuerpo del Inmortal todavía estaba caliente cuando Iraides de Odelia ocupó su trono.

Había soñado mil veces con aquel momento. Había fantaseado con ello cada noche que aquel hombre la había obligado a yacer en su cama, cada mañana en la que se había sentido sola y usada. Lo había imaginado con cada embarazo que acababa con un cadáver entre sus brazos y con cada rumor que decía que el Inmortal tenía una nueva amante que sí podía darle los hijos que ella no conseguía alumbrar. Lo había visualizado casi con total claridad cuando por fin escuchó el llanto de su primera hija y fue testigo de cómo su esposo no miraba a la niña dos veces, porque, después de seis años de matrimonio y tres partos malogrados, el emperador había esperado que ella le diera un príncipe más, no una princesa.

Iraides había pensado en la muerte de su marido en millones de ocasiones y, aun así, nunca había llegado a adivinar que se sentiría tan bien. A su alrededor todavía llovía ceniza, pero no le importó. Tenía la conciencia tranquila, la certeza de que todo lo había hecho por su familia, por su hija. Algún día, Ishtar se sentaría en aquel mismo trono y tendría el Imperio en la palma de su mano. Algún día, ella sería la emperatriz y entendería cuántos sacrificios había hecho su madre para que pudiera ser la mujer más poderosa de todo Evren.

Iraides alzó la corona que le había robado al cadáver de su esposo y se la colocó sobre los cabellos. Después, se recostó en el asiento y se echó a reír.

Tenía el mundo a sus pies.

Y no se arrepentía de nada.

I

TIEMPO DE SEPARACIÓN

—¿Qué miras con tanto interés?

—A nuestras piezas, Xandre. En esta ocasión son apasionantes, ¿no te parece? Las anteriores fueron entretenidas, no lo niego, pero llevaba siglos sin pasármelo tan bien.

—Es culpa de Sikil. Ella lo cambió todo aquel día.

—Cierto. Recuérdame que le dé las gracias la próxima vez que se pase por aquí, aunque creo que pronto va a tener mucho trabajo entre los humanos… Ah, mira. Ha llegado el día.

—¿De qué?

—De que mi querido Portador se ponga en marcha de nuevo.

NATHAN

Nathan Tabiz ha detenido el tiempo varias veces en su vida.

La primera fue cuando la persona que amaba estaba a punto de morir.

La segunda, antes de que su mejor amiga pudiera matarlo.

La tercera, mientras varios demonios trataban de devorarlo.

Durante esas tres primeras ocasiones, Nathan solo intentaba sobrevivir. Después de toda una vida aprendiendo lo peligroso que podía ser el Amuleto del Tiempo, una parte de él todavía luchaba contra la tentación de usarlo, siempre debatiéndose entre la culpa y la sensación de poder. Durante esas ocasiones, apenas era consciente de lo que estaba haciendo. Cuando trató de salvar a Adam, no pensó en la magia, solo en lo oscuro que sería el mundo si no podía volver a mirar las estrellas a su lado. Cuando Lilith estuvo a punto de atravesarlo con una espada creada para ello, no pensó en lo que podría llegar a destruir, sino en la amistad de toda una vida que nunca iba a poder rescatar. Cuando los demonios intentaron comerse su cuerpo, no pensó en nada más que en salir de aquel lugar convertido en lo que fuera necesario para recuperar todo lo que había perdido.

Hoy Nathan vuelve a estar rodeado de demonios, pero ya no les tiene miedo, porque hace ya más de dos semanas que hizo su Trato con uno de ellos.

Hoy Nathan vuelve a escuchar cómo el Amuleto del Tiempo pronuncia su nombre, pero ya no lucha contra la tentación.

—¿Estás preparado para usarlo?

Astrey pone una mano en su hombro cuando terminan de adentrarse en la explanada de Yuda, en ese nido de demonios que ya no le asusta tanto como la primera vez que lo visitó. De hecho, casi siente ganas de sonreír, aunque el gesto que tira de su boca está cargado de ironía. Las cosas han cambiado mucho en muy poco tiempo: antes todo el mundo le pedía que no usara el Amuleto del Tiempo, pero ahora se adentra en lugares hechos de caos para practicar con él.

—No lo presiones, Astrey, y céntrate: tenemos trabajo que hacer.

Elira Surya pasa por su lado a toda velocidad, con el rostro más plagado de plumas de lo normal, los ojos naranjas brillando como un atardecer y unas inmensas alas pardas extendidas a la espalda. Yuda, con sus estandartes caídos, sus armas oxidadas y sus armaduras vacías de cuerpos, debe de resultarle un campo de entrenamiento solo un poco más macabro de lo habitual, porque no duda cuando se lanza a por el primer demonio que les sale al paso. La criatura apenas ha terminado de formarse cuando las garras de la mujer la rajan de lado a lado y la convierten tan solo en un grito agudo y humo.

Nathan se queda sin respiración mientras observa a la bruja alzarse con calma en medio del polvo y la neblina. Había imaginado que la líder de los rebeldes sería letal en la batalla, pero hasta ahora no la había visto en acción: el tiempo que ha pasado con ella en las últimas semanas ha sido entre libros y escritos sobre el Amuleto del Tiempo, no luchando.

—Uno a cero —dice, y su mirada vuela hacia Astrey con un reto implícito en ella.

El espíritu resopla antes de dejar un par de palmadas distraídas en el hombro de Nathan. Hay una sonrisa en su boca, como si entrar en ese lugar para matar demonios fuera para él poco más que un juego.

—Grita si necesitas ayuda, ¿vale, chico? Tengo una competición que ganar.

Nathan no responde, aunque siente ganas de burlarse del brujo por lo sencillo que le resulta a Elira provocarlo. Eso también lo ha visto varias veces en las últimas semanas: la manera en la que esos dos se relacionan y orbitan todo el tiempo el uno alrededor del otro. Se tratan como dos animales de la misma manada y, al mismo tiempo, como depredadores dispuestos a cazarse mutuamente. Lo cierto es que ni siquiera tiene claro cuál de ambos es más peligroso: lleva días conviviendo con ellos y la única razón por la que Elira le resulta un poco peor es porque ella se lo toma todo mucho más en serio que Astrey. Al parecer, enfrentarse a los demonios no es una excepción: donde Elira ha sido brutal y directa, Astrey prefiere crear un espectáculo. Tres demonios se acercan a él, reptando hasta transformarse en sombras de colores que enseñan dientes y garras, pero el espíritu solo necesita levantar una mano para que uno de los estandartes caídos a su alrededor los empale a los tres a la vez y los haga desaparecer.

—Tres a uno, mi reina —puntúa con una reverencia exagerada.

Elira pone los ojos en blanco, pero una sonrisa le baila en la comisura de la boca.

Nathan no puede evitar pensar en otra sonrisa y en otros retos.

«Creo que nosotros también deberíamos unirnos a la competición. Si me dejas tomar el control, puedo acabar con los demonios mucho más rápido que esos dos juntos».

La voz que Nathan escucha en su cabeza es otra cosa a la que también ha tenido que acostumbrarse y que sigue provocándole escalofríos cada vez que surge, siempre inesperada. Es una voz afilada, de espada recién forjada y dientes capaces de desgarrar. Por lo general, trata de ignorarla, pero cada día resulta más complicado. Es peor incluso que la voz del Amuleto, porque al menos esa desaparece en cuanto pasa un tiempo sin usar el objeto, pero el demonio que ahora vive en su interior siempre está ahí, despierto, consciente de todos y cada uno de sus pensamientos.

Nathan resopla.

—Me gusta tener control sobre mi propio cuerpo, pero gracias por el ofrecimiento.

«Qué lástima. Cuidado con tu espalda, por cierto».

El chico lanza un vistazo por encima de su hombro para ver las sombras que empiezan a crecer detrás de él. Recuerda que el primer día que entró en aquel lugar se sintió aterrado por las voces, por las formas, por la sensación opresiva de algo retorcido en el aire, por el caos. Hoy, aunque la pequeña parte humana que todavía queda dentro de él sigue gritándole que huya, también hay un sentimiento de familiaridad y un apetito voraz que le insta a abrir la boca y devorar a las criaturas que lo rodean.

Sabe que eso es el demonio, no él, pero no le disgusta tanto como debería. Prefiere el hambre al miedo. Prefiere el hambre al dolor.

Hoy, cuando se gira y ve a todos sus amigos frente a él, ya sabe que no son ellos.

—Nathan.

Esa no es Ammarah, con su sonrisa triste y la corona sobre los cabellos albinos.

—Nathan.

Ese no es Darien, cabizbajo, con los brazos alrededor de su propio cuerpo para no tocar a nadie más.

—Nathan.

Esa no es Lilith, con una única lágrima en la mejilla y la mano alrededor de la empuñadura de Eunomia.

—Nathan.

Ese no es Adam, con los dedos extendidos para invitarlo a acercarse.

—¿Cuándo vas a solucionarlo todo, Nathan?

En esa ocasión, ya no hay ni rastro de la desesperación que sintió la última vez que escuchó todas esas voces a coro. Una sonrisa (torcida, sarcástica, cansada) se apropia poco a poco de su boca. No, ese truco ya no va a funcionar con él, porque en las últimas semanas ya ha masticado la culpa hasta ser incapaz de saborear otra cosa y se ha acostumbrado a que esos fantasmas duerman todas las noches en su misma cama.

«¿No te enfada que quieran provocarte de esa manera? ¿No te enfada que tomen sus cuerpos? Acaba con ellos».

—No —responde Nathan, con una calma que le sorprende incluso a él. Los demonios gruñen cuando da un paso hacia delante mientras se lleva la mano al pecho, pero no le importa—. Elira y Astrey se encargarán de ellos, para eso me acompañan; yo tengo otras cosas que hacer.

«Y me parece perfecto, pero yo también quiero comer», farfulla el demonio.

Lo sabe. Tiene un hueco nuevo en el estómago que jamás se sacia, pero aun así no se arrepiente de haber hecho el Trato, porque la magia del demonio es útil y cada día le gusta más la sensación del poder de Caos corriéndole por las venas.

Sin embargo, Nathan prefiere el poder del tiempo.

Lo siente a su alrededor, contenido, atándole el cuerpo y la mente. Lo siente en los dedos cuando toca el Amuleto, que arde. Los demonios frente a él avanzan: Ammarah lo observa con los ojos muy abiertos, Darien niega con la cabeza, Lilith desenvaina.

Adam le sonríe, porque sabe que todo eso es por él.

Nathan Tabiz ha detenido el tiempo varias veces en su vida. En la primera sintió desesperación; en la segunda, culpa, y en la tercera, terror.

Cuando el poder del Amuleto del Tiempo le estalla en las manos por cuarta vez, lo que siente es satisfacción.

—¿Lo has visto? Esta vez ni siquiera ha dudado.

—Yo no me alegraría tanto, Mithra. Que ahora esté más seguro de lo que hace no quiere decir que vaya a poder controlarlo. Sabes lo complicado que es, y más para alguien como él: el Amuleto podría acabar con su vida.

—Quizá, pero también existe la posibilidad de que, antes de que el Amuleto acabe con él, él acabe con todo. ¿Qué crees que pasará primero?

NATHAN

Cuánto tiempo, Nathan Tabiz.

La voz del Amuleto del Tiempo vibra dentro de su cuerpo en cuanto todo se detiene. Nathan lleva dos semanas sin oírla, pero esta vez no le provoca ni miedo ni rabia ni ansiedad. Hoy, después de toda una vida rechazándola, se le antoja que esa voz es solo una parte más de él, una que le obligaron a no escuchar durante demasiados años, pero que ahora quiere abrazar más que nunca. Con su ayuda puede cumplir todos sus deseos, puede ser invencible, como tantos otros lo han sido antes que él. Con su ayuda puede llegar a reparar todo aquello que se ha roto en su vida.

El Portador abre los ojos para observar el mundo paralizado que lo rodea, ese universo sin tiempo en el que él es el único gobernante que existe. Mientras no hay tiempo, no hay gobiernos, no hay paz ni hay guerra, no hay nada más que él y el poder del Amuleto en sus manos. Y le parece perfecto. La tensión que podía haber sentido hasta ese momento se esfuma y solo queda… calma.

—¿Me has echado de menos, Chronos?

El Amuleto del Tiempo suelta una risa.

Hacía mucho que nadie me llamaba así.

Nathan comprueba con un rápido vistazo que todo se mantiene como él desea. Elira está parada en el aire, con una garra alzada; Astrey, no demasiado lejos de ella, mantiene una actitud despreocupada mientras lanza varias espadas oxidadas hacia unos demonios que tratan de rodearlo. A unos pasos, las criaturas que quieren confundirle tomando el aspecto de sus amigos asemejan estatuas. Adam está justo delante de él, quieto. Él es el único que no lo mira como si fuera un monstruo, así que decide centrarse en esa expresión, en esos ojos azules llenos de cariño.

—¿No es ese tu nombre?

Yo no tengo nombre. La magia no lo necesita.

—Pero los dioses sí.

¿Eso piensas que soy? ¿Un dios?

Sí. O, al menos, eso es lo que parecen haber pensado muchos antes que él. Elira le ha explicado cada libro, cada diario, cada leyenda o rumor, y, si bien nadie sabe con seguridad qué se esconde en el Amuleto del Tiempo, muchos suponen que debe de ser Chronos o, al menos, una parte de él. No importa lo mucho que lo intentase Destino: nadie puede matar por completo a un dios.

—¿No lo eres? Uno que se quedó atrapado en un objeto y que ahora solo puede influir en el mundo por medio de otras personas, mientras que sus hermanos hacen lo que quieren en él. No te ofendas, pero, si eso es lo que buscas, no lo pones nada fácil, ¿sabes? —Las comisuras de los labios se le tuercen en un gesto repleto de sarcasmo—. Podrías ser un poco más amable conmigo: me necesitas tanto como yo a ti. Sin nadie que te ponga en marcha, no eres mucho más que un reloj bonito.

¿Crees que puedes negociar conmigo? ¿Es eso lo que intentas?

—¿Por qué no? Estamos destinados a pasar mucho tiempo juntos, así que es mejor que nos llevemos bien de una vez por todas. Necesito tu ayuda, no que luches contra mí cada vez que te uso.

Oh, Nathan… Yo no lucho contra ti. Todavía no lo entiendes.

—Claro que sí —resopla—. En la basílica, en las montañas… Cada vez que intento controlarlo, tú te revuelves y me quitas el poder de las manos. Quieres ser utilizado, ¿no? Pues déjame usarte. Cumple mis deseos: soy el Portador, tu magia me pertenece por derecho.

El Amuleto se vuelve a reír, y esta vez su carcajada suena estridente, casi histérica. Nathan se estremece, pero mantiene la mano alrededor del objeto que arde bajo sus dedos.

El tiempo no le pertenece a nadie.

Y por eso se revuelve otra vez. Nathan lo percibe de inmediato y trata de concentrarse en mantenerlo sujeto, en tirar de las riendas para contener a la bestia que intenta domar. Se suponía que debía conseguir que el Amuleto lo respetara y atendiera sus peticiones, pero ahora el tiempo se sacude y se encabrita, y él tiene que apretar más el reloj en un intento de mantener su poder quieto. Quieto, quieto, quieto. Todo tiene que mantenerse quieto, tanto tiempo como él desee, tanto tiempo como él ordene, tanto tiempo como…

Pero es inútil.

Nathan sabe que todo va a volver a ponerse en marcha antes incluso de que la magia termine de escapar de entre sus dedos y gruñe, frustrado, cuando tiene que echar la mano hacia su cinturón. En las últimas semanas, no se ha dedicado solo a estudiar el Amuleto del Tiempo; en las últimas semanas, de hecho, ha llegado a la conclusión de que no puede depender solo de él, sobre todo cuando es tan complicado controlarlo.

