La madre abrió, sin llamar, la puerta de la ha bitación del hijo y permaneció observándolo unos instantes con expresión de duda.
—¿Qué pasa? —preguntó el joven apartando la vista del ordenador.
—Carlos…
—¿Qué? —insistió él.
—Tu padre ha muerto —dijo ella.
—…
—Se mató con la moto —añadió tras morderse el labio inferior.
Ese hombre turbio, pensó el joven.
Era cuanto sabía de él, pues se lo había oído mil veces a su madre: «Es un hombre turbio». A lo que solía añadir: «Se desentendió de ti a los cuatro días de que nos separáramos».
Debió de ser muy pronto, pues Carlos no guardaba memoria de su físico. No recordaba haber estado en sus brazos, tampoco que le hubiera cogido de la mano, como los padres de las películas, o también como los padres de la vida real. Había visto a los padres de la vida real de niño, cuando iban a recoger a sus hijos al colegio y cruzaban con ellos la calle, los dos cuerpos, el cuerpo grande y el pequeño, unidos por las manos. Se recordó, de súbito, frente a un urinario de aquel mismo colegio, con la mirada pues ta en la pared. Mientras se desabrochaba los pantalones, alguien dijo a sus espaldas: «No tiene padre».
Desde entonces, cada vez que utilizaba un urinario público, volvía a escuchar dentro de su cabeza aquella frase.
No tiene padre.
O, mejor aún, su padre era un bulto. Jamás había visto fotos de él, ropa de él, caligrafía de él. Estaba borrado de su vida real, aunque en su imaginación gozaba de una presencia constante, a veces para bien y con frecuencia para mal. Para bien, cuando lo imaginaba como una especie de misionero o de cooperante que los había abandonado para alfabetizar a otros niños, más necesitados que él, perdidos en países remotos. Ese padre vendría un día a buscarlo para que lo ayudara en su labor filantrópica y recorrerían el mundo salvándolo del hambre y la ignorancia. Para mal, cuando solo era capaz de imaginarlo como el hombre turbio y egoísta que describía su madre, a quien él castigaría sin piedad alguna cuando, pobre y hambriento, regresara al hogar en busca de refugio y perdón. En esta versión, lo mataría, mataría a su padre, y lo mataría con sus propias manos, delante de la madre abandonada, que agradecería aquella venganza entregándose sin límites al hijo justiciero.
Carlos vivía con tal intensidad aquellas fantasías que no era raro que enfermase de ellas. Volvía a la realidad demacrado y con fiebres tan altas como inexplicables que lo salvaban de ir al colegio durante los tres o cuatro días que duraba el acceso, días, por cierto, que pasaba en el dormitorio de su madre, intentando imaginar qué lado de aquella cama oceánica había ocupado su padre antes de abandonarlos. En cierta ocasión buscó sinónimos de turbio en el diccionario y encontró los siguientes: confuso, oscuro, complicado, difícil, opaco, sombrío, turbulento…
¿Todo eso había sido aquel hombre?
Carlos se echó a llorar al sentir que su madre le ofrecía la noticia del fallecimiento como un raro obsequio de cumpleaños, pues ese día cumplía dieciocho: ya era mayor de edad.
Las aventuras y desventuras que había imaginado con aquel hombre que quizá le quiso y al que él tal vez habría querido se le vinieron abajo de repente. Ya no tendría la posibilidad ni de huir con él de la madre solícita ni de matarlo para poseerla sin temor al castigo.
—Hay una cosa buena —añadió la mujer ignorando el llanto del hijo—, y es que has heredado, además de unos ahorros, su casa, que podrás alquilar hasta que te independices y luego vivir en ella. Si te apetece, claro.
—¿Cuándo es el entierro?
—Fue hace una semana. No te lo he dicho antes para ahorrarte el trago. No sabía cuándo decírtelo, estaba esperando el momento.
—¿Y este es el momento?
La madre dudó, volvió a morderse el labio.
—Tenías exámenes… No sé, he hecho lo que me pareció mejor para ti.
Carlos se imaginó en el tanatorio, frente al cadáver de su padre, amortajado con un traje oscuro y una corbata negra. Hablaba telepáticamente con él. Le decía cuánto lo había odiado, pero también cuánto lo había querido. Veía el ataúd, el cuerpo, lo veía todo con un detalle sorprendente, todo menos el rostro, que aparecía pixelado, como los de algunos delincuentes en los telediarios. Tenía cincuenta años cuando murió.
Me tuvo con treinta y dos, calculó el joven.
—Las motos —concluyó la madre antes de abandonar la habitación— son matahombres. Nunca te compres una.
Días después, tras llevar a cabo los trámites relativos a la declaración de herederos, madre e hijo fueron a la casa del padre para tomar posesión de ella y ver de qué había que desprenderse y de qué no antes de ponerla en alquiler. Llovía mucho y reinaba en la ciudad una negrura como de eclipse moral.
