1
AUDREY
15 de abril de 2023
—¡Si no bajas ahora mismo, estás despedida! —grita una voz desde los escalones que dan a nuestro apartamento. Pongo los ojos en blanco, me calzo mis Converse gastadas y ato los cordones con un nudo doble.
—¡A ver si te atreves, vejestorio! —respondo. Abro la puerta de golpe y me encuentro con la cabeza calva de mi padre, que me sonríe desde la entrada. Nuestro perro, Cooper, está a sus pies, meneando la cola—. Buena suerte para encontrar a alguien que esté dispuesto a trabajar gratis.
Bajo corriendo los escalones y él se da un golpecito en el reloj, enarcando una de sus pobladas cejas.
—Son las seis y un minuto. Llegas tarde.
Me saco el móvil del bolsillo de atrás y le enseño la pantalla.
—Son las seis en punto. Tu reloj va mal.
—Está bien. Puedes quedarte un día más —contesta, escondiendo una sonrisa bajo el bigote canoso.
Pasa junto a mí para subir a su habitación e irse a dormir. Le ha tocado el turno de noche.
—No te olvides de que a mediodía vienen a entregar las bebidas —me recuerda.
—Recibido. Cambio y corto.
Acaricio a Cooper en la cabeza mientras paso por la puerta lateral que conecta con El Rincón de Cameron para enfrentarme a mis obligaciones de todos los sábados por la mañana.
Mientras preparo el café, miro por la ventana que da a Penn Avenue y contemplo los edificios nuevos, los apartamentos modernos y los restaurantes de moda que han ido abriendo desde que yo era una niña subida a los hombros de mi padre. Entonces era él quien preparaba el café. Esta calle ha cambiado mucho durante los últimos dieciocho años, como tantos otros lugares de Pittsburgh.
Pero no El Rincón de Cameron, con su suelo rayado, sus estanterías hundidas y su cartel oxidado. Nuestro pedacito de Pittsburgh es exactamente el mismo de siempre, aunque sus clientes sí hayan cambiado. Los habituales vienen por el café barato y las tarjetas de rasca y gana. Los viernes por la noche aparecen los estudiantes, que se llevan montones de aperitivos y bebidas para mezclar con el alcohol. De vez en cuando asoma algún turista a preguntar cómo llegar a algún sitio o pedir alguna recomendación. Finalmente, los pijos que viven en los apartamentos sobrevalorados de las cercanías llegan de vez en cuando como último recurso, cuando se han olvidado de comprar su leche bio o su pan de cereales y están dispuestos a conformarse con leche normal y pan de molde.
No es mucho, pero para mi padre es un motivo de orgullo y felicidad. Cumplió su sueño de abrir una tienda en la calle en la que había crecido cuando una parafarmacia se quedó con el local que albergaba la tienda a la que solía ir él. Quería algo sencillo, estable y cercano para nuestra comunidad, para las personas que siempre han estado aquí y siempre lo estarán. Y ese sueño, de algún modo, se convirtió en el de toda mi familia: su amor por este lugar, por los clientes y por las horas intempestivas acabó por contagiarnos a mi madre y a mí.
Además, es fácil convencerse cuando tienes patatas fritas y refrescos gratis por trabajar en la caja registradora o reponer las estanterías. No se puede decir que no a una bolsa de Cheetos y a una Coca-Cola de cereza, al menos no cuando eres una niña que todavía no tiene sueños propios. Sin embargo, ahora intento no pensar mucho en eso.
Una vez he hecho el café, me voy adaptando poco a poco al ritmo lento pero constante de la mañana. Me siento detrás del mostrador en un taburete destartalado que mi padre compró de segunda mano, con Cooper hecho un ovillo a mis pies, y leo una nueva novela romántica entre saludo y saludo a la sucesión de caras conocidas y desconocidas que aparecen en la puerta principal. Gary, el conductor de autobuses, pasa a buscar sus dónuts de azúcar y me cuenta que ha habido un accidente en la 376 que ha ocasionado una caravana de camino al aeropuerto. Esa artista tan guay que se ha mudado encima de Vince’s Pizza, que está en esta misma calle, se compra un paquete amarillo de cigarrillos American Spirit y me paga con centavos y billetes de dólar arrugados mientras intento, y fracaso una vez más, aunar el coraje para preguntarle en qué está trabajando. Un chico que no había visto nunca entra corriendo a comprar un paquete de papel higiénico, deja un billete de veinte en el mostrador y se va antes de que me dé tiempo a abrir la caja registradora.
Por fin, a las ocho en punto, las campanillas de la puerta principal anuncian la llegada de mi cliente preferido y también el más gruñón, que entra pesadamente, con los dedos huesudos aferrados a un bastón de madera.
—Buenos días, señor Montgomery —le digo, y él me dedica su saludo habitual, un gruñido, antes de ir a por su periódico.
—¿Has dibujado algo ya? —pregunta de espaldas a mí.
Se me encoge el estómago.
—Bueno… —Bajo la vista al cuaderno de bocetos que guardo desde hace años en el estante que hay debajo de la caja registradora y que ahora está cubierto de polvo—. No, todavía no.
—¿No tienes que entregarle eso a la RISD antes del 1 de mayo? —inquiere, mientras se mira el reloj de muñeca—. Ya estamos a…
—Ya lo sé, créame —lo interrumpo.
