NOTA DE LA AUTORA

SOBRE LA GRAMÁTICA Y LOS EJEMPLOS UTILIZADOS EN ESTE LIBRO

CubiertaHe escrito este libro utilizando el femenino dado que la mayor parte del público que actualmente sigue mi trabajo son mujeres. Sin embargo, espero y deseo de corazón que sea cual sea el género con el que te identifiques sientas que también te incluye a ti.

También quiero decirte que este libro no pretende cargar todo el peso de tu bienestar en tus hombros. A lo largo de él, he intentado mostrar lo complejo que es un ser humano y recordar que no podemos hacer todo el trabajo solas. Muchas veces dependemos de un entorno que nos condiciona o el cambio tiene que producirse en más personas. Aun así, espero que pueda servirte para hacer alguna de esas cosas que sí están en tu mano. Que, aun siendo a veces una pequeña parte, pueden tener un gran y maravilloso impacto.

El libro habla de asuntos que quizá hagan surgir nuevas o antiguas emociones, a veces difíciles de gestionar. Que esto ocurra o no dependerá de muchos factores, como por ejemplo el momento vital en el que te encuentras y cómo estás ahora o la mochila de experiencias vitales que llevas a la espalda. Recuerda que en cualquier momento puedes parar y respirar. O puedes dejar de leer el tiempo que necesites. Y por supuesto, puedes pedir ayuda profesional a una psicóloga o psiquiatra. No tengas miedo de hacerlo si crees que lo necesitas. Saber pedir ayuda muchas veces es lo más sabio.

Para terminar con las aclaraciones, te diré que todos los ejemplos de pacientes que utilizo en el libro están cambiados de forma rotunda para que nadie pueda identificarlos.

Dicho esto, creo que estamos preparadas. Cógeme la mano que vamos a adentrarnos juntas en temas profundos y sanadores.

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PRÓLOGO

POR MARTA SEGRELLES

Este libro es una invitación a mirar las raíces y los orígenes de tu historia. Eso implica asumir algunas de las cargas que llevas sobre los hombros, pues determinadas experiencias familiares ya empezaron cuando tú todavía no habías llegado a este mundo.

Esa herencia nos repercute, es evidente, y a medida que vayas avanzando en la lectura, lo irás comprobando, pero no es algo que nos condicione para toda la vida.

Muchas veces nos pesa pensar que las situaciones y relaciones que ya hemos vivido pueden determinar el resto de nuestra vida. Nos da miedo ver que hay asuntos que se repiten y que siempre nos ocurre lo mismo. Aunque mirar atrás nos genera angustia y dolor, en ocasiones es la única forma de poder mirar hacia delante, hacia el futuro, para poder construir unas bases sólidas encima de las que ya hay.

La herencia no es ni buena ni mala, simplemente es. Sin embargo, no resulta nada agradable descubrir que hay experiencias que te han impactado y que han influido en ti y en tu personalidad.

No somos una tabula rasa cuando nacemos, ya venimos con experiencias en la mochila, pero es cierto que no todas las herencias son cargas, también hay una parte que nos conecta con la autenticidad de quienes somos, el orgullo y la necesidad de pertenecer y que nos ayuda a sentirnos que formamos parte de algo. En mi caso, por ejemplo, aunque mi abuela era una persona que se preocupaba mucho (y eso ahora me pasa a mí), también me acuerdo de ella cuando me siento emocionada preparando la mesa para los invitados o cuando algunos domingos se desayunan churros con chocolate y continúo así una tradición que ya empezó en su casa. Eres la suma de estas experiencias y tradiciones familiares, y es importante conocer tus herencias para decidir continuar y honrar algunas y actualizar las que ya no se ajusten a ti hoy.

Recuerdo el momento en el que conocí oficialmente a Ascen. Nos encontramos en Instagram y veía que trabajábamos en una línea similar, aunque no nos vimos cara a cara a través de la pantalla hasta que no grabamos juntas un pódcast. Ella estaba en Valencia y yo, en Barcelona y, aunque el episodio quedó genial, fue más interesante la parte que no se grabó.

