Prólogo

Milán, Italia

No se sentía cómoda. No quería estar ahí, pero las puertas siempre se encontraban cerradas; todas las habitaciones, todas las ventanas… Como si fuese una pequeña cárcel, un infierno de paredes pintadas en colores pastel para aquellos niños que habían perdido a sus padres. Niños huérfanos y abandonados por la decisión de un destino cruel.

Y Aurora, con tan solo cinco añitos cuando aterrizó en el Orfanato della Misericordia, sentía que se estaba ahogando en un mar infinito y que, por más que lo intentara, no lograba salir a la superficie. Aquello despertó en ella un sentimiento que nunca había experimentado y cada noche, mientras observaba los demás rostros dormidos, se preguntaba cuántos segundos harían falta para que la madre superiora, la más despiadada de las monjas, parara de respirar y se ahogara en ese mismo mar negro, frío y sin vida.

Dejó que el tiempo siguiera su curso. Ahí, rodeada por un ambiente que la consumía, no se percató de que ya había pasado un año desde que lo había pisado por primera vez. Pronto fueron dos, incluso tres. Tres años hasta que encontró la manera de salir para acariciar esa libertad que tanto ansiaba. Aprendió a escaparse sin ser vista y a regresar a su cama en medio de la oscuridad, como si nunca hubiera pasado nada.

Hasta que una noche la descubrieron.

Y el castigo fue atroz.

Las monjas la habían destrozado tanto por dentro como por fuera. Rota, vacía… Una criatura desamparada a la que deberían haber cuidado, pero a quien acabaron arrebatándole la infancia.

«Quiero irme a casa», pensó la pequeña de ojos verdes en la noche de su décimo cumpleaños mientras dejaba escapar la única lágrima que se había permitido soltar, la que encerró toda su tristeza para que no siguiera afectándola. Quería regresar, volver con sus padres, pero, nadando en su vaga memoria, se golpeó contra la realidad al percatarse de que ya no tenía casa y tampoco padres. No tenía nada, a nadie, y ya llevaba cinco largos años viviendo en el silencio de aquel lugar. Los pocos recuerdos que conservaba los había enterrado sin remordimiento dejando que ese nombre con el que habían empezado a llamarla formara parte de ella. Permitieron que en esa niña de diez años creciera la más oscura de las tormentas y se reflejara la amenaza que habitaba en su mirada, lo que provocó que creara una identidad que, sin saberlo, pronto se convertiría en su salvavidas, un escudo negro, sombrío, mortal…, que la protegería del mundo. Aurora no iba a seguir encerrada, pero tampoco pensaba someterse ante aquellas señoras de ropas ri­dículas, aunque sonriera haciéndoles creer que sí, pues de eso trataba la supervivencia: de procurar que su corazón siguiera latiendo a pesar de encontrarse vacío.

Después de aquel castigo que la marcó, dejó transcurrir el tiempo necesario para que bajaran la guardia y una noche, tras asegurarse de que todo el mundo se encontraba en el más profundo de los sueños, volvió a escaparse de esas cuatro paredes. Deambuló por las oscuras calles de la ciudad italiana sin una pizca de miedo y cuando se acercó a ese callejón, como si esa misma oscuridad la estuviera llamando, se escondió al observar a un grupo de hombres vestidos de negro. No sabía qué hacían, pero intuía que no era nada bueno.

No retrocedió, no hizo nada; permaneció oculta hasta que uno de ellos se dio cuenta de su presencia. Cualquier corazón habría empezado a bombear con frenesí, pero el de Aurora siguió tranquilo.

—Sal de ahí, principessa —le pidió uno de los hombres, y no dudó en regalarle una sonrisa llena de encanto, aunque cargada de maldad. Una sonrisa elegante que la invitó a acercarse. El hombre se sorprendió cuando la niña dio un paso hacia él sin dudar—. ¿Qué haces aquí? Sola, de noche… ¿Dónde están tus padres?

Aurora negó con la cabeza y él se limitó a esbozar otra mueca, una mera curvatura de los labios que escondió un pensamiento fugaz, pues el tipo con quien se encontraba hablando dirigía una de las organizaciones ilegales que controlaban el territorio italiano. A Giovanni Caruso, el capo de la Stella Nera, le bastaron unos pocos segundos para darse cuenta del potencial que encerraba su mirada y ahí mismo, en ese callejón negro que apestaba a humedad, se asignó la misión de entrenarla y convertirla en un activo para él.

—¿Estás sola? —preguntó agachándose para ponerse a su altura. Los demás miembros del grupo no se movieron, aunque tampoco dudaron en estirar el cuello para oír lo que fuera que su jefe le estuviera diciendo a esa niña de pelo negro.

Giovanni esperó una respuesta que no llegó, aunque vio que la niña elevaba ligeramente la barbilla.

—Es peligroso que merodees por aquí —añadió. El italiano volvió a sonreír ante el silencio—. ¿Cómo te llamas?

—Me llaman Aurora —se limitó a decir, y no dudó en torcer la cabeza sin dejar de mirarlo.

—Aurora —repitió acariciando ese nombre que daba la sensación de pertenecer a la realeza—, ¿te gustaría venir conmigo?

La niña de larga melena y ojos verdes no se lo pensó dos veces cuando asintió con la cabeza y le dio la mano al capo, que se convertiría en su mentor y en las puertas hacia la libertad que siempre había anhelado. Aurora no volvió a pisar el orfanato. Las monjas tampoco se molestaron en denunciar su desaparición y pronto se olvidaron de ella, como si nunca hubiera existido.

Con el paso de los años, Giovanni la moldeó a su capricho potenciando sus habilidades dormidas además de corregir la inestabilidad que habitaba en su interior. Al menos eso creía él, pues a Aurora nadie la podía dominar, y si actuaba siguiendo sus órdenes era porque resultaba la única forma de sobrevivir. Solo hacía falta que se presentara el momento adecuado para recuperar ese control que había congelado. Un momento que, tarde o temprano, llegaría. Bastaba que fuera paciente, que mantuviera esa impulsividad dominada hasta que ella misma rompiera las cadenas.

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1

Milán, Italia

Noviembre de 2017

A las ocho de la mañana la ciudad parecía ser esclava del tiempo. En realidad, a las ocho de la mañana todas parecían serlo.

Aurora frenó su andar deteniéndose en mitad de la calle y observó los rostros cansados a su alrededor: personas que necesitaban volar para no perder el metro, otras que se habían levantado con el pie izquierdo y algunas presas de la rutina laboral, aunque la gran mayoría intentaba no perder la máscara de felicidad que se habían colocado nada más abrir los ojos.

Las ignoró a todas.

No se tomaría la molestia de apartarse hacia un lado, pues había dejado de afectarle lo que la gente pensara de ella. Tampoco sentía lástima ni afecto, incluso se había olvidado de lo que significaba el amor. Al fin y al cabo, esos sentimientos no le servían de nada en ese mundo donde su alma desolada deambulaba por las oscuras calles siguiendo las órdenes del capo, la persona que la había acogido ocho años atrás y la había coronado como la princesa de la muerte.

Alzó la cabeza hacia aquel cielo gris que se extendía por la ciudad mientras el gélido viento teñía sus mejillas de un suave rosado. Entonces cerró los ojos durante escasos segundos para dejar que el invierno la refugiara entre sus brazos. Por primera vez en mucho tiempo los pequeños copos de nieve se habían dignado a aparecer con su clásica entrada: danzando unos con otros para cubrir las calles de un blanco impecable.

Aurora alzó la palma de la mano desnuda hacia el cielo deprimente y no tardó mucho en capturar un copo y verlo sucumbir al tacto de su piel. Negó de forma sutil con la cabeza mientras volvía a esconder las manos en los bolsillos y reanudaba la marcha con el objetivo de volver a casa. «Casa», pensó mientras se entremezclaba con la multitud. Una casa sin chimenea ni cenas navideñas, sin regalos debajo del árbol… Sin risas, sin paseos ni salidas al cine. Una casa sin amor, vacía; una casa gris que solo ofrecía un plato de comida y un techo donde resguardarse de la lluvia. El lugar al que Aurora se dirigía no era un hogar, pero sí lo más parecido a ello. Nunca se había quejado, pues sabía que tampoco le serviría de nada. En esas cuatro paredes debía limitarse a obedecer, ser una oveja más del rebaño, asentir a cada orden y asumir los encargos que los demás no querían: la entrega y recogida de paquetes.

Y eso estaba haciendo. Había recogido un paquete, cuyo contenido desconocía, que debía llevarle a Giovanni, su jefe, el capo de la Stella Nera, una organización criminal que se escondía tras una empresa de fabricación de papel y cartón. Giovanni Caruso era inteligente y sabía cómo ocultar sus huellas, cómo camuflarlas para que ni la misma policía descubriera la tapadera que, desde hacía años, funcionaba a la perfección. El italiano se estaba haciendo de oro y nadie parecía darse cuenta.

