El Tallo Pétreo: la torre de Orlaith.
La Bahía Mordida: la bahía a los pies del acantilado que hay debajo del Castillo Negro.
La Línea de Seguridad: la línea que Orlaith no ha cruzado desde que la llevaron al Castillo Negro cuando era pequeña. Rodea la propiedad, hace de linde del bosque y atraviesa la bahía.
La Maraña: el laberinto de pasillos abandonados que se encuentra en el corazón del castillo y que Orlaith aprovecha para ir de un lado a otro de una forma más rápida. Por lo general, no tienen ventanas.
El Brote: el invernadero.
Zonas oscuras: lugares que Orlaith todavía no ha explorado.
La Guarida: los aposentos privados de Rhordyn.
El Dominio: las enormes puertas pulidas custodiadas por Jasken. Es una de las zonas oscuras de Orlaith.
El Tablón: el árbol que se desplomó sobre el estanque de los selkies y que a menudo sirve de lugar para el entrenamiento de Orlaith.
El Lomo: la gigantesca biblioteca.
La Caja Fuerte: la puertecilla donde todas las noches Orlaith guarda su ofrenda.
Los Susurros: el pasillo oscuro y abandonado que Orlaith ha convertido en un mural.
La Tumba: el trastero donde Orlaith descubrió el libro Te Bruk o’Avalanste.
El Charco: la zona de baño comunitaria y manantial de aguas termales.
El Agujero Infernal: la sala donde Baze a menudo entrena a Orlaith.
Caspún: un bulbo extraño del que depende Orlaith para calmar los ataques que le producen las pesadillas y los ruidos fuertes.
Exo(trilo): la droga de contrabando que Orlaith toma por la mañana para contrarrestar los efectos de la excesiva dosis de caspún que ingiere para asegurarse un sueño plácido.
Cónclave: un encuentro en el que se reúnen los Maestros y las Maestras de todo el continente.
Tribunal: la reunión mensual en la que los ciudadanos pueden transmitir sus congojas a su Alto o Bajo Maestro.
Fryst: el territorio del norte.
Rouste: el territorio del este.
Bahari: el territorio del sur.
Ocruth: el territorio del oeste.
Arrin: el territorio central que quedó destruido durante la Gran Purga.
Lychnis: la isla de cristal.
Monte Ether: el hogar del profeta Maars.
Alpes de Reidlyn: las montañas que hacen de frontera entre Fryst, Ocruth y Rouste.
El Tramo: la extensión de tierra árida a los pies de los alpes de Reidlyn, que está atestada de trampas para vruks.
Parith: la capital de Bahari.
Río Norse: el río que fluye por el continente. Es la principal ruta comercial.
Punto Quoth: la única zona de la orilla occidental que no es un acantilado. En el pasado, allí se libraron peleas por los territorios.
La Gran Purga: el suceso que aniquiló a los Unseelie.
La Plaga: la enfermedad que se extiende por el continente.
Candescencia/candi: espinas aeshlianas molidas.
Droce: círculos rodeados de piedra de obsidiana esparcidos por el continente que ofrecen protección contra los vruks.
Te Bruk o’Avalanste: el Libro de la creación.
Valish: el antiguo idioma.
Shulaks: grupo de fieles devotos que veneran las palabras del profeta talladas en las rocas del monte Ether.
Moal: la gente que dispone las trampas para los vruks en el Tramo.
Forja: el lugar donde se forjan las cuplas.
Mala: el más allá.
Hace 18 años
Cruzado de brazos, contemplo la puerta cerrada con llave que se encuentra delante de la entrada de la torre norte, cuya superficie de piedra está iluminada por una rendija de luz plateada que se filtra por una ventana, un regalo de la luna mordida que no se alza demasiado en el cielo. Me pesa el bolsillo y apoyo la espalda en la abrupta pared mientras escucho cómo Mersi baja la escalera de caracol de la torre.
Sus pasos son lentos y mi paciencia escasa. Desde aquí huelo el contenido del cáliz que lleva en las manos.
Cierro los ojos y suelto un fuerte suspiro con los puños apretados a ambos lados. Trago saliva, inclino la cabeza hacia delante y luego la echo atrás para golpear la pared.
Con fuerza.
La punzada de dolor me atraviesa el cráneo, me traquetea el cerebro, y durante unos segundos estoy en cualquier parte menos aquí.
Solo por unos putos segundos.
Agacho la cabeza y la estampo de nuevo. Y otra vez.
Y otra.
—¿Alto Maestro?
Miro a la derecha. Veo a Mersi salir de la puerta de la torre, con la respiración acelerada y el delantal atado alrededor de la cintura y cubierto de un mosaico de manchas de comida. Se adentra en el haz de luz, que prende su pelo rojizo; sus pecas contrastan con la palidez de su piel.
Se aclara la garganta y me tiende el cáliz de cristal.
—Supongo que ya podéis quitármelo, ¿verdad?
Me quedo mirando el líquido rojizo y me entran ganas de coger el cáliz y verterlo sobre el suelo.
Levanto la vista y detecto un brillo condescendiente en los ojos de ella.
—Por supuesto. —Para su alivio, se lo arrebato. El tallo resulta frágil en mi mano. Lo partiría con un solo apretón—. Gracias.
Una palabra que nunca había sonado tan vacía.
Mersi me dedica un breve asentimiento.
Meto una mano en el bolsillo y saco el colgante que Aravyn me dio segundos antes de que le arrebatara la vida; el cristal, que tiempo atrás era transparente y brillante, ahora se ve negro. Tanto que desprende una atracción cósmica, como si al observarlo fueras a ver tu propia inconsciencia sin fin.
He ensuciado el regalo de Aravyn a su hija, una vergonzosa culpa que siempre acarrearé. Aun así, lo levanto, con la cadena sujeta en el puño, y la joya oscila adelante y atrás como si fuera un péndulo macabro.
Mersi clava la mirada en ella con recelosa curiosidad.
—¿Es para ella?
Asiento.
—¿Qué hace?
Demasiadas cosas.
«Demasiadas pocas».
—La volverá… diferente de como está ahora. Muy diferente. Pero estará a salvo para llevar una vida normal. Nunca debe quitársela. ¿Ha quedado claro?
—¿Nunca? —Abre mucho los ojos.
—Correcto.
No solo la escondo de los demás, sino también de sí misma.
—¿Tenéis alguna intención de contarle lo de la profec…?
—No —le espeto—. En este castillo no se hablará de los dioses. Ni de nada que pueda llevarla a conocer la verdad.
«Ningún niño debería verse obligado a llevar esa carga».
Mersi mueve la mandíbula como si estuviera masticando la respuesta, observando el colgante, que sigue pendiendo de mi mano extendida.
—Con el debido respeto —dice al final—, creo que deberíais llevárselo vos.
Con la sangre desbocada, doy un paso hacia ella y muevo la mano hacia delante.
—Coge el puto colgante, Mersi. Es una orden.
Con los labios apretados hasta formar una línea fina, ve mi mirada adusta y suelta un profundo suspiro.
—Agresivo malnacido —masculla al cogerlo.
Me muevo para meter el puño apretado en el bolsillo mientras ella observa la joya echada a perder. Y la cadena. Al parecer, le llama la atención el cierre; quizá se ha fijado en que el tono es más claro que en los demás eslabones metálicos.
—Es hierro…
Asiento.
—Le puedes quitar el brazalete del tobillo que te di cuando llegó. Supongo que lo ha llevado día y noche, ¿no?
—Pues claro. —Un fuerte suspiro sucede a su brusca respuesta—. Quiero decir que sí, Alto Maestro. —Hace una reverencia con pocas ganas.
—Gracias.
Doy media vuelta y echo a caminar por el pasillo, irrumpiendo en haces de luz de luna plateados.
—La salváis y luego insistís en no tener nada que ver con ella…
Me detengo al oír el deje amargo de las palabras de Mersi, pero clavo la vista en el extremo más alejado del sombrío pasillo. Aprieto con fuerza el frágil tallo del cáliz de cristal.
—Hace ocho meses, la trajisteis al castillo, y no habéis ido a verla ni una sola vez. No podéis endosarme a una niña rota y desentenderos de todas las obligaciones futuras.
Lentamente, me giro para observar su mirada recelosa.
Por primera vez, reparo en las manchas oscuras que tiene debajo de los ojos, en su melena desgreñada y en la falta de color en sus mejillas.
—Pareces cansada —digo tras bajar la voz para disimular un poco la mordacidad—. Si quieres retomar tu puesto a jornada completa en la cocina, encontraré a alguien dispuesto a ocuparse de las necesidades de la niña.
—No estoy cansada de ocuparme de las necesidades de la niña. —Con los puños apretados a ambos lados, avanza hacia mí—. Quiero a Orlaith como si fuera hija mía. Lo que está cansado es mi corazón —farfulla mientras se enjuga una lágrima.
—Encontraré a alguien que sea de fiar para que te eche una mano. —Me aclaro la garganta—. Pero, si me pides que me involucre, no va a pasar.
—Qué terco sois. Necesita más. —Mersi niega con la cabeza, suplicándome con la mirada—. En sus ojos veo una muerte que no se esfuma. Está rota, Rhordyn.
Una chispa violenta prende en mis entrañas.
Camino tan deprisa que el líquido se derrama y me moja la mano.
