
Gideon
Gideon tiró de la chaqueta de su uniforme robado. La tela verde bosque estaba rígida, como si nadie la hubiera usado todavía.
El pobre guardia al que se lo había robado estaba en ese momento inconsciente, atado y amordazado en un pequeño trastero de la tercera planta del palacio de Larkmont. Los otros cuatro guardias no habían tenido tanta suerte. Sus cuerpos estaban flotando en las gélidas aguas del fiordo.
No había tenido elección.
Gideon se encontraba en las entrañas del territorio enemigo. Si lo descubrían, era mejor que estuviera muerto.
Sus pensamientos ejercían un contraste oscuro con la luminosidad del salón en el que se hallaba. Se oía el murmullo de los instrumentos musicales, que estaban preparando para el recital privado que estaba a punto de comenzar. Los candelabros de techo titilaban y los sirvientes se abrían paso entre los radiantes invitados, que se paseaban por el salón de baile del príncipe Soren, para ofrecerles una última ronda de refrigerios antes de que empezase la música.
Gideon estaba de pie junto a la pared, observando la escena, igual que los otros guardias. Él, sin embargo, tenía la mirada fija en su objetivo: la muchacha hermosa del vestido dorado.
Rune Winters.
El príncipe Soren estaba a su lado, con una mano sobre la parte baja de su espalda. El príncipe umbriano vestía un traje a medida y una capa, que lucía con mucho estilo sobre uno de sus hombros, con el emblema plateado de su familia bordado en ella. Su mirada ávida recorría de arriba abajo el vestido que Rune llevaba, invitando a sus amigos ricos a hacer lo mismo.
A Gideon le hervía la sangre al verlos.
Era un vestido hermoso; no podía negarlo. Debía de haberlo firmado algún diseñador exclusivo, y probablemente había costado una pequeña fortuna… Pero a Rune no le pegaba. El dorado no era su color, y el corte del vestido era muy extremado. El pronunciado escote en V terminaba a escasos centímetros de su ombligo, y llevaba también un escote en la espalda que llegaba hasta justo el final de su espina dorsal. El mensaje que transmitía era claro y poderoso: «Miradla. Es mía».
El príncipe quería que sus invitados admirasen a la hermosa bruja que llevaba del brazo. Para Soren, Rune era una criatura exótica, un artefacto vivo que estaba decidido a añadir a su colección.
Si la información de Harrow era correcta, el príncipe le había pedido matrimonio una semana antes. Y Rune había aceptado con una condición: si Soren la quería como esposa, debía entregarle un ejército a Cressida.
Esa era la razón por la que Gideon se había prestado voluntario para aquella misión.
Con un ejército, Cressida le haría la guerra a la Nueva República. Y, si ganaba, reinstauraría el Reinado de las Brujas y moriría todavía más gente.
Gideon no podía permitirlo. Y, mientras Rune fuese el eje de aquella impía alianza entre Cressida y el príncipe de Umbría, tampoco podía permitirle seguir con vida a ella.
Gideon tenía órdenes de asesinarla y pensaba cumplirlas. Allí mismo. Aquella misma noche.
Había pasado toda la velada esperando a que se le presentara una oportunidad. Allí, de pie contra la pared del salón de baile, mientras sudaba en su uniforme robado, había estado todo ese tiempo observando cómo Rune coqueteaba con su prometido, y cómo este coqueteaba también con ella. La tocaba con manos hambrientas; la devoraba con ojos altivos.
Gideon se estaba volviendo loco.
El cuerpo de Alex aún no debía de estar frío del todo y Rune ya estaba comprometida con otro hombre. Un príncipe, nada menos.
«¿Era eso lo que buscaba desde un principio? ¿Un príncipe?», se preguntó.
Había sido un estúpido al pensar que tenía una oportunidad con ella.
Gideon acarició el revólver que llevaba sujeto a la cadera. Estaba preparado, más que preparado. Lo único que necesitaba era el momento perfecto…
—¿Añoras tu hogar?
Gideon echó un vistazo a los invitados que se arracimaban alrededor de Rune y Soren hasta que su mirada se detuvo en la persona que hablaba: una joven con el pelo entre dorado y pajizo trenzado en una corona.
Rune se echó a reír.
—¿Se puede añorar un lugar donde todo el mundo quiere verte muerta?
Gideon la observó llevarse la copa de champán a los labios rojos para terminarse el último trago.
Era la tercera copa que se tomaba aquella noche.
Y no era que él las estuviese contando.
—¿Cómo era la vida antes de la revolución?
—Nosotras, las brujas, vivíamos igual que vosotros —respondió Rune señalando el gran salón en el que estaban, en el que los candelabros titilaban en un techo pintado sostenido por columnas de mármol—. Nuestras vidas estaban repletas de música, arte, belleza…
«Sí —pensó Gideon—. Lujos de los que disfrutabais a costa de nuestra desgracia».
El murmullo de los violines empezó a crecer. Gideon miró al otro lado de la sala, donde los invitados empezaban a ocupar las sillas colocadas frente a los músicos.
—Pero nos robaron esa forma de vida la noche que Gideon Sharpe condujo a un grupo de revolucionarios a palacio. —Al oír su nombre en sus labios, devolvió toda su atención a ella—. Asesinó a dos reinas en sus lechos mientras sus camaradas mataban al resto en las calles. Habría dejado que me asesinaran a mí también, de no haberme salvado Cressida.
«Estás obviando una parte importante de la historia, cariño», pensó Gideon, molesto.
—Debe de ser desolador —intervino el príncipe mientras deslizaba los nudillos lentamente por la espalda de Rune—. Estar tan lejos, sabiendo los horrores que están ocurriendo allí… Aunque me alegro de que te hayas librado de ello.
Soren deslizó los brazos por su cintura en lo que podría haber sido un intento de consolarla, pero que se intuía más bien como un recordatorio: Rune era suya y solo suya.
Gideon echó los hombros hacia atrás, obligándose a serenarse.
—Las brujas siguen siendo masacradas solo por el crimen de ser lo que son —prosiguió Rune, contemplando su copa vacía desde los brazos de Soren—. No seré libre hasta que la última de mis hermanas también lo sea.
El murmullo de los instrumentos se acalló para dar paso a un anuncio: el recital estaba a punto de empezar. Uno a uno, el grupo de invitados se dispersó para dirigirse a sus asientos.
Soren entrelazó los dedos con los de Rune para guiarla hacia su sitio. No habían dado más que un par de pasos cuando sonaron las primeras notas de la pieza que abría el concierto, y ella titubeó.
Se detuvo en seco bajo la atenta mirada de Gideon.
—¿Va todo bien? —preguntó el príncipe volviéndose hacia ella.
Gideon miró a los músicos; el volumen de la pieza iba in crescendo. La canción le resultaba familiar, pero no sabía de qué la reconocía.
—Yo… necesito empolvarme la nariz. —Rune parecía tener dificultades para mantener la compostura—. Ahora vuelvo…
—No seas ridícula —repuso Soren—. El concierto acaba de empezar. —Bajó la voz y añadió—: Este recital es en tu honor, Rune. Es para ti. Para celebrar nuestro compromiso. Debes estar presente.
Le apretó la mano con tanta fuerza que se le tornaron blancos los nudillos.
Gideon entornó los ojos. El cuerpo se le tensó como un muelle a punto de saltar al ver cómo el príncipe tiraba de ella, acercándola a la música. Aquello de lo que Rune estaba intentando huir.
—Necesito… —Rune intentó soltarse. Y cuando Soren pareció cogerla aún con más fuerza, negándose a dejarla marchar, Gideon dio un paso al frente, abandonando su puesto junto a la pared. Los guardias apostados a varios metros de él lo miraron de inmediato, lo que le recordó que estaba rodeado de enemigos. No podía llamar la atención.
Y, además, Rune no necesitaba que nadie la rescatase. Le quedó claro cuando se puso justo delante de Soren, cortándole el paso hacia las sillas.
—Prometo no perderme mucho rato. —Se puso de puntillas, deslizó los brazos pálidos alrededor del cuello del príncipe y le rozó la mejilla con los labios, demorándose unos segundos. Cuando Soren le colocó una mano en la cadera, admirando sus curvas, añadió—: Más tarde, cuando haya terminado el recital y los invitados se hayan marchado, tengo planeado algo especial para ti.
A Gideon se le cayó el alma a los pies al oír esas palabras. Mientras observaba cómo Soren deslizaba una mano hacia arriba para acariciarle la mandíbula a Rune, el cuerpo entero se le convirtió en piedra.
—¿Algo especial? —murmuró el príncipe, inclinándose para presionar su boca contra la de Rune.
Y ella, deslizando los dedos en su pelo castaño, lo besó también, para ofrecerle un aperitivo de lo que estaba por llegar. Soren la atrajo hacia sí, y Gideon supo que aquella no era la primera vez. Había habido más besos. Posiblemente, más que besos.
Y aquella certeza despertó algo en él. Algo trémulo y doloroso que se retorcía alrededor de sus costillas, amenazando con arrastrarlo hasta el fondo del mar.
«Ya basta».
Se llevó una mano a la pistola.
Pero antes de que pudiera ponerle fin a todo aquello, Rune soltó a su príncipe.
—Creo que mi sorpresa te va a gustar. —Empezó a caminar hacia atrás, con las mejillas sonrosadas—. A ver si adivinas qué es mientras esperas a que vuelva.
Le guiñó un ojo. Los ojos del umbriano se oscurecieron de lujuria.
Gideon tenía ganas de vomitar.
Rune dio media vuelta y se alejó, con aquel vestido que exponía su cuerpo, bajo la mirada de ambos hombres.
