
La subseñora, Paige Mahoney,
también conocida como Polilla Negra o Soñadora Pálida
Su caballero, Nicklas Nygård,
caballero supremo, también conocido como Visión Roja,
y su dama Eliza Benton, también conocida como Musa Martirizada
Los altos comandantes
de la Asamblea Antinatural
I Cohorte – Ognena Maria – Estrategia
II Cohorte – Lord Glym – Reclutamiento
III Cohorte – Tom el Rimador – Comunicación
IV Cohorte – Minty Wolfson – Proclamación
V Cohorte – Wynn Ní Luain – Médico
VI Cohorte – La Reina Perlada – Provisiones
Los altos comandantes
de los Ranthen
Terebellum, Custodia de los Sheratan. Recursos
Arcturus, Custodio de los Mesarthim. Instrucción
NO HAY LUGAR SEGURO,
NO NOS RENDIREMOS

Preludio
2 de noviembre de 2059
Las luces me quemaban los ojos. Seguía dentro de otro cuerpo, de pie sobre el mismo suelo, pero todo había cambiado.
Él lucía una sonrisa en los labios. Aquel brillo de antaño en sus ojos, como cuando le traía buenas noticias de la casa de subastas. Llevaba un chaleco bordado con anclas doradas cruzadas, y un pañuelo de cuello escarlata. En una mano, enfundada en un guante de seda, sostenía un bastón de ébano.
—Veo que ya dominas la posesión a distancia —dijo—. No dejas de sorprenderme.
El mango del bastón era de porcelana y tenía forma de caballo blanco.
—Creo que ya conoces a mi nuevo supervisor general —dijo Nashira con voz suave.
Solté aire por primera vez desde que lo había visto.
Había intentado detenerme. Aquel bicho taimado me había tenido callada durante semanas, para evitar que le hablara al mundo de la existencia de los refaítas. Y, sin embargo, ahí estaba, con ellos, tan tranquilo, como si se sintiera en casa.
—Oh, querida, ¿se te ha comido la lengua el gato? —Jaxon soltó una sonora carcajada—. ¡Sí, Paige, aquí estoy, con los refaítas! ¡En el Arconte, vistiendo el Ancla! ¿Te has quedado sin palabras? ¿Tan escandalizada estás? ¿He herido tu frágil sensibilidad?
—¿Por qué? —susurré—. ¿Por qué demonios estás aquí, Jaxon?
—Oh, como si tuviera elección. Contigo como Subseñora, mi querido sindicato está condenado a la autodestrucción. Así que he decidido volver a mis raíces.
Ensanchó su sonrisa.
—Has escogido el lado equivocado. Únete a este, cariño —prosiguió, como si yo no hubiera dicho nada—. No sabes lo que me duele verte en manos de esos despreciables refaítas que se hacen llamar Ranthen. A diferencia del Ropavejero, yo siempre he creído que podrías salvarte de su adoctrinamiento. De la... seducción de Arcturus. Pensaba que tu sentido común te impediría obedecer al hombre que en otro tiempo fue tu señor.
Le lancé una mirada gélida y respondí:
—Es justo lo que me estás pidiendo que haga ahora.
—Touché. —En el pómulo tenía un morado reciente—. Para Terebellum Sheratan no eres más que un peón que le viene muy bien para desplegar su juego. Arcturus Mesarthim no es más que un gancho. El cebo para que piques. En la colonia penitenciaria te acogió bajo su ala por órdenes de ella, para que cayeras en la red de los Ranthen. Y tú, querida, te prendaste de él... Todos lo veían; todos menos tú.
Un escalofrío me advirtió de que algo iba mal. En otro lugar de la ciudadela alguien me había tocado.
—Esta es una lucha que no puedes ganar. No dejes el sindicato mutilado, querida mía —dijo Jaxon, con voz melosa—. No se creó para que fuera un arma de guerra, y tú nunca deberías haberte puesto al frente. Retrocede antes de caer al vacío. Lo único que queremos en el Arconte es protegerte, a ti y a tu maravilloso don. Si tenemos que arrancarte las alas para evitar que te lances al fuego, así se hará. —Extendió la mano—. Ven con nosotros, Paige. Ven conmigo. Todo esto puede evitarse.
Desde luego, aquello había sido una sorpresa. Ambos lo sabíamos. Pero si creía que podía asustarme tendría que esforzarse un poco más.
Otro escalofrío. Noté que iba perdiendo el control del onirosaje de aquel extraño y que volvía al abrazo del éter.
—Preferiría arder en el infierno —respondí.
Sentía que se me licuaba el cerebro, que me caía por los orificios de la nariz y por la frente. Tenía que salir, tomar aire...
Una mano me agarró del brazo. Alguien me estaba hablando, pronunciaba mi nombre. Me arranqué la máscara de oxígeno, abrí la puerta y salí del coche trastabillando. La brusquedad del movimiento me abrió los puntos del costado y la blusa se me manchó de sangre.
Jaxon Hall era muchas cosas, pero no podía creerme que se hubiera pasado al bando de Scion. Se había ganado la vida viviendo a su sombra, no lanzándose a sus brazos.
Las heridas que me habían hecho en el torneo me ardían como un hierro candente contra el torso, irradiando un calor pulsante que se me extendía por la espalda. Me adentré en la oscuridad, bajé los escalones cubiertos de musgo hasta la orilla del Támesis y me paré al borde del agua, donde me agarré la cabeza entre las manos y me maldije por mi estupidez. ¿Cómo podía ser que no hubiera previsto algo así? Debía de habérseme escapado alguna pista. Ahora se convertiría en nuestro enemigo más formidable, un activo vital para el Ancla.
«Encontraré otros aliados —me había dicho al acabar el torneo—. Te lo advierto: nos volveremos a ver las caras».
Tenía que haberlo matado en el Ring de las Rosas. Había tenido la hoja contra su cuello, pero no había reunido el valor necesario para acabar con él.
«Un aliado de mucho tiempo atrás —había dicho Nashira—. Uno que regresó junto a mí... tras veinte años de separación».
Un grito en la distancia detuvo el tiempo, o lo puso en marcha otra vez. Me agaché, acercando la cabeza al agua y agarrándome el vientre.
«He decidido volver a mis raíces».
—No —dije, jadeante—. No, tú no. Tú no...
Se le veía perfectamente cómodo junto a los Sargas. Para nada daba la impresión de alguien que acabara de verlos por primera vez unas horas atrás. Y había otras cosas que había pasado por alto, que no había visto, cegada como estaba. Él siempre había sido más rico que otros mimetocapos. Solo la absenta ya costaba una fortuna en el mercado negro, y él la bebía casi todas las noches. ¿Cómo había pasado de ser un pobre desgraciado a vivir con esos lujos? Desde luego no sería por su actividad literaria: los panfletos no daban dinero. Por otra parte, se había lanzado a rescatarme de la colonia sin tener un plan de huida, lo cual no tenía sentido. No era propio de él aventurarse a ciegas, nunca lo hacía. Pero si ya hubiera salido de la colonia antes... o si supiera que había un modo de salir, o si los Sargas le hubieran permitido que se me llevara...
«Un viejo aliado. Veinte largos años». Eran las únicas palabras que necesitaba para deducir quién había sido Jaxon Hall en el pasado, y quién era en la actualidad. No tenía ninguna prueba, pero sabía —algo en mi interior me lo decía— que mi instinto no me fallaba.
No era un simple traidor.
Era el traidor.
El hombre que había traicionado a los Ranthen veinte años atrás para comprar su libertad.
El responsable de las cicatrices en la espalda del Custodio. Y yo había sido su dama. Su mano derecha.
El sonido de pisadas sobre la grava se abrió paso por entre el ruido blanco que me flotaba en los oídos. Por el rabillo del ojo vi al Custodio, que se agachaba a mi lado.
Tenía que contárselo. No podía cargar con ese peso yo sola.
—Sé quién te traicionó hace veinte años —dije—. Sé quién es el responsable de esas cicatrices.
Silencio. Estaba temblando.
—Aquí no estamos seguros —dijo por fin—. Podemos hablar de esto en la sala de conciertos.
En mi cabeza, los pensamientos se me arremolinaban y se enredaban unos con otros, como alambre de espino. Era la marioneta de todos, atrapada entre mil hilos.
Nick acudió a la carrera y se asomó a la barandilla.
—¡Centinelas! —gritó— ¡Custodio, tráela aquí arriba!
Él se quedó donde estaba. Yo temía que no fuera capaz de leerme la expresión del rostro, que tuviera que pronunciar el nombre; sin embargo, a medida que pasaban los segundos, tuve claro que llegaba a la misma conclusión que yo. De repente, los ojos se le encendieron.
—Jaxon.
PRIMERA PARTE
Dios en una máquina

1
Subseñora
Mucha gente dice que la guerra es como un juego, y con razón. En ambos casos hay combatientes. En ambos casos hay facciones enfrentadas. Y en ambos casos se puede perder.
Solo hay una diferencia.
Todo juego acarrea incertidumbre. La certeza es lo último que deseas cuando empiezas. Si te garantizan la victoria, no hay juego.
