Cuando el hombre de sus sueños se pasó una mano por la cara, increíblemente atractiva, y dijo: «Tengo que decirte algo, pero no quiero que te dé un ataque», Clara Wheaton consideró, por primera vez en su vida, la alarmante posibilidad de que le diera la patada alguien con quien ni siquiera había logrado salir.
Maldijo a sus terribles antepasados mientras fulminaba con la mirada el ambientador de piña que colgaba del espejo retrovisor del jeep Wrangler de Everett Bloom.
Daba igual la de veces que les hubiera dicho a las amigas de su madre en Greenwich la mentira de que «seguía nuevas oportunidades profesionales». Se había mudado a la otra punta del país porque una parte de ella creía que cabía la posibilidad de ganarse el corazón de Everett después de catorce años suspirando por él.
—He alquilado mi habitación este verano —dijo con unas palabras firmes y a la vez amables, como le hablaría alguien a un niño al revelarle que Papá Noel no existe.
—¿Has… alquilado tu habitación? —preguntó Clara despacio, comprendiendo lo que eso quería decir mientras pronunciaba cada sílaba—. ¿La que me ofreciste hace dos semanas?
Si él no hubiera estado conduciendo y su madre no le hubiera hecho memorizar el protocolo de Emily Post en su adolescencia, habría arremetido contra él.
Había incumplido el contrato de alquiler de su apartamento para marcharse de Manhattan, había dejado a su familia y amigos y había rechazado unas prácticas de comisariado en el Guggenheim. Todo por… ¿nada?
Incluso comparándolo con generaciones de escándalos legendarios de la familia Wheaton, esta caída en picado a la desgracia batía el récord.
Las palmeras junto a las que pasaban por la autopista se burlaban de ella, un sello distintivo de los finales felices de Hollywood que se le escapaba entre los dedos.
Ni siquiera había deshecho las maletas… Una pasta salada sin digerir que había comprado en el aeropuerto aún flotaba por algún lugar de su diafragma. ¿Cómo podía estar Everett despidiéndose ya de ella?
—Oye, no, no. No he alquilado tu habitación. —Su característica sonrisa relajada apareció en su rostro, la misma de la que ella se había enamorado desde el instante en que su familia se mudó a la casa de al lado hacía todos esos años—. He alquilado el dormitorio principal. Nos han ofrecido al grupo salir de gira en el último momento. No es que sea una pasada, pero seremos los teloneros de una banda de blues de las afueras de Santa Fe con un sonido muy guapo, y Trent ha comprado una furgo chulísima para llevar el equipo…
Aquella forma de hablar la transportaba directa al instituto. ¿Cuántas veces después de su escalada social en secundaria había cancelado Everett sus planes con ella para ir a ensayar con el grupo? ¿Cuántas veces desde entonces la había mirado por encima del hombro en vez de a los ojos cuando ella intentaba hablar con él?
Era increíble que tuviera dos posgrados de universidades de la Ivy League para terminar haciendo el imbécil de esta manera.
—¿Quién ha alquilado la habitación? —Clara interrumpió la descripción detallada del guardabarros vintage de la furgoneta en la que iban a irse de gira.
—¿Qué? Ah, sí, la habitación. No te preocupes. Es un tío supermajo. Josh no sé qué. Lo encontré en internet hace unos días. Muy chill. —Movió una mano en dirección a la chica—. Te va a encantar.
Clara cerró los ojos para que no viera que los ponía en blanco. Por muchas veces que se hubiera planteado hasta dónde llegaría para por fin conseguir el cariño de Everett, jamás se había imaginado aquello.
Everett giró el coche hacia una calle que lucía con orgullo un paso de peatones arcoíris.
—Oye, te llevo a casa y te doy mis llaves y eso, pero luego me tengo que ir enseguida. Se supone que tenemos que estar en Nuevo México el viernes.
Apenas se entreveía ya una disculpa en sus palabras.
Clara se fijó en sus dedos, los que a menudo imaginaba pasando por su pelo en una tierna caricia, que retomaban el golpeteo frenético en el volante. Buscó algún rastro de su mejor amigo de la infancia bajo aquella distante apariencia, por no decir algo peor.
El dolor le quemaba el esternón. En algún momento, algún antepasado Wheaton debió de haber desafiado al destino, maldiciendo a sus descendientes, que ahora pagaban las consecuencias. Solo eso explicaba por qué la única vez que Clara se había atrevido a dar un salto de fe se había dado ese planchazo espectacular.
Inspiró hondo para llenarse los pulmones. Tenía que haber un modo de salvar aquella situación.
—¿Cuánto tiempo estarás fuera? —Si había aprendido una cosa de su familia irresponsable, era el control de daños.
—Pues no sé. —Everett aparcó el jeep junto a una casa estilo hispano que necesitaba desesperadamente una nueva capa de pintura—. Al menos unos tres meses. Tenemos conciertos hasta agosto.
—¿Seguro que no puedes esperar unos días a marcharte? —Odiaba ese tono suplicante que se colaba en su pregunta—. No conozco a nadie más en Los Ángeles.
Una cara del pasado, borrosa a través de la perspectiva del recuerdo adolescente, se le pasó por la cabeza antes de apartarla.
—Todavía no tengo trabajo aquí. Mierda, ni siquiera tengo coche.
Intentó reírse para relajar el ambiente, pero lo que le salió sonó más como un gruñido.
Everett frunció el entrecejo.
—Lo siento, Ce. Sé que te prometí que te ayudaría a instalarte, pero esto es una gran oportunidad para el grupo. Lo entiendes, ¿verdad? —Alargó la mano para apretar la de ella—. Mira, esto no tiene por qué cambiar el plan que hicimos. Todo lo que te dije por teléfono sigue siendo verdad. Este paso, venirte a California, salir del control de tu madre… Te va a ir muy bien.
Levantó la mano para chocar los cinco, un gesto familiar desde hacía mucho tiempo. También podrían haber estado en clase empollando para la selectividad. A regañadientes, Clara completó la petición sobreentendida.
—Los Ángeles son unas vacaciones de la vida real. Relájate y diviértete. Regresaré antes de que te des cuenta.
¿Que se divirtiera? Quería gritar. La diversión era un lujo para la gente que tenía menos que perder, pero como generaciones de mujeres Wheaton antes que ella, Clara se resignaba a echar humo en silencio y evitar la confrontación.
Si una amiga le hubiera dicho hacía una semana que iba a mudarse a la otra punta del país e iba a dejar una buena vida que la mayoría de la gente querría por la oportunidad de estar con un tío —aunque fuese un tío especialmente guapo—, Clara habría invertido una cantidad significativa de energía en intentar detenerla. «Es una locura», le habría dicho. Siempre es fácil verlo en la vida de los demás. Nadie en Greenwich conocía las consecuencias de un impulso desafortunado mejor que una Wheaton. Por desgracia, como el alcohol de grano, el amor no correspondido se hace más potente con el tiempo.
Everett sacó sus bolsas del maletero del Wrangler y la abrazó demasiado fuerte y demasiado rápido para proporcionarle consuelo.
—Te llamaré desde la carretera en un par de días para asegurarme de que te has instalado.
Jugueteó con su llavero.
Clara se quedó mirando su propia mano con desinterés cuando le puso la pequeña pieza de metal en la palma. Las ganas de salir corriendo, primarias y sin sentido, bullían bajo su piel.
Tenía dos opciones. Podía llamar a un taxi, reservar un asiento en el próximo vuelo de vuelta a Nueva York e intentar reconstruir su antigua vida, parte por parte.
O podía quedarse.
