Iliana

Iliana

El olor de la muerte se extendía sobre Dunmeaden, tan denso como el humo; una capa de nubes perenne y asentada entre las cumbres de la sierra de Mala.

—Cualquiera pensaría que los auqin habrían encontrado una manera de apagar los incendios —se quejó Penelope después de un turno especialmente agotador.

A Iliana le había costado mucho no poner los ojos en blanco por el comentario de su compañera mientras recogían hierbas con las que sanar.

—No son los edificios los que siguen ardiendo —murmuró ella a modo de réplica—. Son los cadáveres.

Había pasado algo más de una semana desde el ataque, y todavía continuaban los ritos funerarios. A Iliana le sorprendía que quedara alguien para cremar en las ceremonias sagradas. No después de que Kakos hubiera incendiado la capital, su hogar, hasta arrasarla.

Una ciudad antaño formidable, que en cuestión de horas había quedado reducida a cenizas en parte. Unas cenizas que crujían bajo sus botas mientras iba de camino al trabajo.

Ceniza, escombros y huesos, seguramente. Intentó no pensar en eso. No servía de nada obsesionarse con los muertos cuando sus habilidades eran tan necesarias para atender a los que seguían vivos. No sabía de qué manera se había librado la enfermería (su verdadero hogar desde que se ganó la túnica de sanadora) de la ira de Kakos, pero todos los días se lo agradecía a Mora.

Movió los hombros al atravesar las gruesas puertas de madera que señalaban la entrada a la enfermería. A esas alturas el silencio era más pronunciado, ya que los gritos de dolor que provocaban los anima, que luchaban desesperadamente contra la muerte o para acelerar su llegada, habían disminuido a medida que pasaba el tiempo. Sus pasos resonaron sobre el suelo de piedra mientras se dirigía a la pila de acero del fondo de la sala para lavarse las manos antes de que empezara su turno. Penelope apareció poco después, con los dedos manchados de sangre. Le hizo un gesto con la cabeza a Iliana a la vez que se acercaba a la pila y se restregaba la piel con fuerza.

—¿Una muerte? —preguntó Iliana en voz baja al tiempo que ladeaba la cabeza al percibir la tensa postura de los hombros de su compañera.

—No —masculló la sanadora.

Iliana se mordió el interior del carrillo mientras observaba el agua cada vez más roja.

Penelope cerró el grifo y apoyó las manos en el borde de la pila, mirando el agua sucia.

—Es que… me parece inútil que la diosa les perdone la vida —murmuró, con los nudillos blancos por la fuerza con la que apretaba el acero—. Van a morir de todos modos. Todos moriremos.

—¡Cuidado con lo que dices!

La voz de Suja, hiriente como nunca lo había sido antes del ataque, las sobresaltó a ambas. Iliana se volvió y vio a la sanadora mirando a Penelope, sin rastro de su habitual dulzura.

—Esas palabras deshonran los dones con los que Mora te ha bendecido —le soltó Suja—. Bastante tiene que soportar esta gente como para añadirle tu pesimismo.

Iliana apretó en la mano la gasa que había estado enrollando mientras Penelope enderezaba los hombros y levantaba la barbilla. Iliana esperó su acerba réplica, pero Penelope se limitó a menear la cabeza, con los ojos llenos de lágrimas, al tiempo que pasaba al lado de Suja y se alejaba por el pasillo.

Suja resopló y apretó los labios de camino a las estanterías de suministros.

—Perdió a su hermana, ¿sabes? —murmuró Iliana, que seguía mirando hacia el pasillo por el que Penelope había desaparecido—. En el ataque. No está bien.

Suja frunció el ceño y le arrojó un frasco de hierbas.

—Todos hemos perdido a alguien.

Iliana abrió la boca y la cerró de nuevo. Ella había tenido suerte, sus padres lograron huir y se habían salvado. Pero Suja…

Había un motivo por el que se pasaba los días enteros en la enfermería.

La mayoría de los Dyminara había muerto, y el resto…

El resto se enfrentaría a un juicio por su traición y seguramente moriría dentro de catorce días. Nadie sabía muy bien cómo se había infiltrado el mal de Kakos en la guardia de élite de la reina, cómo era posible que los miembros de la Dyminara le hubieran dado la espalda a su reino y se hubieran unido a los soldados de Kakos en el ataque. Pero había rumores.

Siempre hubo rumores.

—Eso no cambia que haya trabajo que debemos hacer —dijo Suja, hablando entre dientes, e Iliana se preguntó si no estaría intentando convencerse a sí misma en vez de convencerla a ella.

Esas palabras se parecían a las que había dicho Hyacinth, la suma sacerdotisa, en los días posteriores al ataque, cuando se dirigió al pueblo desde el corazón de las ruinas. Había ocupado el trono solo dos días después de la retirada de Kakos.

«Por estabilidad», fue su explicación.

Por la obediencia a la divinidad.

Por Tala.

—Por su propio beneficio personal —soltó Suja cuando Iliana le preguntó su opinión al respecto.

Tal vez. Pero ¿qué más daba eso teniendo en cuenta a lo que se enfrentaban? Tala estaba en guerra. Su reina había muerto. ¿Y la Segunda Santa?

Nadie sabía muy bien qué creer con respecto a ella. Después de lo que encontraron en la sala del trono, ni siquiera la suma sacerdotisa había logrado acallar los rumores que se extendían por Dunmeaden como las volutas de humo de las que Iliana parecía no poder escapar.

«Una santa oscura».

«Un peón de Kakos».

«Una asesina».

«Nuestra destrucción».

Oírlos era doloroso. Iliana estuvo entre la multitud durante la santificación. Había visto aquella tormenta de luz erradicando la oscuridad de la noche. Había sentido que la esperanza se hinchaba en su pecho con cada rayo de luz que la santa enviaba al cielo. Quería creer a Hyacinth. Se había descubierto asintiendo con la cabeza mientras escuchaba el ferviente rechazo de los rumores por parte de la suma sacerdotisa, que agitó el puño con la pesada corona de granito en la cabeza y gritó:

—¡No perdamos de vista al verdadero enemigo! ¡Es Kakos quien destruyó vuestros hogares! ¡Es Kakos quien tiene a vuestra santa!

Kakos, declaró Hyacinth, ayudado por el ejecutor de la reina, ese traidor.

Nadie había visto a Will Castell desde el ataque, pero eso no impidió que la gente repitiera las acusaciones que había lanzado Hyacinth con las mejillas enrojecidas.

«Traición. Manipulación. Asesinato».

Se rumoreaba que ni su propio padre lo apoyaba. Al parecer, consideraba a su hijo totalmente capaz de cometer semejantes fechorías.

Iliana no sabía qué creer. Ninguna de las dos posibilidades auguraba nada bueno para Tala. O la santa no era ninguna santa o lo era y había caído en manos de quienes solo podían (y querían) causarle daño.

Tal vez el ejecutor se había asociado con el rey hereje de Trahir.

Según decían, blandió fuego de incend en la batalla.

«Un rey visya es una afrenta a los dioses. Otro peón de Kakos», aseguraba la gente. Pero no tenía sentido. Sus soldados y él habían luchado en el frente por Dunmeaden. Había salvado su ciudad. Ambos lo habían hecho.

—¿En qué estás pensando, Iliana? —preguntó Suja, devolviéndola al presente.

Ella tragó saliva, alisando con el pulgar la gasa que tenía en la mano.

—¿Crees lo que dice la gente? ¿Que el ejecutor ayudó a capturar a la santa?

Suja entrecerró los ojos castaños y entreabrió los labios, preparada para contestar, pero en ese momento se oyó un grito en el pasillo.

—¡Señor, cálmese! ¡Señor!

Suja se dio media vuelta y echó a andar, con Iliana justo detrás. Llegaron a la habitación del fondo del pasillo, donde un sanador estaba inclinado sobre una cama, con las manos firmemente plantadas en el pecho de un hombre mayor que se agitaba entre las sábanas.

—¡Señor, por favor! —suplicó el sanador—. ¡Tranquilo, no le pasa nada!

El hombre, con la piel morena demacrada y los ojos castaños abiertos de par en par, sacudía la cabeza de un lado a otro. Suja se abalanzó hacia la cama y apartó al sanador mientras agarraba las manos del hombre.

—Callias —dijo, con voz suave, pero firme—. Callias, estás a salvo. Estás a salvo. Aquí nadie va a hacerte daño, Callias.

Iliana tardó un momento en darse cuenta de la identidad del hombre que descansaba en la habitación en la que habían entrado corriendo (en cuanto dejó de concentrarse en preparar su poder para intervenir) y, en ese instante, no vio a un paciente sin rostro, sino a un hombre que había estado segura de que no volvería a despertarse.

Sin embargo, se había despertado.

El corazón de Iliana dio un vuelco en su pecho cuando Callias Veleri parpadeó y la niebla de sus ojos se disipó al mirar a Suja.

—¿Dónde está mi hija? —preguntó con voz ronca mientras recorría con la mirada la habitación—. ¿Dónde está Aya?

Aya

Tal vez la inconsciencia fuera una bendición. Ese pensamiento siguió a Aya mientras subía a la superficie de su mente, casi incapaz de distinguir la luz cegadora del horizonte, solo para verse obligada a sumergirse de nuevo en la oscuridad.

Tal vez la inconsciencia fuera una bendición.

Allí no había dolor. Ni la abrumadora sensación de la afinidad de Evie sofocando su propio poder. Ni alegres carcajadas mientras Andras, el diaforaté, la sometía a golpes.

A la santa le gustaba variar sus métodos. Jugaba con Aya como si fuera una gata aburrida con un ratón atrapado entre sus garras. Dejaba que se despertase, controlando su poder con esa poderosa mordaza. Le introducía agua a la fuerza en la boca, la amenazaba con ahogarla desde dentro si no tragaba.

Aya consideró la posibilidad de permitírselo.

Porque sí, tal vez la inconsciencia fuera una bendición, pero a lo mejor la muerte lo era aún más.

Sin embargo, Evie no lo permitiría. Ese poder innegable se filtraría a través de los restos de su destrozado escudo hasta controlar el propio cuerpo de Aya.

Beber.

Tragar.

Beber.

Tragar.

Vivir.

Y luego, cuando Evie estaba satisfecha, Aya volvía a sumergirse. Nunca sabía de qué manera. El poder de Evie. Los puños de Andras. Solo sabía que llegaría. La afinidad de la santa le ralentizaba el pulso o le sacaba el aire de los pulmones hasta que perdía el conocimiento. Un puño le golpeaba la cara; un pie le rompía las costillas; unos dedos la estrangulaban.

Recibía la oscuridad con satisfacción. Si no era la muerte, al menos era una especie de consuelo.

Aunque entonces empezaban las pesadillas.

El extraño bulto en el cuello de Tova, roto, con la cabeza torcida en un ángulo antinatural, pasaba por delante de sus ojos sin importar el sueño.

Aya estaba en su habitación, tallando un bloque de madera mientras desde la cocina le llegaba la voz de su madre que cantaba una canción en la cocina, y…

Allí estaba.

