P or lo que se veía, el té dulce iba a acabar matándome.
Y no porque la cantidad de azúcar que contiene pueda provocar un coma diabético al primer sorbo. Ni porque mi hermano casi hubiera causado un triple accidente al hacer un brusco cambio de sentido con su camioneta tras recibir un mensaje de texto que contenía dos únicas palabras.
Té. Dulce.
Pues no. El problema era que ese té dulce me iba a enfrentar cara a cara con Jase Winstead, la encarnación de todas y cada una de mis fantasías femeninas, habidas y por haber. Y sería la primera vez que lo vería fuera del campus.
Y delante de mi hermano.
Madre del amor hermoso, iba a ser una situación de lo más incómoda.
¿Por qué, oh, por qué había tenido que enviarle mi hermano un mensaje a Jase diciéndole que estábamos por su zona y que si necesitaba algo? Se suponía que Cam me iba a llevar a dar una vuelta por la ciudad para familiarizarme con las vistas. Aunque las vistas de las que disfrutaría en breve, desde luego, iban a ser mejores que las que había tenido hasta entonces del condado.
Como me encontrase otro club de estriptis, iba a pegar a alguien.
Cam me lanzó una mirada mientras descendía a toda velocidad por la carretera secundaria. Hacía años que habíamos dejado la 9. Bajó la mirada de mi cara al té que sostenía entre las manos y enarcó una ceja.
—¿Sabes, Teresa? Existe una cosa llamada portavasos.
Negué con la cabeza.
—Está bien. Lo llevaré así.
—Vaaale —respondió, arrastrando la vocal y con la vista en la calzada.
Me estaba comportando como una perturbada; tenía que relajarme. Lo último que necesitaba nadie en este mundo era que Cam descubriera los motivos por los que actuaba como una mema hasta arriba de crack.
—Esto…, creía que Jase vivía en el campus, ¿no?
Había sonado despreocupada, ¿verdad? Ay, Dios, estaba segura de que la voz se me había quebrado en algún momento al hacer esa pregunta no tan inocente.
—Sí, pero se pasa la mayor parte del tiempo en la granja de su familia. —Cam redujo la velocidad y giró a la derecha en una curva cerrada. El té casi salió volando por la ventana, pero lo aferré como si me fuera la vida en ello. Ese té no se me iba a escapar—. Te acuerdas de Jack, ¿verdad?
Por supuesto. Jase tenía un hermano de cinco años llamado Jack, y el pequeñín lo era todo para él. Me acordaba de absolutamente todo de lo que me hubiera enterado sobre Jase, tal y como imaginaba que les pasaría a las fans de Justin Bieber con su ídolo. Por bochornoso que fuera, así era. Jase, sin que él ni el resto del mundo lo supiera, se había convertido en muchas cosas para mí en los últimos tres años.
Un amigo.
Lo mejor que tenía mi hermano.
El objeto de mis deseos.
Pero hacía un año, justo al empezar el último curso de instituto, cuando Jase acompañaba a Cam siempre que venía a casa, se había convertido en algo más complicado. Algo que una parte de mí quería olvidar. Sin embargo, otra parte se negaba a renunciar al recuerdo de sus labios contra los míos, a la sensación de sus manos recorriendo mi cuerpo, al modo en que había gemido mi nombre como si le causase un dolor exquisito.
Ay, Dios…
Noté cómo se me ruborizaban las mejillas tras las gafas de sol al recordar cada detalle, por lo que volví la cara hacia la ventanilla, medio tentada de bajar el cristal y sacar la cabeza. Tenía que controlarme. Si Cam llegaba a descubrir que Jase me había besado, lo mataría y ocultaría su cadáver en una carretera secundaria como esta.
Y sería una verdadera lástima.
Con la mente en blanco e incapaz de abrir la boca, necesitaba una distracción de inmediato. La condensación del té y el temblor de mis manos hacían que sujetar el vaso me resultara difícil. Podría haber preguntado a Cam por Avery y habría funcionado, porque le encantaba hablar de ella. Podría haberle preguntado por sus clases o por cómo le iba de vuelta con los entrenamientos para las pruebas del D. C. United, que tendrían lugar en primavera, pero lo único en lo que podía pensar era en que por fin iba a ver a Jase en una situación en la que no podría huir de mí.
Que era lo que había estado haciendo durante la primera semana de clases.
Los gruesos árboles que flanqueaban la carretera comenzaron a espaciarse y, entre ellos, empezó a distinguirse el verde de los prados. Cam accedió a una carretera estrecha. La camioneta se bamboleaba por los baches, haciendo que se me revolviera el estómago.
Arrugué el ceño cuando pasamos entre dos postes marrones. En el suelo yacía una alambrada y a la derecha se veía una pequeña señal de madera que rezaba W INSTEAD : PROPIEDAD PRIVADA . Nos recibió un maizal enorme, pero las mazorcas estaban secas y amarillentas, como si les quedasen pocos días para marchitarse del todo y morir. Más allá, varios caballos corpulentos pastaban tras una valla de madera en la que faltaban muchos de los tablones intermedios. Unas vacas deambulaban por la mayor parte del terreno de la izquierda, gordas y felices.
A medida que nos acercamos, apareció ante nuestra vista un granero viejo, de los que dan miedo, como el de La matanza de Texas , incluida la veleta siniestra con su gallo girando sobre el tejado. Varios metros más allá se alzaba una casa de dos plantas. Los muros blancos estaban grisáceos e, incluso desde la camioneta, se veía que había más pintura desconchada que adherida a la fachada. Una lona azul cubría varias secciones del tejado y la chimenea parecía medio derruida. Junto a la casa había un montón polvoriento de ladrillos rojos, como si alguien hubiera empezado a reparar la chimenea pero, cansado, hubiera terminado por abandonarlos. También había un cementerio de vehículos inservibles detrás del granero, un mar de camionetas y automóviles oxidados.
La sorpresa me atravesó como una sacudida y me incorporé sobre el asiento. ¿Aquella era la granja de Jase? Por algún motivo, me había imaginado algo un poco más… ¿moderno?
Cam aparcó la camioneta a un par de metros del granero y apagó el motor. Al volverse hacia mí, siguió mi mirada hasta la casa. Mientras se quitaba el cinturón de seguridad, suspiró.
