Este es un primer libro, y en él ha escrito el autor sobre experiencias ahora lejanas y perdidas, pero que antaño fueron parte del tejido de su vida. Por consiguiente, si algún lector dijere que el libro es «autobiográfico», el autor no podría contestarle; a su entender, toda obra seria de ficción es autobiográfica, y así, por ejemplo, no es fácil imaginar una obra más autobiográfica que Los viajes de Gulliver.
Sin embargo, esta nota va principalmente dirigida a las personas a quienes pudo conocer el autor en el periodo abarcado por estas páginas. A estas personas les diría algo que cree que comprenden ya: que este libro fue escrito con espíritu cándido y desnudo, y que el principal empeño del autor fue dar plenitud, vida e intensidad a las acciones y a los personajes del libro que creaba. Ahora que este va a publicarse, quisiera insistir en que es un libro de ficción, en el que no pretendió retratar a nadie.
Pero nosotros somos la suma de todos los momentos de nuestras vidas; todo lo nuestro está en ellos: no podemos eludirlo ni ocultarlo. Si el escritor ha empleado la arcilla de la vida para crear su libro, no ha hecho más que emplear lo que todos los hombres deben usar, lo que nadie puede dejar de usar. Ficción no es realidad, pero la ficción es una realidad seleccionada y asimilada, la ficción es una realidad ordenada y provista de un designio. El doctor Johnson observó que un hombre debería revolver media biblioteca para escribir un solo libro; de la misma manera, el novelista puede tener que estudiar a la mitad de la gente de una ciudad para crear un solo personaje de su novela. Esto no es todo el método, pero cree el autor que ilustra todo el método en un libro escrito desde media distancia y sin rencor ni mala intención.
... una piedra, una hoja, una puerta ignota; de una piedra, una hoja, una puerta. Y de todas las caras olvidadas.
Desnudos y solos llegamos al desierto. En su oscuro seno, no conocimos el rostro de nuestra madre; desde la prisión de su carne, vinimos a la prisión indecible e inexplicable de este mundo.
¿Quién de nosotros conoció a su hermano? ¿Quién de nosotros observó el corazón de su padre? ¿Quién de nosotros no estuvo siempre prisionero? ¿Quién de nosotros no será siempre un extranjero solitario?
Erial de perplejidad, en los ardientes laberintos; perdidos, entre brillantes estrellas, en esta tediosísima ceniza, ¡perdidos! Recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta ignota. ¿Dónde? ¿Cuándo?
¡Oh fantasma perdido, batido por el viento, vuelve a nosotros!
Un destino que conduce a un inglés hacia los holandeses es bastante extraño; pero el que lleva de Epsom a Pennsylvania, y de ahí a los montes que se cierran en Altamont sobre el soberbio grito de coral del gallo, y a la dulce sonrisa de piedra de un ángel, tiene algo de ese oscuro milagro del azar que constituye la nueva magia en un mundo polvoriento.
Cada uno de nosotros es el total de sumas que no ha contado: reducidnos de nuevo a la desnudez y a la noche, y veréis cómo empezó en Creta, hace cuatro mil años, el amor que ayer terminó en Texas.
La semilla de nuestra destrucción florece en el desierto, la flor que ha de curarnos crece junto a una roca, y una arpía de Georgia hostiga nuestras vidas, porque un ladrón de Londres se libró de la horca. Cada momento es fruto de cuarenta mil años. Los días se desgranan en minutos y zumban como moscas que vuelan de nuevo hacia la muerte; cada momento es una ventana sobre el tiempo.
He aquí un momento:
Un inglés llamado Gilbert Gaunt, apellido que más tarde cambió por Gant (probablemente como concesión a la fonética yanqui), y que había llegado a Baltimore desde Bristol en 1837, en un barco de vela, dejó que los beneficios de una taberna que había comprado fuesen muy pronto engullidos por su imprudente gaznate. Entonces se dirigió hacia el oeste, a Pennsylvania, ganándose peligrosamente la vida con gallos de pelea enfrentados a los campeones de los corrales rurales, y a menudo escapando después de pasar una noche en la cárcel del pueblo con su campeón muerto en el campo de batalla sin una moneda en el bolsillo y, a veces, con la huella de los gordos nudillos de un granjero en su cara desvergonzada. Pero siempre escapó y, cuando al fin llegó junto a los holandeses en tiempo de recolección de las cosechas, se sintió tan impresionado por la riqueza de sus tierras que echó ancla en el lugar. Al cabo de un año se casó con una enérgica y joven viuda que poseía una bonita hacienda y que, como las otras holandesas, se había sentido atraída por su aire de trotamundos y por su grandilocuente lenguaje, sobre todo cuando recitaba Hamlet al estilo del gran Edmund Kean. Todos decían que debería haber sido actor.
El inglés engendró hijos —una hembra y cuatro varones—, vivió tranquila y descuidadamente y llevó con paciencia el peso de la lengua dura pero honrada de su esposa. Pasaron años; los ojos brillantes y un poco asombrados se volvieron opacos y con bolsas, y el alto inglés empezó a arrastrar los pies como un gotoso; una mañana, cuando su mujer fue a despertarle, lo encontró muerto de un ataque de apoplejía. Dejó cinco hijos, una hipoteca y en sus extraños ojos oscuros, ahora de nuevo brillantes y abiertos, algo que no había muerto, una apasionada y oscura sed de viajar.
Así, con este legado, dejaremos a este inglés y nos preocuparemos en adelante del heredero a quien lo transmitió, su segundo hijo, un muchacho llamado Oliver. De cómo este muchacho se plantó en la carretera próxima a la finca de su madre y vio pasar a los Rebeldes cubiertos de polvo en dirección a Gettysburg; de cómo sus ojos fríos se oscurecieron al oír el glorioso nombre de Virginia y de cómo, al terminar la guerra, cuando tenía solo quince años, caminó por una calle de Baltimore y vio, en un pequeño taller, pulidas lápidas funerarias de granito, ovejas y querubines esculpidos, y un ángel erguido sobre unos pies fríos y héticos, y con una sonrisa de piedra, dulce y tonta..., lo cual es una historia más larga. Pero sé que sus ojos fríos y hundidos se anublaron con la sed oscura y apasionada que había vivido en los ojos del muerto y que le habían llevado desde Fenchurch Street hasta más allá de Filadelfia. Al observar el chico aquel enorme ángel con un lirio esculpido en la mano, se sintió presa de una excitación fría e indefinida. Cerró los largos dedos de sus grandes manos. Sintió que su mayor deseo era esculpir delicadamente con un cincel. Quería plasmar en fría piedra algo oscuro e inexpresable que llevaba dentro. Quería la cabeza de un ángel.
Oliver entró en el taller y pidió trabajo a un hombre alto y barbudo que manejaba un mazo de madera. Se convirtió en aprendiz del tallista de piedra. Trabajó cinco años en el polvoriento taller. Y llegó a ser tallista. Cuando terminó su aprendizaje, se había convertido en un hombre.
Pero no había encontrado lo que buscaba. No había aprendido a esculpir la cabeza de un ángel. Sí la paloma, el cordero, las lisas y cruzadas manos de mármol de la muerte, y letras finas y bellas..., pero no el ángel. Y todos los años desperdiciados y perdidos —los años turbulentos de Baltimore, de trabajo y de salvaje embriaguez, y el teatro de Booth y Salvini, que tuvo un efecto desastroso en el tallista, que se aprendía de memoria cada inflexión del retumbante y noble lenguaje y rondaba farfullando por las calles, con rápidos ademanes de sus enormes y expresivas manos— fueron como pasos a ciegas y tanteos en nuestro destierro, la imagen de nuestra hambre cuando, recordando sobrecogidos, buscamos el gran lenguaje olvidado, el perdido sendero que conduce al cielo, una piedra, una hoja, una puerta. ¿Dónde? ¿Cuándo?
Nunca lo encontró, y bajó tambaleándose a través del continente hacia el Sur de la Reconstrucción, como un extraño y fiero personaje de un metro noventa de estatura, ojos fríos e inquietos, nariz grande y afilada, un caudal inagotable de retórica y una invectiva cómica y descabellada, formalizada como el epíteto clásico, que empleaba seriamente, pero con un débil rictus inquieto en las comisuras de los finos y gemebundos labios.
Montó un negocio en Sidney, pequeña capital de uno de los estados del mediano Sur, vivió sobria y laboriosamente bajo la mirada atenta de una gente todavía irritada por la derrota y la hostilidad, y, una vez consolidado su buen nombre y ganada su aceptación, se casó con una solterona flaca y tuberculosa, diez años mayor que él, pero con buenos ahorros y un deseo inquebrantable de casarse. A los dieciocho meses, volvía a ser un vocinglero maniático, había arruinado su negocio y seguía pasando la maroma, cuando Cynthia, su esposa —cuya vida, según los nativos, no ayudó él a prolongar— murió repentinamente una noche, después de una hemorragia.
De nuevo lo había perdido todo —a Cynthia, el negocio, la a duras penas ganada fama de templanza, la cabeza del ángel— y vagaba por las calles cuando era de noche, gritando maldiciones en pentámetros contra los hábitos de los rebeldes y su gran indolencia; pero, presa de miedo, de perplejidad y de remordimiento, descaecía bajo la mirada reprobadora de la ciudad y se iba convenciendo, mientras la carne menguaba en su escuálido armazón, de que el flagelo de Cynthia caía ahora sobre él como venganza.
Tenía poco más de treinta años, pero parecía mucho más viejo. Su rostro era amarillento y demacrado. Su nariz cérea y afilada parecía el pico de un ave. Tenía un largo bigote castaño, cuyas puntas pendían fúnebremente rectas.
Las tremendas libaciones habían arruinado su salud. Estaba flaco como un palo y tosía a menudo. Pensó en Cynthia, en la ciudad retraída y hostil, y tuvo miedo. Pensó que padecía tuberculosis y que iba a morir.
Y así, de nuevo solo y perdido, sin haber encontrado orden ni arraigo en el mundo, y sin tocar de pies en el suelo, Oliver reemprendió su viaje sin rumbo por el continente. Marchó hacia el oeste, en dirección a la gran fortaleza de los montes, sabiendo que su mala fama no los habría cruzado y esperando poder encontrar en ellos aislamiento, una nueva vida y una salud recobrada.
Los ojos del macilento espectro se oscurecieron de nuevo, como habían hecho en su juventud.
Durante todo el día, bajo el cielo gris y húmedo de octubre, Oliver viajó hacia el oeste, cruzando el poderoso estado. Al mirar tristemente por la ventanilla los grandes campos sin cultivar, salpicados de tarde en tarde por fútiles, ocasionales y pequeñas granjas, que parecían haber hecho solamente mínimas roturaciones en el erial, sentía que se le enfriaba y le pesaba el corazón. Pensaba en los grandes heniles de Pennsylvania, en las mieses maduras de granos dorados, en la abundancia, en el orden, en el limpio progreso de la gente. Y pensaba en que también él había querido imponerse un orden y ganarse una posición, y en la desenfrenada confusión de su vida, en las manchas y borrones de los años, y en el anárquico despilfarro de su juventud.
«¡Dios mío! —pensó—. ¡Me estoy haciendo viejo! ¿Por qué aquí?».
Los horribles años espectrales desfilaron en tropel por su cerebro. De pronto, vio que su vida había sido canalizada por una serie de accidentes: un rebelde loco cantando a Armagedón, el sonido de una cometa en la carretera, los mulos del ejército, la tonta cara blanca de un ángel en un taller polvoriento, la descarada oscilación de las nalgas de una ramera al pasar. Había trocado el calor y la abundancia por esta tierra yerma; al mirar fijamente por la ventanilla y ver el suelo pardo y baldío, la grande y áspera elevación del Piedmont, las fangosas carreteras de arcilla roja y los papanatas boquiabiertos en las estaciones —un granjero flaco oscilando sobre las riendas, un negro haraganeando, un patán desdentado, una mujer nervuda y pálida con un bebé mugriento—, la extrañeza del destino le produjo un miedo intenso. ¿Cómo pudo pasar de la limpia abundancia holandesa de su juventud a esta vasta tierra perdida de seres raquíticos?
El tren traqueteaba sobre la tierra vaporosa. La lluvia caía sin parar. Un ferroviario entró presurosamente en el sucio vagón de asientos tapizados y vació un cubo de carbón en la gran estufa del fondo. Una risa aguda y tonta sacudió a un grupo de patanes tumbados sobre dos asientos vueltos al revés. La campana tocó lúgubremente dominando los crujidos de las ruedas. Hubo una espera tediosa e interminable en una bifurcación próxima a los montes bajos. Después, el tren avanzó de nuevo sobre la tierra vasta y ondulada.
Llegó el crepúsculo. La enorme masa de los montes surgía entre brumas. Lucecitas humeantes brotaban de chozas en las laderas. El tren se arrastraba soñoliento entre altos bastidores que esparcían fantásticos chorritos de agua. Muy arriba, y muy abajo, cabañas de juguete, empenachadas de humo, se adherían a las riberas, a las quebradas y a las faldas de las montañas. El tren serpenteaba lentamente, cuesta arriba, por hendiduras en la roja tierra. Al hacerse de noche, Oliver se apeó en la pequeña población de Old Stockade, donde terminaba la vía del ferrocarril. La última gran muralla de los montes se erguía rígida ante él. Al abandonar la triste y pequeña estación y contemplar las luces grasientas de un almacén pueblerino, Oliver tuvo la impresión de que se arrastraba, como una bestia grande, hacia el círculo de aquellos enormes montes, para morir.
A la mañana siguiente continuó en diligencia su viaje. Su destino era la pequeña población de Altamont, a cuarenta kilómetros más allá de la gran barrera de montes exterior. Al subir fatigosa y lentamente los caballos por la carretera de montaña, Oliver se animó un poco. Era un día gris clorado de finales de octubre, brillante y ventoso. El aire montañés era luminoso y cortante. La cordillera se elevaba ante él, próxima, inmensa, limpia y desnuda. Los árboles crecían flacos y rígidos; casi no tenían hojas. El ciclo estaba poblado de jirones de nubes blancas arrastrados por el viento; una espesa capa de niebla envolvía la muralla de un monte.
Debajo de él, un torrente de montaña fluía espumoso sobre su lecho de rocas, y distinguió unas manchitas que eran hombres que tendían la vía férrea que llevaría a Altamont, serpenteando entre los montes. Entonces, el sudoroso atelaje llegó a lo alto del puerto y, entre altísimas y majestuosas cimas que se perdían en una niebla purpúrea, inició el lento descenso hacia la altiplanicie donde había sido construida la villa de Altamont.
En la obsesionante eternidad de estas montañas, inmersa en su enorme copa, encontró una población de cuatro mil almas, desperdigadas en cien montículos y depresiones.
Era una tierra nueva. Su corazón se animó.
Esta villa de Altamont había sido fundada poco después de la Guerra Revolucionaria. Había sido un lugar de parada conveniente para los ganaderos y los granjeros en su marcha hacia el este, desde Tennessee hasta Carolina del Sur. Y durante varias décadas, antes de la Guerra Civil, había disfrutado del patrocinio veraniego de personas distinguidas de Charleston y de las plantaciones del cálido Sur. Cuando Oliver llegó allí por primera vez, el lugar empezaba a tener cierta fama, no solo como población de veraneo, sino también como sanatorio para tuberculosos. Varios ricachones del Norte habían construido pabellones de caza en los montes, y uno de ellos había comprado extensos terrenos de montaña y, con un ejército de arquitectos, carpinteros y albañiles importados, estaba proyectando la mayor casa de campo de América: una construcción de piedra caliza, con pronunciados tejados de pizarra y ciento ochenta y tres habitaciones. Se había inspirado en el castillo de Blois. Había también un nuevo y gran hotel, suntuoso edificio de madera, cómodamente instalado en la cima de una colina elevada.
Pero la mayoría de la población seguía siendo indígena, reclutada en las montañas y entre los lugareños de los distritos circundantes. Eran montañeses de origen escocés o irlandés, toscos, provincianos, inteligentes y laboriosos.
