Prólogo

JOHN BANVILLE

Nada hay más difícil en literatura que representar una realidad común y corriente: sólo los mejores han tenido éxito en esa tarea. Si se trata de novelas, enseguida pensamos en Flaubert o en las primeras escenas del Ulises de Joyce; si de relatos, en Chéjov, por supuesto, y de nuevo en Joyce y sus Dublineses. Esos escritores maravillosos no escriben sobre la realidad: su obra es la realidad en sí misma. Al leerlos, nos olvidamos de que estamos ante una versión muy elaborada y mediatizada del mundo. Emma Bovary moribunda, Leopold Bloom llevándole el desayuno a la cama a su mujer, la señora del perrito que se enamora y se desenamora y vuelve a enamorarse, Gabriel Conroy contemplando los níveos restos de su matrimonio y de sí mismo... todas esas escenas nos llegan con la fuerza de una vida realmente vivida, inmediata, tangible, prosaica y sublime a la vez.

Probablemente, James Salter es mejor conocido como novelista. Dos de sus libros, Juego y distracción y Años luz, son clásicos del género, y en 2013, a los ochenta y siete, publicó Todo lo que hay, una novela extensa y ambiciosa sobre la guerra y la vida de los soldados después de la guerra, sobre la escritura y el mundo editorial, sobre Estados Unidos y Europa, sobre el amor y la pérdida del amor; una obra fascinante que cualquier escritor con la mitad de sus años habría querido escribir. Con ella, llegó esta magnífica colección de cuentos provenientes de dos volúmenes más bien breves: Anochecer (1988) y La última noche (2005; Salamandra, 2006), a los que se suma un espléndido regalo: el relato «Carisma». En todos ellos, Salter demuestra ser un magistral cronista de la vida cotidiana.

Su nombre de nacimiento era James Arnold Horowitz, y vio la luz en Nueva Jersey en 1925. Su padre era agente inmobiliario, pero se había graduado en West Point y había servido en el ejército; siguiendo su ejemplo, el joven Horowitz entró en esa misma academia militar a los diecisiete años. Corría el verano de 1942 y la guerra mundial hacía estragos. Fue un estudiante aplicado y se graduó en 1945 con mención honorífica. El cuento evocativamente titulado «Hijos perdidos» —en cuya escena inicial resuena de un modo inquietante el cuento «Después de la carrera» de Joyce, sobre el desenfreno juvenil—, describe una reunión de antiguos alumnos de West Point con un estilo directo y expeditivo:

En la zona de la recepción se celebraba una fiesta de bienvenida. Algunas caras apenas habían cambiado, pero en otros casos, como en el de Reemstma, muchos no tenían otra opción que leer varias veces el distintivo con su nombre. Alguien iba y venía con albornoz de cadete, una cámara en una mano y el flash en la otra; otros habían preferido instalarse a beber en las barracas. Se abrían puertas de las que salían las voces en tropel.

Ésta es la clase de escritura que Salter domina como nadie: el ritmo es apresurado, pero de vez en cuando salta un detalle —el hecho de que a varias personas no les quede otra que leer «varias veces» el distintivo con el nombre de Reemstma para enterarse de quién es— al que la atención del lector se queda enganchada como una uña en un vestido de seda. Y no es sólo el peculiar nombre de Reemstma lo que lo diferencia de los demás: tras dejar la academia se ha dedicado a la pintura, y al volver brevemente a la vieja escuela reflexiona con cierta melancolía sobre la vida que podría haber llevado: «Lo recorrió una oleada de tristeza: recuerdos de desfiles, del final de los bailes, los permisos de Navidad [...]. Todo aquello se había acabado, pero esa clase de cosas nunca quedaban definitivamente atrás.»

Salter es un fenómeno poco común: el del hombre de acción que se convierte en un escritor exitoso, más que exitoso —el tipo de carrera que Hemingway sólo pudo soñar—. Tras formarse como piloto en West Point, lo destinaron a Filipinas y Japón; y tras hacer un posgrado en la Universidad de Georgetown, lo transfirieron al Mando Aéreo Táctico. Un par de años después se presentó voluntario para servir en la guerra de Corea y recibió entrenamiento como piloto del caza F-86 Sabre. Al cabo, participó en más de un centenar de misiones de combate. Sus dos primeras novelas, Los cazadores (1957; Salamandra, 2020) y The Arm of Flesh (1961), están inspiradas en esas experiencias; eran obras de principiante sobre las que años después se mostró muy crítico, aunque volvió a publicar la segunda en el año 2000 con el título de Cassada.

En total, Salter sirvió doce años en la Fuerza Aérea y otros tres o cuatro como reservista antes de abandonar la vida militar para dedicarse a tiempo completo a escribir. Debió de ser una decisión difícil: era un aviador nato y llevaba en la sangre la emoción del combate; además, estaba casado y tenía dos hijos pequeños. Sus primeros libros no gozaron del favor de los editores ni del público y él empezó a granjearse la temida fama de «escritor para escritores»; a pesar de ese terrible hándicap, se lanzó al mercado y empezó a escribir guiones de cine, una experiencia que resultó descorazonadora, como para tantos otros. El cuento «El cine», con su título sardónicamente pomposo y su estilo lleno de lo que los editores de cine llaman «saltos de corte» (jump cuts), refleja a la perfección su desencanto: «Sí, tú apunta, apunta», insta un director a su protagonista. «Estoy diciendo una serie de cosas brillantes.»