«Por fin es mi turno».

El poder del caos resulta mucho más fácil de dominar que el del tiempo: es una energía casi embriagadora por lo natural que resulta tenerla en las manos. En los últimos días, Nathan se ha dejado llevar un par de veces por el alcohol porque era la manera más fácil de olvidar y dormir sin pesadillas, y por eso ha descubierto que la magia de los demonios funciona de forma muy parecida: como algo que entra de manera sencilla en tu organismo y te desinhibe por completo. Acostumbrarse a ella es igual de fácil que caer en una adicción, así que ni siquiera le cuesta esfuerzo transformar la pequeña barra de metal que ahora siempre lleva consigo. Hasta hace dos semanas, era el bastón que Denna le dio para ayudarlo con la falta de visión, pero gracias a sus nuevos ojos dejó de necesitarlo y decidió transformarlo en un arma.

Solo necesita un poco de magia para que esa pequeña barra de metal se convierta en la lanza que lleva varias semanas aprendiendo a usar.

Cuando el tiempo vuelve a moverse, Nathan atraviesa el cuerpo de Adam con ella.

Ni siquiera parpadea, aunque los ojos azules que tiene delante de él se abren un poco más, sorprendidos, antes de caerse de sus cuencas. No importa. Ese no es Adam, y él ya no es el mismo chico que entró en Yuda hace unas semanas. Hoy ya no tiene miedo, hoy ya no está desesperado por escuchar una voz que no va a volver hasta que él mismo haga que regrese. Hoy ya ha entendido que está solo y que los demonios más peligrosos no son los que se esconden en rincones destruidos del mundo, sino los que consiguen salir de ellos sin nada que perder.

El cuerpo aparentemente humano se disuelve en el aire y Nathan nota cómo la criatura que habita en su interior se despereza como un animal despertándose de la siesta. El constante hueco en el estómago se llena un poco y siente unas ganas irrefrenables de pasarse la lengua por los labios, como si acabara de probar algo…

«Delicioso».

Nathan se estremece, pero no tiene tiempo para preocuparse por la sensación de placer antes de que el mundo a su alrededor empiece a temblar. En esa ocasión tampoco hay ya sorpresa: está preparado para el ajuste de cuentas que implica usar el Amuleto. Elira también se percata de inmediato, porque se gira hacia él justo después de acabar con otro demonio, las garras y el rostro salpicados de una sangre tan oscura como el alquitrán.

—¡¿Cuánto tiempo lo has usado?!

Menos de lo que le gustaría. Tenía que aguantar más, mucho más, tenía que demostrarle al Amuleto que él tiene el control, tenía que…

—¡No lo suficiente! ¡Lo haré otra vez!

—¡Recuerda que tienes que tener cuidado con él!

Parece que te has buscado nuevos amigos, Portador.

Nathan gruñe, pero, antes de que pueda responder, los demonios que todavía tiene delante se lanzan hacia él. Ammarah. Lilith. Darien. No piensa en ellos de esa manera, no piensa en ellos más que como en imitaciones, así que resulta fácil atravesarlos, cortarlos, destruirlos, hacerlos desaparecer para siempre.

—No son mis amigos —jadea, y no sabe si se refiere a los demonios o a Elira y Astrey, que luchan a su alrededor en un intento de ayudarlo a concentrarse solo en el poder del Amuleto.

Cierto, la mayoría de tus amigos están muertos, y estás tan cerca de cambiar eso como el día que perdiste al primero.

En esas semanas, Nathan no solo se ha acostumbrado a su nueva magia, también se ha acostumbrado a su ira. Eso es lo que ha quedado después de deshacerse de la tristeza y la culpa: una gran y profunda rabia. Rabia hacia los celestiales, rabia hacia aquella mejor amiga que trató de matarlo, rabia hacia las personas que asaltaron su boda, rabia hacia quienes planearon el enlace, rabia hacia los mismísimos dioses y rabia, sí, hacia el Amuleto del Tiempo. Ahora ese enfado se enciende. Lo siente quemarle por dentro, arderle en las venas, correr desde su pecho hasta las puntas de sus pies.

—Vas a obedecerme, quieras o no —masculla.

Mientras el mundo tiembla a su alrededor y Yuda se quiebra un poco más, los demonios se hacen más fuertes ante un nuevo desastre. Los ve surgir de las grietas del suelo, los escucha reírse y llamarlo, oye cómo Elira y Astrey se enfrentan a ellos y cuentan sus muertes, pero Nathan lo ignora todo. Lo único en lo que tiene que concentrarse es en el tiempo. Tiene que volver a agarrarlo, tiene que volver a recordarle quién es su señor. Está ahí, a su alrededor, puede cogerlo y…

¿Qué vas a hacer, muchacho? ¿Solo vas a agarrarlo y contenerlo otra vez? ¿Es lo único a lo que aspiras? No te servirá de nada. No te sirvió para salvar a Adam, ¿verdad?

No, pero tiene que empezar por alguna parte. Si no domina lo más básico, ¿cómo va a conseguir volver atrás? Tiene que llegar como mínimo hasta el día de la boda. Puede que tenga que retroceder incluso más para que todo cambie.

Para volver atrás en el tiempo lo que tienes que hacer es ser consciente de todo lo que ha sucedido durante el transcurso del mismo. Tienes que verlo, Nathan. Por ejemplo, aquí. ¿Lo sientes? ¿Ves todo lo que ha pasado, todo lo que se ha vivido…? Quizá en otra vida estuviste aquí también. Quizá luchaste en esta guerra, pero ya no lo recuerdas.

—Cállate, no voy a escucharte. No eres tú quien tiene el control, no…

¿No quieres aprender, Portador? Te estoy diciendo qué tienes que hacer para cambiarlo todo, tal y como quieres. Deja de pensar en el presente. Ya te lo he dicho: para manipular el tiempo, no puedes olvidar que el presente, el pasado y el futuro están hechos de la misma materia.

Nathan frunce el ceño, en tensión, pero no sabe qué responder a eso. Sigue oyendo los sonidos de la batalla, pero de pronto no le parecen los mismos. Se concentra en ellos, en cada ruido que arrastra consigo un pequeño resquicio de tiempo, aunque no sabe si viene del pasado, del presente o del futuro. Hay más gritos, más voces aparte de las de Elira y Astrey, más pasos y el sonido de armas al entrechocar.

Eso es. Lo notas, ¿verdad? Abre los ojos. Observa todo lo que podrías tener al alcance de la mano.

Aunque aprieta los dientes, no puede evitar obedecer. Está a punto de quedarse sin aliento al darse cuenta de que el mundo que lo rodea resulta un poco distinto a cómo lo veía hace tan solo unos segundos. Los estandartes y las armas caídas siguen ahí, pero también, como algo difuso y superpuesto, ve esa misma explanada llena de soldados, ve distintivos brillantes en vez de destruidos, ve el sol de un amanecer rojizo y la sangre que dejan algunos cuerpos a sus pies. La imagen fluctúa a su alrededor, como si quisiera terminar de formarse pero no pudiera, o como si solo fuera el producto de una fantasía febril. Podría extender los dedos (¿sus dedos? No lo parecen: él no lleva ninguna armadura puesta, pero ahora en sus manos reconoce unos guanteletes) y tocar esa ilusión que está a punto de difuminarse en los bordes, podría…

¿Lo ves, Nathan? Todo esto ya ha pasado antes. Ya ha habido alguien en este mismo lugar, usando mi poder, con un demonio que quería arrasar con todo… ¿Lo notas? Podrías formar parte de esa imagen. Podrías extender la mano también, podrías tomar ese tiempo y hacerlo tuyo…

Nathan levanta la mirada. A lo lejos, en lo alto de la colina, subido a lomos de un caballo, hay un jinete con una armadura hecha de ónice y rubíes, igual que la corona que luce sobre su cabeza. Es un hombre con los cabellos rubios muy largos y claros y el cuerpo esbelto y hermoso, de una belleza y una juventud imposibles. Porque lo es. No es posible mantenerse tan joven durante tanto tiempo, tan perfecto.

Al menos, no sin el Amuleto que le cuelga del cuello.

Nathan traga saliva al entender a quién está observando, aunque no debería poder verlo, como no debería poder ver nada de lo que lo rodea. No debería sentir que está ahí, porque él no había nacido cuando todo eso sucedió. No debería estar en presencia de ese hombre, porque Brynjart I de Odelia, el Inmortal, lleva más de veinte años muerto, y la batalla con la que terminó de forjar su Imperio ocurrió hace casi setenta.

Este es el poder que estás ignorando, Portador. Podrías viajar tan atrás como para evitar la caída de Yuda si quisieras. Podrías matar al Inmortal antes de que usase el Amuleto y evitar el mayor desastre de la historia de Evren. ¿Por qué limitarte a salvar a tus amigos cuando podrías salvar a tanta gente…?

«Cuidado».

Nathan escucha la advertencia dentro de su cabeza, pero no puede apartar la vista de ese mundo extraño que tiene al alcance de la mano. Su mirada se encuentra con la del Inmortal, solo un segundo, y siente la tentación de apretar los dedos alrededor de la empuñadura de la espada… No, él no tiene una espada. ¿O sí? Observa sus manos, pero le cuesta diferenciar cuál es la real y cuál es la ficticia, cuál es el pasado y cuál es el presente, le cuesta diferenciar…

«¡Nathan, cuidado!».

Nathan abre los ojos solo para encontrarse a sí mismo arrodillado, jadeante y con la sensación de que le faltan algunos segundos. No sabe en qué momento se ha tirado al suelo, pero, a su alrededor, el mundo vuelve a ser el que conoce: la explanada destruida, los demonios chillando en cada grieta de la tierra, en cada armadura vacía. Hay un dolor punzante en su cabeza y sangra por la nariz; el corazón le late demasiado rápido.

Escucha la voz del Amuleto gruñir de frustración, pero hay otra voz dentro de él que suena más fuerte:

«¿Se puede saber qué ibas a hacer?».

—Yo no… Estaba… Iba a…

«¿Qué? ¿Viajar al pasado? Eso que has visto era la batalla de Yuda, estúpido. ¿Querías volver ahí? ¿A un punto de la historia en el que ni siquiera vivías? ¿Y qué habría pasado si lo hubieras hecho?».

¿Qué tiene de malo? ¿No quieres controlar todo el poder del tiempo, Nathan Tabiz?

El Portador traga saliva, consciente de que el Amuleto se está riendo de él. Sí, quiere hacerlo, quiere controlarlo, pero…, pero el demonio tiene razón. ¿Qué habría pasado? ¿Se habría perdido para siempre en un mundo en el que todavía no existía? Ni siquiera sabía que fuera posible volver tan atrás en el tiempo, porque los pocos Portadores que han conseguido retroceder y han dejado registros de ello siempre se han movido por sus propias vidas. Si él hubiera retrocedido hasta Yuda, ¿qué habría ocurrido? ¿De quién era el cuerpo que le parecía ver? ¿De una vida pasada? Una vida en la que él no tenía el Amuleto, porque lo tenía el Inmortal. Si hubiera continuado hacia delante, ¿cómo habría conseguido volver al presente? Ha sido una trampa. El Amuleto del Tiempo le ha tendido una trampa y él ha estado a punto de caer.

No, no ha sido una trampa. Ha sido una advertencia. Una muestra de todas las maneras en las que puede condenarlo.

—¡Nathan!

El grito de Astrey pertenece al ahora, pero no lo asimila a tiempo. Ni siquiera ve llegar al demonio que lo derriba. Su espalda encuentra el suelo con un choque que le corta la respiración, pero el dolor ni siquiera puede competir con el que llega cuando unos dientes afilados y retorcidos se le clavan en el hombro. Es eso lo que termina de traerlo de vuelta, junto con el grito agónico que se le escapa de los labios.

Solo le da tiempo de ver el borrón que es Elira antes de que ella se abalance sobre la criatura. El demonio (grande, repleto de escamas, con los ojos inyectados en sangre) y la mujer ruedan juntos por el suelo y se debaten todavía un segundo más antes de que el cuerpo del ser quede atravesado por dos lanzas que vuelan en su dirección y que lo hacen desaparecer.

—Veintidós.

Nathan traga saliva y vuelve la vista hacia el espíritu que está a solo unos pasos de él. Astrey tiene las cejas enarcadas y una sonrisa burlona en la cara. Elira, desde el suelo, gruñe y se incorpora a medias sobre sus codos.

—Ese era mío.

El brujo sonríe un poco más.

—Es que parecía que iba a darte un bocado y me han podido los celos, mi reina.

Elira resopla, pero es evidente que le hace gracia. Solo un segundo después, Astrey le tiende la mano al Portador.

—¿Todo bien, chico?

Nathan está a punto de decirle que no. Está a punto de confesarle lo que acaba de pasar y admitir que está casi seguro de que lo único que ha evitado que se perdiera por completo en el pasado ha sido que su demonio ha tomado el control de su cuerpo. Quiere decirlo porque hay una parte de él que, de pronto, tiene miedo del objeto que le cuelga del cuello y de la criatura con la que ha hecho un Trato; quiere decirlo porque necesita un amigo que le asegure que está a salvo, necesita algo que lo ancle al presente.

En su lugar, responde:

—Sí. Todo bien.

Porque Elira y Astrey no son sus amigos.

Sus amigos, como bien ha dicho el Amuleto del Tiempo, están muertos.

O eso piensa.

—Si el chico sigue así, arrasará nuestro tablero él solo y ni siquiera sabrá cómo lo ha hecho. Tu peón está muy perdido, Mithra.

—¿Tú crees? A mí me parece que va por el buen camino y espero grandes cosas de él. Yo diría, de hecho, que la que está cada vez más perdida es tu santa. ¿La has visto? Parece que, en vez de salvarla, la hayas condenado.

—No la he condenado: la he bendecido con un milagro.

—«Milagro» lleva siglos siendo la palabra que utilizas cuando quieres hacer trampas. La chica debería haber muerto en las montañas.

—Ese no era su destino. A Lilith Rheiz todavía le quedan muchas cosas por hacer y, si cumple con mis expectativas, será la santa más brillante que haya existido jamás. Tan solo observa.

LILITH

Hace ya dos semanas que renació.

Lilith no tiene claro cuánto tiempo ha pasado desde que el Amuleto del Tiempo rompió las montañas fronterizas de Orlaith y ella cayó a una muerte segura, pero ha estado contando todos y cada uno de los días que ha vivido desde que volvió a abrir los ojos en las Cuevas de Santa Aiva y un celeste la nombró santa. Hasta ahora, lleva catorce días regalados, catorce días de más que su dios le ha concedido por algún motivo que ella no consigue comprender.

Catorce días que acarrean un precio y una misión.

En el Templo, dos semanas podían pasar muy rápido entre tareas, estudio y entrenamiento, entre momentos de descanso y conversaciones a media voz en el comedor. Si siguiera allí, si las cosas nunca hubieran cambiado, esas dos últimas semanas habrían estado llenas de cenas ruidosas y duelos que nunca eran a muerte. En un día como ese, en el que la primavera ya regala días cálidos, podría haber pasado la tarde en el rincón del patio en el que daba el sol, con él quedándose dormido contra su hombro y Darien leyendo en alto cada dato digno de mención que encontrase entre las páginas de una crónica histórica o algún libro de viajes.

