Nunca empieces un libro hablando del tiempo.
¿Quién dijo eso? No lo recuerdo. Algún escritor famoso, supongo.
Quien fuera tenía razón. Hablar de la climatología es aburrido. Nadie quiere leer sobre el tiempo que hace, y menos aún en Inglaterra, donde resulta tan omnipresente. La gente quiere leer sobre la gente, y suele saltarse los párrafos descriptivos, me da la sensación.
Evitar hablar del tiempo es un consejo sensato, pero voy a desoírlo por mi cuenta y riesgo. Será la excepción que confirme la regla, espero. No sufras, esta historia no está ambientada en Inglaterra, así que no voy a hablar de la lluvia. El límite lo pongo ahí, en la lluvia: ningún libro debería empezar con lluvia. Jamás. Sin excepción.
Voy a hablar del viento. El viento que azota las islas griegas. El indomable e impredecible viento de Grecia. Un viento que te hace perder la cordura.
Esa noche, la noche del asesinato, arreciaba un viento furibundo. Era un vendaval feroz, furioso, que arremetía contra los árboles, racheaba por los senderos, silbaba, aullaba, arramblaba con todo sonido y se daba a la fuga con él.
Leo estaba fuera cuando oyó los disparos. Se encontraba en la parte de atrás de la casa, en el huerto, y se había puesto a gatas porque le habían entrado arcadas. No estaba borracho, solo colocado. ( Mea culpa , me temo. El chico nunca había fumado maría, así que seguramente no debería habérsela ofrecido). Después de una experiencia inicial casi extática —con visión sobrenatural incluida, al parecer—, sintió náuseas y empezó a vomitar.
Fue justo entonces cuando el viento se abalanzó sobre él y le metió el sonido en los oídos: pum, pum, pum. Tres disparos, muy seguidos.
Leo se puso en pie con dificultad y luchó contra el vendaval para abrirse paso en dirección a los tiros, tratando de mantener la verticalidad mientras se alejaba de la casa, avanzaba por el sendero y cruzaba el olivar hacia las ruinas.
Y allí, desovillado y tendido en el suelo del claro, vio un cuerpo.
Yacía sobre un charco de sangre cada vez mayor, rodeado por un semicírculo de columnas de mármol medio derrumbadas que proyectaban sus sombras sobre él. Leo se acercó con cautela intentando verle la cara, y entonces retrocedió, tambaleante y contrayendo el rostro a causa del horror, abriendo ya la boca para gritar.
Yo llegué con los demás justo en ese momento: a tiempo para oír el inicio del alarido de Leo antes de que el viento le arrebatara el sonido de los labios y saliera huyendo para desaparecer con él en la oscuridad.
Todos permanecimos un segundo inmóviles y en silencio. Fue un instante horrible, aterrador, como el clímax de una tragedia griega.
Pero la tragedia no terminó ahí.
Aquello solo era el principio.
Primer acto
Esta es la historia más triste que he oído jamás.
F ORD M ADOX F ORD, El buen soldado
Esta es la crónica de un asesinato.
Aunque quizá eso no sea del todo cierto. En el fondo se trata de una historia de amor, ¿verdad? La clase de historia de amor más triste de todas, la que habla del final del amor, de su muerte.
De manera que supongo que ya lo había dicho bien al principio.
Tal vez creas que sabes lo que ocurrió. Seguramente leíste algo sobre ello en su momento. A la prensa amarilla le encantó, no sé si lo recordarás. «La isla asesina » fue un titular muy sonado. Y no es de extrañar, en realidad, porque la historia contaba con los ingredientes perfectos para causar sensación: una antigua estrella del cine que llevaba una vida recluida, una isla privada griega aislada por el viento y, cómo no, un asesinato.
Escribieron un montón de basura sobre esa noche. Toda clase de teorías descabelladas y erróneas sobre lo que pudo o no pudo haber pasado. Yo evité leer nada de todo ello. No me interesaban las especulaciones desinformadas sobre lo que debió de ocurrir en la isla.
Sabía lo que había sucedido. Estuve allí.
¿Que quién soy yo? Pues soy el narrador de esta historia... y también uno de sus personajes.
Éramos siete, en total, atrapados en la isla.
Uno de nosotros era un asesino.
Pero, antes de que empieces a apostar por quién de nosotros fue, me siento obligado a informarte de que esto no es una novela de suspense centrada en la resolución de un asesinato. Gracias a Agatha Christie, todos sabemos cómo se supone que se desarrolla ese tipo de obra: alguien comete un crimen que nadie se explica, y a ello le sigue una investigación tenaz, una solución ingeniosa y, luego, con algo de suerte, un sorprendente giro final. Esta, sin embargo, es una historia real, no una obra de ficción. Habla de personas de verdad, en un lugar que existe. En todo caso, podría decirse que se trata de una novela de suspense centrada en resolver por qué se cometió el asesinato, un tratado del carácter humano, un estudio sobre quiénes somos y por qué hacemos lo que hacemos.
Lo que sigue es un intento sincero y sentido de reconstruir los acontecimientos de esa noche aciaga: el asesinato en sí, pero también todo lo que condujo a su culminación. Me comprometo a presentarte los hechos puros y duros, o lo más que pueda acercarme a ello. Todo cuanto hicimos, dijimos y pensamos.
«Pero ¿cómo? —te oigo preguntar—. ¿Cómo es posible?». ¿Que cómo puedo saberlo absolutamente todo? ¿No solo cada una de las acciones que se llevaron a cabo, todo lo que se dijo y se hizo, sino también las cosas que no se hicieron ni se dijeron, los pensamientos que jamás salieron de las cabezas de los demás?
Me baso en gran medida en las conversaciones que mantuvimos, tanto antes como después del asesinato..., quienes sobrevivimos, claro está. En cuanto a la víctima, confío en que me concedas licencia poética para presentarte su vida interior. Dado que soy dramaturgo de profesión, puede que esté mejor preparado que la mayoría para esa labor en concreto.
Mi relato se nutre también de las notas que tomé antes y después del crimen. Una aclaración a este respecto: hace ya años que tengo por costumbre escribir cuadernos de notas. No los llamaría diarios, puesto que no están estructurados como tales. Solo son un registro de mis pensamientos, ideas, sueños, retazos de conversaciones que he oído por ahí, mis observaciones sobre el mundo. Los cuadernos en sí no son nada particular, simples libretas Moleskine negras, muy corrientes. Tengo la correspondiente a ese año abierta junto a mí, y sin duda la consultaré a medida que avancemos.