—Hace unos años sus padres pasaron una racha muy mala y todavía están recuperándose. Jase trata de ayudarlos con la granja y demás, pero como ves…
La granja necesitaba más ayuda de la que Jase podía aportar.
Parpadeé.
—Tiene… encanto.
Cam rio.
—Qué amable por tu parte.
Apreté los dedos sobre el vaso, a la defensiva.
—Lo tiene.
—Ya…
Se dio la vuelta a la gorra de béisbol para protegerse los ojos. Mechones de pelo negro asomaban por el borde posterior.
Abrí la boca para decir algo, pero el movimiento que capté por el rabillo del ojo atrapó mi atención.
Por el lateral del granero salió como un rayo un niño sentado en un tractor John Deere en miniatura, chillando entusiasmado. Llevaba los brazos regordetes estirados como palos mientras agarraba el volante con las manitas. Una mata de cabello castaño rizado centelleaba al brillante sol de agosto. Jase empujaba el tractor desde atrás y, aunque apenas lo oía, estaba segura de que imitaba el ruido del motor. Ambos botaban sobre la grava y el suelo irregular. Jase reía mientras su hermanito gritaba: «¡Más rápido! ¡Más rápido!».
Jase satisfizo su petición y, sin dejar de empujar el tractor, zigzagueó hasta detenerse delante de la camioneta mientras Jack se desgañitaba agarrado al volante. En el aire se levantaban nubes de polvo.
Entonces Jase se incorporó.
Guau.
Me quedé boquiabierta. Nada en este mundo podría hacerme apartar la vista del espectáculo que se mostraba ante mis ojos.
Jase no llevaba camiseta y su piel brillaba por el sudor. No sabía bien qué etnias se escondían en su árbol genealógico, pero debía de haber alguien español o mediterráneo, pues lucía un bronceado natural que le duraba todo el año.
Mientras rodeaba el tractor, sus músculos hacían cosas fascinantes, estirándose y contrayéndose. Tenía los pectorales perfectamente formados y los hombros anchos. Poseía el tipo de músculos que a uno se le ponen de levantar balas de heno. El tío estaba mazado. Los músculos del estómago se le tensaban con cada paso. Su tableta de chocolate estaba de lo más definida. Digna de degustar. Llevaba los vaqueros indecentemente caídos, lo bastante bajos como para que me preguntase si llevaría algo puesto bajo la tela desgastada.
Era la primera vez que veía la totalidad de su tatuaje. Desde que lo conocía, había atisbado fragmentos asomando por el cuello de la camiseta, en el hombro izquierdo o por debajo de una manga, pero hasta ese momento no había visto de qué se trataba.
Era gigantesco: un nudo infinito sombreado en negro que partía de la base de su cuello, se enredaba y retorcía sobre su hombro izquierdo y le bajaba por el brazo. En el extremo inferior, dos bucles enfrentados entre sí me recordaron a unas serpientes enroscadas mirándose.
No le podía quedar mejor.
El rubor se me extendió por las mejillas y por el cuello mientras me obligaba a levantar la vista, con la boca más seca que un desierto.
Los fibrosos músculos de sus brazos se flexionaron cuando levantó a Jack del asiento del conductor y lo alzó en el aire por encima de su cabeza. Lo hizo girar en círculos, riendo a mandíbula batiente mientras el niño aullaba con cada vuelta.
Mis ovarios se volvieron locos.
Cuando Cam abrió la puerta del conductor, Jase dejó a Jack en el suelo y le gritó algo a mi hermano, pero no me enteré de qué. Volvió a incorporarse y dejó caer las manos sobre las caderas. Se quedó mirando la camioneta con los ojos entrecerrados.
Jase estaba buenísimo, y no es algo que una pudiera decir de mucha gente en la vida real. Tal vez sí de los famosos o las estrellas de rock, pero era poco común encontrarse con alguien tan impresionante como él.
El pelo, de un rico color teja, le caía sobre el rostro en ondas desordenadas. Tenía los pómulos anchos y bien definidos. Sus gruesos labios podían resultar bastante expresivos. Una sombra de barba incipiente le oscurecía la sólida curva del mentón. No tenía hoyuelos como Cam o como yo, pero su sonrisa era una de las más grandes y bonitas que jamás hubiera visto en un chico.
En ese momento no sonreía.
Qué va, lo que hacía era mirar fijamente a la camioneta con la cabeza ladeada.
Muerta de sed como estaba, bebí un sorbo del té dulce mientras lo miraba a través del parabrisas, absolutamente fascinada por la potencial máquina de hacer bebés expuesta ante mi vista. No era que quisiera ponerme a ello aún, pero no me importaría lo más mínimo practicar un poco.
Cam me miró con cara rara.
—Tía, que ese té es suyo.
—Lo siento —me disculpé azorada, bajando el vaso. Tampoco es que importara; ni que Jase y yo no hubiéramos intercambiado saliva antes.
Al otro lado del parabrisas, Jase formó con los labios la palabra «mierda» y se dio media vuelta. ¿Iba a huir? Ni de coña. ¡Tenía su té dulce!
Me desabroché el cinturón de seguridad a toda prisa y abrí la puerta de un empujón. El pie se me resbaló de la chancla y, como Cam no podía conducir otra cosa que una camioneta de paleto que se levantaba a casi un metro del suelo, había una distancia enorme entre donde estaba este y donde estaba yo.
Antaño me movía con gracia. Joder, era bailarina: una buenísima y debidamente formada, con un equilibrio que habría puesto verde de envidia a cualquier gimnasta; pero eso había sido antes del desgarro que había sufrido en mi ligamento cruzado anterior, antes del fatídico salto que había puesto en suspenso mis esperanzas de convertirme en profesional. Todo —mis sueños, mis objetivos y mi futuro— seguía en pausa, como si Dios hubiera pulsado el botón rojo del mando a distancia de mi vida.
Y estaba a menos de un segundo de comer tierra.
Alargué el brazo para agarrarme a la puerta, pero no llegué. El pie que tocaría primero el suelo estaba conectado a la pierna mala, y esta no iba a aguantar mi peso. Iba a pegarme el batacazo padre delante de Jase y a tirarme todo el té encima de la cabeza.
Mientras iniciaba la caída, recé por caer de morros, porque así al menos no vería la cara que pondría.