—¿Crees que no lo sé? —Retrocede cuando me cierno sobre ella como una nube tormentosa y cargada de una lluvia de autodesprecio—. Soy su techo, la sombra que atenúa su luz e impide que el mundo vea la marca que lleva en el hombro. Y nada más, joder.
Mersi baja la vista al suelo.
—Las pesadillas están empeorando.
Abro la boca, la cierro…
Cuando me mira de nuevo, percibo fuego en sus ojos.
—A veces me gustaría que sus gritos no fueran silenciosos. Así vos quizá les prestaríais atención.
Claro que los escucho. Noto su miedo en el fondo de mi alma como si fuera un árbol chamuscado. Y me provoca ganas de hacer pedazos el puto mundo.
Y ganas de matar.
—He terminado compartiendo la cama con ella para abrazarla cuando empieza a temblar —prosigue Mersi con tono práctico.
Suspiro y miro hacia la puerta de la torre.
Odio la torre de los cojones. El cáliz.
«A mí mismo».
—Está sufriendo, Alto Maestro. Y vos sois el único que comprende lo que le ha ocurrido. Lo que ha perdido.
—No quiero tener nada que ver con la niña. —Fulmino a la mujer con la mirada—. Nada.
—¿Y cuando sea lo bastante mayor como para hacer preguntas? —Balancea el colgante en mi dirección—. ¿Y si se da cuenta de que la habéis ocultado de sí misma? Entonces ¿qué?
Me encojo de hombros.
—Me odiará, no me cabe ninguna duda.
«Por lo menos habrá vivido».
—Y eso os parece bien… —Habla con lentitud, como si estuviera escogiendo las palabras con esmero.
—Su odio es lo único que voy a aceptar. Su odio y esto —siseo, moviendo el cáliz en el aire.
Mersi baja la vista hasta los pies y entre nosotros se instala un silencio preñado de tensión.
—La protegeré. Le daré las herramientas necesarias para protegerse de sí misma. Seré su puta tormenta si es necesario. No le faltará de nada, nunca. Puedo darle todo eso sin involucrarme personalmente.
Mersi me mira a los ojos, fiera y descarada.
—Todo eso no sirve de nada cuando uno está hecho trizas, Alto Maestro. Creo que eso es algo que hasta vos podéis entender. —Da media vuelta antes de que le pueda responder. Su falda negra se balancea cuando se dirige hacia la entrada de la torre, pero se detiene a pocos pasos de la puerta. Mira hacia atrás y dice con voz rota—: Se esconde debajo de los muebles. Se aparta de la luz del sol. Forcejea y me clava las uñas en los brazos cuando intento convencerla para salir a jugar a la hierba. —Tuerce el gesto y afila sus palabras—. No dibuja, ni sonríe, ni baila, como otras niñas de su edad.
—Mersi…
—Sus lágrimas ya no brillan como antes.
Cojo aire y lo suelto mientras la sangre me abandona la cara.
—No soy una medis —prosigue—, pero me parece que está decidida a seguir al resto de su familia hasta la tumba antes de tiempo.
Sus palabras son una espada que me atraviesa el esternón y debo hacer un gran esfuerzo para no inclinarme hacia delante y vomitar.
—No podéis vendar una herida sin haberla tratado primero. No hará sino infectarse. —Mueve el colgante hacia mí y la gargantilla se balancea—. No podéis protegerla de sí misma.
Dicho esto, desaparece por la escalera de la torre. El eco de sus pasos me asalta mientras mastico sus palabras. Y me atraganto con ellas.
Mersi tiene razón, claro. No puedo proteger a Orlaith de sí misma.
Pero lo puedo intentar.
Una cúpula de cristal resplandeciente nos protege del inquietante remolino que no deja de lanzar zarpazos.
«Y más zarpazos».
Las bestias levantan tierra y palpitantes ascuas rojizas cada vez que clavan sus poderosas garras en el suelo helado para impulsarse y descargar su frenético ataque sobre la cúpula. Por más que nos esté protegiendo, noto como me roba energía a pequeños sorbos que me vuelven la sangre espesa y fría.
Mi hermano tiembla en mi regazo y se encoge contra mí más con cada golpe ensordecedor.
«No pueden llevárselo».
Lo estrecho con los brazos, hundo la nariz en su pelo blanco como la cal y cierro los ojos para saborear el olor a pintura, especias y un matiz de manzanas de caramelo. Aromas que me llenan el pecho de cálido amor y que me provocan visiones de risas musicales y sonrisas de medialuna. Y de habitaciones familiares decoradas con un tapiz de imágenes vibrantes colgadas en las paredes de piedra.
«Mi casa».
Quiero quedarme con esa imagen y no abandonarla jamás…
Un golpe sordo. Una respiración entre dientes.
Al abrir los ojos, veo una nariz enorme y rechoncha, resbaladiza por la humedad que desprende, apretada contra el cristal y empañándolo con un violento resoplido.
Lentamente, tiendo una temblorosa mano, toco el interior liso de la cúpula y suelto un grito al notar un repentino y fuerte tirón en el pecho. Apoyo la mano, la extiendo y miro a la bestia a través de los huecos entre los dedos.
«No. Podéis. Llevároslo».
Su labio superior deja al descubierto los dientes y un potente rugido emerge de su ancho pecho mientras las demás alternan entre tratar de rajar la cúpula a zarpazos e intentar colarse por debajo.
—¿Qu-qué quieren?
La vocecilla quebrada de mi hermano hace que yo aparte la mano y contenga el aliento al luchar contra la sombría neblina que amenaza con nublarme la visión. Lo observa todo con los ojos muy abiertos y se encoge con cada nuevo ataque; siento cada uno de sus temblores como un hachazo en el corazón.
Le cojo la cara con las manos para apartarlo de las miradas sedientas de sangre. Pero yo las sostengo. Las amenazo.
«¿Que qué quieren?».
A mí.
«A ti».
—Todo —susurro y aparto la vista para clavarla en la suya—. Pero no pueden llevarte con ellos.
Porque en esta pesadilla soy más grande. Más fuerte. Esta vez voy a ser yo su heroína, y no al revés.
Parpadea y me mira con unos ojos enormes que han perdido su brillo habitual.
—Ya me tienen, Ser…
Sus palabras me tensan la espalda.
—No. Yo te tengo. —Me castañetean los dientes mientras lo estrecho más fuerte—. Estás aquí conmigo. A sa-salvo. Para siempre. —Mis últimas palabras son un gruñido que desafía a las bestias que nos rodean.
Otra ola de violencia golpea la cúpula, y el ruido estridente me atraviesa como una espada. Mi hermano no se encoge. Ni siquiera cuando un espantoso crujido nos ataca desde todos los ángulos.
Noto una humedad cálida en la mano y bajo la vista al tiempo que aparto la palma de su espalda. Parpadeo para despejar la gélida neblina e intento concentrarme en la mancha mojada. Es como si hubiera estado pintando con los dedos, usando luz de estrellas líquida, mezclada con un caleidoscopio de colores apagados.
Es… es su sangre.
El corazón se me parte en dos, centímetro a centímetro, y procuro respirar a pesar del nudo que se me forma en el estómago al enterrar la cara en su pelo.
Busco su olor, que se va apagando.
Cierro los ojos, pero ya no veo el tapiz de imágenes. Ni los colores. Ni las sonrisas de medialuna. Tan solo veo oscuridad.
Me desmorono y estrecho a mi hermano más fuerte mientras unas espinas se me clavan detrás de los ojos. Mientras los monstruos siguen lanzando zarpazos. Golpean.
Rugen.
—¡Basta! —grito con voz quebrada y el corazón en pedazos.
«Por favor, no os lo volváis a llevar».
Un nuevo aullido rompe el aire.
Levanto la vista y veo una grieta que se extiende por el cristal como si fuera la marca de un relámpago. La tapo con una mano y dejo que me absorba.
Mi cuerpo se vuelve más frío. Más lento.
Un nuevo golpe salvaje me sacude los huesos y las grietas se suceden como una plaga de mosaico.
—¡Este no es nuestro fin! —Mis gritos consiguen eclipsar la rabia clamorosa que nos ataca desde todos los ángulos—. No hemos hecho más que empezar.
Mi hermano no responde. No se mueve. No se encoge cuando otro golpe araña la cúpula de cristal.
Cierro los ojos con fuerza mientras el cálido líquido fluye por mis mejillas, procedente de una parte de mí que es dolorosamente consciente de lo ocurrido.
«Se ha ido».
—No me de-dejes…
Ojalá me pudiera oír. Ojalá no estuviera sola. Ojalá yo me desangrara en sus brazos, y no al revés.
—No me dejes —repito, esta vez más fuerte. Maldigo para mis adentros porque se lo han llevado a él. Y no a mí.
«Como siempre».
Un nudo de dolor negro y crepitante se me desata bajo las costillas y extiende por mi interior su propio y malicioso latido. Son enredaderas retorcidas que ascienden las paredes del abismo de mi pecho y se alimentan de mi dolor. Se vuelven más grandes.
Más fuertes.
—¡No me dejes!
«No he podido ni despedirme de él».
Las enredaderas se retuercen, restallan y me golpean la piel desde dentro porque quieren soltarse.
Quieren libertad.
Venganza.
«Solo quiero recuperar a mi hermano».
Una nueva grieta parte la cúpula. En lugar de taparla, aparto la mano y me alejo de esa succión avariciosa mientras toda la superficie se llena de un sinfín de fisuras. Se oye un agudo chasquido y varios rayos de luz inciden sobre mi piel. Me la desgarran.