Tengo esa fecha grabada en la mente desde que, hace unos meses, la escuela de mis sueños, la Rhode Island School of Design (RISD), me puso en la lista de espera en lugar de admitirme. Me pidieron que entregase otro portfolio con cinco piezas «nuevas y distintas», ya que mis obras eran «prometedoras» pero «demasiado pasivas, carentes de confianza y de un punto de vista personal lo bastante sólido».
Si antes de esa crítica estelar pensaban que me faltaba confianza en mí misma, que se imaginen cómo me siento ahora…
Cojo la libreta y echo un vistazo a las páginas antiguas. Una ristra de caras, manos y cuerpos se mezcla ante mis ojos. Pertenecen a los clientes que han atravesado estas puertas. No sé por qué, pero ya no me parecen obras mías. Las hice hace tanto tiempo que no sé ni si me acuerdo de cómo me sentía cuando ponía un lápiz sobre el papel y tenía el ceño fruncido, los dedos llenos de callos y el pelo siempre alborotado.
Contemplo cómo poco a poco, pero de forma evidente, las páginas van dando lugar a esbozos a medio hacer, espacios vacíos y al final…
Nada. Página en blanco tras página en blanco. Una sensación de impotencia, desagradable y abrumadora, me cala hasta los huesos mientras veo que mi inspiración, mi pasión y hasta mi emoción se secan hasta desaparecer por completo.
Abro la libreta por una de las últimas páginas empezadas y veo un dibujito del verano pasado. El estilo es distinto del de los demás: un dibujito de Cooper con un bocadillo de pensamiento en el que se lee: «¡Te quiero!».
Charlie…
Hago una mueca y cierro la libreta de golpe.
¿Cómo voy a dibujar si no soy capaz ni de mirar mi cuaderno de bocetos sin pensar en él?
Nos conocimos hace tres años, en un programa de verano de la RISD a la que nuestro instituto mandaba a los mejores artistas de los dos primeros cursos. Me sentí como si fuera lo mejor que me podría haber pasado nunca. Al principio, ni siquiera tenía ganas de salir de Pittsburgh, pero cuando nuestros caminos se cruzaron y descubrí cuántas posibilidades había ahí fuera, lejos de este taburete viejo, me alegré muchísimo de haberlo hecho. Primero fue mi compañero de críticas; luego se convirtió en mi colega dibujante (y ligeramente achispado) de altas horas de la noche, y desde aquella primera y cálida noche de verano que pasamos juntos, después de un día entero en el estudio, tumbados en el césped bajo un cielo que se oscurecía poco a poco, sentí que… por fin me veían. Él tenía un año más que yo —estaba a punto de iniciar el penúltimo curso—, pero, simplemente… me entendía. Comprendía lo mucho que el arte significaba para mí. Que era una parte de mí.
O al menos eso pensaba yo.
Después de aquello, empezamos a hacerlo todo juntos. También íbamos a ir a la RISD juntos, donde todo había comenzado.
Pero la pasada primavera lo rechazaron, así que dejó el arte de lado… y me animó a hacer lo mismo. A dejar de tomármelo «tan en serio» y a centrarme en algo más práctico, como si él jamás hubiera aspirado a ello también. Tampoco ayudó que nuestros amigos estuviesen de acuerdo con él; tengo grabada la imagen de Ben, Hannah y Claire asintiendo mientras almorzábamos, como si hiciera apenas una semana no me hubiesen rogado que los dibujara. Quizá fue porque habían sido amigos de él antes, o tal vez porque en el fondo sabían que nos distanciaríamos cuando ellos se graduaran y yo me quedara en el instituto. Y aunque eso fue exactamente lo que pasó con ellos, seguí pensando que Charlie y yo sobreviviríamos a la distancia, que querría seguir viéndome, aunque ya no quisiera ver esa parte de sí mismo.
Así que, cuando por fin volvió a casa de la Universidad Estatal de Pensilvania justo antes de Halloween, no me esperaba la ruptura. Aunque, ahora que lo pienso, la tendría que haber visto venir.
Me dijo que la distancia era demasiado dura. En el fondo, no creo que se refiriera a los kilómetros.
Así que dar el paso de solicitar una plaza en la RISD después de que él me dejara me parecía… una oportunidad para demostrarle que se equivocaba. Sí, me había roto el corazón, pero si lograba entrar podría demostrarle a la chica que se quedaba hasta altas horas de la noche dibujando debajo de las mantas, a la que se escapaba al museo de arte cada vez que podía, la que había seguido dibujando aunque él le dijera que no servía de nada, que todo había merecido la pena.
Y por eso me dolió aún más comprobar que tenía razón.
Me pusieron en lista de espera más o menos un mes y medio después de que él rompiera conmigo, y, por supuesto, caí en una espiral de tristeza profunda y oscura que me hizo sentir que me iba a morir, literalmente, y que jamás volvería a experimentar la alegría y la felicidad.
O algo así. Yo qué sé.
Charlie fue mi primer amor y mi primer desamor, así que tengo derecho a dramatizar un poco.