Finalmente, escribió un guión para Robert Redford y, cuando éste lo rechazó, él lo convirtió en la novela En solitario (1979): una metamorfosis de lo más acertada que señaló el final de su período cinematográfico.

Los años en los que Salter abandonó la vida de acción para dedicarse a la literatura atestiguaron una fascinante transformación de Estados Unidos: la emoción y las certezas de los tiempos de guerra se vieron reemplazadas por la cruda realidad de la vida civil. Las mujeres, que durante la contienda habían disfrutado de libertades jamás soñadas hasta entonces en el terreno laboral, la casa y la cama, tuvieron que despojarse de sus monos de trabajo —literal y figurativamente— y volver a los vestidos de guingán y los zapatos de tacón. Hollywood fue una de las fuerzas impulsoras de esa campaña normativa —basta recordar a Doris Day y aquellas comedias musicales llenas de teléfonos blancos y protagonistas viriles como Rock Hudson.

Salter escribe sobre la posguerra con perspicacia, precisión e ingenio. Los primeros relatos, datados entre las décadas de 1960 y 1980, tienen un ritmo jazzístico y el fulgor satinado y frágil del mundo de Mad Men. Los personajes son nerviosos y astutos y se utilizan unos a otros. Estamos en la segunda mitad del siglo estadounidense por excelencia y se están planificando las Torres Gemelas, ¿qué podría salir mal? Y sin embargo, casi todo sale mal. En «Veinte minutos», uno de los relatos más famosos de Salter, el caballo tira a una mujer rica que se queda tendida en el suelo y, mientras agoniza, repasa momentos aleatorios de su pasado que, por alguna razón, no terminan de conformar una vida. «Quedaban pendientes todas las cosas que había tenido la intención de hacer alguna vez: volver al este, visitar a ciertos amigos, vivir un año junto al mar. No podía creer que ése fuera el fin...»

Los personajes de Salter están descritos de manera imprecisa y, sin embargo, se vuelven memorables al instante. Se le da especialmente bien escribir sobre mujeres jóvenes, una habilidad que ha conservado a lo largo de toda su carrera; basta con leer la escena inicial de «Carisma», en la que dos jóvenes brillantes que están en una fiesta en Nueva York hablan de Lucien Freud, a quien una de ellas ha visto mirando cuadros en el Museo Metropolitano:

—¿Y cómo puede hacer tantas cosas?

—Ni idea —respondió Cecily.

Pensaron en ello.

—Aun así, yo me lo follaría —admitió.

—¿Sí?

—Ahora mismo.

—Yo también.

Muchos cuentos de Salter están cargados de una tensión erótica de alto voltaje. En la eterna guerra entre hombres y mujeres, sus personajes se apresuran a tomar posiciones en el frente y plantarse cara. La mayoría de las veces, la lucha está llena de golpes bajos. En «American Express», dos abogados, Frank y Alan, ambos exitosos, zafios y ávidos de mundo, se toman unas largas vacaciones en Italia y, mientras recorren Arezzo en coche, recogen en una esquina a una colegiala que Frank se lleva a su habitación de hotel. «En un momento determinado le pareció que ella temblaba, que su cuerpo se estremecía. “¿Estás bien?”, le preguntó.» Más tarde, los tres viajan juntos a Florencia, Spoleto y otras ciudades turísticas e, inevitablemente, Alan empieza a desear a la chica. Entonces, el bueno de Frank se ofrece con total naturalidad a compartirla: eso hacen los colegas, después de todo. La chica, la niña, no cuenta; es prácticamente un objeto. En unas pocas páginas, Salter crea algo así como una versión en miniatura de una novela de Henry James: estadounidenses en Europa, el abuso de la inocencia, la sensación extrañamente contingente de que la vida transcurre. «No sabía qué hacer, pero aparte de eso todo era perfecto.»

En otro relato, «Am Strande von Tanger», otro trío viajero compuesto por un joven estadounidense y dos mujeres alemanas pasa un tiempo en Barcelona. En apariencia, no sucede nada relevante: la acción crucial está como sumergida o tiene lugar en los espacios entre las palabras. El cuento es un despliegue de virtuosismo, un brillante ejemplo del arte de decir poco y transmitir mucho. Al final, un pájaro enjaulado muere y entendemos que con él mueren muchas más cosas. Las últimas frases se sirven del material más banal para crear una desolación estremecedora: «Tiene los pechos pequeños y los pezones grandes; también, como ella misma dice, un trasero más bien grande. Su padre tiene tres secretarias. Hamburgo está cerca del mar.»

