Este libro es para ti,
que has transitado el abismo de las horas muertas,
de la soledad delirante,
de la desesperación más aplastante,
de las noches sin alba,
de los días sin risas,
de las tardes sin más.
Este libro es para ti,
que te aferras fuerte a algo inexistente,
algo que solo sobrevive en tu mente,
y te resistes a soltarlo
mientras pierdes el compás.
Este libro brota de una herida profunda,
de una brecha inesperada y contundente,
de las que te sacuden y te dejan ausente,
perdido y sin paz.
Este libro es para ti,
alma infinita y perenne,
para ayudarte a recordar quién eres,
qué buscas
y a dónde vas.
Cada experiencia que vivimos es una oportunidad para redescubrirnos, una puerta que se abre y nos invita a un viaje maravilloso del que, si despertamos la mente y abrimos el corazón, podemos aprender grandes lecciones que nos permitan iluminar con más luz cada uno de nuestros días.
Dicen que los seres humanos vivimos las pérdidas como una mutilación, como si nos arrancaran una parte de nuestro cuerpo que nos pertenece. Dicen que sentimos demasiado nuestro aquello que hemos logrado o conseguido y que por eso nos parece injusto que la vida nos lo arrebate y se lo lleve, que nos negamos a aceptarlo, que nos aferramos fuerte a ello y no queremos soltarlo. Y dicen que la pérdida de esa persona a la que amamos y que se ha ido de nuestro lado de forma consciente y voluntaria, demostrándonos así que ya no quiere estar ahí, es de las más dolorosas y aniquilantes que existen. Quizá quien haya vivido el fallecimiento de su pareja habiendo tenido una relación sana, puede que crea que su experiencia es mucho peor. Es difícil cuantificar el dolor, al fin y al cabo se trata de un proceso muy personal que cada uno vive y afronta según sus propios recursos. Lo que es común a todas estas situaciones es que, cuantos más tengamos, mejor transitaremos estos cambios innegociables en nuestra historia.
Está claro que ninguna ruptura es agradable y que no hay una forma de vivirla con suavidad y bienestar. Más aún cuando una de las dos partes no desea ese cambio de sentido en su vida. Y si además resulta que falta claridad o sobra cobardía por parte de quien se va, o si aparecen mentiras, engaños, traiciones o reproches, es aún peor. El dolor se incrementa cuando no entendemos lo ocurrido o cuando nuestra mente lucha por aferrarse a eso que fue, pero que ya nunca más será.
No tengo ninguna duda de que todos, sin excepción, estamos preparados para enfrentarnos a cualquier pérdida. Siempre he pensado que la vida jamás nos expondría a una situación para la que no tengamos recursos. Si nos pone en ese camino sin asideros, es porque tiene la certeza de que somos capaces de encontrarlos. Siempre. Pero es cierto que cuando uno vive un proceso de ruptura que no espera ni desea, a no ser que haya hecho un largo y profundo trabajo de crecimiento personal, no le resultará fácil enfocarlo pensando en esa cara amable de la vida, sino justo al contrario.
Escribir un libro sobre cómo afrontar el final de una relación de pareja es un tema que tenía pendiente desde hacía mucho, mucho tiempo. Llevo ya más de dos décadas viendo sufrir a incontables personas por el mismo motivo. La mayoría de nosotros hemos vivido o viviremos alguna ruptura a lo largo de nuestra vida. Y aunque sea una realidad que nadie desea y que siempre tratamos de evitar, es algo muy habitual y que, por nuestro bien, deberíamos normalizar. Sé que la idea de normalizar las rupturas, por lo general, produce cierto rechazo, porque parece que significa que ya no nos comprometeremos o que ya no pondremos de nuestra parte para intentar que las relaciones funcionen y se mantengan en el tiempo. Nada de eso. Normalizar las rupturas es un acto de madurez y de inteligencia emocional. Es comprender que las relaciones pueden acabar, que puede que ya lo hayamos dado todo, que puede que nuestros sentimientos cambien o que nuestra pareja ya no quiera estar ahí. Pero también es cierto que, normalizado o no, no sabemos cómo enfrentarnos a ello. No sabemos cómo transitar ese proceso de pérdida indeseada y aparentemente injusta, de manera que logremos dejar de sentirnos mutilados y empecemos a darnos cuenta de todo lo que ganamos y de todo lo que nos puede enseñar una desgarradora experiencia vital como esta.