En la guerra, en cambio, buscamos la certidumbre. Ningún loco se ha lanzado a la guerra sin contar con la férrea convicción de que podía ganar, de que ganaría; o, al menos, de que la posibilidad de perder era tan pequeña que compensaba el precio en vidas de cada movimiento. No inicias una guerra buscando la emoción, sino la victoria.
La cuestión es si cualquier victoria, cualquier resultado, puede justificar tus acciones.
27 de noviembre de 2059
El corazón del distrito financiero de Londres estaba en llamas. En Cheapside, Didion Waite, poeta del inframundo y rival acérrimo de Jaxon Hall, gritaba desesperadamente sobre los restos de una iglesia en ruinas, en otro tiempo un elemento de referencia en la capital y ahora convertida en una masa de escombros humeantes.
Con su peluca empolvada y su frac, Didion llamaba la atención incluso en Scion Londres, pero todo el mundo estaba demasiado absorto contemplando aquel drama como para fijarse en un loco escandaloso; todos salvo los que habíamos respondido a su llamada. Estábamos en la embocadura de un callejón, enmascarados y tapados hasta la nariz, contemplando lo que quedaba de St. Mary-le-Bow. Según los videntes de la zona, una explosión había hecho saltar los cimientos hacia la medianoche. Ahora varios de los edificios más cercanos estaban en llamas; la calle, cubierta de grafitos:
VIVA EL VINCULADOR BLANCO EL VERDADERO SUBSEÑOR DE LONDRES
Al lado habían pintado una flor de un naranja encendido. Una capuchina. En el lenguaje de las flores significaba «conquista o poder».
—Saquemos de aquí a ese pobre hombre —propuso Ognena Maria, una de mis comandantes—, antes de que lo haga Scion.
No me ofrecí a ayudar. Didion había exigido que acudiera en persona, pero no podía arriesgarme a hablar con él mientras estuviera en ese estado. Debía de esperar que le compensara económicamente por los daños, y sabía por experiencia que no tendría ningún reparo en dejarme en evidencia delante de todos los presentes si me negaba. Mejor que de momento no me viera.
—Iré yo —dijo Eliza, ajustándose la capucha—. Lo llevaremos a Grub Street.
—Ten cuidado.
Caminó a paso ligero hacia Didion, que estaba soltando puñetazos a los adoquines y gritando frases incoherentes. Maria la siguió, y con un gesto les indicó a sus nimios que la acompañaran.
Yo me quedé atrás con Nick. Nos habíamos acostumbrado a llevar las capuchas de invierno que tan de moda se habían puesto en las últimas semanas. Podían llegar a cubrir casi toda la cara, pero a estas alturas yo ya resultaba tan reconocible que ni siquiera eso podía protegerme.
Tras el torneo —y después de que me enfrentara a Jaxon Hall, mi propio mimetocapo y mentor, por el derecho a gobernar sobre los clarividentes de Londres—, Nick había abandonado su puesto de trabajo en Scion y no lo habían vuelto a ver; apenas había estado el tiempo suficiente como para robar unas cuantas cajas de material médico y sacar todo el efectivo que pudo de su cuenta. A los pocos días, su rostro ya aparecía en las pantallas junto al mío.
—¿Crees que esto es obra de Jaxon? —dijo, señalando con la cabeza hacia las ruinas de la iglesia.
—De sus seguidores. —El calor del fuego me estaba quemando los ojos—. Quienquiera que los dirija está empezando a hacerse con un buen séquito.
—Es un grupo mínimo de alborotadores. No merecen que les dediques tu tiempo.
Su tono era convincente, pero era el tercer atentado contra un lugar de encuentro del sindicato en pocos días. La última vez habían lanzado un ataque contra el mercado de Old Spitalfields, asustando a los comerciantes y saqueando puestos. Los responsables de aquellas acciones consideraban que Jaxon era el Subseñor legítimo, a pesar de su llamativa ausencia. Incluso después de que yo les contara lo que había sucedido realmente, se negaban a creer que el Vinculador Blanco, glorioso mimetocapo del I-4, pudiera colaborar con Scion.
Mirándolo en perspectiva, aquello no era más que una molestia menor; la mayoría de los videntes me apoyaban. Pero el mensaje que lanzaba aquel ataque estaba claro: aún no había conquistado el corazón de todos mis súbditos. Aunque eso debía de ser algo que venía con el cargo. Mi predecesor, Hector de Haymarket, despertaba mucho odio. Los que le obedecían lo hacían por miedo, o porque les pagaba bien.
Maria y Eliza pusieron en pie a Didion, que no dejaba de aullar. Sus gritos quedaban ahogados por la sirena de un camión de bomberos de Scion. Quizá aún pudieran remojar los edificios vecinos, pero estaba claro que no había nada que se pudiera hacer por la iglesia. Nos retiramos, dejando atrás otro fragmento de nuestra historia que desaparecería para siempre.
En otro tiempo, quizá me habría dado pena. Había pasado muchas horas en el Juditheon, pagando cantidades exorbitantes de dinero de Jaxon para comprar espíritus que Didion no tenía derecho a vender. Sin embargo, desde la revelación sobre la verdadera naturaleza del que había sido mi mimetocapo, todos los recuerdos que tenía de mi vida como dama de Jaxon habían quedado cubiertos por una capa de cochambre que los emponzoñaba. Habría querido quitármelos de encima, echarlos en una fosa, cubrirlos de tierra y construir de nuevo sobre ese terreno.
—La casa segura más cercana es la de Cloak Lane —dijo Nick.
Nos adentramos en otra callejuela, alejándonos del calor que emitía la iglesia. Yo me encargaba de que nos mantuviéramos lejos de cualquier presencia. Nick controlaba que no hubiera cámaras de seguridad. Desde el torneo no éramos ya simples delincuentes antinaturales, sino revolucionarios en ciernes, y la recompensa que ofrecían por nuestras cabezas era cada vez mayor. Aunque aún no hubiéramos hecho ningún movimiento contra Scion, sabían cuál era nuestro objetivo.
No pude evitar preguntarme cuánto tiempo más podríamos sobrevivir en la capital. Estar en las calles tan tarde era peligroso, pero cuando Didion había preguntado por mí yo había querido ir, para convencerle de que estábamos en el mismo bando. A fin de cuentas, era el eterno rival de Jaxon, lo que lo convertía en un potencial aliado.
La casa segura de Cloak Lane era un estudio alquilado por un antiguo caminanoches que quería ayudar a la Orden de los Mimos en todo lo posible. A diferencia de la mayoría de nuestros edificios, disponía de calefacción, de nevera y de una cama de verdad. Sentir aquel calorcito era un alivio, tras una larga noche por las calles. En las últimas semanas, la temperatura había caído muchísimo y ahora nevaba casi a diario; la nieve tapizaba la ciudad con una capa blanca como la cobertura de un pastel de cumpleaños. Yo nunca había vivido un invierno tan implacable. Tenía la nariz y las mejillas rosadas constantemente, y los ojos me lloraban cada vez que salía a la calle.
Nick me ofreció la cama; como decliné la oferta, se echó él. Por lo menos así descansaría unas horas. La tenue luz de la luna se reflejaba en su pálido rostro, dejando ver la línea de expresión que le atravesaba la frente incluso al dormir. Me eché sobre el sofá, a oscuras, pero estaba demasiado inquieta como para poder mantener los ojos cerrados mucho rato. Tenía grabada en la mente la imagen de la iglesia en llamas, promesa de una futura devastación. Un recordatorio de que, aunque Jaxon Hall ya no estaba, no podíamos olvidarnos de él.
Por la mañana tomé un taxi pirata a la Harinera, una fábrica en ruinas en Silvertown. Era uno de los muchos edificios abandonados que habíamos ocupado recientemente en la ciudadela, y albergaba nuestra célula más numerosa.
Cambiar la estructura del sindicato para transformarlo en un ejército capaz de plantar cara a Scion no había resultado nada fácil. Había supuesto acabar con el sistema tradicional de territorio y guaridas, aunque yo intentaba mantener unidos a los miembros de las bandas en la medida de lo posible. Ahora los videntes del sindicato estaban organizados en células, y cada célula tenía su base en un lugar, conocido solo por los miembros de la célula en cuestión y por el mimetocapo del lugar, que recibía órdenes a través de un alto mando. A mis súbditos no les había gustado verse obligados a limitar el contacto fuera de las células, pero no había otro modo de sobrevivir. También era la única manera de evitar a Jaxon, que conocía a fondo el antiguo sindicato.
Ahora cualquiera que fuera capturado solo podría revelar al enemigo la posición de un determinado número de personas. Íbamos a entrar en guerra con Scion, y en tiempo de guerra no había que correr riesgos.
Cuando llegué a la Harinera, subí las escaleras. Leon Wax, uno de los pocos amauróticos que colaboraba con la Orden de los Mimos, estaba en el extremo del salón de la primera planta, en su silla de ruedas, distribuyendo paquetes de material esencial, como jabón y botellas de agua, a dos adivinos recién llegados. Leon tenía sesenta años y empezaba a perder el pelo; tenía la piel de un color marrón intenso.