De repente aparecieron dos brazos salidos de la nada y unas manos me agarraron de los hombros. En un momento estaba horizontal, con medio cuerpo fuera de la camioneta, y al siguiente había vuelto a la vertical. Agité los pies un segundo en el aire antes de tocar el suelo, con el vaso de té apretado contra el pecho.
—Por Dios, te vas a romper la crisma. —Una voz profunda me estremeció por dentro, haciendo que se me pusiera la piel de gallina—. ¿Estás bien?
Estaba mejor que bien. Giré la cabeza a un lado. Me encontraba en contacto estrecho con el torso más perfecto que jamás hubiera visto. Observé cómo una gota de sudor rodaba entre sus pectorales y bajaba por los abdominales hasta desaparecer entre el fino vello que ascendía desde el centro de su estómago, formando una línea que proseguía por debajo de la cinturilla de los vaqueros.
Cam llegó corriendo a la parte delantera de la camioneta.
—¿Te has hecho daño en la pierna, Teresa?
Llevaba un año sin estar tan cerca de Jase y olía de maravilla, a hombre y a un leve rastro de colonia. Levanté la vista y me di cuenta de que las gafas de sol se me habían caído.
Sus ojos, de un asombroso tono gris, estaban enmarcados por gruesas pestañas. La primera vez que los vi, tuve que preguntarle si eran de verdad. Jase se había reído y me había propuesto meterle el dedo en uno para averiguarlo.
En este momento no se reía.
Nuestras miradas se quedaron prendidas y la intensidad de la suya me arrebató el aliento. Sentí la piel arder como si me hubiera pasado el día entero al sol.
Tragué saliva, haciendo lo posible por que mi cerebro volviera a funcionar.
—Tengo aquí tu té dulce.
Jase enarcó las cejas.
—¿Te has golpeado la cabeza? —preguntó Cam al tiempo que llegaba a nuestro lado.
El calor me abrasó las mejillas.
—No. Tal vez. No lo sé. —Sin soltar el té, me obligué a sonreír con la esperanza de que no resultase espeluznante—. Toma.
Jase me soltó los brazos y cogió el vaso; en ese momento deseé no habérselo plantado delante de la cara, porque tal vez entonces seguiría sosteniéndome.
—Gracias. ¿Seguro que estás bien?
—Sí —murmuré, bajando los ojos. Mis gafas de sol estaban junto a la rueda. Suspiré, las cogí y las limpié antes de ponérmelas de nuevo—. Gracias por… agarrarme.
Se quedó mirándome un momento antes de volverse hacia Jack, que corría hacia él con una camiseta en la mano.
—¡La tengo! —exclamó el niño mientras la ondeaba como una bandera.
—Gracias. —Jase cogió la camiseta y le dio el vaso. Le alborotó el pelo y acto seguido, para mi enorme decepción, se la puso, cubriendo ese cuerpazo. Entonces se dirigió a Cam—. No sabía que Teresa estaba contigo.
A pesar del calor, un escalofrío me recorrió la piel.
—Estaba enseñándole la ciudad para que se vaya familiarizando con el lugar —le explicó mi hermano mientras sonreía al chiquitín, que se acercaba a mí poco a poco—. Nunca había venido por aquí.
Jase asintió antes de coger de nuevo su té. Era más que probable que en ese breve lapso Jack ya se hubiera bebido la mitad. A continuación echó a andar hacia el granero. Había pasado de mí; así, sin más. La garganta comenzó a arderme, pero no le hice caso, deseando únicamente haberme quedado con el té.
—Avery y tú venís a la fiesta de esta noche, ¿verdad? —preguntó Jase al tiempo que tomaba un sorbo.
—Es la fiesta hawaiana; no nos la vamos a perder —respondió Cam con una sonrisa de oreja a oreja que dejó entrever el hoyuelo de su mejilla izquierda—. ¿Necesitáis ayuda para montarla?
Jase negó con la cabeza.
—Ya se encargan los novatos. —Me lanzó una mirada y por un segundo pensé que me iba a preguntar si yo también iría—. Tengo un par de cosas de las que ocuparme aquí primero, luego volveré a casa.
Al instante sentí una punzada de decepción, que se me mezcló con el ardor en la garganta. Abrí la boca, pero la cerré de inmediato. ¿Qué iba a decir delante de mi hermano?
Una manita me tiró del borde de la camiseta y bajé la vista hasta unos enternecedores ojitos grises.
—Hola —dijo Jack.
Esbocé una pequeña sonrisa con los labios.
—Hola.
—Qué guapa eres —comentó con un pestañeo.
—Gracias. —Se me escapó una risita. Era oficial: ese niño me caía bien—. Tú sí que eres guapo.
Jack sonrió radiante.
—Ya lo sé.
Volví a reírme. Desde luego, se notaba que era el hermano pequeño de Jase.
—Vale, ya basta, Casanova. —Jase se acabó el té y tiró el vaso en un contenedor cercano—. Deja de ligar con la chica.
Sin hacerle ni el menor caso, el niño extendió la manita.
—Soy Jack.
—Y yo Teresa —respondí, envolviéndola en la mía—. Cam es mi hermano.
Jack me hizo un gesto con su dedo regordete para que me acercara y me susurró:
—Cam no sabe ensillar caballos.
Levanté la vista hacia los chicos, que seguían hablando sobre la fiesta, aunque Jase no dejaba de observarnos. Nuestras miradas se cruzaron y, tal y como llevaba haciendo desde que había empezado a estudiar en la Universidad Shepherd, interrumpió el contacto visual a una velocidad angustiosa.
Una oleada de frustración se abrió paso en mi pecho mientras volvía a dedicarle mi atención a Jack.
—¿Quieres que te cuente un secreto?
—¡Claro! —replicó con una sonrisa cada vez mayor.
—Yo tampoco sé ensillar caballos. Y ni siquiera he montado nunca en uno.
El niño abrió los ojos como platos.
—¡Jase! —bramó, al tiempo que se giraba hacia su hermano—. ¡Nunca ha montado a caballo!
Bueno, pues adiós a mi secreto.
Jase se quedó mirándome y yo me encogí de hombros.
—Es cierto. Me dan un miedo que te cagas.
—No deberían. Son unos animales bastante tranquilos. Creo que te gustaría montar.
—¡Deberías enseñarle! —Jack echó a correr hacia Jase y prácticamente se le abrazó a las piernas—. ¡Deberías enseñarle para que saba igual que yo!
