Lo observaba como si fuera una máquina infernal. Un agujero negro por el que caería irremediablemente, que la succionaría en su profunda oscuridad y del que le resultaría imposible salir. Ella, que siempre había sido libre para decidir qué ópera cantar, en qué teatro actuar, qué caché cobrar, a qué hombre amar y a cuál depreciar, qué prohibición infringir o qué norma ignorar, vencida de repente por la trompa de metal pavonado con forma lobulada del gramófono que, desde hacía unos días, la esperaba en el salón de billar francés. En esa acogedora estancia solía contar a sus invitados que los campeones canadienses Joseph Dion y su hermano Cyrille, conocido como «el Bismarck del billar», le habían dado clases y, presumiendo de ser una gran billarista, recordaba cómo «un empresario ordenó durante una de mis giras que en cada hotel donde me alojara hubiera una mesa para que pudiese jugar. Le hice ganar una cantidad indecente de dinero; era lo mínimo que podía hacer».
Había elegido ese salón por ser su favorito de la residencia de Craig-y-Nos, en parte por la imponente presencia del orchestrion, un reproductor de música grabada en rollos perforados que presidía la sala desde que llegó de Friburgo, Suiza, por el que pagó cincuenta mil francos —más quinientos por cada rollo— y al que solía llamar «el fantasma del castillo». Pero aquella mañana el solemne Welte & Söhne Orchestrion, con sus ciento cuarenta y seis tubos centrales, su veintena de trompetas y la treintena de tubos de metal adornados con flores doradas dispuestos en los laterales, no lograba robarle el protagonismo al gramófono. Era una amenaza, paciente y muda, como el público que abarrotaba los teatros de ópera, el mismo silencio que reinaba segundos antes de alzarse el telón en el Covent Garden de Londres, en La Scala de Milán, en el Teatro Imperial de San Petersburgo, en la Academy of Music de Nueva York, en la Ópera Garnier de París o en el Teatro Real de Madrid, cuyos escenarios pisó con solemnidad, como la reina que era. Por fin, Adelina Patti había aceptado la propuesta de The Gramophone & Typewriter Ltd. de grabar su voz para la eternidad. «Yo ya soy eterna, querido. Pruebe con otro argumento», le espetó al empresario, que no cejaba en su empeño desde hacía años. El hombre lo intentó con otro razonamiento que nunca fallaba con ella: «Caruso lo grabó hace dos o tres años. Cobró ciento setenta libras por cinco discos». Fue un acierto; si la diva tenía una asignatura pendiente en su brillante carrera, era no haber cantado con el tenor italiano. Ésas fueron las palabras mágicas que obraron el milagro. «Está bien. Lo haré. Doscientas libras por disco y el veintiuno por ciento de los beneficios. La grabación será en mi castillo, el día que yo quiera y a la hora que yo diga. Si acepta mis condiciones, tenemos un trato. De lo contrario, no me haga perder el tiempo». No había nadie en el mundo que supiese llevar su carrera como Adelina Patti. Incluso a sus sesenta y dos años, no podía resistirse a superar el caché de un émulo para auparse al trono de la cantante mejor pagada del universo operístico. No era por soberbia ni por orgullo, tampoco por rivalidad, ni siquiera por envanecimiento. Era por justicia. Ella siempre debía ser la mejor pagada. Y lo fue durante más de medio siglo.
Se acercó con cierta precaución, recreándose en la caja de madera rojiza de roble macizo, cuya calidad certificaban las vetas que se abrían por la superficie. Se fijó en el ángel desnudo que portaba una pluma de ave, primer logotipo de la firma —más tarde, cuando la empresa cambiara la denominación comercial por la de «La Voz de su Amo», sería un perro ante un gramófono—, al lado del nombre de la compañía, The Gramophone & Typewriter Ltd., y los países donde se comercializaba: Gran Bretaña, Alemania, Francia, Austria, Bélgica y Rusia. En todos aquellos lugares había cantado ella varias veces, y recordaba todas y cada una de las ocasiones.
Adelina estaba a punto de escuchar la primera grabación de su voz en un disco. La canción elegida había sido el aria «Casta Diva» de la ópera Norma que interpretó el día anterior, postrada ante ese aparato endemoniado, sin poder moverse como solía hacerlo por los principales escenarios del mundo. «Debe usted permanecer quieta, señora Patti, para que el micrófono capte su voz y ésta no se pierda», le había aconsejado el empleado de la compañía, no sin cierto temor a que su sugerencia provocara el enojo de la diva y apareciera uno de sus temidos brotes. La soprano había exigido escuchar la grabación antes de proseguir con las diez contratadas; si la experiencia era satisfactoria, grabaría alguno más el próximo año. Observó con desconfianza los surcos del disco que anhelaban bosquejar las líneas de su vida, como los anillos de un árbol que dejan al descubierto su existencia, sin adornos, sin engaños, la verdad simple y clara. Y las verdades a veces son crueles. Pero a ella no le asustaba la verdad, eso sería de cobardes, y ya había dado sobradas muestras de su valentía.
Notó que su proximidad convertía en trémulas las manos del operario de The Gramophone & Typewriter Ltd. Su presencia imponía, ya estaba acostumbrada. Eran cincuenta años de carrera siendo la mujer más famosa; la intérprete que más dinero había ganado en la ópera; la cantante más grande del siglo, según aseveró Giuseppe Verdi; la soprano cuya voz era digna no ya de reinas, sino de diosas; la voz del paraíso que nadie puede negar, como sentenció Gioachino Rossini; la artista que apareció en las páginas de Ana Karenina de Lev Tolstói, en El retrato de Dorian Grey, primera y única novela de Oscar Wilde, y en la obra Nana de Émile Zola, siempre con palabras de elogio, alabanza y admiración, inmortalizando su legado también a través de la literatura. «Me mienten porque me aman y me aman porque me admiran». Sin duda, estar ante la soprano favorita de la reina Victoria imponía.
—No se apure, joven. Quien va despacio llega seguro; quien va seguro llega lejos.
Le encantaba recurrir a ese proverbio italiano que tanto repetían su padre, el tenor siciliano Salvatore Patti, y su madre, la cantante italiana Caterina Chiesa Barilli. Ninguno de ellos alcanzó su estrella brillando en el universo lírico, pero ambos contribuyeron y disfrutaron del éxito de su pequeña.
Adelina se retiró del gramófono y del operario. Después de colocar por enésima vez las peonías rojas Red Charm que adornaban el centro floral dispuesto sobre una de las mesas de la estancia y comprobar la fragancia de la que era su flor favorita, cogió el periódico para perderse en la legión de palabras que aún conservaba el olor a tinta, a tinta negra, presagio del lóbrego futuro que depararían sus noticias. Sus ojos, igual de brunos, lo confirmaron: Rusia encerrada en una revolución social y política contra Nicolás II después del fracaso de la guerra rusojaponesa. Recordó a su abuelo, el zar Alejandro II, quien le concedió la Orden del Mérito de Rusia en 1870. Siguiendo sus deseos, ella lo llamaba «padrecito» y él a ella «hija»; siempre colmándola de regalos, siempre obsequiándole con las mejores joyas, lo que le permitió poseer la mayor colección de alhajas en Occidente después de la reina Victoria: collares de esmeraldas, brazaletes de brillantes, coronas de oro y diamantes en forma de rosas silvestres, pendientes de rubíes, tiaras de gemas… En aquel frío pero deslumbrante país cantó ocho años seguidos; en el Teatro Bolshói de Moscú la llamaron a saludar ochenta veces, y en su debut en el Teatro Imperial de San Petersburgo, la prensa, entregada, se rindió ante ella: «No es normal. Es un milagro. La pirotecnia vocal de Adelina Patti es capaz de alcanzar la nota F alta, límite de la voz humana». Nadie había conseguido semejante éxito en Rusia. «Y pensar que la zarina María Aleksándrovna tuvo celos de mí al descubrir la reacción de su marido tras presenciar la ópera Romeo y Julieta», se dijo con cierta melancolía teñida de orgullo al evocar los versos de amor que el zar Alejandro II escribió después de escucharla interpretar a Julieta, el 8 de febrero de 1872 en el Palacio Imperial de San Petersburgo…
Pasó de página como si cambiara de recuerdo; al fin y al cabo, los periódicos, con el tiempo, se convertían en cofres de la memoria, en receptáculos de lo que un día aconteció. El nombre del presidente de Estados Unidos, Theodore Roosevelt, seguía copando los titulares de la prensa desde que juró su cargo para un segundo mandato, en el mes de marzo, nueve meses atrás. Nunca tendría la misma confianza con él que la que disfrutó con otros presidentes estadounidenses, entre ellos Abraham Lincoln. Todavía recordaba cómo se emocionaron él y su esposa Mary cuando interpretó ante ellos la canción «Home, Sweet Home», aunque no fue en la Casa Blanca, como aseguraba la prensa del país, ni tampoco por motivo del fallecimiento de su hijo Willie por fiebres tifoideas años más tarde. Las leyendas sobre ella, en su mayoría falsas, siempre hacían correr ríos de tinta, una riada difícil de contener. Recorrió las páginas del periódico en diagonal. La única noticia que logró captar su atención durante unos segundos fue la aprobación en Francia de la ley de separación de la Iglesia y el Estado. «¡Ya era hora! Con lo que me costó divorciarme del marqués de Caux… Amenazas continuas de meterme en prisión, la mitad de mi fortuna y un escándalo público convenientemente alimentado por la prensa. ¡Qué lento avanza el mundo, a veces!».
Abandonó el periódico sobre la mesa y se frotó las manos, en un intento de limpiar los restos de tinta en sus dedos, un recordatorio alegórico de la suciedad imperante. Su lectura nunca fue una prioridad para ella; consideraba una pérdida de tiempo preocuparse por algo que ya había sucedido. Leer la prensa era tarea de su mánager o de sus maridos; si hubiera algo que la incumbiese, ya se lo dirían. La Patti en estado puro.
Mientras esperaba a que el operario concluyera los últimos detalles con el gramófono, Adelina se dirigió a una de las vitrinas donde se exponía un objeto como si fuera un tesoro. Protegida por una tulipa de cristal había una muñeca antigua y desgastada; vivida, en definitiva, como las casas que se convierten en hogares después de mil experiencias. Era la muñeca Henriette que le había acompañado toda su vida, desde que su madrina, la gran contralto italiana Marietta Alboni, se la regaló a los ocho años en el Niblo’s Garden, el teatro de Broadway. La extrajo con cuidado de su urna de cristal y acarició sus grandes lazos, su pelo rubio y sus ojos azules, que no habían dejado de observarla desde 1851. Prefería mil veces esa muñeca de trapo a aquella otra de ojos de esmeralda, pelo de oro macizo, vestido cubierto de diamantes y labios de rubíes que le regalaron en Bucarest después de una de sus actuaciones. Sonrió al ver a Henriette, compañera de fatigas y cómplice de tantos secretos.
Su obsesión por las muñecas y su carácter de diva, palpable desde bien temprana edad, pusieron en más de un aprieto a su familia y amigos. Aquel recuerdo hizo que su mente volara hasta la pequeña tienda del señor Palissy, un local de instrumentos musicales en Brooklyn donde se reunían para crear comunidad algunos inmigrantes italianos recién llegados a Nueva York. Allí, en la trastienda de aquel establecimiento, se habló por primera vez de sus posibilidades como cantante de ópera.