En el episodio comentábamos la falta que hacía que los profesionales tuviéramos en cuenta la dimensión relacional, tanto pasada como presente, en la aparición del malestar en la vida adulta. Nos quedamos otra hora más en la videollamada hablando de cómo entendíamos que tenía que ser la psicoterapia y el trato hacia la salud mental en general. Ambas coincidíamos en que el respeto por la historia y las maneras que tuvo la persona de sobrevivir, así como la compasión y la confianza hacia ella, tenían que conformar la base de todo.

Con esto me refiero a que muchas veces en nuestra vida adulta identificamos algunos comportamientos como la exigencia y el perfeccionismo y vemos lo perjudiciales que pueden ser para nosotras. Entonces nos los queremos quitar de encima y, de alguna forma, dejar de ser como somos.

Pero conocer la historia significa que quizá bajo ese perfeccionismo y esa necesidad de hacer las cosas bien a la primera, de no equivocarse y de no cometer ningún error, tuvimos muchas experiencias previas de sentir vergüenza o sufrir humillaciones por nuestra forma de hacer o incluso de ser.

Cuando conocemos el origen de esas conductas, es probable que sea más fácil contagiarnos de alguna sensación más agradable. Para empezar, el alivio, o al menos rebajar la culpa de saber que no hemos hecho nada malo.

Ascen es una de esas personas que hace este mundo más bonito. Siempre tiene una palabra amable, una escucha comprensiva y una mirada amorosa. Aunque a veces busquemos más, esto es lo fundamental para ayudarnos a sanar: saber que contamos con personas que nos permiten parar y disfrutar del presente.

Por eso, con este libro, Ascen te está brindando una herramienta valiosa para conocer algunas de las claves y saber por dónde empezar. Es una oportunidad para que tú también puedas parar y disfrutar del presente, aprovechando todo lo que ella sabe y aprende día a día y generosamente comparte.

Gracias, Ascen, por contar conmigo y por aliviarnos las herencias juntas de vez en cuando.

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LO QUE

NECESITAS

SABER:

PREPARÁNDOTE

PARA ESTAR

BIEN

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¿UN LIBRO DE AUTOAYUDA?

Cuando era pequeña pensaba que la felicidad dependía de nuestros pensamientos. De las ideas, de cómo enfocamos las cosas que nos pasan e incluso de sonreír o estar alegre. Recuerdo decir: «Pues míralo desde el lado bueno» o «Sonriendo lo verás diferente». No sabía cuán equivocada estaba. Si la felicidad dependiera de eso, qué fácil sería escribir un libro de autoayuda y que todos estuviéramos bien, ¿verdad?

En psicología ya sabemos que la fórmula del bienestar es mucho más compleja. Hablamos de pensamientos, por supuesto. No te voy a decir que lo que piensas no es importante o no tiene relevancia. Pero, en la psicología moderna y actual, también hablamos de neurociencia y de sistema nervioso. Por ejemplo, de qué rutinas cambian tu sistema nervioso, de si lo equilibran o lo desequilibran. De si has podido salir bien parada de tus experiencias más difíciles del pasado (lo que las psicólogas llamamos «traumas») y de si tienes los conocimientos suficientes para, dentro de la complejidad que supone, poder construir tu propio bienestar. Por no hablar de lo importante que es entender que has nacido, te has educado y has vivido en un contexto concreto. No es lo mismo nacer siendo mujer en un país que en otro. No supone lo mismo. Así como, directamente, no implica lo mismo, seas quien seas, nacer en un país que en otro. También somos nuestro contexto. Y lo recuerdo porque hacemos lo que podemos con lo que tenemos y para poder llegar a cualquier lugar que una quiera, necesita saber de dónde está partiendo.

En este libro me gustaría darte «una receta». Y digo esto porque seguramente no es la única ni es la mejor. A través de ella pretendo que puedas cocinar tu propio bienestar. Pero esta vez no es una receta mágica, sino una que se cocina a fuego lento y que requiere esfuerzo. También precisa sentir, a veces, cosas que no queremos, aunque de eso hablaremos más adelante.