—Hola, Paige.
—Leon —respondí, e hice un gesto con la cabeza a los recién llegados, que me miraban con curiosidad—. Bienvenidos a la célula.
Ambos parecían algo impresionados. Debían de haber oído muchas cosas de mí: la dama que había apuñalado a su mimetocapo por la espalda, la onirámbula con aliados procedentes del éter. Me preguntaba hasta qué punto coincidiría con sus expectativas: ahora probablemente lo único que veían era a una mujer con unas marcadas ojeras. Volvía a llevar el cabello de un rubio casi blanco, con un mechón de color negro en el flequillo. Las únicas señales evidentes de mi participación en el torneo eran los cardenales ya algo difuminados y la evidente magulladura en la mandíbula, en el punto donde me habían abierto la piel con un alfanje: una muestra evidente de que podía combatir y ganar, escrita en el rostro.
Una de los recién llegados —una pelirroja de piel pálida— incluso me hizo una reverencia.
—Gra... gracias, Subseñora. Es un honor formar parte de la Orden de los Mimos.
—No tienes que hacer reverencias.
Los dejé en las manos expertas de Leon y subí a la planta de arriba. Las heridas más profundas aún me dolían, pero teníamos medicinas suficientes como para mantener el dolor bajo control.
El centro de vigilancia estaba once pisos más arriba. Cuando entré, encontré a Tom el Rimador y a lord Glym —dos de mis altos comandantes— desayunando y analizando un mapa de la ciudadela que mostraba las posiciones de los escáneres Senshield recién instalados, nuestra mayor fuente de preocupación en ese momento. Sobre los papeles y entre los ordenadores portátiles había diversos numa: piedras de adivinación, llaves, un cuchillo y una bola de cristal del tamaño de un puño.
—Buenos días, Subseñora —dijo Glym.
—Tenemos un problema.
Tom levantó sus pobladas cejas.
—Bueno, ese no es modo de dar los buenos días. Aún no me he acabado siquiera el café. —Me acercó una silla—. ¿Qué pasa?
—Los seguidores de Jaxon han destruido el Juditheon.
Tom suspiró.
—Maria nos lo ha dicho. Son unos don nadie.
—Aun así, no es algo que podamos pasar por alto durante mucho tiempo. —Me serví un café—. Necesitamos consolidar el sindicato, y rápido. Para empezar, no estaría mal encontrar un sustituto para Jaxon —añadí, más para mí misma que para ellos—. ¿A vosotros cómo os va?
—Van llegando nuevos reclutas a diario —respondió Glym—. Necesitamos muchos más, por supuesto, pero de momento eso no me preocupa. Muchos videntes parecen ir aceptando la idea de la Orden de los Mimos, y cuantos más se unan a nosotros, más se animarán otros a seguirlos y unirse a nuestras filas.
Tom asintió.
—Anoche rescatamos a un par de médiums. Los habían atrapado con un escáner Senshield. Tuve la visión de que iba a ocurrir; Glym envió a los suyos al lugar donde sabíamos que estarían escondidos. —Se aclaró la garganta y miró a Glym—. Tenían una... historia interesante. Dijeron que el escáner se había disparado, pero que no lo veían. Solo oyeron la alarma.
Fruncí el ceño. Scion había empezado a instalar escáneres Senshield en el metro —una desagradable novedad—, pero eran tan grandes que resultaba bastante fácil evitarlos.
—Tendrían que haberlo visto. Son enormes. ¿Esto dónde fue?
—Aún no he oído todos los detalles.
—Envía a alguien a investigar. No me gusta.
Les robé un bollo de jengibre antes de marcharme, lo que hizo que Tom recogiera el resto de los bollos y los guardara en la caja para protegerlos.
Abajo, en la sala de entrenamiento, la luz del día penetraba por las ventanas rotas, iluminando partes del cemento y de las máquinas en desuso. El techo estaba medio hundido, y a través de él se veía el gris perlado del cielo. Había cuadriláteros para que los miembros de la célula pudieran practicar el combate físico y espiritual, así como un campo de tiro de cuchillos.
Por orden de Terebell, los Ranthen visitaban regularmente las células para ayudar a nuestros reclutas a perfeccionar sus habilidades. Pleione Sualocin estaba en el ring a la izquierda de la sala, enseñando combate espiritual a un grupo de videntes, que contemplaban absortos a su instructora.
—Cuando la bandada de espíritus contacte con el aura de vuestro oponente, los espíritus liberarán una insoportable secuencia de imágenes que lo desorientará. No obstante, una bandada débil puede ser desviada o desintegrada. Para que resistan, las bandadas deben de estar muy unidas. En vuestro idioma, la lengua siniestra, este arte se traduciría como «entretejido». —Lanzó hacia delante su mano enguantada, juntando una bandada de espíritus—. En este edificio tenéis espíritus suficientes para practicar. Adelante.
Los alumnos se dispersaron inmediatamente. Algunos de ellos murmuraban «Subseñora» al pasar a mi lado. Pleione se los quedó mirando mientras se alejaban.
—La Soberana Electa me ha pedido que te informe de que mañana hará una inspección de las células de la I Cohorte —me dijo.
—Bien.
Los iris de sus ojos emitían una luz tenue; tenía hambre. Me habían prohibido que los Ranthen se alimentaran con los videntes que estaban bajo mi cuidado, lo cual los obligaba a esperar a encontrar otros fuera del sindicato. Aunque eso no es que contribuyera a mejorar su temperamento.
—Terebell está decepcionada —añadió—, porque no has conseguido eliminar la influencia del gran traidor de Londres.
—Confía en mí, estoy en ello.
—Te aconsejo que lo intentes con más empeño, onirámbula.
Y se fue, sin un saludo. Ya estaba acostumbrada. Solo nos unía el odio que sentíamos por Jaxon, nada más. Ahora todos los Ranthen sabían que era el humano que los había traicionado la primera vez que se habían alzado contra los Sargas, la familia reinante entre los refaítas. Yo no estaba completamente segura de que no me consideraran culpable también a mí, por extensión. Al fin y al cabo, había trabajado para el gran traidor, su enemigo acérrimo, durante tres años: les resultaría difícil creer que no me hubiera dado cuenta de nada, que no me hubiera enterado de ese sucio secreto.
Tenía videntes practicando cerca.
Un augur creó una bandada de espíritus y se la lanzó al otro instructor refaíta que estaba en el centro del ring.
El Custodio. Con un movimiento rápido de la mano desintegró la bandada y los espíritus salieron volando por todas partes.
«Arcturus Mesarthim no es más que un gancho».
Giró la cabeza ligeramente. Yo me quedé inmóvil, agarrando mi café con ambas manos.
«Todo el mundo lo ve, menos tú».
El augur suspiró y se retiró. Un momento después, el Custodio les indicó a otros dos videntes de la fila que se acercaran.
El primero era Felix Coombs, uno de los otros supervivientes de la Era de Huesos. Entró en el ring y llenó un cuenco con agua para hacer hidromancia.
Su rival era Róisín Jacob, una vil augur que tenía el cabello recogido en una trenza oscura, humedecida de sudor. Desde el momento en que había ordenado la liberación de los viles augures del barrio de chabolas de Jacob’s Island, ella se había entregado en cuerpo y alma a la causa, y entrenaba a diario, durante horas. El Custodio se quedó observando, con los brazos cruzados.
—Felix —dijo, indicándole que empezara él, aunque se le veía inquieto en presencia del refaíta—, levanta la cabeza. Te aseguro que, aunque te agaches, los centinelas pueden verte.
Felix enderezó el cuerpo y se situó frente a Róisín, que le sacaba una cabeza.
—Róisín, lucha en serio, pero dale la posibilidad de poner a prueba su técnica.
—Una pequeña posibilidad —concedió Róisín.
Felix se aclaró la garganta e invocó varios espíritus, con los que formó una bandada. El Custodio se puso a caminar por el ring.
—Daos la espalda. —Lo hicieron—. Ahora dad tres pasos, alejándoos. —Lo hicieron—. Bien.
Convertía cada combate en un duelo, una danza, una expresión artística. Alrededor del cuadrilátero se concentró un corro de curiosos, animando a Felix y Róisín, que esperaban la señal.
—Tres —dijo el Custodio—, dos, uno.
Felix lanzó el brazo hacia abajo. Los espíritus salieron disparados, trazando un arco y sumergiéndose en el cuenco de agua, que tembló, tensando el éter. Yo levanté las cejas. En el momento en que los espíritus volvían a elevarse, arrastrando una cadena de gotitas brillantes tras ellos, Róisín puso fin al periodo de gracia que le había concedido y se le echó encima de un salto.
De un puñetazo le hizo levantar el brazo y lo lanzó contra las cuerdas. Luego le clavó los dedos en el hombro, provocándole una sacudida violenta que hizo que sus espíritus huyeran despavoridos. Él cayó al suelo, inerme, salpicando agua por todas partes.
—Me rindo, me rindo —gritó, entre las risas del público—. ¡Me has hecho daño, Róisín! ¿Qué has hecho?