No hubo más tiempo para la evocación. Una voz lo impidió.
—Ya estamos listos —anunció el empleado que manejaba el gramófono.
Esas tres palabras sembraron el silencio en la habitación. Adelina apretó a Henriette contra su pecho. Presentía que estaba a punto de vivir algo mágico. En ese momento accedió a la estancia el barón Rolf Cederström, su tercer marido, veintisiete años más joven que ella; tampoco él quería perderse la experiencia. Desde el día de su casamiento —el 25 de enero del año 1899, en la iglesia católica de San Miguel, en Brecon—, todo había sido una vivencia continua, una aventura única; tendría que agradecer de por vida la dolencia reumática de la diva que lo llevó al castillo de Craig-y-Nos para someterla a sus masajes y tratamientos terapéuticos.
Cuando el operario con guantes blancos depositó el disco sobre la base giratoria de felpa color naranja y comenzó a girar la manivela situada en uno de los laterales del gramófono, todos contuvieron la respiración. Mientras bajaba el brazo reproductor del aparato para abandonar la aguja sobre los surcos del disco, Adelina dirigió la mirada no al plato, sino a la trompeta de cincuenta y seis centímetros. No sabía si de su interior saldría una fiera o un ángel; confió en el logotipo de la compañía.
El sonido empezó a fluir. La voz de la Patti inundó la estancia. Ahí estaba: su característica voz aterciopela, flexible y potente, casi intacta a pesar de la edad, su exquisita vocalización, su inigualable dicción, su timbre cristalino, sus exclusivos trinos, su pasión al cantar, las cadencias y los gorjeos saliendo con una pasmosa facilidad de su garganta, su personalidad en las escalas cromáticas, su temperamento… La voz inmortal. Cuando ella cantaba, su voz silenciaba el ruido del mundo; era una artesana del sonido.
El disco seguía girando sobre la plataforma. Conforme se escuchaba, sus ojos se abrieron como lo hacía la boca de los empresarios cuando les comunicaba su caché, advirtiéndoles que, si no recibía el dinero estipulado antes de la función, no se calzaría, lo que significaba que no habría representación.
No podía creer lo que salía del gramófono. Era incapaz de retirar la mirada de la trompa de metal pavonado, como si recelara de que, en cualquier momento, además de su voz, fueran a surgir de su interior uno de sus espectaculares vestidos de su fiel modisto Charles Frederick Worth, alguna de sus joyas —quizá el broche con una gran perla en el centro rodeado de veinticinco diamantes regalo de San Petersburgo y valorado en casi cien mil francos—, o las palomas blancas que el público le lanzaba al escenario. Cuando la magia se despierta, no hay quien la detenga.
Ella conocía el sonido clamoroso de los aplausos que resonaban con fuerza en los teatros de ópera, las aclamaciones populares, los cánticos y las serenatas que le dedicaban frente al hotel donde se hospedara en cada ciudad, pero no la eufonía celestial que provocaba semejante espectáculo. Adelina sonrió mientras asentía con la cabeza: así que ésa era la razón por la que sus seguidores besaban el felpudo de su casa, el motivo por el que los admiradores más fervientes desataban los caballos de su carruaje para ser ellos quienes la llevaran hasta el hotel. Aquélla era la voz que volvía locos a reyes, príncipes, zares, presidentes, zarinas, reinas, nobles de toda condición… Ahora entendía el embeleso del príncipe de Gales cada vez que acudía a verla o la devoción que la reina Victoria sintió por su voz, la admiración que despertaba en el zar Alejandro II, en la reina Isabel II de España, en el rey Víctor Manuel II de Italia, en la emperatriz Eugenia de Montijo y en su marido, el emperador de Francia Napoleón III…
La expresión de éxtasis que presidía el semblante de la diva alivió a los representantes de The Gramophone & Typewriter Ltd., que veían disiparse las nubes amenazadoras sobre sus cabezas, parejas a las que cubrían el cielo aquel mes de diciembre de 1905 sobre el castillo de Craig-y-Nos.
Rolf Cederström asintió satisfecho. Veía feliz a su mujer, aunque todavía no había dicho una palabra —algo extraño en ella—, y eso era todo lo que necesitaba saber. Él era deportista, director del London Health Gymnastic Institute, y de música entendía lo que su esposa le decía, aunque la excelencia se reconoce fácilmente en cualquier arte de la vida.
Cuando se escucharon los últimos acordes del aria «Casta Diva», de nuevo se asentó el silencio. Y, una vez más, fue ella quien lo quebró:
—Ahora lo entiendo todo. Ahora entiendo por qué me aman. Ahora comprendo mejor mi historia, toda esta locura que me ha acompañado desde el principio…
En ese momento se acordó del rey de los Países Bajos, que tuvo que pedir permiso al Gobierno de su nación para pagar el alto caché que cobraba la diva e incluso rogarles que pidieran un préstamo para poder escucharla.
Adelina se acercó a la trompa de metal pavonado y, ante las muestras de aprobación de los operarios del gramófono y de su tercer marido, empezó a lanzar besos a su interior. El inefable monstruo que durante días la había intimidado se había convertido en uno de sus mejores aliados. Quizá era porque no había dejado de estrechar entre sus brazos a su muñeca Henriette, pero la diva parecía una niña extasiada ante un regalo que desbordaba sus expectativas.
—¿Lo has oído, Rolf?
—Mi amor, te oigo cada vez que cantas. Yo ya conozco tu prodigiosa garganta y tu inigualable voz. Pero me ha gustado mucho. Y aún me gusta más verte así.
—Y todavía hay algo más. Por supuesto, cantaré las canciones elegidas, pero también tengo un regalo especial para ti —dijo refiriéndose a la felicitación navideña que pensaba grabar exclusivamente para él—. Aunque para eso tienes que salir de esta habitación porque, de lo contrario, no sería una sorpresa.
La propuesta sonó como siempre sonaron sus proposiciones, incluso de pequeña: a orden que hay que cumplir de inmediato si no se quería contrariar a la diva.
Rolf Cederström cerró tras de sí la puerta sin imaginar que su mujer pensaba regalarle una felicitación especial para el nuevo año, 1906.
Cuando el risueño esposo desapareció de la sala de billar, Adelina se ajustó su camisa blanca bordada a mano y se alisó de un manotazo suave, pero algo excitable, su falda de terciopelo morado, casi a juego con las cortinas violetas que cubrían la estancia. Le había gustado. Tenía que seguir grabando. Quería seguir grabando. No entendió por qué su segundo esposo, el tenor Ernesto Nicolini, se lo había desaconsejado tan palmariamente, convencido de que las divas no podían caer en esas frivolidades. Sus maridos… Siempre eligió mejor las óperas que a los hombres.
Esta vez cantaría un aria de Lucia di Lammermoor, una de sus óperas favoritas, con la que había hecho su debut operístico en la Academy of Music de Nueva York a los dieciséis años, el 24 de noviembre de 1859. Y como en tantas ocasiones siendo una niña, la interpretó aferrada a su muñeca Henriette, testigo de toda una vida.
Las cosas más importantes, en realidad, nunca cambian, como no lo hacen las partituras de las grandes óperas.
Nueva York
1851
Se necesita un minuto para notar a una persona especial, una hora para apreciarla, un día para amarla, una palabra para herirla, pero luego toda una vida para olvidarla.
CHARLES CHAPLIN
—No canto.
La niña que había llegado al mundo emitiendo un do agudo de su garganta en vez de un desolador llanto acababa de dinamitar varios meses de trabajo con dos simples palabras. Todos se volvieron hacia ella. Con ocho años ya lograba captar la atención como si fuera el empresario del teatro.
—No pienso hacerlo. No canto —sentenció mientras se sentaba en una de las cajas que los utileros habían colocado entre bastidores—. No quiero.
Desde ese lugar, emblemático para todo aquel que se dedicara al teatro, la pequeña, con apenas cinco años, había asistido a las representaciones de las más grandes cantantes —Jenny Lind, Marietta Alboni, Henriette Sontag, Giulia Grisi—, y le bastaba con escucharlas una vez para repetir sus interpretaciones sin esfuerzo: imitaba lo que había oído, sin necesidad de técnica, ensayo o preparación. Tenía una memoria musical prodigiosa, un oído portentoso y un carácter de diva que no se correspondía con su corta edad.
Allí estaba Adelina, con un vestido rosa adornado con lazos blancos y azules, dos grandes trenzas color azabache que le caían sobre el pecho, unos ojos negros vivaces que lo observaban todo sin perder detalle y la cara convertida en una pantalla ambarina a causa de los polvos blancos que su madre había distribuido sobre su piel morena para maquillarla, lo que provocó que muchos empezaran a llamarla de manera cariñosa «la chinita». Balanceaba las piernas de un lado a otro, como quien ve pasar la vida sin ninguna inquietud porque nada lo apremia, indolente al tiempo, consciente de su fugacidad. No parecía tener prisa ni presión, ninguna preocupación nublaba su infantil gesto. Seguía sin entender por qué tenía que cantar si nadie le iba a dar nada a cambio. Cuando el empresario Max Maretzek del Astor Opera House le pedía que cantase para él, le daba medio dólar en contraprestación, con el que podía comprarse dulces o juguetes. Se lo había oído a un chiquillo irlandés, unos años mayor que ella, que frecuentaba el barrio de Brooklyn en el que vivían y del que su madre siempre le advertía que se mantuviera alejada: «Si la foca no come, la foca no baila». Adelina, como buena foca, no iba a bailar sin sardina que echarse a la boca.
—Pero, cariño, ¿qué pretendes? ¿Acaso quieres que nos dé un infarto? —preguntó Caterina, debatiéndose entre el enfado y la comprensión—. Mira a tu padre: le falta saludar al acomodador; de hecho, creo que ya le ha estrechado la mano tres veces.
Salvatore llevaba minutos saludando a los invitados que habían acudido al Niblo’s Garden de Nueva York para escuchar a su hija, la portentosa niña que cantaba como las grandes divas de la ópera. Las casi tres mil doscientas butacas que revestían la platea desde que el teatro había reabierto sus puertas en el verano de 1849, tres años después de que un devastador incendio consumiera sus entrañas, estaban ocupadas por personas que, a excepción de los invitados, habían pagado dos dólares por ver a la pequeña Patti, la niña prodigio venida de Europa y nacida en Madrid el 19 de febrero de 1843, a las cuatro de la tarde, en una casa de huéspedes que doña Dolores Zárate de Rojas regentaba en el número 6 de la calle Fuencarral. Su madre estaba terminando la temporada en Madrid, en el Teatro del Circo, y no había querido suspender su actuación a pesar de su avanzado estado de gestación, lo que casi hizo que sintiera los primeros dolores de parto sobre el escenario. En la iglesia de San Luis de la madrileña calle Montera, Adelina fue bautizada el 8 de abril de ese mismo año como Adela Juana María, tal y como escribió el cura José Losada en la partida de nacimiento.