Quedarse en una ciudad que no conocía, vivir con un hombre que no había visto nunca, sin trabajo y sin amigos, sin la influencia que el apellido de su familia representaba en la costa este.
Los chismosos de Greenwich salivarían con su deshonra. Ya podía imaginarse el titular: DEJÓ DE «FLORECER». LA PRUDENTE CLARA AHORA VIVE CON UN DESCONOCIDO.
Ni hablar. Irguió la espalda, se alisó la falda y se pasó la lengua por los dientes por si se le habían manchado de pintalabios. Solo se tiene una oportunidad de causar una primera impresión. Las fuertes vibraciones de la música en el coche de Everett retumbaron en sus oídos mientras arrancaba, pero Clara no se dio la vuelta para ver cómo se iba.
La pintura se despegó de la puerta descolorida cuando apretó la palma contra ella. «Maldita sea». Las páginas de la sección de sociedad iban a sacarle el máximo provecho a eso.
Clara respiró hondo y entró a su nuevo hogar como lo hacían los soldados en territorio enemigo: con pasos sigilosos, examinando el terreno y con los codos bien pegados al cuerpo.
Una alfombra afelpada amortiguó sus sandalias de tacón mientras inspeccionaba el salón. El espacio dejaba mucho que desear. Pasó la yema de un dedo por la capa de polvo que cubría una estantería en el rincón. Un olor putrefacto emanaba de unos envases de comida para llevar que habían dejado sobre la mesa de centro, y Clara intentó respirar por la boca.
Algo crujió bajo sus pies. Al levantar el tacón, identificó los restos de una patata frita.
A pesar del pestazo y lo desordenado que estaba todo, la casita irradiaba una calidez retro que contrastaba directamente con la frialdad que reinaba en la enorme casa colonial de su familia en Connecticut y en el pequeño piso en el edificio sin ascensor en Morningside Heights que había alquilado cerca del campus.
El papel descolorido de las paredes rezumaba encanto kitsch, esforzándose por agradarla, pero Clara no podía librarse del peso aplastante de su desilusión. Limpió el asiento del sofá antes de sentarse.
—Supongo que así es como debe de sentirse alguien que está totalmente jodido.
—Me he sentido así muchas veces. —Se oyó una voz grave detrás de ella.
Clara se puso en pie de un salto, tan rápido que se tropezó.
—Eh… Hummm… Hola.
Se colocó con dificultad detrás de su enorme maleta de ruedas, usándola a modo de escudo de veinte kilos, entre ella y el hombre que estaba junto al umbral que separaba la cocina del salón.
Se apoyó en el marco de la puerta.
—Supongo que no me estás robando, ¿verdad?
Cuando Clara frunció el entrecejo por la confusión, él señaló el conjunto que llevaba puesto.
La chica bajó la barbilla y examinó el jersey negro de cuello alto sin mangas con los vaqueros pitillo a juego que había elegido aquella mañana. A los veintipico, había cambiado los rombos y la pata de gallo de su juventud por un armario lleno de ropa básica monótona y bien diseñada. Por desgracia, al parecer, la ropa negra, que para la mayoría de las personas en Nueva York te hacía más delgada y elegante, en Los Ángeles era el atuendo preferido de los allanadores de morada.
—Eh…, no. —Clara se tiró del cuello del jersey, y se alegró, en retrospectiva, de haber sufrido la humillación de haberse retocado el maquillaje en el minúsculo lavabo del avión mientras uno de sus compañeros de viaje aporreaba la puerta—. Soy Clara Wheaton —dijo cuando se hizo el silencio.
—Josh. —Salvó la distancia entre ellos y le ofreció un apretón de manos—. Encantado de conocerte.
Cuando sus manos se unieron, la chica se fijó en las uñas del chico como un indicador de sus hábitos de higiene personal. Cortas y bien arregladas. «¡Menos mal!».
Al cabo de cinco segundos, Josh enarcó una ceja y Clara le soltó la mano con una sonrisa avergonzada.
A pesar de su impresionante estatura y del hecho de que sus hombros abarcaban la mayor parte del hueco de la puerta, no lo encontraba intimidatorio. La ropa arrugada y la mata de rizos rubios despeinados sugerían que acababa de salir de la cama. Sus llamativas cejas oscuras podían haberle dado un aire hosco, pero el resto de su cara no era para nada siniestro.
Era mono, aunque no superguapo. No como Everett, cuya mera presencia todavía la dejaba sin habla después de todos aquellos años. Clara aceptó esa pequeña consideración por parte del universo. Siempre le había resultado imposible hablar con los hombres guapos.
—Encantada de conocerte —contestó, y añadió por si acaso—: Por favor, no me mates ni me violes.
—Por supuesto. —Levantó ambas manos en un gesto de inocencia—. Bueno… Supongo que eso significa que vamos a vivir juntos.
—De momento.
Al menos el tiempo suficiente para poder desarrollar un plan de contingencia.
Josh se asomó por la puerta abierta del baño.
—¿Dónde está Everett? ¿No se ha quedado un rato para ayudarte a instalarte?
Los hombros de Clara se deslizaron hacia las orejas.
—El grupo tenía que ponerse ya en marcha.
—Qué locura, ¿eh? Que los hayan invitado a la gira en el último momento.
—Ya. —Se esforzó por evitar que la amargura se oyera en su voz—. De locos.
—Aunque a mí me ha ido bien. No me creía lo poco que pedía Everett por un sitio como este.
Clara decidió no mencionar que Everett había heredado aquella casa, libre de cargas, de su abuelo y que probablemente solo le cobraba lo justo para cubrir los gastos. Se masajeó las sienes, intentando alejar un terrible dolor de cabeza. No tenía claro si era debido al estrés, al jet lag o a los sueños que se habían desvanecido. Cuanto más tiempo pasaba en aquella casa, más real se hacía la pesadilla. Se volvió a sentar en el sofá cuando se le nubló la vista.
—Oye, ¿estás bien?
Su nuevo compañero de piso se arrodilló delante de ella, como hacen los adultos cuando se acercan a hablar con un niño pequeño. Clara apartó la vista de donde sus muslos estiraban las costuras de los vaqueros.
Tenía el puente de la nariz salpicado de pecas, pero ella se concentró en la que tenía justo en medio y contestó:
—Estoy bien. Tan solo estoy lidiando con las consecuencias de una maldición familiar multigeneracional. Haz como si no estuviera aquí.
Se podría pensar que una familia con dinero desde hacía décadas y que había tenido el cuidado de educar bien a sus descendientes habría eliminado la desgraciadamente conocida tendencia de los Wheaton al comportamiento destructivo, pero si nos remitíamos a la reciente detención de su hermano Oliver, cuanto más aumentaba su linaje, más espantosas eran las consecuencias de sus errores de conducta.
En comparación, ella tampoco había salido tan perjudicada al terminar con el corazón roto en una casa vieja.
Josh arrugó la frente.
—Hummm, si tú lo dices… Eh, oye, espera aquí un segundo.
Como si tuviera otro lugar al que ir.
—Creo que tengo algo que podría ayudarte. —Entró en la cocina a grandes zancadas y regresó al cabo de un instante para colocarle una cerveza fría en las manos—. Siento no tener nada más fuerte.
No es que Clara fuera muy cervecera, pero a esas alturas una cerveza no iba a hacerle daño. Abrió la lata y tomó un buen trago. «¡Puaj!». ¿Por qué los hombres se empeñaban en fingir que la IPA sabía bien? Dejó caer la cabeza entre las rodillas y usó una técnica de respiración profunda que había visto una vez que acompañó a su prima a una clase de Lamaze.
