
Prólogo
Estacioné el auto en la esquina habitual. Se me aceleró el pulso y un deseo retorcido me sacudió. Antes de conocerla no sabía lo que era experimentar una atracción tan fuerte, pero ella despertó la obsesión más perversa cuando la vi por primera vez. Su belleza resplandecía como un maldito faro en la oscuridad. Una sola mirada y sabía que debía ser mía.
Su padre me la había cedido como el pago de una deuda. La había observado tantas veces que conocía de memoria sus rutinas. Era amable, dulce, atenta, amistosa y perfeccionista. Más impresionante que cualquiera de las rosas que vendía. En más de una ocasión quise acercarme y presentarme, pero el monstruo dentro de mí me recordaba que ella no era una mujer para un hombre de mi clase. Yo era un asesino. Vivía por la muerte, la sangre, la tortura y la caza. Y aun así nada de eso me impidió anhelarla.
—Terminó el plazo, señor —me recordó Viktor—. Isaiah Foster no cuenta con el dinero.
Una sonrisa levantó la comisura de mis labios. ¿Cómo podría imaginar que un borracho y adicto a los juegos de casino lograría pagarme cincuenta mil dólares? Le di tres semanas. Fui muy generoso y una parte de mí esperaba no tener que recurrir a esto. Pero si lo dejaba pasar, otros idiotas como él creerían que podían burlarse de mí y robarme en la cara sin ninguna consecuencia. El perdón no formaba parte de mis códigos.
—No te preocupes, lo que obtendré a cambio es mucho más valioso.
Me mordí los nudillos y continué observándola a través de la ventana de mi auto. Mi hombre de confianza no cuestionó mis métodos. Él sabía que cuando el monstruo despertaba no había nada que lo detuviera. La adrenalina invadió mis venas ante lo que vendría. Siempre supe que había algo raro en mí, algo diferente que las personas normales no tenían. ¿Incluso era correcto poner mi nombre y la palabra normal en una misma oración? Imposible. Traumas de la infancia, años de abuso y un padre de mierda fueron suficientes para acabar con mi poca humanidad.
Por supuesto que mi pasado horrible no justificaba mis acciones. Era consciente de ello, pero mierda, estaba más allá de cualquier redención y no me importaba nada excepto vivir al límite. Y ella era una tentación demasiado fuerte.
Quería convertirme en su salvación, pero también en su destrucción. Quería ser todo lo que necesitara. Quería que cuando despertara supiera que yo era su dueño y que no tenía escapatoria. Quería mi nombre en su piel. Quería marcarla el resto de su vida para que no me olvidara nunca.
Quería su cuerpo.
Quería su corazón.
Quería su alma.
—Dos días —dije y miré mis manos. Las mismas que habían robado cientos de vidas y jamás volverían a estar limpias; las mismas con las que quería acariciarla, ensuciar su pureza y profanarla—. Dos días y tomaré lo que me pertenece.

1
Las Vegas, Estados Unidos
BELLA
El aroma ligero y dulce de las flores me hizo suspirar con satisfacción. Amaba mi trabajo. No ganaba una fortuna, pero me ayudaba con lo necesario y era mi medio de escape. La excusa perfecta para no permanecer mucho tiempo en un hogar que odiaba. Me estremecí al pensar que debía regresar en las próximas horas. Si tan solo hubiera encontrado el valor de recoger mis cosas e irme lejos de todo aquello… Era demasiado cobarde para dar el primer paso porque me aterraba la idea de ser un fracaso. Además, no contaba con el dinero suficiente. Solo era una chica tonta con sueños estúpidos. Eso fue lo que me dijo mi padre cuando un día decidí abrirle mi corazón.
«¿Sabes cómo terminó tu madre, Bella? En un cabaret como una puta barata pidiendo limosnas. Salió adelante porque yo la salvé».
Él amaba destruir mis sueños y mis ilusiones. Más de una vez quise resignarme y aceptar la vida que me tocó, pero mis esperanzas se negaban a rendirse. No moriría sola y olvidada en esta ciudad. Yo quería ser una estrella.
—Ten cuidado con las espinas, Bella. —La señora Josephine me regresó a la realidad.
—Lo siento —me disculpé y miré la gota de sangre en mi dedo. No me importaban las heridas. Si podía tolerar la flor también lo haría con sus espinas.
Había conocido a la señora Josephine un año atrás. Ella sabía que vivir con mi padre era un infierno, así que quiso darme un nuevo propósito. Cada vez que me derrumbaba estaba ahí prometiéndome que llegarían días mejores. Era una buena amiga.
—¿Ya desayunaste? —preguntó mientras acomodaba algunos jarrones de cristal en los estantes.
Asentí.
—Las barritas de cereales estaban deliciosas.
Me miró con una especie de pena que me hizo sentir mal.
—¿Cuántas veces a la semana comiste lo mismo? Bella…
Me encogí de hombros.
—No puedo quejarme. Tengo el estómago lleno.
Leí el siguiente pedido y me puse a trabajar en el arreglo floral sin darle chance de seguir la conversación. Si la escuchaba otro segundo, Josephine pediría más explicaciones y no tenía ninguna que ofrecerle. Nadie podía ayudarme excepto yo misma. Hacía un año había cumplido la mayoría de edad y sabía que el dinero era la única solución a mis problemas.
Necesitaba huir de esa ciudad y dejar atrás a mi padre. Antes sentía lástima por él, justificaba sus acciones y su falta de humanidad. Me recordaba que seguía de luto y que perder a mamá lo había destrozado, pero Isaiah no merecía mi empatía. No después de todo el daño que me había causado. Dieciocho años de golpes, menosprecios, ataques verbales y odio. Ya era suficiente y me negaba a soportar más. Mil dólares y podría escapar.
Trabajé vendiendo palomitas en cines, sosteniendo carteles de publicidad en casinos y finalmente conocí a Josephine, la dueña de una florería y el invernadero más hermoso que había visto. Ella se encargaba de cultivar sus propias flores y me había enseñado que la jardinería era un arte fascinante. Me dolía tener que dejarla pronto, pero era lo que debía hacer.
Sacudiendo la cabeza, entré al invernadero a preparar uno de los pedidos especiales. Eran flores importadas. Josephine las había traído de Inglaterra. Me quedaba sin aliento cada vez que las miraba. Rosas Julieta. Pétalos pálidos y un exquisito aroma que podría compararse con una nueva droga. Olían tan bien. Fue casi doloroso cortar la base. Pidieron solo una, pero era más que suficiente debido a la naturaleza de la flor. Supuse que eso habría costado al menos cincuenta dólares. Me pregunté quién sería la afortunada que recibiría esa maravilla y si algún día alguien tendría el mismo gesto romántico conmigo.
—¡Bella! —gritó Josephine desde la entrada.
Me sobresalté y casi dejé caer la tijera.
—¡Un minuto!
Envolví el tallo en un lazo rojo y salí del invernadero.
Nada me hubiera preparado para el hombre que esperaba impaciente en el mostrador. Apreté con fuerza el tallo entre mis dedos y lo contemplé sin aliento. Unos tormentosos ojos verdes esmeralda me devolvieron la mirada y me estremecí. Era hermoso a la vista. Cabello castaño, la sombra de barba en su cincelada mandíbula, su traje negro era impecable y destacaba cada músculo de su alto y atlético cuerpo. La forma en que me observaba era demasiado. Había un profundo vacío allí. Intenté no encogerme por su presencia, pero mi mente se rehusaba a actuar con normalidad. Había algo en él. No sabía explicarlo con exactitud. Me provocaba miedo, incomodidad. Parecía que quería comerme viva.
—Buenas tardes —balbuceé—. ¿Puedo ayudarte en algo?
No respondió por unos segundos. No podía leer su expresión, pero capté rastros de emociones en su mirada. Intriga, fascinación, curiosidad. Hizo una lenta evaluación de mi cuerpo antes de que sus labios se curvaran en una sonrisa. Pero no era una sonrisa amable. Era cruel. Oh, Dios… ¿Quién era este hombre? ¿Y por qué quería correr de él desesperadamente?
—Tienes algo que me pertenece —dijo. Su acento era fuerte, grueso y rezumaba autoridad. No pude reconocer de dónde venía.
Al principio me costó entender a qué se refería, pero alzó una ceja y señaló la rosa Julieta entre mis dedos. Me sonrojé.
—¡Oh! —exclamé—. Claro, tú la compraste.
Le extendí la flor y traté de disimular el escalofrío que me recorrió la piel. El desconocido agarró la rosa y nuestros dedos se rozaron. Sus manos eran grandes, fuertes y frías como el resto de él. Las mías se sentían muy pequeñas en comparación.
—Hay una razón por la que elegí comprar esta rosa —comentó y examinó la flor—. Es hermosa y única en su clase. Dicen que se llama Julieta por la obra de Shakespeare. Representa la pasión, el deseo y la obsesión.
Fruncí el ceño.
—¿Obsesión?
—Sí, obsesión —repitió—. Hombres han matado con tal de tener una plantación de estas. Es considerada la flor más cara del mundo. Cualquier aficionado a las cosas bonitas quiere poseerla. Tiene muchas interpretaciones: traición, peligro… —Hizo una pausa y se lamió los labios—: Lujuria.
Dijo todo eso mientras me miraba y se me erizó la piel. Era muy consciente de mi atractivo. Había llamado la atención de muchos hombres y trataba de esconderme por la misma razón. Escuchaba constantemente a mi padre compararme con mujeres codiciadas de la historia. Una de ellas era Helena de Troya. La otra, Dalila, la mujer que le había cortado el cabello a Sansón. Y por último, Eva, la mujer que fue repudiada por toda la humanidad por morder una manzana.
—Prefiero quedarme con el simbolismo más puro: romance y sueños cumplidos.
—Queda bien contigo —masculló. No parecía sorprendido por mi respuesta.
Por alguna razón tuve la sensación de que me conocía. ¿Pero de dónde? Afortunadamente, Josephine regresó con un enorme arreglo floral y entró con torpeza por la puerta. Me precipité a ayudarla, ignorando al desconocido detrás de mí.
—No puedo creer que hayan devuelto esta maravilla —gimió Josephine con decepción y dolor—. Es tan hermosa.