El corazón me dio un vuelco, en parte por la propuesta de que Jase me enseñase cualquier cosa y en parte por mi miedo a esa especie de dinosaurios. A algunas personas les dan miedo las serpientes o las arañas, los fantasmas o los zombis. A mí me daban miedo los caballos. Un miedo totalmente justificado, dado que esos bichos podían matarte de un pisotón.
—Se dice «sepa», no «saba», y estoy seguro de que Tess tiene cosas mejores que hacer que andar montando a caballo.
Tess. Ahogué un gemido; así era como me llamaba. Era la única persona que usaba ese nombre conmigo, pero no me importaba. Ni lo más mínimo. Mientras Jack exigía saber por qué le había dicho que me llamaba Teresa y Jase le explicaba que «Tess» era un diminutivo, yo me vi arrastrada por el recuerdo de la última vez que me había llamado así.
No tienes ni idea de lo que me haces desear —dijo, con sus labios acariciándome la mejilla y provocándome un escalofrío por toda la espalda—. No tienes ni puta idea, Tess.
—¿Te importa si voy al baño antes de que nos marchemos? Tenemos que volvernos —dijo Cam—; le había prometido a Avery que cenaríamos antes de ir a la fiesta.
—Yo te enseñaré dónde está —anunció Jack, cogiéndole la mano.
Jase arqueó una ceja oscura.
—Estoy seguro de que sabe dónde está el baño.
—No pasa nada. —Cam le quitó importancia con un gesto de la mano—. Vamos, colega, guíame.
Los dos se alejaron en dirección a la granja, y Jase y yo nos quedamos oficialmente solos. Un colibrí alzó el vuelo en mi pecho, revoloteando como si fuera a abrirse paso en mi interior a picotazos, mientras se levantaba una brisa cálida que me agitaba el pelo que había escapado de la coleta.
Jase contempló a Cam y Jack alejarse trotando por el césped como quien veía alejarse el último bote salvavidas mientras el Titanic empezaba a hundirse. La verdad, resultaba un poco ofensivo: ni que quedarse a solas conmigo equivaliese a ahogarse y que se lo zamparan los tiburones.
Me crucé de brazos y fruncí los labios. El cabreo me hormigueaba en la piel, pero era su notoria incomodidad lo que me escocía como un demonio. No siempre había sido así. Y, desde luego, habíamos tenido una relación mucho más cordial, al menos hasta la noche en que me besó.
—¿Qué tal la pierna?
Me pilló por sorpresa que me hablara y farfullé:
—Bah, tampoco tan mal. Ya casi no duele.
—Cam me lo contó cuando sucedió. Lo siento mucho. En serio. —Se detuvo y entrecerró los ojos al tiempo que su mandíbula se tensaba—. ¿Cuándo podrás volver a bailar?
Cambié de postura, incómoda.
—No lo sé. Espero que pronto, siempre que el médico me deje. Crucemos los dedos.
Jase frunció el ceño.
—Sí, crucemos los dedos, pero menuda mierda. Sé lo mucho que bailar significa para ti.
Lo único que pude hacer fue asentir, más afectada de lo que debería por la compasión genuina que le noté en la voz.
Sus ojos grises por fin se encontraron con los míos y me quedé sin aliento. Aquellos ojos… siempre me dejaban pasmada y me daban ganas de hacer alguna locura. En ese momento eran de un gris profundo, como nubes de tormenta.
Jase no estaba contento.
Se pasó una mano por el pelo húmedo y exhaló con fuerza. Empezó a temblarle un músculo del mentón. La irritación que sentía en mi interior se convirtió en algo desagradable, haciendo que la quemazón de la garganta me subiera hasta los ojos. Tenía que repetirme una y otra vez que él no sabía nada, que era imposible que lo supiera, y que el dolor que me había causado su rechazo no era culpa suya. Yo no era más que la hermana pequeña de Cam, el motivo por el que este se había metido en tantos problemas cuatro años antes y por el que Jase había empezado a venir a casa todos los fines de semana. Yo no era más que un beso robado. Nada más.
Estaba a punto de darme la vuelta para regresar a la camioneta a esperar a Cam antes de hacer algo de lo que después me avergonzara, como ponerme a llorar. Las emociones me superaban desde que me había lesionado la pierna y ver a Jase no ayudaba precisamente.
—Tess, espera. —Jase cubrió la distancia que nos separaba con una sola zancada de sus largas piernas. Se detuvo lo bastante cerca como para que sus zapatillas gastadas casi tocasen los dedos de mis pies y, extendiendo el brazo, acercó la mano a mi mejilla. No llegó a tocarme, pero su calor me abrasaba la piel—. Tenemos que hablar.
E l mechón de pelo que Jase había estado a punto de tocar me rozó la mejilla mientras sus palabras flotaban entre nosotros. Se me encogió el estómago al igual que me ocurría segundos antes de salir al escenario. El miedo se me agarraba como una bola gélida en el centro del pecho siempre que me paraba delante de los jueces y me ponía en posición, esperando a que arrancase la música. No importaba en cuántas competiciones hubiera participado o en cuántos recitales hubiera actuado, siempre había un segundo en el que lo único que quería era huir del escenario.
Pero no había huido en ninguna de aquellas ocasiones y tampoco iba a huir de Jase ahora. No huiría de aquella conversación. Mucho tiempo atrás había sido una cobarde. Había tenido demasiado miedo de decir la verdad sobre lo que Jeremy, el exnovio del infierno, me había estado haciendo. Pero ya no era esa chica. Ya no era una cobarde.
Respiré hondo.
—Tienes razón. Tenemos que hablar.
Jase bajó la mano y volvió la vista hacia la casa. Sin mediar palabra, la posó entre mis omóplatos. Sorprendida por el contacto, di un respingo y me sonrojé.
—¿Vienes conmigo?
—Claro. —El colibrí había vuelto con más fuerza que nunca y me estaba haciendo un agujero en el pecho.
Al final no fuimos tan lejos, pues se nos seguiría viendo desde la casa. En una propiedad como aquella, imaginé que habría lugares que ofrecerían mayor privacidad, pero Jase me condujo hasta el cercado de madera que rodeaba el prado opuesto al campo en el que pastaban los caballos.
—¿Quieres sentarte? —me preguntó y, antes de que pudiera responderle que estaba bien de pie, sus grandes manos me rodearon las caderas. Ahogué un grito cuando me levantó como si no pesase más que su hermanito y me sentó en el listón superior—. Para tu rodilla será mejor.
