No me gustan nada los libros de autoayuda. Pero nada de nada. Porque, aunque un libro esté escrito con muy buenas intenciones y mucha ilusión, no puede sustituir ni de lejos el trabajo que se hace en psicoterapia. Por eso esto no es un libro de autoayuda. Para mí, es un libro de divulgación. No pretendo hacerte «terapia», ni transformarte ni cambiarte la vida con lo que leas en estas páginas. No creo que un libro pueda hacer esas cosas, por mucho que me gustaría. Me parece demasiado ingenuo creerse eso. Sí que creo que un buen libro, en el momento indicado, puede prender la cerilla, la llama que encienda la mecha del cambio. Pero el verdadero cambio es más complejo y hace falta mucho más que leerse unas páginas.
Con este libro quiero transmitir una serie de ideas que creo que son muy importantes para la salud mental en el día a día. Imagínate que nos estuviésemos tomando un café mientras me voy por las ramas contándote historias de mi trabajo como psicólogo y algunas ocurrencias mías. Voy a ir explorando una serie de ideas, con ejemplos y anécdotas de mi día a día como profesional de la psicología. Intento explicar las cosas de manera cercana y fácil de comprender, con ejemplos de situaciones cotidianas, incluso chorradas que he visto en películas que me gustan. Y son eso: ocurrencias y anécdotas.
Por ello, si estás pasando por una situación difícil o un mal momento, no esperes que este libro vaya a solucionar todos tus problemas. Me encantaría que fuese así, de todo corazón, pero sé que no. El objetivo de este libro es ofrecerte nuevas perspectivas sobre nuestras neuras del día a día. Y utilizo ejemplos de cosas que he visto en terapia o en mi propia vida. No te las tomes de forma literal, porque cada persona es un mundo y cada caso es diferente. Si en el capítulo X cuento una cosa que le recomendé a alguien con un cierto problema de ansiedad, no quiere decir que tú debas hacer exactamente lo mismo.
Intento añadir la coletilla «depende...» lo más a menudo posible, pero a mí también se me olvidan las cosas, así que mejor obviarlo desde el principio. No te tomes nada de lo que leas en este libro como si estuviese escrito en piedra o le fuera a servir a todo el mundo el cien por cien de las veces, porque nada es así cuando hablamos del comportamiento humano.
Si tienes algún problema, mi mejor consejo es que encuentres la manera de obtener ayuda directa de profesionales de la salud mental, quienes te acompañarán y te irán dando pautas o recomendaciones concretas según tu caso.
En cuanto a este libro, lo he escrito con mucho cariño, y espero de todo corazón que lo disfrutes y te ayude a no sentirte tan mal por sentirte mal (sentirnos mal ya es difícil, así que mejor no empeorarlo contándonos que no deberíamos sentirnos mal).
El pensamiento es la única cosa del universo de la que no se puede negar su existencia: negar es pensar.
JOSÉ ORTEGA Y GASSET
Cuando era adolescente era tan tan tan friki que me leí el tochaco de Guerra y paz del famoso escritor León Tolstói. Fue hace muchos años y no recuerdo gran cosa, solo recuerdo que me gustó. Y seguro que, si vuelvo a leérmelo ahora como adulto, le sacaré muchísimo más partido que mi yo adolescente (o eso espero).
Leí una vez una anécdota muy interesante de la infancia de Tolstói. Resulta que tenía un hermano mayor, y este tenía un «club» con otros niños mayores y guais. El pequeño Tolstói quería formar parte y su hermano le vaciló de una forma legendaria. Le dijo que tendría que superar un reto para poder entrar en el club de los niños mayores. Se ve que el hermano mayor de Tolstói era un cachondo perdido (como casi todos los hermanos mayores), y le dijo que solo entraría en el club si conseguía no pensar en osos blancos. Se sentó en un rincón y se quedó ahí durante horas y horas intentando no pensar en un oso blanco. Lo intentaba sin parar y, cuanto más lo intentaba, más osos blancos veía en su cabeza. Menuda pesadilla. Inténtalo tú también y ya verás qué divertido.
La anécdota de Tolstói se usa a menudo en psicología para explicar a la gente cómo de difícil (imposible en realidad) es bloquear un pensamiento o evitar pensar en algo que nos preocupa. Es una paradoja, pues cuanto más nos esforzamos en no pensar en algo, con mayor intensidad lo pensamos.