Descendió hacia el subsuelo de Milán y no tardó en adentrarse en uno de los vagones del metro. No obstante, se arrepintió en el mismo instante en que las puertas se cerraron y el hedor la golpeó de lleno.

Resguardada en un rincón, nunca había deseado tanto bajarse en la siguiente parada y caminar el trayecto que le restaba. Lo que tenía claro era que, si alguien se atrevía a acercarse demasiado o a levantar el brazo a menos de medio metro, le daría un puñetazo en la nariz y esa nariz no tendría más remedio que acabar en el hospital.

Fijó la mirada durante los primeros minutos, pero la curiosidad no tardó en apoderarse de ella y terminó por explorar todo el vagón. Observó a una señora a lo lejos cuyo perro pronto se volvería azul de lo mucho que lo apretaba contra su cuerpo, como si temiera que algún desalmado se lo quitara para vendérselo a una pareja feliz que no tuviera idea de razas. Sus ojos fisgones siguieron su exploración y sonrió sin poder evitarlo al apreciar a la única persona que sostenía un libro ensimismada en el mundo ficticio que relataban sus letras; ajena a la realidad, a la rutina y a cualquier tipo de responsabilidad.

Siguió paseando la mirada y pronto se dio cuenta de las intenciones de un niño que, despacio, se estaba acercando a la señora del perro, cuyo abrigo de piel parecía ser caro aunque en realidad era de imitación. Desde el rincón donde se encontraba la joven de pelo negro, con la espalda apoyada contra el metal y escondida entre los cuerpos sudorosos, apreció la pequeña mano intentando colarse en uno de los bolsillos del abrigo.

Aurora dejó escapar el aire por la nariz mientras pensaba en los errores que estaba cometiendo.

Número uno: La ubicación de la dama no era la más adecuada, pues por lo menos se encontraba rodeada de ocho personas cuyos ojos acusadores no dudarían en delatarlo.

Número dos: El perro. ¿A quién se le ocurría meter la mano con la probabilidad de que acabara mordida y llena de babas?

Y error número tres: La inexistente seguridad y habilidad del muchacho. Era evidente que lo hacía por pura de­sesperación.

Aurora contempló lo que sabía que pasaría. El intento de robo había sido un completo fracaso, una chapuza, pues el animal había empezado a ladrar, la señora se había vuelto, asustada y el chico, que no tendría más de doce años, no había hecho más que disimular y bajarse segundos más tarde para desaparecer del escenario del delito. «Patético», pensó poniendo los ojos en blanco, imaginándose que ella habría salido victoriosa del robo de esa misma cartera. El problema era que Giovanni la mantenía atada y bajo su atenta vigilancia. Lo único importante que le permitía hacer era justo eso: entregar y recoger paquetes. Simples encargos. Estaba harta, sentía que estaban desperdiciando sus habilidades en tonterías.

Dejó escapar el aire de nuevo mientras contaba otra vez cuántas paradas faltaban. Cuatro, cuatro paradas y podría volver a respirar aire puro. Con suerte, en unos meses, Giovanni le permitiría de nuevo moverse en moto y ya no tendría que estar respirando a medias y con la nariz protegida bajo el jersey.

La base de la organización se encontraba en una calle desierta, de esas que se consideran peligrosas cuando el sol desaparece.

Cualquiera se habría llevado la mano al pecho al saber que habían dejado que una jovencita de dieciocho años caminara por esos lares sola y envuelta en la oscuridad. Sin embargo, nadie podía intuir que la encantadora Aurora y esa oscuridad se habían vuelto amigas y que el peligro no habitaba en el lugar, en esa calle, sino en ella misma y que se había adueñado de su mirada esmeralda.

Siguió caminando con una tranquilidad amenazante e intercambió algunas miradas con las pocas personas que ahí se encontraban, como si ese gesto bastara para mantenerlas alejadas de ella.

—Hola, Aurora —saludó la mujer de la recepción con una dulce sonrisa una vez que la muchacha se adentró en el edificio. Esa sonrisa los escondía ante el mundo, la máscara que la Stella Nera debía mantener para no levantar sospechas.

La joven se limitó a devolverle el saludo con un movimiento de cabeza y continuó su camino hasta llegar a las catacumbas de la organización.

Existía una zona, la más alejada de aquel edificio industrial, pensada para los miembros que no tenían dónde dormir. Aurora vivía ahí, con ellos, cada uno en una habitación individual. También disponían de un pequeño gimnasio y algunas salas de reuniones y ocio, además del despacho de Giovanni Caruso, ubicado en la segunda planta y adonde ahora ella se dirigía.

Aurora mantenía un trato cordial con los demás, nunca se había mostrado interesada en crear ningún tipo de relación de amistad o de afecto; sin embargo, había una persona a quien le permitía acercarse un poco más y con quien compartía alguna que otra conversación más íntima: Nina D’Amico, la sobrina de Giovanni. Se trataba de una chica igual de temeraria que ella y cuyo veneno se escondía en su amplia sonrisa y en los ojos de cachorrillo. Nina era una víbora, un arma letal para sus enemigos. Ese era el motivo por el cual ambas se llevaban tan bien, porque eran iguales y se habían reconocido como tales en el instante en que Aurora había puesto un pie en la organización.

Y como se llevaban bien, no dijo nada cuando Nina se puso a su lado.

—¿Qué tal hoy? —preguntó la Rubia. «Rubia», como algunos solían llamarla, aunque su color de cabello tirase más a un castaño claro.

Aurora se encogió de hombros sin dejar de caminar hacia el despacho.

—Rutinario —respondió—. Fácil, aburrido, sin chiste alguno. No entiendo por qué tengo que seguir haciendo estos encargos. Ya no soy una novata.

—Ya sabes que son órdenes de Giovanni… ¿Has probado a hablar con él?

—Es ahí a donde voy, a su despacho.

La muchacha de ojos oscuros le regaló una sonrisa compasiva, pues ya podía intuir el resultado de aquella conversación. Su tío no cedía con tanta facilidad, menos cuando se trataba de Aurora, pero tampoco quería impedirle que hablara con él. Estaría presente en cualquiera de los escenarios para mostrarle su apoyo, pues comprendía lo que sentía su amiga. Giovanni no parecía darse cuenta de que Aurora era un dragón hambriento que necesitaba volar.

—¿Quieres que te acompañe? A lo mejor puedo suavizar la situación.

—¿Lo harías?

—Claro; me ofende que lo dudes —aseguró la Rubia esbozando una pequeña sonrisa—. Además, piénsalo bien: podríamos ir juntas a las misiones, entrenar, planificar las estrategias, las reuniones… Tienes que convencerlo, Aurora. Imagínate cuando llegue el momento de infiltrarte por primera vez, será una experiencia inolvidable.

No quería seguir escuchándola, pues sentía como si le estuviera restregando por la cara todo eso a lo que Aurora rogaba que Giovanni accediera. Dejó escapar un profundo suspiro mientras trataba de alejar ese pensamiento de su cabeza. Nina solo quería ayudar, persuadir a su tío y que ella se convirtiera en su compañera de aventuras, para lo bueno y para lo malo.

—Voy a hablar con él —respondió la joven en el momento en que se detuvo delante de su puerta. Dos golpes en la madera preguntando si podía entrar, pero no oyó respuesta alguna—. ¿Ha salido?

Nina se encogió de hombros y la muchacha probó de nuevo. Esa vez fue el propio Giovanni quien abrió dando un paso hacia atrás para que ambas se adentraran en su humilde morada. Desde ahí controlaba todo el edificio y la organización al completo.

—Tengo tu paquete —empezó a decir mientras sacaba de la mochila una caja envuelta en un papel marrón algo desgastado. Podría haberlo abierto, ver lo que escondía y haberlo vuelto a cerrar, pero el capo, además de inteligente, era observador y se habría percatado al instante—. ¿Podemos hablar?

Giovanni echó un rápido vistazo a Nina, quien no había dudado en sentarse en uno de los sillones delante de la mesa. Así era ella, directa, además de entrometida.

—¿De qué se trata, principessa? —Ese apodo que había surgido ocho años atrás y que todavía seguía utilizando. Nina se reclinó en el asiento de cuero y se aclaró la garganta mientras que Aurora prefirió quedarse de pie sin romper el contacto visual con su jefe.

—¿Confías en mí? —A Giovanni le sorprendió la pregunta, pero asintió al instante con la cabeza mientras le permitía continuar. Quería ver hacia dónde dirigiría la conversación—. Te he demostrado mi lealtad mil veces, ¿por qué sigues dándome esos encargos? Sabes que estoy per­fectamente capacitada para llevar a cabo una misión real. Me has enseñado bien, he entrenado y practicado por mi cuenta. —Aurora quiso añadir algo, pero se quedó callada cuando percibió el tinte de desesperación que había surgido en su tono de voz; sin embargo, no dudó en agregar—: No puedes mantenerme atada por siempre.

