Así que el Francés eres tú.
Él responde bajando ligeramente la barbilla. Su mirada hostil me genera repulsión y me pone la piel de gallina.
—¿Te importaría bajar el volumen de esa puta canción? —dice, con un marcado acento extranjero que confirma mis sospechas.
Dominic casi nunca hablaba francés, por no decir nunca, algo que me había hecho desconfiar del apodo. Sin embargo, el hombre que tengo delante y lo que transmite encajan con él a la perfección.
Una gota de sudor le resbala por la sien mientras lo observo. Mis respetos para el sastre que lo ha vestido con un traje digno de un rey, que se le ajusta al cuerpo y lo convierte en la viva imagen de la masculinidad. Aunque su expresión es hostil, su cara me deja sin palabras y hace que se me seque la boca. Este es, sin lugar a dudas, el hombre más guapo que he visto nunca. Impresionada, no puedo evitar quedarme mirando boquiabierta su denso cabello negro como el carbón, cuyas ondas de varios centímetros ha peinado hacia atrás de forma que todas ellas ocupen perfectamente su lugar. El anguloso perfil de su mandíbula enmarca un rostro perfecto y bronceado. Bajo unas gruesas cejas en forma de ala, un ribete natural de densas pestañas negras realza la amalgama de llamas anaranjadas y amarillentas que me observan recorriendo mi cuerpo de arriba abajo. Las fosas nasales de su rotunda nariz, ancha y larga, están dilatadas. Su boca y la simetría perfecta de sus labios carnosos dejan más claro todavía, si cabe, que quien lo creó lo hizo a conciencia. Pero la indignación que irradia hace que me esté esforzando por mantener una compostura que su inesperada aparición me estaba haciendo perder.
Es el diablo que nadie desearía conocer, vestido de Armani.
Aparte de una clara amenaza para mí.
Cojo el mando a distancia de la mesa y aprieto con insistencia el botón del volumen, aturullada, mientras busco la parte de arriba del bikini.
—N-no sabía que eras tú. N-ni siquiera sabía que… existías.
—Se supone que no deberías saberlo —replica en un tono áspero que cae directamente de sus labios al fondo de mi garganta, impidiéndome respirar.
«Menuda sirena de mierda estás hecha, Cecelia».
Busco infructuosamente la parte de arriba por el suelo antes de cruzar los brazos sobre el pecho, con la cara ardiendo de humillación.
—Entonces, ¿por qué te molestas en presentarte, a estas alturas?
—Porque, al parecer, en cuanto me despisto, esos dos idiotas se ponen a pensar con la polla en vez de con la cabeza en lo que respecta al… —Despega los labios de los dientes y unos colmillos afilados hacen acto de presencia a causa de su… ¿gruñido?
—¿Al enemigo? —Niego con la cabeza—. Yo no soy tu enemiga.
Él aprieta la mandíbula, mirándome con desdén.
—No, solo te aprovechas del asqueroso dinero de papá.
—Ah, vale, así que eso es una mirada de asco. Me preocupaba que fuera otra cosa.
—Yo no voy por ahí follándome a niñatas —replica él, con un acento que empeora el insulto—. Y sé perfectamente que te estás tirando a todo mi equipo.
Eso duele, pero ni siquiera parpadeo.
—Solo a dos y, por lo que parece, a ti tampoco te vendría mal un poco de acción. Estás muy tenso.
Se mete las manos en los bolsillos, claramente cabreado.
—¿Qué coño quieres?
—Quiero respuestas. Y quiero saber que nadie le hará daño a mi padre.
—Eso no puedo garantizártelo.
—¿Aunque tú no pienses hacérselo?
Su pausa me pone los pelos de punta.
—Físicamente, no. En todos los demás aspectos relevantes, sí.
—¿Y a mí?
—Tú no formas parte de esto.
—Ahora sí.
—De eso nada. Yo mismo me aseguré de ello.
La arrogancia de su respuesta me hace caer en la cuenta.
—Tú eres la razón… Tú eres el que hizo que me dejaran.
Las palabras que Dom me dijo hace apenas unos días ponen en marcha mis engranajes mentales. «Queríamos hacer una declaración de principios y la cagamos bien cagada».
Alguien de la reunión le hizo llegar el mensaje de que yo estaba aquí. Porque este hombre que tengo delante es la persona a la que ambos rinden cuentas.
Nos quedamos callados hasta que, finalmente, el hostil desconocido vuelve a hablar.
—Se suponía que no ibas a aparecer por aquí.
—Sabíais que existía. Todos sabíais que existía.
Por supuesto que lo sabían. La regla número uno es conocer a tu enemigo y sus puntos débiles. Pero, para ellos, yo era una hija distanciada y no representaba ningún peligro para sus planes, otra de las razones por las que Sean dudaba si dejarme entrar.
—¿Quién eres, exactamente? —Silencio—. ¿Por qué te presentas aquí ahora para hablar conmigo? —Él sigue mudo, mientras yo continúo dándole vueltas. «Alguien se ha ido de la lengua». Alguien de alguna de las secciones le había ido con el cuento y por eso Sean y Dominic habían hecho lo que habían hecho. La noche que me condenaron al ostracismo, su intención era dejar las cosas claras a las personas que estaban en el taller, al tiempo que le transmitían el mensaje a ese hombre que ahora me está fulminando con la mirada. Para protegerme. Clic. Clic. Clic—. Por eso yo era el secreto —susurro—. No contabas con que iba a venir. Sabías que Roman y yo no teníamos apenas relación. —Le brillan los ojos mientras una sonrisa de suficiencia asoma a mis labios. Ahora entiendo por qué está tan enfadado—. No esperabas que viniera porque fue una decisión de última hora. Se te escapó mi presencia y ellos me escondieron de ti. —Un pequeño escalofrío me recorre el cuerpo—. ¿Cómo se siente uno al darse cuenta de que no lo sabe todo?
Él avanza amenazadoramente hacia mí.
—No tienes ni idea de hasta qué punto estás en terreno pantanoso. Ya puedes dejar de hacerte la dura y empezar a hablar conmigo como es debido, porque solo te voy a conceder dos minutos.
Y eso es precisamente lo que hago. Dejo de fingir porque es algo más que mi orgullo lo que está en juego.
—No soy la persona repugnante que haces que parezca.
—Lo que yo opine de ti no importa.
—Yo creo que sí. Y mucho. Me estás alejando de mis…
—Ya encontrarás a otros que te follen, Cecelia.
Mi nombre suena despreciable en sus labios carnosos. Para él soy una amenaza, una espina clavada en su bestial costado y, sin duda, un palo enorme en su rueda perfectamente engrasada. Pero mis ocho años de ausencia me habían hecho pasar inadvertida y ellos le habían ocultado mi presencia.
No puedo evitar emocionarme al pensarlo.
—Puede que lo odies, puede que odies a mi padre, pero ahora mismo estás actuando igual que él: como una puñetera máquina. Como un maniático del control sin corazón que juega a ser Dios.
Sus fosas nasales se dilatan.
—Ándate con ojo.
—¿O qué?
Él se cierne sobre mí, con una mirada de advertencia en sus ojos encendidos.
—No creo que quieras verme cabreado.
—¿No lo estás ya? Además, ¿quién coño eres tú para amenazarme? Puede que tengas casi todas las cartas, pero te falta la mía. Así que, si quieres que colabore y cierre la boca, ya puedes ir comportándote.
Él no dice nada, pero su evidente cambio de expresión me basta.
No debería haber dicho eso. Ahora queda claro que no soy de fiar. He traicionado a Sean y a Dominic al seguirle el juego a este gilipollas. Está tratando de echar por tierra todo, de darle la vuelta a la tortilla para demostrarles que cometieron un error al confiar en mí. Dominic estaría muy decepcionado.
Me vienen a la cabeza las palabras que le dijo a Sean el día que me fui de su casa, furiosa.
«No es lo suficientemente fuerte».
«Dale tiempo».
Todas esas pruebas que me hicieron pasar. El exasperante toma y daca entre Dominic y yo. Todo ese tiempo que Sean invirtió en transmitirme aquello en lo que creía, en lo que creía la hermandad, mientras Dominic se burlaba de mí y tergiversaba mis palabras. Desde el momento en el que decidieron confiar en mí, estuvieron preparándome para una confrontación como esta. Todo giraba en torno al hombre que ahora tengo delante. Mientras caíamos en barrena, me estaban preparando para el cabrón del Francés. Su regreso era inevitable.
—Sé guardar un secreto. Pero quiero conocer el plan.
—Que estés aquí no significa que tengas que jugar ningún papel. Ellos tomaron una mala decisión y lo saben. Que te los hayas tirado no te da derecho a opinar. Y sé perfectamente que no se lo contarás a nadie, aunque por las razones equivocadas —dice con seguridad.
—¿Equivocadas?
—Por tu lealtad hacia ellos —replica, señalando el bosque con la barbilla— y tu incapacidad para dejar a un lado tus sentimientos, en lugar de aceptar que Roman ha hecho algunas cosas imperdonables y merece sufrir por ello. Así que aléjate de esto, como han hecho ellos y… sigue con tu vida.
—¿Es una orden?
—No, es un buen consejo —me espeta—. Y deberías aceptarlo.
Estoy empezando a sacarlo de quicio, algo que estaría bien si no me encontrara a su merced.
—Solo quiero verlos.
—De eso nada.
—No soy una niña de papá enrabietada porque mis amiguitos ya no quieren jugar conmigo. Habla con ellos. Responderán por mí. Te dirán cómo soy.
Él me fulmina con la mirada, asqueado.
—Ya sé lo suficiente.
Bajo los brazos, dejando que me vea desnuda para fastidiarlo. No pienso permitir que me avergüence por algo de lo que no tiene ni idea, ni que me haga sentir incómoda con la persona en la que me he convertido este verano. Pero mi intento pasa desapercibido y él sigue con los ojos clavados en los míos. Nos desafiamos con la mirada en lados opuestos de la línea que él ha trazado entre nosotros.
—¿En serio vas a hacer esto?
—Vivimos realidades distintas y tú has nacido en un mundo diferente al mío. Puede que ni siquiera te lo tenga en cuenta, si lo dejas ya. En tu caso, la ignorancia es una bendición, Cecelia. Te vendría bien recordarlo.