—Ha usado su don para atacarte —le explicó el Custodio—. Róisín es una osteomántica de gran talento. Tus huesos han respondido al contacto.
—¿Mis huesos? —dijo Felix, echándose atrás.
—Exacto. Estarán recubiertos de carne, pero siguen respondiendo a la llamada de un osteomántico.
La victoria de Róisín recibió unos cuantos aplausos. Por mi parte, dejé el café y me sumé a los aplausos. El Custodio había conseguido transformar el poder osteomántico de Róisín en un arma, algo que podía usar para defenderse. Pero lo que Felix había hecho con la hidromancia también era algo nunca visto.
—Ya te decía yo que nunca tenían que haberlos liberado —susurró un suspirante. Trenary, me pareció que se llamaba—. Este no es sitio para los augures viles.
—Ya basta —dijo el Custodio, que seguía caminando por el ring—. La Subseñora ha prohibido ese tipo de comentarios.
Aquello sorprendió a muchos de los presentes. El refaíta lo había oído. Cualquier otro se habría encogido ante el tono de su voz, pero el susurrante reaccionó enseguida.
—No tengo que hacer lo que tú digas, refaíta —respondió, burlón, el suspirante. Felix tragó saliva y miró al Custodio—. Yo solo respondo ante la Subseñora, si es que alguna vez aparece por aquí.
—Entonces escucha esto, Trenary —dije yo, y todos se giraron hacia mí—. No vamos a aceptar ese tipo de actitud. Si no puedes controlarla, llévatela a otra parte. Afuera, quizá, bajo la nieve.
Hubo un largo silencio y luego Trenary abandonó la sala malhumorado, dejando atrás a Róisín, que apretaba los dientes.
—Custodio, ¿a mí qué me puedes enseñar? —preguntó Jos Biwott con su voz cantarina, aliviando la tensión del momento—. Yo solo sé cantar.
—Ese no es un mal don. Todos vosotros tenéis la posibilidad de usar vuestra clarividencia contra Scion; no obstante, hoy se me ha acabado el tiempo. —Un murmullo de decepción generalizada atravesó la sala—. Volveré la semana que viene. Hasta entonces, seguid entrenando.
Los vi dispersarse. Al otro lado de la sala, el Custodio estaba recogiendo su abrigo.
Hacía semanas que no intercambiábamos más que alguna palabra tensa. No podía retrasarlo más. Intenté quitarme de encima la aprensión y crucé la sala hasta llegar a su lado.
—Paige.
Su voz tenía en mí el mismo efecto que el vino: sentía un peso tras las costillas que me bloqueaba y entorpecía mis movimientos.
—Custodio —dije—. Ha pasado tiempo.
—Es cierto.
Hice como si observara el campo de tiro con cuchillos, pero no podía concentrarme. Era consciente de los muchos ojos que nos miraban. Observaban a la Subseñora y al instructor refaíta con curiosidad.
—Eso ha sido impresionante —comenté, con franqueza—. ¿Cómo has podido enseñarle a Felix a usar la hidromancia de esa manera?
—Nosotros lo llamamos fusión. Es una forma avanzada de combate con espíritus para determinados tipos de adivinos y augures. Tú fuiste testigo de cómo lo usaba la Dama Perversa durante el torneo —dijo, y se paró a observar a una médium que se dejaba poseer por un espíritu—. Algunos videntes pueden aprender a obligar a determinados espíritus a que transporten su numen. Es una técnica que puede usarse para manipular el fuego, el agua y el humo.
Eso podría darnos una gran ventaja. Antes de la llegada de los Ranthen, los adivinos y los augures solo sabían lanzar bandadas de espíritus contra sus rivales; ese era uno de los motivos de que Jaxon los considerara tan débiles.
—Ese ha hablado mal de los augures viles —constató el Custodio, señalando con la cabeza hacia el lugar por donde se había ido Trenary—. Y, menos abiertamente, ha hablado a favor de Jaxon como líder legítimo de la Orden de los Mimos. Según parece, suele citar fragmentos incendiarios de Sobre los méritos de la antinaturalidad.
—Le diré a Leon que no lo pierda de vista. No podemos permitirnos ninguna filtración a Scion.
—Muy bien.
Se hizo un silencio breve e incómodo. Cerré los ojos un momento.
—Bueno —dije por fin—, tengo asuntos de que ocuparme. Discúlpame.
Ya había dado unos pasos hacia la puerta cuando me dijo:
—¿He hecho algo que te haya ofendido, Paige?
Me paré de golpe.
—No. Es solo que he estado... preocupada.
Soné demasiado a la defensiva. Era evidente que pasaba algo.
—Por supuesto —dijo, y, al ver que yo no decía nada, bajó el tono—. Tú decides las compañías que quieres frecuentar. Pero recuerda que puedes hablar conmigo cuando quieras, si alguna vez quieres pedirme consejo. O si simplemente necesitas a alguien que te escuche.
De pronto fui consciente de la línea dura de su mandíbula, de la llama del interior de sus ojos, del calor que desprendía y que notaba incluso desde aquella posición. También era consciente de la tensión de mi espalda y de las mariposas que sentía en el estómago.
Sabía por qué sucedía. Sabía qué era lo que me impedía abrirme. No era algo que hubiera hecho él. El Custodio me había aceptado como la mujer que había pasado años trabajando para Jaxon Hall sin darse cuenta de quién era en realidad. A diferencia de los otros Ranthen, no me había tratado de un modo diferente por eso. Había disculpado mi ignorancia.
Lo que me frenaba era la advertencia que me había hecho Jaxon sobre él. Aquellas palabras aún me bailaban en la mente. Y no podía decírselo; no podía admitir que Jaxon Hall, ese mentiroso compulsivo, había intoxicado la visión que yo tenía de él. Que Jaxon Hall me había hecho plantearme que quizá él no fuera más que un ejecutor de la voluntad de Terebell.
—Gracias. Lo sé. —Consciente del interés que estábamos despertando, me giré—. Hasta pronto.
Me pasé el resto del día haciendo inventario. Cuando salí, al atardecer, Nick y Eliza volvían a la Harinera; estaban buscándome. Habían recibido un informe urgente de una mimetocapo de la II Cohorte que estaba convencida de que había un escuadrón de centinelas vigilando una cabina de su sección.
—Dice que algunos de sus videntes han ido a hacer llamadas y que la mitad no han regresado —me dijo Nick mientras nos abríamos paso por la nieve—. Cuando lo ha hecho ella, todo ha ido bien, pero quiere vigilancia.
—¿No nos pasó algo parecido la semana pasada, con ese médium que entró en una farmacia y desapareció? —respondí.
—Sí.
—¿Has ido a ver la cabina en persona?
—Sí. Nada.
Agaché la cabeza para protegerme del viento.
—Pues no perdáis más tiempo con eso.
—De acuerdo. ¿Volvemos a la guarida?
Asentí. Llevábamos demasiado tiempo en la calle y teníamos que repasar nuestras finanzas.
Cogimos un rickshaw hasta Limehouse Causeway y seguimos a pie desde allí, manteniendo las cabezas gachas y envueltas en nuestras bufandas. Las calles ya estaban llenas de gente de fiesta, todos animados, en parte gracias al Floxy, abriéndose paso por entre los estibadores de la isla de los Perros. Los bares de oxígeno siempre se llenaban de gente en los días previos a la Novembrina, especialmente los baratos, más frecuentes en esta parte de la ciudadela. Eliza paró en un cajero automático y se sacó del bolsillo una tarjeta bancaria robada.
Las tarjetas robadas eran útiles, aunque solo duraban el tiempo que tardaban sus propietarios en darse cuenta de que las habían perdido. Terebell solía negarse a darme dinero, algo que en mi opinión le producía un gran placer. Nick miró por encima del hombro, por si alguien nos miraba, mientras Eliza insertaba la tarjeta en el cajero y daba unos golpecitos en el suelo con el pie.
De pronto sonó una alarma.
Nick y yo nos quedamos rígidos de golpe; Eliza se encogió, tomando aire. Aquella ensordecedora sirena atrajo las miradas de todos los que estaban cerca. Por un momento, nos miramos entre nosotros, sin saber qué hacer.
Conocía ese sonido.
Era el sonido que hacía un escáner Senshield cuando detectaba la presencia de un clarividente, un sonido que anticipaba una detención. Pero venía del interior del cajero automático. Y eso no era posible. Los escáneres Senshield eran unas máquinas aparatosas, de cuerpo entero. Se veían de un extremo al otro de la calle. Si estabas atento, podías esquivarlos sin problemas. Nunca estaban ocultos.
¿O sí?
Pensé en todo aquello en la fracción de segundo que tardé en reaccionar.
—¡Corred! —les grité a los otros.
Salimos huyendo a toda velocidad como si fuéramos una sola cosa.
—¡Antinaturales! —gritó alguien.
Una mano agarró a Nick del abrigo. Él se soltó, apartando al hombre de un manotazo. Me giré y vi un escuadrón de centinelas nocturnos que acudían a la carrera desde la orilla del río con sus pistolas de flux en ristre, rugiendo «alto» y «al suelo», con un tono que hacía que la gente saliera corriendo despavorida. Oí el chasquido y el silbido de un dardo de flux y me lancé rodando al suelo, arrastrando a Eliza conmigo.