Allí, como en muchos otros lugares, Salter utiliza el correlato objetivo con un efecto brillante. En uno de los cuentos más conmovedores y tristemente hermosos, «Ocaso», la señora Chandler, una divorciada de cierta edad y posición social («Sabía organizar cenas, cuidar perros, entrar en restaurantes...»), recibe la visita de su flemático amante, que le anuncia que se ha reconciliado con su esposa y va a volver con ella. Para la señora Chandler es una pérdida entre muchas, la más dura de las cuales fue la muerte de su hijo menor. Reza por ese niño: «Ay, Señor, no dejes de fijarte en él, ¡es tan pequeñajo!» El relato no tiene más de ocho páginas, pero posee una gran fuerza, sobre todo la secuencia final, perfectamente modulada y de una intimidad desgarradora. A lo largo del mismo se repiten imágenes de gansos salvajes que son abatidos por cazadores y, a medida que el atardecer da paso a la noche, la mujer siente que la oscuridad invade su corazón:

Imaginó que en algún lugar, sobre la hierba húmeda, yacería alguno con el pecho oscurecido y empapado, el elegante cuello extendido todavía, las grandes alas esforzándose por batir, la sangre gorgoteando en los hoyuelos del pico. Echó a andar por la casa encendiendo luces. Caía la lluvia, rompía el mar, un camarada yacía muerto en la arremolinada oscuridad.

En «Contigo, Mi Señor», el elemento erótico se funde con el poder disruptivo del arte. Brennan, un poeta borracho y fracasado que vive en el barrio, interrumpe una cena burguesa. Entre los comensales hay una joven llamada Ardis que reacciona alarmada y fascinada a la vez ante la presencia perturbadora del hombre. Al día siguiente, al volver de la playa, da un rodeo hasta la casa de Brennan. No parece haber nadie, aparte de un enorme perro silencioso que la sigue hasta su casa («Trotaba de un modo extraño, como un hombre grueso apresurándose bajo la lluvia») y se queda con ella, durmiendo en la hierba detrás de la vivienda. Ardis lleva al perro de vuelta a la casa de Brennan y, al ver que nuevamente no hay nadie, entra a echar un vistazo. Es una experiencia extraña e inquietante para ella, que apenas puede creer que se esté comportando así. «Pausadamente, sin pensar, empezó a quitarse la ropa. No llegó más allá de la cintura, sorprendida por lo que estaba haciendo.» Al final, el perro deja de formar parte de su vida, «había desaparecido o se había extraviado; tal vez su nombre saldría a relucir en algún verso, aunque lo más probable era que nadie lo recordara, salvo ella».

Una versión fantasmal del perro del poeta recorre todos estos relatos como un símbolo del misterioso y amenazante poder de la vida, como un recordatorio mudo e inexorable de la imposibilidad de domesticarla y de alcanzar aquello que más anhelamos. James Salter es un mago cuyos prodigios están exquisitamente ejecutados, pero a la vez demuestran una sólida comprensión de las realidades cotidianas. En estas páginas, consigue una y otra vez lo que John Updike definió como la tarea del escritor: «Descubrir la belleza en lo ordinario.» Al realizar esa tarea, Salter muestra lo ordinario como lo que realmente es: lo verdaderamente maravilloso.

JOHN BANVILLE, 2013

Am Strande von Tanger

Am Strande von Tanger

Barcelona al amanecer. Los hoteles están a oscuras. Todas las calles apuntan al mar.

La ciudad está desierta, Nico duerme atada por sábanas enredadas, por su larga melena, por un brazo desnudo que asoma bajo la almohada. Está quieta, ni siquiera respira.

En una jaula cuya silueta se adivina bajo un cuadrado de seda azul índigo y negro duerme su pájaro, Kalil. La jaula está en una chimenea vacía que han fregado hasta dejarla bien limpia. A su lado hay flores y un cuenco de fruta. Kalil duerme con la cabeza escondida bajo un ala suave.

Malcolm duerme. Sus gafas de montura metálica, que en realidad no necesita —ni siquiera están graduadas—, están abiertas sobre la mesa. Él duerme boca arriba y su nariz surca el mundo de los sueños como una quilla. Esa nariz, que es la de su madre, o al menos una réplica de la de su madre, parece un artilugio teatral, una extraña condecoración que alguien le ha pegado en plena cara. Es lo primero que uno nota, lo primero que resulta atractivo de él. En cierto sentido, esa nariz es una señal de compromiso con la vida: una nariz grande que no se puede esconder. Además, tiene los dientes fatal.

En lo más alto de las cuatro torres de piedra que Gaudí dejó inacabadas, la luz empieza a revelar unas inscripciones doradas que, de tan pálidas, no pueden leerse. No hace sol, sólo hay un silencio blanco. Madrugada de domingo en España: la niebla cubre los montes que rodean la ciudad, las tiendas están cerradas.

Nico ha salido a la terraza después de darse un baño. Lleva la toalla enrollada en el cuerpo, el agua brilla aún en su piel.

—Está nublado —dice—, no es un buen día para ir a la playa.

Malcolm mira hacia arriba.

—Tal vez despeje —contesta.

