Existe un tipo de ceguera, denominada síndrome de Antón, que consiste en que el enfermo ignora que no ve. Parece imposible, pero no mucho más que sentir dolor en una pierna amputada. Los pacientes de ese cuadro, que al mismo tiempo que la vista suelen perder la capacidad crítica para advertir que algo va mal, disfrutan o abominan de la televisión cuando se sientan frente a ella, y si los llevas al cine ven una película, del mismo modo que si los sacas a pasear contemplan una calle fantasmal por la que su cuerpo se mueve con soltura. Han construido un universo autónomo en el interior de sí mismos, y lo único que tienen que arreglar es que su repertorio de imágenes internas no se vea obligado a competir con la realidad exterior, para no golpearse contra las paredes. Por eso suelen hacerse acompañar de alguien.
El escritor es un tipo al que le duele demasiado la pierna que no tiene, así que se refugia en una especie de síndrome de Antón donde construye realidades en las que camina sin muletas. Afortunadamente, la bóveda craneal, como la celeste, es un escenario en el que caben infinidad de galaxias y constelaciones. Si cierras los ojos y te propones, por ejemplo, ver a alguien agachado sobre un cadáver, en una sala de estar, tal imagen se forma de inmediato en tu cabeza, y a tamaño natural, que es lo más sorprendente. Y si quieres imaginar una calle húmeda, con farolas de gas, por la que camina un hombre que quizá eres tú, solo has de conseguir un chuzo imaginario con una vela encendida en uno de sus extremos. Al aplicar la llama al quemador, las farolas se encienden y dibujan sobre la acera las sombras que sin duda han oscurecido tu existencia. Escribir es una práctica de ciegos, una técnica cuyo último fin consistiría en que la calle de fuera se convirtiera en una prolongación de la de dentro, o al revés, de manera que no chocaras con los muros de un sitio ni del otro aunque mantuvieras los ojos abiertos. O cerrados.
Cuando escribí El desorden de tu nombre, la primera de las novelas de este volumen, aún no tenía noticias teóricas del síndrome de Antón, pero ya lo padecía o me empeñaba en padecerlo. De hecho, no hacía en aquella época otra cosa que negociar acuerdos que me permitieran ir a la realidad y venir de ella sin sufrir grandes daños. Hasta entonces, mis personajes se habían caracterizado por el hecho de que a medida que se degradaban por dentro se deshacían por fuera, como si la relación entre uno y otro ámbito hubiera de ser necesariamente especular. La sospecha de que no siempre era así me hizo concebir a un tal Julio, un tipo cuyo éxito exterior se alimentaba de su fracaso interno, y que lo que más deseaba en la vida era escribir, aunque siempre encontraba la coartada para comenzar al día siguiente. Yo, en aquella época, siempre dejaba la novela que tenía entre manos para mañana, así que el relato solo progresaba en mi conciencia, aunque llegó a ocupar tanto espacio en ese territorio utópico que hubo un momento en que no me movía por otro sitio que no fuera la novela. Como el enfermo del síndrome de Antón, me ponían frente al televisor y en lugar de ver el programa que pasaban veía El desorden de tu nombre. Y cuando iba al otorrino (en aquella época visitaba a un especialista de garganta todas las semanas, aunque ni él ni yo llegamos a averiguar por qué), en lugar de ver la consulta de un laringólogo, veía el gabinete de un psicoanalista. Y las calles por las que me desplazaba de uno a otro lado eran en realidad las de la novela no escrita, por las que Julio Orgaz deambulaba en busca de Laura. Y todas las casas en las que entraba eran el apartamento en el que este personaje mataba el tiempo los fines de semana, tumbado en el sofá, imaginando una novela que, sin que él lo supiera, le estaba sucediendo. Podemos decir, en fin, que mi vida se desarrollaba bajo la bóveda de la novela, aunque conseguí arreglármelas de algún modo para no tropezar demasiado con los muebles existentes bajo el techo de la realidad ni golpearme contra las esquinas de las calles. Según los médicos, el enfermo que padece (¿padece?) la ceguera de Antón desarrolla una notable destreza para que la realidad no le estropee sus visiones internas.
Creo que las cosas llegaron finalmente a un punto en el que ese universo cerrado comenzó a asfixiarme y decidí trasladarlo a la cuartilla para librarme de él. Por alguna razón, era incapaz de hacerlo con la disciplina habitual, trabajando dos o tres horas diarias durante el tiempo que fuera preciso, así que decidí recurrir a la técnica del encierro, que tan buenos resultados me había dado en otras situaciones límite. Alguien me prestó un apartamento en Méjico, una estrecha calle que va de Cartagena a Francisco Silvela, en el barrio de la Guindalera de Madrid. El lugar no era inocente, pues se trataba, en parte, del barrio de mi infancia. A esa calle nos escapábamos desde el colegio, situado en la actual Clara del Rey, a comprar recortes de hostias a una pipera que vendía sobrantes de pan ázimo utilizado en la fabricación de las obleas. A mí no me gustaba ese pan porque la palabra ázimo me sonaba a jugo visceral, a secreción hepática, de manera que lo tomaba por un instinto transgresor. Sin duda, había algo blasfemo en el modo en que nos llevábamos aquellos recortes a la boca y los masticábamos sin piedad, como si en ellos habitara realmente un cuerpo. En esa calle, esquina con Francisco Silvela, vi también el primer fotomatón de mi vida. Ahora un fotomatón parece una cosa ingenua y práctica, pero entonces acababan de aparecer y si venías de un barrio como el mío te dabas cuenta de que se trataba de un aparato de suicidas. Te metías allí, cerrabas la cortina, mirabas con desesperación al objetivo y enseguida comenzaban a fusilarte entre fogonazos de luz procedentes del arma de un verdugo oculto. Luego, una vez muerto, esperabas unos minutos en la acera y al cabo el fotomatón te escupía por una rendija, todavía húmedo, de manera que al contemplarte y ver en aquella mirada el horizonte de tu vida comprendías que había que continuar fusilándote. Mientras otros cogían dinero de la chaqueta de sus padres para jugar al billar, yo lo hacía para acudir al fotomatón y cumplir en él unos minutos de ritual autodestructivo.
Pues bien, me prestaron en la calle Méjico un apartamento de muebles oscuros, temporalmente deshabitado, al que acudía a las nueve de la mañana, y del que no salía hasta las siete o las ocho de la tarde. Me instalé en una mesa camilla del salón y empecé a escribir enseguida. El único cenicero que encontré era demasiado pequeño, así que cada media hora me levantaba a vaciarlo. Al tirar de la cadena del retrete me daba la impresión de que se producía un silencio expectante en todo el edificio, ya que los vecinos ignoraban mi presencia. La persona que me entregó las llaves me había rogado que actuara con cierta clandestinidad, pues el apartamento era en realidad de unas terceras personas que no vivían en Madrid. Los armarios tenían ropa de señora mayor y la televisión estaba tapada con un sudario. Me sentía como un intruso, sobre todo cuando hacia el mediodía sacaba el bocadillo de la cartera e iba a comerlo junto a la ventana de la cocina, que daba a un patio por el que ascendían olores y fragmentos de conversaciones. También solía llevarme, para los ataques de pereza, alguna novela policiaca. Leí una excelente, La mirada del observador, de un tal Marc Behm: un detective se enamora de la asesina a la que investiga y decide ayudarla sin que ella lo sepa, convirtiéndose en cómplice secreto de sus crímenes. El punto de vista del relato es el de un ojo que a mí me recordaba el objetivo del fotomatón, porque todo discurre en espacios cerrados, entre cortinas detrás de las cuales siempre acecha una pupila.
El desorden de tu nombre comenzó a progresar. Escribí un tercio de la novela en ocho o nueve días y vi que funcionaba la idea de que el personaje se desestructurara por dentro a medida que se le arreglaban las cosas por fuera. La terminé en el otoño del año 86 y apareció en febrero del 87. Tuvo éxito, pero no estoy seguro de que yo estuviera allí para disfrutarlo. Recuerdo que venía gente a casa y me preguntaban cosas a las que contestaba con habilidad (llegué a producir tres o cuatro discursos alternativos, y quizá excluyentes, sobre la novela). Luego me pedían que me colocara aquí o allí para sacarme la foto. Yo me dejaba hacer, como en el interior del fotomatón, sabiendo que cada disparo era una herida. Me di cuenta entonces de que también los que estaban al otro lado de la realidad padecían el síndrome de Antón, pues no eran capaces de advertir que me había quedado ciego, aunque en mi bóveda craneal continuaban produciéndose fogonazos bajo cuya luz se veían muebles unidos entre sí por una sintaxis familiar.
Entretanto, falleció mi madre. No creo que se tratara de un suceso externo, por eso lo relaciono aquí, junto al catálogo de cuestiones imaginarias. Cuando me propusieron bajo contrato escribir este prólogo, decidí que no hablaría de las cosas que me habían ocurrido, sino de las que se me habían ocurrido. La muerte de mi madre fue en muchos aspectos una ocurrencia en el sentido de que se trató de un suceso ingenioso, no diré por qué, aunque algo se entenderá si se comprueba que coincide con el momento en que publico una novela de mayor éxito que las anteriores. Tiempo después, al hacer memoria, comprobaría que siempre que yo tenía éxito se moría alguien, bien de forma real o imaginaria. Pero lo que me interesaba señalar es que mucha gente que ha perdido a los padres asegura que al cabo del tiempo se aparecen en sueños y te perdonan, o les perdonas, aunque no tengáis recíprocamente de qué. Lo he leído en algunas autobiografías. Feyerabend cuenta, por ejemplo, que en una de estas visiones nocturnas se dirigió a su padre, y le dijo: «Papá, eres una buena persona; te estoy agradecido por todos tus desvelos, tu paciencia, tu amor, tus esfuerzos extraordinarios, y lamento haber sido un bastardo tan egoísta, te quiero». Por lo visto, el muerto no se movió ni habló, pero pareció escuchar y aceptar estas excusas, así que se marchó y no volvió en mucho tiempo. A mí no me ha pasado nada parecido. No soñé con mi madre, ni con mi padre, que falleció poco después: otra ocurrencia, en fin, otro suceso ingenioso; por eso dejo también constancia de ello.