Hago hincapié en todo esto para que, si en algún punto de la narración te llevo a engaño, comprendas que ha sido sin querer, y no adrede; es que, al haber presenciado los hechos en primera persona, acabo presentándolos torpemente de manera sesgada. Gajes del oficio, supongo, cuando se narra una historia en la que resulta que uno interpreta un papel secundario.
No obstante, haré lo posible por no apropiarme del relato demasiado a menudo, aunque, de todos modos, espero que me permitas alguna que otra digresión de vez en cuando. Y, antes de que me acuses de contar mi historia de una forma laberíntica, déjame recordarte que se trata de una historia veraz, y así es como nos comunicamos en la vida real, ¿o no? Somos caóticos: saltamos adelante y atrás en el tiempo, ralentizamos y extendemos algunos momentos, aceleramos otros para pasarlos deprisa, vamos editando sobre la marcha para minimizar fallos y maximizar aciertos. Todos somos narradores poco fidedignos de nuestra propia vida.
Qué curioso. Siento que, ahora mismo, mientras te cuento todo esto, tú y yo deberíamos estar sentados en los taburetes de la barra de un bar. Como dos viejos amigos que han salido a tomar algo.
«Esta es una historia para cualquiera que haya amado alguna vez», declaro mientras te paso tu bebida —un copazo, porque lo necesitarás—, tú te acomodas y yo empiezo a contar.
Te ruego que no me interrumpas mucho, por lo menos al principio. Más adelante habrá numerosas oportunidades para debatir lo que quieras. De momento, te pido que tengas la cortesía de escucharme, como harías con un buen amigo que te cuenta una anécdota interminable.
Ha llegado la hora de presentar al elenco de sospechosos, y por orden de importancia. Esto implica que, durante un rato y a regañadientes, debo abandonar el escenario. Aguardaré entre bambalinas, esperando mi pie para entrar.
Empecemos, como es de rigor, por la estrella.
Empecemos por Lana.
Lana Farrar era una estrella de cine.
Era una gran actriz. Saltó a la fama siendo muy joven, en aquellos tiempos en los que el estrellato todavía significaba algo, antes de que cualquiera que tuviera conexión a internet pudiera convertirse en un famoso.
Muchos conocerán su nombre o habrán visto sus películas, sin duda. Hizo demasiadas para nombrarlas aquí. Si te pareces un poco a mí, les tendrás bastante cariño a un par de ellas.
Pese a llevar retirada una década, aún gozaba de fama al inicio de nuestro relato, y es evidente que Lana Farrar será recordada hasta mucho después de que yo haya muerto y quede olvidado, como si jamás hubiera existido. Y con razón. Tal como Shakespeare escribió sobre Cleopatra, se ha ganado «un lugar en la historia».
A Lana la descubrió a los diecinueve años el legendario productor de Hollywood Otto Krantz, ganador de varios Oscar, con quien más adelante se casó. Hasta su muerte prematura, Otto empleó toda su influencia y su considerable energía en promocionar la carrera de Lana, e incluso concibió películas enteras con el único propósito de servir de vehículo de lucimiento del talento de su mujer. Aun así, Lana estaba destinada a ser una estrella, con Otto o sin él.
No era solo que tuviera un rostro perfecto, la belleza pura y luminosa de un ángel de Botticelli —esos ojos de un azul insondable—, tampoco su porte o su forma de hablar, ni su famosa sonrisa. No; Lana poseía otra cualidad, algo intangible, un aire de semidiosa, algo mítico, mágico, que te impelía a no apartar la mirada, fascinado. En presencia de una belleza así, solo podías abandonarte a la contemplación.
Participó en muchas películas cuando era muy joven, aunque, para serte sincero, daban la sensación de estar hechas un poco al tuntún. De todos modos, mientras que sus comedias románticas, en mi opinión, tenían muchos altibajos y sus películas de suspense pasaron sin pena ni gloria, al fin dio con el filón cuando interpretó su primera tragedia. Fue haciendo de Ofelia en una adaptación moderna de Hamlet , papel que le valió su primera nominación a los Oscar. A partir de ahí, sufrir con grandeza se convirtió en su especialidad. Melodramas o dramones lacrimógenos; los llamemos como los llamemos, en ellos Lana brillaba interpretando a cualquier protagonista romántica malhadada, desde Ana Karénina hasta Juana de Arco. Nunca se quedaba con el chico, rara vez llegaba viva al final..., y la adorábamos por ello.
Como imaginarás, hizo ganar una gran cantidad de dinero a muchísimas personas. Cumplidos los treinta y cinco, durante un par de años que resultaron económicamente catastróficos para la Paramount, los estudios se mantuvieron a flote gracias a los beneficios de uno de sus mayores éxitos. Por eso, una oleada de estupefacción recorrió la industria cuando, de la noche a la mañana, en la cúspide de su fama y su belleza, Lana anunció que se retiraba a la tierna edad de cuarenta años.
El porqué de su decisión fue un misterio y estaba destinado a seguir siéndolo, ya que no ofreció explicación alguna. Ni entonces ni en los años posteriores. Lana nunca habló de ese tema en público.
A mí sí me lo contó, sin embargo, una noche de invierno en Londres, mientras nos tomábamos un whisky junto al fuego y contemplábamos los copos de nieve amontonarse al otro lado de la ventana. Ella me explicó toda esa historia y yo le hablé de...
Mierda. Y dale. Ya estoy colándome en la narración. Está visto que, pese a mis mejores intenciones, no consigo mantenerme al margen de la historia de Lana. Tal vez deba reconocer mi derrota, aceptar que los dos estamos inextricablemente unidos, entrelazados como un ovillo de hilo enmarañado, y que es imposible diferenciarnos o desenredarnos.
De todos modos, aunque así sea, no entablaríamos amistad hasta más adelante. En este punto de la historia todavía no nos conocíamos. Por aquel entonces, yo vivía en Londres con Barbara West. Y Lana, por supuesto, estaba en Los Ángeles.
Lana nació y se crio en California. Allí era donde vivía, trabajaba y rodaba la mayoría de sus películas. Sin embargo, cuando Otto murió y ella se retiró, decidió dejar Los Ángeles para empezar de cero en otro lugar.
Pero ¿dónde?
