Una de las pocas cosas, es más, tal vez la única que yo sabía con certeza era esta: que me llamaba Mattia Pascal. Y me aprovechaba de ello. Cada vez que alguno de mis amigos o conocidos demostraba haber perdido el juicio hasta el punto de venir a verme para pedirme algún consejo o sugerencia, me encogía de hombros, entornaba los ojos y le respondía:
—Yo me llamo Mattia Pascal.
—Gracias, amigo mío. Ya lo sabía.
—¿Y te parece poco?
En verdad, tampoco a mí me parecía mucho. Pero entonces ignoraba qué quería decir no saber ni siquiera esto, o sea, el hecho de no poder ya contestar cuando hacía falta: «Yo me llamo Mattia Pascal».
Habrá quien quiera compadecerme (¡cuesta tan poco...!) imaginándose la atroz amargura de un desgraciado que de repente descubre que... sí, nada; en una palabra: ni padre, ni madre, ni cómo fue o cómo no fue; y que quiera indignarse (cuesta todavía menos) ante la degradación de las costumbres y los vicios y la tristeza de los tiempos en que vivimos, que pueden ser motivo de tanto mal para un pobre inocente.
Pues bien, haga lo que guste. Pero es mi deber advertirle que no se trata propiamente de esto. De hecho, podría exponer aquí, en un árbol genealógico, el origen y la descendencia de mi familia, y demostrar cómo no solamente he conocido a mi padre y a mi madre, sino, además, por un largo transcurso del tiempo, a mis antepasados y sus hazañas, no todas realmente dignas de elogio.
¿Y entonces...?
Pues bien, mi caso es bastante más extraño y diferente; tan extraño y diferente que me dispongo a narrarlo.
Durante unos dos años fui no sé si más cazador de ratones que guardián de libros en la biblioteca que un tal monseñor Boccamazza, en 1803, quiso dejar al morir a nuestro municipio. Resulta claro que este monseñor debía de conocer poco la naturaleza y las costumbres de sus conciudadanos, o tal vez esperó que su legado inflamaría, con el tiempo y con la oportunidad, en el ánimo de estos, el amor por el estudio. Hasta ahora (puedo dar testimonio de ello) no se ha inflamado: y esto lo digo en elogio de mis conciudadanos. Es más: el municipio se mostró tan poco agradecido a Boccamazza que ni siquiera quiso erigirle aunque fuera un busto, y dejó los libros durante muchos y muchos años amontonados en un amplio y húmedo almacén, de donde luego los sacó, ya imaginaréis en qué estado, para colocarlos en la apartada iglesuca de Santa Maria Liberale, a la que no sé por qué razón se había retirado el culto. Aquí los encomendó, sin ningún discernimiento, a título de beneficio y como sinecura, a algún holgazán bien recomendado que, por dos liras al día, los custodiara, y también sin custodiarlos en absoluto, soportara durante algunas horas el olor del moho y de lo viejo.
Tal suerte me tocó también a mí, y desde el primer día concebí un tan menguado aprecio por los libros, tanto si son impresos como manuscritos (como algunos antiquísimos de nuestra biblioteca), que no me habría puesto nunca a escribir si, como he dicho, no considerara realmente extraño mi caso y de tal índole que pudiera servir de enseñanza a algún curioso lector que, por casualidad, cumpliéndose finalmente la antigua esperanza del bueno de monseñor Boccamazza, viniera a esta biblioteca, a la que dejo este manuscrito con la obligación, sin embargo, de que nadie pueda abrirlo hasta después de cincuenta años de mi tercera, última y definitiva muerte.
Ya que, por el momento (y solo Dios sabe cuánto me duele), me he muerto ya dos veces, pero la primera por equivocación, y la segunda... ya veréis.
La idea, o mejor, el consejo de escribir me lo dio mi reverendo amigo don Eligio Pellegrinotto, que en la actualidad tiene en custodia los libros de la Boccamazza, y al cual confiaré el manuscrito en cuanto esté terminado, si llega a estarlo.