—Aunque apenas tengamos relación, como es el caso, no quiero que nadie le haga daño. Si me garantizas la seguridad de mi padre, estoy dispuesta a ayudarte.
—No pienso prometerte nada. Tiene muchos enemigos que no están relacionados con nosotros. Así son los negocios.
—No para mí.
—Eso es problema tuyo.
—Vale, ¿y ahora qué cojones se supone que tengo que hacer?
Él da media vuelta hacia al bosque, ignorándome.
—Ve a hacerte las uñas.
Indignada, cojo lo primero que encuentro, que resulta ser el bote de protector solar, y se lo lanzo. Le doy en plena espalda. Él se abalanza sobre mí, yo grito y retrocedo hacia la tumbona, hasta que me veo obligada a sentarme. Él me levanta por el brazo de un tirón. Lo que hay entre nosotros no es química, es un fuego candente lleno de odio y resentimiento y de un rencor que no tiene nada que ver conmigo. Este hombre no se anda con rodeos. Detesta mi existencia.
—Como vuelvas a joderme, te joderé yo a ti. —Su mirada ambarina recorre mi pecho como si fuera fuego. Me aprieta con más fuerza y ahogo un gemido.
—Estás cometiendo un error. Estás involucrando en tu guerra a personas como yo. Y como mi madre. Sean y Dominic son mis amigos por encima de todo y quiero ayudarlos. Te han sido leales. ¡Si ni siquiera sé tu nombre! Puede que odies a Roman, pero yo soy inocente. No tenía ni idea de nada. Y sigo sin tenerla.
—Hasta ahora has sido una víctima inocente, pero dejarás de serlo si sigues insistiendo en meterte en esto. Eres un blanco demasiado fácil. —Su insulto me llega al alma mientras echa sal en mis nuevas heridas—. Eres demasiado joven e ingenua. Te tragaste todo lo que te dijeron, pero ya va siendo hora de que asumas que te utilizaron para lo que querían.
Para poder entrar. Yo les facilité el acceso. Me da un vuelco el corazón al recordar el día que Sean había vuelto para disculparse después de nuestra pelea. Al cabo de un rato, Dominic había entrado en la casa mientras Sean me distraía. Puede que sea tonta, pero…
—No soy ninguna zorra.
—Eso díselo a tu conciencia, no a mí.
Pero después de ese día, todo cambió. Puede que antes fuera un objetivo, pero después me convertí en una decisión. Me dejaron entrar en su mundo porque me querían en él. Eso lo tengo claro. Sean me lo confesó. Corrió un gran riesgo al dejarme entrar. Acostarse conmigo era acostarse con el enemigo, hacerme partícipe de sus secretos me mantenía atada a ellos y quedarse a mi lado significaba arriesgar su credibilidad y su puesto en la hermandad.
Si en algún momento había necesitado una prueba de sus sentimientos, ahora la tengo.
—Me importan muchísimo los dos. Déjame hacer la parte que me toca.
—Si lo que dices es cierto, deja de comportarte como una puñetera egoísta. Ellos han pasado de ti sin pensárselo dos veces, y tú deberías madurar y hacer lo mismo.
—¡No puedes alejarme de ellos!
—Sabes que sí. Se te cerrarán todas las puertas a las que llames. Nadie se acercará a ti. A partir de este momento, desde ahora mismo… ya no existes. Y nunca lo has hecho.
Una rabia inusitada me recorre el cuerpo mientras escupo mi veneno.
—¡Vete a la mierda, puto aspirante cutre a Robin Hood del culo del mundo! —Aparto el brazo de un tirón sin que él me lo impida—. ¡Lárgate de aquí!
Él retrocede y se mete las manos en los bolsillos, fulminándome con la mirada.
—Precisamente por eso no te quiero cerca de nosotros —dice con voz gélida.
Levanto una mano.
—Por favor, ¿estás usando de excusa para echarme de la tribu el hecho de que me baja la regla? Se supone que tú y tu pandilla de justicieros sois los buenos de la película, ¿no? ¿Se supone que debemos estar agradecidos a tu asqueroso club de pichas? —Suelto un bufido—. Pues permíteme que te dé las gracias en nombre de todas las depredadoras con coño del mundo —digo, exagerando una reverencia—. Eres muy amable, pero vuelvo a repetirte que yo no soy tu enemiga. —Levanto la barbilla—. Confiaron en mí porque sabían que estaba preparada, algo de lo que ellos mismos se aseguraron. Confiaron en mí porque los quiero y porque sabían que ese amor haría que les cubriera las espaldas. Puedes subestimarlo todo lo que quieras, pero su fuerza garantizará mi lealtad, no al contrario, y me ayudará a hacer todo lo necesario para protegerlos, igual que hacen ellos conmigo. Y contigo.
Por un instante, es como si mi confesión le abriera los ojos, pero la sensación se evapora con la misma rapidez con la que ha llegado.
—No deberías haberte visto involucrada.
—Pues ya lo estoy, así que déjame hacer mi parte.
—Ya han pasado los dos minutos. —Se gira para ir hacia el bosque y decido sincerarme porque sé que ninguna artimaña hará que vuelva a recuperar su atención.
—Estoy enamorada de ellos. Puede que la hayan cagado, pero lo que hizo que me involucrara fue su lealtad hacia ti y hacia tu causa, a todo lo que representáis como colectivo. Ellos no esperaban enamorarse de mí, sino utilizarme, pero el hecho de que no fueran capaces de engañarme así es la razón por la que estoy hoy aquí, luchando por estar a su lado. Todavía estoy enfadada, pero lo entiendo. Me lo hicieron entender. Y puede que todo esto no tuviera nada que ver conmigo, pero ahora sí lo tiene. Por favor. Déjame ayudar. —Me seco las lágrimas de debilidad y lo miro fijamente. Es imponente y cruel, mucho más impresionante que cualquier otra persona a la que esperara enfrentarme hoy. Yo esperaba a mi sol dorado o a mi frío nubarrón, y la posibilidad de no volver a verlos me resulta insoportable. Estoy suplicando y no debería hacerlo. Debería hacer las maletas, largarme y olvidarme de este pueblo. A la mierda mi padre y todos sus chanchullos. Total, no tenemos ninguna relación y yo podría intentar encontrar otra forma más segura de cuidar de mi madre. Pero, mientras pienso en ello, las imágenes de Sean y Dominic y el miedo a lo desconocido me paralizan. No puedo marcharme. Todavía no—. Creo en esto, en todo lo que estáis haciendo, en todo lo que representáis. Quiero formar parte de ello. —Aunque es la pura verdad, me temo que he hablado demasiado tarde.
De espaldas a mí, él se saca la parte de arriba de mi bikini del bolsillo y la deja caer al suelo, a su lado.
—Me lo pensaré.
Los primeros signos del frío otoñal corroboran su decisión. Y el silencio es su respuesta. Estaba claro que se iba a negar.
Solo han pasado un par de semanas desde mi enfrentamiento con el desconocido hostil, pero es la rotundidad del aire frío lo que me atormenta. Adiós a las noches de verano bajo las estrellas con Dom, adiós a las largas caminatas con Sean. Mi amor, mi cariño, mi lealtad y mi devoción no han significado nada.
El final de la estación marca el final de todo lo que me ha importado desde que estoy aquí. Han sido poco más de tres meses, pero noto el cambio en mí misma, en mi interior. Disto mucho de ser la chica rara que era cuando llegué.
Mi realidad está cambiando tan rápidamente como el follaje que me rodea, que va adquiriendo diferentes tonalidades de marrón, rojo carmín y anaranjado. Y, en mi estado, no soy capaz de apreciar la belleza; tan solo el mensaje.
El verano no dura eternamente.
Se acabó.
Esta semana he empezado en la universidad pública y he decidido centrarme en los estudios. Los turnos en la fábrica son más duros desde que Sean dejó el trabajo, algo que hizo inmediatamente después de dejarme en aquella oficina.
Solo una vez sucumbí a la curiosidad y crucé la vasta extensión de césped del jardín trasero de Roman para adentrarme en el claro del bosque, en el que me topé con un silencio sepulcral. Los bancos de pícnic habían desaparecido y la maleza estaba empezando a crecer rápidamente. Era como si allí nunca hubiera pasado nada. Salvo por la vegetación nueva y el rumor de los árboles, el espacio carecía de vida.
Mi bronceado se ha desvanecido y sé que he adelgazado. Estoy cada vez más demacrada a medida que mi corazón se va marchitando, sobreviviendo únicamente a base de recuerdos de los meses pasados, de esos meses en los que sonreír no me parecía una obligación.
Solo los sueños me proporcionan cierto alivio ocasional. Sueño con largos paseos entre la niebla, con miradas ardientes, con tormentas eléctricas y besos cautivadores. Pero me despierto destrozada, angustiada y triste.
Melinda ha resultado ser un gran apoyo, poniéndome al día de los cotilleos de Triple Falls durante nuestros turnos interminables y evitando cuidadosamente hablar de aquellos de quienes más ansío tener noticias. Aunque tampoco creo que ella sepa nada de ellos.
Sean había dicho que algún día haría las cosas bien, simplemente algún día.
Algún día. Un término tan vago, de interpretación tan libre, que cada día me parece una condena. Cuantos más pasan, más cuenta me doy de que no era una promesa ni una garantía, sino más bien una ilusión.
Toda esta angustia se debe a dos fantasmas que no dejan de atormentarme. Estoy haciendo lo que Sean me pidió. Nunca paso en coche por el taller, ni les envío mensajes. No tiene sentido. Han tomado una decisión y han dejado clara su lealtad. El tiempo que pasamos juntos no fue lo suficientemente importante. Yo no fui lo suficientemente importante como para afectar lo más mínimo a sus planes.
Al menos así es como me hace sentir su silencio.
Christy impide que me vuelva loca con largas conversaciones por FaceTime sobre el futuro. Sobre los planes que retomaremos dentro de un año. Eso me reconforta un poco. Se suponía que esto no era más que un alto en el camino. Y, aunque al final resultó ser un trampolín, ahora mismo no tengo ningún lugar seguro donde aterrizar.
Cuanto más tiempo guardan silencio, más se me rompe el corazón.