Tova en el rincón, con la boca abierta en un grito silencioso y el color ceniciento de la muerte en la piel.

Corría por el bosque con Tyr mientras el aire frío de la sierra de Mala le azotaba las mejillas y sonreía yendo cada vez más deprisa. De repente se tropezaba con una rama y…

Allí estaba.

Tova, muerta a sus pies.

Estaba en la cama de Will, gimiendo de placer y perdida en la sensación de sus manos, eufórica al terminar. Se quedaba adormilada, calentita y satisfecha, solo para despertarse poco tiempo después y buscar a Will en el colchón, a su lado y…

Allí estaba.

Tova, con la cabeza torcida de esa forma tan rara sobre la almohada, mirándola en la oscuridad sin verla.

Allí estaba.

Allí estaba.

Allí estaba.

Durante la décima vez, o la centésima, aparecieron los ojos de Lena, brillando en la oscuridad de su mente.

—Es culpa tuya, ¿sabes? —dijo la voz de su compañera Dyminara en algún lugar de los recovecos de sus sueños.

Aunque ella ya lo sabía, claro.

«Tova… Todo va a salir bien… Pero no puedes utilizar tu poder, ¿vale?».

—Yo. Tova. La Dyminara. Los lobos athatis. Nuestro pueblo. Nuestra reina. Tu madre. Todos muertos por tu culpa.

Aya parpadeó, y la persi se levantó, con la sangre manchándole la piel morena mientras goteaba de la comisura izquierda de su boca.

—La Segunda Santa, venida para erradicar la oscuridad. —Una carcajada surgió del pecho de Lena, y la sangre brotó de sus labios con la fuerza de su desprecio—. ¿Cuándo crees que el reino se dará cuenta de la verdad?

Lena dio un paso tambaleante, y luego otro, hasta que estuvo justo delante de Aya, aferrándole la camisa con las manos. Aya intentó apartarse, pero sus pies estaban anclados, sujetos por…

Allí estaba.

Tova. Sus dedos se cerraron en torno a los tobillos de Aya, agarrándola con una fuerza férrea incluso en la muerte.

—No eres una santa —masculló Lena, que inclinó el cuerpo hacia ella, con la cara tan cerca que Aya captó el olor a hierro de la sangre que le cubría los dientes—. No eres la elegida. No eres nada.

Tenía una mano en la garganta y Aya intentó apartarla, pero no pudo. No allí, en sus sueños.

—No eres nada —repitió Lena. Pero no era Lena. Era Evie, con el rostro iluminado por el sol. A lo lejos, Aya podía oír las olas rompiendo contra el costado del esquife robado.

La mano apretó con más fuerza, y los pulmones de Aya empezaron a arder.

«Nada».

«Nada».

«Nada».

Su visión se oscureció, su mente volvió a deslizarse hacia la inconsciencia, hasta que no quedó…

Nada.

Primera parte

La Santa Oscura

1

La Conoscenza describía la oscuridad del propio espíritu como un demonio contra el que luchar. Un destino que había que evitar. Algo que había que destruir.

Para Will había sido durante mucho tiempo una amenaza que persistía en su interior, por mucho que intentara librarse de ella. Pero allí, agazapado detrás de una gruesa conífera en algún lugar del sudeste de la sierra de Mala, oculto por la negrura de la noche, la oscuridad que se agitaba en su alma ya no era su enemiga.

Ni siquiera era una amiga.

La oscuridad era él.

Y por primera vez se deleitó con esa certeza.

Avanzó con sigilo, sus pasos silenciosos mientras se acercaba al guardia que estaba apoyado contra un árbol a poca distancia. El hombre estaba de espaldas a él, con la mirada clavada en el claro situado un poco más adelante.

Will rodeó el pecho del soldado con un brazo y lo apartó del tronco, al mismo tiempo que con el otro le clavaba un cuchillo en la garganta. El grito sorprendido del guardia quedó ahogado por el gorgoteo de la sangre.

Estaba muerto antes de que Will lo dejara en el suelo.

Se oyó un crujido a su izquierda. Oyó otro sonido ahogado, seguido del golpe sordo de un cuerpo que caía al suelo del bosque.

Aidon había encontrado su objetivo. Bien.

Will siguió avanzando, apretando con fuerza el cuchillo mientras se movía entre los árboles, cada vez más escasos, hacia el claro. Estaba lo bastante cerca como para distinguir la centelleante luz de una fogata.

Un estridente coro de risotadas se alzó de entre los soldados reunidos en torno a la hoguera. Will contó ocho, todos vestidos con el uniforme azul marino del ejército de Kakos que había invadido Dunmeaden.

Tal y como había confirmado el reconocimiento de Aidon.

Will miró a su izquierda y vio al rey detrás de un imponente pino. Levantó la mano.

«Esperad».

Aidon asintió con la cabeza.

Will se agachó mientras se acercaba con sigilo, escrutando con la mirada el otro extremo del claro hasta encontrar unos ojos brillantes que lo miraban desde la oscuridad.

Inhaló.

Agachó la barbilla.

«Ahora».

Tyr atacó.

Se oyeron gritos en el claro cuando el lobo se abalanzó sobre los desprevenidos soldados, haciéndolos correr entre los troncos y las armas que habían soltado con desgana. Will se lanzó a la refriega y, en un abrir y cerrar de ojos, su cuchillo alcanzó la espalda del soldado más cercano. Aidon estaba cerca de él y su espada brilló a la luz del fuego cuando degolló al soldado que tenía más cerca.

Una mujer se abalanzó sobre Will, pero él extendió una mano y usó su poder contra ella. Sus gritos atravesaron el aire mientras caía al suelo y se agitaba arañándose la garganta con las manos, porque la afinidad de Will estaba imitando la asfixia. La espada de Aidon la silenció al cabo de un momento.

Will encontró otro objetivo y luego otro, y ¡por todos los dioses!, era casi demasiado fácil con Tyr desgarrando músculos y huesos; la espada de Aidon rebanando la carne; y él usando su cuchillo, su poder y su rabia.

Todo acabó casi tan pronto como había empezado.

—Registrad la tienda —dijo Will antes de lanzar el cuchillo contra el último soldado que huía a la carrera. Le encantó el ruido sordo que hizo la hoja al clavarse en su hombro, haciéndolo caer al suelo. No tardó nada en abalanzarse sobre él, sacarle el cuchillo y darle media vuelta para colocárselo en la garganta mientras lo inmovilizaba contra el suelo—. ¿¡Dónde está!?

El soldado jadeó y resolló, con los ojos nublados por el alcohol y el terror.

—¿Quién?

Will apretó con más fuerza el cuchillo contra la piel del hombre, y su afinidad se liberó. No le costó nada destruir el escudo del soldado y hacer que el dolor lo atravesara. Tal vez fuera un diaforaté nuevo que todavía no dominaba el poder puro. Tal vez fuera un visya normal y corriente, ligado a una única afinidad.

O tal vez la furia de Will había liberado su afinidad como nunca se había permitido.

El hombre soltó un alarido agudo, y Will lo agarró con fuerza por la camisa, levantándole el torso del suelo.

—¡La Segunda Santa! ¿Dónde está?

—¡No la tenemos! No… ¡No tenemos prisioneros! ¡No sé nada! ¡No sé nada!

—¡Mentira! —gritó Will. El soldado sollozó mientras otra oleada de su poder lo atravesaba.

—Will —dijo Aidon, al tiempo que apartaba las solapas de la tienda y salía con las manos vacías. Negó muy serio con la cabeza—. Nada.

Will lo sabía; sabía que no la encontrarían allí. Pero no encontrar nada…

Se volvió hacia el soldado. Tenía los ojos muy abiertos y una expresión aterrorizada mientras le rodeaba la muñeca y trataba de zafarse de él en vano.

—¿Lo ves? No la tenemos, no…

Sus palabras murieron cuando Will lo degolló.

El silencio que siguió fue ensordecedor. La leña que crepitaba en la fogata ya casi apagada quedó ahogada por el rugido de la sangre en sus oídos. Will soltó al hombre, y el pecho se le agitó cuando el soldado cayó al suelo.

Se sentó sobre los talones, con los dientes apretados mientras miraba la figura del soldado y veía el charco de sangre que se formaba debajo.

Otro callejón sin salida.

Llevaba poco más de dos semanas buscando y solo había encontrado callejones sin salida, joder.

Se estremeció cuando la mano de Aidon, cálida y firme, se posó sobre su hombro.

—La encontraremos —murmuró.

Will cerró los ojos un instante mientras respiraba.

Dentro.

Fuera.

Buscó con la mirada a Tyr. La sangre goteaba de sus fauces, pero fueron sus ojos, con un brillo feroz a la luz mortecina del fuego, los que lo hicieron ponerse en pie. Le dolía el cuerpo y sus músculos gritaban en señal de protesta.

«¿Dónde estás?».

Necesitaba descansar, todos lo necesitaban. Pero no podían. Todavía no.

«¿Dónde estás?».

Tenía que encontrarla.

Iba a encontrarla.

«¿Dónde estás?».

—Quemadlos —murmuró, dirigiéndose a Aidon al tiempo que les daba la espalda a los cadáveres desperdigados por el claro—. Quemadlos a todos.

2

Aidon se había pasado muchas noches largas en su juventud imaginándose su futuro, titubeando entre el anhelo de liderar y el aplastante peso que suponía el derecho que le otorgaba su nacimiento, y todo mientras se asfixiaba poco a poco por el secreto que se moría por guardar.

Se había imaginado mil escenarios distintos, todos dispuestos como piezas de ajedrez en un tablero que intentaba navegar con estrategias, de modo que nadie pudiera pillarlo por sorpresa. Y, sin embargo, el futuro lo había hecho de todas formas. Porque en todos esos escenarios que había recorrido, en todos sus planes de batalla y contingencias, nunca había imaginado eso.

Huir.

Esconderse.

—Corred —le dijo Aleissande en cuanto su llama cesó. El cadáver carbonizado de la diaforaté ni siquiera había tocado todavía el suelo. Pero Aidon ya había captado la expresión horrorizada en la cara de Josie cuando se dio cuenta de lo que había hecho para salvarla…, cuando sus tropas se dieron cuenta de lo que su rey acababa de revelar en el fragor de la batalla.

La mano de Aleissande lo agarró del antebrazo y tiró de él.

—¡Corred, Aidon!

Nunca había oído el miedo en la voz de su general. Por eso había hecho exactamente lo que ella le había ordenado: dejó que el caos de la batalla lo ocultara y huyó. Su cobardía lo llevó a través de la ciudad, por las empinadas callejuelas hacia el palacio. Creyó que, al menos, podría prestarles su ayuda a sus amigos una última vez.

Sin embargo, llegó demasiado tarde.

Tova había muerto. Aya había desaparecido. Y Will…

Will estaba de pie junto al cuerpo de Gianna, con una mirada vacía que aún no había desaparecido. Eso bastó para que Aidon saliera de su propio aturdimiento; bastó para que su instinto volviera a rugir.