Lo escribo aquí, en la dicha iglesuca, a la luz que me llega de la claraboya, allá arriba, en la cúpula; aquí, en el ábside reservado para el bibliotecario y cerrado por una baja cancela con columnas de madera, mientras don Eligio resopla ante la tarea que ha asumido heroicamente de poner un poco de orden en esta Babel de libros. Me temo que no lo consiga nunca. Nadie antes de él se había preocupado de saber, al menos aproximadamente, echando una ligera ojeada a los lomos, qué tipo de libros había legado aquel monseñor al municipio: se creía que todos, o casi todos, trataban de materias religiosas. Ahora, Pellegrinotto ha descubierto, para mayor consuelo suyo, una gran variedad de materias en la biblioteca de monseñor; y, como los libros fueron cogidos sin ningún orden del almacén y amontonados tal como llegaban, la confusión es indescriptible. Entre estos libros se han estrechado, por vecindad, amistades de las más engañosas: don Eligio Pellegrinotto me ha dicho, por ejemplo, que le ha costado no poco trabajo separar de un tratado muy licencioso, Sobre el arte de amar a las mujeres (tres libros de Antonio Muzio Porro, de 1571), una Vida y muerte de Faustino Materucci, benedictino de Polirone, que algunos llamaban beato, biografía editada en Mantua en 1625. A causa de la humedad, las pastas de los dos volúmenes se habían pegado fraternalmente. Es preciso hacer notar que en el libro II de tal licencioso tratado se diserta largamente de la vida y de las aventuras monacales.
Don Eligio Pellegrinotto, encaramado todo el día en una escalera de farolero, ha pescado en las estanterías de la biblioteca muchos libros curiosos y agradabilísimos. Cuando da con uno así, lo tira desde arriba, con garbo, sobre la gran mesa que está en el centro; la iglesuca resuena por el ruido; se levanta una nube de polvo, de la que escapan asustadas dos o tres arañas; yo acudo desde el ábside, saltando la cancela; cazo primero con el libro a las arañas por la mesa polvorienta; luego lo abro y me pongo a hojearlo.
De esta manera, poco a poco, he tomado gusto por tales lecturas. Ahora, don Eligio me dice que mi libro debería estar escrito de acuerdo con el modelo de estos que él va descubriendo en la biblioteca, es decir, dándole su sabor particular. Yo me encojo de hombros y le contesto que no es tarea para mí. Y luego, otras cosas me preocupan.
Todo sudado y polvoriento, don Eligio baja la escalera y sale a respirar una bocanada de aire al huertecillo que ha logrado apañar aquí detrás del ábside, protegido todo alrededor con estacas y pinchos.
—¡Ah, mi reverendo amigo! —le digo, sentado en el murete, con la barbilla apoyada en el pomo del bastón, mientras él cuida de sus lechugas—. No me parecen estos tiempos apropiados para escribir libros, ni siquiera en broma. Con respecto a la literatura, como también con respecto a todo lo demás, repito mi acostumbrado lema: «¡Maldito sea Copérnico!».
—¡Oh, oh, oh! ¿Qué tiene que ver Copérnico con todo eso? —exclama don Eligio incorporándose, con el rostro ardiendo bajo el sombrerazo de paja.
—Sí tiene que ver, don Eligio. Porque cuando la Tierra no giraba...
—¡Y dale! ¡Si siempre ha girado!
—No es verdad. El hombre no lo sabía y por eso era como si no girara. Para muchos, tampoco ahora gira. Se lo dije el otro día a un viejo campesino, ¿y sabe usted lo que me contestó? Que era una buena excusa para los borrachos. Por otra parte, usted perdone, tampoco puede poner en duda que Josué paró el Sol. Pero dejemos estar esto. Yo digo que cuando la Tierra no giraba, y el hombre, vestido de griego o de romano, quedaba tan bien en ella y tenía tan alto concepto de sí mismo y se complacía tanto con la propia dignidad, me parece lógico que hallase gusto en una narración minuciosa y llena de ociosos particulares. ¿Se lee o no se lee en Quintiliano, como usted me ha enseñado, que la historia tenía que estar hecha para contar y no para demostrar?