Puede que en este momento estés viviendo un proceso de este tipo, que estés sintiendo el incomprensible abandono de quien supuestamente te amaba. O puede que vivieras algo así en tu pasado y, aunque ahora estás bien, comprendas por lo que se pasa y quieras ser más consciente de tu evolución. O puede que, simplemente, quieras aprender sobre ello porque sabes que es algo que aunque no te haya sucedido, te puede pasar algún día. O puede que solo busques un libro con contenido para nutrirte y que te ayude a entender mejor las relaciones humanas…Tal vez seas tú quien ha dejado la relación y sientes que también necesitas herramientas para reconciliarte contigo y con la vida. En cualquiera de estos casos, este libro es para ti.
Tal y como podrás comprobar en breve, se trata de un libro que he planteado de manera un poco distinta a mis anteriores obras. A nivel de contenido pretendo que sea igual, es decir, que aporte recursos, claridad y muchas herramientas que ayuden a superar este tipo de experiencias en la mayor brevedad posible; pero la forma de contarlo es otra.
Hace unos años, yo misma tuve que enfrentarme a una ruptura que no esperaba y para la que creía que no estaba preparada. Fue una experiencia compleja que puso a prueba mis propias capacidades para resolver este tipo de giros vitales porque sucedió en un momento complicado para mí. Pero la vida es así, juguetona y caprichosa. Le encanta retarnos para que aprendamos y no dejemos de crecer. Le encanta exponernos a aquello que más tememos y acercarnos sin remedio al mismísimo abismo del miedo a la soledad.
Y, además, estaba mi viaje a París. ¿Qué iba a hacer con París? Es probable que tú, que hoy estás leyendo estas páginas, vivieras ese viaje en directo conmigo, pero si no lo hiciste te diré que era un viaje que había preparado con toda mi ilusión para hacer en pareja y que, con ese cambio drástico en mi vida, tuve que replantearme. Miles de preguntas vinieron a mi mente en cuestión de días. ¿Lo cancelo? ¿Voy sola? ¿Y si no lo soporto? ¿Y qué voy a hacer allí como un alma en pena? ¿No se trata de la ciudad del amor? En fin. Como habrás intuido, finalmente decidí llevarlo a cabo y fui compartiendo por Instagram cada uno de esos días. Fuisteis muchísimos los que me acompañasteis desde la distancia, dándome la mano mientras transitaba ese proceso tan catártico y transformador.
Sé que fue un viaje inspirador y empoderador para muchas almas heridas que, como la mía, trataban de reconstruirse buscando el camino más corto y menos desolador. Recibí cientos y cientos de mensajes de agradecimiento y otros cientos y cientos en los que me compartíais vuestras experiencias, vuestras rupturas, vuestro dolor.
Por eso, porque mi ruptura fue también un poco vuestra, porque vuestras historias se convirtieron un poco en mías, tal vez en nuestras, y porque, al fin y al cabo, una ruptura es una ruptura y en esencia todos vivimos estos procesos igual, en este libro quiero hablar de ello a través de la historia de Río, una mujer exitosa que se siente devastada por haber perdido el supuesto amor de su vida. Con un viaje a París de por medio al que no tiene claro que quiera ir, nos va contando a través de un detallado diario las encrucijadas emocionales a las que tiene que enfrentarse y el catártico y transformador proceso que experimenta mientras va cosiendo sus heridas y saboreando una asombrosa capacidad de resiliencia que no sabía que poseía.
No he pretendido escribir nada dramático, ni mucho menos victimista, de hecho los procesos de duelo, lejos de esto, son procesos de sanación, de reconstrucción y de renacimiento. Son momentos para volver a brotar y crecer más sabio y más fuerte que nunca. Mientras se transitan son dolorosos, sin duda. Pero si entiendes la vida como yo lo hago, más tarde o más temprano acabarás comprendiendo tu dolor y empezarás a transformarlo en algo que incluso puede llegar a ser maravilloso.