Tal vez lo peor de todo sea que, aunque los pedazos de mi corazón roto se han vuelto a unir, más o menos, no he sido capaz de dibujar desde entonces. Los últimos meses he pasado horas delante de la hoja en blanco, con el boli suspendido en el aire, incapaz de trazar nada más complicado que un monigote. Esta vez, ni siquiera mis viejos trucos han obrado su magia. Le pido a mi padre que señale al azar algo de la casa para inspirarme, como las plantas acumuladas en el alféizar, el sofá viejo, o incluso la caja de música francesa que tenemos en la estantería del salón y que siempre me ha encantado, pero no consigo ni pasar del primer trazo. Lo dibujo una y otra vez porque nunca me parece que esté bien. No siento que esté bien.
Yo no me siento bien. La chispa que sentía cada vez que dibujaba ha desaparecido. Se ha esfumado. Me siento tan distanciada de la página que tengo delante como de Charlie, que está en la universidad. Puede que incluso más. Así que crear una obra nueva para la RISD se me antoja imposible… Y ellos me piden cinco. ¡Cinco!
Exhalo un largo suspiro mientras le paso al señor Montgomery su café de cada día, con tres terrones de azúcar, sobre el gastado mostrador amarillo.
—Supongo que me quedaré en Pittsburgh para molestarle durante el resto de mi vida.
—¿Seguro que es eso lo que quieres?
—Supongo. —Me encojo de hombros. Llegados a este punto, casi me he resignado.
Me encanta esta tiendecita esquinera, quiero a mis padres y sé que siempre puedo apuntarme a algunas clases en la universidad pública del condado y hacer otra cosa. No sería tan terrible. Pero ahora, al decirlo, no puedo negar que noto una opresión en el pecho cuando pienso en no salir jamás de detrás de este mostrador, en renunciar a mi sueño de ser artista, un sueño que nació mucho antes que Charlie y que aquel programa de verano. Tengo la sensación de que, por mucho miedo que me dé salir de esta tienda y de esta ciudad, esto nunca será suficiente para mí, como sí lo es para mi padre.
El señor Montgomery resopla.
—En mi época lo llamábamos rajarse.
—¿Cuándo? ¿A principios del siglo XIX?
Masculla algo entre dientes y me fulmina con la mirada desde debajo de sus cejas despeinadas y blancas, pero veo la sombra de su sonrisa que le asoma en las comisuras de la boca.
—Bueno, en cualquier caso… —Da un trago de café antes de rebuscar en los bolsillos hasta sacar un paquete nuevo de lápices Faber-Castell. Mis preferidos—. Por si te entran ganas.
Los deja encima del cuaderno de bocetos y coge su periódico. Yo me muerdo el interior de la mejilla con los ojos húmedos, para mi sorpresa.
—Gracias, señor Montgomery —consigo decir mientras se dirige poco a poco hacia la puerta.
Al principio, se limita a mover el bastón a modo de respuesta, pero cuando pone la mano sobre el pomo se vuelve y dice:
—La Audrey Cameron que yo conozco no dejaría que un chico le estropeara sus grandes sueños de ir a una escuela de arte. ¡Desde antes de que te quitaran los aparatos no parabas de parlotear sobre ello! —Los dos compartimos una pequeña sonrisa, porque, por supuesto, no se equivoca—. No te rindas. Si no recuperas tu chispa, ¡voy a tener que hacer algo al respecto!
Antes de que pueda preguntarle qué podría hacer él, sale a la calle, camino de la casita de Lawrenceville donde vive desde hace unos mil años, viéndonos crecer a mí y a toda la manzana. Mi padre no le ha permitido pagar por el café y el periódico desde que tengo memoria, y la razón son momentos como este. Puede que sea el cascarrabias del barrio, pero cuando mi tío murió nos trajo la cena durante una semana entera. Va a las graduaciones y los festivales de danza de los niños del barrio y, por lo que cuentan mis padres, los ayudó durante una mala racha que pasaron cuando yo iba a la escuela primaria. Y ahora, cuando ya no me queda esperanza, me ha regalado un paquete de mis lápices preferidos.
—En fin, Coop —le digo a mi perro con un largo suspiro—. Quizá me sirvan de algo.
Él me mira con adoración, con esos ojazos marrones que parecen centavos. Alargo una mano para acariciarle la cabeza peluda hasta que menea la cola con alegría.
Luego me vuelvo hacia la página en blanco y espero la llegada de la chispa.
2
LUCY
7 de junio de 1812
Es terrible tener que admitirlo pero prefiero que mi padre esté en Londres, ocupándose de sus negocios, que en casa, en Radcliffe.
Estoy habituada a la soledad; la quietud de nuestra casa me resulta casi agradable. Liberadora. Puedo leer durante el desayuno novelas que él desaprobaría, escribir mis propias canciones en el pianoforte por las tardes —en lugar de tocar los estudios y los nocturnos que se espera de las señoritas londinenses bien educadas—, y dar largos paseos por los terrenos de la propiedad cuando cae el sol, sin que él contemple con gran disgusto la suciedad del dobladillo de mis faldas cuando vuelvo.
Cuando está aquí, como ahora, la soledad persiste, pero el silencio es distinto. Es opresivo. No, atronador, tanto que tapa incluso el sonido de los cubiertos sobre los platos mientras cenamos sin mediar apenas palabra.
Antes la vida era distinta. Hace años, antes de que madre falleciera, en esta casa había vida. Se oían risas contagiosas durante la hora del té y los muebles que ella apartaba ruidosamente para enseñarme nuevos bailes. Ningún dobladillo era más valioso que una aventura en un día soleado.