Oliver poseía unos mil doscientos dólares, salvados del naufragio de la hacienda de Cynthia. Durante el invierno alquiló una pequeña barraca en uno de los bordes de la plaza pública de la villa, compró un poco de mármol y montó un taller. Pero al principio tuvo muy poco que hacer, salvo pensar en la perspectiva de su muerte. Durante el crudo y solitario invierno, mientras creía que se estaba muriendo, el macilento espantapájaros yanqui, que vagaba farfullando por las calles, se convirtió en objeto de los chismorreos de la gente del pueblo. Todos los que habitaban en su pensión sabían que, por la noche, andaba por su habitación a grandes pasos de animal enjaulado, y que un prolongado y grave gemido, que parecía arrancado de sus entrañas, temblaba incesantemente entre sus finos labios. Pero no hablaba a nadie de ello.
Y entonces llegó la maravillosa primavera de la montaña, verde y dorada, con breves soplos de viento, magia y fragancia de flores, y tibias ráfagas de bálsamo. La profunda herida de Oliver empezó a cicatrizar. Volvió a sonar su voz en el lugar, resurgieron purpúreos destellos de la vieja retórica y el fantasma de la antigua vehemencia.
Un día de abril, cuando estaba plantado delante de su taller observando el animado barullo de la plaza, como si tuviese agudizados sus sentidos, Oliver oyó la voz de un hombre que pasaba detrás de él. Y aquella voz, llana, pausada, complaciente, iluminó de súbito una imagen que había estado muerta en su interior durante veinte años.
—¡Se acerca el día! Según mis cálculos, será el 11 de junio de 1886.
Oliver se volvió y vio, alejándose, la nudosa y persuasiva figura del profeta que había visto por última vez perdiéndose en la polvorienta carretera que conducía a Gettysburg y Armagedón.
—¿Quién es? —preguntó a un hombre.
Este miró e hizo un guiño.
—Es Bacchus Pentland —dijo—. Todo un carácter. Tiene mucha familia por aquí.
Oliver se chupó un momento el grueso pulgar. Después, sonriendo débilmente, dijo:
—¿Ha llegado ya Armagedón?
—Lo espera de un momento a otro —dijo el hombre.
Entonces Oliver conoció a Eliza. Una tarde de primavera, estaba tumbado en el liso sofá de cuero de su pequeño despacho, escuchando los claros y vivos ruidos de la plaza. Una paz restauradora invadía su corpachón extendido. Pensaba en la gredosa tierra negra con su súbita iluminación de flores jóvenes, en el espumoso frescor de la cerveza y en los pétalos que se desprendían del ciruelo. Entonces oyó el vivo taconeo de una mujer que llegaba entre los mármoles y se puso rápidamente en pie. Cuando ella entró, se estaba poniendo la gruesa y acepillada chaqueta negra.
—Voy a decirle una cosa —dijo Eliza, frunciendo los labios con burlona expresión de reproche—. Quisiera ser hombre y no tener nada que hacer, salvo estar todo el día tumbada en un mullido sofá.
—Buenas tardes, señora —dijo Oliver, con una ceremoniosa reverencia—. Sí —añadió, mientras una débil y taimada sonrisa se dibujaba en las comisuras de sus finos labios—, confieso que me ha sorprendido usted cuando tomaba mi reconstituyente. En realidad, raras veces me tumbo a descansar durante el día, pero ando mal de salud desde hace un año y no puedo trabajar como solía. —Guardó silencio unos momentos; su cara adoptó una expresión lastimosa de perro apaleado—. ¡Ay, Dios mío! ¡No sé lo que será de mí!
—¡Bah! —dijo Eliza, viva y desdeñosamente—. En mi opinión, no tiene nada malo. Es usted un mocetón en la primavera de la vida. La mitad de estas cosas son fruto de la imaginación. La mayoría de las veces que creemos estar enfermos, solo lo estamos en nuestra mente. Hace tres años, cuando enseñaba en la escuela de Hominy Township, pillé una pulmonía. Nadie pensaba que saldría con vida de ella, pero, de alguna manera, superé la enfermedad. Recuerdo muy bien un día en que estaba descansando..., según suele decirse, aunque yo creo que estaba convaleciendo. Lo recuerdo porque el viejo doctor Fletcher acababa de visitarme y, al salir, vi que miraba a mi prima Sally y meneaba la cabeza. «¿Cómo es posible, Eliza? —dijo ella, cuando él se hubo marchado—. Me ha dicho que escupes sangre cada vez que toses; seguro que es tuberculosis». «¡Bah!», le dije, y recuerdo que reí a mandíbula batiente, resuelta a tomarlo todo a broma; diciéndome que no iba a darme por vencida y que los burlaría a todos. «No creo una palabra de esto», le dije —prosiguió, moviendo pícaramente la cabeza y frunciendo los labios—, «y además, Sally —le dije—, todos tenemos que irnos algún día, y es inútil preocuparse por lo que va a ocurrir. Puede ser mañana o puede ser más tarde, pero, en definitiva, nos tiene que ocurrir a todos».
—¡Ay, Señor! —dijo Oliver, meneando la cabeza con tristeza—. Esta vez ha dado usted en el clavo. Jamás se ha dicho una verdad más grande.
«¡Dios misericordioso! —pensó haciendo interiormente una mueca dolorosa—. ¿Cuánto tiempo va a durar esto? Aunque, es cierto, esa chica es un bombón». Miró con aprecio su esbelta y erguida figura, observando su piel blanca y lechosa, sus ojos de un castaño oscuro, de rara expresión infantil, y sus cabellos negros como el azabache y peinados lisos hacia atrás desde la alta y blanca frente. Tenía una curiosa manera de fruncir reflexivamente los labios antes de hablar. Le gustaba tomarse tiempo, y solo iba al grano después de interminables divagaciones por los vericuetos del recuerdo y de lo que este sugería, regocijándose con la ostentosa exhibición de todo lo que había dicho, hecho, sentido, visto o replicado, con egocéntrica delicia.
Entonces, mientras él la miraba, de pronto se interrumpió, se llevó la mano enguantada a la barbilla y lo observó con fijeza, frunciendo reflexivamente la boca.
—Bueno —dijo al cabo de un momento—, si está usted recobrando su salud y pasa tumbado buena parte de su tiempo, debería tener algo en que ocupar su mente. —Abrió una maletita de cuero que llevaba y sacó una tarjeta de visita y dos gruesos volúmenes—. Me llamo Eliza Pentland —dijo en tono pomposo, con lento énfasis— y represento a la Compañía Editorial Larkin.
Pronunció estas palabras con orgullo, con digna satisfacción.
«¡Dios mío! ¡Una vendedora de libros!», pensó Gant.
—Ofrecemos —dijo Eliza, abriendo un grueso libro amarillo con un caprichoso dibujo de lanzas y banderas y coronas de laurel— un libro de poemas titulado Gemas poéticas para el hogar y las veladas junto al fuego, y también El médico en casa y libro de remedios caseros de Larkin, en el que se dan instrucciones para la curación y prevención de más de quinientas enfermedades.
—Bueno —dijo Gant, con una débil sonrisa, humedeciéndose brevemente el gordo dedo pulgar—, puede que encuentre la que he tenido.
—Pues sí —dijo Eliza, asintiendo enérgicamente con la cabeza—. Como dijo alguien, se puede leer poesía para bien del alma, y a Larkin para bien del cuerpo.
—Me gusta la poesía —dijo Gant, hojeando las páginas y deteniéndose con interés en la sección titulada «Canciones de la espuela y del sable»—. Cuando era chico, podía estarme una hora recitando.
Compró los libros. Eliza guardó sus muestras y se levantó, mirando vivamente y con curiosidad el pequeño y polvoriento taller.
—¿Hace negocio? —preguntó.
—Muy poco —dijo con tristeza Oliver—. Apenas lo bastante para que el alma no se separe del cuerpo. Soy un extraño en tierra extraña.
—¡Bah! —dijo en tono animado Eliza—. Debería salir y conocer a más gente. Necesita algo que le distraiga de usted mismo. Si yo estuviese en su lugar, me lanzaría de lleno a la tarea común y me interesaría en el progreso de la villa. Tenemos todo lo que se necesita para hacer una gran ciudad: paisaje, clima y recursos naturales; y todos deberíamos trabajar unidos. Si tuviese unos miles de dólares, ¿sabe lo que haría? —Le guiñó un ojo, pícara, y empezó a hablar, acompañándose de ademanes curiosamente masculinos, con el índice extendido y el puño cerrado pero no apretado—. ¿Ve usted este rincón, el que usted ocupa? Doblará su valor en pocos años. Y ahora ¡esto! —Señaló delante de ella, con el mismo ademán varonil—. Un día abrirán una calle por allí, a buen seguro. Y cuando lo hagan... —dijo, frunciendo con expresión pensativa los labios— esa propiedad valdrá mucho dinero.
Siguió hablando de propiedades con extraño y reflexivo afán. La villa parecía ser un enorme plano para ella; tenía la cabeza extraordinariamente llena de cifras y de cálculos; sabía quién era el dueño de tal solar, quién vendía el suyo, el precio de venta, el valor real, los importes de las primeras y segundas hipotecas, etcétera. Cuando hubo terminado, Oliver dijo, con el énfasis de una aversión profunda, pensando en Sidney:
—Confío en no tener más propiedad en la vida que una casa para vivir en ella. Solo traen preocupaciones y trabajo, y, en definitiva, se lo lleva todo el recaudador de impuestos.
Eliza le miró con expresión pasmada, como si acabase de decir una horrible herejía.
—¡Qué está diciendo! ¡No puede hablar así! Querrá tener algo para un día de apuro, ¿no?
—El día de apuro lo tengo ya ahora —dijo tristemente él—. La única propiedad que necesito son doce palmos de tierra para que me entierren.
Después hablando de algo más alegre, la acompañó hasta la puerta del taller y la observó mientras cruzaba primorosamente la plaza, recogiéndose la falda en los bordillos con señorial elegancia. Y volvió a sus mármoles sintiendo nacer en su interior un gozo que creía perdido para siempre.
La familia Pentland, de la que Eliza era miembro, era una de las tribus más extrañas que jamás hubiese salido de los montes. Su derecho al apellido Pentland no estaba muy claro: un escocés-inglés así llamado, ingeniero de minas, abuelo del actual cabeza de familia, había llegado a los montes después de la Revolución, buscando cobre, vivido allí durante varios años y tenido varios hijos con una de las pioneras. Cuando desapareció, la mujer tomó para ella y para sus hijos el apellido Pentland.
El actual jefe de la tribu era el comandante Thomas Pentland, padre de Eliza y hermano del profeta Bacchus. Otro hermano había resultado muerto durante los Siete Días. El comandante Pentland había ganado honradamente, aunque sin ostentación, su título militar. Mientras a Bacchus, que nunca pasó de cabo, le salían ampollas en las duras manos en Shiloh, el comandante, como jefe de dos compañías de voluntarios, guardaba la fortaleza de sus montes naturales. Esta fortaleza no se vio amenazada hasta los últimos días de la guerra, cuando los voluntarios, emboscados detrás de árboles y rocas adecuados, dispararon tres ráfagas de tiros contra un destacamento rezagado de Sherman y se dispersaron sin ruido para acudir en defensa de sus fieles esposas y de sus hijos.
La familia Pentland era tan antigua como otra cualquiera de la comunidad, pero siempre había sido pobre y nunca había alardeado de nobleza. Por matrimonio, y por bodas entre parientes, podía presumir de alguna relación con la grandeza, de un poco de locura y de un mínimo de idiotez. Pero, debido a su evidente superioridad, en inteligencia y en carácter, sobre la mayoría de los montañeses, gozaba de una sólida posición de respetabilidad entre ellos.
Los Pentland estaban fuertemente marcados por su clan. Como en la mayoría de las personalidades valiosas en familias extrañas, su acusado sello de grupo era aún más imponente gracias a sus diferencias. Tenían firme y ancha la nariz, con aletas carnosas y bien marcadas; boca sensual, en la que se mezclaban extraordinariamente la delicadeza y la tosquedad, y que, a fuerza de pensamiento, había adquirido una asombrosa flexibilidad; frente ancha e inteligente, y mejillas planas y un poco hundidas. Los hombres solían tener el rostro colorado y eran de complexión llena, vigorosa y de mediana estatura, aunque aquella podía variar hasta una delgadez cadavérica.
El comandante Thomas Pentland era padre de familia numerosa, de la que Eliza era la única hija superviviente. Una hermana menor había muerto hacía pocos años de una enfermedad que la familia definía tristemente como «escrófula de la pobre Jane». Había seis hijos varones: Henry, el mayor, que ahora tenía treinta años; Will, de veintiséis; Jim, de veinticuatro, y Thaddeus, Elmer y Greeley, que tenían, respectivamente, dieciocho, quince y once. Eliza tenía veinticuatro.
Los cuatro hijos mayores, Henry, Will, Eliza y Jim, habían pasado su infancia en los años que siguieron a la guerra. La pobreza y las privaciones de aquellos años habían sido tan terribles que ninguno de ellos hablaba de eso ahora, pero el cruel destino había afligido sus corazones, dejando heridas que no cicatrizarían nunca.
Efecto de aquellos años sobre los hijos mayores fue el desarrollo de una tacañería insensata, de una sed insaciable de riqueza y de un afán de escapar de la casa del comandante lo más rápido posible.
—Padre —dijo Eliza, con señorial dignidad, al introducir a Oliver en el salón de la casa—, quiero presentarle al señor Gant.
El comandante Pentland se levantó despacio de su mecedora junto al fuego, dobló una larga navaja y dejó sobre la repisa de la chimenea la manzana que estaba mondando. Bacchus, que estaba tallando un bastón, levantó con benevolencia la mirada; y Will, que, como de costumbre, se estaba limpiando las cortas y rígidas uñas, saludó al visitante con un movimiento de cabeza y un guiño de pájaro. Aquellos hombres se divertían constantemente con navajas de bolsillo.
El comandante Pentland se acercó despacio a Gant. Era un hombre robusto y metido en carnes, mediaba la cincuentena, de rostro colorado, barba patriarcal y las facciones gruesas y satisfechas propias de su tribu.
—Su nombre es W. O. Gant, ¿eh?
—Sí —dijo Oliver—, así es.
—Por lo que Eliza me había contado de usted —dijo el comandante dando la señal a su público—, pensaba que debería haber sido L. E. Gant.
La risa complacida de los Pentland resonó en la estancia.
—¡Uy! —exclamó Eliza, llevándose una mano al costado de su ancha nariz—. ¡Qué cosas tiene, padre! Debería darle vergüenza.
Gant sonrió, con débil y fingido regocijo.
«Pobre y viejo bribón —pensó—. Tiene pensada esta frase desde hace una semana».
—Ya conoce de antes a Will —dijo Eliza.
—De antes y de después —dijo Will, dándoselas de ingenioso.
Cuando se hubieron extinguido las risas, dijo Eliza:
—Y ese es... según le llaman..., el tío Bacchus.
—Sí, señor —dijo Bacchus, haciendo una reverencia—, grande como la vida y dos veces más descarado.
—En todas partes le llaman Back-us —dijo Will, haciendo un guiño a todos—, pero aquí, en la familia, le llamamos Behind-us.
—Supongo —dijo deliberadamente el comandante Pentland— que habrá formado usted parte de muchos jurados, ¿eh?
—No —dijo Oliver, resuelto a soportar ahora lo peor con una sonrisa helada—. ¿Por qué lo dice?
—Porque —dijo el comandante, mirando de nuevo a su alrededor— pensaba que era usted experto en hacer la corte.
Entonces, en medio de una carcajada general, se abrió la puerta y entraron algunos de los otros: la madre de Eliza, una escocesa vulgar y ajada; Jim, joven porcino y coloradote, vivo retrato de su padre sin barba; Thaddeus, blando, rubicundo, de cabellos y ojos castaños, bovino, y por último Greeley, el menor, dado a las mimosas sonrisas idiotas y pródigo en extraños ruidos agudos que hacían reír a los demás. Tenía once años y era retrasado, débil, escrofuloso, pero sus manos blancas y húmedas sabían arrancar del violín una música que tenía algo de irreal y de espontánea.
Y, mientras estaban sentados en la pequeña y caldeada estancia, con su cálido olor a manzanas maduras, fuertes vientos bajaban aullando de los montes, y bramaban los pinos, lejanos y enloquecidos, y crujían las ramas desnudas. Y, mientras los hombres mondaban o pelaban o tallaban, su conversación pasó de la tosca jocosidad a la muerte y a los entierros: desgranaron con monotonía, con maligno afán, su verborrea sobre el destino y sobre hombres recién depositados bajo tierra. Y, mientras ellos hablaban y él escuchaba los gemidos espectrales del viento, Gant se sintió sepultado en la confusión y la oscuridad, y su alma se sumió en el abismo de la noche, porque vio que debía morir como un extraño..., que todo, salvo los triunfales Pentland que hacían de la muerte un festín, tenía que morir.