Forcé una sonrisa mientras colocábamos el ramo de margaritas sobre el mostrador. Josephine abrió los ojos ampliamente cuando se percató del hombre dentro de la tienda. Entendí su reacción. Él rezumaba peligro y magnetismo.
—Señor… —Creí que haría una reverencia allí mismo—. Veo que ha venido a buscar su pedido. Nos aseguramos de que esté fresca como la solicitó por teléfono. ¿Necesita algo más?
Él no se molestó en observarla. Sus ojos fríos permanecieron en mí.
—No, ya he terminado —masculló y sacó de su billetera tres billetes de cien dólares, mucho más del valor que tenía la rosa—. Quédate con el cambio —dijo antes de retirarse.
Solté el aliento que estaba conteniendo y miré los billetes. Dios mío. Era demasiado dinero. Podría hacer tantas cosas con él. Josephine se abanicó como si tuviera mucho calor.
—Estoy bastante segura de que acabas de enamorar a un nuevo cliente, Bella. ¿Has visto a ese hombre?
El calor subió por mis mejillas y me mordí el labio con nerviosismo.
—Espero no volver a verlo —susurré y toqué una margarita en el jarrón—. Ese hombre no me gusta, Josephine. Me asusta.
El regreso hasta casa no fue una caminata normal como en otras ocasiones. Había algo extraño en esa tarde de invierno en Las Vegas. Mi cuerpo tiritaba y eché un vistazo sobre mi hombro para confirmar lo que temía.
Me estaban siguiendo.
Se trataba de un lujoso auto deportivo, aunque no reconocí la marca. Traté de convencerme de que todo era producto de mi imaginación, pero cada vez que cruzaba una calle el auto imitaba el mismo movimiento. Me metí por un callejón, siguió un atajo y terminó encontrándome. Casi lloré de alivio al ver mi casa a poca distancia. Nunca había estado tan feliz de llegar. Era mejor que ser atrapada por un acosador. Leía noticias sobre las constantes desapariciones y las chicas que no regresaban nunca con sus familias. Yo no quería ser una de ellas.
Las lágrimas me hicieron picar los ojos mientras abría la puerta con manos temblorosas. Escuché el chirrido de los neumáticos alejarse y sollocé. Estaba a salvo. Gracias a Dios no sucedió nada malo.
—¿Qué demonios está mal contigo, chica? —gruñó una voz molesta y mi corazón se desplomó.
Mi padre, la pesadilla de mi existencia, estaba sentado en el sillón con una cerveza en la mano mientras miraba un partido de fútbol americano. La vieja camiseta de Las Vegas Raiders tenía una cantidad absurda de agujeros y restos de salsa roja, pero él se aferraba a ella como si su vida dependiera de eso. Cuando veía sus estúpidos juegos me mantenía lo más alejada posible. El hombre era capaz de romper cualquier cosa si su equipo favorito perdía y no quería ser su saco de boxeo. No trabajaba. Había sido despedido el mes pasado y ahora todo lo que hacía era beber, fumar y tomar sus pastillas.
—Yo… nada. No sucede nada —dije y agaché la cabeza—. Prepararé la cena.
¿Qué sentido tenía contarle lo que había sucedido? Al hombre no le importaba mi vida y si mañana moría probablemente estaría feliz. Toleraba mi presencia porque era su empleada personal. Cocinaba, limpiaba, lavaba su ropa y mantenía en orden la casa. ¿Lo peor? Robaba partes de mi sueldo para pagar sus vicios.
Me repetí que mi tormento no duraría para siempre. Solo necesitaba dar el primer paso. Mi idea era mudarme a Los Ángeles, California. Allí podría perseguir mis sueños. ¿El problema? Era una de las ciudades más caras del mundo y viviría en la calle si no conseguía un trabajo estable y un departamento compartido. Necesitaba seguir ahorrando. La propina que me dio el desconocido sería de mucha ayuda. Estaba agradecida con su generosidad a pesar de que me daba mala espina.
—¡Maldita seas, Bella! —gritó Isaiah—. ¡Mueve tu culo y tráeme algo de comer! ¡Tengo hambre, carajo!
—¡Sí, señor! —exclamé. No recordaba cuándo había sido la última vez que lo había llamado «papá».
Hice una carrera hasta la cocina y miré con horror el desastre ante mis ojos. El fregadero estaba lleno de platos sucios y había botellas con cenizas de cigarros en todas partes. El olor nauseabundo de la basura inundó mi nariz. Casi vomito al ver el pollo que consiguió en rebaja fuera del congelador. El muy bastardo lo hacía a propósito. Le encantaba complicarme la vida y hacerme sentir como si fuera una inútil. Rechiné los dientes con rabia y arremangué mi delgada camiseta hasta los codos. Soltando un suspiro, me puse manos a la obra.
Después de cenar y limpiar la cocina, me acosté de lado en la cama y miré el cuadro desgastado que colgaba en la pared. Era una pintura de la Torre Eiffel. El único recuerdo que conservaba de mi madre. No conocía muchas cosas de ella, solo unos pocos detalles que Isaiah compartía conmigo cuando estaba muy ebrio. Era francesa. Había venido a Estados Unidos para seguir su carrera de actriz y cantante.
No entendía cómo pudo enamorarse de un hombre tan detestable. Mi padre era un abusador en todo el sentido de la palabra y no había hecho más que profanar su memoria. Se suponía que él tenía que protegerme. En cambio, estaba segura de que no dudaría en sacrificarme con tal de sacar provecho.
Lo odiaba tanto.
Cerré con fuerza los ojos cuando oí el rugido de sus carcajadas frente a la televisión a máximo volumen. La temperatura empezó a bajar y temblé bajo la delgada cobija. Era un milagro que siguiera viva a pesar de lo precaria que era mi existencia. Mis dientes rechinaron así que salí de la cama y me acerqué a la destartalada cómoda en busca de ropa extra y calcetines. Esperaba que fuera suficiente para pasar la noche. Noviembre era un mes muy frío y se pondría peor cuando llegara diciembre.
Estaba a medio vestir cuando la puerta se abrió de golpe e impactó contra la pared, sacudiendo mi cuadro favorito. Isaiah me miró con los ojos inyectados en sangre. Sostenía una botella de cerveza a medio tomar. Me maldije por no haber puesto el seguro. ¿Pero incluso eso era capaz de mantenerme segura?
—Ven aquí y sírvenos. Queremos bocadillos.
La indignación me hizo apretar los puños. Odiaba que hiciera eso. Era humillante tener que quedarme despierta hasta tarde para complacer sus necesidades y la de su amigo. Pero no podía negarme. Me golpearía sin descanso.
—No hay bocadillos —dije, mi voz baja y asustada.
Me abracé para darme calor y sus pequeños ojos recorrieron mi cuerpo lascivamente. La repulsión provocó un nudo en mi garganta y mis pestañas se humedecieron por las lágrimas retenidas. Él nunca había llegado tan lejos, pero me preguntaba hasta cuándo sería capaz de controlarse. No confiaba en Isaiah. Mis sentidos estaban en alerta máxima en su presencia.
Me agarró por el cuello y me obligó a salir del refugio que era mi habitación.
—Entonces cocina otra mierda. —Su toque era doloroso y me provocó un sollozo. Nada bueno me esperaba esa noche. Tal vez me mataría a golpes o haría realidad con sus amigos mi pesadilla más grande.
La sala apestaba a marihuana y nicotina cuando me empujó con brusquedad y caí sobre mis manos y rodillas al suelo. Una astilla se clavó en mi muñeca y gimoteé de dolor. Las carcajadas vinieron después. Me sentía tan humillada y degradada.
—Mira qué tenemos aquí —espetó alguien. Era Clint Torres, un amigo de mi padre y un asqueroso traficante de drogas. Lo había visto acosar a jovencitas de mi edad y golpear a chicos con un bate de béisbol hasta desfigurarlos.
Tuvo malas intenciones conmigo desde el primer día que entró aquí. Lo había escuchado sugerirle a mi padre que me metiera en el negocio del comercio sexual y decirle que él sería mi proxeneta. Nunca entendí por qué Isaiah no había aceptado. Sabía que les debía mucho dinero a las personas equivocadas. Había pasado el último año apostando en casinos y juegos de azar.
—Se está poniendo caprichosa —resopló Isaiah y se sentó en el sillón reclinable. Su ancho estómago luchaba contra la camiseta que apenas soportaba el esfuerzo. Soltó un fuerte eructo y encendió un cigarro con sus ojos fijos en los míos—. Me gusta conservarla porque será útil pronto. Una cara bonita como la de ella no se encuentra en cualquier parte.
Clint se lamió los labios. Consideré ponerme de pie, pero era una mala idea. Lo adecuado era esperar la aprobación de Isaiah para ahorrarme una paliza.
—Te dije muchas veces que estoy dispuesto a pagar lo que sea por ella —rio Clint—. La entrenaré para ser una buena puta de calidad. Nos dará miles de dólares.
Se me escaparon algunas lágrimas mientras los oía hablar como si yo no estuviera presente y fuera un simple objeto sin voluntad.
—Ella ya está tomada, hombre.
—¿De verdad? —protestó Clint—. Puedo darte el doble, Isaiah. Hazle un favor a tu viejo amigo. Sabes que siempre la he deseado.
Isaiah sacudió la cabeza entre risas y me pateó los tobillos. ¿Cómo podía ser tan cruel con la única persona que intentaba cuidarlo?
—La Bratvá está involucrada aquí. Ella es una mercancía valiosa y no quiero enojar a su nuevo dueño.
Clint hizo un mohín.
—¿Ni siquiera puedo tener una noche de despedida?
El miedo y la tristeza me mantenían paralizada. Yo no valía nada para ellos. Nada. Mi vida era como una moneda de diez centavos girando en el aire, a punto de decidir qué rumbo tomaría mi destino.
—Su virginidad me salvará la vida. —Isaiah se burló—. El jodido ruso está dispuesto a olvidar mi deuda por ese coño.
¿Qué…?
La puerta oxidada de la casa se abrió bruscamente y entraron dos hombres. No podía distinguirlos con exactitud. Estaba demasiado asustada, pero a pesar de la conmoción pude captar a través de mis lágrimas unos ojos verdes esmeralda.
Era él.