Mi padre jamás nos acompañaba. La arrogancia y un desdén evidente por su parte han sido una constante desde el día en que nací. Sin embargo, lo toleraba, no por amor a ella, como he llegado a comprender, sino por el tamaño de su dote y la posición social de su familia. Ambas cuestiones nos aportaban cierto valor a ojos de un hombre que no confiere ninguna utilidad ni consideración al amor.
Ahora espera ansioso el momento de desembarazarse también de mí. Lo único que me da un lugar en esta casa es la perspectiva de mi futuro matrimonio y lo que con ello ganará él.
Nuestra ama de llaves, Martha, ha intentado llenar el vacío que dejó madre, pero aun así…
Mi padre carraspea y levanto la cabeza de golpe para mirar sus gélidos ojos azules, que me miran, entornados, desde el otro lado de la larga mesa.
—El señor Hawkins celebrará su baile anual dentro de un mes —anuncia, rompiendo el silencio atronador mientras se limpia las comisuras de la boca con una servilleta—. El señor Caldwell, a pesar de tu empeño y de su más que justificada vacilación, te ha invitado a acompañarlo, y espero de veras que aproveches esta oportunidad para cimentar su propuesta de una vez por todas.
Se me cae el alma a los pies solo de pensarlo. ¡Casarme! Y con el señor Caldwell, nada menos.
Intento imaginarme caminando hacia el altar a su lado y no logro evitar que se me encoja el estómago. El señor Caldwell es un necio, por no mencionar que me dobla la edad.
Sin embargo, es rico en extremo. Es, de hecho, el hombre más rico del condado, lo que relega a mi padre a un segundo puesto que acepta con bastante envidia. Una alianza entre ambas familias sería la joya de la corona para mi padre, no solo por lo que supondría para su posición social, sino también para sus negocios, y lo único que yo puedo hacer, lo que debo sin duda hacer, es asegurarme de que ocurra. Y un acontecimiento tan importante como el baile del señor Hawkins, el final de la temporada, sería indiscutiblemente la mejor oportunidad para ello.
No obstante, los pasados dos meses he intentado con todas mis fuerzas resistirme a los avances del señor Caldwell con la esperanza de que pierda el interés. He sido una conversadora aburrida, he dejado de bailar a mitad de un baile, quejándome de que me dolían los pies, e incluso me equivoqué en un pasaje de piano que conozco de memoria un día que mi padre lo invitó a tomar el té (y lo que logré a cambio fue una semana entera practicando esa misma pieza bajo su implacable vigilancia). Pero, a juzgar por esta invitación, parecería que mis esfuerzos fueron en vano.
Matrimonio. En este momento, por las palabras de mi padre, se perfila como algo verdaderamente inevitable. Esta vez lo ha dicho con claridad, y no con evasivas… Y no tengo más remedio que obedecer. Pues ¿cuál sería mi propósito, sino este? ¿Cuál es el propósito de ninguna mujer, sino este?
Durante toda mi vida, y sobre todo los últimos años, me han educado y preparado para este único y solitario objetivo.
Casarme bien. No por amor ni por romanticismo, como decía siempre mi madre con la esperanza de que mi destino fuese considerablemente distinto del suyo, sino para reparar una pizca del daño que causé por haber nacido mujer.
Así que asiento, como haré cuando el señor Caldwell pida mi mano, y bajo la vista hacia el plato para observar con atención las delicadas flores azules dibujadas en los bordes.
—Sí, padre. Así lo haré.
—Y como no puedo confiar en que lo logres con tus propios encantos, mañana irás a la ciudad a buscar un vestido nuevo. Te acompañará Martha. La señorita Burton te espera a las dos en punto —añade, o, mejor dicho, ordena, aunque esta exigencia no me importa. La señorita Burton abrió la tienda hace tres años y en muy poco tiempo se ha convertido en una modista muy reputada. Sus precios son razonables, sus empleadas extraordinariamente amables y su trabajo, exquisito. Por no añadir que un viaje hasta allí siempre significa unas pocas horas alejada de la soledad de Radcliffe o de la ira de mi padre—. Ella diseñará algo que llame la atención de Caldwell y que sobre todo la mantenga, ya que a ti parece costarte mucho hacerlo. —Lo observo ponerse de pie y echar un vistazo a su reloj de bolsillo antes de dirigirse a la puerta, poniendo fin a nuestra cena sin preguntarme siquiera si he terminado—. No tengo tiempo de continuar con esta discusión. Parto a Londres dentro de una semana, pero regresaré a tiempo para el baile.
Y con esas palabras se marcha, desapareciendo en el interior de su estudio. Exhalo un suspiro que había pasado, diría, toda la cena conteniendo. Martha me da un apretón en el hombro y le hace un gesto a Abigail, una de las criadas de la recocina, para que retire el plato de mi padre.
—Ojalá no regresara nunca —susurro lo suficientemente alto para que ella me oiga.
Me dedica una sonrisa comprensiva, curvando las comisuras arrugadas de la boca.
—En fin, querida, no se puede decir que sea usted la única que lo desea —responde.
Abigail asiente y sale de la sala a toda prisa, haciendo repiquetear ruidosamente la cubertería.