Debo confesar que siempre me he sentido un poco como una marioneta del destino, es decir, como si la propia vida me hiciera transitar por determinados lugares y experiencias, para que las sienta en mis propias carnes y para que así, desde ahí, pueda conectar de forma profunda con quienes estáis pasando por lo mismo. Como si me hubiera encomendado esta misión que le da sentido a todo (la de ayudar a aliviar el dolor y el sufrimiento ajeno), pero para llevarla a cabo, la condición es que pase por ello yo primero. Así es como puedo entender desde lo más profundo lo que uno vive cuando lo transita, así es como puedo reflexionar sobre la mejor forma de ayudar a otros y así es como me inspiro de verdad para poder compartir a través de mis libros, conferencias y eventos todo lo que he entendido, aprendido y crecido.
Es cierto que hay muchas realidades distintas, muchos tipos de rupturas y que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia personalidad a la hora de lidiar con ellas. Pero creo que hay algo que es más importante que todo esto a la hora de determinar cómo será nuestro proceso de recuperación: la información, la educación y la consciencia. Todos tenemos unas creencias instaladas en nuestra mente, unas expectativas de futuro concretas y un nivel de autoestima determinado. Son tres elementos que, sin ninguna duda, van a interferir en nuestra forma de hacer frente a la pérdida de quien supuestamente amábamos. Pero te aseguro que cuanta más información y más educación tengamos sobre el amor y las relaciones, más preguntas nos haremos sobre aquello que nos sucede, más cuestionaremos nuestras propias verdades absolutas (que a menudo nos limitan e invalidan) y más nos replantearemos el porqué de eso que nos hace sufrir, de nuestros apegos, de nuestras carencias, de nuestros miedos. Son precisamente la información y la educación lo que nos hace despertar y ser más conscientes para así poder crecer, avanzar, madurar y aprender. Y eso es justo lo que trato de aportarte, una vez más.
Diario de una ruptura es un libro escrito con el objetivo de ayudarte a comprender lo que ocurre cuando atravesamos el dolor de una pérdida importante en nuestra vida y cuando no nos queda otra que iniciar un proceso de duelo, porque la relación que teníamos ha acabado. Quiero que conectes con esas emociones tan humanas y tan universales que son, a su vez, tan incómodas como necesarias, quiero que las identifiques y que las entiendas: esa rabia que en momentos puntuales nos hace arder por dentro, esas ganas de gritar poseídos por la impotencia y la frustración, esa destreza en el arte del autoengaño para no aceptar lo que está ocurriendo, esa amargura que nos ahoga por dentro cuando pensamos que nunca más podremos volver a sonreír. Las ganas de llorar, los esfuerzos sobrehumanos por seguir con la rutina, la pérdida de apetito, de energía, de ilusión… Todo esto es normal y te lo voy a mostrar. Pero también quiero mostrarte y que sientas dentro de ti la increíble capacidad para resurgir que tenemos los seres humanos. Nuestro infinito talento para encontrar la forma de sobrevivir, nuestro incansable poder de resiliencia, nuestra sensibilidad, nuestra capacidad para dejarnos seducir, incluso sin querer, por el arte y la belleza inagotables que nos rodean, nuestra fortaleza para seguir avanzando hasta sentirnos capaces de soltar ese pasado que ya no nos pertenece y volver a sentirnos libres, felices y llenos de vida.
Es cierto que, en mi caso, no tardé mucho en superar mi duelo y entiendo que cada persona necesita su tiempo. Sin duda mis conocimientos sobre el tema, el hecho de entender todo lo que me estaba ocurriendo, el porqué de cuanto estaba sintiendo y tener claro hacia dónde debía dirigirme para estar mejor, me ayudaron a avanzar hasta encontrar la salida. Y es que, insisto, esa es la clave. El conocimiento, la información y la educación. Te aseguro que el tiempo que dura un duelo no depende del amor que haya habido, de cuánto haya durado la relación o de si esta era sana o no. He visto muchas personas que experimentan una ruptura después de haber tenido una relación que ha durado apenas unos meses y tardan más de un año en pasar página, mientras que otras que han permanecido juntas durante muchos años son capaces de cerrar ese capítulo en pocas semanas. Lo importante, de nuevo, es tener la información adecuada que nos permita entender lo que nos está ocurriendo y lo que forma parte de un proceso de duelo normal. Y esto es lo que pretendo que comprendas y aprendas con este libro.