Voy superando el día a día como puedo, pero cada paso, cada tictac del reloj me pesa como un pedrusco en medio del mar embravecido. Cada mañana intento olvidar los sueños y me propongo guardar mi corazón a buen recaudo, como si no me lo hubieran destrozado ya. Pero cuantas más hojas caen, más tintinean sus añicos en mi pecho.
Había sido una ingenua al pensar que ya conocía el desamor y, aunque puede que así fuera, hasta ahora nunca me había sentido como si hubiera perdido una parte de mí.
Soy una náufraga en mi propia vida, viviendo únicamente de recuerdos, de sueños, regodeándome en este dolor infinito, en el sufrimiento de echarlos de menos, a punto de olvidarme de mí misma una y otra vez. Me había propuesto dejar atrás las malas costumbres, aunque no esperaba olvidarlos. No esperaba que el tiempo fuera un factor determinante, una razón para dejarlos marchar.
«Algún día».
Hoy me he obligado a levantarme de la cama y me he vestido automáticamente, decidida a intentar pasar unas horas fuera de mi propia cabeza. Cuando llego al centro, me cuesta encontrar un sitio para aparcar antes de unirme a las hordas de lugareños y turistas de Triple Falls que se bajan de los coches sonriendo ilusionados. Melinda siempre estaba hablando del Festival de la Manzana y, cuando doblo una esquina y veo la plaza, casi me da la risa.
En el mejor de los casos, es una especie de feria cutre. Un festival de pueblo formado por unos cuantos vendedores ambulantes que ofrecen degustaciones de los restaurantes locales y artistas que exponen sus obras en carpas. No se parece en nada a las grandes fiestas de la ciudad, pero, una vez dentro, reconozco que tiene su encanto. Por supuesto, también hay manzanas, cultivadas y recolectadas en la región. Cuando veo un cartel al lado de una mesa del huerto en el que Sean y yo hicimos aquel pícnic nocturno, empiezo a venirme abajo. Cuanto más me adentro entre la multitud, más me arrepiento de estar allí y más ganas tengo de volver al coche. El recuerdo de haberme sentido venerada entre aquellas hileras de árboles encrespados aflora a la superficie, asfixiándome, recordándome que ya no soy la misma chica que era cuando llegué y que quizá nunca vuelva a serlo. En lugar de batirme rápidamente en retirada, deambulo por la acera a lo largo de las hileras de tiendas que hay al lado de las carpas del festival. Me detengo mientras se abre una puerta y un grupo de chicos sale de un estudio de tatuajes.
—Yo te conozco —dice uno de ellos y, cuando levanto la vista, me topo con unos ojos y un rostro familiar.
Tardo unos segundos en recordar de qué me suena.
—R. B., ¿no?
Es quince centímetros más alto que yo y me observa con unos ojos risueños y cálidos de color miel.
—Sí —dice—. Y tú eres la chica de Dom.
—Pues… —balbuceo, intentando pensar en una respuesta mientras me fijo en el tatuaje vendado que sobresale por el cuello de su jersey, del que asoman las puntas de unas alas.
Abro los ojos de par en par mientras R. B. esboza una amplia sonrisa. Entonces su mirada se enfría considerablemente y sus labios se curvan con condescendencia, mientras levanta el delicado vendaje blanco y me enseña las alas negras recién tatuadas que lleva en el brazo.
—Menos mal que no todos pensamos como tú —dice.
Aturdida y muerta de vergüenza, intento encontrar las palabras adecuadas. Aquella noche él fue testigo de mi miedo y de mi inseguridad pero, sobre todo, me vio sacar conclusiones.
—Tranqui, tía, no te rayes.
Podría poner un montón de excusas. Podría alegar que el miedo se debía a que estaba en territorio desconocido, a la inesperada aparición de un arma en el regazo de Dom, a su breve charla y a lo que insinuaba su conversación, pero nada de eso sería suficiente. Había sacado las peores conclusiones tanto de Dominic como de R. B. Y no podía estar más equivocada.
—Lo siento.
Él me responde con una sonrisa, mientras flexiona con orgullo el brazo en el que lleva el cuervo.
—Supongo que saber que estoy de tu lado lo cambia todo. En cuanto a tu chico, él sabe lo que valgo desde que éramos críos.
Sin saber qué decir, hago un esfuerzo para no agachar la cabeza y en lugar de ello lo miro a los ojos con la esperanza de que pueda ver en ellos la verdad: que estoy avergonzada y que tiene razón. Una vez más me han dado una lección incómoda, pero he aprendido que esa es la única forma de crecer. Sean me enseñó muchas cosas en los últimos meses, pero sobre todo con él aprendí la belleza de la humildad y eso es lo único que siento cuando lo miro.
—R. B., tenemos que largarnos, hay movidas que hacer —dice uno de los amigos que está detrás de él, con el brazo cubierto por un vendaje como el suyo.
Dos nuevos cuervos. Los envidio porque, a donde ellos van, yo no puedo seguirlos. Me acerco al hombre que está hablando con R. B. y le tiendo la mano.
—Hola, soy Cecelia.
Él la mira divertido antes de estrechármela.
—Terrance.
—Encantada de conocerte. Y enhorabuena.
Él sonríe, aunque no puede ocultar el orgullo de su mirada.
—Gracias. ¿Eres la chica de Dom?
—Sí. Bueno, lo era. Ya no lo tengo muy claro. —Miro a R. B. con ojos suplicantes, consciente de que, vaya a donde vaya, podrá posar la mirada sobre los dos hombres que yo me muero por ver—. No estoy en posición de pediros ningún favor, pero cuando lo veáis…, cuando veáis a… Dominic… —Niego con la cabeza, sabiendo que el mensaje nunca será entregado como yo pretendo. No he hablado con él desde que descubrí la verdad sobre la muerte de sus padres y el papel de mi padre al encubrirla—. Da igual.
R. B. ladea la cabeza y frunce el ceño, analizándome con sus ojos de color marrón claro.
—¿Seguro?
—Sí.
—Vale, ¿nos vemos, entonces? —me pregunta en tono insinuante, antes de compartir conmigo una sonrisilla de complicidad.
—Eso espero. Algún día —digo, deseando de todo corazón que ese día llegue y que me permitan volver a rondar libremente por la hermandad, un privilegio que había dado por sentado.
Se alejan mientras me trago el nudo de remordimiento que tengo en la garganta y, una vez más, caigo en la cuenta. Por mucho que crea saber, no sé nada. Con el pecho dolorido y la cabeza dando vueltas, esquivo un carrito de bebé y me tiran un poco de sidra encima. Un hombre con dos niños pequeños sin ninguna madre a la vista se disculpa mientras me limpio las gotas del brazo.
—No se preocupe —lo tranquilizo, bajándome de la acera para ir hacia la calle principal.
Hordas de lugareños recorren las interminables hileras de puestos de vendedores ambulantes. Casi todos sonríen, felices en su ignorancia, ajenos al hecho de que se está librando una guerra. De que más allá de sus árboles y parques públicos hay un grupo de hombres luchando en su nombre para que la economía local prospere y para que los oportunistas no acaben con ellos.
Cuantas más vueltas le doy a lo sucedido en los últimos meses, más abro los ojos a lo que han hecho y a lo que están haciendo al respecto. Por una parte, desearía poder cerrarlos, borrar lo que ahora sé, pero eso implicaría olvidarme de mis fantasmas y todavía sigo demasiado enamorada de ellos. Más que nunca, de hecho. Aunque mi resentimiento por su ausencia y su silencio vaya en aumento.
Pero todo lo hacen por alguna razón. Puedo odiarlos por no responder a mis preguntas y por hacerme dudar de ellos, o puedo confiar en lo que me revelaron, en lo que me pidieron que creyera, en sus confesiones y en ellos, antes de que se esfumaran.
Los días de sol, añoro a Sean, su sonrisa, sus brazos, su polla y las risas que compartimos. Sus besos cálidos y salados, con regusto a nicotina. La caricia de su lengua sobre mi piel. La forma en la que me guiñaba el ojo lentamente para que me diera cuenta de que sabía lo que estaba pensando. Los días de tormenta, echo de menos la sombra de mi nubarrón, sus excitantes besos, el intenso azote de su lengua perversa y suave, y aquellas sonrisas a medias que me iluminaban el alma. Echo de menos los huevos poco hechos y el café solo.
Esos hombres me acogieron bajo su ala, fueron un ejemplo para mí, despertaron mi sexualidad y se volvieron inolvidables. ¿Cómo se supone que voy a superar esto?
Es imposible que pueda volver a dormir.
Se me saltan las lágrimas y empiezo a venirme abajo entre el bullicio de las calles, mientras me obligo a intentar adaptarme a la realidad a la que han vuelto a arrojarme. Moqueando como una boba, me abro paso entre la multitud cada vez mayor que se agolpa delante del ayuntamiento, donde una banda toca en el escenario que está delante de la entrada. Alrededor de una docena de parejas, con pinta de llevar practicando durante todo el año, bailan en la calle exhibiendo su juego de pies y moviéndose de forma sincronizada. Observo a la que está más cerca de mí, que baila en tándem y se sonríe como si compartiera un secreto. La envidia me corroe mientras contemplo su silenciosa conexión, porque eso fue lo que yo tuve con los dos.
Yo tenía eso. Y ahora me veo obligada a guardar mis secretos para siempre. Nunca podré compartirlos. Pero los guardaré porque nadie sería capaz de comprender su gravedad ni de entenderlos realmente. La historia en sí parecería un cuento de hadas poco realista, retorcido y picante, con un final triste o, peor aún, sin final.
Cuando llegué aquí, me propuse dejar a un lado mi estricta moral y desmelenarme para que el caos me permitiera crecer. Y mi deseo se hizo realidad. Debería sentirme afortunada, pero no es así y por eso me lamento. Aunque no puedo hacerlo aquí.
Caminando de forma automática, me abro paso entre la multitud para escaparme, para alejarme de todas esas sonrisas, carcajadas y personas contentas que no tienen ni idea de la batalla que estoy librando para no gritarles que despierten de una puta vez.
Lo que me convertiría en una charlatana más. No se me escapa la ironía. Pero si supieran cuánto arriesgan esos hombres a diario, puede que me escucharan. Puede que se unieran a ellos, que se unieran a su causa.
O puede que ellos sean más inteligentes y, aun siendo conscientes de la tiranía, hayan decidido ignorarla a propósito. Hasta hace bien poco, yo vivía feliz en la ignorancia.