Pasó junto a los invitados que se dirigían a sus asientos, junto a los guardias apostados en las paredes. En su carrera hacia la puerta, estuvo a punto de darse de bruces contra una sirvienta que estaba entrando en el salón, pero se detuvo justo antes de chocar con ella. La joven hacía equilibrios con una bandeja de vasos que sujetaba con una sola mano, pues en la otra llevaba una botella de whisky.
Gideon observó que Rune intercambiaba unas palabras con ella, cogía la botella y desaparecía en el vestíbulo.
«Aquí está».
El momento que había estado esperando.

Rune
«No llores, no llores, no llores».
Las lágrimas le ardían en los ojos. Corrió pasillo abajo, pasando junto a los estoicos guardias vestidos de uniforme verde oscuro. Se alegró de que el ala de los sombreros les ocultara el rostro, pues así no podía ver lo que seguramente pensaban de ella.
No podía permitir que las lágrimas cayeran. No allí. No mientras todos la estuvieran observando.
Pero, por muy rápido que corriera, no lograría huir de la pieza que estaban tocando en el salón de baile. Cada nota era como una flecha que le atravesara el corazón.
«La canción de Alex».
La melodía había trasladado a Rune de vuelta a Wintersea. Al umbral de la puerta de su biblioteca, desde donde observaba a su amigo inclinado sobre las teclas del pianoforte mientras sus manos lanzaban un hechizo por toda la estancia.
Alexander Sharpe.
Aquella canción, la que ahora la empujaba a huir, era la última que había escrito en vida.
Rune se acarició el anillo, que aún lucía, mientras una ola de dolor crecía y crecía en su interior. Buscó algo que la ayudase a protegerse de aquella terrible embestida, aquella terrible pérdida, pero no lo encontró. Se descubrió con las manos vacías. Por eso necesitaba salir de ese salón de baile… Antes de que terminase deshecha en lágrimas en mitad de una fiesta que celebraba su inminente boda con un príncipe.
«Ahora ya estaríamos casados».
Habría preferido a Alex antes que a Soren. Alex era su mejor amigo. Además de su abuela, era la única persona que la había amado de verdad. No, tal vez no estuviera enamorada de él, pero lo habría estado de haber tenido el tiempo suficiente.
Pero Alex no era lo único que echaba de menos.
Si era sincera consigo misma, echaba de menos su hogar.
«Hogar».
Aquella palabra la abrasaba.
En el salón de baile, la amiga de Soren le había preguntado si añoraba la Nueva República y Rune le había contestado con carcajadas.
Pero la verdad era otra.
La verdad era que Rune echaba de menos el paisaje de los jardines de su abuela, resplandecientes de rocío. Echaba de menos montar a Dama por las partes más silvestres de Wintersea, el olor del mar, los bosques y los campos. Echaba de menos los vientos y las tormentas.
Umbría le gustaba, y también su capital, Caelis. Le gustaban la arquitectura y el arte, la cultura, la moda y la comida, la ausencia del sentimiento de odio contra las brujas. Le gustaba para ir de visita o de vacaciones, pero no era el lugar que le correspondía.
Rune no sabía que se sentiría así cuando accedió a casarse con Alex y marcharse de la Nueva República. No sabía que, al dejar la isla atrás, se dejaría allí también su corazón.
¿Podías echar de menos un lugar donde todo el mundo quería verte muerta?
Rune apretó el cuello de la botella de whisky. «Al parecer, sí».
De no haber estado allí presentes una docena de guardias que iban a presenciar su huida, Rune se habría bebido el whisky directamente de la botella. Las tres copas de champán habían adormecido un poco su dolor, caldeando sus entrañas y emborronando los extremos de su visión. Era así como había empezado a sobrevivir a la mayoría de las veladas: en una nube de intoxicación.
Pero si quería sobrevivir a aquella velada en concreto, necesitaría más que tres vasos de alcohol. Necesitaría una bañera entera.
Mientras la canción de Alex progresaba, mientras las melancólicas notas se le clavaban en los huesos, Rune se subió el vestido y echó a correr, no sin mirar atrás para asegurarse de que Soren no la siguiera.
Soren. Su prometido.
Rune se estremeció. Aún tenía entumecida la piel en las partes que él había tocado.
«Más tarde, cuando haya terminado el recital y los invitados se hayan marchado, tengo planeado algo especial para ti».
Un sudor frío empezó a brotar de su piel.
«¿Por qué le he dicho eso?».
Rune no tenía nada planeado. Simplemente, necesitaba marcharse de allí.
Pensar en acudir luego a su encuentro, y sola, le retorcía las entrañas. Habría preferido meterse en el mar con los bolsillos llenos de pesadas piedras.
«Haz que te desee».
Era la directriz que Cressida le había dado a Rune cuando habían llegado a Umbría: conseguir que Soren Nord, un príncipe umbriano, fuera incapaz de resistirse a sus encantos.
Al fin y al cabo, era lo que a Rune mejor se le daba.
Seducir a los hombres.
Soren poseía una flota de buques de guerra. Como había sido almirante en la marina, había viajado y tenía afición por coleccionar cosas bellas y exóticas. Y lo mejor de todo: simpatizaba con la causa de las brujas y, según se rumoreaba, buscaba esposa.
Así que una noche, después de la ópera, mientras Cressida la vigilaba desde los bastidores, Rune esperó a que el príncipe saliera de su palco y se cruzó directamente en su camino. Él se dio de bruces contra ella y le manchó su muy costoso vestido de vino.
El príncipe se mostró horrorizado por su torpeza; y Rune lo perdonó enseguida, con gracia y amabilidad. Él, para compensarla, la invitó a acompañarlo al ballet la noche siguiente. Y al teatro dos noches después. De repente, empezaron a pasar todos los días juntos, yendo de paseo a pie o en carruaje, o almorzando a solas.
Estaba encandilado, y Rune avivó su afecto, representando su papel a la perfección, hasta que logró lo que Cressida quería: una propuesta de matrimonio.
Sin embargo, para sorpresa de Soren, Rune lo rechazó.
«No puedo casarme contigo —le confesó, recitando el guion aprendido—. No hasta que hasta la última bruja esté a salvo».
Para ser exactos, no era que no pudiera casarse con él, sino que no pensaba hacerlo. No, a no ser que le diera un ejército a Cressida con el que hacer la guerra contra la Nueva República.
Rune no albergaba ningún deseo por casarse con Soren, ni estaba interesada en obedecer las órdenes de la reina. La sola idea de trabajar para Cressida provocaba en Rune un terrible desprecio por sí misma.
Pero Cressida le había salvado la vida, tanto a ella como a Seraphine. Cressida no quería verla muerta, a diferencia de Gideon y el resto de habitantes de la Nueva República. Y lo más importante: Cressida quería salvar a todas las brujas que se habían quedado atrás. A las chicas que estaban exterminando en ese preciso instante.
Cada semana llegaban a oídos de Rune los nombres de las brujas muertas. La Guardia de Sangre había capturado a Aurelia Kantor, una poderosa sibila, una bruja capaz de ver el pasado, el presente y el futuro. Y ahora la estaban utilizando para descubrir dónde se escondían las otras brujas. Gracias a ella, lograban cazar y ejecutar brujas con despiadada precisión, a veces incluso tres o cuatro por semana.
Sabrán las Ancianas qué debían de estar haciéndole a Aurelia para sacarle aquella información.
Antaño, la Polilla Carmesí la habría rescatado, pero ya no se encontraba allí. Estaba en el palacio de Larkmont, al otro lado del estrecho de Barrow, emborrachándose a base de champán.
«Mírate —pensó Rune—. De fiesta con príncipes mientras asesinan a tus hermanas».
Había abandonado a aquellas muchachas. Si nadie le paraba los pies a Gideon Sharpe, en la Nueva República no quedaría ni una sola bruja viva.
Si Rune todavía hubiera estado en la isla, ya habría liberado a Aurelia y la habría ayudado a cruzar al Continente, protegiendo así a las demás brujas. Pero la única forma de entrar era por mar, y no había puerto que no estuviera plagado de cazadores de brujas con sus perros, entrenados para detectar el olor de la magia. Los habían apostado incluso en los barcos que entraban y salían de la isla.
Solo había un barco que se negase a permitir el embarque de la Guardia de Sangre y sus bestias: el Arcadia. Sin embargo, eso solo significaba que los cazadores de brujas viajaban de incógnito. Una vez el barco entraba en las aguas de la Nueva República, se llenaba de perros que seguían el rastro de cualquier bruja escondida en su interior, para dar con ella antes de que pudiera poner un solo pie en la isla.
Incluso si, fuera como fuese, Rune se las arreglaba para liberar a la sibila, la Guardia de Sangre jamás dejaría de dar caza a las de su especie. Los espías de la Nueva República estaban buscando a Cressida Roseblood y a su corte, cada vez más numerosa, por todo el Continente. Si tenían a una sibila en su poder, que descubrieran dónde se escondían era solo una cuestión de tiempo.
«Jamás dejarán de darnos caza».
El único modo de mantener a las brujas a salvo era destruir a la Guardia de Sangre y derrocar a la Nueva República.
Y el único modo de lograrlo era volver a sentar a Cressida en el trono.
Rune deseaba tanto ver a Cressida sentada en un trono como tener un agujero en mitad del pecho. Era una muchacha cruel, una asesina a sangre fría. Sin embargo, si la comparaba con la alternativa —una sociedad que quería colgar a muchachas como Rune de los tobillos, cortarles el cuello y contemplar la escena hasta que la última gota de sangre abandonara sus cuerpos—, Cressida Roseblood era el mal menor.
Porque, bajo el yugo de una reina bruja, al menos las brujas estarían a salvo.
Con el apoyo de Soren, Cressida se aseguraría de que ninguna bruja volviera a ser perseguida y asesinada.
