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Hace cien años, Biloxi era una bulliciosa comunidad turística y pesquera situada en la costa del Golfo. Una parte de sus doce mil habitantes trabajaba en la construcción naval; otra, en hoteles y restaurantes; pero la mayoría se ganaba la vida gracias al mar y su abundante suministro de marisco. Los trabajadores eran inmigrantes de Europa del Este, la mayor parte de Croacia, donde sus antepasados llevaban siglos pescando en el Adriático. Los hombres se afanaban en las goletas y los arrastreros que mariscaban en el Golfo, mientras que las mujeres y los niños desbullaban ostras y envasaban gambas a diez centavos la hora. Había cuarenta conserveras, unas junto a otras, en una zona conocida como Back Bay. En 1925, Biloxi exportó veinte millones de toneladas de marisco al resto del país. La demanda era tan grande y la oferta tan profusa que la ciudad presumía de ser «la capital mundial del marisco».

Los inmigrantes vivían en barracones o en las típicas casas alargadas y de fachada estrechísima de Point Cadet, una península ubicada en el extremo oriental de Biloxi, a la vuelta de la esquina de las playas del Golfo. Sus padres y sus abuelos eran polacos, húngaros, checos y croatas y ellos se habían adaptado con rapidez a las costumbres de su nuevo país. Los niños aprendían inglés, se lo enseñaban a sus padres y no solían hablar su lengua materna en casa. A los funcionarios de aduanas, la mayoría de aquellos apellidos les habían parecido impronunciables, así que se los modificaron y americanizaron en el puerto de Nueva Orleans y en Ellis Island. En los cementerios de Biloxi había lápidas con nombres como Jurkovich, Horvat, Conovich, Kasich, Rodak, Babbich y Peranich. Estaban esparcidos aquí y allá y mezclados con los Smith, Brown, O’Keefe, Mattina y Bellande. Los inmigrantes tendían a vivir en clanes y a protegerse mutuamente, pero en la segunda generación ya se casaban con las primeras familias francesas y con anglosajones de todo tipo.

La ley seca seguía vigente y, en el sur profundo, la mayor parte de los baptistas y los metodistas se acogían a la vida seca con gran rectitud. Sin embargo, a lo largo de la costa, las personas de ascendencia europea y convicciones católicas no veían la abstinencia con tan buenos ojos. De hecho, Biloxi nunca llegó a ser una comunidad abstemia, a pesar de la Decimoctava Enmienda. Cuando la ley seca se extendió por todo el país en 1920, Biloxi apenas lo notó. Sus bares, garitos, antros, pubs de barrio y clubes de lujo no solo permanecieron abiertos, sino que prosperaron. Los tugurios clandestinos no eran necesarios, porque había alcohol por todas partes y a todo el mundo le daba igual, sobre todo a la policía. Biloxi se convirtió en un destino popular para los sureños sedientos. A eso se le sumó el atractivo de las playas, la calidad del marisco, el clima templado y los buenos hoteles y el turismo floreció. Hace cien años, la costa del Golfo llegó a conocerse como «la ribera de los pobres».

Como siempre, el vicio desenfrenado demostró ser contagioso. Los juegos de azar se unieron al consumo de alcohol como otra de las actividades ilegales más populares. Surgieron casinos improvisados en bares y clubes. Se jugaba al póquer, al blackjack y a los dados a plena vista y por todas partes. En los vestíbulos de los hoteles de moda había hileras de máquinas tragaperras que funcionaban con insolencia haciendo caso omiso de la ley.

Los burdeles existían desde siempre, aunque se mantenían en la clandestinidad. Ese no era el caso de Biloxi. Abundaban y daban servicio no solo a sus clientes más fieles, sino también a policías y políticos. Muchos se encontraban en los mismos edificios que los bares y las mesas de juego, de modo que los jóvenes que andaban en busca de placer no tenían que hacer más de una parada.

Pese a que no se exhibían con tanta libertad como el sexo y el alcohol, era fácil acceder a drogas como la marihuana y la heroína, sobre todo en bares musicales y tabernas.

Muchas veces, a los periodistas les costaba creer que ese tipo de actividades ilegales estuvieran tan abiertamente aceptadas en un estado en especial conservador desde el punto de vista religioso. Escribían artículos sobre las salvajes e irresponsables costumbres de Biloxi, pero nada cambiaba. A las personas con autoridad no parecía importarles. La opinión predominante era sencilla: «Así es Biloxi». Los políticos en campaña despotricaban contra el crimen y los predicadores bramaban desde los púlpitos, pero nunca se hizo un esfuerzo serio por «limpiar la costa».

El mayor obstáculo al que se enfrentaba cualquier intento de reforma era la corrupción que desde hacía tiempo dominaba a la policía y a los funcionarios electos. Los agentes del cuerpo policial y los ayudantes de sheriff trabajaban a cambio de sueldos miserables y estaban más que dispuestos a aceptar la pasta y mirar hacia otro lado. Los políticos municipales se dejaban sobornar con facilidad y prosperaban a buen ritmo. Todos ganaban dinero y todos se divertían, ¿por qué fastidiar algo que funcionaba tan bien? Nadie obligaba a los bebedores y a los jugadores a dirigirse hacia Biloxi. Si no les gustaban esos vicios, podían quedarse en casa o irse a Nueva Orleans. Pero, si decidían gastarse el dinero allí, sabían que la policía no los molestaría.

La actividad delictiva recibió un gran impulso en 1941, cuando el ejército construyó una enorme base de entrenamiento en los terrenos sobre los que en su día se había alzado el Club de Campo de Biloxi. La bautizaron como «base aérea de Keesler», en honor a un héroe de la Primera Guerra Mundial oriundo de Mississippi, y el nombre no tardó en convertirse en sinónimo del mal comportamiento de las decenas de miles de soldados que se preparaban para la guerra. El número de bares, casinos, burdeles y locales de estriptis aumentó de manera espectacular. Al igual que la delincuencia. La policía comenzó a recibir un aluvión de quejas por parte de los soldados: tragaperras amañadas, ruletas trucadas, crupieres tramposos, bebidas adulteradas y prostitutas con las manos largas. Como los dueños de los establecimientos ganaban dinero, se quejaban poco, pero había muchas peleas, agresiones a sus chicas y ventanas y botellas de whisky rotas. Como siempre, la policía protegía a los que les pagaban y la puerta de la cárcel se abría solo para los soldados. Más de medio millón de ellos pasaron por Keesler camino de Europa y el Pacífico y, más tarde, de Corea y Vietnam.

En Biloxi, el vicio resultaba tan rentable que, como no podía ser de otra manera, atrajo al habitual repertorio de personajes de los bajos fondos: delincuentes profesionales, fugitivos, destiladores de alcohol, contrabandistas, traficantes, estafadores, sicarios, proxenetas, matones y una clase más ambiciosa de capos del crimen. A finales de la década de 1950, una rama de una banda de matones violentos —no muy estructurada y conocida como «la mafia Dixie»— se asentó en Biloxi con la intención de convertir la ciudad en su territorio y de hacerse con una parte del pastel del vicio. Antes de dicha banda, siempre había habido envidias entre los propietarios de los clubes, pero todos ganaban dinero y les iba bien. De vez en cuando se producía algún asesinato y las acostumbradas amenazas; sin embargo, ningún grupo se planteaba seriamente hacerse con el control.

Aparte de la ambición y la violencia, la mafia Dixie tenía poco en común con la verdadera Cosa Nostra. No eran familia, así que no había mucha lealtad. Sus miembros —y el FBI nunca sabía con certeza quién formaba parte del grupo y quién no ni cuántos aseguraban integrarlo— eran una mezcla dispersa de chicos malos e inadaptados que prefería la delincuencia al trabajo honrado. No había organización ni jerarquía establecidas. No había un capo en la cima, camorristas en la base ni matones de nivel medio entre ellos. Con el tiempo, el dueño de un club consiguió consolidar su posición y adquirir más influencia. Se convirtió en el Jefe.

Lo que sí tenía la mafia Dixie era una propensión a la violencia que dejaba atónito al FBI. A lo largo de su historia, mientras evolucionaba y se abría paso hacia el sur, hacia la costa, fue dejando tras de sí un asombroso número de cadáveres. Casi ninguno de esos asesinatos se resolvía jamás. La organización se regía por una sola norma, un estricto e inquebrantable juramento de sangre: «No te chivarás a la policía». A los soplones, o los encontraban en una zanja, o no los encontraban jamás. Se rumoreaba que ciertos barcos camaroneros descargaban cadáveres lastrados a veinte millas de la costa, en las profundas y cálidas aguas del estrecho del Mississippi.

A pesar de la reputación de desgobierno de la ciudad, en Biloxi los propietarios controlaban la delincuencia y la policía la vigilaba de cerca. A la larga, el vicio terminó concentrándose en una zona concreta de la población, un tramo de alrededor de un kilómetro y medio de la autopista 90, que corría en paralelo a la playa: el Strip. Estaba repleto de casinos, bares y burdeles y a los ciudadanos que respetaban la ley les resultaba sencillo pasar de él. Lejos de allí, la vida era normal y segura. Si querías buscar problemas, no costaba encontrarlos. De lo contrario, era fácil evitarlos. Biloxi prosperó gracias al marisco, los astilleros, el turismo, la construcción y una formidable ética del trabajo alimentada por los inmigrantes y su sueño de alcanzar una vida mejor. La ciudad construyó colegios, hospitales, iglesias, autopistas, puentes, diques, parques, instalaciones recreativas y todo lo necesario para mejorar la vida de sus habitantes.

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La rivalidad comenzó como una amistad entre dos niños con muchas cosas en común. Ambos eran inmigrantes de tercera generación, nietos de croatas, y ambos habían nacido y se habían criado en Point, como se conocía a Point Cadet. Sus respectivas familias vivían a dos calles de distancia. Sus padres y sus abuelos se conocían bien. Asistían a la misma iglesia católica, al mismo colegio, jugaban en las mismas calles, solares y playas y los fines de semana ociosos pescaban en el Golfo con sus padres. Nacieron con un mes de diferencia, en 1948, y los dos eran hijos de veteranos de guerra jóvenes que se habían casado con su novia de toda la vida y formado una familia.

Los juegos del Viejo Mundo con los que se entretenían sus antepasados tenían poca importancia en Biloxi. Los solares y los campos para la juventud estaban pensados única y exclusivamente para el béisbol. Como todos los chicos de Point, ambos empezaron a lanzar y a batear poco después de aprender a andar y lucieron con orgullo su primer uniforme a los ocho años. A los diez, ya llamaban la atención y se hablaba de ellos.

Keith Rudy, el mayor de los dos por veintiocho días, era un pícher zurdo que lanzaba con fuerza pero a lo loco y que asustaba a los bateadores con su falta de control. También bateaba desde el lado izquierdo y, cuando no se hallaba en el montículo, estaba allá donde lo quisieran sus entrenadores: en el jardín, en la segunda base o en la tercera. Como no había guantes de receptor para zurdos, aprendió a recibir, fildear y lanzar con la mano derecha.

Hugh Malco era un pícher diestro que lanzaba aún más fuerte y con más precisión. Era aterrador enfrentarse a él a cuarenta y cinco pies de distancia, de manera que la mayoría de los bateadores de diez años preferían esconderse en el banquillo. Un entrenador lo convenció para que bateara desde el lado izquierdo, siguiendo la lógica de que la mayoría de los lanzadores de esa edad eran diestros. Babe Ruth bateaba con la zurda, al igual que Lou Gehrig y Stan Musial. Mickey, por supuesto, era capaz de batear desde ambos lados, pero era de los Yankees. Hugh le hizo caso a su entrenador porque era un jugador fácil y quería ganar.