—Oye…, eh… ¿No irás a echar la papilla?
La bilis le subió al fondo de la garganta al oír la insinuación. Aquel tío era más o menos igual de atento que los demás hombres que conocía.
—¿Qué tal si me dices algo tranquilizador?
Al cabo de unos segundos, soltó un resoplido.
—Tu organismo destruye y reemplaza todas sus células cada siete años.
Clara se incorporó lentamente.
—Vale, bueno. —Apretó los labios—. Lo has intentado. Gracias —dijo con rechazo.
—Lo leí en una revista en la consulta del médico. —Le dedicó una leve sonrisa—. Me pareció que estaba bien. Supongo que significa que no importa lo mucho que metamos la pata, al final hacemos borrón y cuenta nueva.
—Entonces ¿estás diciéndome que dentro de siete años me olvidaré de que he dejado toda mi vida atrás para mudarme a la otra punta del país animada por un tío que ni siquiera es mi novio y que me dijo, cito textualmente, que «persiguiera mi felicidad»?
—Exacto. Científicamente hablando, sí.
Tenía unos ojos bonitos. Grandes y castaños, pero no apagados. Parecían cálidos, como si hubiera pasado tiempo cociéndose a fuego lento. «Mono, pero no guapo», se recordó a sí misma.
—Bueno, vale. Esperaba detalles banales sobre tu trabajo, si te soy sincera. Pero no está mal para ser lo primero que te ha venido a la cabeza.
Se limpió la boca con la mano y le devolvió la cerveza.
—No creo que oír hablar de mi trabajo fuera a resultarte tranquilizador.
Él tomó un buen trago y después tiró la lata.
Se supone que eso respondía a la pregunta de si Josh sería el tipo de compañero de piso que se comería sus sobras.
—Trabajas en una funeraria, ¿no?
Negó con la cabeza.
—Trabajo en la industria del espectáculo.
«No es ninguna sorpresa». Clara de inmediato perdió el interés. Lo último que necesitaba era un aspirante a cineasta pidiéndole que leyera su guion.
Josh la miró de arriba abajo con todo el descaro.
—Tú no eres lo que yo esperaba.
«Bueno, lo mismo digo, amigo».
Ella esperaba vivir con Everett. Se había imaginado a los dos cocinando juntos, con los hombros tocándose mientras trabajaban el uno al lado del otro. Se había imaginado viendo películas de acción a altas horas de la noche, como hacían a los trece años, solo que en esta ocasión, en vez de en sofás separados, se acurrucarían juntos bajo la misma manta, con unas copas de vino. Aquella casa debería haber sido el escenario de su historia de amor. Everett debería haber escrito una canción en ese asiento junto a la ventana, inspirado por el primer beso que se hubieran dado. Pero, en lugar de eso, tenía que compartir el cuarto de baño con un desconocido.
Clara se puso de pie y se deshizo de los deseos no cumplidos.
—¿A qué te refieres?
—Me sorprende que una chica como tú —señaló su equipaje Louis Vuitton— fuera a meterse en un lugar como este con un compañero de piso.
Clara se colocó el pelo oscuro sobre un hombro y se pasó la mano por los mechones.
—El equipaje es un regalo que me hizo mi abuela. —Bajó los ojos a la alfombra—. Y cogí la habitación porque ahora mismo estoy buscando trabajo. —La mentira se le amargó en la lengua y enseguida volvió al territorio de la verdad—. Conozco a Everett de toda la vida. Cuando me gradué hace unas semanas, me ofreció la habitación que tenía de sobra.
—Oh, una graduada, ¿eh? ¿Qué has estudiado?
—Terminé hace poco mi doctorado en Historia del Arte —dijo con tanta bravuconería como pudo reunir.
De pequeña, soñaba con crear sus propias obras, pero a la larga se dio cuenta de que el arte requería exponer partes de sí misma que prefería mantener ocultas: sus miedos y esperanzas, sus pasiones y anhelos. El análisis y la conservación del arte le permitían mantenerlo a distancia mientras aprovechaba la universidad como una manera para prolongar la vía de acceso a la vida adulta.
Josh sonrió con suficiencia.
—¿Es eso un título especial que solo le dan a la gente rica?
Clara apretó los dientes con tanta fuerza que creyó oír un pequeño chasquido.
—Limitemos la charla interpersonal al mínimo, ¿vale?
Cogió el bolso y fue a buscar la lista con lo necesario para la mudanza, que encontró escondida debajo de la almohada para el avión y el botiquín. Clara había escrito en un documento de seis páginas todo tipo de preguntas e instrucciones sobre qué mirar para saber si una casa nueva estaba en regla en Los Ángeles. Con el documento en la mano, le resultaba más fácil respirar.
Al levantar la vista, Josh no se había marchado.
—Por favor, no te lo tomes a mal, pero francamente, Everett no me ha dicho que no estaría aquí hasta ahora mismo. Y no te ofendas, estoy segura de que eres majo, pero esto —señaló el espacio entre ellos— se sale un poco de mi zona de confort.
—Oye, también de la mía. —Se llevó la mano al corazón—. He visto muchos telefilmes, ¿sabes? Eres justo la típica tía pija histérica que se vuelve loca y pinta las paredes con sangre de pollo. ¿Cómo sé yo que estoy a salvo contigo?
Clara ladeó la cadera y se quedó mirando al hombre de más de metro ochenta que tenía delante. La camiseta andrajosa que llevaba puesta, con una foto antigua de Debbie Harry, apenas tapaba su pecho musculoso y aquellos anchos hombros.
—¿En serio te preocupa mi presencia?
Él clavó los ojos en la lista con lo necesario para la mudanza.
—¡Madre mía! ¿Está plastificado?
Estaba disfrutando de lo lindo.
—Mi madre me regaló la máquina las pasadas Navidades —le respondió a la defensiva mientras él le quitaba la lista de las manos para verla mejor—. El plástico evita que se manche.
Echó la cabeza hacia atrás y soltó una carcajada. Un fuerte estruendo sin el más mínimo rastro de burla.
—«Comprobar la presión de todos los grifos por si acaso» —leyó—. Esto es buenísimo. ¿Lo has escrito tú sola?
—California es famosa por su propensión a los incendios forestales. Tienes que anotar las condiciones de la casa antes de mudarte para estar preparado ante las posibles reclamaciones del seguro. Tan solo el daño provocado por el humo…
Soltó otra carcajada que a ella le pareció una exageración.
Clara le quitó la lista de las manos.
—Deberíamos hablar de las normas de la casa.
A Josh le brillaron los ojos.
—Vaya… ¿Están prohibidas las fiestas en días lectivos?
—Vale, tienes razón. Lo de «normas» suena un poco agresivo. Me refiero más bien a las pautas para una convivencia armoniosa. Podríamos también sacarle provecho a esta mala situación.
Josh se puso recto.
—Por supuesto. Pero me temo que tendrás que poner tú la primera norma. Yo estoy desentrenado.
—Bueno, por ejemplo, Everett mencionó hace un tiempo que la cerradura de la puerta del baño no funciona. Así que antes de que nos la arreglen, sugiero que usemos el método de llamar tres veces.
—¿Por qué tres?
—Es fácil no oír uno o dos golpecitos… —dijo mientras lo ejemplificaba sobre la mesa de centro—. Si estás, digamos, en la ducha.
—Bien, sin duda, no queremos que suceda eso.
