El día en que el hotel cambió para siempre empezó como cualquier otro.
June Porter Hudson despertó antes del amanecer en un apartamento del sótano, en el alojamiento de personal más cercano a las aguas termales. Salió de la cama desplazando a tres dachshunds, dos de pelaje suave y uno de pelaje hirsuto, que bajaron al suelo para seguirla a una distancia prudencial. June pasó agachada por debajo de la cuerda de tender, extendida por el centro de la habitación, y descolgó su blusa y la ropa interior antes de tender la colcha en su lugar para que se airease durante el día.
A la luz de una única lámpara en la mesita de noche, se vistió con su atuendo habitual: pantalones anchos de cintura alta, blusa arremangada con esmero, un delicado reloj de muñeca, un toque de pintalabios. Su oscuro cabello estaba cortado a media melena, por debajo de las orejas, y para trabajar lo llevaba elegantemente engominado hacia atrás. Su aspecto general contrastaba con los rizos de horquilla y los vestidos formales que se veían en el hotel, pero los clientes, los Rockefeller y los Roosevelt del mundo, ya esperaban que June no se pareciese a las demás mujeres. Desde luego, no sonaba como ellas, con su acento del valle cerrado. Los clientes esperaban que los hoteleros tuvieran acento francés, si es que tenían alguno, pero lo único que sabía decir June en francés era Vive l’empereur!, la frase que musitaba entre dientes un camarero cada vez que aparecía el chef. Daba lo mismo. Los huéspedes la adoraban de todos modos.
Después de ponerse sus merceditas de tacón bajo, June se bebió en silencio dos vasos enteros de agua mineral junto a la única ventana de la cocinita. En verano, ese pequeño ojo de buey que interrumpía la pared a la altura de sus ojos le ofrecía la gris y matutina vista del mantillo y los arbustos que rodeaban el porche, pero, estando en invierno, el oscuro cristal reflejaba solo su rostro de ojos separados, cejas arqueadas y labios pragmáticos como un lápiz. Aguadulce, la llamaban los lugareños, aunque en realidad sabía a labio partido y a polvo. Pero el agua no recibía su nombre por el sabor, sino por lo que le hacía al cuerpo. ¿Qué dolencia te aquejaba? ¿Reumatismo, estreñimiento, infertilidad, gripe? ¿Dispepsia, malaria, colemia, anginas? ¿Añoranza, malandanza, eccema, gota? ¿Indigestión, inflamación, apoplejía, dudas? Las revistas de medicina y los huéspedes expertos en medicina debatían la efectividad del manantial, pero June no les hacía demasiado caso. Ella se limitaba a comenzar y terminar cada día del mismo modo, sin saltarse nunca esos cuatro vasos de agua mineral. Después de tomarse los dos de la mañana, añadió otro vaso al bebedero de los dachshunds, les dio unos pedazos de carne de la nevera y se fue al trabajo.
Trabajo, trabajo. Nunca terminaba. June supervisaba a 450 empleados, 420 habitaciones, 212 ovejas Shropshire, 170 hectáreas, 110 manzanos Golden Delicious, 60 cabinas de cuadra, 21 casitas de campo, siete cabañas, cuatro casas de baño, tres embotelladoras y dos arroyos de agua mineral. Siempre tenía a personal que organizar, inventarios que hacer y actividades que llevar a cabo, y cada resuello de aquel carísimo animal tenía que estar contabilizado hasta el último penique para que los Gilfoyle, los propietarios del hotel, no creyeran que una parte de su fortuna se había ido de guateque sin ellos.
El negocio del lujo: eso era lo primero que tenía en mente al despertar y lo último que tenía en mente al meterse en la cama.
Ese día, el 25 de enero, el Avallon iba a albergar un baile escocés en honor a Robert Burns, un poeta muerto hacía mucho pero todavía alabado. Seguida por los perros salchicha, June se reunió con su jefe de personal Griff Clemons en la galería elevada del salón de baile, para supervisar el ensayo general de los componentes técnicos. El salón de baile era impresionante. En su centro, una fuente de aguadulce cubierta de azaleas talladas llenaba el espacio de un agradable aroma a tierra y flores silvestres. El techo, allá en lo alto, lucía un vistoso mural de escenas de Virginia Occidental pintado por Susie M. Barstow, de la Escuela del Río Hudson. Ocupaba la pared septentrional un enorme escenario donde la glamurosa Geraldine Farrar había retomado en una ocasión su papel de la Metropolitana de Nueva York como Madama Butterfly. En la meridional había una chimenea transportada piedra a piedra desde las ruinas de la Mansión Battlesden, donada con mucho gusto por los herederos del duque de Bedford. Durante una estancia presidencial, la primera dama Grace Coolidge había participado en la selección del parquet. Herederas. Presidentes. Realeza. Tal era la naturaleza del huésped medio del Avallon: gente de tanta altura social que tenían que agacharse para dejar pasar al sol.
—¿Cómo van tus chicas, Griff? —preguntó June.
—Bastante bien —respondió él.
—Por tu tono, nadie lo diría.
La directora del Avallon y su jefe de personal eran unos empleados atípicos para un hotel de aquella categoría: una sonriente mujer blanca montañesa y un hombre negro cegato. Sin embargo, los dos habían pasado a ocupar su puesto como debía ser, ascendiendo desde abajo del todo. No era nada probable que ninguno de los dos fuese a ver a alguien parecido a ellos en una futura lista de huéspedes.
—Una ha decidido que está enamorada —explicó Griff—. La otra busca venganza.
Las hijas gemelas de Griff acababan de cumplir cinco años.
—Veo —dijo June— que son tiempos difíciles en casa de los Clemons.
—¿No se suponía que las chicas eran dulces?
—¿Yo soy dulce?
El jefe de personal se frotó un ojo con aire meditabundo, un gesto irreflexivo que solía salpimentar sus conversaciones. Aquellos grandes ojos de color avellana lo salvarían del reclutamiento forzoso. El izquierdo era normal y corriente, pero el derecho llevaba siendo meramente decorativo desde que Griff recibiera, a los seis años de edad, una coz en la cara de una vaquilla irritable. June daba gracias por ello. El alto y nervudo jefe de personal era su mano izquierda, el responsable de todo lo que ocurría en la trastienda, fuera de la vista de los huéspedes.
—A eso no pienso contestar, jefa.
Llegaban golpes, estruendos y tintineos de abajo, los sonidos de la preparación del banquete que escapaban de la Gruta. Trinos y gemidos desde el foso de la orquesta. La mayoría de las Noches de Burns que se celebraban en otros sitios eran modestas cèilidhs de sala de estar, con violines y gaitas y haggis; las del Avallon, en cambio, contaban con orquesta completa, banda de gaiteros contratada en Nueva York, cena de cinco platos y copas como estanques. El baile podía prolongarse hasta las cuatro o las cinco de la madrugada.
Por lo general, habría sido un acontecimiento modesto, de temporada baja, para lo que acostumbraba a organizar el Avallon. Pero aquel año era distinto, por supuesto. Iba a ser la primera fiesta que se celebraba desde que don Francis Gilfoyle, propietario del hotel y mentor de June, muriera el día 7 de noviembre, derrumbado con medio cuerpo dentro y medio fuera de un ascensor en la cuarta planta. Y la primera fiesta desde que los japoneses habían atacado Pearl Harbor el 7 de diciembre, arrastrando a Estados Unidos a la guerra. Por tanto, aquella Noche de Burns iba a ser más que una fiesta. Iba a suponer una decisión: ¿seguirían celebrándose fiestas en los tiempos que corrían? La revista The Hotel Monthly, creada por hoteleros para hoteleros, había publicado poco tiempo antes un artículo de seis páginas, «La definición del lujo estadounidense», en el que situaba el Avallon como un listón que la mayoría no sería capaz de rebasar, pero al que harían bien en aspirar. La posición que adoptase el establecimiento respecto a las actividades en tiempos de guerra sería notoria e imitada.
