Me llamo Tova Friedman. Soy una de las supervivientes más jóvenes del campo de exterminio nazi conocido como Auschwitz-Birkenau. Durante gran parte de mi vida adulta he hablado del Holocausto para asegurarme de que la gente nunca lo olvide.
Nací con el nombre de Tola Grossman en Gdynia, Polonia, en 1938, un año antes de que empezara la Segunda Guerra Mundial. Después de vivir todas las fases del intento nazi de eliminar por completo al pueblo judío, al final me trasladé a Estados Unidos, me casé con Maier Friedman y más tarde empecé a hacerme llamar Tova.
Por mucho que los últimos supervivientes que quedan y yo misma compartamos nuestra historia, parece que la gente se está olvidando. Personalmente, me horroriza comprobar los niveles de ignorancia que reveló una encuesta entre jóvenes estadounidenses encargada por la Conferencia sobre las Reclamaciones Materiales Judías contra Alemania y que se publicó en septiembre de 2020.
Dos tercios de las personas a las que entrevistaron no tenían ni idea de cuántos judíos habían muerto en el Holocausto. Casi la mitad no conocían el nombre de uno solo de los campos de concentración o guetos. El veintitrés por ciento creía que el Holocausto era un mito, o que se había exagerado. El diecisiete por ciento decía que era aceptable tener puntos de vista neonazis. Una encuesta similar en Europa en 2018 mostró que un tercio de los europeos sabía igual de poco, o que no había oído hablar siquiera del Holocausto. También mostraba que el veinte por ciento pensaba que los judíos tenían demasiada influencia en el mundo de los negocios y las finanzas.
Estas asombrosas y alarmantes cifras señalan un hecho: el antisemitismo, o el odio a los judíos, está de nuevo en auge en Estados Unidos y en toda Europa. Me resulta muy difícil creer, después de todo lo que sufrimos en los guetos y en los campos de exterminio durante la Segunda Guerra Mundial, que las actitudes insidiosas de los años veinte y treinta del siglo xx estén volviendo a resurgir. El Holocausto, el peor crimen de la historia de la humanidad, ocurrió hace menos de ochenta años, ¿y ya se está borrando de la memoria? Francamente, resulta horrible.
Tengo ochenta y tres años, y con este libro intento inmortalizar lo que ocurrió, para asegurarme de que no se olvida a aquellos que murieron. Ni tampoco los métodos que se usaron para exterminarlos.
Muchas personas se preguntan si el mundo que habitamos ahora es similar al de la Europa de los años treinta, cuando el nazismo y el fascismo estaban en auge en la época previa a la Segunda Guerra Mundial. Entonces, el antisemitismo era la política oficial estatal de la Alemania de Adolf Hitler. Es cierto que, hoy en día, ningún Gobierno del mundo tiene semejante doctrina consagrada en la ley y apoyada por la población general. Sin embargo, todos conocemos países en los cuales la discriminación es frecuente, y quizás incluso tolerada.
El odio es uno de los fenómenos que están creciendo más rápidamente. Odios de todo tipo, especialmente hacia las minorías. Dondequiera que estén en el mundo, les suplico que no repitan la historia a la cual me vi sometida.
Recuerden que el Holocausto empezó poco menos de veinte años después de que Adolf Hitler escribiese Mein Kampf, su plan para eliminar a los judíos. En una época en la que Internet va a una velocidad asombrosa, los cambios pueden suceder mucho más rápido que hace ochenta años. Tenemos que vigilar constantemente y ser lo bastante valientes para hablar con franqueza.
En este sentido, viene al caso decir que, mientras dábamos los últimos toques a este libro, el presidente Vladimir Putin ordenó que las tropas rusas invadieran la vecina Ucrania, poniendo con ello en peligro la paz mundial. Las imágenes me resultaban muy familiares. Niños y adultos aterrorizados, destrucción de hogares y familias, crímenes de guerra, millones de personas desplazadas, hambre, refugios antiaéreos y fosas comunes. Y espero que, después de casi ocho décadas de reflexión sobre la inhumanidad del ser humano durante el Holocausto, Ucrania nos recuerde la importancia de ayudar a los damnificados por los estragos de la guerra.