En ese momento, la reina bruja estaba en la capital tratando de forjar más alianzas, pero volvería cualquiera de aquellos días. Y, en cuanto regresara, Soren y ella firmarían el contrato escrito por los abogados de él que sellaría su alianza.
Y Rune tendría que casarse con él.
Por fin atisbó los aseos. Rune clavó la mirada en la puerta. Una vez estuviera dentro, se permitiría derrumbarse. Solo por un minuto. Y cuando ese minuto llegase a su fin…
Rune abrió la puerta, entró y dejó que se cerrara tras ella.
La estancia oscura estaba iluminada con velas, que parpadeaban en los apliques de la pared y en los candelabros del borde del lavabo. Se dirigió a este último, descorchó el whisky y dio un largo trago directamente de la botella. El alcohol le prendió fuego a su lengua y su garganta.
«Pensaba que había dejado todo esto atrás».
Rune había dado por hecho que sería fácil. Al fin y al cabo, estaba acostumbrada a representar un papel. El de «la prometida enamorada» debería haber sido pan comido. Sin embargo, a raíz de la muerte de Alex, coquetear, confabular y engañar empezaba a hacérsele cuesta arriba, razón por la cual había estado a punto de derrumbarse delante de las amistades de Soren y por la que tenía una botella de whisky en la mano.
Tras huir de la Nueva República, Rune había sido lo bastante estúpida para creer que podría ser ella misma por fin. Que ya no tendría que ser una señorita boba y superficial de la alta sociedad y podría ser una bruja a ojos de todo el mundo. La verdadera Rune Winters.
«Pero ¿esa quién es? —se preguntó—. ¿Quién es la verdadera Rune Winters?».
Apartó esa pregunta de su mente.
«No importa». Cressida necesitaba un ejército y Soren tenía uno. Conseguir ese ejército dependía de Rune. Lo importante no era quién fuese, sino quién necesitaba ser: la chica que acabaría con la Guardia de Sangre y garantizaría por fin la seguridad de todas las brujas.
«Tú puedes. Recuerda lo que está en juego».
Dio otro largo trago de whisky. Estremeciéndose por el sabor, se miró al espejo. Las lágrimas le surcaban el rostro y los ojos que le devolvían la mirada estaban enrojecidos. Tenía las mejillas y la nariz llenas de manchas rojas.
Bajó la vista. El vestido dorado que Soren le había regalado no era en absoluto de su gusto. El dorado solo le gustaba para los detalles; de lo contrario, era demasiado llamativo. Y el corte, en fin… Demasiado revelador. Le dejaba todo el cuerpo expuesto.
Lo odiaba.
Le hacía pensar en otro vestido, uno que le quedaba mejor que ningún otro que hubiera llevado o que llevaría jamás. Porque quien se lo había regalado sabía lo que encajaba con su alma, y no solo con su cuerpo.
Rune luchó contra aquel pensamiento antes de que le clavara sus garras.
No pensaría en Gideon Sharpe. Eso de pensar en él se había acabado.
Solo que, aparentemente, no era así.
Igual que Alex, Gideon le había hecho una proposición. No de matrimonio, pero sí una relación. Un futuro juntos.
Cerró las manos en sendos puños.
«Gideon nunca te amó de verdad. Amaba a la chica que creía que eras, así que no importa lo que te propusiera».
Gideon jamás podría amar a una bruja.
No estaba segura de qué la entristecía más, que Alex la hubiera amado o que Gideon no.
Rune estaba segura de que el capitán de la Guardia de Sangre le daría caza, como había jurado hacer. Sin embargo, habían pasado ya dos meses y no había venido a por ella.
«Quizá haya decidido que vengarse de mí no le merece la pena. Quizá haya pasado página».
Rune apretó los puños.
¿Qué importaba la razón? Gideon ya no estaba. Ya no formaba parte de su vida.
Las lágrimas le ardían en los ojos; el escozor que le provocaban era más fuerte que el del whisky. Rune dio otro trago con la esperanza de que la entumeciera lo bastante para volver al salón. La canción de Alex debía de haber terminado.
Pero sus pies se negaban a volver.
Rune miró el anillo que llevaba en el dedo y bajó la botella.
«Ya no está. Y nunca volverá. Has tenido dos meses para llorarlo; es hora de seguir adelante».
Alex habría entendido por qué tenía que hacerlo. Por qué necesitaba casarse con Soren. No le habría gustado, pero lo habría comprendido. La habría perdonado.
Y fue pensar en que Alex —el amable, seguro y bueno de Alex— la habría perdonado la gota que colmó el vaso. En lugar de recomponerse, ocurrió lo contrario. Algo intentó brotar de su interior abriéndose paso con garras y dientes. Se agarró de los costados de cerámica del lavabo e intentó contenerlo con desesperación.
Pero no pudo.
El dolor salió como un volcán en erupción.
Se agarró del lavabo y estalló en sollozos mudos y temblorosos. La tristeza la envolvió como unas cadenas, la hundió con su peso. Estaba tan abrumada que casi no oyó la puerta que se abrió a su espalda.
A pesar de tener la vista nublada por las lágrimas, distinguió un destello verde bosque en el espejo.
«Estupendo. Soren ha mandado a uno de sus guardias a por mí».
¿Es que no podía tener ni cinco minutos para ella sola?
¿Iba a ser así el resto de su vida?
Se secó las lágrimas de los ojos y buscó la sonrisa que empleaba como arma, la que enmascaraba el vacío de su interior. Justo cuando se disponía a blandirla contra el confiado guardia, echó otro vistazo al espejo y se detuvo. Rune habría reconocido aquella boca cruel en cualquier parte.
Gideon se quitó el sombrero y la apuntó con la pistola.
Cuando sus miradas se encontraron, el corazón de Rune se puso a latir como un huracán.
«Pensaba que me habías olvidado».

Gideon
Cuando alzó la pistola, dispuesto a matar, Gideon cometió el primer error de la noche.
La miró antes de hacerlo.
Aquellos ojos fríos y grises se le clavaron en el alma. Eran los mismos ojos que lo perseguían noche tras noche. Los ojos de la muchacha que tanto quería olvidar.
«¿Por qué llora?», se preguntó.
Gideon apretó la pistola.
«No importa. Me da igual».
Pero, una vez vistas las lágrimas que le surcaban el rostro, ya no pudo pasarlas por alto. No pudo ignorar la botella de whisky, visiblemente más vacía que cuando se la había agenciado al escapar del salón.
Verla amenazaba con romper algo en él. Era una sensación peligrosa, desestabilizadora. Gideon necesitaba armarse de valor para enfrentarse a ella.
—Hay cosas que no cambian nunca, ¿verdad? —dijo Rune con serenidad. Estaba de cara al espejo, con la mirada clavada en él. Gideon resistió el impulso de acariciar los bordes de su vestido.
«Dispárale, maldita sea».
—Seguir a una chica hasta el aseo con la intención de asesinarla no es más que un trabajo como cualquier otro para ti —prosiguió Rune—. ¿No es así, Gideon Sharpe?
—Es curioso. Esta noche pareces incapaz de sacarte mi nombre de la boca.
La mirada de ella se tornó de acero.
—¿Qué diría tu hermano si te viera ahora?
Las palabras fueron como una bofetada. Sin embargo, hizo caso omiso del dolor y se obligó a recordar que aquella bruja era una maestra del engaño. Le había hecho creer que era una muchacha inocente, una muchacha que lo amaba. Y, mientras tanto, se dedicaba a salvar brujas en secreto para añadirlas a las filas del ejército de Cressida. Por no hablar de que se había comprometido con Alex.
Alex.
—Mi hermano está muerto por tu culpa.
Se volvió hacia él y Gideon no pudo contenerse más. Su mirada se deslizó por el cruel corte en V de su escote, ahora tan cerca de él. Se empapó demasiado de ella.
Respiró hondo, con brusquedad.
—Estás ridícula con ese vestido.
«Mentiroso».
Pero Rune mordió el anzuelo. Le llamearon los ojos.
—Soren no estaría de acuerdo. No es capaz de quitarme las manos de encima.
Una sensación venenosa se le extendió a Gideon por las venas.
Ella levantó la barbilla y esbozó una sonrisa burlona.
Gideon recordó sus dedos entrelazados con los del príncipe. Lo generosa que había sido con sus besos, quedándose todo el tiempo a su lado. Dejando que presumiera de ella ante sus amigos.
Jamás había hecho nada de eso con Gideon.
Fue un severo recordatorio de que siempre había estado fuera de su alcance. ¿Cómo se había permitido pensar que podría conformarse con alguien como él?
Nunca tuvo nada que hacer.
—Has aumentado tus expectativas de forma considerable —dijo—. Ir a por un príncipe…
Las facciones de ella se endurecieron, como si se hubiera puesto una máscara, pero Gideon no conocía esta. Todo resquicio de la señorita frívola que había fingido ser se había esfumado. Aquella era inexpresiva como una piedra.
—Al contrario. Últimamente, lo único que busco en un pretendiente es que no quiera verme muerta. La mayoría de gente no las consideraría grandes expectativas.
—Lo que tú digas. —Se puso recto y apuntó. Necesitaba terminar con esto—. Me alegro de que Alex no esté aquí para ver lo rápido que has pasado página.
Aquellas palabras le dolieron visiblemente a Rune, que apretó los puños.
—Si Alex estuviera aquí, no habría tenido que pasar página.
—A no ser que él hubiera descubierto la verdad: que eres una pequeña y mentirosa…
Rune le lanzó la botella de whisky a la cabeza.
Gideon se agachó, y la ráfaga de viento provocada por el paso de la botella le alborotó el pelo. El cristal se rompió contra la pared que tenía detrás y el alcohol le roció el cuello. Entonces vio un vendaval dorado pasar junto a él, y se dio cuenta, casi demasiado tarde, de que Rune se dirigía hacia la puerta.