Por la mañana, en el gramófono suena Villa-Lobos. La jaula está en un taburete, junto a la puerta. Malcolm se está comiendo una naranja en una tumbona de tijera. Está enamorado de Barcelona. Su profunda implicación con la ciudad se basa en parte en un cuento de Paul Morand, pero también en un incidente ocurrido años atrás: una tarde, a la hora del crepúsculo, un tranvía atropelló al gran arquitecto Antonio Gaudí —misterioso, frágil, con pinta casi de santo— cuando acudía a misa. Era muy mayor, tenía la barba y el pelo blancos, vestía con la ropa más sencilla posible. Nadie lo reconoció: quedó tendido en la calle sin que ninguna persona, ni siquiera un taxista, se decidiera a llevarlo a urgencias. Al final, lo trasladaron a un hospital de beneficencia donde murió el mismo día que nació Malcolm.

El piso está en la ronda del General Mitre y su «sastre» —así lo llama Nico— queda cerca de la Sagrada Familia de Gaudí, al otro lado de la ciudad. Es un barrio obrero con un leve olor a basura. El monumento está rodeado de muros, hay cuadrifolios grabados en el pavimento. Las torres se elevan por encima de todo: «Sanctus, sanctus», exclaman. Están huecas. La catedral no llegó a terminarse: a ambos lados de sus puertas estás al aire libre. Malcolm ha paseado muchas veces alrededor de este monumento vacío en las tardes tranquilas de Barcelona. Ha embutido billetes de una peseta, de un valor virtualmente nulo, en la ranura señalada con la inscripción: DONACIONES PARA LA CONTINUACIÓN DE LA OBRA. Tiene la sensación de que los billetes caen directamente al suelo por el otro lado o, si escucha con atención, tal vez un sacerdote con gafas los guarda bajo llave en una caja de madera.

Malcolm cree en Malraux y en Max Weber: el arte es la verdadera historia de las naciones. En su persona hay evidencias de un proceso que no ha llegado a completarse: la conversión de un hombre en un auténtico instrumento. Se está preparando para la llegada de ese gran artista que espera ser algún día, un artista en el verdadero sentido moderno de la palabra; es decir, sin ningún logro, pero con la convicción del genio. Como artista liberado de las exigencias de la artesanía, como artista de los conceptos, de la generosidad, su obra consiste en la creación de su propia leyenda y, mientras disponga de un solo seguidor, podrá creer en la santidad de ese designio.

Es feliz en Barcelona. Le gustan las calles amplias refrescadas por árboles, los restaurantes, los largos atardeceres; está inmerso en las corrientes de una lenta vida conyugal.

Nico sale a la terraza con un suéter del color del trigo.

—¿Te apetece un café? —pregunta—. ¿Quieres que baje a buscarlo?

Él se queda pensando.

—Sí —contesta.

—¿Cómo lo quieres?

—Solo —responde en español.

—Negro.

A Nico le gusta hacer esa clase de recados. El edificio tiene un pequeño ascensor que sube despacio. Cuando llega, ella se mete y cierra las puertas con cuidado; entonces, con la misma lentitud, el ascensor va descendiendo piso tras piso como si fueran décadas. Entretanto ella piensa en Malcolm, piensa en su padre y en su segunda esposa; decide que, probablemente, es más lista que Malcolm. Desde luego, tiene más fuerza de voluntad. Él, sin embargo, es más guapo de alguna manera extraña. Ella tiene la boca grande, insensata; él es generoso; ella, más bien seca. Pasa el segundo piso. Se mira en el espejo. Por supuesto, nadie descubre esas cosas desde el principio. Es como una obra de teatro: lentamente, una escena tras otra, la realidad de la otra persona va cambiando. De todos modos, la inteligencia pura no es tan importante. Es una cualidad abstracta, sin relación con ese conocimiento cruel e intuitivo de cómo debe vivirse la vida nueva del que su padre carece y que Malcolm sí posee.

A las diez y media suena el teléfono. Ella lo coge y se pone a hablar en alemán, tumbada en el sofá. Cuando termina, Malcolm le grita:

—¿Quién era?

—¿Quieres ir a la playa?

—Sí.

—Inge llegará dentro de una hora, más o menos.

Malcolm ha oído hablar de Inge y siente cierta curiosidad. Además, ella tiene coche. La mañana, obediente a sus deseos, ha empezado a cambiar. Abajo, en la calle, hay algo de tráfico madrugador. El sol se abre paso un momento, desaparece, asoma de nuevo. A lo lejos, más allá de sus pensamientos, las cuatro torres transitan entre la sombra y la gloria. En los intervalos luminosos se revelan las letras en lo más alto: «Hosanna.»

A mediodía llega Inge, sonriente. Lleva una falda de color beis y una blusa con los botones de arriba desabrochados. Está un poco gruesa para esa falda, que además es muy corta. Nico los presenta.

—¿Por qué no me llamaste anoche?

—Íbamos a llamar, pero se hizo tarde. No cenamos hasta las once —explica Nico—. Di por hecho que habrías salido.

