hooked-6

PRÓLOGO

Érase una vez…

No es como había imaginado.

Lo de matarlo.

Tenso los nudillos mientras giro la muñeca y, cuando abre mucho los ojos, la sangre del cuello me salpica la piel del brazo. Siento una oleada de satisfacción por haber optado por clavarle el cuchillo en la arteria carótida. Es lo suficiente letal para asegurar su muerte, pero también lo bastante lento para disfrutar viendo cómo se le escapa cada segundo de su miserable vida y se lleva su patética alma.

Sabía que solo tardaría unos segundos en perder el conocimiento, pero no me hacía falta más.

Unos segundos.

Lo justo para que me mire a los ojos y sepa que soy el monstruo que él contribuyó a crear. La encarnación de sus pecados que vuelve para exigir justicia.

Aunque me habría gustado que suplicara. Un poco, al menos.

Sigo a horcajadas encima de él mucho después de que la sangre haya dejado de salir a borbotones. Con la palma de una mano encallecida en torno a su cuello y la otra en la funda del cuchillo, espero algo. Pero lo único que llega es un escalofrío cuando su sangre se me enfría sobre la piel y comprendo que no será su muerte lo que me dé la paz.

No lo suelto hasta que el teléfono me vibra en el bolsillo. Solo dejo de notar su peso cuando suelto el cadáver para contestar la llamada.

—Hola, Roofus.

—¿Cuántas veces te tengo que decir que no me llames así? —me espeta.

Sonrío.

—Una más, como mínimo.

—¿Ya lo has hecho?

Recorro el despacho a zancadas y entro en el baño. Abro el grifo hasta que el agua sale tibia. Activo el manos libres y empiezo a lavarme las salpicaduras de sangre de los brazos.

—Por supuesto.

—¿Qué se siente? —gruñe Ru.

Me agarro al borde del lavabo y me inclino hacia delante para mirarme en el espejo.

«¿Qué se siente?».

No se me ha acelerado el corazón. Ningún fuego me ha recorrido las venas. No se me han estremecido los huesos. No he sentido ninguna descarga de energía especial.

—Un poco anticlimático, me temo.

Cojo una toalla del gancho de la pared y me seco al volver al despacho a buscar mi traje.

—Bueno, no me sorprende. James Barrie, el tipo más difícil de complacer del puto universo.

Sonrío mientras me abotono la chaqueta y me coloco bien los puños antes de volver a donde yace mi tío.

Lo miro desde arriba. Tiene los ojos negros y vacíos clavados en el techo; la boca, abierta, floja… como tantas veces me obligó a tenerla a mí.

Tiene gracia.

Pero ya me habían robado la inocencia mucho antes de que lo hiciera él.

Le doy una patada para apartarle la pierna. Las asquerosas botas de piel de cocodrilo parecen flotar en el charco de sangre que se ha formado bajo su cuerpo.

Suspiro y me pellizco el puente de la nariz.

—Esto ha quedado un poco… sucio.

—Ya me encargo yo. —Ru se echa a reír—. Ánimo, muchacho. Lo has hecho muy bien. ¿Nos vemos en el Jolly Roger? Hay que celebrarlo.

Cuelgo el teléfono sin responder y me paro un momento para hacerme a la idea de que son los últimos momentos que voy a pasar con un pariente. Cierro los ojos, respiro hondo y trato de sentir una punzada de pena.

No lo consigo.

Tic.

Tic.

Tic.

El sonido rompe el silencio y me retuerce las entrañas. Aprieto los dientes y abro los ojos. Aguzo el oído para detectar de dónde viene ese sonido incesante. Me acuclillo, me saco el pañuelo del bolsillo del pecho y busco en el bolsillo de los vaqueros de mi tío para coger su reloj de oro.

Tic.

Tic.

Tic.

La rabia me retuerce las tripas y estrello el reloj contra el suelo. Se me acelera el corazón y me pongo de pie para pisotear ese objeto repulsivo una y otra vez, hasta que el sudor me corre por la frente, me baja por la mejilla, cae al suelo. Solo consigo relajarme cuando me aseguro de que no volverá a sonar.

Me recompongo, suelto el aire que había estado conteniendo, me peino con los dedos y muevo el cuello.

Bien. Así está mejor.

—Adiós, tío.

Me vuelvo a guardar el pañuelo y me alejo del hombre al que desearía no haber conocido.

Estoy un paso más cerca del responsable de todo. Y, esta vez, no dejaré que salga volando.

CAPÍTULO 1

Wendy

Nunca he estado en Massachusetts, pero había oído hablar del frío. Así que el cambio de temperatura en comparación con Florida me impacta, pero me lo esperaba. De todos modos, tirito en mi camiseta de tirantes al sentir la brisa en los brazos. Me dan ganas de no haber venido, de no haber seguido a mi familia a su nueva casa en Bloomsburg.