Se esperaba un hechizo, no que le lanzase una botella a la cara.
Gideon la agarró de la cintura y la estampó contra la pared. Oyó cómo se le vaciaban los pulmones de aire. Sin darle tiempo a recuperarse, le inmovilizó las muñecas sobre la cabeza y luego empujó la rodilla entre sus piernas para atraparla. Rune ahogó un grito y lo fulminó con la mirada. Sin soltarle las muñecas, que le tenía agarradas con una sola mano, Gideon le presionó el cañón de la pistola contra la sien.
Pero entonces su olor, a enebro y a sal marina, le invadió los sentidos. Un aroma que amenazaba con debilitarlo. Tragó saliva; se le aceleró el corazón. Era un peligro estar tan cerca de ella.
—Ojalá Alex nunca se hubiera interpuesto ante esa bala —le espetó Rune—. Eres tú quien debería estar muerto. ¡Ojalá fueses tú!
Y sus palabras fueron como un puñal oxidado que se le clavase en las entrañas.
¿Cuántas veces había deseado él lo mismo?
Todavía tenía lo ocurrido muy presente, demasiado: Cressida le había exigido a Gideon que fuese con ella y había alzado su pistola para dispararle tras su negativa. Y Alex se había llevado el balazo que iba destinado a él.
Todavía oía el grito de Rune. Todavía tenía esa imagen grabada en la mente, ella, cubierta de la sangre de su hermano, aferrada a él mientras su vida se esfumaba.
Y aun así… Si Rune no hubiera ayudado a Cressida Roseblood, su hermano estaría vivo. Había sido Cressida la autora del disparo, pero Rune la había ayudado a ocultarse. Había estado siempre compinchada con la mayor enemiga de Gideon. Y aquello no había cambiado: Rune estaba intentando volver a sentar a la asesina de Alex en el trono.
«Por eso estás aquí».
Le había fallado a la República enamorándose de su objetivo. Sospechaba que Rune era la Polilla Carmesí, la malvada bruja a la que llevaba dos años intentando dar caza, y se había prendado de ella igualmente.
Porque Rune nunca había amado a Gideon. Todo había sido una elaborada farsa. Todo el tiempo que había fingido cortejarlo, había estado enamorada de su hermano.
¿Qué le había dicho al final de todo?
«Tu hermano es dos veces más hombre de lo que tú serás jamás».
Rune le había hecho creer que alguien como ella podría amar a alguien como él. Y era mentira. Él no estaba a su altura, y jamás habría podido estarlo.
Pero Gideon no había querido ver la verdad.
Lo que él quería era a Rune.
«Porque soy débil».
Al enamorarse de ella, Gideon le había fallado a la República que había ayudado a construir, a los amigos y soldados a los que había jurado apoyar y a los ciudadanos que había prometido proteger. Rune lo había convertido en alguien débil, y había muerto gente por culpa de aquella debilidad. Y seguiría muriendo si no hacía nada al respecto.
Por eso estaba allí. Para arrancarse la debilidad del corazón eliminando su fuente: ella. Y en el agujero que le quedara vertería acero líquido, hasta que estuviera soldado de nuevo. Hasta que fuera más fuerte y más frío que el hierro.
Clavó el cañón de la pistola en la sien de Rune, y ella no se estremeció ni apartó la vista, se limitó a mirarlo a los ojos. Como si hubiera estado esperando aquel momento. Esperándolo a él.
—Adelante. Aprieta el gatillo —lo provocó.
—Tengo intención de hacerlo.
—Ah, ¿sí? Demuéstralo. —Gideon había olvidado la furia que llameaba en sus ojos cuando estaba enfadada. Era como una tormenta en la que él quisiera adentrarse—. Ambos sabemos lo que quieres hacerme, Gideon. Adelante. Es tu oportunidad.
Él bajo la vista hacia su boca.
—No tienes ni idea de las cosas que quiero hacerte.
De tan cerca, se fijó en todo. En los ojos rojos e hinchados, la cara enrojecida, las lágrimas que se le secaban en las mejillas.
El alcohol en su aliento.
Gideon sabía que Rune bebía de vez en cuando, pero aquello era otra cosa.
Frunció el ceño.
—Apestas a alcohol.
—Qué bellas palabras. Eres todo un caballero. —Su voz era un ronroneo.
—Nunca he sido un caballero. —Se acercó más a ella—. Si me tomaste por uno, el error es tuyo.
Era imposible no ser consciente de cada centímetro de ella. El calor de sus muslos a lado y lado de su rodilla; el latido febril de su pulso bajo la palma de su mano. Era tan menuda y tan suave como recordaba. Era perfecta. Encantadora. Gideon sintió la necesidad desesperada de acunar su rostro entre las manos y preguntarle qué le pasaba, apremiarla a decirle por qué estaba tan disgustada.
Pero luchó contra la tentación.
Eso era lo que ella le hacía: lo convertía en un ser completamente irracional.
«Es una seductora sin corazón. No dejes que te engañe».
Rune acababa de abrir la boca —probablemente para seguir insultándolo— cuando los gritos de varios guardias los paralizaron. Se oían sus botas corriendo por el pasillo. Debían de haber oído la botella romperse y ahora buscaban la fuente del ruido.
Gideon miró a su alrededor. La única salida era la puerta que había tras él, que daba a ese mismo pasillo. Y cuando disparara la pistola revelaría su ubicación. Al no haber salida, los guardias lo arrinconarían.
Era hombre muerto. Peor que muerto. Si lo arrestaban, estaría a merced de Cressida. No podía volver a ser su prisionero. Prefería quitarse la vida antes que eso.
A Rune se le aceleró el pulso. Si gritaba, los encontrarían; no cabía duda.
—Pide ayuda —susurró mientras los guardias se acercaban, todavía con la pistola contra su sien— y te meteré una bala en el cerebro.
—Si me quedo callada también me matarás.
Cierto. Sin embargo, Rune debía de querer vivir un rato más, porque no gritó.
Gideon se maldijo por su vacilación. Tendría que haber entrado, haberle disparado y haberse ido. Sin pensar. Actuar y punto.
Pero él siempre había preferido a la Rune salvaje y descarnada antes que la que se escondía tras una máscara de gracia y estilo. Si se hubiera encontrado a esa última en aquellos aseos, una muchacha bonita empolvándose la nariz perfecta sin un solo pelo fuera de lugar o una arruga en el vestido, con toda probabilidad, no estarían manteniendo esa conversación. Ya estaría muerta.
Pero se había encontrado a esa Rune.
A su Rune.
Un absoluto desastre.
Su lado más primitivo, más ruin, quería echarle la cabeza atrás y besarla hasta que le confesara el porqué de sus lágrimas.
«No. —Apretó los dientes—. Eso es lo opuesto a lo que quiero».
Pero, ahora que lo había pensado, ya no podía dejar de hacerlo, y su mente empezaba a llevarlo por derroteros aún más peligrosos. La última vez que Rune y él habían estado tan pegados, ella estaba debajo de él. En su cama. Acababa de adorarla con la boca, de susurrarle cosas cautivadoras en la piel. Se habían entregado el uno al otro en un acto que no podía deshacerse, y ahora él estaba sufriendo las consecuencias de aquella decisión.
De aquella chica.
Deseaba fervientemente ser digno de ella. Se había atrevido a desearlo, pues era un estúpido, un idiota.
«Nunca volveré a ser víctima de sus trucos».
—Ayúdame a entender —susurró él mientras escuchaba los pasos que se alejaban. De repente, necesitaba saber la verdad—. ¿Le devolverías el poder a Cressida a pesar de saber de qué es capaz? ¿Acaso anhelas el terror y el derramamiento de sangre?
—¿Para la gente que quiere darme caza y degollarme? —Rune frunció las cejas perfectas—. ¿Qué otra cosa debería anhelar para ellos?
Gideon entornó los ojos.
—Y cuando todo termine y tus preciosas brujas estén a salvo, con tu querida tirana sentada de nuevo en su trono oscuro, estarás casada con un príncipe que te trata como a un trofeo. ¿También es eso lo que quieres? ¿Que te expongan como a un premio en una vitrina de cristal?
Rune pareció dudar, pero luego alzó la barbilla en un gesto desafiante.
—Soren me hará más feliz que algunos hombres que yo me sé.
Y pensar que había besado la boca de la que salían esas palabras…
—Puede que logres engañar a los demás, pero a mí no me engañas, Rune. Mírate. Bebes hasta enfermar solo para soportar una velada con él. —Le recordaba a él mismo, no tanto tiempo atrás. Y aquel recordatorio no le gustaba en absoluto—. Odiarás ser la esposa de Soren Nord.
—Tú no tienes ni idea de lo que odio.
—Sí que la tengo.
Un rayo centelleó en los ojos de ella.
—No me conoces.
—Tal vez no conozca a Rune Winters —susurró, con la boca a un centímetro de la suya—, pero conozco a la Polilla Carmesí. Y ella no puede estar enjaulada.
Rune se estremeció.
—Para.
—Siento pena por el hombre que le corte las alas.
—Cállate.
—Di adiós a tu libertad, Rune.
—¡Que te calles!
Se revolvió contra él y estuvo a punto de soltarse. Gideon había olvidado lo fuerte que era, a pesar de que él la doblase en tamaño. Apartó la rodilla de entre sus piernas para recuperar el control.
Su segundo error.
Porque Rune le dio un rodillazo en la entrepierna.
El dolor estalló como una bomba, prendiéndole fuego. La estancia se tornó blanca y brillante. Gideon se dobló hacia delante y cayó al suelo, mientras la presión insoportable en sus pelotas emborronaba el mundo que lo rodeaba. Se llevó las rodillas al pecho para protegerse, en el caso de que ella volviera a atacar.