Por aquellos días, sin embargo, soñé una novela entera, de arriba abajo. Me desperté excitado porque es muy raro que se te aparezca una novela de ese modo, desde el principio hasta el final, en la que todo está resuelto. Lo malo es que después del desayuno la olvidé y no he conseguido recuperarla a pesar de que desde entonces me acuesto temprano (sueño mucho en las primeras horas). Cada vez que intento evocarla me viene a la cabeza la imagen de un tubo a lo largo del cual aparecen grandes tuercas hexagonales que quizá constituyan otros tantos puntos de unión. Hace poco vi una estructura semejante en una ferretería. Pregunté qué era y me explicaron que se trataba de un fragmento de una conducción de riego automático. Ignoro qué relación podría haber entre la novela soñada y la hidráulica, pero así son las cosas.
Entretanto iba haciéndome fuerte dentro de mí mismo. Creo que en aquella época escribí muchos relatos cortos y tuve la fantasía de publicar un volumen de cuentos cuyo denominador común fuera que transcurrieran en el interior de un armario (el fotomatón, de nuevo), pero me faltó talento. Por otra parte, empecé a enfermar. Un día, cenando con unos amigos, me dio una lipotimia. La lipotimia es una pequeña muerte, pero sin orgasmo. Estás y de súbito no estás. Tiene muchas desventajas frente a una sola virtud: en el instante mismo de desaparecer te invade una intensa felicidad que suele coincidir con la formulación interna de una frase: ahí os quedáis. Lo malo es que te empieza a dar miedo salir de tu casa, o de tu cabeza. No te atreves a ir a comprar el periódico por si desapareces en el camino. Por lo general, perder el sentido en público da mucha vergüenza. El desmayo, que en otras épocas tuvo tan buen cartel, está completamente desprestigiado, sobre todo cuando la víctima es un hombre. Así pues, el miedo a desmayarme comenzó a limitar mis movimientos. En las conferencias y mesas redondas sudaba tinta hasta que tomaba la palabra: con las palabras construía redes en cuyos hilos me enredaba para no caer. Mientras me permitían hablar, no había peligro. Lo malo era cuando el presentador se demoraba en su discurso, sobre todo si había luces halógenas enfocándonos desde el techo. Sentía un malestar difuso, acompañado de un sudor disolutivo, que finalmente se instalaba en el pecho, y si no cruzaba y descruzaba las piernas o interrumpía al orador me daba un ataque de pánico. Nunca llegué a perder el sentido durante el transcurso de una conferencia, pero esta actividad acabó convirtiéndose en un ejercicio de terror, así que dejé de viajar, de moverme, aunque cuanto más quieto me estaba, más me alejaba de las cosas. A medida que se sucedían las ediciones de El desorden de tu nombre, yo me hundía en unas tierras movedizas de las que nadie me podía arrancar. Dicho de otro modo: cuanto mayor era el éxito exterior, más grande era la sensación de invalidez interna. Quizá no había escrito una novela, sino un historial médico que ahora se cumplía en mí. Ya hablaremos de los historiales médicos más adelante, si hay tiempo. Podría, en fin, continuar enumerando síntomas, pero no vale la pena, se dice en pocas palabras: era víctima de una depresión. He citado antes a Feyerabend, y ya que tengo todavía su libro (Matando el tiempo) en la mesilla, lo saquearé de nuevo para economizar energías descriptivas; así es como despacha el estado de ánimo consecuente a la publicación de Contra el método: «En plena conmoción fui atacado por una profunda depresión que se quedó conmigo durante más de un año. Era como un animal, una cosa bien definida, localizable especialmente. Me despertaba, abría los ojos, escuchaba: ¿está ahí?, ¿no está?, ni rastro de ella. Quizá está dormida. Quizá me dejará en paz hoy. Con cuidado, con mucho cuidado salgo de la cama. Todo está en calma. Voy a la cocina, comienzo a hacer el desayuno, ni un ruido […]. Lentamente el alimento me llena el estómago y me da fuerza. Ahora una rápida excursión al baño, el jersey y salgo a dar mi paseo matutino, y aquí está mi fiel depresión: ¿pensabas que podías salir sin mí?».
Así es, solo que a veces, como sucedía en mi caso, se hace acompañar de grandes manifestaciones somáticas, de manera que tras ponerme en manos de un endocrino que no halló nada que justificara esos síntomas, di finalmente con mis huesos en el diván de una psicoanalista: otro espacio imaginario para añadir a la consulta del otorrino, al territorio del fotomatón, al apartamento de la calle Méjico. El psicoanálisis fue, de nuevo, una ocurrencia, de las más ingeniosas si he de decir la verdad. Acudía los martes y los viernes a un piso de la calle Espronceda, llamaba al timbre y enseguida, amplificado por las oquedades craneales, oía progresar a lo largo del pasillo el taconeo de una mujer madura. Curiosamente, cuando los pasos estaban muy cerca de la puerta desaparecían, como si fueran engullidos por un túnel, o por una circunvalación cerebral, unos segundos antes de que su propietaria apareciera al otro lado. Comenté en una sesión esta rareza, que podría resultar inquietante para algún neurótico, así que la mujer madura hizo desaparecer del recibidor la alfombra que los amortiguaba (¿o no la hizo desaparecer?). En cualquier caso, ahí empezó mi análisis y con él La soledad era esto.
Me parece que escribía por las mañanas, antes de ir a trabajar. Estábamos en diciembre y me propuse terminarla en el verano para presentarla al Premio Nadal en el otoño: necesitaba un límite temporal, una presión exterior para sentarme a trabajar todos los días. Por fortuna, en las primeras sesiones desaparecieron o se atenuaron, como los pasos sobre la alfombra, los síntomas descritos más arriba y recuperé una rutina saludable. La novela empieza en tercera persona, narrada por una voz distante que va acercándose a Elena Rincón, la protagonista, a medida que la peripecia progresa. Termina en primera persona, una vez que Elena decide tomar las riendas de su vida; es decir, una vez que decide narrarse a sí misma. La novela transcurre, pues, paralela a mi análisis y ambos se saquean mutuamente. Por eso tiene también, sobre todo en la primera parte, algo de historial clínico. Precisamente mientras escribo este prólogo, aparece en la prensa una noticia curiosa: según Esteban García-Albea, un neurólogo de la Universidad de Alcalá de Henares que ha estudiado los arrobos místicos de Santa Teresa de Jesús, sus éxtasis no eran tales, sino meros ataques epilépticos. Según eso, su literatura, ay, sería un historial médico prolongado. Cuando la santa dice, por ejemplo, «hallose el espíritu dentro de sí, en una floresta y huerta muy deleitosa…, había música de pajaritos y ángeles», no está construyendo una imagen retórica, sino describiendo un ataque. Algunos de estos accesos le producían alucinaciones venéreas muy estimulantes. Así era, por ejemplo, su visión de un querubín: «Veíale en las manos un dardo de oro largo, y al fin del hierro parecía tener un poco de fuego. Este me parecía meter por el corazón algunas veces, y que me llegaba a las entrañas. Al sacarle me parecía las llevaba consigo, y me dejaba toda abrasada en amor grande de Dios. Era tan grande el dolor que me hacía dar aquellos quejidos; y tan excesiva la suavidad que me pone este grandísimo dolor, que no hay que desear que se quite». Los ataques epilépticos, pues, le producían una adicción perfectamente comprensible, de ahí que en algún sitio añada: «Quiere el alma estar siempre sufriendo este mal».
Según el citado profesor y patólogo de Alcalá de Henares, también Dostoievski fue víctima de esta enfermedad conocida precisamente como epilepsia extática o de Dostoievski. Si el precio de escribir Las siete moradas o Crimen y castigo es ser un poco epiléptico, se apunta a ello cualquiera, sobre todo después de conocer las visiones que atormentaban a Teresa de Jesús. El estudio neurológico de García-Albea podría llegar a revolucionar la percepción que tenemos de las artes, aunque esta asociación entre talento y daño no es de ahora: a Mozart ya se le diagnosticó hace tiempo un síndrome nervioso que obliga a efectuar series sucesivas de tics al que lo padece. Se ve que logró proyectarlos sobre el pentagrama y ahí está su obra universal para envidia de los músicos que hacen deporte. Arte y dolencia, en fin, tienden a asociarse y se dan la mano con frecuencia. He leído muchos historiales médicos y puedo asegurar que los mejores, incluso desde el punto de vista de la clínica, eran verdaderas novelas, mientras que las grandes novelas siempre tienen, más o menos oculta, una vocación de historial (el Quijote, por ejemplo, o La metamorfosis). Una vez que se ha comprendido esto, se entiende mejor el espacio desde el que actúa el narrador y resulta más fácil establecer los misteriosos vínculos entre este y su relato. La soledad era esto es un historial clínico en el que la enferma mata a su médico (su narrador), para robarle el historial y terminarlo a su gusto. De ahí el paso de la tercera a la primera persona hacia la mitad de la novela.
Quizá por eso, porque hay en este libro un asesinato que sucede fuera del lenguaje, aparece también un detective que ignora el objeto de su investigación. Elena lo contrata para hacerse perseguir a sí misma y recibir de este modo noticias sobre su propia vida. Los escritos del detective constituyen una variante rudimentaria del historial clínico que actúan de transición entre la biografía y la autobiografía, entre la primera y la tercera persona. No hay que olvidar que el narrador ha muerto a manos de Elena, quien se hace con el informe del médico para comenzar a escribir su vida en el punto donde este dejó de describir su patología. En mi opinión, de todos modos, lo importante es que el detective no descubre el crimen y que Elena apenas lo intuye oscuramente. Cree que ha contratado a ese sujeto para que le diga cómo es, pero sus informes, como las fotografías del fotomatón, son imperfectos, húmedos, descoloridos: no dan con la verdadera expresión del rostro. Se ha cometido, en fin, un crimen perfecto.