Sé que en ocasiones no es eso lo que queremos escuchar. Nos gustan las recetas fáciles y con pocos ingredientes. A mí también me pasa. Por eso triunfan tanto los libros de autoayuda que te pintan que la felicidad solo depende de, por ejemplo, cómo piensas o enfocas las cosas. Generan una sensación de control tremenda. Nos hacen sentir que las cosas son más fáciles de lo que son en realidad. «Si lo llamo “reto” en vez de “problema”, entonces cambiará el cómo me siento». Pero eso muchas veces no ocurre. Porque la mente y lo que pensamos no es lo único ni lo que más importa. Porque, como ya habrás podido comprobar alguna vez en tus propias carnes, el hecho de decirte algo, o de que te lo digan, no implica que te lo creas y lo sientas como verdadero. Por contrapartida, esas ideas de que la felicidad está a golpe de cambio de pensamiento pueden hacernos sentir culpables. ¿Por qué no soy feliz si es tan fácil? Resulta que la mente y esos pensamiento son solo una pequeña parte del entramado. Una herramienta que tiene que ver con cómo estamos, sí. Pero que por sí sola no tiene fuerza si está en un sistema nervioso que no funciona como debería o si las circunstancias que tenemos y estamos construyendo en nuestra vida no acompañan.

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¿EXISTE LA FELICIDAD? ¿A QUÉ ESTAMOS ASPIRANDO EN REALIDAD?

Sé que he hablado de felicidad y, antes de seguir, me gustaría que pudiéramos aclarar el término. Así estaremos alineadas y podremos continuar entendiéndonos en profundidad.

Te adelanto que para mí no tiene nada que ver con la idea de estar contenta o de sentirse siempre bien. Ni siquiera con la de disfrutar en todo momento. Ese concepto de felicidad es utópico e irreal. Perseguirlo sería condenarse a la frustración de encontrarse una y otra vez con que la realidad no cumple con nuestras expectativas. Por mera supervivencia, no podemos estar siempre bien ni contentas. Nuestras emociones y nuestro sistema nervioso necesitan alertarnos de alguna forma cuando hay algo que no funciona. ¿Te imaginas estar siempre bien a nivel físico y no sentir dolor nunca? Tendrías una muela infectada y seguirías haciendo tu vida como si nada pasara hasta que la infección terminara por matarte. ¿O acercarte al fuego y no sentir que te estás quemando? No serías capaz de percibir cuando te aproximas a una posible amenaza y eso acabaría haciéndote muchísimo más daño que el hecho de sentir dolor. Lo mismo pasa con nuestro mundo interno. Necesitamos percibir alertas en forma de miedo, por ejemplo, para saber cuándo estamos cerca de algún peligro o algo que se le parece, para poder alejarnos o prepararnos mejor para afrontarlo. Necesitamos sentir que las cosas no van bien para poder construir una vida más auténtica para nosotras. Para darnos cuenta de que algo no está funcionando y cambiarlo.

Por eso, la felicidad de la que hablo, más que felicidad, es la sensación de hogar que se puede dar dentro de una misma.

La sensación de que «estoy de mi parte». Esa relación con una, que incluso se hace más fuerte y amable en los momentos difíciles. Ese quedarse con una misma también cuando las cosas no van bien. Porque siendo realistas: las cosas no siempre van a ir como deseas y eso está bien. Todo eso se construye haciendo un trabajo activo que pretendo ser capaz de mostrarte en este libro. Pero primero vamos a entender. Vamos a construir juntas esos cimientos en este primer capítulo.

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¿POR QUÉ NO SOMOS FELICES?