Pero no soporto la idea de no estar a una llamada de teléfono de distancia si me necesitan. Mi padre es adicto al trabajo, más aún tras la muerte de mi madre; si no estoy con ellos, Jonathan, mi hermano de dieciséis años, se quedaría solo.

Siempre he sido la niña de papá, aunque me lo pone difícil. Tenía la esperanza de que bajara el ritmo tras la mudanza, de que dedicara más tiempo a la familia en lugar de seguir buscando el siguiente negocio al que hincarle los dientes. Pero Peter Michaels no es de los que se relajan. Su sed de nuevas empresas supera con mucho a su necesidad de vida familiar. Encabeza por quinto año consecutivo la lista de hombres de negocios de Forbes, así que oportunidades no le faltan. Además, ser el dueño de la aerolínea más importante del hemisferio occidental le proporciona financiación más que suficiente para eso.

NuncaJamAir. «Si puedes soñarlo, nosotros te llevamos».

—¿Por qué no salimos esta noche? —dice mi amiga Angie mientras limpia la barra del Vanilla Bean, la cafetería donde trabajamos.

—¿A hacer qué? —pregunto.

La verdad es que me apetecía estar en casa y relajarme. Solo llevo aquí poco más de un mes y he estado trabajando tanto que no he pasado ni una noche con Jonathan. Pero está en esa etapa adolescente de «no necesito nada, no necesito a nadie», así que a lo mejor ni me quiere cerca.

Se encoge de hombros.

—Ni idea. Dos de las chicas hablaban antes de ir al Jolly Roger.

Arrugo la nariz, tanto por lo de «chicas» como por el nombre del local.

—Venga ya, Wendy. Llevas aquí casi dos meses y no has salido conmigo ni una vez.

Saca el labio inferior y junta las manos como si suplicara. Niego con la cabeza y suspiro.

—A tus amigas no les caigo bien.

—No es verdad —insiste—. Lo que pasa es que no te conocen. Y para que te conozcan, tienes que salir con nosotras.

—No sé, Angie… —Me muerdo el labio inferior—. Mi padre no está en la ciudad y no le gusta que salga y llame la atención.

Pone los ojos en blanco.

—Chica, que tienes veinte años. Corta el cordón.

Le dedico una sonrisa desganada. Como la mayoría de las personas, no entiende lo que es ser la hija de Peter Michaels. No podría cortar el cordón ni aunque quisiera. Su poder e influencia llegan a todos los rincones del universo; nada ni nadie escapa a su control, que yo sepa. Si lo hay, no lo conozco.

Suena la campanilla de la puerta. Maria, la amiga de Angie, entra y se contonea hacia nosotras mientras las luces del techo arrancan destellos de su melena negra.

La miro con las cejas arqueadas y me vuelvo hacia Angie otra vez.

—Además, ¿en qué locales te dejan entrar con veinte años?

—¿No tienes un carnet falso? —pregunta Maria al llegar a la barra.

—Por supuesto que no. —No me he colado en un bar ni en un club en mi vida—. Mi cumpleaños es dentro de unas semanas. La próxima vez saldré con vosotras.

Hago un ademán para zanjar el asunto.

Maria me mira de arriba abajo.

—¿No tienes el carnet de tu hermana, Angie? Se parecen un poco… —Me toca el pelo castaño—. Solo tienes que enseñar un poco más de cuerpo y ni mirarán la cara del carnet.

Suelto una carcajada como para descartar lo que dice, pero se me ha hecho un nudo por dentro y me sube un calor por las venas que hace que me sonroje. No soy de las que rompen las normas. Nunca lo he sido. Pero la idea de salir esta noche y hacer algo prohibido me provoca un cosquilleo por todo el cuerpo.

Maria es una de «las chicas» y nunca me ha parecido acogedora, pero la veo sonreír, pasarse los dedos por el pelo, y pienso que tal vez Angie tenga razón. Tal vez sean cosas mías, y en realidad lo que pasa es que no les he dado una oportunidad. Nunca he tenido un grupo de amigas, así que no sé muy bien cómo funciona.

—Me importa un rábano que no quieras salir. —Angie hace un puchero y me tira el trapo húmedo—. Voy a tomar una decisión inapelable.

Me echo a reír y vuelvo a negar con la cabeza, luego sigo preparando las tazas para toda la mañana.

—Mmm. —Maria hace una pompa de chicle que estalla con estrépito. Me clava los ojos oscuros en el perfil—. ¿No quieres salir?

Hago un gesto de indiferencia.

—No es eso, es que…

—Mejor así —me interrumpe—. El JR no es para ti.

Siento un ramalazo de ira y enderezo la espalda.

—¿Eso qué quiere decir?

Esboza una sonrisa despectiva.

—No es para niños.

—Venga, Maria, no seas así —interviene Angie.

Maria se echa a reír.