El béisbol era el mundo de ambos niños y el clima cálido de la costa les permitía jugar casi todo el año. Los equipos de las Ligas Menores se formaban a finales de febrero y empezaban a jugar a mediados de marzo; dos partidos a la semana durante al menos doce semanas. Cuando terminaba la temporada regular —con el campeonato de la ciudad—, empezaba el béisbol serio con el Juego de Estrellas. Biloxi dominaba las eliminatorias estatales y se esperaba que pasara al torneo regional. Ningún equipo había conseguido aún llegar a Williamsport para el gran espectáculo, pero el optimismo se mantenía alto todos los años.

La iglesia era importante, al menos para sus padres y sus abuelos, pero para los muchachos la verdadera institución era el equipo de los Cardinal. En el sur profundo no había equipos profesionales en las Grandes Ligas. La emisora KMOX retransmitía todos los partidos desde San Luis, con Harry Caray y Jack Buck, y los chicos conocían a los jugadores de los Cardinal, su posición, estadísticas, ciudad de origen y puntos fuertes y débiles. Escuchaban todos los partidos, recortaban todos los marcadores del Gulf Coast Register y se pasaban horas en los solares repitiendo todas las entradas. Ahorraban hasta el último centavo para comprar cromos de béisbol y cambiarlos era un asunto muy serio. Su marca preferida era Topps, sobre todo porque el chicle duraba más.

Cuando llegaba el verano y se acababa el colegio, las calles de Point se llenaban de niños jugando al corkball, al kickball, al Wiffle ball y a otra decena de variantes del juego. Los mayores se apoderaban de los solares y de los campos de las Ligas Menores, donde elegían equipo y jugaban durante horas. En los días importantes se iban a casa, se aseaban, comían algo, descansaban los brazos y las piernas agotados, se ponían el uniforme y volvían corriendo a los campos para jugar los partidos de verdad, los que atraían a grandes multitudes de familiares y amigos. A última hora de la tarde y a primera hora de la noche, bajo las luces, los chicos lo daban todo jugando y se chinchaban en el campo. Disfrutaban de los vítores de los aficionados y se reprendían sin piedad entre ellos. Un error provocaba una avalancha de abucheos. Un jonrón silenciaba al banquillo contrario. Un lanzador difícil sobre el montículo proyectaba una sombra sobre cualquier posible oponente. Las malas decisiones del árbitro eran tabú, al menos para los jugadores, pero el público no conocía límites. Y en todas partes —en las gradas, en los aparcamientos e incluso en las casetas—, los radiotransistores retransmitían sin cesar el jugada a jugada de la KMOX, así que todo el mundo estaba al tanto del marcador de los Cardinal.

Cuando tenían doce años, Keith y Hugh vivieron una temporada mágica. El primero jugaba en un equipo patrocinado por DeJean Packing. El segundo, en otro patrocinado por Shorty’s Shell. Dominaron la temporada y sus respectivos equipos perdieron solo una vez, ante el otro, por una única carrera. Se lanzó una moneda al aire y el DeJean Packing pasó al campeonato de la ciudad, en el que masacraron a un equipo de West Biloxi. Keith fue lanzador durante las seis entradas, cedió dos hits, forzó cuatro bases por bolas y bateó dos jonrones. Hugh y él salieron elegidos por unanimidad para el Juego de Estrellas de Biloxi y, por primera vez, fueron compañeros de equipo oficiales, aunque habían jugado juntos en innumerables partidos del barrio.

Con Hugh disparando desde el lado derecho y Keith aterrorizando a los bateadores desde el izquierdo, Biloxi era el firme favorito para ganar otro campeonato estatal. Después de una semana de preparación, los entrenadores cargaron al equipo en tres camionetas y emprendieron el viaje de veinte minutos hacia el oeste, por la autopista 90, para llegar al torneo estatal de Gulf­port. Cientos de aficionados los siguieron formando una tumultuosa caravana.

El torneo estuvo dominado por los equipos del sur del estado: Biloxi, Gulfport, Pascagoula, Pass Christian y Hattiesburg. En el primer partido contra Vicksburg, los lanzamientos de Keith solo le permitieron al equipo contrario conseguir un hit y Hugh bateó un jonrón con las bases llenas. En el segundo partido fue Hugh quien solo le cedió un hit al equipo contrario y Keith le devolvió el favor con dos jonrones. En cinco partidos, Biloxi anotó treinta y seis carreras, encajó solo cuatro y se llevó el título estatal. La ciudad lo celebró y despidieron a los chicos con una fiesta antes de que se fueran a Pensacola. La competición en el siguiente nivel era muy distinta, puesto que les esperaban los equipos de Florida.

Nada entusiasmaba más a los muchachos que un viaje por carretera: moteles, piscinas y comer en restaurantes. Hugh y Keith compartían habitación y eran los líderes indiscutibles del equipo, ya que los entrenadores los habían nombrado cocapitanes. Eran inseparables, dentro y fuera del campo, y todas las actividades giraban en torno a ellos. En el terreno de juego eran competidores y animadores feroces, siempre alentando a los demás a jugar con inteligencia, obedecer a los entrenadores, desprenderse de los errores y estudiar el juego. Fuera de él organizaban los encuentros del equipo, encabezaban las bromas, aprobaban los apodos, decidían qué películas se veían, a qué restaurantes se iba y apoyaban a los compañeros que se sentaban en el banquillo.

En el primer partido, Hugh cedió cuatro hits y Biloxi venció a un equipo de Mobile, los campeones estatales de Alabama. En el segundo, Keith estuvo más descontrolado que nunca y concedió ocho bases por bolas antes de que lo sentaran en la cuarta entrada; Biloxi perdió por tres carreras ante un equipo de Jack­sonville. Dos días después, un equipo de Tampa consiguió cuatro carreras con Hugh como lanzador en la sexta entrada baja y se llevó la victoria.

La temporada había terminado. El estado de Florida aplastó una vez más los sueños de Biloxi de jugar en la Serie Mundial de las Pequeñas Ligas en Williamsport. El equipo se retiró al motel para lamerse las heridas, pero, poco después, los chicos volvían a estar chapoteando en la piscina e intentando llamar la atención de unas chicas mayores en biquini.

Sus padres los observaban desde la orilla, bajo las sombrillas, mientras disfrutaban de un cóctel. Por fin había terminado aquella temporada tan larga, estaban impacientes por volver a casa y terminar el verano sin el ajetreo diario del béisbol. Casi todos los padres estaban allí, acompañados de otros parientes y unos cuantos aficionados acérrimos de Biloxi. Algunos eran amigos íntimos y otros solo conocidos simpáticos. La mayoría eran de Point y se llevaban bien, aunque, entre aquel grupo, el trato no era igual para todos.

Lance y Carmen Malco, los padres de Hugh, se sentían un poco rechazados, y con razón.

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Cuando el abuelo de Hugh bajó del barco en Nueva Orleans en 1912, tenía dieciséis años y casi no hablaba inglés. Sabía pronunciar «Biloxi» y el funcionario de aduanas no necesitó nada más. Los barcos llegaban atestados de europeos del Este, muchos con parientes a lo largo de la costa de Mississippi, y los de aduanas estaban ansiosos por hacer circular a esa gente y enviarla a otro lugar. Biloxi era uno de sus destinos favoritos.

En Croacia, el muchacho se llamaba Oron Malokovic, otro trabalenguas. Algunos funcionarios eran pacientes y se esforzaban por registrar el nombre correctamente. Otros se mostraban apurados, impacientes o indiferentes, o puede que incluso pensaran que le estaban haciendo un favor al inmigrante al rebautizarlo con un apellido que se adaptase con más facilidad a su nuevo país. En honor a la verdad, algunos nombres de «allá lejos» eran difíciles de pronunciar para los angloparlantes. Nueva Orleans y la costa del Golfo tenían una rica historia dominada por el francés y el español y, ya a comienzos del siglo XIX, esas lenguas se habían fundido sin problemas con el inglés. Sin embargo, las lenguas eslavas, tan cargadas de consonantes, eran harina de otro costal.

Como sea, Oron se convirtió en Aaron Malco, una identidad que aceptó a regañadientes porque no le quedó más remedio. Armado con la nueva documentación, se dirigió a toda prisa a Biloxi, donde un pariente le consiguió una habitación en un barracón y un trabajo desbullando ostras en una «ostrería». Como sus compatriotas, subsistía a duras penas, trabajaba cuantas más horas mejor y ahorraba unos cuantos dólares. Al cabo de dos años encontró un empleo mejor construyendo goletas en un astillero de Back Bay, también en Biloxi. Le pagaban mejor, pero era un trabajo físicamente exigente. Ya convertido en un adulto, Aaron medía más de metro ochenta, era ancho de hombros y cargaba con enormes maderos que, por lo general, requerían de dos o tres hombres más. Se ganó el aprecio de sus jefes y lo pusieron al mando de su propia cuadrilla, además de aumentarle el sueldo. A los diecinueve años ganaba cincuenta centavos la hora, un salario de gran nivel, y trabajaba todas las horas que le ofrecía la empresa.

Cuando Aaron tenía veinte años se casó con Lida Simonovich, una chica croata de diecisiete años que había tenido la suerte de nacer en Estados Unidos. Su madre había dado a luz dos meses después de llegar en barco desde Europa junto con el padre de la niña. Lida trabajaba en una fábrica de conservas y, en su tiempo libre, ayudaba a su madre, que era costurera. La joven pareja se fue de alquiler a una de las típicas casas estrechas y alargadas de Point, donde se rodearon de familiares y amigos, todos ellos del Viejo Continente.

Sus sueños se truncaron ocho meses después de la boda, cuando Aaron se cayó de un andamio. El brazo y la pierna rotos se curarían, pero las vértebras de la parte baja de la espalda que se había destrozado lo dejaron casi tullido. Pasó meses encerrado en casa, convaleciente, y fue recuperando poco a poco la capacidad de andar. Sin trabajo, la pareja sobrevivía gracias al inagotable apoyo de su familia y sus vecinos. Les preparaban comida en abundancia, les pagaban el alquiler y el párroco, el padre Herbert, se pasaba todos los días por la casa para rezar, tanto en inglés como en croata. Con la ayuda de un bastón que nunca sería capaz de abandonar del todo a pesar de sus heroicos esfuerzos, Aaron emprendió la difícil tarea de buscar trabajo.

Un primo lejano era propietario de una de las tres tiendas de comestibles de Point. Se apiadó de él y le ofreció un empleo barriendo los suelos, reponiendo mercancías y, con el tiempo, manejando la caja registradora. Aaron no tardó en hacerse cargo de la tienda y el negocio mejoró. Conocía a todos los clientes, a sus hijos y a sus abuelos y hacía cualquier cosa con tal de ayudar a las personas necesitadas. Actualizó el inventario, retiró los artículos que rara vez se vendían y amplió la tienda. Cuando estaba cerrada, incluso iba a buscar los productos para los clientes y se los llevaba a casa en una bicicleta de reparto vieja. Con Aaron al mando, su jefe decidió abrir una tienda de telas dos manzanas más allá.

Él vio una oportunidad con otra expansión: convenció al susodicho para que alquilara el edificio de al lado y abriera un bar. Corría el año 1920, el país estaba en plena ley seca y los inmigrantes católicos de Biloxi tenían más sed que nunca. Aaron hizo un trato con un contrabandista de licores de la zona y abasteció su bar con una impresionante variedad de cervezas, algunas incluso europeas, y una decena de marcas de los populares whiskies irlandeses.

Todas las mañanas abría la tienda al amanecer y ofrecía café cargado y repostería croata a los pescadores y a los trabajadores de las conserveras. Todas las noches, a última hora, Lida horneaba una bandeja de krostules, tiras de masa fritas en aceite con azúcar en polvo, que se volvieron muy populares entre los madrugadores. Durante la mañana, Aaron se afanaba apoyado en su bastón, despachaba en el mostrador, cortaba carne, reponía las estanterías, barría el suelo y atendía las necesidades de sus clientes. A última hora de la tarde abría el bar y recibía a su clientela habitual. Cuando no estaba sirviendo bebidas, volvía de nuevo a la tienda, que cerraba después del último cliente, por lo general alrededor de las siete. A partir de ese momento se quedaba detrás de la barra sirviendo copas, bromeando con los amigos, contando chistes y difundiendo cotilleos. Normalmente cerraba sobre las once, cuando el último turno de trabajadores de la conservera daba por terminada la jornada.