Y, como el hombre que está agonizando en la noche polar, pensó en los ricos prados de su juventud: el maíz, el ciruelo, la mies madura. ¿Por qué aquí? ¡Oh, perdición!
Oliver se casó con Eliza en mayo. Después de su viaje de bodas a Filadelfia, regresaron a la casa que él había construido para ella en Woodson Street. Con sus manazas había asentado los cimientos, excavado profundos y húmedos sótanos, y revestido los altos costados con lisas paletadas de enlucido de color castaño oscuro. Tenía muy poco dinero, pero su extraña casa se ajustaba al modelo creado por su rica fantasía; una vez terminada, seguía la inclinación del estrecho patio costanero, tenía un alto y ancho porche en la parte delantera, y cálidas habitaciones a las que uno podía subir y bajar a su antojo. Construyó su casa cerca de la calle tranquila y empinada; plantó flores en el suelo margoso; trazó un corto camino hasta la escalera de la alta galería, con losas cuadradas de mármol de colores, y levantó una valla de hierro con púas entre su casa y el mundo.
Después plantó árboles y parras en el raso de más de cien metros de detrás de la casa. Y todo lo que tocaba en esta rica fortaleza de su alma cobraba una vida dorada; con el paso de los años, los árboles frutales —el melocotonero, el ciruelo, el cerezo, el manzano— crecieron ufanos y se doblaron bajo el peso de sus frutos. Las parras formaron una espesa red de cuerdas gruesas y pardas, que serpenteaban en las altas vallas de alambre, colgaban en denso tejido de los enrejados y daban dos veces la vuelta a la finca. Treparon por la fachada de la casa y encuadraron las ventanas con gruesos marcos vegetales. Y las flores crecieron con esplendor desenfrenado; capuchinas de hojas aterciopeladas, salpicadas de cien motas tostadas, y rosas, viburnos, tulipanes rojos y lirios. Las madreselvas vertían su pesada masa sobre la valla. Dondequiera que Oliver tocase la tierra con sus manazas, el suelo le daba fruto.
Para él, la casa era la imagen de su alma, la vestidura de su voluntad. En cambio, para Eliza, era una propiedad cuyo valor apreciaba sagazmente, un inicio de su caudal. Como todos los otros hijos del comandante Pentland, había empezado a los veinte años su lento acceso a la propiedad; con los ahorros de su mezquino salario de maestra y vendedora de libros, había comprado ya un par de terrenos. En uno de ellos, un pequeño solar al borde de la plaza pública, había hecho que Oliver construyese un taller. Él lo hizo con sus manos y la ayuda de dos negros; era una casita de dos pisos, de ladrillo, con anchos peldaños de madera que bajaban a la plaza desde un porche de mármol. En este porche, flanqueando la puerta de madera, colocó unas piezas de mármol, y, junto a la puerta, la pesada y bobalicona figura de un ángel.
Pero a Eliza no le satisfacía este negocio: la muerte no daba dinero. «La gente —pensaba— tardaba demasiado en morir». Y preveía que su hermano Will, que había empezado a trabajar a los quince años como ayudante en un almacén de maderas y era ahora dueño de un pequeño negocio, estaba destinado a hacerse rico. Por consiguiente, persuadió a Gant de que se asociase con Will Pentland. Sin embargo, al cabo de un año, Oliver perdió la paciencia, su torturado egotismo rompió las cadenas; vociferó, diciendo que Will, que se pasaba casi todas las horas de trabajo haciendo números en un sobre sucio con un trozo de lápiz, limpiándose reflexivamente las cortas uñas o moviendo la cabeza y guiñando los ojos como un pájaro, les arruinaría a todos. Por consiguiente, Will compró sin chistar la parte de su socio y siguió en su empeño de acumular una fortuna, mientras Oliver volvía a su aislamiento y a sus mugrientos ángeles.
La extraña figura de Oliver Gant proyectó sobre la villa una sombra famosa. La gente oía de día y de noche la fórmula consagrada de su imprecación contra Eliza. Le veían sumergirse en la casa y el taller, inclinarse sobre sus mármoles, moldear con sus manazas —maldiciendo y aullando, con apasionada devoción— la rica textura de su hogar. Se burlaban de la exageración de sus palabras, de sus sentimientos, de sus ademanes. Guardaban silencio ante la furia loca de sus borracheras, que pillaba casi puntualmente cada dos meses y duraban dos o tres días. Lo recogían, sucio y atontado, del suelo empedrado, y lo llevaban a casa; esto lo hacían el banquero, el policía y un robusto y abnegado suizo llamado Jannadeau, desaliñado joyero que tenía alquilado un pequeño espacio vallado entre las lápidas sepulcrales de Gant. Y siempre lo manejaban con tierno cuidado, sintiendo que algo extraño y soberbio y glorioso se había perdido en esta ruina embriagada de Babel. Era un desconocido para ellos: nadie, ni siquiera Eliza, le llamaba por su nombre de pila. Era, y siempre siguió siendo, señor Gant.
Y nadie sabía lo que tenía que soportar Eliza, en dolor y en miedo y en gloria. Él lanzaba sobre todos su cálido aliento leonino de deseo y de furia; cuando estaba borracho, la cara pálida y fruncida de Eliza, y los lentos movimientos, como de pulpo, de sus reacciones, le producían una locura furiosa. En esos momentos, ella se encontraba en verdadero peligro; tenía que encerrarse para protegerse de él. Pues desde el principio se había entablado entre ellos una guerra oscura y definitiva, más profunda que el amor, más profunda que el odio, tan profunda como los huesos descarnados de la vida. Eliza lloraba o guardaba silencio ante sus imprecaciones, le encocoraba brevemente en respuestas a su retórica, cedía como un cojín golpeado a su furiosa embestida y... poco a poco, de forma implacable, se salía con la suya. Año tras año, a pesar de los gritos de protesta de Oliver, y sin que este supiese cómo, fueron reuniendo pequeños trozos de tierra, pagaron los odiosos impuestos e invirtieron en más tierra el dinero que quedaba. Por encima de la esposa, por encima de la madre, la mujer propietaria, que era como un hombre, fue avanzando lentamente en su camino.
En once años, dio a su esposo nueve hijos, de los que vivieron seis. El primero, una hembra, murió de cólera infantil a los veinte meses; otros dos murieron al nacer. Los otros sobrevivieron a los sucios y descuidados alumbramientos. El mayor, un varón, nació en 1885. Le llamaron Steve. Quince meses después nació una niña, Daisy. La siguiente, Helen, vino al mundo al cabo de tres años. Después, en 1892, fueron dos gemelos, varones, a los que Gant, siempre aficionado a la política, puso los nombres de Grover Cleveland y Benjamin Harrison. Y el último, Luke, nació dos años más tarde, en 1894.
Dos veces durante este periodo, y con un intervalo de cinco años, la borrachera periódica de Gant duró ininterrumpidamente varias semanas. Lo atraparon cuando se estaba ahogando en la marea de su sed. Ambas veces le envió Eliza a Richmond, para una cura de alcoholismo. En una ocasión, Eliza y cuatro de sus hijos enfermaron al mismo tiempo de fiebre tifoidea. Pero, durante la tediosa convalecencia, ella frunció hoscamente los labios y llevó a sus retoños a Florida.
Eliza alcanzó, impasible, la victoria. En el transcurso de aquellos años tremendos de amor y de fracaso, teñidos con los ricos matices del dolor y del orgullo y de la muerte, y con el fulgor salvaje de su vida extraña y apasionada, sus miembros flaquearon al borde de la ruina, pero, a pesar de la enfermedad y de la extenuación, siguió adelante y alcanzó una fuerza victoriosa. Sabía que había algo glorioso en ello: por insensato y cruel que él hubiese sido a menudo, recordaba el tremendo y palpitante colorido de su vida, y aquel algo perdido y aplastante que él llevaba en sí y que no descubriría nunca. Y cuando veía que los ojos pequeños e inquietos se fijaban y oscurecían con el hambre amortiguada y vacilante de una frustración antigua, sentía miedo y una piedad inexpresable. ¡Oh, perdición!
En el gran desfile de los años en que se desarrolló la historia de los Gant, pocos estuvieron tan cargados de dolor, de terror y de aflicción, y ninguno tenía que acarrear sucesos tan decisivos como el que marcó el comienzo del siglo XX. Para Gant y para su esposa, aquel año de 1900 en el que se encontraron un día sin pensarlo, después de haber madurado en otro siglo —transición que debió de infundir, en todas partes, un breve pero acerbo sentimiento de soledad a miles de personas imaginativas—, tuvo coincidencias, demasiado chocantes para pasar inadvertidas, con otros momentos cruciales de sus vidas.
Aquel año cumplió Gant su quincuagésimo aniversario. Sabía que había vivido la mitad del siglo muerto, y que raras veces vive el hombre todo un siglo. Y también aquel año, Eliza, encinta del último hijo que habría de tener, pasó la raya final del terror y la desesperación, y en la rica oscuridad de la noche de verano, yaciendo boca arriba en su cama, con las manos cruzadas sobre el vientre hinchado, empezó a proyectar su vida para los años en que dejaría de ser madre.
En el golfo que ya se estaba abriendo y en cuyas orillas separadas se fundaban sus vidas, empezaba a buscar, con la infinita serenidad y la tremenda paciencia con que espera media vida, un acontecimiento, no tanto con certera previsión como un profético y caviloso instinto. Esta cualidad, esta complacencia casi budista que, arraigada en la estructura fundamental de su vida, no podía eliminar ni ocultar, era la que él menos comprendía y la que más la enfurecía a ella. Él contaba cincuenta años; tenía una conciencia trágica del tiempo, veía menguar la plenitud apasionada de su vida y se revolvía como una bestia furiosa e insensata. Tal vez tenía ella más motivos que él para permanecer tranquila, pues había superado el cruel comienzo de su vida, a través de la enfermedad, de la debilidad física, de la pobreza, de la constante inminencia de la muerte y de la miseria; había perdido a su primer hijo y salvado a los otros a través de las plagas sucesivas; y ahora, a sus cuarenta y dos años, cuando el último hijo se agitaba en su vientre, tenía la convicción, reforzada por su superstición escocesa y por la ciega vanidad de su familia, de que la extinción solo era para los demás, de que ella había sido creada para un fin.
Mientras yacía en la cama, una estrella grande brilló en su campo visual, en el cuadrante occidental del cielo, y se imaginó que ascendía despacio hacia lo alto. Y, aunque no habría podido decir hacia qué pináculo tendía su vida, veía en el futuro una libertad que nunca había conocido, bienes y poder y riqueza, el deseo de los cuales estaba indefectiblemente mezclado con el torrente de su sangre. Pensando en esto en la oscuridad, frunció los labios con reflexiva satisfacción, aunque sin regocijo, viéndose trabajar en aquel carnaval y recoger fácilmente, de manos de la locura, lo que esta no había sabido nunca guardar.
«Lo tendré —pensó—. Lo tendré. ¡Will lo tiene! Jim lo tiene. Y yo soy más lista que ellos». Y con desazón, teñida de dolor y de amargura, pensó en Gant: «¡Bah! Si yo no hubiese cuidado de él, no tendría un clavo al que agarrarse. Lo poco que poseemos ha sido gracias a mi esfuerzo; de no haber sido por esto, no tendríamos un techo que nos cobijara; habríamos de pasar el resto de nuestras vidas en una casa alquilada», lo cual era para ella la ignominia final de los pobres y desamparados.
Prosiguió: «Con el dinero que dilapida todos los años en bebidas podríamos comprar un buen pedazo de tierra; si hubiésemos empezado desde el principio, podríamos ser ahora personas acomodadas. Pero él ha odiado siempre la idea de propiedad; una vez me dijo que no podía soportarla, ya que había perdido su dinero en aquel negocio de Sidney. Si yo hubiese estado allí, podríais apostar hasta el último dólar a que no habría habido pérdidas. O a que no habríamos sido nosotros los perdedores», añadió, frunciendo el ceño.
Tumbada allí, mientras los vientos de principios de otoño soplaban desde los montes del sur, llenando el negro aire de hojas muertas y produciendo, con sus ráfagas intermitentes, un trueno remoto y triste entre los grandes árboles, pensó en el desconocido que había venido a vivir dentro de ella, y en aquel otro desconocido, autor de tanta aflicción, que había vivido con ella durante casi veinte años. Y, al pensar en Gant, sintió de nuevo un incipiente y doloroso asombro, recordando la furiosa rivalidad entre ellos y la fuerte lucha subyacente, fundada en el odio y el amor a la propiedad, y en la que no dudaba de su victoria, pero que la frustraba y desconcertaba.
—¡Lo juro! —murmuró—. ¡Palabra que nunca he visto a un hombre como él!
Gant, enfrentado con la pérdida de sus goces sensuales, sabedor de que había llegado el momento de rellenar todos sus excesos rabelesianos en la comida, la bebida y el amor, creía que no había ganancia que pudiese compensarle de la pérdida de su libertinaje; sentía también la fuerte punzada del remordimiento, sabiendo que había tenido facultades y despreciado oportunidades tales como su asociación con Will Pentland, que podían haberle dado posición y riqueza. Sabía que había terminado el siglo en que había transcurrido la parte mejor de su vida; sentía, más que nunca, la extrañeza y la soledad de nuestra pequeña aventura sobre la tierra; pensaba en su infancia en la granja holandesa, en los días de Baltimore, en el viaje sin rumbo por el continente, en la aterradora fijación de toda su vida por una serie de accidentes. La enorme tragedia del accidente se cernía sobre su vida como una nube gris. Veía más claramente que nunca que era un extraño en una tierra extraña, entre gente que siempre le sería ajena. Y pensaba que lo más extraño de todo era esa unión, por la que había engendrado hijos y creado una vida que dependía de él, con una mujer totalmente alejada de cuanto él comprendía.
No sabía si el año 1900 marcaba para él un principio o un fin; pero, con la debilidad propia del hombre sensual, resolvió hacer de él un fin, convirtiendo el fuego que había ardido en su interior en una llamita vacilante. En la primera mitad del mes de enero, todavía sumisamente fiel a la reforma de Año Nuevo, engendró un hijo; pero en primavera, cuando se confirmó que Eliza estaba embarazada, se lanzó a una orgía que ni siquiera tenía precedentes en la famosa borrachera de cuatro meses de 1896. Día tras día se embriagaba como un loco, hasta que se fijó en un estado de demencia constante; en mayo, ella le envió de nuevo a un sanatorio de Piedmont para someterse a la «cura», que consistía solo en una dieta alimenticia vulgar y barata y en privarle del alcohol durante seis semanas, régimen que aumentó su hambre voraz lo mismo que su sed. Volvió a finales de junio, superficialmente corregido, pero rabiando en su interior. El día antes de su regreso, Eliza, cuyo embarazo era ya evidente, visitó resueltamente las catorce tabernas de la villa, imponiendo una expresión severa a su pálido semblante, y, dirigiéndose al dueño o al hombre de detrás del mostrador, dijo con voz clara y fuerte, en presencia de la achispada clientela:
—Escúcheme bien. Solo he venido a decirle que el señor Gant regresa mañana, y quiero que todos sepan que, si me entero de que alguien le ha servido una copa, haré que lo metan en la cárcel.
Ellos sabían que la amenaza era absurda, pero su pálida cara de juez, el tenaz fruncimiento de los labios y su mano derecha cerrada con naturalidad, a la manera de los hombres, con el índice extendido para recalcar su declaración con un ademán sereno pero enérgico, les produjo más temor que un caudal de imprecaciones. Recibieron su anuncio con aturdida estupefacción, murmurando, como máximo, unas palabras de sorprendido asentimiento al marcharse ella.
—¡Dios mío! —dijo un montañés, lanzando con torpeza un chorro de saliva parda a una escupidera—. Es capaz de hacerlo. Esa mujer no se anda con chiquitas.
—¡Caray! —dijo Tim O’Donnel, inclinando cómicamente su cara de simio sobre el mostrador—. No le serviría a W. O. un trago, aunque fuese de quince centavos el cuartillo y estuviésemos solos en el retrete. ¿Se ha ido ella ya?