El hombre de la florería.
Los sollozos sacudieron mi cuerpo y temblé ante la intensidad de su mirada. Mis instintos sabían que era un monstruo desde el primer momento en que nos vimos, pero no imaginaba tenerlo aquí, metido en mi sucia casa apuntando con un arma a Isaiah y a Clint. Poco a poco fui consciente de lo que estaba sucediendo y entonces las palabras de mi padre cobraron sentido.
Ella ya está tomada, hombre.
¿Se refería a él? ¿Al monstruo de ojos verdes?
No sabía con exactitud qué pretendía, pero encontré la valentía y me levanté con intenciones de escapar a mi habitación. Lamentablemente no llegué muy lejos, ya que alguien me atrapó del cabello y presionó mi espalda contra su fuerte pecho.
—No tan rápido, cariño. —Su tono era frío y jocoso. Tan profundo y masculino que me produjo escalofríos. No había piedad detrás de esa voz. Solo pura satisfacción.
Su perfume caro contrastaba con el olor nauseabundo que llenaba la habitación. Sus nudillos rozaron mi mejilla y aparté el rostro. No quería que me tocara. No quería nada de él.
—No me toques —dije entre sollozos—. Déjame ir.
Isaiah estaba rojo de la cólera y temblaba como un chihuahua, intimidado por el arma que apuntaba su cabeza calva. Clint se encontraba en la misma situación. Frunció el ceño y apretó los puños. Le molestaba que alguien más tocara su objeto de deseo.
—No pelees conmigo —me advirtió el hombre detrás de mí—. Ni siquiera hagas el intento. Nunca ganarás.
Analicé mis opciones y volví a mirar la puerta abierta. Si hacía el siguiente movimiento corría el riesgo de que me dispararan. ¿Pero no era eso lo que quería hacía tiempo? ¿Morir? ¿Por qué ahora se despertaba mi instinto de supervivencia? Mi captor era un hombre fuerte y poderoso. Era absurdo pensar que una chica de dieciocho años podría defenderse de él.
—Tenemos un trato —intervino Isaiah con los nervios desencajados—. Llévatela y olvida la deuda.
Compartí una breve mirada con la escoria que se hacía llamar mi padre y no vi ni un gramo de culpa en su rostro. Me vendía como si fuera una mercancía. Me vendía para salvar su pellejo. Nunca había esperado nada bueno de él, pero su traición me dolía muchísimo. Dolía tanto que no podía respirar.
—Eso fue antes de que viera cómo lastimabas algo tan bonito —dijo mi captor. Sus nudillos seguían acariciando mi mejilla y lentamente bajaron por mi cuello—. No me gusta que toquen lo que es mío.
Isaiah tartamudeó. Fue Clint quien salió en su defensa.
—Acaba de darte el pedazo de culo más caliente que podrás tener —escupió con desdén—. Será mejor que te vayas ahora mismo o cambiará de opinión.
—Cierra la boca, hombre. —Isaiah tragó saliva y tembló—. No quieres joder con él.
La carcajada de Clint no era más que una máscara para ocultar su miedo. El sudor cubría su frente y las siguientes palabras sonaron torpes e inseguras.
—Me importa una mierda quién es él.
Todo sucedió en un pestañeo.
Sonó un disparo y lo siguiente que vi fue un orificio de bala en su frente. Su cuerpo se desplomó en las sucias baldosas. Isaiah cometió el error de intentar correr y sufrió el mismo destino. Cuando lo vi caer grité como nunca. Grité una y otra vez, rogando que alguien viniera a rescatarme, pero cualquier súplica fue silenciada y fui arrastrada a la oscuridad.

2
BELLA
Siempre había anhelado mi libertad más que cualquier cosa. Dormía pensando que un día tomaría el autobús que me llevara a Los Ángeles y que lucharía hasta conseguir mi propósito. Deseaba que Isaiah dejara de ser una molesta piedra en mi camino, pero no así. No quería quedarme con la imagen de él muerto en el sucio piso manchado de cerveza. La niña ingenua dentro de mí esperaba que se disculpara por tantos años de dolor y que dijera que me amaba a su manera.
Ahora todo eso era parte del pasado. Me había librado de un abusador, pero a cambio terminé en manos de un asesino. Vi mi futuro disolverse como humo en el viento. Ya no tenía nada. Las lágrimas se deslizaban por mis mejillas mientras era guiada hacia un lujoso auto, el mismo que me había acechado más temprano. Oh, Dios. Era él. ¿Cuánto tiempo había estado espiándome?
—Por favor, déjame ir —sollocé y me detuve en la puerta abierta del auto—. Por favor, por favor, por favor…
Sin responder, me agarró por los hombros y me forzó a mirarlo. Tenía una expresión aburrida, como si nada le importara. Mis súplicas no le importaban. Yo era su juguete. Uno que iba a romper fácilmente.
—Por favor… —repetí—. Juro que no le diré nada a la policía. Lo juro.
Presionó un dedo sobre mis labios secos y agrietados. Yo temblaba de pies a cabeza, tan destrozada como mi maltratado corazón.
—A partir de ahora no importa nada de lo que digas. —Su voz sonó plana, carente de emoción—. Eres mía, olvida tu antigua vida. Me perteneces desde este momento y si te rehúsas te mataré. ¿Entiendes?
Mis tripas se revolvieron ante la violencia que emanaban sus palabras y vomité en la acera. Era aterrador estar a merced de alguien tan poderoso como él. Desaparecería y nadie se preguntaría qué había sucedido conmigo. Tal vez Josephine, pero ella no podría hacer nada. Estaba sola. No tenía salvación.
—Vamos —instó.
Planté mis pies en el suelo negándome a obedecer.
—Los asuntos de mi padre no me importan. Te prometo que olvidaré que lo mataste si me dejas ir —sollocé—. Solo déjame ir.
Esta vez no fue amable. Levantó mi cuerpo sin esfuerzo y me aventó dentro del auto bruscamente. Reboté en el asiento trasero, llorando por la vida que me había tocado y había perdido. No era la mejor, pero era mía. Ahora no tenía nada.
—Esto no está bien —dije entre lamentos—. Oh, Dios. No está nada bien.
El conductor me observó un breve segundo a través del espejo retrovisor. Sus ojos no lucían crueles. Había una pizca de empatía allí y me pregunté si era capaz de ayudarme. Claro que no. Era servidor y cómplice del monstruo a mi lado. No se arriesgaría por una chiquilla sin hogar.
—Escucha, cariño —espetó mi captor y el auto se puso en marcha—. Puedo matarte ahora mismo y luego tirar tu cuerpo a un basurero. ¿Quieres eso?
A pesar de mi pánico logré negar con la cabeza.
—Tendrás que seguir cada una de mis reglas si quieres vivir —masculló y levantó tres dedos—. Primera regla: nunca intentes huir. Segunda regla: nunca me mientas. Tercera y última regla: deberás acceder a todos mis caprichos. Si rompes una de ellas, te destrozaré.
Asentí y me mordí el labio reprimiendo mis sollozos. No era estúpida, sabía exactamente lo que este hombre quería de mí, no me llevaría a su casa para hacer las labores domésticas. Por la forma en que me miraba, era obvio lo que deseaba. No era diferente a Clint después de todo.
—No te haré daño. —Su voz ronca sonó amable por un momento—. Si te comportas, seré bueno.
Estaba horrorizada hasta la médula. No podía evitar verlo como un monstruo. Un monstruo que me estaba alejando de todo lo que conocía. Me preparé para el dolor y la inevitable tortura que vendrían después.
—No te serviré de nada. No sirvo para nada —susurré con la voz rota—. Por favor, llévame a casa. Juro que recogeré mis cosas y desapareceré. Nadie sabrá de mí. No te delataré a la policía. —Junté ambas manos y supliqué—. Me llevaré el secreto a la tumba si me dejas ir.
Sus ojos verdes se volvieron de un tono más oscuro.
—Eres muy valiosa para mí en muchos sentidos, Bella. Tu nuevo hogar es estar a mi lado.
Me dediqué a llorar durante todo el trayecto. Desconsolada y rota. Mi captor se mantuvo en silencio y me dejó tener ese momento de dolor. Me faltaba el aire por el pánico. Mi corazón parecía a punto de estallar. Estaba acabada. Mi vida había terminado. Mis sueños estaban destruidos.
Yo, Bella Elizabeth Foster, estaba muerta.
Me despertaron gotas de lluvia salpicando mi rostro. No tenía idea de cuánto tiempo había durado el viaje, pero sabía que habíamos llegado. El agua fresca me empapó mientras mi captor me llevaba entre sus brazos. Nuestras miradas se conectaron y temblé. La primera vez que miré sus ojos había pensado que eran hermosos. Ahora los odiaba. Era un asesino. Un abusador. Un psicópata. Un bastardo que se creía dueño de mi vida y había amenazado con matarme si me negaba a ceder. Tenía suficiente dinero para hacer que mi secuestro fuera ignorado por la justicia.
Ingresamos a una cálida habitación y me dejó con cuidado en un cómodo sillón con cojines. Me sorprendió que pudiese ser suave cuando no le habían temblado las manos al matar a mi padre y a Clint.
—¿D-dónde estoy? —tartamudeé, observando mi entorno.
Todo era una combinación de blanco y plateado. Las lámparas de araña colgaban sobre mí. Los pisos eran de mármol, elegantes y relucientes bajo las luces. Pude ver el exterior a través de los ventanales. El patio con palmeras estaba rodeado por una pequeña laguna. Había una inmensa y amplia escalera delante de mí. Admiré los techos altos, las grandes ventanas y valiosas obras de arte. Me sentía como Bella al ser raptada por la Bestia. Sin embargo, esto no era como un cuento de hadas. Era una pesadilla.
—Bienvenida a tu nueva casa.
—¿Mi nueva casa? —balbuceé—. Quiero irme, por favor.
Ese lugar nunca sería mi hogar. No iba a ceder fácilmente. Iba a escapar cuando tuviera la primera oportunidad. Mirando a través del cabello que caía sobre mi cara, lo vi dar un paso cerca de mí. Tomó mi barbilla entre sus largos dedos justo cuando una lágrima caía por mi mejilla.