—Mi rodilla…
—No deberías estar todo el tiempo de pie —dijo, cruzándose de brazos.
Me agarré a la madera tosca, sin contradecirlo, porque lo último que quería era hablar de mi rodilla. Jase me observaba callado y yo me obligué a seguir sentada sin hablar para que no tuviese más remedio que abordar el tema.
Mi silencio duró cinco segundos antes de que soltase lo primero que me vino a la mente.
—Es ridículo.
—¿El qué? —preguntó, arrugando el ceño.
—El nombre de la ciudad.
Jase se apartó de la cara los mechones más largos de cabello castaño.
—¿Estás enfadada por cómo se llama la ciudad?
—¿Es que Spring Mills puede considerarse una ciudad? Porque tú vives en Spring Mills, ¿verdad? —Jase me miró confuso; yo me encogí de hombros—. A ver, ¿no es igual que Hedgesville o Falling Waters? Que hayáis construido un Walmart grandísimo no significa que sea una ciudad.
Jase se quedó mirándome un momento más antes de soltar una carcajada profunda, de sonido rico y apetitoso. Que Dios se apiadara de mí, porque adoraba oírlo reír así. Daba igual lo enfadada que estuviera con él o lo mucho que quisiera arrearle una patada en la entrepierna; cuando reía, era como si el sol brillase en mis ojos.
Se apoyó en la cerca y, dada su estatura, quedamos al mismo nivel cuando se inclinó y me rodeó los hombros con un brazo. Me acercó a él lo suficiente como para que, si levantaba la cabeza, nuestras bocas quedaran a pocos centímetros. El corazón me hizo varios pliés en el pecho. Si hablar de falsas ciudades y supermercados Walmart le daban ganas de abrazarme, ya estaba dispuesta a nombrar otros lugares: Darksville, Shanghái…
—A veces creo que estás un poco chalada. —Me estrechó y, cuando apoyó la barbilla en mi cabeza, la respiración se me atascó en la garganta—. Pero me gusta…; me gustas. De verdad. No estoy seguro de lo que eso dirá de mí.
¿Pliés? Mi corazón ahora brincaba como un ninja. A lo mejor esa conversación no terminaría conmigo acurrucada en un rincón. Me relajé.
—¿Que eres genial?
Rio entre dientes mientras su mano descendía por mi espalda antes de apartarse. Se subió a la cerca y se sentó a mi lado.
—Sí, algo así. —Se quedó en silencio antes de volver a mirarme. Sus ojos de pronto parecían azul pálido—. De verdad que me gustas —repitió con voz más suave—. Y eso hace que me resulte mucho más difícil todo esto. No sé ni por dónde empezar, Tess.
El ninja de mi corazón cayó muerto. Yo sí tenía idea de por dónde podía empezar. ¿Qué tal si empezaba por explicarme por qué no había respondido a ningún mensaje de correo ni de texto desde aquella noche hacía un año? ¿O por qué había dejado de venir a casa con Cam? Pero no tuve oportunidad de hacerle esas preguntas.
—Lo siento —se disculpó, y yo parpadeé al tiempo que el aire se me escapaba de los pulmones—. Lo que pasó entre nosotros… no tendría que haber sucedido y, joder, lo siento muchísimo.
Abrí la boca, pero fui incapaz de emitir sonido alguno. ¿Que lo sentía? Era como si me hubiera dado un puñetazo en mitad del pecho, porque que lo sintiera implicaba que se arrepentía. Y yo no me arrepentía, ni un poco. Aquel beso…, la forma en que me había besado demostraba, a mi entender, que realmente existía un tipo de atracción incontrolable, que anhelar más podía provocar el dolor más delicioso y que de verdad podían saltar chispas cuando unos labios se tocaban. ¿Que se arrepentía? Yo había revivido ese beso, lo había puesto en un altar y no dejaba de comparar todos los anteriores, que no habían sido muchos, y todos los posteriores, que eran aún menos, con aquel que él lamentaba.
—Aquella noche había bebido —continuó, mientras el músculo de su mentón temblaba al ritmo de mi corazón—. Estaba borracho.
Cerré la boca de golpe en cuanto digerí aquellas dos palabras.
—¿Estabas borracho?
Jase apartó la vista y, entrecerrando los ojos, se pasó la mano por el pelo.
—No sabía lo que hacía.
Un nudo horrible se me formó en el estómago. Era la misma sensación que había tenido al aterrizar mal aquel salto. Una sensación terrible y arrasadora, preludio del estallido de dolor que llegó después.
—Aquella noche te bebiste unas dos cervezas.
—¿Dos? —Ni siquiera me miraba—. Bah, sé que tuvieron que ser más.
—¿Que tuvieron que ser más? —La voz me salió chillona mientras otro tipo de sentimiento empezaba a enconarse en mi interior—. Recuerdo aquella noche con claridad, Jase. Apenas bebiste un par de cervezas. No estabas borracho.
Él no respondió, pero su mandíbula se movía como si estuviera a punto de romperse las muelas. Disculparse ya era malo de por sí, pero ¿decir que estaba borracho? Era la peor forma de rechazarme.
—Básicamente estás diciendo que, si no hubieras bebido, ¿no me habrías besado? —Me bajé de la cerca y lo miré a la cara, aguantándome las ganas de hundirle el puño en el estómago. Abrió la boca, pero me adelanté—. ¿Tanto asco te dio?
Jase alzó la cabeza súbitamente hacia mí y algo centelleó en sus ojos grises, oscureciéndolos.
—No he dicho eso. No fue asqueroso. Fue…
—¡Pues claro que no fue asqueroso, no te jode! —Había muchísimos momentos en la vida en los que Cam me decía que no sabía quedarme callada. Este tenía todas las papeletas para ser uno de ellos—. Me besaste tú. Me tocaste tú. Fuiste tú quien dijo que no tenía ni idea de lo que te hacía…
—Sé lo que dije. —Sus ojos brillaron furiosos como el azogue. Me fulminó con la mirada al tiempo que se bajaba de la cerca con una habilidad casi propia de un depredador—. Lo que no sé es por qué dije esas cosas. ¡Tuvo que ser la cerveza, porque no hay otro motivo por el que habría hecho o dicho nada de eso!