La sobrina del capo parpadeó rápido al darse cuenta de lo que había dicho su compañera, pues sabía que a su tío no le gustaba que le dijeran lo que debía hacer. Giovanni se puso de pie apoyando las manos llenas de anillos sobre la mesa de roble diseñada por encargo.

—Aurora. —Daba igual los años que pasaran, su nombre le seguiría pareciendo majestuoso—. Te sugiero que no vayas por ese camino.

—¿Por qué?

—Porque no. —La voz de Giovanni sonó dura, imponente, con la clara advertencia de quien no va a seguir escuchando más tonterías. Eso hizo que no se percatara de que había utilizado la peor expresión de todas, una que la chica no toleraba en absoluto—. Todavía no estás lista —decidió añadir al observar que su mirada había cambiado a una más oscura, más temeraria, más inestable.

—No lo sabes, ni siquiera me has dado la oportunidad de demostrártelo.

—He dicho que no.

Zio —intervino Nina pensando que él se ablandaría con su voz—. Deja que lo intente, que vaya conmigo. Estaré con ella en todo momento.

El capo no daría su brazo a torcer, pues, en el momento en que dijera que sí, perdería el control que tenía sobre Aurora, y no podía permitir que su carácter rebelde saliera a flote. Se había esforzado durante años para mantenerlo a raya y no iba a dejar que todo el trabajo se fuera al traste. La joven huérfana tenía un potencial que pocas veces había visto. Él mismo se había encargado de modelarlo, pero todavía no era el momento de que viera la luz. Ya llegaría; tarde o temprano se encargaría de las misiones más importantes, pero él decidiría cuándo, no Aurora ni su sobrina.

—La respuesta sigue siendo la misma. —Continuó mirando fijamente a Aurora—. Vigila el tono, principessa; no querrás atenerte a las consecuencias, créeme. Será un no hasta que yo decida lo contrario, ¿está claro? Y ahora, fuera de mi despacho.

Ni siquiera cruzó miradas con su amiga, y mucho menos con su mentor. Salió de la habitación sintiendo una furia creciente en su interior, como si una pequeña llama rojiza le susurrara al oído que se marcara una salida triunfal: un portazo que se oyera por todo el edificio, como un rugido, y eso fue exactamente lo que hizo. Demostró lo enfadada que estaba y, cegada por la rabia, sus pies la llevaron hasta el gimnasio.

Ignorando los ojos curiosos de los demás, dejó el abrigo en el suelo sin preocuparse de dónde, pues lo único que ahora captaba toda su atención era aquel saco de boxeo envuelto en cuero negro. Iba a destrozarlo; quería hacerlo, pero, antes de que descargara el primer puñetazo, una voz detrás de ella la detuvo. Era la de un miembro de la organización con quien Aurora había conversado algunas veces.

—¿Y esa cara? —Intentaba hacerse el gracioso—. ¿La principessa no ha dormido bien? Parece que vayas a matar a alguien.

Delante del capo nadie se atrevía a referirse a ella con ese apodo, y mucho menos a mofarse, pero cuando sus ojos no miraban, cuando él no estaba ahí, algunos se creían con el valor suficiente para reírse y bromear al respecto.

Decidió que aquella iba a ser la última vez, y esas dos esmeraldas que tenía por ojos pronto se volvieron negras. No iba a aguantar sus provocaciones de nuevo y no le hizo falta mucho más para que su puñetazo cambiara de dirección y acabara en la nariz del muchacho. Un golpe directo, sin miedo, fuerte; a pesar de la diferencia de peso y altura, la princesa de la muerte había conseguido abatirlo sin mucha dificultad.

Lo que nadie esperaba era que a ese primer golpe le siguieran otro, y otro, y otro… Aurora se había subido a su regazo y no podía detenerse. La bomba de su interior había explotado y las palabras de Giovanni no dejaban de danzar en su cabeza. «He dicho que no». Siempre era «no»; siempre encadenada, presa de sus deseos, de sus exigencias. Encerrada de nuevo entre esas cuatro paredes que, aunque no fueran de colores pastel, seguían siendo paredes.

Lo único que había pedido era un poco más de libertad. ¿Qué había de malo en eso? ¿Por qué todo el mundo se empeñaba en pisotearla? No era una muñeca ni un títere… No tenía ningún hilo con el que controlarla. Había sobrevivido al abandono de sus padres, a esos cinco años de humillaciones, maltratos y castigos en el orfanato; había perdido su infancia y a su familia sin derramar una sola lágrima. No había nacido para cumplir órdenes, no: había nacido para darlas, para rugir su nombre al mundo y que se la oyera.

Nadie se atrevió a acercarse a separarlos, salvo una persona: Giovanni, quien no dudó en agarrarla por la cintura para evitar que la disputa acabara siendo una carnicería.

El capo irradiaba enojo, su mirada lo confirmaba, y estaba enfadado con todos, pues ninguno había sido capaz de intervenir. También sentía furia hacia Aurora, que se había rebajado a la inmadurez de los demás, pero, sobre todo, estaba rabioso consigo mismo porque debería haberlo intuido. Lo peor de todo era que la joven no había apaciguado su temperamento y seguía retorciéndose entre sus brazos, tratando de seguir con la pelea.

—¡Suficiente! —gritó él, y eso bastó para que Aurora saliera de su trance, de su burbuja de caos y destrucción—. ¡¿Qué mierda te pasa?! —Al italiano ni siquiera le importó regañarla delante de todos, hasta que se percató de ese detalle. Manteniendo el brazo de Aurora firme en su agarre, se dirigió a Nina—: Ocúpate de Rinaldi, haz que alguien le vea esa nariz. Los demás ¿no tenéis nada mejor que hacer? ¡A trabajar!

Pero antes de que el líder volviera la cabeza para marcharse y mantener una conversación con su rebelde discípula, Rinaldi se levantó, todavía sangrando, con la única intención de amenazar a la mujer que acababa de romperle la nariz. Nina quiso intervenir, ordenarle que se estuviera quieto; no obstante, Giovanni fue mucho más rápido que ella. Él no vaciló y tampoco le tembló el pulso cuando le apuntó con el arma.

—¿Querías decir algo? —Su voz sonó tranquila, aunque intimidante. No iba a permitir que nadie se atreviera a cuestionar su palabra.

—No, señor —murmuró bajando la cabeza, totalmente sometido aunque incapaz de resistirse a mirarla y enfrentarse a esos ojos verdes.

Giovanni guardó el arma y, sin una sola palabra más, salió del gimnasio manteniendo la tenaza en el brazo de Aurora, que lo acompañaba rígida solo de pensar en las consecuencias de sus actos.

De nuevo en el despacho, él se mantuvo callado mientras buscaba el botiquín de primeros auxilios. Hizo que Aurora ocupara uno de los sillones para arrodillarse delante de ella y curarle los nudillos ensangrentados. Durante varios minutos Giovanni se mantuvo concentrado en su tarea bajo la atenta mirada de la muchacha.

—Lo siento —murmuró.

El italiano soltó un profundo suspiro para que ella lo oyera.

—¿Lo dices de verdad?

—No debí hacerlo —confesó—. Ir contra Rinaldi, pero estaba… enfadada.

—No puedes dejar que esa impulsividad te domine. —Por primera vez desde que habían vuelto al despacho, Giovanni alzó la cabeza para encontrarse con sus ojos, carentes de expresión, que lo único que evidenciaban eran unas disculpas vacías—. Aprende a respetar mis decisiones, es la última vez que te lo digo. Y controla esa violencia, sé más inteligente.

Aurora se mordió la lengua para acallar lo que iba a decir. En su lugar, asintió mientras se miraba las manos vendadas.

—Perdón —repitió, aunque no lo sintiera.

—La semana que viene entregarás otro paquete, pero esta vez te acompañará Nina, ¿está claro? —ordenó, aunque aquello había sido una sugerencia de su sobrina—. No quiero oír ninguna queja al respecto. Ahora vete y procura mantenerte lejos de Rinaldi.

—¿Temes que me haga daño?

Giovanni negó con la cabeza.

—Temo que se lo hagas tú a él.

Aurora mantenía la nariz dentro del cuello del jersey. De nuevo se encontraba en el metro, pero esta vez acompañada por Nina. Ya habían entregado el paquete y se disponían a regresar a casa. «Rutinario, aburrido y extremadamente fácil». Las palabras no dejaban de rondarle por la cabeza; sin embargo, decidió mantenerse en silencio, no rechistar ni poner mala cara. Lo único que la calmaba era pensar que algún día llegaría el momento. Su momento.

