¿Qué sentido tiene el mundo

mientras el canalla inmundo,

el vil asesino viva?

¿Y para qué la tibia tarde,

si el que se cargó a mi madre

anda libre, el fascista?

Quizá, puede que aún viva,

acaso come y respira

bajo el sayo del cura.

Fantasmas no le persiguen,

dulces cantos le sonríen,

disfruta de la luz pura.

¿Para qué los poetas,

los sabios y los profetas?

¿Para qué ansiar la bondad?

En vano paren las madres,

si en las cámaras de gas ves

a sus bellos críos ahogar.

El canalla sigue riendo,

el gas está ya fluyendo,

otro cruel infierno acecha.

La daga y el átomo,

caminan lomo a lomo,

todo vuelve a la palestra.

Fuera, no queda esperanza,

adiós, tiempos de bonanza,

el aire apesta a sangre.

La culpa se ha borrado,

de uniforme ha mudado

el verdugo de mi madre.

Primera parte

PRIMERA PARTE

Capítulo 1

1

El largo tren de bajos vagones de mercancías y con distintivos alemanes se detenía.

—Estamos parando. —La voz corrió entre una muchedumbre apenas consciente y débil.

Sospechábamos que nos íbamos aproximando a nuestro destino. Nos habían metido en el vagón dos días y medio antes, en Topolya, y desde entonces solo nos habíamos detenido dos veces, durante algo más de uno o dos minutos. En una de las ocasiones nos entregaron un caldo diluido a través de un agujero por el que apenas cabía la mano que sostenía el cuenco. La segunda vez, el tren frenó en una vía abierta. Los cerrojos rechinaron al abrirse y los gendarmes de campaña alemanes, enfundados en uniformes verde hierba, ordenaron chillando:

—Aussteigen! Zur Seite! Los! Los!

Estábamos al borde de un bosquecillo cubierto de flores. A saber dónde habríamos parado, en Hungría, en Eslovaquia o quizá ya en tierras polacas. Los esbirros verde hierba anunciaron que podíamos hacer nuestras necesidades.

—Prohibido entrar en el bosque. Un movimiento sospechoso y disparamos.

Cientos de personas corrieron a trompicones hacia el minúsculo terreno designado.

La mirada desvaída de las ancianas eran grotescos espejos llenos de terror. Apenas seis días antes, estas mujeres, sentadas en sus agradables y vetustas butacas, conversaban sobre la comida del domingo. Escuchaban la radio en el salón de su casa, mirando al jardín, y aguardaban noticias de sus nietos, obligados a cumplir trabajos forzosos.

Mujeres jóvenes y casadas. El día anterior todavía se rociaban el pecho y los brazos con agua de colonia y al sentarse se cubrían discretamente las rodillas con la falda.

Niñas, de quince, dieciséis, diecisiete años. Habían aprendido a hacer una reverencia educada. Habían dejado en casa sus libros de texto y quizá unas tímidas cartas de amor en cajas de chocolate adornadas con papel de encaje y cintas. Flores de campo prensadas entre hojas de álbumes de recuerdos.

Hombres. Viejos y jóvenes. Pequeños colegiales curiosos, adolescentes despeinados. Hombres. Maduros, entrados en años, ancianos. Corren y corren. Hace dos días que no han tenido la oportunidad de hacer sus necesidades. Abren las piernas, se acuclillan. Orinan impasibles, agazapados como animales. La orina forma charcos. Alrededor de ellos los doce gendarmes con flamantes uniformes verde hierba no les quitan ojo de encima. Ni una facción de sus recién afeitados rostros se altera. No son humanos. Tampoco lo son ya los que están en cuclillas.

Creo que la asombrosa metamorfosis se produjo allí, en aquel punto desconocido de Europa del Este, al borde de un frondoso bosque, junto al terraplén. Fue allí donde las personas de aquel tren infernal se convirtieron en animales. Como todos los demás, los cientos de miles de personas que la locura había expulsado de quince países hacia fábricas de la muerte y pabellones de gas.

En ese instante nos ordenaron por primera vez ponernos a cuatro patas.