Me hacen sangrar.
Me inclino hacia delante y protejo el cuerpo inerte en mi regazo del incesante ataque; lo abrazo tan fuerte que noto la ausencia de latido de su pecho. Me duele todo, pero nada es comparable con la pena que me atenaza el corazón.
La espantosa conmoción se acalla.
«Silencio».
Algo húmedo aterriza sobre mí y me atrevo a mirar de reojo el espeso hilo de babas que cae por mi brazo. Levanto la cara hacia el cielo y contemplo los ojos enormes y negros que reflejan mi resplandeciente mirada.
El vruk tiene las orejas hacia atrás y su cuerpo colosal tapa las estrellas. En sus ojos entornados advierto una intención letal mientras su aliento ferviente me golpea con cada vil exhalación.
No sé quién es el mayor monstruo.
Si él o yo.
Su cruel gruñido se me hunde en la piel y de pronto abre las malvadas fauces y me muestra una tumba de sables de marfil que gotean.
Le sostengo la salvaje mirada y dejo que se sacie, que vea lo insatisfactoria que será su inminente presa… Porque estoy vacía.
Estoy seca.
Ya estoy muerta.
El viento se lleva mi breve grito cuando los chasquidos y los ruidos que hace la bestia al masticar mi carne y mis huesos me sobresaltan y me despiertan.
Me incorporo y aspiro una bocanada de aire salado.
«Ha sido una pesadilla. No era real».
De repente, oigo los crujidos de las cuerdas y me doy cuenta de que mi mundo oscila adelante y atrás con un fuerte y monótono balanceo bajo un manto de cielo estrellado.
Me pongo una mano temblorosa sobre la barriga revuelta mientras con la otra aferro la joya que llevo en el cuello, como si mi subconsciente se viera tentado a arrancar la cadena y liberarla.
La suelto, respiro hondo y contengo el aire hasta que los pulmones están a punto de estallarme para apartar la concentración de ese eco de dolor descarnado, de la sensación del cuerpo inmóvil de mi hermano sobre mi regazo. Trago saliva con dificultad y me presiono las sienes palpitantes con una fuerza casi mortífera.
«Ya me tienen, Ser…».
Bajo las manos, recuesto la espalda en el grueso mástil de madera que se alza tras de mí y estiro las piernas; introduzco los pies desnudos en los agujeros entre los balaustres de madera para dejar las extremidades colgando por el borde mientras me froto los ojos para despejarme. Un viento perezoso revolotea sobre mi piel sudada, me despeina el pelo suelto y trae voces quejumbrosas a mis oídos sensibles…
—¿Siempre grita cuando duerme?
—Cuando sopla el viento, no lo sé, pero suele despertarse con ataques como ese. —La voz apática de Vanth está tan hueca como el vacío de mi pecho.
—Qué miedo. Me arrepiento de haberle cambiado el turno a Roal por su ración de cerdo salteado. Y ¿qué hace ahí arriba? Es un puesto de vigía, no una buhardilla.
—Ni puta idea.
—Al capitán no le hace ninguna gracia. ¿Has oído que le ha dado a Brock la orden de echarla del nido si el viento supera los dieciocho nudos? Ahora le da miedo quedarse dormido y ganarse unos latigazos.
Dudo que mi guardia y el vigía, que están junto al mástil central, a un tiro de piedra, sepan que los oigo por encima del sonido de las velas del barco al hincharse y aflojarse, pero… así es.
—¿Todavía no se ha quitado el atuendo negro?
—Es fácil adivinar a quién le debe lealtad —salta Vanth.
Ha aceptado el turno de noche en el mástil central con la excusa de que debe vigilar constantemente a la futura Alta Maestra del territorio occidental de Bahari.
A mí.
Mientras me rasco la costra de la mordedura que se está curando, frunzo el ceño al ver la cupla que me rodea la muñeca…
Su celosa vigilancia de mis acciones es asfixiante.
Rodeo el mástil hasta que me cubre en parte la sombra que el penetrante resplandor de la luna no ha conseguido tocar y extiendo un brazo hacia la bolsa atada a los balaustres, repleta de todas mis pertenencias; es un saco de grano que le cambié al servicial cocinero por mi cesto. Aflojo la cuerda, saco un paquetito y aparto las capas de tela húmeda hasta ver un bulbo de caspún del mismo tono azul oscuro que el cielo.
Acerco la nariz a la protuberancia cortada y aspiro el fuerte olor a tierra… Un aroma que no hace sino incrementar mi dolor; la creciente presión se desata como si le diera miedo que la silenciara y estuviera amenazándola con el tranquilizante que me niego a tomar.
Una ráfaga de viento húmedo me arranca un profundo suspiro de los labios.
Envuelvo el bulbo y lo guardo entre mis cosas. Con los dedos, toco mi espada de madera y un pedazo de tela suave que mi cara y mis palmas recuerdan dolorosamente.
Me da un vuelco el corazón.
«La funda de almohada de Rhordyn».
Trago saliva. Suelto una breve y temblorosa exhalación, como si varios caballos galoparan sobre mi pecho.
Una furia ardiente y una desesperación palpitante se pelean en mi interior y me tomo unos instantes para fingir que soy más fuerte de lo que soy en realidad antes de que la ansiosa oleada de necesidad me inunde como si fuera agua helada. Saco la funda, recuesto la cara en los suaves pliegues y me lleno los pulmones con el olor de él, acompañado de iguales dosis de arrobo y de odio hacia mí misma.
Navego hacia mi prometido y todavía me drogo con el rastro ya débil de otro hombre. Mi último vicio. El ancla que más me cuesta soltar.
El que no quiero soltar.
A diferencia del caspún, no me limito a aspirar una sola vez. Me lleno de ávidas bocanadas de aire hasta que noto que me mareo un poco y que floto, y después la guardo debajo de mi espada y saco otro paquete, que es alargado y bastante pesado para lo pequeño que es.
Lo desenrollo lenta y cuidadosamente.
Entre los pliegues aparece un tenedor que he robado de la cocina, cuyas puntas son lo bastante afiladas como para clavarse en la carne. Sigo desenrollando y una cuchara me cae sobre el regazo.
Me la quedo mirando e intento ignorar las dos siluetas que me observan desde un puesto inferior; me cuesta, pues sus voces no dejan de alzarse hacia mí.
—¿Sabes que le ha pedido al cocinero unos cuantos tarros de conservas y cordeles para «atarlos al mástil y que sus esquejes echen raíces»? Deberías haber visto la cara que le puso él.
—Es una bruja, estoy seguro —le suelta Vanth—. Lo supe en el momento en el que la vi coger setas de un montón de mierda. Al Alto Maestro lo ha cautivado con ese culo respingón y ese rostro follable.
—A mí no. En sus ojos hay algo que hace que me cague encima. —Una pequeña pausa y luego—: A Gage parece gustarle…
—Porque ya no hace turnos nocturnos junto al mástil de popa.
Sostengo los utensilios ante mí aferrándolos tanto que los nudillos se me ponen blancos. Aprieto los dientes y clavo la mirada entre los balaustres hacia el océano, que parece bañado por pedazos de luz de luna. Me lleno los pulmones de aire salado y me concentro en los ruidos de las olas que rompen contra el casco del barco.
Tensando los músculos, aprieto los cubiertos con las palmas sudadas y los acerco…
Clinc.
El sonido me quiebra los huesos. Libera un torrente de presión en algún punto del interior de mi pecho que se apresura a atacar los confines de mi piel hasta que me da la impresión de que me voy a romper de diez maneras distintas.
Debo respirar hondo muchas veces para reunir el valor suficiente como para arrastrar un objeto por toda la longitud del otro y así provocar un chirrido agudo y ensordecedor que me obliga a cerrar los ojos y a apretar los labios para reprimir la necesidad de chillar.
Me lleno los pulmones de aire, lo aguanto y lo suelto…
Y lo repito.
—¿Qué…? —dice, caminando por la cubierta—. ¿Qué está haciendo?
—Un ritual muy raro. Lo ha hecho todas las noches desde que zarpamos.
Me adentro más en la sombra, con la mente de regreso al día que olvidé una de las normas más importantes de Baze y no saqué el pulgar antes de lanzarle un puñetazo a la cara. Los dos oímos el crujido segundos antes de que el dolor me asaltara por completo.
Durante semanas, no pude trenzarme el pelo, disparar una flecha ni blandir una espada. Lo peor de todo fue no ser capaz de coger la piqueta de diamante ni sujetar siquiera un pincel.
Nunca volví a olvidarme de sacar el pulgar del puño.
El dolor me dio una lección; mi castigo por no haber hecho caso fueron semanas de una rutina insoportable. Ahora es la única protección que tengo contra mí misma. Un recordatorio de que, si algún día olvido de qué soy capaz —o qué he hecho—, podría volver a perder el control.
—Ya te lo he dicho —masculla Vanth—. Está como una puta cabra.
Me crujo el cuello. Engullo sus palabras. Froto los cubiertos, esta vez más fuerte.
«El sonido no puede romperme si ya estoy hecha añicos».
Varias gotas de sudor me bajan por las sienes mientras algo violento estalla contra mi piel y mi cráneo, hurgando en mí como un corrosivo ejército de gusanos carnívoros. Porque me doy cuenta de que así es la intensa presión que me sobreviene cada vez que estallo.
Esas raíces crepitantes que ansían alcanzar la libertad. Anhelan encontrar algo que cortar.