En 1922, Lida y Aaron dieron la bienvenida a su primer hijo y lo bendijeron con el apropiado nombre estadounidense de Lance. Enseguida lo siguieron una hija y otro hijo. La casa estrecha se les quedó pequeña y Aaron convenció a su jefe para que les alquilara un espacio, aún sin terminar, encima del bar y de la tienda de comestibles. La familia se instaló allí mientras un equipo de carpinteros levantaba paredes y construía una cocina. Las jornadas de dieciséis horas de Aaron se alargaron aún más. Lida dejó su trabajo para criar a la familia y para trabajar también en la tienda de comestibles.

En 1925, su jefe murió de un inesperado ataque al corazón. A Aaron no le caía bien su viuda y no veía futuro bajo su mando. La convenció para que le vendiera el bar y la tienda de comestibles y, por mil dólares en efectivo y un pagaré, se convirtió en el dueño de ambos negocios. El pagaré se abonó en dos años y Aaron abrió otro bar en el lado oeste de Point. Con dos bares de éxito y una tienda de comestibles muy concurrida, los Malco prosperaron más que la mayoría de las familias inmigrantes, aunque no presumían de ello de ningún modo. Trabajaron más que nunca, ahorraron, continuaron viviendo en el mismo piso y no alteraron sus costumbres de inmigrantes austeros y frugales. Siempre estaban dispuestos a ayudar a los demás y Aaron solía hacerles pequeños préstamos a sus amigos cuando los bancos se los negaban. Eran generosos con la iglesia y nunca faltaban a la misa de los domingos.

Sus hijos empezaron a trabajar en la tienda en cuanto alcanzaron la edad suficiente. A los siete años, Lance era todo un hito en Point: montado en su bicicleta, repartía a domicilio los comestibles que cargaba en una cesta. A los diez, ya estaba sirviendo botellines fríos de cerveza en la barra del bar y controlando a los clientes.

Al inicio de su carrera empresarial, Aaron fue testigo del lado oscuro del juego y no quiso tener nada que ver con él. Además de porque era ilegal, ese fue el motivo por el que tomó la decisión de no permitir partidas de cartas ni dados en la trastienda. La tentación siempre estaba ahí y algunos clientes se quejaban, pero él se mantuvo firme. El padre Herbert lo celebraba.

La Gran Depresión ralentizó la industria marisquera, pero Biloxi sobrellevó el temporal mejor que el resto del país. Las gambas y las ostras seguían abundando y la gente tenía que comer. El turismo se resintió, pero las conserveras siguieron activas, aunque a un ritmo más lento. En Point, muchos trabajadores se quedaron sin empleo y comenzaron a retrasarse en el pago de los alquileres. Aaron asumió con gran discreción las hipotecas de decenas de casas y se convirtió en casero. Aceptaba pagarés por los alquileres atrasados y, muchas veces, se olvidaba de ellos. Jamás desahuciaron a nadie que viviera en una de las casas de los Malco.

Cuando Lance se graduó en el instituto de Biloxi, jugó con la idea de ir a la universidad. A Aaron no le entusiasmaba el plan, porque necesitaba a su hijo en el negocio familiar. Lance se matriculó en unas cuantas asignaturas en una facultad cercana y, como cabía esperar, mostró aptitudes para las finanzas y la economía. Sus profesores lo animaron a seguir estudiando en la escuela estatal de magisterio, que estaba en Hattiesburg, no muy lejos de allí, y, aunque el joven acarició el sueño, no se atrevió a mencionárselo a su padre.

Entonces llegó la guerra y Lance se olvidó de continuar con sus estudios. El día después de Pearl Harbor se alistó en los marines y salió de su casa por primera vez. Se embarcó con la Primera División de Infantería y entró en acción en el norte de África. En 1944, cuando los aliados invadieron Italia, desembarcó con la primera oleada en Anzio. Como hablaba croata, lo enviaron junto con otros cien soldados a Europa del Este, donde los alemanes se estaban batiendo en retirada. A principios de 1945 pisó la vieja patria, el lugar de nacimiento de su padre y de sus abuelos, y le escribió a Aaron una larga carta en la que le describía la tierra devastada por la guerra. Terminaba con: «Gracias, padre, por tener el valor de abandonar tu hogar y buscar una vida mejor en América». El aludido lloró al leerla y luego la compartió con sus amigos y la familia de Lida.

Mientras los aliados perseguían a los alemanes hacia el oeste, Lance entró en acción en Hungría y Polonia. Dos días después de la liberación de Auschwitz, su pelotón y él recorrieron los caminos de tierra del campo de concentración y asistieron, atónitos e incrédulos, al entierro de cientos de cadáveres demacrados en fosas comunes. Tres meses después de la rendición alemana, Lance regresó ileso a Biloxi, pero con recuerdos tan horribles que juró olvidarlos.

En 1947 se casó con Carmen Coscia, una chica italiana a la que había conocido en el instituto. Con motivo de su boda, Aaron les regaló una casa en Point, en una zona nueva y de viviendas más bonitas que se estaban construyendo para los veteranos. Lance retomó con naturalidad su papel en los negocios de Aaron y dejó la guerra atrás. Pero estaba inquieto y aburrido de la tienda y los bares. Era ambicioso y quería ganar dinero de verdad con los juegos de azar. Su padre seguía oponiéndose con firmeza y tuvieron varios desencuentros.

Trece meses después de su boda, Carmen dio a luz a Hugh y el inicio de una nueva generación llenó a la familia de júbilo. En Point Cadet no paraban de nacer bebés y una avalancha de bautizos mantenía ocupado al padre Herbert. Las familias jóvenes crecían y los mayores lo celebraban. La vida en Point estaba en su mejor momento.

Biloxi volvía a prosperar y el negocio del marisco estaba más vivo que nunca. A medida que repuntaba el turismo, comenzaron a construirse hoteles de lujo en las playas. El ejército decidió conservar Keesler como base de entrenamiento, puesto que así se aseguraba un flujo constante de soldados jóvenes en busca de diversión. Se abrieron más bares, casinos y burdeles y el ajetreo del Strip aumentó más todavía. Siguiendo la costumbre establecida, la policía y los políticos se llevaban el dinero al bolsillo y miraban hacia otro lado. Cuando se inauguró el hotel art déco Broadwater Beach, el vestíbulo estaba lleno de hileras de flamantes máquinas tragaperras compradas a un comerciante de Las Vegas, a pesar de que seguían siendo ilegales.

Tras convertirse en padre, Lance moderó sus ambiciones de involucrarse más en el vicio. Además, Aaron seguía manteniendo un control férreo sobre las empresas y se tomaba muy en serio su reputación. El negocio familiar cambió de manera radical en 1950, cuando Aaron Malco murió repentinamente de una neumonía a los cincuenta y cuatro años. No dejó testamento, de manera que sus bienes se dividieron en cuatro partes iguales entre Lida y sus tres hijos. La mujer estaba desconsolada y se sumió en una depresión larga e incapacitante. Lance y sus dos hermanos discutieron por las propiedades familiares y la situación desembocó en un cisma. Pasaron años peleándose, para gran consternación de su madre. La salud de Lida no paraba de empeorar y al final Lance, su primogénito y su favorito desde siempre, la convenció para que firmara un testamento que le concedía el control de todos los bienes. Lo mantuvieron en secreto hasta el día de la muerte de Lida. Cuando su hermana y su hermano lo leyeron, amenazaron con demandar, pero Lance resolvió la disputa ofreciéndoles cinco mil dólares en efectivo a cada uno. Su hermano aceptó el dinero y abandonó la costa. Su hermana se casó con un médico y se mudó a Nueva Orleans.

A pesar de los dramas familiares y de la creencia generalizada de que Lance había conseguido ganarles la partida a sus hermanos, Carmen y él seguían gozando de buena reputación en Point. Vivían de forma modesta, aunque podían permitirse lo contrario, y eran personas activas y generosas. Eran los mayores contribuyentes a la iglesia de San Miguel y sus programas de ayuda comunitaria y nunca dejaban de echar una mano a los menos afortunados. Algunos incluso admiraban a Lance por considerarlo el Malco más listo, dispuesto a trabajar con ahínco para ganarse la vida.

Fuera de Point, sin embargo, Lance había empezado a ceder a sus ambiciones. Compró un club nocturno como socio en la sombra y convirtió la mitad en un casino. La otra mitad era un bar de copas aguadas y demasiado caras que los soldados se mostraban más que dispuestos a pagar, sobre todo cuando se las servían camareras guapas con atuendos que dejaban poco a la imaginación. Las habitaciones del piso de arriba se alquilaban por medias horas. El negocio iba tan bien que Lance y su socio abrieron otro club, más grande y bonito. Lo llamaron Red Velvet e instalaron un llamativo letrero de neón, el más brillante de toda la autopista 90. El Strip acababa de nacer.

Carmen dejó su trabajo en la tienda y se convirtió en madre a tiempo completo. Lance trabajaba tanto de día como de noche y se ausentaba a menudo, pero ella mantenía el hogar unido y cuidaba con mimo a sus tres hijos. No estaba de acuerdo con las incursiones de su marido en el mundo oscuro, pero rara vez mencionaban sus clubes. Ganaban mucho dinero y tenían más que la mayoría de los habitantes de Point. Quejarse no serviría de nada. Lance era de la vieja escuela, su padre había llegado del Viejo Continente: el hombre gobernaba la casa con puño de hierro y la mujer criaba a los hijos. Carmen aceptó su papel con templanza y serenidad.

Es posible que sus momentos más felices fueran los que vivían en los campos de béisbol. El pequeño Hugh se convirtió en un jugador destacado a los ocho años y no paraba de mejorar. Durante la temporada anual de fichajes, todos los entrenadores lo querían como primera opción. Cuando tenía diez años, lo seleccionaron para la liga de los de doce, toda una rareza. Su único igual era su amigo Keith Rudy.

4

 

 

El clan de los Rudy llevaba en Point casi tanto tiempo como el de los Malco. En alguno de los muchos documentos de la Aduana de Nueva Orleans, «Rudic» se convirtió en «Rudy», que no era un apellido estadounidense común, pero sí más digerible que cualquier nombre procedente de Croacia.

El padre de Keith, Jesse Rudy, había nacido en 1924 y, como todos los demás niños, se crio entre conserveras y barcos camaroneros. Al día siguiente de cumplir dieciocho años, se alistó en la Marina y lo mandaron a combatir en el Pacífico. Centenares de chicos de Point estaban en la guerra, así que la unida comunidad a la que pertenecían elevó innumerables plegarias. La misa diaria se llenaba hasta los topes. Las cartas de las tropas se leían en voz alta a los amigos: los padres las comentaban mientras tomaban cervezas y las madres mientras tejían en los clubes de punto. En noviembre de 1943, la guerra llegó a casa cuando llamaron a la puerta de la familia Bonovich. A Harry, marine, lo mataron en Guadalcanal; fue la primera muerte de Point y solo la cuarta del condado de Harrison. Los vecinos lo lloraron y ayudaron de mil maneras mientras la oscura nube de la guerra se cernía, aún más pesada, sobre ellos. Dos meses después murió el segundo muchacho.

Jesse sirvió en un destructor de la Flota del Pacífico. Resultó herido en octubre de 1944, durante la batalla del golfo de Leyte, cuando su barco recibió el impacto directo de un bombardero en picado pilotado por un kamikaze. Lo sacaron del mar con graves quemaduras en ambas piernas. Dos meses después llegó al hospital naval de San Francisco, donde lo atendieron buenos médicos y no le faltaron enfermeras jóvenes y guapas.