—¿Quieres que hagamos algo esta noche? —sugirió la Rubia—. Hace un mes que no salimos.

Aurora se encogió de hombros mientras se lo planteaba. No estaría mal ir a algún sitio, bailar toda la noche, gastar la energía acumulada y, tal vez, acabar en la cama de alguien. Hacía mucho tiempo que no disfrutaba, que no se permitía dejarse llevar.

—¿Tienes algo en mente? —preguntó, y dejó que Nina hablara. Sin poder evitarlo, la mirada de Aurora empezó a via­jar por aquel vagón pestilente mientras la voz de su acompañante se convertía en un murmullo de fondo.

Recordó al niño de la semana anterior, cómo había tratado de robar la cartera de la señora y había fracasado en el intento. De pronto, una idea le cruzó la mente. ¿Y si…?

—¿Me estás escuchando? —se quejó su compañera—. ¿Qué miras?

—Disimula —la avisó, dejando que sus ojos adquirieran un brillo de diversión poco usual—. ¿No has dicho que estabas aburrida?

Nina frunció el ceño mientras trataba de entender las intenciones de su amiga. No sabía lo que pretendía, pero no tardó mucho en averiguarlo. Sus gestos pronto la delataron y nadie pareció darse cuenta cuando la ágil mano de Aurora se coló en uno de los bolsillos del pasajero que tenían al lado, demasiado distraído con la pantalla del móvil como para percatarse de que se había quedado sin cartera.

—¿Qué? —preguntó Aurora una vez que su víctima bajó del vagón.

—¿Qué haces?

—¿Tienes algún problema?

La Rubia se quedó callada ante el tono y observó la intención de su compañera de repetir la hazaña.

—No tientes a la suerte —advirtió—. Que te haya funcionado una vez no significa que te salga bien una segunda.

—Es divertido. —Se encogió de hombros—. Además, no creo en la suerte, nunca nos hemos llevado bien.

Sabía que aquello iba a acabar mal y no se quería imaginar lo que diría su tío si llegaban a atraparlas o si la policía intervenía. No, no podía permitir que sucediera, que Aurora fuera tan irresponsable y que su inmadurez no la dejara razonar. Trató de impedírselo, de decirle que parara, pero fue demasiado tarde: ya se había hecho con una nueva cartera. No obstante, tal como había predicho, la señora se dio cuenta y los gritos no tardaron en oírse por todo el vagón.

Nina D’Amico no supo si esa suerte, la que Aurora parecía repudiar, las había ayudado, pero gracias a ella consiguieron salir antes de que las puertas del metro se cerraran y dejaran a la histérica señora en el interior. Las dos muchachas empezaron a correr hasta que la luz del día les dio la bienvenida de nuevo.

Atravesaban el parque cuando la más temeraria de la dos dijo mientras investigaba ambas carteras:

—Quiero repetir.

—¿Estás loca? —Nina la frenó deteniéndose en mitad del camino terroso—. ¿Eres consciente de lo que habría pasado si la policía nos hubiera detenido? Piensa en mi tío, en la organización.

—Ya, pero no ha pasado nada.

—Has sido muy imprudente, Aurora; por eso Giovanni no te da ninguna misión, porque solo piensas en ti.

—¿Imprudente? —Lo sintió como una bofetada. Empezó a caminar dejándola atrás, pero no sin antes decirle—: Tal vez lo sería menos si me dejarais hacer algo.

No quería oír ni una palabra más. Se había dejado llevar, no lo podía negar, pero nunca se había sentido más viva. Su cuerpo seguía eufórico, a tope de adrenalina. Nadie las había detenido, se encontraban en pleno parque caminando con exquisita calma, ¿por qué seguía regañándola?

Nina intentó llamarla, alcanzarla, pero ella ni siquiera se volvió. Siguió su camino sin dejar de pensar en lo que acababa de hacer, en cómo ese simple robo había avivado su llama abriendo una puerta que ya no querría cerrar jamás y en que, sin saberlo, aquello había supuesto el principio de su identidad, de su historia.

Ese robo chapucero e improvisado fue el inicio de todo.

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2

¿Se lo contaba o mejor no? ¿Le decía que había robado un par de carteras u omitía el detalle? Esas dos preguntas no dejaban de deambular en la cabeza de la joven ladrona. Debía resolverlas antes de plantarse delante de Giovanni para decirle que había efectuado correctamente la entrega.

Nina se mantenía a su lado, aunque en completo si­lencio.

Desde la pequeña disputa en el parque ninguna de las dos había dado el brazo a torcer, y tampoco lo harían, pues el orgullo era un enemigo difícil de combatir.

Se dirigieron escaleras arriba hasta su despacho. Auro­ra mantenía las manos escondidas en el interior de los bolsillos, temiendo que alguien descubriera lo que había hecho y se lo contara a su jefe. Empezó a negar con la cabeza; se lo diría ella, nadie más. No permitiría que su versión de la historia se viera manchada con mentiras que empeoraran la situación. Le haría ver de lo que era capaz además de demostrarle que, si desarrollaba esa agilidad singular que residía en sus manos dormidas, podría proponerse objetivos más ambiciosos, convertirse en algo más que en una simple carterista; tal vez en una ladrona que dominara a la perfección el arte del hurto. Ese pensamiento inocente provocó que una fuerte emoción la atravesara.

—¿Entras conmigo? —preguntó Aurora girándose hacia su amiga.

—Nos ha mandado a las dos. —Se encogió de hombros haciéndole ver lo evidente. Tenía claro que no se mantendría al margen si su tío descubría lo que había pasado en el metro.

Aurora golpeó la madera con los nudillos y esperó unos segundos antes de que la áspera voz del capo se dejara oír desde el interior para que pasaran. Abrió la puerta con delicadeza, aunque mostrando una seguridad de la que Giovanni se percató al instante. Este dejó de prestar atención a los documentos que descansaban en la mesa e, inclinándose en la silla, empezó a retorcer la pluma de oro que sujetaba en la mano, como si no tuviera nada mejor que hacer.

—¿Ocurre algo? —preguntó aclarándose la garganta mientras observaba a las dos muchachas.

—Veníamos a decirte que el paquete se ha entregado correctamente y que he robado dos carteras en el metro. ¿Que eso no es nada? Es lo más probable, pero he introducido la mano sin que apenas lo notaran —murmu­ró con una firmeza que dejó atónito al jefe de la Stella Nera—. Para que veas que puedo hacer algo más que entregar y recoger paquetes, y que sigues manteniéndome en el banquillo cuando podrías aprovechar todas mis habilidades.

En aquel momento Aurora se estaba ofreciendo en una bonita bandeja de plata para que Giovanni se replanteara las tareas que le asignaba. Ella quería fuego y adrenalina, acción. Sin embargo, no acababa de comprender que lo que Giovanni temía no era que no pudiera salir viva de las misiones, sino que su egocentrismo y su carácter indomable hicieran que todo el equipo acabara pagando sus actos.

—¿Dos carteras?

—Antes de que me demuestres lo enfadado que estás, piénsalo, ¿de acuerdo? Llevo aquí ocho largos años en los que no he hecho nada salvo entrenar y dominar todas las técnicas que me has enseñado. Me has convertido en una máquina capaz de acabar con el mundo, pero sigo encerrada y con las manos atadas a la espalda. Las he robado —dijo poniendo las carteras sobre la mesa— porque quiero que sepas que no tengo miedo y que puedo hacer cualquier cosa que me proponga. —Giovanni se estaba conteniendo y no podía dejar de contemplar esas dos piedras preciosas que tenía en la mirada—. Te aprecio, Giovanni, y te doy las gracias por haberme traído hasta aquí, pero recapacita antes de que tome la decisión de marcharme y de que no nos volvamos a ver.

Sin atreverse a intervenir, Nina atendió a cada palabra que salía de la boca de su compañera, palabras que nunca habría imaginado que fuera a decir. Se hizo a un lado dejando que Aurora saliera de la estancia con el punto final todavía revoloteando por el aire. Podía notar la conmoción en el rostro de su tío, pues lo había dejado perplejo y con una máscara de seriedad enganchada a la piel. ¿Qué había sido todo aquello? ¿Qué acababa de decir? ¿Marcharse?

La Rubia se percató de la intención de Giovanni de levantarse e ir a por Aurora, pero se lo impidió plantándose delante de él y poniéndole la palma de la mano sobre el pecho. Tenía que contarle lo que de verdad había sucedido en el metro, pues no había ido tan bien como su amiga quería hacerle creer. Casi las habían atrapado y había sido cuestión de suerte que hubieran conseguido escapar dejando a esa señora en el interior del vagón. Giovanni debía saberlo y actuar en consecuencia, así que se lo dijo, lo soltó todo; además, le aseguró que ella siempre iba a querer lo mejor para Aurora y que se pensara muy bien los siguientes pasos.