Eran las cinco de la tarde.
La casa se encontraba en el décimo piso de una torre de quince en la que la mayoría de las ventanas daban a la M-40, una de las carreteras de circunvalación de Madrid. Carlos permane ció un rato hipnotizado por el espectáculo de los coches, que circulaban allá abajo, pegados los unos a los otros, levantando con las ruedas abanicos de agua. Su madre lo sacó del ensimismamiento.
—Voy a empezar por el dormitorio —dijo como invitándole a quedarse solo unos instantes, por si quisiera, supuso el joven, establecer con el fallecido la comunicación telepática que ella le había negado al ocultarle su entierro.
Cuando la mujer desapareció por el pasillo, Carlos fue de un lado a otro del salón, intentando imaginarse a su padre dentro de aquella estancia en la que, de no ser por los libros que tapizaban las paredes, casi todo resultaba impersonal y escaso. Los muebles, de serie, eran los previsibles. Frente a la televisión había sin embargo una butaca articulada, de piel, que no armonizaba con el resto: parecía un capricho. Desde esa butaca, pensó el joven, veía su padre las películas ordenadas en una zona de la estantería perfectamente distinguible de la de los libros. Carlos no era aficionado al cine, tampoco era lector, por lo que apenas se detuvo a mirar los títulos de unas ni de otros.
Con movimientos cautelosos, como el intruso que se sentía, accedió al pasillo, al que se abrían cuatro puertas (tres habitaciones y un baño, supuso, pues la cocina estaba a la entrada). Su madre trasteaba en la del fondo, así que se introdujo en la primera de la derecha, que tenía el aspecto de un despacho. En la mesa de trabajo, ordenada y neutra, destacaba un cuaderno de tapas blandas cuyas primeras páginas aparecían escritas con una caligrafía clara aunque nerviosa, que atribuyó a su padre. Alterado por el descubrimiento, se sacó los faldones de la camisa y, procurando no dañarlo, ocultó el cuaderno a su espalda, sujetándolo con la presión de la correa del pantalón. Después se recolocó la camisa y anduvo unos pasos para comprobar que resistía.
Enseguida, fingiendo un sosiego que no sentía, fue al encuentro de su madre, que observaba pensativa los objetos del dormitorio, también muy escasos. Parecía decepcionada.
—¡Qué austeridad! —exclamó.
—Sí —confirmó Carlos.
—¿Qué hacías tú?
—Echaba un vistazo por ahí.
—¿Algo de interés?
—Nada. Muchos libros.
El joven se asomó con aprensión al cuarto de baño anexo al dormitorio, que olía a cuarto de baño usado. Le pareció percibir un olor corporal que le recordaba al propio. Vio sobre el lavabo una ma quinilla de afeitar de la misma marca que utilizaba él y un vaso de plástico del que sobresalía un cepillo de dientes.
En la tercera habitación, quizá para invitados, descubrieron una tabla de planchar y camisas arrugadas sobre la cama.
Las camisas del padre.
Oscurecía cuando Carlos y su madre volvían a casa. La lluvia había cesado. De vez en cuando el cielo se iluminaba con un relámpago seguido disciplinadamente de su trueno. Llevaban la ventanilla del coche abierta, pues discurría junio y la temperatura era buena. Daba gusto respirar aquella humedad después de varios meses de contaminación y sequía. Conducía la madre. Carlos aún no tenía carné.
—¿Por qué vivía solo? —preguntó.
—Porque era un hombre turbio —respondió la madre como quien recita una letanía—, y los hombres turbios suelen vivir solos.
—Tú también vives sola.
—Vivo contigo. Además, tengo novio. Cualquier día lo meto en casa, ya verás.
—Aparte de los libros y las películas, tenía pocas cosas.
—¿Quién?
—¿Quién va a ser? Mi padre.
—Mejor así, porque vaciar una casa es un ho rror.
Esa noche, después de asegurarse de que su madre se había metido en la cama, Carlos se encerró en su habitación, abrió el cuaderno del padre por la primera página y leyó:
Escribo estas líneas bajo la presión de la muerte. De la muerte de una niña de diez años que era mi hija, aunque solo su madre y yo lo sabíamos. La he matado yo, aunque no puedo demostrarlo.
Vivo en este piso desde hace casi veinte años, desde que rompí con mi mujer al poco de tener con ella un hijo al que dimos mi nombre, Carlos, con quien perdí el contacto por pánico a quererlo. Elegí, para separarme del niño, un proceso de distanciamiento que se prolongó a lo largo de varios meses al objeto de que la amputación no resultara dolorosa para ninguno de los dos. Aun así, el corte dejó en mí una herida que, sin resultar profunda, jamás cicatrizó y que se traduce en un malestar continuo, aunque menor, supongo, que el que provoca el amor a los hijos cuando eres consciente de que cada uno de los latidos de su corazón es un suceso inexplicable; cada respiración, un acontecimiento único; cada parpadeo, un milagro.