Rune recogió su pistola.
—Eso es por mandarme a la purga.
Gideon gimió, tirado en un charco de whisky, cristales rotos y dolor.
En ese momento, se abrió la puerta.
Alguien entró, llenando la estancia de olor a sangre y rosas.
—Vaya, vaya, Gideon Sharpe —dijo una voz que todavía poblaba sus pesadillas—. Qué sorpresa tan agradable.
Su sombra se deslizó sobre él, helándole la sangre. Gideon no levantó la vista, pues ya sabía a quién se encontraría: una bruja con el pelo blanco como el tronco de un abedul y los ojos tan fríos como un mar helado.
«Cressida Roseblood».
Gideon cerró los ojos.
«Mierda».
Siempre había pensado que era mejor estar muerto que en las garras de Cressida. Que si volvía a convertirlo en su prisionero encontraría el modo de terminar con todo.
Miró su pistola, aún en manos de Rune.
Totalmente fuera de su alcance.

Gideon
Los guardias lo agarraron de los brazos y lo obligaron a ponerse de pie, para luego atarle las muñecas a la espalda con unas esposas.
Cressida se acercó a él. Tenía el pelo mojado, como si hubiera cabalgado a través de una tormenta para llegar hasta allí, y su mirada era como un puñal que se le clavase en el pecho. El dolor de Gideon se desvaneció, reemplazado por un miedo que lo entumecía.
Era como si su peor pesadilla hubiera cobrado vida.
Cressida lo miró primero a él y luego a Rune, que aún lo estaba apuntando con su propia pistola. Una pregunta afloró en los ojos de la joven reina bruja, mas no le dio voz. Se limitó a alargar una mano hacia los guardias, pidiendo la llave de las cadenas que lo inmovilizaban.
—Ava, te necesito —le dijo Cress a la joven que había entrado con ella—. Los demás, fuera.
Gideon reconoció a la chica que había dado un paso al frente. Se trataba de Ava Saers, una bruja que había sido artista de cicatrices de las Roseblood. Durante el reinado de las reinas hermanas, las brujas ricas contrataban a artistas de cicatrices, talentosas artesanas expertas en cortar cicatrices mágicas de forma que trazaran bellos patrones en la piel de una bruja. A las hermanas Roseblood les gustaba hacerse las cicatrices las unas a las otras, pero en ocasiones especiales recurrían al arte de Ava. Gideon la recordaba cortando su piel con delicada soltura.
Era una de las primeras brujas que la Polilla Carmesí había robado de sus calabozos.
Ava llevaba el pelo cobrizo recogido con gran estilo a un lado de la cabeza y un vestido de color zafiro que, cuando se acercó a su reina, resplandeció bajo la luz de las velas. Debía de ser una de las invitadas al recital de aquella noche.
«¿A cuántas brujas más está dando asilo Soren?».
Ava abrió su bolsito de mano de lentejuelas y sacó una navaja. Cressida se desabrochó la capa y la dejó caer al suelo, ofreciéndole así a Gideon una imagen despejada de ambos brazos. Cada centímetro de su piel estaba cubierto de cicatrices plateadas, y cada una de ellas le resultaba a Gideon dolorosamente familiar. Era como un jardín de flores que le empezaba en las muñecas para luego enroscarse hacia arriba, creciendo hacia los hombros.
Ava presionó la navaja contra la piel de Cressida y empezó a cortar, añadiendo pétalos a un lirio en aquel patrón botánico. Y el olor de la magia de Cressida floreció en el aire: el aroma metálico de la sangre mezclado con el empalagoso perfume de las rosas.
Cuando Ava terminó, Cress mojó los dedos en la sangre que brotaba. Gideon empalideció cuando la reina bruja se agachó para dibujar marcas mágicas de un rojo brillante en el suelo, delante de él. La magia se percibía, densa, en el aire; Gideon sintió náuseas mientras el hechizo de ella surtía su efecto.
Una hiedra gruesa e invisible le trepó por las piernas, ligándolo al suelo. Pero la magia no se detuvo ahí: le trepó por los brazos, por el pecho, por los hombros; le trepó por todo el cuerpo hasta inmovilizarlo por completo.
Gideon se resistió al hechizo. Tensó los músculos; apretó los dientes, como si solo con su voluntad pudiera romper las ataduras de la magia. Sin embargo, cuanto más se resistía, con más fuerza lo ataba.
El hechizo de Cressida se apoderó de él enseguida.
«Te lo mereces».
Si no hubiera dudado al ver las lágrimas de Rune, si se hubiera limitado a apretar el gatillo, estaría en ese preciso instante cabalgando hacia Caelis tras haber cumplido su misión.
Cressida se puso de pie y se dirigió hacia él. Hizo una pausa, miró atrás y dijo:
—¿Rune? ¿Has oído lo que he dicho?
Gideon miró tras la reina bruja y se dio cuenta de que Rune seguía presente, a varios metros de ellos. Parecía paralizada, con la pistola en la mano todavía apuntándole a él y los ojos grises con una expresión inescrutable.
Se miraron a los ojos. Una carga invisible electrificaba el aire.
«Termina con esto. Acaba con mi sufrimiento».
Rune sabía lo que Cress le había hecho en el pasado. Sabía lo que le haría ahora.
—Rune. —La miró a los ojos, suplicante—. Dispara.
Los de ella eran una verdadera tempestad. Si apretaba el gatillo, en ningún caso lo haría por compasión, sino por algo mucho más poderoso.
Cressida se interpuso entre ellos.
—Dale la pistola a Ava. —Y, como si hubieran cortado un hilo invisible, la orden sacó a Rune de los pensamientos que la tenían atrapada—. ¡La pistola, Rune!
Rune bajó la vista hacia el arma que tenía en las manos. Y luego, como una buena soldado rasa, se la entregó a Ava.
No volvió a mirar a Gideon. Se limitó a dar media vuelta y alejarse, mientras los pedazos de cristal crujían bajo su peso. Cerró la puerta tras ella y dejó a Gideon a solas con Cressida y su artista de cicatrices.
Como si no le importase lo más mínimo lo que le pudiera ocurrir.
Ava se acercó al lavabo y dejó la pistola en el borde de cerámica. Luego se miró al espejo para arreglarse el maquillaje.
—Míranos… Por fin estamos juntos.
Gideon apartó la vista de la puerta por la que Rune se había marchado y devolvió la atención a su enemiga. Cressida Roseblood era hermosa, hermosa de un modo frío y terrorífico. Era como hallarse perdido en una tormenta de nieve, seguro de que acabaría por matarte.
La sangre le goteaba por el brazo y le manchaba los dedos de la mano. Se detuvo a medio metro de Gideon y sacó el cuchillo que usaba para conjurar sus hechizos. Presionó el borde afilado en forma de medialuna contra su barbilla y lo obligó a mirarla.
Mientras lo acariciaba con el borde de la hoja, le preguntó:
—¿Has venido a Larkmont solo?
—Sí —respondió con la boca seca.
Lo rodeó poco a poco, acariciándole los hombros con el cuchillo, y se detuvo en su espalda. Notó que deslizaba la llave en las esposas y la giraba. Las cadenas cayeron al suelo con un repiqueteo. Él alargó de inmediato las manos hacia el cuchillo, hacia ella, pero, aunque estuvieran libres, seguía maniatado por su hechizo.
Cressida continuó rodeándolo, arañándole el cuerpo con la hoja, hasta que quedaron de nuevo cara a cara. Enganchó el cuchillo en el cuello de su chaqueta robada y tiró de él hacia abajo, abriéndole el primer botón. Gideon oyó el ruido de la camiseta de debajo al rasgarse.
Le martilleaba el corazón.
—¿Y cuál era tu objetivo aquí?
—Asesinar a Rune Winters.
Cressida continuó. Hizo saltar el segundo botón y siguió rasgando la camiseta.
—¿Por qué?
Él tragó saliva.
—Para que no pudiera cimentar una alianza entre Soren Nord y tú.
—¿Y se ha alegrado de verte?
Gideon hizo una pausa. No comprendía la pregunta.
Cressida siguió deslizando el cuchillo, cortando la chaqueta y la camiseta. La tela quedó abierta y el pecho de Gideon, al descubierto.
Ella curvó un lado de la boca mientras deslizaba los ojos desde su cuello hacia abajo. Conocía aquella mirada. Le provocaba sudores fríos.
—Me lo robaste todo, Gideon.
—Yo diría que fue al revés.
—Me gustaría perdonarte. Créeme, me gustaría. —¿Perdonarlo? ¿A él?—. Cuando asesinaste a mis hermanas, quería que sufrieras. He tenido mucho tiempo para pensar qué te haría una vez volvieras a estar en mis manos. Pero me he dado cuenta de que… En fin, de que estoy en deuda contigo.
Se la quedó mirando.
¿Acaso se había vuelto loca?
Cressida lo agarró de la barbilla y lo obligó a mirarla. Aquellos gélidos ojos azules le helaron la sangre.
—Gracias a ti, me di cuenta de lo mucho que daba a mis hermanas por sentadas. De lo mucho que las necesito. Elowyn, Analise y yo somos mucho más fuertes juntas. Y esa es la razón por la que… —Le enseñó los dientes en una sonrisa— voy a traerlas de vuelta.
Definitivamente se había vuelto loca.
—Tus hermanas no son más que huesos bajo tierra —le espetó, aunque no estaba seguro de aquello. Los cuerpos de Analise y Elowyn se habían extraviado en el caos del Nuevo Amanecer. La gente supuso que los cadáveres habían sido robados y profanados o que los habían tirado a las fosas comunes que se hicieron para las brujas asesinadas en la revolución.