Un fuego intensísimo sustituyó al dolor. Mis puños se cerraron. No, era imposible que dos cervezas lo hubieran llevado a hacer aquello.
—No eres un peso pluma. Estabas en plena posesión de tus facultades. Y algo debiste de sentir al besarme, porque es imposible besar así sin sentir nada.
En el momento en que aquellas palabras salieron de mi boca, se me encogió el corazón. Pensarlo era una cosa, pero decirlo en voz alta demostraba… lo ingenuas que sonaban aquellas palabras.
—Llevas colada por mí mucho tiempo: pues claro que pensaste que significaba algo alucinante. Por Dios, Tess, ¿por qué crees que llevo todo este tiempo sin hablarte? Sabía que le darías demasiada importancia —explicó mientras las mejillas me ardían—. Fue un error. No me siento atraído por ti, no de esa manera.
Di un paso atrás como si me hubiera abofeteado. Y bien sabe Dios que conocía la sensación. Parte de mí lo habría preferido antes que oír aquellas palabras. Debería haber echado a correr en cuanto dijo que teníamos que hablar, o al menos haber vuelto renqueando a la camioneta. Que le dieran a lo de ser valiente y aceptar la confrontación. El dolor y la vergüenza me subieron por la garganta y me anegaron los ojos. Por lo visto, era más transparente que una ventana, así que agradecía llevar gafas de sol para ocultar mis emociones, aunque Jase debió de ver algo en mi expresión, porque cerró los ojos un instante.
—Mierda —musitó, la piel alrededor de sus labios de un tono más pálido—. No era eso lo que quería decir. Yo…
—Pues yo creo que sí —espeté, retrocediendo un paso más. Jase tenía razón. Aquella noche había sido un error, un beso ridículo al que había atribuido ciertos sentimientos y que había exagerado en mi mente durante su ausencia. No creo que jamás me hubiera sentido tan tonta como en ese momento—. No podrías haberte expresado con mayor claridad.
Volvió a soltar un taco mientras cubría la distancia que nos separaba, bajando la barbilla y haciendo que varios mechones de pelo ondulado le cayeran sobre la cara.
—Tess, no lo entiendes…
Solté una carcajada breve mientras la vergüenza explotaba en mi interior como un dique roto.
—No, creo que lo entiendo a la perfección. Te arrepientes. Vale. Fue un error. Probablemente no quieras que te lo recuerden. Lo siento. Qué más da. Lo que tú digas. —Estaba desvariando, pero no podía evitar hacer todo lo posible por salvar la cara y seguí hablando, sin mirarlo. No podía, así que fijé la vista en sus zapatillas manchadas de hierba—. De todas maneras, tampoco es que vaya a quedarme aquí mucho tiempo. En cuanto tenga la rodilla curada, me largo. Que será más pronto que tarde. Así que no te preocupes por que nos crucemos muchas más veces o por que vuelva a sacar el tema. Tampoco es que seas el único tío que…
—¿… Te ha besado? —Al oír su tono cortante, levanté la vista. Sus ojos entrecerrados apenas dejaban entrever un par de rendijas plateadas—. ¿A cuántos tíos has besado, Teresa?
No tantos. Podía contarlos con una mano y solo necesitaría dos dedos para quienes habían llegado más allá, pero el orgullo me tenía entre sus garras.
—A los suficientes —respondí, cruzándome de brazos—. Más que suficientes.
—¿En serio? —Algo atravesó su semblante—. ¿Y eso lo sabe tu hermano?
Solté una carcajada despectiva.
—Como que a él se lo voy a contar. Además, ni que tuviera nada que decir sobre en quién o en dónde planto mis labios.
—¿En dónde? —repitió, con la cabeza ladeada como si le costase procesar las palabras. En el momento en que decidió lo que podían significar, sus hombros se tensaron—. ¿Dónde plantas los labios?
—Bah, no es asunto tuyo.
Su mirada se endureció.
—Por supuesto que es asunto mío.
¿Es que vivía en un universo alternativo?
—No lo creo.
—Tess…
—No me llames así —le espeté antes de inspirar hondo.
Jase trató de acercarse a mí, pero lo esquivé. Lo último que necesitaba era que me tocase. Sus espectaculares rasgos se tiñeron de determinación.
—¿Dónde…?
La puerta delantera de la casa se cerró de golpe a nuestra espalda, lo que me salvó. Jase dio un paso atrás y respiró hondo mientras su hermanito atravesaba la hierba y la grava a todo correr.
A poco más de un metro, el niño se lanzó hacia Jase, gritando:
—¡La capa de Superman! ¡La capa de Superman!
Este lo atrapó al vuelo y lo hizo girar al tiempo que se aseguraba de que sus bracitos le rodearan bien el cuello. Jack volaba sobre su espalda, como una especie de capa de carne y hueso.
—Siento haber tardado tanto —se disculpó Cam con una sonrisita, sin percatarse de lo que a mí me parecía una tensión insoportable—. Tu madre tenía limonada. Y bizcocho de manzana. No podía irme sin tomar un poco.
Jase sonrió, aunque al mismo tiempo bajó la barbilla.
—Es comprensible.
Me quedé como una estatua. Ya podía haberme cagado un pájaro en la cabeza, que no me habría movido. Tenía los dedos insensibles de tanto apretar los puños.
Cuando Jase se giró hacia un lado, Jack me sonrió.
—¿Vas a aprender a montar?
Al principio no entendí a qué se refería, pero al darme cuenta, no supe qué responder. Dudaba que Jase quisiera volver a verme aparecer por su granja aun cuando tuviera los ovarios de subirme a uno de esos bichos.
Cam me miraba con las cejas enarcadas; Jase, con la mandíbula en tensión, tenía la vista clavada en el suelo, y Jack estaba esperando una respuesta.
—No lo sé —terminé por decir con voz áspera. Obligándome a no parecer aún más boba, esbocé una sonrisa—. Pero, si vengo, me ayudarás tú, ¿verdad?
—¡Sí! —El rostro de Jack se iluminó—. ¡ Podería enseñarte yo!
—«Podría» —murmuró Jase, enlazando los brazos alrededor de las piernas del niño—. Como ya te he dicho, colega, probablemente tenga mejores cosas que hacer.
—No hay nada mejor que montar a caballo —argumentó Jack.