—No podemos quedarnos aquí —masculló al tiempo que apartaba a Will de la carnicería. Si los encontraban en esa estancia con la reina muerta, además de los cuerpos de su general y un miembro de su Dyminara, la gente supondría lo peor.

Al menos eso fue lo que la lógica le susurró al oído.

Había decidido verlo solo de esa manera. Su instinto guerrero, que asomaba la cabeza en medio de una batalla que no podrían ganar. Pero esa noche se preguntó, no por primera vez, si no habría sido el miedo. Al fin y al cabo, el miedo era el maestro del engaño. Se presentaba como lógica. Como razón. Como justicia.

Incluso como amor.

—Estamos a unos días del bosque de Druswood —murmuró Will desde donde estaba arrodillado delante de una pequeña fogata, en un intento por retomar una conversación (aunque quizá «discusión» fuera más acertado) que llevaban días iniciando y dejando. Will entrecerró los ojos mientras examinaba el mapa robado que había en el suelo de la cueva. A Aidon no se le escapó el detalle de que ni se había molestado en limpiarse la sangre de la piel.

Aidon echó la cabeza hacia atrás, con la áspera roca a su espalda, al mismo tiempo que se sentaba contra la pared de la cueva. Cerró los ojos y soltó el aire despacio. La presión en la cabeza estaba empeorando. Había empezado como una punzada de dolor entre los ojos, pero en ese momento era tan intensa como para hacerlo apretar los dientes mientras el dolor latía al compás de los latidos de su corazón.

Casi bastaba para distraerlo del frío que lo hacía tiritar. Maldita fuera la negativa del clima septentrional a plegarse al verano.

—Sigo pensando que sería mejor que fuéramos a Cullway para conseguir un esquife —consiguió murmurar—. Las montañas nos han proporcionado una generosa cobertura. Sin ella, ya estaríamos muertos.

El puerto de Tala estaba al norte. Sería retroceder en cierto modo, pero a Aidon le parecía que tenían más posibilidades de acercarse a las Tierras Medias en barco que a caballo. Will, en cambio, prefería ser minucioso. Aidon sospechaba que buscaría en cada dichosa grieta del reino si pudiera.

Sin embargo, incluso Will se había dado cuenta de que eso era imposible. Había hecho que Akeeta se les adelantara para recorrer los picos y los valles de la sierra de Mala a los que no podían llegar, no sin perder un tiempo precioso.

No había ni rastro de su vinculada desde hacía más de una semana.

—Cullway es un viaje de cuatro días en la dirección equivocada —protestó Will mientras fruncía el ceño delante del mapa—. Es más rápido cruzar a través de Druswood y adentrarse más hacia el este, a Colmur. Está lo bastante tierra adentro como para que sea muy probable que Kakos no se haya hecho con el control.

Muy probable, pero no una certeza.

Kakos había invadido Sitya, el puerto más meridional de las Tierras Medias, hacía semanas. Por lo que Aidon pudo averiguar, el puerto funcionaba como una especie de base para las fuerzas de Kakos. Fueron barcos de las Tierras Medias los que navegaron hasta Milsaio; también hasta Tala, entrando por algún lugar al sur de Dunmeaden para mantener el elemento sorpresa mientras marchaban sobre la ciudad.

Mientras Gianna los dejaba marchar hacia la ciudad.

Y, aun así, todavía desconocían muchas cosas, aunque ya se habían topado con contingentes aislados del ejército de Kakos.

Los habían encontrado, interrogado y matado.

Casi no habían obtenido respuestas.

¿Cuántos soldados formaban dicho ejército? ¿Adónde se retiraron sus fuerzas después de abandonar Dunmeaden? Will y él no habían visto ni rastro de los soldados de Kakos hasta que llegaron a la zona sur de Tala e incluso entonces los pelotones fueron pocos y alejados entre sí, como si los hubieran destinado en la región por error.

No tenía el menor sentido. Si Kakos pensaba seguir librando esa guerra, ¿por qué dispersar así sus fuerzas? ¿Por qué no atacar como un frente unido?

A Aidon le irritaba no tener todas las piezas del rompecabezas. Su mente estaba hecha para la estrategia, para mirar las piezas del tablero y calcular el siguiente movimiento. Pero no sabía cómo jugar de esa manera, cómo planear estrategias cuando ni siquiera podía ver los espacios disponibles. Por eso había insistido en guardar todos los trozos de pergamino que encontraron en los campamentos que habían asaltado. Esperaba que alguno le diera una idea de lo que Kakos había planeado.

De momento no había encontrado nada.

—No hay indicios de que esté en Colmur —razonó Aidon, con el cansancio reflejado en la voz mientras apoyaba los codos en las rodillas. La presión que sentía en la cabeza le provocó una punzada especialmente dolorosa, y le costó la misma vida no hacer una mueca antes de que Will girara la cabeza hacia él de repente y lo fulminase con la mirada.

—No hay indicios de que esté en ningún puto sitio, por eso tenemos que ir a Colmur. Allí tengo un contacto que puede ayudarnos. —Miró de nuevo el mapa, como si en él estuvieran las respuestas, y la luz del fuego proyectó sombras parpadeantes sobre su demacrado rostro—. La tienen ellos —añadió en voz baja—. Sé que la tienen.

Era más que posible. Y si de hecho Kakos tenía a Aya, iban a necesitar todos los contactos y recursos que pudieran conseguir. Sobre todo si se la habían llevado al otro lado de la frontera de las Tierras Medias, al propio Reino Meridional.

Hacía años que nadie cruzaba la frontera de Kakos. Y ya habían visto de primera mano la destrucción que podían provocar sus fuerzas. Rescatar a Aya de sus garras no sería una tarea fácil.

Y, sin embargo, cabía otra posibilidad, una posibilidad en la que Aidon había intentado no pensar porque el simple hecho de considerarla le parecía la peor de las traiciones a su amigo. En ese momento afloraba con fuerza, con el sabor amargo de la culpa en la lengua y…

Un momento. No, no era su sentimiento de culpa lo que estaba saboreando. Era sangre.

¡Maldita sea!

Se llevó una mano a la nariz y se pellizcó el puente con fuerza. Era la segunda hemorragia de la semana, y no se hacía ilusiones sobre la causa.

No había tomado el tónico desde que huyó de Dunmeaden hacía más de dos semanas.

Se suponía que usar su poder lo ayudaría a aliviar el daño que le había provocado el uso prolongado del tónico. Al menos esa era la hipótesis de Natali; que podría aprender a usar lo que llevaba dentro y, en potencia, evitar la muerte que le sobrevendría si seguía haciendo caso omiso de su poder.

Era un inconveniente enorme que esa fuera la primera vez que Natali se equivocaba.

Había puesto a prueba su teoría apenas dos días después de quemar a la diaforaté en Dunmeaden. Había usado su afinidad con el fuego para quemar el primer campamento de soldados de Kakos que se encontraron, y el esfuerzo casi lo dejó inconsciente. No estaba seguro de por qué había podido salvar la vida de Josie en Dunmeaden con su poder. Tal vez su adrenalina se había limitado a silenciar cualquier carga fisiológica que hubiera seguido al uso de su afinidad.

Fuera como fuese…

En aquel instante encendía fuegos a la antigua usanza. Tampoco parecía importar si la hemorragia nasal era un indicio. Parecía que su afinidad estaba decidida a destruirlo de un modo u otro.

Si Will se había dado cuenta de su lento deterioro, no había dicho ni una palabra. A veces, Aidon se preguntaba si veía algo más que mapas, planes y venganza.

En cambio, Tyr… Tyr siempre estaba alerta, y su mirada se posaba, penetrante, en él, observándolo con esos ojos castaños mientras Aidon intentaba contener la hemorragia.

El athatis lo inquietaba. Tenía una especie de mirada elocuente, como si pudiera leerle el pensamiento, incluso lo que él intentaba no pensar.

Sobre todo lo que intentaba no pensar.

—Bueno, ¿está decidido? —murmuró Will después de varios minutos de pesado silencio. La hemorragia había cesado, pero Tyr seguía observando a Aidon mientras se limpiaba la sangre seca del labio superior.

El lobo lo miró parpadeando, expectante.

No. No estaba decidido.

—¿Se te ha ocurrido…? —Aidon se interrumpió y movió la boca a la vez que pensaba en la mejor manera de expresar las palabras para que no tuvieran un deje de traición tan grande.

Will apartó la mirada del mapa y frunció el ceño al percatarse de su evidente incomodidad.

—Decid lo que tengáis que decir, Aidon.

No lo estaba animando a hablar, sino desafiándolo; quizá incluso fuera una especie de amenaza, dado que a Will le salían con tanta soltura como el respirar. Aidon respondió en consecuencia y enderezó los hombros al tiempo que se incorporaba y buscaba los ojos entrecerrados de Will.

—Aya no sabía que tus amigos de la Dyminara escaparon del fuego. No sabía que Liam liberó a los athatis. No sabía que Tyr estaba vivo. Y pasara lo que pasase en aquella sala del trono…, lo cierto es que perdió a una de las personas más importantes de su vida.

No podía dejar de imaginárselo: el dolor que debió de sentir Aya cuando murió Tova. La culpa que debió de sentir, porque él sabía que, con independencia de lo que sucediera en aquella estancia, Aya habría preferido morir antes que permitir que le hicieran daño a Tova.

—Hablad claro —masculló Will.

—Quizá no se la llevaran, Will. Quizá huyó.

Pronunció las palabras en voz baja, pero su peso reverberó por toda la cueva. Incluso el lobo se quedó completamente inmóvil, con las orejas levantadas, un indicio de que estaba prestando mucha atención.

—Sois tonto si creéis eso —fue la réplica de Will—. Aya nunca nos abandonaría. — Agachó la cabeza, como si pudiera ocultar el trasfondo de sus palabras, pero Aidon lo vio de todas formas.

«Aya no me abandonaría».

—No hemos encontrado ni rastro de ella. Ni un solo soldado de los que hemos torturado ha oído hablar de ella. Ya habría corrido la noticia, Will.

—No si se la llevaron a Kakos por mar —soltó Will—. No si nos la ocultaron para que no pudiéramos encontrarla.

—¡Llevársela a Kakos sería una insensatez! Eso supondría acabar con varios ejércitos delante de sus puertas…

—Así que os dais cuenta de por qué ocultarían su paradero —terminó Will por él, que se alejó del mapa para ponerse en pie. Aidon lo imitó, aunque sus articulaciones protestaron al hacerlo. ¡Por los siete infiernos, qué cansado estaba! Era un agotamiento que no había sentido antes. Se sentía agotado, como si el poder que se agitaba en su interior no se contentara solo con robarle su título, su derecho de nacimiento, sino que también necesitase su fuerza.

—Viste la destrucción en el vestíbulo del palacio. El diaforaté estaba muerto —razonó Aidon al tiempo que cruzaba los brazos por delante del pecho—. ¿Quién quedaba para llevársela?

—Podría haber sido otro —insistió Will.

Podría. Sin embargo había algo que no encajaba, algo que Aidon no atinaba a identificar. Pero sabía que Will también lo percibía. Se cernía sobre ellos, algo oscuro, cortante e intuitivo que los impulsaba hacia delante, aunque no supieran lo que les esperaba.