Y lo que June había decidido era lo siguiente: durante décadas, los presidentes, los dignatarios extranjeros y quienes dictaban las tendencias en moda y política habían confiado en que el Avallon fuese un lugar donde el pasado y el futuro quedaran borrados, sustituidos por un inmutable y despreocupado presente. Titubear sería romper ese hechizo para siempre.
La fiesta iba a continuar.
Llegó una voz desde abajo:
—Jefa, ¿eres tú a quien oigo?
—Estoy aquí —respondió June—. ¿Con quién hablo? ¿Eres Johnny?
—Sí. ¿Ves los anclajes desde ahí arriba? ¿Parecen todos nivelados?
June puso acento escocés al responder, en honor a Burns.
—Ajá, zagal.
Johnny le siguió el juego.
—¡Ajá, zagala! Estamos ya casi preparados.
La noche anterior, a las tres, cuando June por fin había logrado escabullirse a su sobrio despacho tras el mostrador de recepción para cenar (pollo frío, patatas al limón y sobras de arroz pilaf), había aprobado un gasto de treinta mil dólares en textiles, nailon, ropa de cama y goma elástica, materiales que suponía que iban a escasear pronto, incluso si la guerra terminaba antes del verano como algunos predecían. Mientras concluía los pedidos, había tenido la sensación de estar firmando el reconocimiento oficial de que la guerra existía. Hasta ese momento había intentado evitar pensar en ella: no soportaba imaginarse a Sandy, el benjamín de la familia Gilfoyle, de uniforme. Edgar David Gilfoyle, el caballeroso hijo mayor de don Francis y el heredero del Avallon, le había dicho a June que no creía que el hotel terminara viéndose afectado. Eso fue solo unos días después de Pearl Harbor, aproximadamente un mes tras el funeral de su padre. June y él estaban juntos en la cama, situación que ya se había dado antes pero que no debería haberse repetido, y Gilfoyle estaba acariciándola con una turgente rosa rosa del arreglo de la mesita de noche en un periplo que comenzaba en un punto sudoroso entre sus pechos y terminaba en un punto sudoroso bajo su ombligo. «La guerra no llegará hasta el Avallon —le había dicho—. ¿Cómo iba a encontrarnos siquiera?».
Hasta la fecha, tenía razón. La guerra solo había asomado un poco al interior de las montañas, cuando habían movilizado el 150.º Regimiento de Infantería de la Guardia Nacional de Virginia Occidental a la Zona del Canal de Panamá y habían abierto oficinas de reclutamiento en unas pocas calles mayores manchadas de carbón. Eso último había provocado que June cambiara su forma de catalogar mentalmente a sus empleados. Unos atributos que antes eran irrelevantes habían pasado a ser ventajosos. Su mejor carpintero renqueaba, a su reparador de calderas le faltaban varios dedos, su secretario más amable estaba, por suerte, afectado desde hacía tiempo de tuberculosis miliar. Griff tenía su único ojo bueno. Pequeñas bendiciones.
—Allá vamos —avisó Johnny, demasiado mayor para reclutarlo a sus cuarenta y tantos años—. Jefa, da una voz si ves que algo se suelta.
—Ajá.
—¡Ajá!
June apoyó los codos en la barandilla de la galería elevada, expectante. Griff, nunca tan relajado, se acercó para observar con la columna vertebral recta como una traviesa. Por encima de ellos, el techo cobró vida. Los dachshunds se encogieron al oír un quedo rugido, que sonaba menos como una máquina que como una tormenta creciente.
—¿Tiene que sonar así? —preguntó Griff.
—Las gaitas lo taparán —dijo June.
¿Qué era el lujo? Una criatura esquiva. Durante una sequía, era un vaso de agua; durante una inundación, un lugar seco en el que estar. Lo que había hecho del Avallon un establecimiento lujoso un año antes no sería lo que lo hacía lujoso en esos momentos. Para la Noche de Burns, una famosa diseñadora que también resultaba ser la huésped más persistente del hotel había ayudado a preparar una sorpresa cuyo objetivo era recordar a los clientes que, incluso en tiempos de guerra, el lujo perseveraba. June tenía una opinión muy formada sobre el lujo y, al principio de su carrera, don Francis, orgulloso de ella y defensivo con su novicia de clase obrera, enviaba contrincantes hacia June. El más reciente había sido un miembro de la familia Delafield, muy conocida en el mundillo inmobiliario de Nueva Inglaterra, que la acorraló en su despacho.
La batalla fue rápida.
Delafield: Frank dice que defiende usted una especie de teoría religiosa según la cual el lujo y la riqueza no tienen nada que ver entre ellos.
June: Buenas tardes tenga usted también, señor Delafield. Es una cuestión bastante simple, ¿no le parece? La riqueza es solo seguridad. El lujo es vivir despreocupado.
Delafield: Yo vivo despreocupado.
June: Claro, claro. ¿Qué quiere de mí, señor Delafield? ¿Un sermón? Muy bien, pues predicaré entonces. A la riqueza le trae sin cuidado quién sea usted en el fondo, de noche, cuando no logra conciliar el sueño. Al lujo no le importa ninguna otra cosa. Así es como adivinamos lo que necesitan ustedes, los parroquianos, antes de que sepan siquiera que lo necesitan. ¿No se ha fijado en que esta vez tiene una habitación distinta? En recepción se han asegurado de que nunca tenga que compartir ascensor con la señorita Q. durante esta visita. De nada. Y el servicio de limpieza ha movido su mesita de noche para que no se le vuelvan a caer las gafas detrás. Y los mozos de cuadra saben que su favorito es Comandante, pero estuvo un poco descarado con usted en sus últimas estancias, ¿verdad?, así que han estado haciéndole trabajo con cuerda para que lo tenga fino y suave esta semana. ¿Recuerda haber solicitado alguna de estas cosas? Exacto, ninguna: para el Avallon es un placer anticiparse a sus deseos. Y, ahora, me encantaría escuchar su opinión sobre el asunto, dado que este es mi negocio y siempre busco mejorarlo, pero lo cierto es que ya sé que coincide usted conmigo. Porque está aquí con nuestro lujo y no allá en Connecticut con su riqueza. ¿Para qué trasladarse al quinto pino, si la riqueza y el lujo fueran lo mismo?
Delafield: …
Delafield: Véngase a la cama conmigo.
June: No sé de dónde sacaría el tiempo, señor Delafield, pero lo que sí puedo hacer es recomendarle un par de buenos libros.
June no había confundido aquello con ninguna atracción significativa. Era solo que había pillado a Delafield por sorpresa. La gente poderosa siempre olvidaba que podían sorprenderla. June lo sabía por experiencia propia, dado que —oh, maravilla— ella misma se había convertido en una persona poderosa. June Hudson, montañesa, mujer, directora del Avallon. Era un milagro que todas esas palabras convivieran. En su primer congreso de hoteleros, durante el cóctel de bienvenida, cuando había hablado en voz alta por primera vez, los hombres que tenía más cerca se habían reído. No por crueldad, sino por asombro. ¿Qué hacía allí esa mujer delgada con ese acento tan horrible?
«Anda —había dicho un tipo—, usted es la directora del Avallon».
Dios, June se había puesto más contenta que un cochino al sol. A casi quinientos kilómetros de distancia, habían oído hablar de ella.
«¿Cómo se le ocurren esas estrategias suyas?», le preguntaron.
«La aguadulce está llena de ideas», había dicho ella, porque ya entonces sabía cuatro cosas sobre cómo se creaban las leyendas.
En el salón de baile, el equipo de June accionó varias manivelas para bajar a trompicones un aparato construido a medida desde donde había estado guardado, cerca del mural del techo. De sus largos brazos de madera colgaban centenares de láminas de grueso papel Bristol, en cada una de las cuales estaba escrito un poema de Robert Burns.
El viento acerado, el cielo nublado,
el apagado día invernal
—¡Es como un perro tiritando bajo la lluvia! —gritó Johnny—. ¡Suave, suave!
El movimiento del aparato se hizo más fluido. Las láminas dejaron de caer a plomo hacia el suelo y comenzaron a ondear, flexibles, flemáticas. Parecían vivas, orgánicas, retorciéndose y girando, floridas, flotantes.