—Haré lo que crea necesario. —Eso fue lo único que dijo antes de salir del despacho con su sobrina detrás.

Aurora se había encaminado directamente a la zona que, con frecuencia, denominaban «la cafetería», aunque no se tratara de una, pues no había vitrinas llenas de dulces, tampoco plantas que decoraran el lugar; el suelo no era de parquet y las sillas no estaban acolchadas. Su cafetería era una habitación, no tan pequeña, con cuatro mesas largas y sillas plegables de un color azul espantoso, además de una luz blanca parpadeante que producía un sonido difícil de ignorar.

Había acabado ahí, en la esquina de una de esas mesas, con un vaso desechable lleno de un café que ni siquiera disfrutaba. Tal vez era porque, en el fondo, sabía que el capo no tardaría en aparecer delante de ella, aunque el primer lugar donde empezaría a buscarla sería en su habitación. Quizá, de manera inconsciente, quería que esa búsqueda tardara todo lo posible.

Giovanni Caruso apareció en la cafetería antes de lo que ella había previsto y sus gritos no tardaron en oírse. Estaba enfadado, y también molesto, y la culpable era de nuevo Aurora. La furia se palpaba en su rostro cuando se acercó a su discípula para agarrarla con fuerza del brazo y llevarla al centro de la habitación.

—¿Te das cuenta de lo irresponsable que has sido? ¡¿Quieres que esta organización se vaya al traste por tus ansias de protagonismo?! —rugió dejando que su voz atravesara el espacio.

Nadie se atrevió siquiera a respirar.

—Giovanni… —trató de decir Aurora con la intención de deshacerse de su agarre.

—¡Nada! No te consiento ni una palabra. ¿Qué pre­tendías? ¿¡Qué cojones pretendías!? ¿Te crees con derecho a hablarme de esa manera e irte sin más? —Aurora no se arriesgó a abrir la boca; era la primera vez que lo veía a punto de ebullición, tan irritado, con la decepción bailándole en los ojos—. No te olvides de que no estás sola: perteneces a una organización y cualquier error que cometas puede tener consecuencias nefastas. ¿Ni siquiera te has planteado que podríamos haber acabado en la cárcel por una tontería improvisada?

Zio —intentó decirle su sobrina apoyando la mano en su hombro, pero en aquel momento Giovanni no atendía a razones. Estaba fuera de sí—. Al final no ha pasado nada, no ha…

—¡No! —Parecía como si sus ojos se hubieran bañado en un carmín oscuro y, aunque su voz había bajado un registro, seguía siendo letal, incluso más que cuando gritaba—. No tenías por qué hacer nada. Te lo advertí la semana pasada y me has ignorado por completo. —No hacía falta que dijera más, todo el mundo conocía el castigo que había detrás de aquellas palabras; no obstante, Giovanni dictó sentencia igualmente. En alto. Delante de todos—: Al pozo. Sin comida ni agua hasta nuevo aviso.

No hubo ninguna reacción. Tampoco se atrevieron a soltar el aire ante la mención del castigo más cruel que podría existir y, por primera vez en mucho tiempo, Aurora sintió un picor en los ojos que amenazaba con dar rienda suelta a las lágrimas que había estado conteniendo.

—No —negó ella con la cabeza; echó un paso hacia atrás, pero el agarre del capo la mantuvo quieta en su po­sición—. Lo he hecho mal, lo sé; por favor, al pozo no; por favor, no me encierres, no me hagas esto, por favor… —Sintió las rodillas desfallecer, el cuerpo entero le pedía sentarse.

A Aurora la habían castigado varias veces a lo largo de su vida. Sabía lo que el pozo significaba; nunca había entrado, pero era consciente de ello. Y había suplicado, en silencio y más de una vez, no tener que experimentar nunca lo que Giovanni ahora quería que sintiera. Él se había visto abocado a elegir el último recurso, la opción que haría que su pequeña, porque así la percibía, entendiera al fin que no estaba sola y que sus actos improvisados nunca le traerían nada bueno ni a ella ni a los que se encontraran a su alrededor.

—Todo tiene consecuencias —repitió y se encontró con la mirada de Rinaldi, que estaba deseando aislarla en esa oscuridad—. Llévatela.

—¡No! ¡Ni se te ocurra tocarme! —Se podía notar la desesperación en su voz, pero nadie hizo nada, nadie se movió, e ignoraron sus súplicas desgarradoras.

Rinaldi empezó a arrastrarla hacia la planta inferior, rumbo a aquella habitación maloliente que no tenía nada excepto la trampilla oxidada en el suelo.

—Vamos, principes… —Ni siquiera se dio cuenta de lo que iba a decir cuando la mano del jefe le impactó directamente en la nuca.

—La próxima vez te cortaré la lengua.

Asustado, el muchacho asintió porque sabía que no se trataba de ninguna expresión metafórica. Lo haría, le cortaría la lengua sin que le temblara el pulso, porque así era como funcionaba una organización criminal, y Giovanni sabía a la perfección cuándo tocaba amenazar y cuándo dar una felicitación acompañada de una palmada en el hombro.

Aurora trató de resistirse durante todo el camino, probó a escabullirse de su agarre, pero las lágrimas le nublaban la visión y sus piernas parecían no querer responder. No tenía fuerzas, ya no le quedaban; así que Rinaldi tuvo que cargarla sobre el hombro hasta que llegaron a la habitación del infierno.

—Por favor… —musitó con un doloroso suspiro—. No me encierres ahí.

Se encontraban los dos solos porque el capo sabía que su hombre no desacataría la orden.

—No tengo todo el día —dijo después de abrir la trampilla—. O entras por las buenas o lo harás por las malas.

Pasaron unos segundos durante los cuales el muchacho perdió toda la paciencia que le quedaba. La agarró por ambos brazos y no se lo pensó dos veces cuando la arrojó a la oscuridad. Se lo había advertido, así que no tuvo más remedio que recurrir a la fuerza bruta. Aún recordaba el enfrentamiento de la semana anterior, unos segundos más y se habría quedado sin nariz, así que el remordimiento pasó de largo cuando cerró la trampilla y la dejó ahí, en ese espacio de tres metros cuadrados, maloliente, húmedo y lleno de suciedad.

Los gritos de Aurora vibraron, una vez más, cuando el hombre abandonó la habitación.

Y, si Nina los hubiera escuchado, estaba segura de que se habría enfrentado a su tío sin que le importaran las «consecuencias». Necesitaba creerlo, aferrarse a algo para sobrevivir en esa ratonera llena de desesperación.

—Te va a odiar cuando salga de ese agujero —reprendió la Rubia a su tío mientras caminaba a su lado dejando atrás la cafetería. Todo el mundo se había quedado estupefacto, siempre habían creído que Aurora era intocable—. ¿De verdad es necesario? Sácala de ahí.

—No. —Giovanni se iba a mantener firme en su postura.

—Te odiará —le aseguró de nuevo—. No será la misma y no la vas a poder recuperar. Lo que ha hecho en el metro ha estado mal, pero siempre se pueden encontrar otras soluciones.

—Nina, no pienso cambiar de parecer, así que ahórrate el sermón. —Se detuvo delante de ella—. Aurora permanecerá castigada hasta que yo diga lo contrario, y no hay más que hablar. ¿No lo entiendes? Lo estoy haciendo por su bien, porque, si dejo que continúe así, en el futuro será imparable, y eso la acabará destrozando.

En ese instante, Nina se percató de algo: la voz de su tío traslucía una preocupación que muy pocas veces había mostrado con nadie.

—No la dejes ahí mucho tiempo —murmuró al cabo de unos segundos.

Giovanni asintió antes de marcharse. La dejaría el tiempo que considerara necesario.

Pasaron varias horas, casi un día completo, hasta que el jefe ordenó que abrieran la trampilla. Sabía con exacti­tud cuánto tiempo había transcurrido y pensó que Aurora habría tenido el suficiente para reflexionar con tranquilidad. Incluso creyó, durante una milésima de segundo, que se disculparía. Sin embargo, negó con la cabeza cuando la observó desde lo alto; ella ni siquiera lo miró a los ojos.

Se había equivocado por completo, así que le ordenó a Rinaldi que cerrara de nuevo la trampilla.

Aurora no movió ni un músculo del cuerpo y mantuvo las rodillas contra el pecho mientras dejaba que esa negrura la engullera hasta que ya no quedara nada de ella. Una lágrima silenciosa viajó por su mejilla, todavía húmeda, y empezó a contar de nuevo: «Uno, dos, tres…, diecisiete, dieciocho…, cincuenta…». Necesitaba mantener la mente ocupada, dejar de pensar que no tenía cómo salir y que no vería la luz hasta que Giovanni diera la orden. Su vida dependía de ello y cuando sucediera esperaba poder cerrar la nueva grieta que había surgido.