Y ocho años después, Caterina sentía otro tipo de dolor, estaba vez en el pecho, exordio de un amago de infarto provocado por la negativa de su pequeña a cantar.
—Cariño, llevamos semanas preparando este concierto. ¿Qué te ocurre? ¿Tienes miedo? —preguntó comprensiva—. No debes tenerlo, es como cuando te disfrazas con mis vestidos en casa, te calzas mis zapatos, te pintas con mi maquillaje y cantas ante tus muñecas. Pero esto será mejor porque no tendrás que decirles que aplaudan, ya lo harán ellos por iniciativa propia.
La primera vez que Caterina vio a su hija repitiendo el aria que había escuchado en el teatro a una gran soprano, estaba con su amiga, la contralto italiana Marietta Alboni. Ambas se quedaron observando a escondidas detrás de la puerta de la habitación de Adelina, que había dispuesto un perfecto semicírculo dibujado por sillas en las que había colocado a sus muñecas —más de diez—, a las que iba indicando cuándo aplaudir o lanzar ramos de flores que ella misma había elaborado con trozos de periódicos. Lo que no se esperaba ninguna de las dos era escuchar el pentagrama completo que la niña alojaba en la garganta y que le hacía repetir lo escuchado sin aparente esfuerzo, con una dicción perfecta en italiano, en inglés y en español, afinando la nota, dominando los tonos, con una voz flexible, rica, extensa y con una depurada técnica. Quizá fue la primera vez que la voz de Adelina Patti enmudeció al mundo. Tenía cinco años, a punto de cumplir los seis, y estaba lejos de ser una simple niña jugando con sus muñecas.
Tres años más tarde de aquel descubrimiento, Caterina no entendía la negativa de su hija a cantar ni tampoco su supuesto miedo escénico, ya que apenas unos días antes, el 22 de noviembre, había participado en un concierto en el Tripler’s Hall, y en otro, el 2 de diciembre, en el Astor Opera House, junto con ella y su hermana. La prensa había dejado constancia de ello: «Espectacular debut de una niña, una Jenny Lind en pequeñito, un ruiseñor en miniatura que cantó de manera sorprendente la complicada “Echo Song” y lo hizo de forma envidiable, con un autocontrol de la escena, de la situación y de sí misma, con una voz poderosa, inimaginable en alguien de corta edad».
Sin embargo, aquel 3 de diciembre de 1851 en el Niblo’s, Adelina no quería cantar.
—Pero ¿qué es lo que sucede?
Marietta Alboni hizo su entrada con gesto contrariado ante la tardanza. Acababa de llegar de Madrid, donde había cantado su segunda temporada en el Teatro Real, después de interpretar a Leonora de la ópera La favorita en 1850 durante la inauguración del templo operístico madrileño. Se había librado de milagro de la revolución del 15 de agosto de 1851 en la capital, que provocó la caída de la dictadura de Narváez y la redacción de una nueva constitución. Pero allí, en Nueva York, entre bastidores, se cocía otra rebelión muy distinta.
—La gente empieza a impacientarse —añadió—, y ya sabes lo que eso significa…
—La niña, que ahora dice que no canta. Y mira cómo está el teatro, completamente lleno. Tendremos que devolver el dinero, ¡con la falta que nos hace! —La expresión de Caterina no podía albergar más ansiedad—. Tú sabes todo lo que nos hemos gastado, Marietta, un dinero que no tenemos…
La familia Patti había llegado a Nueva York en 1845, animada por un amigo que residía en la ciudad y que instó por carta a Salvatore a convertirse en empresario de ópera. Según él, los neoyorquinos eran grandes amantes del bel canto y estaban deseosos de escucharla y dispuestos a pagar por ello. No fue una decisión fácil, pero no había otra salida. Ya en Madrid, después del nacimiento de Adelina, Caterina tuvo que desprenderse de algunas joyas para poder pagar la pensión en la que vivían y para que la familia pudiera seguir comiendo. Era una mujer fuerte que no se amilanaba ante los reveses de la vida.
Tenía quince años cuando el compositor Francesco Barilli la descubrió mientras recogía agua de una fuente y canturreaba el aria «Voi che sapete» de la ópera Las bodas de Fígaro, que le enseñó su madre, también soprano. El creador y maestro de canto se casó con ella y la convirtió en una buena soprano, que llegó a cantar una veintena de veces su ópera favorita, Norma, en Nápoles. El matrimonio tuvo cuatro hijos —Clotilde, Ettore, Antonio y Nicolo—, pero a los diez años Francesco falleció y Caterina tuvo que salir adelante por sí misma. Tiempo después conoció a un atractivo tenor de Catania, Salvatore Patti, con quien terminó casándose pese a la oposición familiar, y con el que tuvo otros cuatro hijos: Amalia, Carlotta, Carlo y Adelina. A Caterina la vida no la asustaba, ni siquiera cuando pensaba convencida que el nacimiento de su hija pequeña le había robado la voz sin que tuviera intención de devolvérsela. Tampoco se asustó demasiado cuando, al poco de llegar a Nueva York y alojarse en una modesta casa de Brooklyn, un trágico suceso sacudió la ciudad. El sábado 19 de julio de 1845, a las dos y media de la tarde, en la planta tercera de una fábrica de velas y aceite ubicada en el número 34 de New Street, en el Bajo Manhattan, un incendio provocó la muerte de treinta personas, pérdidas millonarias y la destrucción de cientos de edificios con estructuras de madera que los bomberos intentaron apagar durante más de diez horas con agua del depósito Croton, el conocido como embalse Murray Hill. La tragedia y la muerte no la asustaron, aunque sí lograron impactarla. «Pobre gente… No pudieron hacer nada para escapar de un final tan terrible, en su lugar de trabajo, creyéndose seguros y, de repente, el incendio…» Le dio por pensar en lo imprevisible del futuro, en los caprichos del destino, en lo volátil de un instante en el que todo puede cambiar, para bien o para mal.
Amparada en ese temor, prohibía a Adelina alejarse de la calle en la que vivían, algo a lo que la pequeña era bastante aficionada, aunque la mayor parte del tiempo, cuando no estaba en casa cantando, aprendiendo a tocar el piano o haciendo los deberes, lo pasaba jugando con muñecas, saltando a la comba, deslizándose en trineo o haciendo rodar un aro. Caterina conocía a su hija. Era caprichosa, temperamental, consentida, resabiada y, al mismo tiempo, capaz de mostrarse simpática y encantadora. Podía ser una buena niña y comportarse como tal, siempre y cuando nadie viniera a desbaratarle su particular paraíso, como cuando su madre no le dejaba ir a la heladería Wagner’s Ice Cream o al establecimiento de chocolates de Felix Effray. Era mucho pedir para no dar nada a cambio. Como madre, sabía que si su hija pequeña se empeñaba en algo, no había forma de hacerla cambiar de opinión, como cuando, en el Howard Athenaeum de Boston, se ganó unos azotes por salir al escenario a cantar con su madre un aria de Norma, cuando se le había prohibido expresamente. Peor fue el día que la pequeña decidió hacer pis en una esquina del escenario del Federal Street Theatre de la misma ciudad porque no le permitieron cantar junto con su progenitora y su hermana mayor; ella dijo que fue sin querer, pero Caterina sabía que no era cierto.
Adelina sólo había visto llorar a su madre dos veces: la primera, cuando murió el famoso compositor italiano Gaetano Donizetti, gran amigo suyo y autor de obras como Don Pasquale o Lucia di Lammermoor que tantas veces interpretó; la segunda, cuando ya en Nueva York tuvo que vender el resto de sus joyas para sacar adelante a la familia. Las cosas en casa no iban tan bien como se las prometían los inmigrantes que llegaban al país soñando con abrazar el sueño americano, que hicieron aumentar la población de la ciudad de 123.000 habitantes a los 515.000 en 1850, sobre todo por la llegada de irlandeses que huían de la Gran Hambruna que asolaba su país a causa de la llamada Crisis de la Patata, motivada por el mildiu, una enfermedad que arrasó con los cultivos del tubérculo en Irlanda y dejó sin alimento a sus habitantes. Eso provocó una oleada migratoria hacia Estados Unidos guiada principalmente por la desesperación. A grandes problemas, grandes remedios; un axioma que estaba a punto de tomar forma en el Niblo’s.
—Tengo una idea. —Marietta Alboni miró con picardía a su ahijada, la única que mantenía la calma—. Sé de algo que no fallará. No tardaré en volver.
Conocía los caprichos de la niña. La primera vez que le pidió que cantara para ella, le dijo que antes tenía que tomar el té con sus muñecas o, de lo contrario, no lo haría. Por supuesto, Adelina se salió con la suya.
A los pocos minutos, Marietta regresó con una caja marrón en cuyo lateral había una pegatina de una tienda de juguetes, la más famosa de Brooklyn. Era la preferida de la pequeña, que solía pegar la nariz a su escaparate hasta que el vaho cubría de niebla su visión. Colocó la caja sobre las piernas de la niña y la abrió. Era una preciosa muñeca Henriette, de cabello rubio largo, con un pasador de flor en su lado izquierdo, grandes ojos azules, un compendio de pecas salpicadas por sus mejillas y nariz, y un vestido de tul blanco lleno de lazos azules y rosas, unos elegantes botines de piel de color marfil y un collar de perlas. Adelina no había visto una muñeca más bonita en toda su vida.
—Y ahora, ¿vas a cantar o prefieres que me lleve a Henriette y se la dé a otra niña que se lo merezca más?
—Cantaré —aseguró, mientras cogía la muñeca—. Y cantaré con ella. Vamos, madre. No es bueno hacer esperar al público, padre siempre lo dice.
Adelina aún no lo sabía, pero siempre hay un instante que marca irremediablemente todas las decisiones que se toman en la vida. Y ella acababa de vivirlo.
Se incorporó de la caja donde estaba sentada, se estiró el vestido de varios manotazos y, aferrada a Henriette, se dirigió presta a salir a escena. En el camino encontró a un impaciente Salvatore que la esperaba desde hacía minutos, como el resto de los asistentes. El murmullo del público cesó. La niña se colocó sonriente en mitad del escenario, asiendo con fuerza su nueva muñeca. Era el centro de atención. Las potentes luces le impedían distinguir los rostros de quienes ocupaban las butacas del teatro, pero sabía que la miraban a ella, sólo a ella. Estaba feliz. Sin embargo, los espectadores de las primeras filas del Niblo’s no lo estaban tanto. La niña era tan pequeña que no la veían. Salvatore, que en cualquier detalle veía peligrar el espectáculo y, por ende, la recaudación, salió presuroso portando una mesa, cogió en volandas a su hija y la subió a ella para que todos pudieran verla. Una vez solventado el problema, la orquesta empezó a tocar las primeras notas de la partitura. Todos estaban nerviosos; todos, excepto Adelina. Incluso Caterina se había llevado el rosario que no solía sacar de casa, entrelazado en sus manos. Salvatore sentía un sudor frío del que no se había podido desprender desde primera hora de la tarde. Marietta sonreía, pero también rezaba para sus adentros. Los primeros compases de «Casta Diva» aniquilaron los carraspeos y las toses.