—No lo niego —rebate don Eligio—; pero también es verdad que nunca se han escrito libros tan minuciosos, es más, tan detallados en los más pequeños particulares como desde que, según usted dice, la Tierra comenzó a girar.
—¡Claro que sí! «El señor conde se levantó temprano, a las ocho y media en punto... La señora condesa se puso un vestido color lila con un rico adorno de encajes en el cuello... Teresina se moría de hambre... Lucrecia se afligía de amor...». ¡Oh, Dios santo! ¿Y qué quiere usted que eso me importe? ¿Estamos o no estamos sobre un invisible trompo que tiene como zurriago un rayo de sol, sobre un granito de arena enloquecido que gira y gira y gira, sin saber por qué, sin llegar nunca a destino, como si encontrara gusto en girar así, para hacer que sintamos tan pronto un poco más de calor, tan pronto un poco más de frío, y para hacernos morir (con frecuencia con la conciencia de haber cometido una sarta de pequeñas tonterías) después de cincuenta o sesenta vueltas? Copérnico, Copérnico, querido don Eligio, ha arruinado a la humanidad irremediablemente. Ahora nos hemos ido acostumbrando todos, poco a poco, a la nueva concepción de nuestra infinita pequeñez, a considerarnos casi menos que nada en el universo, con todos nuestros flamantes descubrimientos e inventos. ¿Y qué valor quiere, pues, que tengan las noticias, no digo de nuestras miserias particulares, sino también de las calamidades generales? Las nuestras son ya historias de gusanos. ¿Ha leído sobre el pequeño desastre de las Antillas? Nada. La Tierra, pobrecita, cansada de girar, como quiso aquel canónigo polaco, sin finalidad, ha hecho un pequeño movimiento de impaciencia y ha soplado un poco de fuego por una de sus tantas bocas. Vaya usted a saber lo que le habría producido esa especie de bilis. Tal vez la estupidez de los hombres, que nunca han sido tan fastidiosos como ahora. En fin: varios millares de gusanos asados. Y vamos tirando. ¿Quién habla ya de ello?
Sin embargo, don Eligio Pellegrinotto me hace observar que, por cuantos esfuerzos hagamos en el cruel intento de arrancar, de destruir las ilusiones que la próvida naturaleza nos había creado para nuestro bien, no lo conseguimos. Por fortuna, el hombre se distrae fácilmente.
Eso es verdad. Nuestro municipio, ciertas noches señaladas en el calendario, no enciende los faroles, y con frecuencia (si está nublado) nos deja a oscuras.
Lo que quiere decir, en el fondo, que seguimos creyendo que la luna no está en el cielo sino para darnos luz por la noche, como el sol durante el día, y las estrellas para ofrecernos un magnífico espectáculo. Sí, señor. Y de buena gana solemos olvidar que somos átomos infinitesimales, que tenemos que respetarnos y admirarnos unos a otros, y somos capaces de matarnos por un pedacito de tierra o de dolernos de ciertas cosas que, si estuviéramos verdaderamente compenetrados de lo que somos, tendrían que parecernos menudencias incalculables.
Pues bien: en gracia a esta distracción providencial, además de por la extrañeza de mi caso, yo hablaré de mí mismo, pero todo lo levemente que me sea posible, es decir, dando solamente aquellos pormenores que considere necesarios.
Algunos de estos, sin duda, no me honrarán mucho; pero me encuentro ahora en unas condiciones tan excepcionales que puedo considerarme ya como fuera de la vida y, por tanto, sin obligaciones ni escrúpulos de ninguna clase.
Comencemos.