Se acurrucó un poco más mientras intentaba ignorar esa soledad insoportable que no dejaba de enfrentarla y que no paraba de recordarle que nadie llegaría a quererla. Al fin y al cabo, sus propios padres la habían abandonado en aquel miserable orfanato, las monjas habían hecho de su vida un infierno y su mentor la había encerrado en el más oscuro de los agujeros. ¿Qué les había hecho ella para que se comportaran de esa manera? Tan despiadados, atroces, insensibles… Seguía siendo una niña que necesitaba que le brindaran un poco de amor, no pedía mucho más. Tampoco necesitaba que alguien estuviera pendiente de ella a cada segundo del día, pero sí que le demostrara que estaría a su lado por encima de todo.

No.

Se mordió el interior de la mejilla mientras hacía que esas frágiles lágrimas desaparecieran de su rostro. Se bastaba para brindarse el amor que necesitaba. Nadie más. Porque el mundo era cruel y Aurora tendría que serlo mucho más para sobrevivir a la dura vida que le esperaba.

Dándole la mano a la oscuridad, en ese preciso momento decidió que no dejaría que nadie le fuera un paso por delante. Tenía que ser mucho más inteligente que sus enemigos y colocarse una máscara negra que reconocieran y temieran. Quería que su nombre se convirtiera en una leyenda de mil versiones distintas y coronarse como la mayor criminal de todos los tiempos: Aurora, la princesa de la muerte; Aurora, la ladrona de joyas más buscada; Aurora, la ladrona de guante blanco.

Negó con la cabeza, blanco no. Repudiaba ese color tan claro, angelical, tan inocente… Ella no era un ángel, sino todo lo contrario: una tormenta de fuego capaz de arrasar con todo y con todos, bastante le habían arrebatado ya como para permitir que siguieran haciéndolo. Su color era el negro, como su alma, como la oscuridad que la rodeaba, como la noche misma. Se sentía segura entre las sombras y así se lo haría saber a los demás. Que no tentaran a esa oscuridad y mucho menos la provocaran, porque atacaría sin pensárselo dos veces.

Se esmeraría para que todo el mundo reconociera sus guantes negros, empezando por el capo de la organización, que había ordenado que la encerraran porque pensaba que había perdido el control sobre ella. Un control que nunca había existido, pues siempre se había tratado de un vulgar espejismo. Había llegado el momento de que Aurora se levantara y destrozara el cristal que la contenía; iba a romper las cadenas que la limitaban y conseguiría avivar esa llama que dormitaba en su interior. No iba a permitir que nadie más, ni siquiera Giovanni, volviera a aplastarla. Ella sola se protegería y dejaría que el resto del mundo se pudriera. No iba a suplicar, tampoco a arrodillarse; de hecho, no se arrodillaría ante nadie. Jamás.

Lo único que debía hacer ahora era ser paciente y aguardar el tiempo que fuera necesario hasta que la luz volviera a darle la bienvenida.

Las manecillas del reloj no cesaron de girar hasta que esa luz artificial y parpadeante se abrió camino hacia los pies de Aurora, que se apoyaba en la pared mohosa y fría para erguirse cuan alta era. Giovanni asomó la cabeza para verla, pero la princesa de la muerte permaneció oculta detrás de aquella pared de ébano. Esperaba a que el telón desapareciera por completo para que, por fin, comenzara el espectáculo.

—¿Tienes algo que decir? —preguntó él tanteando el terreno.

Aurora esperó unos segundos antes de responder:

—Lo siento. —Era la primera vez que había hecho que sus disculpas no sonaran vacías—. No debí hacerlo.

Despacio, se situó por completo debajo de la luz y dejó que el capo viera la máscara que se había colocado escasos segundos antes, una que le haría verla más doblegada, sometida a él, asustada y, sobre todo, totalmente arrepentida.

—Vuelve a desobedecerme y te encerraré de nuevo.

Estaba convencida de que eso no volvería a pasar, de que antes lo encerraría a él, así que, continuando con la función, dejó que el cervatillo asustado hablara por ella.

—No lo haré —aseguró con temor.

Giovanni quedó convencido con su respuesta y ordenó a Rinaldi que la sacara de allí. Segundos más tarde, volvió a encontrarse con esa mirada esmeralda sin identificar que algo en ella había cambiado.

—Ve a darte una ducha, principessa. Pediré que te traigan algo de comer mientras tanto —sugirió sin dejar de mirarla, contemplando las consecuencias de varios días sin comida ni agua en aquel agujero oscuro y sucio.

Aurora se aseguró de tener la máscara bien puesta mientras se dirigía a su habitación. Algunos la contemplaron sin decir una palabra mientras observaban la suciedad de su piel; sin embargo, lo que más temieron fueron sus ojos carentes de vida, unos ojos que escondían una amenaza implacable.

Dejó que el agua corriera por su cuerpo a la vez que mantenía las manos sobre la pared llena de azulejos y apreciaba la mugre que caía hasta desaparecer por el desagüe. Lo había engañado, se había tragado cada palabra. Sus labios se curvaron en una sonrisa burlona y llena de maldad, pues lo que iba a hacer a continuación sería culpa de su jefe, no suya.

Se enfundó unos pantalones negros, la camiseta del mismo color, y se guardó una pistola en la parte de atrás. Ni siquiera se molestó en secarse el pelo; salió de la habitación, cerró la puerta detrás de ella y empezó a caminar por el edificio hasta que encontró a su objetivo, que se volvió al notar su presencia. La sonrisa le desapareció de los labios cuando vio a Aurora apuntándole con el arma.

—Piensa bien lo que vas a hacer —murmuró Rinaldi con el miedo saltando en los ojos—. Nos conocemos desde hace años, piéns…

Ni siquiera pudo acabar la frase; a Aurora no le tembló el pulso cuando hizo que la bala viajara hacia su frente. Un tiro perfecto, decidido, firme.

Lo acababa de matar delante de los presentes y su mirada no cambió cuando contempló sus ojos abiertos, su cuerpo desangrándose en el suelo… Era la primera persona a quien le había arrancado la vida y no había sentido nada en absoluto al hacerlo.

Nina D’Amico no tardó en llegar al gimnasio después de haber oído el disparo. Su tío corría detrás de ella imaginándose lo peor. Y así fue. Observaron el charco de sangre alrededor del cuerpo inerte de Rinaldi, el tiro que tenía en la frente y a la persona que lo había matado aún agarrando la pistola.

—¿Qué…? —trató de decir la Rubia sin poderse creer lo que estaba viendo—. ¿Qué has hecho? ¿Por qué lo has matado? —Sus ojos se mantenían abiertos, confundidos. Sentía el corazón bombear con fuerza.

Pero Aurora mantuvo los ojos fijos en el capo, sin apartarlos; una mirada que sería capaz de mandarlo al infierno si llegaba a proponérselo.

—La próxima vez que me encierres quien recibirá el tiro en la frente serás tú. —La muerte se había adueñado de su voz mientras la profunda negrura danzaba en sus ojos, brillante, queriendo más, como si se tratara de una droga letal.

Giovanni había perdido por completo el control de la situación. No pensaba con claridad, no con lo que acababa de pasar. Aurora lo había engañado y ahora se encontraba ahí, al borde de la histeria.

—Fuera —murmuró, pero nadie dio un paso—. ¡FUERA! ¡Todo el mundo fuera!

Incluso obligó con la mirada a que su sobrina se marchara. Segundos más tarde, el gimnasio se quedó vacío y la respiración de Giovanni se volvió irregular.

—Te lo dije. —Aurora se encogió de hombros obviando por completo que, a pocos metros, había un cuerpo carente de vida. Sin embargo, esas palabras consiguieron desquiciar por completo a Giovanni.

—¿Te lo dije? —repitió incrédulo—. ¿Sabes lo que acabas de hacer? ¡¿Lo sabes?!

La joven negó con la cabeza, pero no porque no lo supiera, sino porque no iba a permitir que le levantara la voz de esa manera. Alzó la pistola de nuevo y le apuntó con ella.

—Vigila el tono porque ahora mismo no estoy para aguantarlo. Me has mantenido ahí abajo durante tres días. Tres. —Hizo énfasis y dio un paso hacia él cuando vio su intención de decir algo—. Podrías haber conseguido grandes cosas conmigo, pero desaprovechaste cada oportunidad. ¿Pensabas que esa idea tuya de contenerme funcio­naría?

—Lo hacía por tu bien —respondió él sin dejar de mirarla.

Aurora esperó unos segundos antes de decir:

—Tenemos dos opciones: o me voy y no me volvéis a ver en vuestra vida o empezamos a trabajar juntos como la familia que somos.