El análisis es una forma de pagar por hacerse seguir. Lo curioso es que aunque el que cobra es el analista, el detective eres tú. Y tu trabajo consiste en aprender a distinguir lo significativo de lo banal a la hora de informar sobre ti mismo (una de las cosas que más sorprenden de este aprendizaje es la tendencia de lo banal a disfrazarse de significativo). Mientras el detective de La soledad era esto perseguía a Elena por las calles de Madrid, yo me tumbaba en el diván y establecía estrategias para llegar allí donde permanecía oculto desde que me hubiera refugiado en el síndrome de Antón. Tanto el análisis como la novela sucedían en el interior de la bóveda, dentro de mí, aunque en habitaciones diferentes. Cuando di con el conducto que las comunicaba, se resolvió formalmente el relato y se cerró también el primer capítulo de la terapia (¿se trataba de una terapia?). Terminé la novela en el tiempo previsto, la presenté al Nadal y lo gané. El éxito, esta vez, no mató a nadie, excepto al narrador de Elena Rincón. Las cosas empezaban a cambiar. ¿En qué? En lo que aquí interesa, y una vez apuntado que se moría menos gente debajo de la bóveda, modificó mi relación con la escritura, tan ambivalente en la época de El desorden de tu nombre. La ambivalencia consistía en que no era capaz de imaginar la vida sin escribir y al mismo tiempo buscaba coartadas de todos los colores para no hacerlo.
La soledad era esto apareció en febrero y por esos días me propusieron escribir una novela por entregas con la idea de publicarla en un periódico a lo largo del mes de agosto: treinta y un capítulos de seis hojas. Eso significaba estar ocupado, de manera que acepté el encargo y me puse a trabajar en Volver a casa. Esta novela está escrita en la biblioteca del Ateneo, que es lo más parecido al interior de una calavera, sobre todo en la zona de fumadores. Empezaba a trabajar a las nueve de la mañana y terminaba a media tarde, con los dedos de la mano derecha doloridos por la presión ejercida sobre el bolígrafo durante tantas horas. Recuerdo muy bien aquellos días de recogimiento porque sucedían también dentro de mí, así que para llegar al Ateneo me deslizaba por calles imaginarias como María de Molina, desde donde tomaba Serrano para bordear luego el Retiro por Alfonso XII, hasta alcanzar el Ritz… Pero no me golpeaba con las esquinas porque el calco imaginario de la realidad y la realidad habían comenzado a coincidir, lo que sin duda es el sueño de los que padecen el síndrome de Antón. Solía aparcar el coche en el subterráneo de las Cortes y recuerdo que una mañana, al entrar en este aparcamiento, un policía me hizo abrir el maletero. Estaba vacío, pero imaginé, horrorizado, qué habría sucedido si ese día hubiera llevado escondido un cadáver. ¿Es banal o significativo este recuerdo? No lo sé, en todo caso enseña que no se deben llevar cadáveres en el maletero; por eso escondo los míos bajo la base de la bóveda, en el trastero de la calavera, donde no pueden descubrirse sin levantar la tapa de los sesos. Es muy raro que la policía te obligue a levantar esa tapa. Los martes y los viernes, al salir del Ateneo, me dirigía imaginariamente al análisis, en la calle Espronceda, lo que era como cambiar de bóveda, o de calavera. Entre el analista y tú se establece un vínculo muy semejante al del escritor y el lector, en el sentido de que se trata de una relación entre dos conciencias que se ponen en cuestión al margen de las convenciones sociales. A veces, ambas se confunden, como cuando dos pompas de jabón chocan sin reventar, y se traspasan: es a lo que me refería con el cambio de bóveda. La página tiene dos caras: en una se mira el lector y en la otra el escritor: cuando una de esas miradas traspasa la hoja, para encontrarse con la del otro lado, la conciencia de ambos se confunde y el lector entiende desde ese espacio por qué fue importante en mi novela, y en mi vida, que la policía me obligara a abrir el maletero del coche cuando me dirigía al Ateneo para trabajar en Volver a casa.
No recuerdo muy bien qué sucede dentro de esa novela, excepto que aparecen dos personajes llamados Juan y José, además de un escritor apellidado Millás. En cierto modo, podría ser una historia de siameses que acuden a la cirugía para ser separados. Es sabido que un porcentaje muy alto de estas intervenciones se lleva a cabo con éxito a condición de sacrificar a uno de los individuos que componen el conjunto. Lo paradójico es que el superviviente, al no poder asegurar que el que continúa vivo es él, se encuentra de nuevo condenado a ser los dos: si alguna vez has estado en el lugar de otro, nunca lograrás llegar a convertirte en uno.
La acción de Volver a casa, por lo que recuerdo, discurre en espacios cerrados: habitaciones de hoteles, dormitorios, museos…, estancias todas que caben sin problemas en el interior de una bóveda, tras las ventanas de una calavera. Por eso también, quizá esta novela represente, más que ninguna otra, esa tensión entre el dentro y el fuera que pretendíamos simbolizar al referirnos al síndrome de Antón, una enfermedad que permite construir dentro de uno afueras que en ocasiones llegan a coincidir como un calco con el interior de la realidad. A lo mejor no hacemos otra cosa a lo largo de la vida, de manera que la tentación de encerrarse revelaría, paradójicamente, la necesidad de construir mundos externos por los que uno fuera capaz de moverse con la familiaridad con la que se desliza por los fantásticos universos del interior. Einstein, que inventó un afuera fabuloso, contradictorio, en el que el tiempo se distorsiona de manera que obliga a modificar los hábitos de percepción de la realidad, dijo en algún momento de sí mismo: «Nunca he pertenecido a ningún país o Estado, a mi círculo de amistades, ni siquiera a mi propia familia. Una vaga indiferencia ha acompañado siempre esos vínculos, y el deseo de encerrarme en mí mismo crece con los años. Un aislamiento semejante a veces es duro, pero no lamento vivir al margen de la comprensión y simpatía de otros hombres. Estoy seguro de perder algo con ello, pero me compensa mi independencia de las costumbres, opiniones y prejuicios de los demás, y no siento la tentación de abandonar mi paz espiritual por unos fundamentos tan quebradizos».
¿Qué hacía este genio dentro de sí mismo? Curiosamente, armar el puzle de la realidad exterior. Quizá dentro y fuera no sean espacios tan diferentes; tal vez la frontera entre una cosa y otra, pese a lo que dice la percepción común, sea más frágil que las paredes de una pompa de jabón, más delgada que los tabiques de la conciencia. Pensemos en Stephen Hawking, quien desde el interior de un cuerpo hermético ha logrado reconstruir la historia del universo, como si para conocer los secretos del cosmos fuera necesario aprender a navegar por la conciencia. El síndrome de Antón te convierte en un experto en náutica. Lo curioso es que una vez curado, cuando abres los ojos y miras hacia fuera, ves allí lo mismo que contemplabas dentro. Por eso Borges, un ciego notable, mantenía que la realidad pertenece al género fantástico. Es lo que intentábamos decir al principio de estas páginas, cuando mencionamos por primera vez esa curiosa forma de ceguera.
JUAN JOSÉ MILLÁS
Muros de Nalón, Asturias. Semana Santa de 1996
A Isabel Menéndez
Eran las cinco de la tarde de un martes de finales de abril. Julio Orgaz había salido de la consulta de su psicoanalista diez minutos antes; había atravesado Príncipe de Vergara y ahora entraba en el parque de Berlín intentando negar con los movimientos del cuerpo la ansiedad que delataba su mirada.
El viernes anterior no había conseguido ver a Laura en el parque, y ello le había producido una aguda sensación de desamparo que se prolongó a lo largo del húmedo y reflexivo fin de semana que inmediatamente después se le había venido encima. La magnitud del desamparo le había llevado a imaginar el infierno en que podría convertirse su vida si esta ausencia llegara a prolongarse. Advirtió entonces que durante la última época su existencia había girado en torno a un eje que atravesaba la semana y cuyos puntos de apoyo eran los martes y viernes.
El domingo había sonreído ante el café con leche cuando el término amor atravesó su desorganizado pensamiento, estallando en un punto cercano a la congoja.
Cómo había crecido ese sentimiento y a expensas de qué zonas de su personalidad eran cuestiones que Julio había procurado no abordar, pese a su antiguo hábito —reforzado en los últimos tiempos por el psicoanálisis— de analizar todos aquellos movimientos que parecían actuar al margen de su voluntad. Recordó, sin embargo, la primera vez que había visto a Laura, hacía ahora unos tres meses. Fue un martes, blanqueado por el sol de media tarde, del pasado mes de febrero. Como todos los martes y viernes desde hacía un par de meses, se había despedido del doctor Rodó a las cinco menos diez. Cuando ya se dirigía a su despacho, le invadió una sensación de plenitud corporal, de fuerza, que le había hecho valorar de súbito la tonalidad de la tarde. Olía un poco a primavera. Entonces decidió desechar la ruta habitual y atravesar el parque de Berlín, dando un pequeño rodeo, para gozar de aquella íntima sensación de bienestar que la situación atmosférica parecía compartir con él.
El parque estaba discretamente poblado por amas de casa que habían llevado a sus hijos a tomar el sol. Julio se fijó en Laura enseguida. Estaba sentada en un banco, entre dos señoras, con las que parecía conversar. Su rostro, y el resto de su anatomía en general, eran vulgares, pero debieron remitirle a algo antiguo, y desde luego oscuro, en lo que sintió que debía haber estado implicado. Tendría unos treinta y cinco años y llevaba una melena veteada que se rizaba en las puntas, intentando quebrar una disposición de los cabellos que evocaba en Julio alguna forma de sumisión; las ondulaciones, más que quebrar esa disposición, la acentuaban. Sus ojos, con ser normales, tenían cierta capacidad de penetración, y cuando se combinaban con los labios, en una especie de sincronía cómplice y algo malévola, lograban seducir imperceptiblemente. El resto de su cuerpo era una línea ligeramente ensanchada en las caderas, que —sin llegar a resultar desgarbada— carecía de la apariencia de efebo que tal clase de cuerpo suele evocar, especialmente si pertenece a una mujer madura.