He dicho con demasiada precipitación, al principio, que conocí a mi padre. No lo conocí. Tenía yo cuatro años y medio cuando murió. Habiéndose marchado con un barco suyo a Córcega, por ciertos negocios que hacía allí, no volvió, muerto a causa de una perniciosa enfermedad en tres días, a los treinta y ocho años. Sin embargo, dejó en buena posición a su mujer y a sus dos hijos: Mattia (que sería yo, y fui) y Roberto, dos años mayor que yo.
Algún viejo del pueblo se complace en dar a entender que la riqueza de mi padre (la cual, sin embargo, no debería ya hacerle sombra, pues ha pasado desde hace tiempo a otras manos) tenía orígenes —digámoslo así— misteriosos.
Según ellos, la obtuvo jugando a las cartas, en Marsella, con el capitán de un vapor mercante inglés, el cual, después de haber perdido todo el dinero que llevaba encima y que no debía de ser poco, se había jugado además un gran cargamento de azufre embarcado en la lejana Sicilia por cuenta de un comerciante de Liverpool (¡hasta esto saben!, ¿y el nombre?), de un comerciante de Liverpool que había fletado el vapor; por tanto, desesperado, después de zarpar, el capitán se había ahogado en alta mar. Así, el vapor había arribado a Liverpool aligerado también del peso del mismo. Por suerte, tenía aún como lastre la malicia de mis conciudadanos.
Poseíamos tierras y casas. Sagaz y aventurero, mi padre no tuvo nunca sede estable para sus negocios: siempre yendo de aquí para allá con su barco, compraba donde encontraba mejores cosas y en mejores condiciones, y enseguida revendía mercancías de todas clases; y, para no sentirse tentado a acometer empresas demasiado grandes y arriesgadas, invertía, a medida que las lograba, las ganancias en tierra y casas, aquí, en su pueblo, donde tal vez pensaba descansar pronto en la abundancia tan fatigosamente conquistada, contento y en paz entre su mujer y sus hijos.
Así compró primero la tierra de las Due Riviere, rica en olivos y en moreras; luego, la finca de la Stìa, también hoy muy productiva y con buen manantial de agua, que fue aprovechado para el molino; luego, toda la ladera del Sperone, que era la peor viña de nuestra comarca, y finalmente San Rocchino, donde edificó una preciosa villa. En el pueblo, además de la casa en que vivíamos, compró otras dos casas y toda esa manzana, donde ahora han hecho un arsenal.
Su muerte, casi repentina, fue nuestra ruina. Mi madre, inadecuada para el gobierno de la heredad, tuvo que confiarlo a uno que, por haber recibido tantos beneficios de mi padre, hasta el punto de que cambió de estado, ella creyó que debía de sentir al menos la obligación de un poco de gratitud, la cual, además del celo y de la honestidad, no le habría costado ningún sacrificio, ya que estaba espléndidamente remunerado.
¡Qué santa mujer mi madre! De naturaleza esquiva y placidísima, ¡tenía tan poca experiencia de la vida y de los hombres...! Cuando hablaba parecía una niña. Hablaba con acento nasal y reía también con la nariz, ya que siempre, como se avergonzaba de reír, apretaba los labios. De constitución muy débil, después de la muerte de mi padre estuvo siempre delicada de salud; pero nunca se quejó de sus males, ni creo que los llevara mal, ya que los aceptaba resignada, como una consecuencia natural de su desgracia. Tal vez esperaba morirse también, a causa del dolor, y seguramente daba las gracias a Dios, que le conservaba la vida, aunque fuera tan arrastrada y atribulada, por el bien de sus hijos.
Tenía por nosotros una ternura casi morbosa, llena de sobresaltos y de congoja: quería que estuviéramos siempre cerca de ella, como si temiera perdernos, y solía enviar a las criadas a que registraran la casa en cuanto alguno de nosotros se alejaba.