La maquinaria quedó en silencio.
La poesía oscilaba a la altura de los ojos, como un móvil de cuna. Ese era el aspecto que tenía el lujo en esos precisos instantes, antes de verse obligado a cambiar de nuevo. Una criatura esquiva.
June y Griff emitieron unos murmullos inarticulados. Ella no las había tenido todas consigo, pero en ese momento visualizaba a los invitados maravillándose por el descenso del móvil, deteniendo el aleteo de un poema para leérselo a sus acompañantes y luego retomar el baile trazando lentos y ensoñados bucles entre las nubes de papel. June sabía lo que se sentía cuando la sangre se te transformaba en efervescente champán, a qué sabían las fresas cuando te las llevaba a la boca otra persona en aquellos sofás de cuero blanquecino. Podía hacerse pasar por uno de aquellos invitados, durante un tiempo. Notó que sus dedos daban un leve pellizco en su costado, como si ella misma estuviera intentando alcanzar un poema. Casi saboreó las palabras en su boca:
Un afectuoso beso y separarnos
¡Ah! June no debería haber regresado a la habitación de Gilfoyle después del funeral. Qué esperanza más ridícula. Sabía que no debía hacerlo. Lo sabía desde hacía años. La mente recordaba, el cuerpo olvidaba.
—¡Cuidado!
Un grito y un golpetazo, a la vez.
Había caído un objeto desde algún lugar por encima de June y Griff, no dándole por los pelos a un trabajador. Medio rebotó, medio resbaló por el parquet del suelo hasta detenerse a los pies de Johnny.
—¡Diantres! —exclamó June, y examinó el aparato en busca de taras visibles—. ¿Qué es eso? —Pero, cuando Johnny sostuvo en alto el proyectil, June vio que era solo un travesaño de madera caído de la galería superior. Preguntó—: ¿Lo ha arrancado el aparato al bajar?
Y alguien, a quien June no veía, respondió:
—¡Lo han arrojado!
—¿Qué le pasa en la punta? —quiso saber ella.
—Está podrida, jefa —dijo Johnny.
Los trabajadores estaban murmurando: no había ningún responsable humano a la vista, y todos conocían los rumores acerca de la cuarta planta. Aquello era obra de una malevolencia sobrenatural.
—No saquemos conclusiones precipitadas —les dijo June. Que el travesaño estuviera dañado por el agua era un misterio, pero explicaba que el aparato pudiera haberlo sacado de su sitio—. Eh, eh, Griff, no te vayas para abajo detrás de ese madero.
El jefe de personal estaba asomado sobre la barandilla, intentando llegar a ver la planta de arriba. El cuarto piso era el de los huéspedes de larga duración, los que disponían del dinero y la inclinación para alojarse allí todo el año. June los conocía bien a todos, lo cual era, en buena medida, el motivo de que se quedaran, y ninguno era muy proclive ni a las diabluras ni a la torpeza.
June vio la expresión de Griff y exclamó:
—¡Venga, no me digas que tú también!
Él se frotó el ojo malo.
—Después de que falleciera don Francis, es posible que…
—El agua no funciona así, Griff —lo interrumpió ella.
Incluso para quien no se bañara nunca en las piscinas ni en las termas, en el Avallon era imposible evitar la aguadulce. Aquel líquido volátil fluía por las cañerías de las paredes, llenaba las fuentes y emergía a piletas en todas las plantas. Pero no arrojaba proyectiles desde el cuarto piso.
O, al menos, no hasta la fecha.
—¿Jefa?
Allí estaba el nuevo recadero de Griff, un chico llamado Theophilus Morse que tenía más o menos la misma edad que June cuando llegó al Avallon. Once o doce años. Demasiado joven para el reclutamiento. Su historia era trágica, pero aquello era Virginia Occidental, donde la tragedia era barata y abundante. El chico hacía lo que podía por imitar la inmutable buena postura de Griff, pero estaba resollando. Había llegado a la carrera.
—¿Qué se quema, Theo? —preguntó June.
—El señor… —Theo aspiró una bocanada de aire—. El señor Gilfoyle ha llamado y…
Solo oír su apellido bastó para que June notara un calorcillo en la garganta. No había visto a Gilfoyle desde aquella noche. Un mes. Una cantidad de tiempo interminable, una cantidad de tiempo minúscula. Aún notaba aquellos pétalos sobre la piel.
—Recupérate, chaval —ordenó Griff.
Se irguió. Theo se irguió. Juntos inhalaron, exhalaron, imágenes especulares uno del otro. Theo logró recobrar el suficiente aliento para explicarse.
—El señor Gilfoyle ha llamado. —Bocanada—. Está saliendo de Nueva York ahora mismo para una reunión aquí. —Bocanada—. Tenemos la lista de asistentes. —Bocanada—. Quiere que usted también esté.
Gilfoyle venía hacia allí, hacia el Avallon, hacia ella.
—¿Quién es el cliente? —quiso saber June.
—Son los federales, jefa. El Departamento de Estado.
Griff torció el gesto.
—¿Qué quieren de nosotros los federales? —preguntó June.
Theo titubeó.
June había descubierto mucho tiempo atrás que a la mayoría de la gente se le daba muy mal escuchar; creían que escuchar era sinónimo de oír. Pero lo que se decía era solo la mitad de una conversación. Las verdaderas necesidades, las querencias, los miedos y las esperanzas no se ocultaban en las palabras pronunciadas, sino en las implícitas, y todas ellas formaban el núcleo del lujo. June había aprendido a escuchar como era debido.
Así fue como oyó la palabra que ninguno de los presentes estaba diciendo en voz alta.
Empañando la verdad con humo y excavando trincheras en sus corazones.
—Van a requisar el hotel —dijo Theo—. Para que contribuya en la guerra.
Guerra.
Ya iba a por su hotel.
«La guerra no llegará hasta el Avallon —le había dicho Gilfoyle—. ¿Cómo iba a encontrarnos siquiera?».
Resultaba que tenía suficiente con llegar conduciendo montaña arriba, y él mismo le abriría la puerta principal.
Al agente especial Tucker Rye Minnick no le habían permitido cruzar la puerta principal.
Como a ningún otro agente. Al llegar al hotel Avallon, los federales apenas habían captado un fugaz atisbo de su invernal fachada, perfecta como una postal, antes de que unos empleados de uniforme y manos enguantadas se los llevaran de allí. El viaje se les había hecho interminable. Habían conducido desde Washington a sesenta kilómetros por hora, la velocidad oficial que supuestamente Roosevelt estaba a punto de proponer para ahorrar en neumáticos y gasolina, y estaba dándoles la sensación de que iban a internarlos aún más en las grises montañas. En torno a sus vehículos, la nieve caía en círculos apáticos, contemplativos, mientras la niebla se alzaba desde las quebradas. El paisaje de enero en Virginia Occidental era crudo, austero, objetivamente hermoso.
Tucker se preguntó por qué el ser humano se sentiría atraído por la belleza natural. No estaba hecha para él, eso era evidente. Allí mismo, de hecho, se oponía con ímpetu a la humanidad. Todo lo que hacía bonito el paisaje —la situación remota, las escarpadas pendientes, los impetuosos rápidos— era peligroso. Y, sin embargo, como ratones frente a serpientes, como venados frente a cazadores, como un cierto tipo de mujer dulce frente a cierto tipo de hombre brutal, los humanos anhelaban y añoraban esas vistas. Incluso él, con toda su experiencia vital y toda su formación, veía algo adorable en aquel entorno. Toda su parte lógica estaba inquieta; todo lo demás, embelesado.
Su último destino había sido también como aquel, aunque con una estética de lo más diferente. Albino Ridge, en Texas, un pequeño pueblo fronterizo que tenía la mala fortuna de servir de base de operaciones a Joey «Cantarín» Puglisi, quien traficaba con opio que llegaba a través de México con destino Nueva York. El seco terreno que rodeaba el pueblo era pinchudo y venenoso, capaz de matar a cualquiera tras un día o dos…, pero, durante los primeros meses en el puesto, Tucker había salido cada tarde al porche para ver cómo el ocaso teñía los montes Chisos de rojo y luego de negro. Se había recordado a sí mismo una y otra vez que aquel lugar despiadado lo quería ver muerto, había intentado impedir que lo conmoviera aquella belleza.