No. Inge explica que estuvo en casa toda la noche, esperando a que llamara su novio. Se está abanicando con una postal de Madrid. Nico se ha metido en el dormitorio.

—Son unos cabrones —dice Inge. Alza la voz para que Nico la oiga—. Se suponía que iba a llamar a las ocho y no me llamó hasta las diez. No tenía tiempo para hablar; dijo que me volvería a llamar al cabo de un rato, pero nada. Al final, me quedé dormida.

Nico se pone una falda plisada gris claro y un jersey color limón. Se mira la espalda en el espejo, lleva los brazos descubiertos. Inge habla desde el salón.

—No saben cómo comportarse, ése es el problema. No tienen ni idea. Lo único que saben hacer es ir al Club de Polo.

Se pone a hablar con Malcolm.

—Cuando dos personas se acuestan, se supone que luego debería ser agradable, que deberían tratarse correctamente. Aquí no; aquí no respetan a las mujeres.

Tiene los ojos verdes y unos dientes blancos y bien alineados. Él piensa cómo debe de ser tener una boca así. Se supone que el padre de ella es cirujano en Hamburgo; Nico dice que no es verdad.

—Aquí son como niños —sigue Inge—. En Alemania, ahora, te respetan un poco. Ningún hombre te trata así: saben cómo hay que comportarse.

—Nico —llama Malcolm.

Ella aparece cepillándose el pelo.

—Lo estoy asustando —explica Inge—. ¿Sabes lo que he hecho al final? Llamarlo a las cinco de la mañana. Le he preguntado: «¿Por qué no me llamaste?» y me ha dicho que no lo sabía, que qué hora era. Me he dado cuenta de que estaba dormido. «Las cinco», le he dicho. «¿Estás enfadado conmigo?» «Un poco», me ha reconocido. «Pues muy bien, porque yo estoy enfadada contigo», y pum, he colgado.

Nico está cerrando las puertas de la terraza y metiendo la jaula.

Mira el pájaro.

—Creo que no se encuentra bien.

—No le pasa nada.

—El otro se murió la semana pasada —le cuenta a Inge—. De repente: ni siquiera estaba enfermo.

Cierra una puerta y deja la otra abierta. A la luz del sol, ahora reluciente, el pájaro luce sus plumas, sereno.

—Creo que no pueden vivir solos —dice.

—No le pasa nada —insiste Malcolm—, míralo.

Sus colores brillan mucho con el sol. Se instala en la percha superior. Sus ojos tienen unos párpados redondos y perfectos. Parpadea.

El ascensor sigue en su planta, Inge entra primera y Malcolm tira de las puertas estrechas: es como cerrar un armario. Empiezan a bajar con los rostros bien juntos. Malcolm está mirando a Inge, ella va pensando en sus cosas.

Se detienen a tomar otro café en el pequeño bar de abajo. Malcolm sostiene la puerta abierta para que pasen ellas. No hay nadie, sólo un hombre que lee el periódico.

—Creo que lo voy a volver a llamar —anuncia Inge.

—Pregúntale por qué te ha despertado a las cinco de la mañana —propone Malcolm.

Ella se ríe.

—Sí —le dice—. Es maravilloso. Eso es lo que voy a hacer.

El teléfono está al otro lado de la encimera de mármol, pero él no la alcanza a oír porque Nico le está hablando.

—¿No te interesa? —le pregunta Malcolm.

—No —contesta ella.

El coche de Inge es un Volkswagen de ese color azul que tienen algunos sobres de correo por avión, tiene un parachoques abollado.

—No habéis visto mi coche —les dice—. ¿Qué os parece? ¿Conseguí una buena ganga? No sé nada de coches: es el primero que tengo. Se lo compré a un conocido, un pintor, pero se ve que tuvo un accidente y el motor está medio gripado. Sé conducir —añade—, pero prefiero que alguien se siente a mi lado. Casi mejor si tú conduces, ¿puede ser?

—Claro —contesta Malcolm.

Se sienta al volante y pone el motor en marcha, Nico se sienta detrás.

—¿Qué te parece?

—Te lo digo en un segundo.

Aunque sólo tiene un año, el coche está algo destartalado. El tapizado del techo parece descolorido. Hasta el volante se ve maltratado. Después de conducir un par de manzanas, Malcolm dice:

—Parece que va bien.

—¿Sí?

—Los frenos no van como deberían.

—¿Ah, sí?

—Creo que hay que cambiarles las pastillas.

—Me lo acaban de engrasar —dice ella.

Malcolm la mira. Está hablando en serio.

—Tuerce a la izquierda por ahí —le indica ella.

Lo va guiando por la ciudad. A esas horas hay algo de tráfico, pero él casi no para. En Barcelona, muchos cruces son amplios, en forma de octágonos, y sólo les tocan unos pocos semáforos en rojo. Avanzan por vastos barrios de edificios antiguos, dejan atrás fábricas y llegan a los primeros descampados en las afueras de la ciudad. Inge se vuelve en el asiento para mirar a Nico.

—Estoy harta de este sitio —le dice—, me quiero ir a Roma.