El estupor me había disparado el ritmo cardiaco; ahora estaba atenazada por el terror y respiraba agitadamente. No me había sentido así desde hacía mucho tiempo, quizá desde el día en que me habían capturado y me habían llevado a la colonia de Scion. Nosotros tres éramos los miembros de mayor rango de la Orden de los Mimos; no podían detenernos.
Corrimos en dirección al poblado de chabolas de los estibadores del muelle; allí podríamos perdernos en el laberinto de barracas. Pero justo cuando lo teníamos a la vista, una furgoneta nos cortó el paso con un sonoro frenazo. Nos giramos, como animales acorralados, y nos encontramos cara a cara con el escuadrón. Sus uniformes eran una mancha difusa de negro y rojo.
—Oh, mierda —murmuró Eliza.
Lentamente, levanté las manos. Los otros me imitaron. Los centinelas formaron una media luna delante de nosotros, sus bastones eléctricos se encendieron y nos apuntaron al torso con sus pistolas de flux, sin duda cargadas con la última versión de la droga. Eché una mirada a Nick. Su aura estaba cambiando, adentrándose en el éter.
No podía penetrar en el onirosaje de nadie. En el torneo lo había dado todo. Estaba oxidada. Demasiado lenta.
Pero eso no significaba que no pudiera tirar a unos cuantos centis por el suelo.
Nick liberó su don con una cascada de visiones que los cegaron; Eliza los atacó con una ráfaga de bandadas de espíritus que los envolvieron en un torbellino de alucinaciones. Aprovechando la confusión, le solté un puñetazo en la barbilla a uno de ellos y le arrebaté la pistola de flux con la otra mano. La jeringa balística salió disparada e impactó entre las escápulas del comandante.
Nos movíamos con fluidez, como un equipo, tal como hacíamos antes cuando combatíamos contra bandas rivales. Nick se hizo con uno de los bastones eléctricos y reventó una nariz de un codazo. Se oyó un chisporroteo eléctrico y un centinela cayó al suelo. Eliza embistió a otro con el hombro y echó a correr, lanzando al aire una de nuestras preciadas bombas de humo. Nos envolvió un denso humo gris, pero yo disparé un dardo más y salí corriendo tras ella, sin soltar la pistola descargada. Enseguida oí los pasos de Nick tras los míos.
Superamos un murete de un salto y nos colamos bajo una valla cubierta de grafitos que marcaba los límites del poblado de chabolas; nos acercamos a la primera barraca que encontramos y levantamos la lona que hacía de puerta. Empezamos a atravesar viviendas ocupadas, entre los insultos de los iracundos estibadores, pero no bajamos el ritmo. No paramos hasta salir del poblado de barracas, por su extremo noroeste, junto a una franja de arena sucia de petróleo junto al Támesis. Me dolía un punto del costado, pero no era nada comparado con el terror que empezaba a instalarse en mi interior. Siempre habíamos ido con sumo cuidado, convencidos de nuestra capacidad para pasar desapercibidos. Pensaba que estábamos a salvo. Y, sin embargo, nos habían pillado por sorpresa, precisamente a nosotros tres, y poco había faltado para que sucumbiéramos.
—¿Qué demonios era eso? —dijo Eliza, sin resuello—. ¿Un escáner Senshield oculto?
Estaba demasiado agitada como para responder. Teníamos que movernos, pero mis huesos y mis músculos se negaban a volver a la acción. Nick meneó la cabeza, jadeando. Por fin recuperé el aliento lo suficiente y pude hablar:
—Venga, vamos. Tenemos que advertir a la Orden de los Mimos. Esto podría..., esto podría ser el fin.

2
Emergencia
Convoqué una reunión inmediatamente. Cuando llegamos a un refugio al norte del río, lord Glym, Tom el Rimador y Ognena Maria ya estaban sentados, peleándose por el resto de los bollitos de jengibre. Frente a ellos estaba Danica Panić, la otra componente de los Siete Sellos que se había quedado conmigo tras el torneo. En otras circunstancias, habría querido que mis seis comandantes asistieran a una reunión como aquella, pero no era conveniente que estuviéramos todos bajo un mismo techo.
Cuando entré se pusieron en pie. Al bajar el cuerpo para sentarme en una silla junto a Nick me dolieron las rodillas. El frío glacial no me ayudaba a recuperarme de las heridas sufridas en el torneo.
—¿Qué pasa, Paige? —dijo Maria—. ¿Es cierto lo que dicen? ¿Un escáner Senshield oculto?
Al otro lado de la mesa había una silla vacía.
—¿Esperamos? —preguntó Eliza, ocupando el sitio a mi izquierda.
—No —respondí, decidida.
La ausencia de Terebell resultaba cuando menos frustrante. Sabía a qué hora empezaba la reunión, y no podía haber nada más importante. Era de esperar que Scion aumentara el número de escáneres Senshield, puesto que ya habían anunciado que tenían intención de instalarlos, pero también esperábamos poder verlos.
—Gracias a todos por venir, pese a lo repentino de la convocatoria —dije—. Iré al grano. Hace un rato, Eliza ha intentado usar un cajero automático y se ha disparado una alarma. Da la impresión de que había un escáner Senshield... instalado dentro. —Hice una pausa para darles tiempo a que lo asimilaran—. Hemos escapado por los pelos.
Su asombro era patente. Glym bajó la cabeza y la apoyó en la palma de la mano.
—Esto podría tener unas implicaciones catastróficas para la Orden de los Mimos —proseguí—. Si no podemos ver los escáneres, no podemos esquivarlos.
—En un cajero automático —dijo Maria, pasándose una mano por el cabello—. Algo tan común...
—Eso podría explicar lo de la cabina misteriosa —murmuró Nick—. Y lo del vidente que desapareció en la farmacia.
Me había precipitado al no dar importancia a aquellos informes, era evidente.
—Esta es la mayor amenaza a la que se han enfrentado nunca los videntes —dije—. Dependiendo de cuántos escáneres ocultos hayan instalado, las tres primeras órdenes (los únicos que pueden detectar ahora mismo) podrían verse obligadas a permanecer ocultos durante un tiempo, hasta que nuestra fuerza cuente con un número de efectivos suficiente como para plantar batalla a los centinelas. Estar por la calle podría resultar demasiado peligroso.
—No. —Eliza me miró de frente—. Paige, no podemos ocultarnos, sin más.
—Como médium —dijo Glym, levantando el rostro—, estoy de acuerdo. A pesar del peligro, resultaría fatal dejar aparcada a la mayoría de nuestra infantería.
—También sería fatal permitir que Scion los capturara —repliqué—. Tenemos videntes de los otros órdenes que pueden hacer el trabajo de calle.
—No muchos.
—Los suficientes —dije, pero me daba cuenta de que no iban a aceptarlo. Maria meneó la cabeza—. Bueno, pues entonces más vale que aprendamos a esquivar los escáneres. Es hora de que afrontemos la amenaza de cara. Hector escondió la cabeza bajo el ala en lo referente a Senshield, pero nosotros tenemos que tomárnoslo en serio. Esto es como un dios en una máquina. Un ojo que todo lo ve.
—Y os va a costar mucho cegarlo —apuntó Danica.
Estaba sentada en el otro extremo de la mesa, incómoda, con los brazos cruzados. Su cabello era un manojo de rizos de color caoba, y tenía los ojos inyectados en sangre por falta de sueño. Al trabajar en el departamento de ingeniería de Scion, era nuestra mejor fuente de información sobre Senshield.
—Dani —dije—, ¿tenías idea de que pudiera llegar algo así?
—Sabía que tenían pensado instalar grandes escáneres por toda la ciudadela, y por eso intenté construir un aparato que bloqueara nuestras auras, pero ya sabéis que no lo conseguí. También sabíamos que con el tiempo los instalarían en los servicios esenciales. Lo que desde luego no sabía era que hubieran creado una versión que se pudiera camuflar.
—Pues entonces vamos al grano. ¿Tienes alguna idea de cómo podemos librarnos de ellos?
—Bueno, los grandes no se pueden destruir ni retirar a mano. Aparte del hecho de que, evidentemente, están vigilados, cada uno de los escáneres está anclado con soldaduras.
—¿Tú sabes cómo funcionan? —le preguntó Glym, directamente—. ¿Sabes algo de ellos?
—Obviamente.
—¿Y?
Ella le lanzó una mirada funesta. Si había algo que Danica Panić odiaba, era que le metieran prisa.
—Por lo que se dice entre los ingenieros, los escáneres se alimentan de una fuente central de energía que llaman «el núcleo» —dijo, con deliberada lentitud—. No sé lo que es, pero sí sé que todos y cada uno de los escáneres están conectados a él.
—Así pues, si eliminamos el núcleo, los desconectamos todos.
—Hipotéticamente. Sería como quitarles la batería.
Tom se frotó la barba.
—¿Y dónde se encuentra?
—En el Arconte, seguro —dije yo.