La batalla entre el bien y el mal no es ninguna novedad. De hecho, es algo que todos podemos ver en la televisión a diario. Pero, a estas alturas, hasta las noticias son poco fiables y la forma en la que las transmiten hace que sea necesario descifrar cuáles son los hechos y separarlos de la ficción relacionada con las motivaciones ocultas. Pero cada uno elige lo que quiere y estas personas parecen haber elegido sabiamente. Tal vez la solución no sea escapar, sino convertirme en una de ellos, integrarme y fingir ignorar todo lo que está mal en este puto mundo para poder respirar un poco mejor y, algún día, poder volver a sonreír con despreocupación. Pero a medida que pasa el tiempo, es cada vez más evidente que eso es una ilusión, porque no puedo volver atrás.
Los hombres de mi vida me abrieron los ojos, me hicieron consciente de la guerra que habían declarado. Y ahora sé que, si me viera obligada a elegir, proclamaría a los cuatro vientos mi decisión de darlo todo por ellos. Para siempre.
Ya fuera de la multitud, cerca de un callejón que hay entre dos edificios, observo a la banda, cuyo cantante nos saluda mientras el micrófono chirría al acoplarse. Él se disculpa.
—Y ahora que hemos captado vuestra atención, vamos a empezar como es debido —dice, riéndose entre dientes y haciendo una señal al batería, una vez que el problema de sonido se ha solucionado.
Cuando empieza a sonar la música y oigo el tañido de la guitarra y el bajo, me seco la cara y la nariz con la fina manga del jersey. Acabo de derrumbarme en la puñetera calle, en pleno Festival de la Manzana. No estoy preparada para esto. Todavía no.
El vocalista empieza a desgañitarse con una canción pegadiza y yo, por inercia, escucho la letra de ese tema que habla de estar perdido y pasar por malos momentos y nos anima a seguir sonriendo. No puedo evitar reírme con ironía mientras otra lágrima cálida rueda por mi cara y me la seco con la manga.
Sí, claro, yo paso.
«Algún día».
Voy hacia el sitio en el que he aparcado y una mano me agarra por la cadera. Miro hacia atrás mientras me envuelve un aroma a cedro y nicotina. Sobresaltada, doy un respingo que aprovecho en mi favor para inhalar profundamente, refugiándome en su pecho mientras su cálido aliento me roza la oreja.
—Temazo. —Su mano cae para agarrar la muñeca que cuelga a mi costado y, de pronto, me encuentro cara a cara con Sean—. Hola, pequeña.
Se me llenan otra vez los ojos de lágrimas mientras lo miro aturdida, y su mirada alegre se vuelve triste al verme la cara.
—¿Qué leches…? —Antes de que pueda formular la pregunta, Sean me rodea la cintura con el brazo y, dándome la mano que le queda libre, nos aleja de la multitud—. ¿Qué coño estás haciendo? —exclamo en un susurro.
Él mete la rodilla entre las mías y mueve la cadera un par de veces. Yo me quedo inmóvil entre sus brazos, mientras él aprieta con fuerza nuestras manos entrelazadas.
—Vamos, pequeña —me suplica, mientras la gente empieza a fijarse en nosotros. Nos mece al ritmo perfecto, agachándose y balanceándose, e instándome a mí a hacer lo mismo—. Vamos, nena —dice, incitándome, pero su sonrisa empieza a desvanecerse al ver que permanezco inmóvil—, da señales de vida.
Las mariposas se me arremolinan en el estómago mientras él me llama con su cuerpo, meciéndose sobre los talones y moviendo sensualmente las caderas. Es imposible resistirse. Con su siguiente paso, me rindo y me dejo llevar por la música, uniéndome a él mientras empiezo a contonearme. Sean me guiña un ojo para animarme antes de girar rápidamente, agarrarme la mano por detrás de la espalda y ejecutar el movimiento con soltura. Unos cuantos curiosos que están a nuestro lado nos gritan palabras de ánimo y nos jalean mientras el rubor me sube por el cuello. Pero así es Sean, ese es su superpoder y lo domina a la perfección. Así que hago lo único que puedo hacer: me rindo ante él.
Empezamos a bailar mientras me canta al oído. Mece su físico perfecto al ritmo del bajo, al que acompaña una armónica. Nos mecemos por la calle atestada de gente, moviéndonos con destreza, alejándonos y volviéndonos a juntar con fluidez. Bailamos como si lleváramos años haciéndolo, en lugar de un par de meses. Sus ojos de color esmeralda brillan orgullosos al ver que empiezo a animarme. A mitad de la canción, la música se detiene de repente, al igual que los bailarines que nos rodean, y la gente levanta las manos coreando la letra. La música queda suspendida en el aire durante una fracción de segundo, antes de que todo el mundo vuelva a ponerse de nuevo en movimiento.
Nunca antes había oído esa canción, pero sé que nunca la olvidaré: la letra es demasiado irónica. Es como si la hubieran escrito para mí. Y la acepto como el regalo que es. Allí, en la calle principal, arañamos unos minutos para reencontrarnos y simplemente… bailar. Juntos, nos apropiamos de ese instante robado e ignoramos el mundo enloquecido que nos rodea, nuestras circunstancias y todo lo que tenemos en contra. Y durante ese breve veranillo de San Miguel, me cuesta un poco menos respirar y el dolor disminuye.
Nada importa salvo mi sol dorado, el amor que siento y yo. Niego con la cabeza irónicamente mientras él presume de pareja, desafiante, retando a cualquiera a que ose estropear nuestro momento. Entonces me doy cuenta de que no vamos a permitir que ni ellos ni nadie se carguen lo que tenemos. Cuando acaba la canción, la multitud que nos rodea estalla en vítores mientras él se acerca a mí y me estrecha la cara entre las manos. Se queda inmóvil por un instante a unos milímetros de distancia, antes de poseer mis labios con un beso tan sincero que el dolor que acabo de eludir da paso a la agonía.
Mi instinto me dice que hoy no es «algún día».
—Tengo que irme —me susurra al oído, echándome el pelo por detrás del hombro mientras sus ojos imploran comprensión.
—No, por favor…
—No me queda más remedio. Lo siento. —Niego con la cabeza y bajo la mirada, dejando brotar las lágrimas que estaba conteniendo. Sean me levanta la barbilla y me mira a los ojos, desolado—. Por favor, pequeña, venga —dice, acariciándome la barbilla con el pulgar—. Baila, canta, sonríe.
—Por favor, no te vayas. —Con expresión triste, me da un dulce beso en los labios y de mi interior emerge un sollozo que le pone fin prematuramente—. Sean, espera…
Cuando me suelta, me tapo la cara con las manos y emito un quejido agónico mientras su calor desaparece. Asfixiándome, sacudo la cabeza entre las manos, incapaz de soportar el profundo dolor que me desgarra el pecho. Las lágrimas me empapan las palmas mientras la multitud se arremolina a mi alrededor y soy consciente de cada paso que Sean da para alejarse de mí.
No puedo dejarlo marchar. No puedo hacer esto.
Apartando las manos, busco algún indicio de la dirección que ha tomado mientras empiezo a abrirme paso entre una multitud cada vez mayor, negándome a permitir que me abandone, negándome a que este baile sea el último, porque nunca será suficiente. Se me para el corazón cuando lo pierdo de vista. Giro en redondo, buscándolo por todas partes, mientras me engulle la muchedumbre que se abalanza sobre el escenario. Tratando de abrirme paso entre los enjambres de cuerpos, empiezo a entrar en pánico.
—¡Sean! —grito, mirando en todas direcciones, hasta que veo un pelo rubio despeinado y me pongo a perseguirlo—. ¡Sean!
Me abro paso entre una familia y estoy a punto de arrollar a un niño pequeño de manos pegajosas, llenas de manzana confitada. Lo agarro y me disculpo antes de salir corriendo hacia donde Sean ha ido. Giro sobre mí misma, veo un banco cerca y me subo a él para escudriñar las aceras y los callejones cercanos.
—¡No, no, no!
El pánico se apodera de mí al no encontrar nada. Aguzo el oído, buscando infructuosamente hasta que oigo el leve pero inconfundible rugido de un motor que cobra vida. Me bajo de un salto para ir hacia él y corro por un callejón antes de doblar la esquina. Entonces, al encontrarme con una mirada plateada, me detengo como si hubiera chocado con una pared invisible.
Dominic está apoyado en el Nova de Sean, con los brazos cruzados, mirándome fijamente. Sean me ve desde el lado opuesto del coche y me echa un último vistazo a través del capó antes de subirse al asiento del conductor. Vuelvo a observar a Dominic mientras este me mira de arriba abajo. Con el corazón desbocado, doy un vacilante paso adelante y él niega con la cabeza, rechazándome.
—Por favor —susurro, sabiendo que puede leer claramente la súplica en mis labios mientras mis lágrimas caen con fluidez. Se abre completamente a mí y las emociones inundan sus ojos de plata mientras aprieta los puños a ambos lados del cuerpo. Sé que desea acercarse, eliminar el agua que se vierte entre nosotros—. Por favor —le suplico, incapaz de soportar el dolor—. Por favor, Dom, no te vayas —lloro.
Percibo el esfuerzo que le supone resistirse y negar lentamente con la cabeza. Transmiten mucho más sus ojos que su actitud. En su mirada veo añoranza, arrepentimiento y resentimiento por nuestra situación. Y eso me basta. Tiene que bastarme.
Su cariño por mí no eran imaginaciones mías. Ni uno de los minutos que pasamos juntos fue producto de mi imaginación. Nadie puede subestimar ni despreciar lo que tuvimos. Nadie. Y no pienso permitir que me lo arrebaten jamás.
Pero ninguno de los dos me proporciona ninguna certeza mientras sigo allí, desangrándome, y eso es lo que más me aterroriza.
Dominic agarra la manilla y abre la puerta mientras Sean mira fijamente hacia delante, ya sea para concedernos estos instantes o porque no es capaz de seguir mirándome. Pero eso no me sirve de consuelo. Contemplo a Dominic una última vez y le permito ver mis lágrimas, mi amor. Cubriéndome el pecho con ambas manos, cierro los ojos y le digo la verdad.
—Te quiero.