Miro hacia las estrellas y dudo de que Rhordyn sepa lo espantosa que soy tras la bonita piel que me ha obligado a esconder durante todos estos años. Capas y más capas de mentiras. Sea como sea, el cierre metálico que llevo sobre la nuca ahora parece muy endeble.
La luna creciente me provoca con su sonrisa. Intenta causarme un nuevo tipo de dolor.
—¿Crees que ver cómo devoraban viva a su familia la trastornó?
Un chirrido.
Una gota de sangre me sale de la nariz y me baja hasta la barbilla, y luego otra.
Y otra. Y otra.
—Quizá. No lo sé. Pero hay algo que no encaja.
—¿A qué te refieres?
—Cuando la miro a los putos ojos no veo a una superviviente. Veo culpa y fantasmas y mi propia muerte volando hacia mí. Creo que está maldita. Creo que su familia lo descubrió por las malas y pagó el precio definitivo.
«Culpa y fantasmas…».
Trago saliva, cierro los ojos y finjo que estoy sentada en el alféizar de la ventana del Tallo Pétreo mientras me baña la luz del sol, no escondida en el puesto de vigía a media altura del mástil de popa, engrilletada por una cupla azul intenso y dándome un festín con mi dolor. Y transformándolo en una nueva especie de Línea de Seguridad.
Un quebradizo escudo para mi magullado y maltrecho corazón.
Entre los huecos anchos de la barandilla se cuelan suaves rayos de sol, un beso cálido en la mejilla que se me filtra por los poros y me prende la sangre. Miro hacia el mar, que parece una sucesión ondulante de pétalos de rosas.
Es de día.
Bajo la luz de la lámpara, he tallado durante tanto tiempo espirales y curvas pronunciadas en los tablones del suelo de madera para proseguir con mi abarrotado mural que apenas me he dado cuenta de que la oscuridad se aclaraba.
Envuelvo mi piqueta de diamante con un pequeño paño y me la guardo en el bolsillo trasero mientras giro el disco de la lámpara, que cuelga de la balaustrada. Tras estirar la espalda y los brazos, meto las piernas entre la barandilla y extiendo los pies hacia el sol; me imagino que se los hundo en la hierba o en la arena o en la tierra al tiempo que la calidez me pinta las plantas descalzas.
Echo de menos recoger piedras redondas en la playa mientras Kai juguetea por la bahía. Echo de menos la tierra firme y la intensa brisa marina con olor a hojas muertas y a musgo cubierto de rocío.
Después de obligarme a apartar las piernas, me pongo a gatas.
Tras rodear el grueso poste de madera que se encuentra en el centro del puesto de vigía, me agacho junto al cubo atado a una improvisada polea y sumerjo un paño en el agua para, a continuación, escurrirlo sobre los tarros llenos de tierra atados al mástil y darles a mis esquejes unas cuantas gotas de valiosísima agua.
Al pensar en la última vez que recorrí el balcón del Tallo Pétreo, blandiendo un pequeño puñal de madera para cortar unas cuantas ramas de mis plantas preferidas, casi sonrío. Glicinas, limonero, varias rosas…, todo eso alojé en mi saco junto a varios tarros con tierra. Diminutos fragmentos de casa.
Me limpio con una esponja la cara y la nuca, y miro furtivamente al marinero de ojos adormilados que trepa por la vela mayor para ocupar su turno diurno en el puesto de vigía. Creo que es Jerid. Es el único que hace un gran esfuerzo por darme la espalda tanto como le resulta posible.
Guardo la manta en el saco y me fijo en que hay tres sombras oscuras que dan vueltas por debajo de la superficie del agua, al paso del barco. Por lo menos hasta que el cocinero lanza por la borda unas cuantas raspas de pescados y vísceras resbaladizas.
Sin embargo, no han venido a por espinas y entrañas. Han venido a por las gaviotas que bajan en picado por el aire arriesgándose a conseguir un pedazo de vísceras; algunas son víctimas de los tiburones, que embisten desde el agua con las fauces afiladas y su cuerpo fiero y fuerte. Atrapan a las presas emplumadas tan rápido que las aves a duras penas tienen tiempo de batir las alas para evitarlo.
Kai me ha dicho muchas veces que los tiburones prefieren las aguas calientes. Y me hizo prometer no salir a nadar en verano por la Bahía Mordida sin él.
Ahora entiendo por qué.
Cuanto más al sur viajamos, más turquesa se vuelve el agua y más sombras protuberantes la recorren a todas horas del día.
La campana unida a la cuerda de mi cubo tintinea muy alto.
Mientras me paso un mechón de pelo por detrás de la oreja, me inclino hacia delante y observo la cadena metálica que emerge del suelo de la cubierta y que abre la escotilla. Llevo la mirada más allá de la escalera, hasta el grupo de hombres de piel bronceada que se afanan en sus tareas, y la clavo en el muchacho que se encuentra a los pies de mi mástil, a casi diez metros debajo de mí.
«Zane».
Lo saludo con una mano y me echo atrás para recogerme el pelo en una especie de moño antes de apretar la cuerda que ciñe mi saco y comprobar que está bien sujeto, e introducirme por el agujero y empezar el tedioso descenso, que ocupa noventa y cinco peldaños de madera, cinco con cada balanceo del barco.
En cuanto pongo los pies sobre la lisa cubierta de madera, oigo:
—He aprovechado la pausa que ha hecho el cocinero para ir a cagar y he rebuscado en la cocina y en la despensa para encontrar los mejores productos que se guarda.
Mi sonrisa secreta es un tesoro robado que no merezco, y desaparece cuando me giro y observo sus ojos azul claro enmarcados por unas pestañas espesas y una mata de pelo castaño revuelto por el viento.
—Buenos días, Zane.
—También he conseguido esto —prosigue mientras, ansioso, mete una mano en uno de los numerosos bolsillos internos de su raída capa de terciopelo.
Mueve una ficha dorada delante de mis narices.
Le aferro la muñeca y detengo su gesto para estudiar la filigrana de la cara de la ficha.
—Menudo ladronzuelo estás hecho. ¿Es una…?
—Una ficha de Bahari. En Ocruth también tenéis fichas, ¿no? —La lanza en el aire antes de cogerla de nuevo—. Ahora es mía. Y supongo que el Alto Maestro me debe un favor.
—Pues… creo que la cosa no funciona así.
Se encoge de hombros y se la guarda en el bolsillo de sus andrajosos pantalones.
—Vale la pena intentarlo.
—¿No estás trabajando aquí, en el barco de tu tío, porque tu madre está desesperada con tu faceta de ladrón?
A la pobre le ha salido el tiro por la culata, ya que casi todos los días su hijo presume de su botín conmigo.
—Sí, ¿y?
—¿De verdad tienes que dedicarte a… —bajo la voz hasta hablar en susurros y me tapo la boca con una mano— robar fichas de oro?
—No se lo vas a contar a nadie, ¿verdad? —Frunce el ceño.
—Claro que no. Es que no quiero que te metas en un lío con el capitán. —Echo un vistazo al hombre de espalda ancha que coge el timón con una mano, con los ojos al frente y esa seguridad arisca que destila su postura calmada—. Parece el típico que se cree con derecho a decir eso de que la letra con sangre entra.
—Solo si no eres su sobrino preferido. —Zane se sienta en la cubierta, cruzado de piernas, y me mira con los ojos muy abiertos y una sonrisa torcida y traviesa en el rostro salpicado de pecas.
Me da un vuelco el corazón.
La mirada brillante de otro chico se ilumina en mi mente y enseguida la guardo en las profundidades que intento ignorar.
Me siento y me concentro en la rebanada de pan frito, las nueces, las frutas y la carne seca, y cojo una loncha de lo último.
Zane se acerca el plato, con los ojos centelleantes de picardía. Arqueo una ceja y saco del bolsillo trasero el paquetito envuelto. Él abre muchísimo los ojos y sonríe de oreja a oreja cuando lo muevo en su dirección y se lo tiendo.
Lo desenvuelve con manos frenéticas, libera la piqueta y coge el mango para blandirla bajo un rayo de sol y arrojar confeti de colores por la cubierta mientras yo picoteo y mastico sin entusiasmo.
Sean o no los mejores cortes, nuestra comida palidece en comparación con el festín que se dan sus ojos enormes, que lo contemplan todo.
—Es que me encanta… —susurra.
Apoyo la cabeza en el mástil y observo cómo gira el mango de madera de tal forma que las esquirlas de color se persiguen unas a otras.
—Ya lo sé.
Ante una tormenta de confeti, nos instalamos en un cómodo silencio mientras compartimos el desayuno y la tripulación nos evita a sabiendas al tiempo que agrupa cajas y las asegura sobre la cubierta.
Soy consciente de las miradas, noto cómo rebotan sobre mi pétrea máscara sin hacerme ni una sola muesca.
—Mi tío dice que la tormenta se ha arremolinado —murmura Zane, comiendo un higo seco—. Y que nos está persiguiendo.
Miro hacia el norte.
—No veo nada…
—Lo ha notado en el aire.
Noto un cosquilleo en la mejilla cuando Vanth emerge de la cubierta inferior con ropa limpia y su obligado ceño fruncido, que no hace sino acrecentarse cuando me pilla mirándolo.
Me niego a apartar la vista. Por lo menos hasta que el cocinero aparece detrás de él, con cubos llenos en las manos. Su abultada barriga está a punto de hacerle perder el equilibrio con cada paso.