—No necesariamente —me corrigió Danica—. Senshield es un proyecto de ScionIdus, así que lo más probable es que esté en alguna instalación militar.
ScionIdus, el brazo armado de Scion, su ejército. Ya los había visto actuar en el pasado, trece años antes, cuando habían invadido Irlanda desde Dublín.
—ScionIdus —repitió Maria.
Me la quedé mirando. Con una extraña expresión en el rostro, se sacó una pitillera de cuero de la chaqueta.
—No sabía que Senshield fuera una creación del ejército. Eso es muy interesante. —Sacó un cigarrillo y lo encendió—. Si tiene que ver con los militares, se vuelve algo aún más siniestro.
Sentí un temblor en el abdomen. Habíamos implantado medidas de seguridad para protegernos de los centinelas y de los refaítas enemigos, pero no me había planteado que el ejército pudiera convertirse en una amenaza. La mayoría de las tropas estaban apostadas en los territorios de ultramar de Scion.
—Tengo claro que hay que ir a por Senshield, pero, si le echamos el anzuelo a la bestia, tenemos que estar preparados para un buen mordisco —dijo Maria—, y ese mordisco podría incluir a una tal Hildred Vance, comandante en jefe de la República de Scion y máxima autoridad de ScionIdus.
Tom murmuró unas palabras sueltas.
Vance... Ese nombre me sonaba.
—Vance —dijo Glym—. Fue quien lideró la invasión de Bulgaria.
—Esa misma. El cerebro de las campañas de Irlanda y de los Balcanes. —Maria soltó una bocanada de humo—. Puede que sea ella la que está fomentando la expansión de Senshield. Para usos militares.
La rodilla de Eliza no paraba de brincar.
—¿Y qué significa si esa tal Vance viene?
Con los ojos cerrados, Maria dio otra calada a su cigarrillo.
—Quiere decir que estaremos enfrentándonos a una de las estrategas más inteligentes e implacables. Una persona con experiencia en desmantelar grupos rebeldes estructurados en células.
Se hizo un largo silencio. Nuestro movimiento aún no era lo suficientemente fuerte como para enfrentarse al ejército.
—Bueno —dije por fin—, tenga o no que ver con Vance...
Dejé la frase a medias al ver aparecer al Custodio por la puerta, con su pesado abrigo negro. Los comandantes lo miraron con aprensión, contemplando el azul hielo de sus iris y su enorme complexión.
—Pido disculpas por la tardanza, Subseñora —dijo.
El color de sus ojos revelaba el motivo del retraso: había parado a comer.
—¿Dónde está Terebell?
—Esta noche está ocupada.
Seguí cada uno de sus movimientos hasta que se sentó junto a Glym. Su mirada me resultaba perturbadora, al recordarme lo que tenía que hacer para sobrevivir, pero no podía culparle por ello. Volví a explicar lo de los escáneres ocultos y la amenaza que suponían para que se pusiera al día.
—Nos iría bien tu ayuda —dije—, si queremos tener alguna posibilidad de desactivar Senshield. Tú has vivido con los Sargas. ¿Qué sabes de los escáneres? ¿De su fuente de alimentación?
—Conociendo a los Sargas, probablemente el núcleo se base en algún tipo de tecnología etérea que aprovecha la energía creada por los espíritus —dijo el Custodio.
—¿Tecnología que usa espíritus? —dijo Tom, levantando las cejas—. Nunca he oído nada parecido.
—La mayoría de los refaítas tampoco saben mucho al respecto. Los Sargas son la única familia que ha conseguido aplicar la energía del éter a la maquinaria humana. Muchos de los míos lo consideran algo obsceno —apuntó el Custodio—. Lamentablemente, no sé cómo funciona el núcleo de los escáneres Senshield.
Asentí lentamente.
—¿Crees que podría estar en el Arconte?
—Le preguntaré a nuestro agente doble si tiene alguna idea, pero imagino que, si estuviera allí, ya nos lo habría dicho.
Alsafi Sualocin, el espía más valioso de los Ranthen en el Arconte. Lo había conocido en la colonia, como brutal guardia leal a Nashira. Había sido toda una sorpresa descubrir que era Ranthen y que trabajaba en secreto para acabar con ella.
—Aunque no conozcamos la ubicación del núcleo, puede que sea hora de plantearse algo que sí sabemos de los escáneres —dijo el Custodio, mirando a los presentes—. Como todos sabéis, actualmente, los escáneres Senshield solo pueden detectar los tres primeros órdenes de clarividencia. Por mucho que lo han intentado, los ingenieros de Scion no han conseguido calibrarlos para que detecten los cuatro superiores.
Maria ladeó la cabeza.
—¿Cómo hacen esa... calibración, exactamente?
—Nadie lo sabe, pero sospecho que los exponen a determinadas auras. Sería lógico pensar que la red Senshield reconoce lo que ya conoce. —Hizo una pausa—. Es posible que quieran usaros a alguno de vosotros para mejorar su capacidad de detección.
Era lo que nos faltaba. Si recorriendo las calles no solo corríamos el riesgo de que nos detuvieran, sino también de aumentar el poder de Senshield, tendríamos que plantearnos realmente lo de mantenernos ocultos, aunque solo fuera como último recurso.
—En cuanto al núcleo... ¿Crees que podrían reemplazarlo fácilmente? Si lo destruimos, ¿construirían otro, sin más?
—Es poco probable —dijo el Custodio—. Al no ser un Sargas, no soy experto en la tecnología etérea, pero sé que es algo complejo, volátil y delicado. Si destruyerais el núcleo que tienen ahora, supongo que les llevaría muchos años devolverlo a su estado operativo actual.
Por su voz quedaba claro que aquello no era más que una suposición lógica, pero al menos era algo a lo que agarrarse.
—Otra cosa que hay que tener en cuenta —añadió— es que, si Senshield mejora, ello pondrá en grave peligro a la División de Vigilancia Nocturna. Si consiguen ajustarlo para que detecte a las siete órdenes, ya no serán necesarios los agentes con visión espiritista. Quedarán obsoletos, por lo que Scion los... eliminará, igual que ha hecho con otros antinaturales. —Me miró—. Algunos de ellos quizá se presten voluntarios a atentar contra el núcleo.
—Eso sí que no —replicó Glym, indignado—. El sindicato no trabaja con centinelas.
A mí siempre me había parecido que Glym era un bromista, como Tom, pero con el tiempo me había dado cuenta de que era muy disciplinado. Al menos se tomaba la revolución en serio, y eso era más de lo que se podía decir de otros miembros de la Asamblea Antinatural.
—Si no les tendéis la mano de la amistad —dijo el Custodio—, los centinelas nocturnos serán eliminados.
—Bien —dijo Glym.
—Son traidores. Decidieron trabajar para Scion —comentó Eliza, estirándose uno de sus tirabuzones.
Glym la miró con un gesto de aprobación. Tenía razón.
—Pero el Custodio está en lo cierto —dijo Maria, encogiéndose de hombros—. Son reclutas en potencia. ¿Por qué desperdiciarlos?
—Solo sería una alianza temporal —apunté—. Una vez que acabemos con Senshield, su puesto de trabajo ya no correrá peligro.
—Quizá solo nos haga falta una alianza temporal.
Se hizo el silencio, y yo me quedé pensando. Podía recibir todos los consejos que quisiera, pero al final la decisión tendría que ser mía. Empezaba a entender cómo había podido abusar tanto de su poder mi predecesor, Hector: los líderes del sindicato disponían de un gran poder. Los videntes de la asociación se sometían ante la fuerza, y en el torneo yo había demostrado la mía. Aunque eso no me convertía en una experta en organizar revoluciones.
El instinto siempre me había dicho que me mantuviera lejos de los centinelas, pero lo que podían ofrecernos quizá compensara las críticas que recibiría por darles una oportunidad. Además, supondría una merma de tropas para Scion.
—Es algo que conviene tener en cuenta —concluí—. Si nos encontramos en una situación en la que la ayuda de los centinelas puede llegar a ser vital para nuestro éxito, reconsideraremos el asunto. Hasta entonces, no creo que debamos arriesgarnos a contactar con ellos. —La respuesta pareció satisfacer a todos—. De momento, tenemos que decidir cómo obrar a partir de ahora. Dani, quiero que hagas todo lo que puedas para descubrir qué es el núcleo de Senshield y, sobre todo, dónde se encuentra. Esa es nuestra prioridad máxima.
—Un momento —dijo Tom, señalando a Danica—. ¿El Vinculador Blanco no sabe que trabajas para Scion? ¿No te importa seguir trabajando allí?
—No —respondió Danica.
Nick parecía preocupado.
—Es raro, pero no parece que la haya delatado. Yo no confío en él, así que dejé mi puesto, pero si en tres semanas no ha dicho nada...
No acabó la frase.
—El Custodio ya ha consultado al agente doble de los Ranthen —les expliqué—. Por lo que sabemos, Dani no está siendo vigilada. Él nos avisará si la situación cambia.
Tom relajó el gesto.