Mientras ustedes leen esto, quiero que noten el sabor, la sensación, el olor de lo que era vivir como niños durante el Holocausto. Quiero que se pongan mis zapatos y anden con ellos, siguiendo los pasos de mi familia, aunque en los peores tiempos ni siquiera teníamos calzado alguno. Quiero que comprendan los dilemas a los cuales nos enfrentábamos y las decisiones imposibles que teníamos que tomar. Espero que se enfurezcan. Porque si están furiosos, existe una oportunidad de que compartan esa indignación, y eso aumenta las posibilidades de evitar otro genocidio.
Vengo de una larga tradición de historia oral. Me considero más narradora y cuentista que escritora, y por eso mi amigo Malcolm Brabant me ha ayudado con esto. A él se le dan muy bien las palabras y las imágenes.
Nos conocimos en Polonia en enero de 2020, cuando el mundo conmemoraba el septuagésimo quinto aniversario de la liberación de Auschwitz, que tuvo lugar el 27 de enero de 1945.
Malcolm ha sido reportero de guerra. Presenció la limpieza étnica muy de cerca en Bosnia-Herzegovina, en la década de 1990. Conoce bien el hedor del genocidio. Ha escapado por los pelos y ha tenido experiencias dolorosas distintas de las mías. Lo que tenemos en común es que ambos somos supervivientes.
Él fue quien ahondó en la ocupación nazi de Polonia para intentar poner mi niñez en el contexto adecuado.
Mientras trabajábamos juntos para revivir los sonidos, olores y sabores del Holocausto, resultó que recuerdos que tenía ocultos volvieron a la superficie. A veces me mantenían despierta toda la noche. Todo lo que me ocurrió a mí y a la gente que tenía a mi alrededor está enterrado en algún lugar muy hondo, en los recovecos de mi subconsciente. Al haber ejercido de terapeuta, debo aceptar la posibilidad de que la edad y el tiempo hayan emborronado mis peores recuerdos. El cerebro y el cuerpo humano son unos instrumentos extraordinarios, y tienen mecanismos de supervivencia que quizá nunca comprendamos del todo.
Algunos detalles de mi historia tal vez no se ajusten con precisión a otros relatos del Holocausto. Después de la guerra, mi madre me hablaba incesantemente de lo que nos había ocurrido, para asegurarse de que yo no me olvidara. Las conversaciones que recuerdo en este libro no son literales. El contenido, el tono y la naturaleza, sin embargo, son una representación honrada de lo que se dijo en aquel momento. Todos tenemos recuerdos y versiones distintas de la verdad. Esta es mi verdad.
No creo que sufra la culpa del superviviente, que es un componente de aquello que los psiquiatras llaman «síndrome del superviviente». Aquellos que experimentan esta afección se castigan a sí mismos por sobrevivir, aunque no tengan ninguna culpa. No creo que los seis millones de judíos que murieron en el Holocausto quisieran que yo me sintiera culpable. Por el contrario, he decidido abrazar un nuevo término, «crecimiento del superviviente», a través del cual uso activamente mis experiencias para construir una vida llena de sentido en honor de aquellos que murieron en el Holocausto. Yo los recordaré.
He canalizado el trauma en lo que yo llamo «deshacer el plan de Hitler». Él quería aplastar nuestra fe asesinando a nuestros hijos. Yo he pasado la mayor parte de mi vida adulta haciendo lo contrario, asegurándome de que mi propia familia se empape de nuestra cultura. Mis ocho nietos son la prueba de nuestra continuidad.
En estas memorias me refiero a este genocidio como Holocausto, aunque el término hebreo para la catástrofe, Shoah, es más preciso a la hora de expresar esta tragedia única judía.
Auschwitz quedó impreso en mi ADN. Casi todo lo que he hecho en mi vida después de la guerra y todas las decisiones que he tomado han sido moldeadas por mis experiencias durante el Holocausto.
Soy una superviviente. Y los supervivientes tienen una obligación: representar al millón y medio de niños judíos que los nazis asesinaron. Ellos no pueden hablar. De modo que, por encima de todo, yo debo hablar en su nombre.