—Te ciegan tus sentimientos —masculló Aidon.

—Y vos os aferráis a hipótesis que solo servirán de distracción.

La frustración le provocó un nudo en la garganta a Aidon, que sacudió la cabeza una vez, como si pudiera disiparla.

—Solo digo que hay otras posibilidades que debemos tener en cuenta. De nada va a servirle a Aya que acabes muerto por actuar precipitadamente.

—¡Ella nunca nos abandonaría!

La voz de Will resonó en toda la cueva cuando dio un paso hacia Aidon. Tyr movió el cuerpo, encrespándose mientras se preparaba para intervenir, pero Will levantó la mano para calmarlo. Cerró los ojos y tomó una honda bocanada de aire.

—No a propósito —convino Aidon en voz baja. Se mantuvo cerca de la pared más alejada de la cueva—. Pero es posible que lo que pasara en la sala del trono, que la atrocidad que tuviera que presenciar, la hiciera huir. No para siempre —añadió antes de que Will pudiera intervenir—. Pero en aquel momento tal vez fuera lo único que podía hacer.

No la culparía si ese fuera el caso. Si la presión y la pena la hubieran abrumado, un peso imposible de cargar. Si su única forma de sobrevivir hubiera sido marcharse. No la culparía en lo más mínimo.

Will se pasó una mano por el pelo y se mesó los mechones mientras meneaba la cabeza.

—No es una cobarde.

Las palabras tardaron un momento en calar. Cuando lo hicieron, Will ya se había dado media vuelta hacia el fuego y empezaba a limpiarse la sangre de las manos con un trozo de tela que habían robado de uno de los campamentos que habían asaltado.

—Cobarde —repitió Aidon. La palabra se le deslizó por la columna, fría como el hielo. Y, sin embargo, fue el calor lo que le subió por las mejillas y le recorrió las venas antes de decir con el ceño fruncido—: Cobarde como yo, quieres decir.

Will lo miró por encima del hombro, con una ceja levantada mientras lo observaba:

—No me había dado cuenta de que estábamos hablando de vos, majestad.

—Pero eso es lo que querías decir, ¿no? No es una cobarde, porque un cobarde sale corriendo. Un cobarde huye. Como hice yo.

No estaba seguro de por qué se sorprendía. Para Will no era descabellado lanzar golpes bajos donde más dolían. Pese a todo lo que habían pasado durante los últimos seis meses, a pesar de que habían aprendido a tolerarse mutuamente, seguían siendo quienes eran. Y Will era un experto en explotar las debilidades.

Will suspiró con fuerza cuando se volvió para mirar a Aidon de frente.

—No me refería a eso en absoluto, pero parece que he puesto el dedo en la llaga de todas formas. —Le temblaron las comisuras de los labios con el asomo de esa sonrisilla tan delatora que hizo que Aidon supiera que, fuera lo que fuese a salir de la boca de Will a continuación, le entrarían ganas de pegarle—. Si estáis dispuesto a hablar de vuestra cobardía, en ese caso, diría que no está en el huir, sino en vuestra reciente negativa a usar vuestro poder.

Aidon apretó el puño a un costado.

—Ya te lo dije en Milsaio. Usar mi poder me matará.

—Pasar de él no parece estar haciéndoos ningún favor —replicó Will, que miró fijamente a Aidon durante mucho rato, con la cabeza ladeada mientras lo observaba con detenimiento—. ¿Cuánto tiempo esperabais que no dijera nada de la sangre?

Qué cabrón. Pues claro que lo sabía.

A Aidon le dolieron los dientes por el intento desesperado de controlar su creciente rabia.

—A menos que tengas frascos de tónico almacenados en alguna parte, no sé qué esperabas que dijera.

—Esperaba que no fuerais un maldito orgulloso. Aidon, ya sabéis cómo funcionan las afinidades. Sabéis que se alimentará de vos si no tiene una válvula de escape.

—Y dejar que escape solo hace que se alimente más deprisa —soltó Aidon—. Natali dijo que no había garantías de que el uso de mi poder asegurara mi supervivencia.

—Y ¿os conformáis con darle la razón o qué? ¿Esto qué es, os autoflageláis por haber nacido visya? ¿Por algo que no podéis controlar?

—¡Solo intento alargar mi puta vida! —gritó Aidon—. Este poder me lo ha quitado todo. Mi corona. Mi país. ¡Mi familia! Perdóname si estoy desesperado por aferrarme todo el tiempo que pueda a lo único que me queda.

Will clavó sus ojos en él después de su arrebato, con el rostro impasible. Cuando volvió a hablar, lo hizo con voz tranquila. Mesurada.

—Estáis firmando vuestra sentencia de muerte con esto. Y no tengo tiempo para que muráis.

—Eres un cabrón egoísta, ¿lo sabías?

—Pues sí, lo soy —contestó Will sin inmutarse—. Pero vos no. Habéis visto exactamente a lo que nos enfrentamos. Necesitamos vuestra afinidad.

¡Qué no daría Aidon por asestar un solo golpe! A lo mejor invocaba su fuego de incend y lo usaba para quemar a ese capullo pomposo.

—¿Y qué sugieres? —Quería imprimirle cierto desdén a sus palabras, pero el agotamiento lo estaba abrumando, hacía desvanecer la rabia de su voz a medida que el cansancio lo invadía.

Will le dio la espalda, con un leve quejido mientras se sentaba en el suelo de la cueva. Se colocó delante de la pared, con las piernas cruzadas a la altura de los tobillos y la cabeza apoyada en la piedra.

—Tenéis que aprender a controlar vuestro poder. Hay un equilibrio necesario. —Se le cerraron los ojos—. Por suerte para vos, he entrenado a unos cuantos visya. Algunos incluso más incompetentes que vos.

El comentario no era una pulla, solo una broma. Y, sin embargo, Aidon fue incapaz de igualar la frivolidad de Will.

—Empezaremos mañana —anunció Will.

Aidon permaneció callado, con los músculos doloridos al tiempo que se tumbaba en una esterilla robada. Se obligó a cerrar los ojos, pero su mente se negaba a calmarse mientras yacía tumbado, escuchando el crepitar del fuego.

—¿Y si no funciona? —preguntó en voz baja. Descarnada. Y, aun así, el miedo subyacente bastaba para acelerarle el corazón.

Will se quedó callado el tiempo suficiente para que Aidon se preguntara si tal vez se había quedado dormido. Pero cuando abrió los ojos, encontró al ejecutor observándolo, con expresión seria.

—Por mi juramento, yo mismo os clavaré una espada antes que dejar que vuestra afinidad os mate. —Sus palabras contenían un peso, una sinceridad, que Aidon no estaba acostumbrado a oír en la voz de Will.

Aidon inclinó la cabeza a modo de asentimiento.

De agradecimiento.

—Pues empezamos mañana —susurró. Solo titubeó un momento antes de hacer su propia ofrenda de paz—. Y después partiremos rumbo al este. Hacia el bosque de Druswood.

3

Josie siempre se había sentido atraída por la naturaleza. La observaba con ojos de artista. Donde cualquiera veía un campo verde, su mente le proporcionaba con facilidad un lienzo de matices: albahaca y esmeralda y pino y enebro. Pero allí, en el lado de estribor del barco, con el mar de Anath extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista, no encontró matices perceptibles. Todo se mezclaba bajo su mirada, un revoltijo de mar y cielo; un borrón azul que no iba a molestarse en descifrar. No cuando tenía tantos otros pensamientos rebotándole en la cabeza.

Llevaban más de tres semanas en el mar y no había señales de que Kakos buscara atacar. Habían hecho escala en la tercera isla de Milsaio para recoger provisiones y atender a sus heridos, y para asegurarse de que seguía sin ser invadida por Kakos.

Todo estaba en calma.

Kakos seguía en la capital, en la segunda isla, y no habían hecho ningún movimiento desde la retirada estratégica de Milsaio.

Josie no era muy versada en temas de guerra, no como Aidon, que respiraba estrategia y mapas y formaciones. Pero incluso ella sabía que estaban luchando contra algo distinto. Algo extraño, esporádico y mortal. No tenían ni idea de la cantidad de soldados con la que contaba ni de las razones de los ataques y las retiradas y las estancias. Librar una guerra con Kakos era como luchar contra un demonio en la oscuridad.

Y en ese momento lo hacían sin la única persona en la que Josie confiaba para que los guiara.

—No has venido a cenar.

Josie tensó la espalda a la altura de los omóplatos al oír la voz de Aleissande. Se las había arreglado para evitar a la general, salvo por el entrenamiento obligatorio en la cubierta principal. Ni siquiera las horas que pasó blandiendo la espada bastaron para disipar el zumbido que sentía bajo la piel desde Dunmeaden.

Desde que se enteró de que Aya había desaparecido, y Aidon…

—Necesitas comer. —Aleissande se puso a su lado, con los musculosos brazos apoyados en la desgastada madera del borde del barco.

—No tengo hambre —susurró Josie. Mantuvo la mirada fija en las suaves aguas del Anath, incluso cuando sintió los ojos de Aleissande clavados en ella.

—No te he preguntado si la tenías.

Josie se cabreó y se mordió el interior del carrillo mientras contenía una réplica mordaz. Aquel zumbido se había manifestado en forma de irritabilidad en más de una ocasión a lo largo de las últimas semanas. Ya le debía una disculpa a Cole por haberle gritado antes. No quería añadir más a su lista, aunque Aleissande no se merecía ni un ápice de su remordimiento.

No cuando había alejado a Aidon.

—Estás enfadada —afirmó Aleissande con ese estoicismo tan suyo que hizo que Josie apretara los dedos alrededor de la barandilla del barco, rozándose las ampollas de la mano con la madera.

—Estoy preocupada —masculló. Apartó la vista del mar y por fin se permitió enfrentar la mirada de la general. Había nuevas cicatrices en el cuello de Aleissande, una franja rosada sobre la piel dorada. Le atravesaba las clavículas antes de desaparecer por debajo del traje de combate de cuero.

Josie tenía sus propias cicatrices de la batalla: un corte irregular que parecía un relámpago con relieve sobre la piel tostada de su antebrazo, los gritos que la perseguían hasta sus sueños y atormentaban sus pesadillas.

La guerra apenas había empezado, y aun así, ya les estaba pasando factura a todos.

En Aleissande se notaba más que en los demás.

Mejillas hundidas. Mentón prominente. Esos carnosos labios se apretaban en una sempiterna mueca tensa.

Aleissande la miró de arriba abajo, con el ceño fruncido.

—¿Cuándo dormiste por última vez?

Como si pudiera dormir. No eran solo las pesadillas las que la despertaban; eran también las interminables preguntas que daban vueltas en su mente mientras estaba despierta.

¿Qué había ocurrido en la sala del trono? ¿Dónde estaba Aya? ¿Aidon había muerto?