En Arsay, en cambio, el tiempo se arrastra mientras ella no deja de caminar. Siente punzadas en las piernas y los pies le duelen dentro de unas botas que se han empezado a desgastar y le rozan por todas partes. A veces, Destino pone en su camino una corriente de agua fresca en la que hundir la piel llena de ampollas, pero la mayor parte del tiempo lo único que puede hacer es descalzarse frente a la hoguera que ella misma enciende cada noche y dejar que el celeste que la acompaña le cure las llagas. Aunque las heridas de los pies son las que menos le duelen. Esas se cerrarán con el tiempo, una vez que pueda volver a casa. Esas le permiten dormir por las noches.

Hay otras, en cambio, que no le dan tregua: los recuerdos; el sentimiento de haber fracasado; la sensación de no ser suficiente para lo que Destino quiere de ella; la certeza de que, haga lo que haga, nunca podrá vencer.

—No sé dónde encontrar al Portador —confesó poco después de renacer—. Ni siquiera sé si sigue vivo. La montaña…

—Nathan Tabiz sigue vivo —le respondió el celeste—. Pero no es a él a quien tienes que buscar, sino a la verdadera Eunomia.

La espada de Destino. La de verdad. Al parecer, la que cargó durante días y se rompió en su último duelo contra el Portador no era el arma divina con la que Santa Aiva mató a Tiempo hace mil años. Esa es una de las imágenes que no han dejado de perseguirla: recuerda a la perfección cómo ese filo que creía irrompible se quebró por completo entre sus manos. Los trozos cayeron al suelo y el metal le devolvió su reflejo, roto en mil pedazos. Y aunque ha intentado reconstruirse en los últimos días, aunque está intentando apretar las piezas entre sí en un intento de que no vuelvan a separarse, es demasiado consciente de todas sus fracturas. Se ha estado rompiendo durante el último mes, una y otra vez, y es probable que llegue un momento en el que ya no pueda volver a recomponerse.

Quizá por eso no hace muchas preguntas durante esos días, porque teme lo que puedan hacerle las respuestas. Teme preguntar qué ha sucedido con Darien, porque su parte más sensata le dice que solo un milagro podría hacer que alguien se salvase del desastre que provocó el Portador en las montañas, y Destino tan solo parece haber tenido milagros para ella, pese a lo poco que siente merecerlos. Teme preguntar por Ammarah, porque la última vez que la vio le hizo promesas que no pudo cumplir. Teme preguntar si alguien la echa de menos en Daiva, si alguien piensa en ella, porque está segura de que sabe la respuesta. Teme preguntar si de verdad puede conseguir todo para lo que está destinada. Si va a volver a soñar y por qué no lo ha hecho desde la noche en la que salió del Templo.

Así que se guarda todas esas dudas, una nueva por cada día que pasa. Esa noche, sin embargo, el silencio empieza a pesar demasiado, así que se permite hacer una pregunta que se le antoja lo suficientemente inofensiva:

—¿Tienes nombre?

El celeste que va con ella siempre la acompaña bajo la forma de una brillante lechuza en cuyos ojos parece contenerse el firmamento nocturno, pero en ese momento se transforma para volver a asemejarse a un humano y poder sentarse a su lado. Por lo general, no la molesta, no le habla a menos que sea Lilith quien inicie una conversación, aunque a ella le gustaría que lo hiciera.

—Altair —responde—. Ese es mi nombre.

—¿Por qué no me lo has dicho hasta ahora?

—Los celestes no estamos acostumbrados a lo que los humanos llamáis conversación, solo solemos responder las preguntas que otros nos hacen.

Lilith se humedece los labios antes de fijarse en él. Es un ser hermoso, de cabellos albinos y facciones indeterminadas, mucho más perfecto que las esculturas y los cuadros del Templo que trataban de representar a los de su especie. Los ojos dorados que tiene tatuados por toda la piel destellan a la luz del fuego.

Podría terminar la charla ahí. Podría no decir nada más, pero el silencio es un compañero de viaje horrible que la deja a solas con su propia voz, con sus dudas y temores. Así que, si lo que necesita Altair para hablar son preguntas, puede hacer alguna más.

—Altair —repite—. ¿Ese fue tu nombre también en tu vida anterior o te dieron otro cuando renaciste como celeste?

Altair la mira igual que siempre, con esos ojos que apenas parpadean.

—Creo que lo fue, sí, pero no lo recuerdo. Cuando desperté, a mi alrededor había un sinfín de estrellas y en mi cabeza solo estaba ese nombre, nada más.

La santa asiente. No lo dice, pero de pronto su próxima vida como celeste le resulta todavía más atractiva de lo que le había resultado jamás. Lilith lleva años sabiendo que una de las grandes promesas de Destino es la entrada en su Corte como un ser superior y eterno después de morir, pero ella no había pasado demasiado tiempo pensando en la muerte hasta las últimas semanas. Ahora, sin embargo, tiene más claro que nunca que debe esforzarse en cumplir su misión para poder llegar a esa nueva vida que siempre le han prometido.

Una vida en la que poder descansar, sin recuerdos de ningún tipo.

Una vida en la que ser solo un nombre y nada más.

Recuperar algo perdido hace tiempo es complicado, pero la manera más fácil de empezar a buscar es volver al lugar en el que estuvo por última vez.

—¿Es aquí?

Lilith observa lo que en algún momento fue una casa de la que ya solo quedan ruinas. Las paredes están medio derruidas, al tejado le faltan trozos enteros y la chimenea ha quedado reducida a una pila de piedras en un rincón de un jardín tomado por zarzas y malas hierbas. De la rama baja de un manzano cuelgan un par de cuerdas que quizá fueron parte de un columpio ya desaparecido.

Altair asiente y se adelanta entre la vegetación. Ella no duda en seguirlo, porque es fácil continuar adelante cuando son otros quienes marcan el camino.

—¿Cuándo fue la última vez que la verdadera espada estuvo aquí?

El celeste le lanza un vistazo por encima de su hombro. Es difícil descifrar sus expresiones, porque siempre la mira con la misma intensidad y habla en el mismo tono. A veces es… frustrante. Lilith no tiene ni idea de si está haciendo las cosas bien y esa manera de ser no le ofrece ni una sola pista.

—Hace doce años. Sabes bien quién fue la última persona en ver la espada, ¿verdad?

Lilith se queda quieta. Un escalofrío le sube por la espalda, aunque bajo su capa de plumas nunca llega el frío. Altair no se detiene, ajeno a su nerviosismo, y entra en la casa a través del arco donde debía de estar la puerta principal. Ella, en cambio, no puede evitar estudiar el lugar como si de pronto pudiera ver entre los escombros a una figura venida de su pasado. Una mujer con una sonrisa un poco irónica, parecida a la que más tarde heredaría su hijo. Una mujer que siempre era amable y, al mismo tiempo, parecía ausente en muchas ocasiones…

Tabitha Eliz, la anterior Portadora.

—Eso no puede ser. —Lilith se apresura a seguir al celeste y él se gira para mirarla como si no comprendiera su negativa—. Tabitha Eliz era una mujer buena, sensata y leal a Destino. Todo el mundo la idolatraba. Yo misma la vi el día que volvió al Templo con el Amuleto del Tiempo. Llevaba la espada y…

—Esa espada era la réplica que se te rompió en las manos, Santa Lilith. Ella se encargó de sustituir las armas.

No, eso es… ridículo. Tiene el breve recuerdo de una mujer morena, de pelo largo y ondulado, pasándole la mano por los rizos dorados y besándole la frente. Ser la mejor amiga de su hijo era suficiente para ganarse su cariño, para que sonriera cuando Lilith estaba cerca. Recuerda, antes de que se pusiera enferma, verla caminar por el Templo, siempre pendiente de su hijo e incluso de ella. Recuerda verla a menudo acompañada de su propia madre, que la admiraba como si fuera un icono de virtud y sacrificio. Fue ella la que le vendó la rodilla cuando Lilith se cayó desde lo alto de una de las estatuas de la basílica por hacer una apuesta con el que luego se convertiría en el Portador. Fue ella la que les enseñó una canción para recordar los nombres de todos los santos.

¿Cómo va a ser ella quien perdió a la verdadera Eunomia y la sustituyó por una réplica?

—No puede ser —insiste Lilith.

—Los celestes no podemos mentir.

La santa se estremece, pero no replica, porque sabe que es cierto. Para los celestiales, la mentira es un pecado; para los celestes, una absoluta imposibilidad, algo que incluso puede llegar a hacerles daño. Si Altair dice que Tabitha Eliz fue la última persona que vio a la verdadera Eunomia y llevó la falsificación al Templo, tiene que ser verdad.

La santa mira a su alrededor. Se encuentra en una pequeña habitación que debió de servir al mismo tiempo de cocina y sala de estar. Allí sus pasos los amortiguan las capas de hojas con las que varios otoños han decorado el suelo. Las plantas han conquistado las paredes, retorciéndose para encontrar huecos entre las piedras de los muros; los muebles tampoco han escapado a la colonización y algunos se han partido bajo el peso de la naturaleza.

Pero lo que más llama su atención es la estatua que hay en medio de la estancia: intacta, tan limpia como si la hubieran tallado allí mismo el día anterior. Altair se ha detenido delante de ella y la observa con la cabeza ladeada, como si no fuera más que otra curiosidad del paisaje. Aunque la figura parece fuera de lugar en ese entorno, resulta magnífica. Muestra a dos hombres, espalda contra espalda, como si fueran las dos caras de una misma moneda: uno es joven, con la barbilla alzada, el pelo recogido en una coleta corta, la ropa cuidada y la mano sobre la empuñadura de una espada que le cuelga del cinto. Tiene una sonrisa en los labios, la clase de expresión altiva de alguien que espera que el mundo se postre a sus pies. El otro hombre, en cambio, es más adulto: aunque no llega a ser anciano, el rostro muestra el paso del tiempo con detalladas arrugas en los bordes de los ojos y las comisuras de los labios. Él no tiene sonrisa, sino que está cabizbajo y se mira las manos como si se preguntase qué ha hecho con ellas. Lleva una capa sobre los hombros y la capucha echada sobre los cabellos cubre a medias su cara.

A simple vista no diría que las dos figuras se parecen, pero tienen que ser la misma persona: la curva de la nariz es igual, el flequillo les cae sobre la frente de la misma manera y ambos tienen una cicatriz en el dorso de la mano derecha. Hay algo inhumano en la precisión con la que se ha fabricado esa estatua. El material, por su parte, es más amarillento de lo que la muchacha pensaba en un principio, no tanto como el mármol, sino más bien…

Lilith se apresura a apartar la mano antes de llegar a tocar la mejilla del joven.

—Brujos —escupe.

A su lado, Altair asiente y a ella se le revuelve el estómago. De pronto, entiende perfectamente ante qué está: los celestiales queman a sus muertos, los necromantes los entierran y los brujos crean algo nuevo de sus cadáveres. Estatuas, joyas, objetos que atesorar o que vender. Al parecer, esa es su forma de ofrecerles sus respetos. En vida, los cuerpos son materia viva que no pueden modificar, pero las cosas cambian cuando mueren.

Es asqueroso.

—¿Es él? ¿Este es el Portador al que Tabitha mató?

—Sí.

La madera del suelo que rodea la estatua es un poco más oscura y Lilith se pregunta si esas manchas que pueden adivinarse en ella son rastros de sangre, si el cuerpo cayó en ese mismo lugar. Alguien debió de encontrarlo ahí y convertirlo en esa cosa. Supone que una persona que conoció al Portador. Alguien que debió de quererlo.

—Y lo asesinó con Eunomia.

—Así es.

—¿Y después?

—La espada debería haber vuelto al Sacro Reino con Tabitha Eliz, pero no fue así.

Volvió una copia, y Lilith tiene la certeza de que esa réplica no pudo hacerla la propia celestial. Ella no debía de saber forjar y mucho menos con la precisión necesaria para hacer una falsificación capaz de engañar durante años a toda la Hermandad.

Un brujo tuvo que ayudarla.

Sus ojos vuelven a la estatua. Durante un segundo, se plantea que la misma persona que creó ese homenaje sea la que forjó la espada. Pero eso no tendría sentido, ¿verdad? Esa persona debió de querer al antiguo Portador si creó algo tan bello para honrar su muerte, y Tabitha fue quien lo mató. Y, por otra parte, ¿por qué un brujo y una celestial colaborarían para hacer algo así?

—¿Qué más sabes? La espada… ¿Qué ocurrió con ella? ¿Se la robaron? No pudo desaparecer sin más. Tiene que seguir en este mundo, si no, Destino nunca me habría encomendado encontrarla.

—Hay respuestas que solo conocen los dioses, Santa Lilith. Mi conocimiento sobre el asunto acaba aquí, pues nadie me ha otorgado más información. —El celeste la está mirando y a Lilith le da la impresión de que lo hace con todos sus ojos a la vez—. Solo soy tu celeste: me asignaron tu alma cuando decidiste consagrarte a Destino y, desde entonces, un vínculo indivisible me une a ti. Puedo ver tu pasado, tu presente y retazos de tu futuro, todo entremezclado como si fuera la misma cosa. Pero desconozco qué hizo Tabitha Eliz cuando venció al Portador, del mismo modo que no puedo saber dónde está la espada. Tu misión es seguir la pista de Eunomia y encontrarla; la mía es ayudarte a conseguirlo. Sin embargo, mis intervenciones están más limitadas de lo que crees: eres tú quien debe demostrar ser digna de los milagros de nuestro dios.

A Lilith le falta el aire, aunque el techo medio derruido le permite ver el cielo. Siente la presión como un nudo en el pecho que le dificulta respirar, pero está segura de que fallará en todo lo que se espera de ella si lo deja ver, así que aprieta los labios y asiente.

—¿Quién puede saber esto?

—Eso es decisión tuya. Nadie te juzgará por elegir a tus aliados.

Sabe cómo afectará toda esa información a los miembros de la Hermandad Celestial. Sabe lo que será para ellos ir a la capilla y no ver a Eunomia junto a la estatua de Santa Aiva. Pero, sobre todo, sabe cómo afectará a su madre. Tabitha y ella se criaron juntas, igual que lo harían más tarde sus hijos. Fue la Suma Celestial, de hecho, quien pronunció por primera vez el título de santa delante del nombre de Tabitha, mientras la incineraban.

—No sé qué hacer.

—No tienes que decidirlo ahora.

Sí, sí tiene que hacerlo. No puede quedarse quieta, o se sentirá estúpida e inútil e indigna.

El rastro de la espada acaba ahí, así que el siguiente paso lógico sería volver a Daiva, donde quizá encuentre alguna información útil sobre Tabitha Eliz. Y, al mismo tiempo, no sabe si está preparada para eso. No sabe si puede presentarse de nuevo delante de todo el mundo (de la reina, de la Suma Celestial) y pronunciar las palabras que se ha dicho tantas veces durante las dos últimas semanas: «He fracasado».

Al margen de que tenga otra misión, eso es lo que ha pasado: no ha matado al Portador, como dijo que haría. Su primo fue con ella, pero ahora vuelve sin él.

Lilith sale de la casa, aunque se detiene cuando apenas ha dado tres pasos fuera del lugar. Escucha que Altair la sigue, pero ella solo tiene ojos para todos los caminos que se adivinan entre los árboles. Toma aire. Podría orientarse en ese bosque sin ningún tipo de mapa, volver a casa leyendo el musgo en los troncos y las piedras, el movimiento del sol y la posición de las estrellas. Pero el problema no es seguir una dirección, sino decidir qué camino le conviene y cuál de todos complacerá más a Destino.

Aprieta los puños. Cuando se gira de nuevo hacia el celeste, Altair parece estar esperándola.

—Has dicho que puedes ver mi pasado, mi presente y retazos de mi futuro —suelta, casi sin aliento—. Entonces, ¿puedes saber si lo consigo? En lo que puedes ver, ¿llego a encontrar a Eunomia y la empuño? ¿Voy a lograr todo aquello que Destino espera de mí?