—Esta es tu nueva casa ahora. —Me miró con desdén—. No irás a ningún lado. Recuerda cada una de mis reglas. Puedo volver tu vida un infierno o matarte si decides romperlas.
Tragué el nudo en mi garganta, mi estómago se revolvió con inquietud. Mirando sus ojos, me sentí más intimidada. Mi mente todavía sentía el impacto de todo lo que había ocurrido. Mi vida había cambiado drásticamente en un instante.
Bienvenida al infierno, Bella.
—Vamos —dijo—. Te mostraré tu habitación.
No esperó a que lo siguiera. Se dirigió directo a las escaleras. Miré sobre mi hombro y vi a dos hombres armados de pie en la puerta. Correr no era una opción. Me limpié las lágrimas y seguí a mi secuestrador con las piernas débiles. Me sostuve de la barandilla para no caerme. Era mejor mantener la boca cerrada. Si continuaba llorando me ganaría su ira y no quería empeorar la situación. Tenía que evaluar mis opciones antes de hacer un movimiento. Un solo error y estaría muerta. Este hombre no era alguien con quien hacer estupideces. Mató a mi padre y a Clint a sangre fría. ¿Quién podía asegurarme que yo sería la excepción?
Vi cómo su elegante figura se movía por la mansión con una gracia deslumbrante. Era muy alto. Se había quitado la chaqueta y llevaba la camisa arremangada hasta los codos. El olor de su perfume era agradable y refrescante. Nada repulsivo como el hedor al que estaba acostumbrada cuando vivía con mi padre. No sentí dolor, mucho menos lástima, mientras pensaba en mi progenitor. Ese bastardo me había puesto en esta situación y nunca lo perdonaría. Él había pagado por las consecuencias de sus actos.
—Entra —ordenó cuando abrió una puerta.
Obedecí con pasos temblorosos. Mis ojos recorrieron la habitación, memorizándola, buscando posibles rutas de escape. Las paredes estaban pintadas de blanco. Había una cama en el centro, con almohadas y mantas de seda. Enfrente, una televisión de pantalla plana. También había cuadros y el armario más grande que había visto en mi vida.
Pero nada se comparaba a la vista que tenía frente a mí. Dos puertas acristaladas conducían hacia un balcón. Mi aliento se atascó en mi garganta mientras me acercaba y se me llenaron los ojos de lágrimas cuando vi el jardín. El invierno no favorecía a esa área, pero era hermosa a pesar del clima. Césped bien cuidado, rosas blancas y rojas. Había un enorme roble en el centro con hojas marchitas y caídas. Pensé en Josephine y en la florería. Los únicos momentos en los que había sido realmente feliz.
—Sé que te gusta todo lo relacionado a las flores. —Habló en mi oído y un escalofrío me recorrió—. Si te comportas prometo que podrás visitar el jardín todos los días.
La ira encendió mis mejillas y me limpié las lágrimas.
—No soy un perro —escupí, enfrentándolo.
Me miró con una sonrisa burlona y un brillo aterrador en los ojos. Le gustaba que luchara.
—No, no lo eres, pero eres mía. Soy tu dueño desde que tu padre lo decidió. —Siguió el rastro de la siguiente lágrima que cayó por mi mejilla—. No tienes a nadie, solo a mí. Soy tu única opción, Bella. Soy tu salvación y también tu destrucción. Puedo ser tu héroe o tu villano, si me desafías.
Mis músculos se tensaron y volví mi atención al jardín.
—¿En qué mundo vives? No tengo precio, no puedes comprarme.
—Oh, pero lo hice —dijo la bestia—. ¿Sabes cuánto dinero me debía tu padre? Cincuenta mil dólares. Eso es lo que valías para él, cariño. Si me preguntas, es una cantidad mediocre porque concuerdo contigo: no tienes precio.
Mi mente voló en una furia ciega y el desprecio que sentía hacia Isaiah creció con una crueldad que nunca había experimentado antes. Esa parte oscura de mi corazón se alegraba de que hubiera recibido su merecido. Él estaba muerto y yo tenía la oportunidad de recuperar mi vida. No iba a conformarme con esto.
Encontraría una escapatoria.
—Te vi —susurré—. Fuiste a la florería y luego me perseguiste con tu auto. ¿Cuánto tiempo llevas planeando mi secuestro?
El sonido de su risa era bajo y ronco.
—Investigué a tu padre antes de hacerle el préstamo. Me enseñó una fotografía tuya como garantía y desde ese momento te deseé. —Tocó un mechón de mi cabello y me aparté de su alcance—. Le di un mes para pagar la deuda y no lo hizo. Entonces te entregó a ti a cambio. Fue una gran inversión.
Las lágrimas brotaron en abundantes chorros. Fue tan fácil para Isaiah deshacerse de mí.
—Eres un monstruo.
—Soy un hombre de negocios —respondió y dio un paso atrás—. Aquí tendrás todo lo que necesitas. Prometo que no te faltará nada y seré agradable siempre y cuando correspondas mis acciones de buena fe. La paciencia es una virtud y yo carezco de ella. No me presiones porque no te gustará asumir las consecuencias.
Con eso se apartó y se dirigió a la puerta. Salió y me dejó sola. Me tumbé en la cama ahogando mis gritos en una almohada. Era una prisionera. Si intentaba huir estaba segura de que él me perseguiría y me encontraría. Me tragué las lágrimas y presioné una mano sobre mi pecho. Que Dios me ayudara. No podía quedarme ahí mucho tiempo.
Me metí en la tina llena de agua tibia y burbujas. Mi cuerpo lloró de alivio mientras frotaba el jabón por mi piel sucia. El olor a lavanda inundó mi nariz y pensé en lo bien que se sentía tener un baño decente después de tanto tiempo.
Sabía con seguridad que Josephine se pondría en contacto con la policía cuando notara mi ausencia. Tal vez iría a mi casa y encontraría los cadáveres. Me lavé el pelo y negué con un sollozo. Probablemente mi captor se había encargado de limpiar cualquier rastro de mi desaparición. Sería olvidada. Nadie pelearía por mí, excepto yo misma. Como siempre había sido.
Cuando terminé el baño me paré frente al espejo con una toalla envuelta alrededor de mi cuerpo. Unos pálidos ojos azules y cansados me devolvieron la mirada. Era como si años de sufrimiento pesaran en mi rostro. Las pecas en mi nariz eran notables y mi cabello castaño lucía más oscuro al estar húmedo. Tenía los pechos demasiado grandes. Eran lo primero que muchos hombres notaban cada vez que me observaban y llegué a odiarlos. Solo quería ser invisible para ellos. Pensé cuáles serían las siguientes acciones de mi secuestrador. ¿Intentaría violarme? Iba a tener que matarme primero porque nunca me entregaría a él de buena gana. Nunca le daría esa satisfacción.
Busqué algo que pudiera servir como arma en el cuarto de baño, pero no había nada útil. Era un tipo precavido e inteligente. Me di por vencida y regresé a mi habitación. Abrí el armario de un tirón. Jamás había visto tanta ropa y zapatos. Vestidos, abrigos, pantalones, chaquetas, faldas. Alcancé una prenda del perchero y no me sorprendió ver que era de mi talla. Bastardo repulsivo.
Mi orgullo no quería usar nada que él me ofreciera, pero la única ropa que había traído conmigo estaba sucia. Rápidamente opté por unos pantalones jean y un suéter. Los zapatos eran lindos. Odiaba que me gustaran tanto. Culpaba a la pobreza y a las carencias a las que había sido sometida desde que era una niña. Isaiah me arruinó la vida. Incluso muerto seguía haciéndolo.
Justo cuando terminaba de peinarme el cabello sonó un golpe en la puerta. Me puse rígida con el cepillo en la mano.
—Soy Dorothea. —La voz femenina sonó suave y paciente del otro lado de la puerta—. Estoy aquí por órdenes del señor Kozlov. Me pidió que le sirviera la cena. Supongo que está hambrienta.
Mi estómago rugió como una confirmación, pero no me dejé distraer. ¿Señor Kozlov? ¿Era un apellido ruso?
—No tengo apetito —mentí.
Hubo una breve pausa.
—Me imagino que todo esto es muy difícil para usted, pero le recomiendo seguir las órdenes del señor Kozlov. Amenazó con venir él mismo si se negaba.
Apreté mis manos en puños. Claro que lo hizo. Ese hombre hacía todo a la fuerza.
—Un minuto.
Dejé el cepillo en el tocador y le quité el seguro a la puerta antes de abrirla con cuidado. La mujer rondaba los cincuenta años, de aspecto amable y cálido. Tenía el cabello cubierto de canas y vestía un modesto atuendo con un rosario en el cuello.
—Así que usted es Bella… —Me tendió la mano y dudé en aceptarla—. Lamento conocerla en estas circunstancias.
Sus palabras me conmovieron, pero no me engañaría. Jamás confiaría en una persona que trabajaba para ese monstruo. Hizo un ademán y la seguí por el largo pasillo. Las paredes carecían de adornos personales. Había esculturas, jarrones, flores, pero nada que me dijera algo sobre quién era realmente el señor Kozlov.
—Supongo que prefiere privacidad —comentó—. Pero necesita comer.
Fruncí el ceño.
—¿Qué importa de todos modos? Me ha secuestrado.
Sus hombros se tensaron.
—El señor Kozlov es… —emitió un suspiro y continuó caminando—. Puede que sus acciones sean muy cuestionables, pero estoy segura de que hará su vida mucho más fácil a partir de ahora. No podía creerlo cuando me contó las razones de por qué está aquí.
Me reí con sorna.
—Dios, me ha traído a esta casa en contra de mi voluntad y dice ser mi dueño. ¿Eso es hacer mi vida más fácil? Es un psicópata sin escrúpulos.
Dorothea no me contradijo. Reflexionó un momento.
—¿No lo era su padre también?
—¿Eso lo hace mejor?
—No —concordó—. Pero sabemos que no sucederá nada bueno si se opone. Solo no luche y dele una oportunidad. Tal vez cambie de opinión si llega a conocerlo.
Lo dudaba.
—¿Quién eres?
Me miró sobre su hombro.
—Alguien que ha visto su lado más humano antes de que se convierta en lo que es actualmente.