Decidí no tener ese hijo por la vía de alejarme de él, de eliminarlo de mi vida. Es lo que hice asimismo con la primera y única novela que intenté escribir y que dejé a medias y que por fin quemé como el que liquida al testigo de un crimen. También aquello me hirió, pero no tanto como los esfuerzos por sacarla adelante. Me prometí entonces no volver a escribir ni a tener hijos y lo cumplí hasta esta recaída en la que relato al papel algo que solo él, el papel, soportaría.
Vamos a ello.
Hace unos doce años, se instaló en el piso contiguo al mío una pareja de jóvenes recién casados con la que establecí una intensa amistad. El marido, por su trabajo, viajaba mucho, de manera que empezó a ser habitual que la mujer y yo nos viéramos a solas, generalmente en mi piso. A Amelia, que así se llama, le gustaba leer y sacaba mucho provecho de mi biblioteca. Como enseguida adiviné sus preferencias, solía acertar en mis recomendaciones. Los personajes de las novelas, pues ella no leía otra cosa que nove las, fueron creando entre nosotros un vínculo que rebasó las fronteras de la amistad.
Comenzamos a pasar juntos algunas noches de aquellas en las que el marido se encontraba fuera.
Las noches enteras no. Ella salía de madrugada, abría la puerta de la casa de al lado y se metía en su cama, que, en cierto modo, dada la disposición en espejo de las dos viviendas, parecía un reflejo de la mía.
No vi peligro alguno en la aventura porque ella era, como yo, muy cuidadosa y, también como yo, no le pedía futuro a la relación. Tampoco nos sentíamos deshonestos respecto del marido ya que, según me contaba Amelia, el vínculo con él había mejorado desde que comenzáramos el nuestro.
Un día, Amelia me confesó que estaba embarazada y me aseguró que el padre de la criatura era yo. Había hecho sus cálculos y sabía hasta la noche de la concepción. Me puse en guardia, pero ella, con paciencia, me liberó de mis aprensiones. Fingiría que la criatura era de su marido y dejaríamos de vernos a solas. La creí, porque era mujer de convicciones firmes, de modo que, superados los primeros momentos de desconcierto y pánico, comencé a ilusionarme con la idea de una paternidad sin compromisos, clandestina: ser padre sin las tribulaciones inherentes a la paternidad, pero teniendo a la hija —pues enseguida se supo que se trataba de una niña— en la casa de al lado. La vería crecer, le haría regalos por sus cumpleaños, me llamaría «tío».
El tío Carlos.
Me pareció bien. Quizá aquella segunda experiencia con la paternidad aliviara el daño que me había producido la primera.
La niña, Macarena, nació, y yo eché una mano a los padres primerizos. Luego, con el paso de los años me convertí, efectivamente, en una especie de tío de la cría, que por fortuna no había heredado ningún rasgo físico mío: se parecía muchísimo a la madre. Con frecuencia, cuando sus padres tenían que salir, hacía de canguro con mucho gusto, pues resultó ser una niña despierta y muy curiosa. Además, ella gozaba tanto de mi compañía como yo de la suya.
Cuando Macarena tenía cinco años, sus padres se separaron, debido a lo cual mi relación con ella y con su madre devino más intensa, tanto que, aunque ellas vivían en su casa y yo en la mía, constituíamos una verdadera familia.
Algunas tardes la recogía yo del colegio, la llevaba a mi casa y la ayudaba con los deberes para que acabara pronto y pudiera ver la televisión antes de volver a su casa. A veces me contaba historias del colegio y de sus amigas mientras nos comíamos un bol de pistachos, que le encantaban. Yo observaba sus gestos con atención, buscando en ella rasgos míos que felizmente no encontraba.
Nuestras vidas transcurrían con tranquilidad, en fin, aunque no podría negar que por debajo de aquella calma se agitaba el mismo demonio que me había llevado a abandonar a mi anterior familia y a destruir la novela inacabada.
El otro día, Macarena me dijo que le había ocurrido algo muy raro.
—Y no se lo he contado a nadie —añadió.
—¿Qué fue? —pregunté mostrando con el gesto más interés del que en realidad tenía.
—Me salió una mariposa blanca del oído.
Frente a mi silencio distante, quizá irónico, relató que se encontraba sola en casa, pues su madre había bajado al estanco. Ella estaba haciendo unas multiplicaciones que abandonó por un momento para ir a la cocina a por una onza de chocolate. A punto de acceder al armario, sintió un picor en la oreja derecha y al ir a ras carse con el dedo notó que algo trataba de abrirse paso. Apartó el dedo y enseguida salió una mariposa blanca, no muy grande, que revoloteó cerca del techo hasta posarse en la campana de la cocina.