—No soy de ninguna manera. Va, en serio. ¿Y si está él? ¿Te imaginas? La pobrecita quedaría marcada de por vida solo por estar en el mismo edificio y tendría que ir corriendo a contárselo a su papaíto.

Levanto la barbilla.

—Mi padre está de viaje.

Ella inclina la cabeza hacia un lado y aprieta los labios.

—Pues a tu niñera.

Estoy cada vez más molesta y tomo la decisión para demostrarle que se equivoca. Miro a Angie.

—Vale, voy —digo sin poder contenerme.

—¡Bien! —Angie da palmadas.

A Maria le brillan los ojos.

—Espero que no sea demasiado para ti.

—Vale ya, Maria. No le pasará nada. Es un bar, no un club porno —le bufa Angie, y se vuelve hacia mí—. No le hagas ni caso. Además, solo vamos a ver si consigue atraer la atención de su hombre misterioso.

—Atraeré su atención. —Angie inclina la cabeza hacia un lado.

—Pero si ni siquiera sabe que existes, chica.

Maria se encoge de hombros.

—Tarde o temprano tendré suerte.

Arqueo las cejas, confusa.

—¿De quién habláis?

Maria esboza una sonrisa, y Angie se queda pensativa.

—De Garfio.

CAPÍTULO 2

James

—Nos han hecho una nueva propuesta.

Sirvo dos dedos generosos de Basil Hayden en el vaso de cristal, añado un cubito de hielo y disfruto del sabor antes de volverme hacia Ru.

—No sabía que estábamos abiertos a propuestas.

Se encoge de hombros, vuelve a encender el puro y le da una larga calada.

—Porque no lo estamos. Pero soy un hombre de negocios, y esta tiene mucho potencial.

Me habla con el puro en la boca, pero son muchos años de beberme sus palabras como si fueran el evangelio y no me cuesta entenderlo.

Roofus, al que todos llaman Ru, es la única persona en la que confío. Me salvó del infierno y nunca podré pagarle lo que le debo. Pero mi deuda es solo con él, así que las cosas se ponen difíciles cuando decide meter a más gente en nuestra operación.

Con los años, se está volviendo descuidado.

—Cualquier día de estos, esa incapacidad tuya para rechazar el «potencial» te va a costar muy cara —le digo.

Entorna los ojos.

—No tengo la menor intención de morir y dejarle mi herencia a un inglés.

Sonrío. Todo esto es mío; lo que pasa es que no le gusta decirlo en voz alta. No quiere reconocer que el estudiante ha superado al maestro, que solo lleva las riendas porque yo se lo permito. Ha sido así desde que la sangre de mi tío me corrió por las manos hace ocho años, el día en que cumplí los dieciocho. Lo destripé como al pescado repugnante que era, y luego, con el mismo cuchillo, corté el filete durante la cena, retando a cualquiera a preguntarme por qué llevaba aún los dedos manchados de rojo.

Llaman «jefe» a Ru, pero al que le tienen miedo es a mí.

Dejo el vaso al borde del escritorio y me siento en un sillón.

—No me hacen gracia los chistes sobre tu mortalidad.

A veces tengo la sensación de que Ru cree que es intocable. Eso hace que a veces sea descuidado. Se confía demasiado. Permite que la gente se le acerque más de lo que debería. Por suerte, me tiene a mí. Le clavaré un cuchillo en el vientre a cualquiera que lo intente, y disfrutaré viendo cómo se les apaga la vida en los ojos mientras su sangre me mancha las manos.

Cuando has experimentado lo mismo que yo, aprendes enseguida que la inmortalidad solo se consigue en el recuerdo de los demás.

Ru se inclina hacia delante y deja el puro en el ornamentado cenicero que tiene en una esquina del escritorio.

—Pues presta atención. Tengo a alguien que quiere asociarse con nosotros. —Sonríe—. Quiere ampliar nuestra distribución. Quiere llevar el hada a nuevos territorios.

—Fascinante. —Me quito una mota de la chaqueta del traje—. ¿Y quién es? —pregunto, solo para darle el gusto.

Tengo cero interés en un nuevo socio. Llevamos tres años con el mismo distribuidor para la mercancía y yo mismo lo elegí. Lo vi sudar cuando veía que cargábamos el polvo de hada en la avioneta, escondido en cajones de langostas. Fui sentado con él en la cabina todo el vuelo y no paré de dar vueltas entre los dedos a la navaja de garfio mientras él se meaba de miedo.

Si quieres que alguien te sea leal, tienes que hacer que comprenda que te lo mereces. Y yo he conseguido que entiendan que un cuchillo de garfio duele más cuando el que lo empuña disfruta causando dolor.

Ru se seca la boca con la mano.

—¿Has oído hablar de los aviones de NuncaJamAir?

Me quedo paralizado y se me hiela la sangre en las venas. Estoy seguro de que nunca le he mencionado ese nombre a nadie y menos a Ru.