TOVA FRIEDMAN,
Highland Park, Nueva Jersey,
abril de 2022
Campo de exterminio de Auschwitz II, más conocido como Birkenau, en el sur de la Polonia ocupada por los alemanes, 25 de enero de 1945
Seis años
No sabía qué hacer. Ninguno de los otros niños de mi barracón sabía qué hacer. El ruido fuera era horroroso. Jamás había oído nada semejante. Tantos disparos. Una sucesión de disparos; también disparos aislados. Una pistola y un rifle hacen ruidos distintos. Yo había visto y oído ambos en acción y muy de cerca. Los rifles chasqueaban y las pistolas explotaban. El resultado era el mismo. Las personas caían al suelo y sangraban. A veces gritaban. En ocasiones ocurría demasiado rápido y no les daba tiempo a emitir sonido alguno. Como cuando les daban en la parte de atrás de la cabeza o en el cuello. Otras veces emitían ruidos intensos y ásperos, o gorgoteaban. Eso era lo peor. El gorgoteo. Odiaba oír eso. Quería que parase el gorgoteo. Por ellos y por mí.
En algún lugar del exterior del barracón se oyeron chasquidos y estallidos, y ratatatatá, ratatatatá. Los sonidos rápidos eran ametralladoras. También las había visto en acción. Conocía el daño que causaban. Y me aterrorizaban.
Los cristales traquetearon en los marcos de las ventanas que corrían a lo largo de cada pared, a unos tres o cuatro metros por encima de mi cabeza, en los aleros. Los cristales solían temblar por el viento. Pero esto era distinto. Era como una tormenta, pero sin rayos. Algo que sonaba como truenos, retumbaba en la distancia. Aunque las paredes de madera ahogaban el ruido de fuera, parecía que todo el mundo en los barracones gemía y chillaba a la vez. Todos los perros del campamento aullaban y ladraban con más saña de lo habitual. Esos perros. Esos perros temibles, malditos.
Oía a los guardias alemanes chillándoles a pleno pulmón. Despreciaba su lengua, tan gutural. Me quedaba muda de terror cada vez que los alemanes abrían la boca.
Nunca había oído hablar alemán con suavidad. Siempre era áspero, ajeno y, muy a menudo, acompañado de violencia. Formándose en la parte trasera de su garganta, muchas palabras reventaban al salir, gruñían, escupían y siseaban. Como la verja de alambre de espino electrificada que nos mantenía enjaulados, y a veces electrocutaba a alguno de nosotros que quería morir a su manera, y no como habían dictado los nazis. Muchos prisioneros recibían disparos antes de llegar a la alambrada.
Las voces alemanas parecían más furiosas de lo habitual. ¿Así era como sonaba el fin del mundo? La guerra estaba más cerca de lo que había estado nunca. Por una vez, una guerra de soldados luchando entre ellos. No la guerra que yo había presenciado, donde unos brutos muy bien alimentados con uniformes grises y negros pisoteaban a mujeres muertas de hambre y a ancianos, y los tiraban al suelo, y les disparaban en la nuca. Donde enviaban a los niños a las cámaras de gas y salían volando por las chimeneas como diminutas briznas carbonizadas.
Yo no sabía lo que había detrás de la tensión que empapaba las paredes de tablas. Levanté la vista hacia las largas ventanas. Visto desde un ángulo agudo, a través de las rendijas de cristal que quedaban por encima, el cielo parecía extraño. Por supuesto, estaba oscuro, porque nos encontrábamos en lo más crudo del invierno. Pero parecía más oscuro de lo que habría sido normal. ¿Era humo lo que llenaba el aire? ¿Caían al suelo aquellas partículas? No eran las habituales. Estas parecían de mayor tamaño. ¿Había fuego fuera? ¿Se acercaban las llamas? Lo único que haría falta sería una chispa, y nuestro barracón se convertiría en una pira funeraria. En el estómago vacío se me hizo un nudo. Me noté más atrapada que nunca.
Hice lo que solía hacer cuando necesitaba consuelo. Trepé por la pared de ladrillos rojos que corría a lo largo del barracón. Los ladrillos estaban a unos sesenta centímetros por encima del suelo. Actuaban como separador entre las filas de literas de tres pisos que había a cada lado, y absorbían el calor de un horno que estaba en el centro de la habitación. Aunque el fuego ya se estaba apagando, todavía quedaba un poco de calidez en los ladrillos. Me senté en cuclillas y agité los dedos de los pies para extraer todo el calor que pude.