«Si estuviera muerto, Kakos se habría atribuido el mérito». Esa frase se había convertido en una especie de mantra, en una plegaria para una mujer que necesitaba consuelo, pero que nunca lo había encontrado en lo divino. Si Aidon no hubiera escapado de Dunmeaden, sin duda se habrían enterado antes de salir del puerto. Al fin y al cabo, se habían enterado de la desaparición de Aya. De la muerte de Gianna en la sala del trono. También de la de Tova.

Y sin embargo, a una segunda voz, más insidiosa, le gustaba recordarle que estaba a salvo en un barco con rumbo a Milsaio, y allí las noticias escaseaban. Había pasado tiempo de sobra para que alguien descubriera su cadáver y que ella no se hubiera enterado.

—¿No paso todas las noches en las hamacas con el resto de la fuerza?

—No me vengas con niñerías —soltó Aleissande—. Necesitas descansar.

Josie no quería descansar. No quería esperar. Quería volver a casa, donde podría esperar noticias de su hermano y asegurarse de que su trono estuviera listo para su regreso.

Porque tenía que volver. Su pueblo lo necesitaba.

Ella lo necesitaba.

—¿Cómo esperas que descanse cuando mi hermano bien podría estar muerto?

—Lo subestimas si crees que no podría sobrevivir…

—Nunca he subestimado a Aidon —masculló Josie—. Siempre he sabido que sería un rey excelente. Siempre he sabido que era lo que nuestro pueblo merecía. Y ahora, por tu culpa, ¡se ha ido!

«Muerto no. Muerto no. Muerto no».

—Por fin llegamos al fondo de todo, al origen de tu rabia.

No, pensó Josie. No habían llegado al fondo de nada, tenía muchísima más rabia.

Dio un paso hacia la general, con la barbilla en alto mientras la fulminaba con la mirada.

—¿Te has parado a pensar cómo interpretarán estos soldados que su rey haya huido? ¿Cómo se interpretará en Trahir cuando lleguemos a casa sin él…?

—Como ya te he dicho —la interrumpió Aleissande—, si Aidon no llega antes que nosotros a Trahir, diremos que ha seguido camino hasta Tala para ayudar…

—¡Esta unidad de élite visya sabe que eso es mentira! —Josie se contuvo a duras penas para no gritar mientras hacía un gesto para señalar el barco.

—Esta unidad de élite visya —replicó Aleissande entre dientes y con las mejillas coloradas— ha jurado permanecer junto a su rey. Me he asegurado de eso.

Y era cierto. Aleissande reunió a la unidad de élite antes de zarpar siquiera hacia Dunmeaden y dejó una cosa clara: quien no respaldara a su rey no era bienvenido a bordo.

—Estos soldados han luchado y sangrado junto a él —siguió Aleissande—. No renegarán de su juramento.

Josie sostuvo la mirada de la general.

—Y, sin embargo, le ordenaste que huyera de todos modos. ¿Qué esperas que pase cuando las noticias del poder de Aidon se extiendan por Trahir? Nadie nos hizo preguntas cuando partimos, pero te aseguraste de que partiéramos lo antes posible. Luego hiciste que nos retrasáramos con esa escala en Milsaio —soltó. Aleissande hizo ademán de replicar, pero Josie siguió antes de que pudiera interrumpirla—: ¿No crees que eso suscitará más sospechas cuando lleguemos sin Aidon? ¿Esperas que la guardia visya mate a cualquiera que cuestione al rey?

Aleissande permaneció tan impasible como siempre, una estatua esculpida a la perfección, desde el moño trenzado con firmeza hasta los brazos fuertemente cruzados, pasando por los pies bien plantados en el suelo. Siempre firme, siempre preparada, siempre anticipando un combate y con la certeza de que iba a ganarlo.

—El caos de la batalla basta para hacer que hasta el más aguerrido de los soldados malinterprete lo que ve —dijo a la postre con voz tranquila—. Afirmaremos que cualquier rumor sobre que Aidon es visya es mentira.

—General, ¿dónde estaba esa confianza cuando le ordenaste a tu rey que huyera?

—¿Qué querías que hiciera, Josie? —preguntó Aleissande al tiempo que extendía los brazos a los costados en un despliegue de emociones poco habitual en ella—. Estábamos en el reino más devoto de los dominios. La mitad de la Dyminara estaba atacando a su propia gente. Era mejor que Aidon desapareciera y que los rumores siguieran siendo rumores. ¡Mejor que siguiera vivo a que lo asesinasen en las calles!

—Si no está muerto a estas alturas…

Aleissande acortó la distancia que las separaba, con los ojos enfurecidos mientras el sol poniente le creaba alrededor un halo de tonos anaranjados.

«Mango y óxido y mandarina».

—Tomé la mejor decisión que pude —sentenció Aleissande—. Tu hermano confía en que haga precisamente eso. Eso es lo que cualquier guerrero debe hacer en medio de una batalla. Harías bien en aprenderlo.

Josie no se inmutó ante la mirada furiosa de Aleissande, que le rozaba la punta de las botas con las suyas. Se enfrentó a su ira, igualándola con la que ella sentía. Notaba el calor de Aleissande bajo el traje de combate y le rozó el pecho a la general con el suyo cuando respiró hondo.

—¿Puedo retirarme, general?

Un buen guerrero sabía tomar decisiones en la batalla, incluida la retirada. No sería bueno que Josie cediera al hormigueo que sentía en los dedos, que ansiaban cerrarse en torno a la empuñadura de su espada.

Aleissande parpadeó y retrocedió un poco.

—De acuerdo —masculló. Pero después separó los labios una vez más, aunque el sonido murió en su lengua mientras miraba a Josie fijamente y algo asomaba a sus iris azules.

«Cielo y pólvora y acero».

—Que sepas que puedes confiar en mí —acabó insistiendo Aleissande.

Ya se lo habían asegurado antes. Se lo habían susurrado sobre la piel con tiernos besos y manos delicadas y un amor que demostró ser mentira.

La guerra resultó ser una digna distracción de su angustia, pero no borró la valiosa lección que Viviane le había enseñado.

—No puedo confiar en nadie, Aleissande —murmuró Josie al pasar junto a la general—. Ese es el problema.

4

Will no era ajeno a las circunstancias que se escapaban de su control.

La muerte de su madre. Los abusos de su padre. La revelación de que su madre no había muerto, sino que simplemente lo había dejado para que sobreviviera como pudiese conviviendo con un monstruo.

Una reina sedienta de poder que ascendía al trono.

Una profecía que parecía querer destruir su vida porque ponía en peligro a la mujer que amaba.

Cualquiera pensaría que, pese a todo, ese impulso interno que le gritaba que se moviera, que actuara, que encontrara algo que demostrase que tenía voz y voto en su vida, menguaría.

Sin embargo, siempre estaba presente, incluso en ese momento.

Tal vez por eso entrenar con Aidon esas últimas mañanas no había desatado su impaciencia como esperaba. Sí, habría preferido emprender la marcha a caballo al amanecer, pero los animales necesitaban un buen descanso para mantener el ritmo agotador que les había impuesto, y Aidon…

En fin, que cuando dijo que no tenía tiempo para que muriera, hablaba en serio.

—Bien —murmuró Will mientras Aidon sostenía una bola de fuego de incend en la mano.

La noche anterior encontraron un granero abandonado, con la madera húmeda y mohosa, pero era un refugio para pasar la noche y un espacio apto para entrenar esa mañana sin tener que preocuparse de que Aidon acabara quemando la estructura. El control que ejercía sobre su afinidad era esporádico en el mejor de los casos, sobre todo si lo irritaba.

—Ahora amplíala —le ordenó Will.

Aidon frunció el ceño mientras obligaba a la bola de fuego a crecer, y su otra mano se acercó para ahuecarla. El sudor le goteaba por la frente, pero Will no notó ningún otro signo de angustia. En ese momento él flexionó la palma y su afinidad atravesó el espacio. Aidon se quedó quieto, con los ojos desorbitados por el pánico que le estaba provocando. El fuego se desvaneció.

—Tu escudo sigue siendo un problema —señaló Will.

A Aidon le temblaban los músculos por el esfuerzo, y apretó el puño a un costado. Will sintió que su escudo lo empujaba despacio, apartando poco a poco su afinidad.

—Eres un gilipollas —jadeó Aidon cuando Will detuvo el asalto de su afinidad—. No estaba preparado.

—Evidentemente. Pero has conseguido recomponer tus defensas mientras te asaltaban sin que tu afinidad reaccionara por la ira que sentías. Además, hoy no sangras.

La mirada de fastidio de Aidon se convirtió en una de sorpresa y abrió los ojos de par en par al pasarse una mano por la nariz en busca de pruebas. Era triste que la ausencia de sangre supusiera un avance tan enorme.

Habían empezado poco a poco, con ejercicios diseñados para ayudar a Aidon a percibir la profundidad de su poder y el modo de extraerlo sin agotarse por completo. Seguía siendo impredecible y tan lento que lo sacaba de quicio, pero estaba…

Bueno, por lo menos parecía que el uso de su afinidad en pequeñas dosis había frenado algunos de los síntomas más graves. Todavía era demasiado pronto para saber si solo estaban ralentizando su deterioro o si lo estaban deteniendo por completo, pero Will aceptaría cualquier progreso que pudiera conseguir.

—El escudo pronto se convertirá en algo natural —le aseguró Will antes de dar un sorbo del odre de agua que llevaban con sus provisiones.

—¿Con qué frecuencia consiguen atravesar el tuyo? —preguntó Aidon mientras se limpiaba la cara con la camisa desechada.

Will se detuvo de repente, con el odre de agua en los labios.

Allí estaba; otro aspecto de su vida sobre el que no ejercía control.

Se obligó a tragar saliva.

—No soy un buen ejemplo con el que compararse.

Aidon puso los ojos en blanco.

—Así de intocable eres.

Will pasó de él y se concentró en preparar las alforjas.

«Eres débil. Algún día, alguien se aprovechará de tu debilidad, y merecerás las consecuencias que eso conlleve».

Las palabras de su padre acudieron de repente a su mente; un recuerdo que no tenía conciencia de haber enterrado, pero allí estaba.

Fueron a visitar a un herrero que fabricaba armas para su padre. El aprendiz del hombre se quemó, y Will gritó como si fuera su propia mano. Su padre lo reprendió durante casi una hora por la vergüenza que le había provocado y le soltó esas palabras tan duras, acusándolo de ser demasiado débil para controlar su afinidad.

Will intentó explicarle que había usado su escudo, pero eso solo sirvió para añadir más leña al fuego de la ira de su padre y para que su madre lo mirara sin comprender mientras Gale lo despedazaba.

En una ocasión, cuando estaban en Rinnia, le dijo a Aya que no recordaba que su padre hubiera sido siempre un monstruo. Que había sido codicioso y egoísta, pero que la crueldad solo hizo acto de presencia después de la muerte de su madre. O, mejor dicho, del abandono.

Will se preguntó cuándo había empezado a creer las mentiras que se había contado a sí mismo de pequeño para sobrevivir.

—Will. —Se volvió y vio que Aidon lo miraba fijamente—. ¿Qué me estás ocultando?