—Oh, Gideon… —Cressida se echó a reír—. ¿Crees que permitiría que mis hermanas se pudrieran? —Negó con la cabeza y el cabello pálido se meció como la nieve al caer—. Escondí sus cuerpos en un lugar seguro. Los he conservado con magia durante más de dos años.
—Eso no es posible.
Pero se trataba de Cressida Roseblood. Gideon sabía exactamente de qué era capaz.
—Un hechizo de resurrección requiere simplemente del sacrificio de un familiar cercano. Alguien que tenga fuertes lazos de sangre con el fallecido. —Ladeó la cabeza y entornó los ojos—. Podría hacerlo con los ojos cerrados.
—Toda tu familia está muerta —señaló Gideon—. No tienes familiares cercanos.
—Ah, pero resulta que sí. —Gideon frunció el ceño. «¿Cómo?»—. Una hermana o hermano perdido. —Sonrió—. Por desgracia, no sé quién es ni dónde está. Ninguna de mis sibilas parece capaz de Verlo. Alguien lo tiene oculto con un hechizo muy antiguo. Por ahora…
«¿Las Roseblood tienen un heredero perdido?».
El horror colmó su pecho, pesado como el plomo. Cressida sola era una cosa. Tal vez recuperase el trono, pero tendría dificultades para mantenerlo ella sola. Gracias a las purgas, la población de brujas había disminuido drásticamente. La gente recordaba la tiranía del final del Reinado de las Brujas, así que no la recibiría con los brazos abiertos. Tendría que recurrir a la fuerza y al miedo, y esa era precisamente la razón por la que necesitaba al ejército de Soren.
«¿Lo sabrá Rune?», se preguntó.
Elowyn y Analise habían sido las más poderosas de las hermanas Roseblood, y también las más crueles. Habían torturado a la madre de Gideon y habían sido las causantes tanto de su muerte como de la de su padre. Su resurrección a manos de Cressida implicaría el regreso de las tres reinas brujas, que, juntas, acabarían con la Nueva República.
—Pero, en fin, se acabó el hablar de eso. —Cressida lo cogió de las solapas de la chaqueta y luego tiró de ellas para bajarle la ropa hecha jirones por los hombros y los brazos, sin dejar de mirar la cicatriz grabada en sus pectorales.
Su marca.
—Mejor hablemos de nosotros —prosiguió—. Esto lo hago por tu bien, Gideon.
—No sé por qué, pero lo dudo —replicó él mientras intentaba adivinar qué era «esto».
—Para perdonarte, necesito confiar en ti. —Se acercó más a él, hasta que solo los separaba una delgada franja de aire. Gideon se puso tenso por culpa de su cercanía, pero el hechizo no le permitía moverse—. Y para confiar en ti, necesito asegurarme de que seas mío. —Le acarició suavemente las clavículas con su cuchillo—. Solo mío.
Pero él no podía volver a ser el Gideon del pasado, el muchacho patético que regresaba a rastras a la cama de ella noche tras noche, como un perro maltratado que vuelve junto a su amo con la esperanza de que tal vez, esa vez, le recompense con amabilidad en lugar de con una patada en las costillas.
«Ya no eres ese Gideon», se dijo.
Ese Gideon no tenía más remedio que someterse a ella, pues la vida de sus seres queridos estaba en sus manos.
—No puedes escapar de mí —insistió ella—. Hasta cuando estuvimos separados te perseguí, acechándote en cada paso que dabas. Conquisté todos tus sueños. ¿O no es así?
Gideon le dedicó una sonrisa forzada.
—La verdad es que nunca pienso en ti.
—Mentiroso. —Hizo una mueca y volvió a presionarle el cuchillo contra el cuello—. Un caballo que se ha domado puede domarse otra vez. Cuando salga el sol, me estarás rogando que vuelva contigo. Como en los viejos tiempos.
Aquella idea lo asustaba más que ninguna otra cosa. Pero la miró a los ojos, intentando esconder su miedo.
—Hazme lo que quieras. No volveré a arrastrarme ante ti.
¿Dónde había aprendido a mentir con tanta audacia en las narices de su enemigo?
Tal vez lo hubiese aprendido de Rune.
—Todos aquellos a los que amaba están muertos —continuó mientras ella presionaba el acero frío contra su piel—. Ya no te queda nada con lo que puedas atarme a ti.
Los ojos de Cressida resplandecían como el hielo.
—Si eso fuera cierto, le habrías pegado un tiro a la Polilla Carmesí y te habrías marchado de Larkmont antes de que nadie reparase en su ausencia. —Gideon frunció el ceño. «¿Cómo?», pensó—. Me he dado cuenta de cómo la miras, Gideon. Hubo un día en el que me mirabas a mí del mismo modo.
Gideon casi se echó a reír.
—¿A Rune? Te equivocas.
—Casi nunca —respondió con voz inexpresiva—. No soy ciega. Rune es hermosa. Entiendo por qué te sientes tentado.
«¿Tentado?».
—Me siento lo opuesto a tentado. Lo que siento por Rune está tan muerto como lo que siento por ti.
Cressida sonrió.
—Está bien. Te seguiré la corriente. —Presionó las manos contra su pecho desnudo. Gideon no hubiera sabido decir si la bruja tenía la piel fría como la de un cadáver o si era simplemente el efecto que ejercía sobre él—. Pero recuerda: no necesito tu voluntad, Gideon. Solo necesito tu obediencia. Y la tendré. —Presionó la palma de la mano contra la marca de su pecho—. El día que te marqué dejé algo aquí. —Tamborileó con los dedos sobre el borde protuberante de la cicatriz: una rosa en una luna creciente. Su insignia—. Un hechizo que tenía intención de activar mucho antes, pero desafortunadamente nunca tuve la oportunidad de llegar a hacerlo.
Se inclinó y presionó también los labios contra la cicatriz.
Gideon se estremeció; su cuerpo quiso retroceder. Pero, hiciera ella lo que hiciese, era incapaz de volverse contra ella.
—Esto te hará daño —murmuró la bruja.
Hablar de «daño» era quedarse corto.
El dolor arremetió contra él con la fuerza de un rayo. Era abrasador, de un blanco cegador. Como si estuviera marcándolo otra vez. Solo que, esta vez, no había un hierro al rojo vivo que acabara de sacar del fuego para presionarlo contra su piel. No había carne quemada.
Y, sin embargo, el dolor era igual de intenso.
Un minuto, Gideon trataba de no reaccionar. Al siguiente, estaba chillando.
Aquel fuego parecía no terminar nunca. Le abrasaba de dentro afuera, lo hacía desear la muerte, o, al menos el cruel rodillazo que Rune le había asestado en la entrepierna. Aquel dolor no había sido nada comparado con este.
Rune…
Se aferró al recuerdo de ella. A su forma desafiante de alzar la barbilla, al azote de sus insultos. La botella de whisky disparada contra su cabeza.
No tenía sentido. Se odiaban. Y, no obstante, en cuanto Gideon intentaba concentrarse en otra cosa el dolor volvía a apoderarse de él, a abrumarlo.
Así pues, cuando el dolor se acrecentó hasta la agonía, su mente se concentró únicamente en Rune. En el olor de su piel, el alcohol de su aliento; en el calor de su cuerpo cuando la tenía apretujada contra la pared. Pero, poco después, ni siquiera el recuerdo de ella fue suficiente y el fuego se propagó, devorando a Rune, quemándola hasta sacarla de él.
Solo cuando Gideon rogó que lo matase se detuvo.
Cressida apartó la mano y el dolor se esfumó. Se habría desplomado de no ser por el hechizo que lo tenía inmovilizado. El sudor le llenaba la frente y le corría por la espalda. El cuerpo entero le temblaba con violencia de dolor.
Ava seguía frente al espejo, aplicándose de nuevo una capa de maquillaje.
Cressida dio un paso hacia él.
—Dime que me has echado de menos —susurró mientras le acariciaba el centro del pecho con un dedo—. Dime que nunca dejaste de pensar en mí.
Gideon intentó calmar su corazón, que le latía desbocado. Intentó mantener la calma. Pasara lo que pasase, fuera cual fuese el dolor que le infligiera, no cedería ante ella. Necesitaba, esta vez, ser de duro y frío hierro, y no de carne.
Los ojos de ella llamearon como esquirlas de hielo.
—Puedes tener mi amor, Gideon. O puedes tener mi ira.
«¿Acaso hay alguna diferencia?».
Le rodeó el cuello con los brazos y se apretujó contra él, alzando la boca hacia la suya.
—¿Qué va a ser, querido mío?
Gideon dejó la mirada fija en la pared que había tras ella mientras intentaba prepararse para lo que estaba por venir. Si se aceraba, si se proponía no sentir nada, ser tan indolente como la pistola que descansaba sobre la pila, nada de lo que ella hiciera importaría.
—¿Vas a venir a mí por tu propia voluntad, o tengo que obligarte?

Rune
En el pasillo, Rune se apoyó en la puerta del aseo con los puños cerrados. La rabia hervía en su interior.
Fuera lo que fuese lo que había sentido por Gideon Sharpe, ya no lo sentía. Se había esfumado. Aquella sensación que corría por sus venas era lo opuesto al amor; era un odio feroz e insaciable.
¿Qué clase de chica se enamora de alguien que desprecia su naturaleza? ¿Que la quiere ver muerta?
Una chica patética. Alguien que se odia a sí misma.
Rune se negaba a seguir siendo esa chica.
«Olvídate de él».