La criatura se fija en ella con más atención que nunca. Las estrellas de sus pupilas titilan, se mueven y crecen, hasta encender su mirada y dejarla casi completamente blanca. Lilith siente la tentación de retroceder un paso cuando todos los ojos dorados que se esconden en la piel de la criatura se convierten en ojos de verdad que se mueven para observarla.

—Sí. —La voz de Altair no suena como siempre. Es profunda y grave, delicada y aguda, es una y son cientas a la vez, un coro dentro de un único ser—. Veo a la verdadera Eunomia en tus manos, manchada con la sangre de un sacrificio. Te veo enfrentándote al caos que acecha las murallas del Sacro Reino. Veo el fin de un imperio y el nacimiento de otro y la muerte del tiempo gracias a ti. Vencerás, Santa Lilith. Estás destinada a ello.

La luz del cuerpo de Altair se apaga cuando las estrellas de su mirada vuelven a la normalidad. Los ojos dorados se convierten de nuevo en tatuajes y, si Lilith no supiera lo que ha visto y escuchado, pensaría que todo ha sido un sueño o una pesadilla. Cada palabra pronunciada se le enreda alrededor del cuerpo como una cadena de espinas y hace que el nudo del pecho se apriete más y más.

Pero está bien. Aunque no entiende todo lo que se esconde tras esas palabras, tiene justo la respuesta que estaba buscando: va a vencer. Si no se aleja del camino, se convertirá en lo que su dios quiere de ella.

Y eso es todo lo que necesita.

Lilith respira hondo y toma su primera decisión:

—Volvamos a Daiva.

—Tus bendiciones cada día parecen más una condena, Xandre. Lo que me sorprende es que tus celestiales no se hayan dado cuenta de ello todavía.

—Mis celestiales encuentran paz en sus propósitos, en el orden que ofrecen los caminos preestablecidos. Pero tú, por supuesto, no puedes entenderlo.

—También has perdido la confianza de muchos de tus seguidores por culpa de tu manera de diseñar sus caminos. Quizá no pierdas la de tu santa porque la muchacha necesita señales que la guíen, pero hay otros que empiezan a dudar.

—¿Te refieres al sensible?

—Por supuesto.

—¿Crees que me importa su posible traición? No, estoy habituado a ella. Y créeme, si termina dándome la espalda por completo, será él quien más lo lamente.

DARIEN

Antes de ser un prisionero, Darien ya sabía lo que era sentirse encerrado.

Aunque en Daiva no tenía por qué limitarse a estar en el Templo y tenía permitido salir a la ciudad, no lo hacía porque la gente le abrumaba; aunque las murallas jamás le parecieron los barrotes de una jaula, sino un método de defensa ante un mundo lleno de monstruos y problemas, nunca se atrevía a comprobar lo que el exterior podía ofrecerle. A su alrededor no había guardias que le impidieran hacer una cosa u otra, pero no los necesitaba, porque él era, al final, quien más obstáculos se ponía a sí mismo. Más que las normas de la Hermandad. Más, incluso, que las expectativas que otros volcaban sobre él. Por eso se quedaba siempre a dos pasos de los demás. Por eso una parte de él terminó negándose a acercarse a cualquier otra persona que no fuesen Adam, Lilith o Nathan.

En Daiva había llamado a eso «seguridad». Le había parecido un refugio, algo bueno que buscar. Los riesgos no le hacían ningún bien. Los riesgos solían acabar con él robando recuerdos que no le pertenecían y haciendo sentir a alguien incómodo o dolido.

En Odelia, sin embargo, empieza a entender que no todas las celdas tienen barrotes o cerrojos. Allí le dan un cuarto digno de un príncipe y nuevas prendas de ropa. Allí lo alimentan varias veces al día y no hay guardias vigilando cada uno de sus movimientos. La llave de su habitación ni siquiera está echada nunca, de tal manera que puede salir de ella cuando se le antoje.

Pero todo eso es solo una trampa.

Lo cierto es que el palacio de Damira es una cárcel que da una falsa sensación de libertad al mismo tiempo que te la arrebata por completo. Durante las dos semanas que lleva ahí, Darien ha tenido tiempo para comprender que, pese a que le dejan caminar todo lo que quiera por los pasillos del palacio, no va a poder escapar solo de ese lugar por mucho que lo intente. Sí, tiene permiso para internarse en los corredores, pero estos siempre acaban llevándolo de vuelta a su cuarto, tan vivos como la ciudad de Damira, cambiante y traicionera. Sí, tiene permiso para coger los libros que quiera de la biblioteca, pero es incapaz de concentrarse en ellos más allá de unos minutos, porque son un pobre sustituto de la realidad a la que no tiene acceso. No sabe nada del mundo que hay más allá de su habitación. No sabe si su prima realmente murió en las montañas ni qué ha sido de Nathan, no sabe si alguien tiene constancia de que él está allí o si les importa siquiera. Y es desesperante.

Darien tampoco es ajeno a la sensación de soledad, la ha llevado bajo la piel desde los doce años, pero los últimos días han conseguido que eso sea lo único que pueda notar a su alrededor. Camina tras él cada vez que recorre los pasillos en un intento de encontrar la salida de ese laberinto en el que no pidió entrar y se agarra a sus piernas cada vez que le cuesta respirar por las ganas de estar en cualquier otro lugar, incluso perdido en las calles de esa ciudad reclamada por Caos que se ve al otro lado de las ventanas. La soledad suele dormir acurrucada sobre su pecho, mientras él mira a un techo que cada noche le resulta más y más estrecho.

A veces se mueve por el palacio simplemente para huir de ella, para evitar que lo atrape.

Como ahora.

Darien apura el paso, como si sintiera a alguien persiguiéndolo de verdad, y gira una esquina. Si no se choca con quien viene de frente es solo porque tiene buenos reflejos, producto de toda una vida evitando a otras personas. Logra detenerse a tiempo y dar un par de pasos hacia atrás para mantener las distancias.

Al principio cree que será uno de los guardias imperiales que suelen custodiar los pasillos, pero cuando levanta la vista comprueba que es mucho peor.

Caleb lo mira con las cejas enarcadas y debe de preguntarse por qué está casi jadeando, quizá incluso por qué su pulso va a la carrera. A Darien no se le escapa la forma en la que esos ojos claros miran por encima de su hombro, como si esperase ver a alguien intentando cazarlo en el pasillo. Pero tras él no hay nada ni nadie. La soledad de la que huye tiene que estar esperándolo de nuevo en su habitación.

—¿Todo bien, celestial?

Darien siente la tentación de gruñirle que no, que nada está bien desde que le robó el medallón y lo convirtió en el prisionero de la emperatriz de Odelia.

—Todo bien —miente en cambio.

Cuando pasa por su lado, lo hace dejando el suficiente espacio como para evitar tocarlo.

—¿Otra vez intentando escapar?

El celestial resopla, pero continúa andando.

—No.

—¿Eso ha sido una mentira? Parece que este lugar empieza a corromperte.

Eso sí que consigue que se detenga. Aunque no ha habido un solo cambio en su voz, Darien sabe que esa es una provocación. A veces le da la impresión de que le gusta hacer eso: provocarlo, hacerle enfadar con el único objetivo de que le responda, de que reaccione. Y él no lo entiende, porque está seguro de que todo sería más fácil para los dos si no se dirigieran la palabra. Los primeros días, de hecho, él lo intentó: cada vez que Caleb le llevaba la comida a su cuarto (porque, por supuesto, es él quien se encarga de vigilarlo), él trataba de ignorarlo. Se hizo el dormido cada mañana; fingió no escucharlo, de espaldas a la puerta, cada vez que entraba en el dormitorio. Estaba furioso y triste, y lleno de ansiedad por el encierro, y no quería hablar, ni con él ni con nadie.

El primer día funcionó. El segundo, sin embargo, Caleb aprovechó una de sus visitas para lanzarle un comentario afilado sobre la pasividad de los celestiales. Ni siquiera le importó que él no respondiese: al siguiente, volvió a hacer otro apunte innecesario y dañino. Y al siguiente. Y al siguiente. Hasta que un día la paciencia de Darien se agotó. Se puso en pie y le dijo que lo odiaba, que ver sus recuerdos iba a ser lo último que hiciese en su vida si de él dependía. Gritó. Quiso tocarlo y sacar a flote sus memorias más dolorosas otra vez. Y, aunque jamás va a confesarlo en voz alta…, fue liberador. Porque el enfado lo apartó un poco de las garras de la soledad. Porque levantarle la voz, intentar herirlo, aunque fuera solo con palabras, era mejor que ahogarse en el silencio y la tristeza.

Cuando se gira para encararlo, Caleb parece estar esperando justo eso: la ira, los gritos, la reacción.

—No estoy mintiendo: no puede decirse que estoy tratando de escapar si ya sé de antemano que, vaya a donde vaya, no servirá de nada —replica—. Siento informarte de que los celestiales necesitamos algo más que unos días de encierro y ropa negra para corrompernos.

El necromante se encoge de hombros.

—Es un alivio: para mí sería un problema que enfadaras a tu dios y te quitase tu poder.

—Oh, no te preocupes: mi don sigue tan intacto como mi decisión de no usarlo contigo, necromante.

—Tu devoción es admirable, celestial. Tu amigo el Portador podría haberla aprendido de ti, pero creo que él está más dispuesto a alejarse del camino de vuestro dios todo lo posible.

Aunque estaba preparándose para una nueva réplica, esas palabras consiguen dejarle la mente en blanco. Lleva días sin tener noticias de Nathan, así que el simple hecho de que ese chico lo mencione es suficiente para que se sienta golpeado y atado al suelo de repente.

—¿Qué quieres decir?

—Ha vuelto a utilizar el Amuleto. —Caleb suelta la información como si no significara nada para él, pero es obvio que está analizando su reacción—. Aunque lo más interesante es dónde lo ha estado haciendo.

Darien aprieta los labios. Espera que le diga que ha sido cerca de Daiva, que Nathan ha ido a buscar los restos de Adam a la Fosa de los Infieles para traer a su primo de vuelta. Espera, incluso, que le diga que lo ha usado en las montañas, que encontró el cuerpo de Lilith y…

—El Portador ha estado ya varias veces en la explanada de Yuda, las suficientes para que algunos brujos de las zonas colindantes se hayan dado cuenta. —Caleb se encoge de hombros cuando ve cómo le cambia la cara—. Algunos miembros de la Guardia Imperial se acercaron al lugar, pero cuando llegaron el único rastro que quedaba del Portador era una explanada incluso más infestada de demonios de lo habitual. Aun así, es un lugar curioso para utilizar el Amuleto, ¿no te parece? Nadie se mete en un nido de demonios si no pretende sacar algo de él.

Darien comprende de inmediato lo que está sugiriendo: Nathan podría haber hecho un Trato, podría haberse convertido en brujo. Pero no, nunca lo haría. Una cosa es utilizar el Amuleto del Tiempo en un momento de desesperación, y otra, hacer pactos con seres nacidos del caos que te devoran poco a poco el cuerpo y el espíritu. No, Nathan no…

O quizá sí, después de todo. Cada vez que piensa en Nathan, sigue imaginando al niño con el que creció, el que siempre sonreía como si estuviera planeando alguna travesura y cuya lengua afilada lo metía en problemas a todas horas. Para él, Nathan sigue siendo el chico que a veces veía moverse alrededor de Adam, atraído por su primo como si fuera una luz brillante. Ese Nathan podía llevar el Amuleto al cuello, porque era su responsabilidad, pero nunca lo habría usado.

El Nathan que él conoció ya apenas existe, lo ha comprobado varias veces en los últimos tiempos. Y aun así…

—El… El brujo que lo acompañaba en las montañas. Él tiene que ser el culpable. Le… Le tiene que estar engañando…

Los ojos claros del necromante se enfrían un poco más, como cada vez que algo le recuerda a esa persona de su pasado. Nombrarla parece ser lo único que siempre consigue alterar esa calma frustrante que muestra habitualmente.

—No me verás defender a Astrey jamás, celestial, pero dudo que ni siquiera él pueda arrastrar a alguien a Yuda en contra de su voluntad —replica, con la voz helada—. De todos modos, deberías alegrarte: la emperatriz considera que quizá se sienta más inclinado a ayudarnos si es uno de los suyos. Tú lo conoces mejor: ¿qué opinas?

Darien resopla.

—Nathan no es uno de los suyos, pero, aunque lo fuese, no ayudará a la emperatriz.

—¿Ni siquiera cuando sepa que tú estás aquí?

—Ya os lo he dicho: tenerme aquí no os servirá de nada.

—Supongo que ya lo veremos. —Caleb se acerca un paso hacia él, dos, y Darien levanta la barbilla para poder seguir mirándolo de frente—. Pero yo creo que debería venir por las buenas mientras tenga oportunidad.

—¿O qué? ¿Iréis a buscarlo vosotros mismos, como cuando asaltasteis la basílica? Fallasteis. Después, tú mismo lo seguiste hasta las montañas y tampoco pudiste hacer nada. No sé si Nathan tiene un demonio dentro o no, pero sí sé que tiene el Amuleto del Tiempo, y estoy seguro de que ni siquiera tu cuerpo podría resistir si lo usase contra ti.

Caleb ladea la cabeza. Darien odia que su tranquilidad haya vuelto. Odia que él sepa qué palabras usar para ponerlo de los nervios pero no ser capaz de hacer lo mismo.

—¿Eso te gustaría, celestial? ¿Que el Portador acabase conmigo?

—Sí.

La palabra le sabe amarga en la boca en cuanto la pronuncia, pero el necromante no se muestra afectado por la respuesta. El siguiente silencio, la siguiente batalla entre sus miradas, se alarga hasta tres segundos.

—Esa sí que ha sido una mentira —concluye Caleb.

Darien aprieta los puños. Le gustaría que no tuviera razón.

—¿Cómo puedes estar tan seguro? Si Nathan acabase contigo, yo sería libre.

—Si acabase conmigo, quizá recuperarías tu alma, pero tu libertad seguiría dependiendo de la emperatriz… y no creo que ella accediese a soltarte así como así. Pero, más allá de eso, sé que no me deseas la muerte, celestial, a pesar de que sería lo más lógico. —Caleb lo observa como si algo en él fuera profundamente incomprensible—. Supongo que en vuestro reino sagrado no os enseñan que la compasión puede ser una gran virtud o un terrible defecto.

Él resopla.

—La compasión siempre es una virtud. Y tú, aunque finjas ser de hielo, también la sientes.

—No diría que esté siendo muy compasivo contigo. Te he robado la voluntad y te he entregado a los enemigos de tu reino, ¿recuerdas?

—Y, aun así, no has vuelto a darme ni una sola orden desde hace semanas, sino que sigues insistiendo en que sea yo quien decida cuándo ver tus recuerdos.

Caleb entrecierra los ojos y Darien decide tomarse como una victoria que en esa ocasión no tenga otra respuesta rápida preparada. Al menos, hasta que ve cómo sus dedos se alzan y todo el cuerpo se le pone en tensión. Es repentinamente consciente de lo cerca que están, de que Caleb podría tocarlo en ese momento sin necesidad de órdenes y forzarlo a ver algo.

Pero no lo hace. Su mano tan solo se aferra al medallón que lleva colgado del cuello y eso es casi peor. En cuanto roza la pieza de oro, Darien vuelve a sentir ese familiar estremecimiento que le sube por la columna.

—Tienes razón, pero quizá mi paciencia tenga un límite. —La voz del necromante es una advertencia, algo grave y quedo que grita peligro—. Tal vez debería dejar de lado esa compasión que dices que siento, dado que hace dos semanas que evitas tocarme.