Clara levantó la vista para encontrarse con el cuerpo de él y su sonrisa burlona. Se le puso la carne de gallina en los brazos a pesar de la cálida tarde de junio. Josh tenía una clase de magnetismo que no había notado antes. Incluso cuando ella se colocó detrás del sofá para que hubiera una barrera física entre ambos, su cuerpo le canturreaba «más cerca, más cerca, más cerca».
—Oye, mira, no voy a poner en peligro tu virtud, ¿vale? —Josh se desprendió del encanto como el que se quita una chaqueta. Debía de haberse dado cuenta de que la energía entre ellos había pasado de la broma a algo más jugoso—. No estoy disponible, así que no tienes por qué preocuparte. Solo voy a vivir aquí hasta que convenza a mi exnovia de que me deje volver a casa. Es una cabezota, pero seguro que lo consigo en una semana o dos, y luego ya no me verás más el pelo.
Soltó la noticia con el tono suave del experto en dar esperanzas y decepcionar fácilmente.
—Ah… —dijo Clara y luego comprendió lo que él quería decir—. No. —Hizo un gesto negativo con las manos. La había entendido mal, era evidente. Ella quería estar con Everett. Llevaba enamorada de él toda la vida. Ni siquiera conocía a aquel tipo despeinado con los vaqueros rotos—. Por supuesto que no. No estaba pensando que quisieras… —Se señaló con la mano el cuerpo y sacó la lengua por el asco.
Los ojos de Josh siguieron el camino que ella había indicado.
—Espera un segundo. No he querido decir que no lo quisiera hacer si estuviéramos bajo otras circunstancias. Eres muy… —Puso las manos delante de su pecho como si estuviera calculando el peso de un par de melones maduros.
Clara abrió unos ojos como platos.
—¡Ay, Dios! No puedo creer que haya hecho eso. Perdona. Lo que quería decir es que tú… Hummm… ¿Cómo se dice de manera respetuosa que…? —Volvió a subir las manos.
—Lo he pillado —dijo ella mientras la sangre le subía a la cara.
—Claro, disculpa de nuevo. —Sacudió el cuerpo como un perro mojado—. Además, estaba seguro de que entre Everett y tú había algo. Por cómo hablaba de ti, sonaba sin duda como que teníais un pasado.
Al oír mencionar a su amado, las magulladuras casi desaparecidas de su corazón estallaron de nuevo y le dolieron. No sabía cuánto contarle sin resultar patética. Desde luego que Everett y ella tenían un pasado, aunque la parte romántica fuera unilateral.
Algo en la sinceridad de las cejas de Josh le daba a Clara la impresión de que él podía aguantar más que la versión edulcorada de su historia con Everett, más que las milongas que les había soltado a sus amigos y familiares de la costa este para que no la juzgaran ni se preocuparan por la decisión precipitada de mudarse.
Por alguna razón, se encontró soltándolo todo ante aquel desconocido desaliñado.
—Everett y yo nos criamos juntos. A pesar de vivir cada uno en una punta del país durante casi diez años, mantuvimos el contacto con visitas y llamadas de teléfono. No sé si le has podido conocer un poco, pero tiene esa mezcla increíble de dulzura, inteligencia y diversión…
—¿Y te animó a que lo dejaras todo y te mudaras aquí solo para abandonarte en cuanto tuvo la oportunidad? —Josh arqueó una ceja.
Clara retrocedió un paso. La verdad escocía.
—Eso no es lo que ha pasado exactamente. Sé lo que parece. —Bajó la voz, avergonzada por cómo había subido el volumen—. Pero cuando Everett me llamó hace un par de semanas y me describió la vida en Los Ángeles, los atardeceres, la brisa marina y la gente que no tenía que llevar férulas dentales por la noche para evitar apretar los dientes por el estrés…
Un hoyuelo apareció en la mejilla izquierda de Josh.
—Sé que parece una tontería, pero fue como una señal o algo por el estilo, era como mi oportunidad. Para el amor, la aventura, el felices para siempre, todo lo de esas pelis de Hallmark.
—A ver si lo entiendo bien. Tú, una mujer que ha plastificado su lista de lo necesario para una mudanza, ¿tomó una decisión importantísima que le iba a cambiar la vida basándose en una vaga señal del universo?
Clara se encogió de hombros.
—¿Es que tú no has hecho nunca nada estúpido para impresionar a alguien que te gustaba?
Josh se dejó caer en el sofá, puso los pies sobre la mesa de centro y los cruzó a la altura de los tobillos.
—No. Nunca.
—Creo que lo que quieres decir es «Aún no». —Clara cogió las asas de sus maletas de ruedas—. Bueno, ¿cuál de estas dos habitaciones es la mía?
A la mañana siguiente, Clara había conseguido aislarse en el mar de sus pertenencias. Como las tenía todas tiradas por el suelo de su nueva habitación, ahora estaba sobre la silla de madera del escritorio intentando decidir por dónde empezar.
Se suponía que deshacer el equipaje la iba a ayudar a sentirse mejor. Más instalada. Lo había leído en un estudio sobre cómo los humanos se adaptan a un nuevo entorno.
Pero había abierto una maleta con recuerdos que compartir con Everett y ahora estaban esparcidos por toda su descolorida gloria adolescente y se turnaban para golpearla en el estómago.
Las tiras de fotomatón dobladas por los bordes, la caja de cartón hundida del triste intento de crear su propio juego de mesa en séptimo, y hasta había llevado de su ciudad natal sus bagels favoritos —antes congelados— en una bolsa de plástico, que ahora chorreaba encima de su albornoz.
Todo le hacía daño. Clara bajó la barbilla al pecho.
Llamaron una sola vez a la puerta que había a su espalda.
—Pasa.
El caos en la alfombra reflejaba el desastre que era ahora su vida. Qué poético.
—¿Qué tal vas con el equipaje? —Josh le ofreció una taza descascarillada llena de café humeante.
Clara creó una visera con la mano y se dio la vuelta, pero no sin antes echar un vistazo para confirmar que el vello que le subía a Josh al ombligo hacía juego con las cejas castaño oscuras y no con los rizos rubios de la cabeza.
—¿Qué coño estás haciendo?
—No dejaba de oír esos suspiritos tristes desde el pasillo y he pensado que el café te animaría. —Se fijó en dónde estaba—. ¿Te has subido a esa silla para evitar una araña?
Clara se bajó con cuidado.
—No llevas mucha ropa encima.
Cerró los ojos, pero los músculos fibrosos de su pecho se le grabaron en las retinas.
—¿Qué quieres decir?
—¿Acaso no viste la lista de normas que te pasé por debajo de tu puerta anoche?
Había pasado una hora y media después de cenar pasando a limpio las normas en papel pautado. Hasta había incluido unos espacios destinados a sus firmas.
—Creía que habías dicho que eran pautas.
—Y son pautas. —Intentó introducir la paciencia en su tono—. Y las pautas dicen que todas las partes implicadas deberán llevar al menos tres prendas de ropa cuando entren en zonas comunes de la casa y/o durante la interacción directa con el compañero de piso y/o invitados.
Josh clavó la vista en sus pies descalzos.
—¿Qué hay de los calcetines?
—¿A qué te refieres con «¿Qué hay de los calcetines?»?
—¿Cuentan como una prenda de ropa o como dos?
Clara se puso las manos en las caderas.
—Los calcetines no cuentan.
Josh aspiró el aire entre los dientes.
—Por desgracia, eso no queda claro en el papel.
—Un calcetín no es una prenda esencial.
La miró con ojos traviesos.
—A no ser que estés jugando al strip poker.
—Gracias por traerme café.
Clara aceptó la taza sobre todo para que dejase de hablar.