Floreció un romance y, cuando lo licenciaron en la primavera de 1945, regresó a la costa con dos piernas frágiles, un petate con todas sus pertenencias y una novia de diecinueve años. Agnes se había criado en una granja de Kansas y siguió a Jesse hasta su casa con gran ansiedad. Nunca había estado en el sur profundo y se esperaba todos los estereotipos habituales: aparceros sin zapatos, paletos desdentados, crueldad segregacionista y demás, pero estaba locamente enamorada de él. Alquilaron una casa en Point y se pusieron a trabajar. A Agnes la contrataron como enfermera en Keesler, mientras que Jesse iba saltando de un trabajo sin futuro a otro. Sus limitaciones físicas le impidieron incluso conservar un empleo a tiempo parcial en un barco camaronero, para gran alivio suyo.

Agnes se sorprendió al darse cuenta de que se había adaptado enseguida a la vida en la costa. Le encantaba lo unidas que estaban las comunidades de inmigrantes, que la acogieron sin reservas ni prejuicios. Le restaron importancia a su origen angloprotestante. Tras más de ochenta años en el país, los matrimonios entre distintos grupos étnicos eran algo común y aceptado. Agnes disfrutaba de los bailes y las fiestas, de alguna copa esporádica y de las grandes reuniones familiares. La vida en la Kansas rural siempre fue mucho más tranquila. Y seca.

En 1946, el Congreso financió una ley para promover la reintegración de los soldados a la vida civil y, de repente, miles de jóvenes veteranos pudieron costearse estudios superiores. Jesse se matriculó en una facultad cercana y cursó todas las asignaturas de Historia que se ofrecían. Su sueño era ser profesor de Historia de Estados Unidos en un instituto de secundaria. Su sueño inconfesable era convertirse en un catedrático erudito y dar clases en una universidad.

Formar una familia no entraba en sus planes, pero los Estados Unidos de la posguerra demostraron ser una tierra fértil. Keith nació en abril de 1948 en Keesler, donde los veteranos y sus respectivas familias recibían atención médica gratuita.

Veintiocho días después, Hugh Malco nació en la misma planta. Sus familias se conocían de los corrillos de inmigrantes de Point y los dos padres eran amigos, aunque no íntimos.

Cinco meses después de la llegada de Keith, Jesse y Agnes sorprendieron a su familia con la noticia de que se iban fuera a estudiar. Al menos él. La universidad más cercana en la que podría cursar una carrera de cuatro años era la Escuela Estatal de Magisterio, que estaba ciento veinte kilómetros más al norte, en Hattiesburg. Pasarían fuera un par de años y luego regresarían. El de Jesse sería el primer título universitario de la familia Rudic/Rudy y sus padres se sintieron justamente orgullosos. Agnes y él metieron sus pertenencias y a Keith en su Mercury de 1938 y se dirigieron al norte por la autopista 49. Alquilaron un apartamento minúsculo en el campus de Hattiesburg y, a los dos días, Agnes ya había conseguido trabajo de enfermera con un grupo de médicos. Lograron compatibilizar el trabajo de ella con las clases de él y se las arreglaron para no tener que pagar niñeras que se hicieran cargo del pequeño Keith. Jesse se matricu­ló en todas las asignaturas que pudo y completó sus estudios sin problema alguno.

Al cabo de dos años, cuando terminó, contemplaron la posibilidad de quedarse y que cursara un máster. Sin embargo, el problema de la fertilidad volvió. Cuando Agnes se dio cuenta de que estaba embarazada de su segundo hijo, decidieron que la época universitaria había terminado y que Jesse tenía que empezar una verdadera carrera profesional. Volvieron a la costa y alquilaron una casa en Point. Como no quedaban vacantes en el departamento de Historia del instituto de Biloxi, Jesse aceptó un puesto de profesor de Educación Cívica en Gulfport. Su primer sueldo fue de dos mil setecientos dólares al año. Agnes volvió a Keesler como enfermera, pero tuvo complicaciones con el embarazo y le tocó pedir la baja.

Beverly nació en 1950. Jesse y Agnes acordaron que dos hi­jos serían bastantes durante un tiempo y se pusieron serios con el tema de la planificación familiar. Al final él consiguió un puesto de profesor de Historia en el instituto de Gulfport y recibió un ligero aumento de sueldo. Ella trabajaba a tiempo parcial y, como la mayoría de las parejas jóvenes de la posguerra, apenas se mantenían a flote y soñaban con cosas mejores. A pesar de sus cautelosos esfuerzos, las cosas se torcieron sin saber cómo y Agnes se quedó embarazada por tercera vez. Laura llegó solo catorce meses después que Beverly y, de la noche a la mañana, la casa se les quedó demasiado pequeña. Sin embargo, los padres de Jesse vivían solo cuatro puertas más abajo y había tíos y tías al otro lado de la calle. Cuando Agnes necesitaba ayuda o incluso un descanso ocasional, le bastaba con dar un grito para que alguien se pusiera en camino. Las madres y las abuelas del barrio se enorgullecían sobremanera de criar a los hijos ajenos.

Uno de los temas favoritos de Jesse y Agnes, del que hablaban susurrando en alguno de sus escasos momentos de tranquilidad, era la idea de marcharse de Point. Aunque el apoyo era crucial y lo valoraban, en ocasiones también les resultaba sofocante. Todo el mundo se metía en sus asuntos. Había poca intimidad. Si se saltaban la misa del domingo por cualquier motivo, lo normal era esperar que todo un desfile de familiares y amigos se pasaran por la tarde por su casa para ver quién estaba enfermo. Si uno de los niños tenía fiebre, se convertía en un asunto de vida o muerte en la calle entera. La falta de intimidad era un problema. La de espacio, otro aún mayor. La casa se les había quedado pequeña y la situación no haría más que empeorar a medida que sus hijos crecieran. Pero cualquier mejora supondría una complicación. Con tres niños pequeños a los que atender, Agnes no podía trabajar, lo cual les supuso un duro golpe, puesto que, cuando la contrataban a jornada completa, ganaba más que Jesse. El sueldo de su marido no llegaba aún a los tres mil dólares anuales y los aumentos salariales para profesores nunca eran una prioridad.

Así que siguieron soñando. Y, a pesar de lo difícil que les resultaba, intentaban abstenerse de mantener relaciones sexuales en la medida de lo posible. Un cuarto hijo estaba descartado.

Llegó de todos modos. El 14 de mayo de 1953 recibieron a Timothy en una casa llena de personas que le deseaban lo mejor y que, en su mayor parte, convenían en silencio que con cuatro bastaba. Los vecinos estaban hartos de globos y tarta.

 

 

Durante su breve lapso como universitario, aunque universitario casado, Jesse solo hizo un amigo significativo. Felix Perry también se licenció en Historia, pero, después de graduarse, cambió súbitamente de rumbo y decidió hacerse abogado. Como era un magnífico estudiante, no tuvo ningún problema para que lo admitieran en la facultad de Derecho de la Ole Miss, la Universidad de Mississippi, y terminó la carrera en tres años como el primero de su promoción. Consiguió trabajo en un buen bufete de Jackson y se embolsaba un salario envidiable.

Llamó para avisar de que tenía que ir a Biloxi por un asunto de trabajo y «¿Te parece si quedamos para cenar?». Con cuatro hijos menores de cinco años, Jesse no podía ni plantearse salir una noche, pero Agnes insistió.

—Solo te pido que no vuelvas borracho a casa —le dijo entre risas.

—¿Cuándo fue la última vez que pasó eso?

—Nunca. Venga, largo de aquí.

Soltero, lejos de casa y con dinero en el bolsillo, el amigo buscaba diversión. Disfrutaron del gumbo, las ostras crudas y el pargo a la parrilla del Mary Mahoney’s, todo ello regado con una buena botella de vino francés. Felix había dejado claro que la noche corría de su cuenta, que se la facturaría a un cliente. Jesse nunca se había sentido tan mimado. Pero, a medida que avanzaba la cena, la prepotencia de su viejo amigo comenzó a irritarlo. Felix ganaba mucho dinero, vestía trajes impresionantes, conducía un Ford de 1952 y el ascenso de su carrera no parecía tener fin a la vista. Se convertiría en socio al cabo de siete años, puede que ocho, y eso sería como ganar el premio gordo.

—¿Has pensado alguna vez en la abogacía? —preguntó—. Porque, bueno, no vas a seguir dando clase en un instituto para siempre, ¿no?

Tenía toda la razón, pero Jesse no estaba dispuesto a reconocerlo.

—He pensado en muchas cosas últimamente —dijo—. Pero me encanta lo que hago.

—Eso es importante, Jesse. Me alegro por ti, pero no sé cómo consiguen sobrevivir los profesores de este estado. El sueldo es ridículo. Sigue siendo el más bajo del país, ¿no?

En efecto, lo era, pero aquella observación, viniendo de Felix, era innecesaria.

Se pasaron la mitad de la cena hablando de asociados y socios, demandas y juicios y, para Jesse, la conversación tuvo dos vertientes. Por un lado, le resultó un tanto irritante que le recordaran que dedicarse a la enseñanza siempre supondría una dificultad económica, sobre todo para un hombre que era el único proveedor de la familia y tenía cuatro hijos en casa. Por otro, cuanto más hablaban, más interés le despertaba la idea de convertirse en abogado. Teniendo en cuenta que ya había cumplido los treinta, parecía un reto imposible, pero tal vez le viniera bien enfrentarse a algo así.

Felix pagó la cuenta y se marcharon en busca de «lío», según sus palabras. Era de un condado pequeño en el que no había ni una gota de alcohol (los ochenta y dos condados seguían respetando la ley seca en 1954) y solo conocía de oídas la leyenda del vicio de Biloxi. Quería beber, jugar a los dados, ver algo de piel y quizá pagar por pasar un buen rato con una chica.

Como todos los muchachos de Biloxi, Jesse se había criado en una cultura y en una ciudad en las que algunos disfrutaban de las cosas malas —el juego, las prostitutas, las bailarinas de estriptis, el whisky…—, todas ellas ilegales, aunque aceptadas igualmente. De adolescente, él también fumaba a escondidas en los salones de billar y bebía cerveza en ciertos bares, pero, una vez que se pasó la novedad, se olvidó de aquellas actividades prohibidas. En todas las familias había un joven con deudas de juego o problemas con el alcohol y todas las madres sermoneaban a sus hijos acerca de los peligros que acechaban justo al otro lado de la ciudad. La noche anterior a que Jesse se marchara al campo de entrenamiento y a la guerra, varios amigos y él se fueron de bares y se gastaron sus últimos dólares en prostitutas. A la mañana siguiente durante el desayuno, su madre no dijo ni una palabra sobre lo tarde que había llegado la noche anterior. No fue el único soldado que se despidió con resaca. Cuando regresó a casa, tres años más tarde, lo hizo con una esposa y su breve periodo de calavera había terminado. De vez en cuando, una vez al mes como mucho, quedaba con sus amigos para tomar una cerveza rápida después del trabajo. Su bar favorito era el Malco’s Grocery y muchas veces veía allí a Lance sirviendo copas.

No tenía claro en qué tipo de «lío» quería meterse Felix, pero el lugar más seguro para perder dinero era el Jerry’s Truck Stop, un clásico de la autopista 90, la avenida principal junto a la costa. Hacía años, el establecimiento de Jerry se dedicaba realmente a vender gasóleo y a atender a los camiones que pasaban por allí. Luego añadió un bar detrás de la cafetería y empezó a ofrecer los licores más baratos de la costa. A los camioneros les encantó la iniciativa y difundieron por toda la región la noticia de que allí podías tomarte una cerveza helada para acompañar los huevos con salchichas. Jerry amplió el bar y se llenó los bolsillos hasta que el sheriff lo informó de que beber y conducir no eran compatibles. Hubo varios accidentes provocados por camioneros ebrios y murió gente. Jerry tenía que elegir: o gasóleo o alcohol. Eligió lo segundo; quitó los surtidores, convirtió el taller en un casino y empezó a atender a soldados en lugar de a camioneros. El Truck Stop se convirtió en el garito más famoso de Biloxi.