Fue Tennessee Williams quien dijo que, cuando te retiras del mundo del cine, no hay adónde ir..., a menos que te vayas a la luna.
Lana no se fue a la luna, claro. En lugar de eso, se marchó a Inglaterra.
Se trasladó a Londres con su hijo pequeño, Leo. Se compró una casa enorme en Mayfair, de seis plantas. No tenía intención de quedarse allí mucho tiempo, o en todo caso no para siempre; era un experimento temporal, un coqueteo con una nueva forma de vida mientras descubría qué hacer con el resto de sus días.
El problema fue que, al dejar de verse definida por su absorbente carrera, Lana llegó a la incómoda conclusión de que no sabía quién era ni lo que quería hacer. Se sintió perdida, según me dijo.
A quienes recordamos las películas de Lana Farrar nos cuesta imaginarla «perdida». En la pantalla sufría mucho, pero con estoicismo, fortaleza interior y muchísimas agallas. Se enfrentaba a su destino sin pestañear siquiera y siempre luchaba hasta el final. Era todo lo que se esperaba de una heroína.
En la vida real, Lana no podía ser más diferente de su identidad cinematográfica. Al tratarla en un ambiente más íntimo, empezabas a atisbar a la persona que se ocultaba tras esa fachada: alguien más frágil y complicado. Una persona que tenía mucha menos confianza en sí misma. La mayoría de la gente no llegaba a ver a esa otra Lana, pero, a medida que se desarrolle esta historia, tú y yo tendremos que estar ojo avizor, pues es ella quien guarda todos los secretos.
Esta «discrepancia», a falta de una palabra mejor, entre las identidades pública y privada de Lana es algo que me costó años asimilar. Sé que a ella también. Sobre todo al principio de dejar Hollywood e instalarse en Londres.
Por suerte, no tuvo que luchar mucho tiempo contra aquellos miedos antes de que el destino interviniera y Lana se enamorase, nada menos que de un inglés. Un apuesto hombre de negocios algo más joven que ella, de nombre Jason Miller.
Si ese enamoramiento fue, en realidad, cosa del destino o tan solo una distracción oportuna, una excusa para que Lana pospusiera, quizá indefinidamente, todos esos complicados dilemas existenciales sobre sí misma y su futuro, es algo debatible. Al menos en mi opinión.
El caso es que Lana y Jason se casaron, y Londres se convirtió en su residencia permanente.
Londres le gustaba. Sospecho que en gran medida se debía a que los ingleses son personas reservadas y allí la gente solía dejarla en paz. Abordar a antiguas estrellas de cine por la calle para pedirles fotografías y autógrafos no forma parte de la idiosincrasia inglesa, por muy famosas que sean. Así que, las más de las veces, Lana podía pasear por la ciudad sin que nadie la molestara.
Y paseaba mucho. A Lana le gustaba caminar, siempre que el tiempo lo permitiera.
Ay, el tiempo... Como todo el que pasa una larga temporada en Gran Bretaña, Lana acabó obsesionándose con el tiempo de una forma enfermiza. A medida que transcurrían los años, se convirtió en una fuente constante de frustración. Londres le gustaba, pero, tras casi diez años viviendo allí, la ciudad y su climatología acabaron siendo sinónimos para ella. Estaban unidas de manera inextricable: Londres equivalía a «humedad», equivalía a «lluvia», equivalía a «gris».
Ese año había sido algo más lúgubre de lo habitual. Estábamos casi en Semana Santa y todavía no habíamos atisbado siquiera la primavera. En esos momentos amenazaba con llover.
Lana estaba cruzando el Soho cuando miró arriba, hacia el cielo encapotado. Y, cómo no, a continuación notó una gota de lluvia en la cara... y otra en la mano. «Maldita sea». Sería mejor dar media vuelta enseguida, antes de que empeorara.
Volvió sobre sus pasos, pero también sobre sus pensamientos, y regresó al espinoso tema al que había estado dando vueltas poco antes. Algo la inquietaba, pero no sabía el qué. Llevaba varios días sintiendo ansiedad. Se notaba intranquila, agitada, como si algo la persiguiera y ella intentara escabullirse por callejuelas estrechas con la cabeza gacha para esquivar lo que fuera que iba tras ella. Pero ¿qué era?
«Piensa —se dijo—. Averígualo».
Mientras caminaba, fue haciendo inventario de su vida en busca de alguna preocupación o una insatisfacción evidente. ¿Se trataba de su matrimonio? No lo creía. Jason estaba estresado con el trabajo, pero eso no era nuevo; su relación se encontraba en un buen momento. El problema no estaba ahí. ¿Dónde, entonces? ¿Era su hijo, Leo? ¿Era por su conversación del otro día? Pero si no había sido más que una charla amistosa sobre su futuro, ¿verdad?
¿O se trataba, en realidad, de algo mucho más complicado que eso?
Otra gota de lluvia la distrajo. Lana miró hacia las nubes con rencor. No era de extrañar que no lograra pensar con claridad. Si por lo menos pudiera ver el cielo... Ver el sol.
Sin detenerse, empezó a plantearse cómo escapar de ese clima. Menos mal que a eso sí podía ponerle remedio.
¿Qué tal un cambio de aires? El fin de semana siguiente era Semana Santa. ¿Y si organizaba un viaje improvisado en busca de un poco de sol?
¿Por qué no se iban unos días a Grecia? ¿A la isla?
Eso, ¿por qué no? Les sentaría bien a todos: a Jason, a Leo... y a la propia Lana a la que más. Pensó que también podría invitar a Kate y a Elliot.
«Sí, será divertido». Sonrió. La perspectiva de un poco de sol y cielos azules le levantó el ánimo al instante.
Sacó el móvil del bolsillo.
Llamaría a Kate de inmediato.
Kate estaba en mitad de un ensayo.
Faltaba poco más de una semana para que estrenaran en el Old Vic una muy esperada nueva producción de Agamenón , la tragedia de Esquilo, en la que ella interpretaba a Clitemnestra.
Estaban con el primer ensayo en el teatro, y no iba demasiado bien. Kate todavía tenía dificultades con su personaje, concretamente con su texto, lo cual, a esas alturas del campeonato, no era buena señal.
—¡Por el amor de Dios, Kate! —gritó el director, Gordon, con su retumbante acento de Glasgow desde el patio de butacas—. ¡Estrenamos dentro de diez días! Por lo que más quieras, ¿no puedes sentarte con el puto libro y aprenderte tu texto de una vez?