Pero, aun así, había seguido saliendo a ese porche todas las noches, ¿verdad?
El sendero que rodeaba el Avallon terminó llevándolos a una entrada de personal, donde los esperaba un portero con las manos enguantadas y el uniforme gris y dorado del hotel.
—Hola, hola, hola. Hola, joven, aquí estamos.
Así se presentó don Benjamin Pennybacker, el representante del Departamento de Estado que encabezaba la misión. El Departamento de Estado no era exactamente una agencia rival del FBI al que pertenecía Tucker, pero tampoco eran amiguitos del alma. Se suponía que los hombres del FBI debían dirigirse a él como «agente Pennybacker» o, más apropiadamente, como «agente especial Pennybacker», pero en privado los tres agentes, por acuerdo tácito, lo llamaban el señor Penique, poniendo todo el énfasis y casi gritando a pleno pulmón la sílaba central: ¡PeNIIIque! ¡Dame ese PeNIIIque! En esos momentos, Pennybacker estaba ante el portero manteniendo el equilibrio sobre un solo pie, para quitarse mejor la gravilla del otro zapato mientras parloteaba sobre el tiempo, el golf, la fauna de la zona, el problema de que se atascaran teclas en la máquina de escribir y las revueltas galesas del siglo XV, alejando más y más la conversación con cada cambio de tema del asunto que los había llevado allí, no acercándola.
¡Dichoso Departamento de Estado! No eran agentes. Eran colegiales que no habían reparado en que llevaban la camisa fuera del pantalón por detrás, que se habían graduado en un archivador mientras los hombres del FBI entrenaban sobre el terreno.
Tucker intervino.
—Tenía entendido que la reunión iba a celebrarse en el hotel en sí.
—Nos han pedido —respondió el portero— que aparquemos sus vehículos aquí atrás, para no molestar a los huéspedes.
—¿Los huéspedes aún están aquí?
—¿Señor?
Ante esa revelación, los ojos de Pennybacker fueron suplicantes hacia el portero en primer lugar y luego hacia Tucker. No parecía tener palabras para expresar su decepción. Era un crío al que acababan de apalear para robarle las golosinas. Tucker le preguntó al portero:
—¿El señor Gilfoyle ha venido para reunirse con nosotros?
—Ah, sí, señor.
Bueno, entonces se solucionaría, pensó Tucker. Lanzó una mirada atrás hacia los otros dos agentes del FBI.
—Limpiaos los zapatos, socios.
Con las montañas a su espalda, frotaron las suelas para quitarse la aguanieve de enero antes de entrar en el hotel. Benjamin Pennybacker, con la mandíbula tensa de renovado optimismo; el agente especial Hugh Calloway, desenvuelto como Fred Astaire; el agente especial Doble Harris, con su sonrisa de cocodrilo. Y el agente especial Tucker Minnick, tenso como un pistón. Cabezas gachas, sombreros en las manos. Frota, frota, frota.
—¿Querrán colgar las chaquetas? —preguntó el portero.
Pennybacker entregó la suya al instante, dejando a la vista una camisa arrugada. Los hombres del FBI, en cambio, miraron a Tucker. Todos llevaban su revólver Colt reglamentario del calibre 38 en la pistolera bajo el brazo. Tucker respondió:
—Así estamos bien.
Por dentro, el hotel era una conejera bañada en oro. Pasillos que se ramificaban de pasillos. Escaleras que se sumergían en la penumbra, algunas de solo seis u ocho peldaños, crías de escalera que parecían estar creciendo todavía. Puertas y más puertas sin ninguna orientación predecible. En las paredes, unas pétreas estatuas de osos y pumas, águilas y ciervos, escupían agua mineral a jofainas desde bocas manchadas de negro. Y Pennybacker no dejaba de hablar. Cruceros, competiciones de armónica, tintes para lana, santos en América.
Tucker lo interrumpió.
—¿Ha solicitado los planos?
—Bien pensado —respondió Pennybacker—. Muy bien pensado. Pasadizos secretos. Hombres saltando desde agujeros en las paredes. Mujeres desapareciendo en plena noche. Este lugar provoca la imaginación.
Tucker señaló con el dedo a uno de los asistentes del FBI que los seguían.
—Consíguemelos.
—Haré lo que pueda, señor —respondió el asistente.
—No —dijo Tucker—. Con eso no basta. Consíguemelos.
—Sí, señor.
Mejor así.
Al contrario que Tucker, aquel asistente regresaría a Washington después de la reunión, libre como el viento. Era joven, tan novato que seguro que aún le daban tirones musculares por el entrenamiento en la academia. Le quedaban años de trabajera antes de alcanzar categoría alguna, unos años que Tucker había estado ansioso por dejar atrás. Pero en esos momentos envidió aquellos días de certeza, de ambición, de sentir que el único camino a seguir era hacia arriba. Hoover había enviado allí a Tucker como AEM, agente especial al mando, con otros dos agentes a sus órdenes, lo cual sobre el papel era un paso lateral en su carrera, si no ascendente, pero tanto Hoover como él sabían que aquello era un exilio. Tucker se lo había ganado con creces.
Los empleados aparecían y desaparecían de la vista de los agentes para abrir y cerrar puertas con tanta fluidez que, más que empleados, daban la impresión de ser extensiones del propio hotel, apoyos para quienes flaquearan. Resultaba inquietante, sí, pero no tanto como el complicado aroma del hotel, a perfume, a sangre, a fruta, polvo, caverna, flor. El olor de los manantiales minerales.
Tucker recordaba bien ese olor.
«No pasarás mucho tiempo aquí —pensó—. Tú termina el trabajo y ya está».
El personal del hotel estaba lanzando miradas discretas hacia Hugh. No era el único hombre negro presente en el edificio, pero sí el único que estaba a la vista, porque todos los empleados que trabajaban cara al público eran blancos. Tal vez fuese mera curiosidad: si ya era raro ver a polizontes federales en aquel lugar, más lo sería ver a uno negro. O quizá su atención revelara algo más oscuro. Había muchísimas cosas horribles vestidas con uniformes bonitos, ¿verdad?
—¿Tu padre no te enseñó a parpadear? —le espetó Doble a un botones, que se apresuró a agachar la cabeza.
—Lo que te pasa es que tienes envidia de mis admiradores —le dijo Hugh a Doble.
Doble hizo el saludo marcial con la mano en la frente a un segundo empleado mirón, enseñándole todos los dientes.
—Eh —dijo Tucker—, cada uno a lo suyo.
Amonestados, los otros dos agentes entraron en la biblioteca, dejándole a Tucker una sensación incluso más desagradable. No tenía ningún problema con la autoridad que ostentaba sobre el asistente, muchos años más joven que él, pero no estaba tan seguro de cómo tratar a sus iguales, Hugh y Doble. Hugh podría haberse encargado él mismo de aquella misión, solo que Hoover jamás habría puesto al mando a un hombre negro. Y Doble… Bueno, el joven Pete había informado a Tucker, cuando se conocieron, de que su mote procedía de un doble de whisky, como si aquella nota autobiográfica fuese a impresionarlo. Doble era el joven impetuoso que Tucker nunca había sido, y el único papel que Tucker veía cómo interpretar con él era el de padre decepcionado. Ninguno de ellos era el típico agente del FBI, y no costaba nada imaginar que los otros dos agentes estuvieran allí formando parte del exilio de Tucker, o Tucker del de ellos.
Agarró del brazo a Pennybacker para detenerlo en el umbral y le dijo:
—Se acabó esta actitud tan informal. Entre los hombres del FBI, quiero decir.
Pennybacker se enderezó nervioso la pajarita, como si la crítica hubiese ido dirigida a él.