Felix pagó el dólar de la entrada y se dirigieron hacia la barra larga y brillante. Un segundo después se quedó boquiabierto al fijarse en dos preciosas bailarinas contoneándose alrededor de un poste con movimientos que jamás había visto. El club era un lugar ruidoso, oscuro y lleno de humo, con luces de colores que barrían la pista de baile. Encontraron un hueco junto a la barra y dos jóvenes muy maquilladas, vestidas con una blusa escotada y una falda muy corta, los abordaron enseguida.

—¿Nos invitáis a una copa, chicos? —preguntó la primera mientras se embutía entre ambos y pegaba las tetas al pecho de Felix.

La otra se acercó a Jesse, que ya sabía cómo funcionaba la cosa.

—Claro —dijo aquel, deseoso de gastar dinero—. ¿Qué va a ser?

Jesse miró a uno de los cuatro camareros, que ya estaba esperando para prepararles las copas. Apenas unos segundos más tarde, les sirvió dos cócteles altos y verdosos para las chicas y dos vasos de burbon para los chicos.

El simpático camarero asintió con entusiasmo y dijo en voz alta:

—Recuerden, la cuarta consumición les sale gratis.

—¡Guau! —exclamó Felix casi a gritos.

O sea que, para que los números cuadraran, cualquiera tendría que pagar al menos ocho copas para considerar que la noche le había salido redonda. Las bebidas verdes no eran más que agua azucarada con un colorido agitador de plástico y una cereza encima. En su debido momento, las chicas cogerían los agitadores y se los guardarían en un bolsillo. Cuando terminara la noche y cerraran la caja, les pagarían cincuenta centavos por cada uno, no por hora. Cuantas más copas les sacaban a los clientes, más dinero ganaban. Los lugareños ya se conocían la jugada y habían acuñado el término B-drinking para referirse a esta forma de alterne. Los turistas y los militares no sabían de qué iba el tema y no dejaban de pedir.

Las chicas eran guapas y cuanto más jóvenes mejor. Como ganaban bastante y las oportunidades para las mujeres en las ciudades pequeñas escaseaban, ponían rumbo a la costa, hacia una vida más desenfrenada. Eran muy numerosas las historias de muchachas criadas en granjas que trabajaban con empeño en los clubes durante unos años, ahorraban dinero y volvían a casa, donde nadie sabía a lo que se habían dedicado durante ese tiempo. Se casaban con su antiguo novio del instituto y tenían familia.

Felix estaba con Debbie, una auténtica veterana capaz de detectar un buen blanco, aunque tampoco hacía falta una gran intuición. Le dijo a su amigo:

—Vamos a bailar. Cuídanos las copas.

Desaparecieron entre la multitud. Sherry Ann se acercó más a Jesse y este sonrió y le dijo:

—Mira, yo no voy a entrar al trapo. Estoy felizmente casado y tengo cuatro hijos en casa. Lo siento.

Ella suspiró, sonrió, lo comprendió y repuso:

—Gracias por la copa.

Unos segundos más tarde, ya estaba trabajando en el otro extremo de la barra. Tras unos minutos de magreo en la pista, Felix y Debbie pasaron por allí a recoger las copas. Él le susurró, aunque en voz alta:

—Oye, nos vamos arriba. Dame media hora, ¿vale?

—Descuida.

De repente, Jesse se encontró solo en la barra y, para evitar que volvieran a intentar cazarlo, se dirigió al casino y empezó a pasear por él. Había oído rumores sobre la creciente popularidad del Truck Stop, pero, aun así, le sorprendió el número de mesas. Las paredes se hallaban ocultas tras máquinas tragaperras. Las mesas de ruleta y de dados estaban a un lado, y las de póquer y blackjack, al otro. Había decenas de jugadores, casi todos hombres y muchos de uniforme, fumando, bebiendo y gritando mientras se gastaban el dinero. Las camareras corrían de acá para allá tratando de satisfacer la demanda de cócteles. Y eso un martes por la noche.

Jesse sabía que debía evitar la ruleta y los dados porque estaban amañados. Era bien conocido que el único juego honesto de la ciudad era el blackjack. Encontró un taburete vacío en una concurrida mesa de veinticinco centavos y sacó dos dólares, su límite. Una hora más tarde había ganado dos dólares con cincuenta y no había ni rastro de Felix por ninguna parte.

A las once llamó a su hermano y lo convenció de que fuera a buscarlo.

 

 

Al año siguiente, en 1955, Jesse se matriculó en las clases nocturnas de la facultad de Derecho de Loyola, en Nueva Orleans. Desde la cena con Felix, se había obsesionado con la idea de convertirse en abogado y apenas hablaba, al menos con Agnes, de otra cosa. Al final su mujer se hartó de mantener siempre las mismas conversaciones y dejó a un lado sus reticencias. Con cuatro hijos pequeños, buscar trabajo de enfermera, aunque fuera a tiempo parcial, quedaba totalmente descartado, pero apoyaría a su marido y juntos lograrían que las cosas salieran bien. Ambos detestaban la idea de endeudarse, pero, cuando el padre de Jesse les ofreció un préstamo de dos mil dólares, no tuvieron más remedio que aceptarlo.

Los martes al salir del instituto se dirigía a toda prisa hacia Nueva Orleans, un trayecto de dos horas, y llegaba unos quince minutos tarde a la clase de las seis. Los profesores eran comprensivos con sus alumnos y con las limitaciones que ser empleados a jornada completa en otros lugares imponía sobre su tiempo. Estaban en la facultad de Derecho, por la noche, sacando adelante sus estudios de la forma más complicada posible, de modo que la mayoría de las normas eran flexibles. Durante cuatro horas, en las que se impartían dos asignaturas, Jesse tomaba muchos apuntes, participaba en debates y, siempre que podía, leía el material de las clases por adelantado. Asimilaba la ley y se entusiasmaba con sus retos. A última hora de la noche, cuando la segunda asignatura llegaba a su fin, muchas veces era el único alumno que seguía bien despierto y deseoso de interactuar con el profesor. A las 21.50 en punto salía a toda prisa del aula y se dirigía hacia su coche para volver a casa. A medianoche, Agnes siempre lo esperaba con la cena recalentada y preguntas sobre sus asignaturas.

Raro el día que dormía más de cinco horas y se despertaba antes del amanecer para preparar sus propias clases de Historia o corregir trabajos.

Los jueves por la noche se marchaba de nuevo a Loyola para asistir a otras dos clases. Nunca se saltaba ninguna, como tampoco se saltaba ni un solo día de trabajo, ni una misa ni una cena familiar. Sus hijos iban creciendo y él siempre tenía tiempo para jugar con ellos en el patio o llevarlos a la playa. Era habitual que Agnes se lo encontrara a medianoche en el sofá, muerto de cansancio, con un grueso libro de estudio abierto y apoyado en el pecho. Cuando sobrevivió al primer año con unas calificaciones estelares, una noche abrieron una botella de champán barato y lo celebraron. Luego se quedaron dormidos. Una de las ventajas del agotamiento era la falta de energía para las relaciones sexuales. Cuatro hijos eran suficientes.

Sus estudios avanzaban y familiares y amigos comenzaron a darse cuenta de que no estaba persiguiendo un sueño descabellado, así que cierto grado de orgullo permeó su mundo. Sería el primer abogado de Point, el primero de todos aquellos hijos y nietos de inmigrantes que habían trabajado y se habían sacrificado en el nuevo país. Corrían rumores de que se marcharía y otros de que se quedaría. ¿Se iría a trabajar a un buen bufete de Biloxi o abriría su propio despacho en Point y ayudaría a su gente? ¿Era cierto que quería trabajar en un gran bufete de Nueva Orleans?

Aun así, los curiosos se guardaban sus preguntas para sí. Aquellos murmullos jamás llegaron a oídos de Jesse. Tenía demasiadas cosas que hacer como para preocuparse por los vecinos. No tenía intención de abandonar la costa e intentó presentarse a todos los abogados de la ciudad. Se pasaba por los juzgados y entablaba amistad con los jueces y sus secretarios.

Después de cuatro años sudando sangre en las clases nocturnas y de perder incontables horas de sueño, Jesse Rudy se graduó con honores en Loyola, aprobó el examen de abogacía de Mississippi y aceptó un puesto de asociado en un bufete de tres personas situado en la avenida Howard, en el centro de Biloxi. Su salario inicial era equivalente al de un profesor de Historia de instituto, pero tenía el aliciente de las primas. Al final de cada año el bufete calculaba el total de sus ingresos y recompensaba a cada abogado con una prima basada en las horas trabajadas y en los nuevos negocios generados. Resuelto y tenaz, Jesse empezó su carrera de inmediato fichando todas las mañanas a las cinco.

Aunque al principio su título de Derecho no supuso una gran diferencia en términos monetarios, para el banquero hipotecario sí tuvo un significado importante. Conocía bien el bufete y tenía a los socios en gran consideración. Aprobó la solicitud de préstamo de Jesse y la familia se mudó a una casa de tres dormitorios en la parte occidental de Biloxi.

Era el primer abogado de ascendencia croata de la ciudad, de modo que no tardó en verse desbordado por la avalancha de problemas jurídicos cotidianos de su gente. No podía decir que no, así que se pasaba horas preparando testamentos baratos, escrituras y contratos sencillos. Nunca se aburría de ello y recibía a sus clientes en su precioso despacho como si fueran millonarios. El éxito de Jesse Rudy se convirtió en fuente de muchas historias de orgullo en Point.

Para su primer gran caso, un socio le pidió que investigara varios asuntos relacionados con un trato empresarial que se había torcido. El propietario del Truck Stop había acordado verbalmente venderle su negocio a una banda local encabezada por un tipo llamado Snead. También había un contrato escrito sobre el terreno y otro sobre un alquiler o dos. Las partes llevaban un año negociando sin asesoramiento legal y, como no podía ser de otra manera, había confusión y tensión. Todo el mundo estaba enfadado y dispuesto a demandar. Incluso habían amenazado al propietario del Truck Stop con pegarle una buena paliza.

Los miembros de la banda preferían esconderse detrás de Snead y permanecer en el anonimato, pero, a medida que fueron arrancando capas, quedó claro, al menos entre los abogados, que el principal inversor no era otro que Lance Malco.

5

 

 

La guerra de precios empezó en un burdel. Un gánster de poca monta llamado Cleveland compró un viejo club llamado Foxy’s en el Strip. Añadió un ala barata para dedicarla al juego y otra un poco más bonita para sus putas. Aunque no había un precio fijado por media hora de placer con una chica, la tarifa que solía aceptarse en general, y la que habían acordado tácitamente los propietarios, era de veinte dólares. En Foxy’s se redujo a la mitad y la noticia corrió por Keesler como la pólvora. Y, dado que los soldados tenían sed tanto antes como después, también se redujo el precio de la cerveza barata de barril. El local estaba a reventar y no había aparcamiento suficiente.

Para sobrevivir, algunos de los clubes de gama baja rebajaron también sus tarifas. Entonces los propietarios empezaron a robarse las chicas. La economía del vicio de Biloxi, siempre en frágil equilibrio, dio un vuelco. En un intento de restablecer el orden, unos cuantos gorilas se pasaron una noche por el Foxy’s, abofetearon a un camarero, les pegaron una buena tunda a dos porteros y transmitieron la advertencia de que vender sexo y alcohol por menos de «la tarifa establecida» era inaceptable. Las palizas resultaron contagiosas y una ola de violencia se extendió por el Strip. Una emboscada detrás de un garito provocaba un contraataque en otro. Los dueños se quejaron a la policía, que los escuchó, aunque no se preocupó demasiado. Todavía no se había producido ninguna matanza y, bueno, eran cosas de chicos. ¿Qué peligro tenían unas cuantas peleas? Hay que dejar que los delincuentes gestionen sus propios mercados.