Había hechizos para borrar los recuerdos. Rune deseó conocer alguno para poder arrancar de su mente todos los recuerdos que tuviera de Gideon Sharpe, porque incluso entonces lo sentía más cerca de ella que su propio aliento. Rune sentía al capitán de la Guardia de Sangre como si todavía la estuviera apretujando contra la pared. Sentía su mejilla sin afeitar, su boca a escasos centímetros de la de ella. El ardor de su mirada, que la abrasaba.
Rune quería chillar. Quería apartarse de aquella puerta e irse lejos, dejarlo atrás para siempre.
Pero estaba en aquella habitación y Cressida estaba con él.
Gideon le había contado lo que la reina bruja le había hecho. Pero había otras cosas que no le había contado; Rune lo sabía. Cosas enfermizas. Cosas que Cressida volvería hacer si él acababa de nuevo entre sus garras.
«Está entre sus garras ahora mismo».
Rune cerró los ojos con fuerza.
Por eso le había suplicado que le disparase: prefería estar muerto que enfrentarse a lo que Cressida tenía preparado para él.
«Ha venido a matarte», se recordó.
Rune no quería que Gideon le importase; ella no le importaba a él, de eso no tenía duda. Si fuera así, no le habría puesto una pistola en la cabeza. No habría venido hasta allí con la intención de terminar con su vida.
El grito agónico de él se propagó por el pasillo.
Ese sonido la encendió. Como si se hubiera accionado un interruptor.
Rune se volvió hacia el aseo, con el corazón latiéndole desbocado.
Gideon gritó aún más fuerte.
Ella apretó tanto los puños que se clavó las uñas en la piel de las palmas de las manos. Tal vez lo odiase por lo que había hecho; tal vez fuese su peor enemigo. Pero eso no impedía que el sonido de su agonía la partiera en dos.
«¿Qué le está haciendo?».
Rune dio un paso hacia la puerta y cogió el pomo. Quería abrirla. Quería…
«¿Hacer qué?».
Ayudar a Gideon implicaba desafiar a Cressida. Y por muy valiosa que fuese para la reina bruja, no era imprescindible. Rune no podía irrumpir en esa habitación y pedirle que parase. Cressida se reiría en sus narices, o, peor aún… le infligiría a Gideon todavía más sufrimiento.
Incluso si lograba rescatarlo, Gideon intentaría matarla otra vez. Y probablemente, con otra oportunidad, tendría éxito.
«Pero ¿y si no hago nada?».
Cuando los gritos de Gideon se acallaron, el silencio se le antojó aún peor. Si gritaba, al menos sabía que seguía vivo.
«¡Acaba de intentar matarte! No se merece ni tu compasión ni tu ayuda».
Pero había algo que la reconcomía. Algo que no lograba quitarse de la cabeza.
En esa habitación, era Gideon quien había tenido la sartén por el mango. Podría haber aprovechado la oportunidad antes incluso de que ella mirase al espejo y lo descubriese. Es más, podría haberle disparado mucho antes siquiera de que entrase en el aseo.
¿Por qué había titubeado?
Pero eso, a ella, no debería importarle. No debería importarle en absoluto. Ni un poquito.
—¡Rune! —Se volvió y vio que Soren corría hacia ella flanqueado por cuatro soldados. Ya no llevaba la capa sujeta al hombro y la cola del frac ondeaba tras él—. Me han dicho que te han atacado… —Rune tenía que soltar el pomo de la puerta. Su obligación era el príncipe, no Gideon—. Te llevaré a mis aposentos. —Soren la cogió del brazo y la obligó a mirarle. Examinó a Rune con una expresión pétrea, para ver si estaba herida—. Es posible que el enemigo no haya actuado solo. Podría haber otros asesinos merodeando por mis pasillos.
Rune echó un vistazo de reojo a la puerta del aseo. «Pero no puedo dejarle».
—No dejaré que te haga daño —sentenció Soren mientras tiraba de ella. El olor penetrante de su colonia hacía que a Rune le ardiera la nariz—. Te quedarás en mis aposentos. Pondré a mi guardia personal a vigilar las puertas.
—Pero yo…
—Quiero que te quedes allí hasta que sea seguro salir.
Rune miró hacia atrás, hacia la puerta. Quería abrirla. Quería que Cressida sacase a Gideon y se lo entregase a los guardias de palacio, que lo llevarían a las celdas subterráneas de Larkmont, donde podía pudrirse si era menester; a ella le daba igual.
Mas la puerta permaneció cerrada. Y ahora la veía cada vez más pequeña, y sentía una presión cada vez más acuciante en el pecho, y cuando Soren la obligó a doblar la esquina, tirando de ella, desapareció por completo de su vista.
Rune tenía ganas de vomitar.
«He de hacer algo».
Pero ¿qué?
No tenía ninguna razón para pedirle a Soren que dieran media vuelta. Y tampoco Cressida dejaría de herir a Gideon simplemente porque Rune lo quisiera así. Tendría que obligarla, y eso era imposible. Cressida era una bruja mucho más poderosa que ella, a pesar de lo mucho que había mejorado Rune durante los últimos dos meses bajo la tutela de Seraphine.
Además, Cressida era su única oportunidad de salvar a las brujas que habían dejado atrás.
Rune no podía desafiarla.
—Empiezo a comprender el peligro que te acecha constantemente —dijo Soren. Dos guardias abrieron las puertas de su alcoba, lo que le permitió llevar a Rune a su interior—. ¡Podría matar a ese hombre!
—Lo que tú le harías, fuera lo que fuese… —Rune observó cómo los guardias cerraban las puertas— no será peor que lo que le haga Cressida.
La luz de las lámparas era muy tenue, y Rune necesitó unos instantes para que se le acostumbraran los ojos a la penumbra. El denso olor del incienso ardía en el aire, colmándolo de canela y sándalo. Cuando los detalles de la estancia ganaron nitidez, Rune pudo reparar en el mobiliario: una cama con dosel, un armario y un tocador.
—Voy a encerrarte aquí —anunció Soren—. Volveré cuando me haya asegurado de que el palacio es un lugar seguro y ya no estés en peligro.
Rune no lo escuchaba. Seguía pensando en que no tenía el poder de detener a Cressida, de evitar que hiciera daño a Gideon. No disponía de nada que le diera ventaja. Nada con lo que negociar por él.
«Pero Soren sí».
El pensamiento llameó en su interior.
El príncipe ya se había vuelto hacia la puerta. Aquel palacio era suyo. Estaban en el reino de su padre. Y no solo eso: Cressida necesitaba su ejército desesperadamente.
Rune no podía pedirle que salvara al hombre que había intentado asesinarla…, pero no necesitaba que Soren salvase a Gideon. Solo necesitaba que lo apartase de Cressida.
—Las puertas y los guardias no me mantendrán a salvo —dijo de repente.
Soren se detuvo y miró atrás, fijándose en lo desarreglada que estaba en ese momento. Rune no ignoraba su aspecto: el rostro manchado de lágrimas, la melena despeinada; era una víctima de pies a cabeza. Y por debajo de la ira de él —¿Cómo se atrevía otro hombre a tocar a su prometida?— yacía la misma mirada que Rune había visto antes.
Lujuria.
Por ella.
Normalmente, una mirada como aquella haría que Rune se sintiera como un animal acorralado. Sin embargo, esa noche usaría la lujuria del príncipe en su beneficio.
Tiró de él hacia la cama. Apartó el dosel, lo cogió de los hombros y lo empujó hacia abajo, hasta que quedó sentado en el borde de la cama con las botas abrillantadas pegadas al suelo.
—Nunca estaré segura hasta que Cressida recupere el trono —se lamentó mirándolo a los ojos. Se subió el vestido hasta los muslos y se sentó a horcajadas sobre sus piernas. Luego le rodeó el cuello con los brazos—. Estaré en peligro siempre, hasta que Cressida, con la ayuda de tu ejército, dé muerte a todos los cazadores de brujas.
Rune ignoró el bulto que notó súbitamente en sus pantalones. Si no hubiera estado tan preocupada por Gideon, le habría repugnado. Sin embargo, solo estaba allí a medias. La otra mitad de ella seguía en ese aseo.
Aquello era lo que se le daba bien: la seducción. El engaño. Tejer redes de mentiras para atrapar a sus presas.
—Debo confesarte que… —susurró con la boca pegada a la mejilla perfectamente afeitada del príncipe—. Que no estaba segura sobre este compromiso hasta esta noche. Pensaba que solo te casabas conmigo para presumir, como si fuese una pieza artística interesante.
Bajó las manos hacia las de él y se las llevó a las caderas.
Los ojos de Soren se deslizaron desde el vestido dorado arrugado alrededor de su cintura hasta sus pálidos muslos.
—¿Y ahora? —preguntó él en voz baja.
Ella se apretó más contra él.
—¿Ahora? Ahora creo que lo que intervino en la ópera ese día era el destino. Creo que quería que me protegieras.
—Mmm… —murmuró él, bajando la boca a su cuello.
Rune ladeó la cabeza para ofrecerse. Normalmente, habría sentido rechazo por sus besos, pero en ese momento no sentía nada. Había jugado a aquel mismo juego cientos de veces; así era como había salvado a tantas brujas de la purga. Esa noche, Rune se sentía como si fuera otra persona. Como si la que estaba sentada en las piernas de Soren fuese una extraña, y no fuesen sus manos las que le acariciaban el pelo. Como si esa muchacha fuese un fantasma y la Rune verdadera, la de carne y hueso, estuviera en otra parte.
«Has tejido la telaraña —se dijo—. Ahora coloca el cebo».
Cada minuto que desperdiciaba era otro minuto que Gideon pasaba a merced de Cressida.
—¿Te acuerdas de la sorpresa que he mencionado antes? —preguntó, fingiendo ahogar un grito cuando Soren le arañó la mandíbula con los dientes.
—¿Cómo podría olvidarlo? —murmuró con la boca pegada a su piel.