El celestial traga saliva, pero se obliga a no apartar la mirada.

—No vas a hacerlo.

—¿Me estás retando?

—No, pero, del mismo modo que tú sabes que yo no te deseo la muerte, yo sé que tú no deseas darme órdenes.

Caleb no responde. Tan solo lo observa, sin dejar de acariciar el ojo de Destino del medallón con el pulgar. Lo siente, igual que siente la tensión que se enreda entre ellos. Quizá está tentando demasiado a su suerte. Quizá está demasiado cerca de rebasar un límite y está a punto de pagar por ello; quizá es cierto que ese chico no puede sentir ningún tipo de compasión y que ha empezado a agotar su paciencia después de esos días manteniendo todas las distancias posibles con él.

Darien se fija en cómo Caleb se humedece los labios y el corazón se le sube hasta la garganta. El necromante abre la boca y…

—¡¡Te encontré!!

El celestial se sobresalta y se vuelve. Siente el pulso disparado, aunque no sabe si es por el susto que le provoca escuchar otra voz o por las amenazas de su captor. Apenas entiende qué ha pasado hasta que reconoce a la muchacha menuda y escandalosa que se acerca a ellos a la carrera. Su vestido rojo y negro repleto de escamas la hace parecer un demonio surgido de las sombras y listo para atacar, pero a esas alturas Darien ya ha aprendido que esa chica solo es humana.

Ishtar Brynsen de Odelia, la última descendiente del Inmortal.

En los últimos días, se ha cruzado con ella en varias ocasiones y ha llegado a la conclusión de que la princesa imperial no es peligrosa, quizá porque ni siquiera es una bruja como tal. Aun así, tiene suficiente tiempo libre para perseguirlo por los pasillos cada vez que él se atreve a salir de su cuarto para buscar una salida, como si sus intentos de huida fueran un juego especialmente divertido.

—¡Cada vez se te da mejor esto, santito! —exclama. Tiene una gran sonrisa en la cara y la respiración un poco truncada—. Creo que al fin te estás acostumbrando a los pasillos. ¿Cuánto hemos tardado hoy en encontrarlo, Derek?

—Quince minutos.

Darien se gira de nuevo, solo para ver a dos necromantes en lugar de uno frente a él. Caleb mira de reojo al chico que ahora apoya un brazo en uno de sus hombros, uno de los compañeros junto a los que asaltó la basílica de Daiva. Darien no sabe mucho de él más allá de que siempre está cerca de la princesa y que no tiene sentido que parezca llevarse tan bien con alguien como Caleb, porque no podrían ser más diferentes: mientras que Caleb es tranquilo y poco expresivo, Derek siempre parece tener una sonrisa socarrona en la boca y muchas ganas de molestar. La mitad de su cara está llena de tatuajes con forma de enredaderas, los cuales deja al descubierto con orgullo al llevar el pelo largo y negro semirrecogido en un moño alto.

—¿Te acuerdas cuando no tardábamos ni cinco? —se ríe la princesa.

La muchacha se detiene demasiado cerca de Darien para su gusto. Por lo general, en el Templo, la gente guardaba las distancias a su alrededor. En el palacio de Odelia, sin embargo, nadie parece entender lo que significa su don o lo que puede llegar a hacer. Nadie le tiene miedo, y, aunque ese debería ser un cambio agradable, en realidad resulta un poco frustrante.

—Ya os he dicho que el celestial es un prisionero, no un ratón que cazar por todo el palacio —interviene Caleb—. Y tú no deberías correr por los pasillos.

La advertencia hacia la princesa está teñida de una preocupación velada que Darien ya ha visto antes durante las últimas semanas. En esa actitud también ha vislumbrado algunos retazos de la compasión de ese muchacho, por mucho que el necromante quiera fingir no tenerla y por mucho que a él le gustaría que no la tuviese.

Ishtar de Odelia esboza una sonrisa maliciosa.

—También es mi prisionero y, como tal, puedo hacer con él lo que me plazca. ¿O es que solo quieres cazarlo tú?

—Yo considero que él hace trampas, si puede sentirlo a través del medallón —protesta Derek—. Si nos lo prestaras un día…

Darien se pone en tensión en cuanto la mano del necromante se extiende hacia el ojo de oro que cuelga del cuello de su captor, pero Caleb se la aparta de un golpe seco antes de que pueda llegar siquiera a rozarlo.

—Como ya he dicho, no es un juego.

El celestial desearía no sentir alivio por su reacción o por la mirada de advertencia que Caleb lanza hacia su amigo. De forma casi inconsciente, aferra el medallón vacío que cuelga de su propio cuello y se recuerda que debería estar enfadado, ya no solo por el encierro, sino por haberse convertido en poco más que un muñeco de la hija de la emperatriz. No tiene por qué aguantar esa situación, así que se niega a decir nada más antes de ponerse en marcha para volver a su cuarto. Allí, al menos, no es ningún ratón, ninguna presa, ningún juguete; allí no están ninguna de esas personas y la soledad puede seguir alimentándose de él.

Darien esquiva a la princesa y enfila el pasillo por el que ha venido. Con suerte, un par de giros en las esquinas adecuadas lo llevarán de vuelta a su dormitorio.

—¿Te has enfadado, santito? —La voz de la muchacha lo sigue, igual que sus pasos, que se apresuran cuando él mismo empieza a ir un poco más rápido—. Venga, solo estamos intentando que tu estancia sea más…

El ataque de tos llega sin previo aviso y Darien se detiene por acto reflejo al escucharlo.

La princesa imperial está enferma. Eso es algo que ya había descubierto en los recuerdos de Caleb, pero en las últimas semanas también ha podido comprobarlo por sí mismo. No sabe qué le pasa exactamente, porque no ha querido preguntar, pero resulta evidente que lo que la mantenía encamada hace años, cuando Caleb y los suyos aceptaron trabajar para ella por primera vez, no ha mejorado. En los últimos días, ha presenciado varios arranques de tos que parecían complicados e incluso la ha visto desfallecer en una ocasión. Siempre que algo así ocurre, sin embargo, Caleb y Derek están cerca, como ahora, o aparecen rápido. Derek se apresura a ponerse a su lado y a pasarle una mano por la espalda mientras le susurra algo; Caleb se mantiene unos pasos más atrás. Darien reconoce la preocupación en la forma en la que este último entrecierra los ojos, en la manera en la que tensa los dedos de la mano izquierda.

El arranque resulta no ser grave en esta ocasión. La princesa alza un brazo, como si quisiera avisar de que está bien, aunque todavía sigue tosiendo un momento más. La escucha tomar aire por la nariz y, después, se endereza. El celestial se da cuenta de cómo le tiemblan los dedos con los que se ha tapado la boca y de la pequeña mancha oscura que queda en su falda cuando se la limpia contra la tela.

—Perdón. —Aunque la muchacha trata de hacer como si no hubiera pasado nada, está más pálida y es obvio que agradece que Derek la ayude a mantenerse erguida—. ¿Qué decíamos…?

Los hombros de Caleb se destensan solo entonces. Incluso Darien, a su pesar, deja escapar un suspiro de alivio.

—Que no debes correr por los pasillos —repite el necromante. Sus ojos caen sobre su compañero—. Ve con ella, yo me encargo de que el celestial vuelva a su habitación.

Derek asiente antes de ponerle una mano en la espalda a la princesa para instarla a acompañarlo y dejar que se apoye en él si lo necesita.

—Siempre me pregunto por qué no le da una orden. —Aunque el otro necromante y la muchacha empiezan a alejarse, Derek habla lo suficientemente alto como para que puedan seguir escuchándolo—. Sería mucho más fácil decirle «te ordeno que vuelvas a tu habitación» que tomarse la molestia de acompañarlo hasta allí.

—Ya te lo he dicho: quiere ser el único que lo cace.

Darien siente que se le colorean las mejillas de rabia y vergüenza, pero Caleb solo pone los ojos en blanco mientras los otros dos desaparecen al girar una esquina.

—Vamos —dice, antes de echar a andar.

El celestial resopla antes de seguirlo, porque de todos modos no hay mucho más que pueda hacer. Aun así, no camina a su lado, sino que se queda un par de pasos por detrás de él, con la mirada fija en su espalda. El silencio los acompaña durante unos pasos, mientras la pregunta que lleva días queriendo pronunciar se le enreda en la lengua.

—¿Qué ocurre?

Darien da un respingo cuando Caleb gira la cabeza para mirarlo.

—No ocurre nada.

—Claro que sí. Hay algo que quieres decir, ¿no?

No entiende cómo puede saberlo. No entiende cómo puede entender sus silencios tan bien, cuando a él le cuesta tanto interpretar los suyos.

—Habla —insiste el necromante.

—La princesa imperial… Lleva años enferma, ¿verdad? ¿Se…? ¿Se va a recuperar?

Caleb se detiene, con las cejas alzadas de nuevo en esa expresión de incredulidad o incomprensión, como si acabara de hacer una pregunta ridícula o fuera de lugar. Darien se apresura a apartar la vista hacia el suelo, avergonzado. Sabe que ambos están pensando lo mismo: que no debería hacer esa pregunta, que no debería preocuparse en absoluto por sus enemigos. Si Ishtar de Odelia tiene una enfermedad crónica o no, no es su problema. Si esa chica se muere mañana mismo, no es su problema.

Tras unos instantes, el necromante suspira antes de volver a retomar la marcha. Es lo más parecido a una rendición que Darien le ha escuchado jamás.

—Lo estamos intentando.

Darien hace un mohín, porque esa respuesta no es muy prometedora. Una parte de él quiere investigar más; otra, la que ha servido a Destino durante toda su vida, no sabe si debe.

—¿Por eso vives en el palacio? ¿Porque intentas ayudarla?

—Podría decirse que sí.

Darien aprieta los labios, pero se apresura a ponerse a su altura para caminar a su lado y poder estudiar su rostro. Caleb no trata de evitarlo y lo mira de reojo.

—¿Por qué me persigue todos los días? Ni siquiera debe de hacerle ningún bien, ¿no? ¿Le divierte jugar conmigo?

El necromante se humedece los labios, como si tuviera que reflexionar bien esa pregunta.

—Probablemente le resultes muy entretenido, sí. —Darien frunce el ceño, pero entonces Caleb se encoge de hombros—. Creo que en realidad solo quiere acercarse a ti. Aunque tú llevas dos semanas encerrado aquí, celestial, Ishtar lleva veintidós años. Ha estado enferma casi desde que nació y la emperatriz es… estricta con su protección, así que no le permite salir más allá de los jardines. Solo ha podido visitar su propia ciudad en algunas ocasiones excepcionales, pero el resto de Evren es un misterio para ella. Lo único que sabe de los celestiales es lo que ha podido leer en los libros o lo que le hayan contado sus maestros: tú eres el primero de los tuyos con el que ha hablado jamás.

No sabe cómo tomarse eso. Por un lado, lo hace sonar mucho más importante de lo que él se siente. Por otro, puede entenderla más de lo que le gustaría. ¿Cuántas veces quiso él conocer más del mundo? Puede que incluso sintiera un poco de curiosidad por los brujos, por eso no ha dejado de leer sobre ellos desde que está aquí y por eso tampoco pudo dejar de mirar a todos lados cuando llegaron a la ciudad, porque le pareció un poco… fascinante.

Aunque en el Templo considerarían esa confesión una prueba de que está a punto de desviarse del camino correcto.

El celestial aparta la mirada de nuevo hacia sus pies.

—Si quiere saber algo, solo tiene que preguntar —murmura.

—Se lo diré.

El silencio que llega entonces es distinto. No pesa, no está lleno de esa tensión que siempre los rodea. Eso es quizá lo que más le cuesta asimilar: todos los momentos en los que hablan como si pudieran llegar a entenderse. Odia la sensación, porque le resulta contradictoria y compleja. Le gustaría ser capaz de ver en el necromante solo a un captor, a una pesadilla, a alguien a quien despreciar con todas sus fuerzas y a quien podría desearle la muerte. Sin embargo, siempre que parece que va a conseguirlo, hay algo que los acerca de nuevo, como si fueran elementos de la naturaleza completamente contrarios pero obligados a coexistir.

Caleb se detiene y Darien mira a su alrededor para comprobar que en apenas un par de minutos ha deshecho un camino que él habría tardado una buena media hora en recorrer. Siente ganas de gruñir, frustrado, pero se limita a abrir la puerta ante la que se han parado. Al otro lado está el cuarto que tan bien empieza a conocer: la cama está hecha, alguien se ha llevado la bandeja con los restos de su desayuno y los libros que ha dejado sobre el asiento junto a la ventana forman una torre perfecta.

Aunque va a entrar, se detiene un segundo. Sus dedos se aprietan un poco más sobre el pomo de la puerta.

—Creo que Derek tiene razón —dice.

—Sería la primera vez. ¿En qué, exactamente?

—En que podrías haberme dado una orden para que volviese yo solo. En realidad, podrías prohibirme salir de mi cuarto y yo tendría que obedecer; podrías obligarme a hacer cualquier cosa que quisieras. —Cuando gira la cabeza para observarlo, Caleb le sostiene la mirada con esa expresión que es tan difícil de leer y que, sin embargo, ya empieza a ser demasiado familiar—. Pero nunca lo haces.

No espera ninguna respuesta por su parte. La puerta se cierra a sus espaldas y Darien se apoya contra ella. Tarda todavía un par de segundos en escuchar los pasos de Caleb alejándose por el pasillo y, cuando ya no los siente, suspira.

La soledad se desliza por la pared y vuelve a posarse sobre sus hombros.

—¿Cuántas de nuestras piezas crees que van a llegar al final del juego?

—Ninguna de las tuyas, si puedo evitarlo.

II

TIEMPOS PASADOS

NATHAN

Denna está harta de él.

A Nathan le gustaría que fuera una suposición más que un hecho, pero la necromante se lo confirma mientras le palpa el hombro herido:

—Estoy harta de ti, Nathan Tabiz. ¿Cuántas veces más voy a tener que remendarte?

Él abre la boca para responder, pero la sensación de un cúmulo de gusanos siendo extendido por su piel y reptando por sus heridas abiertas hace que solo pueda emitir un gruñido de incomodidad. Aunque a esas alturas ya debería estar acostumbrado a los métodos de sanación de la necromante, le resulta igual de asqueroso que la primera vez.

—Yo creo que le gustas, Denna —interviene Astrey, desde la mesa llena de plantas en la que se ha sentado, con su sonrisa gigante y llena de burla bien presente en su boca—. Pero, como ahora ya no tiene la excusa de estar ciego para venir a hablar contigo, tiene que hacerse daño. ¿No te parece romántico?

Nathan le gruñe también a él, mientras que Denna opta por ignorarlo sin más. La risa del espíritu se mezcla con el silbido con el que la necromante pone en marcha su magia y el Portador aprieta los labios, en tensión, mientras la energía vital de los insectos se le mete dentro y empieza a cerrarle la herida. Al menos esa sensación sí es agradable, cálida y reconfortante, aunque signifique que hay bichos muriendo dentro de su propia piel.

Denna tiene razón: no es la primera ni la segunda vez que Nathan visita la enfermería desde que vive en el refugio. Los primeros días habituándose a los poderes de su demonio fueron complicados y terminó lleno de magulladuras por (según Elira) querer hacer demasiadas cosas demasiado rápido y (según Astrey) pasarse de listo. Ahora, recién llegado del entrenamiento en Yuda, vuelve a ser el único que ha resultado herido de cierta gravedad.

—Se supone que tenía un par de guardianes para cubrirme las espaldas, no es mi culpa si no han hecho su trabajo.

—¿Cómo puedes ser tan desagradecido? —protesta Astrey—. Habríamos hecho nuestro trabajo si tú te hubieras quedado quietecito en un único lugar, como te dijimos que hicieras. Pero no, tuviste que empezar a moverte.