De no ser por mí, Martha habría abandonado Radcliffe hace mucho tiempo y habría buscado empleo en otra parte. De hecho, cuando su marido, Samuel, nuestro antiguo mayordomo, murió, estaba segura de que se marcharía.
Sin embargo, Martha es ferozmente leal a las personas a las que tiene en estima, es decir, a mi madre y a mí. Así que aquí se quedó, lo que aún me hace sentir más culpable, porque significa que mi existencia obliga a alguien tan querido como ella a seguir atrapada en este lugar.
Tal vez esa sea la única ventaja de casarme con el señor Caldwell.
Martha será libre por fin.
Después de leer los sermones de Fordyce, que son terriblemente aburridos, en el salón hasta que ha caído la noche, como se espera de mí, me retiro a la cama temprano. Sin embargo, me descubro dando vueltas y más vueltas entre las sábanas, ya que desagradables pensamientos protagonizados por el señor Caldwell me mantienen en vela. Veo su frente llena de sudor; recuerdo la terrible sensación de estar enjaulada que experimenté cuando bailamos juntos por primera vez hace dos meses, en Langford, en el baile que celebró un conocido en común. Yo creí que solo estaba siendo educada, pero no me quedó duda alguna sobre las intenciones de mi padre cuando atisbé ese brillo calculador en sus ojos, que no se despegaban de nosotros dos. Solo apartaba la vista para conversar con la hermana del señor Caldwell. Mis sospechas se confirmaron cuando lo invitó a tomar el té la semana siguiente.
Cierro el puño contra las sábanas, atrapándolas entre mis dedos. Ahora lo siento otra vez: la misma presión en el pecho. El mismo malestar. ¿Me sentiré así durante el resto de mi vida? ¿Se sienten así todas las jóvenes cuyos matrimonios escapan totalmente a su control, las que se ven obligadas a desposar a hombres a los que apenas soportan mirar?
¿Se sentía así mi madre?
Aunque nunca he experimentado ni una pizca de amor o atracción por ninguno de los hombres a los que he conocido, no puedo evitar notar una punzada de dolor ante la certeza de que jamás viviré esas sensaciones. Jamás experimentaré qué sería enamorarse de alguien. Desear a alguien.
Al final, dejo de dar vueltas y más vueltas a estos pensamientos y salgo de la cama. Prendo la vela de mi mesilla de noche y contemplo cómo la llama danza con cada exhalación, arrojando sombras retorcidas sobre las paredes. La cojo, me envuelvo en mi chal y salgo de puntillas al pasillo iluminado por la luz de la luna. La quietud que impera en la casa, salvo por los suelos que crujen bajo mis pies, ayuda a calmarme los nervios mientras recorro pasillo tras pasillo.
Termino en el ala más lejana de la casa, donde hay una pared repleta de retratos que se alarga hasta donde alcanza la vista, más allá del resplandor de la vela. Está mi padre, el padre de mi padre y el padre de este. Todos con la misma nariz aguileña, la misma postura orgullosa y los mismos ojos azules y fríos, que incluso ahora siento que me observan. Me estremezco y, tras acurrucarme bajo el chal, cruzo la puerta que hay al final del pasillo y entro en la biblioteca para contemplar el único retrato de esta casa que tengo en estima.
El de mi madre.
Alzo la vela y la luz hace que su rostro cobre vida una vez más. Observo su cabello dorado y sus pómulos marcados. Luce una cadena dorada con una perla en forma de gota que descansa sobre su delicado cuello. El marrón oscuro de sus ojos es tan distinto al color de los de mi padre, tan cálido…
Mientras miro sus rasgos, me llevo los dedos al cuello, buscando el fantasma de un collar que nunca he logrado encontrar. Siempre nos decían que nos parecíamos y, como respuesta, ella sonreía, me acariciaba el pelo y asentía.
Con todo, yo sigo viéndolo a él. En mis ojos. En las comisuras de mi boca. En mi forma de moverme.
Ni siquiera cuando abandone esta casa lograré librarme de él.
La llama de la vela que tengo en mi mano parpadea hasta que un golpe de aire que entra por la puerta abierta finalmente la apaga. Deja tras ella un rescoldo resplandeciente y una nube de humo que ondea a la luz de la luna.
Pensar que le creía cuando me decía que yo estaba destinada a casarme por amor me parece hoy una locura. Es una tontería pensar que, aun si lo encontrara, el amor podría pesar más que la obligación y las expectativas cuando, sin duda, no fue así para ella.
Lo único que se me ocurre es lo mucho que me alegra que no tenga que ver cuánto se equivocaba.
3
AUDREY
16 de abril de 2023
Los fines de semana de primavera en Pittsburgh siempre han sido mis días preferidos. Cuando pedaleo por la ciudad veo las plantas que empiezan a florecer, los ventanales abiertos en todos los restaurantes y los clientes que salen a las aceras mientras el verano pende, lleno de esperanza, en el horizonte.
Recorro las calles en mi bicicleta a toda velocidad con un auricular colgando de una oreja. La lista de reproducción que he creado esta mañana para matar el tiempo mientras me ocupaba de la caja registradora guía el ritmo de mi pedaleo mientras contemplo las vistas desde el carril bici.
Este es un paseo importante.