Kate estaba tan exasperada como él.
—Me lo sé, Gordon. El problema no es ese.
—Pues, entonces, ¿cuál es? Ilumíname, querida, por favor. —Pero Gordon hablaba cargado de sarcasmo y no esperó respuesta—. ¡Seguimos! —exclamó.
Entre tú y yo — entre nous , que decía Barbara West—, no me extraña en absoluto que Gordon perdiera los nervios.
Verás, pese al enorme talento de Kate —porque poseía un talento descomunal, no nos engañemos—, también era caótica, desordenada, temperamental, bastante impuntual, beligerante a menudo..., y no siempre se presentaba sobria. Aunque también, desde luego, era brillante, carismática, divertida y tenía un instinto infalible para resultar genuina, tanto en el escenario como fuera de él. La combinación de todo eso, como había descubierto el pobre Gordon, suponía que trabajar con ella fuese una auténtica pesadilla.
Ay, pero eso no es justo, ¿no? Colar mi juicio así, de tapadillo, por decirlo de algún modo, como si no fueras a darte cuenta. Qué ladino soy, ¿verdad?
Había prometido ser objetivo, en la medida de lo posible, y dejarte decidir con libertad. Así que debo mantener mi palabra. De ahora en adelante me esforzaré por guardarme mis opiniones para mí.
Me atendré a los hechos:
Kate Crosby era una actriz teatral británica. Creció en Londres, en el seno de una familia trabajadora, al sur del río, aunque todo rastro de acento popular había sido erradicado hacía tiempo por años de escuela de arte dramático y educación vocal. Kate hablaba con lo que solía conocerse como un acento de la BBC —bastante refinado y difícil de ubicar—, aunque debe decirse que su vocabulario seguía siendo tan poco afectado como siempre. Era deliberadamente provocadora y con un toque como de «chica de feria», como decía Barbara West. Aunque yo la describiría más como «arrabalera».
Corría una famosa anécdota sobre la vez que Kate conoció al rey Carlos, que entonces todavía era el príncipe de Gales, en un almuerzo benéfico organizado por este. Kate le preguntó a Carlos si los lavabos estaban muy lejos y añadió que le corría tanta prisa, señor, que a una mala era capaz de mearse en el lavamanos. Carlos, por lo visto, soltó una carcajada, conquistado por completo. Sin duda, Kate se había asegurado allí mismo un futuro título de dama.
Cuando arranca nuestra historia tenía cuarenta y muchos años. Puede que más; es difícil saberlo con certeza. Como sucede con muchos actores, la fecha exacta de su nacimiento cambiaba a voluntad. No aparentaba la edad que tenía, de todos modos. Era toda una belleza. Tan morena como Lana era rubia; ojos oscuros, pelo oscuro... A su manera, Kate era tan atractiva como su amiga yanqui. Sin embargo, al contrario que Lana, solía llevar muchísimo maquillaje, se pintarrajeaba el párpado con delineador y se aplicaba varias capas de espeso rímel negro en las pestañas para acentuar sus grandes ojos. Que yo sepa, nunca se quitaba ese rímel; creo que se limitaba a añadir una o dos capas nuevas todos los días.
Kate daba una imagen más «de actriz» que Lana: cargada de joyas, collares, pulseras, pañuelos, botas, grandes abrigos... Parecía hacer todo lo posible por llamar la atención. Mientras que Lana, que en muchos sentidos era verdaderamente extraordinaria, vestía siempre con una sencillez absoluta, como si atraer sobre ella una atención inmerecida fuera de mal gusto, o algo así.
Kate era una persona histriónica, exuberante, con una energía desbordante. Bebía y fumaba sin parar. En eso, y en cualquier otro sentido, supongo, Lana y Kate podrían considerarse polos opuestos. Debo reconocer que su amistad siempre fue un pequeño misterio para mí. Parecían tener muy poco en común y, aun así, eran muy buenas amigas. Y desde hacía mucho tiempo.
De hecho, de todas las historias de amor que se entrelazan en este relato, la relación de Lana y Kate fue la que empezó primero, la que duró más... y, tal vez, la más triste de todas.
¿Cómo llegaron a trabar amistad dos personas tan diferentes?
Supongo que la juventud tuvo mucho que ver en ello. Los amigos que hacemos de jóvenes rara vez son el tipo de persona que buscamos más adelante. La cantidad de tiempo que hace que los conocemos les confiere, si se quiere, una especie de cualidad nostálgica; les concedemos cierto margen de actuación, un pase sin restricciones a nuestra vida.
Kate y Lana se habían conocido treinta años antes, en un plató de cine. Rodaban en Londres una película independiente, una adaptación de La edad ingrata , de Henry James, en la que Vanessa Redgrave interpretaba a la protagonista, la señora Brook. Lana era su hija, la ingenua Nanda Brookenham, y a Kate le había tocado el personaje cómico secundario de la prima italiana, Aggie. Hizo reír a Lana tanto delante como detrás de la cámara, y a lo largo de ese verano de rodaje las dos jóvenes se hicieron amigas. Kate introdujo a Lana en la vida nocturna londinense, y pronto estaban saliendo todas las noches a pasárselo en grande... y presentándose con resaca en el plató. A veces, conociendo a Kate, sin duda borrachas todavía.
Hacer un amigo nuevo es como enamorarse, ¿verdad? Y Kate fue la primera amiga íntima de Lana. La primera aliada de su vida.
¿Por dónde iba? Perdona, está resultándome un poco complicado ofrecer una narración cronológica. Debo esforzarme y no irme por las ramas, o nunca llegaremos a la isla, y menos aún al asesinato.
El ensayo de Kate, eso era.
Bueno, aquello seguía avanzando a trancas y barrancas, y ella continuaba atascándose a cada paso. No era porque no se supiera su texto, que se lo sabía; era que no se encontraba cómoda con su papel. Se sentía perdida.
Clitemnestra es un personaje icónico. La femme fatale original. Mató a su marido y a la amante de este. Un monstruo... o una víctima, según se mire. ¡Qué gran regalo para una actriz! Algo a lo que hincarle el diente de verdad. O eso pensaría cualquiera, en todo caso. A la interpretación de Kate, sin embargo, le faltaba nervio. Parecía incapaz de encontrar en su interior el ardor griego que requería. Necesitaba colarse de algún modo bajo la piel del personaje, llegar a su fuero interno y entrar en su mente; descubrir un pequeño resquicio que le permitiera conectar con Clitemnestra y hacer nido en su interior. Actuar, para Kate, era un proceso fangoso y mágico. En esos momentos, en cambio, no había magia por ninguna parte. Solo fango.