Un monstruo…
Cuando llegamos a la cocina no pude disimular mi asombro. Los armarios de madera oscura llenaban las paredes con electrodomésticos de acero inoxidable. La zona del comedor era tan grande que fácilmente podía alimentar a dos familias. Los ventanales ocupaban la pared completa, permitiendo que la luz de la luna pasara en todos los ángulos.
Dorothea me pidió que me sentara en la isla. Luego puso un humeante plato caliente frente a mí. Era espagueti acompañado de albóndigas y salsa roja. Mi estómago gruñó con aprobación, casi me eché a llorar allí mismo. No había saboreado nada decente en mucho tiempo. Isaiah solía llevar comida de muy mala calidad a la casa y yo me encargaba de salvar lo que fuera posible. Nunca había nada en la nevera. Se gastaba casi todo el dinero en cervezas baratas o drogas. Por algo estaba tan delgada. Josephine muchas veces se ofrecía a alimentarme, pero yo me negaba, no quería preocuparla. Ella tenía sus propios problemas con los que lidiar.
—Puedes comer lo que quieras —dijo Dorothea mirándome con amabilidad—. ¿Tengo permitido tutearte?
Asentí y enredé las pastas alrededor del tenedor. Estaba delicioso. Las albóndigas eran tiernas y sabrosas. Devoré dos grandes porciones y no me importó parecer una muerta de hambre. No iba a desperdiciar la comida.
—Él no me dejará ir, ¿verdad? —Hablé con la boca llena, mientras Dorothea me servía un fresco zumo de naranja.
—Es imposible que Aleksi cambie de opinión.
Mi mente memorizó su nombre. Pensé que era bonito y poco común. No lo había escuchado antes.
—¿De dónde es?
Dorothea se sentó en el taburete libre a mi lado y me observó comer.
—Vivió en Estados Unidos gran parte de su vida, pero nació en Moscú.
—Tiene sentido. Noté un acento en su voz —comenté—. Mató a mi padre y a su amigo sin parpadear. Así que asumo que su profesión no es muy honesta. ¿Está relacionado a la mafia?
—La Bratvá, sí.
La comida se atoró en mi garganta y tosí fuerte. Dorothea me palmeó la espalda. Dios mío. La Bratvá. No conocía mucha información al respecto, pero por lo poco que había oído sabía que era una de las organizaciones criminales más peligrosas. Las Vegas y sus casinos estaban plagados de ellos. Qué estúpido había sido mi padre al involucrarse con uno de sus miembros y creer que saldría ileso.
—¿Quieres un consejo, Bella? —preguntó Dorothea y lo dio sin esperar respuesta—. No intentes huir, mucho menos pelees. Eres una chica muy lista y estoy segura de que sabrás cómo sobrevivir a tu nueva vida. Todos en la mansión servimos a Aleksi y somos leales a él. Si le pides ayuda a cualquier miembro del personal no dudará en delatarte y cualquier plan que tengas en mente será saboteado. No confíes en nadie, ¿de acuerdo? No tienes amigos ni aliados aquí.
Capté el mensaje de inmediato y bebí un trago de mi zumo en silencio. Desde el principio había asumido que estaba sola. Sabía que no tenía oportunidad contra un líder de la mafia rusa. Era solo una chica desamparada. La decisión más sensata era permanecer en esa mansión, pero mi dignidad como mujer me impedía aceptarlo. Era una persona, no una prisionera.
—Lo siento mucho —musitó Dorothea.
—Está bien, no es tu culpa. Agradezco tu sinceridad.
Cuando terminé de comer, recogí mi plato con intenciones de lavarlo. Dorothea me detuvo.
—No es necesario que hagas eso.
—Mi padre siempre me ordenaba que limpiara después de comer —respondí con amargura—. Era como una sirvienta. Estoy acostumbrada.
Dorothea me tomó de la mano.
—Aquí no harás nada —sonrió—. Puedes ir a tu habitación o explorar la mansión. ¿Te gusta leer?
—Me encanta —admití.
No había tenido la oportunidad de asistir a la universidad, pero conocía muchas cosas del mundo gracias a los libros. Ellos me permitieron soñar.
—Hay una biblioteca. —Me guiñó un ojo—. Ven, déjame mostrártela.
—Hoy prefiero descansar. No tengo ánimos.
—Por supuesto, querida. —Dorothea me apretó el hombro—. Descansa.
Pasé horas en mi habitación preguntándome cómo huiría. En cuanto vi las cámaras de seguridad en los pasillos y a los hombres armados en cada esquina del parque supe que escapar era una tarea imposible. La seguridad era alta con drones volando por la zona. Hacer el intento sería muy estúpido y era poco probable que saliera con vida. Lo adecuado era ganarme la confianza de Aleksi. Si él quería matarme ya lo habría hecho. Cuando nos vimos por primera vez en la florería me miró con fascinación mientras me explicaba el significado de la rosa Julieta. Podría sacarle provecho a la atracción que sentía por mí.
Pero antes debía aprender a gestionar mis miedos. El hombre me aterrorizaba y en su presencia me convertía en una cobarde llorona. Tomé aire y lo dejé salir. Había sobrevivido durante dieciocho años a los abusos de Isaiah. Podía superar esto. Lo tenía en mi sangre.
En la mañana siguiente, uno de sus matones tocó mi puerta y me obligó a salir. Por la forma en que operaba era muy evidente que se sentía el dueño del mundo. Aleksi podía comprar y deshacer la justicia a su antojo. A mí no me quedaba más remedio que aceptar su voluntad. Al menos por ahora.
Llegamos a las puertas dobles. El matón golpeó una vez.
—Adelante —dijo una voz con grueso acento ruso.
Las puertas se abrieron y entré al comedor. Había una larga mesa con una cantidad absurda de comida. En la cabecera estaba sentado Aleksi Kozlov. Su expresión era indescifrable mientras bebía un sorbo de café. Vestido con un traje negro a medida y el cabello bien peinado, lucía como el hombre más atractivo que había visto. Pero su elegancia exterior era una contradicción con lo que era realmente por dentro: un monstruo aborrecible.
—Siéntate —mandó y no tuvo que decirlo dos veces—. Me imagino que estarás muy hambrienta.
No contesté. Miré el exuberante desayuno sin decidir por dónde empezar. Había tortitas, café, frutas, limonadas, tocino con huevos revueltos, mermeladas, ensaladas. Mi estómago hizo un vergonzoso ruido. Era imposible negarme.
—Puedes comer lo que quieras —dijo él—. No te detengas por mí.
Escogí el pan tostado con mermelada y café. Mastiqué en silencio, mostrándome desinteresada en cualquier conversación. No quería conocerlo. No quería ser su amiga. No quería nada de él. Me mantuve distraída con lo que había al otro lado de la pared de cristal. Me moría por conocer el jardín.
—¿Ha sido de tu agrado? —inquirió.
—¿Qué?
—La ropa.
Me encogí de hombros.
—No importa si me gusta o no.
Su sonrisa se amplió y lo miré detenidamente. Era atractivo. Más de lo que me gustaría admitir. Era mayor. Quizás unos siete años de diferencia. No entendía por qué me había escogido a mí. Podía tener a quien quisiera. Yo no era nadie.
—Exacto. Perdiste cualquier derecho cuando tu padre decidió venderte.
El corazón me dolió por sus palabras sin tacto.
—¿Por qué haces esto? ¿Qué quieres de mí?
Sus ojos verdes se fijaron en mis pechos y me sentí asqueada. Solo era eso para la mayoría de los hombres. Una cara bonita y un par de tetas grandes. Nunca había tenido sexo por esa razón. Quería sentirme cómoda e importante en mi primera vez. No un objeto desechable.
—Lo hago porque puedo. Fui bastante claro con mis intenciones. Te quiero a ti.
Mi cuerpo se tensó con rabia e indignación.
—Tendrás que obligarme —espeté con la frente en alto—. Porque no tendrás nada de mí por voluntad propia. No te daré nada, maldito psicópata.
Antes de que pudiera reaccionar, se acercó a mí y rodeó mi garganta con los dedos. Apretó duro hasta que el aire empezó a faltarme. Los ojos se me llenaron de lágrimas. Intenté luchar, pero la oscuridad en su mirada me paralizaba. Era capaz de quebrarme el cuello si me movía.
—La primera etapa es la negación y la última es la aceptación. —Acercó su nariz a mi pelo e inhaló—. Ya te he dicho que soy tu mejor opción, cariño. Puede que ahora me desprecies y lo entiendo, pero pronto te darás cuenta de que te hice un favor.
—No te pedí nada —jadeé sin aire.
—Tal vez no, pero me debes la vida. Tu padre pretendía venderte de todos modos. Escuché que fuiste ofrecida a los mejores prostíbulos de Las Vegas. ¿Te imaginas qué hubiera ocurrido si yo lo permitía? —Me habló al oído—. Vendida día y noche. Drogada mientras te follan hasta la muerte. Sigue adelante con tu acto de valentía, no me importa. No olvides que soy un hombre impaciente y habrá consecuencias.
Me atraganté con un sollozo y finalmente me soltó. Tosí, tratando de recuperar el aliento. Mi garganta ardía de dolor. Lo miré en shock. Él sonrió.
—Estás sola, cariño. Soy la salida a todos tus problemas. Isaiah Foster dejó muchas deudas antes de morir. Tu casa estaba hipotecada y ahora le pertenece al banco. Investigué a fondo y no hay nadie cercano a ti que pueda cubrir las deudas. Tu madre ha muerto hace casi diecinueve años y tu padre era un pedazo de mierda rechazado que nunca fue amado por los suyos.
Cada palabra era una puñalada en mi pecho. Me aterraba pensar que yo tendría el mismo final: sola sin que nadie se preocupara por mí. No respondí a la crueldad de Aleksi porque me rompería.
—¿Qué hay de ti? —prosiguió Aleksi y regresó a su asiento—. ¿Sin interés en la universidad? Mmm… aunque según mis observaciones he notado que te gusta mucho la jardinería y todo lo relacionado al mundo del espectáculo. Encontré cosas en tu antigua habitación. La pequeña Bella Foster sueña con ser una gran estrella de Hollywood.