Hubo una gran risotada que olía a whisky.
—¿Quién es? —preguntó alguien.
—La hermana de Will Pentland.
—Entonces ¡vaya si es capaz de hacerlo! —gritaron varios, y de nuevo retembló la taberna con sus carcajadas.
Will Pentland estaba en Loughran’s cuando ella entró. Eliza no lo saludó. Cuando se hubo marchado, se volvió él a un hombre que tenía al lado, negó con la cabeza y guiñó un ojo como un pájaro, y declaró:
—Apuesto a que tú no podrías hacer esto.
Cuando volvió Gant y se vio públicamente rechazado en un bar, se puso loco de rabia y de humillación. Desde luego, consiguió whisky con mucha facilidad, enviando a un mandadero o a algún negro en su busca: pero a pesar de la notoriedad de su conducta, que, según sabía, había llegado a ser un mito clásico para los niños de la villa, se encogía a cada nuevo anuncio de su comportamiento; con el paso de los años, se había hecho más sensible a eso, y su vergüenza, su temblorosa humillación en las mañanas subsiguientes, producto de su orgullo herido y de sus alterados nervios, eran lastimosas. Sentía con rencor que Eliza le había degradado en público con deliberada malicia, y, al volver a casa, la llenaba de recriminaciones y de insultos.
Durante todo el verano, Eliza soportó aquel horror con blanca y ominosa placidez; incluso tenía sed de ello y esperaba con terrible quietud el regreso del miedo por la noche. Irritado por su estado de preñez, Gant iba casi a diario a la casa de Elizabeth, en Eagle Crescent, donde, por la noche, una pandilla de agotadas y aterrorizadas prostitutas le ponían al cuidado de Steve, su hijo mayor, ahora insolentemente familiarizado con casi todas las mujeres del distrito, que le mimaban con bonachona vulgaridad, reían de buen grado sus atrevidas insinuaciones e incluso soportaban que les diese ligeras palmadas en las nalgas y le perseguían desmañadamente cuando él se alejaba brincando.
—Hijo —decía Elizabeth, sacudiendo con fuerza la oscilante cabeza de Gant—, cuando seas mayor, no hagas como ese viejo gallito. Sin embargo, es un buen muchacho... cuando quiere —seguía diciendo, besándole la calva y deslizando en la mano del muchacho la cartera que, llevado de su generosidad, le había dado Gant; porque era de una honradez escrupulosa.
Generalmente, el muchacho iba acompañado en tales ocasiones de Jannadeau y de Tom Flack, un cochero negro que esperaba con paciente resignación delante de la enrejada puerta del burdel hasta que el creciente tumulto interior indicaba que Gant había sido invitado a marcharse. Y se marchaba, ora debatiéndose torpemente y lanzando furiosos insultos contra sus suplicantes aprehensores, ora con jovial condescendencia, cantando a voz en grito una canción salaz de su juventud frente a las celosías de la plazuela y a lo largo de las calles silenciosas de la villa.
Cuando estoy en aquel cuarto de atrás,
en aquel cuarto mezquino,
rodeado de pulgas y de chinches,
pena me da vuestro triste destino.
Ya en casa, dejaba que, con halagos y zalamerías, le obligasen a subir la escalera de la alta galería y le metiesen en la cama; o bien, resistiendo toda coacción, buscaba a su esposa, generalmente encerrada en su habitación, y la llenaba de improperios y de acusaciones de infidelidad, puesto que alentaba en él una negra sospecha, fruto de la edad y de su menguante energía. La tímida Daisy, pálida de miedo, corría a refugiarse en los brazos de su vecina Sudie Isaacs o de los Tarkinton; y Helen, que tenía diez años y era incluso entonces la niña mimada de su padre, conseguía dominarle, metiéndole en la boca cucharadas de sopa humeante y abofeteándole con su manita cuando se ponía terco.
—¡Bebe esto! ¡Te conviene!
Y a él le complacía enormemente: ambos estaban hechos de la misma madera.
Una vez más perdió del todo la razón. Llevado de una locura extravagante, encendía grandes fogatas en el cuarto de estar, rociando las llamas saltarinas con una lata de petróleo; escupiendo satisfecho sobre el rugiente fuego y vociferando hasta agotarse una canción profana, reducida a unas cuantas notas repetidas, y que, durante cuarenta minutos, venía a decir algo como esto:
Oh, oh, maldita sea, maldita sea,
oh, oh, maldita sea, maldita sea,
adoptando generalmente el ritmo con que da las horas la campana de un reloj.
Y fuera, colgados como monos en los gruesos alambres de la valla, Sandy y Ferguson Duncan, Seth Tarkinton, y a veces los propios Ben y Grover, uniéndose al regocijo de sus amigos, entonaban en respuesta otra canción:
El viejo Gant
volvió a casa borracho.
El viejo Gant
volvió a casa borracho.
Daisy, refugiada en casa de un vecino, lloraba de vergüenza y de miedo. Pero Helen, la pequeña y delgada furia, seguía implacable en su empeño, hasta que él se hundía en un sillón y aceptaba la sopa y los punzantes bofetones con una sonrisa. Arriba, Eliza yacía en su cama, pálida y alerta.
Así transcurrió el verano. Las últimas uvas pendían de las parras en racimos secos y podridos; el viento zumbaba a lo lejos; terminaba septiembre.
Una noche, el adusto doctor Cardiac dijo:
—Creo que esto habrá terminado antes de que anochezca mañana.
Y se marchó, dejando en la casa a una lugareña de edad madura. Era una enérgica y práctica enfermera.
A las ocho, Gant regresó solo. El joven Steve se había quedado en casa, por si Eliza necesitaba algo con urgencia; de momento, la atención no se centraba en el amo.
El vozarrón de este, cantando obscenidades, retumbó en el vecindario. Al oír Eliza el fiero rugido de las llamas en la chimenea, haciendo temblar la casa en su ascensión, llamó a Steve a su lado y murmuró con voz tensa:
—Hijo, ¡nos va a quemar a todos!
Oyeron caer pesadamente una silla en la planta baja y una maldición de Gant; oyeron los pesados pasos de este cruzando el comedor y el vestíbulo; oyeron el crujido del pasamano de la escalera al chocar su cuerpo contra él.
—¡Viene! —murmuró ella—. ¡Viene hacia acá! ¡Cierra la puerta, hijo!
El chico cerró la puerta.
—¿Estás ahí? —rugió Gant, golpeando fuertemente la endeble puerta con el puño—. ¿Estás ahí, señorita Eliza? —aulló, dándole el irónico tratamiento que solía emplear en momentos como aquel.
E inició a gritos un discurso en el que entretejía vulgaridades y vituperios:
—Poco podía yo adivinar —empezó diciendo, entregándose enseguida a la disparatada retórica que solía emplear medio en serio y medio en broma—, poco podía yo adivinar hace dieciocho amargos años, cuando la vi por primera vez, cuando ella vino a mí desde la esquina, reptando como una serpiente sobre su vientre (tosca imagen que, a fuerza de repetirla, era ahora como un bálsamo para él), poco podía adivinar entonces que... que... que esto acabaría así —terminó con desaliento.
Esperó en silencio, en el grávido silencio, alguna respuesta, sabiendo que ella yacía pálida y tranquila detrás de aquella puerta, y sintiendo renacer la antigua y sofocante furia, porque sabía que ella no le contestaría.
—¿Estás ahí? Pregunto si estás ahí, ¡mujer! —vociferó, dando golpes con los gordos nudillos en un furioso bombardeo.
Nada; solo aquel silencio blanco y vivo.
—¡Ay de mí! ¡Ay de mí! —suspiró, compadeciéndose, y después rompió en forzados y gangosos sollozos, dando así una fluida música de fondo a su denuncia—. ¡Dios misericordioso! —gimió—. Es terrible, es horrible, es cruel. ¿Qué he hecho yo para que Dios me castigue de este modo en mi vejez?
No hubo respuesta.
—¡Cynthia! ¡Cynthia! —aulló de pronto, invocando la memoria de su primera esposa, la flaca solterona tuberculosa cuya vida, según decían, no había hecho nada él por prolongar, pero a la que suplicaba ahora de buen grado, sabiendo el daño y la irritación que causaba con ello a su mujer—. ¡Cynthia! ¡Oh, Cynthia! ¡Mírame compasiva en esta hora de angustia! ¡Socórreme! ¡Ayúdame! ¡Protégeme contra ese demonio salido del infierno!
Y prosiguió, llorando con fuerte y fingido gangueo:
—¡U-u-uy! Baja y sálvame, te lo suplico, te lo pido, te imploro, ¡o pereceré!
Silencio.
—Ingrata, más cruel que las bestias salvajes —siguió diciendo, tomando ahora otro camino, lleno de mezcladas y confusas citas—. Serás castigada, tan cierto como hay un Dios en el cielo. Todos seréis castigados. Patead al viejo, golpeadle, arrojadle a la calle: ya no sirve para nada. Ya no puede mantener a la familia... Enviadle al asilo de ancianos. Allí es donde debe estar. Que repiquen sus huesos sobre las piedras. Honra a tu padre, para que tus días sean largos. ¡Ay, Señor!
Mírenlo bien, en este sitio se hundió el puñal de Casio.
Vean el tajo que abrió el rencoroso Casca.
A través de este, el amadísimo Bruto cargó su daga,
y al retirar su maldito acero, dejó un rastro
de sangre de César...
—Jeemy —dijo en ese momento la señora Duncan a su marido—, tendrías que ir allá. Ha vuelto a las andadas, y ella está embarazada.
El escocés echó su silla hacia atrás, resuelto a interrumpir el ordenado ritual de su vida y la tibia fragancia del pan recién cocido.
En la verja, delante de la casa de Gant, se encontró con el paciente Jannadeau, a quien había ido a buscar Ben. Cambiaron unas palabras prácticas y subieron corriendo los peldaños exteriores al oír, arriba, un fuerte golpe y un grito de mujer. Eliza, en camisón, abrió la puerta.
—¡Vengan! —murmuró—. ¡Deprisa!
—¡Por Dios que la mataré! —chilló Gant, lanzándose escalera abajo, con más peligro para su propia vida que para la de nadie más—. Esta vez la mataré, y pondré fin a mi desdicha.
Llevaba en la mano un pesado atizador. Los dos hombres le agarraron; el robusto joyero le quitó el atizador, con fuerza pero sin violencia.
—Se ha abierto la cabeza con el barrote de la cama, mamá —dijo Steve, bajando.
Era verdad: Gant sangraba.
—Ve a buscar a tu tío Will, hijo. ¡Deprisa!
El chico salió corriendo como un galgo.
—Creo que esta vez iba en serio —murmuró Eliza.
Duncan cerró la puerta, pues se había formado una hilera de vecinos boquiabiertos detrás de la valla.
—Se va a enfriar, señora Gant.
—¡Manténgalo lejos de mí! ¡Que no se acerque! —gritó ella con fuerza.
—Sí, yo cuidaré de eso —respondió Duncan, en tranquilo escocés.
Ella se volvió para subir la escalera, pero cayó pesadamente de rodillas en el segundo peldaño. La enfermera rural, que volvía del cuarto de baño, donde se había encerrado, corrió en su ayuda. Eliza subió despacio, apoyándose en la mujer y en Grover. Fuera, Ben se dejó caer ágilmente desde el bajo alero sobre el macizo de lirios. Seth Tarkinton, agarrado a los alambres de la valla, lo saludó a gritos.
Gant se dejó llevar dócilmente, un poco aturdido, por sus dos guardianes; cayó despatarrado en la mecedora, y lo desnudaron. Hacía un rato que Helen trajinaba en la cocina: ahora apareció, trayendo sopa hirviente.
Los ojos muertos de Gant se animaron al reconocerla.
—Hola, pequeña —rugió, haciendo un tonto movimiento circular con ambos brazos—, ¿cómo estás?
Ella dejó la sopa; él estrujó su delgado cuerpecito contra el suyo, rozándole la mejilla y el cuello con su erizado bigote, echándole el aliento cargado de olor rancio a whisky de centeno.
—¡Oh, se ha cortado! —dijo la niña, a punto de llorar.
—Mira lo que me han hecho, pequeña —dijo él, señalándose la herida y estremeciéndose.
Will Pentland, hijo de aquel clan cuyos miembros no se olvidaban nunca los unos de los otros, aunque solo se veían en tiempos de muerte, de peste y de terror, entró en la estancia.
—Buenas noches, señor Pentland —dijo Duncan.
—Solo tolerables —dijo Will, dedicando campechanamente un movimiento de cabeza y un guiño de pájaro a los dos hombres.
Se plantó delante del fuego, limpiando con aire reflexivo sus cortas uñas con una navaja roma. Era su acción acostumbrada cuando estaba en compañía; pensaba que nadie podía ver lo que pensaba uno cuando se estaba limpiando las uñas.
Al verle, Gant salió de inmediato de su letargo. Recordó la sociedad disuelta. La conocida actitud de Will Pentland, plantado delante del fuego, evocaba todas las características del clan que él tanto aborrecía: su engallada complacencia, sus continuos juegos de palabras, sus éxitos.
—¡Sayones de montaña! —rugió—. ¡Sayones de montaña! ¡Lo más bajo de lo bajo! ¡Lo más vil de lo vil!
—¡Señor Gant! ¡Señor Gant! —suplicó Jannadeau.
—¿Qué te pasa, W. O.? —preguntó Will Pentland, levantando inocentemente la mirada de sus dedos—. ¿Has comido algo que te ha sentado mal? —preguntó, guiñando un ojo a Duncan y volviendo a sus dedos.
—¡El viejo miserable de tu padre —aulló Gant— fue azotado en la plaza pública por no pagar sus deudas!
Era un insulto puramente imaginario, pero que se había afirmado como verdadero en la mente de Gant, como tantos otros epítetos gastados, porque le producía una íntima satisfacción.
—Conque lo azotaron en la plaza pública, ¿eh? —Will hizo otro guiño, incapaz de desaprovechar la ocasión—. Entonces se lo tuvieron muy callado, ¿no crees?
Pero, detrás de la expresión intensamente bonachona de su rostro, los ojos eran duros. Frunció con aire pensativo los labios, sin dejar de trabajar con sus dedos.
—Pero voy a decirte algo acerca de él, W. O. —prosiguió al cabo de un momento, con tranquila pero ominosa gravedad—. Él dejó que su esposa muriese de muerte natural en su cama. No trató de matarla.
—¡A fe que no! —convino Gant—. Dejó que se muriese de hambre. Si la vieja tuvo una comida cabal en su vida, la disfrutó bajo mi techo. Una cosa es segura: habría podido ir y volver dos veces del infierno, antes de que se la diesen Tom Pentland o cualquiera de sus hijos.
Will Pentland cerró la navaja roma y se la metió en el bolsillo.
—¡El viejo comandante Pentland no hizo un día de trabajo honrado en su vida! —chilló Gant, como si se le hubiese olvidado esta feliz observación.
—¡Vamos, señor Gant! —dijo Duncan, en tono de reproche.
—¡Silencio! ¡Silencio! —murmuró enérgicamente la niña, plantándose delante de su padre con la sopa.
Acercó la humeante cuchara a su boca, pero él volvió la cabeza para proferir otro insulto. Ella le dio una fuerte palmada en la boca.
—¡Bebe esto! —susurró.
Y él, sonriendo mansamente al mirarla, empezó a tragar la sopa.
Will Pentland miró con atención a la niña durante un momento, después se volvió hacia Duncan y Jannadeau, asintiendo con la cabeza y guiñando un ojo. Sin añadir palabra, salió de la estancia y subió la escalera. Su hermana yacía inmóvil, boca arriba.
—¿Cómo te encuentras, Eliza?
Flotaba en la habitación un fuerte olor a peras maduras; un desacostumbrado fuego de leña de pino ardía en la chimenea; se plantó delante de esta y empezó de nuevo a limpiarse las uñas.
—Nadie sabe, nadie sabe —empezó ella, dando rienda suelta a sus lágrimas— lo que he tenido que pasar.
Se enjugó los ojos enseguida con una punta de la colcha; su ancha y enérgica nariz, roja sobre el pálido semblante, era como una llama.
—¿Tienes algo bueno para comer? —preguntó él, guiñándole un ojo con cómica glotonería.
