
Matthew NichollsLa antigua Roma fue una cultura intensamente visual. Magníficos edificios públicos caracterizaban sus ciudades y pueblos; las viviendas privadas –ya fuesen casas urbanas o villas rurales– estaban adornadas con frescos y mosaicos en los reconocibles estilos romanos. En la época imperial, monedas y estatuas llevaban el busto del emperador a cada rincón del vasto Imperio.Los romanos adoptaron un estilo naturalista de retrato y los principios de la arquitectura clásica de los griegos. También compartían la idea griega del arte como expresión del potencial humano y de su relación con lo divino. A medida que el Imperio crecía en tamaño y prosperidad, los romanos absorbieron muchas otras influencias, y en ingeniería y arquitectura desarrollaron técnicas propias, utilizando la económica construcción de hormigón para levantar puertos, acueductos, casas de baños y otras instalaciones de una escala y sofisticación sin precedentes. La misma Roma creció hasta ser una ciudad de cerca de un millón de habitantes, con la infraestructura necesaria para alojarlos, alimentarlos y entretenerlos, llevarles agua potable y retirar sus desechos.En mi investigación y mi labor educativa he creado y utilizado reconstrucciones en 3D basadas en fuentes escritas y visuales que incluyen literatura, mapas antiguos, arqueología, inscripciones y las imágenes de las monedas. En este libro he colaborado con artistas y diseñadores para dar vida a alguna de esas reconstrucciones, presentando de forma vívida y nueva cómo vivieron, trabajaron y construyeron los romanos, y qué aspecto tendría para ellos su capital y algunas de sus construcciones más impresionantes. Espero que junto con la rica selección de imágenes de otro tipo, las ilustraciones CGI de este libro ofrezcan al lector una nueva visión de la arquitectura, la ingeniería, los logros artísticos, así como de la vida cotidiana del mundo antiguo romano y sus pobladores. | 9Andrew James SillettEn la cima del Imperio romano, un viajero intrépido podía pisar exclusivamente territorio romano mientras viajaba de Inglaterra a Irak, del mar Negro al estrecho de Gibraltar o de Viena por el Danubio a Asuán por el Nilo. Viajar a lo largo del Imperio romano suponía desplazarse por una red: un entramado de relaciones en el que cada ciudadano –desde un jornalero exesclavo al propio emperador– estaba enlazado en un complejo sistema de favores, obligaciones y reciprocidad. El tema de este libro es la formación de estas relaciones, la transformación del pueblo y el paisaje del mundo romano, y las voces y experiencias de quienes lo habitaban.Estamos habituados a oír relatos sobre las conquistas romanas y la «romanización» cultural, pero la historia que debemos contar es una de negociación y adaptación. De un periodo a otro y de región a región, lo que significaba parecer, vestir, actuar y desarrollarse como romano cambió de forma constante. A los fundadores de la República, el mármol reluciente del Foro del emperador Augusto les habría parecido impensablemente ajeno; mientras que para la emperatriz Teodora, habituada a la ciudad de Constantinopla y sus iconos cristianos, las figurillas de arcilla de Júpiter, Juno y Minerva de los templos frecuentados por los ciudadanos de la primera Roma habrían resultado primitivas y heréticas. Y ninguno de ellos podría afirmar que era más romano que los otros.La cultura «romana» era una serie de hibridaciones forjadas a través del conflicto armado y la solución negociada. Lejos de conceptualizar Roma como una destructora y trituradora de culturas locales, este libro aspira a mostrar cómo la identidad singular de los romanos se desarrolló mediante la interacción con otros pueblos y cómo fue moldeada por las tradiciones religiosas y sociales de aquellos con los que se encontraban. Esperamos que la Roma que el lector encuentre en este libro refleje esa vibrante fuerza cultural de talento e ingenio.Introducciones