Continuaron hasta el final como buenamente pudieron. Kate se hizo la fuerte, pero por dentro estaba destrozada. Menos mal que tenía unos días libres por Semana Santa, antes del ensayo técnico y del general. Unos días para reorganizarse, repensar... y rezar.
Al terminar el ensayo, Gordon anunció que, después de las vacaciones, quería que todo el mundo se supiera el texto al dedillo.
—O no me hago responsable de mis actos. ¿Está claro?
Lo dijo dirigiéndose al elenco al completo, pero todos sabían que se refería a Kate.
Esta le ofreció una gran sonrisa y le dio un beso falso en la mejilla.
—Gordon, cielo, no te preocupes, que está todo controlado. Te lo prometo.
Él, nada convencido, puso los ojos en blanco.
Kate desapareció entre bastidores para recoger sus cosas. Todavía no había acabado de instalarse en el camerino de la estrella, que estaba hecho un desastre: bolsas a medio vaciar, maquillaje y ropa por todas partes.
Lo primero que hacía en sus camerinos era encender una vela de jazmín que siempre compraba para que le diera buena suerte y ahuyentar ese olor tan rancio de los interiores de los teatros: aire viciado, madera vieja, moqueta, ladrillo visto lleno de humedades... y los cigarrillos que fumaba a escondidas echando el humo por la ventana, por supuesto.
Tras encender otra vez la vela, Kate rebuscó en su bolso, sacó un bote de pastillas y se echó un Xanax en la palma de la mano. No quería el comprimido entero, solo un trocito, «un mordisquito» para calmar un poco la ansiedad. Lo partió primero por la mitad, después separó un cuarto con los dientes y dejó que el fragmento amargo de la pastilla se le disolviera en la lengua. Paladeó su intenso sabor químico; imaginaba que, si sabía mal, era que funcionaba.
Kate miró por la ventana. Estaba lloviendo, aunque no parecía un aguacero muy intenso. Seguro que no tardaría en despejar. Saldría a dar una vuelta por el río. Un paseo le sentaría bien. Necesitaba aclararse. Tenía tantas cosas en la cabeza que se sentía sobrepasada... Se le venía mucho encima, mucho en lo que pensar y de lo que preocuparse, pero en esos momentos no era capaz de enfrentarse a ello.
Quizá le viniera bien un trago. Abrió la neverita que había debajo del tocador y sacó una botella de vino blanco.
Se sirvió una copa y se sentó sobre el tocador. Se encendió un cigarrillo; estaba terminantemente prohibido por las normas de la sala, so pena de muerte, pero qué narices... Por cómo pintaban las cosas, sería la última vez que actuaría en ese teatro. O en cualquier otro, para el caso.
Le lanzó una mirada de odio al texto, que le correspondió desde el tocador. Kate alargó la mano y lo puso boca abajo. «Menudo desastre». ¿Qué le había hecho pensar que Agamenón sería una buena idea? Debía de estar colocada cuando aceptó el papel. Se estremeció al imaginar las despiadadas reseñas. La crítica teatral de The Times ya la odiaba; se lo pasaría en grande despellejándola. Igual que ese cabrón del Evening Standard .
Entonces le sonó el móvil; una distracción muy bienvenida para aparcar esos pensamientos. Lo alcanzó y miró la pantalla. Era Lana.
—Hola. ¿Todo bien? —dijo Kate al contestar.
—Pronto lo estará —repuso esta—. Se me ha ocurrido que lo que necesitamos todos es un poco de sol. ¿Te vienes?
—¿Qué?
—A la isla. Por Semana Santa. —Lana siguió hablando sin dejar que contestara—. No me digas que no. Seremos solo nosotros. Tú, yo, Jason, Leo. Y Agathi, claro. No sé si decírselo también a Elliot, que me está incordiando mucho últimamente. Bueno, ¿qué me dices?
Kate fingió pensárselo y lanzó la colilla por la ventana, hacia la lluvia.
—Ya estoy reservando el vuelo.
La isla de Lana fue un regalo. Un obsequio de amor.
Se la compró Otto por su boda. Un regalo ridículamente extravagante, cierto, pero eso era típico de Otto, por lo visto. Según cuentan, era todo un personaje.
La isla estaba en Grecia, en la parte meridional del mar Egeo, y pertenecía a un extenso archipiélago conocido como las Cícladas. Seguro que te suenan las más famosas, Miconos y Santorini, pero la mayoría están deshabitadas... y son inhabitables. Hay unas cuantas de propiedad privada, como la que Otto le regaló a Lana.
Lo cierto es que la isla no costó tanto como podrías pensar. Quedaba fuera del alcance de los sueños más descabellados de la mayoría de los mortales, por supuesto, pero, puesta en contexto —para lo que es una isla—, no había resultado tan cara ni de comprar ni de mantener.
Para empezar, era minúscula. No llegaba a un centenar de hectáreas; poco más que una roca. Y, teniendo en cuenta que sus nuevos propietarios eran un productor cinematográfico de Hollywood y su musa, Otto y Lana tenían un servicio doméstico muy modesto. Solo contrataron a un empleado a tiempo completo, un guarda que era toda una historia en sí mismo, una anécdota que a Otto le encantaba contar deleitándose, como era su costumbre, en la idiosincrasia griega. Estaba absolutamente cautivado por los lugareños. Y hay que reconocer que allí, lejos de la Grecia continental, la gente de las islas podía ser bastante excéntrica.
El lugar habitado más cercano era Miconos, a veinte minutos en barco. Así que, por supuesto, fue allí donde Otto decidió buscar al futuro guarda para la isla de Lana. Sin embargo, encontrarlo resultó más difícil de lo esperado. Por lo visto, nadie estaba dispuesto a vivir en aquel islote, ni siquiera por el generoso sueldo que ofrecía.
No era solo que el guarda tuviera que soportar una vida aislada y solitaria, sino que también existía un mito, una historia local de fantasmas, que decía que la isla estaba encantada desde la época romana. Se creía que daba mala suerte poner un pie en ella, y mucho más vivir allí. Una gente supersticiosa, esos miconios.