—¿Crees que dejaría que te marcharas?

—No pienso permitir que intentes someterme de nuevo, ¿queda claro? —Estaba harta de que el italiano aún pensara que tenía poder sobre ella, que creyera que podría hacer que se plegara a sus órdenes de nuevo—. Ordena que alguien me ponga una mano encima y acabo con él. No creo que te guste la idea de seguir quedándote sin hombres. —El jefe se mantuvo en silencio, por lo que Aurora aprovechó para añadir—: O me voy o trabajamos juntos de igual a igual.

Giovanni desvió la mirada un instante para volver a encontrarse con la de ella, la chiquilla de dieciocho años que todavía sostenía el arma en la mano.

—¿Qué propones? —preguntó, y observó la amplia sonrisa en su rostro.

—Pienso convertirme en la ladrona de joyas más buscada del mundo.

Esa seguridad, junto a las palabras que había pronunciado, hizo que una pequeña alarma sonara en la mente del jefe, una que intentó disimular.

—¿Por qué joyas?

—Poder, riqueza, prestigio… —Aurora se limitó a encogerse de hombros sin saber que esos objetos pronto se convertirían en su debilidad—. Todo ladrón necesita un equipo detrás. Tú me buscas las joyas de más valor y yo las robo. Piénsalo, ambos salimos ganando. ¿Qué me dices?

La joven empezó a bajar el arma al percibir en la mirada de Giovanni que aceptaría; solo faltaba que lo dijera en voz alta.

—No será fácil.

—Me gustan los retos —aseguró ella.

Aún no lo sabían, pero acababan de firmar una alianza que se volvería indestructible con el tiempo. Aurora había conseguido su objetivo y ahora tenía libertad absoluta para hacer lo que quisiera, incluso arrasar el mundo entero si lo deseaba. Sus ojos verdes nunca habían brillado tanto como en aquel momento.

ladronaguante-5

3

París, Francia

Marzo de 2022

Estaba cometiendo el atraco número treinta y siete.

Rodeada de franceses confundidos y asustados, la sutil sonrisa de su rostro podría haberla delatado, pues acababa de robar el anillo recién subastado por casi seis millones de euros. Un atraco sencillo, fácil, que no le había supuesto ningún tipo de complicación. Ahora tenía que esperar al momento adecuado para desaparecer entre las sombras y huir de la escena del delito por la puerta grande.

Observó el reloj en lo alto de la sala. Unos segundos más y el comienzo del espectáculo permitiría que la ladrona de guante negro se moviera entre la multitud sin que pudieran verla. Había mejorado esa habilidad con el tiempo, ya que, tras cinco años, había aprendido a pasar inadvertida y huir con una gracia y agilidad envidiables.

Las luces se apagaron de repente, las exclamaciones de angustia no se hicieron esperar y Aurora pudo salir de la sala de subastas para encontrarse con una de las calles parisinas más transitadas: la avenida de los Campos Elíseos. Aprovechando el alboroto e, incluso, pecando de un exceso de confianza, la tranquilidad con la que caminó hasta su moto podría haberla puesto en peligro, pero sabía lo que estaba haciendo. Junto a Giovanni y Nina había calculado ese golpe infinitas veces: cada variable, escenario y movimiento.

Cuando las sirenas empezaron a oírse, ni siquiera se inmutó, así que, tras colocarse el casco, totalmente negro, aceleró por la avenida dejando que comenzara una divertida persecución. Podía sentir el anillo por debajo de la chaqueta de cuero, la fría gema acariciándole la piel, mientras alcanzaba una velocidad infernal para dejar atrás varios coches de la gendarmería. La ladrona nunca perdía la ventaja mientras seguía la ruta marcada, una que esquivaba todas las cámaras de tráfico. No pudo evitar sonreír al pensar que se volverían locos al rastrearla por las grabaciones tratando de dar con una mísera miguita de pan que les permitiera seguirle la pista.

Aurora era un fantasma para las organizaciones policiales, un cuerpo sin rostro que no lograban identificar. Lo único que sabían, y era porque ella así lo había querido, era el título con el que el mundo entero la conocía: la ladrona de guante negro. Era el apodo con el que los propios periodistas habían empezado a nombrarla por el objeto que la propia Aurora iba dejando: un guante negro a cambio de la joya robada. Un guante pequeño, delicado, que habían concluido que pertenecía a una mano femenina.

Las sospechas se cumplieron cuando, en el atraco número dieciséis, la joven de ojos verdes envió una nota anunciando su llegada. Y firmó, precisamente, con ese nombre.

Desde entonces, la ladrona se había encargado de convertir cada robo en un auténtico espectáculo.

Asegurándose de haber esquivado los coches que la seguían, empezó a aminorar la velocidad para virar hacia una calle oscura y estrecha, el punto de encuentro que le serviría para huir de la ciudad y regresar a casa. Dejó la moto en una esquina del callejón y la tapó con plásticos negros y bolsas de basura. A pesar de esconderla de los ojos curiosos, todavía suponía un cabo suelto que no podía ignorar; por eso había dejado órdenes para que, horas más tarde, se la llevaran al desguace y la convirtieran en chatarra.

Nunca dejaba nada al azar, el mínimo error implicaría acabar en una cárcel de máxima seguridad. Además, mancharía su reputación y el respeto que se había ganado durante todo este tiempo perdería su valor. Por eso no permitía que nadie traspasara su barrera; si algún enemigo, cualquier persona que perteneciera a la justicia, llegaba a descubrir su verdadera identidad…

Ni siquiera quería imaginarlo.

El viaje de regreso a Milán le había servido para acabar con la lectura que tenía pendiente desde hacía semanas. Por lo general, sus preferencias se centraban en ensayos y novelas policiacas y de misterio, pero esa vez, cuando leyó en la librería la sinopsis del libro que le había llamado la atención, no pudo evitar comprárselo. Relataba un mundo fantástico junto a una historia de romance y, aunque tuvo sus prejuicios, su vena curiosa le susurró que lo intentara, que se sumergiera en sus letras para vivir lo que ella misma se sentía incapaz de experimentar.

Lo había disfrutado, no quería negarlo, y ese libro había hecho que acabara con una sonrisa en el rostro, deseando empezar la segunda parte.

Aurora escondía sus pequeños placeres de los ojos y oídos de los demás. Para quienes la conocían y sabían a qué se dedicaba, sus gustos y aficiones eran un completo misterio. La ladrona no solo era reservada, desconfiaba de todo y de todos, y no contaba precisamente con el don de la comunicación, sino que solo hablaba cuando lo creía ne­cesario. Ninguno se salvaba, ni siquiera Giovanni ni su sobrina.

Sin embargo, todo el mundo posee una debilidad, y Auro­ra había desarrollado un vínculo único con el pequeño animal que había rescatado de la calle casi dos años atrás. La gata, a la que bautizó como Sira después de ponerle un collar de diamantes, se encontraba ahora bajo el cuidado de Giovanni, esperando el regreso de su dueña.

Como era habitual, justo cuando Aurora puso un pie en la base de la Stella Nera, Sira apareció sigilosa y moviendo la cola con elegancia para que su dueña la cargara al hombro y la abrazara. Esa fiera de pelaje suave bañado en azabache toleraba la cercanía de los demás, pero solo permitía que la levantara en brazos la princesa de la muerte.

—¿Cansada? —preguntó Nina con un bol de fruta en la mano—. Por cierto, deberías enseñarle modales a Sira, ¿tú has visto lo que me ha hecho? —se quejó mostrándole el arañazo que tenía en el brazo—. Podrías cortarle las uñas, ya de paso.

Aurora empezó a caminar con la gata en el brazo izquierdo mientras la acariciaba con la otra mano.

—A lo mejor la has cabreado —sonrió—. Ya sabes que es muy peleona.

—Ya, pero a mí me conoce desde que la trajiste.

—También tiene un carácter difícil. —En realidad, a Aurora le dio igual que Sira la hubiera arañado—. No te acerques a ella.

—¿Esa es tu gran solución? —Nina arqueó las cejas viendo que su amiga se limitaba a encogerse de hombros—. Supongo que la dejarás en casa cuando salgamos esta noche.

No se trataba de ninguna pregunta y Aurora no se molestó en responder algo tan obvio. Nunca la llevaba a esos lugares.

Llegaron al despacho de Giovanni un par de minutos más tarde y entraron sin molestarse en advertir de su presencia. Aurora dejó a la gata en el suelo antes de aproximarse a la mesa para colocar el anillo de diamante azul delante del capo.

—Ninguna complicación —murmuró refiriéndose al robo. Nina se dejó caer en uno de los sillones sin dejar de observar al demonio negro deambular por la habitación.