—Hay unas peras en la alacena, Will. Las puse allí la semana pasada para que madurasen.
Él se metió en la enorme alacena y salió al cabo de un momento con una pera gorda y amarilla; volvió junto a la chimenea y abrió la hoja más pequeña de su navaja.
—Te aseguro, Will, que ya no puedo más —dijo ella a media voz, al cabo de un instante—. No sé qué mosca le ha picado. Pero puedes apostar tu último dólar a que no voy a aguantar mucho más. Sé cómo desenvolverme —dijo, asintiendo vivamente con la cabeza.
Él reconoció el tono. Casi se olvidó de sí mismo.
—Mira, Eliza —empezó a decir—, si estás pensando en afincarte en otra parte, yo... —Pero se recobró a tiempo—: Yo podría ofrecerte el material al mejor precio que puedas encontrar en el mercado —terminó, metiéndose rápidamente un trozo de pera en la boca.
—No —dijo ella—, todavía no estoy en condiciones para eso. Cuando llegue el momento, te lo haré saber.
Las ascuas sueltas cayeron sobre el suelo del hogar.
—Te lo haré saber —repitió, y él cerró la navaja y se la metió en un bolsillo del pantalón.
—Buenas noches, Eliza —dijo—. Supongo que Pett querrá venir a verte. Le diré que estás bien.
Bajó la escalera sin hacer ruido y salió por la puerta principal. Mientras descendía la escalinata de la alta galería, Duncan y Jannadeau bajaron en silencio al patio desde el cuarto de estar.
—¿Cómo está W. O.? —preguntó Will.
—¡Oh, muy bien! —dijo alegremente Duncan—. Está durmiendo como un tronco.
—¿El sueño de los justos? —preguntó Will Pentland con un guiño.
Al suizo le molestó la burla implícita contra su Titán.
—Es una verdadera lástima que al señor Gant le haya dado por la bebida —dijo Jannadeau, con voz grave y gutural—. Con su talento podría llegar muy lejos. Cuando está sereno, es el hombre más simpático del mundo.
—¿Y cuándo está sereno? —preguntó Will, guiñándole un ojo en la oscuridad—. Dígame algo de cuando está dormido.
—Cuando Helen se encarga de él, se pone bien en un minuto —observó el señor Duncan con su dulce voz—. Es maravilloso lo que esa niña puede hacer con él.
—¡Y que lo diga! —exclamó riendo Jannadeau, con gutural satisfacción—. Esa niña conoce a su papá como la palma de su mano.
La niña estaba sentada en el gran sillón frente al fuego menguante del cuarto de estar; leyó hasta que se apagaron las llamas y solo quedaron los tizones; entonces, sin hacer ruido, cubrió las brasas con ceniza. Gant, sumido en profundo sueño, yacía sobre el sofá de fino cuero adosado a la pared. Ella lo había envuelto en una manta; ahora puso un cojín sobre una silla v colocó los pies de su padre sobre él. Gant olía a whisky rancio; sus ronquidos hacían retemblar los cristales de las ventanas.
Y así, sumido en el olvido, pasó la noche: dormía cuando Eliza empezó a sentir los fuertes dolores del parto a las dos de la madrugada, y durmió mientras sufría la paciente y se afanaban el médico y la enfermera.
Contradiciendo un epigrama, la criatura tardó un tiempo excesivo en nacer; pero cuando después de las diez de la mañana Gant despertó al fin, temblando a causa de sus agarrotados nervios y de la vergüenza de sus confusos recuerdos, oyó, mientras bebía el café caliente que le había llevado Helen, un fuerte, profundo y prolongado llanto en el piso de arriba.
—¡Oh, Dios mío. Dios mío! —gimió. Y señalando en la dirección del ruido—: ¿Es niño o niña?
—Todavía no lo he visto, papá —respondió Helen—. No nos dejan entrar. Pero el doctor Cardiac salió y nos dijo que, si éramos buenos, tal vez nos traería un niño.
Hubo un terrible estruendo sobre el techado de metal y sonó la voz airada de la enfermera. Steve saltó como un gato desde la cubierta del porche al macizo de los lirios, por delante de la ventana de Gant.
—¡Steve, maldito bribón! —rugió el amo de la casa, recobrando momentáneamente su cordura—. Por el amor de Dios, ¿qué estás haciendo?
El muchacho había saltado ya la valla.
—¡Lo he visto! ¡Lo he visto! —gritó desde el otro lado.
—¡Yo también lo he visto! —chilló Grover, entusiasmado, cruzando la habitación y saliendo a la carrera.
—¡Si os vuelvo a pillar en este tejado —chilló la enfermera campesina desde arriba—, os despellejaré!
Gant se había alegrado durante unos instantes al enterarse de que su último heredero era un varón; pero después empezó a andar arriba y abajo en la estancia, profiriendo continuas lamentaciones.
—¡Oh, Dios mío, Dios mío! ¿Por qué he de soportar esta nueva carga en mi vejez? ¡Otra boca para alimentar! Es espantoso, es terrible, es cruel. —Y se echó a llorar afectadamente.
Entonces, dándose cuenta de que no había nadie lo bastante cerca para sentirse conmovido por su aflicción, se interrumpió de pronto y corrió hacia la puerta, cruzó el comedor y llegó al vestíbulo, donde gritó, en tono gemebundo:
—¡Eliza! ¡Esposa mía! ¡Dime que me perdonas!
Y subió la escalera, sollozando trabajosamente.
—¡No le dejen entrar! —gritó con viveza la interpelada, con notable energía.
—Dígale que ahora no puede entrar —dijo Cardiac a la enfermera, con voz seca, fijando la mirada en la balanza—. A fin de cuentas, aquí solo tenemos leche —añadió.
Gant estaba en el exterior.
—¡Eliza, esposa mía! Ten piedad, te lo suplico. Si yo hubiese sabido...
—Sí —dijo la enfermera campesina, abriendo bruscamente la puerta—, si el perro no se hubiese detenido para levantar la pata, ¡habría pillado al conejo! ¡Lárguese de aquí!
Y cerró con violencia la puerta en sus narices.
Él bajó la escalera con la cabeza gacha, pero sonrió con disimulo al pensar en las palabras de la enfermera. Se humedeció rápidamente el grueso pulgar con la lengua.
—¡Dios misericordioso! —dijo, haciendo una mueca.
Después volvió a sus interrumpidas lamentaciones.
—Creo que todo irá bien —dijo Cardiac, sosteniendo un bulto rojo, pellejudo y arrugado hasta los pies, y dándole unas palmadas en el trasero, para animarlo un poco.
En realidad, el presunto heredero había hecho su entrada completamente equipado con todas las pertenencias, dependencias, tuercas, llaves, espitas, garras, ojos, uñas, considerados necesarios para un aspecto cabal, para la armonía de las partes y para la unidad de efecto en nuestro enérgico, estimulante y competitivo mundo. Era el varón completo en miniatura, la diminuta bellota que daría origen al roble vigoroso, el heredero de todas las edades, el causahabiente de un renombre inalcanzado, el hijo del progreso, el niño mimado de la naciente Edad de Oro, y, lo que es más, la Fortuna y el Hada Madrina, no contentas con colmarle de esos dones de tiempo y de familia, le habían reservado cuidadosamente para ese momento en que el Progreso estaba maduro y nimbado de gloria.
—Bueno, ¿cómo va a llamar a eso? —preguntó el doctor Cardiac, refiriéndose, con su tosquedad brutal de médico, al nobilísimo diablillo.
Eliza estaba acorde con las vibraciones cósmicas. Con pleno aunque inexacto sentido de lo que esas presagiaban, dio al Hijo de la Suerte el título de Eugene, hermoso nombre que significa «bien nacido», pero que, como todos podrán comprobar, no significa, no ha significado nunca, «bien criado».
Esta lumbrera escogida, a la que se había dado ya nombre y desde cuyo centro deben contemplarse la mayoría de los sucesos de esta crónica, nació, como hemos dicho, en el momento más crucial de la historia. Pero quizá habrá el lector pensado en eso. ¿No? Entonces, permita que le refresquemos la memoria.
En 1900, Oscar Wilde y James A. McNeill Whistler habían casi acabado de decir las cosas que se les atribuían y que Eugene tendría que oír veinte años más tarde; la mayoría de los grandes victorianos habían muerto antes de que empezase el bombardeo; William McKinley había sido reelegido, y los tripulantes de la Armada Española habían vuelto a casa en un remolcador.
En el extranjero, la torva y vieja Inglaterra había lanzado su ultimátum a África del Sur en 1899; lord Roberts («Little Bobs», como le llamaban cariñosamente sus hombres) había sido designado general en jefe después de varios reveses británicos; la república del Transvaal fue tomada por Gran Bretaña en septiembre de 1900 y formalmente anexionada el mes en que nació Eugene. Dos años más tarde, se celebró una conferencia para la paz.
Mientras tanto, ¿qué pasaba en Japón? Os lo diré: el primer Parlamento se reunió en 1891, hubo una guerra con China en 1894-1895, Formosa fue cedida en 1895. Además, Warren Hastings había sido procesado y juzgado; el papa Sixto V había llegado y se había ido; Dalmacia había sido sometida por Tiberio; Belisario había sido cegado por Justiniano; las ceremonias nupciales y funerarias de Wilhelmina Charlotte Caroline de Brandenburg-Ansbach y el rey Jorge II habían sido solemnizadas, mientras que las de Berenguela de Navarra con el rey Ricardo I eran poco más que un lejano recuerdo; Diocleciano, Carlos V y Víctor Amadeo de Cerdeña habían abdicado todos ellos de sus tronos; Henry James Pye, poeta laureado de Inglaterra, estaba con sus padres; Casiodoro, Quintiliano, Juvenal, Lucrecio, Marcial y Alberto el Oso de Brandenburgo habían respondido a la última llamada; las batallas de Antietam, Smolensko, Drumclog, Inkerman, Marengo, Cawnpore, Killiecrankie, Sluys, Accio, Lepanto, Tewkesbury, Brandywine, Hohenlinden, Salamina y del desierto se habían desarrollado por tierra y por mar; Hipias había sido expulsado de Atenas por los alcmeónidas y los lacedemonios; Simonides, Menandro, Estrabón, Moscos y Píndaro habían saldado sus cuentas terrenales; los beatíficos Eusebio, Atanasio y Crisóstomo se habían ido a sus celestiales hornacinas; Micerino había construido la Tercera Pirámide; Aspalta había acaudillado ejércitos victoriosos; las remotas Bermudas, Malta y las islas de Barlovento habían sido colonizadas. Además, la Armada Española había sido derrotada; el presidente Abraham Lincoln había sido asesinado, y las Pesquerías Award de Halifax habían dado cinco millones y medio de dólares a Gran Bretaña por doce años de privilegios de pesca. Por último, solo treinta o cuarenta millones de años antes, nuestros primeros antepasados habían salido arrastrándose del barro primitivo y, sin duda, encontrando desagradable el cambio, se habían sumergido de nuevo en él.
Así estaba la historia cuando Eugene entró en el teatro de los acontecimientos humanos en 1900.
De buen grado daríamos cuenta más extensa del mundo en que se desenvolvieron los primeros años de su vida, mostrando, en todas sus perspectivas e implicaciones, el significado de la vida vista desde el suelo, o desde la cuna; pero estas impresiones son suprimidas, cuando podrían contarse, no por defecto de la inteligencia, sino por falta de control muscular, de fuerza de articulación, y debido a las continuas oleadas de soledad, de cansancio, de depresión, de aberración y de confusión total, que combaten el orden en la mente humana hasta que esta tiene tres o cuatro años.
Yaciendo a oscuras en su cuna, lavado, empolvado y bien alimentado, pensaba calladamente en muchas cosas antes de sumirse en el sueño, el sueño interminable que borraba el tiempo para él y le daba la impresión de haber perdido para siempre un día de vida rutilante. En estos momentos, le afligía un horror tedioso al pensar en las incomodidades, las flaquezas, la mudez, la infinita incomprensión que tendría que soportar hasta alcanzar, al menos, la libertad física. Se angustiaba al pensar en la enorme distancia que se extendía ante él, en la falta de coordinación de los centros de control, en la indisciplinada y pícara vejiga, en la inevitable exhibición a que se veía obligado en presencia de sus risueños y manoseadores hermanos y hermanas, al ser secado, limpiado y volteado por ellos.
Estaba angustiado porque carecía de símbolos; su mente estaba aprisionada en una red porque no tenía palabras con que expresarse. Ni siquiera sabía los nombres de los objetos que lo rodeaban; probablemente se los definía él mismo con alguna jerga, reforzada por retazos de las palabras que sonaban a su alrededor, las cuales escuchaba con atención día tras día, dándose cuenta de que su primera liberación debía alcanzarla por medio del lenguaje. Lo más deprisa que pudo, indicó su voraz afán por las imágenes y la letra impresa; a veces le mostraban grandes libros llenos de ilustraciones, y él les incitaba de forma desesperada con sus arrullos, chillando entusiasmado, poniendo caras raras y haciendo todo lo que ellos podían comprender. Se preguntaba, furioso, qué sentirían si supiesen lo que pensaba en realidad; otras veces se reía de ellos y de toda su descabellada comedia de errores, cuando hacían cabriolas a su alrededor para divertirle, meneaban la cabeza mirándole y le hacían cosquillas que le obligaban a chillar violentamente contra su voluntad. La situación era enojosa en grado sumo y cómica al mismo tiempo; sentado en el suelo y viéndolos entrar, observando sus caras transformadas al mirarle tontamente de reojo, y oyendo sus voces que se volvían absurdas y sentimentales al dirigirse a él con palabras que aún no comprendía, pero que veía que mutilaban con la ridícula esperanza de hacerlas inteligibles, no tenía más remedio que reírse de aquellos imbéciles, a pesar de su irritación.
Y cuando le dejaban solo en una habitación, con las persianas echadas para que durmiese, mientras el sol proyectaba rayas luminosas sobre el suelo, se sentía invadido por una soledad y una tristeza inconmensurables; veía su vida en la solemne perspectiva de un sendero en el bosque, y sabía que siempre estaría triste: encerrada en el pequeño cráneo redondo, aprisionada en el palpitante y secretísimo corazón, su vida discurría siempre por caminos solitarios. Perdida. Comprendía que los hombres eran para siempre extraños los unos a los otros, que nadie llega nunca a conocer de veras a alguien; que, aprisionados en el oscuro seno materno, nos asomamos a la vida sin haber visto nunca la cara de nuestra madre, que nos recibe en sus brazos como extraños, y que, encerrados en la hermética prisión del ser, no escaparemos jamás, aunque unos brazos nos estrechen y una boca nos bese y un corazón nos dé calor. Nunca, nunca, nunca, nunca, nunca.
Sabía que las grandes figuras que entraban y se movían a su alrededor, las enormes cabezas sonrientes que se inclinaban odiosamente sobre su cuna, las fuertes voces que retumbaban incoherentes encima de él no significaban para ellos mucho más de lo que representaban para él; que incluso sus palabras y todos sus movimientos, fáciles y fluidos, eran insuficientes para comunicar lo que pensaban o sentían, y servían a menudo, no para fomentar la comprensión, sino para ahondar y ensanchar la rivalidad, la amargura y el prejuicio.
Su cerebro se estremecía de terror. Se veía como un extraño inarticulado, como un divertido y pequeño payaso, nacido y alimentado por aquellos enormes y remotos personajes. Había sido enviado de un misterio a otro; en alguna parte, dentro o fuera de su conciencia, oía débilmente una gran campana, como tañendo debajo del mar, y, al escucharla, el fantasma del recuerdo pasaba por su mente, y por un instante sentía que casi había recobrado lo que había perdido.
A veces, izándose en las altas paredes de su cuna, miraba aturdido los dibujos de la alfombra allá en lo hondo; el mundo entraba en su mente y volvía a salir como una marea, estampando su viva imagen por un instante y refluyendo de forma adormilada y vaga, mientras él componía poco a poco el rompecabezas de la sensación, viendo solo el oscilante reflejo del fuego en el atizador y oyendo el fantástico cloqueo de las gallinas bajo el sol, en algún lugar de un mundo lejano y encantado. Cada vez oía con más fuerza y calidad su toque de diana, y se convertía de pronto en un cabal y alerta ciudadano de la vida; o bien oía, yendo y viniendo en ondas alternas de fantasía y realidad, el trueno fuerte, como de cuento de hadas, de la música de salón de Daisy. Años más tarde, volvió a oírla y se abrió una ventana en su cerebro; ella le dijo que era el «Minuet» de Paderewski.