En medio de aquella agitación, que se prolongó durante más de un año, entró en escena un novato estrella. Se llamaba Nevin Noll y era un recluta de veinte años que se había alistado en las fuerzas aéreas para escapar de los problemas en los que se había metido en casa, en el este de Kentucky. Procedía de una familia de armas tomar formada por destiladores ilegales y todo tipo de delincuentes y lo habían educado para desconfiar de la ley. Hacía décadas que ni uno solo de sus parientes varones intentaba mantener un trabajo honrado. Sin embargo, el joven Nevin soñaba con marcharse y forjarse una vida más espléndida como gánster famoso. Se fue antes de lo esperado y con prisas.

Dejó tras de sí a dos chicas embarazadas como mínimo, con sus correspondientes padres furiosos, y una orden de arresto por agresión provocada por la brutal paliza que le había propinado a un ayudante de sheriff fuera de servicio. Pelear en él era instintivo; prefería dar puñetazos a beber cerveza fría. Medía un metro noventa, era ancho de hombros y fuerte como un buey; además, sus puños eran extraordinariamente rápidos y eficaces. Cuando llevaba seis semanas de entrenamiento básico en Keesler, ya había roto dos mandíbulas, arrancado numerosos dientes y mandado a un chico al hospital con una conmoción cerebral.

Una pelea más y lo licenciarían con deshonor.

No tardó en ocurrir. Un sábado por la noche estaba jugando a los dados en el Red Velvet con un par de amigos cuando estalló una discusión acerca de unos dados sospechosos. Un jugador enfadado dijo que estaban «trucados» e hizo ademán de recuperar sus fichas. El crupier fue más rápido. Un segundo crupier empujó al jugador, que había bebido y que, por supuesto, no se tomó bien el empujón. Nevin acababa de tirar los dados, había perdido y también desconfiaba de la mesa. Como gran parte de sus clientes eran soldados y propensos a la bebida, el Red Velvet contaba con muchos porteros que siempre estaban atentos a los chicos de uniforme. Nada excitaba más a Nevin que los puños voladores, así que se metió en la pelea. Cuando un empleado del casino lo empujó hacia atrás, él le lanzó un gancho de izquierda al mentón y lo dejó inconsciente de golpe. Dos guardias se le abalanzaron al cabo de un instante y ambos terminaron con la nariz rota antes siquiera de haber lanzado un puñetazo. Los cuerpos volaban en todas direcciones y él quería más. Sus dos amigos de la base se apartaron y lo observaron con admiración. Ya lo habían visto antes. Los hombres adultos, daba igual de qué tamaño, no eran más que sacos de boxeo cuando se acercaban demasiado al señor Noll.

El crupier de la mesa de dados saltó sobre ella y le asestó un golpe tremendo con el rastrillo. Alcanzó a Nevin en el hombro, pero no le hizo daño. Él le pegó cuatro puñetazos en la cara y le hizo sangre con todos.

El juego cesó cuando una multitud se arremolinó en torno a la mesa de dados. Nevin se alzó en medio de una pila de hombres magullados y ensangrentados y miró a su alrededor con los ojos desorbitados sin parar de repetir: «Venga, vamos, ¿quién es el siguiente?». Nadie avanzó hacia él.

Todo terminó sin más derramamiento de sangre cuando aparecieron dos gorilas con sendas escopetas. Nevin sonrió y levantó las manos. Ganó la pelea, pero perdió la batalla. Una vez esposado, los guardias lo tiraron al suelo de una patada en las piernas y se lo llevaron a rastras. Otra noche en la cárcel.

El domingo por la mañana a primera hora, Lance Malco y su jefe de seguridad reunieron a los dos crupieres y a los dos guardias de seguridad, ninguno de los cuales estaba de humor para hablar, y les pidieron que les contaran la pelea. El segundo crupier tenía la mandíbula terriblemente hinchada. La cara del de la mesa de dados era un amasijo de cortes: uno en cada ceja, otro en el puente de la nariz y el labio inferior roto. Los dos guardias de seguridad se habían puesto una bolsa de hielo en la nariz y apenas veían a través de los ojos nublados e hinchados.

—¡Menudo equipo! —exclamó Lance con sorna—. ¿Un solo hombre ha causado todo este daño?

Uno por uno, los obligó a describir lo sucedido. Muy a su pesar, los cuatro se mostraron maravillados de la rapidez con la que los había atacado.

—Debe de ser boxeador o algo así —dijo uno de los guardias.

—El muy cabrón sabe pegar, eso está claro —intervino el otro.

—Y que lo digáis —replicó Lance, riendo—. Ya os lo veo en la cara.

No los despidió, sino que fue al juzgado y vio a Nevin Noll comparecer ante el juez y declararse no culpable de cuatro cargos de agresión. Su abogado de oficio le explicó al tribunal que a su cliente lo habían licenciado de Keesler justo el día anterior y que se volvía a Kentucky. Eso ya debería ser castigo suficiente, ¿no?

Noll quedó en libertad a cambio de una fianza baja y se le ordenó marcharse en menos de dos días. Lance acorraló al abogado de Nevin y le preguntó si podía hablar un momento con su cliente; le dijo que quizá estuviera dispuesto a retirar los cargos si llegaban a un acuerdo. Tenía buen olfato para el talento, ya fuera para los repartidores de cartas hábiles, las chicas jóvenes y guapas o los hombres violentos. Reclutaba a los mejores y les pagaba bien.

Para Nevin Noll, aquello fue un milagro. Podía olvidarse del ejército y de volver a Kentucky y conseguir un empleo de verdad haciendo lo que siempre había soñado: trabajar para un jefe del crimen organizado, ocuparse de la seguridad, frecuentar bares y burdeles y, de vez en cuando, reventar algún cráneo que otro. Se convirtió al instante en el empleado más leal que Lance Malco contrataría en su vida.

El Jefe, como ya se lo conocía en aquel momento, degradó a los guardias de seguridad de la nariz rota y los destinó al camión que recogía el licor de un barco. A Noll lo pusieron en el despacho del piso de arriba, una «suite corporativa» del Red Velvet, y empezó a aprender los entresijos del negocio.

Cleveland, el propietario del Foxy’s, había aguantado numerosas amenazas y seguía vendiendo sexo barato. Debían hacer algo, y Lance vio la oportunidad de mostrar su verdadero liderazgo. Sus chicos y él idearon un sencillo plan de ataque que elevaría a Nevin Noll a nuevas cumbres o haría que lo mataran.

A las cinco de la tarde de un viernes de principios de marzo de 1961, un centinela avisó al Jefe de que Cleveland acababa de aparcar su nuevo Cadillac en su plaza habitual, detrás del Foxy’s. Diez minutos después, Nevin Noll entró, se acercó a la barra y pidió una copa. La sala estaba prácticamente vacía, pero una banda estaba montando sus instrumentos en un rincón y se estaban llevando a cabo los preparativos necesarios para hacer frente a otra noche ajetreada. La seguridad era escasa, pero eso cambiaría al cabo de más o menos una hora.

Noll le preguntó al camarero si el señor Cleveland había llegado y le dijo que quería hablar con él.

El hombre frunció el ceño, continuó secando una jarra de cerveza y contestó:

—No lo sé. ¿Quién lo pregunta?

—Bueno, pues yo sí lo sé. Me ha enviado el señor Malco. Conoces al señor Lance Malco, ¿verdad?

—Nunca he oído hablar de él.

—Claro que no. No esperaba que supieras gran cosa.

Noll se bajó del taburete y se encaminó hacia el final de la barra.

—¡Eh, pedazo de gilipollas! —gritó el camarero—. ¿Adónde crees que vas?

—Voy a ver al señor Cleveland. Sé que está escondido aquí atrás.

El empleado no era un hombre pequeño y había dispersado un buen número de peleas.

—No tan deprisa, amigo —dijo y lo agarró del brazo izquierdo.

Fue un error. Con el derecho, Noll se volvió y le asestó un golpe en la mandíbula izquierda. Se oyó un crujido y el camarero cayó al suelo como un ladrillo, inconsciente. Un matón con un sombrero de vaquero negro se materializó al salir de entre las sombras y cargó contra Noll, que cogió una jarra de cerveza vacía de la barra y se la estampó en la oreja. Con ambos en el suelo, miró a su alrededor. Dos hombres sentados a una mesa lo miraban con la boca abierta. Los miembros de la banda se habían quedado paralizados y no sabían ni qué hacer. Él los saludó con un gesto de la cabeza y desapareció tras unas puertas batientes. El pasillo estaba oscuro, la cocina se encontraba más adelante. Un excamarero le había dicho a Malco que el despacho de Cleveland estaba detrás de una puerta azul al final del estrecho pasillo. Noll la abrió de una patada y anunció su llegada:

—Hola, Cleveland, ¿tienes un minuto?

Un muchacho corpulento, vestido con abrigo y corbata, intentó levantarse a toda prisa de una silla. No llegó a hacerlo, puesto que Noll le propinó tres puñetazos rápidos en la cara. Cayó al suelo, gimiendo. Cleveland estaba sentado detrás de su escritorio, atendiendo una llamada de teléfono, y ahora sostenía el auricular en el aire. Durante uno o dos segundos, la sorpresa le impidió reaccionar. Dejó caer el aparato y se agachó para abrir un cajón, pero ya era demasiado tarde. Noll se abalanzó sobre él por encima del escritorio, lo abofeteó con fuerza y lo tiró de la silla. El objetivo era pegarle una buena paliza, no matarlo. El Jefe quería a Cleveland vivo, al menos de momento. Sin usar nada más que los puños, le rompió las mandíbulas, le partió los labios, le saltó varios dientes, le puso los ojos morados, le laceró las mejillas y la frente y le separó el hueso de la nariz de la cavidad craneal. Cuando el muchacho corpulento empezó a emitir más sonidos, Noll cogió un cenicero pesado y se lo estampó en la parte posterior de la cabeza.

Se abrió una puertecita lateral y apareció una rubia platino de unos treinta años que, al ver la carnicería, estuvo a punto de dejar escapar un grito. Se tapó la boca con ambas manos y se quedó mirándolo, horrorizada. Él se sacó enseguida un revólver del bolsillo trasero y señaló una silla con la cabeza.

—¡Siéntate y no abras la boca! —gruñó.

La mujer avanzó de espaldas hacia la silla, incapaz de hacer ni un solo ruido. De un bolsillo delantero, Noll se sacó un tubo de veinte centímetros, un silenciador, y lo enroscó en el cañón del revólver. Lanzó un tiro al techo y la rubia soltó un alarido. Disparó de nuevo contra la pared, un metro por encima de la cabeza de la mujer, y le dijo:

—¡Me cago en la leche, escúchame!

Ella estaba demasiado horrorizada para reaccionar. Disparó otra vez contra la pared, con el mismo ruido sordo.

Se le acercó, le apuntó con el arma y dijo:

—Dile a Cleveland que tiene siete días para cerrar este sitio. ¿Entendido?

Consiguió asentir. «Sí».

—Volveré dentro de una semana. Si sigue aquí, le haré daño de verdad.

Desenroscó el silenciador, se lo arrojó al regazo a modo de recuerdo y se metió el revólver en el cinturón. Salió del despacho, se coló en la cocina y salió por la puerta de atrás.

 

 

La guerra de precios había terminado.

Cleveland pasó tres semanas en un hospital, conectado a muchos tubos y un respirador. El cerebro se le hinchaba de vez en cuando y los médicos le inducían un coma tras otro. Temerosa de que Noll les hiciera otra visita, su novia, la rubia platino, cerró el Foxy’s a la espera de recibir órdenes de Cleveland. Cuando por fin le dieron el alta, no podía andar y lo sacaron en silla de ruedas. Aunque había sufrido daños cerebrales, tuvo el suficiente sentido común como para darse cuenta de que su ambiciosa aventura empresarial en el Strip había llegado a su fin.