—Mientras investigamos cómo desactivar la red Senshield, quiero que todos informéis a vuestros mimetocapos con urgencia de la amenaza que suponen estos escáneres ocultos —añadí—. Quiero que os envíen informes de cada unidad que encuentren. Tenemos que enterarnos de en qué lugares los ponen, para poder informar al sindicato. Me encargaré de que los de Grub Street distribuyan planos con todas las ubicaciones conocidas. —Clavé el dedo en la superficie de la mesa—. Y tenemos que encargarnos de los pocos que aún apoyan al Vinculador Blanco. Hay que hacerles pasar por el aro.
—Dejarán de echarlo de menos cuando el I-4 tenga un nuevo líder —dijo Glym.
—A mí no se me ha presentado ningún candidato.
—Piensan que Jaxon va a volver —dijo Eliza—. Todos tienen demasiado miedo de ocupar su lugar.
Por supuesto. Incluso ahora que Jaxon se había ido, su sombra seguía proyectándose por toda la ciudadela, como había hecho durante décadas.
Normalmente, el único modo de que cambiara el líder de una sección era con la muerte del líder vigente, si su dama o caballero no reclamaban el título. Y entonces se producía una lucha por el poder en el seno de la sección, hasta que alguien se imponía y se presentaba como candidato ante la Asamblea Antinatural.
Yo no sabía si Jaxon había escogido una nueva dama antes de marcharse, y lo cierto era que no me importaba. Por otra parte, tampoco quería que se generara un caos interno mientras el sindicato decidía quién sería el mejor sustituto.
—Alguno de vosotros debe de tener in mente algún candidato. Me gustaría que los animarais a que se presentaran a la sesión de mañana para que podamos acabar con esto. —Me puse en pie—. Comunicaré órdenes en las próximas veinticuatro horas.
Los comandantes salieron del refugio entre murmullos de «buenas noches». Yo me quedé ordenando mis papeles mientras Nick y Eliza salían a asegurarse de que no había peligro.
El Custodio fue el último en ponerse en pie. Por primera vez desde hacía semanas estábamos juntos a solas. Mantuve la cabeza gacha mientras él se dirigía a la puerta.
—¿Te vas?
—Debo hacerlo —dijo—. Para hablar con Terebell de lo que acabáis de descubrir.
No podía soportar aquel ambiente raro entre nosotros. Se suponía que el cordón áureo —ese frágil vínculo que conectaba nuestros espíritus desde hacía meses— debía decirme qué estaba pensando, qué sentía, pero lo único que percibía era un vacío en mi interior donde resonaba un eco.
—Debes acabar con los seguidores que le quedan a Jaxon, Paige —dijo. Se había detenido—. Es deseo de Terebell. Si no lo consigues, te arriesgas a decepcionarla.
—Ya has oído lo que he dicho...
—No me refería a sus seguidores en general. Ya sabes a qué dos me refiero.
Zeke y Nadine. Lo miré por entre el flequillo.
—¿Le has dicho a Terebell que no los he expulsado del I-4?
—Aún no.
—Pero lo harás.
—Quizá no tenga opción. Me lo preguntará.
—Y tú se lo dirás.
—Pareces tensa.
—¿De verdad, Custodio?
—Sí.
Me froté el puente de la nariz.
—Terebell está obsesionada con la escasa minoría que sigue a Jaxon —le expliqué, con voz más tranquila—. Eso tiene que parar. Ya sé que le odia, sé que para ella es algo personal, como para ti, pero tener que pensar en eso me distrae de cosas más importantes, como Senshield.
—Ella interpreta tu falta de voluntad en buscarle un sustituto como una señal de que en realidad sigues siendo leal a tu antiguo mimetocapo. Que esperas su regreso. Si te niegas a expulsar a Zeke y a Nadine, solo conseguirás aumentar sus sospechas.
—Oh, por el amor de Dios —dije, poniéndome la chaqueta—. Ya me encargaré de eso. Dame unos días.
—Has retrasado el asunto por lo que Nick sentía por Zeke.
—Puede que sepas cómo piensa Terebell, Custodio, pero no supongas que tienes alguna idea de cómo pienso yo.
Guardó silencio, pero sus ojos eran puro fuego. Sentía el calor en la piel del rostro. Antes de que pudiera decir nada más, agarré el bolso y me dirigí a la puerta.
—Quizá pienses que estoy sometido a los Ranthen. Tal vez no te guste cómo respeto mi sentido del deber —dijo. Me detuve—. Terebell es mi Soberana Electa. Estoy a su servicio y le debo lealtad, pero no creas que soy un instrumento de su voluntad. Tengo conciencia, y te recuerdo que soy dueño de mí mismo. Acuérdate de que he desafiado a los Ranthen. Y sigo haciéndolo.
—Ya lo sé.
—Tú no me crees.
Sin poder evitarlo, resoplé.
—Ya no sé qué debo creer.
El Custodio me miró a la cara antes de tocarme suavemente la mandíbula por debajo, levantándome el rostro. El corazón me dio un vuelco en el pecho al mirarle a los ojos.
Aquel contacto despertó algo que había permanecido dormido durante semanas, desde la noche antes del torneo. Nos miramos, unidos por el mínimo contacto de la punta de sus dedos, y yo no supe qué era lo que quería hacer; lo que quería que hiciera él. Que me dejara. Que hablara conmigo. Que se quedara conmigo.
Mis manos se movieron como impulsadas por el instinto: recorriendo los músculos de sus hombros y apoyándose en su nuca. Él me acarició toda la espalda con las palmas de las manos. Lo busqué igual que buscaría en un mapa un camino que hubiera recorrido mucho tiempo atrás, buscando elementos familiares, aprendiendo de nuevo lo olvidado. Cuando nuestras frentes se encontraron, mi onirosaje se puso a bailar con las llamas que él prendía siempre en mi interior.
Pasó un rato sin que dijéramos nada. Mis dedos encontraron el hueco de su garganta, donde se le notaba el pulso, y me pregunté, como ya había hecho antes, qué necesidad tenía un ser inmortal de tener pulso. Intenté concentrarme en ese latido para calmarme, pero solo conseguí que se me acelerara el corazón a mí. Sus manos se abrieron paso por entre mis rizos; sentía su aliento sobre mi cabello, y el calor que se extendía por debajo de mi piel. Cuando ya no pude soportar más la separación, le rodeé el cuello con un brazo y cubrí el poco espacio que aún nos separaba.
Fue como encender un fuego tras haber pasado días bajo la lluvia. Presioné mi boca contra la suya, buscando una conexión desesperadamente, y él respondió con la misma urgencia. Primero noté el sabor del vino, luego una nota de roble, luego el sabor a él.
La tensión que había empleado en mantener las distancias durante todo ese tiempo casi me había partido por la mitad. Ahora que estaba abrazada a su pecho pensaba que esa tensión se aliviaría, pero solo deseaba que me agarrara con más fuerza, más cerca. Nos besamos con una voracidad que casi era dolor, un dolor acentuado por las semanas de separación. Busqué a tientas el pomo de la puerta, y no encontré ninguna llave o cerrojo que pudiera protegernos de ojos indiscretos, pero no podía parar. Necesitaba aquello.
Sus labios abrieron los míos. Nuestras auras se entrelazaron, como siempre hacían. El corazón me latía con fuerza al pensar que Terebell o alguno de los otros Ranthen pudieran presentarse de pronto, lo que haría saltar por los aires nuestra precaria alianza.
—Custodio —suspiré.
Paró de golpe. Sin embargo, ahora que lo había recuperado, no podía poner fin a aquello. Volví a tirar de él, dirigiendo sus manos a mi cintura. Mientras recuperaba el aliento, sus labios acariciaron la cicatriz de mi mandíbula, haciendo que mi piel se volviera delicada como el papel. Con suavidad, me abrió la parte superior de la chaqueta y me besó la garganta, rozando el colgante que pendía entre mis clavículas. Un escalofrío me recorrió el cuerpo y me hizo emitir un suave gruñido.
No percibí el onirosaje hasta que estuvo demasiado cerca. Con un respingo, me aparté y me dejé caer en la silla más cercana. Un momento más tarde apareció Maria.
—Me he dejado el abrigo. ¿Aún aquí, Custodio?
Él inclinó la cabeza.
—Paige y yo teníamos un asunto privado que tratar.
—Ah. —Cogió su abrigo del respaldo de una silla—. Paige, cariño, por tu aspecto... parece que tienes fiebre.
—Sí que tengo sensación de calor —respondí.
—Deberías ir a que te viera Nick. —Maria nos miró a los dos—. Bueno, no os entretengo.
Se echó el abrigo al hombro y se fue.
El Custodio se quedó donde estaba. La sangre me corría por las venas como un torrente, quemándome por dentro. Me sentía débil, como si su contacto me hubiera arrancado de golpe una armadura que no sabía siquiera que tenía. No había nadie más por ahí, no se acercaba nadie.
—Casi se me olvida lo peligroso que es estar contigo —le dije, intentando sonar despreocupada.
—Hmm.
Nuestras miradas se cruzaron un momento. Yo quería..., necesitaba confiar en que aquello era de verdad, pero me paralizaba pensar en el peligro y en Jaxon..., con esa risa burlona en los ojos.