Qué ironía que le dijera eso el hombre que se había negado a hablar de los problemas que tenía con su afinidad. Y qué hipocresía también. Sin embargo…

Permitir que Aidon luchara a su lado sin conocer los riesgos sí sería una muestra de debilidad.

Guardar un secreto que podría obstaculizar su capacidad para salvar a la mujer que amaba sí sería una muestra de debilidad.

Will apretó los dientes mientras enfrentaba la mirada de Aidon.

—Tengo problemas con mi escudo. —Decir esas palabras le resultó extraño; se trataba de una confesión que solo le había hecho a su reina y a los sanadores que intentaron encontrar el origen de su problema. Y a Aya, aunque ella casi le había arrancado la verdad. Se obligó a sostener la mirada de Aidon—. Cuanto más utilizo mi afinidad, más se debilita. Si una sensación aumenta de intensidad, mi escudo no puede detenerla. A veces, el eco perdura. Otras veces percibo cosas sin intentarlo siquiera.

Aidon frunció el ceño, pero sus ojos castaños se volvieron distantes, como si estuviera leyendo una página que Will no alcanzaba a ver.

—El ataque de la noche que se llevaron a Viviane —murmuró Aidon al final. Parpadeó, y su mirada penetrante volvió a atravesar a Will—. Creí que el sensainos te había incluido en su ataque, pero no fue eso, ¿verdad?

Will negó con la cabeza.

—No. Sentí la muerte de Helene como si me hubieran clavado el cuchillo a mí.

Aidon se pasó una mano por la nuca.

—¡Por todos los dioses! Eso significa que durante las batallas…

—Sí.

—Y cuando… —Aidon dejó la frase en el aire e hizo un gesto con una mano—: Haces de ejecutor.

No era una pregunta, aunque detectó cierta amabilidad en la renuencia de Aidon a reconocer realmente su función.

De todas formas, Will levantó una ceja y se sorprendió al ver que le hacía gracia el comentario. No recordaba la última vez que estuvo de buen humor.

Aidon ladeó la cabeza con una mueca en los labios.

—Hemos estado atacando los campamentos de Kakos y ni una sola vez me he dado cuenta del efecto que te provocaban nuestros actos.

Will no sabía muy bien adónde quería llegar Aidon, si era una disculpa enmascarada o un interrogatorio sobre el motivo por el que no le había hablado antes de su problema.

Se encogió de hombros.

—Te acostumbras al dolor. A partir de cierto punto, ya no te parece tan fuerte.

Por el rostro de Aidon pasó una emoción que Will reconoció con facilidad, porque también era consciente del horror de su situación. ¿En qué se convertiría cuando todo eso acabara, cuando solo conociera dolor, cuando lo dejara completamente insensible?

Carraspeó y siguió organizando las provisiones.

—Deberíamos ponernos en marcha. Tenemos un largo camino por delante.

No servía de nada pensar en las consecuencias; no cuando no importaban. Haría lo que fuera necesario para devolver a Aya a casa. Así se lo prometió en una ocasión, encerrados en los oscuros confines de una mazmorra de Trahir.

—¿Crees que mi tío lo sabía? —preguntó Aidon mientras montaban en sus caballos poco después—. Preparó el ataque para que Aya demostrara su poder e inculpara a la Bellare. ¿Crees que sabía lo de tu escudo?

Will pasó un pulgar por el cuero liso de las riendas. Esa idea también se le había pasado por la cabeza. No en aquel entonces (ni siquiera cuando empezó a sospechar que Gianna estaba implicada con el proveedor), sino durante las noches de insomnio que había pasado desde que abandonaron Dunmeaden. Cuando el fuego se convertía en brasas ardientes y su única compañía era el aullido del viento en la sierra de Mala y sus propios pensamientos, se preguntaba hasta dónde había llegado la traición de Gianna.

¿Cuántas cosas había pasado por alto?

¿Hasta qué punto había fracasado?

«Eres débil. Algún día, alguien se aprovechará de tu debilidad, y merecerás las consecuencias que eso conlleve».

—No lo sé —confesó Will al tiempo que se subía a su caballo. A fin de cuentas, no importaba. No podía importar. No podía permitirse las distracciones que esos pensamientos le acarrearían. Solo le quedaba seguir adelante. Llegar hasta Aya—. Vamos —le dijo a Aidon, con ese impulso corriéndole por las venas a toda velocidad mientras azuzaba a su caballo para que se pusiera en marcha—. Ya hemos perdido demasiado tiempo.

Will estaba vagamente familiarizado con Maumart, la última ciudad de Tala antes de llegar al bosque de Druswood, del mismo modo que lo estaría cualquier persona relacionada con las rutas comerciales, pero nunca había puesto un pie en ella. Su padre siempre les había dado prioridad a las mercancías caras: acero en vez de madera, oro en vez de cobre. Ni siquiera la visitó en la época en la que supervisaba el Consejo de Mercaderes de Tala en nombre de Gianna, porque la contribución de Maumart era tan insignificante que no había necesidad.

En ese momento, mientras Aidon y él avanzaban por la calle principal, sin que las copas de los árboles los resguardaran de la lluvia, no se arrepentía.

Maumart era más una aldea que otra cosa, con calles estrechas, embarradas y llenas de agujeros que hacían que los carros se tambalearan peligrosamente al pasar a toda velocidad. Los edificios de piedra que flanqueaban la calle estaban cubiertos de musgo y moho, y la madera que enmarcaba las ventanas estaba húmeda y podrida. Apenas podía leer los carteles que colgaban sobre las puertas.

Sin embargo, encontraron la taberna con bastante facilidad. Ya había unos cuantos caballos atados al poste del exterior, y Will consoló al suyo con una palmadita mientras enrollaba las riendas en la madera empapada.

Ojalá Tyr hubiera encontrado refugio. Lo habían dejado en la linde del bosque de Druswood con instrucciones de que los buscara al día siguiente, cuando estuvieran bien lejos de Maumart. No les convenía que un athatis llamara la atención.

Entró en la taberna y se sorprendió al verla tan abarrotada y bulliciosa, pese a la temprana hora. Al parecer, los habitantes de Maumart preferían empezar la juerga antes de que anocheciera.

Tanto mejor para él y Aidon, supuso.

Entre la multitud, la lluvia y el intenso frío que los había seguido hacia el sur, nadie los miró siquiera cuando entraron encapuchados y se acomodaron en la mesita del rincón, al fondo.

—Menudo puto diluvio del que os acabáis de librar —dijo una camarera a modo de saludo. Will la miró por el borde de la capucha. Llevaba el pelo rubio miel recogido en una coleta y tenía la cara redonda y suave. Lo miraba con una sonrisa—. ¿Qué os pongo?

—Dos cervezas.

—¿Nada más? —Fue una pregunta inocente, pero tenía una insinuación tan familiar que a Will se le revolvieron las tripas. Era el mismo tono de voz con el que Gianna le hablaba cuando jugueteaba con él.

Will mantuvo un tono sin inflexión. Aburrido.

—Nada más.

La camarera miró a Aidon.

—Simpático, tu amigo. Un encanto. —Se volvió hacia la barra, agitando la coleta mientras se alejaba.

Aidon suspiró al tiempo que se acomodaba en la silla.

—Así no vamos a hacer muchas amistades, ¿eh?

—Mejor eso a que siga demostrando interés —murmuró Will con tono amenazador.

En otra época se habría aprovechado de la atención de la muchacha. En ese momento se le revolvía el estómago solo de pensarlo. De modo que se concentró en memorizar cada rincón de la taberna.

Un camarero.

Una camarera.

Doce mesas, incluida la suya, se apiñaban en un espacio pequeño y abarrotado, todas a rebosar de gente curtida que buscaba consuelo en sus bebidas.

Una puerta a la izquierda de la barra, en la que distinguió un pequeño horno de piedra atendido por un cocinero manchado de hollín.

La camarera volvió de la barra con sus cervezas y las dejó en la mesa sin delicadeza antes de dirigirse a otra mesa que reclamaba su atención. La puerta de la taberna se abrió de golpe, haciendo que entrara una gélida ráfaga de aire.

—¡Por los siete infiernos! ¿Hace calor alguna vez en este país? —refunfuñó Aidon antes de darle un trago a su cerveza. Puso cara de asco por el sabor, y la mueca hizo que se le moviera la barba.

La barba ayudaba. Suavizaba su mandíbula cuadrada, suponía una distracción de sus pómulos afilados y añadía una rudeza que casi nadie relacionaría de inmediato con el rey. Si no lo conociera tan bien, Will podría pasarlo por alto y lo tomaría por otro parroquiano más.

Se rascó el mentón, cubierto en su caso por algo que todavía no podía considerarse una barba en sí misma.

—Este frío no es habitual para la estación —reconoció mientras observaba a los recién llegados. Canteros, a juzgar por las herramientas que llevaban sujetas a sus cinturones de cuero.

Bebió un trago de cerveza y agradeció el amargo sabor que se extendió por su lengua, porque lo ayudaba a mantener agudos los sentidos. Captó el delicado brillo del oro en una mesa situada a cierta distancia de la suya. Una moneda que reflejaba la luz.

—¿Estás seguro de esto? —le preguntó a Aidon.

—Has dicho que necesitamos dinero, ¿no?

Sí. Aunque habían robado en los campamentos que habían destruido, los soldados de Kakos no llevaban bolsas de cobre ni oro. Y su fuente en Colmur no era barata.

—Todavía estoy considerando el mérito de robarle la bolsa a algún pobre borracho —admitió Will. Robando no conseguirían todo lo que necesitaban, no sin llamar la atención de los guardias.

Sin embargo, Aidon lo miró con una sonrisa siniestra al tiempo que levantaba una bolsita.

—¿Qué crees que he hecho para asegurarme de que nos aceptan?

Por los siete infiernos. No se había dado ni cuenta.

—Espero que seas tan bueno a las cartas como asegura Aya —dijo Will.

La sonrisa de Aidon se tornó afilada.

—Soy incluso mejor.

5

Aya había perdido la cuenta de los días.

Al principio intentó seguir la posición del sol durante los breves momentos de lucidez. Pero después su mente se volvió demasiado confusa, sus sueños demasiado nítidos, demasiado realistas, y no podía distinguir la realidad de lo imaginario.

¿Se había apoyado Tova en su hombro?

¿Había soñado con la sensación de su sangre en las manos?

—Parece medio muerta —murmuró la áspera voz de Andras desde algún lugar alejado del poste del esquife al que ella estaba atada.

Aya parpadeó, y la neblina de su visión se disipó lo suficiente como para reconocer el dolor que le atenazaba el cuerpo. Unas gruesas cuerdas se le clavaban en el pecho, aumentando el dolor que se extendía justo debajo de ellas. Su traje de combate estaba manchado de mugre y sangre, y el cuero estaba caliente por el sol.

El rostro de Evie apareció cuando se agachó delante de ella. Su pálida piel empezaba a ponerse morena por el tiempo que habían pasado en el mar.