Su cuna era una gran cesta trenzada, con colchón y almohada bien mullidos. Cuando adquirió vigor, pudo realizar en ella extraordinarias acrobacias, dando volteretas, arqueando el cuerpo e irguiéndose con gran agilidad; a fuerza de paciencia, conseguía incluso pasar sobre la barandilla y deslizarse al suelo. Allí se arrastraba sobre los amplios dibujos de la alfombra, observando fijamente las grandes piezas de madera amontonadas de forma caótica en el suelo. Habían pertenecido a su hermano Luke, y todas las letras del alfabeto estaban grabadas en ellas con vivos y variados colores.
Sosteniéndolos con torpeza con sus manitas, estudiaba durante horas los símbolos de la palabra, sabiendo que tenía en ellos las piedras del templo del lenguaje, y esforzándose desesperadamente por descubrir la clave que pondría orden e inteligencia en aquella anarquía. Fuertes voces sonaban en lo alto; grandes formas entraban y salían, alzándolo a alturas vertiginosas y bajándolo de nuevo con vigor inagotable. La campana tañía bajo el mar.
Un día, cuando se hubo desplegado espléndidamente la rica primavera, cuando la tierra negra y esponjosa del jardín se hubo cubierto de pronto de hierba tierna y flores húmedas, y el gran cerezo se llenó poco a poco de ambarinas gotas de savia que eran como gemas, y las cerezas maduraron en copiosos racimos, Gant lo sacó de su cesta y lo llevó al sol del alto porche frontal, y dio con él la vuelta a la casa, pasando junto al macizo de lirios y volviendo por debajo de los árboles donde cantaban pájaros ocultos, hasta el fondo del recinto.
Allí no había sombra, y la tierra estaba seca, surcada por el arado. Eugene supo, por el silencio, que era domingo; junto a la alta valla flotaba el fuerte olor de los hierbajos caldeados. Al otro lado, la vaca de Swain pastaba la hierba fresca y basta, levantando la cabeza de vez en cuando y cantando, con sus mugidos fuertes y graves, la exuberancia del domingo. En el aire limpio y cálido, Eugene oyó con absoluta claridad todos los vivos sonidos de los corrales del barrio, adquirió aguda conciencia de todo el escenario y, al cantar de nuevo la vaca de Swain, sintió que se abrían sus propias compuertas. Respondió «Muuu», imitando tímida pero perfectamente el sonido y repitiéndolo, confiado, un momento después, al contestarle la vaca.
Gant no cabía en sí de gozo. Se volvió y corrió hacia la casa con toda la rapidez que le permitían sus piernas. Y, mientras corría, rozaba con su erizado bigote el tierno cuello de Eugene, que mugía concienzudamente y siempre obtenía respuesta.
—¡Santo Dios! —gritó Eliza, mirando por la ventana de la cocina y viéndole cruzar el jardín a largas zancadas—. ¡Va a matar a esa criatura!
Al subir él corriendo los peldaños de la cocina —toda la casa, salvo el lado de arriba, estaba separada del suelo—, salió a la pequeña galería enrejada, agitando las manos y roja la nariz.
—¿Qué diablos está haciendo, señor Gant?
—¡Muuu! Ha dicho «¡Muuu!». ¡Vaya que sí! —dijo Gant, hablando más a Eugene que a Eliza.
Eugene le respondió de inmediato; sentía que eso era bastante tonto, y comprendió que tendría que seguir imitando a la vaca de Swain durante varios días; sin embargo, estaba terriblemente excitado, con la impresión de haber saltado un muro.
Eliza estaba también emocionada, pero su manera de demostrarlo fue volver a la cocina, disimulando su satisfacción y diciendo:
—¡Vaya con el señor Gant! Jamás vi a un hombre tan chalado por un niño.
Más tarde, Eugene yacía despierto en su cesta colocada en el suelo del cuarto de estar, viendo pasar los platos humeantes en las manos afanosas de toda la familia, pues Eliza cocinaba de maravilla en aquella época, y las comidas de los domingos eran dignas de recordar. Durante dos horas, después de volver de la iglesia, los chicos pequeños habían estado rondando hambrientos la cocina. Ben, frunciendo orgulloso el ceño, mantenía su dignidad fuera del escenario, limitándose a hacer frecuentes excursiones a través de la casa para observar los progresos de las operaciones culinarias; Grover entraba y miraba con franco interés hasta que lo echaban; Luke, surcada su ancha y divertida carita por una amplia y regocijada sonrisa, corría por la casa, chillando entusiasmado:
Uini, uidi, uiqui,
uini, uidi, uiqui,
uini, uidi, uique,
ui, ui, ui.
Había oído a Daisy y a Josephine Brown recitar juntas Julio César, y la cancioncilla era su propia interpretación de la breve y jactanciosa declaración de César: Veni, vidi, vici.
Yaciendo en su cuna, Eugene oía a través de la puerta abierta la charla del comedor, la ruidosa excitación de los chicos, el chirrido del cuchillo contra el acero al disponerse Gant a partir el asado, y la repetición del gran acontecimiento de la mañana, contado una y otra vez sin variación, pero con creciente entusiasmo.
«Pronto —pensó, al llegar hasta él la intensa fragancia de la comida— estaré allí con ellos». Y pensó, relamiéndose, en el misterioso y suculento yantar.
Durante toda la tarde, en la galería, Gant contó la historia, llamando a los vecinos e invitando a Eugene a repetir su actuación. Eugene oyó claramente todo lo que se dijo aquel día; fue incapaz de contestar, pero vio que el don de la palabra era inminente.
Así vio más tarde los dos primeros años de su vida en brillantes y aislados destellos. Recordaba vagamente su segunda Navidad como un periodo de gran alborozo; fue como un entrenamiento para cuando llegase la tercera. Con la maravillosa facultad de habituarse de los niños, le parecía que la Navidad le era conocida desde siempre.
Tenía conciencia de la luz del sol, de la lluvia, del fuego saltarín, de su cuna, de la fosca cárcel del invierno. Un día cálido de la segunda primavera, vio salir a Daisy cuesta arriba en dirección al colegio; tocaba a su fin el descanso del mediodía, y ella había almorzado en casa. Iba al colegio para niñas de la señorita Ford, un edificio de ladrillos rojos en una esquina de la cima de la empinada cuesta; vio que se reunía con Eleanor Duncan justo antes de llegar a él. Llevaba los cabellos recogidos en dos largas trenzas sobre la espalda. Era una muchacha recatada, modesta, virginal, tímida y que se ruborizaba con facilidad; pero él temía sus cuidados, porque lo bañaba frenéticamente, descargando sobre su pellejo cuanto había de explosivo y violento debajo de su placidez. La verdad era que lo frotaba hasta dejarlo casi en carne viva. Él aullaba de forma lastimera. Al subir ella la cuesta, la recordó. Vio que era la misma persona.
Pasó su segundo cumpleaños en una iluminación creciente. A comienzos de la siguiente primavera, tuvo conciencia de un periodo de abandono; reinaba en la casa un silencio mortal; la voz de Gant no retumbaba ya a su alrededor, y los chicos entraban y salían sin hacer ruido. Luke, el cuarto en ser atacado por la epidemia, estaba muy enfermo de fiebre tifoidea; Eugene fue confiado casi todo el tiempo al cuidado de una negra joven y desaliñada. Después recordó vívidamente su alta y desgalichada figura, sus perezosas y ruidosas pisadas, sus sucias medias blancas y su fuerte olor a negrura y a moho. Un día lo sacó a jugar al porche lateral; era una mañana temprana de primavera, esplendorosa y húmeda después del deshielo. La negra se sentó en un peldaño lateral y bostezó, mientras él, envuelto en su sucio vestidito, reptaba por el sendero y sobre el macizo de los lirios. Al poco rato, se quedó dormida, apoyada en el poste. Y él deslizó hábilmente el cuerpo entre los separados alambres de la valla y salió al caminillo ceniciento que llevaba a la casa de los Swain y, cuesta arriba, al adornado palacio de madera de los Hilliard.
Estos pertenecían a la más alta aristocracia de la villa; procedían de Carolina del Sur, «cerca de Charleston», circunstancia que, por sí sola, daba gran prestigio en aquella época. La casa, una enorme estructura de color castaño de nogal y tejado triangular, que daba la impresión de tener muchos ángulos y ningún plano, había sido construida sobre la cima de la colina cuya ladera descendía hasta la morada de Gant. El suelo llano delante de la casa estaba poblado de majestuosos e imponentes robles. Abajo, a lo largo del caminillo ceniciento y flanqueando el huerto de Gant, había altos y rumorosos pinos.
La casa del señor Hilliard era considerada una de las residencias más elegantes de la villa. El vecindario era de clase media, pero la situación era magnífica y los Hilliard vivían a lo grande, como señores del castillo que bajaban al pueblo pero que no se mezclaban con su gente. Todos sus amigos llegaban en carruaje desde lejos; diariamente, a las dos en punto, un viejo negro con librea subía por el serpenteante camino, conduciendo un coche tirado por dos relucientes yeguas castañas, y esperaba junto a la entrada de carruajes a que saliesen su amo y su ama. Cinco minutos después, estos arrancaban y estaban dos horas ausentes.
Este rito, observado con gran atención desde la ventana del cuarto de estar de su padre, fascinó a Eugene durante años; la gente y la vida de la finca contigua estaban, cruda y simbólicamente, muy por encima de él.
Esa mañana sintió una gran satisfacción al campar por sus respetos en el camino de Hilliard; era su primera escapada, y la realizaba en una zona prohibida y excelsa. Avanzaba con dificultad por el centro del camino, contrariado por el espesor de la ceniza. La sonora campana de la mansión dio once campanadas.
Ahora bien, todas las mañanas, justo a las once y tres minutos, tan infalible y perfecto era el orden en la gran institución, un corpulento caballo gris subía despacio la cuesta, arrastrando una pesada carreta de víveres, de la que emanaba un agradable e intenso olor a especias y comestibles, y que estaba exclusivamente ocupada por las vituallas de los Hilliard y por el conductor, un joven negro que, cada mañana a las once y tres minutos, de acuerdo con el ritual, dormía de lo más tranquilo. Nada malo podía pasar; ni un pavimento tapizado de avena habría tentado al caballo a faltar a su sagrada misión. Subió, pues, pesadamente la cuesta oscilando a causa de las roderas del camino, y siguió avanzando con dificultad hasta que, sintiendo una partícula extraña en el gran círculo de su casco delantero izquierdo, miró hacia abajo y apartó despacio la pata de lo que había sido recientemente la cara de un niño pequeño.
Después, separando con cuidado las patas, siguió adelante, arrastrando la carreta lejos del cuerpo de Eugene, y se detuvo. Ambos negros se despertaron al mismo tiempo, hubo gritos dentro de la casa, y Eliza y Gant salieron corriendo. El asustado negro levantó a Eugene, que ignoraba en absoluto su súbito regreso al escenario y lo depositó en los robustos brazos del doctor McGuire, el cual maldijo, furioso, al carretero. Sus gruesos y sensibles dedos reconocieron enseguida la carita ensangrentada sin encontrar fractura alguna.
Hizo un breve asentimiento de cabeza ante las caras desesperadas de los otros.
—Esta vez ha salido bien librado —dijo—. Tienen ustedes mala suerte, pero dura la cabeza, W. O.
—¡Maldito bribón negro! —chilló el padre de familia, violentamente pero aliviado, volviéndose al carretero—. Te meteré entre rejas por esto.
Pasó las largas manos a través de la verja y a punto estuvo de estrangular al negro, que empezó a rezar, sin tener idea de lo que pasaba, salvo de que era el centro de una furiosa conmoción.
La negrita, gimoteando, entró corriendo en la casa.
—Esto parece más grave de lo que es —observó el doctor McGuire, tendiendo al héroe en el canapé—. Un poco de agua caliente, por favor.
Sin embargo, tardó dos horas en hacerle recobrar el sentido. Todos encomiaban al caballo.
—Ha sido más inteligente que el negro —dijo Gant, humedeciéndose el pulgar.
Pero Eliza sabía, en el fondo de su corazón, que todo aquello era parte del plan de las Parcas. Las entrañas habían sido tejidas y leídas mucho tiempo atrás; la frágil cáscara del cráneo que protegía la vida, y que podía haberse roto con la misma facilidad que un huevo, estaba indemne. Pero Eugene llevó la marca del centauro durante muchos años, aunque la luz tenía que incidir debidamente para revelarla.
Cuando fue mayor, se preguntó a veces si los Hilliard habían salido de su santuario cuando él había trastornado de forma impía el orden de su mansión. Nunca lo preguntó, pero pensaba que no; se los imaginaba, como máximo, soberbiamente plantados junto a una cortina levantada, no muy seguros de lo que había pasado, pero sabiendo que era algo desagradable, con derramamiento de sangre.
Poco después, el señor Hilliard hizo fijar en su finca un cartel de PROHIBIDA LA ENTRADA.
Luke recobró la salud después de maldecir al médico, a la enfermera y a la familia durante varias semanas; había sido una tifoidea rebelde.
Gant era ahora padre de una familia numerosa, escalonada desde la más tierna infancia hasta el adolescente Steve —que tenía dieciocho años— y la candorosa Daisy. Esta contaba diecisiete y estaba en su último año de escuela superior. Era una muchacha tímida y sensible, y hacía honor a su nombre; era diligente y aplicada en sus estudios, y sus profesores pensaban que era una de las mejores alumnas que habían tenido jamás. Era poco fogosa y nada renuente; obedecía fielmente las instrucciones; correspondía a todo lo que le daban. Tocaba el piano sin sentir pasión por la música; pero interpretaba con corrección las piezas y tenía una pulsación bella y vibrante. Y practicaba durante horas seguidas.
En cambio, saltaba a la vista que Steve no estaba dotado para el estudio. Cuando tenía catorce años, el director del colegio le llamó a su pequeño despacho para darle una azotaina por mala conducta e insubordinación; pero Steve carecía de espíritu de sumisión; arrancó la vara de las manos del hombre, la partió, le dio un fuerte golpe en un ojo y saltó regocijado por la ventana, que estaba a cinco metros del suelo.
Fue una de sus mayores hazañas; su conducta, en otros aspectos, fue menos afortunada. Muy pronto, al aumentar sus truhanerías y ser expulsado del colegio, y desviarse rápidamente su vida hacia una depravación desafiadora, se puso de manifiesto y se enconó el antagonismo existente entre Gant y el muchacho. Gant reconocía tal vez sus propios vicios en su hijo, pero este carecía de su facultad de redimirse. Steve tenía un trozo de sebo endurecido donde hubiese debido tener el corazón.
Cierto que, de todos ellos, era el que siempre había estado en las peores condiciones. Desde su infancia, había sido testigo de las furiosas calaveradas de su padre. Y no lo había olvidado. También, de mayor, había tenido que apañarse él solo, al centrar Eliza su atención en sus hijos menores. Eliza amamantaba todavía a Eugene mucho después de que Steve entregase sus primeros dos dólares a las damas de Eagle Crescent.
Interiormente, le dolían los insultos que le prodigaba Gant; no ignoraba sus propios defectos, pero el hecho de que su padre le llamase «haragán inútil», «indigno degenerado» o «gandul de garito» reforzaba su talante de jactancioso desafío. Luciendo prendas baratas y llamativas, zapatos amarillos de punteras afiladas, pantalón a rayas y sombrero de paja de ala ancha y cinta colorada, paseaba por la avenida contoneándose tontamente y sonriendo con forzado aplomo, y saludaba con servil cordialidad a cuantos se fijaban en él. Y, si un hombre acaudalado le saludaba, su herida pero desmesurada vanidad hacía que recogiese el mendrugo y se vanagloriase lamentablemente en casa:
—¡Todos conocen al pequeño Stevie! Es respetado por toda la gente importante de la villa, ¡vaya que sí! Todos tienen una palabra amable para el pequeño Stevie, salvo su propia familia. ¿Sabéis qué me ha dicho hoy J. T. Collins?
—¿Qué te ha dicho? ¿Quién es? ¿Quién es? —preguntaba Eliza, con cómica rapidez, levantando la mirada de sus labores.