Había muchos niños en mi bloque, no sé cuántos en total. Cuarenta, cincuenta, sesenta quizá. Los mayores eran casi adolescentes. Yo era una de las más pequeñas y más menudas. Todos teníamos la cara sucia y llena de manchurrones, los ojos hundidos, bordeados de negro por no dormir y por el hambre. Íbamos vestidos prácticamente de harapos, que colgaban de nuestros huesos. Algunos de los niños llevaban uniformes de rayas.
Ninguno de nosotros sabía lo que estaba ocurriendo. No habían hecho el Apell de la mañana: pasar lista. De repente, me empezaban a picar los números que llevaba en el antebrazo izquierdo. Por primera vez desde que los habían tatuado en mi carne, los habían ignorado. A-27633. La identidad que me habían impuesto los nazis. No había oído que pronunciaran esas palabras. Nuestra rutina se había roto. Algo extraño estaba ocurriendo, definitivamente.
No nos habían dado de comer y nos moríamos de hambre. Tendríamos que habernos puesto en fila para que nos dieran una corteza de pan seco y un cuenco de gachas tibias que contuviera, si teníamos mucha suerte, restos de unas verduras indeterminadas. El hambre atacaba nuestro estómago y nos daba puñetazos.
¿Cuánto tiempo nos habían dejado así? No podíamos medir el tiempo más allá de observar la luz del día que disipaba las sombras dentro del barracón, que luego regresaban. No podía ser mucho antes de que el sol, estuviera donde estuviese, se hundiera por debajo del nivel de las ventanas; no tardaríamos en volver a estar en la oscuridad total.
Toses, sollozos y gimoteos recorrían las literas. A pesar de la temperatura ártica, el bloque apestaba a mantas empapadas en orina y a heces, por los orinales desbordados. Algunos niños lloriqueaban, otros intentaban ahogar sus lágrimas. Llorar era contagioso. Nos hacía sentir fatal. En cuanto empezabas, incluso te sentías mucho más triste de lo habitual. Empezabas a pensar en lo espantosa que era la vida, y ya no podías parar. Yo no sucumbía. Nunca lloraba. Aunque tenía ganas de sollozar, apretaba la mandíbula y lo superaba.
Mamá me enseñó a no llorar jamás, por muy frágil o asustada que me sintiera. Para ser tan pequeña, me enorgullece decirlo, tenía una voluntad de hierro.
—¿Dónde ha ido a parar la Blokälteste?
—Hoy no la he visto.
—Yo no la he visto desde ayer.
—No está. Salgamos fuera.
—No, no podemos salir fuera.
—Si nos coge, nos pegará, y se chivará de nosotros a los alemanes.
La Blokälteste era la mujer que estaba a cargo, también llamada la «anciana del bloque»; era la que ejecutaba las órdenes de los alemanes, pero, como nosotros, ella era judía. Los nazis la recompensaban con comida extra y un espacio propio. Tenía mucho apetito. A mí me parecía muy gorda, pero para un niño todo el mundo resulta grande. A cambio de llevar a cabo el trabajo sucio, la anciana del bloque podía echarse y descansar en paz sin que nadie le robara la manta o le pinchara en las costillas con las rodillas o los codos.
Aunque la anciana del bloque usaba el miedo para controlarnos, su presencia nos proporcionaba un sentido de Ordnung muss sein («Tiene que haber orden»), como no se cansaban de decir los alemanes. No me importa reconocer que tenía miedo de aquella mujer. Pero sin ella habría caos. Y, lo peor de todo, nada de comida.
Normalmente, todos los barracones estaban cerrados y asegurados. La anciana del bloque debía de haberse ido con mucha prisa, cuando fuese, porque no se había molestado en contarnos ni en asegurar la puerta. Sentí la tentación de atisbar fuera, pero el ruido me daba demasiado miedo. Ninguno de los niños se atrevió a cruzar el umbral. Era como si un campo de fuerza nos estuviera sujetando. Nos habían condicionado para obedecer órdenes, y no podíamos movernos sin ellas.
De repente se abrió la puerta. Todos dimos un respingo.