En realidad, evitar pensar en algo es una receta perfecta para convertirlo en una obsesión y que ese pensamiento se nos pegue como un chicle a la suela de unos zapatos nuevos. Es tarea imposible porque incluso cuando consigas distraerte lo suficiente y dejar de pensar en el dichoso oso blanco, pensarás: «Genial, ya he conseguido dejar de pensar en un oso blanco. Un momento..., estoy pensando en un oso blanco. ¡Jodeeeeeer!». Y si encima le añado algún detalle inusual, como bañar al oso en residuos radiactivos y volverlo verde..., pues más fuerte va a ser la imagen mental. :)
Intenta no pensar en un oso verde, y verás qué dolor de cabeza te da.
Un ejemplo perfecto de esto de las obsesiones es cuando tenemos una ruptura. Terminamos nuestra relación amorosa (por la razón que sea) e intentamos pasar página lo antes posible borrando el recuerdo de nuestra expareja de la memoria.
La manera en que digerimos el fin de una relación depende de mogollón de cosas, como el tiempo que estuvimos juntos, las razones de la ruptura, las mil dinámicas de comunicación que tuviéramos, nuestro mundo fuera de la relación y nuestras circunstancias personales en el momento de la ruptura...
Lo más habitual al cortar con alguien es sentirnos mal (o al menos «raros») durante un tiempo, hasta que nos adaptamos a la nueva situación. Da igual que estemos convencidos de que «la culpa fue suya», es dificilísimo quitarnos de la cabeza a alguien que ha sido muy importante en nuestra vida (a veces durante muchos años). Y esos pensamientos pueden ser muuuy perturbadores, como, por ejemplo:
• Lo echo de menos.
• Qué guapa/o era.
• En realidad, no me trataba tan mal.
• Nadie volverá a quererme.
• Ha sido todo culpa mía.
• No volveré a ser feliz.
• No vuelvo a f****r en mi vida.
En situaciones así, muchas veces desearíamos que vinieran los tipos de las pelis de Men in Black, se pusieran las gafas de sol, esas tan guais de agentes secretos, y sacasen el aparatito plateado ese que nos borra los recuerdos con una luz cegadora. Al aparatito lo llamaban «neuralizador». No sé tú, pero yo estaría dispuesto a pagar muchísimo dinero por alquilar uno de esos. Pero la realidad es que cuanto más intentamos no-pensar-en-algo, más-pensamos-en-ese-algo, y casi todos los intentos de borrar un recuerdo van a reforzarlo todavía más.
Imagínate la película: cortas con una persona que ha sido importantísima para ti durante meses o años, y de la noche a la mañana intentas que esos recuerdos desaparezcan sin dejar rastro. Antes desayunabais juntos. Ahora desayunas a solas. Antes había alguien dándote la bienvenida al volver del trabajo. Ahora no hay nadie (si tienes suerte, tu perro). Antes tenías a alguien con quien hacer cosas los findes y festivos. Ahora pasas los findes con tus padres y tu tía. Las cosas han cambiado, aunque no lo parezca al principio, para bien (al menos para una de las dos personas).
Es como cuando en los libros de Harry Potter nadie se atreve a decir «lord Voldemort». Todo el mundo habla de él, pero dicen chorradas como el-que-no-debe-ser-nombrado o quien-tú-sabes para no decir su nombre de manera directa. Sin darse cuenta de que precisamente al hacer esas carambolas por no decir su nombre están dándole mucho más espacio mental. Estoy segurísimo de que la gente del mundo mágico habría vivido con menos miedo al señor oscuro si se hubieran permitido comentar abiertamente lo imbécil que era, o componer canciones sobre lo blanco que tenía el culo.
Un día estaba charlando con unos compañeros psicólogos expertos en conducta alimentaria y me comentaron un experimento muy interesante: cogieron a un grupo de niños y los llevaron a una sala con una mesa con varios platos con Lacasitos de diferentes colores. Un adulto estaba con ellos, y les decía que tenía que salir un momento a hacer una cosa...
A algunos grupos de niños el adulto les dijo que no podían comerse los Lacasitos de color rojo. En otros grupos no dijo nada, simplemente salió un momento de la sala. El resultado fue que en los grupos en los que el adulto había dado la instrucción «no os comáis los Lacasitos rojos», los niños se comieron en general muchísimos más Lacasitos rojos que en los grupos en los que no se dio la prohibición.
Parece un caso anecdótico, pero se han hecho muchísimas versiones de este experimento y casi siempre sale lo mismo: cuanto más énfasis ponemos en una prohibición, más intensamente pensamos en el objeto prohibido.