* * *

El tren frena…

En la oscuridad de los vagones se agita la vida que queda. De los sesenta seres humanos apelotonados en nuestro vagón en Topolya, cincuenta y seis muestran una tímida señal de estar vivos. La mayoría somos del sur y del centro de la región de Bácska. Los cadáveres se amontonan en un rincón del vagón. El terror animal, el hambre, la sed y la falta de aire han acabado ya con cuatro personas. El primero fue el señor Mandel, el viejo carpintero, amigo de mi padre. El señor Mandel fabricó los muebles para varias muchachas casaderas de Bácska, siempre con esmero y decencia.

Tengo la impresión de que el viejo carpintero murió porque le despojaron de sus cigarrillos. Su ración había sido, durante sesenta años, de cincuenta cigarrillos diarios. Ningún mortal había visto al señor Mandel sin un cigarro encendido. En el campo de Topolya le habían confiscado, junto con las joyas y el dinero, su reserva de tabaco. Durante veinticuatro horas, el señor Mandel no hizo sino mirar hacia delante, obstinado, enloquecido. Se sumergió en la niebla, en la vaporosa mezcla que emanaba de todos aquellos cuerpos malolientes. Su vieja mano, teñida de caoba y ajada por sesenta años de trabajo con la madera, se movía mecánicamente de vez en cuando. Lo hacía como si elevara un cigarrillo. Sosteniendo el vacío entre el dedo índice y el corazón, el señor Mandel se llevaba el cigarrillo imaginario a sus labios marchitos. Como un niño que imita fumar, incluso fruncía los labios para exhalar el humo inexistente. Tras dejar atrás Érsekújvár, la cabeza del anciano cedió. Su muerte no fue ningún acontecimiento. Aquí, la muerte ya no podía serlo. El doctor Bakács, de Újvidék, inclinó por un instante su atormentada cabeza sobre la gastada zamarra e hizo un ademán de resignación. Él mismo tenía ya mala cara. A lo mejor pensaba que al cabo de doce horas otro médico del vagón estaría diagnosticando su propia muerte.

Dos personas enloquecieron y se tiraron largas horas bramando sin cesar. De sus rostros, pálidos como la cera, sobresalían unos ojos inyectados en sangre. Salpicaron de espumosa saliva a todos a su alrededor, arañaron la cara y trataron de sacar los ojos a más de uno. Cuando nos detuvimos para hacer nuestras necesidades, los gendarmes de campaña los empujaron sin rodeos al bosque, junto a otros a los que habían sacado de los demás vagones. Tras unos minutos oímos los disparos de las metralletas. Uno de los de verde soltó una carcajada amplia y repugnante y escupió.

No, no nos miramos. Llevábamos ya demasiado tiempo de trayecto para eso.

De trayecto… ¿hacia dónde…?

De alguna manera, me sorprendí de mí mismo. Aquel viaje… Szabadka, Budapest, Érsekújvár. Vaya, pensé fugazmente, aún sigo con vida y encima sin haberme vuelto loco. Por lo demás, no pensaba mucho. Pensar. Para pensar —por mucho que hubiera conservado mi entereza— yo también habría necesitado un cigarrillo. Pero no tenía.

Tras la minúscula ventanilla del vagón aparece el lago Balaton, de un verde inquieto, espumoso. En este ventoso y lluvioso primero de mayo, unas olas que parecen lenguas vomitan nauseabundas hacia el tren. Diviso Nagykanizsa. Pasamos de largo la ciudad, aunque en Topolya el policía número 6626 nos había dicho que nos llevaban ahí a trabajar.

—No hay nada que temer —nos susurró en secreto el 6626—; van a Nagykanizsa, y harán labores agrícolas.

El número 6626 era un amable campesino húngaro con sentido común. Pegaba fuertes gritos a los internos que vagaban por el patio cargados con calderos y sacando agua de la fuente o deambulaban fatigados por allí, y al mismo tiempo, cuando el centinela alemán miraba para otro lado, nos guiñaba un ojo y negaba con la cabeza, como un verdadero pícaro.

Corría el mes de mayo de 1944, y en aquellos tiempos pocos campesinos húngaros seguían aún tan embriagados por el vaho nazi como para no ver que políticos como Sztójay, Baky, Endre, Imrédy y los demás verdugos habían perdido la partida. Alguien tenía que pagar por la sangre y las lágrimas vertidas, por las patadas recibidas.