—No, la verdad. —Me tiembla la mandíbula.

—Pues debes de ser el único. —Ru se ríe—. El dueño, Peter Michaels, se acaba de mudar aquí.

El corazón me va a estallar. ¿Cómo es posible que no me haya enterado?

—Busca nuevas «aventuras» —sigue Ru. Sonríe y le brillan los dientes, un poco torcidos—. Es nuestro deber darle la bienvenida y enseñarle un poco cómo son las cosas por aquí.

Se me cierran los puños con la rabia que me sube por dentro cada vez que oigo el nombre de Peter Michaels. Cojo el vaso con los dedos tensos, aprieto el cristal mientras la anticipación florece en mi pecho.

Qué suerte que el hombre al que tanto quiero matar se presente ante mí en una bandeja de plata.

—Bueno, parece una oportunidad excelente. —Sonrío.

Ru coge el puro.

—No te estaba pidiendo permiso, muchacho. Pero me alegro de que te parezca bien.

—¿Cuándo vamos a reunirnos con él?

Bebo un sorbo para controlar los latidos de mi corazón.

—Me voy a reunir con él esta noche, yo solo. —Entorna los ojos.

Se me retuercen las tripas.

—Deja que vaya contigo, Roofus. No puedes ir solo.

Ru deja escapar un suspiro y se pasa la mano por el pelo, de un ridículo color rojo.

—Tú resultas demasiado intimidante. Y esta reunión tiene que ser en buenos términos.

«Eso no se lo discuto».

—Por lo menos, llévate a uno de los muchachos.

Solo con pensar en Ru a solas con Peter Michaels se me ponen los pelos de punta.

Ru lanza un anillo de humo al aire. Me inclino hacia él y apoyo los nudillos en el escritorio.

—Roofus, escucha. Prométeme que no irás solo. No hagas tonterías.

—Y tú no olvides cuál es tu lugar —me replica—. Estoy al mando yo, no tú. Respondes ante mí. Por una puta vez, muestra un poco de gratitud y haz lo que te digo.

Su tono de voz me hace apretar los dientes. Si fuera otra persona, le daría las gracias por recordármelo justo antes de cortarle la lengua. Pero Ru puede hacer muchas cosas que no le permito a nadie más.

La primera vez que vi a Ru yo tenía trece años, hacía dos que me habían mandado a Estados Unidos, a vivir con mi tío. Estaba en la biblioteca, leyendo, cuando oí gritos al final del pasillo y fui a ver qué pasaba. Miré por una rendija de la puerta del despacho y vi con asombro a un hombre corpulento de piel olivácea y el pelo teñido de rojo, inclinado sobre el escritorio de mi tío, amenazador, con una pistola en su sien y un fuerte acento bostoniano cargado de amenaza. Fue asombroso. Nunca había visto a mi tío encogerse ante nadie. Su pasatiempo favorito era ver a los demás arrodillarse ante él.

Como político, lo lograba a menudo en público.

Como hombre lleno de rabia y perversión, lo lograba aún más a menudo en privado.

Así que aquel hombre misterioso me fascinó. Cuando se marchó, lo seguí, desesperado por emular su poder. Podría decirse que fue una obsesión, pero es que nunca había conocido a nadie igual. Nunca había visto a nadie someter al hombre que dominaba el mundo.

Y quería saber cómo hacerlo.

Pero a los trece años aún no dominaba el arte de pasar desapercibido, y Ru supo desde el primer momento que lo estaba siguiendo. Me acogió y me enseñó todo lo que sabía. Me introdujo en las calles de Bloomsburg y me hizo conservar la cordura durante las pesadillas que me acosaban en sueños.

Así que hago todo lo que quiere, porque no hay ni una persona en el mundo que me haya cuidado como él.

La hubo, pero fue hace mucho. En otra vida.

—Tienes razón —digo—. Confío en tu criterio. En quienes no confío es en los demás.

Ru se echa a reír y va a decirme algo, pero en ese momento llaman a la puerta con los nudillos.

—Adelante —gruñe.

Starkey, uno de los reclutas más jóvenes, asoma la cabeza.

—Siento interrumpir, jefe. —Me mira, abre mucho los ojos y enseguida aparta la vista—. Hay unas chicas que intentan entrar con carnets falsos. La están armando buena abajo.

—¿Y para esa mierda nos molestas? —le espeta Ru—. ¿Para qué demonios te pagamos?

Sonrío ante el estallido de Ru. Voy hacia las cámaras de seguridad y localizo la que enfoca la entrada. Como dice Starkey, hay tres chicas, y una le está gritando al gorila de la puerta. Es patético. Me fijo más y veo a la belleza que se ha situado un poco aparte.

Se me tensa el estómago cuando examino su cuerpo, enfundado en un vestido azul ceñido. Tiene los brazos cruzados sobre la cintura, mira al gorila y luego hacia los taxis de la parada.