—Uy —murmuro. Apoyo el pie izquierdo en la cubierta para doblar la pierna y que tape el plato de contrabando cuando pasa por delante de nosotros. El hedor pútrido a vísceras de pescado está a punto de hacerme vomitar.
Sea o no su sobrino favorito, como a Zane lo sorprendan robándole a quien no debe, el capitán se verá obligado a infligirle algún tipo de castigo físico o, de lo contrario, se arriesgará a poner en entredicho su estatus.
El cocinero sube las escaleras hasta la cabina del timón, se encamina hacia la popa del barco y lanza una buena cantidad de entrañas por la borda en medio de las frenéticas caídas en picado de las gaviotas.
Sigue una erupción de chapoteos.
—Como se desate la tormenta, ahí arriba va a ser un infierno —comenta Zane, masticando un pedazo de cecina y señalando hacia mi austero puesto nocturno. Sin apartar la vista de la piqueta, levanta la pierna izquierda, con el pie sobre la cubierta, para esconder el resto de la comida cuando el cocinero vuelve a pasar junto a nosotros—. A veces lo usan como castigo.
No le digo que en parte de eso se trata.
—No me va a pasar nada —digo y me alejo un poco más de la escalera cuando Gage, el principal vigía del mástil de popa, aparece en cubierta y se encamina hacia nosotros con un catalejo en una mano y un saco de piel en el hombro.
—El capitán te arrastrará a la cubierta inferior cuando empiece la tormenta.
«Que lo intente».
Agacho la cabeza y me concentro en la comida. En ese momento, unos pasos fuertes se nos aproximan y una sombra se cierne sobre mí antes de que unas botas de punta metálica aparezcan en mi campo de visión.
Lentamente, levanto la vista y la clavo en un par de ojos azul claro con arrugas en las comisuras.
A diferencia del resto de la tripulación, Gage se afeita la cabeza y enseña su tatuaje: una sucesión de botones y puntadas que le recorre todo el cráneo y le baja por la nuca hasta desaparecer debajo de la camisa, como si lo hubieran cosido cual muñeca de trapo.
Después de guardar el catalejo en el saco de piel, se mete una mano en el bolsillo, saca un trozo de carbón afilado y me lo tiende.
—Por si queréis añadir un poco de sombra a vuestros grabados.
Paso la mirada del carbón a sus ojos y de vuelta al carbón y alargo una mano para aceptarlo.
—Gracias…
Asiente, se aferra a la escalera con una mano y empieza a subir.
Doy varias vueltas al regalo con los dedos y me lo acabo guardando en el bolsillo.
Zane se termina lo que quedaba de nuestra comida, se limpia las manos en los pantalones y aplana el paño entre los dos. Coloca mi piqueta en el extremo y luego la envuelve con movimientos lentos, suaves y precisos. Si hubiera visto cómo ese objeto se clava en la piedra y la arranca, no iría con tanto cuidado, pero me encanta que lo manipule con esa delicadeza.
—No deja de observarte —murmura mientras mira de reojo hacia el timón.
Soy consciente de que no se refiere a su tío, sino a mi guardia. Al hombre que se pasa todas las horas libres del día ahí, a cinco escalones encima de mí, de brazos cruzados, con el pecho hinchado y unos pantalones planchados a la perfección.
Le cojo la piqueta a Zane y me la guardo en el bolsillo antes de verlo poner el plato de hojalata de lado y darle vueltas.
—A Vanth no le caigo demasiado bien.
—Creo que a su hermano tampoco.
—No sabía que tenía un hermano.
—Tu otro guardia, Kavan.
«Ah».
—No me había dado cuenta…
Zane asiente con un surco de concentración tallado entre los ojos.
—Dicen que eres una bruja. Que masticas cáscaras de bellota y que coges setas de montañas de mierda de caballo.
Claro.
A ellos no pienso ofrecerles té de perrilo si sufren de flatulencias dolorosas o una infección en la sangre.
Se me queda mirando y en las pupilas de sus ojos azules destellan puntitos violetas.
—Yo desconecto de lo que dicen. Es fácil robarles cuando están dándole a la lengua.
—Me parece lo más lógico del mundo.
Se oye un estruendo arriba y, al levantar la vista, veo a Gage bajando la escalera a la velocidad del rayo. Salta desde diez peldaños de altura, aterriza a nuestro lado y echa a correr para subir las escaleras directamente hacia el timón.
Todo se paraliza y un silencio se instala en el barco cuando los hombres se quedan quietos y escuchando. Algunos incluso suben las mismas escaleras hacia la popa del barco para comprender qué es lo que ha llevado a Gage a abandonar su puesto.
—Qué raro —murmura Zane al levantarse—. Voy a echar un vistazo.
Sale corriendo entre aleteos de terciopelo.
Lo imito y me pongo de puntillas para ver por encima de la tripulación reunida y después contemplo el mástil. Subo unos cuantos peldaños y me detengo para mirar por encima de la cubierta más allá del mar de mechones de pelo suelto y melenas recogidas en la nuca.
Los tiburones se han esfumado. Incluso las gaviotas se han dispersado.
A una distancia de diez barcos de nosotros, me llama la atención una ondulación en el agua y un cuerpo cubierto de escamas plateadas surca la superficie antes de desaparecer.
Los hombres balbucean, señalan, gritan. El capitán vocifera algo que consigue que le abran paso para avanzar con el catalejo en las manos.
Con el ceño fruncido, sigo subiendo hasta que estoy lo bastante arriba como para disponer de un buen punto de observación y contemplo el agua.
Me da un vuelco el corazón.
Hay una sombra alargada que duplica el tamaño del barco deslizándose por debajo de la superficie.
«Más cerca que hace unos instantes».
Una aleta dorsal fina y gigantesca sobresale del agua y deja tras de sí un reguero de espuma blanquecina.
Se me forma un nudo en el estómago, que se remueve como si me hubiera tragado una criatura viva.
«Algo nos está persiguiendo».
Cerrad las escotillas!
La orden del capitán atraviesa el aire y provoca que los hombres tropiecen consigo mismos en su afán por mantenerse ocupados. Coge a Zane del brazo y lo conduce hacia las escaleras, dejando tras el timón solo a Vanth y al primer oficial de cubierta, codo con codo, escupiéndose palabras.
Vanth se aparta, se dirige al rincón del fondo y abre la mira del gigantesco cañón metálico instalado sobre la cubierta.
Con nudos en el estómago, clavo la atención en la criatura que avanza debajo de nosotros. Mascullo una maldición y bajo la escalera; salto los últimos peldaños y aterrizo agachada. Aunque me resbalan los pies desnudos sobre la cubierta, corro hacia las escaleras y llego junto al timón después de ver a Kavan sin camisa y desaliñado, que parece que acaba de salir de la cama, coger dos lanzas y subir a cubierta sin ponerse los zapatos siquiera.
—¿Has visto esa cosa, Vanth? Joder, ¡es gigante! —Hay un miedo real en sus palabras aceleradas y agudas—. Y viene a por nosotros…
—No te preocupes —dice el otro con los dientes apretados, sin dejar de mirar a los ojos del primer oficial al coger una lanza—. Ahora mismo me encargo.
—Te estás pasando de la raya —gruñe el primer oficial—. El capitán no ha dado ninguna orden.
Me agacho detrás de un enorme barril de agua, lejos de su vista, pero lo bastante cerca como para oírlos.
Y observar.
—Y, cuando lo haga, será demasiado tarde —gruñe Vanth, apretando con el puño una lona mientras coge aire—. Olvidas que estoy a cargo de la protección de la prometida del Alto Maestro. Tengo órdenes directas de hacer lo que sea necesario para mantenerla a salvo.
Pega un tirón con un brazo y arranca la pesada lona que cubría unos ganchos puntiagudos con seis arpones con punta de metal más altos que yo. Y más gruesos que mi brazo.
Se me congela la sangre.
Miro de nuevo hacia la criatura, que se acerca y emerge de la superficie con una sucesión de volantes y escamas que reflejan el sol. Retoza en la espuma que provoca el barco y sacude el mar con unos enormes tirabuzones. Como si estuviera… jugando.
Se me acelera el pulso y los estruendosos pasos y gritos y ajetreos de la cubierta superior quedan en un segundo plano…
Yo he presenciado antes el despiadado asalto de la muerte inminente. Y no se parece en nada a esto.
Con las tripas revueltas por una profunda intranquilidad, abandono las sombras, dejo atrás al primer oficial y me coloco en el centro.
Tres pares de ojos se dirigen hacia mí.
—Estoy… estoy de acuerdo con el primer oficial. —Mi voz quebrada retumba en el repentino silencio de la cubierta y nunca me he sentido tan ruidosa. Tan expuesta y pequeña y tonta. Me aclaro la garganta y echo los hombros hacia atrás—. La criatura no muestra señales de agresividad, sino de curiosidad. Creo que se marchará en cuanto nos haya echado un vistazo.
Vanth me fulmina con la mirada, deja la lanza y separa un arpón del gancho con un agudo chirrido que me llena el cráneo de presión. Con los dientes apretados, lo levanta, lo desliza por la trampilla y lo asegura, con las mejillas enrojecidas por el esfuerzo.
—¿Y qué sabéis vos del mundo exterior, Maestra?
Su aire de superioridad moral es incapaz de eclipsar el desesperado estruendo de mi pecho y paso la vista hacia la bestia que se está dirigiendo a un final brutal y sangriento.