Con todo, 6626 estaba equivocado. No íbamos a Nagykanizsa.

El espejo del río Drava brilla absurdamente. En la otra orilla está la Croacia de Pavelić 0107 - . Es decir: la muerte. Así, sin más, vista desde el medio de la vida. Hago un gesto de resignación, como el que hizo hace diez días mi antiguo profesor de griego, el señor Lendvai, desde la ventana de la sala de profesores, que da a la calle, del instituto de Zombor. Nos metieron en los camiones ahí delante. Yo estoy de pie en la parte trasera, con una mochila a la espalda y, cosida en el abrigo, una estrella amarilla de tamaño reglamentario que yo mismo confeccioné. El profesor Lendvai, con el que en 1924 saqué un sobresaliente, y también los demás profesores, miran helados el camión y a los apiñados allí. Nuestras miradas se cruzan y el profesor Lendvai hace un gesto apenas perceptible. Lo comprendo.

El mundo se ha acabado, todo se ha acabado, eso dice el gesto del profesor Lendvai.

Nenikekas Judaiae… Nenikekas Judaiae…

* * *

Paseo de prisioneros en el amplio patio del campo de internamiento de Topolya. Los de mayor edad caminan a paso moderado, con las manos entrelazadas a la espalda. Algunos se reconocen con lacrimosa sonrisa. Aquí está prácticamente el equipo editorial completo del que fuera el mayor diario húngaro de Yugoslavia: redactores y colaboradores, viejos y nuevos. Ocultamos nuestra desesperación con cinismo. La eterna sonrisa de Lajos Jávor, rechoncho y enfermo del corazón, se le ha helado en la cara.

—Ayer se llevaron a las mujeres y a los niños —dice, y sus exangües labios se estremecen extrañamente—, en Szabadka, Zombor, Újvidék, en todas partes. Se han llevado a todo el mundo.

El ex redactor jefe, János Móricz, al que en su día entregué mis primicias nervioso e ilusionado, limpia sus binóculos y refunfuña dirigiéndose a mí:

—Si eres traductor, traduce esto al húngaro.

En los ojos se desnuda la desesperanza. En el interior del feo edificio de piedra roja yacen colchones húmedos y gastados. Los perseguidos se sientan sobre pilas de maletas y mochilas, mirando hacia delante. Algunos aún tienen cigarrillos, han logrado ocultarlos a ojos de los carceleros. Ahora fuman sin escatimarlos. Aquí nadie se preocupa por el mañana. Ni siquiera por el cuarto de hora siguiente. La desesperación no consulta agendas y no conoce la planificación. El mañana se vislumbra en la distancia, nebulosa y descorazonadora, como el próximo milenio, cuando la gente a lo mejor llevará falda o túnica, no habrá campos de concentración y quizá el inocente no sea castigado.

Mañana… ¿A quién le preocupa el mañana si ayer se llevaron incluso a las mujeres? Y a los niños. Pero ¿por qué? ¡Locura creadora!, ¿por qué? No nos atrevemos a seguir el pensamiento hasta el final. En Topolya, algunos habíamos oído de Auschwitz. Ciertamente, de vez en cuando nos habían llegado escalofriantes rumores de los horrores de los guetos de Polonia y recordábamos castañeteando los dientes las deportaciones de mujeres en Eslovaquia, pero ayer todo aquello parecía aún lejano e increíble. Y ahora tampoco nos atrevíamos a pensar que nos iban a llevar a la fuerza a través de fronteras, a miles y miles de personas inocentes. Tratábamos de consolarnos a nosotros mismos y a los otros imaginándonos dificultades técnicas.

—Ahora los nazis tienen otros problemas. ¿Dónde van a conseguir carbón, vagones, locomotoras y personal para sacar adelante una migración de tal envergadura? —preguntó en tono tajante el abogado y periodista Béla Maurer.

Sin duda, las noticias que llegaban de los frentes eran alentadoras. La mente de los obreros y los campesinos húngaros aún no estaba del todo nublada por la locura parda. Intuían que los señores se hallaban con la soga al cuello. Los más osados pregonaban en las tabernas que se estaban cometiendo atrocidades brutales. La gente sonreía incluso al oír los grandilocuentes informes de guerra o las expresiones forzadas formuladas en eufemismos tales como «maniobras de separación», «retirada flexible», «reubicación» o «reposicionamiento».