Al final, solo encontró un voluntario para el trabajo: Nikos, un joven pescador.
Nikos tenía unos veinticinco años y había enviudado hacía poco. Era un hombre callado y sombrío. Lana me dijo que creía que sufría una grave depresión. Según le había contado a Otto, lo único que deseaba era estar solo.
Era casi analfabeto y hablaba un inglés muy rudimentario, pero Otto y él conseguían entenderse, a menudo gracias a complicados gestos. No firmaron ningún contrato, solo se dieron un apretón de manos.
Desde entonces, Nikos vivía solo en la isla durante todo el año, como guarda de la propiedad y hortelano extraoficial. Al principio no había allí ningún huerto. Nikos estuvo viviendo dos años en la propiedad antes de empezar a plantar nada, pero, cuando lo hizo, el éxito fue inmediato.
Un año después, Otto, animado por los denuedos del guarda, encargó que enviaran varios frutales desde Atenas. Transportaron los árboles con un helicóptero, colgados de cuerdas: manzanos, perales, melocotoneros y cerezos. Los plantaron todos en una parcela protegida por muros, y allí crecieron con fuerza. Todo parecía florecer en esa isla de amor.
Suena bonito, ¿a que sí? Idílico, lo sé. Aún hoy, resulta tentador idealizarlo. Nadie quiere oír la verdad, todos suspiramos por el cuento de hadas. Y así era como el mundo exterior veía la historia de Lana: una vida preciosa y mágica. Pero, si algo he aprendido, es que las cosas rara vez son lo que parecen.
Una noche, años después, Lana me contó la verdad sobre Otto y ella: que su matrimonio de ensueño no era tal como lo pintaban. Quizá fuera inevitable. La abrumadora personalidad de Otto, su generosidad, su ambición y su empuje imparable iban acompañados de otras cualidades menos atractivas. Él era mucho mayor que Lana, por ejemplo, y tenía una actitud paternal hacia ella, incluso patriarcal. Controlaba sus actos, dictaba lo que debía comer y cómo debía vestir, era crítico hasta la crueldad con cualquier decisión que ella tomara, minaba su seguridad, la avasallaba y, cuando estaba borracho, la maltrataba emocional e incluso físicamente.
No puedo por menos de sospechar que, de haber seguido juntos más tiempo, al cumplir años Lana y volverse más independiente, al final se habría rebelado contra él. Seguro que algún día lo habría dejado, ¿no crees?
Jamás lo sabremos. Solo unos años después de su boda, Otto murió de un ataque al corazón, nada menos que en el aeropuerto internacional de Los Ángeles. Iba a reunirse con Lana en la isla, para descansar, siguiendo órdenes del médico. Por desgracia, nunca llegó a su destino.
Tras la muerte de Otto, Lana pasó varios años sin acercarse a la isla. Los recuerdos y las asociaciones le resultaban demasiado traumáticos. Sin embargo, con el paso del tiempo empezó a recordar sin tanto dolor el lugar y todos los buenos momentos que habían compartido allí. Así que decidió regresar.
A partir de entonces, iba a la isla por lo menos dos veces al año, y en ocasiones más aún. Sobre todo después de trasladarse a Inglaterra, cuando empezó a necesitar un lugar en el que refugiarse de su clima.
Antes de continuar, debo hablarte de las ruinas. Tienen un papel importante en nuestra historia, como pronto comprobarás.
Las ruinas eran mi lugar preferido de la isla. Un semicírculo formado por seis columnas de mármol, rotas y erosionadas, en un claro rodeado de olivos. Un enclave evocador, fácil de imbuir de magia. Un rincón perfecto para la contemplación. Yo solía ir a sentarme en aquellas piedras, solo para respirar y escuchar el silencio.
Las ruinas eran vestigios del complejo de una antigua villa que se había erigido en la isla hacía más de mil años. Había pertenecido a una adinerada familia romana, y lo único que quedaba de él eran esas columnas medio derrumbadas que, según les contaron a Lana y a Otto, en su día habían constituido un teatro íntimo, un pequeño auditorio en el que se representaban funciones privadas.
Una historia encantadora aunque algo artificiosa, en mi opinión. Enseguida sospeché que algún agente inmobiliario ambicioso se la había inventado con la esperanza de apelar a la imaginación de Lana. Si fue así, funcionó. Lana quedó cautivada al instante; a partir de entonces, siempre llamó a esas ruinas «el teatro».
Así que, durante un tiempo, Otto y ella resucitaron la antigua tradición: las noches de verano representaban allí escenas y obras breves, escritas e interpretadas por la familia y sus huéspedes. Una práctica que, por suerte, abandonaron mucho antes de que yo empezara a visitar la isla. Francamente, la perspectiva de tener que soportar las diletantes aptitudes teatrales de estrellas de cine invitadas era más de lo que me veía capaz de aguantar.
Aparte de las ruinas, en la isla solo había un par de edificaciones, ambas bastante más recientes: la cabaña del guarda, donde residía Nikos, y la casa principal en sí.
La casa se encontraba en el centro de la isla y era una monstruosidad de piedra arenisca con más de cien años. Sus muros eran de un amarillo claro, tenía un tejado de terracota rojiza y contraventanas verdes de madera. Otto y Lana la ampliaron, le añadieron metros y renovaron las zonas más destartaladas. Construyeron una piscina y una casita de invitados en el jardín, y también un embarcadero de piedra en la playa más accesible, donde amarraban la lancha motora.
Resulta difícil describir lo preciosa que llega a ser la isla... ¿Que llegaba a ser? Me cuesta un poco escoger los tiempos verbales. No estoy seguro de dónde me encuentro, ¿en el presente o en el pasado? Sé dónde me gustaría estar, si por mí fuera. Daría cualquier cosa por regresar allí ahora mismo.
Lo veo todo claramente ante mí. Cierro los ojos y vuelvo estar en la isla. En la terraza de la casa, con una copa fría en la mano, disfrutando de las vistas. El terreno es bastante llano en casi toda su extensión, así que se alcanza a ver hasta muy lejos: incluso más allá de los olivos, hasta las playas y las calas y el agua turquesa y clara. Esa agua, cuando está en calma, es de un azul cristalino, casi translúcido. Sin embargo, como la mayoría de las cosas en esta vida, tiene más de una naturaleza. Cuando sopla el viento —y sopla a menudo—, el embate de las olas y las corrientes remueven la arena del fondo marino y vuelven el agua turbia, oscura y peligrosa.