Deseo, pues, que te dejes llevar por Río, la protagonista de esta historia que he escrito para ti. Puede que se parezca a la tuya. O puede que no. Puede que ahora mismo ni siquiera estés viviendo algo así, en cuyo caso espero que este libro te ayude a comprender mejor las emociones y los procesos de quienes te rodean (a convertirte en una persona más empática o más compasiva) o que simplemente te inspire a descubrir espacios de tu interior que tal vez aún no sabías que existían.
Este libro está dedicado a todos aquellos que habéis transitado la compleja y tan habitual experiencia de una ruptura, pero también a los que, aunque no la hayáis vivido aún, puede que algún día tengáis que transitarla. Ninguna relación nos ofrece garantías, pero cuanto más preparados estemos, menos arduo y espinoso será el camino hacia nuestra recuperación, ese inevitable camino de adaptación a una nueva realidad sin esa persona.
Te deseo un feliz y transformador viaje.
SILVIA
Era como estar dentro de un sueño. La música, las luces girando, las miradas perdidas de la gente que me rodeaba… y sus cuadros a mi alrededor, proyectados en las paredes de esa inmensa nave, en gran formato. Tan grandes como habían sido mi desconcierto, mi tristeza y mi rabia juntas. Hechas una pelota de piedra y alambre, en un rincón de mi cuerpo, a punto ya de ser expulsada. Ojalá pudiera meterme en alguno de esos cuadros y desaparecer hasta que se esfumaran por completo los restos de esa pena pegajosa que se trasladó conmigo desde Barcelona y que no acababa de disolverse del todo.
Penetraría en La noche estrellada, sin duda uno de los cuadros de Van Gogh que más me han impactado y emocionado desde que lo vi por primera vez. Sí, si pudiera elegir dónde meterme ahora mismo, lo haría entre esas nubes giratorias que flotan sobre un pueblo imaginario, en cualquiera de esas pinceladas eternas. Me senté delante de la enorme proyección de ese cuadro y, como si de una compulsión automática se tratara, empecé a llorar. Como el cielo aquella mañana, pero con mucha más intensidad. Y eso que hacía varios días que ya no lo hacía. No podía creer todo lo que estaba viendo, sintiendo, experimentando… ¡Era impresionante! Acordes de Haendel, Bach y Vivaldi se revolvían con fuerza en ese dramático in crescendo de notas y pinturas. Una verdadera lluvia multisensorial como base de una experiencia que nunca olvidaré. De repente era el mismo Van Gogh quien me miraba, desde una proyección de tamaño descomunal, tan enorme que lograba que los trazos, los empastes y los colores adquirieran otra trascendencia. Qué pequeña me sentía de pronto…, qué insignificante. Y qué poderosa era la música en medio de aquel hechizo indescriptible… Qué maravilla.
Acabó el pase de aquella exposición inmersiva y no podía moverme. No quería moverme, no quería que ese momento acabara nunca, aunque no pudiera dejar de llorar. Y empezó el siguiente con la misma intensidad que el anterior. La noche estrellada ante mí y yo de nuevo deseando entrar en ella.
Vincent se inventó un pueblo para ese paisaje que veía desde su ventana en el manicomio de Saint-Paul-de-Mausole en 1889 en el que él mismo decidió ingresar después de cortarse la oreja. Y pintó ese cielo poco antes del amanecer. Yo lo tenía delante de mí, absorta y visiblemente emocionada. La gente me miraba raro, pero me daba igual. Ni siquiera los veía. Vincent se había cortado una oreja y, aquejado de todos los males emocionales del mundo, cogió un pincel y creó belleza. Yo podría haber hecho lo mismo con todo ese amasijo de emociones que me desbordaban desde la semana anterior. Pero yo no soy Vincent. Él pintó un paisaje que hoy, casi ciento cuarenta años después de ser concebido en su pequeño cuartucho, me acompañaba como nada ni nadie podía hacerlo en ese momento.
Una mujer negra con mirada compasiva se acercó a mí y me sacó de mi letargo. Era una trabajadora del Atelier des Lumières, llevaba un broche marrón con su nombre escrito en letras doradas: «Cécile». Se llama igual que mi abuela, pensé.
—Êtes-vous ok? —me dijo.