Entró una mujer a la que no reconocí. Tenía un aspecto horrible. Sus rasgos estaban distorsionados por la desnutrición. Su rostro era apenas más que una calavera recubierta de una piel fina como el pergamino. Tenía los ojos hundidos en las cuencas, pero su cuerpo era grueso. La inanición puede hacerle eso a una persona. A ella le había hinchado la carne. Unos mechones de pelo castaño oscuro surgían por debajo de un trozo de tela colocado como un pañuelo, en un intento vano de conservar un poco el calor.
La mujer me miró.
—¡Tola! —exclamó—. ¡Aquí estás, hija mía!
El alivio se extendió por su rostro. Sus tensas mejillas se relajaron y sus ojos chispearon. La voz era débil, pero familiar. También sus tristes ojos verdes, así como su débil sonrisa. Yo me puse de pie sobre los ladrillos, confusa. Aquella mujer parecía más un espantapájaros que un ser humano. Sí, parecía mi madre, pero ¿era ella realmente?
¿Y qué estaba haciendo en mi barracón? Se suponía que debía estar en la sección de mujeres. Me habían apartado de ella cinco meses antes, en el punto álgido del verano, después de que yo cayera enferma. Oí su voz de cerca cuando fuimos y volvimos caminando de la cámara de gas. Pero no la vi. De hecho, no había visto el rostro de mi madre desde hacía tanto tiempo que me había olvidado del aspecto que tenía. Me había acostumbrado a no tener madre ni padre. Me había olvidado de que tenía a alguien en este mundo. Pensaba que estaba sola. Pero a lo mejor no lo estaba… Me sentía confusa. La mujer notó mis dudas.
—Tola, soy yo, mamá —dijo, con una gran sonrisa.
Yo estaba incrédula.
«¿Es esta realmente mi mamá?», me preguntaba.
Bajé de un salto de los ladrillos y corrí hacia ella. Noté que una sonrisa se extendía por mi rostro, de oreja a oreja. Era la primera felicidad real que experimentaba desde hacía meses.
Ella se agachó, me cogió la cara entre las manos y me miró a los ojos. Luego me echó los brazos alrededor y me besó. La abracé con toda la fuerza que pude. Olía a mi mamá. Realmente, era mi bella mamá. La prisionera A-27791. Mi mamá.
—Escúchame, Tola. Están reuniendo a la gente para llevársela andando a Alemania. Desde aquí hasta Alemania, a centenares de kilómetros —dijo mamá—. Mírame. Me van a disparar. Me van a matar. Yo no puedo andar. Mira mis pies. —Señaló hacia abajo.
Mamá no llevaba zapatos. Tenía los pies envueltos en trapos. Parecía como si se los hubiese vendado a toda prisa. La parte inferior estaba empapada, y la humedad subía hacia arriba. Enrojecidas por el frío, las pantorrillas y tobillos de mamá estaban hinchados, señal segura de inanición. El campo estaba lleno de espantapájaros y esqueletos.
—Quizá tú consigas llegar. Puede que sobrevivas a la marcha. Pero este mundo no es para niños. No quiero que sobrevivas sola. Así que intentaré esconderte. Existe una oportunidad de que sobrevivamos juntas. Y si morimos, pues moriremos juntas. ¿Quieres venir conmigo?
—Sí, mamá. Sí, iré —respondí.
Desde que nací, había vivido en un mundo donde ser judío significaba que estabas destinado a morir. Era perfectamente normal que te pidieran morir. Todos los niños judíos morían. Y yo siempre hacía lo que me decía mamá. Ella siempre me decía la verdad. Yo confiaba en mamá. No confiaba en nadie más. Mamá me decía la verdad porque conocer la verdad podía salvarme la vida. Eso es lo que decía. Y lo repetía. En el gueto, en el campo de trabajo, en el vagón de ganado. Y antes de que nos separasen, en el campo de concentración.
Aunque había hablado de morir juntas, mamá me levantó la moral diciéndome que teníamos una oportunidad de sobrevivir si seguíamos sus instrucciones. Como siempre, era sincera. Otros padres quizás hubiesen intentado ocultar la verdad en tales circunstancias. Pero mi mamá no. Ella creía que la información era poder, y que podía salvarme la vida.