Pasan por delante del aeropuerto. La carretera a la playa está abarrotada: todo el tráfico disperso de la ciudad se ha atascado allí como en un embudo, autobuses, camiones, una infinidad de coches minúsculos.

—Ni siquiera saben conducir —dice Inge—. ¡Pero qué hacen! ¿No los puedes adelantar? ¡Venga! —Invade su espacio para tocar la bocina.

—No sirve de nada —le advierte Malcolm.

Inge la vuelve a tocar.

—No se pueden mover.

—¡Me ponen furiosa! —exclama ella.

En el coche de delante, dos niños se vuelven para mirarlos, asoman sus caras pálidas y reflexivas a la pequeña ventanilla trasera.

—¿Has estado en Sitges? —pregunta Inge.

—En Cadaqués.

—Ah, sí, es muy bonito, aunque hay que conocer a alguien que tenga una buena casa.

El sol es blanco. Bajo su luz, la tierra adquiere el color de la paja. La carretera discurre en paralelo a la costa, junto a playas sin gracia, campings, casas, hoteles baratos. La vía del tren se abre paso entre la carretera y el mar, con pequeños túneles excavados por debajo para que los bañistas puedan llegar al agua. Al cabo de un rato, el mar empieza a desaparecer: avanzan junto a terrenos prácticamente desiertos.

—En Sitges están todas las rubias de Europa: suecas, alemanas, holandesas. Ya veréis —explica Inge.

Malcolm mira la carretera.

—Los ojos marrones de los españoles les parecen irresistibles —añade Inge y vuelve a pasar el brazo por delante de él para tocar la bocina—. ¡Míralos! ¡Avanzan como tortugas! En fin, las chicas vienen llenas de esperanzas; ahorran, se compran unos bañadorcitos en los que apenas cabría una cuchara y ¿qué ocurre? Que alguien las ama durante una noche, en el mejor de los casos: los españoles no saben cómo tratar a las mujeres.

En el asiento trasero, Nico guarda silencio. Parece tranquila, pero en realidad está aburrida.

—No tienen ni idea —insiste Inge.

Sitges es un pueblecito de hoteles húmedos, persianas verdes y el típico césped seco de los lugares turísticos con playa. Hay coches aparcados por todas partes, abarrotan las calles. Al fin, encuentran un espacio a dos manzanas del mar.

—Asegúrate de cerrarlo con llave —dice Inge.

—No te lo van a robar —responde Malcolm.

—O sea que ya no te parece tan bonito —repone ella.

Caminan por la calzada medio hundida por culpa del calor. Por todas partes a su alrededor se alzan edificios demasiado apretados de fachadas lisas, sin decoración. Pese a la abundancia de coches, el pueblo está extrañamente vacío. Son las dos: todo el mundo se ha ido a comer.

Malcolm lleva unas bermudas de algodón tosco, parecido al algodón azul vidrioso de los tuaregs. Tienen un cinturón muy fino, del ancho de un dedo, que sólo asoma por la parte delantera. Él luce un cuerpo de corredor, un cuerpo sin defectos, de mártir de pintura flamenca. Las venas asoman como cuerdas bajo la piel de sus brazos y piernas.

Las cabinas de la playa tienen la pared trasera de hormigón y alfombras de cáñamo en el suelo. La ropa de Malcolm pende de un gancho, amorfa. Él sale al pasillo. Las mujeres se están cambiando aún, no sabe detrás de qué puerta. Hay un espejito colgado de un clavo. Se alisa el cabello y espera. Fuera brilla el sol.

El mar empieza en una cuestecilla llena de guijarros afilados como clavos. Malcolm se mete el primero, Nico lo sigue sin pronunciar palabra. El agua está fría; él siente cómo le sube por las piernas, le roza el borde del bañador y de repente, con una oleada —aunque él intenta saltar por encima—, lo abraza. Se zambulle. Sale con una sonrisa en la cara y el sabor de la sal en los labios. Nico también se ha zambullido, sale cerca de él, suavemente, se echa el cabello mojado hacia atrás con una sola mano y luego se queda con los ojos entrecerrados, sin saber muy bien dónde está. Él le rodea la cintura con un brazo y ella sonríe: posee un instinto que le indica con toda certeza y seguridad cuándo se ve más guapa. Por un instante, se establece entre ellos una serena dependencia mutua. Malcolm la levanta y la lleva en brazos, con la ayuda del mar, agua adentro. Ella descansa la cabeza en su hombro. Inge está tumbada en la playa en bikini, leyendo el Stern.

—¿Qué problema tiene Inge? —pregunta él.

—Todos.

—No, me refiero a por qué no quiere meterse.

—Tiene el período.

Se tumban junto a ella en toallas separadas. Malcolm se fija en lo morena que está Inge. Nico nunca llega a broncearse así, por mucho tiempo que pase al sol. Es como una terquedad, como si él mismo le ofreciera el sol y ella se negara a aceptarlo.