—Es una verdadera exquisitez. —Los ojos del italiano se mantenían absortos en la piedra de aquel azul tan pálido—. Nos quedamos el anillo.

—¿Estás seguro? Podríamos ganar bastante, teniendo en cuenta el precio con el que han cerrado la subasta.

—¿Cuánto?

—Seis millones —respondió.

—Hay muchos interesados —intervino Nina con una manzana en la mano—. Si quisierais que publicara el anuncio —no se refería al lugar que todo el mundo conocía, sino a ese otro, oculto de los ojos fisgones: la dark web—, tendríais que decírmelo en las próximas horas para poder prepararlo y dar aviso tanto a los compradores como al que logre meterse en la subasta.

Aquello arrancó una sonrisa de los labios de Giovanni.

—Una subasta de un anillo robado que ha sido subastado previamente —dijo sin dejar de mirarlo mientras le daba vueltas entre los dedos—. ¿Cuánto podríamos ganar?

—La puja empezaría en medio millón —siguió hablando su sobrina—. Tal vez suba a cuatro, no sé si un poco más; depende de lo codiciosos que sean.

—Dos millones menos —puntualizó el capo.

—Pero obtendríamos cuatro limpios. Seguimos ganando nosotros.

Giovanni se quedó mirando el anillo en silencio y no se inmutó cuando Sira se subió a su mesa de un brinco con la intención de acercarse a su dueña para que la acariciara.

—Dame una hora para pensármelo; por el momento, nos lo quedamos.

—Como quieras —respondió levantándose—. Avísame cuando lo decidas, me voy a la cocina. ¿Queréis algo?

Ambos negaron con la cabeza. Se quedaron solos y Aurora aprovechó para colocarse el anillo en el dedo anular mientras apreciaba el brillo que desprendía la gema, un diamante cortado en una forma única que descansaba sobre un engarce de platino. Ella podía decidir si quería quedarse con la pieza que acababa de robar; si no, Giovanni se ocupaba de la venta de las joyas con ayuda de su sobrina, la segunda al mando de la organización.

—¿No quieres quedártelo? —preguntó el italiano.

—No —se limitó a decir mientras la volvía a dejar ante él. En los cinco años que llevaba burlándose de la policía, no se había quedado con ninguna.

Planificaba cada robo al detalle, con una precisión milimétrica. Le dedicaba el tiempo necesario para contemplar cualquier variable, cualquier imprevisto que pudiera surgir. A veces se pasaba noches sin dormir para resolver las incógnitas que parecían no tener solución, pero que ella siempre acababa enmendando. Se entregaba en cuerpo y alma a robar lo que se proponía; sin embargo, y, a pesar de todo, seguía sin quedarse con nada. Quizá todavía no había llegado el tesoro que despertara su lado más ambicioso.

Aún.

—Sabes que tú eres quien decide.

—Lo sé —sonrió poniéndose de pie—. Avísame cuando encuentres algo un poco más difícil.

Giovanni dejó escapar una pequeña risa mientras colocaba una pierna encima de la otra.

—¿Ha sido muy fácil para ti?

—Tal vez, aunque ha sido divertido; tampoco quiero quitarte mérito.

—Desagradecida… —La sonrisa en sus labios no desapareció.

—Me voy, se supone que he quedado para salir con Nina.

—Que lo paséis bien.

Y, con esas palabras, Giovanni centró de nuevo la atención en la pila de papeles que tenía sobre la mesa, aunque ahora el diamante azul estuviera haciéndole compañía.

La noticia del robo de la joya no tardó en dar la vuelta al mundo.

Cada vez que la ladrona decidía mostrarse ante el público con sus guantes negros, conseguía que todos los medios estuvieran pendientes de sus movimientos, como si se tratara de una celebridad a punto de subirse al escenario. Y a Aurora le encantaba ser el centro de atención. Le gustaban los aplausos y las sirenas de la policía tratando de cazarla, aunque también le divertía burlarse de ellos. Les dejaba un rastro y hacía que, días más tarde, se dieran cuenta de que los conducía a un callejón sin salida.

La muchacha, que ahora contaba veintitrés años, era una narcisista calculadora que necesitaba que en las redes sociales corrieran teorías sobre cuál sería su siguiente golpe. La entretenía saberse oculta tras una máscara y conservar el anonimato, ya que nadie pensaría que la criminal más buscada de todos los tiempos se dedicaba a algo tan rutinario como hacer la compra. Le encantaba esa doble vida y haría lo que fuera preciso con tal de preservarla, ya que, a pesar de todo, le gustaba tener un lugar al que volver, una casa.

Observó los titulares de las cadenas más importantes, noticias que intentaban explicar lo que había pasado con la poca información de la que disponían. Curvó los labios en una sonrisa codiciosa mientras oía el ronroneo de Sira y la acariciaba detrás de las orejas.

«La ladrona de guante negro escapa con el Anillo de Ternay».

«Cinco años apropiándose de las joyas más valiosas y la policía sigue sin tener respuestas».

«Treinta y siete atracos limpios. La ladrona lo vuelve a hacer y su rostro no sale del anonimato».

Esos titulares habían viajado de boca en boca y eran tendencia en todas las plataformas. Había miles y miles de comentarios opinando al respecto, personas quejándose, insultándola; otras demostrando una admiración insana. Todo el mundo exigía respuestas, pero eso era algo que no iban a obtener. Nadie. Ningún periodista que buscara la exclusiva, ningún ser ordinario necesitado de nuevas noticias, y mucho menos aquel detective que se mantenía de brazos cruzados mientras contemplaba el revuelo internacional que una sola persona era capaz de causar

—¡Atención todos! —exclamó el inspector del Departamento de Policía de Nueva York—. No pienso descansar hasta que no vea el culo de esa ladrona metido entre rejas. ¿Está claro? Lleva cinco años tocándole los cojones al mundo entero, así que averiguad su modus operandi, qué hace, cuándo roba, por qué tipo de joyas tiene preferencia y qué hace con ellas.

—Señor, tendríamos que contactar con la Inter… —se oyó decir a uno de los allí presentes, aunque no tardó en cerrar la boca cuando el inspector se volvió hacia él.

—¡Pues contactad, joder! ¿Os tengo que llevar de la manita o cómo va la cosa? Con la Interpol, la CIA o con la madre que la parió, si os parece —volvió a gritar sin dejar de pasearse por la sala—. Quiero respuestas y las quiero ahora —demandó, pero, al no ver movimiento, se enfadó todavía más—. ¡¿Estáis sordos o qué?!

Tardaron menos de medio segundo en ponerse manos a la obra cual hormiguitas siguiendo las órdenes de la reina. Todo el departamento acababa de ver las noticias y a Ho­ward Beckett, el inspector a cargo de los casos de hurto y crimen organizado, se lo llevaban los demonios. «La po­licía sigue sin tener respuestas». Cinco años riéndose de ellos y seguían sin nada. ¿A qué clase de persona se enfrentaban?

El detective, que aún mantenía los brazos cruzados sobre el pecho, se acercó al inspector con cautela. Lo conocía lo suficiente para saber que su enfado se encontraba a niveles exorbitantes.

—El robo ha ocurrido en París, ¿por qué nos estamos encargando nosotros?

La mirada de Howard no se suavizó cuando se encontró con sus ojos cálidos.

—Acabo de agenciarme el caso —dijo, pero eso no fue suficiente para el detective, así que el inspector no tuvo más remedio que explicárselo—: Los de arriba me han dicho que hay rumores sobre una nueva joya aquí, en Nueva York, que podría interesar a esa ladrona de pacotilla, así que quiero saber absolutamente todo, conocer cuáles son sus puñeteros trucos y esperarla con los brazos abiertos cuando decida venir a por ella.

—¿Cómo sabes que vendrá?

Howard dejó escapar una sonrisa cargada de confianza.

—Porque es una ladrona, Vincent. —Le dio una palmada en el hombro queriendo que apreciara la obviedad—. No va a poder resistirse, y menos cuando le hagamos llegar la invitación. Para ponerle la trampa necesito saber cómo juega, ¿comprendes?

—Dime qué quieres que haga —se limitó a decir permitiendo que el inspector observara la determinación en su mirada.

A pesar de sus veintinueve años, no podía ocultar el orgullo que sentía por él.

Conocía a Vincent Russell desde que tenía pañales, le había enseñado todo lo que sabía, así que no dudaba de sus capacidades, y menos cuando su rostro gritaba que iba a hacer lo necesario con tal de capturarla.

El detective, con el semblante serio, volvió a mirar la pantalla en la que se sucedían los titulares. Acababa de decidir que capturaría a la ladrona de guante negro. No se detendría hasta encontrarla y meterla entre rejas. Iría a por ella y a por todo aquel que la ayudara.

La caza había empezado y Aurora ni siquiera podía imaginarse lo que le esperaba.