Casta Diva, che inargenti
queste sacre antiche piante,
a noi volgi il bel sembiante
senza nube e senza vel…
Cuanto más se adentraba en el aria, más denso era el silencio en la platea. No se escuchaba ni un suspiro… Nada salvo la interpretación de la niña.
Tempra, o Diva,
tempra tu de cori ardenti
tempra ancora lo zelo audace,
spargi in terra quella pace
che regnar tu fai nel ciel…
La voz de Adelina ascendía hasta el anfiteatro, rozando la excelencia, incluso alcanzándola en algunos momentos.
Ah, riedi ancora qual eri allora,
quando il cor ti diedi allora.
Ah, riedi a me.
Tras un silencio hierático, una incontenible explosión de aplausos recorrió el teatro, barnizado de blanco gracias a los pañuelos que la audiencia agitaba al aire, llenándolo de bravos y de más de un Brava! que congratuló a Adelina y colmó de orgullo a sus padres. Una niña de ocho años había obrado el milagro. Nadie sabía cómo, pero había sucedido. Las flores comenzaron a alfombrar el escenario y la pequeña se agachó para recoger algunas hasta que, tras varios minutos que le parecieron eternos, se cansó y se sentó en la mesa sobre la que había cantado, recibiendo la ovación que no tenía visos de cesar. Cuando Caterina vio a su hija sentada tranquilamente sobre la mesa con su muñeca Henriette en brazos, estuvo a punto de desmayarse. Salió de inmediato a escena para obligarla a ponerse de pie, erguida, como debía acoger los parabienes del público, saludando a los presentes, a todos los que se dejaban las gargantas y las manos en justa contraprestación a lo que había hecho Adelina. El retumbo de la aclamación sonó en los oídos de la niña como una intensa lluvia sobre el teatro. Cuando finalmente Salvatore la sacó de escena y la condujo entre bambalinas, donde la esperaban la familia y algunos amigos, ella rompió a llorar al ver la alegría de sus progenitores. Se abrazó a sus hermanos, a sus hermanas, a su madrina Marietta. Su madre, con el rostro bañado en lágrimas, la atrajo hacia sí y la besó. Acababa de tomar una decisión: Caterina no volvería a cantar. Ahora sabía que la única voz de oro era la de su pequeña. Y cuando hay una reina en la sala, las demás, incluso las reinas destronadas y las eméritas, inclinan la cabeza en señal de respeto y callan.
Las lágrimas cesaron de inmediato cuando fue trasladada junto con su familia a una sala del teatro donde aguardaban más amigos junto con los temidos críticos, todos encantados con ese portento. «La facilidad con la que la voz de este ángel pasa del si grave al fa sobreagudo es digno de estudio. Jamás lo escuchamos antes. Estamos ante un milagro». Como si hubiera regresado al escenario, sabiéndose el centro de todas las miradas, su cara mudó. Ni un rasgo compungido ni un gesto de emoción contenida, todo eran sonrisas. Aquella fría tarde del 3 de diciembre, Adelina acababa de demostrar que era una gran cantante, y también una gran actriz. Entre los invitados estaba la célebre soprano Giulia Grisi, reina indiscutible del panorama operístico a la que ella tanto admiraba, y su marido, el tenor Mario de Candia, tan apuesto como siempre. Su sonrisa se amplió al recordar aquel lejano día en un teatro, cuando se acercó a la soprano para ofrecerle un ramillete de flores; ese día Giulia la ignoró, ocupada como estaba en un maremágnum de saludos, y fue su esposo quien recogió las flores y le prometió que las guardaría para siempre en la partitura que había representado esa noche. Dos años después, mientras la Grisi la obsequiaba con dos besos y el deseo de un futuro brillante, Adelina empezó a darse cuenta de los caprichos del destino. Y decidió que le gustaban.
Los aplausos habían alimentado aún más su pasión por la música, pero también su carácter de diva. Cuanto más éxito y reconocimiento recibía, más altanera, mandona, caprichosa y traviesa se mostraba. Sus padres habían reparado en ello, pero optaron por consentírselo. Su familia sabía que estaba alimentando su ego, pero quizá sería ese mismo ego el que los alimentaría a ellos.
Nueva York era un polvorín. Aún se escuchaba en las calles el eco de los violentos disturbios que protagonizaron los obreros en 1848, debido al cierre de industrias y a la depresión económica; un contexto en el que las huelgas y las protestas poco podían hacer, excepto sembrar esas mismas calles de cadáveres. No todos veían con buenos ojos el crecimiento demográfico que experimentaba la ciudad desde hacía años, debido en gran parte a la inmigración, y se extendía el temor a que los que llegaban de fuera les robaran los puestos de trabajo y los jornales. Los irlandeses no eran bien vistos y los italianos, especialmente si eran artistas, tampoco. Y en los años en los que parecía que el crecimiento económico llamaba a la puerta, algunos nativos no estaban dispuestos a compartir el pastel con gente foránea.
Los Patti vivían en una modesta vivienda de Brooklyn que habían convertido en su particular oasis. Todos los miembros de la familia se dedicaban a la música, con peor o mejor suerte. Salvatore no estaba pasando por un buen momento después de que su trabajo como empresario de ópera se desmoronase como un castillo de naipes. Lo había intentado con tres teatros y todos ellos acabaron echando el cierre. Incluso había prescindido de sus servicios el Astor Opera House, el lugar donde Adelina había cantado el aria «Casta Diva» tras una comida con Caterina y el director de orquesta Luigi Arditi en un hotel de la ciudad. Mientras un célebre chef italiano les preparaba sus famosos y exquisitos macarrones, la pequeña dejaba sin palabras al compositor oriundo de Crescentino al cantarle un aria de La sonnambula, que hizo que las lágrimas inundaran sus ojos, previa mordida de una muñeca, como era habitual. En aquella ocasión fue una morena, con un alambre bajo las enaguas que permitía que abriera y cerrara los ojos. «Debes ser buena y obediente, y quedarte aquí sentada. Mamá va a cantar para este señor una canción, haré que llore y luego podremos irnos a jugar», le dijo Adelina a la muñeca, lo que provocó una sonrisa cómplice entre Arditi y Caterina.
La suerte no parecía acompañar a la familia, aunque la matriarca solía recordar que al menos se habían librado de la epidemia de cólera que recorrió la ciudad en 1848, dejando miles de muertos y la sensación de que la peor plaga que había asolado el país había llegado a bordo de los barcos de irlandeses que arribaban al puerto de Nueva York. Caterina agradecía que el dueño de la tienda de instrumentos musicales, el señor Palissy, le fuera facilitando alumnos a los que poder dar clases de canto y ganar un dinero.
—Siempre nos queda la posibilidad de irnos a California y contagiarnos de la fiebre de oro —bromeaba Salvatore.
—Lo que te faltaba, tú con un gran sombrero de paja en la cabeza, metido en el agua hasta las rodillas y cribando en el río Mokelumne como un gambusino —comentaba burlona Caterina.
Aquella tarde la charla versaba irremediablemente sobre la precariedad económica de la familia, y Adelina también quiso expresar su opinión, mientras bebía un vaso de leche caliente a sorbos para evitar el hipo que la asaltaba a menudo.
—¿Y por qué no dejáis que cante? Se me da bien y a la gente le gusta escucharme. Siempre decís que aprendí a cantar antes que a hablar. Podemos ganar mucho dinero. Vosotros mismos lo oísteis el otro día: me llamaban la piccola prima donna. El teatro estaba lleno y los aplausos duraron minutos.
Caterina y Salvatore, así como Amalia, Carlotta y Ettore —los hermanos de Adelina que estaban en la casa—, se miraron en silencio, como si alguien hubiese expresado en alto lo que todos pensaban.
—Aún eres muy pequeña. En el mundo de la ópera no hay niñas —le contestó su padre procurando que su explicación sonara a cariño y no a reproche—. Además, tienes que ponerte al día con tus clases de piano, jovencita…
—Tiene las manos tan pequeñas que sus dedos, más que tocar las teclas, deben escalarlas, sobre todo las negras —puntualizó, sin poder evitar la risa, Carlotta, que también cantaba y poseía una hermosa voz, aunque no llegaba a la de la benjamina. Además, en un escenario, la leve cojera con la que convivía desde su nacimiento no facilitaba las cosas.
No era la primera vez que el tema centraba las conversaciones de sus padres. Y no sólo las de ellos. En la trastienda del establecimiento de instrumentos musicales del barrio se reunía un buen número de artistas italianos para compartir vivencias, experiencias, miedos y también buenas nuevas, siempre vestidas de esperanzas y sueños. El dueño era un francés afable, de buen carácter, simpático y amante de la música, pero, sobre todo, admirador de los artistas, en especial del bel canto de la escuela italiana. El señor Palissy ofrecía su establecimiento para celebrar esas reuniones que alimentaban el cuerpo —ya que nunca faltaban un poco de limoncello, embutido italiano y vino siciliano—, pero sobre todo el alma. La extraordinaria voz de Adelina no había pasado inadvertida para nadie. La pequeña acudía con frecuencia a esas tertulias y se brindaba a cantar canciones o arias de alguna ópera a cambio de una buena ración de culatello de Parma o spianata de Calabria; a veces, lo hacía acompañada por su madrina Marietta y por Caterina, lo que convertía la trastienda en un espejismo de La Scala de Milán.
—¿Cómo es posible que una niña muestre esa pasmosa madurez vocal? ¿De dónde ha salido? —se preguntaba el señor Palissy—. ¡Ni siquiera ha tenido tiempo de aprenderlo!
—Y lo más inaudito, ¿cómo puede vocalizar como lo hace y en cualquier idioma que cante? Lo que a algunas sopranos nos ha llevado años de preparación, a ella le brota sin más de la garganta —reconocía Marietta mientras cogía uno de los violines de la tienda—. Me llevo éste. Es para un alumno. Tiene mucho potencial, sólo le falta el instrumento. Así que habrá que dárselo; no estamos para perder talentos.
La contralto siempre hacía gala de su generosidad, especialmente con los jóvenes. Después de ser pupila del compositor Gioachino Rossini —quien se refería a ella como «el elefante que se ha tragado un ruiseñor»—, había triunfado a los veinte años interpretando el personaje de Maffio Orsini en Lucrezia Borgia de Gaetano Donizetti, en La Scala de Milán, y lejos de endiosarse, se mostraba afable, cercana y generosa con todo aquel que acudía a pedirle ayuda o consejo. Sin duda, una rara avis en el mundo de la ópera, donde florecían las divas por doquier, celosas de mantener su territorio alejado de posibles rivales.
—Es una niña prodigio —consideró el dueño de la tienda de muñecas, aquel paraíso soñado por Adelina y por todas las niñas del barrio—. En lo que llevo de vida, no he visto y mucho menos oído nada igual.
—Desde los cuatro años canta canciones, a los cinco ya realizaba unos trinos perfectos —recordaba orgullosa Caterina—. Luego llegaron las florituras, las escalas, las arias de ópera… Su voz no conoce límites. Es un don con el que ha nacido. Igual que los demás respiramos, ella canta. Es un talento natural.