Como Nevin Noll era nuevo en ese ambiente, nadie lo reconoció y no resultó posible identificarlo. Sin embargo, su ataque en solitario contra el Foxy’s se convirtió en leyenda al instante y no dejó dudas de que Lance Malco era, en efecto, el Jefe.

Un banco ejecutó la hipoteca del club y mandó sellar las puertas y las ventanas del local con listones de madera. Permaneció cerrado durante seis meses y luego se lo vendieron a una empresa de Nueva Orleans… controlada por Lance Malco.

Con ya cuatro clubes a su cargo, este dominaba la ma­yor parte del vicio de la costa. La pasta entraba a raudales y él lo compartía con su banda y los políticos que importaban. Creía con firmeza en gastar dinero para satisfacer las demandas de sus clientes y por eso ofrecía el mejor alcohol, las mejores chicas y el mejor juego al este del Mississippi.

La competencia era un problema constante. El éxito generaba imitaciones y había una hilera interminable de dueños de clubes que trataban de hacerse un hueco. Algunos conseguía cerrarlos presionando al sheriff. Otros mostraban más resistencia y contraatacaban. Siempre existía la amenaza de la violencia, que no era extraño que se materializase.

La familia Malco se marchó de Point y se mudó a una preciosa casa nueva al norte de Biloxi. Vivían con rejas y guardias y el Jefe rara vez iba a ninguna parte sin Nevin Noll a su lado.

6

 

 

La otrora prometedora carrera deportiva de Hugh Malco llegó bruscamente a su fin un caluroso día de agosto. Cursaba su segundo año en el instituto de Biloxi y tanto él como otro montón de quinceañeros estaban sufriendo los dos entrenamientos diarios de la pretemporada de fútbol americano y soñando con entrar en el primer equipo. Las cosas no iban bien. Había al menos cien jugadores en el campo, casi todos mayores y más grandes y rápidos. Los Biloxi Indians competían en la Big Eight, la conferencia de élite del estado, y el talento nunca era un problema. El equipo estaba repleto de veteranos, muchos de los cuales jugarían en la universidad. Los de segundo curso rara vez entraban en el primer equipo y solían quedar relegados al segundo.

Los días de gloria de las Ligas Menores de béisbol, cuando Hugh y Keith Rudy dominaban todos los partidos, ya habían pasado. A esa edad, algunos de los mejores jugadores seguían creciendo y desarrollándose y otros se quedaban atrás. Había atletas que alcanzaban su punto álgido a los doce o trece años. Los más afortunados seguían madurando y mejorando. Hugh no estaba creciendo tan rápido como los demás y su velocidad, o la falta de ella, era una desventaja conocida.

Aquel día se torció una rodilla y se dirigió cojeando hacia la sombra. Un preparador físico le puso hielo e informó al entrenador del equipo, que no tenía mucho tiempo para preocuparse por un modesto jugador de segundo año. Hugh fue al médico al día siguiente y el diagnóstico fue distensión de ligamentos. Nada de fútbol durante al menos un mes. Se acercó a los entrenamientos con las muletas durante unos cuantos días, pero pronto se cansó de ver a sus compañeros sudar bajo el calor y el polvo. Cuanto más los miraba, más cuenta se daba de que en realidad no le gustaba ese deporte.

Lo suyo era el béisbol, aunque temía que también se le estuviera escapando de entre los dedos. La temporada de verano no le había ido bien. El brazo derecho que tanto había aterrorizado a los bateadores a cuarenta y cinco pies apenas intimidaba a sesenta. Lo había pasado mal tanto en el montículo como en el plato y no había conseguido entrar en el equipo de las estrellas. Ahora Keith medía diez centímetros más y era aún más rápido en las bases. Hugh estaba orgulloso de su amigo por haber entrado en dicho equipo, pero también estaba verde de envidia. Su amistad se complicó aún más cuando Keith pasó el corte en agosto y se convirtió en el tercer quarterback del primer equipo, uno de los solamente cinco jugadores de segundo año de la plantilla. En una ciudad apasionada por el fútbol americano, su estatus se elevó y Keith comenzó a relacionarse con otro tipo de gente. Los alumnos lo admiraban. Las animadoras y las chicas que seguían al equipo ahora lo consideraban aún más guapo.

Como pasó a tener las tardes libres, Hugh se dedicó a holgazanear durante varias semanas, hasta que su padre sacó el látigo. Lance nunca había estado de manos cruzadas y era incapaz de tolerar la idea de que los chavales fueran vagos. En sus clubes y propiedades había un montón de trabajos ocasionales y metió a su hijo mayor en nómina. Pagándole en mano, por supuesto. Lance controlaba más dinero en efectivo que cualquier otra persona del estado y era generoso con él. Le regaló a Hugh una camioneta de segunda mano y lo convirtió en su chico de los recados. No transportaba nada ilegal, solo comida y suministros para los restaurantes y materiales de construcción para las obras.

Carmen detestaba que su hijo anduviera rondando por los clubes y relacionándose con gente turbia, pero a Hugh le gustaban el trabajo y el dinero. Su madre fue a quejarse a Lance y este le prometió que vigilaría al chico y evitaría que se metiera en problemas.

Sin embargo, los bajos fondos resultaron ser irresistibles para un adolescente curioso, sobre todo siendo el hijo del dueño, y, poco tiempo después, Hugh conoció a Nevin Noll en una mesa de billar en la trastienda del Truck Stop. Este le dio un paquete de cigarrillos, luego una cerveza fría y se hicieron amigos enseguida. Le enseñó a jugar al billar, al póquer y al blackjack, además de a apostar a los caballos y en los partidos de fútbol. Hugh no tardó en convertirse en el corredor de apuestas para los partidos de sus amigos del instituto. Mientras Keith se afanaba en los entrenamientos diarios en el campo y se sentaba en el banquillo los viernes por la noche, Hugh ganaba dinero prediciendo los resultados de los partidos de fútbol universitario y profesional. Lance sabía los peligros a los que se enfrentaba el chico, pero estaba demasiado ocupado como para que le importara. Estaba construyendo un imperio que, seguramente, Hugh heredaría algún día. Tarde o temprano, su hijo quedaría expuesto a todo tipo de actividades delictivas. Nevin le había dicho a su jefe que estaba vigilando a su hijo y que no había nada de lo que preocuparse. Lance lo dudaba, pero se limitó a seguir a lo suyo y a cruzar los dedos.

La vida de Hugh cambió de manera radical cuando vio a Cindy Murdock, una rubita vivaracha de hermosos ojos castaños y magnífica figura. Una tarde, mientras él descargaba cajas de refrescos, ella entró en el Red Velvet y lo saludó al pasar. Hugh se quedó prendado de ella y preguntó al camarero quién era. No era más que otra chica que decía tener dieciocho años, como todas las demás, aunque nadie lo comprobaba.

Hugh se la mencionó a Nevin, que enseguida vio un enredo inofensivo que le resultó demasiado atractivo para dejarlo escapar. Les organizó un encuentro amoroso y el chaval, a la edad de quince años, entró en un mundo nuevo. La señorita Murdock lo absorbió de inmediato y no pensaba en nada más. Mientras sus compañeros de clase contaban chistes verdes, intercambiaban revistas de chicas y fantaseaban, Hugh disfrutaba del sexo de verdad cada vez que podía. Ella se mostraba más que dispuesta y le parecía divertidísimo tener al hijo del señor Malco comiendo de su mano. A Nevin empezó a preocuparle que otros empleados murmuraran sobre el pequeño romance y les buscó a los tortolitos un lugar más seguro en uno de los moteles baratos propiedad de la empresa.

Lance estaba impresionado por el creciente interés de su hijo por el negocio, pero, al mismo tiempo, Carmen notó un inquietante cambio de comportamiento en Hugh. Le encontró los cigarrillos y se enfrentó a él, pero el muchacho le contestó que no se preocupara, que todos los chavales fumaban. Incluso estaba permitido en el instituto, nota de los padres mediante. Su madre se dio cuenta de que el aliento le olía a cerveza y él le restó importancia entre risas. Qué puñetas, ella bebía, Lance bebía y todas las personas que conocían disfrutaban del alcohol. Él no tenía ningún problema, así que había que relajarse. Se saltaba las clases y la misa de los domingos y se juntaba con una pandilla más pendenciera. Lance, cuando estaba en casa, hacía caso omiso de las preocupaciones de su mujer y decía que el chico no era más que un adolescente normal. El nuevo rumbo de Hugh y la indiferencia de su padre añadieron otra tensión a un matrimonio que iba deshaciéndose poco a poco.

Cindy vivía en un apartamento barato con otras cuatro chicas del oficio. Como por la noche trabajaban hasta tarde, muchas veces dormían hasta mediodía. Al menos una vez a la semana, Hugh se saltaba el instituto y las despertaba con hamburguesas con queso y refrescos. Se convirtió en uno más de la pandilla y disfrutaba escuchando sus sesiones de critiqueo. Los camareros, los porteros y los guardias de seguridad las molestaban a menudo. Contaban historias hilarantes de viejos que no eran capaces de cumplir en la cama y de borrachos con peticiones extrañas. Pasando aquellos ratos con un grupo de prostitutas, Hugh aprendió más sobre el negocio que los gánsteres que lo regentaban.

Una mañana a última hora llegó al apartamento y se las encontró a todas aún dormidas. Mientras desempaquetaba la comida que les había llevado, vio el bolso de Cindy en la encimera de la cocina. Le dio la vuelta y cayeron unas cuantas cosas. Entre ellas, su carnet de conducir. Su verdadero nombre era Barbara Brown, tenía dieciséis años y era de un pueblo de Arkansas.

Se daba por hecho que todas las chicas eran más jóvenes de lo que decían. El umbral de los dieciocho años era la regla general, pero a nadie le importaba. La prostitución era ilegal en cualquier caso, así que ¿qué más daba? La mitad de los policías de la ciudad eran clientes.

La edad de la muchacha lo inquietó durante uno o dos días, pero no mucho más. Él tenía solo quince. Todo era consentido y, sin duda, eran compatibles. Con el tiempo, sin embargo, cuando fue encariñándose más con ella, la idea de que su chica se acostara con cualquier hombre que pagara por ello empezó a molestarle. Hugh no era bienvenido en los clubes nocturnos por varias razones, en especial por su edad, y nunca la había visto sacarles copas a los soldados vestida con sus escuetas prendas. Cuando se enteró de que Cindy había empezado a hacer estriptis y bailes eróticos privados, le pidió que los dejara. Ella se negó y tuvieron una gran pelea, durante la cual ella le recordó que los demás pagaban en metálico por la compañía que él recibía gratis.

Nevin le advirtió que Lance había empezado a hacer preguntas sobre su relación con la chica. Alguien de dentro del club se había chivado. Hugh le dijo a Cindy que tenían que distanciarse un poco y trató de mantenerse alejado. Estuvo una semana sin verla, pero no pensó en otra cosa. Ella volvió a recibirlo con los brazos abiertos.

Una tarde Cindy no acudió a una cita y Hugh se echó a la calle para intentar encontrarla. Al anochecer fue al apartamento para ver si estaba allí y se sorprendió de lo que vio. Su chica tenía el ojo izquierdo amoratado e hinchado. Un pequeño corte en el labio inferior. Entre lágrimas, le contó que su último cliente, un habitual que se había ido volviendo cada vez más agresivo físicamente, le había pegado la noche anterior. Dado su aspecto, faltaría al trabajo varios días y, como siempre, necesitaba el dinero.