En tierras húngaras a los arrogantes alemanes les llovían miradas sombrías. El pueblo ya veía lo que sus señores no querían ver: a los soldados rasos de la Wehrmacht, extenuados y sin afeitar, a los impasibles y alelados agentes de las SS, con sus crueles ojos ya bien hundidos bajo los cascos de acero encajados en la cabeza, a los desenfrenados chavales de quince, dieciséis años, enfundados en sus camisas de lona; el ejército, con el que sus «aliados», los alemanes, habían ocupado el país. Veían que había que volver atrás, pero sabían que no era posible. Calles despobladas, ventanas cerradas, rostros tercos y huraños. El mudo e inevitable horror estaba al acecho también en los pueblos de Bácska. El silencio de la tormenta pasaba de puntillas.

Cuando nos pusimos a caminar desde el patio del campo de Topolya hacia la estación de tren, un trayecto de cuatro kilómetros, ninguno de nosotros —ni los hombres con fardos y mochilas, ni los niños con sus pasitos menudos, ni las exhaustas mujeres— sabíamos nada sobre Auschwitz. En cambio, los policías húngaros armados con bayonetas y situados por los alemanes a cincuenta metros de distancia unos de otros a ambos lados de la carretera bien que lo sabían.

Los ojos de los policías ardían de odio. De ese odio esmeradamente plantado, sobre cuyo porqué «el público» adiestrado para obedecer voces de mando raras veces indaga. Sin embargo, la inconcebible experiencia resucitó en algunos su sobrio humanismo de campesinos. Los labios de alguna que otra estatua armada se abrieron para decir:

—Dios los proteja.

La muchedumbre medio desfallecida, que avanza dando tumbos, ni siquiera los mira, pero en mi interior aún retumba la aciaga frase de despedida cuando mucho más allá de la estación de ferrocarril, en una vía de maniobras, avisto nuestro tren. Los vagones, con la enseña DR, que indica la compañía nacional de ferrocarriles alemana, hablan un alemán más alemán que los gendarmes de campaña alemanes que nos escoltan. Así que, a fin de cuentas, nos van a deportar. En el mejor de los casos: a la cámara de gas. En el peor: a trabajar como esclavos hasta la extenuación.

¡Y nosotros, despreciando a nuestros ocho compañeros que se suicidaron cuando llegó la orden de partida y quedó patente que el campo húngaro no era sino un lugar de concentración provisional! Mientras abrazábamos la ilusión de que nos iban a dejar allí o que nos destinarían a otro lugar en Hungría, todo aquello parecía, al fin y al cabo, más llevadero. ¡Topolya, Bácska…! Esos dos conceptos unidos y tan familiares, esa idea, lograron ahuyentar de alguna manera el espectro de la absoluta falta de esperanza. Topolya era aún un pedazo de mi hogar.

Ante nuestras miradas, buscando esperanza, todavía resplandecían en los cinturones de los policías húngaros las cuatro cifras de la Gendarmería Real Húngara, promesas dudosas, y aún no del todo disipadas, de nuestra integridad personal. Nos aferrábamos al paisaje familiar como a un clavo ardiendo, teníamos la esperanza de no haber quedado todavía completamente al margen de la ley. Los nazis húngaros podían ser igual de crueles que los alemanes. E incluso igual de decididos. Sin embargo, su ingeniosidad, así nos parecía, aún no se había deformado hasta llegar al sadismo de las cámaras de gas.

Capítulo 2

2

El tren frena lentamente…

Nos apiñamos de puntillas ante la ventanilla enrejada. La ventanilla ha vuelto a cobrar importancia. En las últimas veinticuatro horas apenas hemos mirado por ella. ¿Qué podía habernos interesado? Únicamente Rubinfeld ha echado vistazos por ella de vez en cuando.

Rubinfeld llegó a nuestro vagón en circunstancias insólitas la noche anterior. El tren fue frenando también entonces, hasta que se detuvo en seco. Se abrió la puerta, y unas manos desconocidas empujaron al interior a un hombre cubierto de sangre. Acto seguido, partimos. Resultaba obvio que él era la única razón de la parada.