El viento maltrata ese confín del mundo. Lo azota durante todo el año. No de una forma constante ni siempre con la misma intensidad, pero de vez en cuando se enfurece y arrecia sobre el mar para acosar las islas. La abuela de Agathi solía llamar al viento egeo to ménos , que significa «la furia».
La isla también tiene nombre, por cierto.
Le pusieron Aura por la diosa griega del aire matutino o la brisa. Un nombre precioso que no hacía sospechar la ferocidad del viento, ni de la diosa misma.
Aura era una deidad menor, una ninfa, una cazadora compañera de Artemisa. Los hombres no le gustaban mucho y solía matarlos por diversión. Cuando dio a luz a dos niños, devoró a uno de ellos antes de que Artemisa consiguiera hacer desaparecer al otro enseguida.
Así era como los lugareños hablaban del viento, por cierto: lo consideraban un monstruo devorador. No me extraña que lo incluyeran en sus mitos, en sus historias, personificado en la figura de Aura.
Eso era algo que yo tenía la suerte de no conocer de primera mano. El viento, quiero decir. La isla la había visitado varias veces a lo largo de los años, y siempre con la buena fortuna de encontrar un tiempo insólitamente dócil. A menudo me había librado de un temporal por solo uno o dos días.
Pero ese año no. Ese año, la furia me alcanzó.
Al final, Lana me invitó a la isla pese a haberle dicho a Kate que yo estaba incordiándola mucho.
Por cierto, soy Elliot, por si no lo habías adivinado.
Y Lana solo bromeaba cuando dijo eso. Así era nuestra relación. Nos tomábamos mucho el pelo. Siempre chispeantes, como las burbujas de una copa de Bollinger.
Aunque no es que me ofrecieran precisamente champán en mi vuelo a Grecia. Ni siquiera cava. Al contrario que a Lana y a su familia, imagino. Ellos volaron a la isla de la misma forma que Lana viajaba a todas partes: en jet privado. Los simples mortales como yo íbamos en aviones comerciales. Y, las más de las veces en esa época, por desgracia, en aerolíneas de bajo coste.
De manera que es aquí, en un prosaico mostrador de facturación del aeropuerto de Gatwick, donde entro en esta historia. Como sabes, he estado esperando con impaciencia el momento de presentarme, y ahora, al fin, nos conoceremos como es debido.
Espero no decepcionarte como narrador. Me gusta pensar que se me considera una compañía aceptable: soy bastante entretenido, más bien directo y de natural bondadoso. Incluso profundo, en ocasiones. Después de haberte invitado a unas cuantas copas, quiero decir.
Rondo los cuarenta, un par de años arriba o abajo, aunque suelen decirme que aparento menos. Eso se debe sin duda a mi negativa a madurar, y más aún a envejecer. Por dentro sigo sintiéndome como un niño. ¿No le pasa a todo el mundo?
Soy de estatura media, quizá algo más alto. Tengo una constitución delgada, aunque ya no estoy tan flaco como antes. Solía desaparecer si me ponía de lado. Eso estaba bastante relacionado con el tabaco, por supuesto. Ahora lo tengo controlado, solo fumo algún porro de vez en cuando y un cigarrillo de uvas a peras, pero cuando tenía veintitantos o treinta y pocos, madre mía, estaba enganchadísimo. Solía funcionar solo a base de humo y café. Estaba escuchimizado, era un culo de mal asiento, un verdadero manojo de nervios y se me comía el ansia. Debía de ser un auténtico placer estar conmigo, vamos. Menos mal que me he calmado un poco.
Eso es lo único bueno que diré sobre envejecer. Que finalmente te calmas.
Tengo los ojos y el pelo oscuros, como mi padre. Y diría que soy más bien del montón. Algunos me han descrito como «atractivo», pero yo no me considero nada semejante... A menos que la iluminación sea buena.
Barbara West decía siempre que, en la vida, las dos cosas más importantes eran la iluminación y el sentido de la oportunidad. Tenía razón. Si la luz es demasiado deslumbrante, solo veo mis defectos. Detesto mi perfil, por ejemplo, y ese remolino raro que me levanta el pelo en la coronilla. También mi barbilla minúscula. Siempre me llevo una sorpresa desagradable cuando me veo de soslayo en el espejo del probador de unos grandes almacenes, con ese pelo desastroso, una nariz enorme y sin mandíbula. No tengo aspecto de estrella de cine, pongámoslo así. Al contrario que todos los demás de esta historia.
Crecí en las afueras de Londres. Cuanto menos se diga de mi infancia, mejor. Despachémosla con la menor cantidad de palabras posible, ¿te parece? ¿Qué tal dos?
«Pura oscuridad». Eso lo resume bastante bien.
Mi padre era un bestia, mi madre bebía. Juntos, vivían rodeados de mugre, miseria y fealdad. Como dos niños borrachos peleándose en una alcantarilla.
No me compadezcas, por favor; no pretendo ofrecerte aquí unas memorias de mi sufrimiento. Me limito a constatar los hechos. Sospecho que es una historia bastante común. Igual que muchos otros niños, demasiados, sobreviví a una infancia que se caracterizó por largos periodos de abandono y desatención, tanto física como emocional. Rara vez me acariciaban o jugaban conmigo, mi madre casi nunca me abrazaba, y la única ocasión en que mi padre me puso una mano encima fue llevado por la ira.
Eso me cuesta más perdonarlo. Entiéndeme, no la violencia física, que pronto aprendí a aceptar como parte de la vida, sino la falta de contacto humano. También las repercusiones que tuvo para mí más adelante, ya en mi vida adulta. ¿Cómo expresarlo? Provocó que sintiera extrañeza —¿miedo, incluso?— ante la cercanía de otra persona. Y eso me complicó muchísimo cualquier relación de carácter íntimo, tanto física como sentimental.
No veía la hora de marcharme de casa. Para mí, mis padres eran como dos desconocidos; me parecía inconcebible estar emparentado siquiera con ellos. Me sentía como un alienígena, un extraterrestre adoptado por una forma de vida inferior, sin más opción que la de escapar y buscar a otros individuos de mi misma especie.