—Sí, ¿verdad? —murmuró Evie, que ladeó la cabeza sin dejar de mirarla. La santa extendió una mano, y Aya se odió por el estremecimiento que la recorrió—. Tranquila —murmuró Evie al tiempo que le apoyaba la mano en la mejilla. De la palma de su mano brotó una luz sanadora y cálida, y su poder le provocó un hormigueo en la piel. Aya sintió que la tirantez de su cara, hinchada por el calor, el sol y los puños de Andras, remitía—. Ya está —dijo Evie mientras se sentaba sobre los talones. Llevaba una túnica de color canela y unas calzas marrones. ¿Había estado vestida así todo el tiempo? Aya no lo recordaba. Los dedos de Evie le colocaron con suavidad un mechón de pelo detrás de una oreja—. Así está más presentable para nuestros estimados anfitriones.

Las palabras de Evie tardaron un buen rato en asentarse en la nebulosa mente de Aya. El miedo se había retirado, adormecido por el dolor agónico que se extendía por su cuerpo con cada respiración. Tragó saliva para aliviar la sequedad de su garganta.

—Eres tonta si crees que Kakos te recibirá con los brazos abiertos —dijo con voz ronca y espesa, ya que tenía la lengua como si fuera papel de lija.

Tendrían suerte si los mataban en el acto.

«Dioses, dejad que nos maten. Por favor, dejad que nos maten».

Evie la miró con una sonrisa almibarada.

—Sería tonta si me acercara a Kakos de forma directa. Sin embargo, vuelvo con uno de sus estimados guerreros —añadió al tiempo que recorría a Andras con la mirada—. Aya, ¿sabes que el propio rey confió en Andras para llevar a cabo su misión en Tala?

No, no lo sabía. Durante las primeras veces que se despertó había intentado obtener alguna información. Quedarse quieta para escuchar, para oír algo útil. Pero fue en vano. Al igual que había sucedido con el paso de los días, también había perdido el control sobre los fragmentos de conversación que había oído hasta que no pudo diferenciar el sueño de la realidad.

Desvió la mirada hacia Andras. El rictus de sus labios agrietados era ufano. Y ella ansiaba borrar ese orgullo.

—¿Crees que tu rey te perdonará el fracaso? —preguntó con voz ronca.

La expresión complacida desapareció del rostro del diaforaté.

—Ayudé a tu puta reina a hacer avanzar la causa de Kakos —masculló, dando un paso amenazador hacia ella—. Tus amigos de la Dyminara han muerto. Dunmeaden ha quedado reducido a cenizas gracias a mi ayuda.

El dolor de esa verdad la atravesó, y Aya se aferró a él.

—Y, aun así, Gianna te engañó incluso a ti —insistió ella—. ¿O sabías que pretendía que yo invocara a los dioses?

—Mejor así para matarlos…

—Ya basta —los interrumpió Evie, que extendió un brazo para indicarle a Andras que alejara la mano del cuchillo que llevaba enfundado en la cadera.

Aya parpadeó, y el corazón le dio un vuelco en el pecho.

Reconocía ese cuchillo.

«Saca el cuchillo del pecho de Tova… Límpialo».

Evie siguió su mirada con una sonrisa satisfecha, como si ella también lo estuviera recordando. Como si lo disfrutara.

—Prepara la bandera blanca, Andras —ordenó.

Aya apartó la mirada del brillo del metal y se concentró en la santa.

Tal vez la deshidratación le había debilitado el instinto de supervivencia. O tal vez simplemente ya no le importaba. No con el recuerdo del cuello roto de Tova en la conciencia. Sin importar el motivo, reconoció que actuaba con desesperación al preguntar:

—¿Vas a rendirte? No sabía que la humildad fuera un rasgo característico de una santa.

Evie levantó una ceja mientras la recorría con la miraba.

—Y no lo es. Pero la paciencia sí. —Una sonrisa lenta y cómplice se dibujó en sus labios—. Admiro tus esfuerzos, querida Aya, pero olvidas que he luchado en batallas que ni siquiera podrías imaginar. Las burlas infantiles no funcionarán conmigo. —Se agachó de nuevo y posó esos dedos cálidos en la barbilla de Aya—. Confío en que te portes bien cuando lleguemos a Sitya.

Sitya. El puerto más meridional de las Tierras Medias, que a esas alturas estaba bajo el control de Kakos. Aya apenas tuvo tiempo de guardar esa información antes de que Evie siguiera hablando, con una voz demasiado suave para su gusto.

—Detesto pensar en las consecuencias si sigues intentando desafiarme.

Aya se preparó.

—Vete a los infiernos —masculló entre dientes.

Veloz como un áspid, el poder de Evie la golpeó con fuerza. La rodeó sin piedad mientras ella se agitaba contra las cuerdas que la mantenían atada.

—Habría preferido los siete infiernos a la prisión en la que me encerraron los dioses durante quinientos años —replicó Evie.

El dolor la incendió por dentro, tan intenso que se le nubló la vista. Cerró los ojos de golpe, pero no sintió alivio. Porque allí estaba Tova, siempre Tova, con el cuello roto y muerta por su culpa.

«Dime que no vas a usar tu poder…».

En algún lugar de las profundidades de su mente Aya oyó la voz de Galda, ese lejano grito de «¡Control!» que la había perseguido durante años. Pero estaba sepultado bajo el aullido que imaginaba que había soltado Tyr cuando murió quemado con el resto de los athatis; un aullido que habría jurado oír en ese momento mientras contenía su propio grito.

El dolor se intensificó, y apretó los dientes todo lo que pudo al tiempo que abría los ojos para encontrarse con la sonrisa de Evie.

«¡Control!».

Sin embargo, era Evie quien tenía el control; Aya no era más que una marioneta cuyos hilos manejaba. Su dolor crecía, dolor y miedo y rabia y culpa, porque no podía detenerlo, ¡no podía detenerlo! Las lágrimas le resbalaban por las mejillas, se le agitaba el pecho contra la presión de la cuerda mientras el dolor agónico seguía, seguía, seguía…

—¡Santidad! —dijo Andras, y Aya oyó el ruido sordo de sus botas sobre la cubierta de madera. El poder de Evie desapareció cuando se puso en pie. Se rio al ver que ella se desplomaba contra sus ataduras—. Nos acercamos al puerto —anunció a la vez que amarraba una bandera blanca al mástil, haciendo que las poleas crujieran mientras la izaba por encima de la cabeza de Aya—. Buen momento para hacerlo. Se avecina mal tiempo.

Aya sentía la cabeza tan pesada como el plomo, los ecos del dolor de Evie todavía grabados en sus huesos, pero levantó la barbilla para mirar el manto de nubes grises y marrones que se cernía sobre ellos. Tardó más de la cuenta en percatarse de que no sentía el azote de su pelo contra las mejillas.

El viento constante había desaparecido y, en cambio, el aire se había vuelto espeso.

Agobiante.

Ansiaba que volviera la brisa, que el agua salada le escociera en la piel. Ese dolor era distinto, la aliviaba.

Evie contempló el cielo.

—No es mal tiempo lo que se avecina —dijo en voz baja. Su mirada volvió hacia donde estaba atada Aya—. Levántala.

Andras la tocaba con brusquedad mientras desataba las cuerdas que rodeaban el pecho de Aya, y la presión de estas persistió como un roce fantasmal. Unió otra cuerda a la que tenía en torno a las muñecas y la levantó. Se le doblaron las debilitadas piernas al instante y se mordió el interior del carrillo para tragarse el grito de dolor cuando sus rodillas golpearon con fuerza la cubierta.

Andras se rio y volvió a tirar de la cuerda. Aya luchó por mantenerse en pie, y su cuerpo gritó en señal de protesta mientras se esforzaba por conseguirlo.

—Muy bien, perrita —se mofó.

Aya apretó los puños y se clavó las afiladas uñas en las palmas. Su poder se agitó en algún lugar profundo de su interior, pero el control de Evie se mantuvo firme.

—Déjala, Andras —le ordenó la santa, cuya mirada estaba fija en la orilla, donde se perfilaba el contorno de una ciudad—. Ya habrá tiempo para jugar cuando acabemos.

6

—Mala suerte, muchacho —dijo el más corpulento de los dos hombres, arrastrando un montón de monedas por encima de la mesa hacia él con una sonrisa de dientes amarillentos y torcidos—. No te gustan mucho las cartas, ¿verdad?

Will vio a Aidon beber un buen sorbo de cerveza con expresión agria.

—Parece que no.

—Dejad que os invitemos a otra ronda —terció el otro hombre—. Es lo menos que podemos hacer después de haberos desplumado.

Ambos se levantaron de la mesa y se dirigieron a la barra a codazos, sin molestarse en esperar a la camarera. De todos modos, Will no la había visto desde hacía más de una hora.

Esperó a que estuvieran bien lejos antes de abalanzarse sobre Aidon.

—¿Se puede saber a qué estás jugando? —le soltó, con los ojos clavados en el menguante montón de monedas que el rey tenía delante. Aidon había ganado una mano al principio, pero no había dejado de perder desde entonces.

—Relájate, ¿quieres? Los tengo justo donde quiero —le aseguró él—. Tú podrías ganar una o dos manos más, ¿sabes? De esa manera no cantará tanto que estás intentando ayudarme a ganar.

Will apretó los dientes. Llevaba intentando ganar desde que Aidon empezó a perder de forma tan espectacular. Se le daban fatal las cartas. Y si la sonrisa de Aidon era un indicio, el rey lo tenía claro.

—Esto no es un juego —le recordó Will.

—Es literalmente un juego, y se me da muy bien —replicó Aidon, sin rastro de humor en su voz de barítono. Miró por encima del hombro de Will y observó que los hombres regresaban—. Tú haz tu trabajo y deja que yo me concentre en el mío.

Will se mordió la lengua para no replicar cuando los hombres dejaron las cuatro jarras de cerveza sobre la mesa sin muchos miramientos, haciendo que su contenido salpicara la ya pegajosa superficie. Les dio las gracias con un gesto de cabeza antes de beber un buen trago. Pero su frustración iba en aumento. Era casi imposible seguir una conversación en ese espacio abarrotado, y los fragmentos que había oído hasta entonces eran completamente inútiles.

—… el frío va a matar los brotes…

—… dicen que el ventaleh ha vuelto a la sierra de Mala. A estas alturas del año, ¿te lo puedes creer?

Tal vez no estuviera de más emplear una estrategia más directa.

El grandullón empezó a barajar las cartas, con las mejillas sonrojadas por el calor de la multitud y el alcohol que corría sin cesar por sus venas. Will dejó que su afinidad llegara hacia él muy despacio. Había sido una suerte encontrar a dos humanos con ganas de jugar durante unas cuantas horas.

«Lo añadiré a mi lista de pecados», pensó mientras su afinidad envolvía con suavidad al hombre. Lo hizo con sutileza, dejando que la sensación de embriaguez aumentara lo suficiente como para poder aprovecharse sin levantar ninguna sospecha por parte del hombre o de su amigo. No necesitaba presionar mucho. Solo lo justo para aflojarle la lengua y así obtener alguna migaja de información después de tres semanas vagando a la intemperie.

Sin embargo, antes de que pudiera siquiera hacerle una pregunta, el hombre les hizo una a ellos.