Como una ciega, se había abandonado a la tutela de su marido; al quedarse sin él, se sintió perdida en el mundo. Y no volvió a salir de casa, a excepción de los domingos, por la mañana temprano, para ir a la misa en la cercana iglesia, acompañada por las dos viejas criadas, a las que ella trataba como parientas. Es más: en la misma casa se limitó a vivir en tres habitaciones solamente, abandonando las muchas otras a los someros cuidados de las criadas y a nuestras diabluras.
En aquellas habitaciones emanaba de todos los muebles de antigua factura, de las cortinas descoloridas aquel olor especial de las cosas antiguas que parece casi como la respiración de otro tiempo; y recuerdo que más de una vez miré alrededor con una extraña consternación, causada por la silenciosa inmovilidad de aquellos viejos objetos, que hacía tantos años que estaban en el mismo sitio, pero sin uso, sin vida.
Entre aquellos que venían a visitar con más frecuencia a mi madre se encontraba una hermana de mi padre, solterona extravagante, con un par de ojos como de hurón, morena y orgullosa. Se llamaba Scolastica. Pero cada vez que venía se entretenía poquísimo, porque de repente, hablando, hablando, se enfadaba y salía corriendo sin despedirse de nadie. Yo, cuando era muchacho, le tenía mucho miedo. La miraba con los ojos muy abiertos, especialmente cuando la veía levantarse de un salto, enfurecida, y le oía gritar, dirigiéndose a mi madre y golpeando rabiosamente el suelo con un pie:
—¿No oyes qué ruido a hueco? ¡El topo! ¡El topo!
Aludía a Malagna, el administrador, que nos estaba cavando la fosa subrepticiamente a nuestros pies.
La tía Scolastica (lo he sabido luego) quería a toda costa que mi madre volviera a casarse. Las cuñadas no suelen tener esas ideas ni dar esos consejos, pero ella tenía un sentimiento duro y despectivo de la justicia, y más por eso, sin duda, que por amor hacia nosotros, no podía tolerar que aquel hombre nos robara de aquella forma, a mansalva. Ahora bien: dada la absoluta ineptitud y la ceguera de mi madre, no había otro remedio que un segundo marido. Y hasta lo tenía elegido en la persona de un pobre hombre que se llamaba Gerolamo Pomino.
Este era viudo, con un hijo, que vive todavía y se llama Gerolamo, como el padre: muy amigo mío, incluso más que amigo, como diré luego. Desde muchacho, venía con su padre a nuestra casa y era mi desesperación y la de mi hermano Berto.
El padre, de joven, había aspirado asiduamente a la mano de la tía Scolastica, que no le había hecho caso, como por otra parte no había hecho caso a ningún otro; y no porque no se hubiese sentido dispuesta a amar, sino porque la más lejana sospecha de que el hombre amado por ella hubiese podido traicionarla, aunque solo fuera con el pensamiento, le habría hecho cometer —decía— un delito. Para ella, todos los hombres eran unos hipócritas, unos bribones y unos traidores. ¿También Pomino? No, Pomino no. Pero se había dado cuenta de ello demasiado tarde. En todos los hombres aspirantes a su mano, y que luego se habían casado, ella había conseguido descubrir alguna traición, cosa que le había proporcionado gran regocijo. Solo de Pomino, nada que decir; al contrario, el pobre hombre había sido un mártir de la mujer.
¿Y por qué, pues, ahora no se casaba con él? ¡Vaya, porque era viudo! Había pertenecido a otra mujer, en la que acaso alguna vez habría podido pensar. Y luego, porque... ¡vamos!, se veía desde cien leguas que, a pesar de su timidez, estaba enamorado, estaba enamorado... ¡Ya se sabe de quién, pobre señor Pomino!
¡Figuraos si mi madre hubiera consentido nunca en ello! Le habría parecido un auténtico sacrilegio, pero tal vez ni siquiera creía, la pobrecita, que la tía Scolastica hablara en serio; y se reía de aquella manera suya particular cuando su cuñada se enfadaba, ante las exclamaciones del pobre señor Pomino, que se encontraba presente en las discusiones, y al que la solterona dedicaba los elogios más desmesurados.