—No mucho —admito e intento hablar con voz serena—. Pero tengo experiencia con criaturas mortíferas y curiosas. Se comporta más o menos como los tiburones; seguramente la han atraído las vísceras que hemos lanzado por la borda. Si quisiera atacar, nos habría golpeado desde debajo antes de que hubiéramos sospechado que estábamos en peligro.
Durante unos segundos, asimilan mis palabras y yo alimento mi valentía con pedazos de esperanza.
Doy un paso adelante con un aleteo en el pecho al esbozar una débil sonrisa. Es una súplica silenciosa para que enterremos nuestras diferencias.
—Por favor, Vanth. Hoy no tiene por qué morir nadie…
Me mira de arriba abajo, me da la espalda y luego gira el arma hasta que apunta hacia la criatura.
Me da un vuelco el estómago. Mi sonrisa se desvanece.
El guardia observa por la mira.
—Si el Alto Maestro pensara que sois capaz de cuidaros sola, no os habría asignado canguros —me espeta Vanth—. Llévatela a la cubierta inferior.
Una mano enorme me aferra el hombro.
Cuando giro la cabeza, me encuentro ante un borrón de piel morena y botas rayadas. El capitán tira con tanta fuerza del brazo de Kavan que me sorprende que no le haya arrancado el hombro de cuajo.
La lanza repiquetea al caer al suelo.
—¿Quién cojones te crees que eres, muchacho? —El capitán lo empuja hacia la cubierta con tanta desenvoltura autoritaria que mis propias rodillas amenazan con fallar—. Esa es nuestra futura Alta Maestra, y estabas a punto de tratarla como si fuera un animal.
Desde el suelo, resoplando y con el rostro sonrojado, Kavan parece muy débil de repente.
—Capitán —escupe Vanth y al girarme clavo los ojos en su dedo, apretado sobre el gatillo del arma letal que quiere disparar. Observo su objetivo, una alargada ondulación plateada cuyos movimientos son veloces y agitados, y que está mucho más cerca ya.
«Parece feliz».
Como si estuviera reduciendo la distancia que nos separa unos valiosos centímetros cada vez.
El corazón me golpea las costillas.
—Vanth —masculla el capitán mientras Kavan sigue clavado en el suelo, resollando y babeando sobre su pulida bota negra—, veo que eres perfectamente capaz de armar un arpón. Muy bien. Espero que no tengas la intención de dispararle a nada.
Una salida fácil a la que el otro debería aferrarse con los puños apretados.
Se aclara la garganta y repone a la defensiva:
—Madame Strings cuenta historias de sierpes marinas rabiosas que se abalanzan sobre los barcos desde el agua y los destrozan. Seguro que tú también lo habrás oído…
El capitán suelta un gruñido de repulsa, con marcas de tensión alrededor de sus ojos azul claro.
—No me creo las patrañas de esa agitadora, aunque afirme que lo sabe todo. Tú tampoco deberías.
Un intenso rubor asciende por el cuello de Vanth y le tiñe las mejillas. Aprieta más fuerte el gatillo, hasta que la punta del dedo se le vuelve blanca y me detiene el corazón.
Adelanto el pie un centímetro.
«No lo hagas. Por favor».
—Bueno, pues yo veo al menos a diez hombres de tu tripulación que crecieron alrededor de su fuego, escuchando sus leyendas…
—Como dispares —gruñe el capitán con franqueza y sin compasión—, lo único que conseguirás es cabrear a esa criatura, diez latigazos y un juicio en consejo de guerra cuando atraquemos. Aparta el puto dedo del gatillo antes de que yo te lo arranque de la mano y se lo lance a las gaviotas.
Los ojos de Vanth centellean, decididos, y mira hacia la criatura apretando el gatillo…
Pego un salto y lo derribo justo cuando el estallido del arma disparada me perfora las entrañas.
El arpón se dirige hacia la sombra a una velocidad endiablada, atravesando el agua con un espeluznante chapoteo. Un gemido dentado sacude el océano, una turbulenta sinfonía de dolor que me parte el corazón por la mitad.
Con la camisa de Vanth apretada entre los puños, suelto un sollozo cuando la criatura se retuerce en una oleada de volantes suaves y afilados. A continuación, emerge de la superficie como una montaña brillante nacida en el mar, escupiendo un río rojizo de la herida provocada por el brutal proyectil, justo entre las aletas.
El silencio se adueña del barco cuando los gritos de agonía de la bestia atraviesan la quietud y resuenan sobre el océano; a mí me golpean la piel como si fueran tangibles. Como si el océano llorase y sus lágrimas fueran un tamborileo que me ataca y del que no puedo desprenderme.
Observo la belleza manchada de sangre y no consigo contener el escozor que me arde en los ojos. La criatura se desenrosca con movimientos lentos y débiles, y se hunde en las profundidades.
Desaparece.
Lo único que queda de ella es una mancha de sangre más grande que el barco, una lápida momentánea que se desvanece un poco con cada uno de mis martilleantes latidos.
—Eres un monstruo —gruño con fuego en la garganta y me giro hacia Vanth para observar, a través de las lágrimas, un par de ojos despiadados—. ¿Qué has hecho?
Que qué he hecho? —Vanth tira de mí con tanta fuerza que nos chocamos de frente; su aliento cálido me golpea la cara con cada palabra que estalla de él—. Le he apuntado a la puta cabeza y está claro que he fallado. Es probable que nos hayáis matado a todos, Maes…
Desaparece de delante de mí por un empujón que lo estampa contra la barandilla. El capitán se abalanza hacia él, le aferra el cuello de la camisa y lo inclina sobre la borda, con la vida del guardia en el puño de una mano.
—Serás estúpido.
El agudo tañido de una campana que me resulta familiar me lleva a mirar hacia el mástil de popa. Zane ha trepado hasta la mitad y, agarrado a los peldaños, me está observando.
Frunzo el ceño y una profunda inquietud echa raíces en mi pecho.
—Capitán…, el mástil de popa… Mirad.
Con el ceño fruncido, el capitán se gira y palidece al ver a Zane.
—A ese muchacho lo había encerrado en mi camarote. ¿Qué cojones hace ahí subido?
Zane sigue señalando hacia las aguas gritando una sola palabra una y otra vez.
—Maldito viento… ¿Entendéis lo que está diciendo?
—Burbujas —murmuro. Doy un paso adelante para mirar por la balaustrada. Inclinada sobre la barandilla, atisbo algo que brilla por debajo de la espuma que flota sobre las olas inquietas y se me cae el alma a los pies—. ¡Sujetaos todos…!
El océano estalla y me veo impulsada hacia atrás. Con un grito, veo como la sierpe marina se alza con un torrente de agua que cae sobre el barco como si de una tormenta se tratara. El mundo se tambalea debajo de mí y me precipito hacia la barandilla. Con los ojos entornados entre los fríos regueros de agua, veo la cabeza de la criatura: rectangular y puntiaguda y cubierta de escamas enjoyadas, con penetrantes ojos verdes sombreados por un manto de esquirlas.
Es preciosa. Imponente.
«Gigante».
Cernida sobre nosotros, se balancea. Las afiladas aletas de un costado de su cuerpo se despliegan como un abanico y dan paso a unos paneles palmeados triangulares.
«Alas acuáticas».
En el otro costado tiene clavado el proyectil, de cuya tensa herida mana sangre. Se me revuelven las tripas.
Abre las fauces y veo una hilera mortífera de colmillos que podrían destrozar el barco de un solo mordisco; su garganta cavernosa apesta a peces muertos y a ascuas. Suelta un impetuoso rugido que me zarandea los huesos, un clamor que me golpea la piel, seguido por un espeluznante alarido que me arranca un sollozo.
Tras proferir otro grito terrorífico, la criatura se precipita en el océano y ladea el barco con tanta violencia que pierdo el equilibrio.
Me estampo contra la barandilla.
La madera cruje y el navío empieza a sumirse en una sinfonía de gritos.
Todos los objetos que no están atados se convierten en misiles mortíferos y todo el mundo cae de lado hasta golpearse con la barandilla en una maraña de extremidades y gemidos. Consigo aferrarme a los balaustres de madera segundos antes de que descendamos contra el rostro lívido del océano.
El agua me martillea, un ataque demoledor que me arranca los dedos de la barandilla. Floto en la intensa corriente durante unos horribles segundos y termino chocándome contra uno de los mástiles con un golpe tan fuerte que me arranca todo el aire de los pulmones.
Me sujeto y una sucesión de burbujas me estallan en la cara.
El mástil vibra y un estridente crujido sacude las aguas, como un árbol que se astilla. Que se rompe.
«Así es como voy a morir».
Pierdo la noción de la verticalidad mientras el barco se bambolea de un lado a otro como una bestia salvaje que corcovea; se me revuelve el estómago y me provoca un profundo mareo.
Empiezo a aflojar las manos al tiempo que la gravedad me empuja hacia abajo.
El agua se drena cuando el movimiento se va calmando. Aterrizo como un fardo y cojo una preciosa bocanada. El aire emerge de mí con crecientes náuseas que casi me parten el pecho.
Me tumbo de espaldas. Abro los ojos.
«Silencio».
Las nubes brumosas van de lado a lado, algo que me resulta de lo más extraño, hasta que me doy cuenta de que el barco se está meciendo.
El silencio da paso a un estallido de gritos que hielan la sangre, tan estruendosos que me entran ganas de cerrar los ojos con fuerza y taparme los oídos con las manos.