—Veo por vuestros acentos que no sois de por aquí. ¿Qué os ha traído a Maumart? No puede ser el juego —añadió con una risilla irónica.

—Éramos estibadores en Dunmeaden —mintió Will sin problemas—. Escapamos por los pelos del ataque. Se nos ocurrió que lo mejor era alejarnos todo lo posible.

—Aquí no hay muelles para que trabajéis —terció el otro hombre, que frunció el ceño al ver las cartas que le habían tocado—. ¿Qué vais a hacer ahora?

—Podríamos probar suerte con la tala —respondió Aidon—. No conoceréis por casualidad a algún carpintero que busque hombres para incorporar a su cuadrilla, ¿verdad?

—Sí —murmuró el primer hombre, con los ojos vidriosos y la mirada perdida en sus pensamientos—. Ned Gallows perdió a un hombre en un accidente el mes pasado. Quizá merezca la pena hablar con él. —Parpadeó y miró a Aidon con el ceño fruncido—. No te veo muy ansioso por volver a Trahir, ¿verdad?

Will mantuvo la mirada fija en sus cartas (otra mano terrible), pero vio con el rabillo del ojo que Aidon se quedaba inmóvil.

«Relájate, solo ha reconocido el acento», pensó.

Se sintió aliviado cuando Aidon arrojó una moneda al montón del centro y dijo con soltura y naturalidad:

—Hace años que no voy. Tal y como están las cosas, no estoy seguro de atreverme a cruzar el Anath en este momento.

El hombre más menudo se estremeció.

—Yo no me voy de Maumart ni aunque me paguen.

—¿Crees que aquí estamos a salvo? —Se burló su amigo—. Matan humanos por deporte. Solo tienes que ver lo que pasó en Sitya.

Will levantó la mirada de sus cartas y frunció el ceño al sentir el punzante roce de la ira del hombre contra su afinidad.

El grandullón tiró una carta sobre la mesa y cogió otra de la baraja.

—Te lo dije, ¿verdad? —le dijo a su amigo—. La Segunda Santa esa no era ninguna santa.

A Will le dio un vuelco el corazón. Sentía la mirada de Aidon clavada en él, pero se obligó a echar otra moneda en el montón, a continuar la partida, aunque todos sus instintos le pedían a gritos que se moviera, que actuara.

Presionó con más fuerza con su afinidad, influyendo y percibiendo. Vertiendo confianza, buscando engaños.

—No necesitaba pruebas, ¿verdad? —se jactó el grandullón, decidido a demostrarle a su amigo que estaba en lo cierto.

Will se aprovechó de ese orgullo petulante y lo triplicó, sin importarle si el hombre se daba cuenta de que sus emociones se estaban desbocando.

Aidon le dio un puntapié suave por debajo de la mesa, pero Will pasó de él. Porque el hombre seguía hablando, y ni siquiera había necesitado interrogarlo, y por fin, ¡por fin!, estaban consiguiendo oír algo sobre Aya.

—Un barco entero de prisioneros, muertos, solo porque Kakos se atrevió a cuestionar su lealtad.

Will, tan enredado como estaba en la propia ira y bravuconería del hombre, casi ni se percató de la fría sorpresa que sintió al oír la revelación del hombre.

—¿Cómo dices? —preguntó Aidon, que miró a los hombres con los ojos entrecerrados.

—Son rumores —les aseguró el hombre más menudo, como si pudieran ofenderse—. Hace poco hubo un ataque en el puerto. Hace unas dos semanas, ¿no?

El grandullón negó con la cabeza, dejando caer otro puñado de monedas en el montón. Estaba jugando con rapidez y soltura, y Will vio que Aidon también lo notaba mientras sus ojos se desviaban del montón de monedas al hombre y luego a él.

—¡Rumores! —se burló el grandullón con un gesto de la mano. Una de sus cartas revoloteó sobre la mesa, cayendo boca arriba. Era un as. La arrojó al montón de descartes sin mirarla siquiera—. Los que viven a kilómetros del puerto afirman haber visto uno de sus rayos mientras hacía llover su furia.

Un temor intenso e implacable se asentó en el pecho de Will, y su peso bastó para que su afinidad retrocediera, como si supiera por instinto que sus tempestuosas emociones eran lo único que podría manejar.

«Un rayo».

Aya había estado en Sitya. Había estado en Sitya, había desplegado su poder y…

¿Qué se suponía que había pasado? ¿De qué horrores estaban hablando esos hombres?

Abrió la boca para seguir interrogándolo, pero un murmullo recorrió la taberna, y el tono de descontento fue tan evidente que lo hizo mirar hacia la puerta.

En la entrada había dos soldados vestidos con uniforme granate. Entre ellos estaba la camarera, cuya mirada recorría la multitud. Se detuvo al llegar a él y levantó la mano para tirarle de la manga a uno de los soldados.

Maldita sea.

La Guardia Real de Tala había llegado a Maumart.

Will agachó la cabeza para ocultarse detrás de otro de los presentes, haciendo que Aidon lo mirara desconcertado.

—Tenemos que irnos —le dijo sin más—. Ya. —No se molestó siquiera a esperar a que Aidon accediera antes de ponerse en pie al tiempo que se tiraba de la capucha para ocultar su rostro.

Aidon siguió su ejemplo al instante mientras echaba un vistazo hacia la puerta, tras lo cual maldijo entre dientes.

—Caballeros… —murmuró dirigiéndose a la pareja de jugadores de cartas—, creo que esta última baza es mía. —Antes de que los hombres pudieran pestañear, arrastró el brazo por la mesa, metiendo las monedas en su bolsa.

—¡Oye! —protestó el grandullón, que extendió un brazo para detenerlo, aunque Aidon fue más rápido. Volcó la mesa, haciendo saltar por los aires las cervezas, de manera que los hombres se echaron hacia atrás en sus sillas para no acabar mojados.

Acto seguido, el rey agarró a Will por un hombro y lo empujó hacia delante, internándolo en la multitud, que sorteó a codazos, y pronto la taberna fue un caos de gritos. Los parroquianos se empujaban unos a otros, y la escena empezaba a parecer un enjambre de abejas furiosas.

Will apenas podía distinguir las iracundas acusaciones de los dos jugadores por encima de las del resto mientras se abrían paso entre el creciente caos.

—¡Ladrones!

—¡Detenedlos!

Vio un destello de color granate cuando intentaba pasar entre la multitud, pero la distracción de Aidon había resultado útil para frenar a los soldados. Usó su afinidad y la proyectó, dejando que se aferrara allí donde encontrara beligerancia para intensificarla.

Vio que un puño volaba directo a su cabeza y se agachó, golpeando con un hombro la carne blanda de la barriga de alguien al tiempo que avanzaba hacia la barra. Un par de canteros bloqueaban la puerta de la cocina, enzarzados como estaban con uno rodeándole la cabeza al otro con un brazo. Will agarró al atacante por la túnica y los apartó de un empujón, mientras Aidon lo seguía con la mano en la empuñadura de su espada. Delante del horno de piedra había un cocinero cubierto de hollín que miró a Will con los ojos desorbitados cuando este desenvainó su cuchillo y señaló la puerta que tenía a la espalda.

—Quítate de en medio.

El cocinero se apartó, tras lo cual Will embistió la puerta para abrirla y salió corriendo al callejón. Aidon desenvainó la espada y se detuvo a su lado, mirando a un lado y a otro. Estaba oscuro y la lluvia todavía no había amainado, pero sacudió la cabeza y se dirigió hacia la calle principal.

—Los caballos —dijo entre jadeos, pero Will lo agarró del brazo.

—Es demasiado arriesgado —le advirtió, arrastrándolo hacia atrás, con la mente tan acelerada como el pulso. No había tiempo para averiguar por qué estaba allí la Guardia Real, a la que normalmente se le encomendaba la vigilancia de Tala y la protección de la Corona.

O por qué la camarera los había llevado directamente hasta ellos.

Echaron a correr por el callejón mientras Will les agradecía a los dioses, más por costumbre que por fe, el hecho de que no fuera sin salida. Con la lluvia y la oscuridad de la noche, apenas veía lo que tenía delante, pero eso no le impidió acelerar, de manera que sus botas chapotearon en el barro al doblar la esquina.

Casi ni vio la hoja que se acercaba a su garganta.

Se agachó soltando una burda maldición a la vez que desenvainaba la espada, con el cuchillo todavía firmemente agarrado en la otra mano. Detrás de él oyó un ruido metálico. Aidon estaba luchando con otro soldado de la Guardia Real de Tala.

Un tercero cargó contra Will, pero él fue más rápido. Su certero cuchillo le atravesó la garganta al hombre con un sonido repugnante. Acto seguido, Will giró y su brazo acusó el golpe que recibió su espada de la del primer soldado, y otro se abalanzó sobre Aidon. Will usó su poder para extender dolor mientras se zafaba del primero. El soldado que estaba detrás de Aidon se tambaleó, y el rey aprovechó el momento para clavarle la espada en el pecho.

La de Will repiqueteaba entre la lluvia, bloqueando los ataques de su rival, con las botas hundiéndose en el barro. Su poder rebotó contra el escudo del soldado, pero lo desconcentró lo suficiente como para que su siguiente movimiento diera con carne. El hombre gritó al tiempo que caía al suelo, aunque en ese momento un brazo rodeó el cuello de Will y lo arrastró hacia atrás para estamparlo contra la pared de piedra del edificio.

Los dos soldados de la taberna se habían unido a la refriega.

La lluvia era demasiado intensa para que Will pudiera ver a Aidon, pero oyó un grito, distinguió un destello y luego un ruido sordo, antes de que volviera a concentrarse en el hombre que lo aferraba por la garganta y tiraba de él para darle otro golpe.

Le crujió el cráneo al estamparse contra la piedra y empezó a ver estrellitas, así como a sentir un zumbido en los oídos. La sonrisa del soldado hizo bien poco por disminuir la rabia que lo asaltaba.

—Ejecutor… —dijo con voz burlona. La lluvia arreciaba sobre ellos, el viento aullaba como un lobo—, su majestad está deseando… —Las palabras del hombre acabaron con un gorgoteo, tras lo cual empezó a salirle sangre por la boca, que salpicó la cara de Will.

Antes de que se desplomara, Will alcanzó a distinguir el destello de la hoja de un cuchillo que le sobresalía del cuello. Tuvo que soportar su peso muerto con los pulmones ardiendo mientras la mano que le rodeaba el cuello se aflojaba y en ese momento aspiró por primera vez.

—En fin —dijo una voz familiar—, reconozco que salvarte el culo sigue teniendo su aquel.

Allí, calado hasta los huesos y con un aspecto tan demacrado como el de Will, estaba Liam.

De las palmas de las manos de Aidon seguía brotando fuego y gracias a él vio que Liam había llegado con su lobo vinculado. El otro soldado que quedaba yacía muerto a los pies del rey.

Will parpadeó contra la lluvia, y el soldado muerto que tenía encima cayó al suelo cuando lo apartó.

—Por lo siete infiernos —exclamó—. Lo tuyo es aparecer siempre a lo grande, ¿verdad?