—Ah, no pasa nada, solo es un hotel.
—Si fuera solo eso —repuso Tucker—, no estaríamos aquí.
En la Biblioteca Smith —la más íntima de las tres que tenía el hotel, según su personal, a pesar de contener miles de títulos con sus sobrecubiertas— comenzó la reunión. Además del FBI y el Departamento de Estado, también estaban las fuerzas de la ley locales, un alcalde, dos agentes de inmigración y Edgar David Gilfoyle, playboy de la alta sociedad, sentado en la cabecera de una larga mesa con un aire más profesional que el que cabría esperar por su reputación, con el pelo rubio oscuro bien peinado y respetable y con su larga nariz que denotaba buena cuna. La cruda luz invernal arrojaba una sombra de bordes marcados detrás de él, detrás de todo en realidad. Las sillas de cuero verde apiñadas, las lámparas de pie con pantalla cobriza, las estatuillas metálicas de galgos, los agentes acomodándose en sus asientos: todo tenía su oscura versión especular. Mientras Gilfoyle y Pennybacker se enzarzaban en la clase de charla insustancial elíptica que los hombres poderosos e indirectos empleaban para evaluarse entre ellos, ante Tucker apareció una impecable tartaleta, pegajosa por el glaseado de fresa, como un regalo feérico. Él le frunció el ceño con desconfianza.
Un camarero se materializó a su lado.
—Agente Minnick, ¿qué le apetece beber?
¡Eso sí que era magia! Conque «agente Minnick», ¿eh? Qué absurdo resultaba que el hotel se las hubiera ingeniado para averiguar el apellido de Tucker y, aun así, no hubiera cumplido el requisito previo más crucial para aquella reunión: deshacerse de sus huéspedes.
—¿Qué tienen que no sea agua? —preguntó.
—Café, té, limonada, zumo y Coca-Cola.
El café estaría preparado con agua del grifo, el té sumergido en agua del grifo, la limonada diluida con agua del grifo. Tucker no podría evitar la aguadulce para siempre.
—Una Coca-Cola ya me va bien —dijo.
Podía evitarla por el momento.
—Como desee —respondió el camarero.
Tucker se descubrió interesado en la…, no en la igualdad del asunto, porque aquel hombre iba a traerle la bebida, a fin de cuentas, pero sí en la dignidad con la que se comportaba. Todos los camareros hacían gala de una actitud bienhumorada, como si fuese solo por pura casualidad que aquellos hombres elegantes estuvieran dedicándose a servir la comida en vez de recibirla, y como si no lamentaran en modo alguno ese destino. En aquella vida eran ellos quienes llevaban la bandeja; en la siguiente, tal vez, lo harían los hombres que estaban sentados. No había un ambiente servil en absoluto. En vez de ello, parecía que estuvieran invitados también a participar en aquel juego del lujo sin escrúpulos.
Gilfoyle alzó la voz.
—Ah, aquí la tenemos.
La recién llegada, impuntual, era la primera mujer que veían en el hotel. Tenía una apariencia no muy convencional: pantalones anchos, chaqueta de lana, pelo corto engominado hacia atrás, y llegaba seguida por tres dachshunds que, a un gesto suyo con el dedo, se sentaron junto a la pared, tan obedientes como el personal del hotel. No era una persona estrafalaria, pero sí parecía confiada, y en aquella sala los dos conceptos daban la misma sensación. Atraía la mirada de la gente. O tal vez solo la de Tucker.
—¿Les ha gustado la tartaleta? —preguntó—. ¿Las bebidas? No les habrá faltado nada, ¿verdad?
Su acento estaba tan fuera de lugar allí como su vestimenta, como su feminidad. Era el acento montañés de la zona, voz aguda, vocales largas, participios abreviados. Gustao. Faltao. No era un gato doméstico como Edgar Gilfoyle, sino un león de montaña. Una leona de montaña.
—Les presento a June Hudson —dijo Gilfoyle—, la directora del hotel.
La sala se removió a ojos vistas.
June Hudson compuso una expresión astuta que daba a entender que estaba acostumbrada al revuelo que provocaba.
—Está todo…, está…, ¡está muy bueno! —El señor Pennybacker encabezó la carga contra el silencio. Movió su tartaleta con un tenedor—. Riquísimo, de verdad. ¡Echaré de menos estas delicias cuando llegue el racionamiento!
—¿Quieren saber cómo se prepara esa pequeña y dulce tarta? —preguntó June Hudson—. Tengo a todo un escuadrón de mujeres jóvenes que recorren una y otra vez el hotel y el pueblo, recogiendo las tarrinas de mermelada que la gente cree que ha apurado. Entonces las hervimos en la cocina, ¿saben? Las tarrinas, no a las mujeres. Y, en un gran caldero, esas tarrinas se desprenden del poquito de deliciosa mermelada que tenían atrapado al fondo. Luego otro escuadrón de hombres jóvenes extrae las tarrinas, y otro más se ocupa de cocer la mermelada a fuego lento, de reducirla a ese glaseado. No hay ni un gramo de azúcar nuevo en esas tartas, solo la dulzura olvidada por otros. Seremos un hotel de lujo, pero, como todo el mundo, hemos aprendido alguna que otra cosa esta última década.
Sonrió. Fue una sonrisa de vaquera, torva, con arrugas en las comisuras de los ojos. Tucker tuvo la sensación de estar de nuevo en aquel porche de una cabaña texana, viendo cómo el sol hacía arder en oro un paisaje mortífero.
Pero no podía permitirse la fascinación.
Llegar, cumplir, marcharse.
—Me encanta que sea así, señorita Hudson —dijo Pennybacker, entusiasmado—. Es justo la clase de innovación que aprecio encontrar, el motivo exacto por el que el Avallon es la elección perfecta para servir a nuestro gran país.
La gelidez de enero se infiltró en la voz de June.
—El señor Gilfoyle no nos informó hasta anoche de que nuestro gran país se había interesado en el Avallon.
Gilfoyle estaba observando la chimenea.
Había una antigua tensión en el aire, intensa como el aroma del agua mineral. De pronto, Tucker comprendió cuál era la razón de que los empleados no conociesen su cometido: que Gilfoyle había querido que fuesen los federales quienes les dieran la noticia en su lugar. Era como reunirse con un informador en una plaza pública. Rara vez se recibía un disparo en el vientre habiendo testigos.
—Ah, sí, eso. ¡Debió de haber algún malentendido acerca de las necesidades de seguridad! —Pennybacker era un niño interponiéndose en una pelea de sus padres—. Hemos perdido un poco de tiempo, ¡pero agradecemos mucho la discreción del señor Gilfoyle!
Benjamin Pennybacker, del Departamento de Estado, deslizó una carpeta sobre la mesa.
June Hudson, directora del hotel, no la abrió.
—No —dijo.
Era un «no» bien sólido, un «no» sobre el que se podía poner jamón y queso. La sala quedó en silencio para apreciar su contundencia.
—Eh…, ¿no? —dijo Pennybacker—. Pero si ni siquiera lo ha mirado.
—No —repitió ella—. El Avallon no está equipado para cumplir peticiones especiales ahora mismo, pero hay varios hoteles entre aquí y Washington que seguro que estarán encantados de echarles una mano. Se me deben favores a lo largo y ancho de estas montañas. Puedo hacer unas llamadas.
La chimenea crepitó. Una cañería de la pared gimió. Los tacones de un empleado repicaron en el pasillo, fuera de la puerta cerrada. Pennybacker carraspeó tres veces, se planteó una cuarta. Su garganta no terminó de decidirse.
—No es eso, señorita Hudson —dijo Gilfoyle.
«¡Que Dios nos libre de hombres como estos!», pensó Tucker. Siempre había alguien como Gilfoyle, dispuesto a aplastar con su zapato bien pulido el cuello de Virginia Occidental. Hombres de buena escuela con las manos suaves y los nudillos ilesos, hombres de sabia voz tartamuda dispuestos a decirle a una mujer fiera y competente como aquella lo que tenía que hacer. Se suponía que el trabajo de Tucker no era ese. Aquel estado, aquel hotel, el acento de ella, el pasado de él, aquella gente…
—¿No es qué? —preguntó June.