Sin soltar a su hermano, Jase se incorporó y me lanzó una mirada. Su semblante era inescrutable y deseé no haber mencionado lo de montar. Probablemente creyese que lo decía en serio y que buscaba la manera de verlo.
Después de esto, la verdad es que preferiría no volver a toparme con su cara.
Me dolió darme cuenta de ello. Antes del beso, habíamos sido amigos, buenos amigos. Nos enviábamos mensajes, nos escribíamos por correo electrónico, hablábamos siempre que acompañaba a Cam. Y ahora todo se había ido al garete.
«No voy a llorar. No voy a llorar». Ese era mi mantra mientras volvía a la camioneta y me subía, usando la pierna buena para impulsarme. «No voy a llorar por este imbécil». También me ordené dejar de mirarlo, pero lo observé con su hermano en brazos hasta que llegó el mío.
—¿Lista para volver? —preguntó Cam mientras cerraba la puerta del conductor.
—Lista —respondí con voz inusitadamente ronca.
Cam me lanzó una mirada mientras arrancaba y arrugó la frente.
—¿Estás bien?
—Sí. —Carraspeé—. Es la alergia.
La mirada desconfiada era de esperar. Yo no tenía alergia. Mi hermano lo sabía.
Cam me dejó delante del complejo West Woods. Después de darle recuerdos para Avery, me bajé de la camioneta con todo el cuidado del mundo y enfilé el estrecho sendero que conducía a Yost Hall mientras sacaba la tarjeta de acceso.
Había tenido suerte con el alojamiento. Como me había matriculado tarde, todas las habitaciones en Kenamond Hall y Gardiner Hall, reservadas habitualmente para los estudiantes de primero, ya estaban ocupadas. Estuve a punto de quedarme sin habitación. El día antes del comienzo de las clases, me presenté en el departamento de Alojamientos Universitarios rogando que me pusieran en alguna parte, donde fuese. La alternativa era vivir con Cam y, por mucho que quisiera a mi hermano, compartir piso con él era lo último que deseaba.
Hubo derramamiento de lágrimas. También hubo que tirar de ciertos hilos, pero acabé en un edificio residencial de suites en West Woods, mucho mejor que las cajitas de cerillas que pasaban por dormitorios en otras residencias.
Haciendo uso de mi tarjeta, me adentré en el aire fresco y enfilé la escalera. Podría haber cogido el ascensor hasta la tercera planta, pero imaginé que caminar y subir a pie sería bueno para mi pierna, visto que no me dejaban hacer nada más movido. Aunque pronto me lo permitirían. No me quedaba otra porque, si quería volver al estudio de danza en primavera, tenía que ponerme en forma a la de ya.
Para cuando llegué a la puerta que daba a mi suite, estaba jadeando. Me flipaba cómo en poquísimo tiempo mi cuerpo había pasado de Terminator a Bob Esponja.
Suspirando, deslicé la tarjeta magnética y me adentré en el cuarto de estar. Lo único que deseaba era meterme en la cama, esconder la cabeza bajo la almohada y fingir que ese día jamás había tenido lugar.
Pero eso sería pedir demasiado.
Solté aire al ver la bufanda rosa chicle colgando del pomo de la puerta del dormitorio. Cerré los ojos y dejé escapar un gruñido de frustración.
Las bufandas rosas eran un código: señalaban que si una entraba en la habitación era por su propia cuenta y riesgo. En otras palabras, mi compañera de habitación estaba disfrutando de un momento de dulce intimidad con su chico. O bien estaban ahí dentro discutiendo en voz baja; pero, si ese era el caso, pronto estarían haciéndolo en voz alta.
Al menos aún tenía acceso al cuarto de baño.
Renqueé hasta el gastado sofá marrón y me dejé caer con la gracia de una oveja preñada, soltando el bolso a mi lado. Puse la pierna mala encima de la mesita de centro y la estiré con la esperanza de aliviar el dolor sordo de la rodilla.
Un golpe al otro lado de la pared me hizo dar un respingo. Frunciendo el ceño, miré a mi espalda. Al cabo de menos de un segundo, un gemido ahogado me puso los pelos de punta.
No parecía el sonido feliz de quién está a punto de aullar de placer. Aunque tampoco es que yo supiera cómo sonaba. Las pocas veces que había tenido sexo en los últimos tiempos, había terminado maldiciendo cada novela romántica que me había llevado a creer que flotaría en una nube. En cualquier caso, ese gemido no sonaba bien.
Sin bajar la pierna de la mesa, me incorporé y agucé el oído para averiguar qué pasaba en el cuarto. Debbie Lamb, mi compañera, estaba en tercero y parecía una chica encantadora: no me había crucificado por arruinarle lo que, con toda probabilidad, habría sido un semestre sin compartir habitación hasta que aparecí. Y era realmente inteligente y callada.
Su novio era otra cosa.
Pasaron unos segundos y oí un gruñido masculino de lo más distintivo. Con las mejillas coloradas, me di la vuelta tan rápido que casi me provoqué un latigazo cervical. Agarré un cojín y me tapé la cara.
Era obvio que estaban dándole al asunto.
Y allí estaba yo, sentada y escuchándolos como una pervertida.
—Ay, Dios. —Mi voz sonó amortiguada por la almohada—. ¿Qué hago yo en la universidad?
El dolor sordo que me atravesó la rodilla me recordó el motivo.
Bajé el cojín lentamente. La puerta de enfrente, que llevaba al otro dormitorio que compartía la suite, permanecía cerrada. No había llegado a ver a nuestras compañeras ni una sola vez desde que había empezado el curso. En parte estaba convencida de que eran invisibles, alpacas o parte del programa de protección de testigos, obligadas a esconderse en el dormitorio. Sabía que no estaban muertas, porque las había oído alguna vez desde el cuarto de estar. Siempre bajaban la voz cuando me oían moverme por la suite.
Muy raro.
Me apoyé el cojín marrón en el pecho, alcancé el bolso y saqué el teléfono móvil. Por un momento me planteé enviarle un mensaje a Sadi, pero llevaba sin tener contacto con ella desde julio, cuando dejé el estudio de danza. Desde entonces no había vuelto a hablar con ninguno de mis amigos.
La mayoría vivía en Nueva York. Sadi iba a empezar en la Joffrey School of Ballet, la misma escuela para la cual yo había obtenido una beca que lo cubría todo. Estaba viviendo mi vida, mi sueño. No obstante, aún no había perdido la beca; estaba suspendida y los profesores me habían prometido una plaza en otoño si se me curaba la lesión.