Julio se sentó en un banco cercano, desplegó el periódico y se dedicó a observarla. A medida que pasaba el tiempo aumentaba su desazón, porque penetraba en él con más fuerza el sentimiento de que algo de lo que poseía esa mujer era suyo también, o lo había sido en una época remota; lo cierto es que su modo de mirar y de sonreír, pero también de mover el cuerpo o de relacionarse con sus partes, alteró la situación sentimental de quien desde ese día, cada martes y viernes a las cinco de la tarde, entraría en el parque con el único objeto de contemplar a aquella mujer.
Por fin, una tarde en la que ella estaba sola, Julio se sentó a su lado simulando iniciar la lectura del periódico. Al poco sacó un paquete de tabaco y extrajo de él un cigarro; luego, cuando la cajetilla viajaba ya en dirección al bolsillo, y con un gesto cargado de indecisión, le ofreció a ella, que no dudó en aceptar y que contribuyó además a la ceremonia aportando el fuego. Julio respiró hondo e inició una conversación casual, repleta de lugares comunes, a la que la mujer se plegó sin dificultad. Curiosamente, daba la impresión de que ambos se empeñaban en resultar especialmente banales, como si lo primordial fuera hablar, con independencia de lo que se dijera.
Julio sintió enseguida que sus nervios se aflojaban, pues la conversación le proporcionaba una suerte de paz, a la que instintivamente habían tendido sus intereses desde que viera por primera vez a la mujer. Tenía la impresión de que sus palabras y las de ella se anudaban, segregando una especie de sustancia viva que, dispuesta en hilos y organizada como una red, unía aquella parte que era común a los dos.
Más tarde, en la soledad agobiante de moqueta y papel pintado de su apartamento, había pensado en todo ello sin creérselo demasiado, aunque notablemente complacido, pues se trataba a fin de cuentas de una sensación estimulante que daba gusto sentir, si no se llegaba a depender de ella. Fantaseó unos minutos con esta última posibilidad, pero se la sacudió enseguida con una sonrisa entre irónica y desencantada.
Los siguientes encuentros no habían sido sino reproducciones más o menos exactas de este primero, con la excepción de aquellos martes o viernes en los que había tenido que compartir a Laura con las dos o tres amigas con las que solía conversar. Aunque sería exagerado decir que ello le molestara. Por el contrario, habían llegado a formar un grupo bastante coherente, en el que Julio se sentía tratado con gran consideración.
Por otra parte, la relación entre él y Laura progresaba de manera secreta, sin necesidad de encontrarse a solas, pues se trataba de una unión clandestina y ajena en cierta medida a sus voluntades.
Julio notaba ese progreso, pero no se sentía amenazado por él. Pensaba que la relación con Laura era una experiencia interna, una aventura intelectual con un soporte externo —el parque, ella, él mismo— del que se podría prescindir en un momento dado sin dañar la idea generada por él. Se sentía seguro allí cada martes y viernes comentando con Laura y sus amigas diferentes sucesos domésticos, cuya gravedad se calibraba con una unidad de medida inventada por él y denominada caseromagnitud. Así, el derramamiento de un café con leche en el sofá del salón equivalía a dos caseromagnitudes, mientras que los catarros de los niños, si llegaban a producir fiebre, eran diez caseromagnitudes. Las riñas con el marido medían entre quince y treinta caseromagnitudes, según su intensidad. De vez en cuando se daba un premio simbólico a aquella ama de casa que hubiera acumulado mayor número de caseromagnitudes que las otras en el transcurso de la semana.
Esta capacidad para reírse de sí mismas, junto a la crueldad verbal con que solían referirse a sus maridos, fascinaba a Julio, cuya solidaridad con ellas era —además de un sentimiento— una táctica que le permitía permanecer junto a Laura con el apoyo más o menos explícito de sus amigas de parque.
Mientras tanto, los niños jugaban algo alejados del grupo adulto, al que no solían acercarse más que para plantear alguna cuestión relacionada con la propiedad de un objeto o con una agresión, que las madres resolvían con sorprendente rapidez e injusticia. Laura tenía una hija de cuatro años, Inés, que a veces se acercaba a Julio y clavaba en él una mirada inquietante, con la que se convertía en involuntaria partícipe del movimiento clandestino, y no expresado, que unía a este con su madre.
La relación secreta, pues, había ido creciendo, sin que Julio llegara a advertir sus verdaderas dimensiones, hasta el último fin de semana, cuyo tránsito al lunes no había estado protegido por el habitual encuentro de los viernes.
De ahí que este martes de finales de abril penetrara en el parque lleno de expectativas y temores, después de tres días de inquietud, incertidumbre y desasosiego que habían añadido a la búsqueda un ingrediente pasional, perfectamente combinado con unas condiciones atmosféricas muy aptas para la recuperación de sabores antiguos, tales como el amor o la desdicha.
Vio a Laura en la zona habitual, junto al único sauce del pequeño y despoblado parque. Respiró hondo y ensayó varios gestos de indiferencia en lo que se acercaba. Inés le miró desde lejos, pero volvió la cabeza antes de que Julio pudiera realizar un gesto de ficción, de afecto.
—Hola, Laura —dijo sentándose a su lado.
—Hola. ¿Traes el periódico?
—Sí.
—Quiero ver una cosa.
Julio le pasó el periódico y ella, dejando a un lado la labor, empezó a mirar entre sus páginas como si buscara algo muy concreto. Julio, entretanto, se tranquilizó; la sensación de amor o de necesidad se rebajaba notablemente frente a la presencia de la mujer.
Estaban aislados y la tarde era hasta tal punto hermosa que no era difícil llegar a pensar que la soledad de los meses anteriores había sido un accidente, una casualidad prolongada, que, como las demás cosas de la vida, estaba a punto de alcanzar su fin.
—¿Qué pasó el viernes? —preguntó.
—La niña no estaba bien; un catarro primaveral seguramente.
—Yo también estoy un poco acatarrado estos días. ¿Tuvo fiebre?
—Sí, unas décimas.
—Eso son diez caseromagnitudes. ¿Y tus amigas?
—Han ido al cine con los niños.
—¿Y tú?
—Yo no.
Sonrieron brevemente.
—¿Qué buscas en el periódico? —preguntó Julio después del intervalo.
—Nada, una cosa de televisión.
—Inés está muy bien, muy guapa —añadió Julio observando a la niña, que permanecía alejada de ellos.
—Sí —sonrió Laura agradecida. Julio continuó mirando a Inés unos instantes, aparentemente interesado en sus juegos; entretanto, pensaba que al mínimo suceso verbal acaecido entre Laura y él difícilmente podría aplicársele el calificativo de conversación. El intercambio, si se daba, no se producía a la altura de la boca, ni siquiera a la de los ojos, aunque estos contribuyeran a él de forma decisiva; el intercambio, la conversación, era un acontecimiento difuso, ilocalizable y desde luego ajeno a la voluntad de sus interlocutores. Pero sus resultados eran para Julio palpables y consistían sobre todo en el crecimiento desorganizado de un deseo que se focalizaba en Laura, de un movimiento pasional desconocido u olvidado en las regiones de su pecho.
Por eso aquella tarde, cuando ella anunció que tenía que irse, Julio sufrió un ataque de angustia contra el que no le valieron de nada las técnicas habituales de defensa.
—No te vayas aún —dijo—, estoy muy angustiado.
Laura recibió la información con una sonrisa cómplice que aligeró la carga dramática dada por Julio a la situación.
—Se te pasará enseguida —respondió involucrando a los ojos en el gesto iniciado por la boca.
Después se levantó y llamó a su hija. Julio permaneció sentado, transmitiendo la impresión de estar abatido. Laura se volvió a él antes de irse.
—¿Vendrás el viernes? —preguntó.
—Creo que sí —respondió él.
Al día siguiente Julio amaneció enfermo. El radiodespertador lo liberó de un sueño pegajoso y sofocante con una canción de amor un poco minusválida o deforme, cuyo estribillo había alcanzado un desarrollo excesivo en detrimento de las estrofas, que, irregulares y delgadas, se arrastraban a lo largo de una composición llena de grumos.
Se incorporó con pesar sentándose en el borde de la cama y se entregó a la tos sin pasión y sin resentimiento. Ese día, por otra parte, las convulsiones habituales estaban adornadas con pequeños dolores uniformemente distribuidos por la superficie del pecho. Las articulaciones de su cuerpo enviaban también leves mensajes de aflicción que invitaban al encogimiento. No obstante, Julio se incorporó y caminó despacio hasta el cuarto de baño, donde el espejo le devolvió un rostro envejecido. Al borde del lavabo sufrió otro golpe de tos que le colocó en una situación algo humillante frente a su reflejo.
Tras el estímulo de la ducha, se sintió un poco mejor, por lo que decidió sacar adelante la jornada con la ayuda de algún antigripal. Sin embargo, mientras se afeitaba con una lentitud que no correspondía a un día laborable, detectó en la garganta y en el pecho dos focos de dolor desde los que la enfermedad se expandía por el resto del cuerpo, haciendo estragos en todo su sistema muscular. La breve sensación de bienestar alcanzada en la ducha acabó de esfumarse con el afeitado de la barbilla.
Se dirigió al salón, en uno de cuyos extremos había una pequeñísima cocina empotrada, con idea de prepararse el desayuno. Entretanto, tragaba saliva una y otra vez para calcular el estado de su garganta.
Estaba mal.
Cuando al fin se sentó con la taza de café entre las manos, sufrió un ataque de sudor a cuya acción vino a sumarse de inmediato una repentina caída del tono vital, un desvalimiento que lo aplastó contra la silla.