Estoy buscando, como hacía antes del espectáculo de los horrores que han sido los últimos meses; intentando hallar algo que me inspire lo suficiente para llenar las páginas en blanco de mi cuaderno de bocetos antes de la fecha límite de la solicitud… Sobre todo ahora que el señor Montgomery me ha regalado esos lápices tan caros.
No quiero decepcionarme de nuevo a mí misma, pero la posibilidad de decepcionarlo a él también es como el impulso que me faltaba para intentarlo de nuevo, en lugar de, como él dijo, «rajarme».
Al contemplar los colores, líneas y formas de las farolas, de los bares abarrotados y de las parejas que pasean de la mano, siento un cosquilleo fantasma en la punta de los dedos. Atisbo a una chica rubia con un alegre vestido de flores. La luz del sol parece enmarcarle a la perfección el rostro y la melena, que ondea al viento, y noto un espasmo en el dedo índice, que está sobre el manillar. Y entonces la veo: la página en blanco desplegándose ante mí. Largos trazos para cada mechón dorado, la sombra bajo su mandíbula, la forma ovalada de su…
¡Mierda!
Acciono los frenos de golpe para intentar detenerme y no chocar contra la puerta de un coche azul que se abre de golpe, pero me doy de bruces contra el cristal y la bicicleta sale disparada de debajo de mí. Me caigo al suelo y suelto un largo gemido. Cuando consigo ponerme boca arriba, me encuentro frente a un cielo azul y rosa como de algodón de azúcar.
A pesar de todo, es un atardecer bonito.
Hay formas peores de morir.
—Ay, Dios mío, ¡lo siento mucho! —exclama una voz. Una cabeza aparece en mi campo de visión. Me fijo en las facciones de una chica asiática de aspecto preocupado: lleva un arito en la nariz muy guay, el pelo decolorado y un brazo lleno de tatuajes. Noto un cosquilleo en el estómago que me resulta a la vez conocido y desconocido. En lugar de pensar en el porqué, me incorporo presionándome la barriga para acallar la sensación—. ¿Estás bien? ¿Quieres que llame a una ambulancia o…?
Niego con la cabeza. Me siento un poco mareada y magullada, pero no tanto como para ir al hospital.
Me parece que viviré para ver otro atardecer.
—No, estoy bien, estoy bien, pero… —Muevo la mano derecha hacia el lado izquierdo de mi cuerpo para enseñarle cómo debería haber abierto la puerta—. ¿Sabes cómo se abre la puerta a la holandesa? Deberías empezar a hacerlo. Si no, podrías quedarte sin la puerta del coche, tía. O sin brazo. Sobre todo en esta calle. Hay coches que…
Me interrumpo al ver a un chico blanco que sale del asiento del copiloto y viene corriendo a darle la mano a la chica que abre puertas sin mirar.
¡Es Charlie!
—¿Estás bien, Jules? —le pregunta, como si fuese ella la que ha dejado la marca de su cara en la ventanilla del conductor.
Me pongo de pie trastabilando y él se queda con unos ojos como platos al darse cuenta de quién soy. Cuando abre la boca de la sorpresa, se le mueve ese bigote tan poco favorecedor que se ha dejado crecer desde la última vez que lo vi. Como si fuese yo la que no debería estar aquí.
¿Qué está haciendo en la ciudad?
En fin, supongo que el problema no era la distancia.
—Audrey… —dice mientras los dos nos miramos a los ojos durante un largo y en absoluto extraño momento—. Estás… Esto… Sangrando.
Me señala la frente, justo encima del ojo derecho. Alargo una mano y me estremezco al tocar un corte. Cuando me la miro, hay tanta sangre que me mareo.
Pero no me marea tanto como lo que tengo delante.
Bajo la vista hacia sus manos. Tienen los dedos entrelazados, así que no tardo en unir los puntos.
Charlie está saliendo con la chica del coche. Saliendo en plan pasar página, venir a su ciudad natal para salir a cenar el domingo por la noche y atropellar a gente por deporte, en ese plan.
—Esto… ¿qué tal? —pregunto.
Me seco la mano ensangrentada en los pantalones y la pongo en mi cadera, como si no pasara nada.
—Uf… —Me mira con los ojos entornados—. Bien.
Se hace un largo silencio que se interrumpe cuando me cae una gota de sangre en el párpado. Me la seco con el dorso de la mano y me lo tomo como una señal para irme a buscar un botiquín y tal vez una madriguera profunda y cavernosa en la que meterme para no volver a salir jamás.
—Mmm, debería… —Me agacho para recoger la bici, a la que parece que le haya pasado un camión por encima—. Debería irme a casa.
—Deja que te lleve, al menos —me ofrece mi sustituta.
Jules.
Mierda. Hasta su nombre mola.
—No, no, estoy bien —contesto, pero cuando me apoyo en el manillar la rueda delantera empieza a deshincharse poco a poco.
El aire sale con un siseo durante unos diez segundos largos mientras todos evitamos mirarnos a los ojos.
—Deja que te llevemos a casa, Audrey —insiste Charlie.
Llevemos. Nosotros.
Puaj.
Abro la boca para protestar, pero, al final, mi maltrecha bicicleta y mi cuerpo dolorido pueden más que el orgullo. No tengo muchas ganas de recorrer caminando los casi tres kilómetros que me separan de mi casa.