—¿Perdón? Sorry? —le respondí.
Mi francés seguía dejando bastante que desear y ella pareció verlo, así que lo intentó en inglés:
—Are you ok?
Me preguntaba si me encontraba bien, con cara de preocupación. Debía de llevar bastante rato llorando como si no hubiera un mañana. Incluso me ofreció un pañuelo. Fue el acto más tierno que experimentaba en muchos días, aunque es cierto que no el único. Entonces empecé a llorar más, y a la cara de Cécile se sumó una expresión de desconcierto.
—I’m okay, just heartbroken, but I’m okay…
Le dije como pude que no se preocupara, que solo tenía el corazón roto.
—Ohhh, I understand, but you shouldn’t be crying for someone who doesn’t love you —respondió ella mientras ponía su mano en mi hombro y me miraba fijamente.
Cécile puso cara de pena, giró sobre sus pasos y se marchó por donde había venido. Que no le regalara a él ni una lágrima más es lo que me dijo muy resumidamente. Y es que Cécile tenía toda la razón del mundo y de hecho yo ya estaba en ello… A decir verdad, ya ni siquiera estaba llorando por él. Lo que ocurría es que se me habían acumulado muchas emociones en aquel momento y yo soy muy muy sensible. Además, el día tan gris ceniza que lo teñía todo no me estaba ayudando. Vincent me curaba y ahora Cécile también trataba de hacerlo, de forma desinteresada, de mujer a mujer, de madre a hija, de hermana a hermana. Ella sabía que yo lloraba por una pareja. ¿Es que las mujeres solo lloramos por desamor?, pensé. Ya se me estaban olvidando las lágrimas y me estaba poniendo rabiosa otra vez, pero conmigo misma. En esos últimos días había adquirido la capacidad de oscilar entre estados emocionales aparentemente opuestos en tan solo segundos, y era un superpoder un tanto desagradable, así que me levanté, salí de allí y empecé a caminar algo nerviosa, con ganas de gritar para desahogarme, enfadada por haberme vuelto a sentir así.
Dejé tras de mí la preciosa exposición de Van Gogh en la que había pasado la tarde entera y que ahora se desdibujaba a cada paso que daba. Una espesa niebla a juego con mi estado mental lo envolvía todo y empapaba mi cara mojada.
Me llamo Río. Pero ¿Río no es un nombre masculino?, te preguntarás. Mira, yo no sé lo que es, pero me llamo Río. Mis padres me pusieron ese nombre porque mi madre, embarazada de mí, estaba leyendo una novela de Ana María Matute en la que aparecía un lugar muy mágico llamado Gran Río, donde había nacido el protagonista, y le pareció bonito a la par que original. Y a mi padre le pareció bien con tal de hacer feliz a mi madre. La verdad es que no conozco a ninguna otra mujer que se llame como yo, eso es cierto. Hombres tampoco, aunque sé que existen, como River Phoenix y un futbolista de no recuerdo qué país. Ah, y el hijo de mi amiga, que es nuevo en el mundo y se llama Riu.
Pues eso, que me llamo Río, tengo casi cuarenta y tres años, no tengo hijos ni los quiero (bastante tengo con ver a todas mis amigas haciendo malabares entre la vida física y la emocional desde que han parido) y ahora tampoco tengo pareja. Llevo diez días sola en París, estoy a punto de coger el avión de vuelta a casa, pero, antes de hacerlo, quiero contarte qué hago aquí, cómo llegué con una sensación de vacío más grande que el avión que me trajo y cómo me marcho con un amor por mí misma que nunca antes había experimentado. Estos diez días he llorado mucho, me he enfadado, he perdido los papeles, he sentido pena de mí misma, casi me consume la rabia, me he obsesionado y frustrado, he sufrido por apego y desapego, independencia, sed de libertad, necesidad abrumadora de un abrazo… En fin, creo que he transitado por todos los colores del arcoíris emocional. Cuando vuelva a Barcelona, todo seguirá exactamente igual que cuando me fui, pero yo ya no seré la misma. Y eso me hace sentir bien; y por eso quiero compartir mi experiencia. Aunque sé que probablemente el duelo siga su curso y esto no termine aquí… Tal vez solo acabe de empezar. O tal vez no.