Dejó pasar el ataque y encendió un cigarro, cuyo humo arrasó una garganta al rojo vivo. Entonces el canario —desde la jaula que pendía de un clavo, en la pared— consiguió arrancarlo con su canto del interior de un tubo imaginario, compuesto de anillos cartilaginosos, por el que había comenzado a deslizarse hacia sí mismo. «Creo que tengo fiebre», dijo en voz alta, dirigiéndose al pájaro, que observó a Julio de perfil con una mirada desprovista de opinión o juicio estimativo. Tal neutralidad, a la luz de la fiebre, le pareció a Julio algo siniestra, por lo que intentó romperla con otra frase igualmente sencilla: «Tal vez no debería ir al trabajo», a la que el pájaro respondió a través del mismo ojo y con idéntica falta de adhesión o rechazo. «Pareces un pájaro pintado», añadió esta vez en voz baja, dominado por un temor supersticioso que otorgaba al canario algún poder sobrenatural.
Tras el segundo café, tomó la decisión de quedarse en la cama, y ello le produjo un escalofrío de placer que fue a concentrarse en aquellos lugares en los que la fiebre parecía actuar con mayor eficacia. Observó su mesa de trabajo, donde un escritor imaginario (él mismo) rellenaba de cuentos geniales un mazo de cuartillas, y pensó que quizá la fiebre fuera un buen soporte para el desarrollo de tal actividad.
La búsqueda de un tubo de antigripales por diversos rincones de la casa lo tuvo entretenido aún un buen rato, pero no se sentía ya agobiado ni inquieto, pues una vez tomada la decisión de darse de baja podía permitirse el lujo de permanecer enfermo un par de días e incluso de empeorar si el proceso gripal así lo requiriera.
Entregado, pues, a la fiebre como un adolescente a su primera aventura, telefoneó al despacho y habló con su secretaria.
—Rosa, ¿recuerdas que ayer no me encontraba muy bien?
—No.
—Es que no te fijas en mí.
—Es que no sé quién es usted.
—Soy Julio Orgaz.
—Tienes la voz muy tomada.
—Estoy al borde de la muerte.
—¿Qué te pasa?
—Me duele el pecho y la garganta. Tengo fiebre.
—¿Cuánta?
—No sé; hace dos años estuve enfermo otra vez y se me rompió el termómetro en la ingle.
—¿Tienes aspirinas?
—Couldina, es lo mismo.
—Bueno, anda, llama al médico ahora mismo y métete en la cama a sudar. Y pon otra voz, que los hombres cogéis un catarro y parece que os vais a morir.
—Si hay algo importante me llamas.
—Sí, no te preocupes. Creo que podremos sobrevivir sin ti.
—Gracias, Rosa.
—De nada, de nada. Cuídate.
Después revisó la librería y cogió una novela que dos años antes le había regalado una mujer —muerta poco después en un accidente de coche— y que no se había decidido a leer hasta entonces por una especie de sugestión supersticiosa. La fiebre daba a todos sus actos un carácter de irrealidad especialmente apto para enfrentarse a esa lectura. Afuera el día estaba cálido, húmedo y oscuro; pronto empezaría a llover y daba miedo verlo. Se metió con el libro en la cama, sintiéndose feliz. Muy feliz.
Antes de comenzar la lectura tuvo un recuerdo —una ensoñación más bien— dedicado a Laura. A continuación, y como si con ello intentara reparar una injusticia o reponer un equilibrio, evocó también a Teresa, la mujer muerta que le había regalado la novela que se disponía a leer y con la que había mantenido, hasta poco antes de su muerte, una historia común dominada por la pasión, que terminó por las mismas fechas en que Julio cumplía cuarenta años. A esa edad también se había separado de su mujer y había comenzado a sufrir los trastornos que lo llevarían en unos meses más a la consulta del psicoanalista, donde su salario se deshacía en trozos bajo la esperanza de una recomposición interna que a veces parecía posible.
Comenzó a leer, pues, y al llegar al segundo capítulo observó que la novela estaba subrayada. La idea de que los subrayados fueran mensajes de la mujer fallecida, que le llegaban con dos años de retraso, le produjo un sentimiento de culpa que inmediatamente, de forma algo gratuita, se transformó en un estado de paz.
Poco a poco, a medida que pasaba las páginas a la búsqueda de las frases señaladas, advertía un movimiento de ocupación que el interior del apartamento registraba y manifestaba después con señales dudosas, aunque perceptibles. Enseguida todo el ambiente —incluidas las oquedades de su pecho— pareció habitado por una presencia calculadora que daba la impresión de actuar con algún fin determinado.
Continuó pasando, sin leer, las hojas del libro hasta alcanzar otro pasaje cuyas oraciones habían sido destacadas con una línea roja, de bolígrafo. El contenido era banal, por lo que Julio lo leyó tres veces en busca de una clave secreta que justificara el subrayado.
En ese instante la ocupación alcanzaba ya todos los territorios de su ser. Dejó el libro a un lado de la cama y cerró los ojos para hacer frente a esta acometida. Entonces el aire se espesó, algo interno cambió de lugar y, procedente del salón, llegó hasta sus oídos una especie de aleteo acompañado de algunos golpes secos.
Se incorporó aterrado e intentó gritar qué pasa ahí, pero su garganta estaba bloqueada y solo pudo articular la frase con el pensamiento. Un impulso, en parte voluntario y en parte instintivo, le hizo levantarse y correr hacia la puerta de la habitación. Se asomó al salón y vio la jaula del canario abierta y vacía. El pájaro, asustado, volaba torpemente de un lado a otro, golpeándose con las paredes y estrellándose contra el cristal de la ventana.
Julio recuperó el aliento y esperó a que el animal estuviera lo suficientemente aturdido para cogerlo con facilidad. Al fin lo vio caer en un rincón, donde quedó encajado entre la pared y el lateral de la librería. Se acercó con aprensión y lo atrapó al tercer intento. El corazón del canario latía al ritmo del terror que expresaban sus ojos. Lo introdujo con cuidado en la jaula, se aseguró de que la puerta quedaba bien cerrada y regresó desfallecido al dormitorio.
En ese instante la ocupación cesó. Las fuerzas que momentos antes parecían invadir el ambiente se retiraron de forma gradual y en el transcurso de unos segundos todo volvió a su ser.
Se metió de nuevo en la cama y guardó el libro en el cajón de la mesilla para no verlo. Cerró los ojos y evocó el rostro de Teresa. Cuando sintió que tenía sus principales rasgos dibujados, estos sufrieron una leve mutación, un imperceptible cambio en su disposición, y alumbraron el rostro de Laura. Durante un tiempo difícil de medir ambos rostros jugaron a superponerse como si fueran dos apariencias diferentes de la misma persona. Julio recibió atónito, mezclada con el sabor de la fiebre, esta revelación. Tenía cuarenta y dos años y no recordaba haber creído nunca, exceptuando quizá un breve paréntesis adolescente, que los hombres tuvieran más de una existencia; mucho menos que hubiera un orden distinto al conocido desde el que se juzgaran, para bien o para mal, las acciones a las que los seres humanos son empujados por la vida.
Todo ello hasta que, tiempo atrás, conociera a una mujer, llamada Teresa Zagro, de la que se había enamorado con una intensidad desconocida hasta entonces para él. Con ella había compartido algunas tardes de amor en bares clandestinos o en hoteles de cartón-piedra construidos para representar bajo su decorado la trama del afecto: todo era falso en ellos, desde la recepción a la cucaracha del baño.
Fue una época rara en la que la felicidad y la angustia se trenzaban entre sí como las partes de un todo que llamaban amor. La elocuencia no había sido nunca una de las virtudes de Julio, ni siquiera uno de sus defectos; sin embargo, recordaba haber hablado con notable eficacia durante aquellas tardes que habrían de cambiar su vida.
La presencia oscura de Teresa —porque era una mujer oscura desde los ojos hasta el pelo, sin olvidar la franja intermedia por la que discurren las ideas— estimulaba en él el deseo de establecer conexiones lógicas entre asuntos difíciles de unir sin la colaboración de esa sustancia que segregan los afectos.
Con Teresa Zagro, en fin, Julio daba muestras de un ingenio un poco sorprendente, considerando al menos que sus energías creadoras habían estado dirigidas hasta entonces a alimentar a ese escritor imaginario (él mismo), de cuyo futuro parecía depender su vida. Este ingenio, que en los momentos de mayor exaltación personal llegó a identificar con cierta clase de talento, era seguramente propiedad de Teresa, en quien circulaba por canales subterráneos que afluían en él a través de los mecanismos del amor, y se hacía visible aquellas tardes de plenitud —no todas— de las que guardaba la confusa impresión de haber tenido una experiencia aproximada, un cálculo, un atisbo de relación con lo absoluto.
Ella llegaba frágil, frívola, delgada, con diez minutos de retraso al lugar de la cita. Pero llegaba llena de admiración, de amor, y lo abrazaba con su mirada de tal modo que Julio perdía el interés por las cosas, trasladado como se sentía a un espacio físico sin par, que se llamaba Zagro, aunque también Teresa, desde el que lo cotidiano alcanzaba un grado de irrelevancia tal que a veces no entendía que el tiempo se acabara. La clandestinidad, y la escasez ocasional de recursos económicos, nunca llegaron a crear situaciones de incomodidad; no estaba su relación contaminada por el carácter menesteroso y ruin de la vida diaria.
Elegían para sus encuentros bares de jubilados o de jóvenes, y en ellos ocurrían milagros; el primero consistía en la infatigable elocuencia de Julio, que de vez en cuando se detenía unos instantes para saborear su ingenio, dar un trago y degustar el brillo de los ojos cautivos de Teresa. Pero de vez en cuando, sobre todo, Teresa alzaba su mano —escondida hasta entonces debajo de la mesa— y le ofrecía con los dedos el producto de una secreción enloquecedora, acaecida en las profundidades de su falda, que Julio lamía con actitud contemplativa, en una suerte de arrebato místico.