—Es un milagro —sentenció Salvatore mientras se sentaba en una de las sillas habilitadas en la trastienda y extendía un poco de ’nduja sobre una rebanada de pan—. Mi intención es empezar a trabajar con ella en su formación para que no se tuerza ni fuerce la voz, aunque me temo que el temperamento de la niña me va a dar problemas…
—Tu hija tiene una mina de oro en la garganta. Un diamante, y no precisamente en bruto. Aun así, hay que ir con calma, hay que pulirlo con buena mano, permitir que se forme, pero con la persona adecuada, no vaya a ser que las prisas estropeen ese don con el que ha nacido —advirtió el señor Palissy dejando sobre una de las cajas de madera que actuaba a modo de mesa un plato con varias finas lonchas de lardo di Colonnata.
—La niña es completa, maravillosa. Tiene una naturalidad que pocos poseen, excepto las grandes sopranos que llegan al final de su carrera —terció Caterina al tiempo que le retiraba el bote de ’nduja a su marido; el picante no le sentaba bien—. Adelina ha comenzado como muchas cantantes terminan. Mi esposo no exagera: ¡tiene hasta el temperamento de una diva!
La conversación transcurría animada y todos parecían tener una opinión al respecto, aunque no siempre coincidían sobre la manera y el método de educar la voz de la pequeña.
—Tenéis razón, es un milagro de la naturaleza. Pero cuidado con la madre natura; es caprichosa y peligrosa. Terremotos, tsunamis, plagas, huracanes, todos ellos capaces de devastar el mejor terreno, el más extraordinario cultivo, la ciudad más hermosa. —Marietta Alboni sabía de lo que hablaba. Había visto a muchas aspirantes a soprano quedarse por el camino por una mala decisión o por un consejo erróneo—. Tu hija es capaz de cantar el aria de una ópera; veremos si es capaz de enfrentarse al resto. Personalmente, estoy segura de que lo será.
—Perdonad lo que voy a decir, quizá suene cruel —apuntó Salvatore, que parecía haber pensado sobre la carrera de su hija más que el resto—, pero Adelina tiene la edad perfecta para recibir unas clases y luego dar el salto a los teatros, sin demorarse demasiado. Éste es el momento adecuado para hacerlo. La Malibrán muerta y la Grisi reina en solitario, pero ¿hasta cuándo?
—Quiero que se prepare, que se eduque —replicó Caterina, después de escuchar el planteamiento despiadado aunque certero de su marido—. Al menos de entrada, su hermano Ettore podría enseñarle todo lo relativo al tema vocal, y podemos llamar a la signora Pravelli para que vaya trabajando con ella; me parece una buena opción.
—Yo puedo darle clases, unas nociones de lo que es el canto, la ópera, la voz, la respiración, los movimientos… ¡Quién mejor que su padre!
—Cualquiera, querido —repuso Alboni, muy convencida—. Adelina es caprichosa, rebelde, revoltosa y, precisamente porque eres su padre, no va a respetarte cuando te pongas a explicarle cómo respirar mejor, hasta dónde forzar la voz o con qué escalas comenzar el día. Olvídate, Salvatore. Tienes que buscar a alguien que venga de fuera y que sepa imponer unas reglas. Y yo tengo a ese alguien. De hecho, esta noche nos acompaña: Maurice Strakosch.
Al escuchar su nombre, una oleada de calor recorrió el cuerpo del joven, que dudaba de si debía ponerse en pie, saludar, asentir, callar o lanzarse a hablar. Maurice era un reconocido pianista de veintisiete años que había debutado en Austria y en Alemania a los once años de edad, por lo que conocía a la perfección la naturaleza y las controversias de ser un niño prodigio. Había intentado ser tenor, incluso estudió con la soprano italiana Giuditta Pasta, musa de Bellini en las óperas Norma y La sonnambula, pero sus cualidades, aunque aceptables y técnicamente perfectas, no alcanzaban la excelencia que se requiere para formar parte del paraíso operístico. Por esa razón se había dedicado a la docencia y a llevar con diligencia la carrera profesional de algunos artistas. La compleja situación que vivía Europa había hecho que, como otros muchos, se trasladara a Nueva York en busca de una vida mejor donde poder realizar su profesión y allí fue donde se reencontró con los Patti, con los que había coincidido en Vicenza, en 1843.
La propuesta de Marietta Alboni agradó al señor Palissy; sabía que el joven era el candidato indicado. Llevado por ese sentimiento de convicción, se disponía a llenar los vasos de los presentes con un delicioso limoncello llegado expresamente de Sorrento.
—¿Maurice? —preguntó con cierta retranca Caterina—. ¿Mi yerno?
Maurice había entrado a formar parte de la familia Patti el 8 de mayo de 1852, al casarse con Amalia. El joven había conocido a la hija mayor de Salvatore y Caterina nada más llegar a Nueva York, en 1848, y su historia de amor había arraigado ante la siempre cautelosa mirada de su suegra, que barruntaba en la conveniencia de incorporar a un artista más a la familia y, encima, de origen judío.
—El mismo, querida. Como verás, el hombre tiene buen gusto y además todo queda en casa —admitió irónica Alboni, alzando su vaso de limoncello.
—Tengo muy claro el trabajo que hay que realizar con Adelina. Y sé cómo ganarme su respeto —afirmó Maurice—. Por supuesto, su hermano Ettore será su profesor. Se lleva bien con él, no habrá problemas de rebeldía.
Ettore Barilli era hijo de Caterina de su primer matrimonio y acababa de llegar a Estados Unidos con su mujer y su bebé de pocos meses en busca de una vida mejor. Era un buen barítono y se preparaba para hacer su debut americano en la Academy of Music de Nueva York, aunque para eso todavía faltaba un tiempo.
—Yo me haré cargo de los ejercicios vocales, de vigilar y cuidar su voz, de elegir las arias idóneas, aunque soy partidario de que las reduzca, al menos de momento —pensó Maurice en voz alta—. Me inclino más por canciones como «Home, Sweet Home» o «Comin’ Thro’ the Rye». Así no forzaremos su garganta, pero la educaremos y la tendremos controlada. Y, por supuesto, me encargaré de la preparación musical y física, empezando por la dieta y terminando por la hora de levantarse o de irse a dormir.
—¡Es una niña! No sé si admitirá una disciplina tan estricta, pensada para sopranos de verdad.
—Es que Adelina es una soprano de verdad, querido suegro —repuso Maurice—. No hay otra manera de afrontar su educación, si queremos que dé sus frutos. Y así lo habrá de entender ella: si tiene edad para comportarse como una diva, tiene edad para levantarse a las seis de la mañana, acostarse a las ocho de la tarde y primar en su alimentación la carne blanca y las verduras. Lo hablaré con Ettore. Adelina tiene la voz. Nosotros pondremos la rutina y la disciplina.
—Tu hija puede sacar adelante a toda la familia —sentenció el señor Palissy, rellenando de nuevo los vasos vacíos—. Ya sabéis lo que hay que hacer. Cuidadla. Y escuchad los buenos consejos.
Los planes ideados en la trastienda del establecimiento de instrumentos musicales tuvieron éxito. Adelina veneraba a Maurice, quien se había ganado su respeto sabiendo cuándo podía o no tensar la cuerda. Él había aprendido a llevarla, a soportar sus momentos de divismo, de niña consentida, sus burlas infantiles y sus contestaciones airadas y a menudo fuera de lugar, aunque siempre sagaces. Ella parecía divertirse y disfrutaba maquillándose ante el espejo y vistiéndose para las lecciones de canto. La pequeña quería verse encima de un escenario y cuanto más caso hiciera a su hermano Ettore y a su cuñado Maurice, más cerca estaría de conseguirlo. Y si para eso había que beber más agua o disminuir los dulces, no tendría ningún problema en hacerlo. Quería ser como su admirada Jenny Lind, apodada «el Ruiseñor Sueco» por su calidad como soprano. Siempre había cantado sus canciones, imitado sus gestos, alabado sus vestidos, sus peinados… Deseaba ser como ella. Era una niña y tenía sus sueños, y todos parecían dispuestos a colaborar para que los alcanzara.
Salvatore seguía muy de cerca la educación que habían planificado para su hija y muchas veces participaba directamente en ella. Sólo en una ocasión tuvo que reprender a su pequeña cuando ésta, consciente de la potencia de su voz y pensando que la conservaría siempre, daba igual lo que hiciese, llegó a una F, la sexta nota del alfabeto musical en una escala cromática, por encima del C alto —do en notación latina—, la primera nota musical de la escala diatónica de do mayor.
—¡Jamás hagas eso, Adelina, nunca más! Es como si te clavaras un cuchillo en las cuerdas vocales.
—Pero puedo hacerlo sin problema, no me cuesta ni me raspa la voz ni me duele… El fa sale solo. Es sencillo para mí.
—¿Sabes lo que conseguirás si persistes en tu actitud? Quedarte sin voz en unos años. Y muda, no podrás cantar. Nadie querrá subirte a un escenario. Se acabaron las luces, las flores, las muñecas, los regalos, los aplausos, los vítores, los vestidos, el maquillaje…
—Pero, padre…
—Y si eso no te convence para que dejes de forzar la voz de una manera tan absurda e innecesaria —añadió visiblemente enfadado, contando con la aquiescencia de Maurice—, dejaré de hablarte. Nunca volveré a hacerlo.
Salvatore abandonó la estancia, dejando a la pequeña al borde del llanto. No lo haría más. La F acababa de borrarse del pentagrama de su garganta.
Un día, Maurice llegó a casa de los Patti con una propuesta que a Salvatore le gustó más que a Caterina; de hecho, el patriarca llevaba tiempo pensándolo, pero no había querido proponerlo por miedo a que alguien pudiera acusarlo de algo que un padre jamás desea que lo acusen.
—Quieren presentarla como una niña prodigio de la ópera. La propuesta es de un empresario y agente musical. Hemos trabajado juntos en más de una ocasión; es serio y profesional y muy cercano a la Academy of Music de Nueva York, lo que sin duda nos vendrá bien de cara al futuro, cuando queramos que Adelina haga su debut operístico. —Maurice interpretó el silencio de sus suegros como algo positivo y continuó hablando—: Quiere hacer una gira con ella por Estados Unidos, darla a conocer al gran público. Quiere convertirla en un fenómeno al que vaya a ver toda la familia, grandes y pequeños. Y entre esos grandes seguro que habrá personas importantes de la industria musical en busca de nuevos talentos. Creo que es una buena oportunidad.
—Pero tiene nueve años… —terció Caterina, que no terminaba de ver la idoneidad de la propuesta—. Es demasiado pequeña para emprender una gira. Todos sabemos lo duro que resulta una tournée.
—Mujer, no iría sola. Yo estaría con ella y Maurice no se separaría de su lado. Estaría con la familia, nada malo puede sucederle.
—Nueve años, Salvatore…
Caterina tenía la impresión de que, a la hora de valorar la oferta, su marido anteponía la desastrosa situación económica de la familia a los posibles estragos que un periplo artístico por Estados Unidos podía suponer física y mentalmente para su hija. No podía culparle ni reprocharle su celo por su estabilidad financiera, pero le costaba gestionarlo con naturalidad.
—¿Y de cuánto tiempo de gira hablamos? —preguntó a su yerno.
—Serán unos cuatro años, aproximadamente.