—¡No fui yo! Ya os he dicho que el demonio tomó el control.

—Lo cual es peor. —Elira se ha apoyado contra una de las estanterías llenas de pócimas y lo observa con los brazos cruzados sobre el pecho y la expresión estricta que pone cuando le hace una pregunta y él da una respuesta errónea—. Pensaba que lo tenías dominado.

«Oh, me tiene dominado. Lo que no tiene tan dominado es no dejar que el Amuleto del Tiempo le provoque, ¿verdad, Nathan? ¿Vas a decírselo o no?».

Él aprieta las manos sobre sus piernas y decide ignorar la voz que tiene dentro.

—Si ni siquiera puedes controlar a un demonio, es imposible que controles el Amuleto —farfulla Denna, cuando termina la canción.

Denna, además de una magnífica necromante, es la persona más contraria a la idea de que aprenda a usar el Amuleto que hay en el refugio y no duda en utilizar cada mínima oportunidad para dejarlo claro. Aunque no lo rechaza ni lo teme del mismo modo en que lo hacían en Daiva, considera que su poder no puede traer nada bueno y no para de repetir que Elira no debería involucrarse con ese tipo de magia. Astrey, por supuesto, piensa justo lo contrario, mientras que la princesa de Orlaith parece hacer caso a uno u otro dependiendo de la situación. En su opinión, es positivo que Nathan aprenda, que entienda todo lo que pueda sobre el objeto que ha heredado, porque el conocimiento es poder y no tenerlo lo hará todavía más vulnerable.

Solo Astrey sabe para qué necesita dominar por completo su poder.

—Controlo a mi demonio. Y empiezo a controlar el Amuleto. Al menos, lo entiendo más que antes, pero…

Calla. Hay tres días de viaje a caballo entre Yuda y el refugio de Los Elires en las montañas, y Nathan se ha preguntado durante todos ellos si debería hablar o no sobre lo que estuvo a punto de suceder en la explanada. Una parte de él teme que esas personas lo consideren un peligro en cuanto lo sepan, pero también es consciente de que no puede ignorar lo que vio, lo que sintió.

Al menos ya no escucha la voz del Amuleto intentando provocarlo para que vuelva a probar la sensación de ir tan atrás, de descubrir un mundo que nada tiene que ver con el suyo.

—¿Pero? —presiona Astrey.

Nathan duda un instante más antes de fijarse en Elira. Esa mujer es probablemente la mayor experta sobre el Amuleto del Tiempo en todo Evren, o al menos la única persona con grandes conocimientos que tiene cerca, así que solo le puede pedir consejo a ella.

—¿Sabes si ha existido algún Portador capaz de viajar a un momento del pasado en el que no hubiera vivido? ¿Tienes… algún registro sobre eso?

Siente de manera casi física el silencio que llega después de hablar. Elira lo mira casi con desconfianza, como si estuviera segura de que nada bueno va a venir después de esa pregunta.

—¿Por qué quieres saber eso ahora?

—Porque creo que mi demonio ha evitado que terminase en la batalla de Yuda.

Nathan empieza a habituarse a provocar desastres, así que es consciente de que sus palabras traen uno a la habitación. La primera brecha está en el ceño de Elira, la segunda en la manera en la que Astrey pierde un poco la sonrisa al mirarlo con incredulidad, la tercera en el ruido que Denna hace a su espalda al cerrar con demasiada fuerza la caja en la que mantiene vivos a los gusanos.

Y después empieza la discusión:

—Os dije que era mala idea dejarle usar el Amuleto. —Denna no puede ver, pero aun así no tiene ningún problema en girar la cabeza hacia el lugar exacto en el que está Astrey—. Esto es culpa tuya, espíritu. Te pareció muy divertido traer ese poder a nuestro refugio, pero ese maldito objeto nunca causa nada bueno, la historia tiene mil ejemplos de ello. —Después, se gira hacia Elira—. Y tú te los sabes todos, pero aun así has decidido seguirle el juego a Linsen. Una cosa es que dejes que se meta en tu cama y otra que dejes que se meta también en tu cabeza, Elira.

A Astrey se le escapa un silbido impresionado.

—Eso ha sido bastante ofensivo, y ni siquiera para mí. Elira toma sus propias decisiones y tú estás montando un escándalo cuando no ha pasado nada en absoluto.

—Porque un demonio lo ha evitado. —La necromante se gira hacia Nathan—. No es nada personal, pero resulta preocupante que una criatura de Caos sea quien tenga que evitar que borres los últimos setenta años de historia y, con ellos, probablemente, el mundo.

—¿Ese aire catastrofista te lo dio Muerte al bendecirte o naciste con él, Denna? —replica de nuevo Astrey.

—Lo desarrollé en el mismo momento en el que Elira permitió que te unieras a nosotros, porque sabía que tú y tus ideas nos llevaríais a…

—Silencio. Los dos.

Si Nathan está acostumbrándose a crear desastres, Elira parece más que habituada a solucionarlos. Esa situación también la ha visto varias veces en las últimas semanas: es ella quien siempre pone calma en ese lugar, no solo entre sus compañeros, sino en cualquier tipo de conflicto que pueda surgir en el refugio, en el que viven al menos un par de centenares de personas. Quizá por eso todo el mundo la respeta. Quizá por eso incluso Nathan ha empezado a hacerlo, porque Elira siempre tiene soluciones y se está esforzando por ayudarlo más de lo que nadie lo había ayudado en toda su vida, al menos en lo que al Amuleto respecta.

Por eso se siente un poco incómodo cuando ella no aparta la mirada de él. Aprieta los labios y baja la vista, tentado de pedirle perdón, como un alumno que sabe que ha decepcionado a su maestro. Ni siquiera es que le importe lo que la rebelde opine de él, pero sabe que su ayuda es valiosa y no puede permitirse perder su confianza. Quizá no debería haber dicho nada. Necesita seguir practicando, necesita controlar el Amuleto a la perfección para poder volver atrás, no tantos años como el Amuleto quería, pero sí el tiempo justo para evitar que todo acabara como acabó. El tiempo suficiente para tratar de convencer a Adam de que morir por él no tiene ningún sentido o advertir a Lilith de la posible muerte de su hermano. El tiempo suficiente para mentir y decir que ha tenido una visión sobre las cosas que tienen que evitar y hacer pasar por una misión de Destino lo que será toda una traición.

No sabe qué será de él entonces, pero sabe que, de ese modo, podrá salvarles la vida a todos. De ese modo, Adam y él tendrán otra oportunidad.

—Existe una leyenda sobre la isla de Galia.

La voz de Elira lo sobresalta un poco y él levanta la vista para observarla. Como siempre que da lecciones, la líder de los rebeldes empieza a caminar por la habitación. Un día le dijo que pensaba mucho mejor estando en movimiento.

—Supongo que has escuchado muchas veces que la isla desapareció por culpa de un Portador, ¿verdad?

Nathan asiente. En el Templo solían contar esa historia para hablar de los desastres que podría llegar a provocar el Amuleto, así como de la soberbia y el egoísmo de los Portadores. Pero es solo eso, una leyenda, porque sobre Galia no quedan registros. Todo lo que se sabe con certeza es que un día la isla se hundió en el fondo del mar, a causa de un maremoto que se la tragó y la convirtió en una civilización perdida. Al contrario que en Arsay, Yuda o Árava, su catástrofe no dejó ni un solo superviviente.

—Aunque hay muchas versiones distintas de esa historia —continúa ella—, hay una que a mí me convence más que cualquier otra. Existen varios Portadores que hablan de que el Amuleto está obsesionado con el pasado: le gusta alimentarse de personas que deseen cambiarlo, le gusta… confundirlos. —Elira le lanza una mirada de advertencia—. Y el Portador que acabó con Galia era una de esas personas: un fanático de la historia de Evren, un erudito que consideraba que había habido muchas desgracias que podrían haberse evitado si tan solo algunas cosas hubieran sido un poco diferentes. Estaba convencido de que, si se hubiera advertido a ciertas personas de determinadas decisiones antes de que se tomaran o hubieran actuado de un modo distinto al que lo hicieron, Evren podría haber sido un lugar mejor. «Si alguien hubiera convencido a este rey de que no tomara esa decisión, no habría habido una guerra», «si se hubiera evitado el nacimiento de esa persona, aquellas otras jamás habrían muerto». Y, como estaba obsesionado con demostrar su teoría y crear exactamente el mundo que él ansiaba, recurrió al único objeto que podía cumplir su deseo.

—El Amuleto del Tiempo.

Elira asiente.

—Mató al Portador que lo tenía en aquel momento y se dijo que era por las razones adecuadas, que en manos de alguien que sabía tanto, que entendía cada suceso que había ocurrido alguna vez y cómo podía solventarse, el Amuleto sería realmente útil y no una fuente de discordias estúpidas. Él, al contrario que los demás, lo usaría para algo bueno, para salvar vidas, para conseguir un mundo perfecto.

—¿Y lo logró?

Nathan sabe que ha hecho la pregunta equivocada en cuanto Elira detiene su paseo y lo mira casi con decepción.

—Todos los registros sobre Galia antes de su hundimiento hablan de una tierra que durante muchos años fue idílica y libre de conflictos. Demasiado libre de conflictos, quizá. Pero lo cierto es que no importa cómo fuese, o por qué fue así, porque un día el mar la reclamó y nadie sobrevivió. —El Portador hace una mueca al comprender de golpe la lección que se esconde tras esas palabras, pero Elira continúa—: Ten cuidado con obsesionarte con las cosas que ya han pasado, Nathan. Quizá en algún momento te parezca que puedes cambiarlo todo, pero de nada sirve un pasado mejor a cambio de un futuro condenado.

El problema es que su futuro ya está condenado, de una manera u otra. Su futuro se perdió para siempre en el instante en el que Adam dejó de respirar entre sus brazos y volvió a romperse al mismo tiempo que las montañas cuando usó el Amuleto para evitar que Lilith acabara con él. El futuro es una palabra que ya no tiene sentido para él porque todas las personas con las que se imaginaba uno han desaparecido.

—La verdad es que creo que deberías hacerle caso a Elira. —Astrey trata de borrar la tensión que se asienta en la enfermería con su tono despreocupado—. Es mejor que evites perderte en tiempos demasiado lejanos: a lo mejor tropiezas con una piedra y evitas hasta nuestros nacimientos, y me gusta bastante mi vida.

Denna resopla y vuelve a girarse hacia él.

—¿Todo es una broma para ti, Linsen?

—Tengo que compensar tu falta de humor, Denna, querida. Está claro que la mayoría de los necromantes habéis dejado que vuestra gracia siga el ciclo vital para que llegue a otras personas.

Nathan ignora la discusión que vuelve a empezar entre ellos. Sus pensamientos se quedan atrapados en las palabras de Elira, en ese posible Portador que quizá consiguió mejorar muchas cosas pero que a la larga condenó a toda una civilización. La cuestión es que no sabe qué pensar al respecto. Sí, la isla se hundió y con ella se perdieron decenas de miles de personas. Probablemente incluso el Portador se arrepintió de lo que había hecho durante todo ese tiempo cuando vio las olas llegar y se dio cuenta de que ante ese desastre ni siquiera él podía hacer nada, sin importar cuán poderoso se hubiera creído hasta ese momento.

Pero ¿qué ocurre con todas las personas que sí fueron felices gracias a todos los cambios, antes de que el maremoto llegase? Si les hubieran dicho que ese sería el precio, ¿qué habrían hecho?

—¿Y si hubierais sido vosotros?

Las palabras se le escapan antes incluso de que pueda ser consciente de ellas, casi como si su demonio hubiera vuelto a tomar el control de su cuerpo. Pero no lo ha hecho. Esa idea es toda suya y consigue que los presentes vuelvan a fijarse en él.

—¿Si nosotros hubiéramos sido Portadores? —pregunta Elira.

—No. Si hubierais sido las personas a las que el Amuleto podía salvar, ¿habríais querido que se usara o no?

—No. —Denna no duda.

—Sí. —Astrey tampoco.

La única que no responde es Elira. El Portador comparte una mirada con ella, pero no consigue adivinar cuál es su respuesta.

Por un momento, Nathan también se plantea qué elegiría él en ese caso. Si él fuera la víctima, no el ejecutor. Si el poder de cambiar las cosas no estuviera en sus manos, sino en otras. Si Adam hubiera sido el Portador y él solo el chico que perdió la vida.

Y se pregunta si es egoísta tener tan claro que él sí querría ser salvado.

ELIRA

—¿Hoy no hay sitio para mí en tu cama? Espero que esto no sea por lo que ha dicho Denna o voy a tener que discutir con ella de verdad.

Elira deja escapar un resoplido antes de levantar la vista del libro que tiene entre las garras y fijarse en el espíritu que se apoya justo en la entrada de su cuarto. No se sorprende al verlo porque ha sentido a su demonio antes incluso de que el brujo se decidiera a mostrarse, demasiado habituada a su presencia vibrante y peligrosa y a la manera en la que la criatura que tiene en su interior responde ante ella. Llevan demasiados años el uno junto al otro y sería capaz de reconocer esa energía tan particular casi en cualquier parte.

Astrey luce su sonrisa de siempre en la boca, tan llena de misterios y promesas como de costumbre. Elira lanza un vistazo a todos los libros que hay a su alrededor, sobre el colchón en el que ella misma se sienta, y se encoge de hombros.

—No te preocupes, Denna no tiene nada que ver en esto: simple y llanamente los libros son mucho más interesantes que tú.

Astrey se lleva una mano al pecho, como si Elira acabara de modificar la materia para lanzarle un dardo directo al corazón.

—No me parece justo: ¿qué te dan ellos que no tenga yo? ¿Es por una cuestión de tamaño? Sé que te gustan los libros bien grandes, pero puedo pedirle a mi demonio que se encargue de eso: ya sabes que puedo modificar mi cuerpo a mi antojo, pero, sobre todo, al tuyo…

Elira pone los ojos en blanco antes de volver la vista hacia su lectura y mover la mano para lanzarle uno de los libros a la cara, aunque sabe que no va a conseguir hacerle ningún daño. El brujo detiene el tomo en el aire antes de atraparlo y echarle un vistazo.

—¿De verdad El origen del Tiempo es más interesante que yo? Ni de broma: la autora apenas sabe hilar dos palabras seguidas. En comparación, creo que yo sé mucho mejor que ella cómo llamar tu atención…

—Yo no lo diría como algo bueno —puntualiza ella, mientras pasa una página. Pese a ello, es consciente de que Astrey se adentra en el cuarto sin permiso y empieza a acercarse a la cama.

—Yo sí. Me lo dijiste una vez, ¿te acuerdas? Que no hay muchas cosas que llamen tu atención, pero, cuando algo lo consigue, te obsesionas con ello…

Elira finge que no le importa en absoluto que Astrey se acerque hasta tomar asiento justo detrás de ella y extienda una mano para apartarle los cabellos sueltos hacia un lado. La caricia de sus dedos (demasiado suaves, demasiado delicados, sin mácula) lanza un estremecimiento agradable por su espalda, pero decide hacer como si nada.

—¿Y eso es lo que quieres? ¿Que me obsesione contigo?

—Al menos tanto como lo he hecho yo contigo, mi reina.

Elira vuelve a resoplar, divertida, mientras el brujo deja caer un beso sobre la curva de su cuello. Aun así, no trata de quitarle el libro de las manos, por si de verdad quiere prestarle más atención a la lectura que a él. Esa es probablemente una de las cosas que más le gustan del espíritu y de esa relación extraña e indeterminada que tienen desde hace años: Astrey nunca intenta limitar ni censurar nada de ella, sino que tan solo le permite ser justo lo que necesita en cada momento. Quizá porque ella hace lo mismo con él. Quizá porque los dos son conscientes de todas las cosas buenas y horribles que pueden llegar a ser.