Su felicidad no era menor en los hoteles, donde las tardes parecían erigirse sobre la suma de diversos instantes sucesivos y eternos. Sobrecogidos por la dicha, penetraban en la pequeña habitación y ocupaban el lugar más alejado de la cama, en el que permanecían de pie, frente a frente, mirándose perplejos, como espantados por la magnitud del deseo que cada uno de los dos recibía del otro. Julio alcanzaba el cuello de Teresa con sus manos y retiraba un poco el borde del holgado jersey para observar sobre su hombro la tira de esa prenda sutil que protegía y valoraba sus asustados pechos. Entonces ingresaban los dos en un dominio sin otras referencias espaciales que sus propios volúmenes. Dotados de una sabiduría que ignoraban poseer, reproducían fuera del pensamiento antiguas fantasías de amor, juegos adolescentes de sumisión gozosa y de calculada crueldad, en los que cada miembro de Teresa se transformaba en un lugar de estímulo, confirmado por sus sollozos y sus súplicas. La explosión solía sorprenderlos en la alfombra y en actitudes imprevistas, que mostraban la capacidad de los cuerpos para llegar allí donde no alcanza la imaginación, desconcertante enseñanza cuyas consecuencias se resumían para Julio en una suerte de actitud nostálgica frente a la vida que solo algunas mujeres, ocasionalmente, habían sido capaces de traducir, aunque de forma aproximada.
Sin embargo, el cuadro resultaría incompleto si se negara la existencia del otro ingrediente, la angustia, que se trenzaba con la felicidad para dar lugar al producto al que ambos se referían con el nombre de amor. Porque lo cierto es que ni llegaron a ser dioses, ni lograron crear un espacio lo suficientemente hermético como para evitar la entrada en él de determinadas necesidades a las que nunca pudieron sustraerse del todo. Julio pensó después que lo curioso del amor es que suele erigirse sobre la misma carencia bajo cuyo vacío se desploma al cumplirse su tiempo.
La angustia, que en el principio de la relación solía presentarse en estado puro, añadía a sus felices encuentros ese punto de aflicción o desgarro que precisa toda historia de amor. Así, un día de lluvia, una tarde del mes de octubre en la que habían encontrado refugio en un viejo bar, frecuentado por ancianos de café con leche y vaso de agua, el peso de la atmósfera era tal que la conversación no fluía.
Las palabras de Julio formaban grumos o coágulos que su pensamiento no lograba homogeneizar para conseguir una idea. Entonces comenzó a sentir una opresión en un punto del pecho y supo enseguida que se trataba de un ataque de angustia del que intentó defenderse con los mecanismos que solía utilizar en tales casos. Fijó, pues, la mirada en un punto del bar y se quedó inmóvil, como un reptil al acecho de su presa. De este modo el ataque comenzó a remitir en intensidad, aunque se extendió en círculos concéntricos hasta alcanzar la periferia de su pecho.
Teresa, que había advertido lo que pasaba, guardó unos segundos de respetuoso silencio y después le propuso que salieran del bar. Llovía mucho, pero era una lluvia templada y con olor a primavera, a pesar de que el otoño se había manifestado ya con alguna dureza. Corrieron hacia el coche de Julio, aparcado en una calle céntrica de los alrededores, y se introdujeron en él mojados y felices. El ruido del agua sobre la carrocería aumentaba la sensación de refugio y soledad que sin duda buscaban. La angustia de Julio, rebajada ya hasta ese punto en que se llega a convertir en una sensación acogedora, los acercaba y unía como suele acercar y unir el fuego a los amantes.
A los pocos minutos, quizá por el efecto de su respiración o del calor de sus cuerpos, advirtieron que las ventanillas del coche se habían empañado por dentro. Estaban aislados y la intensidad de la lluvia, felizmente, iba en aumento. Comenzaron a besarse, a reconocerse, a través del tacto de la lengua y los labios. Teresa llevaba un jersey fino y algo desbocado en la zona del cuello, lo que permitió a Julio jugar a ver sus hombros, divididos por la delgada línea de su ropa interior. Sus manos actuaban con una sabiduría inconcebible a medida que las de Teresa iban perdiendo fuerza a lo largo de un lento proceso en el que él observaba con avaricia cómo ella se hundía en una situación de agitada pasividad con la que devolvía, multiplicado por mil, el placer que parecía recibir de Julio. Y entonces, en el momento mismo de una de las numerosas explosiones de Teresa, se miraron a los ojos y Julio vio en los de ella una señal de angustia, que mezcló con la suya para añadir a la situación el grado de sufrimiento que todo gozo absoluto suele reclamar.
Sucedió ese día algo un poco extraño, y es que cuando ya no podían más y Julio abatió el asiento para penetrarla, le oyó decir entre gemidos: «He visto un hombre raro».
Julio miró enseguida hacia las ventanillas, pero a través de los cristales empañados no se veía otra cosa que las gruesas, aunque difuminadas, gotas de agua que contribuían a hacerlos aún más invisibles. Por la acera de enfrente pasó en ese momento una sombra protegida por la forma difusa y grande de un paraguas. Supuso, pues, que Teresa se refería a otro momento del día, o que —enajenada como estaba— no se dirigía a él en esos instantes. Lo cierto es que la frase quedó grabada en la conciencia de Julio como la perfecta expresión de ese acoso indeterminado que padecen todos los adúlteros.
Así pues, la angustia no atenuaba su dicha; la reforzaba más bien o incluso la hacía posible hasta el punto de que Julio no podía imaginar aquella historia sino como el efecto de una carencia, cuya manifestación más elocuente consistía en ese grado controlable de desasosiego.
Pasado el tiempo, sin embargo, el sentimiento de culpa penetró en la angustia, se confundió con ella, se hermanaron, y comenzó una lenta erosión que ambos detectaron en silencio. Así, un día en el que Julio intentaba perder el juicio en los alrededores del cuello de Teresa, ella, súbitamente, dijo: «No me dejes señales, por favor». La observación, eficaz en cuanto que frenó el impulso, carecía de sentido, porque Julio había sido siempre muy cuidadoso con esos aspectos, que, lejos de actuar como limitaciones, añadían cierta excitación a sus maniobras. El amor era, desde su punto de vista, la representación de antiguas fantasías y, en consecuencia, la violencia que se ejercitaba en él tenía que ajustarse a las mismas leyes por las que han de regirse los actores. Por otra parte, pensaba que quien deja señales de sí mismo sobre la piel de una mujer casada, lo que persigue es lanzar una afrenta a su marido, o competir con él, actitud que Julio detestaba, pues en su opinión el amante debería saber que lleva siempre un cuerpo de ventaja, y que no es lícito añadir a ese privilegio la miseria de su publicidad.
En este punto, que marcaba un deterioro perceptible, aunque todavía fácil de negar, también Julio contribuyó con su actitud a provocar algunos desencuentros. Un día decidieron ir juntos al cine con el objeto no expresado de airear un poco su relación, que hasta entonces no había conocido otros decorados que los de los bares y los hoteles clandestinos. Eligieron un cine muy céntrico porque a Teresa le gustó el título de la película que ponían en él. Julio se encargó de sacar las entradas con dos días de antelación y le hizo llegar la suya a Teresa, pues habían pensado que por razones de seguridad no convenía que acudieran juntos. Quedaron en encontrarse dentro del cine y cuando las luces de la sala se hubieran apagado ya.
Julio llegó con diez minutos de retraso y el acomodador lo acompañó hasta su butaca. Teresa no estaba en su sitio todavía. Intentó concentrarse en la película, pero enseguida comenzó a pensar que habían quedado en un lugar excesivamente público. El cine estaba lleno y la única butaca libre de su fila era la de Teresa, situada a su izquierda. Comenzó entonces a investigar disimuladamente los rostros de su zona, pero no veía más que oscuros perfiles a los que su imaginación, dominada por el sentimiento de culpa, atribuía alternativamente los rasgos de tal o cual persona conocida. Entretanto, los minutos pasaban, Teresa no aparecía, y su ausencia comenzaba a crecer de un modo escandaloso. En aquellos momentos de oscuridad y silencio comenzó a sentir que la butaca vacía era la prueba más palpable de su infidelidad, por lo que conjuró el error de la cita realizando dos o tres actos supersticiosos con los dedos. Entonces advirtió un movimiento en la fila, a su izquierda, y vio una sombra que avanzaba con dificultades hacia él por entre la empalizada de las piernas. La sombra se sentó a su lado, pero ninguno de los dos se volvió hacia el otro en busca de un gesto de reconocimiento.
Pasados unos minutos, Julio se tranquilizó y, sin despegar la vista de la pantalla, comenzó a rozar con el codo a su vecina, que respondió a la provocación con una suerte de pasividad prometedora. Por un momento alumbró la fantasía de que no se trataba de Teresa, sino de una amiga suya o de otra mujer enviada a él como un regalo. La idea le excitó, haciéndole olvidar de inmediato todas las aprensiones anteriores, con lo que al poco se encontraba ya dando gusto a sus manos y a sus dedos, hábilmente camuflados bajo el peso de la gabardina. Mientras tanto, pensaba que todo adúltero está expuesto a padecer tal clase de reduplicación, pues cuando una relación ilícita comienza a institucionalizarse surge la enfermiza necesidad de ser desleal también respecto a esa relación. «La vida es eso —dijo despegando los labios sin emitir ningún sonido—, una loca carrera hacia un objeto que siempre queda más allá; en ocasiones, más allá de la muerte».
El caso es que ya había conseguido levantar el vuelo de su falda hasta la cintura, mientras ella colocaba la mano derecha en la zona más quebradiza de su cuerpo, cuando un acontecimiento indeterminado (el olor de un perfume, algo sucedido en la pantalla, o un movimiento de algún espectador cercano) lo devolvió bruscamente a la realidad, a la angustia, al sentimiento de persecución. Comenzó a retirar sus manos y a separar su cuerpo del de Teresa, quien —quizá decepcionada por este cambio brusco en el comportamiento de su compañero— se levantó y se fue sin decir nada para vergüenza y alivio de Julio.
Pasó algún tiempo sin que ninguno de los dos intentara localizar al otro. Finalmente, Julio le telefoneó un día a su trabajo y quedaron en verse por la tarde. El encuentro fue tenso y desigual. Julio le confesó enseguida que se había separado de su mujer, y eso le colocó en una situación de desventaja, pues el mensaje que parecía circular por debajo de tal información era de desamparo y soledad más que de libertad o independencia.
—¿Por qué os habéis separado? —preguntó ella.