Esto me lo contaban expertos en conducta alimentaria, como ejemplo de por qué la mayoría de las dietas no funcionan. Ya sabes, cuando alguien quiere bajar de peso y se prohíbe comer dulces o pizza, o solo comer brócolis, etc. La realidad es que las dietas restrictivas (centradas en prohibir ingerir algún tipo de alimento concreto) suelen hacer que nos obsesionemos más todavía con la «fruta prohibida», y multiplican las probabilidades de que suframos un efecto rebote.
Probablemente, un día se nos acabe la «fuerza de voluntad» y nos comamos una bolsa entera de dónuts de una sentada (y esto provocará que después nos sintamos fatal física y emocionalmente: por un lado nos dolerá la tripa y por otro nos sentiremos culpables y débiles por no haber «aguantado»). Por eso ese enfoque con la comida funciona muy pocas veces. Si te apetece comerte una pizza y te lo prohíbes de modo indefinido, tarde o temprano te acabarás comiendo una pizza familiar por pura ansia.
Muchos compañeros que trabajan con personas con problemas de conducta alimentaria hacen hincapié en cambiar la relación con la comida. Que la persona deje de lado esa «mentalidad de dieta», renuncie a poner tantísimo control en lo que come y aprenda a disfrutar de la comida con moderación, pero sin caer en los extremos que le disparan la ansiedad y el descontrol. El de las conductas alimentarias es un tema muy complejo y con el que hay que tener cuidado.
Intenta no pensar en un oso verde y los verás caminando por la calle.
Otro libro que disfruté mucho cuando era chaval fue El hobbit, del gran maestro Tolkien. Hay un capítulo que se llama, muy acertadamente, «De la sartén a las brasas», y te voy a explicar por qué se llama así y por qué es importante entenderlo.
Bilbo, Gandalf y el resto de la pandilla de enanos iban cruzando las montañas cuando los pilló una tormenta que flipas. Viento, lluvia, truenos; de todo. Y encima había gigantes pegándose y tirándose rocas unos a otros. Decidieron meterse en unas cuevas y cruzar las montañas por debajo, les pareció más seguro. Pues en las cuevas estaban el rey de los trasgos y un ejército entero de bichos feos con cosas afiladas, además del malparido de Gollum.
Casi siempre me acuerdo del libro cuando me encuentro con esto: intentar escapar de algo y terminar en un sitio peor. Eso nos pasa a menudo con la ansiedad. Hacemos todo tipo de acrobacias para distraernos de ciertos problemas y preocupaciones (que en sí mismo no está mal, es natural), pero muchas veces terminamos provocándonos problemas aún mayores sin darnos cuenta.
Por ejemplo, si evito lugares grandes con mucha gente porque me agobian (conciertos, festivales, etc.), tengo más probabilidades de que, si un día no puedo evitar esa situación, me agobie mucho, me sienta abrumado y me termine dando un ataque de pánico.
He trabajado en consulta con personas que tenían miedo a subir en ascensores o bajar al metro, que no se veían capaces de enfrentarse a sus miedos, pero, al final, se encontraron en una situación en la que no tenían elección. Por ejemplo, que tenían que subir a un piso 47, o que se les había estropeado el coche y necesitaban llegar a un sitio en un tiempo razonable y la única manera de conseguirlo era ir en metro.
Al haber evitado durante años esas situaciones, el día que se vieron arrastradas a enfrentarse a ellas se agobiaron tanto que entraron en pánico, montaron un show delante de todo el mundo, pasaron vergüenza y reforzaron todavía más su miedo a los ascensores o al metro.
Por eso hay que tener cuidado con la intuición. A veces, nuestra reacción natural es huir. Y muchas veces será la mejor opción. Pero otras veces no lo es. En ocasiones, es mejor resistir el impulso de huir y quedarnos un rato ahí, sosteniendo el miedo, observando cómo se va calmando (aunque nosotros no sintamos esa calma aún). Quedarnos un rato más sosteniendo el miedo también nos dará la oportunidad de aprender nuevas formas de afrontarlo.
Entonces, aunque una parte de nuestra mente nos diga: «Vete de aquí, no puedes con esto», a veces tendremos que dejar de hacerle caso y quedarnos ahí igualmente. Y, en otra ocasiones, será al contrario; la intuición nos dirá que nos quedemos en un sitio o que sigamos haciendo algo porque estamos muy cómodos con ello o es muy agradable, pero en realidad tenemos que levantarnos e irnos para evitar algún problema o riesgo que no es obvio a primera vista. Es complicado. La vida es complicada se mire por donde se mire.
Cuando establecemos una prohibición mental, dedicamos muchos más recursos y atención a ese tema. Imagínate que gestionas un aeropuerto. Tendrás que contratar a muchas personas de seguridad para evitar que la gente cuele cosas raras en el avión (cosas que pinchen, cosas que exploten, etc.). Nunca he gestionado un aeropuerto, pero me imagino que no debe de ser un paseíto por el parque.