—No respondiste a la pregunta de Nathan.

Las palabras caen de manera tan casual como el beso que le aterriza en el hombro, justo después de que Astrey le aparte un poco la tela de la camisa.

—Tú sí, en cambio. Ni siquiera dudaste, aunque deberías tener más cuidado con lo que dices delante del chico. —Elira le lanza un vistazo de soslayo que está cargado de advertencia—. Es joven, impulsivo y está aprendiendo.

Astrey no se muestra afectado por la reprimenda, como si considerase que no ha hecho nada malo. Uno de sus brazos se acomoda alrededor de su cintura y la insta a apoyar la espalda contra su pecho; su boca le recorre el cuello a medida que habla:

—Nathan es joven, pero no es ningún niño: piensa por sí mismo y seguirá haciéndolo por mucho que nos oiga decir cualquier cosa. Y podemos ayudarlo, podemos… guiarlo, pero es difícil controlarlo. Créeme: es mejor que confíe en nosotros a que sienta que lo estamos manipulando para que haga, repita o piense lo que nosotros queremos. Eso es lo que los celestiales han hecho con él toda su vida y dudo que quiera repetir la experiencia.

Elira frunce un poco el ceño, pero vuelve la vista hacia su lectura porque es consciente de que el espíritu lleva la razón y odia cuando tiene que dársela, así que prefiere callar. Sabe que Astrey está muy satisfecho de ganar esa batalla porque escucha una risita junto al oído antes de que su mano libre le roce el borde de la camisa, justo a la altura del muslo. Su aliento le acaricia la oreja cuando le susurra:

—¿Y bien? ¿Cuál es tu respuesta?

—No es una pregunta sencilla, al contrario de lo que tú y Denna parecéis pensar.

—¿Y cuándo le has tenido tú miedo a las preguntas complejas?

—No tengo miedo.

—Entonces, respóndeme. —La mano que estaba en su cintura se alza para poder tomarla del mentón y, esta vez sí, hacer que aparte la vista del libro y la fije en sus ojos grises, tan claros como la plata derretida—. ¿Querrías que alguien te salvara, mi reina?

Elira entrecierra los párpados, demasiado consciente de qué es lo que quiere escuchar de ella. Existe un problema con Astrey, y es que, mientras que la mayor parte de la gente en ese refugio parece creer que su líder es casi perfecta, porque la han convertido en un icono y un símbolo de esperanza, algo a lo que aferrarse en medio de la necesidad, el espíritu sabe demasiado bien que eso está muy lejos de ser cierto. Lo ha comprobado las veces suficientes y es obvio que le da igual, del mismo modo que a ella tampoco le importa que él esconda mil cosas debajo de la sonrisa o que esté acostumbrado a hacer lo que haga falta para sobrevivir. Si se entiende tanto con Astrey no es solo por la atracción que ha tirado de ellos prácticamente desde el día que se conocieron, sino porque a menudo le da la impresión de que los dos están hechos del mismo material. No es un material bonito, no es brillante, es duro y afilado, pero es resistente, y eso es todo lo que ambos necesitan.

Por eso ahora está segura de que Astrey insiste tanto en esa pregunta para animarla a pronunciar algo horrible. Está claro que disfruta demasiado de los momentos en los que ella le deja ver sus partes más feas, las egoístas, las punzantes, como si le gustara pincharse la piel con ellas.

Pero a Elira le gusta llevar todas esas partes bien cubiertas la mayor parte del tiempo.

—¿Y tú? —replica, como si le devolviera un reto—. Tienes claro que querrías que otros arriesgasen el mundo por ti, pero ¿tú arriesgarías al resto del mundo por salvar a alguien?

—Sí.

Elira hace un mohín ante la rapidez con la que responde. Astrey, sin embargo, se muestra muy calmado, como si le hubiera hecho la pregunta más sencilla del mundo. La mano que tiene sobre su rostro se mueve para enmarcarle la mejilla.

—No hay muchas personas en este mundo que me hagan feliz —prosigue, mientras le repasa la boca con el pulgar—. ¿Crees que me importa decir que soy lo suficientemente egoísta como para querer mantener a mi lado a quienes lo hacen? ¿Te parece demasiado monstruoso?

La princesa entreabre los labios, momentáneamente sin respuesta, casi sin aire, porque parece que esté hablando de ella. Y ellos no hacen eso. Ellos no hablan de sentimientos más allá del deseo, no mencionan la felicidad o la comodidad que sienten cuando están juntos o cualquier otra cosa que se le parezca. Es un pacto que ninguno de los dos ha sugerido nunca pero que ambos han firmado porque así todo es más sencillo. Así, eso que los ata no es una debilidad ni algo demasiado importante, sino solo un juego, como mucho una manera de distraerse cuando todo lo demás se les hace demasiado grande.

Pero ahora es como si él rompiera un poco ese trato. Como si le estuviera diciendo que él siempre la salvaría, pasara lo que pasase. Y ella no debería sentirse satisfecha por ello. Ella, que se supone que trata de ser justa la mayor parte del tiempo, debería saber que pensar así es muy peligroso.

Por eso se humedece los labios (los mismos labios que él toca, que él mira) y susurra:

—Sí, es terrible.

La sonrisa de Astrey se afila un poco más.

—Y tú no eres terrible, ¿verdad, mi reina? —Su boca se aproxima a la suya, hasta que Elira casi respira su aliento—. Tú no querrías que lo hiciera. Tú preferirías sacrificarte. ¿Es eso lo que quieres decirme?

Otra cosa que odia de Astrey es que siempre sabe cómo seducirla. Al principio, cuando todo comenzó entre ellos, estuvo segura de que había algo antinatural en la manera en la que se atraían, como si sus demonios tomaran el control de sus cuerpos y los obligaran a actuar como animales. A veces sigue pensándolo, pero sabe que son excusas. Quizá sí que haya una parte de ellos que responda a esas criaturas que viven en su interior y que siempre parecen querer devorarse, pero el resto del tiempo solo son ellos, para bien o para mal.

—Dependería de lo que se perdiese en mi lugar —murmura casi sobre su boca.

—No me sirve como respuesta. —Astrey desliza los dedos hasta el interior de su muslo y Elira siente la caricia que comienza a subir desde ahí—. Es una pregunta de sí o no. ¿Querrías ser salvada?

Pero ella no responde. Solo deja escapar un gruñido antes de soltar el libro que todavía sostenía y alzar una mano para clavarle las garras en la nuca. Astrey jadea de manera entrecortada y aprieta los dedos sobre su pierna.

—Se acabaron los debates morales por hoy.

El beso, cuando llega, es furioso y desesperado, como la mayoría entre ellos. El primero que se dieron también fue así, una respuesta a un reto, una reacción a una necesidad, algo impulsivo y violento, compuesto de dientes y uñas sobre la piel. Debería haber bastado con aquel. Se supone que el hambre se evapora cuando te alimentas y la sed se sacia cuando bebes, pero esas ansias que siempre tiran de ellos no parecen calmarse jamás, no importa cuántos besos se regalen o cuánto se toquen o se hagan gritar.

Un par de libros se caen de la cama cuando Elira se gira para encarar a Astrey, empujarlo sobre el colchón y subirse encima de su cuerpo, las garras alrededor de sus muñecas para obligarlo a quedarse quieto. El brujo bajo ella tiene los ojos grises encendidos y no parece darse cuenta de la manera en la que las pupilas se le han contraído hasta convertirse en dos finas líneas más propias de la mirada de un reptil que de un humano. Elira no puede contener la sonrisa de satisfacción mientras se pasa la lengua por los labios y permite que una de sus manos descienda hasta su pecho, a su camisa, con una lentitud tortuosa en la que sus uñas arañan superficialmente la piel. Astrey suelta un sonido que es casi más animal que humano y ella lo disfruta. Le gusta cuando consigue percibir esos pequeños gestos propios de un demonio en él, porque sabe que solo ocurren con ella, solo se descontrola un poco por su culpa.

—Ya tienes mi atención, serpiente —susurra, mientras vuelve a inclinarse sobre su rostro. Nunca lo llama así delante de otras personas, pero hace mucho que decidió que Astrey se parecía a una. Las serpientes no son solo el símbolo por antonomasia de Caos, sino que son embaucadoras, sibilinas y capaces de cambiar de piel las veces que haga falta para sobrevivir. Como él—. ¿Estás satisfecha?

Los ojos de Astrey vuelven a la normalidad, igual que lo hace su sonrisa mientras levanta un poco sus caderas.

—Todavía no.

Elira resopla, pero la sonrisa persiste en su boca cuando vuelve a besarlo y le clava las uñas en el pecho para romperle la camisa. Escucha el gruñido de Astrey, esa mezcla entre placer y sufrimiento que siempre lo vuelve loco, y siente cómo él la devora con más ganas, cómo le abre la boca y después corta su beso y se libera del agarre de sus manos con facilidad, solo para incorporarse y quitarle la blusa de un tirón. Sus labios no tardan ni un segundo más en volver sobre su cuello, para después caer sobre su pecho. Es ella la que gime entonces, echando la cabeza hacia atrás, sobre todo cuando siente los dedos que se deslizan por el estómago y más abajo hasta…

El sonido de toques en la puerta la interrumpe justo cuando estaba a punto de volver a capturar la boca de Astrey con la suya.

—Ahora no puedo —masculla sobre esos labios.

Astrey sonríe, más que satisfecho de saber que lo elige a él por encima del deber, y sus dedos la rozan por encima de la ropa interior, solo una promesa de lo que podrá sentir cuando por fin la toque por debajo. Elira le clava las garras en el hombro y él entreabre los labios y aprieta, en respuesta a la expresión que ve en su rostro. A ella se le escapa un jadeo.

—Elira, es importante.

Denna. Ella es probablemente la única persona a la que puede perdonarle una interrupción en ese momento, quizá porque sabe que jamás tocaría a su puerta si no fuera importante. Astrey hace un mohín porque también lo sabe, pero aun así trata de distraerla al aproximar su boca de nuevo hacia uno de sus pechos y tomar entre los dientes la piel más sensible. Elira se traga un gemido mientras le hunde la mano en el pelo y rompe con una caricia de sus uñas la cinta con la que el espíritu se recoge los cabellos. Quiere decirle que eso no es otra de sus discusiones con Denna, que tienen que separarse, pero esa es solo la parte racional de ella.

A la Elira que él siempre saca a la luz, la peor, lo único que le sale es:

—¿Cómo de importante?

—Tamir acaba de llegar de Ilan. Trae noticias.

Incluso Astrey se detiene entonces. El hambre y la sed se enfrían de golpe, los demonios se quedan quietos y la humanidad vuelve. Ambos comparten una mirada, porque Ilan significa muchas cosas para ellos; no todas buenas, tampoco todas malas.

Es suficiente para saber que sus juegos tienen que acabarse por ahora.

—Lo siento —susurra Elira, antes de apartarse por completo de él y ponerse en pie.

El brujo suspira de manera exagerada y se deja caer tumbado sobre la cama, sin aparente intención de recuperar su camisa. Elira sí recoge la suya, cubriéndose antes de abrir la puerta del cuarto con un simple ademán. Denna está ahí, con su bastón en una mano. Es evidente que no necesita ver para saber qué estaba pasando dentro del cuarto. Debe de estar escuchando a la perfección sus corazones acelerados.

—¿Qué noticias? —pregunta Elira.

—Noticias de Lambersen. Los rebeldes de Ilan planean su muerte.

ASTREY

Astrey tenía dieciocho años cuando llegó a Ilan, con muy pocas monedas en el bolsillo, un montón de propósitos y la seguridad de que podía tener el mundo a sus pies si se lo proponía. Un año más tarde, tenía incluso menos monedas, sus propósitos seguían tan lejos de su alcance como el primer día que había llegado y había aprendido una importante lección: que en Ilan había una separación muy clara entre la clase alta y el resto del pueblo y que, si quería ser alguien en aquella sociedad, necesitaba un título nobiliario que no tenía, más dinero del que podía conseguir o un mecenas.

Fabrice Lambersen fue la respuesta a unas plegarias que nunca pronunció. Aquel espíritu pertenecía a una buena familia, tenía todo el oro que a Astrey le faltaba y aparentaba ser tan fácil de manipular que el brujo pensó que aprovecharse de su posición sería un juego de niños.

Odia recordar que se equivocó, así que hace ya muchos años que decidió apartar a esa persona de su mente y relegarla a lo más profundo de un baúl que siempre mantiene cerrado. El problema es que a veces el baúl se abre solo, como ahora, y escupe de su interior algunos recuerdos desagradables.

Elira no sabe cuántas cosas esconde Astrey en su baúl, pero sí conoce todas las referentes a Fabrice Lambersen. Por eso, en cuanto escucha ese nombre, lo primero que hace es fruncir el ceño, y lo segundo, mirarlo de soslayo para evaluar su reacción. Él finge no darse cuenta. Sus ojos se fijan solo en Denna cuando se incorpora en la cama, apoyado sobre los codos.

—Perdona, ¿cómo has dicho?

La necromante chasquea la lengua, probablemente molesta por tener que repetirse.

—Los Arlequines quieren matar a Lambersen.

—¿Y por casualidad han especificado cómo piensan acabar con eir exactamente? No, espera, déjame adivinar: pretenden que Elira los ayude con el trabajo sucio una vez más.

Denna abre la boca, pero Elira la corta antes de que pueda responder:

—Está bien, Denna, esperadnos en el cónclave. Enseguida vamos.

Su amiga suspira y se da la vuelta.

—No os distraigáis —les advierte antes de que la puerta se cierre.

Astrey sabe que esa es una forma no demasiado sutil de decirles que se centren y mantengan las manos alejadas el uno del otro, pero, por una vez, está de acuerdo con ella. Se desliza hasta sentarse en el borde del colchón y recupera lo que queda de su camisa. Los jirones se recomponen con un poco de magia, aunque se percata de que su piel no se va a curar con tanta facilidad en cuanto comienza a vestirse: Elira le ha hecho una herida en el hombro con las garras y siente el tirón al intentar meter el brazo dentro de la manga. No importa. A veces el dolor lo ayuda a quedarse en el momento y puede que ahora lo necesite, porque nota que el demonio dentro de él está inquieto, como si ese nombre venido de su pasado lo hubiera hecho desperezarse. Está pidiendo una sangre que nunca llegó a derramar y el hambre que tiene no se asemeja en nada a la que sentía hace unos minutos, cuando Elira estaba sobre él. Tampoco se parece al hambre primitiva que sació en Yuda hace unos días con todos esos demonios que devoró.

No, el hambre que siente es la clase de hambre que queda después de un agravio, cuando hay cuentas que saldar. Y los Originales saben que Fabrice le debe unas cuantas.

—Astrey.

Ni siquiera se ha dado cuenta de que Elira se ha vuelto a acercar y se ha sentado a su lado, así que se tensa un poco cuando esos dedos que conoce tan bien le apartan el pelo de la cara. El gesto le resulta demasiado suave, demasiado cuidadoso. Curiosamente, con Elira suelen ser peores los momentos en los que lo toca con esa delicadeza que los momentos en los que le clava las uñas, porque le hacen sentir muchísimo más vulnerable.

Al dolor sabe cómo sobreponerse; al cariño, no.

De su baúl se escapa otro recuerdo. Un abrazo, un llanto lleno de ira y frustración. Cuando Elira le acaricia la mejilla, él de pronto vuelve a estar sentado en una cama más pequeña, en otra región, y es de noche y se siente estúpido, porque acaba de descubrir una vez más que el mundo es un lugar hecho a medida para ciertas personas, pero nunca para él.