—Lo increíble —dijo— es que yo era esa mariposa. Estaba en dos partes a la vez: sobre el suelo de la cocina, en forma de persona, y sobre la campana, en forma de mariposa. Y me miraba desde all í, alucinada.
—¿Qué pasó luego? —pregunté.
—Escuché el ruido de la puerta y era mi madre, claro. Entonces la mariposa volvió al oído y se metió otra vez dentro de mi cabeza.
—Dentro de tu cabeza —repetí.
—Sí, y desapareció.
—Ya —dije.
—¿No te lo crees? —agregó al cabo de unos instantes frente a mi expresión imperturbable.
—Claro que no —respondí con una sonrisa.
Macarena hizo un gesto ambiguo y seguimos comiendo pistachos en silencio.
Después de que Amelia la recogiera, salí a la terraza a fumar un cigarrillo y una mariposa blanca, no muy grande, se detuvo en la barandilla.
—Hola, Macarena —le dije.
Y eso fue todo.
Al día siguiente, su madre me dejó a la niña porque le surgió un imprevisto y no le daba tiempo de localizar a la canguro. Le dije que no se preocupara, que se fuera tranquila, pues no me daba ninguna guerra.
Eran las siete de la tarde, hora a la que me suelo tomar un tentempié, de modo que cuando nos quedamos solos saqué un bol de pistachos y nos los fuimos comiendo a medias mientras me hablaba del colegio. Luego preguntó a qué me dedicaba yo «exactamente» y le dije lo que ya sabía: que era profesor de Lengua.
—En eso es en lo que peor voy yo —apuntó—, pero soy buena en cálculo.
—Una cosa por otra —concluí.
—Pregúntame algo —añadió.
—Sesenta y seis más seis.
—Setenta y dos —respondió al instante.
Estuve a punto de decirle que no, que sesenta y seis más seis eran seiscientos sesenta y seis, pero no estaba seguro de que fuera a entender la broma y tampoco quería confundirla.
—Está muy bien.
Como los pistachos nos dieron sed, preparé dos vasos de agua con hielo y una rajita de limón.
—Mi madre no me deja tomar hielo —dijo.
—¿Te lo quito entonces?
—No.
Cogió el vaso y le dio un sorbo con mil pre cauciones. Me reí y se rio. Luego estuvimos un rato en silencio. Ella había sacado la rodaja de limón del vaso y la chupaba con expresión de disgusto placentero. Finalmente volvió a hablar.
—¿Sabes lo que me pasó ayer? —dijo.
—El qué.
—Estaba sola en mi habitación cuando empezó a picarme la oreja. Me rasqué y salió otra vez la mariposa del oído.
—Ya —dije.
—Estuvo muy poco tiempo fuera porque me llamó mamá y volvió enseguida a meterse en mi cabeza.
—¿Cuánto es poco tiempo?
—Lo que tarda en calentarse un vaso de leche en el microondas.
—Un minuto —calculé.
—Más o menos, pero me lo pasé volando por todo el cuarto. Marea ver las cosas desde arriba y desde abajo a la vez.
Sonreí, condescendiente, y al rato vino Amelia a recogerla.
Ese mismo día, por la noche, cuando salí a la terraza a fumar el cigarrillo de antes de meterme en la cama, vi, posada sobre la barandilla, una mariposa idéntica a la de la noche anterior, quizá fuera la misma. Sus alas blancas resplandecían en la oscuridad. Acerqué mis dedos índice y pulgar en forma de pinza y la atrapé.
—Te cacé, Macarena —dije.
Entré con ella en la habitación donde leo y corrijo los trabajos y los exámenes de los alumnos y atravesé el tórax del insecto con un alfiler que clavé luego en el corcho de la pared. Me llamó la atención, al fijarme en su cuerpo, descubrir que evocaba las formas del cuerpo de una niña, pero deseché la idea como si se tratara de una sugestión enfermiza. Contemplé un rato cómo agitaba las alas, pues aún no había muerto, pero al expirar quedaron prácticamente cerradas, al contrario de las de los coleccionistas.
Al poco, llamaron violentamente a mi puerta. Era la madre de Macarena. La niña se había puesto muy mala y solicitaba mi ayuda desesperadamente.
—¿Qué le pasa? —pregunté mientras corría a su casa.
—Se queja de un pinchazo en el pecho.
Cuando llegué junto a ella, no respiraba ya. Amelia empezó a ahogarse de angustia y hube de sacarla de la habitación.
El resto de las hojas del cuaderno estaba en blanco. La muerte no le había permitido completarlas. Carlos supuso que se trataba del comienzo de un cuento o de una novela de carácter fantástico.
Los hombres turbios, pensó, escriben cosas turbias.