—J. T. Collins... ¡en persona! Tiene una fortuna de unos doscientos mil dólares. «Stevie —me ha dicho, llanamente—, si yo tuviese tu cerebro...».
Y seguía hablando en este tono, con afectada complacencia, pintando el cuadro de sus futuros triunfos, cuando todos los que ahora le despreciaban acudirían en tropel bajo su enseña.
—¡Oh, sí! —decía—. Todos estarán ansiosos de estrechar la mano del pequeño Stevie.
Cuando le expulsaron del colegio, Gant, enfurecido, le dio una fuerte paliza. Nunca lo olvidó. Por último, le dijeron que tenía que ponerse a trabajar para su propio sustento, y encontró esporádicos empleos como mozo de bar o repartidor de periódicos de la mañana. Una vez, con un compinche, Gus Moody, hijo de un fundidor, se lanzaron a ver mundo. Tiznados a causa del trayecto, se apearon a hurtadillas de un tren de mercancías en Knoxville, Tennessee, se gastaron en comida y en un burdel el poco dinero que tenían y regresaron, dos días después, negros de carbonilla, pero orgullosos de su hazaña.
—¡Dios mío! —se lamentó Eliza—. No sé lo que va a ser de ese chico.
El trágico defecto del temperamento de Eliza era llegar demasiado tarde al punto vital: fruncía reflexivamente los labios, cambiaba de dirección y lloraba cuando se producía una desgracia. Siempre esperaba demasiado. Además, en lo más hondo de su corazón, sentía por su hijo mayor un cariño, si no más grande, al menos diferente del que prodigaba a los otros. Su voluble jactancia, su lamentable arrogancia le gustaban; para ella, eran indicios de su «ingenio», y a menudo irritaba a sus dos estudiosas hijas al encomiarlo. Por ejemplo, observaba una muestra de su escritura y decía:
—Seguro que escribe mejor que cualquiera de vosotras, a pesar de vuestros estudios.
Steve había catado muy pronto los goces de la botella, en los días en que asistía a las francachelas de su padre, echando furtivamente un trago del frasco medio lleno de whisky fuerte y rancio. El sabor le daba náuseas, pero la experiencia valía la pena, al poder alardear de ella ante sus compañeros.
Cuando tenía quince años, y mientras fumaba cigarrillos con Gus Moody en el granero de un vecino, había encontrado una botella envuelta en un saco de avena por el digno ciudadano para escamotearla a la severa inspección de su esposa. Cuando, algún tiempo después, fue el hombre a buscar su pócima secreta y encontró la botella medio vacía llenó malignamente lo que faltaba con aceite de ricino; los dos chicos estuvieron hechos un asco durante varios días.
Una vez, Steve falsificó un cheque de su padre. Gant tardó varios días en descubrirlo; solo se trataba de tres dólares, pero su cólera fue terrible. En un discurso pronunciado en casa, pero lo bastante fuerte para que todo el vecindario se enterase del delito del muchacho, habló del correccional, de dejar que lo metiesen en la cárcel, de verse deshonrado en su vejez…, periodo de su vida al que aún no había llegado pero en el que se amparaba en momentos de tensión.
Pagó el cheque, naturalmente, pero otro calificativo, el de «falsario», fue incorporado al vocabulario de sus insultos. Steve entraba y salía a hurtadillas de la casa, y comió solo durante unos días. Cuando tropezaba con su padre, se hablaban muy poco; duros, irritados y vidriosos los ojos, se observaban profundamente él uno al otro; sabían que no podían ocultarse nada, que las mismas llagas se enconaban en los dos, que los mismos afanes y deseos, los mismos apetitos rastreros contaminaban su sangre. Y, sabiéndolo, algo dentro de cada uno de ellos se volvía de espaldas con dolorosa vergüenza.
Gant añadió esto a sus diatribas contra Eliza; todo lo que había de malo en el chico lo había heredado de su madre.
—¡Sangre montañesa! ¡Sangre montañesa! —gritaba—. Es Greeley Pentland de los pies a la cabeza. Mira qué te digo —proseguía, irrumpiendo en la cocina, después de andar febrilmente por la casa murmurando para sí—, mira qué te digo: acabará en presidio.
Y, con la nariz enrojecida por las salpicaduras de grasa, ella fruncía los labios y hablaba muy poco, salvo cuando él la incordiaba demasiado y le respondía, de forma deliberada, para irritarle y enfurecerle más:
—Bueno, tal vez si no lo hubiese enviado a todos los lupanares de la villa en busca de su padre, ahora sería mejor.
—¡Mientes, mujer! ¡Sabe Dios que mientes! —vociferaba él, en tono solemne pero con total falta de lógica.
Gant bebía menos; salvo una terrible cogorza cada seis u ocho semanas, Eliza no podía quejarse mucho a este respecto. Pero su enorme paciencia se estaba agotando por culpa del ciclo diario de improperios. Ahora dormían en habitaciones separadas del piso de arriba; él se levantaba a las seis o a las seis y media, se vestía y bajaba a encender el fuego. Mientras lo prendía en el fogón de la cocina y en el montón de leña de la chimenea del cuarto de estar, farfullaba constantemente para sí, subiendo y bajando en ocasiones el tono de la voz, con estilo oratorio. De esta manera componía y pulía el raudal de sus invectivas, y, cuando alcanzaba la fluidez y el énfasis requeridos, se plantaba de pronto ante su mujer en la cocina y largaba su discurso sin preámbulos, aunque entrase en aquel momento el negro de la abacería trayendo chuletas de cerdo o gruesos bistecs.
—Mujer, ¿tendrías hoy un techo bajo el que cobijarte, de no haber sido por mí? ¿Podrías haber confiado en que te lo diese Tom Pentland, tu viejo e inútil padre? ¿Te lo habrían dado tu hermano Will o tu hermano Jim? ¿Has oído decir alguna vez que hubiesen dado algo a alguien? ¿Has oído decir alguna vez que se hayan preocupado de algo que no sea de sus propios y miserables pellejos? ¿Lo has oído? ¿Daría alguno de ellos un mendrugo a un pordiosero? ¡No, por Dios! ¡Ni aunque tuviesen una panadería! ¡Ay de mí! Día nefasto aquel en que llegué a este maldito país; poco podía yo saber adónde me llevaría. ¡Sayones montañeses! ¡Sayones montañeses! —exclamaba, y con esto llegaba su andanada al punto culminante.
A veces, al tratar de responder a su ataque, rompía ella fácilmente en llanto. Y esto complacía a su marido; le gustaba verla llorar. Pero en general le endilgaba una réplica mordaz; y, en lo más hondo, se entablaba una guerra cruel y desesperada entre sus almas ciegas y antagónicas. Sin embargo, si él hubiese sabido a qué extremos habían de llevarla a ella estos combates cotidianos, se habría quedado pasmado; eran inherentes el hondo y febril descontento de su espíritu, al arraigado instinto de poseer un objeto para abusar de él.
Además, su concepto del orden era tan elevado que sentía una apasionada aversión por todo lo que fuese desaliñado, desordenado o confuso. A veces sentía verdadera furia al ver que ella guardaba con esmero pedazos de cordel, latas y botellas vacías, trastos de todas las clases; la manía de adueñarse de las cosas, aunque locura todavía incipiente en Eliza, lo enfurecía.
—¡Por el amor de Dios! —gritaba, con genuina indignación—. ¡Por el amor de Dios! ¿Por qué no tiras alguno de estos trastos viejos?
Y avanzaba en actitud destructora.
—¡No lo toques, señor Gant! —respondía vivamente ella—. Nunca se sabe cuándo pueden ser útiles estas cosas.
Tal vez era una inversión de la costumbre que el afanoso espíritu de investigación perteneciese al que amaba más el orden y respetaba más el ritual e incluso tejía según un patrón las diarias letanías de insultos, y que la creciente afición al caos, animada por un deseo incoercible de posesión, correspondiese a la persona práctica y vulgar.
Gant tenía la pasión del verdadero trotamundos, del trotamundos que procede de un lugar fijo. Necesitaba el orden y la dependencia de un hogar; era, intensamente, un hombre de familia; su vida era el calor y la fuerza de los que se arracimaban a su alrededor. Después de su puntual diatriba mañanera contra Eliza, se dedicaba a despertar a sus adormilados hijos. Aunque parezca cómico, no podía soportar, por la mañana, el sentimiento de que él era el único que estaba despierto y andaba por la casa.
Su toque de diana, emitido formalmente y con cómica esperanza desde el pie de la escalera, tomaba más o menos esta forma:
—¡Steve! ¡Ben! ¡Grover! ¡Luke! ¡Malditos bribones, levantaos! Por el amor de Dios, ¿qué va a ser de vosotros? Nunca llegaréis a ser algo en la vida. —Y seguía vociferando desde abajo, como si arriba le prestasen despierta atención—: Cuando yo tenía vuestra edad, a estas horas había ordeñado cuatro vacas, hecho todas las tareas de la casa y caminado trece kilómetros sobre la nieve.
Ciertamente, cuando describía sus primeros años de escolar, pintaba siempre un paisaje con cuatro palmos de nieve endurecida por la helada. Al parecer, solo había ido a la escuela en condiciones polares.
Y quince minutos más tarde, rugía de nuevo;
—¡Nunca valdréis para nada, inútiles haraganes! Si se derrumbase una pared, os pondríais a dormir junto a la otra.
Al cabo de un rato, se oían rápidas pisadas en el piso de arriba, y bajaban uno a uno y entraban corriendo en el cuarto de estar, llevando su ropa liada en los brazos. Se vestían ante el rugiente fuego.
Durante el desayuno, salvo esporádicas lamentaciones, Gant se mostraba casi de buen humor. Todos comían copiosamente: él les llenaba los platos de carne frita, farro cocido con huevo, bizcochos calientes, compota y manzanas asadas. Partía hacía su taller aproximadamente a la misma hora que los chicos, engullendo de forma convulsiva comida caliente y café, salían corriendo de la casa al oír la última señal de aviso de la melodiosa campana del colegio, que daba las nueve.
Él volvía a la hora del almuerzo —ellos decían de la comida—, brevemente locuaz con las noticias de la mañana; y al atardecer, cuando se reunía la familia, regresaba de nuevo, encendía un gran fuego y lanzaba su suprema invectiva, ceremonia que requería media hora de preparación y otros tres cuartos de hora para pronunciarla, con repeticiones y adiciones. Después comían con absoluta satisfacción.
Así pasó el invierno. Eugene cumplió tres años; le compraron abecedarios y libros con dibujos de animales y fábulas rimadas al pie de estos. Gant se las leyó infatigablemente; al cabo de seis semanas, Eugene se las sabía todas de memoria.
Durante el final del invierno y toda la primavera, actuó innumerables veces para los vecinos; sosteniendo el libro en las manos, fingía leer lo que había aprendido de memoria. Gant estaba entusiasmado y fomentaba el engaño. Todos consideraban extraordinario que un niño tan pequeño supiese leer.
En la primavera, Gant empezó de nuevo a beber; mas su sed se calmó a las dos o tres semanas, y volvió vergonzosamente a la rutina de su vida. Pero Eliza estaba preparando un cambio.
Corría el año 1904 y se estaba organizando una gran exposición universal en Saint Louis; iba a ser la historia visual de la civilización, algo mejor y más grande que todos los anteriores acontecimientos de esta clase. Muchos habitantes de Altamont pensaban ir, y a Eliza le fascinaba la idea de combinar el viaje con el provecho.
—¿Sabes una cosa? —empezó a decir reflexivamente una noche, dejando el periódico—. Tengo intención de hacer los bártulos e irme allá.
—¿Irte allá? ¿Adónde?
—A Saint Louis —respondió ella—. Mira..., si las cosas marchan bien, podríamos simplemente trasladarnos y establecernos allí.
Sabía que la sugerencia de una ruptura total de la vida actual y un viaje a tierras nuevas, en busca de fortuna, le fascinaría. Habían hablado de esto hacía años, cuando él había roto su sociedad con Will Pentland.
—¿Qué pretendes hacer allí? ¿Y quién va a cuidar de los chicos?
—Pues verá usted, señor —dijo ella con afectación, frunciendo reflexivamente los labios y sonriendo con astucia—. Buscaré una casa buena y grande y montaré una pensión para la gente de Altamont que vaya allí.
—¡Santo Dios, señora Gant! —aulló él, trágicamente—. Usted no puede hacer una cosa así. Le ruego que no lo haga.
—Bueno, señor Gant, no sea tonto. No hay nada malo en tener huéspedes. Algunas de las personas más respetables de esta villa los tienen.
Sabía que él tenía un orgullo muy sensible; no podía soportar que alguien pensara que no era capaz de mantener a su familia; en realidad, siempre alardeaba de ser un «buen proveedor». Además, el hecho de que alguien que no fuese de su sangre residiese debajo de su techo llenaba el aire de amenazas, derrumbaba las murallas de su castillo. Y, por último, sentía una aversión particular contra los huéspedes; ganarse la vida aceptando el desprecio, las mofas y el dinero de los que llamaba «huéspedes baratos» era una ignominia casi insoportable.
Ella lo sabía, pero no podía comprender sus sentimientos. No poseer simplemente unos bienes, sino sacar provecho de ellos, era parte de la religión de su familia, y ella los superaba a todos con su propósito de alquilar una parte de su hogar. En realidad, solo ella, entre todos los Pentland, estaba dispuesta a tender el puente levadizo sobre el foso de su pequeño castillo; solo ella parecía no otorgar gran valor al particular secreto y a la intimidad de sus murallas. Y ella era la única que llevaba faldas.
Eugene había sido amamantado por ella hasta que tuvo más de tres años; fue destetado durante el invierno. Algo terminó entonces en ella, y algo empezó.
Por fin se salió con la suya. A veces hablaba a Gant reflexivamente y en tono persuasivo sobre la aventura de la feria mundial. A veces, durante las tiradas vespertinas de su marido, le replicaba empleando el proyecto como amenaza. No sabía exactamente lo que iba a conseguir. Pero sentía que era un principio para ella. Y por fin se salió con la suya.
Gant sucumbió al reclamo de tierras nuevas. Se quedaría en casa, pero, si todo marchaba bien, iría más tarde. También le excitaba la perspectiva de un tiempo de libertad. Volvió a sentir algo de las lejanas emociones de la juventud. Lo dejaban atrás, pero el mundo estaba lleno de sombras invisibles para un hombre solitario. Daisy estaba en su último año de colegio; se quedaría con él. Pero la partida de Helen le produjo más de una punzada de dolor. Helen tenía casi catorce años.
A primeros de abril, Eliza partió, rodeada de su excitada pollada y llevando a Eugene en brazos. Este estaba pasmado por la imprevista conmoción, pero ardía en curiosidad y actividad.
Los Tarkinton y los Duncan acudieron en tropel; hubo lágrimas y besos. La señora Tarkinton miraba a Eliza con cierto pavor. Todo el vecindario estaba un poco asombrado por la súbita mudanza.
—Bueno, bueno…, nunca se sabe —dijo Eliza, sonriendo llorosa y gozando con el revuelo que había provocado—. Si todo marcha bien, tal vez nos establezcamos allí.
—Volverá —dijo la señora Tarkinton, con animosa fidelidad—. No hay nada como Altamont.
Fueron a la estación en el tranvía. Ben y Grover se sentaron alegremente juntos, guardando la enorme cesta del almuerzo. Helen sujetaba, nerviosa, un montón de paquetes. Eliza miró con ceño sus largas y rectas piernas pensando en el medio billete.
—Mira —dijo, disimulando una risita con la mano y dando un codazo a Gant—, tendrá que encoger un poco, ¿no? Pensarían que eres demasiado alta para una niña de menos de doce años —añadió dirigiéndose ahora a la muchacha.
—No deberíamos haberlo hecho —murmuró Gant.
—¡Bah! Nadie se fijará en ella.
Gant subió al tren con ellos, donde fueron acomodados por el solícito mozo del coche cama.
—Cuida de ellos, George —dijo, dando una moneda al hombre.
Eliza miró la moneda con envidia.
Gant les besó a todos rudamente, rozando sus caras con el bigote; pero acarició los huesudos hombros de la pequeña con su manaza y la abrazó con fuerza. Eliza sintió una punzada interior.
Fue un momento embarazoso. La extrañeza, el absurdo de todo el proyecto y los monstruosos tanteos de la vida los mantenían callados.