—De nada. No sabía cómo lo tomas…, pero tampoco tenemos leche. Ni azúcar. —Puso una mueca—. Pero, oye, te llevaré al supermercado en cuanto termines de… —recorrió con la vista el caos que había armado en su habitación— redecorar.
Harta del contacto visual con sus pelillos dorados del pecho, Clara cogió la primera prenda de ropa que encontró —una vieja sudadera enorme tirada sobre el respaldo de la silla del escritorio— y la lanzó con la mano libre a sus pectorales ondulantes.
Mientras se la ponía, ella fue a buscar su copia de las pautas.
En cuanto Clara entró en el dormitorio principal, tuvo que obligarse a no mirar la cama. La cama de Everett. La almohada probablemente todavía olería a él. Olisqueó de manera furtiva desde la puerta. Sí, aquella habitación olía a Everett. A Irish Spring y al vinilo de cientos de discos.
Sacudió la cabeza y buscó el papel de libreta, que finalmente encontró en la mesilla de noche. Josh ya se las había apañado para salpicar de café la esquina del documento. Ojalá se le hubiera ocurrido llevarse la plastificadora.
Cuando regresó a su habitación, Josh había conseguido taparse. Las mangas de la sudadera con capucha de Columbia le terminaban en los codos y ella se negó a encontrarle encantador.
—Me imagino que las habrás escrito como punto de partida. —Señaló su hoja—. Deberíamos escribir las definitivas entre los dos, ¿no?
La pelea con la sudadera había empeorado su pelo ya despeinado.
Se le pasó por la cabeza una inoportuna imagen de él, enredado en las sábanas, calientes por la temperatura de su cuerpo. Le dio un buen sorbo al café y usó el sabor amargo para deshacerse de la perturbadora imagen.
—Sí, claro.
Le pasó el papel. Sinceramente, había dado por sentado que a él no le importaría tanto como para pelearse con ella por ninguna de las propuestas.
Josh se sentó en la cama de Clara y se llevó la mano a su desgreñada mata de pelo. De algún lugar en las profundidades de su melena, sacó unas gafas con montura de carey y se las puso.
—Algunas de las cosas que has puesto aquí están bien.
Clara se mordió el interior de la mejilla. Josh tenía un poderoso toque de atracción, y la empollona que llevaba dentro empezó a suspirar al verle con las gafas para leer.
—Compartir los gastos comunes. Muy bien. Una tabla con las responsabilidades de limpieza semanales. Muy organizado. Tenemos que ir a buscar algunos de estos artículos que mencionas. No creo que tengamos cera orgánica para los muebles. —Asomó la lengua entre los dientes mientras examinaba el resto de la página, asintiendo de vez en cuando—. Veo que me has confiado los cambios de bombillas.
Josh miró hacia donde ella estaba, incómoda junto a la puerta, y le pegó un repaso de arriba abajo a su cuerpecillo.
—Tiene sentido.
Le dio la vuelta a la hoja.
—Silencio desde la medianoche hasta las cinco de la mañana. Vale. Es razonable… Pero estás olvidándote de un montón de cosas.
Clara se cruzó de brazos.
—¿Como qué?
—Como el sexo.
El pulso se le disparó.
—Bueno, ¿qué plan hay si estamos…? Ya sabes. —Hizo un gesto de bombeo con el puño.
Clara se tragó el nudo en la garganta.
—¿Te refieres a poner un coletero en el pomo de la puerta?
Las cejas se le subieron al nacimiento del pelo.
—¿Qué coño es un coletero?
Para contestarle, sacó uno de su neceser y se lo lanzó como un tirachinas.
Sostuvo aquella tela suave frente al pecho y comprobó la durabilidad de la goma del pelo entre sus dedos.
Clara volvió a apartar la vista. «Así que tiene las manos bonitas. Pues vaya».
—¿Es que no has visto ninguna de esas comedias de los ochenta con sexo?
—Ah, vale —dijo Josh—. Creía que usaban calcetines.
—A lo mejor los tíos usan calcetines. Supongamos que cualquier cosa que decore el pomo significa «no molestar».
Normalmente habría insistido en no utilizar una señal hortera, pero su falta de actividad sexual le evitaría tener que aplicar esa norma en concreto.
—Vale, guay. Aunque tengo que advertirte de que estas paredes son finas. Cuando me mudé aquí el domingo, oí a Everett haciéndolo con esa fantasía de tía que trajo a casa como si tuviera una entrada en primera línea.
Clara inhaló con fuerza. Por supuesto, sabía que Everett no había sido célibe en los últimos diez años, pero no había tenido motivos para imaginárselo con otras mujeres… y en la cama donde ella había dormido la noche anterior. ¿Le bastaría con quemar las sábanas y comprar unas nuevas?
—¡Ay, mierda! Perdona —se disculpó Josh.
Clara debía de haber puesto una mueca, pero enseguida sus rasgos volvieron a estar en calma.
—Si te ayuda en algo, cuando la tía se corrió hizo un ruido estridente supermolesto.
Clara contuvo las ganas de vomitar.
—Pasemos a otro tema.
Josh miró al techo con los ojos entrecerrados.
—Hummm… —Chascó los dedos—. ¿De qué tienes miedo?
—¿Perdona?
—Si tuvieras miedo a las serpientes, a los perros grandes o a las bolas de algodón y lo supiera, podría protegerte.
Le miró con los ojos entrecerrados.
—¿Eres consciente de que una de esas tres cosas no es como las demás? ¿Qué hay de los ratones, las cucarachas o las zarigüeyas?
—¿Exactamente cuántas plagas crees que puede haber por aquí?
Josh movió los hombros.
—Estoy tratando de prepararme como tu compañero de piso.
Clara entendía por qué lo decía. Se quedó mirando la alfombra.
—Me da miedo conducir.
—Pero… ¿te has mudado a Los Ángeles?
Se le sonrojaron las mejillas.
—Sí. Todo esto es una gran estupidez. He arruinado mi vida. ¿Y tú de qué tienes miedo?
Su mirada, que evitaba más preguntas, debía de haber funcionado.
Josh puso una mueca.
—Al kétchup.
—¿No te gusta el kétchup?
—Nooo —alargó la vocal para darle más énfasis—. No me gustan los rábanos. El kétchup me da miedo.
—No me hace gracia. Dime algo de verdad.
—¡No estoy de broma! Hay gente que se caga cuando ve bichos, y a mí me pasa lo mismo si veo kétchup. Es por la viscosidad o algo así. —Se tapó la boca con el dorso de la mano—. Puaj, en serio, es que no puedo ni hablar de eso. Se me hiela la sangre.
Le enseñó el antebrazo para que viera cómo se le habían puesto los pelos de punta.
—Vale, pero si alguien te desafiara a comer kétchup, ¿te atreverías?
—¿Por qué iba nadie a desafiarme a comer kétchup? —Negó con la cabeza.
Clara se encogió de hombros.
—Porque estáis jugando a uno de esos juegos. Verdad o reto.
—¿Alguna vez has jugado a verdad o reto?
—Pues claro. —Se echó el pelo por encima del hombro.
—Sí… Pero seguro que siempre eliges verdad.
—No, muchas veces he elegido reto.
Josh torció la boca.
—¿Ah, sí? Cuéntame alguno que hayas hecho.
A pesar del prolongado sorbo de café que aprovechó para ganar tiempo, no le vino nada a la cabeza.
—Bueno, ahora no se me ocurre ninguno. Hace ya mucho.
—Qué pena. —Se le encendió una lucecita en los ojos—. Los desafíos son divertidos.