—¡¿Pretendes que pase cuatro años sin ver a Adelina?!
—¿Quién ha dicho eso? —intervino su marido—. Podrás verla siempre que quieras.
—Salvatore, ¿lo has pensado bien? ¿Has puesto en la balanza lo que es primordial frente a lo accesorio?
—Llevo meses haciéndolo. Incluso diría que años.
—El primer concierto sería en Baltimore. En total, se contratarían tres. Tenemos hasta el precio de las entradas… —comentó Maurice pensando que eso despejaría las dudas de su suegra.
—Veo que lo tenéis todo pensado. ¿Desde cuándo lleváis preparando esto?
—Las oportunidades hay que aprovecharlas cuando se presentan. Llevamos mucho tiempo trabajando para que algo así suceda. Y ahora es el momento —le recordó Salvatore, acercándose a ella, buscando la complicidad que siempre habían tenido.
—¿Se lo habéis dicho a la niña?
—Todavía no. Cuando se lo digamos, se pondrá tan feliz y nerviosa que estará dando saltos de alegría todo el día. Y, por supuesto, quería hablarlo antes con ustedes —aseguró Maurice.
La valoración de Strakosch resultó certera. Cuando Adelina conoció los planes que tenían preparados para ella, no paró de cantar, de saltar, de brincar, de bailar, haciendo partícipes a sus hermanos, que compartieron con ella su alegría infantil —mucho más epicúrea que el resto de las alegrías—, y también a sus muñecas.
La felicidad había llegado a su vida. Sólo tenía que dejarla entrar.
La gira por Estados Unidos comenzó en Baltimore, tal y como había precisado Maurice. Al primer concierto asistieron poco más de un centenar de personas, sembrando la preocupación en el ánimo del empresario teatral, pero los días posteriores, gracias al boca a boca, el teatro se llenó y no sólo de personas, sino de aplausos, de bravos, de flores, de todo tipo de aclamaciones hacia la niña prodigio, «la pequeña Jenny Lind», como habían empezado a llamarla para satisfacción de Adelina. El entregado público quería saludarla, llevarla en volandas hasta el hotel —un conato que su padre y Maurice evitaron—, acercarse a ella para felicitarla, adularla, colmarla de abrazos y de besos. Al fin y al cabo, era una niña, una muñeca: frágil, aunque no lo aparentara, dependiente de los suyos y con un perfil infantil imposible de borrar. La pequeña estaba feliz y así se lo hacía saber a Henriette cada noche: «¿Te has dado cuenta del éxito que he tenido? Pues mañana será mayor. Y al día siguiente, aún más, y al otro será una locura».
El repertorio elaborado por Maurice para las actuaciones era rico y variado, respondiendo a los deseos y al gusto de los que asistían a escucharla: el aria «Casta Diva» de Norma, la cabaletta «Ah non giunge uman pensiero» de la ópera La sonnambula, el aria «Sempre libera» de La traviata, la canción «Home, Sweet Home», el aria «Una voce poco fa» de El barbero de Sevilla… El público enloquecía. Aunque los asistentes sólo tenían ojos para ella, no estaba sola en el escenario; habitualmente la acompañaba un pianista y, a veces, también un violinista, según la plaza donde actuara y el repertorio que ofreciera. El pianista, Louis Moreau Gottschalk, se entendió desde el principio con ella, aunque era un poco presuntuoso y presumido. En cierto modo, era normal, ya que acababa de llegar de Madrid donde había actuado con gran éxito y, según se encargaba de contarle a todo el mundo, la reina Isabel II de España le había hecho llamar a su palco para darle sus parabienes y felicitarle por su interpretación. Esa circunstancia, unida a sus muchos años de carrera, propiciaba que su nombre encabezara los carteles de la compañía, y en caracteres más grandes que los del resto del elenco. Adelina se quedaba observando los afiches, convencida de que algún día no muy lejano sería su nombre el que destacara, en enorme grafía. Lo tenía todo pensado: exigiría que las letras fueran de otro color para que resaltaran y pudieran verse mejor. Tenía prisa por crecer y esa urgencia no afectaba sólo al tamaño de los caracteres. Pero si su sueño pecaba de un apremio inoportuno, tenía el autocontrol suficiente para recurrir al refrán italiano convertido en lema de Salvatore: «Quien va despacio llega seguro; quien va seguro llega lejos».
La recaudación superaba cada noche las expectativas y sólo era el principio. La gira siguió por otras muchas ciudades de Estados Unidos con el mismo éxito de crítica, público y taquilla. Todos caían rendidos a sus pies. Adelina estaba pletórica. No echaba de menos a sus amigas porque apenas tenía, y las que atesoraba le parecían aburridas, ya que no se mostraban tan complacientes como el público que acudía a verla y a deshacerse en aplausos. Cuando estaba en Nueva York, compartía las tardes con jovencitas de su edad y, al igual que a sus muñecas, las obligaba a gravitar a su alrededor más que a jugar con ella. Ella las entretenía contando cuentos y relatos, la mayoría inventados, o cantándoles canciones —para disgusto de Caterina, que más de una tarde tuvo que ir a buscarla para llevársela a casa, instándola a que dejara de malgastar la voz—, pero al final siempre les exigía que aplaudieran y aclamaran su nombre a coro, lo que hacía que las niñas se cansaran y optaran por marcharse para entretenerse con otros juegos menos exigentes; la rayuela no pedía más atención que estar bien dibujada sobre el asfalto. La niña prodigio de la ópera no era muy popular entre sus amigas, pero no le preocupaba. Para eso ya tenía a sus muñecas, que eran más obedientes, dóciles y sumisas. Tampoco extrañaba su casa, seguramente porque viajaba con parte de su familia y ni Salvatore ni Maurice se separaban nunca de ella. Había momentos en los que se acordaba de su madre y de sus hermanos, pero los añoraba igual que añoraba a las muñecas que había dejado en su habitación, ya que sólo le habían permitido llevarse a Henriette.
A finales de 1856, unos meses antes de que el demócrata James Buchanan jurara el cargo como decimoquinto presidente de Estados Unidos, Adelina regresaba a Nueva York junto a su padre y su cuñado, dando por finalizada su primera gira. Mientras a ellos se les notaba el cansancio tatuado en el rostro y grabado en el cuerpo, y no precisamente por cargar el pesado equipaje que portaban —más de cinco baúles con los vestidos que la pequeña artista utilizaba en sus interpretaciones—, ella se mostraba ansiosa por seguir cantando. Durante las actuaciones le gustaba protestar por detalles aparentemente sin importancia que para ella eran primordiales: un pespunte mal cosido, un lazo mal hilvanado, unos guantes deshilachados, unos zapatos muy grandes para sus pies, unas trenzas mal entreveradas o una luz demasiado potente para sus tiernos ojos. Sus quejas siempre venían aderezadas por el berrinche y solían desembocar en amenazas de no cantar, de apremiar el regreso a casa o de uno de sus conocidos brotes escénicos, en los que gritaba, pataleaba o se tiraba al suelo, contorsionándose como si fuera víctima de algún tipo de convulsión patológica. «No quiero. No me hacéis caso. No es así como debe ser»; las negativas salían de su boca con la misma facilidad que los trinos de su garganta. Sin embargo, cuando no estaba en un escenario lo echaba de menos y quería volver a pisar las tablas, regresar al teatro, a esa oscuridad de la sala donde todos la escuchaban en silencio, cuando nadie retiraba la vista de su persona, donde le aplaudían, admiraban, vitoreaban y le lanzaban flores de verdad, no como aquellas que ella misma tenía que hacer con recortes de periódicos cuando actuaba para sus muñecas.
Adelina regresó a Nueva York como si hubiese madurado diez años de golpe y su condición de diva había aumentado los mismos enteros. Había razones que lo justificaban. Durante los casi cuatro años de gira, sus actuaciones le habían reportado más de veinte mil dólares; Caterina utilizó cerca de setecientos para adquirir un terreno en las afueras de la ciudad, donde construir una casa más grande, con un pequeño jardín, más habitaciones y las mejoras propias del progreso que se iba abriendo en la ciudad. Salvatore lo agradeció, en parte por evitar a determinados vecinos que no estaban conformes con su manera de actuar con la pequeña. Desde su regreso, un hombre que vivía dos pisos más arriba que los Patti solía asomarse al hueco de la escalera para gritarle: «¡Salvatore, explotador! ¡Qué vergüenza! ¡Aprovecharse así de una niña, de su propia hija!». La primera vez que lo escuchó, una avalancha de vergüenza se cernió sobre él, motivada más por lo que pudiera pensar el resto de la vecindad que por la acusación en sí. Más tarde optó por obviarlo, aunque los bramidos de reproche no cesaron y se repetían cada vez que intuía su presencia en la escalera.
«Como si alguien fuese capaz de lograr que Adelina hiciese algo contra su voluntad…», pensaba Salvatore. Tenía trece años; si Caterina no había podido encauzarla a los ocho, difícilmente lo haría en plena adolescencia. «¡Y quién discute con una mina de oro!», solía pensar la matriarca, más aún cuando el fantasma del pánico financiero volvía a cernirse sobre Estados Unidos, con banqueros de la costa este ajustando sus créditos y rechazando muchos de los valores que venían del oeste, donde todo se precipitaba a mayor velocidad, como a su vez lo hacía la otrora próspera y rentable industria de los ferrocarriles.
Animada por ese espíritu rebelde, y a pesar de que su madre le instaba a quedarse en casa descansando, «la pequeña Jenny Lind» a menudo prefería dar paseos por el barrio, luciendo uno de sus vestidos nuevos, el más elegante, de un intenso color rosa, su favorito, ribeteado con lazos blancos. Según le había confiado a su madre, quería ponerse al día de las novedades que acuciaban al vecindario, aunque en realidad lo que pretendía era dejarse ver y comprobar si las noticias sobre su éxito habían llegado a oídos de la gente. Necesitaba sentirse admirada. Lo confirmó al comprobar cómo los rostros de sus vecinos mudaban en gestos de complacencia, cómo la colmaban de felicitaciones, la llenaban de abrazos, la besaban e incluso aplaudían en mitad de la calle, algo que henchía el ego de la adolescente. Por primera vez pensó si algún día podría vivir sin el eco de los aplausos, sin el reparador sonido de los vítores y se convenció de que le resultaría imposible. En su deambular por el barrio, comprobó con tristeza que el señor Palissy había muerto durante su ausencia, aunque le había dado tiempo de enterarse de sus triunfos gracias a las cartas que Salvatore enviaba a Caterina y que su madre leía en la trastienda del local de instrumentos musicales para alegría de todos los presentes, que se encargaron de esparcir la buena nueva por el barrio; tenían una vecina ilustre, había que presumir de ella.