—Son unas vacaciones. Tú y yo nos vamos a pasar el fin de semana a Caelis. Lo he organizado todo. Las cenas, el ballet, la habitación de hotel…
Soren se apartó al oír las palabras «habitación de hotel». Sus ojos azules se oscurecieron; se le dilataron las pupilas. Probablemente, estaba imaginando lo que significaría que estuvieran a solas en una habitación de hotel.
Y forzando a Rune a imaginarlo también.
«Algún día, tendré que pasar todas las noches en su cama».
Pronto no sería solo un fin de semana. Cuando se casaran, sería el resto de su vida.
Se le puso la carne de gallina.
Las manos de Soren corrían por su cuerpo con total libertad. Por sus muslos. Por debajo de su vestido.
«Conozco a la Polilla Carmesí. Y ella no puede estar enjaulada. —La voz de Gideon le acarició la mente como un susurro—. Siento pena por el hombre que le corte las alas».
Rune cogió a Soren de las muñecas para detenerlo.
—Necesito que hagas algo por mí.
Él exhaló, temblando de deseo.
—¿Sí?
—Sella la alianza con Cressida esta noche. Y mañana podemos celebrarlo en Caelis.
La cogió de la nuca con ambas manos y le inclinó la cara hacia la suya.
—Está bien —aceptó, acercándose a ella para volver a besarla—. Iré a buscarla en cuanto…
—No. —Rune se apretujó contra él—. Ve a buscarla ahora. Y no aceptes un no como respuesta.
—Está bien, está bien. —Soren se rio, malinterpretando totalmente sus motivos. Le pellizcó los muslos—. Eso está hecho, querida mía.
Se alejó de mala gana de Rune y de la cama y le dedicó otra mirada rebosante de lujuria antes de ordenar a sus soldados que montaran guardia en la puerta.
Y la encerró.

Gideon
—¿A quién puedo hacer daño para que me obedezcas?
Cressida estaba frente a Gideon. Su esbelta figura estaba a meros centímetros de la de él. Y un poco más lejos, al lado del lavabo, estaba Ava, arreglándose el pelo.
—¿A alguien del personal? —continuó Cressida al ver que Gideon no respondía—. ¿A uno de sus hijos? —Se interrumpió, pensativa. Deslizó las manos por el pecho de él hasta llegar al botón de sus pantalones—. ¿O tal vez a Rune Winters? —Debió de malinterpretar la expresión que afloró en el rostro de Gideon, porque continuó—. Las cosas que te he hecho se las podría infligir fácilmente a la Polilla Carmesí. De hecho —sonrió mientras le desabrochaba el primer botón de los pantalones— podrías mirar cómo lo hago. ¿Te gustaría? —A Gideon se le tensó hasta el último músculo del cuerpo—. Creo que sería muy entretenido…
Empezaba a desabrocharle el segundo botón cuando los interrumpió una llamada a la puerta.
Cressida miró atrás y entornó los ojos. Ava se apartó del lavabo para responder.
—Diles que se vayan —ordenó Cressida.
Pero la puerta se abrió de golpe en cuanto dio la orden. Ava titubeó al ver al príncipe Soren, regio con su frac azul marino, si bien un poco acalorado. Cressida se volvió para enfrentarse al intruso, pero contuvo su cólera al ver de quién se trataba.
—Mi señor —saludó alegre y contenida—. Cuánto lamento los problemas que hemos traído a Larkmont. En cuanto…
Soren movió una mano con impaciencia, interrumpiéndola. Estaba mirando a Gideon fijamente.
—¿Es este el bruto que ha atacado a la señorita Winters?
—Así es —respondió Cressida—. Lo he atado con un hechizo. No puede haceros daño, a menos que lo retire.
Soren dio un paso al frente y se detuvo ante Gideon. Echó los hombros atrás y puso ambas manos detrás de su espalda para recordarle a Gideon que era un almirante y no solo un príncipe. Eran de la misma edad, pero la brisa del mar había curtido el rostro de Soren, que parecía mayor.
Sin embargo, Gideon era un poco más alto, lo que obligaba a Soren a levantar la vista para mirarlo, aunque a Gideon le dio la sensación de que lo que le habría gustado era hacerlo por encima del hombro. Al ver al umbriano, lo único en lo que Gideon podía pensar era en las manos de aquel hombre sobre el cuerpo de Rune. En Rune, borracha como una cuba y llorando junto al lavabo.
Los pensamientos de Gideon se descontrolaron, yendo a lugares a los que habría preferido no ir.
«¿Qué le permitirá hacerle cuando no estén en público?».
Se sintió febril. El pulso le martilleaba como un tambor en la garganta.
Soren hizo una mueca de desdén, como si estuviera inspeccionando una rata muerta.
—¿Cómo te atreves a tocarla?
Gideon tenía suficiente sentido común como para saber que no debía abrir la boca, pero no pudo contenerse.
—Al menos, cuando yo la toco, le gusta.
Soren se puso como un tomate.
¡Crac!
Los nudillos del príncipe se estrellaron contra su mandíbula, y la fuerza del puñetazo le giró la cabeza hacia un lado. A Gideon se le llenó la boca de sangre, que escupió en la corbata blanca e impoluta del umbriano.
El hombre parecía a punto de soltarle un segundo puñetazo, o quizá de rodearle el cuello con ambas manos y estrangularlo hasta dejarlo sin vida, pero Cressida intervino.
—Dejadme lidiar a mí con él, Alteza. No es necesario que os ensuciéis las manos.
En ese momento, pareció recordar quién era: un príncipe que no debía rebajarse al nivel de las ratas, y dio un paso atrás. Se desató la corbata ensangrentada y la tiró al suelo.
—Me temo que los planes que tienes para él tendrán que esperar. —Se volvió hacia Cressida con la cara roja todavía—. Mis abogados han redactado el contrato. Lo único que falta son nuestras firmas.
Cressida enarcó las cejas, sorprendida.
—Maravilloso. —Esta vez, su voz sonaba más serena—. Pero ahora debería ocuparme de nuestro enemigo. —Miró a Gideon—. ¿Por qué no lo firmamos mañana durante el desayuno?
—Rune está impaciente por casarse —repuso Soren—. Y sé que tú lo estás por recuperar tu trono. Por eso debo insistir en que lo hagamos ahora. Preferiría no arriesgarme a que haya más… —echó un vistazo a Gideon— interrupciones.
Gideon vio saltar un nervio en la mejilla de la bruja. Era evidente que odiaba la idea de dejar a Gideon allí, pero el príncipe la superaba en rango. Y, además, aquello era justo lo que quería: una alianza que la ayudara a hacerle la guerra a la Nueva República.
Se guardó el cuchillo en los pliegues de la capa y miró a Ava.
—Llévalo a mis aposentos. —Gideon se estremeció de pies a cabeza al oír aquella frase—. Terminaremos allí. No tardaré.
Gideon observó a la reina bruja salir tras Soren de la estancia y cerrar la puerta tras ella. Cuando se hubieron marchado, Ava se apartó de la pared.
—Vamos, pues.
Gideon miró su pistola, que seguía apoyada en el lavabo. Quedaba una sola bala en la recámara; había usado antes las demás, para burlar la seguridad de Soren. Y, para llevarlo a los aposentos de Cressida, Ava tendría que quitarle las ataduras mágicas.
Necesitaba como máximo cinco segundos.
La bruja se cortó la piel con su cuchillo para conjurar, mojó los dedos en la sangre y le pintó un símbolo rojo en el pecho. Movía los dedos en círculos y trazos, arrastrándolos sobre su piel. El hedor de su magia permeó el aire, cobrizo y empalagoso.
«¿Otro hechizo?».
Ava dio un paso atrás con una sonrisa. Se volvió, se dirigió al lavabo y metió las manos bajo el agua formando con ellas un cuenco, para luego verterla sobre los símbolos que Cressida había dibujado en el suelo. Arrastró luego el zapato sobre las marcas, eliminando el hechizo de la reina bruja con una expresión casi aburrida.
Gideon tensó los músculos al notar que los lazos de la magia de Cressida dejaban de asirlo con fuerza. Los hombros y los brazos fueron los primeros en liberarse, seguidos de piernas y pies.
Cuando el hechizo se hubo desvanecido por completo, Gideon se abalanzó sobre la pistola.
—¡Detente!
Fue como chocar con una pared invisible. Su cuerpo se detuvo de inmediato al oír la orden de Ava; la espalda se le quedó tiesa como un palo.
—Gírate hacia la puerta.
Horrorizado, Gideon se descubrió haciendo exactamente lo que ella le ordenaba.
La marca mágica de su pecho…
«Me ata a sus palabras».
Le ordenara lo que le ordenase, estaría obligado a hacerlo.
—Ponte a cuatro patas, cazador de brujas.
Contra su voluntad, Gideon se puso a cuatro patas. El suelo de azulejos estaba lleno de cristales rotos.
—Y ahora arrástrate.
Gideon se abrió paso a través de los cristales, que se le clavaban en las manos y las rodillas. Apretó los dientes para aguantar el dolor y siguió adelante, dejando un reguero de sangre a su paso.
Había sido un estúpido al pensar que podría salvarse.
Cuando había recorrido la mitad del camino hacia la puerta, oyó unos pasos en el pasillo. Levantó la vista y vio que el pomo giraba.
«¿Ya ha vuelto Cressida?».
Un horror tan frío y oscuro como el mar se apoderó de su cuerpo.
Sin embargo, cuando la puerta se abrió, la que entró fue otra bruja. Una bruja muy distinta.
Su vestido dorado reflejaba la luz, su pelo rubio rojizo caía ondulado sobre sus hombros y sus ojos grises amenazaban tormenta.
«Rune».