Me molesta muchísimo no verla con tanta claridad como me gustaría, pero con lo que veo me basta para saber que está incómoda. Es inocente. No pinta nada en un lugar como este. No sé por qué, eso me manda una descarga eléctrica directa a la polla, que me palpita solo con imaginar cómo puede mancillarla este local. Poca gente me provoca una reacción así. Tengo muy arraigada la costumbre de no reaccionar, de cubrirme con un escudo impenetrable que no deja entrar ni salir nada. Solo soy un cascarón vacío con un único propósito.

El hecho de que esa chica haya despertado en mí aunque solo sea un atisbo de interés hace que me pique la curiosidad.

—Déjalas pasar —digo sin apartar la vista de la belleza morena.

Starkey deja de farfullar y me mira un instante antes de volver a clavar los ojos en Ru.

—¿Seguro? Es que…

—¿He tartamudeado o algo así? —le pregunto al tiempo que me vuelvo para mirarlo—. ¿O es el acento, que no se me entiende?

—N-no, es que…

—¿Es que qué? —lo interrumpo—. Es obvio que necesitas instrucciones para manejar la situación. ¿O he comprendido mal tus razones para molestarnos con un tema tan trivial?

Ru esboza una sonrisa y se acomoda en la silla.

—No, Garfio. No lo has entendido mal.

—Bien. Entonces, es que hay un problema. —Asiento—. Dime, ¿no te parece que habría que despedir al que está en la puerta?

—Eh… pues no… —empieza Starkey.

—Al fin y al cabo, si no tiene capacidad para controlar a un grupo de mujeres, ¿cómo se va a encargar de nada más serio? —Inclino la cabeza hacia un lado.

Starkey traga saliva. La nuez le sube y le baja en el cuello.

—Es… Es que son…

—Verás —sigo al tiempo que me saco del bolsillo la navaja de garfio y la abro—, someter a una mujer es una cuestión de control. —Voy hacia él al tiempo que hago girar el acero inoxidable entre los dedos; el intricado diseño pardo del mango se desliza contra mi piel—. Es un equilibrio delicado de poder. Una especie de tira y afloja. Hay que proporcionarles el placer absoluto de nuestro dominio. —Me detengo delante de él y agarro la navaja—. Es obvio que nuestro gorila de esta noche tiene genes sumisos. —Le agarro la corbata con la otra mano y se la enderezo—. Comprendo que debe de ser difícil reconocer ese atributo en uno mismo. —Me inclino hacia él hasta que la punta de la hoja le roza el cuello—. Pórtate bien, Starkey. Deja. Que. Pasen.

—Sí, señor —murmura.

Le doy una palmadita en el hombro. Se vuelve a toda prisa y sale corriendo.

Ru me señala con el puro. La risa le brilla en los ojos.

—Y por cosas así no vienes a esa reunión.

Sonrío y me estiro las mangas de la chaqueta.

—No te falta razón. Bueno, voy a bajar. Tengo que librarme de un gorila y se me ha abierto el apetito de algo bonito.

Ru esconde una risita.

—Antes asegúrate de que tengan la edad legal.

Pongo la mano en el picaporte, pero me detengo un instante.

—Ru…

Me responde con un gruñido.

—Dile a Peter que me muero de ganas por conocerlo en persona.

CAPÍTULO 3

Wendy

Hace una hora habría jurado que nos iban a arrestar y ahora estoy sentada en la sala VIP de un bar tirando a pretencioso, bebiendo un champán carísimo, obsequio de «un admirador».

Parece que aquí lo de la edad legal para beber es una sugerencia, no un requisito. Me vuelvo a morir de vergüenza al pensar en la gente de fuera que vio chillar a Maria porque el portero no se creyó mi carnet falso. No me sorprende. No me parezco a la hermana de Angie. Estaba a dos segundos de lanzarme al primer taxi para huir de allí cuando un hombre rubio con traje hecho a medida salió y le dijo algo al oído al portero. Y lo siguiente fue que nos acompañaron a la zona VIP.

Me siento fuera de lugar, pero no cabe duda de que hace años que no me divertía tanto. Aunque es un poco patético, porque no hacemos más que beber y mirar a la gente.

O, para ser concretos, mirar a ver si vemos a una persona en especial.

A Garfio.

El nombre me hace poner los ojos en blanco, pero no puedo evitar sentir un pellizco de curiosidad. Al parecer, es el motivo de que vengamos a este lugar y no a otro. Por la esperanza de volver a verlo.

Maria jura que es su alma gemela, así que viene todos los fines de semana con los ojos bien abiertos, y también las piernas, esperando que el hombre baje de su torre de marfil y ella pueda llevárselo.

—Bueno, háblame de él —le digo a Maria.

Bebo un sorbo de la copa alta y miro a mi alrededor. Angie deja escapar un gemido.

—Por Dios, no le des pie.