Cuando volvió a casa de uno de sus paseos, observó el característico brillo en los ojos de su padre: algo sucedía. Apenas habían transcurrido unos días desde su regreso a Nueva York cuando Maurice recibió una tentadora oferta: una gira por los estados sureños, incluyendo las Antillas Mayores, principalmente Puerto Rico y Cuba. De la boca de Salvatore quería salir un sí rotundo, tan claro como un sobreagudo de su hija, pero su yerno le recomendó que esperara unos meses, que lo pospusiera para el próximo año, el tiempo suficiente para que la voz de Adelina pudiera descansar, recobrarse de los excesos acumulados en casi cuatro años de intensa actividad, y darle la opción de disfrutar de un periodo de tranquilidad. En opinión de Maurice, la joven debía dejar de recorrer el país en trenes, con su padre arropándola con una estola de piel regalo de Caterina que la niña solía utilizar en las funciones y acurrucándola, al igual que ella hacía con su muñeca Henriette, hasta que llegaban al hotel y la pequeña comía algo de fruta, pan con mantequilla espolvoreado con un poco de azúcar y su manjar predilecto: queso con higos y membrillo. Necesitaba normalizar su cuerpo, su alimentación, recuperar su rutina.
La familia vio con buenos ojos la propuesta de Strakosch, que, siempre priorizando el bienestar y la carrera de la joven, no podía ocultar que él también necesitaba pasar más tiempo con su mujer, Amalia. Sin embargo, se reservaba verbalizar un temor transmutado en fantasma que se paseaba por su cabeza desde hacía un tiempo: que la inminente adolescencia de su cuñada trastocara sus cuerdas vocales y su voz mudara, reduciéndose a un espejismo de lo que podría haber sido. Era la gran amenaza de las niñas prodigio con gargantas privilegiadas: llegar a la pubertad y que la voz se aflautara, dinamitando la mina de oro. Había visto demasiados sueños rotos por la venganza del tiempo que, a veces, disfrutaba desplegando su poder supremo.
El tiempo voló, como lo hicieron el 8 de marzo de 1857 los cánticos de miles de mujeres, trabajadoras textiles que salieron a las calles de Nueva York para protestar por sus condiciones laborales, exigir mejoras en los horarios, la equiparación del salario con respecto al de los hombres y el fin del empleo infantil. Tanto ellas como Adelina salían al mundo para acometer su particular revolución y todas estaban convencidas de que lo conseguirían.
Cuba le pareció un paraíso de vegetación y olores que no siempre sabía distinguir y necesitaba ayuda de los isleños. La fragancia de la caña de azúcar se mezclaba con el aroma de las hojas de tabaco, creando un olor un tanto especial, que Adelina dudaba de si era o no de su agrado; dependía del día, como casi todo en ella. Lo que sí bebía con fruición era el jugo de caña de azúcar, un néctar al que se aficionó desde que un joven empleado del hotel se lo ofreció a modo de bienvenida, a pesar de que Maurice le recomendaba que controlara su consumo. «Ni que fuera alcohol, cuñado. Tienes que relajarte un poco. Con este calor, el azúcar se evaporará antes que nosotros», se justificaba, mientras saboreaba un nuevo vaso de guarapo.
Permanecieron varios meses en tierras caribeñas, viajando por distintas localidades —La Habana, Matanzas, Cárdenas, Cienfuegos, Trinidad, Santa Clara, Puerto Príncipe, Santiago de Cuba…— y dando decenas de conciertos, a cuál más triunfante. Tuvieron grandes recaudaciones, aunque también sufrieron las inclemencias del tiempo y de la naturaleza, como el pequeño terremoto que sacudió la isla durante una de sus representaciones y que a ella no pareció preocuparle en exceso, ya que continuó cantando sobre el escenario, dejando claro que la única que podía estremecer al público era ella, y no la tierra.
Como en la primera gira, también en ésta los acompañaba el pianista Gottschalk. Adelina se alegraba de verlo de nuevo, pero no todo le agradaba de igual manera. Con su mirada despierta, observaba los carteles y seguía sin convencerle lo que veía en ellos. El pianista los encabezaba, y, aunque su nombre ya no iba tan grande, a ella se le antojaba que aún era demasiado. «Si el público acude a escucharme a mí, ¿por qué mi nombre no ocupa el sitio que le corresponde? ¿Por qué no está por delante de Gottschalk? ¿Por qué no supera en tamaño al suyo? A mí me aplauden más; sería lo justo», pensaba para sus adentros, sin compartir sus elucubraciones con nadie; demasiados porqués sin respuesta. Las preguntas daban una y mil vueltas en su cabeza de adolescente, que parecía haber madurado lo suficiente para alcanzar la edad adulta sin la requerida aduana de los años. «Si en los carteles y en la publicidad de los periódicos me anuncian como «la extraordinaria niña prima donna», ¿por qué no reflejarlo sobre el papel, en el cartel del espectáculo?». Tenía una conversación pendiente con Maurice, y no era el único asunto del que quería hablar con él. Llevaba tiempo barruntando ideas que podían pecar de revolucionarias, aunque para ella venían cargadas de lógica. De momento, sólo las había compartido con su Henriette que, como siempre, le había dado la razón; la fidelidad exige compromisos.
Si Cuba la había obsequiado con un recibimiento de estrella de la canción, Puerto Rico no se quedó atrás. Ya le habían advertido que aquella isla era tierra de contrastes y lo experimentó en piel propia. Sucedió durante la recepción de los invitados, después de un apoteósico concierto en Ponce donde cantó «Echo Song» y las arias «Care compagne, e voi, teneri amici» y «Sovra il sen la man mi posa», de La sonnambula, donde hizo gala de su capacidad para la coloratura, demostrando que podía alcanzar los agudos con una pasmosa sencillez, y dotando de una exquisita brillantez un timbre con el que ni siquiera Vincenzo Bellini habría soñado al componer su obra. Aquello le hizo merecedora de una de las mayores ovaciones que hasta entonces se habían escuchado en la gira, que ya duraba meses, y confirmó la creencia de Adelina: se merecía las letras más grandes y un posicionamiento más alto en los carteles.
Mientras departía con los invitados y asistentes al concierto, se le acercó un empresario —más tarde supo que era uno de los industriales más ricos de la isla—, con la promesa de hacer de ella la mejor soprano del mundo, si abandonaba a Maurice y le dejaba a él llevar su carrera. La proposición del hombre la ofendió. «No lo abofeteo porque no llego —le dijo contrariada, aunque sin perder la compostura—. Además de representante, Maurice es mi cuñado, y la familia es sagrada. Para ser alguien tan mayor, ya debería saberlo. ¿No le da vergüenza que una jovencita como yo lo haya aprendido antes y mejor que usted?». El empresario cafetero se retiró avergonzado y no volvió a aparecer en los días que los Patti estuvieron en la isla. La joven prima donna, amén de cantar como las grandes sopranos, sabía mostrar su temperamento ante cualquiera, sin importarle de quién se tratase.
El otro desconocido que la abordó esa noche le pareció más agradable, al menos más cercano a su edad. Era guapo, moreno, como casi todos en aquel lugar, con el pelo tan negro como la puya —el café de especia arábica propio de la tierra—, repleto de rizos con visos de rebeldía que un exceso de brillantina intentaba gobernar, vestido completamente de blanco y con una mirada penetrante que, de ser ella una pared, sin duda habría atravesado. Ya se había percatado de su presencia en el teatro, cuando ella cantaba en el escenario y él, desde la primera fila —no faltó a ninguno de los conciertos celebrados en Puerto Rico—, la miraba extasiado, embobado, como si no hubiera más mundo que ella. Su forma de observarla no variaba cuando la esperaba entre bastidores en el teatro de San Juan, acompañado del dueño del recinto, del que era amigo. Sin embargo, ese escrutinio y el acecho tenaz no la molestaban; al contrario, le divertían. Cada vez que veía al joven puertorriqueño, algo en su interior se agitaba, un sentimiento extraño, que jamás antes había experimentado; un ligero cosquilleo que le nacía en el estómago y la recorría de abajo arriba hasta alojarse en las mejillas y en la comisura de los labios, que se elevaban sin aviso previo, como si un hilo invisible tirase de ellos. No estaba segura de cómo gestionar la inesperada tormenta de sensaciones que alborotaba su cuerpo, y jugaba con sus largas trenzas mientras buscaba la manera de hacerlo. Como si el mensajero del destino se hubiera aliado con sus deseos, Adelina averiguó quién era el misterioso cabro que la observaba como si fuera el centro de su universo. Lo hizo en el animado cóctel dispuesto para después del concierto, al poco de abortar una bofetada al industrial que le propuso desertar de Maurice.
—Señorita Patti —dijo el joven, cogiéndole la mano para besársela. A sus catorce años, el gesto la agradó, hastiada de tanto beso en la mejilla y achuchón improvisado—. Es usted la mujer más bella que he visto en mi vida. Permítame decirle que canta como los ángeles. Es usted mi diosa, mi musa, mi obsesión.
—¿Y usted es…?
—Disculpe mi torpeza, sin duda son los nervios. Mi nombre es Elías Rivera y desde que la vi estoy en este mundo únicamente para servirla. Vengo para hacerle una petición formal y ruego que se la tome en serio; no permita que mi juventud la confunda —le rogó él, que estaba a punto de cumplir los veinte años—. Al fin y al cabo, usted también es joven, incluso más que yo.
Adelina lo observaba con curiosidad. Acababa de poner nombre al misterioso admirador que en cada concierto celebrado en Puerto Rico enviaba flores y dulces para ella y cajas de habanos para Salvatore, acompañados de una tarjeta con un mensaje escueto, tan sucinto que sólo contenía una palabra en cada uno de ellos: «¡Brava!». «Inconmensurable». «Única». «Extraordinaria»… Aquel muchacho repeinado, bien vestido, con modales aristocráticos aunque algo impertinente, pertenecía a una de las familias más adineradas y poderosas de la isla: era hijo único de don Manuel Rivera, y su padre, empresario del azúcar, tenía grandes proyectos de futuro para él. Habían sido ellos los encargados de organizar aquel cóctel con las personalidades más importantes del lugar, pertenecientes al mundo de la cultura, la sociedad, la industria y la política. Después de escuchar a Elías, no tuvo dudas de que el único motivo que llevó a don Manuel a celebrar aquel evento era que su hijo pudiera conocerla.
—¿Y cuál es esa petición formal? —se interesó intrigada.
—Quiero… quiero…
Las palabras parecían estancadas en su boca. Hasta ese momento, Elías se había mostrado como un interlocutor locuaz y seguro. Fuera lo que fuese aquello que quisiera decirle, no le resultaba fácil expresarlo.
—¿Qué quiere? —lo apremió ella.
—¿Todo bien, Adelina? —Salvatore interrumpió la conversación. Tenía un don especial para saber cuándo un peligro acechaba a su hija, aunque fuera en forma de joven millonario.
—Padre, quiero presentarle a Elías Rivera. Es el hijo de don Manuel, y me estaba contando lo mucho que ha disfrutado con mi actuación.
—Estoy seguro de ello —apuntó con ironía, aunque ninguno fue capaz de captarlo—. Joven, es un placer conocerle. Transmítale a su padre nuestro agradecimiento, aunque creo que ya lo he hecho yo, si no me equivoco con los rostros y los nombres que se han dado cita en esta maravillosa fiesta.
—El señor Rivera se disponía a decirme algo más, padre.
El comentario de Adelina urgió a que el joven reaccionara presto y cambiara de planes. Quizá resultaría apresurado expresar lo que realmente quería, así que se inclinó por una opción menos invasiva, sobre todo teniendo en cuenta la presencia de Salvatore.