¿Sabes? He decidido empezar este libro hablando de conceptos básicos porque, por desgracia, hoy en día no se le da espacio en la educación a todo lo tiene que ver con la salud mental y emocional. Ese es uno de los grandes problemas que tenemos. Es curioso. Aprendemos a sumar, a medir los ángulos de los triángulos, las partes de la célula y los nombres de los ríos que recorren nuestro país. Aprendemos miles, millones de cosas. Pero no nos enseñan nada sobre cómo funciona nuestra mente. Ni sobre cómo relacionarnos con ella. Tampoco sobre qué hacer con nuestras emociones. Cómo reaccionar cuando sentimos miedo o tristeza ni el impacto que tienen las experiencias difíciles de la vida. No aprendemos sobre cómo podemos llevarnos bien con nuestra naturaleza humana, en definitiva.

No me sentiría honesta si dijera que únicamente es la falta de conocimiento lo que produce sufrimiento y nos aleja de esa buena relación con nosotras mismas. La realidad es que también estamos experimentando una pérdida de muchísimas conexiones importantes. Por un lado, hemos dejado de compartir nuestra vida en comunidad. Puede que tú misma, si eres de la vieja escuela, recuerdes que hace unos años todos tus vecinos se juntaban en el patio. Históricamente, hemos tenido una vida compartida. Es curioso, porque todas lo sabemos de alguna forma, pero muchas veces nos cuesta darnos cuenta de que la soledad o la falta de comunidad es lo que está detrás de nuestra tristeza o desesperanza. Lo he visto decenas de veces con mis propios ojos. Pacientes que no mejoran hagas lo que hagas en consulta, colabores con los profesionales que colabores para poder ayudarlas. No mejoran. Hasta que no tienen personas significativas con las que compartir su vida.

Nuestra pérdida de conexiones no solo tiene que ver con las humanas. También hemos perdido nuestro vínculo con el mundo natural. El mero contacto con el bosque, con el mar, reduce de manera significativa los niveles de estrés al momento. Nuestra mente y nuestro cuerpo no evolucionaron para vivir en grandes ciudades sin casi ver a ningún otro ser vivo que no sea otro humano.

Por otro lado, quién sabe si, como consecuencia de todo lo anterior, se constata que atravesamos una crisis de valores. Es otro tipo de desconexión de lo verdaderamente importante. Hemos creído que, comprando, que teniendo más y más, íbamos a reparar ese vacío interno. Esa sensación de no ser suficiente que a la mayoría de nosotras nos persigue casi desde que tenemos conciencia. En realidad, no hemos escogido el camino correcto. Lo más sano para nosotras es también lo más sano para el planeta. Dejemos de pensar que somos seres aislados. Esa es la historia que nos han vendido y que nos ha llevado a construir vidas en las que somos profundamente infelices. Lo que de verdad ocurre cuando nos aislamos es que acabamos enfermando, sintiéndonos apáticas o abrumadas, desconectadas, con una sensación de peligro constante o tremendamente cansadas de la vida. Volver a conectarnos nos sana, ya sea con la naturaleza o con los otros seres humanos y no humanos. Nos enfermamos por vivir queriendo más y más cosas fuera y nos sanamos al conectar y mirar de nuevo hacia dentro. Así que, ¡vamos a ello!

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ESTAMOS HECHAS DE PARTES

Según Richard C. Schwartz, hemos crecido creyendo que nuestra mente es una. Sin embargo, a este autor la experiencia le demostró que no era así. Dentro de cada una de nosotras hay diferentes partes que conviven y dialogan. Yo también lo observé desde el minuto uno en que empecé a trabajar como psicóloga. La primerísima sesión de mi carrera fue con una paciente que me contaba así de clara: «Hay una parte de mí que quiere dejarlo, ¿sabes?, pero también hay otra a la que le encantaría y quiere estar con él». Esta no ha sido la única paciente que me hablaba directamente de que sentía que dentro de ella convivían diferentes partes. Meses más tarde descubrí el IFS (Internal Family Systems Model), la teoría del propio Richard C. Schwartz que en esencia afirma que tenemos una familia entera conviviendo dentro de nosotras.