Yo llevaba cuatro meses sola. No había nadie que me protegiera. Siempre pensé que moriría sola. Con la muerte que fuese. Pero ahora tenía a alguien que me cuidaba. Haría lo que me dijera mi mamá. Una oleada de alivio me inundó al darme cuenta de que ya no estaba sola.
Mamá no dijo nada. Me cogió de la mano y me llevó fuera del bloque de los barracones.
Nos asaltó el olor a quemado. El sonido de la madera crepitando, escupiendo. ¿Era una hoguera de leña grande? Más que nada, yo estaba desesperada por encontrar un poco de calor que descongelara mi cuerpo. Pero entonces mamá me cogió de la mano y yo me olvidé del frío. El cielo estaba lleno de humo. El fuego estaba muy cerca. Hacía mucho ruido y me ponía nerviosa. El olor a humo de leña se mezclaba con otros olores. Algo aceitoso, esa cosa negra que ponen en las carreteras y los tejados. Y había algo más… Olor putrefacto a basura quemada. Toneladas de basura.
La cabeza de mamá se volvió a izquierda y derecha una y otra vez, buscando posibles problemas. De la mano, fuimos andando deprisa sobre la nieve, en silencio. Parecía que ella sabía adónde íbamos. Yo sabía que tenía que ser lo más discreta que pudiera. Si hacías ruido, te podían matar. Mamá no tenía que decirme nada. Me transmitía directamente su urgencia. Yo estaba electrizada por la aventura. Los pinchazos del hambre se desvanecieron. El amor de mi madre me hacía sentir segura, a salvo. Los trapos que llevaba en los pies hacían un ruido de succión a cada paso. Yo no me fijaba en la nieve que traspasaba mis finos zapatos blancos atados con cordones y me llegaba directamente a los pies sin calcetines. Solo notaba el calor de la mano de mi madre y su amor, que llenaba todo mi ser.
No podía creer lo que estaban viendo mis ojos. Por primera vez en mi vida no había tropas de las SS ni sus títeres alemanes bloqueándonos el paso. Brevemente, mientras cruzábamos los huecos entre los edificios, fui captando detalles en la distancia de soldados con sobretodos grandes que reunían a los prisioneros y los preparaban para la marcha a Alemania. Parecía que los nazis estaban soltando muchas maldiciones y gritando órdenes.
Yo era casi exactamente un año mayor que la guerra. No había conocido la libertad. Mi supervivencia dependía de mi capacidad de juzgar el estado de ánimo de mis captores. A pesar de su brutalidad, sabía que normalmente los alemanes eran aterradoramente tranquilos. Aquella mañana bordeaban la histeria y disparaban a quemarropa a los pobres desgraciados que eran demasiado lentos obedeciendo sus órdenes.
Yo no me inmutaba frente al asesinato. Había presenciado muertes violentas desde que podía recordar. Había aprendido a suprimir mis emociones. Lo que me aterraba eran los pastores alemanes y sus mandíbulas brutales y llenas de espuma. Tirando de las correas de sus cuidadores, esos espantosos perros eran más grandes que yo misma. Cuando mamá y yo llegamos al andén y bajamos del vagón de ganado, en el verano, yo había visto a los perros persiguiendo a algunas personas a lo largo de las vías del ferrocarril, en dirección a las chimeneas y el humo.
Nunca miraba a los ojos a los SS, los Schutzstaffel, el cuerpo de élite militar de Hitler, que contenía a los nazis más fanáticos del Tercer Reich. Había conseguido evitar su furia durante medio año. Mamá me había enseñado bien: «Cuando pases junto a un alemán, mira siempre al suelo o aparta la vista. No cruces tu mirada con la suya. No los mires nunca a los ojos. Lo odian. Les pone furiosos, y te pegarán. Incluso podrían matarte».
Veía sus negros pantalones de montar; las botas negras, muy pulidas, esas botas que llevaban los de las SS y que llegaban hasta las rodillas. Veía sus bastones arrogantes, las dagas que colgaban de sus cinturones, sus símbolos con calaveras y sus dedos en el gatillo. Miraba hasta sus hombros y sus charreteras. Incluso puede que viera alguna cruz de hierro en un pecho, o en torno a algún cuello. Pensaba que aquel era el uniforme que llevaban todos los hombres no judíos de la Tierra. Pero nunca los miraba a la cara. Sin embargo, sí que había mirado a los perros a los ojos. Y ellos me habían devuelto la mirada. Esos animales babeaban y gruñían, y les sobresalían los tendones que tenían en el cuello. Los perros querían clavarme los dientes en la carne y hacerme pedazos.