Pero eso es lo que he hecho durante toda mi vida. Bloquear los ruidos.
«Ya basta».
Consigo sentarme sobre la cubierta e inspecciono mi alrededor.
Me quedo paralizada.
Los tablones de madera están llenos de charcos, algunos rojizos y espesos. La ropa se pega a la piel de la gente, desgarrada en algunos puntos con unas heridas abiertas por las que sobresalen fragmentos de huesos. Algunos marineros gimotean con el rostro demudado y las extremidades dobladas en extraños ángulos.
Otros guardan un silencio mortal.
Los pocos hombres que han salido ilesos del ataque se aferran a las balaustradas partidas y escrutan la superficie del agua por si ven señales de que la bestia herida vaya a regresar en busca de más venganza sangrienta.
—Maldita zorra…
El improperio ahogado procede de detrás de mí y al girarme veo a Vanth incorporándose con un corte profundo en la frente del que le sale un reguero rojizo que se desliza por el rostro.
Totalmente aturdida, me quedo mirando ese hilo de sangre mientras él barre el barco con ojos atentos y desesperados. Reúno la energía necesaria para gatear hacia el capitán, que está inmóvil, rodeando la base del arpón. Lo tumbo de espaldas, inspecciono el espeluznante tajo que tiene en la cabeza y apoyo el oído sobre el pecho.
Vanth suelta un gemido ahogado y lo veo doblado sobre la barandilla con la vista clavada en el océano.
—No…
Me incorporo y sigo la dirección de su mirada. Veo a Kavan aferrado a un barril a un barco de distancia. Le mana sangre de una herida espantosa del brazo, que está atravesado por un trozo de hueso que sirve de alimento para el océano y para un tiburón que le triplica el tamaño y que da vueltas a su alrededor.
Se me forma un nudo en el corazón. Se me atenaza el pecho.
—¡Socorro! —farfulla con un grito desesperado—. ¡Hermano, ayúdame!
—El bote salvavidas —balbuceo. Levanto la vista hacia el lugar de la cubierta donde solía haber una barquita.
Lo único que queda de ella es una maraña de cuerdas rotas.
—Ha desaparecido —gruñe Vanth mientras se encamina hacia una caja de madera atornillada a la cubierta. Abre la tapa y extrae una pequeña ballesta.
La bilis me abrasa la garganta y clavo la mirada en Kavan, quien está intentando alejar a base de puntapiés al depredador, que se acerca con cada vuelta que da. Procura subir todo el cuerpo sobre el barril, pero tan solo consigue caer de bruces y sumergirse entre las olas. Reaparece, boqueando y chapoteando mientras intenta mantenerse a flote con un solo brazo.
El tiburón se acerca más y más…
—¡Ayudadme! —El aullido de Kavan atraviesa el aire.
Vanth coge una flecha y la coloca sobre la ballesta, con el rostro tenso y formando palabras en silencio con los labios. Cierra los ojos durante apenas unos segundos, que me golpean en el pecho como si fueran un martillo.
De pronto, los abre y aprieta el gatillo.
La flecha silba por los aires, roza la barbilla ladeada de Kavan y se hunde en su pecho en un ángulo torcido, justo encima del corazón.
Me encojo y suelto una especie de gemido al ver que abre mucho los ojos, con la mirada perdida. Su cuerpo inerte se sumerge de nuevo en el agua segundos antes de que el tiburón lo aleje de la superficie en una maraña de sangre y aletas en movimiento.
Aparto la vista de la escena, pero Vanth la contempla inmóvil, con los ojos fijos y vacíos.
El capitán alza la voz, tumbado como un fardo sobre la cubierta manchada de sangre, y abre con esfuerzo los ojos nublados.
—Za-Zane…
Es un nuevo puntapié en mi pecho.
Con el corazón acelerado ante el coro de gritos, escudriño a la tripulación esparcida por la cubierta, con un nudo en el pecho hasta que veo que ya no queda nadie. Me acerco a la balaustrada, apoyo las manos en la barandilla y me armo de suficiente valor como para contemplar el océano, donde veo pedazos de metralla e intento evitar la sombra que se sacude y que se da un festín en un charco rojizo, lo único que queda de Kavan.
Corro hacia el otro lado del barco, atraída por el tono azulado de nuestra vela raída, que surca la superficie, en parte a flote gracias a una buena ráfaga de viento. Entre todo ese desastre, un pedazo de tela azul intenso se mueve alrededor de una carita que sobresale de una de las masas de agua.
Es Zane.
Bajo las escaleras de dos en dos.
Alguien grita mi nombre y me pide que me detenga, pero su voz se pierde en el horizonte cuando aferro la barandilla, me subo y salto al agua.
El viento me azota el pelo y me roba el aliento, y el estómago me da un vuelco.
Me estampo en la superficie implacable del océano. Todo el aire se me escapa de los pulmones al hundirme en el abismo profundo, conmocionada por la sensación de su infinita extensión.
Cuando mi cuerpo por fin reduce el ritmo, mis extremidades se ponen en acción y me impulso hacia la superficie con un estallido de burbujas. Emerjo con un profundo jadeo. Mientras ignoro las palabras vociferadas desde el barco, muevo la cabeza de un lado a otro para analizar mi ubicación y adaptarme al paisaje marino, que desde aquí es muy distinto entre los restos hechos añicos de los fragmentos que ha perdido el barco.
Todo parece más grande. Más vivo.
Más lejano.
Expulso de la cabeza las imágenes de dientes afilados y desgarradores, y me precipito hacia la vela azul intenso que flota en la superficie. Mis piernas me impulsan a duras penas, los movimientos de mis manos resultan débiles e insignificantes y…
«No voy lo bastante rápido».
Con los pulmones agrietados y un fuerte escozor en la cara, por fin alcanzo la vela. En mi búsqueda frenética, me enredo con la tela, que reúno y empujo, cogiendo aire siempre que puedo, hasta que al final sujeto la capa de terciopelo de Zane y tiro de él. Lo giro y le saco la cabeza del agua.
Ver su rostro paralizado y sus labios azul pálido me hierra el alma.
—Ya te tengo —balbuceo, sumamente consciente de que su pecho no se mueve y de que el océano sin fin se extiende debajo de nosotros—. Lo siento mucho. —Reprimiendo un sollozo, le desabrocho la capa y lo libero del ancla de su preciado botín.
Lo arrastro hacia el extremo de la vela, me coloco boca arriba y me lo apoyo sobre el pecho para que su cabeza permanezca por encima del agua mientras me impulso hacia el barco, moviendo los pies y respirando de forma entrecortada.
Unas pequeñas olas nos cubren haciendo que me piquen los ojos y nublándome la visión.
Cada segundo que transcurre es otra respiración perdida. Cada descarga de agua que le azota la cara es otra dosis de muerte que se introduce por su nariz. Y por su garganta.
«No voy lo bastante rápido».
Me golpeo la cabeza con algo duro y me detengo, con los pies hundidos en el mar. Al levantar la vista, veo en el extremo del barco una barandilla atestada de marineros histéricos y ensangrentados. Y una escalera de cuerda que cuelga junto al casco.
—¡Sujetaos!
Nuestra tambaleante vulnerabilidad me revuelve las tripas.
Noto a los tiburones al acecho, a la espera. En cualquier momento nos podría atacar uno, arrastrarnos a las profundidades, desagarrarnos y masticarnos. O quizá la serpiente marina vuelva a abalanzarse sobre nosotros y nos engulla de un vengativo bocado.
Aferro a Zane más fuerte mientras intento coger la cuerda. Con su cuerpo inerte entre el mío y la escalera, procuro alejarlo de las amenazas que nos merodean.
—¡No puedo levantarlo sola!
Afilada y desesperada, mi voz parece de otra persona.
Me aparto el pelo de la cara y veo que el capitán desciende por la escalera con un reguero de sangre en la barbilla.
—¿Podéis escalar?
Tras verme asentir, agarra a Zane por la espalda de la camisa y tira de él para colocárselo sobre el hombro. Una oleada de alivio me atraviesa.
«Está a salvo».
Subo la escalera para seguirlos, con el pelo empapado como un ancla sobre la espalda. La cuerda endeble me hace ampollas en los dedos con cada impulso que me aleja de la mortífera amenaza de las aguas y me estremezco desde la base de la columna hasta la planta de los pies.
Convencida de que vería mi propia muerte precipitándose hacia mí con las fauces bien abiertas, no miro hacia abajo, ni siquiera cuando me doy cuenta de que estamos a salvo y fuera de todo peligro.
Zane y el capitán desaparecen de mi vista y alguien me aferra la camisola para levantarme como si fuera un gatito y me lanza sobre la cubierta.
En un silencio aterrador, observo al capitán apretarle la nariz e introducirle enormes bocanadas de aire en los pulmones hasta hincharle el pecho.
«Respira… ¡Respira, maldita sea!».
—Despierta, hijo. —Le da palmadas en la cara con sus callosas manos—. Vamos. Abre los ojos y mírame. —Un duro y desesperado gemido emerge de él cuando tumba a Zane de lado y le golpea la espalda—. ¡Despierta!
Los segundos son como gotas de aceite en el agua que se niegan a fundirse y que rodean la superficie de mi alma. Me da la impresión de que me estoy cayendo por un agujero del suelo sin aire en el pecho para gritar.
Tal vez no sean segundos siquiera, sino minutos, horas, días.
Tal vez este limbo dure eternamente.