«Tú cumple y ya está —pensó Tucker—. Recupera tu vida».
Pero…
Pennybacker estiró el cuello.
—Agente Minnick, ¿se ha puesto de pie? ¿Va a hablar?
Tucker se vio a sí mismo como desde fuera, cruzado de brazos, con los dedos enganchados en la correa de su pistolera. Vio a June mirándolo, o, más concretamente, mirándole el cuello. Sus ojos habían encontrado una marca que su camisa ocultaba casi por completo, una marca en la que casi nadie reparaba y que quienes lo hacían casi nunca identificaban: un tatuaje de carbón. Los niños que jugaban en casas espolvoreadas de carbonilla y los mineros que sobrevivían a los derrumbamientos de túneles quedaban marcados cuando el polvo de carbón se les asentaba en las heridas para siempre. Tucker ya estaba dudando de aquel acto de levantarse, de hablar. Era un hombre para el que la palabra no pronunciada tenía muchísimo más valor que la que se decía. Pero la mirada de esa mujer en su tatuaje de carbón lo mantuvo en pie, firme como una marioneta.
El agente del FBI se había puesto de pie. Iba a hablar. Era el mismo agente de pelo oscuro en el que June se había fijado nada más entrar en la biblioteca. Y, si le preguntasen, quizá diría que el tatuaje de carbón le había llamado la atención, pero estaría mintiendo: no lo había visto hasta que el hombre se levantó. Era su cara lo que había atraído su mirada. Había un lugar en los terrenos del hotel donde los manantiales calientes y los fríos estaban tan cerca que, si una se tumbaba en el musgo entre ellos, podía tocarlos ambos y maravillarse por el contraste. El rostro del agente era así: cejas duras, ojos suaves, expresión dura, boca suave. Agente federal, tatuaje de carbón.
—Soy el agente Tucker Rye Minnick —dijo el hombre—, de la Oficina Federal de Investigación. Señorita Hudson, creo que está claro que nadie ha sido sincero con usted ni con su personal. No está contenta con la situación; permítame garantizarle que el FBI tampoco está satisfecho. Usted querría que esta reunión fuese para tomar decisiones, pero no lo es. Su único propósito es comunicarle lo que debe hacerse y dejarla por su cuenta para que lo haga.
—Bueno, creo que exagera un poco, tampoco creo que su único propósito sea… —empezó a decir Pennybacker.
El agente Minnick prosiguió como si el hombre del Departamento de Estado no hubiera hablado, enumerando afirmaciones con los dedos.
—Uno. Los actuales huéspedes tendrán que marcharse, y de inmediato. En el hotel solo podrá haber empleados, representantes de la agencia y los individuos que figuran en ese documento.
»Dos. Cuarenta agentes de la Patrulla Fronteriza ensamblarán torres de vigilancia temporales y se encargarán de proteger el perímetro.
»Tres. Un enlace suizo actuará como intermediario neutral entre gobiernos.
»Cuatro. El agente Pennybacker y yo necesitaremos una lista pormenorizada de los empleados actuales. Los entrevistaremos a todos y llevaremos a cabo una exhaustiva investigación sobre sus antecedentes. Deberá informarse al personal de que una negativa a cooperar significará su despido inmediato.
»Cinco. El miércoles llegarán trescientos ciudadanos extranjeros que permanecerán aquí hasta que el Departamento de Estado negocie su repatriación, estimada para el 21 de abril.
»Seis. El agente Calloway, situado a mi derecha, el agente Harris a mi izquierda y un servidor retiraremos todos los teléfonos, receptores de radio y periódicos de las zonas de huéspedes y, actuando en nombre del FBI, supervisaremos toda comunicación que pase por la centralita y la oficina de correspondencia.
Gilfoyle parecía un poco enfadado, Pennybacker en un estado de gran angustia. El segundo farfulló:
—Agente Minnick, me da la impresión de que está haciendo que la señorita Hudson se sienta…
El agente Minnick levantó la mano y concluyó:
—Esos reclusos van a llegar. El tiempo vuela, y despegó antes de nuestra llegada. No puede negarse, señorita Hudson. Alguien que la supera en rango ya ha dicho que sí.
Estiró el brazo sobre la mesa y abrió la carpeta para revelar el primer documento. No dijo nada mientras June lo leía, de arriba abajo, hasta llegar a la firma del presidente.
Varios años antes, June había acompañado a don Francis a una reunión con los próceres de Constancy, la localidad más cercana, para tratar un acuerdo al que el Avallon había llegado con el ferrocarril para la mejora de las infraestructuras de la zona. En esos tiempos era joven e inexperta, y había expuesto los requisitos del proyecto igual que acababa de hacer el agente Minnick. Esquematizados. Por orden de necesidad. Al terminar, un silencio incómodo había magullado la estancia. Don Francis la había rescatado con soltura, haciendo que aquella lista sonase como si en su mayoría fuese idea de la junta directiva, reconfortando egos heridos. June se había vuelto una persona más sabia, pero también sabía, al contrario que el resto, que el agente Minnick no estaba siendo cruel. Solo estaba reduciendo aquella mermelada a su expresión más básica.
—Pase la página —le aconsejó el agente Minnick.
June la pasó. El siguiente documento gritaba todo lo que el agente Minnick no había dicho. Minnick los había llamado ciudadanos extranjeros, pero aquellos no eran unos extranjeros normales y corrientes. Eran diplomáticos.
Diplomáticos nazis.
Bueno, no todos.
La siguiente página contenía una lista de nombres japoneses. Luego los había italianos, húngaros, búlgaros. Muchos idiomas, una palabra muda: el enemigo. Había muchas palabras mudas en aquella carpeta. Otra que no se utilizaba nunca era «arresto». En vez de eso, el hotel iba a ser un «punto de encuentro» para diplomáticos del Eje y sus familias. Los ciudadanos extranjeros iban a ser «albergados», «contenidos», «salvaguardados». Se «proporcionarían» agentes de la Patrulla Fronteriza, como quien proporciona toallas y batines. La comunicación iba a «gestionarse con tacto», igual que si fuese un cóctel. Simple reciprocidad diplomática: si vosotros les servís caviar a un lado del océano, nosotros les serviremos caviar a los vuestros en el otro.
June podía oír el tono de amable burla en la voz de Sandy Gilfoyle: «Bienvenida a la disipada y enrarecida atmósfera de la legislación internacional, Atún».
Las protestas pugnaban por salir de sus labios. El hijo de su gobernanta acababa de morir en Pearl Harbor. A June le venían a la cabeza tres nombres de judíos polacos entre el personal del comedor, sin pararse a pensarlo siquiera. El reclutamiento forzoso iba a cosechar hermanos, maridos, hijos. Qué grotesco era que les pidiesen aquello.
El joven Sandy iba uniformado y June no tenía noticias suyas desde hacía semanas.
Qué grotesco era que le pidiesen aquello a ella.
Pero el agente Minnick había dicho que no estaban en una reunión donde fueran a tomarse decisiones.
June pasó el dedo con ligereza por las palabras «Takeo Nishimura». Era el enviado japonés al que solía verse acompañando a Saburo- Kurusu y al embajador Nomura, que había estado prometiendo soluciones pacíficas hasta el mismísimo ataque a Pearl Harbor. Luego estaba Friedrich Wolfe, agregado cultural de la Alemania nazi. Y, por último, Erich von Limburg-Stirum, un piloto de exhibición aérea lo bastante famoso para que incluso ella reconociera el nombre. No solo eran diplomáticos, por tanto. Había periodistas. Empresarios. Pilotos de exhibición.
—¿Y a todos estos tipos están expulsándolos de Washington? —murmuró June.