—¿Estás bien?

La voz de la princesa de Orlaith cierra el baúl y lo ancla a ese momento. Astrey toma aire y vuelve la vista hacia esos ojos naranjas que en ocasiones como esa resultan más claros y humanos que nunca y le hacen sentir que él mismo lo es mucho más, como si no se hubiera vendido por completo a un demonio a cambio de la fuerza necesaria para cumplir todos sus deseos.

Como si fuera una armadura, recupera la sonrisa y se la muestra.

—¿Preocupada por mí, mi reina?

Elira entorna un poco los párpados. Astrey es consciente de que ella puede ver a través de la máscara mucho mejor de lo que le gustaría, pero también sabe que siempre acepta jugar a ese juego en el que ambos fingen que se importan mucho menos de lo que lo hacen.

Por suerte, esa noche no es una excepción.

—No puedo permitirme que mis colaboradores estén distraídos, eso es todo.

Pero su mano sigue sobre su rostro y a él le cuesta concentrarse cuando le acaricia el pómulo con el pulgar. Por eso caza su muñeca y gira la cara para besarle la palma áspera y animal. Se convence de que ese no es un gesto de debilidad por su parte, no es un agradecimiento por su preocupación, solo una manera elegante de rechazar su contacto antes de soltarla.

—¿Eso significa que necesitas que me centre porque vas a seguirle el juego a Garnet una vez más? ¿Vamos a ir a Ilan y matar a Fabrice?

Elira aprieta los labios antes de ponerse en pie y empezar a caminar por la habitación, como siempre que necesita concentrarse en algo, aunque en ese caso lo hace pasar por la necesidad de terminar de vestirse.

—No lo sé —admite, mientras caza unos pantalones del suelo—. Dependerá de cuál sea su plan. Necesito más información.

—Yo creo que deberíamos hacerlo.

—Puedo imaginármelo, pero el asesinato de uno de los cancilleres de la emperatriz no es algo que tomarse a la ligera ni como un asunto personal.

Astrey resopla mientras la ve agacharse para calzarse las botas.

—No me refiero a eso. Sí, soy la primera persona que quiere acabar con Fabrice, pero lo que quiero decir es que esta podría ser una buena oportunidad de demostrar que los rebeldes tenemos… apoyos inesperados de nuestra parte.

Elira se vuelve hacia él. Tiene el ceño fruncido, como si no comprendiera a qué se refiere. Dos segundos después, sin embargo, su expresión cambia.

—No estás hablando en serio.

—¿Por qué no? Tienes al Portador de tu lado: úsalo a tu favor.

—Un Portador tan inexperto que ha estado a punto de dejarse arrastrar al pasado, Astrey.

—Nathan ni siquiera necesita poner el Amuleto en marcha para convertirse en un símbolo.

Con tranquilidad, el brujo extiende la mano para recomponer la cinta que siempre le ata los cabellos y volver a ponérsela. Elira, por su parte, está negando con la cabeza, como si creyera que ha perdido el juicio.

—El Amuleto ya es un símbolo: uno muy poco querido en Ilan y Orlaith, porque acabó con su independencia hace setenta años. —La chica hace un ademán hacia la puerta, como si quisiera señalar todo lo que hay tras ella—. Hay personas ahí fuera que todavía recuerdan la batalla de Yuda, hay descendientes que saben que sus familias se desintegraron en un segundo por culpa de ese objeto. La relación de Orlaith con Ilan ya es lo suficientemente tensa, porque muchos ilenses y orlianos se culpan mutuamente de lo que pasó. ¿Qué crees que ocurriría si el chico perdiera el control y provocara una catástrofe? ¿Qué crees que pasaríamos a ser? No aliados, desde luego. Y necesitamos serlo. Necesitamos que todas las fuerzas contrarias al Imperio confíen las unas en las otras o jamás vamos a poder hacer nada contra la emperatriz, aparte de resistir en pequeñas comunidades como llevamos décadas haciendo. Utilizar al Portador es arriesgado por muchos motivos, pero sobre todo porque no podemos ignorar la historia de ese objeto.

La líder de Los Elires hace otro gesto, esta vez hacia los libros que ahora están esparcidos tanto sobre la cama como por el suelo. Pero él no es Nathan, a él no tiene que darle lecciones. Él conoce la historia a la perfección.

—No pretendo ignorar la historia, pero el Amuleto en sí mismo no vale nada sin alguien que lo porte. Si Orlaith e Ilan perdieron en el pasado fue porque en ese momento lo llevaba al cuello un conquistador. —Elira alza las cejas, como si esa palabra le pareciese un eufemismo desafortunado—. Ahora lo tiene otra persona, una que no sirve al Imperio. Que algo solo se haya usado para la destrucción no significa que no se pueda convertir en otra cosa.

Es como el chico, en realidad. A Nathan le han dicho durante toda su vida que el Amuleto es algo malo, del mismo modo que le dijeron que los brujos y los demonios eran algo que aborrecer. Y, sin embargo, están consiguiendo demostrarle que no es así. A veces, lo aprendido necesita ponerse a prueba. La realidad de unos no tiene por qué ser la realidad de todo el mundo.

—¿Y qué pretendes que hagamos con él?

—Demostrarle a la gente que el nuevo Portador está de su lado y del tuyo. Enséñales que la legítima heredera de Orlaith puede plantarle cara a la emperatriz porque tiene un poder que Iraides de Odelia perdió hace mucho. —Astrey se encoge de hombros—. Demuéstrales que tú eres el bando ganador.

—El problema es que no puedo estar segura de ser el bando ganador, Astrey. No es tan sencillo.

Aunque él sabe lo que Elira puede llegar a hacer, su demonio se revuelve, descontento.

«¿Y tú? ¿Sigues estando seguro de que ella es el bando ganador?».

El gruñido dentro de su pecho está cargado de veneno, agrio e intoxicante. Su demonio, por lo general, se mantiene callado porque sabe que puede tomar el control de su cuerpo cuando le apetezca y, por tanto, no tiene sentido interferir. Aun así, hay ocasiones en las que protesta, sobre todo cuando se trata de Elira. La bruja le agrada porque representa un poder que le satisface, pero a veces… A veces es evidente que también la ve como una posible flaqueza.

Y su demonio odia las flaquezas, por eso Astrey no puede permitirse que Elira sea una.

—A veces el bando ganador es aquel que no se limita a las promesas, Elira. Lo que la gente de Ilan necesita es alguien que les demuestre que le prendería fuego al mundo por ellos. ¿Estás dispuesta a hacer eso?

La mujer no ha dejado de moverse por el cuarto mientras hablan, pero en ese momento se detiene de espaldas a él, con las manos apoyadas sobre el pequeño escritorio que tiene en un rincón de la habitación, abarrotado de libros apilados en desordenadas torres. Hay también un cofre, donde el brujo sabe que guarda todas esas cartas que se intercambiaron hace años, después de conocerse, mientras él estudiaba en Ilan. Ya entonces discutían. Ya entonces tenían visiones muy distintas del mundo y trataban de convencer al otro de mil cosas. Astrey ya no recuerda ni la mitad de las cosas que le escribió, pero sí la impaciencia mientras esperaba cada carta y cómo se obligaba a no responder el mismo día en el que recibía una nueva.

Las discusiones ahora ya no son como en aquel entonces. Ahora hay mucho más en juego y por eso Elira también medita mucho más sus respuestas, aunque antes siempre las tenía muy claras.

Los dos eran más jóvenes y, por tanto, más inconscientes.

—Estás volviendo a hacerme una pregunta muy complicada como si fuera tremendamente sencilla —protesta ella, frustrada—. Pero, cuando el mundo empieza a arder, Astrey, es muy difícil contener el incendio.

—A lo mejor el problema es que el incendio ha estado contenido durante demasiado tiempo. —Él se pone en pie y Elira se gira para mirarlo, con una expresión precavida y tensa—. A lo mejor es hora de hacer que este Imperio prenda en llamas, Elira. Al fin y al cabo, nadie recuerda a las reinas que se quedaron quietas toda su vida, ¿no crees? Las personas que obedecieron las órdenes y agacharon la cabeza ante las injusticias no tienen nombre.

La princesa de Orlaith hace una mueca de disgusto. Aunque solo hay unos pasos entre ellos, poco más de media habitación, Astrey se plantea si ha ido demasiado lejos con esas palabras, si de pronto ella querría poner más distancia entre ellos. Por un momento teme que considere que lo que dijo Denna hace unas horas es cierto y él, aparte de meterse en su cama, está intentando meterse también en su cabeza. Bajo su punto de vista, es todo lo contrario: Elira suele llamarlo serpiente y a él le gusta que lo haga por muchos motivos diferentes, pero a veces le da la impresión de que ella puede llegar a ser una víbora aún peor, por mucho que se disfrace con las plumas de un pájaro. Siempre la siente reptando por su cabeza, por sus emociones. En ocasiones, cuando están juntos en la cama, le da la impresión de que su abrazo es demasiado fuerte y puede llegar a ahogarlo.

Una de las manos de la muchacha todavía está agarrada al borde del escritorio y él puede ver la forma en la que sus uñas se clavan en la madera. Las garras de Elira siempre hablan más de ella que otras partes de su cuerpo: son su parte más peligrosa, pero también la que más deja ver su vulnerabilidad, si sabes prestar atención. Ahora le hablan de sus nervios, de todas sus dudas.

—Prenderle fuego al mundo implica arriesgarte a terminar calcinado en el proceso, Astrey. ¿Estás dispuesto a eso también? ¿Arderías conmigo?

El brujo no aparta los ojos de ella. Ya no sonríe porque ha dejado caer la máscara. O quizá esa solo sea otra de ellas. Tiende a llevar muchas, unas encima de otras, y está seguro de que llegará un momento en el que no se acuerde de cómo se veía su rostro sin ellas. Quizá no vaya a volver a verlo. Quizá esté condenado a mirarse en el espejo y no reconocerse, aunque hay ocasiones, con Elira, que se siente completamente desnudo. Como ahora.

—Siempre, mi reina.

Ella tensa la mandíbula y guarda silencio durante unos instantes más. Después, relaja las garras, sin prestarle atención a la marca que dejan en la madera. Eso quiere decir que ha tomado una decisión.

—Está bien —dice, y su voz vuelve a ser firme, como sus ojos, como su expresión—. Reduzcamos el Imperio a cenizas.

Fuera del refugio sigue siendo de noche, así que es natural que Nathan esté dormido cuando Astrey va a buscarlo a su cuarto. Duerme como aquel primer día que lo encontró y, como entonces, puede ver lo joven que en realidad es, encogido sobre sí mismo como si tratase de protegerse del mundo incluso en sueños. Supone que es normal. Supone que esa es la actitud que adoptas cuando por fin entiendes que siempre vas a estar en peligro. A esas alturas, Nathan Tabiz ya tiene que haber aprendido que nunca va a estar a salvo: vaya a donde vaya, van a intentar hacerle daño, manipularlo, dominarlo y robarle lo que él cree que es suyo por derecho.

Astrey no se lo va a decir, pero a menudo piensa que Nathan le recuerda a él. Quizá por eso le está cogiendo cierto aprecio. Porque en otro tiempo él también fue un niño acostumbrado a vivir en un sitio resguardado que tuvo que abandonar para conocer el mundo real. Un mundo complicado y lleno de injusticias. Un mundo que no va a portarse bien con él, que va a enseñarle muchas lecciones a base de golpes.

Al final, o te endureces o te rindes y te dejas pisotear hasta el día de tu muerte. Y es evidente que en los últimos días ese chico ha tomado la misma decisión que él tomó hace años.

—Nathan.

Ni siquiera necesita tocarlo ni alzar la voz para que el muchacho abra los ojos de inmediato. Es una respuesta rápida, casi mecánica. Demasiado. Astrey ya ha aprendido que el chico tiene mal despertar, así que esperaba verlo gruñir o darse la vuelta e ignorarlo. Que no haga nada de eso es toda la pista que necesita para saber que quien le devuelve la mirada desde abajo no es Nathan. O, al menos, no del todo.

—Deberías dejar de intentar tomar el control, demonio —murmura. Los ojos negros, profundos como dos pozos sin fondo, no se apartan de él, ni siquiera parpadean; el rostro del Portador carece de expresión—. Si sigues así, solo vas a conseguir que él te rechace.

—No puedes rechazar algo que forma parte de ti.

El espíritu casi siente ganas de reír.

—No infravalores a los humanos. Seguro que llevas en nuestro mundo el tiempo suficiente como para saber lo que podemos llegar a hacer para negar las partes que menos nos gustan de nosotros mismos.

—También llevo el tiempo suficiente entre humanos como para saber que, entre el Amuleto, vosotros y él mismo, su cuerpo colapsará más pronto que tarde. No puedes culparme por querer que me dure un poco más.

En eso tiene que darle la razón a la criatura. He ahí otra similitud entre ellos: a la edad de Nathan, él también estaba empeñado en creer que podía con todo, que era invencible. Dormía poco, comía poco. Y, aun así, está seguro de que él no parecía tan… consumido. Las manchas oscuras bajo los ojos de Nathan son ya parte de su aspecto, así como los pómulos que se le marcan bajo la piel tirante de la cara. Es consciente, también, de que cada vez hay más secciones blancas entre sus cabellos. Está claro que la última visita a Yuda se ha cobrado ya su precio.

—Aguantará —dice, aun así, con confianza—. Aquí no vamos a permitir que le pase nada. Y podrá volver a la cama en cuanto acabemos con lo que tenemos que explicarle. —Se inclina un poco más sobre él y baja la voz, como si fuera a contarle un secreto—. Si no quisiera que viviese, lo habría dejado morir mucho antes de que llegases tú.

El demonio entorna los ojos, pero no dice nada. La expresión en ese rostro demacrado cambia por fin y, entonces sí, aparece el ceño fruncido. Nathan parpadea y da un respingo, sorprendido al encontrar a Astrey tan cerca. Su acto reflejo, por supuesto, es proteger con la mano el Amuleto del Tiempo. Astrey no puede culparlo, aunque una parte de él siente ganas de reír. Si quisiera robarlo, ¿no ha tenido ya mil oportunidades para ello?

Se yergue, como si no hubiera pasado nada, y le sonríe.

—Buenos días, Nathan.

—¿Buenos…? ¿Qué demonios…? ¿Qué hora es?

—De madrugada. Siento haberte despertado, pero tenemos una reunión urgente y creemos que es buena idea que estés presente. Después podrás volver a la cama.

El Portador se incorpora y mira alrededor para tratar de orientarse. Está claro que no sabe que su demonio ha estado jugando a tomar el control mientras dormía y el espíritu no piensa decírselo. Es mejor así. Conociéndolo, si se entera, no volverá a cerrar los párpados hasta que su cuerpo no pueda más. Y eso sí que sería un problema.

Se acostumbrará. Lo más probable es que, con el tiempo, su demonio y él lleguen a un acuerdo. La mayoría de los brujos tiene desavenencias al principio: por mucho que pasen dieciséis años preparándote para ello, no es fácil compartir un cuerpo que llevas toda una vida pensando que es solo tuyo, así que tiene que ser mucho peor para alguien educado para renegar de Caos y sus criaturas.

—¿Reunión urgente? —Nathan se pasa las manos por los ojos y se sienta en el borde de la cama—. ¿Qué significa…?

Astrey se acerca a los pies del lecho y le tiende la ropa que el chico debió de dejar allí de cualquier manera antes de irse a dormir.

—Significa que ya eres un elir de pleno derecho. O lo serás, si es que sobrevives a tu primera misión.