Maria sonríe de oreja a oreja.

—Lo vi hace un mes. Estaba en la barra, pidiendo una ronda y, te lo juro, la multitud se apartó y ahí estaba él. Sentado como un puto dios en el reservado de atrás, rodeado de volutas de humo de cigarro.

—¿Hablaste con él? —pregunto.

Angie se echa a reír.

—Sí, seguro. Para eso tendría que haberse abierto paso entre todos sus lacayos.

Inclino la cabeza hacia un lado.

—¿Sus lacayos?

Se encoge de hombros.

—Siempre está rodeado de hombres.

Arqueo las cejas.

—Puede que sea gay.

Angie suelta una carcajada y Maria entorna los ojos.

—Tuvimos un momento.

—Tan fuerte que luego ni la buscó —replica Angie con un bufido.

—Es una persona muy ocupada —responde Maria y se aparta un mechón de la cara—. Pero por eso hemos venido. Cualquier noche de estas me encontrará.

—Y te meterá en su cama y te follará hasta que revientes con esa polla gigante que tiene. —Angie separa las manos para indicar el tamaño.

Me froto la cara entre risas.

—Suena realista.

Maria frunce los labios.

—¿Para qué vienes si no vas a dejar de decir chorradas? Para eso te quedas en casa y no molestas.

Me recompongo, con el hervor de la culpa en el estómago.

—No, perdona. Te creo. De verdad. —Me retuerzo las manos en el regazo—. Es solo que haces que parezca… mítico.

Pone los ojos en blanco.

—No es fruto de mi imaginación, Wendy. Es un hombre de negocios. ¡Es el dueño del puto bar! —Da unas palmadas contra el cojín del asiento.

Arqueo las cejas.

—¿De verdad?

—Pues creo que sí. No siempre está aquí, pero cuando llega, viene de la parte de atrás, y se sienta en el mismo sitio. —Maria señala hacia la otra punta de la sala, donde hay un reservado vacío, aunque el resto del local está atestado. Bebe un sorbo de la copa—. De cualquier manera, presiento que estoy de suerte. Lo noto aquí. —Se toca la sien con una larga uña roja.

Me inclino hacia delante y choco la copa de champán con la suya para tratar de arreglar los puentes que he quemado antes de que estuvieran construidos.

—Creo que tienes razón. Parece una noche de suerte.

Maria sonríe y es el primer gesto sincero que me ha dedicado. Se me llena el pecho de satisfacción. Puede que esto de las amigas no esté mal.

De pronto, se me pone el vello de punta en la nuca. Me muevo en el asiento ante la incómoda sensación de que me están observando, pero, cuando me doy la vuelta, no hay nadie.

Qué raro.

Vacío la copa de un trago y me levanto.

—Vuelvo enseguida —digo a las chicas—. Tengo que ir al baño.

—¡Eh! —me grita Angie cuando estoy a medio camino hacia la salida—. En el de aquí abajo siempre hay cola. Ve por el pasillo que hay a la derecha de la barra. Allí hay menos gente.

Asiento, memorizo las instrucciones y me abro camino por la sala principal. Tengo la vista un poquito nublada por el champán y tropiezo contra alguien.

—Mierda. Lo siento.

Alzo las manos por instinto y las apoyo contra una pared de músculos. Unas manos recias me agarran por los hombros. Se me eriza el vello ante el calor del roce del desconocido.

—Qué palabras tan sucias en una boca tan bonita.

La voz grave, con acento, se me desliza como la seda por la piel y me envuelve. Un escalofrío me baja por la espalda. Me sujeta con más fuerza, mueve las manos hasta que me rozan los brazos. Aún tengo las palmas contra su pecho, noto bajo los dedos el tejido negro de su traje. Me quedo sin aliento cuando me absorbe con la mirada, con unos ojos color azul claro, de una belleza heladora, casi inquietantes.

Consigo apartar la mirada y por fin me llega lo que me ha dicho.

—¿Perdona?

Sonríe y me fijo en sus pómulos altos, en la luz natural de los ángulos marcados que supone un contraste con las cejas negras y el pelo revuelto.

Se me cierra el estómago al comprender lo atractivo que es.

Baja la boca hasta que casi me roza la oreja, con lo que su aliento me recorre el cuello y desencadena una oleada de calor que me invade.

—He dicho que…

—No, no, lo he oído —lo interrumpo—. Era una pregunta retórica.

Se yergue de nuevo y se le dibuja poco a poco una sonrisa en los labios mientras me pasa los pulgares por la piel desnuda.

—Ah.

—Sí —asiento.

Noto una presión en el pecho al mirar a nuestro alrededor. Hay docenas de personas, pero parece que solo exista él. Su energía chisporrotea en el aire como si quisiera aferrarse a su piel. Este hombre rezuma poder y, por una fracción de segundo, quiero saber cómo sería sumergirse en los problemas que seguro trae consigo. Vivir sin límites. Solo por una vez.