«Arcturus Mesarthim no es más que un gancho. El cebo para que piques. Y tú, querida, te prendaste de él».
—Debería... dormir un poco. —Me puse en pie—. Mañana es el juicio de Ivy.
Su juicio por formar parte del mercado gris; por ayudar al Ropavejero a vender a videntes como esclavos.
—Tomarás la decisión correcta —dijo el Custodio.
Él sabía, de algún modo, que todavía no tenía claro qué debía hacer con ella.
—¿Terebell va a enviar a alguien para que asista al juicio?
—A Errai.
Genial. Errai era tan agradable como un puñetazo en la boca.
—No me mires así —me dijo el Custodio en voz baja.
—No te miro de ningún modo. Me encanta Errai —respondí, con una sonrisa que no duró ni un instante—. Custodio, yo..., no importa. Buenas noches.
—Buenas noches, pequeña soñadora.
Los otros tres no me preguntaron por qué había tardado tanto. Nick sabía lo del Custodio, y yo tenía la impresión de que Eliza lo sospechaba. Alguna vez la había pillado mirándonos a mí y al Custodio, claramente intrigada.
Echamos a andar por entre la ventisca. Mientras caminábamos enfrentándonos al viento, intenté no pensar en lo que acababa de ocurrir. Maria había estado muy cerca de descubrirnos; probablemente, no nos habría delatado ante Terebell, pero seguro que no resistiría la tentación de contárselo al menos a alguno de los otros comandantes. Nuestro secreto habría quedado expuesto. Por pesado que fuera el lastre que me había quitado solo con vivir aquel momento de intimidad, era demasiado peligroso.
Pero echaba de menos hablar con él. Echaba de menos el simple hecho de tenerlo cerca. Lo deseaba..., pero lo que deseaba quizá fuera una ilusión. Todo parecía mucho más simple antes de convertirme en Subseñora.
Cuando pasamos frente a una farmacia, al final de una serie de tiendas, Eliza se detuvo de pronto. Nick y yo nos giramos a mirarla.
—No pasa nada —dijo Nick, con suavidad—. Venga. Nos mantendremos apartados de...
—¿De todo?
—No te pasará nada.
Eliza vaciló un momento y luego echó a caminar a paso ligero. Nos situamos a sus flancos, como si pudiéramos proteger su aura con las nuestras.
Nunca nos quedábamos demasiado tiempo en una de nuestras casas seguras, pero la que más me gustaba era la adosada de Limehouse, a la que estábamos llegando ahora; tenía vistas al puerto deportivo.
Una vez dentro, Danica subió a su habitación, mientras que Eliza se retiró a la bodega. Me preparé una taza de caldo. Me palpitaba un lado de la cabeza. No sabía qué haríamos si no conseguíamos librarnos de los escáneres Senshield. La ubicación del núcleo debía de ser alto secreto, y era difícil que la información que podía sernos de ayuda pudiera acabar filtrándose al departamento donde trabajaba Danica. Era difícil no dejarse llevar por el pánico.
Me bebí el caldo casi sin notar siquiera el sabor. Estaba agotada de dudar de todo y de todos. De pronto, me di cuenta de que, hiciera lo que hiciera a continuación, tenía que poner fin a mi relación con el Custodio. Ya hacía tres semanas que las palabras de Jaxon se me habían clavado en la mente, inoculándome el veneno de la duda. Había empezado a cuestionarme los motivos del Custodio. A preguntarme si me estaría manipulando por orden de los Ranthen. Me habían elegido a mí para encabezar su rebelión, pero necesitaban tenerme dispuesta. Que fuera maleable. Quizá pensaran que sería más fácil influir en una humana enamorada, dominada por las emociones. Quizá pensaran que, si deseaba lo suficiente al Custodio, haría cualquier cosa por él.
En ese momento, la paranoia me atenazaba cada vez que lo veía. Muy probablemente fuera justo eso lo que Jaxon quería; y yo había caído en la trampa de mi enemigo. Solo podía hacer una cosa al respecto: podía contarle directamente al Custodio las acusaciones que Jaxon había lanzado en su contra. Darle la ocasión de defenderse. Haría falta valor, pero quería poder confiar en él.
En el salón, Nick estaba sentado frente al fuego, hojeando informes. Desprendía un olor a vino que llegaba hasta la puerta. Y hasta poco tiempo atrás siempre se había negado a tocar el alcohol.
—Le echas de menos —dije en voz baja, dejándome caer sobre el sofá, a su lado.
—Cada minuto —respondió con voz ronca—. Sigo pensando... que en cualquier momento levantaré la vista y estará ahí.
Mi conciencia no me había permitido expulsar a Zeke y a Nadine de Seven Dials. Les había ofrecido refugio, a pesar de lo que pudieran pensar de mí, pero no había recibido respuesta.
—¿Le has contado al Custodio lo que te dijo Jaxon?
Le miré a los ojos.
—¿Cómo lo sabes?
—Lo sé del mismo modo que tú sabías que estaba pensando en Zeke. Siempre lo sé.
Intercambiamos unas sonrisas cansadas.
—Ojalá fuera igual de fácil leerles la mente a los refaítas —dije, hundiéndome de nuevo en el sofá—. No, no se lo he dicho.
—No esperes demasiado. A veces, cuando nos decidimos a decir lo que queremos decir..., es demasiado tarde.
Nos quedamos allí sentados, juntos, en la penumbra. Él miraba el fuego como si buscara algo dentro. Yo siempre había pensado que conocía perfectamente el rostro de Nick Nygård, desde el hoyuelo de su barbilla a la punta de la nariz, que trazaba una pequeña curva descendente en la punta. Había memorizado la inclinación de sus pálidas cejas, que le daba una imagen de constante preocupación. Pero viéndolo a la luz de la chimenea percibí algo nuevo.
—No puedo dejar de pensar en lo que Jaxon habrá pensado hacerle —dijo—. Después de ver el daño que te hizo en el torneo...
—Zeke no intenta robarle su corona.
Por toda respuesta soltó un gruñido; entendía perfectamente que se preocupara.
—Terebell quiere que se vayan, ¿verdad? —dijo. Viendo que yo no respondía, meneó la cabeza—. ¿Por qué no lo has hecho?
—Porque no soy una desalmada.
—No puedes arriesgarte a mostrar simpatías por tu antigua banda. La banda de Jaxon —respondió, con un tono de voz cada vez más tenue, casi inaudible—. Haz lo que tengas que hacer. No quieras echarte mi lastre a la espalda, sötnos.
—Siempre habrá espacio para ti en mi espalda.
Nick sonrió y me rodeó con un brazo. No sabía qué habría sido de mí de no haberlo tenido a mi lado, si hubiera escogido a Jaxon, su amigo desde hacía once años, en lugar de a mí.
Ninguno de los dos queríamos quedarnos a solas con nuestros pensamientos, así que nos quedamos ahí, descansando frente al fuego. La noche se había vuelto un momento peligroso en el que pensaba en los innumerables caminos que habría podido o debido tomar.
Habría podido disparar a Jaxon en el Arconte. Habría podido cortarle la garganta en el torneo. Debería haber tenido el temple necesario para contarle la verdad al Custodio. Tendría que haberlo hecho mejor, haber hecho más, haberlo hecho de otro modo.
Debía pensar en lo que se había dicho en la reunión, pero estaba tan agotada que perdí el hilo y, al intentar recuperarlo, me dormí. Cada vez que me despertaba, pensaba que el Custodio estaba conmigo. Cada vez que me despertaba, el fuego daba menos luz.
«Arcturus Mesarthim no es más que un gancho. El cebo para que piques».
Recordé aquella larga noche, cuando nuestras formas oníricas se tocaron por primera vez. Lo fácil que había sido reír cuando bailé con él en la sala de conciertos.
«Y tú, querida, te prendaste de él».
Cuando me abrazaba, parecía algo real, pero quizá hubiera sido demasiado confiada. ¿Lo hacía todo por orden de Terebell?
¿Había sido una tonta?
En algún momento, Nick se durmió, y entonces fueron sus palabras las que resonaron en mi mente: «No dejaba de pensar qué habría planeado Jaxon para él». Yo también imaginaba cosas. Y la imaginación se convertía en mi némesis; mi mente creaba monstruos de la nada. Me imaginaba cómo nos castigaría Scion si encontraban nuestros refugios, nuestros nidos de sedición. El daño que le haría Nashira a mis seres queridos si conseguía echarles el guante.
Había enviado a alguien a vigilar el complejo de apartamentos donde vivía mi padre. Me habían informado de que había centinelas en el exterior. Quizá él estuviera dentro, en arresto domiciliario. O quizá estuvieran esperándome a mí.
Tenía un teléfono de prepago en el bolsillo de la chaqueta. Lo saqué con cuidado. Apreté la primera tecla, que encendió la pantalla. Mi pulgar acarició el número siguiente. Pero antes siquiera de apretarlo, volví a metérmelo en el bolsillo y bajé la cabeza. Aunque estuviera vivo, Scion le habría pinchado el teléfono. Era mejor que se olvidara de mí. Y que yo me olvidara de él. Así tenía que ser.