—Bueno —dijo Julio—, fue una iniciativa suya. En realidad lo venía diciendo desde hacía algún tiempo, pero mientras tú y yo nos veíamos conseguí frenar el impulso. Sin embargo, a partir de nuestra ruptura, el matrimonio dejó de tener sentido para mí.
—El adulterio es la base de la familia —dijo Teresa con cierta crueldad.
Julio sintió que había perdido su elocuencia y que el contacto con Teresa ya no producía esa sustancia de la que en otro tiempo se había alimentado su ingenio. Por otra parte, advertía en el comportamiento de la mujer un reproche no manifiesto que al llegar a él se traducía en culpa y en nostalgia; culpa de haber permitido —y fomentado quizá— el deterioro que los condujo al fin, y nostalgia de aquellas tardes irrepetibles en torno a las cuales habían girado las semanas. Se despidieron con alguna dificultad, sin haber llegado a besarse. Julio pretendió imprimir cierto dramatismo a estos momentos finales. Dijo:
—Me gustaría conservar alguna cosa tuya.
Teresa sonrió con ironía y sacó del bolso un libro.
—Toma —respondió—, es una novela. Me faltaba por leer el último capítulo, pero creo que ya no me interesa.
Julio llegó a su apartamento, colocó la novela en la librería, encendió la televisión y se sentó a esperar que pasara la vida.
A los pocos meses recibió una llamada telefónica de una mujer que dijo ser amiga de Teresa. Lo citó en un bar céntrico y le dijo:
—Teresa ha muerto.
—¿Qué dices? —preguntó él desconcertado.
La mujer le explicó que Teresa se veía en los últimos tiempos con un hombre con quien solía emborracharse.
—La semana pasada —añadió—. Volvían de un hotel de las afueras y se les fue el coche en una curva. El marido de Teresa nos pidió a los amigos más íntimos que no avisáramos a nadie para el entierro. Yo conocía tu existencia porque ella me había hablado mucho de ti. Me pareció que debías saberlo.
—Gracias —dijo Julio—. ¿Y él?
—¿Quién?
—El que viajaba con ella.
—Está hospitalizado con todo el cuerpo roto, pero parece que saldrá adelante.
—¿Tienes su teléfono o dirección?
—Creo que sí. Espera.
La mujer hurgó en su bolso y sacó una agenda. Apuntó una dirección en un papel y se lo pasó a Julio que, una vez que lo tuvo en la mano, no supo para qué se lo había pedido. Se lo guardó de todos modos y añadió una última pregunta.
—¿Quién llevaba el coche?
—Él.
Salió del bar agotado, como si hubiera hecho un gran esfuerzo físico. Hacía frío y el suelo estaba sucio. Caminó hacia su coche, situado en un aparcamiento cercano, con la impresión de haber asistido al último acontecimiento importante de su vida afectiva. Enumeró de memoria, y por orden cronológico, las renuncias personales a las que había asistido en sus cuarenta años de existencia y se sintió muy débil y muy frágil, y le entraron unas ganas insoportables de llorar. Pero logró contenerse.
Un parado se le acercó en un semáforo y le pidió un cigarro. Julio mantuvo la mirada fija en el parabrisas mientras lo mandaba a la mierda. Entonces comenzó a oír, como si vinieran de lejos, los primeros compases de La Internacional. La música se fue acercando, pero Julio no conseguía ver de dónde procedía. El volumen llegó a alcanzar un punto excesivo, como si las voces y los instrumentos estuvieran escondidos en algún lugar del interior del coche. Volvió la cabeza a uno y otro lado y en ese instante cesó el sonido.
Durante las semanas siguientes estuvo a punto de enloquecer. Actuaba como si le hubieran descubierto una enfermedad mortal y sus días estuvieran contados. Tomó algunas disposiciones de cara al reparto de sus escasos bienes y escribió a su hijo una larga e insensata carta, que depositó en la notaría, para que se la hicieran llegar al cumplir los dieciocho años.
Solía despertarse por la noche con los ojos hundidos y la garganta seca y con el pecho oprimido por un nudo de angustia. Una sensación de enorme fragilidad se apoderó de todo su ser. Le parecía milagroso atravesar dos calles sin haber sido fulminado por la enfermedad o sobrevivir a las terribles tardes de los domingos sin que el dolor de su pecho se resolviera en una explosión definitiva.
Entretanto, los compases de La Internacional parecían haberse refugiado entre los pliegues de su cerebro, donde permanecían dormidos hasta que en el momento menos oportuno despertaban, haciendo caminar a Julio, que asistía al espectáculo con los ojos desorbitados, tras de antiguas banderas y olvidados impulsos.
Pronto comprendió que no se iba a morir o al menos que no iba a ser enterrado, porque los síntomas que anunciaban su fin no tenían las trazas de resolverse en un cadáver. Por el contrario, advirtió que estaba falleciendo para convertirse en otro, y que ese otro usurparía su cuerpo y su trabajo, habitaría su apartamento y adquiriría sus mismos gustos personales.
Conoció la verdad sobre este hecho de forma gradual y alcanzó a comprenderlo en ese punto central de la metamorfosis en el que —sin haber dejado de ser el anterior— ya se anunciaban algunos caracteres del otro. Cuando calculó que el proceso había llegado a su fin, fue al notario y anuló todas las disposiciones que había tomado al comienzo de la transformación. Luego cambió el lugar de algunos muebles en el apartamento e imprimió a su trabajo un ritmo diferente —más eficaz, pero también más frío—, que le valió un ascenso en pocos meses.
Posteriormente tuvo una crisis no esperada que afectó seriamente a su estómago y a su cabeza y que lo condujo, a través del consejo de un médico, a la consulta del psicoanalista. Gracias a esto también había conocido a Laura. De modo que las cosas parecían engarzarse con cierto sentido o, al menos, dirigidas a un fin que ponía en relación diferentes fragmentos de su vida.
Ahora, mientras las últimas señales de la ocupación de que había sido objeto se evaporaban, y el pájaro dejaba de moverse nerviosamente en la jaula, Julio se entretenía en superponer y confrontar los rostros y los cuerpos de Teresa y de Laura. Curiosamente, cuanto más diferentes parecían, mayor era el grado de esa rara unidad que momentos antes le había sido revelada. Estoy enamorado, pensó, y ahora sé que la primera vez que vi a Laura me produjo la impresión de que procedía del otro lado de las cosas.
Después cerró los ojos, se encogió un poco más sobre sí mismo y se durmió invadido por la fiebre y excitado por el recuerdo de la mujer del parque.
Cuando sonó el despertador, Laura se incorporó nerviosa, desconectó la alarma y observó unos instantes a su marido, que se había desplazado hacia el centro de la cama y dormía aún profundamente dentro de su pijama arrugado y azul.
Llegó hasta el baño sin haber efectuado aún ningún esfuerzo por recuperar el dominio de los párpados y se estuvo mirando en el espejo para ver cómo era su rostro al amanecer. Intentaba observarse desde la perspectiva de otro, desde la perspectiva de Julio exactamente, con el objeto de comprobar si los fundamentos de su posible atractivo prevalecían sobre las ocho horas de sueño al lado de Carlos. Afortunadamente, el espejo no reflejaba el mal sabor de boca ni la punzada nerviosa del estómago, ni la sensación de haber sudado, que atribuía a la incipiente gordura de su marido. Se cepilló los dientes y tras ordenarse disimuladamente la melena volvió a mirarse, valorando ahora también los hombros, el rectángulo del escote y el pequeño volumen de sus pechos bajo la tela del camisón flexible y blanco. El examen, en general, le pareció satisfactorio.
Después puso la cafetera y despertó a su marido, que preguntó:
—¿Ha sonado ya el despertador?
—Sí —respondió ella—; nunca lo oyes.
Miró la hora. Eran las siete y media. Hasta las nueve, más o menos, no se quedaría sola, y aún tenía que ocuparse de vestir a su hija y de bajarla al portal, donde la recogería el coche del colegio.
Carlos llegó a la cocina con los ojos un poco cerrados y se dirigió mecánicamente al lugar de la mesa donde su mujer solía colocarle el café.
—¡Qué sueño! —dijo sin obtener respuesta. Y añadió tras un intervalo razonable—: ¿Te pasa algo, Laura?
—Nada. ¿Por qué?
—No sé. Llevas una temporada un poco tensa. No hay manera de acercarse a ti.
—Estoy algo cansada —respondió ella intentando zanjar la cuestión.
—¿Crees que tienes motivos para estar cansada? —preguntó él en un tono razonable, aunque desprovisto de afecto.
—Por favor, Carlos, no soy uno de tus pacientes.
—¿Tú crees? —añadió él con evidente intención sarcástica.
Laura miró el reloj y dijo:
—Voy a despertar a Inés.
Mientras se ocupaba de la niña sonó el teléfono. Lo cogió Carlos y mantuvo una brevísima conversación. Luego se asomó al pasillo y chilló:
—La asistenta, que no puede venir hoy. Tiene a su hijo enfermo.
—Gracias —respondió Laura desde el cuarto de la niña.
Entretanto los minutos pasaban y de este modo llegaron las nueve menos cuarto. Carlos entró arreglado y vestido en la cocina y se despidió tras de hacerle unas carantoñas a su hija, que desayunaba en ese momento. A Laura le envió un gesto de conciliación que ella no llegó a recibir. Diez minutos más tarde, bajaron las dos al portal y al poco pasó el coche que se llevó a la niña.
Laura subió a su casa, se preparó un café, cogió los cigarrillos y fue a sentarse junto al ventanal del salón, su lugar preferido. La tensión que desde que se despertó había ido invadiendo de forma gradual sus centros de decisión comenzó a retirarse. Al tercer sorbo de café era casi feliz. Entonces encendió un cigarrillo y disfrutó del placer de estar sola, lo que era casi tanto como estar con Julio.