Perdona si te ha parecido arrogante. Es solo que, cuando te has pasado años varado en la isla desierta de la infancia, atrapado junto a unos padres que son coléricos, borrachos, sarcásticos hasta decir basta y siempre despectivos; que nunca te apoyan, que te intimidan y te denigran, que se burlan de ti porque te gusta el colegio, o el arte; que ridiculizan cualquier cosa que sea remotamente sensible, emotiva, intelectual..., creces un poco enfadado, más bien a la defensiva, y te vuelves susceptible.
Creces decidido a defender tu derecho a ser... ¿qué, exactamente? ¿Diferente? ¿Alguien muy particular? ¿Un bicho raro?
Por si en estos momentos estoy hablando con alguien joven, déjame que te dé un consejo al que aferrarte: no desesperes si eres diferente. Porque esa misma diferencia, eso que al principio es fuente de vergüenza, algo humillante y doloroso, llegará un día en que se convertirá en una insignia de orgullo y honor.
Lo cierto es que, en la actualidad, me enorgullezco de ser diferente. Doy gracias por serlo. E incluso cuando era niño, cuando me odiaba a más no poder, presentía que ahí fuera había otro mundo. Un mundo mejor, donde tal vez yo encajara. Un mundo más luminoso, al otro lado de la oscuridad, iluminado por focos.
¿De qué estoy hablando? Del teatro, por supuesto. Piensa en ese momento en que el auditorio se oscurece, solo el telón reluce, el público se aclara la garganta al unísono, se acomoda, siente el hormigueo de la expectación. Es magia, simple y llanamente; es más adictivo que cualquier droga que haya probado jamás. Desde muy joven, entreviéndolo en las salidas escolares en las que nos llevaban a ver obras de la Royal Shakespeare Company, el National Theatre o las matinés del West End, supe que tenía que hacerme un sitio en ese mundo.
También comprendí, con la misma claridad, que, si quería que ese mundo me aceptara, debía cambiar.
Tal como era, no resultaba lo bastante bueno. Debía convertirme en otra persona.
Al escribirlo ahora parece absurdo —incluso doloroso—, pero entonces lo creía de corazón. Estaba convencido de que debía cambiarlo todo de mí: mi nombre, mi aspecto, la forma de moverme, de vocalizar, los temas de los que hablaba, lo que pensaba. Para formar parte de ese fantástico nuevo mundo debía convertirme en otro, en alguien mejor.
Y por fin, un día, lo conseguí.
Bueno, o casi... Todavía quedó un leve rastro de mi antiguo yo, como una mancha de sangre en un suelo de madera, que deja una tenue marca rojiza por mucho que la frotes.
Mi nombre completo, por cierto, es Elliot Chase.
Me halaga pensar que tal vez no te sea desconocido... ¿Sueles ir al teatro? Aunque no te suene mi nombre, quizá hayas oído hablar de mi obra. ¿No la habrás visto, tal vez? Los derrotistas cosechó un gran éxito a ambos lados del Atlántico. Se representó en Broadway durante un año y medio y ganó varios premios. «Incluso me nominaron a un Tony», declara con modestia.
No está mal para un dramaturgo primerizo, ¿eh?
Desde luego, también se oyeron los inevitables comentarios insidiosos y viperinos, malintencionados rumores difundidos por una sorprendente cantidad de escritores amargados, mayores y con más renombre que yo, envidiosos del éxito instantáneo, tanto de crítica como de público, logrado por ese joven. Me acusaron de toda clase de barbaridades, que iban desde el plagio hasta el robo descarado. Supongo que es comprensible. Soy un blanco fácil. Es que, verás, durante muchos años viví con Barbara West, la novelista. Hasta su muerte.
Al contrario que yo, Barbara no necesita presentación. Seguro que incluso la estudiaste en el colegio. Sus relatos breves siempre aparecen en los planes de estudio, y eso que, en mi poco compartida opinión, suele estar sobrevalorada.
Barbara era muchos años mayor que yo cuando nos conocimos, y ya andaba mal de salud. Estuve con ella hasta el final.
No la amaba, por si te lo estabas preguntando. Nuestra relación era más un trato de conveniencia que un asunto romántico. Yo era su acompañante, su sirviente, su chófer, su conseguidor, su saco de boxeo. Una vez le pedí que se casara conmigo, pero me rechazó. Tampoco quiso aceptar que fuéramos pareja de hecho. De modo que no éramos ni amantes ni pareja; ni siquiera éramos amigos. No hacia el final, en todo caso.
Aun así, Barbara me dejó en herencia su casa. Una vieja mansión de Holland Park que se caía a pedazos. Era gigantesca y horrible, y no podía permitirme mantenerla, así que la vendí y, con lo que saqué, viví muy felizmente durante varios años.
Lo que no me legó fueron los royalties de ninguno de sus éxitos de ventas editoriales, que me habrían supuesto seguridad económica de por vida. En lugar de eso, los repartió entre diferentes entidades benéficas y primos segundos de Nueva Escocia a los que apenas conocía.
Ese desheredamiento por parte de Barbara fue su última demostración de rencor hacia mí en una relación que se caracterizó por sus pequeñas mezquindades. No pude perdonárselo. Por eso escribí esa obra basada en nuestra vida en común. Un acto de venganza, dirás.
No soy un exaltado. Cuando me enfado, no me dejo llevar por la ira, sino que me siento, muy callado, muy quieto, armado con lápiz y papel..., y tramo mi resarcimiento con una precisión gélida. Esa obra le dio la estocada final: exhibía nuestra relación en forma de parodia, y con Barbara en el papel de la vieja chocha, vanidosa y ridícula que era.
Entre tú y yo, reconozco que la furiosa indignación que provocó entre los fieles fans de Barbara de todo el mundo me supuso más placer incluso que el éxito comercial que tuvo.
Bueno, tal vez eso no sea del todo cierto.
Jamás olvidaré el día que mi obra se estrenó en el West End. Llevaba a Lana del brazo, porque esa noche habíamos salido juntos. Y, por un breve instante, sentí lo que debe de sentir un famoso. Los flashes de las cámaras, los aplausos atronadores, el público en pie para ovacionarte. Fue la noche más soberbia de mi vida. Últimamente la recuerdo a menudo, y sonrío.
Este parece un buen momento para poner fin a esta digresión. Regresemos a la narración central: volvamos a Kate, a mí y a nuestro viaje desde el lluvioso Londres a la soleada Grecia.