Me imagino cuántas veces habrá exclamado, removiéndose en su asiento como sobre un potro de tortura:
—¡Oh, por el santo nombre de Dios bendito!
Hombrecito lindo, atildado, de ojillos azules mansos, creo que se empolvaba y que tenía también la debilidad de aplicarse un poco de colorete, muy poco, un velo, en las mejillas: seguro que se complacía de haber conservado hasta su edad los cabellos, que se peinaba con grandísimo cuidado en forma de mariposa y se alisaba continuamente con las manos.
Yo no sé cómo habrían andado nuestros asuntos si mi madre, no por ella misma, sino en consideración al porvenir de sus hijos, hubiese seguido el consejo de la tía Scolastica y se hubiese casado con el señor Pomino. Pero no hay duda de que peor de como fueron, confiados a Malagna (¡el topo!), no habrían podido ir.
Cuando Berto y yo fuimos mayores, gran parte de nuestra hacienda se había esfumado; pero habríamos podido, al menos, salvar de las garras de aquel ladrón el resto, que, si bien ya no con esplendidez, nos habría permitido vivir sin apuros. Fuimos dos vagos; no quisimos preocuparnos de nada, y seguimos viviendo de mayores como nuestra madre nos había acostumbrado de pequeños.
Ni siquiera había querido mandarnos a la escuela. Un tal Pinzone fue nuestro ayo y preceptor. Su verdadero nombre era Francesco o Giovanni Del Cinque; pero todos le llamaban Pinzone, y él estaba tan acostumbrado que se llamaba a sí mismo Pinzone.
Era de una delgadez que daba escalofríos, de estatura muy elevada; y habría sido más alto si el busto, de repente, como si estuviera cansado de crecer grácilmente hacia arriba, no se hubiera curvado bajo la nuca, formando una discreta joroba, de la cual parecía salir penosamente el cuello, como el de un pollo desplumado, con una gran nuez protuberante que le iba arriba y abajo. Pinzone solía esforzarse en apretar los labios entre los dientes, como para morder, comprimir y ocultar una risita cortante que era característica suya; pero el esfuerzo, en parte, resultaba inútil, porque esa risita, al no poder salir por los labios de esa manera aprisionados, le salía por los ojos más aguda y burlona que nunca.
Muchas cosas debía de ver con esos ojillos en nuestra casa, que ni nuestra madre ni nosotros veíamos. No hablaba, tal vez porque no consideraba que era su deber hablar, o porque (lo que creo más probable) gozaba de ello en secreto, venenosamente.
Nosotros hacíamos de él todo lo que queríamos; él nos dejaba hacer; pero luego, como si quisiera estar en paz con su conciencia, cuando menos lo esperábamos, nos traicionaba.
Un día, por ejemplo, nuestra madre le ordenó que nos llevara a la iglesia; se acercaba la Pascua y teníamos que confesarnos. Después de la confesión, una visita a la mujer de Malagna, que estaba enferma, y, enseguida, a casa. ¡Menuda diversión! Pero, en cuanto estuvimos en la calle, los dos propusimos a Pinzone una escapada: le pagaríamos un litro de vino bueno con tal de que él, en lugar de ir a la iglesia y a casa de Malagna, nos dejara ir a la Stìa a buscar nidos. Pinzone aceptó, felicísimo, frotándose las manos, con los ojos brillantes. Bebió, fuimos a la finca, hizo el loco con nosotros durante tres horas, ayudándonos a encaramarnos a los árboles, encaramándose él mismo. Pero por la noche, de regreso a casa, en cuanto mi madre le preguntó si nos habíamos confesado y habíamos visitado a Malagna, repuso con la cara más dura del mundo:
—Verá, le diré... —Y le contó, punto por punto, todo lo que habíamos hecho.