Cerré con fuerza los ojos mientras me frotaba el cuello. Quería que se callara y dejara de hablar sobre mi futuro. Sentía como si hubieran robado mi identidad. Pronto sería otra chica desaparecida que todos olvidarían con el tiempo. Mi destino era incierto y probablemente lo mejor era estar muerta. Pero por alguna razón, el instinto de supervivencia prevalecía. Me habían arrebatado mi infancia y mi adolescencia. No permitiría que sucediera lo mismo con el resto de mi vida.
—Basta —susurré.
—¿Por qué? —se burló—. Sabes que puedo ofrecerte mucho más de lo que soñabas. Nunca habrías sobrevivido ahí afuera, Bella. No sin mí. Eres demasiado pura y el mundo no está acostumbrado a las cosas bonitas. Le encanta romperlas.
La rabia me hizo hervir la sangre y me volví lentamente hacia él.
—Nunca quise que intervinieras en mi vida. No tenías ese derecho.
La esquina de su boca se levantó en otra sonrisa socarrona.
—Pero lo hice y ahora estás atada a mí. —Agarró una manzana roja del frutero y le dio un gran mordisco—. No importa cuánto intentes correr. Siempre iré por ti. Vayas donde vayas te encontraré, cariño. Eres de mi propiedad y será mejor que lo asumas pronto.
Todo mi cuerpo vibraba de indignación y repulsión. Apreté mi mano en un puño hasta que mis nudillos se pusieron blancos. Aleksi continuó masticando, como si nada pasara. Fantaseé con apuñalarlo en el pecho y luego correr a la salida más cercana. Probablemente no llegaría demasiado lejos. Sus hombres me matarían a tiros. Solté una leve respiración. Necesitaba ser más estratégica. Necesitaba ser paciente.
—Sé una buena chica —sonrió la bestia—. Entrégate a mí y te daré el jodido mundo.
—Nunca me tendrás.
Su sonrisa desapareció y su rostro mostró al hombre frío y sin corazón que era.
—Eso ya lo veremos.
Luego de desayunar, me decidí a explorar la biblioteca como había sugerido Dorothea. Al encender las luces, quedé fascinada, maravillada y emocionada. Ese lugar definitivamente había salido de un cuento de hadas. La emoción floreció en mi interior. Había tres hileras de estanterías repletas de libros. Eran tan altas que llegaban hasta el techo de cúpula con ilustraciones de ángeles y demonios. Mis dedos rozaron algunos lomos. La mayoría eran de tapa dura, ediciones especiales, enciclopedias y diccionarios. Títulos ingleses y en su mayoría rusos. Viejos clásicos que me moría por leer.
Escogí una obra de Agatha Christie y me senté en el sillón de terciopelo ubicado en una esquina. Nunca había tenido acceso a tantos libros, aunque siempre quise aprender más. Tenía conocimientos sobre lo básico. Me consideraba afortunada porque Isaiah había permitido que asistiera a la escuela y mi antigua vecina, Lucille Houston, era una mujer amable que también me enseñaba ciertas cosas. La recordaba como una de las tantas amantes que había tenido mi padre. Ella pasaba horas en su habitación y consumían drogas juntos. Solía decirme que llegaría muy lejos si utilizaba mi belleza. No era el mejor consejo, pero Lucille era una buena persona. Me destrozó recibir la noticia de que había sufrido una sobredosis. La encontraron muerta en un callejón. No me dejaron asistir a su funeral, pero planté una flor en su memoria y recé para que descansara en paz.
Su recuerdo me sobrecogió. Una lágrima rodó por mi rostro y mojó la primera página del libro. Me acurruqué en el sillón. Me prometí que nunca sería como las pobres mujeres que terminan muertas en los callejones al igual que Lucille. Yo soñaba con tener una vida diferente.
Me prometí que lucharía y sería todo lo que tantas no pudieron ser.
Sentí que estaba flotando.
El aroma amaderado inundó mis fosas nasales y froté mi mejilla contra algo duro y suave al mismo tiempo. No quería despertar. Mis dedos se movieron e hicieron contacto con un torso de músculos definidos y lo que parecía ser una corbata de seda.
Entré en pánico. Podía fingir que seguía dormida, pero el monstruo que me llevaba en brazos no era ningún idiota y notó la rigidez de mi cuerpo. De pronto fui depositada sobre las mantas y su peso hundió la cama. Actué por instinto y puse la mayor distancia posible entre ambos. Cuando fui capaz de mirarlo, sus ojos verdes me devoraron en la oscuridad. Él me eligió porque quería romperme. ¿Entonces por qué aún no había empezado con su tortura?
—¿Por qué yo? —pregunté. Mi suave susurro hizo eco en la silenciosa habitación.
—Porque no podría ser nadie más, cariño.
Me quedé allí inmóvil y en silencio cuando movió su cuerpo más cerca del mío en la cama, como si estuviera probándome. No respiré. No corrí. No hablé. Alargó la mano y me acarició el rostro con el pulgar. Tocó mi nariz, mis labios entreabiertos y lentamente la curva de mi cuello y mi pecho. Jadeé.
—Hermosa —dijo.
Tragué saliva.
—Termina con esto de una vez. Solo mátame o toma de mí lo que quieras. ¿Qué te impide hacerlo?
Me dedicó una sonrisa arrogante.
—¿Dónde quedaría la diversión? Quiero que me ruegues por ello. —Se lamió los labios—. Quiero que me pidas que te folle hasta que no puedas soportarlo.
Aparté mi rostro bruscamente.
—No pasará. Ya te he dicho que tendrás que obligarme.
Se movió tan rápido que no me di cuenta al principio, pero era muy tarde para huir. Su cuerpo acorraló el mío en la cama. Atrapó mis muñecas y las puso encima de mi cabeza. Grité, pataleé y forcejeé. Todo fue inútil. Su fuerza superaba la mía.
—Shh… —Habló cerca de mis labios—. Respeto mucho que pelees por tu vida. Es admirable y estúpido. Está bien, cariño. Hace que este juego sea más entretenido. —Puso un dedo debajo de mi barbilla y me obligó a mirarlo—. Pero escúchame con atención. No te aproveches de mi amabilidad. Tengo un límite. Tú decides. Haz que esto sea tolerable o un maldito infierno.
Me tragué las lágrimas amargas y sollocé.
—Te odio tanto.
—Lo sé —sonrió con frialdad—. Te estoy dando opciones: elige ser mía de buena gana o te trataré como a una esclava.
Mantuve mis ojos en los suyos y mi voz sonó firme cuando respondí:
—Prefiero estar muerta.
—Bien. —Fue todo lo que dijo antes de dejarme sola en la oscuridad.

3
BELLA
Pasaron varios días luego de mi último encuentro con Aleksi Kozlov. Pude estar atenta al funcionamiento de esa prisión y aprendí ciertas cosas que me ayudarían con mi plan de escape. Dorothea salía una vez por semana a hacer compras. ¿Mi idea? Saltar en la carrocería de la camioneta que la llevaba. No pasaría desapercibida por las cámaras, pero cuando se dieran cuenta sería tarde. Necesitaba hacer algo pronto o me ahogaría en la desesperación.
Miré las coloridas etiquetas de las botellas que adornaban el estante de la cocina. Nunca había bebido ni una gota de alcohol, pero hoy especialmente tenía muchas ganas de hacerlo. Quería beber hasta perder el conocimiento. Podía hacer cualquier cosa para no recordar esa maldita fecha: 13 de diciembre, el día que me trajeron al mundo en contra de mi voluntad.
—Son vinos importados de Italia —comentó Dorothea entrando a la cocina con varias bolsas—. Merlot y Chianti sobre todo. Algunos tienen más de tres décadas.
—¿Los has probado? —pregunté sin mirarla.
Escuché su risa a mis espaldas.
—No, querida. Son los favoritos de Aleksi y eso los hace intocables —masculló—. Solo los bebe en fechas especiales.
Le eché un breve vistazo al calendario pegado a la nevera.
—Hoy es una fecha especial, aunque la odie y trate de olvidarla.
—¿Sí?
—Es mi cumpleaños.
Soltó un grito indignado, puso ambas manos en mis hombros y me volteó para que pudiera verla. Me dio una expresión apenada que provocó un nudo en mi garganta.
—Debiste decírmelo antes y te preparaba un delicioso pastel.
—A nadie le importa realmente.
—A mí sí —afirmó ella y corrió hacia un mueble. Sacó huevos, harina, crema y algunos ingredientes más—. ¿Tienes algún sabor preferido? Aquí tenemos lo necesario.
—Estaré bien con cualquier sabor. No recuerdo cuándo fue la última vez que probé un pastel, Dorothea.
Iba a decir algo, pero lo pensó de nuevo y sonrió.
—Eso vamos a remediarlo ahora mismo.
Continuó moviéndose de aquí para allá en la cocina, sacando ollas, un bol y una batidora. Se puso a trabajar inmediatamente. Me gustó que no preguntara ni que me dijera que lamentaba que tuviera una vida horrible. Ahora solo quería una amiga que me hiciera sentir importante, no que me recordara que era una chica rota que nunca había sido amada.
—¿Cuántas velas deberíamos usar? —inquirió con una dulce sonrisa.
Mi corazón saltó con un latido de emoción.
—Diecinueve.
—Diecinueve velas —dijo—. Estás a punto de probar el pastel de chocolate más exquisito, querida Bella.
Me guiñó un ojo y prosiguió a mezclar los ingredientes mientras me contaba cosas de su vida. Trabajaba allí desde hacía treinta años. Conocía a Aleksi desde que era un niño y lo había criado como si fuera su propio hijo. Ella era leal a la familia Kozlov porque al igual que yo no tenía un hogar. Era una pobre muchacha que creció en la calle, sin sueños y sin ningún propósito además de servir.
—La señora Anya era un ángel —comentó Dorothea—. Una mujer tan pura… No merecía el calvario que vivió.
Fruncí el ceño mientras masticaba una de las galletas que había cocinado más temprano. Esa mujer era brillante con la gastronomía. Dorothea derritió el chocolate y luego siguió batiendo la crema. Me moría por probar un bocado de mi pastel.
—¿Qué calvario?
Miró de reojo hacia la puerta antes de hablar en voz baja. La tristeza se filtró en sus palabras.