De madrugada se filtró dentro del vagón un poco de luz, del tamaño de la palma de una mano, y algunos reconocimos a Rubinfeld. Era un judío fugitivo de Leópolis, uno de los muchos miles de desgraciados expulsados de sus hogares y perseguidos a través de media Europa por la expansión hitleriana. A lo largo de su calvario había recorrido Viena, Praga, Varsovia, Belgrado y Budapest. Y había acabado en Bácska. Llevaba viviendo o, mejor dicho, escondiéndose allí, en Újvidék, varios meses. En parte engañaba, en parte sobornaba a los detectives responsables de controlar a los extranjeros.

Tardó unas dos horas en volver en sí y contarnos lo que había ocurrido. En Topolya los alemanes habían asignado jefes de coche para cada vagón, lo que llamaban wagenälteste, comandantes de vagón. La investidura del cargo consistió en gritarle al interno tembloroso más cercano en los siguientes términos:

—Cerdo judío, tú serás el wagenältester. A ver, ¿qué serás, cerdo judío? —añadieron en tono aleccionador.

—Wagenältester.

—Muy bien. ¿Sabes qué es eso?

—No.

—Ven, ya te lo explico yo. —El gendarme verde hierba se hizo el amable—. El wagenältester responde con su propia cabeza por cada cerdo judío del vagón. Como alguno se escape durante el viaje, te fusilamos de inmediato. Ist es jetzt klar? ¿Está claro?

—Jawohl —farfulló el desgraciado.

En nuestro vagón, fue Sonnenthal, un viejo agente comercial con arterioesclerosis avanzada, a quien le tocó semejante «honor». Ya en casa apenas quedaba algo de vida en el desgraciado, pero resultó estar más cerca de la puerta cuando el de verde hierba irrumpió para llevar a cabo «la investidura». Sonnenthal no discutió. Se contentó con pasear por todos nosotros sus ojos, suplicantes y bañados en lágrimas, y farfullar:

—No vais a cometer ningún disparate, ¿verdad? Porque entonces…, ya sabéis…, me fusilan a mí.

En nuestro vagón, en efecto, nadie cometió ningún «disparate». Había una única forma de escapar, la cual equivalía prácticamente a la muerte segura. Forzar la reja de la minúscula ventanilla cuadrada ubicada a la altura de una persona y, si era lo bastante delgado para tal acto, uno quizá podía escurrirse a través del estrecho hueco. Así que, en teoría, existía la posibilidad de que un ser humano pudiera abandonar aquel infierno traqueteante. Lo que pasaría a continuación era obvio, pues no había forma de planificar el salto con anterioridad. Todo dependía del ángulo del terreno en el que se llevara a cabo la incontrolable caída. En nuestro vagón nadie lo intentó, pero en aquel en el que el wagenältester era Rubinfeld, un muchacho de dieciséis años, aterrado y fuera de sí, lo hizo. Para forzar la reja empleó los escasos minutos de la noche en que el vagón se había sumido en el silencio y todos se habían quedado entumecidos por la inconsciencia. Sabía que si lo descubrían, se lo impedirían. El plan tuvo éxito, el chaval completó el ejercicio de acrobacia; no obstante, el vigilante del coche de la guardia, al principio del tren, vio la caída.

Un silbido agudo y corto atravesó el estruendo del traqueteo. El tren se detuvo durante un minuto. Los miembros de la guardia saltaron a tierra y, tras unos instantes, comprobaron que las afiladas piedras del terraplén habían hecho trizas al fugitivo. Acto seguido, irrumpieron en el vagón de Rubinfeld.

—¿Dónde está el wagenältester? —gritó uno de ellos.

Rubinfeld, blanco como la pared, salió de entre la multitud.

—Habéis oído la orden. En los vagones donde haya intentos de fuga, ejecutamos al wagenältester. ¡Al infierno, judío de mierda! ¡A fusilarlo! ¡Adelante!

Sacaron a Rubinfeld a la fuerza. En la noche se oyó el clic de una metralleta, y luego, de nuevo, el silbido del tren. Partimos.