De nada servían las venganzas que nos tomábamos de esas traiciones. Y, sin embargo, me acuerdo de que no eran cosa de risa. Una noche, por ejemplo, Berto y yo, sabiendo que solía dormir, sentado en el arquibanco, en el recibidor, en espera de la cena, saltamos furtivamente de la cama, en la que nos habían metido por castigo antes de la hora acostumbrada, conseguimos encontrar un tubo de estaño, de lavativa, de dos palmos de largo, y lo llenamos con agua jabonosa del lavadero. Así armados, fuimos cautelosamente hasta él, le acercamos el tubo a la nariz y, ¡fiuuu!... Le vimos pegar un salto hasta el techo.
No será difícil imaginar lo que debíamos adelantar en nuestros estudios con tal preceptor. Sin embargo, la culpa no era de Pinzone, ya que él, con tal de hacernos aprender algo, no reparaba en métodos ni disciplina, y recurría a mil expedientes para atraer de alguna manera nuestra atención. Conmigo, que era de naturaleza muy impresionable, solía conseguirlo. Pero él tenía una erudición totalmente suya, curiosa y estrambótica. Por ejemplo, era muy sabio en juegos de palabras: conocía la poesía fidenziana y la macarrónica, la burchiellesca y la leporeámbica, y citaba aliteraciones y versos correlativos, encadenados y retrógrados, de todos los poetas ociosos, y no pocas rimas compuestas por él mismo.
Recuerdo que en San Rocchino un día nos hizo repetir no sé cuántas veces esta poesía suya titulada Eco:
In cuor di donna quanto dura amore?
—(Ore).
Ed ella non mi amò quant’io l’amai?
—(Mai).
Or chi sei tu che sì ti lagni meco?
—(Eco).[1]
Y nos daba para descifrar todos los Enigmas en octavas de Giulio Cesar Croce, y aquellos, en sonetos, de Moneti, y los otros, también en sonetos, de otro desocupado que había tenido el valor de ocultarse bajo el nombre de Catón de Utica. Los había copiado, con tinta color tabaco, en una vieja libreta de páginas amarillentas.
—Escuchad, escuchad este otro de Stigliani. ¡Precioso! ¿Qué será? Escuchad:
A un tempo stesso io mi son una, e due,
E fo due ciò ch’era una primamente.
Una mi adopra con le cinque sue
Contra infiniti che in capo ha la gente.
Tutta son bocca dalla cinta in sue,
E più mordo sdentata che con dente.
Ho due bellichi a contrapposti siti,
Gli occhi ho ne’ piedi, e spesso a gli occhi i diti.[2]
Me parece estar viéndolo todavía en el momento de recitar, rezumando deleite por toda la cara, con los ojos entornados, haciendo con los dedos un remolino.
Mi madre estaba convencida de que bastaba para nuestras necesidades lo que Pinzone nos enseñaba; y tal vez, al oírnos recitar los enigmas de Croce o de Stigliani, creía que teníamos de sobra. No así la tía Scolastica, la cual (no habiendo conseguido colocar a mi madre a su predilecto Pomino) se dedicaba a perseguirnos a Berto y a mí. Pero nosotros, fuertes bajo la protección de mamá, no le hacíamos caso, y ella se enfadaba de tal manera que, si hubiera podido hacerlo sin que la vieran o la oyeran, nos habría pegado hasta despellejarnos. Recuerdo que una vez, al salir corriendo en uno de sus acostumbrados enfados, topó conmigo en una de las habitaciones abandonadas; me agarró por la barbilla y me la apretó fuertemente con los dedos, diciéndome:
—¡Guapo, guapo, guapo! —Y acercando, a medida que lo decía, su cara a la mía, con sus ojos en mis ojos, emitió una especie de gruñido y me dijo, entre dientes—: ¡Morro de perro!