Era un asunto grave en más sentidos que el obvio. Una adolescente había recibido una paliza por parte de un bruto de al menos cuarenta años. Procedía presentar cargos penales, aunque Hugh sabía que no llamarían a la policía. Si Cindy decidía informar a su supervisor, el tema se trataría «a nivel interno». Lance protegía a sus chicas y les pagaba bien, por eso contaba con un flujo constante de muchachas procedentes de lugares desconocidos. Si se corría la voz de que no estaban seguras en sus clubes, su negocio se resentiría.

La noche anterior, Cindy se había marchado a toda prisa y no se lo había dicho al encargado. Le daba miedo chivarse; en ese momento le daba miedo todo y necesitaba un amigo. Hugh pasó horas sentado a su lado poniéndole hielo en las heridas.

Al día siguiente buscó a Nevin Noll y le contó lo que había sucedido. Su amigo le dijo que se encargaría de la situación. Habló con el gerente del club y averiguó la identidad del cliente. Tres días más tarde, con Cindy ya de vuelta en el trabajo y ocultando los daños bajo una capa aún más gruesa de maquillaje, Nevin le pidió a Hugh que fuera a dar una vuelta con él.

—¿Adónde? —preguntó, aunque en realidad no importaba.

Admiraba a Noll y quería hacerse aún más amigo suyo. En muchos sentidos, lo consideraba un hermano mayor que se las sabía todas.

—Vamos a Pascagoula a ver Chrysler nuevos —respondió Noll con una sonrisa.

—¿Vas a comprarte uno?

—No. Creo que nuestro chico trabaja en un concesionario de allí. Nos pasaremos a charlar un ratito con él.

—Parece divertido.

—Tú te quedarás en el coche, ¿eh? Ya iré yo a hablar con él.

Media hora más tarde aparcaron cerca de una hilera de preciosas berlinas Chrysler nuevecitas. Nevin se bajó, se acercó a una, la miró y, mientras estudiaba la pegatina de la ventanilla, un vendedor lo abordó con un hola exagerado y una sonrisa llena de dientes. Le tendió la mano como si fueran viejos amigos, pero él no se la estrechó.

—Busco a Roger Brewer.

—Ese soy yo. ¿En qué puedo ayudarlo?

—Estuviste en el Red Velvet el lunes por la noche.

El otro perdió la sonrisa y giró la cabeza para mirar hacia atrás. Se encogió de hombros y, en tono arrogante, soltó:

—¿Y qué?

—Pasaste un rato con una de nuestras chicas, Cindy.

—¿De qué va todo esto?

—Quizá me interese comprarme un coche.

—¿Quién narices eres?

—Ella pesa cincuenta kilos y tú le diste una paliza.

—¿Y?

Brewer tenía pinta de ser un hombre que ya había utilizado los puños en otras ocasiones y que no rehuía la violencia. Se cuadró ante Nevin y esbozó una mueca de desprecio.

Él dio otro paso al frente para colocarse a buena distancia para golpearlo y dijo:

—Es una cría. ¿Por qué no abofeteas a alguien de tu ta­maño?

—¿A ti, por ejemplo?

—Sería un buen punto de partida.

Brewer se lo pensó mejor y le espetó:

—Lárgate de aquí.

Hugh bajó aún más en el asiento delantero, pero no se le escapó ni un solo detalle. Tenía la ventanilla bajada y estaba lo bastante cerca como para oír la conversación.

—No se te ocurra volver, ¿entendido? —dijo Nevin—. Lo tienes prohibido a partir de este momento.

—Vete al infierno. Haré lo que me dé la gana.

El primer puñetazo fue tan rápido que Hugh estuvo a punto de perdérselo. Un derechazo cruzado impactó de lleno en la mandíbula de Brewer con tal fuerza que se le fue la cabeza ha­cia atrás y se le doblaron las rodillas. Cayó sobre la parte delantera de un sedán nuevo, se recuperó y lanzó un salvaje gancho de derecha que Nevin esquivó con facilidad. El siguiente golpe de este fue un derechazo directo al estómago de Brewer que le arrancó un chillido al vendedor. Con un combo de izquierda-­derecha-izquierda le desgarró las cejas y le reventó los labios. Luego lo derribó con un fuerte gancho de derecha sobre el capó del sedán. Nevin le tiró de los pies para que se cayera al suelo y Brewer se golpeó la nuca contra el parachoques mientras se desplomaba. Ya en el asfalto, le propinó una patada en plena nariz; parecía dispuesto a matarlo a golpes.

—¡Eh! —gritó alguien y Hugh vio a dos hombres corriendo hacia ellos.

Nevin no les hizo el menor caso y volvió a patear a Brewer en la cara. Cuando el primer tipo estuvo lo bastante cerca, él se dio la vuelta y le asestó un gancho de izquierda que lo derrumbó al instante. El segundo se detuvo, paralizado, y, rápidamente, se lo pensó dos veces.

—¿Quién eres?

Como si eso importara. Nevin lo agarró por el nudo de la corbata y le estampó la cabeza contra el tapacubos delantero izquierdo del sedán. Con los tres en el suelo, volvió a centrarse en Brewer y le pegó dos patadas en la entrepierna; el segundo golpe le aplastó los testículos y aquel gruñó como un animal moribundo.

Nevin se subió al coche, lo arrancó y se alejó de allí como si no hubiera pasado nada. Mientras salían del aparcamiento, Hugh volvió la vista atrás. Los tres seguían en el suelo, aunque el segundo rescatador se había puesto a cuatro patas e intentaba recomponerse.

Pasaron varios minutos antes de que rompieran el silencio. Al final, Nevin dijo:

—¿Te apetece un helado?

—Eh, bueno.

—Hay un Tastee-Freez aquí cerca —dijo aquel con aire despreocupado, como si hubiera sido un día normal y corriente—. Hacen los mejores batidos de plátano de la costa.

—Vale. —Hugh seguía sin dar crédito a lo que había ocurrido, pero tenía varias preguntas—. Oye, esos tíos de ahí atrás… ¿no llamarán a la policía?

A Nevin le entró la risa ante semejante tontería.

—No. No son tontos. Si ellos llaman a la policía, yo llamaré a la esposa de Brewer. Esto es la ley de la selva, hijo.

—¿No estás preocupado por ellos?

—¿Por qué? ¿De qué tendría que preocuparme?

—A ver, el primer tipo, el tal Brewer, podría estar malherido.

—Eso espero. Ese es el objetivo, joven Hugh. Les haces daño, pero no los matas. Acaba de recibir un mensaje que no olvidará nunca, no volverá a pegar a nuestras chicas.

El muchacho se limitó a sacudir la cabeza.

—Ha sido bastante alucinante. Te los has cargado a los tres en un abrir y cerrar de ojos.

—Bueno, chaval, dejémoslo en que tengo cierta experiencia.

—¿Te dedicas a esto todo el tiempo, entonces?

—No, no todo el tiempo. La mayoría de nuestros clientes conocen las reglas. De vez en cuando nos encontramos con un imbécil como Brewer y tenemos que echarlo. Lo más frecuente, sin embargo, es que unos cuantos soldaditos de la base área se emborrachen y se metan en peleas.

Nevin entró en el Tastee-Freez y se detuvo en el carril del autoservicio. Pidió dos batidos de plátano grandes y encendió la radio. Estaba sintonizada en la emisora WVMI Biloxi, que daba la casualidad de ser también la favorita de Hugh.

—¿Has boxeado alguna vez? —preguntó Nevin.

Él negó con la cabeza.

—Yo usé mucho los puños de niño. No me quedaba otra. Un tío mío fue boxeador en el ejército, antes de que lo expulsaran, y me enseñó lo básico. Y no siempre usábamos guantes. Cuando tenía dieciséis años, lo noqueé. Me dijo que tenía las manos más rápidas que había visto en su vida. Me animó a alistarme en el ejército o en las fuerzas aéreas, sobre todo para que me largara de las montañas, pero también para que pudiera boxear en equipos organizados.

Nevin se encendió un cigarrillo y le echó un vistazo a su reloj de pulsera. Hugh le miró las manos y los dedos y no vio ni rastro de la paliza.

Le preguntó:

—¿Boxeaste mientras estuviste en Keesler?

—Un poco, sí, pero era más divertido pelear contra los yanquis, que no paraban de menospreciarnos. No dejaba de meterme en líos y al final me echaron. Además odiaba llevar uniforme.

Una chica mona se acercó patinando al coche y les entregó el pedido. Cuando volvieron a la autopista 90 y pusieron rumbo a Biloxi, Nevin sintió la necesidad de ofrecerle más consejos mundanos a su joven protegido. Tras darle un buen trago al batido con la pajita, dijo:

—La chavala esta con la que sales, Cindy… No te encariñes demasiado, ¿vale? Ya lo sé, ya lo sé, ahora mismo estás radiante porque es tu primer amor, pero no va a traerte más que problemas.

—Nos emparejaste tú.

—Sí, cierto, pero ya te has divertido una temporada, así que pasa página. Ya irás aprendiendo que ahí fuera hay un montón de mujeres.

Hugh se metió la pajita en la boca y absorbió aquel consejo no solicitado.

Nevin continuó:

—Se habrá largado antes de que te des cuenta. Van y vienen. Es demasiado guapa para quedarse. Volverá a casa y se casará con algún viejo amigo de la iglesia.

—Solo tiene dieciséis años.

—¿Y tú cómo lo sabes?

—Lo sé y punto.

—No me sorprende. Todas mienten.

Hugh se quedó callado mientras se planteaba la vida sin Cindy Murdock. Nevin ya había hablado bastante y decidió que era el momento de callarse. Solo tenía veintitrés años y, aunque había vivido mucho, nunca se había enamorado en serio de una mujer.

Una sirena los sobresaltó. Hugh se dio la vuelta y vio a un ayudante de sheriff en un coche patrulla azul y blanco.

—¡Mierda! —exclamó Nevin mientras se apartaba hacia el arcén de la transitada autopista. Luego miró a Hugh con una sonrisa y le dijo—: Yo me encargo.

Bajó y se encontró con el tipo a medio camino entre ambos coches. Por suerte, era del condado de Harrison. Habían cruzado desde el condado de Jackson hacía menos de un kilómetro.

El de Harrison era dominio del sheriff Albert «Lorzas» Bowman, de quien se rumoreaba que era el funcionario público mejor pagado del estado. Sin embargo, tan solo una parte mínima de sus ingresos llegaba a los libros de contabilidad.

El ayudante empezó haciéndose el duro.

—El carnet de conducir, por favor.

Nevin se lo entregó e intentó no mostrarse altivo. Sabía lo que estaba a punto de ocurrir. El otro no.

—Hemos recibido un aviso de Pascagoula —prosiguió el hombre—. Nos han dicho que un tipo que conducía un coche idéntico a este tenía que responder a unas preguntas. Algo relacionado con una agresión en el concesionario de Chrysler.

—Bien, ¿qué quiere preguntarme?

—¿Ha estado en dicho concesionario?

—Acabo de salir de allí. Tenía que ver a un hombre llamado Roger Brewer. Imagino que ahora mismo estará en el hospital y lo estarán cosiendo. Se pasó por el Red Velvet el lunes por la noche y pegó a una de nuestras chicas. No volverá a hacerlo.

El ayudante de sheriff le devolvió el carnet de conducir y miró a su alrededor sin tener muy claro qué debía hacer a continuación.

—¿Debo deducir, entonces, que trabaja en el Red Velvet?

—Sí. Mi jefe es Lance Malco. Es él quien me ha mandado a ver a Brewer. Por nuestra parte, ya está todo arreglado.

—De acuerdo. Diría que para nosotros también, entonces. Llamaré por radio a Pascagoula y les diré que por aquí no hemos visto nada.

—Con eso nos vale. ¿Podría decirme cómo se llama? El señor Malco querrá saberlo.

—Claro, Wiley Garrison.

—Gracias, ayudante Garrison. Si alguna vez necesita un trago, avíseme.

—No bebo.

—Gracias de todas formas.