—¿Expulsarlos? —repitió Pennybacker, y se rio un poco, para aligerar el ambiente—. La idea es garantizar su protección ante una ciudadanía estadounidense sobrexcitada. Cualquier acontecimiento negativo supondría, como podrá imaginar, un incidente internacional. Es importante ostentar la… ¿cómo se llama? La superioridad moral. Estamos hablando de reciprocidad diplomática. De sentar precedente. De excelencia. El Avallon es uno de los mejores establecimientos de lujo a tiro de piedra de Washington. Escuche, señorita Hudson, el Greenbrier ya acogió a un grupo inicial poco antes de Navidad y, si ellos están colaborando, ustedes…
¡El Greenbrier! ¿Por eso llevaba un tiempo sin saber nada de Loren, el director del Greenbrier? Era raro imaginarse a su único verdadero competidor en lujo planteándose las mismas cuestiones éticas que ella.
—¿A cuántos tienen allí? —preguntó.
Pennybacker negó con la cabeza con gesto reprobador, como si acabara de pillarla intentando engañarlo.
—Es mejor que no revelemos detalles de los otros hoteles.
«Otros hoteles», plural. Gilfoyle debía de estar al tanto de aquello desde hacía días, si no semanas. Había desvalijado a June de su recurso más valioso, el tiempo, aunque costaba saber si era consciente de lo grave que era el robo. Durante años, Gilfoyle había hecho su casa de las casas de otros, revoloteando de una amistad a la siguiente, de una fiesta a la siguiente, llenando las páginas de sociedad de tres países. Corbata negra y champán, mujeres y juergas: para Gilfoyle, los años veinte nunca habían dejado de rugir. ¿Qué era el Avallon para él? Un edificio.
—Señor Pennybacker, terminaré averiguándolo de un modo u otro. ¿De qué otros hoteles estamos hablando?
—Del Homestead —respondió él.
El Greenbrier y el Homestead eran grandes hoteles, con capacidad para cientos de huéspedes. June contempló la lista desde aquel nuevo punto de vista. Le había parecido enorme, pero estaba comprendiendo que en realidad era abreviada, parcial. Tenía el tamaño exacto para llenar el Avallon casi hasta los topes porque era solo una parte de una lista mucho más larga, dividida en pedazos con forma de hoteles. Por primera vez, June de verdad creyó que el país había entrado en guerra un mes antes.
Se levantó. Los dachshunds se levantaron. El agente Minnick asintió, satisfecho por algún motivo.
Gilfoyle parecía electrificado, con los ojos como platos por la alarma.
—Señorita Hudson —dijo—, no irá a marcharse.
Pues claro que iba a marcharse. Gilfoyle la había metido en un ascensor con los cables cortados. Mientras June había trabajado como directora para don Francis, él le había permitido olvidar que en realidad el hotel no le pertenecía. Todas las decisiones le habían correspondido a ella. Pero habían pasado a corresponderle a Gilfoyle, que en consecuencia podía decir que sí cuando June habría dicho que no. Sin llamarla antes. Si June había estado esperando alguna señal que le revelara si su tiempo juntos había significado algo, allí la tenía. El ascensor se precipitó al vacío.
—Como acaban de explicarnos, señor Gilfoyle —respondió June—, tenemos mucho trabajo por delante.
Por lo menos, la decoración para la Noche de Burns no iba a desperdiciarse.
Al haber tantos huéspedes abandonando el hotel a la vez, los trámites se llevaron a cabo en el salón de baile. La poesía revoloteaba mientras June recorría la cola arriba y abajo, disculpándose en persona con todo el mundo. Los camareros, todavía con los fajines a cuadros que se habían puesto para el malogrado baile, repartían paquetes de comida para el camino, compuestos de las viandas duraderas que iban a servirse en el banquete de la Noche de Burns. Aquí y allá, los huéspedes levantaban el brazo para leer las páginas colgantes, tal y como June había imaginado ese mismo día. Era una escena memorable. Una escena inquietante. ¡Ver a aquella gente haciendo cola para recoger sus abrigos y sus coches…! Esa clase de personas nunca hacía cola. Esa clase de personas tenía a otras personas que hacían cola por ellas.
—«Con francos votos y prieto abrazo, / tierna fue nuestra despedida. / Jurándonos reencuentro algún día / ¡uno de otro nos arrancamos!».
El señor Astor, que era el señor Astor en el que la gente pensaba al oír «señor Astor», el amigo íntimo de Roosevelt (el Roosevelt en el que la gente pensaba al oír «Roosevelt»), ocupaba una de las últimas posiciones de la fila. Menos mal que tenía una de sus rachas simpáticas, no la irascible.
—Señor Astor, cómo lamento que se marche —le dijo June—. ¿Algún consejo que pueda darme, con las cosas que usted sabe?
El señor Astor soltó el poema y miró a June desde debajo de sus pobladas cejas.
—Evite los barcos.
—¡Querida! —intervino otra voz—. Menuda aventura es esta.
El último huésped era en realidad un cuarteto: la familia Morgan. Llevaban pasando en el Avallon la última semana de enero desde antes de que nombraran a June directora. El hotel había salvado el matrimonio de una generación, aliviado una desavenencia fraternal, enterrado a una abuela y presenciado cómo la nueva generación contraía feliz matrimonio. Una década de una vida. De la vida de una familia entera.
Los dos hijos de los Morgan, conmoviendo a June por lo mucho que le recordaban a Sandy, acariciaron a los perros salchicha y le dieron un tímido abrazo a ella, una estrafalaria muestra de afecto que solo era posible porque la habían conocido siendo mucho más jóvenes. Aquella reticencia era lo que distinguía a la clase alta, o eso había intentado enseñarle don Francis a June. Este es el idioma de la clase baja: inmediatez, posesión, lujuria, hambre, lo evidente. Este es el idioma de la clase dirigente: legado, humor, artificio, generosidad, sutileza. Si quieres que alguien te considere por encima de donde estás, deberás callarte la mayoría de lo que deseas. Decirlo en voz alta es demostrar tu grosería. Y tú no eres grosera, June Hudson. Yo no soy grosera, don Francis. Estás destinada a la grandeza, June Hudson. Eso puede decirlo usted, no yo, porque así son las normas, ¿verdad? Ja. Así son las normas, June.
—Mi queridísima señorita Hudson —dijo la madre Morgan (llamada para despertarla a las 9.00, un ponche romano esperándola en la terraza a su llegada, tres sesiones de tratamiento termal por semana). Se rumoreaba que era una despiadada perra de presa social fuera de aquel hotel, pero allí era una persona amabilísima—. Le hemos dejado un regalo en recepción.
Los huéspedes solían llevarle a June cerámica, joyas, libros, obras de arte. Regalos adecuados para una dama de la alta sociedad, más que para una esforzada directora de hotel. El más memorable se lo había hecho una heredera recién divorciada, que en una ocasión le había enviado por correo, procedente del catálogo de Sears y Roebuck, un enjambre de las mejores abejas italianas. Las obreras habían llegado en una caja, la reina en otra, sin nada más en su interior que un poco de jalea real para sustentarla, sin ni siquiera unos dachshunds que le hiciesen compañía. Esas abejas, por lo menos, seguían haciendo un buen trabajo.
—John —añadió la madre Morgan a su manera recatada—, dile a la señorita Hudson lo que necesita saber.
—¿Sobre…? —dijo el padre Morgan—. Ah. Claro. Señorita Hudson, quiero que me escuche muy atentamente.
Fuera de aquel hotel, el padre Morgan (zurdo, aficionado al winnet, apostador ocasional, no servirle anchoas) controlaba el destino de miles de hombres. Allí agradecía con gesto tímido que el personal recordara que le gustaba tomarse una aguamiel tocada de whisky antes de acostarse. En voz baja, le describió a June los siguientes bienes que se racionarían, la legislación bélica que estaba planteándose, las órdenes de detención actuales que manejaba el FBI, las industrias y ciudades que probablemente florecerían gracias a la producción militar, lo que tenía entendido sobre el poder que había ganado el Departamento de Estado y cuáles eran los futuros planes de reclutamiento, en opinión suya y de su círculo. Fue el mejor regalo que los Morgan le habían hecho nunca.