Según el IFS, existen principalmente tres tipos de partes en nuestro mundo interno:

- Nuestro self, también llamada «parte adulta». Es una pieza presente en todas nosotras que guarda nuestra sabiduría y compasión (más tarde hablaremos de esta última palabrita). Nuestro self es la parte disfrutona, curiosa, conectada con la vida… Es esa que cuando sale nos hace decir: «Aaah, ahora lo entiendo y me comprendo». Es la responsable de que todas las personas seamos capaces de conectar con el coraje, la curiosidad, la compasión y otras tantas bondades que hay en nuestro interior.

- Nuestras partes exiliadas. Aquellas que guardan nuestro dolor. Son esas partes de nosotras que vivieron experiencias difíciles y que siguen recordando cómo se sintieron. Esas partes que se han quedado estancadas en algún momento duro de la vida. Por ejemplo, la parte que sale cuando te sientes sola y recuerdas que cuando eras pequeñita también te sentías así.

- Nuestras partes protectoras. Se dividen en bomberos y mánagers, aunque eso lo explicaremos más tarde. Son las partes que se encargan de mantener alejado el dolor de los exiliados. Las partes protectoras son aquellas que conocen y utilizan estrategias para no entrar en contacto con el dolor. Por ejemplo, la parte que se traga una serie de un tirón para no pensar en algo que duele.

Sé que esto todavía puede sonar un tanto abstracto. Es normal porque estamos empezando a conocernos. Te prometo que conforme vayas avanzando lo entenderás todo. Vayamos poco a poco.

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CÓMO SE CONSTRUYE LO QUE SOY A PARTIR DE LO QUE VIVO (Y DE LO QUE VIVIERON)

Como digo, las partes se van añadiendo a nuestra mente dependiendo de lo que vamos experimentando en la vida. De modo más concreto, a partir de lo que vivimos con nuestros cuidadores primarios, normalmente nuestra madre y nuestro padre. Aunque son las personas más relevantes que han pasado por nuestras vidas, no son los únicos seres que nos añaden partes. Hay otras muchas significativas que también lo hacen y que van a ir dejando huella de una forma u otra.

Te cuento un caso para que entiendas cómo trato yo de comprender el modo en que se han ido construyendo las partes de mis pacientes.

Elena, acudió a consulta porque tenía un diálogo muy castigador con ella misma. Además, se sentía rechazada cada vez que trataba de acercarse a alguien. Tenía una idea muy arraigada: «Siendo tímida, siendo como soy, nadie me va a querer». Cuando miramos más adentro, encontramos que efectivamente hay una familia en la que una y otra vez el mensaje había sido: «Ey, tienes que ser más abierta con la gente», «Mira tu prima, qué simpática es», «¿De verdad no vas a salir de tu cuarto?». Elena no se castigaba a sí misma porque no se quisiera. Elena se sentía así y se trataba así porque había interiorizado lo que sus padres le habían contado. Nos vemos de la forma en la que nos vieron.

¿Y qué hay de los padres de Elena? ¿Por qué se han comportado así con ella? La realidad casi nunca es blanca o negra. De hecho, más bien, casi siempre es gris. Cuando exploramos a los padres de Elena y a toda la estructura familiar, en general nos encontramos con que la madre también había recibido constantes reproches por su forma de ser. Por ello, había desarrollado una parte hipercrítica con ella misma, que también trasladaba a su hija. Además, sus padres muchas veces la habían castigado, ya fuera con palabras, insultos o bofetadas, por no ajustarse a la norma. La madre de Elena era una niña más bien juguetona y los mensajes que recibía a cada rato eran: «Tienes que ser una niña buena», «Calladita, mejor», «Me da vergüenza que te comportes así». No es de extrañar que la madre de Elena tuviera muy interiorizado, después de haber vivido esto, que había una forma correcta de ser. En el caso del padre, encontramos que había permanecido en silencio y apenas había interactuado en estas conversaciones en las que la madre de Elena se comportaba de este modo. Por supuesto, su historia también explicaba por qué esto era así.

Aunque algunas partes directamente las cogemos de lo que ciertas personas hacen con nosotras o nos dicen, otras se construyen de forma diferente. En los próximos capítulos vas a ir comprendiendo cómo ocurre.

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