Qué tontería.

Muevo levemente la cabeza, doy un paso atrás y me muerdo el labio inferior.

—Bueno, vaya, esto ha sido…

—Un placer —susurra.

Se me acerca de nuevo, me coge la mano y se la lleva a los labios. Deposita en ella la sombra de un beso.

El corazón me da un vuelco.

—Iba a decir «raro», pero vale, claro… Un placer.

Aparto la mano con un nudo en el estómago. Casi me duele alejarme y es una sensación turbadora. Voy a dar un rodeo para evitarlo, pero me agarra por el brazo y me atrae hacia él, hasta que cada línea de su duro cuerpo se acomoda contra mis curvas suaves. Me quedo paralizada, sin aliento. Este hombre, este desconocido, me toca como si tuviera derecho. Como si fuera suya.

—¿No me vas a decir tu nombre?

Su voz me vibra contra el cuello. El tono grave hace que me tiemblen las piernas.

Nunca nadie me había manejado de esta manera. Nunca nadie como él me había prestado atención. Es indignante y embriagador a la vez. La extraña mezcla de emociones hace que me ardan los nervios bajo la piel.

Cojo aire e intento que no me tiemble la voz. Puede que sea el champán, puede que sea este hombre, pero la necesidad imperiosa de ser otra Wendy me suelta la lengua y no me puedo contener.

—No. No te lo has ganado. —Me libero de su mano—. Y, por si te interesa, esta boca tan bonita dice lo que le da la puta gana.

Le brillan llamaradas en los ojos y tuerce la comisura de la boca, pero no dice nada. Se mete las manos en los bolsillos del traje de tres piezas y se mece sobre los talones. Siento que me perfora la espalda con la mirada cuando me alejo.

CAPÍTULO 4

James

El corazón me va a estallar contra las costillas.

Wendy Michaels.

La conozco, claro. Es la hija del hombre que vigilo desde los once años. Ahora que es mayor, su padre la oculta en la oscuridad. Seguro que lo hace para protegerla de las facetas más repugnantes de sus negocios, pero cuando te has pasado la vida siguiendo el legado de un hombre, lo aprendes todo sobre él, incluso la forma de sus sombras. Por eso no entiendo cómo se me escapó que había venido a vivir aquí.

Nunca he culpado a los hijos por los pecados del padre. Todos somos un subproducto del mal. Unos nacimos en él, y a otros los llevaron las circunstancias. Pero si el universo me la pone en las manos, lo menos que puedo hacer es manejarla como es debido.

Se me pone dura la polla cuando pienso en metérsela hasta que grite, en dejarla marcada con cicatrices que le recuerden para siempre que yo estuve allí. En mancillar su inocencia y tirarla a los pies de su padre, convertida en una versión corrompida de la hija que fue.

Qué delicia.

La he estado vigilando desde que entró en mi bar. Cuando la reconocí, al verla con una claridad que no me permitía la baja resolución de la cámara de seguridad, me quedé sin respiración.

No puedo evitar contener una sonrisa mientras vuelvo a la oficina, desde donde la seguiré vigilando con las cámaras. La emoción de la caza me corre por las venas; la anticipación de la captura se me clava en los huesos.

Lo cierto es que, últimamente, las cosas han estado un tanto aburridas. Estoy salivando de ganas por hincarle los dientes a algo nuevo, y Wendy Michaels es el proyecto perfecto. Me embriaga la idea de domarla hasta hacerla ronronear y luego liberarla con mi marca, bajo mi control. Será una bella armonía de fondo mientras ejecuto la sinfonía de la destrucción de Peter.

Me desabrocho los botones de la chaqueta y me acomodo en el sillón de cuero, tras el escritorio. Tecleo el nombre de Wendy y leo los artículos en la pantalla. El estómago me hormiguea de emoción al leer sobre el amor que Peter siente hacia su hija.

«Su pequeña sombra», la llama.

Es un apelativo muy adecuado. Después de todo, no es posible dejar atrás tu propia sombra sin perderla al final.

Imagino una imagen macabra: estoy penetrándola encima del cadáver de su padre, mi semen le corre entre los muslos y cae al charco de sangre que hay bajo nosotros. La polla me palpita y se me escapa un gemido mientras me acaricio la erección.

No, así, no.

Saco el teléfono y le mando un mensaje a Moira, la camarera que tiene turno esta noche. Le digo que deje lo que esté haciendo y venga a verme de inmediato.

Cierro las ventanas de los artículos y vuelvo a mirar la pantalla de la cámara de seguridad. Me satisface ver a Wendy que bebe sorbos de champán y trata de aparentar que está cómoda.

No lo está.

No está cómoda aquí y menos con el patético grupo de chicas que va con ella. Su inocencia brilla como un faro. Es una joya deslumbrante en medio de la basura, un cebo para que mi oscuridad la envuelva por completo.