Ahora imagínate que gestionas tu mente como si fuese el aeropuerto de Nueva York. Prohibirte tener ciertos pensamientos es como montar un control de seguridad en la puerta de tu consciencia, ir parando a todos los pensamientos e ir diciendo: «Tú pasas, tú no».
Y, ojo, eso es lo que intentamos muchas veces, pero nunca funciona. No podemos «bloquear» ningún pensamiento, al final todos pasan igualmente. Pero, aun así, nos empeñamos en intentarlo, y nos acaba dando una contractura de tanto esforzarnos.
Es como si solo tuvieras una persona para hacer los controles de seguridad en un gran aeropuerto. Al final se le echaría la gente encima y pasarían todos igualmente, como la estampida de ñus que se cargó a Mufasa.
Intentar bloquear tus pensamientos es como intentar tapar una cascada con las manos. Al final te agobias más y termias mojándote mucho.
Imagínate estar alerta con casi cada pensamiento, estar constantemente recordándonos que no deberíamos pensar en esto o aquello, que no deberíamos preocuparnos ni sentir miedo ni nada... Es la policía de la mente, chavales. Qué angustia.
Te voy a contar una cosa sobre mí: soy un desastre con la ropa. Me refiero a que, cuando como, encuentro mil maneras diferentes de mancharme. Por eso me agobio mucho vistiendo ropa totalmente blanca, no paro de pensar en que va a mancharse a los cinco minutos de ponérmela.
Eso me recuerda mucho a las modas de la espiritualidad new age, la mitología oriental, el budismo zen y todo eso. Me he encontrado en consulta con muchísimas personas que querían librarse de ciertos «pensamientos negativos», que querían que les enseñase a dejar de pensar y de preocuparse tanto. No puedo evitar pensar que en realidad me estaban pidiendo que les diera el secreto de la iluminación para convertir la mente en un lienzo en blanco como Buda o algo así.
Hay muchísimas modas bastante poco recomendables en el mundillo de la autoayuda y el desarrollo personal, y una de ellas es la de hincharse a hacer meditación para aislarnos de las preocupaciones. Ojo, no estoy diciendo que hacer mindfulness o meditación esté mal. Lo que estoy diciendo es que hay gente que transmite pautas de perfección muy rígidas (tener nuestra mente como una camisa blanca recién lavada), y que muchas personas aprenden a enfocar la vida de manera muy agobiante. Hay personas a las que les va muy bien con la meditación y hay otras a las que les va fatal, y no es culpa suya, sino de las pautas rígidas que les han dado para intentar solucionar su problema.
Me encuentro con mucha gente obsesionada con perseguir la felicidad, buscando estar contentos todo el tiempo, y que cuando sienten cualquier miedo o preocupación se amargan porque alguien les ha transmitido que sentir emociones desagradables o preocuparnos por las cosas es malo, que significa que nos falta autoconocimiento y que deberíamos aspirar a ser personas que no se preocupan nunca por nada, que caminan sobre las aguas y las palomas no les cagan nunca encima... Que agobio vivir así, ¿no? Con la policía de la mente saltando a la mínima, solo la perfección está permitida.
Es como vestir de traje a un niño pequeño, prohibirle jugar y amenazarle con castigarle si se mancha... Eso es una tortura para cualquier niño pequeño. ¿Y si los padres aceptan que lo natural para los niños es jugar y mancharse? ¿Y si aceptan que ensuciarse un poco la ropa no es tan grave? ¿Y si aceptan que el estado natural de un niño pequeño NO es estar limpio como recién salido de la lavadora, sino todo lo contrario? Para eso existen las lavadoras, para lavar la ropa DESPUÉS de que el niño haya cubierto su dosis de juego.
Reñir a un niño pequeño por mancharse es como reñir a un pez por nadar. No podemos exigirle algo tan difícil. Solo demostraría que entendemos muy poco de niños (o de peces). Y muchos padres viven más tranquilos al dejar de intentar luchar contra la naturaleza y aceptan que los niños se manchan, por mucho que lo intenten. Pues claro que puedes (y debes) ayudarles a ser un poquito más ordenados y cuidadosos cada vez. Pero no les pidas que escalen el Everest el primer día. Esa es para mí la idea principal de este libro. Voy a seguir profundizando y explorándola desde diferentes ángulos a lo largo de los próximos capítulos.
La incapacidad de predecir las rarezas implica la incapacidad de predecir el curso de la historia.
NASSIM NICHOLAS TALEB,
El cisne negro