Al abrirlos, veo su reacción impulsiva ante mi confesión. Da un paso adelante, indeciso, un segundo antes de apartar la mirada y meterse en el coche con Sean. Y, en un instante, ambos desaparecen.
Es entonces cuando tengo la certeza de que han perdido cualquier batalla que hayan tenido que librar para poder seguir conmigo.
Y de que quizá «algún día» no llegue nunca.
Hay una escena en una de las películas de la saga Crepúsculo en la que Bella está sentada en una silla, con el corazón roto, viendo pasar las estaciones por la ventana. Y, desde mi balcón, mientras los árboles se marchitan y entran en letargo antes de volver a florecer, me doy cuenta de que yo he vivido las tres últimas estaciones de mi vida de forma muy similar a ella, cuando el amor la abandonó.
Puede que el amor me ganara la partida el verano pasado, pero en cuanto las primeras nieves empezaron a caer, fue el odio el que empezó a ir a más. Un odio por un individuo sin nombre que me arrebató gran parte de mi felicidad al desterrarme.
Ahora, cuando añoro a aquellos que me abandonaron, sustituyo esa añoranza por la aversión hacia ese hombre de ojos de fuego que dio la orden tajante de mantenerme en el lugar que me correspondía; es decir, en tierra de nadie.
En Navidad, me fui a casa. Pasé las vacaciones con mi madre y con Christy, cuidando de mi corazón destrozado, un corazón lleno de amor sin nadie en quien volcarlo. Pero ni una sola vez en todo ese tiempo me arrepentí de un solo minuto pasado con ninguno de ellos.
Estaba agradecida. Me sentía afortunada. Llegué a conocerme mejor gracias a esa experiencia con ellos. No solo fue un verano, sino una época de descubrimiento. Supongo que la mayoría de la gente pasa por la vida sin explorarse tan a fondo como yo lo hice. Aquellos días de aventuras llenas de deseo y las noches que pasé con ellos bajo un dosel de árboles verdes y estrellas titilantes me cambiaron.
Los minutos, las horas, los días y los meses iban pasando, pero yo no volvía a la vida. Seguía adelante como por inercia.
Me aferraba a mis recuerdos, hasta que un día me obligué a empezar a vivir de nuevo. La universidad era fácil y mi trabajo se hacía más llevadero a medida que iba cogiendo confianza con Melinda y con algunos otros compañeros del turno de noche. Ningún miembro de la hermandad me hablaba, absolutamente nadie. Daba igual que me los encontrara por casualidad en el pueblo, en una gasolinera o en cualquier otro lugar: yo era invisible para los que tenían la marca. No solo perdí a mis chicos, sino también a mis amigos, incluida Layla, y al resto de gente relacionada con la hermandad.
Ese cabrón cumplió su promesa. Me dejó completamente sola.
Cuanto más tiempo pasa, más me convenzo de que es mejor así. Cualquier tipo de comunicación o conexión con alguien relacionado con Sean y Dominic me haría aferrarme a un futuro inexistente.
A finales de primavera, completé con éxito los dos primeros semestres de la universidad con una nota media casi perfecta y, ahora, el año que tenía que pasar trabajando con mi padre está llegando a su fin. Ya he cumplido las tres cuartas partes del trato y solo me faltan unos meses.
Un verano más en Triple Falls y adiós a Roman Horner y a mi deuda con él. Y mi madre tendrá seguridad económica. La libertad está cerca.
Roman no volvió de Charlotte después de nuestra última conversación y tampoco espero que lo haga. Siguiendo la ley del mínimo esfuerzo, se limita a enviarme un correo electrónico semanal. Como sospechaba, nunca había vivido aquí. Esta casa es más bien un monumento a su éxito. Cuando acabe el verano, podré olvidarme de la ansiedad constante que me causa la posibilidad de encontrármelo cara a cara. No solo eso, sino que además heredaré gran parte de su fortuna y nuestros lazos se romperán.
Por extraño que parezca, no tengo prisa por marcharme de Triple Falls. Me he encariñado con el pueblo y con sus habitantes. Ya no me molesta la monotonía del trabajo. Pero ahora que ha terminado el semestre, vuelvo a tener tiempo libre y me está costando bastante llenarlo.
Lo he estado aprovechando de forma inteligente. Practico senderismo muy a menudo. Nunca por los caminos a los que me llevaba Sean, en ese sentido ya no soy tan masoquista. Pero me he hecho más fuerte, los músculos ya no me duelen después de una larga caminata por el bosque o un ascenso a la montaña. He desempolvado mi francés con la ayuda de una aplicación, decidida a pasar por fin los veranos en el extranjero, ahora que voy a tener una cuenta bancaria saneada. Y desde que ha dejado de hacer frío, he vuelto a tomar el sol, a nadar y a leer en el jardín de Roman.
Me he permitido soñar con una nueva normalidad, tomando cervezas después del trabajo con mis compañeros y asistiendo con Melinda a algunas celebraciones familiares para pasar el rato. Me estoy esforzando por ser una buena amiga para ella, como ella lo ha sido para mí.
Pero esta noche se me presenta un nuevo desafío. Tras ocho meses de doloroso silencio por parte de mis dos amores perdidos, he accedido a tener una cita.
Después de darme una ducha de agua hirviendo, me perfilo los labios con un lápiz de color rojo pasión mientras recuerdo a Sean acariciándolos alrededor de su polla e intento sofocar el recuerdo de los sonidos que hacía, de sus gruñidos de placer y de su larga exhalación cuando se corría.
«Tienes una cita. Una cita, Cecelia». Cierro los ojos, abrumada por los recuerdos de la última que tuve. Me viene a la cabeza la débil sonrisa de Dominic y me veo con claridad recorriendo su cuerpo musculoso con los dedos de los pies desnudos, en el asiento delantero del Camaro. Cagándome en todo, cojo un pañuelo de papel y me limpio el borrón del perfilador de labios.
«La cita, Cecelia. Concéntrate en la cita. Se llama Wesley. Es educado, culto y está bastante bueno». Aunque no tanto como Sean. Ni como Dominic. Ni como el Francés, porque, a pesar de que lo odio con todas mis fuerzas, ningún hombre sobre la faz de la Tierra está tan bueno como él. Y eso me jode mucho.
Cada vez que pienso en ese cabrón arrogante, me hierve la sangre. Puede que nunca vuelva a captar su atención, pero me niego a otorgarle el poder que en su día tuvo sobre mí. Él me arrebató la felicidad sin pensárselo dos veces, emitió su veredicto y dictó su sentencia inhumana antes de largarse. Hace unos meses, habría secundado cualquiera de sus planes solo por estar cerca de ellos. Pero el tiempo ha estado de mi lado. Me ha sanado. Me ha fortalecido y me ha cabreado.
Que se atreva a cruzarse en mi camino, después de habernos destrozado de un plumazo a los tres. Pero Sean y Dominic se lo permitieron y, para mí, eso también es imperdonable.
El rencor me hace ser objetiva cuando echo la vista atrás. También perpetúa mi indignación y mi resentimiento, herramientas que necesito para avanzar. Algún día, cuando ya no necesite esta rabia, les perdonaré el daño que me hicieron. Pero lo haré por mí. Y no será pronto.
Niego con la cabeza y me concentro en los ojos, echándome una buena capa de rímel. Todavía no estoy preparada para esto y lo sé. Pero necesito dar este último paso. Necesito volver a salir.
He cambiado el «algún día» por «algún día con algún otro».
Y ese «algún otro» podría ser Wesley.
Me llega un mensaje al móvil, que está sobre el tocador, y abro para que Wesley pueda entrar. He optado por no darle el código de la puerta. En ese aspecto, he aprendido la lección.
Emocionada, bajo las escaleras con un nuevo vestido ajustado de cuello halter que me ha ayudado a elegir la dueña de mi tienda favorita. Preparada para cualquier cosa, me peino con los dedos antes de abrir la puerta.
Solo quiero volver a reír sin la triste pausa del recuerdo al final. Sin evadirme del presente quedándome anclada en el pasado. Solo quiero volver a sentir algún tipo de contacto que no tenga nada que ver con los hombres que se niegan a abandonar mis sueños y a dejar de ser los dueños de mi vida. Y, sobre todo, quiero comprobar si soy capaz de sentir algún tipo de emoción, una pizca de ilusión, cualquier señal de vida más allá del ritmo que marcan los latidos de mi corazón.
Me bastará con saber que tengo alguna posibilidad.
—Por favor —susurro a quien quiera que me esté escuchando—. Solo una pequeña sacudida, un hormigueo, algo —suplico mientras Wesley aparca y se baja de la camioneta.
Cuando sus ojos marrones me miran y se iluminan, al tiempo que me enseña una dentadura perfecta, sé que para mí la cita ha terminado.
Nada.
Eso es lo que he sentido. Absolutamente nada. Ni durante la cena, ni ahora, mientras Wesley me coge de la mano para acompañarme a su camioneta. Ni un cosquilleo, ni un ápice de emoción cuando abre la puerta del copiloto y me aparta suavemente el pelo de la cara antes de inclinarse hacia mí.
Ese gesto actúa como detonante e, incapaz de soportarlo, giro la cabeza en el último segundo. No son las caricias de Sean, ni los labios de Dominic. Wesley baja la barbilla y me mira.
—¿Alguien te ha hecho daño?
—Lo siento. Creía que estaba preparada.
—No pasa nada. Es que… me ha dado la sensación de que estabas un poco ausente mientras hablaba durante la cena, y no he sido capaz de cerrar la puta boca.
—No es por ti… —Me estremezco y, por la forma en la que le cambia la cara, me doy cuenta de que dispararle habría sido más piadoso.
Tiene el detalle de reírse.
—Eso duele. —Me entran ganas de meterme debajo de su camioneta. Pero él me ayuda a subirme a ella y luego mete la cabeza por la ventanilla—. Tranquila, Cecelia, yo también he pasado por eso.
Lo miro, sintiéndome culpable.
—Pagaré mi parte de la cena.
—¿Piensas seguir insultándome toda la noche? ¿Con qué clase de gilipollas has estado saliendo?
Con unos inolvidables y un poco cabrones.
—Ahora mismo, no me extrañaría que me hicieras volver a casa en taxi.