—El señor Kozlov nunca supo valorarla. No la veía como su igual, para él solo era una incubadora. —Agachó la cabeza—. Habían intentado tener hijos desde el momento en que se casaron, pero ella sufrió tres abortos hasta que llegó Aleksi. Pensé que esa pobre mujer finalmente sería feliz con su pequeño, pero hubo complicaciones durante el parto. El médico le dijo al señor Kozlov que debía escoger.
—Eligió a su hijo —asumí.
Asintió.
—Cuando ella estaba soltando su último aliento me agarró de las manos y me hizo prometerle que nunca abandonaría a su bebé. —Se le escapó un sollozo—. Me rogó que hiciera de Aleksi un buen hombre y no permitiera que la oscuridad de su padre contamine su corazón.
Era seguro que no había podido cumplir con esa promesa. Aleksi Kozlov estaba lejos de ser un buen hombre. Era la réplica del diablo en la tierra. Un psicópata que amaba dañar, destruir y romper, y que no se disculpaba por ello.
Dorothea me miró con angustia y continuó hablando.
—El señor Mikhail era un hombre implacable y no podía darme el lujo de contradecirlo porque me habría dejado en la calle. No quería abandonar a Aleksi. Hice lo que estuvo a mi alcance, pero nada fue suficiente. Él jamás disfrutó su vida. Su padre lo volvió alguien frívolo, violento e insensible. Lo introdujo en un mundo fuera de la ley, le llenó la cabeza con ideales absurdos.
Un gusto amargo inundó mi boca.
—Supongo que es la excusa que utiliza para lastimar a los demás.
—No, él vive de la forma en que fue moldeado. Nació con el único propósito de ser el heredero de todo este imperio. —Señaló nuestro entorno—. En su mundo no hay respeto hacia las mujeres y no existen los sentimientos. Y me duele, Bella —sonrió con tristeza—. Tiene dinero, es un hombre poderoso y exitoso, pero sé que al final del día todavía se siente solo y nada podrá llenar las carencias con las que ha crecido. Está roto.
El silencio envolvió la habitación. No tuve palabras para responderle. El rencor que sentía hacia ese hombre me impedía desarrollar algún tipo de empatía. Él no la tuvo conmigo cuando me secuestró y me trató como si fuera un objeto.
Pero también llegué a la conclusión de que Aleksi y yo teníamos varias cosas en común. Él no conoció el cariño de su padre; yo mucho menos. Mi padre me odiaba. Su madre murió cuando él nació. La mía también. Fuimos despreciados por las personas que se suponía que debían protegernos. ¿La diferencia? Él era oscuridad y yo era la luz.
Un rato más tarde, el pastel estuvo listo y Dorothea me cantó la tradicional canción de cumpleaños. Me eché a reír. Era una extraña y era leal a mi captor, pero me sentía a gusto con ella.
—Pide un deseo, querida —musitó—. A la cuenta de tres…
Quiero ser libre.
Apagué las diecinueve velas y deseé con todo mi corazón que se hiciera realidad.
Era mi segunda semana secuestrada. Desperté temprano esa fría mañana y me vestí lo más abrigada posible para llevar a cabo mi plan. Aleksi me miró todo el tiempo mientras desayunábamos, pero mantuve la cabeza gacha por miedo a que descubriera mis intenciones. A ese hombre no se le pasaba nada por alto.
Lo primero que haría cuando estuviera fuera de la mansión sería recurrir a la policía y después iría a mi vieja casa a tomar mis ahorros. Nadie sabía dónde los guardaba. Y si Dios se apiadaba de mí los encontraría en el mismo sitio. Si fracasaba, bueno, mejor no pensar en eso.
—Mañana habrá un evento importante en la mansión —comentó Aleksi y levanté mi cabeza del plato—. Quiero que permanezcas en tu habitación el resto del día y la noche. Ignora lo que veas u oigas. No te atrevas a salir de ahí.
Asentí y mastiqué los huevos revueltos sin cuestionar o pelear. Mañana ya no estaría allí.
—Responde cuando te hablo, Bella.
Forcé una encantadora sonrisa que lo hizo ladear una ceja.
—Como ordene, señor. —Regresé a mi desayuno, picando hasta el último bocado con intenciones de vaciar el plato. Probablemente no volvería a comer algo tan maravilloso como la comida de Dorothea por mucho tiempo. Siendo honesta, me dolía dejarla. Ella había sido muy amable conmigo. Era la única que valía la pena en esa cárcel.
—También quiero que prepares una lista de todas las cosas que necesites. Haré que uno de mis hombres las traiga para ti.
El tenedor quedó suspendido entre mis dedos.
—Solo hay algo que deseo más que a nada.
Se mordió el labio para contener la sonrisa.
—Nunca vas a entenderlo, ¿no es así?
—Puedo decir lo mismo de ti —musité—. ¿Cuándo vas a entender que no quiero estar aquí?
—Escucha con atención. —Desplegó una servilleta y se limpió los labios antes de hablar—. ¿Qué harás si te dejo ir? No tienes un lugar donde refugiarte y nadie se preocupa por ti. Quizás la dueña de la florería te ayude, pero no quieres que ella sea mi siguiente víctima, ¿verdad?
Mis dedos se apretaron cada vez más fuerte alrededor del tenedor y sentí el oscuro anhelo de clavárselo en el pecho. Apuñalarlo hasta sentirme satisfecha. ¿Sería capaz? Yo no era una asesina, pero Aleksi Kozlov sacaba lo peor de mí.
—No te atrevas a tocarla —siseé—. Deja a Josephine en paz.
Le dio un sorbo a su zumo de naranja.
—¿O qué?
—Haré que te arrepientas de haberme traído aquí.
Hubo un segundo de silencio antes de que su carcajada llenara la habitación. Era ronca y profunda. Sin un gramo de diversión. El sonido era una advertencia. Una amenaza.
—¿Qué ha sido lo peor que te he hecho hasta ahora? ¿Matar a tu padre? ¿Secuestrarte? —Su labio se curvó en otra sonrisa—. Te he dado techo, comida, una cama cálida y jamás te he forzado a nada. ¿Qué diablos te asusta?
La rabia hizo que mi sangre ardiera a fuego lento en mis venas.
—¿Piensas que todo lo que has hecho es normal? —contesté—. Me has acosado durante semanas y luego irrumpiste en mi vida como si te perteneciera. Olvidas que soy una persona y no te importa lo que quiero. ¿Qué me espera a tu lado? ¿Una existencia llena de condiciones donde mi libertad tiene un precio? No quiero ser tu…
—Adelante. Dilo.
—No quiero ser tu puta —solté.
Su mirada era sombría; su voz, carente de cualquier emoción.
—Aún piensas que eso es lo peor que podría pasarte. Tú no tienes ni una maldita idea de lo que es el verdadero sufrimiento —escupió con desdén—. Pero si continúas con esa actitud prometo que voy a demostrártelo.
Silencio.
Lo vi ponerse de pie y abandonar el comedor sin mirar en mi dirección. No podía fallar hoy. De lo contrario, Aleksi cumpliría su promesa de arruinarme por completo. ¿Cuántas veces podría recomponerme? Era algo que no quería averiguar.
Aleksi se retiró de la mansión después del desayuno y no podía estar más agradecida. Me iría con las manos vacías porque no quería nada de él. Encontré a Dorothea revisando su bolso en la cocina. Estaba a punto de salir y esa fue mi señal.
Corrí al garaje y verifiqué que la misma camioneta que la llevaba estuviera allí. Para mi suerte, así era. El conductor designado ya estaba dentro, fumando casualmente. Tenía que encontrar la forma de subir a la carrocería sin que notara mi presencia. El menor ruido y alertaría a los demás. Contuve el aliento y esperé antes de tomar una decisión.
El celular del hombre sonó y contestó con una sonrisa. Aproveché su distracción y rápidamente escalé la carrocería sin hacer ruido, luego me agaché con el corazón latiéndome a mil por hora. Si no me tranquilizaba entraría en pánico. Concéntrate, Bella. Me hice una bola y rogué que arrancara de una vez. Era demasiado pequeña así que eso me favorecía. Mis dientes castañearon. El viento invernal me congelaba las mejillas.
Por favor.
Por favor…
Hice un conteo mental y tras lo que parecieron densos minutos, escuché a Dorothea saludar al conductor. La camioneta arrancó y salimos de la mansión. Las lágrimas cayeron por mis mejillas mientras miraba el cielo con nubes grises. Mi pecho se agitó con respiraciones pesadas. Solo estaría tranquila cuando nos alejáramos de esa prisión.
Mantuve mis ojos hacia el cielo mientras la camioneta continuaba moviéndose. La ola de emoción me atravesó y sonreí de alivio cuando oí el sonido del tráfico ruidoso de Las Vegas y bocinazos.
¡Pude escapar!
¡Lo logré!
A menudo trataba de no aferrarme a la esperanza. Cuando creía que tenía algo bueno me lo arrancaban de la forma más cruel, pero ahora anhelaba que la historia fuera diferente y la vida me diera una recompensa por tantos años de miseria. Solo necesitaba una oportunidad de demostrar mi valía.
La camioneta se detuvo veinte minutos después en un estacionamiento privado. Cerré los ojos mientras rezaba que no descubrieran a la chica acurrucada y temblorosa. Escuché a Dorothea murmurar algo sobre no demorar y después sus pasos alejándose. Acto seguido, bajé de la carrocería de puntitas y hui a hurtadillas. Había decenas de coches aparcados unos junto a otros, lo que me permitía ocultarme. El guardia se entretuvo nuevamente con su celular y no desperdicié ni un segundo.
Corrí con todas mis fuerzas.
Mis pies se movieron desesperadamente mientras abandonaba el estacionamiento y me mezclaba con la multitud. Dos semanas encerrada habían entumecido mis músculos. Mi cuerpo temblaba de debilidad. Mis ojos escaneaban la zona en busca de algún policía. Varias personas detenían sus pasos para mirar a la chica agitada y asustada. Me acerqué a una mujer que sostenía a un niño entre sus brazos y le pedí ayuda.
—Por favor… —imploré con un sollozo—. Necesito que llame a la policía. Yo fui secuestrada y…
Antes de que pudiera formular cualquier explicación, un auto todoterreno frenó de golpe en la acera y se detuvo frente a nosotras. La puerta del pasajero se abrió y me congelé cuando vi al hombre que se había convertido en el protagonista de mis pesadillas.