—¿Divertidos para quién exactamente?
¿Por qué le sonaba la voz tan insegura?
—¿Para todo el mundo?
Una explosión de encanto acompañó a sus palabras.
«Lo dice como alguien de quien nunca se han burlado».
—No, son divertidos para la persona que lanza el reto y para varios espectadores. Quien lleva a cabo la prueba se muere de vergüenza en el peor de los casos o se siente incómodo en el mejor.
—Entonces los retos van en contra de las normas, ¿eh?
—Pautas —dijo automáticamente antes de aclararse la garganta—. Creo que estaría bien decir que a partir de ahora sí.
Se oyó un tintineo agudo que provenía de la mesilla de noche.
Clara cogió su móvil. «Mierda». Se obligó a poner un tono de voz alegre.
—Hola, mamá… Sí, todo va bien… Ajá, estaba deshaciendo el equipaje. —Miró por encima del hombro y se encontró a Josh observándola con un interés evidente—. ¿Everett? —Clara cambió el peso de una pierna a otra—. Hummm…, no. No está aquí ahora mismo. Ha ido a por café. —Bajó la voz—. Claro, le saludaré de tu parte. —No estaba preparada para contarle aquella humillación a su madre perfecta—. Oye, mamá, tengo que dejarte. Tengo una olla en el fuego… Sí, estoy cocinando… Eh…, sopa. Y se está quemando… Vale, yo también te quiero. Adiós.
Josh entrecerró los ojos.
—No le has contado a tu madre que Everett se ha pirado. —Al menos podría haber hecho como si no hubiese oído nada—. Se preocupará.
—Ya.
El silencio entre ambos rebosaba incomodidad.
—Bueno, ¿vamos al supermercado? —Josh señaló su taza abandonada—. No puedo vivir a base de café solo.
—Espera. ¿Has hecho café, te has dado cuenta de que no había leche y me has endosado lo que no querías?
Una sonrisita culpable apareció en su cara.
—¿No puede un hombre tener un bonito detalle y reutilizar sus recursos responsablemente? Venga, yo conduzco.
—Vale. —Le siguió por el pasillo—. Creo que voy a comprar al menos tres botes de kétchup.
Clara apartó los ojos del trasero bien formado de Josh para fijarse en los artículos que en esos momentos ocupaban el carrito de la compra que él había insistido en compartir.
Cereales con más contenido en azúcar que la mayoría de los caramelos, suficientes burritos congelados como para alimentar a una familia de cinco personas durante una semana y una bolsa gigante de patatas fritas picantes con queso. ¿Cómo podía alguien comerse todo eso y aun así tener ese aspecto? No le cuadraban las cuentas.
Clavó la vista en el único envase de yogur desnatado del carrito, su única aportación hasta el momento. Clara se sentía mejor cuando evitaba comer cosas con demasiado azúcar o demasiada sal, pero ni toda la verdura de hoja verde del mundo le daría el aspecto esbelto y tonificado de las madres de aquel supermercado de Los Ángeles. Daba igual lo que comiera, sus enormes tetas se negaban a encogerse. Al menos había conseguido que en los últimos cinco años su pompis guardara cierto equilibrio.
Cuando levantó la mirada, Josh se las había apañado para añadir a su botín unas galletas rellenas de algo horrible. Parecía circular por el supermercado basándose en antojos espontáneos, ignorando por completo la disposición creada minuciosamente en este tipo de establecimientos.
Clara aparcó el carro a su lado.
—¿Te puedo hacer una pregunta impertinente?
Josh bajó los gofres congelados que tenía en la mano.
—Solo si yo puedo hacerte otra luego.
—Supongo que es justo. —¿Por qué había permitido que se le descontrolara tanto la vida?—. ¿Cómo es que comiendo tanta comida basura estás tan… —«apetecible», le sugirió su cerebro sin ayudar nada— delgado?
Encogió un solo hombro.
—¿Porque follo mucho?
Clara sucumbió a un alarmante ataque de tos y tuvo que tranquilizar con un gesto de la mano a varios compradores que la miraban preocupados. Eso le pasaba por preguntar.
Josh, al parecer impertérrito, abrió el camino hasta la zona de la frutería y se sirvió una muestra de uvas no autorizada.
—Vale. Me toca. ¿Cuál es tu plan?
Clara levantó la sandía que acababa de coger.
—Estaba pensando en hacer una ensalada de verano.
—No, no me refiero a tu plan con la fruta. ¿Cuál es tu plan en Los Ángeles?
Se ajustó el vestido de tirantes para no tener que mirarle a los ojos.
—El plan me ha estallado en la cara, por así decirlo.
Era tan solo cuestión de tiempo que su madre se enterara de que Everett se había largado y le sugiriera educadamente que regresara a su costa natal.
—Supongo que intentaré pasar desapercibida durante unas semanas, me lameré mis heridas y, si tengo suerte, los cotillas no se enterarán de la humillación que he sufrido antes de que vuelva a Nueva York con alguna excusa inventada.
Se estremeció. Si alguien en casa se enteraba de que Everett Bloom no se había molestado en quedarse lo suficiente para mandarla a paseo como era debido, tendría que mudarse a la Conchinchina para escapar de las risitas de satisfacción.
—Espera un minuto. —Josh dejó de caminar y ella tuvo que parar el carro en seco para no chocar contra sus tobillos—. No puedes volver. Puede que Everett te trajera hasta aquí, pero si tu antigua vida hubiera sido tan buena, no la habrías abandonado a la primera de cambio.
Tiró al carro una botella enorme de refresco que se quedó tumbada; sin duda, cuando la abriera, explotaría y lo salpicaría todo.
—No me trago ni por un segundo que no tengas un plan de contingencia.
A Clara no le gustaban sus intentos de hacerle un diagnóstico cuando solo hacía un día que la conocía, pero no podía negar del todo su argumento.
—No creo que mi plan B quiera saber de mí.
¿Contaba como plan B una persona? Una persona que tenía todo el derecho a cerrarle la puerta en las narices a cualquier Wheaton que llamara. Al fin y al cabo, algunas heridas no se curan, y Clara sospechaba que esta no había desaparecido, aunque hubiera pasado una década.
Intentó que se acabara ahí la conversación, pero Josh sacudió un paquete de galletas saladas delante de ella. La chica apretó el manillar del carro. Este tío ya sabía suficiente para poder incriminarla.
—Mi tía Jill se mudó aquí hace diez años. Fundó una agencia de relaciones públicas en Malibú, por lo que he podido encontrar en internet. No la he visto ni he hablado con ella desde que estaba en el instituto. —Clara metió en dos bolsas su pechuga de pollo sin piel.
—No tienes que mantener el contacto con tus parientes consanguíneos. El ADN compartido funciona como la tarjeta para salir gratis de la cárcel del Monopoly. No habrás hecho nada tan malo como para que no quiera verte.
—No sé yo.
Preocupada por la salud de Josh más que por la suya, Clara no dejaba de devolver a escondidas comida basura a las estanterías cuando él miraba para otro lado. Puede que su metabolismo desafiara a la ciencia, pero a juzgar por algunas listas de ingredientes, consumía más sirope de maíz de lo que recomendaba la Administración de Alimentos y Medicamentos. Al pasar por un expositor de productos, colocó de forma encubierta la bolsa de patatas fritas detrás de un paquete gigantesco de servilletas de papel.
—Jill se mudó aquí porque mi familia la repudió.
Josh cogió un número para la carnicería.
—¿La gente aún se repudia hoy en día? Creía que esa costumbre solo se aplicaba a las antiguas dinastías.