—Eres dolorosamente sincera, pero me gusta. —Wesley se muerde el labio y levanta los ojos hacia los míos—. Además de guapísima. Es un halago haber sido tu primer intento. Y quizá podamos volver a probar en otro momento —dice, encogiéndose de hombros.
—Me encantaría.
Ambos sabemos que es mentira, pero hace que me sienta mejor mientras me abrocho el cinturón y él rodea la camioneta. Se reúne conmigo en silencio y no deja de trastear con la radio durante todo el viaje de vuelta. Es un alivio cuando por fin abre la boca.
—¿Era alguien de por aquí?
—No. Solo un idiota con el que salí en Georgia.
Cada vez me cuesta menos mentir. Pero decir la verdad no es una opción.
Wesley me deja en la puerta de casa con un abrazo amistoso y el ofrecimiento de llamarlo cuando esté preparada. Mientras se marcha, maldigo mi corazón fiel y doy un portazo, enfadada conmigo misma.
Desanimada, subo las escaleras y voy hacia mi dormitorio. Me quito las sandalias, saco el móvil del bolso y le envío un mensaje a Christy.
Yo
La operación Ponte las Pilas ha sido un desastre.
Christy
No te rindas, cari. De todos modos, ahora mismo cualquier tío sería un parche.
Yo
Aún no estoy preparada.
Christy
Si no estás preparada, no estás preparada.
No te precipites. Todo llegará.
Yo
Qué haces esta noche?
Christy
Mantita y Netflix. 
Mañana te cuento.
Yo
Dale caña. Y más te vale. Te quiero. Buenas noches. Besos.
Decido reconocer el avance. Al menos he salido con alguien, haya ido bien o no. Algo es algo.
Después de enchufar el móvil en la mesilla, echo hacia atrás las sábanas, me siento en el borde de la cama y acaricio con los pies la mullida moqueta.
Intentar llevar una vida «normal» tras dos relaciones de alto voltaje es agotador. Incluso después de tantos meses, sigo echando de menos las noches caóticas, el misterio, la emoción, la conexión y el sexo. Dios, el sexo.
Ya me he concedido tiempo suficiente para llorar. Si mi corazón se limitara a hacer caso a mi cabeza, me iría mucho mejor. Me acaricio los labios intactos y decido que ya me ducharé por la mañana para quitarme el maquillaje. Aparto los cojines que están sobre el edredón, con intención de acurrucarme con un libro nuevo, y me quedo helada al ver un colgante metálico que me espera sobre la almohada.
Lo cojo y lo pongo a la altura de los ojos, incrédula ante su importancia y significado, antes de salir disparada de la cama. Registro la habitación con el corazón en un puño.
—¿Sean? ¿Dominic?
Entro en el cuarto de baño. Vacío.
Salgo al balcón. Vacío.
Desesperada, busco por toda la casa y veo que todas las puertas están cerradas. Aunque no es que eso fuera a detenerlos, porque nunca lo ha hecho. Tengo la prueba en la mano.
Esperanzada, me pongo el collar al cuello y corro hacia la puerta trasera. Me calzo las botas de agua que están en el mueble de la entrada y cojo la linterna de bolsillo que tengo en el chubasquero. Inspecciono rápidamente el jardín con el débil haz de luz.
—¿Sean? ¿Dominic?
Nada.
Voy directamente hacia el bosque, cruzando la extensión de hierba recién cortada del tamaño de un campo de fútbol, mientras el cálido metal que llevo al cuello me proporciona el primer rayo de esperanza en medio del desastre. Estoy casi corriendo cuando llego a la pequeña colina que sube hacia los árboles y el claro.
La imagen que me recibe allí me deja estupefacta. Las hierbas altas se mecen ante mí salpicadas por la luz verde amarillenta de cientos de luciérnagas. Estas flotan entre los matorrales y las gruesas ramas brillando como diamantes allá en lo alto, antes de desaparecer bajo la luz de la luna llena.
—¿Sean? —Busco por todos los rincones del claro, iluminando las sombras de los árboles con la linterna—. ¿Dominic?—grito en voz baja, rezando para que alguno de los dos me esté esperando—. Estoy aquí —anuncio, buscando en la oscuridad del bosque alguna señal de vida con la escasa ayuda de la linterna que llevo en la mano—. Estoy aquí —digo, acariciando la forma del colgante—. Estoy aquí… —repito en vano. Pero nadie me escucha.
La única persona que hay ahí soy yo.
Confusa, giro sobre mí misma en círculos vertiginosos buscando, anhelando, deseando descubrir alguna señal de vida, pero nada. La esperanza que sentía hace unos minutos se dispersa con el viento, susurrando entre los pinos gigantescos y centelleantes que se ciernen sobre mí. Pero, en lugar de regodearme en mi dolor, contemplo con una mano en el pecho la sinfonía de luz que se despliega sobre mis botas y ante ellas en una melodía silenciosa pero cautivadora. Fascinada por la luna y el espectáculo luminoso, acaricio el ala de cuervo entre el índice y el pulgar.
Uno o ambos me han reclamado como suya.
Alguien ha dejado el colgante en mi almohada.
Los llamo una vez más.
—¿Sean? ¿Dominic?
El aire parece estancarse a mi alrededor mientras percibo claramente una presencia. Me pongo tensa al oír una voz grave con acento francés a pocos metros de distancia.
—Siento decepcionarte.
Sale de entre las sombras del denso grupo de árboles que hay a mi izquierda. Yo retrocedo, enciendo la linterna y lo enfoco con el haz de luz.
—¿Qué quieres?
—¿Que qué quiero? De ti, nada —dice con desdén, saliendo de su escondite.
Gracias a la linterna le veo perfectamente la cara; ni una sola sombra oscurece su piel lisa, su gran nariz o la forma angulosa de su mandíbula. Es una lástima que lo odie, de no ser así podría apreciar la belleza de su rostro. Apago la luz, deseando que las sombras se lo traguen, pero incluso en la oscuridad, su atractivo viril resplandece bajo la luz radiante de la luna y entre los insectos que nos rodean como si fueran hadas. Va vestido prácticamente igual que cuando lo conocí, salvo por la chaqueta y la fina corbata negra. Parece completamente fuera de lugar con la camisa, el pantalón de traje y los zapatos relucientes.
—¿Qué haces aquí con esas pintas?
—Yo podría preguntarte lo mismo.
Salvo por las botas de agua de lunares, sigo con la ropa que me había puesto para la cita, además de totalmente maquillada y peinada. También estoy demasiado arreglada para un paseo nocturno por el bosque.
—Vivo aquí.
—Eso no es verdad.
—Es una forma de hablar. Y este ya no es tu territorio.
—Mi territorio es el que me da la puta gana.
Sus ojos rebosan la misma crueldad hostil que recordaba tras el encontronazo del año anterior. Su tono de voz es igual de condescendiente y rencoroso. Y aunque podría dar media vuelta y marcharme, quiero que sepa que yo también me he formado una opinión sobre él, al igual que él sobre mí.
—Eres repugnante. Con esos aires que te das —digo, levantando la mano y agitándola—. Como si tuvieras derecho a actuar así, a tratarme como te dé la gana.
—¿Vas a soltarme el discurso de «trata a los demás como quieres que te traten a ti»? Porque puedes estar segura de que ya me has jodido bastante con tu mera existencia.
—Eres un payaso, no merece la pena tener una conversación contigo.
—Olvidas con quién estás hablando.
—Sí, claro. Ya puedes volver a guardarte la polla, imbécil. Esto no es un concurso de meadas.
—Menuda boca de malhablada tienes.
—Eres un gilipollas y un cabrón. Y la educación y los modales me los guardo para los seres humanos civilizados, no para los sociópatas arrogantes sin compasión.
Se acerca a mí y su olor me invade. Es unos centímetros más alto que Sean y Dominic. Su complexión es colosal y amenazadora, como si hubiera pasado directamente de niño a hombre, sin etapas intermedias.
—Eres una niñata deslenguada. Y si no merece la pena tener una conversación conmigo, ¿por qué sigues aquí, discutiendo?
—Bien visto. Vete a la mierda.
Me alejo de él, pero extiende la mano y me agarra por la muñeca. Yo me resisto, pero no me está mirando a mí, sino el ala de cuervo que cuelga de mi cuello.
—¿Qué es eso?
No puedo evitar sonreír.
—Creo que sabes perfectamente lo que es.
—¿Quién te lo ha dado?
—Eso no es asunto tuyo. Suéltame.
Él tira de mí y dejo caer la linterna para arañarle la mano con la que me está sujetando mientras extiende la otra hacia el colgante. Cuando adivino su intención, me pongo como una fiera. Le doy una sonora bofetada con la mano que tengo libre y cojo impulso para golpearlo con más fuerza.
—¡Ni se te ocurra, cabronazo! —Pero no soy rival para esa bestia que tira de mí hacia él, sacudiéndome como a una muñeca de trapo, zarandeándome antes de arrojarme sobre la hierba y sentarse a horcajadas sobre mí—. ¡SUÉLTAME! —Grito a pleno pulmón, enfrentándome a él y arañándole la camisa, incapaz de encontrar agarre en su piel.
Él me domina con facilidad, como si luchara contra un mosquito, mientras me clava las muñecas en la hierba fría. Sobre mí, sus ojos arden de rabia.
—Dime ahora mismo quién coño te ha dado eso.
Yo le escupo y me felicito al ver que le doy en la mandíbula. Él me agarra las dos muñecas con una mano y las aprieta contra el suelo antes de limpiarse la saliva con el hombro de la camisa. Entonces veo el brillo de sus dientes y me doy cuenta de que el muy cabrón está sonriendo de una forma que me hace sentir náuseas.
—Me he cargado a gente por menos.
—No me das miedo. Solo eres un cuerpo enorme y una cabeza hueca.
Su risita siniestra me produce un escalofrío.
—Ni siquiera te has dado cuenta aún de que te has puesto cachonda —susurra acaloradamente, haciéndome saltar de nuevo las alarmas—. Quizá debería haber esperado a que lo descubrieras por ti misma, a que te quitaras las bragas y te murieras de vergüenza.
—Que te follen.
Él se inclina hacia mí y su olor a cítricos, especias y cuero inunda mis fosas nasales.
—¿Te sientes sola, Cecelia?
—Suéltame —le repito. Lucho contra él, empleando todas mis fuerzas en vano.