Inge les cuenta que se bronceó en un solo día. ¡Un día! Parece increíble. Se mira los brazos y las piernas como si quisiera confirmarlo; sí, es verdad: desnuda en las rocas de Cadaqués. Baja la mirada hacia el vientre y al hacerlo provoca que se formen algunas lorzas rollizas, juveniles.

—Estás engordando —dice Nico.

Inge se echa a reír.

—Son mis ahorros —contesta.

Eso es lo que parecen: cintos, como si formaran parte de un vestido que llevara puesto. Cuando se tumba, desaparecen. Sus piernas y brazos están firmes. El vientre, como el resto de su cuerpo, está cubierto de un fino vello dorado. Dos jóvenes españoles pasean por la orilla.

Ella le habla al cielo. Si se va a América, recita, ¿valdrá la pena llevarse el coche? Al fin y al cabo, lo consiguió a muy buen precio; si no se lo quiere quedar, probablemente podrá venderlo y sacarle algo de dinero.

—América está llena de Volkswagens —dice Malcolm.

—¿Sí?

—Está llena de coches alemanes, todo el mundo tiene uno.

—Debe ser que les gustan —decide ella—. Los Mercedes son buenos coches.

—Muy admirados —concede Malcolm.

—Ése es el coche que me gustaría para mí: me encantaría tener un par. Cuando tenga dinero, ése será mi hobby —afirma—. Y me encantaría vivir en Tánger.

—Hay playas fantásticas por ahí.

—¿Sí? Me pondré negra como los árabes.

—Pero mejor que te pongas el bañador —dice Malcolm.

Inge sonríe.

Nico parece dormida. Se quedan tumbados en silencio con los dedos de los pies apuntando al sol. Ha perdido fuerza: ya sólo hay momentos pasajeros de calor cuando el viento afloja y el sol les da de pleno, débil pero invasivo. Se acerca una hora de melancolía, la hora en que todo llega a su fin.

A las seis, Nico se incorpora. Tiene frío.

—Ven —le dice Inge—, vayamos a pasear por la playa. —Insiste. El sol no se ha puesto aún. Se vuelve muy juguetona—. Ven —vuelve a decir—, ésta es la mejor zona, donde están las mansiones de lujo. Daremos un paseo y haremos felices a los viejos.

—Yo no quiero hacer feliz a nadie —contesta Nico abrazándose a sí misma.

—Eso no es fácil —le asegura Inge.

Nico la sigue con expresión melancólica, los brazos cruzados, las manos sujetando los codos. El viento sopla desde el mar, unas olitas rompen casi en silencio: emiten un ruido suave, como olvidado. Nico lleva un bañador de color gris, entero, pero escotado por la espalda, y mientras Inge se dedica a jugar frente a las casas de los ricos ella mira la arena.

Inge se adentra en el mar.

—Ven —le dice—, está caliente.

Parece risueña y feliz, llena de una alegría más fuerte que el momento, más fuerte que el frío. Malcolm camina despacio tras ella. Es cierto que el agua está caliente. También parece más limpia, y hasta donde él alcanza a mirar no hay nadie bañándose: se están bañando solos. Las olas se hinchan y los levantan suavemente. El agua les pasa por encima, les lava el alma.

Los jóvenes españoles se plantan en torno a las cabinas con la esperanza de atisbar algo si la puerta de la ducha se abre antes de tiempo. Llevan bañadores de lana azules o negros, los dedos de sus pies parecen más largos de lo normal. Sólo hay una ducha, con un único grifo blanqueado por el salitre: el del agua fría. Inge entra primero. Tiende una minúscula pieza de su bañador tras otra en el borde superior de la puerta. Malcolm espera. Oye los suaves palmoteos y el roce de las manos sobre la piel, el repentino tamborileo del agua en el hormigón cuando Inge se echa a un lado. Los chicos de la puerta hablan de él con admiración. Cuando se vuelve, bajan la voz y se burlan unos de otros para aparentar que se trataba de una broma.

Las calles de Sitges han cambiado: ha llegado la hora que anuncia el anochecer y por todas partes aparecen multitudes de paseantes. Se les hace difícil permanecer los tres juntos. Malcolm las rodea con sus brazos y ellas se dejan llevar como caballos pendientes del menor contacto. Inge sonríe, dice que la gente va a creer que se lo montan los tres.

Se detienen en un café.

—No es muy bueno —se queja Inge.

—Es el mejor que hay —se limita a responder Nico.

Una de sus virtudes es la capacidad de distinguir a primera vista, dondequiera que vaya, cuál es el lugar adecuado, el restaurante u hotel idóneo.

—No —insiste Inge.

No parece que a Nico le importe. Deambulan algo alejados y Malcolm pregunta en un murmullo:

—¿Qué busca?

—¿De veras no lo sabes? —responde Nico.

—¿Veis esos chicos? —dice Inge.

Ya están sentados en otro lugar. Alrededor, brazos y piernas bronceados, melenas descoloridas por las largas tardes abrasadoras, jóvenes relajados y con la dulce mirada de la indolencia.

—No tienen dinero —dice—. No hay uno solo que pueda invitarte a cenar, ni uno solo. No tienen nada, esto es España —concluye.