Mamá me cogió de la mano y se aseguró de que permanecíamos cerca de los edificios bajos de madera. Estábamos en el extremo noroccidental del campo de exterminio, más conocido como Birkenau, que formaba parte del complejo de Auschwitz. A nuestra derecha, teníamos cobertura de los edificios que comprendían la enfermería masculina. A nuestra izquierda, hilera tras hilera de bloques de barracones, separándolos de la puerta de entrada al campo (la Puerta de la Muerte) donde se reunía a los prisioneros para el éxodo. Tan sigilosamente como pudo, mamá me empujó hacia el sur. Nos dirigimos hacia la línea de ferrocarril que nos había traído a Birkenau seis meses antes.
Los motores de los camiones retumbaban en la distancia, algunos en movimiento, otros al ralentí. Se gritaban órdenes por unos megáfonos que competían por la atención. Una o dos veces mamá me llevó al abrigo de algún edificio, y nos agachamos todo lo que pudimos. Estábamos desesperadas por hacernos invisibles. Aunque nos encontrábamos a alguna distancia de las torres de vigilancia de la verja perimetral, yo sabía que, si los guardias nos veían, abrirían fuego o alertarían a los soldados que estaban debajo. Y si nos cogían, nos meterían a la fuerza en la fila. Rodeadas por los hombres y sus perros. Incapaces de escapar a la marcha que mamá decía que la mataría.
En lo posible nos refugiábamos entre las sombras y tentábamos a la suerte. La densidad de los barracones ayudaba a escudarnos. Pero, más que nada, lo que nos ayudaba era el pánico de los alemanes. Los rusos se acercaban. No estaban lejos. Los vengativos rusos. Los nazis tenían tanta prisa por huir que no se dieron cuenta de que las prisioneras A-27791 y A-27633, la niña de los zapatos blancos con cordones, se habían escabullido.
Un torrente de adrenalina puso en alerta mis sentidos. Los oídos y la nariz me contaban casi tanto como los ojos. Lo que faltaba era el hedor que flotaba por encima del campo desde que habíamos llegado allí. Ese hedor enfermizo, persistente. El sulfuroso shtinkt a huevos podridos: el hedor a pelo quemado mezclado con carne asada que se metía en la nariz, agarrándose, como una lapa, a las terminaciones nerviosas y la memoria. Por una vez, no tenía aquel sabor de boca espantoso y nauseabundo.
Había mucho más ruido aquel día que el anterior, cuando estuve fuera sola unos pocos minutos. Me intrigó el silencio que reinaba en el barracón, a dos edificios de distancia en la fila con respecto al nuestro. Estaba extrañamente tranquilo, de modo que di un vistazo dentro, a pesar del riesgo que corría de molestar a la anciana de bloque que estaba a cargo. Pero nadie me dijo nada. El edificio estaba vacío. Los niños, sencillamente, habían desaparecido.
Al agarrar la mano de mamá, noté que ya no podía ignorar más el frío. Deseé haber tenido unos mitones. Había visto un par de guantes unidos con un cordel junto al abrigo de una niña, en el barracón de al lado. Se me estaban congelando los dedos. Necesitaba algo que calmase ese frío. La norma era coger lo que se pudiera. En aquel lugar, era una parte esencial de la supervivencia. No era lo mismo que robar. Pero yo no cogí los guantes. En cuanto fui capaz de hablar y comprender, me enseñaron a ser honrada y amable. La niña a la que pertenecían podía necesitarlos, si volvía, aunque yo sabía, en lo más profundo de mi ser, que nunca volvería. Aun así, no quería beneficiarme de su muerte. Así pues, dejé los guantes allí colgando.
Al cabo de diez minutos o así llegamos al edificio que mamá estaba buscando. Me hizo pasar dentro. El bloque era la enfermería de mujeres, aunque había muy poco material médico a la vista. Era más bien una escala entre la vida y la muerte. Montones de lechos estaban ocupados por muertas y moribundas. En su precipitación, los alemanes las habían abandonado. La sala resonaba con los quejidos y sollozos de las mujeres.