Ahora, los compañeros de vagón de Rubinfeld están convencidos de que su wagenältester ha muerto. Los centinelas, sin embargo, en un repentino ataque de magnanimidad, provocado quizá por el espectáculo del joven cuerpo destrozado por las piedras del terraplén, dispararon al aire y no a Rubinfeld. Arrastraron a la víctima hasta el coche y se conformaron con golpearle con la culata de los fusiles hasta dejarlo inconsciente. A continuación, arrojaron al azar el cuerpo inerte al vagón más cercano, que resultó ser el nuestro.

Así llegó a parar a nuestro vagón el judío polaco de ojos dolidos. Tardamos horas y horas en hacer que volviera en sí. Teníamos algodón, compresas, líquido desinfectante. Mal que bien, le vendamos la cabeza rota, con los sangrientos mechones blancos de su ralo y pegajoso pelo pegados a ella.

Así llegó a ser Rubinfeld nuestro cicerone, la fuente de información y el profeta para el resto del viaje. Lamentablemente, resultó ser un verdadero profeta en su tierra. Se conocía aquella región como la palma de la mano. En tiempos de paz la había recorrido innumerables veces con ocasión de sus viajes de negocios, y se sabía todas las vías férreas, cruces, paisajes y construcciones. Cuando el tren traqueteaba sobre la multitud de cambios de vía, y el característico chasquido de las ruedas señalaba la proximidad de una estación, Rubinfeld se levantaba a trancas y barrancas, se acercaba a la ventanilla y clavaba su mirada en la noche.

—Todavía no podemos estar seguros acerca de nuestro destino —decía al principio—. Las vías se bifurcan a sesenta u ochenta kilómetros de aquí. —Mencionó el nombre de una estación polaca con muchas consonantes—. Por el momento puede ser Austria o Alemania, si es que hemos dado un pequeño rodeo, pero también es posible que acabemos en Polonia.

—Pero da lo mismo, ¿no? —suspiraron sus oyentes.

La respuesta de Rubinfeld fue enérgica:

—No. En absoluto. Austria significa la vida. Allí tendríamos alguna probabilidad de sobrevivir. Haciendo labores agrícolas, por ejemplo. El campesino austriaco no es cruel.

—¿Y en el Reich?

—Pues allí pocas. Muy posiblemente, trabajo en una fábrica. O en la construcción de vías férreas. O quizá en el desescombro en grandes ciudades, bajo constante amenaza de ataques aéreos. Un judío no puede entrar en un refugio. Hambre, porrazos. No, sobrevivir al Reich es difícil.

Se calló. El improvisado vendaje sobre su cabeza estaba empapado de sangre.

Más tarde traqueteamos otra vez sobre cambios de vías. A través del ventanuco una tímida madrugada nos iluminaba con su humilde luz. La tercera en aquel viaje de fuego y azufre.

Rubinfeld se esforzó por ponerse de nuevo de pie. Miramos por la ventanilla. Las ruedas se desviaban a un nuevo par de vías que se dirigían hacia el este. A la izquierda se veían los contornos del edificio de una estación de confuso nombre polaco, desvaneciéndose en la distancia.

Esta vez, el anciano volvió a sentarse en su rincón sin mirar a nadie.

—Auschwitz —dijo algo más tarde para sí mismo, quedamente, mirando adelante—, ya no hay duda. Aquí se bifurca la línea secundaria.

Muchos de los que viajaban en el vagón oyeron por primera vez esta palabra. Algunos recordaban haber leído algo de un documental americano que presentaba los horrores de las cámaras de gas. El documental, desde luego, no había sido estrenado en Hungría.

Auschwitz…

Rubinfeld ya había pasado por los guetos en 1939, tras la capitulación polaca. Era el único entre nosotros que conocía los pormenores de la gigantesca fábrica nazi de la muerte. Solo unos pocos, los que se encontraban cerca de él, escucharon sus entrecortadas palabras sin aliento. Tampoco teníamos mucha curiosidad por los detalles. De todas formas, pronto seríamos agentes pasivos de unos horrores que ayer aún resultaban vagos y remotos.

Algunos de nosotros, sin embargo, lo mirábamos incrédulos. Para nosotros, acostumbrados a las formas de vida burguesas y criados al amparo de los días ordenados, lo que habíamos escuchado se nos antojaba, incluso ahora, tan distante como una novela de terror. Y eso que nos acompañaba la realidad del chirrido de las ruedas del tren.