Al poco comenzó a conversar con él en el interior de una fantasía según la cual llamaban a la puerta y ella iba a abrir y aparecía Julio, que le preguntaba en voz baja si se encontraba sola y ella decía que sí y él que no podía resistir hasta el viernes, y que había averiguado de algún modo su dirección. Y ella le invitaba a pasar y le ofrecía un desayuno y juntos fumaban y tomaban café. Y luego ella le hablaba de la vida que había anidado en su interior desde que se encontraran en el parque. Con palabras precisas le explicaba cómo había alimentado esa existencia secreta mientras los meses perdían su posición vertical y caían sin ruido sobre las ambiciones, los fracasos, las inquietudes o los triunfos de la vida diaria. Y cómo se había ido acomodando de manera insensible a las dos existencias —una de ellas oculta— que tenía que arrastrar frente a los otros seres, al parecer dotados de una rara unidad que les permitía invertir su energía en la única dirección en que actuaban. Le contaba cómo había aumentado el amor y cómo la pasión había crecido también a sus expensas, hasta el punto de que el equilibrio entre ambas vidas —descompensadas ya sus fuerzas— comenzaba a quebrarse en beneficio de la que pesaba más, la oculta. Y ella, tan incrédula que era antes, dejó de preocuparse un día por el sarampión de su hija y olvidó el cumpleaños de su marido y abandonó su colección de sellos y a punto estaba de delegar en los demás la responsabilidad de su supervivencia aparente, porque no deseaba otra cosa que instalarse en la zona real y oculta de su ser, donde mantenía diálogos interminables con él, con quien vivía en calles subterráneas y doradas que se abrían en el interior de su dañado pensamiento.
—Es una vida dura —concluyó en voz alta—, dura como un castigo de los dioses, aunque excitante como un regalo del diablo.
Le gustó este final y con él dio por concluida la fantasía. Después miró el reloj y advirtió que apenas había durado veinte minutos. Se sintió abatida, sin fuerzas para comenzarla otra vez. Telefoneó a su madre y mantuvo con ella una conversación trivial, muy centrada en los catarros de Inés. Cuando colgó el teléfono, se arrepintió de haberla llamado; la irritaba depender de ella, pero la irritaba todavía más su incapacidad para cortar estos vínculos que formaban una tela de araña por cuyos bordes se movían las dos en un acecho permanente de sus respectivos comportamientos.
Ordenó algunas cosas al azar e hizo la cama de su hija. Al llegar a su dormitorio decidió acostarse un rato. Le gustaba su casa cuando estaba sola, pensó mirando al techo. Carlos había llegado a convertirse en un huésped incómodo, un extraño, que, sin embargo, dormía junto a ella y era también el padre de su hija.
A los pocos minutos se sintió invadida por un deseo indeterminado que recorrió su piel y aumentó la temperatura de su rostro. Entonces le hizo un hueco a Julio entre las sábanas y comenzó de nuevo a conversar con él. De vez en cuando se retiraba un poco la melena o acariciaba su hombro de tal forma que el tirante del camisón se desplazara casualmente hacia abajo aumentando las posibilidades del escote. Mientras conversaba con Julio, valoraba la estética de estos pequeños detalles, que suponían el ensayo general de una representación que quizá no llegara a darse. Al poco se quedó dormida y soñó que era emigrante en un lejano país. Hacía veinte años o más que había perdido todo contacto con su madre y no sabía si esta estaba viva o muerta ni en qué lugar. Un programa de televisión se interesaba por su caso y localizaba a la anciana madre, moribunda ya, en un pueblo remoto, situado en el norte de España. El programa de televisión financiaba el viaje de Laura a condición de grabar el momento en que madre e hija se abrazaran. Laura llegaba al pueblo, y era recibida por una comisión oficial que la acompañaba hasta el lecho de la moribunda, donde todo estaba preparado para el emocionante encuentro. Penetraba en la alcoba y se inclinaba sobre la anciana. Ambas se miraban a los ojos y simultáneamente comprendían que se había cometido un error; ni la anciana moribunda era la madre ni Laura la hija. Pero las dos establecían con la mirada el pacto destinado a no decepcionar a los numerosos espectadores —quizá a no decepcionarse a sí mismas— y se abrazaban llorando de emoción.
La despertó el teléfono. Era su madre, que detectó enseguida el aturdimiento de Laura.
—No me digas que estabas dormida —dijo con tono de amonestación.
—Es que la asistenta no viene hoy y estoy un poco cansada —se disculpó Laura.
—Pues, hija, no creo que tengas motivos para estar así. ¿Has hecho la casa?
—A medias.
—Bueno, tienes que arreglarte con Carlos. Ayer he hablado con tu padre y estamos los dos muy preocupados, porque se os nota que no estáis bien.
—Y a ti lo que te preocupa es que se note —dijo Laura agresiva.
—No se puede hablar contigo, hija —respondió la voz al otro lado—. Comprenderás que si nos preocupa es porque os queremos.
—No te metas en mi vida, mamá —dijo Laura y colgó bruscamente el auricular.
Se levantó. El sueño le había vuelto a producir mal sabor de boca. Puso el café a calentar y se cepilló los dientes. Después terminó de arreglar la casa y se vistió la bata para subir a limpiar la consulta de su marido, situada en el último piso del edificio.
Se trataba de un amplio estudio, dotado de grandes ventanales. En la puerta, una chapita dorada decía: Carlos Rodó, psicoanalista. Laura pasó la gamuza por la chapa hasta hacerla brillar. Después entró en el estudio y quitó el polvo de la mesa y de los libros. Curioseó el fichero y se tumbó en el diván imaginando que era una paciente. Imaginó también que Julio era el psicoanalista y que la escuchaba situado en un ángulo desde el que ella no podía verle.
De la fantasía pasó al rencor y permaneció en él quince o veinte minutos. El objeto del rencor era su marido y la causa el hecho de que poseyera aquella consulta, aquel refugio personal que invitaba al recogimiento. Se levantó y comenzó a pasar el trapo del polvo por la mesa y la librería. Los cristales estaban sucios, pero no tocaba limpiarlos hasta la semana siguiente. Al salir del rencor entró en la fantasía de que se quedaba viuda. La llamaban por teléfono del hospital en el que trabajaba Carlos y le decían que su marido estaba muy mal.
—¿Es grave? —preguntaba ella.
—Piense en lo peor —le contestaban con cautela.
Lo había matado un infarto. Ella, evidentemente, nada tenía que ver con el hecho; sin embargo, empezó a sentirse culpable y tuvo que escapar de la fantasía antes de utilizar su viudez como hubiera deseado.
Al fin, salió de la consulta y bajó las escaleras hasta su casa. Antes de abrir la puerta notó un fuerte olor a quemado. Entró corriendo en la cocina y apagó el gas. El cacharro en el que había colocado el café estaba negro y el esmalte del fondo se había cuarteado. Entonces se apoyó en la nevera y lloró con desconsuelo unos minutos. Luego pasó una bayeta por la cocina y volvió al salón. Abrió el buró, situado cerca del ventanal, y de un departamento secreto, escondido detrás de los cajones, sacó un diario. Se sentó y escribió:
Se me ha quemado el café. Es la segunda vez que me pasa algo parecido esta semana. Si no tengo cuidado con estas cosas acabará ocurriendo una desgracia. Ahora vengo de arriba. He estado reflexionando en el diván de Carlos, o de sus pacientes, y he llegado a la conclusión de que lo único que me quedaba (y que tampoco era exactamente mío, puesto que me refiero a la capacidad adquisitiva de mi padre) también me lo ha arrebatado Carlos. Porque el dinero para pagar el estudio donde se ha puesto la consulta salió del bolsillo de mi padre.
No quiero echarle la culpa a él de todo lo que me pasa. Pero lo cierto es que me siento saqueada, vampirizada. Desde que nos casamos toda nuestra vida se ha organizado en función de sus intereses, de su carrera. Yo he ido renunciando poco a poco a mis aspiraciones para facilitarle a él las cosas, y ahora que empieza a triunfar soy incapaz de ver qué parte de ese triunfo me correspondería a mí. Claro, que yo podría haber hecho como otras compañeras que se casaron y no por eso dejaron de trabajar. Pero Carlos, muy sutilmente, me fue reduciendo a esta condición de ama de casa quejumbrosa, justo la imagen de mujer que más odio.
Y ahora ya soy mayor para ponerme al día. Una mujer necesita ganarse un salario para no acabar siendo una asalariada de su propio marido. Claro, que las cosas no parecen así. Mi marido y yo somos una pareja en cierto modo envidiable. Él es un buen profesional y yo tengo estudios universitarios. Y tuve un trabajo que dejé, porque me gustaba la casa y la familia, etcétera. Todo es mentira. El parque está lleno de mentiras.
Por error he escrito el parque está lleno de mentiras, cuando quería decir el mundo está lleno de mentiras. Pero no sé si hablar del parque todavía y nombrar a J. En otras páginas ya he aludido a él de forma incoherente. Por cierto, que tengo que atreverme a preguntarle por qué los martes y los viernes y no cualquier otro día de la semana. De todos modos, esta tarde, aunque no es viernes, pensaré que puede aparecer con sus andares de pájaro y su mirada de hurón. Y ya no quiero hablar más de él, porque a lo mejor escribo alguna imprudencia.
Ayer por la noche, haciendo punto, comprobé que si mezclas abstracto y concreto sale abscreto y contracto, pero si mezclas vida y muerte sale vierte y muda; en cambio, si mezclas arriba y abajo sale abajo y arriba. Tengo problemas con cielo e infierno, que resulta cifierno e inelo, que no significan nada. Sin embargo, razón y corazón da razón y corazón. En fin.
Cerró el diario y lo guardó en su escondite. Miró el reloj y fue a descongelar la carne. Después se sentó frente a la mesa camilla y cogió la labor del interior de un cesto de mimbre situado en el suelo, junto a la butaca. Comenzó a mover las agujas y a pensar, de manera que al poco había conseguido tejer tres ideas y cuatro o cinco fantasías, aparte de un palmo del jersey que le estaba haciendo a Inés. Luego se concentró y, apoyándose en el ritmo que le marcaban las agujas, fue diciendo «tanto monta monta tanto amanece más temprano; año de nieves, ganancia de pescadores; reunión de pastores, pero no ahoga; cuando Dios cierra una puerta, ríase la gente…».