Exhalo un largo suspiro y asiento. Jules me ayuda a meter la bicicleta en el maletero y Charlie va a un restaurante que hay al otro lado de la calle a buscar unas servilletas para la frente. Me pongo en el asiento trasero y luego la novia nueva de Charlie me pregunta adónde vamos.
—Sigue recto por Penn —respondemos los dos al unísono.
Charlie me mira. Me pongo el montón de servilletas en la frente para detener tanto la hemorragia como el contacto visual y luego, mientras el coche se dirige en silencio hacia mi casa, miro por la ventanilla.
—¿Os conocéis del instituto? —pregunta Jules alegremente, lo que me confirma que Charlie no ha sentido la necesidad de hablarle de mí.
—Algo así —replica él. Lleva la ventanilla abierta, así que el aire le alborota el pelo.
—Salíamos juntos —añado, porque estoy un poco picada, porque me he dado un golpe en la cabeza y porque, sinceramente, mi dignidad se esfumó hace unos quince minutos, cuando salí disparada por encima del manillar, así que ¿qué voy a perder si digo la verdad?
—¡Increíble! —exclama ella. Niega con la cabeza con una sonrisa—. ¡Qué casualidad!
—Ya te digo —murmuro. Me inclino hacia delante para señalar la tienda a la que, por suerte, nos estamos acercando. Aparca en un sitio que hay justo enfrente.
Bajamos todos, recojo mi bici y entonces nos encontramos de pie en la acera, los tres igual de incómodos. «¿Por qué no se van?», pienso. Estoy a punto de cruzar la calle sin mirar para que me atropelle otro coche y acabe con mi sufrimiento.
—De ahora en adelante abriré la puerta a la holandesa —dice Jules con una sonrisa mientras Charlie le pone un brazo sobre los hombros—. Y si al final vas al hospital, o algo así, dímelo para que pague la factura.
—Vale. Si voy le mandaré un mensaje a Charlie. —Me río al decirlo, con la esperanza de rebajar un poco la tensión con el chiste, porque él sabe mejor que nadie que soy demasiado cabezota para ir al hospital.
Pero él se mira los pies avergonzado.
—Ya no tengo tu número —confiesa, y yo hago el mayor esfuerzo conocido por no poner los ojos en blanco.
Es muy propio de él. Todo o nada. El arte, la escuela de arte, yo…
Ahora mismo, con ese bigotito ridículo, siento que por fin puedo verlo tal como es, sin el filtro brillante y maleable de los recuerdos.
Y siento que… en fin…
Que lo he superado.
—Bueno, la que tiene que mandar la factura del hospital soy yo —replico, incapaz de disimular que estoy molesta—. A no ser que tengáis pensado recorrer todo Pittsburgh masacrando a la gente, en cuyo caso los últimos cuatro números son 2357.
Jules suelta una risita monísima que me pone de los nervios. Charlie abre la boca para decir algo, pero después de abrirla y cerrarla más o menos una docena de veces, como si fuera un pez de colores, lo único que suelta es una larga exhalación.
—En fin, voy a… —Señalo El Rincón de Cameron y me doy la vuelta. Lo único que quiero es entrar y terminar con esto—. Adiós.
Me las arreglo para entrar con la bici. La campanillas de la puerta repican mientras me peleo contra el felpudo negro de la entrada. A través del cristal, veo que Charlie y Jules se besuquean y se funden el uno contra el otro antes de meterse en el coche y marcharse. Supongo que ya no se acuerdan ni de mí ni de mi bicicleta abollada.
Estoy tan concentrada en ellos que casi me da un infarto cuando mi madre suelta un chillido excesivamente dramático y viene corriendo.
—¡Ay, cariño! ¿Qué te ha pasado? —pregunta, mientras me aprieta los mofletes, mirándome preocupada.
—La novia nueva de Charlie me ha atropellado.
—¿A propósito?
—No —admito. Una sonrisa asoma a los labios de mi madre—. Y en realidad me ha dado un golpe con la puerta.
—Hay que ver. La gente tiene que aprender a abrir el coche a la holandesa. ¡Vaya cabeza traes! —exclama mientras estudia el corte—. ¿Crees que podría ser un traumatismo? Deberíamos ir al hospital y…
—Mamá, ya vale. Estoy bien. —Me suelto y me cruzo de brazos con testarudez.
—Bueno, pero al menos déjame curarte el corte, ¿vale? —Me acaricia la mejilla, se vuelve y grita—: ¡Louis! ¡Mueve el culo y baja al mostrador! ¡Tengo que operar de urgencias!
Pongo los ojos en blanco, pero no puedo evitar sonreír. Cuando yo era pequeña, mi madre trabajaba como enfermera en el hospital pediátrico que hay en esta misma calle. Se retiró cuando empecé la escuela primaria para ayudar a mi padre, que iba muy cargado de trabajo, y para que pudiéramos pasar más tiempo en familia después de que sus turnos laborales hubieran coincidido durante años. Las discusiones que se oían a través de las paredes de nuestro apartamento diminuto se terminaron y, de algún modo, esta tiendecita se convirtió también en su sueño. Las únicas curas que hace ahora son para nosotros dos y para algún que otro niño del vecindario que aparece con un rascón en el codo o la rodilla porque sabe que la señora Cameron lo puede ayudar.