Mamá fue de cama en cama, sacudiendo las mantas. A veces, una mujer se removía. Si veía señales de vida, mamá seguía adelante. No entendía lo que estaba haciendo, y me sentía demasiado asustada para preguntarle. Mamá iba comprobando cada cama, poniendo el dorso de la mano en los cadáveres.
—Este está frío —dijo mamá, reemprendiendo la búsqueda.
Y finalmente comprendí lo que buscaba. Investigó debajo de una manta y tocó otro cuerpo. No se movía, pero todavía estaba caliente. La mujer acababa de morir.
—Tola, escúchame —dijo mamá—. Tienes que hacer todo lo que yo te diga. Si no lo haces, corres el riesgo de que te maten.
—Sí, mamá.
—Quítate los zapatos y métete en esa cama.
Me desabroché los zapatos lo más rápido que pude. La cama era más alta que la litera en la que solía dormir; necesité ayuda para subirme.
—Métete debajo de esa manta, tápate y échate de cara al suelo. Te echarás muy cerca de esa mujer, y yo te taparé para que no se vea nada. Ni los pies ni la cabeza. Tienes que quedarte ahí echada, muy quieta. No digas ni una sola palabra. Ocurra lo que ocurra, oigas lo que oigas. ¿Me oyes? Yo seré la única persona que venga a destaparte, nadie más.
Se acercó mucho más.
—Tienes que respirar hacia el suelo. Quédate ahí, y no te muevas. No te muevas. Quédate ahí hasta que yo venga a buscarte. ¿Me entiendes?
—Sí, de acuerdo, mamá.
La palabra de mamá era la ley. Ignorarla sería fatal.
Mi compañera de cama tendría unos veinte años. No era muy distinta de otros cientos de cadáveres que yo había visto. Un saco de huesos retorcidos y picudos unidos por algo de piel. Calaveras con la boca congelada en un grito silencioso. La mujer muerta era guapa. Y, claramente, más joven que mamá.
—Rodéala con tus brazos —me ordenó mamá.
Ella maniobró mi cabeza y la colocó bajo la axila de la muerta, y entrelazó nuestras piernas. Luego levantó la manta para que solo se viera la cabeza de aquella mujer.
—Ahora te dejo, Tola —dijo ella—. Yo también tengo que esconderme. Pero no estaré lejos. Volveré y te sacaré. No importa lo que oigas, no te muevas hasta que yo vuelva. Bajo ninguna circunstancia. ¿Me lo prometes?
—Sí, mamá, te lo prometo.
Hice exactamente lo que me decía. Apenas me movía. No tenía miedo del cadáver. ¿Por qué iba a tenerlo? La mujer guapa estaba muerta y no podía hacerme ningún daño. Era una amiga que podía salvarme la vida. Mi protectora. Así pues, seguí las instrucciones de mamá, abracé a la mujer muerta y esperé.
Al principio, el cadáver estaba caliente. Lo agradecí. Volví a sentir los pies, después de haber pisado la nieve. Pero, poco a poco, lentamente, el cadáver se fue quedando más frío. Me quedé allí escuchando, respirando con un aliento corto, esperando. Me preguntaba por qué habría muerto la mujer guapa. Imaginé que sería de hambre.
Yo estaba extraordinariamente tranquila. Me invadió una extraña paz. Me relajé y empecé a visualizar una muñeca con la cara verde. No una muñeca completa. Solo una cabeza. La había visto sobresaliendo del barro, mientras corríamos. No sabía si la cabeza y el cuerpo se habían separado, o si el cuerpo estaba todavía unido a la cabeza, por debajo del barro. Habría querido coger aquella cabeza, pero no teníamos tiempo para detenernos.
La cabeza tenía unos ojos amigos y una boca amable. Quería aquella cabeza de muñeca. En el campo no tenía juguetes. No quería jugar. No sabía lo que era jugar. La vida era simplemente sobrevivir. Quería la cabeza de muñeca para hablar con ella y que me hiciera compañía. Tenía unos ojos muy bonitos.
Empecé a notar que se me cerraban los ojos. Me sentía segura. Mamá estaba cerca. La adrenalina de nuestra aventura había ido disminuyendo.
Entonces oí las botas.