Aleksi Kozlov.
La mujer abrazó a su bebé y corrió en la dirección opuesta sin ofrecerme una disculpa. Algunas personas hicieron de cuenta que no veían la escena y se mantuvieron al margen. ¿Qué…? No podía creer que todos actuaran normal. Empecé a buscar otra salida, pero dos hombres me cerraron el paso. Uno de ellos era el conductor que trajo a Dorothea de compras. ¿Cómo seguía de pie? No lo sabía. Me quedé sin fuerzas mientras mi corazón era triturado por la falta de humanidad.
Estúpida. Era tan estúpida.
Un cuerpo se pegó a mi espalda y una mano me rodeó el cuello. El miedo llenó mi estómago y me paralizó. Podría luchar, por supuesto, pero sería peor.
—Un movimiento más y te arrepentirás. —Sentí su aliento cálido en mi oreja—. Estas personas no harán nada para ayudarte, cariño. ¿No lo has notado? Sube al puto coche y deja de llorar.
Fui muy ingenua al creer que podría burlarme de la seguridad de su mansión. Observé a las personas caminar con indiferencia, seguir con su día mientras yo era secuestrada una vez más. La realidad era tan cruel. Aleksi me agarró del brazo con una violencia innecesaria y me llevó hacia la todoterreno. No luché, tampoco grité. Sentía que caminaba directo a mi ejecución.
Entramos al auto y el conductor nos sacó de allí. No tenía el valor de mirar a mi captor.
—Tengo que darte un poco de crédito —se rio Aleksi. Era un sonido profundo y ronco—. Eso fue inteligente de tu parte. Actuaste como una excelente actriz. Me hiciste creer que no harías nada impulsivo. Esperaste a que confiara en ti lo suficiente para dejarte vagar por la mansión y después corriste. ¿Lo planeaste durante dos semanas?
No contesté.
Solté un jadeo adolorido cuando apretó mi brazo y me forzó a mirarlo. La ira brillaba en sus ojos verdes. Era tan profunda que me consumiría y no dejaría nada.
—Mírame —exigió y negué con la cabeza. Me agarró la mandíbula con sus largos dedos y su respiración agitada se mezcló con la mía—. ¿Realmente creíste que la policía o cualquier persona te ayudaría? Soy el maldito rey de Las Vegas.
A través de una neblina de lágrimas me permití observarlo. Su mirada fría hizo que mi corazón se estrujara. Me hice pequeña a su lado, implorándole que me devolviera mi libertad. Aleksi no parpadeó. No se inmutó.
—Por favor, Aleksi —lo intenté de nuevo—. Déjame ir. Te lo suplico.
—¡No irás a ningún lado! —gritó furioso—. ¿Por qué demonios no lo entiendes? No le importas, a nadie le importas.
Cerré los ojos y el sonido de mi llanto llenó el auto. Sabía que era un error volver a tener esperanzas. Mi vida era una constante tragedia. Estaba condenada a la desdicha. No lo soportaba más. Empecé a forcejear contra las puertas, tratando de abrirlas. Fue en vano. No había manera de salir.
Grité, pedí ayuda, golpeé las ventanas, pero fui silenciada por una gran mano en mi boca. Aleksi respiró en mi pelo. Me faltaba el aliento debido a los sollozos incontrolables que brotaban de mi garganta.
—He intentado ser amable, pero tú no colaboras. Esta vez lo haremos a mi manera.
Me latía el corazón violentamente. Me temblaban los brazos, las piernas, todo el cuerpo; no era capaz de controlar el terror que sentía cuando el auto se detuvo en la mansión y me sacó a rastras.
Y volví a pelear.
Chillé, pataleé, golpeé su pecho con los puños y todo lo que obtuve a cambio fue una reacción violenta. Su mano se movió rápido antes de que me diera cuenta e impactó contra mi mejilla. Retrocedí con los ojos bien abiertos mientras el ardor me escocía la piel. Aturdido y respirando de forma alterada e irregular, Aleksi me sostuvo la mirada con la mandíbula apretada.
—Te lo advertí —dijo simplemente.
—Tú, monstruo, hijo de puta…
Cargó mi cuerpo sobre su hombro y grité hasta que sentí mi garganta en carne viva. No sabía dónde me llevaba, pero el instinto de supervivencia lo fue todo en ese momento. Sabía que mi acto de rebeldía traería consecuencias. No me importaba. Él complicaba mi vida y yo quería hacer lo mismo con la suya. Tal vez así se daría cuenta de que era un error tenerme allí.
—¡Suéltame, maldito monstruo! —exclamé—. ¡Suéltame! ¡Suéltame!
Me llevó por unos estrechos pasillos. Mi entorno se volvía cada vez más oscuro y escalofriante. El aroma a moho me inundó la nariz cuando sacó una llave de su bolsillo trasero y me aventó dentro de una empolvada habitación. Mi cuerpo rebotó sobre un colchón sucio. Mi vieja casa no era una maravilla, pero no estaba ni de cerca de ser algo tan repulsivo como ese calabozo.
—¿Qué hago aquí? —balbuceé. Mi espalda chocó contra la fría pared húmeda y llena de telarañas.
—Tal vez con la compañía de las ratas y cucarachas aprenderás la lección.
Me quedé petrificada por la angustia y el asco. Una rata pasó rápidamente hacia una esquina y tragué saliva. Estaba cansada de llorar, suplicar y repetir por favor. Nada de eso tenía efecto en Aleksi.
—Tienes que estar bromeando.
Se acercó a mí y se puso de cuclillas. Su aliento olía a vodka con nicotina. Me encogí en una esquina con los brazos rodeando mis piernas.
—Te dejaré salir en un par de días o semanas. No lo sé, todo dependerá de tu comportamiento.
—No puedes hacer esto.
—Lo estoy haciendo, cariño —sonrió—. Te veo pronto.
—¡Vete a la mierda!
Se levantó y me dio la espalda sin mirar atrás. Escuché un tintineo cuando salió y le puso el seguro a la puerta. Me quedé allí en estado de piedra sin poder asumir lo que acababa de ocurrir.
Me encerró en un sucio calabozo.
Sin agua. Sin comida. Nada.
Corrí hasta la puerta y tanteé en un estúpido intento de abrirla. Volví a gritar que me dejara salir, pero mis súplicas fueron ignoradas. Me sentía humillada, cansada, triste, angustiada. Y luego vino el arrepentimiento. Cometí un error. Aleksi había sido paciente conmigo. No me había puesto la mano encima hasta hoy. Él mismo había admitido que me había dado un poco de libertad y lo arruiné por culpa de mi desesperación. Ahora tenía que lidiar con algo mucho peor. ¿Y si usaba la misma estrategia de antes? ¿Actuar como la excelente actriz que estaba destinada a ser? Lo convencería de que no volvería a huir ni luchar. Fingiría ser una chica sumisa que se adaptaba a sus reglas.
Me prometí en silencio que jugaría su juego. Él podía pensar que era dueño de mi cuerpo y mi vida. Pero nunca tendría lo más valioso. Mi corazón.
Mi estómago se apretó y se retorció en un horrible sonido vergonzoso. Mis pies estaban congelados y los dedos de mis manos, violetas por el intenso frío que abrumaba la lúgubre habitación. Traté de darme calor envolviéndome con mis propios brazos, pero nada fue suficiente. Temblaba tanto que mis dientes castañeaban. El olor a orina saturó el aire mientras un líquido cálido se deslizaba por mis piernas.
Mis mejillas se calentaron por la humillación. No podía controlarlo. Sucedía cuando era expuesta a situaciones agobiantes y traumáticas, como aquella noche en que mi padre intentó dormir a mi lado. Recordé haberme quedado quieta, sollozando para que no me lastimara. Él iba a violarme, lo sabía. Pero por alguna razón dio marcha atrás y me pidió perdón.
Pasé horas siendo mi propia compañía, podía saber si era de día o noche por la pequeña reja que tenía el calabozo. Estaba a punto de dormirme otra vez cuando la vieja puerta volvió a abrirse con un chirrido molesto. Mis ojos poco a poco se adaptaron a la luz que entró con su presencia y solté un gemido adolorido.
Él se aclaró la garganta y se apoyó contra el marco de la puerta en una postura casual. No tenía su sonrisa habitual. Parecía aburrido de verme tan destruida. Me acomodé con una mueca mientras traía las rodillas a mi pecho. Quería llorar. Apestaba a orina.
—Creo que doce horas es suficiente. —Se rascó la barbilla—. ¿O prefieres quedarte aquí el resto de la semana?
Sacudí la cabeza rápidamente con lágrimas en mis ojos.
—No.
—Dime lo que quiero oír.
Mi resentimiento hacia el imbécil era inmenso, pero si gritaba de nuevo cuánto lo odiaba moriría allí y no tendría mi revancha. Estaba obligada a ceder. Al menos por ahora.
—Por favor… —dije con dificultad—. Haré lo que quieras, pero no me dejes aquí. No más, Aleksi. Por favor.
Parecía satisfecho consigo mismo. Entró a la habitación y se quitó la chaqueta. Sollocé cuando me aventó la prenda en la cara.
—Ponte esto —masculló—. Apestas.
Hijo de puta malnacido. Lo despreciaba con toda mi alma. Le deseaba lo peor. Pero a pesar de la furia que me abrumaba, cedí a su demanda y me cubrí con la chaqueta. Él no comentó nada al respecto. Tampoco preguntó por qué no había hecho mis necesidades en el sucio baño del calabozo.
—Espero que hayas reflexionado —murmuró—. Tienes permitido regresar a tu habitación, pero si vuelves a jugar conmigo te dejaré aquí hasta que te mueras y las ratas se alimenten de ti. ¿He sido claro?
Mi cuerpo se estremeció ante sus amenazas.
—Sí, señor.
—Trabajaremos juntos para conocernos el uno al otro. Debo ganarme tu confianza al igual que tú la mía, ¿entiendes?
Asentí.
—Nunca intentes pasarte de lista nuevamente, Bella. Esto… —Señaló el calabozo—. No es lo peor que podría pasarte. Conozco métodos más extremos que no querrás experimentar. No quieres despertar al monstruo dentro de mí.