A veces me pregunto, teniendo en cuenta que esta tiendecita resultó suficiente para mi madre, si podría encontrar la manera de lograr que fuese suficiente también para mí. Suficiente de verdad. Sin embargo, hay una vocecilla en el fondo de mi mente que insiste en que nunca lo será.
—Bueno… —dice mi madre, mientras me desinfecta el corte con un algodón mojado en alcohol—. ¿Era guapa?
—Mamá… —protesto. Estoy sentada en la encimera de la cocina de casa y pataleo contra las puertas de los armaritos para intentar distraerme del dolor. Sé que no se refiere a eso, pero no tengo ganas de pensar en esas mariposas inesperadas que he sentido al verla, así que no me enrollo mucho—. Sí que lo era. Llevaba un piercing en la nariz y tatuajes. Parecía buena tía. —Cuando quita el algodón, cambio de tema y la miro de reojo—. Pero Charlie se ha dejado bigote.
Ahoga un grito de horror.
—¡Oh, no! En esa cara no creo que quede bien un bigote. —Me echo a reír y ella rebusca en nuestro botiquín desordenado, pero enseguida me mira con las cejas enarcadas y una expresión maternal—. Pero ¿estás bien? ¿Después de haber vuelto a verlo? ¿Y con otra persona?
Me encojo de hombros, pero ahora que el momento incómodo ha quedado atrás puedo confirmar la conclusión a la que he llegado en la puerta de la tienda. Esa punzada de dolor que sentía al pensar en el fin de nuestros casi tres años juntos se ha convertido en un dolorcillo apagado y distante.
—¿Sabes qué? Por sorprendente que sea… creo que sí.
Creo que pensaba que estaría deshecha. Que debía estarlo. No obstante, después de ver quién es, en lugar de pensar en esa versión ficticia de él a la que me he agarrado los últimos meses, siento como si por fin hubiese cerrado esa etapa de mi vida.
—Seguro que el bigote ha tenido algo que ver —comenta con una carcajada. Me enseña una tirita con dibujos de Barrio Sésamo tan tiesa que me parece que debe de haber estado en el botiquín desde que yo llevaba pañales—. ¿Y no has pensado en rehacer tu vida y conocer a alguien nuevo? Dentro de nada es el baile de fin de curso.
Suelto un gemido.
—Ni hablar.
—¡Podría ser divertido! —insiste, mientras quita el plástico casi desintegrado de la tirita y me la pega en la frente.
—Para ti es fácil decirlo —la chincho para desviarme del tema—. Tú te casaste con tu amorcito del instituto.
Sin embargo, aunque haya cerrado esa etapa, haberme encontrado con Charlie, junto a esas páginas de mi cuaderno de bocetos que se empeñan en seguir en blanco, me hace sentir todavía más segura de que por el momento no tengo ganas de dar ese paso, y menos aún hoy día, cuando sé que lo único que me ha aguardado hasta ahora al otro lado han sido listas de espera, rechazos y un corazón roto. Quizá que me golpeen con la puerta de un coche ha sido la llamada de atención que necesitaba para darme cuenta.
—Ay, cariño… Tu padre no ha sido nunca un «amorcito» —dice mientras me estruja las mejillas otra vez—. Pero tú sí. Charlie se ha perdido una verdadera joya. —Me da un beso en la frente y luego tira las servilletas ensangrentadas y se lava las manos—. Además, tu abuela siempre decía que un clavo saca otro clavo…
—¡Mamá!
—¡Es broma! —se defiende, salpicándome de agua. Me seco las gotitas del brazo y las dos nos echamos a reír—. Mira, tú haz lo que te apetezca, ¿vale? Sal con alguien, dibuja, vete de Pittsburgh, quédate aquí… El mundo te está esperando, cariño, y cuando sea el momento adecuado encontrarás a una persona guapa a la que besar y algo por lo que merezca la pena llenar las páginas de tu cuaderno de bocetos. Estoy segura.
Hago una mueca.
—La fecha de entrega es dentro de dos semanas. Y mira cómo ha terminado el paseo en bici por la ciudad para encontrar inspiración. —Señalo la tirita vieja que llevo en la frente—. Parece una señal. Como si tuviera que… que renunciar a la RISD y ya está.
—Ya lo veremos, ¿vale? Aunque no llegues a la fecha de entrega, quizá puedes volver a solicitar plaza después de un trimestre en la universidad pública. O tal vez encuentres otros sueños, por ejemplo, no sé… ¡Irte a recorrer Europa de mochilera! Oye, si yo me he podido enamorar de esa tienducha de ahí abajo, cualquier cosa es posible.
Bajo de la encimera y, mientras se seca las manos, le doy un abrazo que necesitaba tanto como respirar. No creo que tenga las agallas de abandonar la seguridad de esta casa y esta tiendecita, así que mucho menos para hacer ninguna de esas cosas. Con todo, que ella crea que algún día lo haré, que el señor Montgomery crea que algún día lo haré, me hace sentir un poco mejor. Aunque ahora mismo yo no confíe en ello.
—Pero, por ahora… —añade mi madre mientras me da unos golpecitos en los brazos—. Creo que deberíamos robar un par de sándwiches de helado del congelador y contárselo a tu padre.
—Yo quiero dos —contesto, mientras bajamos las escaleras—. Para curar el golpe de la cabeza.