La puerta se abre y se cierra. Moira se contonea mientras se acerca. Es alta, su ropa es escasa y tiene una sonrisa en los labios color rojo rubí.

—Garfio —susurra ronca y rodea el escritorio de roble—. Te he echado de menos.

Me permito una sonrisa y no hago caso de su rasposa voz. Le aparto un mechón de pelo negro del hombro, le pongo la mano en la parte trasera del cuello y la atraigo hasta que está a pocos centímetros de mí. Su aliento húmedo se me desliza sobre la piel.

Hace un movimiento brusco con la cabeza.

—Perdona, tengo un tatuaje nuevo. Aún duele.

—De rodillas.

Obediente, se deja caer ante mí y me pasa la mano de uñas cuidadas por todo lo largo del miembro mientras besa el tejido. Aprieto los dientes, molesto ante el patético intento de juegos previos. Le pongo la mano en la nuca y le agarro el pelo para levantarle la cabeza. Le presiono la otra mano contra la mandíbula hasta que le noto los dientes a través de la piel y le quito el carmín con el pulgar.

Se estremece y hunde las mejillas mientras le agarro la cara con fuerza. Una descarga de placer me recorre la columna.

—Es un traje de cachemira, nena. No quiero manchas de tres dólares, ¿entendido?

Se atraganta y asiente.

—Así me gusta.

Le doy una palmadita en la mejilla y le vuelvo a bajar la cabeza a mi regazo.

Clavo la vista en el ordenador, en el verdadero objeto de mi deseo. La boca ardiente de Moira se cierra sobre mi miembro, lo lame de arriba abajo y se lo mete hasta la garganta, mientras yo sigo mirando la cámara, imaginando el día en que tendré a Wendy en su lugar.

Y la haré tragar algo sucio de verdad.

—Vaya, sigues vivo —comento inexpresivo cuando Ru entra por la puerta del despacho.

—Vivo y mejor que nunca —dice con una sonrisa.

Se sirve una copa de coñac de un decantador color tostado.

—Deduzco que la reunión ha ido bien.

Arqueo las cejas. Solo han sido unas horas.

He estado nervioso mientras aguardaba su regreso. Peter Michaels proyecta una imagen inmaculada, pero sé que es peligroso. También sé que Ru a veces no controla su temperamento. Me alegro de que no haya pasado nada malo, pero habría preferido que me dejara acompañarlo para garantizar su seguridad.

He llegado a dominar el arte de la corrección; no iba a perder la compostura en cuanto viera a Peter. Habría conservado la calma. Le habría estrechado la mano, le habría mirado a los ojos al tiempo que imaginaba las mil maneras en que iba a disfrutar de su muerte lenta y calculada.

Ru suspira y se deja caer en el sofá negro, contra la pared. Bebe un sorbo del vaso y coge un puro.

—El muy gilipollas no se presentó. Me mandó a un crío a hacer el trabajo sucio, como si yo lo fuera a arriesgar todo por un mocoso.

Es extraño, pero siento una oleada de alivio.

—Es absurdo.

—Una falta de respeto —escupe Ru.

—Entonces ¿has cambiado de opinión sobre lo de trabajar con él?

Espero que me diga que sí. La participación de Peter en el negocio pondrá las cosas más difíciles cuando llegue el momento de matarlo. No imposibles, pero será más complicado.

Ru se encoge de hombros y mira el puro mientras le da vueltas entre los dedos.

—Le he dicho al chico que le llevara un mensaje al señor Michaels. Que le dijera cómo hacemos las cosas aquí y que esperaba que entendiera que me da igual el dinero que tenga si no me respeta. —Aprieta el puro con más fuerza, lo aplasta entre los dedos—. Oye, he cambiado de opinión. Si quiere conocernos, que nos conozca a los dos.

El estómago me da un vuelco de excitación.

—Muy buena idea. —Me fijo en la pantalla del ordenador y veo que Wendy y sus amigas se marchan. Me levanto y me abotono la chaqueta del traje—. Perdóname un momento, tengo que atar unos cabos que se han quedado sueltos esta noche.

Ru me despide con un ademán y bebe otro trago de coñac.

Dejo la habitación por la escalera de atrás para salir del club sin que me vean. Rodeo el edificio y veo a Wendy despedirse de sus amigas con un abrazo antes de subirse a un taxi amarillo. Me invade la indignación ante su temeridad y ante la indiferencia de sus amigas. ¿No les importa el peligro?

Su padre tiene dinero, ¿por qué no le pone un chófer? ¿O algún tipo de protección?

Me subo a mi Audi y salgo al denso tráfico de las calles para seguirla y asegurarme de que llegue bien a casa. No me interesa tener una propiedad dañada, aunque sea algo temporal.

Y, hasta que decida otra cosa, Wendy Michaels es de mi propiedad.