—Mi padre y yo queremos ofrecernos para mostrarles los rincones más bellos de nuestra tierra. Para nosotros sería un verdadero placer, y para ustedes una oportunidad única. —Elías tuvo la impresión de que salía airoso del atolladero y eso le dio fuerzas para añadir—: Por supuesto, estaríamos encantados de enseñarles nuestras fábricas de azúcar y de café, y estoy seguro de que al señor Patti le encantaría ver dónde se elaboran esos puros únicos y personalizados con que lo obsequiamos en cada concierto.
—¡Oh! ¡Qué amables! ¿No le parece, padre? —contestó Adelina, como si le hubiesen planteado la propuesta de su vida. No sabía de dónde le nacía ese entusiasmo, pero apenas pudo disimularlo—. Me encantaría visitar esos lugares.
—No quisiéramos molestarlos ni distraerlos de sus quehaceres diarios. Mi hija lleva una rutina de ejercicios vocales bastante rigurosa, y la verdad, no sé…
—Diga que sí, padre… Al fin y al cabo, no sabemos cuándo volveremos a Puerto Rico. ¿Por qué perder una ocasión así? Como usted siempre dice, las oportunidades hay que aprovecharlas cuando se presentan.
Salvatore vio despertarse en el rostro de su hija la fuente de la adolescencia. Sabía que no podía contrariarla si no quería que su temperamento brotara y se negara a cantar o exigiera volver a casa. Era una adolescente de catorce años, pero, por encima de todo, era una diva en potencia que con cada concierto alimentaba su condición de diosa. Estaba siendo una gira muy exitosa, con mucho trabajo; concederle un capricho no podía acarrear nada malo, sobre todo si, en aquel deseo vehemente, su presencia era una constante.
—Está bien. Aceptamos su oferta, joven, y lo hacemos muy agradecidos.
—Maravilloso. Mañana mismo pasaremos por su hotel para recogerlos e iniciar la aventura.
El ofrecimiento no sonó de la misma manera en los oídos de todos los presentes. Adelina sintió un pellizco en el estómago; Salvatore, cierta inquietud, pues sabía que las aventuras, al igual que las empresas arriesgadas, no casaban bien con la disciplina del artista; y Elías, un entusiasmo sincero, deseoso de hallar la ocasión perfecta para exponer sus verdaderas intenciones.
Durante los siguientes días, los dos jóvenes, escoltados siempre por sus progenitores, visitaron los parajes más típicos de la isla, pero también aquellos más privativos y recónditos que sólo conocían unos pocos afortunados. Adelina cada vez estaba más encantada con la compañía de Elías, de quien empezaba a gustarle todo: su forma de hablar, de mirar, de reírse e incluso de alzar la mano para señalarle un ejemplar de zumbador verde o de cigua puertorriqueña.
—Ésa es mi favorita. Qué belleza de plumaje… —admitió ella, refiriéndose a un ave de brillante penacho verde salpicado con plumas azules, con una banda roja en la frente y un pico aguileño blanco, que se sujetaba con sus pequeñas garras en la rama de un árbol.
—Es una iguaca o amazona puertorriqueña. Pertenece a la familia de los loros y es autóctona de Puerto Rico.
—Me encantan los loros. Cuando sea mayor, pienso tener al menos cuatro. ¿Es verdad que repiten todo lo que oyen?
—Si sabe enseñárselo…
—¿Y usted sabe?
—Yo sé muchas cosas que estoy deseando compartir con usted.
Cuando Elías sacaba su lado más romántico, siempre envuelto en insinuaciones o palabras no dichas, Adelina no lograba controlar el rubor que la invadía y le sonrojaba las mejillas, y que siempre llegaba acompañado de una tímida sonrisa delatora.
A Salvatore no le gustaban esas sonrisas en el rostro de su hija. Prefería las que lucía cuando el público del teatro se levantaba y la aplaudía apasionadamente, lanzándole ramos de flores, e incluso muñecas, ya que había trascendido el gusto de la artista por ellas. Esa admiración entregada era la que buscaba para ella, ninguna otra motivada por el celo adolescente. Se consoló sabiendo que su estancia en la isla tenía los días contados y eso significaría la desaparición de Elías Rivera de sus vidas y, en especial, de la cabeza y el corazón de su hija.
Fue en la recepción posterior al último concierto celebrado en San Juan cuando sucedió algo que Salvatore llevaba temiendo desde que conoció al joven puertorriqueño. Elías aprovechó que el pianista Louis Moreau Gottschalk se alejó de Adelina para ir a por una copa de champán. A Gottschalk ni se le pasó por la cabeza brindarse a traerle otra a su compañera de reparto; no había olvidado el bofetón que ella le propinó cuando, en otra recepción, él le recordó que era una niña y que no debía consumir una segunda copa de champán. La respuesta de la joven soprano no se hizo esperar: «Ni eres mi padre ni mi representante. Aprende a encontrar tu lugar y, a ser posible, quédate en él». No era la primera vez que había tenido una reacción similar. Una escena idéntica vivió con el violinista noruego Ole Bull, que los acompañó durante la primera gira por Estados Unidos, a pesar de la relación entrañable que existía entre ellos. «No eres mi hermano, mucho menos mi marido. Eres un señor que toca violín, muy bien, lo reconozco, pero nada más. No oses decirme lo que puedo o no puedo hacer», le había dicho después de que el violinista le reprendiera amablemente por algo relacionado con su comportamiento. Ambos agraviados optaron por olvidar tales incidentes, aunque Adelina no se libró de la reprimenda de Maurice, que le explicó la inconveniencia de su violenta reacción. Ella, volviéndose de nuevo una niña, lo aceptó y pidió perdón; en realidad, no lo sentía, como tampoco consideraba que una bofetada dada por una mujer ante la insolencia de un hombre pudiera considerarse violencia.
Tras la ausencia de Gottschalk y después de que también desaparecieran todos los admiradores «babosos y pesados», según los había calificado Elías, que no habían cejado de saludar y elogiar a quien él consideraba suya, el joven buscó la compañía de Adelina. Los días en los que habían compartido excursiones, viajes y comidas había mostrado su mejor versión, pero todavía no había asomado la del hombre celoso, irascible al ver que sus planes no marchaban como él quería. No le gustaba ver a la mujer que amaba acompañada de otros hombres, tampoco le agradaba que besaran su mano, que le entregaran presentes, que elogiaran su arte, que le sonrieran y le dirigieran miradas que él percibía como excesivamente cómplices. Cuando la jauría de seguidores se disipó, Elías emprendió lo que tenía pensado hacer el primer día y que la aparición de Salvatore frustró. Había llegado la hora y nada ni nadie le impediría llevarlo a cabo.
—Creí que no iban a dejar de molestarla. La gente puede llegar a ser muy pesada… —le comentó.
—Oh, no, se equivoca usted. Los admiradores nunca molestan. Me encanta hablar con ellos. Además, todos son muy amables.
—Creía que no iba a tener tiempo para mí.
—He pasado más tiempo con usted en Puerto Rico que con cualquier otra persona, exceptuando a mi familia. Pero en una recepción como ésta, comprenderá que hay que hablar con la gente. ¿No estará usted celoso?
—Lo que estoy es deseoso de hacer lo que he venido a hacer.
—¿Y de qué se trata? Me temo que no podemos planear nuevas excursiones, ya que nos vamos de la isla mañana mismo.
La noticia precipitó la reacción de Elías: no tenía tiempo que perder.
—Deseo pedir su mano y deseo que su padre me la conceda.
—Cuántas cosas desea usted… —señaló divertida.
—Aquí estáis. —Salvatore siempre aparecía en los momentos más comprometidos. Elías amaba la voz de Adelina tanto como odiaba la de su padre, que no tenía el don de la oportunidad—. Te estaba buscando Maurice; quería presentarte a unos empresarios teatrales que viajarán a Nueva York la semana que viene y les gustaría conocerte.
—Le estaba diciendo algo a su hija, que ahora también le digo a usted: quiero pedirle su mano.
Salvatore resopló no sólo por la propuesta, sino celebrando el buen olfato que aún conservaba con respecto a su hija. Podía oler los problemas a distancia y aquel jovencito impertinente, aquel cabro como decían en Puerto Rico, parecía ser uno de los grandes, a juzgar por el embeleso que mostraba Adelina cada vez que lo miraba.
—Creo que eso sería precipitarse un poco. Mi hija tiene catorce años…
—Quince, padre. Los cumplí hace cinco meses… —matizó ella, como si su aportación cambiara el sentido de la charla.
—Lo que pretendo decirle es que mi hija está volcada en su carrera musical, no tiene tiempo para este tipo de juegos.
—No es un juego. Mi propuesta es algo muy serio. ¿Acaso me ve bromear?
—No, y eso es lo que me preocupa —respondió Salvatore, a quien empezaba a incomodarle el ímpetu del joven. Quería salir de allí cuanto antes, llevarse a su hija con él y terminar con la escena de enamorados ocasionales que, a su entender, ya había llegado demasiado lejos—. Le propongo algo: aguarde un par de años. La espera le vendrá bien a usted y, por descontado, a Adelina. Ella es una niña y usted todavía no es ese caballero que ambiciona ser y que conoce con exactitud qué le deparará la vida. El tiempo es el mejor consejero, también para el corazón. ¿Qué le parece?
—Largo. Me parece excesivamente largo.
—También a muchos les parece extensa La traviata de Giuseppe Verdi, pero es lo que hay. Nadie pretende que la acortemos sin más.
—Padre, si me permite, me gustaría decir algo —apuntó Adelina, acercándose al joven—. Querido Elías, escríbame, tiene usted mi permiso. De esa manera, nos mantendremos en contacto y estaremos informados de la vida que llevamos cada uno. Nos contaremos nuestros días, nuestras alegrías, nuestras decepciones, nuestros deseos, y eso hará que esos dos años se nos hagan más cortos. Una relación epistolar. ¿Qué le parece?
—Si eso es todo lo que se me ofrece… —comentó decepcionado Elías.
—Yo lo veo más que suficiente —valoró Salvatore mientras buscaba con la mirada a Maurice para que lo ayudara a salir de allí.
—¿Le parece poco? Le ofrezco el privilegio de escribir a Adelina Patti a diario, asegurándole una contestación —repuso ella, hablando de sí misma en tercera persona, algo que había comenzado a hacer desde que el éxito se instaló en su carrera—. Pero si considera que es poca cosa…
—Así lo haré. Le escribiré todos los días de mi vida.
Salvatore resopló de nuevo. Nunca le habían gustado las personas que hablan y se comportan como personajes de alguna de esas novelas antiguas a las que tan aficionada era Caterina. Al pensar en su mujer, tuvo el apremio del regreso. Estaba deseando llegar a Nueva York para contarle a su esposa la propuesta de matrimonio que acababa de recibir su pequeña; confiaba en que ambos se divertirían evocándola.
Elías se obligó a asimilar la contrariedad del destino y besó la mano de la joven. Adelina volvió a sonrojarse y a sentir ese cosquilleo en el estómago que la acompañaba últimamente. Dos años no parecían demasiado tiempo cuando se trataba de asentar un sentimiento.