Clara estudió la selección de pavo.
—A los Wheaton no les gustan los escándalos que no puedan tapar con su dinero o su influencia, y la tía Jill lanzó en Greenwich un disparo que se oyó en todo el mundo.
Después de comprar en la carnicería, pararon en el pasillo de la limpieza para adquirir lo necesario para llevar a cabo las tareas de la lista de pautas.
—¿Y qué hizo esa señora que fuera tan malo? ¿Vender una reliquia familiar? Ah, ya sé. —Movió los ojos—. Se vistió de rojo en un funeral.
Clara examinó las distintas marcas de cera para los muebles. Josh no tenía ni idea del alcance del escándalo que había presenciado.
—Tú te ríes, pero no es raro que los Wheaton donen bibliotecas y alas de hospitales para deshacer el daño provocado por no controlar los impulsos de alguno de sus miembros.
—Entonces… ¿mató a un tío?
—¿Qué? No. Hizo algo estúpido, no ilegal. Jill se acostó con el teniente alcalde de Greenwich a los diecinueve años.
Josh cogió dos botellas entre las que no se decidía y, al final, echó las dos al carro.
—Deja que adivine. ¿El teniente alcalde estaba casado?
—¿Cómo lo sabes? —Clara volvió a colocarse detrás del carro—. Probablemente se habría olvidado al cabo de un tiempo, pero cuando él negó haber tenido una aventura con mi tía, ella se encadenó a una estatua en el centro de la ciudad y se puso a leer por un megáfono un montón de cartas de amor que él le había escrito. —Cogió detergente, un multiusos y varios ambientadores—. Según dicen, eran muy obscenas.
Josh trotó junto al carro.
—Ya me cae bien.
Los detalles aparecieron en su memoria muy resaltados. Había sido el primer escándalo Wheaton que le había afectado directamente.
—El alcalde tuvo que llamar a los bomberos para que la desencadenaran. Y, a esas alturas, ya había salido todo en las noticias locales.
Al día siguiente toda su clase ya estaba al tanto del asunto.
Otro titular que había chamuscado su árbol genealógico. Y ahora, igual que Jill, Clara lo había arriesgado todo por amor y se había dado de bruces.
—¡Tu tía es la monda! —Josh se puso en la cola de la caja.
—Por desgracia, mi abuelo no pensaba lo mismo que tú. —Clara se tragó el sabor amargo en la boca—. El espectáculo le costó su trabajo. Probablemente debería haber mencionado que mi abuelo era el alcalde por aquel entonces.
Le asombraba que el hombre que siempre se había mostrado encantador con ella se hubiera vuelto en contra de su propia hija.
—Jill se mudó a Los Ángeles poco después de eso. Mis padres no es que quemaran todas sus fotos ni nada por el estilo, pero no hablamos de ella. Es como si nunca hubiera existido.
A Clara se le retorció el corazón al pensar en su abuela y sus padres manteniéndose alejados de su tía Jill, dejando que se abriera un enorme vacío en mitad de la familia, aislando a Jill lo bastante como para que saliera huyendo. La idea de la soledad agravada por la vergüenza le hacía temblar. Había trabajado toda su vida para evitar el destino de Jill.
Siempre había sacado unas notas excelentes y había respetado rigurosamente la hora límite de llegada a casa. En teoría, era una joven intachable. Había ido a una universidad cerca de casa, se había sacado un posgrado y siempre estaba en guardia para apagar cualquier fuego o calmar los ánimos.
Pero, aunque se esforzaba mucho por estar a la altura de las expectativas de su familia, el fracaso parecía inevitable bajo el peso de su responsabilidad para defender y respetar el apellido Wheaton.
—Deberías ponerte en contacto con ella —sugirió Josh cuando llegaron a la cinta transportadora de la caja.
Clara se mordió la lengua cuando él empezó a descargar el carro sin el menor cuidado, sin ninguna consideración por los principios básicos como agrupar los artículos perecederos y vaciarlo mejor.
—Seguro que está ocupada.
—Venga ya —dijo—. ¿Qué daño podría hacer una llamada telefónica?
Al día siguiente, Clara estaba convencida de que la llamada a la oficina de Jill terminaría siendo un desastre. Josh no sabía lo profundas que eran las heridas en su familia. ¿Cómo iba a saberlo? Los escándalos de los Wheaton arruinaban vidas, acababan con matrimonios y disolvían negocios. ¿Y si Clara se ponía en contacto con Jill solo para descubrir que su tía se había convertido en una sombra de sí misma?
Pero por una vez sus preocupaciones resultaron ser en vano. Tras un breve intercambio que sí fue violento, Jill sugirió que comieran juntas en un restaurante cerca de su oficina y Clara, vestida con un conjunto que solía ponerse para entrevistas de trabajo, pidió un coche y se dirigió a Malibú.
Al llegar, se encontró con un restaurante animado, con un patio donde daba el sol y una carta con dos páginas enteras dedicadas a diferentes tipos de tostadas con aguacate.
Después de un abrazo incómodo, en el que una se movió en sentido contrario a la otra, Jill se recostó en su silla.
—Me alegra que hayas llamado, Clara. ¡Qué bonita sorpresa! Me parece increíble lo mayor que estás.
—Gracias. —Antes de que se marchara, Clara siempre había admirado a Jill por la gracia natural que tenía; nada que ver con el resto de las personas del Club de Campo de Greenwich—. Siento no haberte llamado antes. O… nunca, la verdad.
No fue capaz de pronunciar la palabra «tía». Durante diez años, Clara había oído que se referían a la mujer que tenía delante como «una mancha en el legado de la familia». Desde luego Jill conocía de primera mano las consecuencias de frustrar las esperanzas familiares.
—Tranquila. —Jill descartó su disculpa con un gesto de la mano—. No te culpo. —Su voz le recordaba a la miel mezclada con whisky, como si alguien hubiera calentado sus cuerdas vocales, suavizando los bordes.
Cuando la mujer mayor sacudió su larga melena oscura, Clara advirtió que se parecía a ella. Siempre había sido consciente de que no había salido a su madre. Todo en Lily Wheaton era ordenado y compacto, desde su peinado perfecto hasta sus pantalones pastel hechos a medida. Si Lily era severa y rigurosa, Jill y Clara eran espontáneas e imprevisibles.
—¿No estás enfadada? —Clara se mordió el labio inferior.
La risa se apagó en los ojos de Jill, que se quedó mirando la carta del menú durante un momento.
—Puede que tenga algunas cosas que decirle a mi padre, pero el tiempo y el espacio dan mucha perspectiva. Sea como sea, estoy muy contenta de verte. Tienes el pelo más corto que en las fotos de tu graduación que me envió tu madre.
El té helado salpicó el mantel cuando Clara detuvo el vaso a mitad de camino hacia su boca.
—¿Mi madre te envió fotos mías?
Por lo que ella sabía, su madre jamás se saltaba las normas. Contactar con Jill, una persona non grata, se consideraba una imprudencia total.
—Sí, lleva haciéndolo durante años cada pocos meses. Me las envía por correo electrónico después de cada ocasión especial. —Los ojos de Jill volvieron a iluminarse—. Está muy orgullosa de ti.
Clara no pudo evitar sentirse culpable.
—Se suponía que yo era su premio de consolación, pero he abandonado mi puesto.
Dejando un enorme vacío atrás.
—Sé lo que es eso. —Jill sonrió con pesar—. De algún modo, los hombres de nuestra familia tienden a llevarse mucho más que las mujeres. Tu madre ha capeado muchos temporales de mi padre y de nuestro hermano, y ahora de Oliver. No debe de ser fácil.