Pero, a fin de cuentas, teníamos que creer. Y lo hicimos. Con asombrosa indiferencia. Algunos aún llevábamos encima un poco de comida. No mucha, porque aunque en Topolya no nos habían quitado los víveres, todos habíamos consumido ya la mayor parte de nuestras exiguas existencias. Los verdugos alemanes incluso se habían cuidado, con alevosía nazi, de avisar benévolamente a las víctimas de que era suficiente llevarse alimentos para cuarenta y ocho horas, que ya se encargarían del abastecimiento en el campo. De modo que muchos de nosotros ya no teníamos comida, pero compartíamos lo poco que nos quedaba.

La tercera madrugada pronto se tornó en una soleada mañana primaveral. La luz barría el oscuro vagón con olor a sufrimiento, recorriendo la celda impregnada de la peste de los cuerpos humanos bañados en sudor.

Era primavera, pero nuestro billete de entrada en ella aparentemente ya no tenía validez.

Más tarde, todavía el tercer día, el tren volvió a correr a velocidad normal. Poco a poco fuimos dejando atrás los montes que nos vigilaban desde la lejanía. Pasamos por un paisaje llano que recordaba a Bácska y a la Gran Llanura húngara.

Junto a la ventanilla, Rubinfeld volvió a hablar:

—Media hora y estaremos en Auschwitz.

A partir de entonces, todo aquello se convirtió en una especie de sueño intermitente y agobiante, de los que se tienen tras una cena pesada. Vimos a unos seres vestidos con disfraces de carnaval caminar por extrañas alfombras de hierba verde esmeralda. Se movían como arrastrándose, con los gestos medidos de una película a cámara lenta. Se inclinaban, se ponían en marcha, caminaban, se detenían a intervalos. Hombres vestidos con andrajos raídos, retazos de viejas prendas de paisano grises, negras y azules, mujeres enfundadas en trajes de faena de un marrón sucio. Otros llevaban pantalones cómicamente holgados. Espectros y espantapájaros. Las ropas de paisano, la pechera, la parte trasera, las perneras, estaban salpicadas de caprichosas manchas de un amarillo y un rojo estridentes. A los del tren, a unos cien metros de distancia, nos dieron la impresión de bambolearse con movimientos regulares al lento compás de una marcha fúnebre. Los espectros hacían las labores del campo.

Lo más llamativo era eso, el arrastrarse como llevando una pesada carga.

Rubinfeld nos dio una explicación más detallada:

—Deportados. Estos ya son de Auschwitz.

—¿Y los disfraces? ¿Los terribles disfraces?

—A algunos los visten con la ropa desechada de los asesinados en los crematorios. Las manchas de pintura son para dificultar la fuga también a los que no llevan traje de prisionero. Las chillonas manchas delatan al häftling a cien metros de distancia.

Un escaparate infinito con chimeneas de gas, almacenes, montones de barriles y chatarra de aviones corría junto al tren. Ante nosotros se extendían los negros pares de vías paralelas de una estación. En la vía de al lado había un tren compuesto por coches de pasajeros a la antigua, con puertas y ventanas. En uno de los vagones una mujer se acodó en la ventana, y en nuestros oídos penetró el berrido de un bebé. En los andenes había hombres fumando, con cajas de herramientas, bolsos o maletas en mano. Entre las vías caminaba dándose aires un oficial de tráfico con gorra blanca.

A nosotros nadie nos hacía caso. ¿Íbamos tan bien enmascarados que no sospechaban que estábamos destinados a morir, o es que ya se habían acostumbrado al espectáculo de los trenes de la muerte? Ni siquiera hoy sé la respuesta.

Ante nosotros se fue distinguiendo el edificio marrón humo de la estación. No se diferenciaba en nada de los cientos de edificios de estación provincianos por los que había pasado tan campante a lo largo de mi vida. En la fachada y a ambos lados, un rótulo solo en alemán: AUSCHWITZ. En el «Gobierno General de Polonia» Oświęcim ya no existía.

Por unos instantes vimos también destellos de la ciudad. Agudos silbidos de locomotoras dialogaron entre sí y, a continuación, se produjo una sacudida.

Eran las nueve de la mañana. Habíamos llegado.