—Basta de jueguecitos. ¿Quién te ha dado el collar?
—Aunque lo supiera, no te lo diría.
«Mierda. Mierda. Mierda».
—No lo sabes. —En sus labios carnosos se dibuja una sonrisa exasperante—. Esta sí que es buena. No sabes cuál de ellos ha sido. —Se acerca a mí antes de condenarme con otra promesa—. Pues me aseguraré de que nunca lo sepas.
Agarra el collar mientras yo me resisto con las pocas fuerzas que me quedan.
—¡No, no! ¡Por favor, no! —le suplico, apartándole la mano mientras el cierre metálico se me clava en la nuca justo antes de ceder y romperse. Enfurecida, grito ante la pérdida. Se me llenan los ojos de lágrimas de rabia, mientras él acaba conmigo de una sola estocada—. ¿Por qué? ¿Por qué? Era mío. ¡Él me quiere!
—¿Quién? ¿Quién te quiere, Cecelia?
—¡Es para mí, para protegerme! ¡Me lo prometieron!
—¿De quién necesitas protegerte?
«De ti». Pero no me atrevo a decirlo. Da igual que le otorgue el poder de aterrorizarme o no, no es de los que piden permiso.
—¡Son tus propias normas! No puedes cargártelas. ¡Él me ha elegido!
—Eres patética. —Me suelta, se levanta con el collar roto y me mira—. ¿Crees que una baratija puede protegerte? No significa nada.
—¡Para mí sí!
—Eres una niñata enamoradiza.
—Soy una mujer de veinte años, cabrón ignorante. —Me pongo de pie para enfrentarme a él a pesar del temblor de mis piernas—. Y le pertenezco.
—¿Porque él lo diga? ¿Es que tú no tienes nada que decir? Estás trastornada. Y no, cariño, no le perteneces. Es mi hermano.
—Y una mierda. Solo es un chico con el que jugabas a construir fuertes antes de llegar a la pubertad. ¿Cuántos años tienes? ¿Treinta? Y todavía andas por ahí matando dragones imaginarios, mientras juegas a ser el dueño y señor.
—Piensa lo que quieras, pero ya has visto de lo que somos capaces.
—¿De robar cuatro perras y organizar fiestas? Menuda proeza. —Estoy mintiendo descaradamente, pero no quiero que se entere de lo que sé—. Y sé perfectamente a quién pertenezco.
Él se agacha para mirarme directamente a los ojos.
—¿Estás segura?
—Estoy enamorada de él.
—Di su nombre.
—Da igual quien…
—Ya, claro, los quieres a los dos; ya he oído ese discurso antes, ahórrate el esfuerzo.
—Te arrepentirás de haberme hecho daño.
—¿Tú crees? —dice él, mirando a su alrededor—. ¿Y quién va a venir a salvarte, exactamente? —Esa verdad se me clava en las entrañas como un cuchillo. Tiene razón. Ninguno de los dos está aquí para salvarme de este cabrón tarado. Pero me enseñaron bien a protegerme. Como si me estuviera leyendo el pensamiento, baja la voz para amenazarme directamente—. Te aseguro que me he librado de cosas mucho peores. —Su acento francés, combinado con su abierta hostilidad, hace que su amenaza parezca aún más peligrosa. Pero no me intimida, mi odio lleva meses supurando y estoy deseando darle salida.
—¿Por qué está tan enfadado, caballero? ¿Acaso estaba usted matando y torturando animalitos y le he interrumpido? ¿No tiene nada mejor que hacer un viernes por la noche que acosar a niñatas enamoradizas? ¿Cuál de los dos es más patético? —Me armo de valor y enderezo la espalda, con la rabia a flor de piel—. No eres más que un crío asustado que se ha convertido en un maniático del control porque no ha recibido suficiente atención de pequeño.
En un segundo, paso de estar de pie a estar tumbada en el suelo boca arriba. Mi corazón deja de latir y me quedo sin respiración mientras algo similar a un beso me destroza la boca. Aplastando cada centímetro de mi cuerpo, él se apodera de mis labios, separándolos con ímpetu. Inmóvil y con los ojos abiertos de par en par, balbuceo medio asfixiada mientras él me acosa con su lengua. Con un dominio total de la situación, logra robarme ese beso y acaba por quitármelos todos, borrando el último que Sean me dio y también el anterior, así como el torturador juego de lengua de Dominic. Y yo me resisto, me resisto aferrándome a esos besos con todas mis fuerzas mientras se me escurren entre los dedos y se me escapan. La sensación de pérdida y el odio me invaden e intento girar la cabeza para rechazarlo, pero él me lo impide.
Me expolia con cada acometida de su lengua, sometiéndome por completo y, al siguiente asalto, me convierte en su prisionera. De repente, me veo envuelta en un fuego abrasador. El calor va derritiendo mis barreras hasta que se vienen abajo, y el humo me aturde mientras yazco impotente debajo de él, envuelta en llamaradas azules.
Me sumo en un olvido carnal mientras pierdo la batalla por recuperar el aliento. Él se alimenta sin piedad de mi boca, con unos besos angustiosos e implacables. Un gemido se escapa entre mis labios y me consume como un infierno ardiente, hasta que finalmente se extingue.
Hasta que yo me extingo, y vuelvo a arder con un beso violento.
Un beso que me devuelve a la vida, una vida que se ha marchitado hasta reducirse a la nada tras meses de abandono y aislamiento. Debajo de él, mi cuerpo ingrato me traiciona, cambiando de forma innegable la intensidad, dejándose llevar por un deseo que empieza de forma imperceptible y se va extendiendo poco a poco por mis extremidades. Mi lengua, igualmente implacable, se encuentra con la suya y ambas se baten en un duelo feroz, mientras devoro a mi enemigo y abro los muslos al tiempo que él embiste mi cuerpo hambriento con su erección.
La mezcla de indignación y lujuria me hace luchar ahora por un motivo totalmente distinto mientras me aferro a él y lo araño para acercarlo a mí, clavándole las uñas en el cuero cabelludo e inclinando la cabeza para facilitarle el acceso.
Intentando todavía recuperar el aliento, le robo el suyo y él me come la boca con agresividad y desenfreno mientras nuestras lenguas batallan. Una lujuria insaciable se apodera de mí y me dejo arrastrar por la oscura corriente, concediéndome permiso para hundirme en ella. Atrapada dentro de la ola, me alimento de ese aire nuevo, sintiéndome renovada por esa boca ávida que inflama mi cuerpo y lo vuelve complaciente. Engancho las piernas alrededor de sus caderas y él frota la entrepierna contra mí. El fino material que nos separa apenas me protege de su contacto directo. Mi espalda se arquea y me vibra todo el cuerpo. Me pesan los pechos y mis pezones se tensan. Con el clítoris palpitando, me aferro a ese hombre que me está machacando y dominando sin ningún tipo de ternura. Pero no me importa, porque sé que si mostrara el menor rastro de ella, sería mi ruina.
Agobiada por ese pensamiento, abro la boca y lo miro fijamente.
—Pa-para —tartamudeo, aterrorizada.
Él ignora mis palabras inútiles mientras yo intento de nuevo luchar contra la lujuria que me está destruyendo. Aparta mis manos torpes y baja la cabeza para morderme el cuello y luego el hombro, antes de meterse uno de mis pechos en la boca, empapando el fino algodón que lo recubre. Mi pezón se pone duro como una piedra y él separa la cabeza, tomándose el tiempo justo para apartar el tejido con brusquedad y arrancarme el sujetador de forma que mis pechos quedan al descubierto, como si fueran una ofrenda. Lleva la boca a uno de ellos y lo succiona. Siento el mordisco de sus dientes afilados.
Acto seguido, me levanta la falda, sus dedos me aprietan dolorosamente el muslo y yo le desabrocho con torpeza el cinturón. El tintineo de la hebilla me devuelve a la realidad y él me suelta de repente.
Retrocedo con la boca abierta, arrastrándome sobre el culo hacia atrás mientras me observa con ojos rapaces. Estoy segura de que el horror del acto que acabo de cometer está escrito en mi cara. Con la respiración agitada y los pechos desnudos, niego con la cabeza enérgicamente mientras vuelve a ponerme con facilidad debajo de él, tirándome de una bota. Se agacha para volver a besarme con su lengua metálica, tanteando, explorando todos los lugares a los que nunca debería haberle permitido llegar, algunos de ellos inmaculados. Entonces aparta la boca y nos miramos el uno al otro, con el único sonido de fondo de nuestra respiración entrecortada.
—Tu n’y connais rien à la fidélité. —«No tienes ni idea de lo que es la lealtad».
Aunque no logro entender bien lo que dice, sé que la ponzoña que escupe es insultante. Intento abofetearlo, pero él me sujeta la mano y me muerde la palma. Soy incapaz de contener un gemido mientras me embiste de nuevo con su polla dura como una piedra y el hecho de sentir su erección sobre mi clítoris empapado me lleva al límite. Cuando vuelve a impulsar hacia mí sus caderas, me deja al borde del orgasmo.
—Tu ne peux pas échapper à la vérité. Tu me veux. —«No puedes negar lo evidente. Me deseas». Tira de mí para ponerme de rodillas y él hace lo mismo antes de agarrarme las manos y enganchar mis dedos en la cinturilla de sus pantalones. Estamos jadeando como si acabáramos de correr una maratón. Lo miro fijamente y él levanta las cejas, desafiándome—. Te toca mover. —Yo aparto las manos y él suelta una risita siniestra—. Me pregunto cómo se sentirían tus novios si supieran que me has devuelto el beso.
Lo he hecho. Le he devuelto el beso y más. Mucho más que eso.
Lo deseaba.
No hay alcohol al que culpar, ni chivo expiatorio.
Por dentro, me marchito y me muero. Por fuera, sigo arrodillada en un charco de perdición mientras él me dedica una sonrisa burlona.
—Te van a odiar.
—¿Tú crees? Dime, Cecelia, ¿dónde están? —me pregunta, abrochándose el cinturón, antes de ponerse de pie y dejarme de rodillas ante él—. Podría haberte follado y lo sabes. Ni siquiera eres capaz de ser leal a aquellos a los que dices amar. —Su acento extranjero convierte esa última palabra en algo pútrido, totalmente opuesto a su significado. Entonces deja colgando el collar a la altura de mis ojos y se burla de mí con maldad—. ¿Sigues pensando que mereces esta declaración? ¿Su devoción?