Lily no conocía la definición de fácil. A los seis años, Clara había bajado las escaleras sin hacer ruido, en camisón, y se había encontrado a su madre sentada en la mesa de la cocina sollozando con las manos en la cara ante la noticia de otro escándalo de la familia Wheaton. Se había subido al regazo de su madre y le había prometido que ella sería diferente. Había jurado que jamás le daría motivos para que se preocupara —jamás le daría un dolor de cabeza—, y hasta hacía unos días había cumplido a pies juntillas su promesa.
Jill colocó una mano sobre la de Clara.
—¿Estás bien?
Asintió y se tragó con el té helado lo que le quedaba del nudo en la garganta.
—¿Echas de menos Greenwich? —preguntó Clara.
Unos trocitos de carbohidratos cayeron de entre los dedos de Jill cuando partió su palito de pan.
—Sí, a veces. No me he acostumbrado al calor en Navidad. Pero estoy agradecida por haber podido empezar aquí de nuevo. He cometido muchos errores, pero al menos son míos. Hay un extraño orgullo en aceptar la plena responsabilidad de las consecuencias de tus actos, aunque sean negativas. —Limpiándose las gafas de sol con una servilleta de tela, Jill continuó—: Pero basta de hablar de mí. ¿Qué te ha traído a Los Ángeles?
¿Por dónde debería empezar? Las razones principales por las que se había mudado eran muy humillantes, así que se esforzó por escoger la que le hacía parecer menos idiota. «He venido aquí porque estoy acercándome a los treinta y me he pasado la vida entera en la burbuja del mundo académico, evitando el mundo real. Porque he ido detrás de mi amor no correspondido desde los catorce años. Porque ya no podía soportar más la carga de mantener las expectativas de nuestra familia».
Se decidió por una versión abreviada de la historia de Everett. El hecho de pensar en su abandono repentino todavía le provocaba ardor de estómago, pero al menos esa versión del relato transmitía solo una debilidad en vez de todo un cúmulo de ellas. Compartir el bochornoso episodio, aunque fuese solo en parte, redujo la abrasión del rechazo. Cuando terminó, Jill apoyó un codo sobre la mesa y la barbilla en la palma de su mano.
—Vale, después de esto tengo que preguntarte qué le ves tan especial a ese Everett Bloom.
Esa pregunta se la había hecho Clara a sí misma desde la adolescencia.
—Everett me hace sentir segura. Crecer con él ha sido como si nos hubiéramos ido cociendo a fuego lento. Nos hicimos amigos cuando el agua aún estaba fría y, cuando empezó a hervir y él se convirtió en el tío bueno que es ahora, yo me sentía tan a gusto a su lado que no me ponía de los nervios como me suele pasar cuando estoy cerca de hombres tan atractivos.
—Se haya cocido a fuego lento o no, sigue sonando doloroso —dijo Jill.
A Clara no le vino a la cabeza ningún contraargumento.
—Lo sabemos todo el uno del otro. Nuestras familias son amigas. Siempre ha sido sencillo. Y sé que, si pudiera hacer que me viera como una persona distinta a esa vecina friki de dientes prominentes, seríamos perfectos el uno para el otro. Además, hasta ahora nunca había hecho nada egoísta o impulsivo en mi vida. Lo único que quería era una dosis de aventura, pero en vez de eso, todo está siendo un desastre.
Se oyó un gorjeo proveniente del bolsillo de Clara, lo que hizo que la gente de las otras mesas la mirara mal.
—Disculpa. —Desbloqueó la pantalla de su móvil—. ¡Oh, por Dios santo!
—¿Qué pasa?
—Nada, perdona. Es mi nuevo compañero de piso. Le di mi teléfono para que pudiera llamarme en caso de emergencia y ahora no deja de enviarme selfis.
El mensaje decía, «¡¡¡SOS, necesitamos papel higiénico desesperadamente!!!» e incluía una foto de Josh con la boca abierta en un grito silencioso de angustia.
Jill bajó su carta.
—Oooh, quiero ver a ese hombre misterioso.
Clara le pasó el teléfono por encima de la mesa. Menos mal que Josh llevaba toda la ropa puesta cuando se hizo esa foto.
—Espera un segundo. —Su tía se acercó el móvil a la cara—. Clara… —Abrió los ojos muchísimo—. Este es Josh Darling.
Después de recuperar su teléfono, se devanó los sesos para ver si le sonaba de algo ese nombre. No recordaba que Josh le hubiera dicho su apellido, pero ¿Darling? Venga ya.
—No se puede llamar así de verdad.
Jill parecía estar viendo un vídeo de tomas falsas de la vida de Clara.
—No se llama así de verdad… —Hizo una pausa significativa cuando el camarero llegó para tomarles nota. Solo después de que decidieran compartir una pizza margarita y de que el hombre se alejara trotando a la cocina, Jill retomó su revelación—. Es su nombre de actor porno.
Clara se echó hacia atrás en el asiento y miró enseguida a las mesas que las rodeaban. Por suerte, nadie parecía estar lo bastante interesado en su conversación como para haberlo oído.
—Por favor, dime que eso significa otra cosa distinta a lo que estoy pensando.
Jill se inclinó hacia delante.
—¿No has oído nunca hablar de Josh Darling? Me sorprende. Pareces encajar de pleno en su sector demográfico. Cosmo lo describió como «la hierba gatera de las mujeres millennials». —Se le agolpaban las palabras mientras se apresuraba por soltarlas—. Parece un rompecorazones de los noventa. Estilo Zack Morris de Salvados por la campana, pero sin ser tan gilipollas.
Clara cerró los ojos, respiró hondo y expulsó el aire lentamente por la boca. Durante toda su vida había elegido la seguridad frente a las grandes emociones. No había probado las drogas. Rara vez bebía, porque sabía que no aguantaba bien el alcohol. Tenía solo un par de bragas sexis, aunque nunca se las ponía porque se le metían por el trasero. ¿Cómo era posible que hubiera acabado siendo compañera de piso de una estrella del porno? Y no de una estrella del porno normal y corriente, sino de una lo bastante popular como para que le dedicaran un artículo en una revista que hojeaba a menudo en la sala de espera de la consulta de su dermatólogo.
—No veo porno —dijo Clara sin apenas abrir la boca. No tenía problema con que la gente se masturbara viendo ese tipo de pelis, pero cada vez que ella había visto alguna, normalmente bajo la petición de alguien que pronto había pasado a convertirse en su exnovio, salían siempre mujeres degradadas. No podía evitar que una mujer arrodillada con semen chorreando de la boca no le pareciera nada sexy.
La idea de que el bobo, desordenado y desgreñado de Josh hiciera ese tipo de vídeos no le cuadraba. ¿Cómo iba a decirle a una chica «Toma eso, zorra» el mismo tío que le había preparado café a ella? Se le revolvió el estómago y apartó los palitos de pan.
—No me sorprende que no veas películas porno, pero se rumorea por ahí que Josh Darling tiene mucho talento —dijo Jill.
Clara se llevó las manos a la tripa y deseó tener un antiácido.
—Si esto es una broma, no me hace gracia.
Nadie podía enterarse de eso. A los compañeros del instituto les encantaría la idea de que Clara Wheaton, la mojigata, compartiera ducha con un hombre que tenía un pene más famoso que su cara. Por no mencionar la reacción de su madre. Estrujó la servilleta de lino.
Jill no pudo contener una sonrisa.
—Parece que después de todo sí vas a tener esa dosis de aventura que buscabas.