—Bueno —dijo él al fin—, supongo que sabes lo que estás haciendo.
—Bueno —dijo ella, frunciendo los labios y mirando por la ventanilla—, si he de serte sincera, es imposible saber lo que saldrá de esto.
Él se sintió vagamente apaciguado. El tren dio una sacudida y arrancó despacio. Gant besó con torpeza a su esposa.
—En cuanto lleguéis, hacédmelo saber —dijo, echando a andar rápidamente por el pasillo.
—¡Adiós, adiós! —gritó Eliza, agitando la manita de Eugene en dirección a la alta figura plantada en el andén—. Niños —dijo—, despedíos de vuestro padre.
Todos se asomaron a la ventanilla. Eliza lloró.
Eugene observó cómo se ponía el sol y enrojecía un río pedregoso y las rocas pintadas de las gargantas de Tennessee; el río encantado quedó grabado para siempre en la memoria del niño. Años más larde, lo recordaría en sueños, nimbado de una fantástica y misteriosa belleza. Maravillado y tranquilo, se durmió al rítmico traqueteo de las pesadas ruedas.
Se instalaron en una casa blanca que hacía esquina. Había un pequeño campo de césped delante y una estrecha franja de tierra en el lado próximo a la calzada. Eugene se daba vagamente cuenta de que aquello estaba lejos de la gran red viaria central y de los ruidos de la ciudad; creía haber oído decir a alguien que eran siete u ocho kilómetros. ¿Y dónde estaba el río?
Dos muchachitos, gemelos, de cabellos lisos y muy rubios, y cara delgada y expresión mezquina, corrían continuamente en triciclos por la acera de delante de la casa. Llevaban trajes de marinero, con cuello azul, y él los aborrecía. Tenía la vaga impresión de que su padre era un hombre malo que se había caído por el hueco de un ascensor y se había roto las piernas.
La casa tenía un patio trasero cercado del todo por una valla de tablas rojas. En el fondo había un granero también rojo. Años más tarde, Steve, al volver a casa, dijo:
—Ese sector está ahora totalmente construido.
¿Dónde?
Un día, dos catres con sus colchones habían sido colocados en el caldeado y desnudo patio de atrás para que se aireasen. Él yacía cómodamente en uno de ellos, respirando el olor del cálido colchón y estirando con pereza las piernas. Luke yacía en el otro. Estaban comiendo melocotones.
Una mosca quedó pegada en el melocotón de Eugene. Este se la tragó. Luke se mondó de risa.
—¡Se ha tragado una mosca! ¡Se ha tragado una mosca!
Eugene se mareó muchísimo, vomitó y no pudo comer en algún tiempo. Se preguntaba cómo había podido tragarse la mosca, si la había visto perfectamente.
Llegó el verano abrasador. Gant vino a pasar unos días, trayendo consigo a Daisy. Una noche bebieron cerveza en los Delmar Gardens. Sentado a una mesita, bajo el aire cálido, Eugene miraba sediento la jarra coronada de espuma; de buen grado, pensó, metería la cara en la helada espuma y bebería hasta hartarse. Eliza le dio a probar la cerveza, y todos gritaron al ver su cara amargamente sorprendida.
Años más tarde recordaba aún a Gant, con su bigote salpicado de espuma, sorbiendo el líquido con fuerza, y que su visible satisfacción y su regocijada sed le habían inspirado un deseo de emulación, y que se había preguntado si toda la cerveza sería amarga o si se necesitaba un periodo de iniciación para gozar de los placeres de la espléndida bebida.
Caras del viejo mundo medio olvidado aparecían de vez en cuando. Vinieron algunas personas de Altamont y se alojaron en casa de Eliza. Un día, al levantar la cabeza, vio con súbito horror, nacido del recuerdo, la cara afeitada y brutal de Jim Lyda. Era el sheriff de Altamont; vivía al pie de la colina, debajo de Gant. Una vez, cuando Eugene tenía poco más de dos años, Eliza había ido a Piedmont, para hacer de testigo en un juicio. Estuvo dos días fuera, y él fue dejado al cuidado de la señora Lyda. Nunca había olvidado la chancera crueldad de Lyda la primera noche.
Ahora, el monstruo aparecía de nuevo, por algún truco diabólico, y Eugene miró hacia arriba y observó la expresión maligna de Jim. Vio que Eliza estaba de pie cerca de Jim y, mientras crecía el terror en su propio semblante, Jim hizo ademán de levantar violentamente la mano contra ella. Al oír su grito de rabia y de miedo, ambos se echaron a reír; durante unos momentos de ceguera, Eugene odió a su madre por primera vez en su vida; nada podía hacer, y estaba loco de celos y de miedo.
Por la noche, Steve, Ben y Grover, que habían sido enviados por Eliza a buscar trabajo, volvieron de la feria hablando con viva excitación del bullicio del día. Riendo disimuladamente, hacían incitantes comentarios sobre el Hoochy-Koocky. Eugene comprendió que era un baile. Steve tarareó una monótona y sugestiva tonadilla, contoneándose de forma sensual. Y cantaron una canción; la música distante y quejumbrosa le obsesionaba. La aprendió:
Vente conmigo a Saint Louiss,
e iremos a la feria.
Si ves a los chicos y a las chicas,
diles que estaré allí.
Bailaremos el Hoochy-Koochy...
y así sucesivamente.
A veces, tumbado sobre una colcha al sol, Eugene tenía conciencia de una cara amable que le miraba con curiosidad, de una voz dulce y acariciadora, diferente de las otras en tono y calidad, de una piel delicada y aceitunada, de unos cabellos negros y unos ojos endrinos, exquisitos, más bien tristes, todo amabilidad. El recién llegado acercaba el suave rostro al de Eugene, le hacía arrumacos y le abrazaba. En el cuello moreno tenía una marca de nacimiento como una frambuesa. Eugene la tocaba una y otra vez, maravillado. Era Grover..., el más cariñoso y triste de los chicos.
Eliza dejaba a veces que lo llevasen de excursión. En una ocasión, hicieron un viaje en un vapor fluvial; él bajó al fondo y, por las aberturas laterales, contempló con atención la poderosa serpiente amarilla enrollándose lenta y resignadamente detrás de ellos.
Los chicos trabajaban en la feria. Hacían de botones en un lugar llamado Inside Inn. Ese nombre le encantaba: centelleaba de forma constante en su cerebro. A veces sus hermanas, a veces Eliza y a veces los chicos, le llevaban por la bulliciosa selva de ruidos y figuras, mostrándole la rica opulencia y variedad de la vida en la feria. Se sentía como narcotizado en fantasía al pasar por delante de la casa de té de la India Oriental y ver a los hombres altos y tocados con turbantes que evolucionaban en su interior, y allí olió por primera vez, de modo que nunca pudo olvidarlo, el soporífero incienso de Oriente. Una vez, en un enorme edificio ruidoso, se quedó como petrificado ante una potente locomotora, el mayor monstruo que jamás hubiese visto, cuyas ruedas giraban de modo vertiginoso en unas ranuras y cuyos hornos encendidos, que vertían rojos carbones en el pozo inferior, eran incesantemente alimentados por dos tiznados fogoneros en cuya piel se reflejaba el fuego. La escena se grabó en su cerebro con una horrible magnificencia de infierno; le espantaba y le fascinaba al mismo tiempo.
Después, plantado fuera del borde de la lenta y terrible órbita de la noria, cuyos cangilones descendían en ruidosa confusión, sintió que su mente vacilante convergía de forma inexorable hacia todas las locas fantasmagorías del carnaval; oyó el extraño relato de Luke sobre el comedor de serpientes y se encogió angustiado cuando le amenazaron con llevarle a verlo.
Una vez, Daisy, cediendo a la furtiva crueldad gatuna que se ocultaba detrás de su dulce placidez, le llevó con ella a los horrores insensatos del ferrocarril pintoresco; se hundieron interminablemente, pasando de la luz a una rugiente oscuridad, y, al cesar su primer grito con la reducción de la velocidad del vagón, rodaron con suavidad por una monstruosa penumbra poblada de enormes figuras fantásticas, cabezas diabólicas de rojas fauces y hábiles representaciones de muerte, de pesadilla y de locura. Su mente desprevenida fue presa de un miedo insensato; el vagón descendía rodando de una caverna iluminada a otra, y, mientras su corazón se encogía hasta el tamaño de un guisante, oía que la gente lanzaba fuertes y regocijadas carcajadas, a las que su hermana unía las suyas. Su mente, que estaba emergiendo de la selvatiquez irreal de la fantasía infantil, cedió por completo en esta feria, y se sintió paralizado por la convicción, que renacería a menudo en años ulteriores, de que su vida era una fabulosa pesadilla, y de que, por culpa de la astucia y de los artificios urdidos contra él, había perdido toda su esperanza, su fe y su confianza, para ser torturado de forma obscena por demonios disfrazados con carne humana. Insensibilizado a medias, y sofocado por el terror, salió al fin a la cálida y práctica luz del sol.
Su último recuerdo de la feria fue de una noche de principios de otoño. También con Daisy, se sentó en el asiento trasero de un autobús, escuchando por primera vez la maravilla de las sordas explosiones del motor, mientras rodaban bajo raudales de lluvia por las relucientes carreteras y frente a las cascadas, que vertían sus aguas delante de un edificio blanco enjoyado con diez mil luces.
Había pasado el verano. Se oía el zumbido de los vientos de otoño, como un aliento susurrante de la extinguida orgía: el carnaval estaba a punto de acabar.
Y entonces se hizo un gran silencio en la casa. Veía muy poco a su madre, no salía a la calle, estaba al cuidado de sus hermanas, y estas le decían constantemente que no hiciese ruido.
Un día, Gant vino por segunda vez. Grover estaba enfermo de fiebre tifoidea.
—Dijo que había comido una pera en la feria —repitió Eliza por centésima vez—. Vino a casa y se quejó de mareos. Le toqué la frente y estaba ardiendo. «Bueno, hijo —le dije—, ¿qué diablos te ha...?».
Sus ojos negros brillaban en su cara pálida; estaba asustada. Pero frunció los labios y siguió hablando, esperanzada.
—Hola, hijo —dijo Gant, entrando con naturalidad en la habitación, pero sintiendo que su corazón se encogía al ver al chico.
Eliza fruncía más y más los labios, reflexivamente, después de cada visita del médico; se agarraba a cada chispa de esperanza y la exageraba, pero su corazón desfallecía. Y una noche, arrancándose de pronto la máscara, salió a toda prisa del cuarto del chico.
—Señor Gant —dijo en un murmullo, apretando los labios. Sacudió la pálida cara en silencio, como incapaz de hablar. Después, rápidamente, concluyó—: Se ha ido, ¡se ha ido!
Eugene estaba sumido en el sueño profundo de la medianoche. Alguien lo sacudió, sacándole despacio de su modorra. De pronto se encontró en brazos de Helen, que estaba sentada en la cama, abrazándole y con su carita dolorida pegada a la de él. Le habló clara y lentamente, con voz contenida pero cargada de una terrible ansiedad.
—¿Quieres ver a Grover? —murmuró—. Todavía está sobre la tabla.
Se preguntó qué tabla sería; la casa estaba llena de amenaza. Ella le sacó al pasillo débilmente iluminado y le condujo a las habitaciones de la parte delantera de la casa. Oyó voces graves detrás de la puerta. Abrió esta sin hacer ruido; la luz caía con fuerza sobre la cama. Eugene miró, y el horror fluyó como veneno por sus venas. En la pequeña y malograda figura que yacía allí, recordó de pronto la afectuosa cara morena, los dulces ojos que solían mirarle desde arriba; como si hubiese estado loco y recobrase de pronto la razón, recordó la cara olvidada que no había visto en varias semanas, aquella extraña y brillante soledad que no volvería nunca. Oh, fantasma perdido, batido por el viento, ¡vuelve!
Eliza estaba pesadamente sentada en un sillón, con la cabeza inclinada hacia un lado y apoyada en una mano. Estaba llorando, torcido el semblante por una fea y cómica mueca, mucho más terrible que la serena beatitud del dolor. Gant la consolaba torpemente, pero, de vez en cuando, miraba al muchacho, salía al pasillo y agitaba los brazos con angustia, con pasmo.
Los empleados de pompas fúnebres colocaron el cadáver en un ataúd y se lo llevaron.
—Solo tenía doce años y veinte días —repetía Eliza una y otra vez, y ese hecho parecía turbarla más que cualquier otro—. Ahora, niños, id a dormir un poco —ordenó súbitamente, y, mientras hablaba, vio a Ben plantado allí, confuso y con el ceño fruncido, observando con su curiosa mirada de viejo.
Eliza pensó en la separación de los gemelos; habían llegado al mundo con veinte minutos de diferencia; se le encogió el corazón al pensar en lo solo que se encontraría el chico. De nuevo se echó a llorar. Los hijos se fueron a la cama. Durante un tiempo, Eliza y Gant permanecieron sentados solos en la estancia. Gant apoyó la cara en las vigorosas manos.
—El mejor hijo que tenía —murmuró—. Sabe Dios que era el mejor de todos.
Y ambos le recordaron en el silencio pulsátil, y sintieron miedo y remordimiento en el corazón, porque había sido un niño modesto, entre muchos, y se había ido en silencio.
—Nunca podré olvidar su marca de nacimiento —murmuró Eliza—. Nunca, nunca.
Entonces cada uno de ellos pensó en el otro, y sintieron de pronto el horror y la extrañeza de lo que les rodeaba. Pensaron en la casa cubierta de enredaderas en los montes lejanos; en las fogatas rugientes y el tumulto y las maldiciones y el dolor; en sus vidas ciegas y enmarañadas, y en el disparatado destino que les había llevado a aquel lugar remoto, donde había aparecido la muerte al terminar el carnaval.
Eliza se preguntaba por qué había ido, y hurgaba en el pasado, en la ardiente y desesperada confusión, buscando la respuesta.
—Si yo hubiese sabido —dijo al cabo—, si yo hubiese sabido lo que iba a resultar...
—No lo pienses —dijo él, acariciándola de forma desmañada—. ¡Dios mío! —añadió tontamente, al cabo de un momento—. Bien mirado, es muy extraño.
Y, sentados ahora más tranquilos, les invadió una enorme compasión, no por ellos mismos, sino cada uno por el otro, y por la inutilidad, la confusión, el incierto accidente de la vida.
Gant pensó brevemente en sus cincuenta y cuatro años, en su desvanecida juventud, en su vigor menguante, en la fealdad y la maldad de tantas cosas; y sintió la callada desesperación del hombre que sabe que la cadena forjada no puede romperse, que el dibujo tejido no puede destejerse, que lo hecho no puede deshacerse.
—Si lo hubiese sabido. Si lo hubiese sabido —dijo Eliza. Y después—: Me pesa.
Pero sabía que su pesar, en aquel momento, no era por él ni por ella, ni siquiera por el chico a quien el loco azar había puesto en el camino de la peste, sino que, con súbita inflamación interior de su clarividente alma escocesa, veía claramente, y por primera vez sin pretensión, las corrientes inexorables de la necesidad, y se compadecía de todo lo que había vivido, vivía o viviría, aventando con sus plegarias las inútiles llamas del altar, suplicando con sus esperanzas a un espíritu inconsciente, arrojando los cohetes diminutos de sus creencias contra la remota eternidad, y esperando gracia, guía y liberación, en la giratoria y olvidada ceniza de esta tierra. ¡Oh, perdición!
Volvieron enseguida a casa. En cada estación, Gant y Eliza hacían inquietas excursiones al vagón de equipajes. Era un noviembre gris, otoñal; los bosques de montaña estaban revestidos de hojas secas y pardas. Estas surcaban las calles de Altamont y se acumulaban en los badenes y en las callejuelas, y volaban de nuevo empujadas por el viento.
El coche chirrió ruidosamente al tomar la curva de la cima de la colina. Los Gant se apearon; el cadáver había sido ya enviado desde la estación. Al bajar lentamente Eliza la cuesta, la señora Tarkinton salió corriendo de su casa, sollozando. Su hija mayor había muerto hacía un mes. Las dos mujeres lanzaron fuertes gritos al verse, y corrieron a abrazarse.
El ataúd había sido ya colocado sobre unos caballetes en el salón de Gant; los vecinos, con rostros compungidos y murmurando entre ellos, se habían reunido para recibirles. Y eso fue todo.