Volví a meter el teléfono en el bolso y me recosté en el sofá sin soltar el cojín. El doctor Morgan, el especialista de la Universidad de Virginia Occidental que me había operado, creía que tenía un noventa por ciento de probabilidades de recuperarme completamente siempre y cuando no sufriera otra lesión. La mayoría de la gente pensaría que eran bastante altas, pero ese diez por ciento restante me acojonaba tanto que me negaba a planteármelo siquiera.
Pasaron unos cuarenta minutos antes de que se abriera la puerta del dormitorio y Debbie saliera al cuarto común, atusándose con la mano las puntas de la melena castaña, que le llegaba a los hombros. Al verme, se sonrojó de la vergüenza.
—¡Oh! ¿No llevarás mucho tiempo aquí?
—No, solo unos minutos… —Mi voz se perdió cuando me fijé en ella mientras se alisaba la blusa de flores. Tenía los ojos hinchados y enrojecidos. Habían vuelto a pelearse. Debían de haber hecho las paces, pero discutían tanto que me preguntaba cómo tendrían tiempo para nada que no fuera o pelearse o reconciliarse echando un polvo.
En ese momento apareció Erik, los dedos volando sobre la pantalla del móvil. Tenía el pelo corto y oscuro, de punta. Era guapo, había que reconocerlo, aunque no entendía que resultase atractivo. Para nada. Era muy popular en la fraternidad a la que pertenecía Jase y había sido una estrella del baloncesto local durante sus años de instituto, pero tenía la personalidad de una hiena acorralada.
Se guardó el teléfono en el bolsillo de los vaqueros y me sonrió, pero era una sonrisa nerviosa, que me hizo sentir incómoda.
—¿Estás bien? —le pregunté a Debbie.
—Por supuesto que lo está —respondió Erik con una carcajada.
Sin hacerle caso, miré a mi compañera fijamente, pero esta asintió con rapidez.
—Sí, fenomenal. Vamos a pillar algo de comer antes de ir a la fiesta. ¿Vienes?
Abrí la boca, pero Erik también respondió por mí.
—Diría que la rodilla anda molestándola, así que es probable que quiera quedarse aquí.
Cerré la boca de golpe.
Debbie parecía abochornada cuando Erik empezó a empujarla hacia la puerta.
—¿Vas a ir a la fiesta?
En realidad no me habían invitado, aunque sabía que, si me presentaba allí, nadie diría nada… Nadie salvo Jase, y no quería volver a verlo. Así que me encogí de hombros.
—Aún no lo sé.
Debbie se detuvo un instante.
—Vale, bueno…
—Venga, cariño, que me muero de hambre, joder. —Erik le agarró el brazo, dejándole la marca de sus dedos en la piel—. Se nos hace tarde.
Sentí que un fuego se me avivaba en el estómago al ver cómo la agarraba. ¿Cuántas veces me había hecho lo mismo Jeremy? Demasiadas para contarlas. Me dieron náuseas. Me hizo pensar en cosas que era mejor olvidar.
La débil sonrisa de Debbie vaciló.
—Mándame un mensaje si quieres… o si necesitas algo.
Erik farfulló algo entre dientes y ambos se marcharon. Yo me quedé allí, con la pierna encima de la mesita baja, mirando hacia la puerta, pero mis pensamientos habían retrocedido a un par de años atrás.
—Sabes que me muero de hambre, joder —dijo Jeremy, inclinándose sobre mí y agarrándome del brazo. Apretó hasta hacerme gemir. De repente, el coche parecía demasiado pequeño. Me faltaba el aire—. ¿Por qué has tardado tanto? ¿Estabas hablando por teléfono?
—¡No! —Traté de quedarme inmóvil, de no tirar del brazo, porque sabía que eso lo enfadaría aún más—. Solo estaba hablando con Cam.
Entonces se relajó y sus dedos dejaron de apretar.
—¿Está en casa?
Negué con la cabeza.
—Estaba hablando…
—¿Por teléfono? —En un segundo, sus rasgos dejaron de ser encantadores para resultar monstruosos. Mi rostro dibujó una mueca de dolor cuando volvió a clavarme los dedos a través del jersey—. ¿No decías que no estabas hablando por teléfono?
Me sacudí para apartar el recuerdo, feliz al descubrir que lo único que sentía era un resto de enfado. Durante mucho tiempo, el mero hecho de pensar en él me hacía perder los papeles, pero esos días habían quedado muy lejos.
Jeremy había sido un maltratador, pero yo ya no era una víctima.
Había superado lo que me había hecho. Estaba superado, sí, superado.
Apartando la mirada de la puerta, apreté el cojín hasta que me dolieron los brazos. Más allá de un sexto sentido al respecto, no tenía pruebas de que Erik estuviera haciéndole daño a Debbie, y sabía que la mayoría de las marcas no serían visibles. Al menos si Erik era tan listo como Jeremy en su momento.
Pasé el resto de la tarde comiendo snacks de la máquina expendedora del final del pasillo y ojeando los apuntes de Historia antes de irme a la cama pronto. Una vez tumbada, mientras flotaba en la tierra de nadie que precede al sueño, me di pena. Ahí estaba, a pocos meses de cumplir los diecinueve, un sábado por la noche, y casi dormida antes de las diez.
Pena era poco para lo que sentía.
Me puse de lado y, mirando a la pared, me quedé dormida mientras me preguntaba si el rechazo de Jase me habría dolido tanto si no me hubiera fastidiado la pierna.
Tiempo después, el sonido del móvil a lo lejos me despertó. Abrí los ojos, confundida. La luz verde del reloj de la mesilla marcaba la una y cuarto de la madrugada. El teléfono volvió a sonar.
Alcancé el móvil a tientas, lo cogí y entrecerré los ojos para ver el mensaje. Lo leí una vez. Creí estar soñando. Lo leí dos veces. Creí que se me había olvidado leer. Entonces me incorporé y parpadeé varias veces para apartar el sueño. El dormitorio oscuro adquirió nitidez suficiente como para advertir que la cama del otro lado estaba vacía. Volví a bajar la vista al teléfono.
Necesito hablar contigo.
Era de Jase.
El corazón se me aceleró al leer el segundo mensaje.
Estoy fuera.
Jase estaba aquí.