Alguien tose, balbucea y escupe, y me dan un vuelco el estómago y el corazón al mismo tiempo.
Zane abre los ojos, tan inyectados en sangre que son más rojos que blancos. Los clava en su tío con la mirada algo perdida, como si estuviera intentando reconstruir una especie de rompecabezas.
El capitán demuda el rostro y de sus labios surge un gemido ahogado…
Me doblo por la mitad y vomito sobre los tablones de madera de la cubierta.
El acre hedor a vómito se aferra al pelo salado y acartonado que me cae sobre la cara. Me lo echo por encima del hombro con una mano cubierta de sangre y le paso un pedazo de vela por debajo del muslo a Gage. Debe de dolerle cuando formo el nudo y lo aprieto con fuerza, pero no se inmuta.
No hace ningún ruido.
Solamente me observa en silencio, con los ojos tan impasibles como los botones tatuados en su cabeza afeitada, mientras el sol alto arroja sobre nosotros su implacable calor y devora las sombras hasta que no son más que débiles rendijas.
El aire se niega a moverse, deja el mar en una quietud antinatural y nos obstruye los pulmones con un aliento cálido y espeso por el olor a muerte achicharrante.
Ha sucedido momentos después de que llevasen a Zane a la cubierta inferior para que el medis comprobara su estado de salud. El viento ha dejado de zarandear las velas raídas y de mordernos la piel empapada. El océano ha perdido su vivo latido, haciendo las veces de espejo.
Se ha detenido.
Los hombres lo contemplaban y murmuraban acerca de un presagio de los dioses: quizá la criatura era importante para ellos y, al matarla, el resto de nosotros estamos condenados a flotar a la deriva hasta que muramos de sed como castigo. Pero, en cuanto el capitán ha reaparecido en la cubierta principal, los marineros se han callado y se han puesto a trabajar.
Ahora la gente grita órdenes, lo coloca todo en su sitio y llena la cubierta de huellas de botas ensangrentadas. Hay una fila de hombres heridos que asciende las escaleras desde las profundidades del barco y se pasa cubos llenos de agua marina para verterla por la borda.
Por lo visto, en el casco del barco hay un agujero. No es espantoso, pero, sumado al mástil partido y a la falta de viento para empujar las velas, significa que no vamos a abandonar este cementerio marino en breve.
Aprieto la venda alrededor del muslo de Gage. Oprimo el material mientras intento desesperadamente cortar la sangre que mana de una horrible herida abierta que deja a la vista el hueso. Sin embargo, el torniquete no basta para evitar que se vaya alejando de mí.
En sus ojos veo la mirada perdida de un hombre que espera a la muerte.
—Eh… —Aprieto pedazos de paño sobre la herida mientras su vida se me escurre entre los dedos—. ¿Sigues conmigo?
Profiere un grave gemido y al levantar la vista veo que está contemplando el cielo.
—¿Sabéis? Antes yo era capitán. De uno de los otros barcos. —Su voz suena congestionada.
—Ah, ¿sí?
—Lo dejé para ocuparme del puesto de vigía —me informa tras asentir brevemente.
Aparto un paño empapado de la herida y lo lanzo sobre la cubierta para sustituirlo enseguida por uno limpio.
—¿Sí? ¿Y eso?
—Prefiero mirar hacia atrás… que hacia delante.
Detengo las manos y clavo los ojos en su cara. Sigo su mirada hacia el mástil principal y hacia el puesto de vigía.
—Me gustaban vuestros dibujos —murmura y me fijo en sus facciones curtidas—. Buscar los nuevos por la mañana me daba algo por lo que seguir viviendo.
Me aclaro la garganta y noto el charco de sangre caliente que se acumula debajo de mí y que se extiende sobre los tablones de madera…
Estoy sentada sobre tanta sangre suya que me sorprende que todavía le quede alguna en el cuerpo para que el corazón la bombee.
Un nudo enorme se me forma en la garganta.
—¿Tienes… familia en la capital?
—Están muertos. La Plaga se los llevó hace cuatro años. Mis padres, mi hermano, mi esposa. —Hace una mueca y cierra fuerte los ojos al balbucir—: Nuestra hija. Le… le gustaba dibujar para mí. —Se rompe en las últimas palabras y noto esquirlas agujereándome el corazón. Y los ojos.
—Lo siento mucho, Gage…
—No lo sintáis. Hoy los veré en el Mala. —Una única lágrima escapa a su control y recorre la pelusa incipiente que le salpica los tatuajes del cráneo—. Ya iba siendo hora.
Intento tragar el nudo de la garganta mientras examino su rostro liso. Y pienso que la herida que tiene en el corazón es tan reciente como la que le cruza la pierna, pero mucho más dolorosa.
Abre los ojos y los dirige hacia el puesto de vigía.
—¿Me haríais un favor? —Le tiembla la voz ronca con la pregunta.
—Lo que quieras…
—Meted una mano en el bolsillo de mi camisa. Ahí llevo algo que me gustaría sujetar…
Asiento, me seco las manos en los pantalones e introduzco los dedos donde me ha dicho. Extraigo una muñeca de trapo andrajosa con botones por ojos y unas puntadas rosas que se han deshilachado en algunos lugares. Se la pongo en la palma, la rodeo con sus fríos dedos y la alzo para que la vea.
Clava su mirada vidriosa en ella durante apenas unos segundos antes de que asienta y le bajo la mano para ponérsela sobre el corazón. Otra lágrima le cae por la mejilla cuando la aprieta tanto con los dedos que se le ponen blancos los nudillos y la muñeca desaparece en el interior de su puño apretado.
—Ahora —musita—, aflojad el torniquete.
Bajo la vista hacia el nudo ensangrentado que retrasa lo inevitable, pero de repente mis manos parecen dos rocas.
Lo miro a los ojos, que me contemplan con más atención de la que he visto en ellos desde que me diera el trozo de carbón que me pesa en el bolsillo.
«Por si queréis añadir un poco de sombra a vuestros grabados».
—Por favor…
Asiento.
Con dedos temblorosos, desato el nudo de la tela y luego, lentamente, dejo la herida al descubierto. La sangre fluye como un río sedoso y rojizo que busca la libertad a borbotones.
Gage empieza a cantar. Su voz grave y ardiente pronuncia palabras desconocidas de tal forma que ni siquiera quiero saber qué significan. Ni sobre qué versa la canción.
Me hiere de todos modos.
Un hombre cojo pasa junto a nosotros y se detiene para mirar a Gage a través de una mata de rizos rubios y, en el acto, al suelo. Deja un frasco de agua en el suelo, agacha la cabeza y le hace un saludo.
Un saludo de capitán.
Se une al estribillo con su voz rotunda y luego se le suma otro. Y otro. Y todos saludan al hombre que se desangra a mi vera.
Con la garganta atenazada, contemplo cómo brota libre la sangre de Gage. Cierro los ojos cuando la canción llega a su fin sin él y unas lágrimas abrasadoras me caen por las mejillas. Cuando encuentro la valentía de abrirlos de nuevo, veo que los suyos se han apagado por completo.
Aparto la mirada hacia el océano, tan tranquilo que no parece real. Y tan extraordinario.
Una belleza que me resulta incomprensible.
No veo más que el barril al que Kavan intentaba subirse en una desesperada apuesta por salvar la vida y el matiz rojizo que tiñe las aguas y que no parece difuminarse.
Unos pasos retumban sobre la cubierta, más fuertes que los demás. Clavo la vista en el capitán, que, con el ceño fruncido, barre la cubierta con unos ojos sombríos que al final aterrizan sobre mí.
Su camisa azul está desgarrada en algunos puntos y arremangada hasta los codos, dejando así a la vista unos antebrazos curtidos y salpicados de sangre.
Me escanea la cara, las manos y el charco de sangre en el que estoy sentada.
Y al hombre tumbado sobre la cubierta a mi lado.
Hincha el pecho, separa los labios y suelta todo el aire de golpe. Acto seguido, se arrodilla junto a mí y extiende una mano para acariciarle el rostro a Gage y cerrarle los ojos.
—Era un buen hombre.
Asiento con la cabeza.
Baja la mirada hasta el improvisado torniquete, cuyos extremos siguen aflojados sobre mis manos.
—He… —Mi voz no es mía. Es fría y está vacía, ya que las palabras de Vanth se repiten en mi cabeza.
«Es probable que nos hayáis matado a todos».
«… matado a todos».
«… a todos».
—¿Orlaith?
—He hecho lo que me ha pedido. —Parpadeo para despejar mi ciego aturdimiento.
—Ya lo sé. —Aunque habla con voz áspera, percibo cierta suavidad en sus palabras, en sus ojos, en su postura. Pero desaparece de inmediato.
Me sujeta por los hombros y atrae toda mi atención mientras busca en mi mirada.
—¿Estáis herida? —pregunta. Niego con la cabeza y susurro que no—. Bien —murmura y asiente lentamente—. ¿Hasta qué punto estáis familiarizada con la aguja y el hilo?
Noto el sabor de la bilis; aprieto los puños y advierto el cosquilleo inexistente que me pincha la punta de los dedos. Y lo detesto.
«Y lo echo más de menos».
—Mucho.
Me aprieta fuerte, como si intentara anclarme al barco.
—En ese caso, tengo una tarea muy importante para vos.
«Una tarea… Nunca me habían asignado una».
—¿De verdad?
Asiente.
—Si os veis capaz, necesito a alguien que ayude al medis a suturar al resto de la tripulación.