Me tiembla la barbilla mientras intento asimilar lo que acaba de suceder con los labios hinchados y doloridos.
—Te odio.
—Me importa una mierda.
—Por favor —le pido, apartando la vista del collar que está sujetando, mientras trato de levantarme y volver a vestirme para intentar recuperar la dignidad que él me ha robado—, lárgate.
Soy incapaz de mirarlo a los ojos. Sabe que ha ganado. Y no creo que hubiera sido lo bastante fuerte como para hacer que mi virtud se mantuviera a salvo con ninguno de los hombres a los que entregué mi corazón y mi lealtad. Durante casi un año, he estado comprometida con ellos. He honrado nuestros recuerdos, he seguido siéndoles fiel sin esperar que mi cariño fuera correspondido, hasta esta noche, hasta que he visto ese collar. Y, en cuestión de minutos, lo he echado todo a perder.
Lo he echado a perder besando a un monstruo que acechaba entre las sombras y permitiendo que se alimentara de mí, de mi debilidad. Y yo he participado en ello.
¿Qué coño me pasa? ¿Acaso son ciertas sus acusaciones? ¿Soy simplemente una niñata estúpida enamorada de dos hombres con los que tonteó el verano pasado? Hace diez minutos, habría dicho convencidísima que eso era imposible. Pero ¿ahora?
No. No, no puedo dejarle ganar. Está jugando conmigo y no pienso permitir que menosprecie lo que siento para divertirse con algún jueguecito mental macabro. No soy tan tonta. Eso no es lo que me enseñaron.
—Es una pena que tu cita no haya ido bien, pero vas a tener que buscarte otro compañero de juegos, Cecelia.
No me molesto en preguntarle cómo ha conseguido esa información. Está claro que conoce todos los secretos del mundo, incluidos los míos. La forma en la que ha invadido mi privacidad solo demuestra que no confía en mí en absoluto. Me ha estado vigilando muy de cerca. Y he sido una ingenua al pensar que no lo haría. Eso también es un claro indicador de que todavía me considera una amenaza.
Improvisando, me pongo de pie y me acerco a él. Mis ganas de luchar son abrumadoras así que, por primera vez en meses, doy rienda suelta al demonio que llevo dentro. Bajo la vista hacia el bulto que tiene entre las piernas.
—Todavía la tienes dura.
Sus ojos ambarinos brillan en señal de advertencia.
—¿Y qué?
—Que tú también me deseabas. Todavía me deseas. Si soy tan boba y tan estúpida, ¿por qué estás tan ansioso por ocupar el lugar de tus hermanos en mi cama?
—Estaba demostrando que tengo razón.
—Díselo a tu polla. —Le doy una palmada en el pecho y bajo la mano por su torso musculoso. Él no se inmuta, pero tampoco se aparta. Se la agarro con la mano y palpo su anchura, su circunferencia, mientras reprimo cualquier tipo de reacción. Me habría partido por la mitad si me la hubiera metido con la violencia con la que me ha besado. Lo agarro con más fuerza y noto que se le corta la respiración; una pequeña victoria que no me molesto en celebrar—. Antes de irte, al menos ten la decencia de decirme el nombre de mi enemigo —digo, mientras lo acaricio bruscamente con una mano y deslizo la otra por su trasero. Él se aleja, sin molestarse en responder. Deja que la cadena rota del collar se balancee antes de guardárselo en el bolsillo—. Mejor. Será divertido averiguarlo.
Él entorna los ojos, derrochando prepotencia.
—Tú misma —se burla, confiando demasiado en su superioridad.
Entonces retrocedo y dejo caer un objeto de cuero entre nosotros. Él baja la vista y disfruto de su cara de sorpresa cuando abre los ojos de par en par al ver la cartera tirada en la hierba. Me pongo fuera de su alcance, recojo la linterna del sitio donde la había dejado tirada y le enseño su carné de identidad.
—Jeremy me enseñó este truco —digo con una sonrisita, mientras lo leo—. «Distráelos por delante mientras los jodes por detrás». Aprendo rápido, Ezequiel Tobias…
«No. No. No. ¡No!».
—King —dice él, volviendo a alzarse con la victoria, antes de quitarme la linterna y arrebatarme el carné de identidad de entre los dedos—. Tobias King. El hermano de Dominic.
La verdad se me clava como la punta roma de un cuchillo.
—Eso no… Él me lo habría…
—¿Contado? Ni de coña. Y ahora tú también tienes que cargar con esa cruz. Así que, en tu lugar, yo no le diría nada a nadie.
—Yo no sé nada.
—Sean te contó muchas cosas.
Rezando a Dios para no inmutarme ante sus palabras, echo los hombros hacia atrás.
—No sé de qué me hablas.
—¿Ah, no? ¿Por eso me preguntaste por la seguridad de tu padre en nuestra primera conversación? Mentirme no te va a ayudar. Aunque la mayoría de cosas que te contó las sabe todo el pueblo.
Sean también me dijo que mi padre era el enemigo público número uno, lo que me llevó a la teoría de que, seguramente, mi padre era la razón por la que existía Ravenhood.
«Considéralo una especie de promesa».
De promesa. Una promesa entre dos jóvenes huérfanos y sus amigos para vengarse en el momento oportuno. Dominic me contó que tenía casi seis años cuando sus padres murieron. Tobias no es mucho mayor que él. Sean me dijo que habían sido pacientes. Porque no les quedaba más remedio: antes tenían que crecer, estudiar y crear un ejército.
—Pero tú no te pareces… —No se parecen en nada, salvo por el pelo y el color de piel. Además, Dominic es más bien delgado y Tobias es más anguloso y fuerte. Suponía que tendrían algún parentesco por lo de ser franceses, pero nunca pensé que fueran hermanos. Sean me había contado en la fábrica que la madre de Dominic estaba huyendo de su exmarido—. Sois medio hermanos. —Él vuelve a guardar el carné en la cartera, ignorando mi pregunta—. Tengo razón, ¿no? Solo compartíais madre.
—¿Qué cojones te importa? Es mi punto débil —dice con voz letal y claramente amenazante—. Y también el tuyo, así que si lo que decías va en serio, ni se te ocurra abrir la puta boca.
Cualquiera que se la tenga jurada podría usar a Dominic para llegar a Tobias.
—¿No lo sabe nadie? —Me cuesta creerlo—. Tú te criaste aquí, ¿no? —Parece lo suficientemente mayor como para haberse ido de Triple Falls hace años. Y no andaba cerca de aquí. De ser así, no habría tardado tanto en saber de mí—. Te marchaste de Estados Unidos. Te fuiste al extranjero. ¿A Francia? —Él guarda silencio, confirmando mis sospechas—. El de la foto no eres tú, es tu padre, ¿verdad? —¿Ni siquiera usa su foto real en una identificación emitida por el Gobierno? ¿O será falsa? Esta mierda parece sacada de una novela de espías, no de la vida real—. Entonces, ¿tenéis la misma madre, pero llevas el apellido del padre de Dominic? ¿Por qué? —Más silencio. Pero si su madre huyó de Francia por culpa de su padre…—. Imagino que tu padre será aún peor que tú.
—Cuidado —me advierte. He metido el dedo en la llaga, en una llaga enorme.
—Entonces, ¿has estado en Francia todo el tiempo? ¿Haciendo qué? —Me paso las manos por el pelo—. Madre mía. ¿Qué alcance tiene esto?
—Es mejor que no lo sepas —responde él, ladeando la cabeza—. Esto no es un juego con pistolas de mentira, vidas extra y dinero del Monopoly. Abandonamos el fuerte y quemamos cualquier rastro que pudiera quedar hace mucho tiempo, Cecelia.
Todo encaja. Es el líder sin rostro de una organización sin rostros ni nombres porque él es el que mueve los hilos. Estoy segura. Y para que haya un rey, si es que él es el cabecilla, obviamente tiene que haber un orden jerárquico. En ese caso, Sean sería el equivalente a un soldado de infantería y Dominic sería el cerebro y, a juzgar por su comportamiento, su mano derecha.
Pero Tobias es el demonio al que solo conoces cuando la has cagado hasta el fondo.
Su tono de voz ha cambiado y se ha vuelto más serio. Me tomo su advertencia al pie de la letra. Esto va mucho más allá de lo que nadie podría haber imaginado jamás.
Y no quiero formar parte de ello. Ya no. No sin ellos.
He estado a punto de perder la cabeza solo por culpa del desamor.
—No puedo pagar por los errores de mi padre. Ya es bastante duro ser su hija. Pero lo siento, ¿vale? Siento lo de tus padres y que Roman estuviera involucrado en eso, fuera como fuera. No me corresponde a mí disculparme, pero tampoco pagar por ello. Le has declarado la guerra a él. —Suspiro, agotada a causa de la pelea—. Estoy aquí por mi madre. Estoy aquí para asegurarme de que esté bien cuidada y no le falte de nada. Está enferma. Seguro que Sean te lo ha contado —comento, cerrando por un instante los ojos—. O puede que no, pero esa es mi intención, la razón por la que sigo aquí. Ella es mi prioridad y no puedo imaginarme cómo sería perderla. Así que siento lo que os sucedió. Pero, por última vez, yo no soy tu enemiga. —Con la piel dolorida por sus mordiscos y el cuerpo inflamado de deseo, sacudo la cabeza, exasperada—. Sé que no te importo una mierda porque acabas de arrancarme del cuello cualquier tipo de seguridad que tú mismo pudieras garantizarme. Joder, esto es una puta locura. —Voy hasta el borde del claro, decidida a conservar la poca cordura que me queda—. Se acabó, ¿te enteras? Se acabó. Déjame en paz de una puta vez.
Me armo de valor y echo a andar hacia la casa.
—Estás a salvo.
Sus palabras cortan mi retirada y me envuelven como un bálsamo. Me giro y me lo encuentro de pie a mi lado, como si me hubiera seguido a hurtadillas.
—Sí, ya, perdona que no te crea. El reino es todo tuyo. Yo me largo a finales de verano.
—Me aseguraré de ello.
Totalmente extenuada, le dejo tener la última palabra. Y, durante todo el camino de vuelta a casa, siento su mirada clavada en mí.