Y luego, sin más, ya no había nadie. En el salón de baile solo quedaron las catenarias de cordón trenzado, la poesía flotante de la Noche de Burns y unos cuantos empleados pensando en cómo proceder a continuación.
June nunca había vaciado el hotel entero. Ni siquiera durante la Gran Depresión, cuando tanto los ríos como las fiestas se secaron y los hombres se arrojaban desde ventanas, un pasatiempo igualitario que unió en el lamento a magnates de los negocios y jefes de comedor. Otros hoteles de lujo se habían reconvertido en centros de convenciones o edificios de apartamentos para consolidar sus posibilidades de supervivencia. En cambio, June había echado mano a las arcas de los Gilfoyle para remodelar las habitaciones y modernizar los menús. Apartando a un lado el espantoso pasado y el sombrío futuro, pretendía que el Avallon ofreciera un glorioso presente. El dinero devaluado fluyó de las cuentas bancarias de los Gilfoyle más raudo que la aguadulce de la roca. «¿Estás muy segura de esto, June?», le preguntó don Francis después de que la noticia de un desembolso particularmente vertiginoso llegara a su oficina de Nueva York, y se sabía que era vertiginoso cuando inquietaba a don Francis. «No podemos dar sensación de miedo —había respondido June—. Paguemos las facturas y recemos para que llueva». Era toda una apuesta para una directora joven recién ascendida. Una apuesta que le salió bien. Si el hotel había entrado en la Gran Depresión siendo todo un referente, salió siendo toda una leyenda.
Y esa leyenda acababa de expulsar a los ciudadanos culturales que constituían su savia.
A todos excepto a una.
—Jefa, 411… —dijo Griff, frotándose el ojo.
—Lo sé, lo sé.
June subió a la cuarta planta. Tenía un ascensor para ella sola. Todos los demás, los que utilizaban los huéspedes, los manejaban operadores bien entrenados, pero aquel no. Don Francis distaba mucho de ser la primera persona que había muerto en el hotel —¿a cuántos huéspedes ancianos y acaudalados había tenido June que envolver en su propia ropa de cama y sacar a hurtadillas en el estante inferior de dos carritos del servicio de habitaciones atados entre sí?—, pero había sido un referente dentro de un referente. Los Gilfoyle poseían diversas sociedades, la mayoría en los estados de Nueva York y Massachusetts, y casi cualquier otro propietario habría contratado a un director de hotel para poder disfrutar de las ganancias a su antojo. Pero don Francis siempre había estado en la trinchera junto con sus empleados, había criado a sus hijos en la propiedad, apenas había abandonado los terrenos del hotel durante ningún periodo significativo hasta que por fin le cedió el testigo a June. Aunque ya había transcurrido una década desde entonces, don Francis seguía siendo un personaje mítico.
Pero a June no le daban miedo los fantasmas. De hecho, ojalá don Francis pudiera encantar aquel ascensor.
En la penumbra, la moqueta parecía reptar por el pasillo del cuarto piso, hojas grises y bucles de color azul medianoche que serpenteaban bajo las fuentes de aguadulce con forma de cabeza de animal. Los paneles de madera absorbían la luz de los ornamentados apliques. Las puertas, que intimidaban por el mero hecho de ser idénticas y numerosas, se extendían pasillo abajo. Algunas doncellas habían expresado su temor a que esas puertas se abrieran de sopetón, revelando fantasmas al otro lado. June, en cambio, se imaginaba las puertas abriéndose para revelar a los vivos, todos ellos con necesidades urgentes a las que nadie se había anticipado. Horrores sencillos.
Llamó con un solo nudillo a la puerta de la habitación 411. Suave pero audible, como le habían enseñado cuando trabajaba en el servicio de limpieza.
Sonó un estruendo desafiante.
Llegó una voz desde dentro de la habitación.
—Eso era una mesita auxiliar. Las patas estaban talladas con forma de lirios. ¡Estaréis contentos! Venga, llama otra vez si te atreves, que aún quedan muchas cosas que…
—411 —interrumpió June.
La puerta se abrió. Lo justo para que un brillante ojo verde escrutara desde el interior.
—Directora Hudson —dijo 411—. Pensaba que vendrías antes.
A la mayoría de los huéspedes les gustaba que los llamaran por su apellido, pero a 411 no. Llevaba en el hotel desde antes que la propia June y durante ese tiempo nunca había salido de su suite, que supiera nadie. Le llevaban la comida, los libros y el resto de las comodidades de la vida. Una vez por semana se encerraba en el baño, bajo llave, para que una única empleada del hotel entrara a limpiar, una doncella que hacía mucho que había ascendido a gobernanta y, en teoría, ya no se ocupaba de esas tareas. Un antiguo rumor sostenía que se había visto a 411 en su terraza durante la visita presidencial de Roosevelt, pero nadie era capaz de nombrar al empleado que la había visto con sus propios ojos. Lo que June sabía sobre 411 era lo siguiente: que había sido una diseñadora eminente, que era divorciada, que tenía un humor mordaz y que había hecho un trabajo espléndido al concebir el cachivache de los poemas para la Noche de Burns.
—Aquí arriba hay bastante ruido, 411.
Siempre tan teatral, 411 había dicho al personal del hotel que, cada vez que intentaran convencerla de marcharse, tiraría algo por la ventana de la habitación. Como les sucedía a muchos pequeños estados nación que dependían en buena medida de importar productos, el poder de 411 tendía a la astucia y la manipulación. Guerra de guerrillas. Batallones en las sombras. Esas cosas. ¿Qué sería de ella si la expulsaban? Allí tenía todo lo que necesitaba y nada de lo que no. Quizá no fuese capaz ya de vivir en ningún otro lugar.
—Yo te diré lo que hacía mucho ruido: el señor Beekhof anoche —replicó 411—. Sonaba como si hubiera soltado un cerdo en su habitación.
—El señor Beekhof ya no está en el hotel.
—Menudo cobarde. Nuestra pelea aún no había terminado. Elige tus próximas palabras con cuidado, porque no quiero destrozar nada más.
—Yo no soy ningún portero tembloroso, 411 —le dijo June—. Hará falta algo más que unas travesuras a lo espíritu furioso que lanza objetos para que me vaya de tu puerta.
—Sabes de quién es el número de teléfono que figura como contacto en mi ficha del hotel, ¿verdad? No tengo por qué irme a ningún sitio.
—Ahora todo esto lo maneja el Departamento de Estado, no yo. ¿Qué más les da a ellos que tengas el número de Francis Gilfoyle en tu cuenta?
411 soltó una carcajada. Fue como crema de mantequilla: dulce, rica, perjudicial para la salud en grandes cantidades.
—June Hudson, criadora de zarigüeyas. Es verdad que solo comprendes el estatus tal y como funciona dentro de este hotel, ¿eh? Frank no solo era el propietario del Avallon. ¿No has visto a sus amigos en el vestíbulo? Contrátame. El anterior secuaz que ha subido aquí me ha dicho que solo pueden quedarse los agentes federales y el personal. Así que añádeme al personal. Seguro que se te ocurrirá algún puesto que cuele.
June pensó en echarla, por las malas, mediante un documento legal, aunque fuese solo para darle la lección de humildad que necesitaba desde hacía tiempo. Pensó en la noche de la que nunca hablaban, la noche en la que June había regresado desde Nueva York. June pensó en cómo 411, pese a ser una persona horrible, era la mejor amiga que tenía en el hotel.
No, June no iba a sacarla a patadas.
—Estás convirtiéndote en uno de los mayores obstáculos de mi vida —le dijo.
—Querida, si eso es cierto —repuso 411—, tu vida no está tan mal.
La puerta se cerró. 411 estaba dando por hecho que había ganado. ¿Y acaso no era verdad? Porque June ya estaba haciendo el gesto de escribir en el aire hacia sus empleados, y uno de ellos acudía al galope para tomar nota de sus instrucciones.
—¡Consultora! —le gritó June al terminar, poco antes de que se cerrase la puerta de servicio—. Dale el alta con fecha de hace un mes. Y sube otra vez lo que quede de su mesita de noche ahí abajo.
—Sí, jefa.