Nico escoge dónde cenar. Ha ido empequeñeciéndose a lo largo del día: la presencia de esa amiga, esa chica con la que convivió por casualidad durante los días en que ambas se esforzaban por encontrar su lugar en la ciudad, cuando aún no conocían a nadie ni sabían los nombres de las calles, cuando estuvo tan enferma que le escribieron juntas un telegrama a su padre —no tenían teléfono—, la repentina revelación de Inge, ha hecho que el pasado parezca menos grato. De pronto, siente la desgarradora certeza de que Malcolm la desprecia: su confianza, sin la cual no es nadie, ha desaparecido. El mantel se ve blanco y deslumbrante: parece que los ilumine a los tres con una luz implacable. Los tenedores y los cuchillos están dispuestos como para una cirugía. Los platos se han enfriado. No tiene hambre, pero no se atreve a rechazar la comida. Inge está hablando de su chico.

—Es terrible —dice—, no tiene corazón, pero yo lo entiendo, sé lo que quiere. Además, ninguna mujer puede esperar serlo todo para un hombre; no es natural: los hombres necesitan unas cuantas mujeres.

—Estás loca —interviene Nico en tono inexpresivo.

—Es verdad.

Esa afirmación es lo único que faltaba para desmoralizarla. Malcolm se dedica a inspeccionar la correa de su reloj y a ella le parece que es él quien permite todo esto. «Es un estúpido», piensa. Esa chica tiene algo de barriobajera y a él le parece interesante. Ella se cree que le van a proponer matrimonio porque se van a la cama con ella, ¡claro que no! Nunca. «Es imposible estar más equivocada», piensa, aunque al momento se da cuenta de que tal vez se equivoque.

Van a tomar un café a Chez Swann. Nico se sienta aparte, dice que está cansada. Se acurruca en un sofá y se duerme: está agotada. La tarde ha refrescado bastante.

La despierta una voz, música, una voz maravillosa entre el rasgueo ocasional de una guitarra. La escucha entre sueños y se incorpora. Malcolm e Inge están hablando. Ella siente como si llevara largo tiempo esperando, buscando, esa canción. Alarga una mano para tocarle un brazo a Malcolm.

—Escucha —le dice.

—¿Qué?

—Escucha —repite—: es María Dolores Pradera.

—¿María Dolores Pradera?

—La letra es preciosa —dice Nico.

Frases sencillas. Se las repite como si fueran una letanía. Repeticiones misteriosas: «madre morena... hija morena». La elocuencia de los pobres, pura y lisa como una piedra.

Malcolm escucha con paciencia, pero no oye nada. Nico se da cuenta: él ha cambiado mientras ella dormía, se ha envenenado poco a poco con historias de una España horrorosa que ahora circulan por sus venas, una España concebida por una mujer que sabe bien que nunca conseguirá ser más que una parte de lo que necesitan los hombres. Inge está tranquila, cree en sí misma, cree que tiene derecho a existir, a mandar.

La carretera está a oscuras. Han abierto la capota a la noche, tan llena de estrellas que éstas parecen derramarse sobre el coche. Nico, en el asiento trasero, está asustada. Inge va hablando; entre las risas de Malcolm, estira el brazo para amonestar con un bocinazo a los coches que circulan demasiado despacio. Cuenta que en Barcelona hay habitaciones privadas donde ha pasado tardes enteras de invierno con su amante, junto a un fuego cálido y crepitante, que hay casas en las que han hecho el amor sobre mantas de piel. Claro que entonces él era amable. Entonces, ella se imaginaba el Club de Polo, veladas en las mejores casas.

Las calles de la ciudad están casi vacías. Se acerca la medianoche: medianoche de domingo. El día al sol los ha dejado agotados, el mar ha absorbido sus fuerzas. Bajan del coche en General Mitre y se dan las buenas noches a través de las ventanillas. El ascensor sube muy despacio. Sienten como si colgaran del silencio, miran al suelo como los jugadores de cartas después de perderlo todo.

El apartamento está a oscuras, Nico enciende una luz y luego desaparece. Malcolm se lava y se seca las manos. Todo parece tranquilo, recorre lentamente las habitaciones hasta que la encuentra de rodillas en el umbral de la puerta de la terraza, como si se hubiera caído.

Mira la jaula: Kalil está en el suelo.

—Dale un poco de brandy en la punta de un pañuelo —propone.

Nico ha abierto la puerta de la jaula.

—Está muerto —dice.

—Déjame verlo.

Está tieso. Sus patitas están curvadas y secas como una ramita. Parece más ligero: el aliento ha abandonado su plumaje; su corazón, más pequeño que una semilla de naranja, ha dejado de latir. La jaula está vacía en el frío umbral. Parece que no hay nada que decir, Malcolm cierra la puerta.

Luego, en la cama, escucha los sollozos de Nico. Intenta consolarla, pero no puede. Ella le da la espalda, no va a contestarle.

Tiene los pechos pequeños y los pezones grandes. También, como ella misma dice, un trasero más bien grande. Su padre tiene tres secretarias. Hamburgo está cerca del mar.