Siempre la tomaba conmigo, que, sin embargo, aprovechaba mucho más que Berto, no había comparación, las enseñanzas de Pinzone. Pero debía de ser mi cara plácida y oronda y aquellos grandes lentes redondos que me habían puesto para enderezarme un ojo, el cual, no sé por qué, tendía a mirar por su cuenta hacia otro lado.
Aquellos lentes eran para mí un verdadero martirio. Un buen día los tiré y dejé al ojo en libertad de que mirara a donde le diera la gana. A pesar de todo, aunque hubiera mirado rectamente, no me habría hecho más guapo. Yo rebosaba de salud, y me bastaba.
A los dieciocho años me invadió la cara una barba rojiza y rizada, con perjuicio de la nariz, más bien pequeña, que se encontró como perdida entre ella y la frente, amplia y grave.
Tal vez, si fuera facultad del hombre la elección de una nariz adecuada a su cara, o si nosotros, al ver a un pobre hombre oprimido por una nariz demasiado grande para su cara roma, pudiéramos decirle: «Esta nariz me va bien a mí, me la llevo»; tal vez, digo, habría cambiado gustoso la mía, y también los ojos, y muchas otras partes de mi persona. Pero, sabiendo perfectamente que no se puede, seguí resignado con mis facciones, y no me preocupaba mucho de ello.
Berto, al contrario, hermoso de cara y de cuerpo (al menos, comparado conmigo), no sabía separarse del espejo, y se atildaba y se acariciaba y malgastaba dinero sin fin en las corbatas más nuevas, en los perfumes más exquisitos, en ropa interior y vestuario. Para fastidiarle, un día cogí yo de su guardarropa un frac flamante, un chaleco elegantísimo de terciopelo negro, el clac, y me fui, así vestido, de caza.
Batta Malagna, mientras tanto, iba a quejarse con mi madre de las malas añadas, que le obligaban a contraer deudas muy onerosas para satisfacer nuestros excesivos gastos y los muchos trabajos de reparación de que tenían constantemente necesidad los campos.
—Acabamos de recibir otro golpe! —decía cada vez, al entrar.
La niebla había destruido en flor las aceitunas de las Due Riviere; o bien la filoxera, los viñedos del Sperone. Era preciso plantar viñas americanas, que resistían al mal; y, por tanto, otras deudas. Luego, el consejo de vender el Sperone, para librarse de los usureros que le asediaban. Y así, primero se vendió el Sperone; luego, Due Riviere; después, San Rocchino. Nos quedaban las casas y la finca de la Stìa, con el molino. A mi madre no la habría sorprendido que un día fuera a decirle que se había secado el manantial.
Nosotros fuimos, en verdad, unos vagos, y gastábamos sin medida; pero también es verdad que un ladrón más ladrón que Batta Malagna nunca volverá a nacer sobre la faz de la tierra. Es lo menos que puedo deciros, en consideración al parentesco que me vi obligado a contraer con él.
Él tuvo la habilidad de que no nos faltara nada mientras vivió mi madre. Pero aquella opulencia, aquella libertad hasta el capricho de que nos dejaba gozar, servía para esconder el abismo que luego, muerta mi madre, hubo de tragarme a mí solo, ya que mi hermano tuvo la suerte de contraer a tiempo un matrimonio ventajoso.
Mi matrimonio, en cambio...
—¿Tendré que hablar, verdad don Eligio, de mi matrimonio?
Encaramado allá arriba, en su escalera de farolero, don Eligio Pellegrinotto me contestaba:
—¿Y por qué no? Claro. Pulcramente...
—¡Qué pulcramente! Usted sabe muy bien que...
Don Eligio se ríe, y toda la iglesuca desconsagrada con él. Luego me aconseja:
—Si yo fuera usted, señor Pascal, antes me leería algún cuento de Boccaccio o de Bandello... Por el tono, por el tono...
Don Eligio la tiene tomada con el tono. ¡Puaf! Yo escribo como me viene.
Valor, pues. ¡Adelante!